«¡Viva México!» grita Allende que había escapado de la metralla; y de un salto llega á donde están las piezas, les tira el lazo, y lo mismo hacen los rancheros; amarran á la cabeza de la silla, ponen la espuela á los caballos y se llevan la artillería, dejando á los soldados españoles atónitos, con la mecha, el estopín y las balas en la mano.
La batalla se gana completamente; todos los oficiales y soldados españoles quedan tendidos en el campo, y Trujillo, merced á su caballo, se escapa y se presenta como una fantasma sangrienta á anunciar la catástrofe al virrey.
Allende da la orden de marchar inmediatamente á la capital; Hidalgo se opone, los dos caudillos se disgustan, y el ejército victorioso se retira en desorden, en las mismas puertas de México. Era necesario nueva sangre y nuevas victorias para que se consumara la obra y el sacrificio de los caudillos, para que quedase santificada con su propia sangre. Las naciones necesitan su bautismo antes de recibir su nombre social.
El ejército se retiró y fué á estrellarse en una desgracia, Aculco, y á desbaratarse en una fatalidad, Calderón.
Los dos caudillos disgustados, porque la desgracia hace á los hombres injustos y enemigos, lucharon algunos días más. Allende fué todavía favorecido por la victoria derrotando en el Puerto del Carnero al comandante español; pero la desorganización había ya destruido la fuerza de los independientes. El huracán que comenzó á soplar en Dolores y se desató terrible en Guanajuato y las Cruces, comenzaba á perder su fuerza.
Los jefes resolvieron, con los restos del ejército y el dinero que pudieron reunir, marchar á los Estados Unidos, y allí disciplinar sus tropas, disponer la campaña y volver de nuevo á recoger seguros laureles, terminando la obra difícil que habían comenzado.
Lo que llamamos suerte, y que no son más que los acontecimientos negros y desconocidos que vienen de un caos profundo, dispuso las cosas de otra manera.
Hemos comenzado nuestra historia en el pequeño verjel de San Miguel, que después tomó el nombre deAllende, y vamos á terminarla al cabo de seis meses en un lugar triste, solitario y desierto. En Acatita de Baján.
Los independientes caminaban lentamente en dirección á la frontera del Norte. Llevabancerca de medio millón de pesos en dinero y plata labrada, recuas de mulas con equipajes, catorce coches, veinticuatro cañones y cosa de ochocientos hombres repartidos en una grande extensión de terreno, escoltando las cargas y los carruajes. Ningún antecedente tenían de que serían atacados, y antes creían que serían escoltados por tropas insurgentes hasta Monclova.
El capitán español, Ignacio Elizondo, con 450 hombres formó una emboscada con tan buen cálculo, que fueron sucesivamente cayendo en su poder cuantos componían la comitiva.
Allende, su hijo, Arias y Jiménez, iban en un coche. Fatigados con el calor y con el camino, medio dormitaban cuando escucharon un grito:Ríndanse al Rey. Allende, bravo y denodado, abrió la portezuela, saltó á tierra, amartilló su pistola é hizo fuego al oficial español que estaba más cerca. Su hijo lo siguió, y tras él Jiménez. Elizondo disparó su pistola sobre Allende y gritó «fuego» á la tropa que lo seguía: una nube de balas vino á romper los vidrios y las maderas del carruaje. El hijo de Allende cayó herido entre las ruedas, y Arias, que asomaba la cabeza, quedó fusilado en el mismo respaldo del carruaje; la tropa se echó encima con espada en mano, y los que quedaron vivos fueron maniatados y entregados á la rigurosa custodia de un oficial.Así que Elizondo terminó la captura de toda la comitiva, se encaminó con ella á Monclova.
De este lugar se condujeron los presos á Chihuahua, y allí fueron juzgados y fusilados. Se cortaron las cabezas de Hidalgo, Allende, Aldama y Jiménez, y conducidas á Guanajuato fueron colocadas en unas jaulas de fierro en los ángulos del sangriento castillo de Granaditas.
Manuel Payno.
En el Sur del rico y hermoso Estado de Michoacán, y al pie de un anfiteatro irregular, formado por las montañas, está situada la hacienda de Puruarán.
Allí la vegetación es espléndida: anchos y dilatados valles cubiertos de caña; gigantescasparotas,zirandasque nacen y crecen al lado de las palmeras y que enlazan en ellas sus nudosos troncos semejantes á los nervudos brazos de un gladiador, y que terminan por ahogarlas y levantarlas, desarraigándolas de la tierra; copadostamarindosentre cuyas ramas habitan numerosas tribus de aves canoras; voluptuososplátanoscuyas hojas de raso ondulan crugiendo con el aura de la tarde, y entretejiéndose por todas partes las lianas, que forman caprichosos columpios, cubiertos de flores y de verdura.
Allí los arroyos cruzan entre alfombras de verdura, ó se desprenden sobre peñascos tapizadosde musgo, y cuando soplan las brisas, todo tiene un murmullo, un suspiro, un rumor, árboles, lianas, llores, arroyos, cascadas.
Y sobre este paisaje encantador un cielo purísimo, con ese azul sereno que cantan los poetas, y que los pintores fingen en sus cuadros de gloria.
El sol ardiente de la zona tórrida arroja sobre aquella exuberante naturaleza torrentes de fuego y de luz, y todo germina y todo se vivifica, y cada hoja cubre un insecto, y cada peña oculta un reptil, y cada rama guarda un nido, y cada gruta guarece un ser animado.
De aquellos bosques, durante el día sale un concierto, y cuando la noche tiende sus negras sombras, reina por un instante el silencio, y luego los cantores del día desaparecen, el bosque se ilumina de nuevo, ya no con la luz del sol, sino con la fantástica de millones de insertos luminosos que suben y bajan, y cruzan y giran en continuo movimiento, y entonces en aquella misma selva, nuevos cantores con distintas armonías, dulces como las del día, pero más melancólicas y misteriosas, levantan un himno.
Allí la naturaleza canta á Dios eternamente.
En medio de este paisaje está Puruarán, rica hacienda de caña.
La entrada de la casa habitación y de las oficinas de la hacienda mira hacia el Norte.
Por el frente de la hacienda pasa el agua sobre un elevado acueducto sostenido por garbosos arcos.
Al pie del acueducto y á los lados de la casa, se miran las habitaciones de los trabajadores y dependientes, casi todas formadas de adobe con humildes techos de paja.
Era el 5 de Enero de 1814.
El ejército independiente, derrotado en las inmediaciones de Valladolid, se había retirado al Sur y estaba en la hacienda de Puruarán.
Aquel ejército que había dado tantas pruebas de valor y de heroicidad, que había recorrido triunfante por casi toda la Nueva España, estaba en aquellos momentos desmoralizado, falto de armas, de parque y casi sin esperanzas de resistir el inevitable empuje de las tropas realistas.
El ilustre Morelos, jefe de aquel ejército, fué obligado por los demás generales á retirarse de Puruarán, según dicen algunos historiadores, y los independientes quedaron allí á las órdenes del padre Matamoros.—Las tropas realistas emprendieron, como era natural, sumovimiento sobre los insurgentes, y el día 5 de Enero llegaron á Puruarán y atacaron.
La victoria no se hizo esperar, y los jefes realistas Llano é Iturbide se apoderaron de la casa de la hacienda y de las oficinas á donde se habían hecho fuertes los independientes.
Después del combate, los soldados del rey comenzaron á explorar los alrededores con el objeto de aprehender á los insurgentes que habían logrado salvarse; y en una de las pequeñas habitaciones de los sirvientes de la hacienda, fué hallado el jefe de los insurgentes, el general Matamoros, que encontrándose solo, á pie y rodeado de enemigos, había buscado allí un refugio.
Según se dice fué entregado por un oficial de los mismos suyos y hecho prisionero por el soldado Eusebio Rodríguez, al cual se le dió como premio de este servicio la cantidad de doscientos pesos.
Matamoros fué conducido inmediatamente á Valladolid.
Don Mariano Matamoros, en el año de 1810, cuando Hidalgo proclamó la independencia de México, era cura de Jantetelco.
En 1811 se presentó al Sr. Morelos en Izúcar, y desde esa fecha militó á su lado hasta la desgraciada batalla de Puruarán.
Matamoros es llamado por la mayor parte de los historiadores «el más valiente de los insurgentes.»
En el famoso sitio de Cuautla, Matamoros, por orden de Morelos, se puso al frente de una fuerza de caballería y logró romper las líneas enemigas.
Matamoros se inmortalizó con la célebre batalla de San Agustín del Palmar, en cuya acción no sólo dió muestras de su valor y genio militar, sino que además probó, como él mismo lo dice en su parte al Sr. Morelos, que los independientes no se habían lanzado á la guerra con el objeto de robar.
El convoy custodiado por las tropas españolas derrotadas en el Palmar, fué respetado, y todo el comercio de la Nueva-España pudo decir entonces que los «insurgentes» eran soldados disciplinados, y no hordas de bandidos, como les llamaba Calleja.
Al hablar Matamoros de esta acción, dice:
«La batalla fué dada á campo raso para desimpresionar al conde de Castro-Terreño, de que las armas americanas se sostienen, no sólo en los cerros y emboscadas, sino también en las llanuras y á campo descubierto.»
Constantemente estaba Matamoros organizando tropas, á la cabeza de las cuales tenía á cada paso que batirse, y sin duda, á no ser por la desastrosa expedición á Valladolid,Matamoros hubiera libertado completamente todo el territorio que hoy comprenden los Estados de Puebla, Oaxaca y Veracruz.
Pero Dios lo había dispuesto de otro modo.
El día 3 de Febrero de 1814, en la plaza de Valladolid, iba á ser fusilado un hombre.
Era éste de «pequeña estatura, delgado, rubio, de ojos azules,» y su rostro conservaba las huellas de las viruelas.
Marchando con ademán resuelto colocóse al frente de los soldados; se escuchó luego una descarga;—aquel hombre había dejado de existir.
Matamoros había muerto en el patíbulo; la causa de la Independencia perdía uno de sus más nobles caudillos.
El Sr. Morelos, según su propia expresión, «perdía su brazo derecho.»
México libre, declaró á Matamoros benemérito de la patria, y sus restos mortales se guardaron en la catedral de esta ciudad.
Vicente Riva Palacio.
Era uno de los primeros días del mes de Octubre de 1810. El sol descendía lentamente en el horizonte, y sus rayos ardientes bañaban el bosque de ciruelos, entre el cual se levantan el humilde templo y las pobres y dispersas casitas que forman el pequeño pueblo de Nucupétaro.
Nucupétaro está situado en el Sur del Estado de Michoacán, en medio de esa inmensa cadena de montañas que no termina sino hasta las costas del Pacífico.
El pueblo está en medio de un bosque de árboles de ciruela; pero allí el calor excesivo hace á la tierra árida y triste, un sol abrasador seca las plantas, y apenas unos cuantos días, cuando las lluvias caen á torrentes, los campos se visten de verdura, y los árboles se cubren de hojas; después, los árboles no sonsino esqueletos, y las llanuras y los montes presentan un aspecto tristísimo.
En Octubre, pues, la naturaleza no se ostentaba allí con sus encantos, un viento abrasador levantaba en las cañadas nubecillas de polvo, y el cielo, sin una sola nube, parecía velarse con una gasa que daba á su fondo azulado un tinte melancólico.
Delante de una de las casitas del pueblo, y á la sombra de un cobertizo de palma, se mecía indolentemente un hombre sentado en una hamaca.
Aquel hombre parecía estar en todo el vigor de su juventud; era de una estatura menos que mediana, pero lleno de carnes; moreno, sus negras y pobladas cejas tenían un fruncimiento tenaz, como indicando que aquel hombre tenía profundas y continuas meditaciones, y en sus ojos obscuros brillaba el rayo de la inteligencia.
El vestido de aquel hombre, de lienzo blanco, era semejante al que usaban los labradores de aquellos rumbos: un ancho calzón y unacampana, que es una especie de blusa.
Tenía entre las manos un libro, y sin embargo no leía, meditaba, porque su mirada vaga se perdía en el espacio.
De repente le sacó de su distracción el ruido de una cabalgadura; volvió el rostro; y casi al mismo tiempo se detuvo cerca de allíun anciano que llegaba caballero en una magnífica mula prieta.
—Buenas tardes dé Dios á su merced, señor cura—dijo el recién llegado.
—Muy buenas tardes—contestó el de la hamaca levantándose y dirigiéndose al encuentro de su interlocutor.—¿Qué viento nos trae por aquí al señor Don Rafaél Guedea?
—Aquí vengo de dar una vuelta por Tacámbaro, y á ver si me da posada esta noche su merced.
—Con todo mi gusto—contestó el cura.—Mándese vd. apear.
—Vaya, Dios se lo pague al señor cura Morelos.
Don Rafael entregó su mula á los criados que le acompañaban, se quitó las espuelas y el paño de sol, y abrazando al cura con grande efusión, se entró á sentar con él debajo del cobertizo.
—¿Y qué deja de nuevo mi señor Don Rafael por esos mundos?—preguntó el cura.
—¡Cómo!—exclamó el otro—¿pues aun no sabe su merced las novedades?
—No. ¿Hay algo de nuevo?
—Y mucho, y muy grave.
—Cuénteme vd., cuénteme vd.
—Pues ¿recuerda su merced al señor bachiller D. Miguel Hidalgo, que estaba en Valladolid en el colegio de......
—Sí, sí, y mucho; ¿le ha sucedido algo?
—¡Pues no digo nada! está su merced para saber, que se ha levantado.
—¿Levantado?
—Levantado contra el virrey y contra los gachupines.
—Pero ¿es cierto? ¿es cosa de importancia?—preguntó Morelos pudiendo contener apenas su emoción.
—Tan cierto, que toda la gente de tierra fría anda ya revuelta; no se dice más, ni se habla de otra cosa, sino del señor Hidalgo, que quiere libertar á la América, y que tan grave es el negocio, que el 16 de Septiembre amaneció ya levantado el señor cura que era de Dolores, y el día 28 había tomado ya Guanajuato, que dicen que hubo mucha mortandad, y que estará ya muy cerca de Valladolid: cuentan, y es seguro, que trae muchísima tropa, y los gachupines están huyendo y cerrando los comercios y dejando sus haciendas; en fin, no sé cómo vuestra merced no sabe nada, porque la novedad es muy grande, y el señor Hidalgo tiene por todas partes muchos que lo aclaman y lo requieren.
Morelos había seguido la narración de su amigo sin perder una sola palabra; sus ojosse abrían desmesuradamente, su rostro se coloreaba, el sudor inundaba su frente, y su pecho se agitaba como si estuviera fatigado por una lucha.
Por fin, cuando Guedea terminó su relación, Morelos no pudo ya contenerse; levantóse trémulo, dejó caer el libro que tenía en las manos, y alzando los brazos y los ojos al cielo, exclamó con un acento profundamente conmovido, mientras dos gruesas lágrimas rodaban por sus tostadas mejillas.
—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡bendito sea tu nombre!
Después, dejándose caer en la hamaca, apoyó su rostro sobre las palmas de las manos, y parecía que sollozaba en silencio.
Don Rafael Guedea, enternecido también, contemplaba respetuosamente á Morelos, sin atreverse á dirigirle una sola palabra.
Sin duda el viejo hacendado comprendía el choque terrible que debía haber sufrido aquel gran corazón al saber que ya tenía una patria por la que podía sacrificarse.
Morelos se había sentido mexicano por la primera vez; el paria, el esclavo, el colono, escuchaba el grito de Independencia.
Aquel placer era capaz de causar la muerte.
Pocos días después de esta conversación, Hidalgo con el ejército independiente, salía de Charo (inmediaciones de Valladolid) para dar la célebre batalla de las Cruces, y al mismo tiempo, aunque con opuesta dirección se desprendía de allí Don José María Morelos.
Morelos iba á emprender la campaña por el Sur, y por todo elemento para acometer tan aventurada empresa, el Sr. Hidalgo había dado al cura de Carácuaro un papel con la siguiente orden firmada también por Allende:
«Por el presente comisiono en toda forma á mi lugarteniente el bachiller Don José María Morelos, cura de Carácuaro, para que en las costas del Sur levante tropas, procediendo con arreglo á las instrucciones verbales que le he comunicado.»
En manos de un hombre vulgar aquella autorización quizá no hubiera servido ni para levantar una guerrilla; pero Morelos era un genio.
Sobre aquellas cuantas líneas trazadas en un papel, Morelos iba á fundar una reputación gigantesca; aquella orden era para él lavara mágica con la que iba á levantar ejércitos, á fundir cañones, á dar batallas, á tomar plazas, á formidar por fin á los virreyes y al monarca español.
Durante el camino hasta llegar á su curato, Morelos marchó solo, pero su imaginación le presentaba por donde quiera divisiones en marcha, batallones en movimiento, cargas de caballería, asaltos, combates, escaramuzas, todo el cuadro, en fin, de la terrible campaña que iba á emprender.
Morelos llegó á Carácuaro, y allí reunió 25 hombres mal armados, y comenzó su carrera militar.
Conforme á las instrucciones del Sr. Hidalgo, se dirigió á las costas del Sur.
Saliendo de Carácuaro, llegó á Choromuco, pasó el gran río de Zacatula por las balsas, llegó á Coahuayutla, tomó el camino de Acapulco, siguiendo desde allí toda la costa.
Por último, dos meses después de haberse puesto en campaña con 25 hombres, Morelos contaba ya con 2,000 infantes, gran número de jinetes, cinco cañones y considerable cantidad de pertrechos de guerra.
Casi todo el armamento y todo el parque habían sido quitados al enemigo.
Desde esa época Morelos fué el caudillo prominente en la guerra de Independencia.
Vencedor unas veces, vencido otras, pero siempre constante, valeroso, inteligente, el humilde cura de Carácuaro era un héroe.
Por todas partes se hacía sentir su poderoso influjo; por todas partes, á su nombre, se levantaban partidas, y se organizaban tropas, y se daban combates.
Y no se contentaba sólo con defender su causa por medio de las armas, sino que sostenía constantemente difíciles polémicas con los curas y las principales personas del clero, que valiéndose de la religión, pretendían apartar al señor Morelos del camino que se había trazado.
La historia de las campañas del héroe, es la historia de todas las poblaciones, de todos los bosques, de todas las llanuras del Sur de nuestra patria, y sus recuerdos viven imperecederos en todos esos lugares.
Pero el apogeo de la gloria de aquel grande hombre está en el sitio de Cuautla.
Reducido Morelos á defenderse en esa ciudad, que hoy lleva con orgullo el nombre delilustre caudillo, dió pruebas de la grandeza de su genio.
Una ciudad pequeña en una llanura, abierta por todos lados, con unas fortificaciones hechas de prisa y sumamente ligeras: ésta era su posición.
Un ejército bisoño, casi desnudo, con malas armas, con pocas municiones, y constando de un reducido número: éstos eran sus elementos de defensa.
Félix María Calleja, el vencedor de Aculco, de Guanajuato y de Calderón, seguido de un numeroso ejército bien armado, perfectamente disciplinado, orgulloso con sus victorias, provisto de abundantes víveres y municiones, y constantemente reforzado: esto representaba el ataque.
Y sin embargo Morelos resistió sesenta y dos días y aquel sitio mereció con razón el renombre de famoso.
Viéronse allí episodios de valor inauditos para impedir que los sitiadores cortaran el agua; los sitiados hicieron prodigios, y vivieron los que custodiaban la toma, bajo una constante lluvia de proyectiles.
Por fin la situación se hizo desesperada; el hambre obligó á los insurgentes á tomar una resolución extrema, y la noche del 2 de Mayo de 1812, el señor Morelos salió de la plaza, atravesó con su pequeño ejército la línea de circunvalación, abriéndose paso á vivafuerza, y aunque sufriendo grandes pérdidas, y libre ya de aquel peligro, volvió á ser el alma inteligente y guerrera de la lucha de Independencia.
La suerte abandonó por fin á Morelos, y en la acción de Tesmalaca (5 de Noviembre de 1815) cayó prisionero en manos del general español Concha.—El martirio debía coronar aquella vida llena de gloria, y Morelos marchó al patíbulo lleno de valor.
La inquisición, el clero, el virrey, la audiencia, todos quisieron tener parte en el sacrificio, todos quisieron herir á su víctima, todos hicieron gala de su crueldad con aquel hombre que los había hecho temblar, y á cuyo solo recuerdo palidecían.
Semejantes á una jauría hambrienta que se arroja ladrando y furiosa sobre un león herido, así aquellos hombresorganizaron su justiciacontra el pobre prisionero de Tesmalaca.
La inquisición le declaró hereje, el clero le degradó del carácter sacerdotal, la audiencia le condenó por traidor al rey, y el virrey se encargó de la ejecución.
Y el hereje, el traidor, el mal sacerdote, el ajusticiado, era sin embargo un héroe, uncaudillo en la más santa y más noble de las luchas; era, en fin,el hombre más extraordinario que produjo la guerra de independencia en México.
Morelos fué fusilado en San Cristóbal Ecatepec, el 22 de Diciembre de 1815.
Cuando la sangre de aquel noble mártir regó la tierra, cuando su cuerpo acribillado por las balas dejó escapar el grande espíritu que durante cincuenta años le había animado, entonces pasó una cosa extraña que la ciencia aún no explica satisfactoriamente.
Las aguas del lago, tan puras y tan serenas siempre, comenzaron á encresparse y á crecer, y sin que el huracán cruzase sobre ellas, y sin que la tormenta cubriera con sus pardas alas el cielo, aquellas aguas se levantaron y cubrieron las playas por el lado de San Cristóbal, y avanzaron y avanzaron hasta llegar al lugar del suplicio.
Lavaron la sangre del mártir y volvieron majestuosamente á su antiguo curso.
Ni antes ni después se ha observado semejante fenómeno. ¡Allí estaba la mano de Dios!
Vicente Riva Palacio.
Llegó por fin el día de la libertad de México. Once años de lucha, un mar de sangre, un océano de lágrimas.—Esto era lo que había tenido que atravesar el pueblo para llegar desde el 16 de Septiembre de 1810 hasta el 27 de Septiembre de 1821.—16 y 27 de Septiembre, 1810 y 1821. He aquí los dos broches de diamante que cierran ese libro de la historia en que se escribió la sublime epopeya de la independencia de México.
Y cuánto patriotismo, cuánto valor, cuánta abnegación habían necesitado los que dieron su sangre para que se inscribieran con ella sus nombres en ese gran libro!
Pero el día llegó; puro y transparente el cielo, radiante y esplendoroso el sol, dulce y perfumado el ambiente.
Aquel era el día que alumbraba después de una noche de trescientos años.
Aquella era la redención de un pueblo que había dormido en el sepulcro tres siglos.
Por eso el pueblo se embriagaba con su alegría, por eso la ciudad de México estaba conmovida.
¿Quién no comprende lo que siente un pueblo en el supremo día en que recobra su independencia? Pero, ¿quién sería capaz de pintar ese goce purísimo, cuando se olvidan todas las penas del pasado y no se mira sino luz en el porvenir; cuando todos se sienten hermanos; cuando hasta la naturaleza misma parece tomar parte en la gran fiesta?
México se engalanó como la joven que espera á su amado.
Vistosas y magníficas colgaduras y cortinajes ondeaban al impulso del fresco viento de la mañana, en los balcones, en las ventanas, en las puertas, en las cornisas, en las torres. Cada uno había procurado ostentar en aquel día lo más rico, lo más bello que tenía en su casa.
Sus calles parecían inmensos salones de baile: flores, espejos, cuadros, vajillas, oro, plata, seda, cristal, todo estaba en la calle, todo lucía, todo brillaba, todo venía á dar testimonio del placer y de la ventura de los habitantes de México.
Y por todas partes, cintas, moños, lazos, cortinas con los colores de la bandera nacional, de esa bandera que enarbolada por Guerreroy por Iturbide en el rincón de una montaña, debía en pocos meses pasearse triunfante por toda la nación, y flamear con orgullo sobre el palacio de los virreyes de Nueva España.
Aquellos tres colores simbolizaban: un pasado de gloria, el rojo; un presente de felicidad, el blanco, y un porvenir lleno de esperanzas, el verde; y en medio de ellos el águila triunfante hendiendo el aire.
Y entre aquella inmensa multitud que llenaba las calles y las plazas, que se apiñaba en los balcones y ventanas, que coronaba las azoteas, que escalaba las torres y las cúpulas de las iglesias, ansiosa de contemplar la entrada del ejército libertador, no había quizá una sola persona que no llevase con orgullo la escarapela tricolor.
El sol avanzaba lentamente; y llena de impaciencia esperaba la muchedumbre el momento de la entrada del ejércitotrigarante.
Por fin, un grito de alegría se escuchó en la garita de Belén, y aquel grito, repetido por más de cien mil voces, anunció hasta los barrios más lejanos que las huestes de la independencia pisaban ya la ciudad conquistada por Hernán Cortés el 13 de Agosto de 1521.
1521, 1821. ¡Trescientos años de dominación y de esclavitud!
A la cabeza del ejército libertador marchaba un hombre, que era en aquellos momentos objeto de las más entusiastas y ardientes ovaciones.
Aquel hombre era el libertador D. Agustín Iturbide.
Iturbide tenía una arrogante figura, elevada talla, frente despejada, serena y espaciosa, ojos azules de mirar penetrante, regía con diestra mano un soberbio caballo prieto que se encabritaba con orgullo bajo el peso de su noble jinete, y que llevaba ricos jaeces y montura guarnecidos de oro y de diamantes.
El traje de Iturbide era por demás modesto: botas de montar, calzón de paño blanco, chaleco cerrado del mismo paño, una casaca redonda de color de avellana y un sombrero montado con tres bellas plumas con los colores de la bandera nacional.
Al descubrir al libertador, el pueblo sintió como una embriaguez de placer y de entusiasmo, los gritos de aquel pueblo atronaban el aire, y se mezclaban en gigantesco concierto con los ecos de las músicas, con los repiques de las campanas de los templos, con el estallido de los cohetes y con el ronco bramido de los cañones.
Iturbide atravesaba por el centro de la ciudad para llegar hasta el palacio; su caballopisaba sobre una espesa alfombra de rosas, y una verdadera lluvia de coronas, de ramos y de flores caía sobre su cabeza y sobre las de sus soldados.
Las señoras desde los balcones regaban el camino de aquel ejército con perfumes, y arrojaban hasta sus pañuelos y sus joyas, los padres y las madres levantaban en sus brazos á los niños y les mostraban al libertador, y lágrimas de placer y de entusiasmo corrían por todas las mejillas.
Las más elegantes damas, las jóvenes más bellas y más circunspectas se arrojaban á coronar á los soldados rasos y á abrazarlos; los hombres, aunque no se hubieran visto jamás, aunque fueran enemigos, se encontraban en la calle y se abrazaban y lloraban.
Aquella era una locura, pero una locura sublime, conmovedora; aquel era un vértigo, pero era el santo vértigo del patriotismo.
Por eso será eterno entre los mexicanos el recuerdo del 27 de Septiembre de 1821, y no habrá uno solo de los que tuvieron la dicha de presenciar esa memorable escena, que no sienta que se anuda su garganta y que sus ojos se llenan de lágrimas al escuchar esta pálida descripción, hija de las tradiciones de nuestros padres y nacida sólo al fuego del amor de la patria.
Aquel fué el apoteosis del libertador Iturbide.
Era la tarde del 15 de Julio de 1824.
Frente á la barra de Santander (Estado de Tamaulipas), se balanceaba pesadamente el bergantín «Spring,» anclado allí desde la víspera.
La tarde estaba serena, apenas una ligera brisa pasaba susurrando entre la arboladura del buque, las olas se alejaban mansas hasta reventar á lo lejos en la playa, y los tumbos sordos de la mar llegaban casi perdiéndose hasta la embarcación.
Las gaviotas describían en el aire caprichosos círculos, anunciando con sus gritos destemplados la llegada de la noche, y se miraban de cuando en cuando bandadas de aves marinas que volaban hacia la tierra, buscando las rocas para refugiarse.
Melancólica es la hora del crepúsculo en el mar cuando el sol se oculta del lado de la tierra; tristísimo es contemplar esa hora desde un buque anclado.
Sobre la cubierta del bergantín había un hombre que tenía fija la mirada en la playa.
Mucho tiempo hacía que permanecía inmóvil en la misma postura. Esperaba y meditaba.
Y esperaba con paciencia, porque no se contraía uno sólo de los músculos de su fisonomía, y meditaba profundamente, porque nada parecía distraerle.
La noche comenzó á tender su manto y aquel hombre no se movía.
Por fin, los contornos de la tierra desaparecieron entre la obscuridad, las estrellas brillaron en el negro fondo de los cielos, y asomaron sobre las inquietas olas esos relámpagos de luz fosfórica, que son como las fugitivas constelaciones de esa inmensidad que se llama el Océano.
El hombre del bergantín no veía pero escuchaba, y repentinamente se irguió.
Era que en medio del silencio de la noche había apercibido el acompasado golpeo de unos remos.
Aquel rumor era á cada momento más y más distinto; sin duda alguna se acercaba al bergantín una lancha.
—¿Jorge, eres tú?—dijo el hombre del bergantín á uno de los remeros cuando la pequeña embarcación llegó.
—Sí, señor—contestó una voz desde la lancha.
—¿Y Beneski?
—Espera aquí—contestó otra voz.
El hombre saltó resueltamente á la escala, y con una firmeza que hubiera envidiado unmarinero, descendió por ella y llegó á bordo de la lancha.
—¡A tierra!—exclamó sentándose en el banco de popa.
Los bogas no contestaron, sonó el golpe de los remos en la agua, y la lancha, obedeciendo á un vigoroso y repentino impulso, se deslizó sobre las aguas, ligera como una ave que hiende los aires.
Al día siguiente, cerca ya de Soto la Marina, caminaba una tropa de caballería, en medio de la cual podía distinguirse al mismo hombre que el día anterior había desembarcado del bergantín.
Al lado de aquel hombre marchaba otro que parecía ser el jefe de la fuerza.
Los dos caminaban en silencio, los dos parecían hondamente preocupados y poco dispuestos á emprender una conversación.
Por fin, el hombre del bergantín rompió el silencio, y acercando su caballo al de su acompañante, le dijo con una voz firme:
—Señor General Garza, supuesto que soy su prisionero de vd., ¿no podría decirme la suerte que se me espera?
Garza levantó los ojos, le miró por un momento, y con acento casi lúgubre contestó:
—La muerte.
El prisionero no palideció siquiera, pero tampoco volvió á desplegar sus labios; poco después llegaron á Soto la Marina.
En la misma noche toda aquella población sabía que á la mañana siguiente sería pasado por las armas el destronado emperador de México D. Agustín Iturbide, hecho prisionero al desembarcar en la barra de Santander, por el general D. Felipe de la Garza.
Los historiadores no están conformes en el modo con que fué aprehendido D. Agustín de Iturbide.
Algunos de sus biógrafos, más apasionados de la memoria del desgraciado emperador que de la verdad, afirman que Iturbide llegó á las playas mexicanas ignorando el decreto de proscripción fulminado contra él en la República, y agregan que desembarcó disfrazado, fingiéndose colono, en compañía de Beneski; pero que fué reconocido por el modo expedito y airoso que tenía de montar á caballo.
Todas estas dudas se disipan y todas esas relaciones se desmienten con sólo trascribir el principio de una carta que en el momento casi de desembarcar escribía Iturbide á su corresponsal en Londres D. Mateo Flétcher, y que inserta D. Carlos Bustamante en su apéndice á losTres siglos de México.
“A bordo del bergantín “Spring”frente á la barra de Santander, 15de Julio de 1824.«Mi apreciable amigo:«Hoy voy á tierra, acompañado solo de Beneski, á tener una conferencia con el general que manda esta provincia, esperando que sus disposiciones sean favorables á mí, en virtud de que las tiene muy buenas en beneficio de mi patria...... Sin embargo, indican no estar la opinión en el punto en que me figuraba, y no será difícil que se presente grande oposición, y aún ocurran desgracias. Si entre estas ocurriere mi fallecimiento, mi mujer entrará con vd. en contestaciones sobre nuestras cuentas y negocios, etc.»Y esta carta está firmada:—«Agustín de Iturbide.»
“A bordo del bergantín “Spring”frente á la barra de Santander, 15de Julio de 1824.
“A bordo del bergantín “Spring”frente á la barra de Santander, 15de Julio de 1824.
“A bordo del bergantín “Spring”frente á la barra de Santander, 15de Julio de 1824.
«Mi apreciable amigo:
«Hoy voy á tierra, acompañado solo de Beneski, á tener una conferencia con el general que manda esta provincia, esperando que sus disposiciones sean favorables á mí, en virtud de que las tiene muy buenas en beneficio de mi patria...... Sin embargo, indican no estar la opinión en el punto en que me figuraba, y no será difícil que se presente grande oposición, y aún ocurran desgracias. Si entre estas ocurriere mi fallecimiento, mi mujer entrará con vd. en contestaciones sobre nuestras cuentas y negocios, etc.»
Y esta carta está firmada:—«Agustín de Iturbide.»
Toda la versión, pues, sobre el incógnito de Iturbide, no pasa de ser una novela.
Amaneció el día 17, y se notificó á Iturbide que dentro de pocas horas debía morir.
Su muerte estaba decretada por Garza, que se fundaba para dar esta determinación en la ley que proscribía á Iturbide para siempre de la República.
Notificóse al preso la sentencia, y la escuchó sin inmutarse; pidió que viniera, para auxiliarle en el último trance, su capellán que había quedado en el buque, y envió á Garza un manifiesto que había escrito para la nación.
La serenidad de Iturbide y la lectura del manifiesto conmovieron sin duda al general, porque mandó suspender la ejecución y se puso en marcha para Padilla, en donde estaba reunido el congreso del Estado, llevando consigo al prisionero y tratándole con tantas consideraciones como si él fuera mandando en jefe.
Llegaron por fin á Padilla, y el congreso determinó que sin excusa ni pretexto fuese pasado por las armas. En vano Garza, que asistió á la sesión, procuró probar, convertido entonces en defensor de Iturbide, que el decreto de proscripción no alcanzaba á tanto, que Iturbide daba pruebas de sus intenciones pacíficas, trayendo consigo á su esposa y á sus pequeños hijos. El congreso se mantuvo inflexible, y Garza fué encargado de ejecutar la sentencia dentro de un breve término.
Volvió entonces á notificarse á Iturbide que podía contar con tres horas para arreglar sus negocios, después de los cuales debía morir.
Iturbide se preparó á morir como cristiano y se confesó con el presidente del congresoque era un eclesiástico, y que había salvado su voto cuando se trató de la muerte del prisionero.
Las seis de la tarde del día 19 fué la hora señalada para ejecutar la sentencia.—Iturbide salió de la prisión sereno y firme, y deteniéndose al encontrarse en el campo exclamó:
—Daré al mundo la última vista.
Después pidió agua, que apenas tocó con los labios, y se vendó él mismo los ojos.
Se trató entonces de atarle los brazos; resistióse al principio, pero después se resignó con humildad.
Detúvose allí, caminó cosa de setenta ú ochenta pasos y llegó al lugar del suplicio, repartió el dinero que llevaba en los bolsillos entre los soldados, y entregó su reloj, un rosario y una carta para su familia al eclesiástico que le acompañaba.
En seguida, con firme acento habló á la tropa, rezó en voz alta algunas oraciones y besó fervorosamente un crucifijo.
En ese momento el jefe hizo la señal de fuego y se escuchó el ruido de la descarga.
Cuando se disipó el humo de la pólvora, D. Agustín de Iturbide no era ya más que un cadáver cubierto de sangre.
Iturbide libertador de México, Iturbide emperador, Iturbide ídolo y adoración un día de los mexicanos, expiró en un patíbulo, y en medio del más desconsolador abandono.
Los partidos políticos se han pretendido culpar mútuamente de su muerte. Ninguno de ellos ha querido hasta ahora reportar esa inmensa responsabilidad.
En todo caso, y cualquiera que haya sido el partido que sacrificó á D. Agustín de Iturbide, yo no vacilaré en repetir que esa sangre derramada en Padilla, ha sido y es quizá una de las manchas más vergonzosas de la historia de México.
Guerrero é Iturbide consumaron la independencia, y ambos, con el pretexto de que atacaban á un gobierno legítimo, espiraron á manos de sus mismos conciudadanos.
No seré yo quien pueda hablar de la muerte de Guerrero; pero en cuanto á la de Iturbide, exclamaré siempre que fué la prueba más tristemente célebre de ingratitud que pudo haber dado en aquella época la nación mexicana.—Iturbide reportaba, si se quiere, el peso de grandes delitos políticos, venía á conspirar á la República, bien; ¿pero no hubiera bastado con reembarcarle?
El pueblo que pone las manos sobre la cabeza de su libertador, es tan culpable como el hijo que atenta contra la vida de su padre.—Hay sobre los intereses políticos en las naciones, una virtud que es superior á todas las virtudes, la gratitud.
El pueblo que es ingrato con sus grandes hombres, se expone á no tener por servidores, más que á los que buscan en la política un camino para enriquecer y sofocan todas las pasiones nobles y generosas.
Dios permita que las generaciones venideras perdonen á nuestros antepasados la muerte de Iturbide, ya que la historia no puede borrar de sus fastos esta sangrienta y negra página.
Vicente Riva Palacio.
En este libro hemos consignado el fin trágico que la suerte reservó á los primeros caudillos de la independencia mexicana. Sin experiencia en las armas, sin elementos para la guerra, y educados en la sedentaria y tranquila carrera de la iglesia, su mérito y su gloria han consistido más bien en su abnegación y en su amor á la libertad, que no en el éxito de sus expediciones militares.
Después del suplicio de Morelos, de ese hombre singular á quien sus mismos enemigos no pueden negar ni el talento natural para la guerra, ni la constancia ni el valor, comenzó la fortuna á mostrar su faz hosca y sañuda á la mayor parte de los caudillos mexicanos que habían conservado las armas en la mano, y que llenos de fe en la causa de la patria, habían visto con desdén los ofrecimientos de perdón y aun las más lisongeras promesas de parte del gobierno español. Todoparecía concluído. Las partidas de insurgentes que habían quedado, siendo ya poco numerosas y escasas de elementos para la campaña, no inspiraban ya temor al gobierno, y el virrey creyó por un momento que había ya recobrado plenamente el dominio en la Antigua Colonia.
Repentinamente un suceso inesperado sacude en sus cimientos á la Nueva España, y el fuego de la independencia, que parecía completamente apagado, se encendió de nuevo para no extinguirse nunca, pues se encuentra aún vivo y ardiente en el pecho de los mexicanos.
Mina fué el relámpago que un momento iluminó el horizonte de la revolución, y desapareció en esa insondable eternidad que no podemos comprender.
Era labrador, pero labrador en la montaña, no en la llanura. Los montañeses tienen que habituarse á la vida aventurera y casi salvaje. Los fenómenos todos de la naturaleza parece que se desarrollan de una manera más imponente en la montaña, y esto, y el ejercicio de la caza, preparan á esa clase de hombres á la vida militar.
Napoleón I hizo del labrador montañés un guerrillero.
Mina peleó por la independencia de su patria y llegó á ser jefe de la Navarra, provincia donde vió la luz en fines del año de 1789,Terminada la invasión, Mina se encontró con otro enemigo, el despotismo, y basta para personificarlo nombrar á Fernando VII, soberano tan repugnante que ni aun ha tenido la consideración para los españoles más sumisos y monarquistas. Mina, en unión de su tío Espoz y Mina, conspiró en Navarra para restablecer la Constitución. Desgraciado en esta tentativa, tuvo que huir para salvar la vida, y emigró á Francia y pasó poco tiempo después á Inglaterra.
Encontró allí un personaje al que no hemos dado todavía todo el honor v la celebridad que merece. Este personaje era elDr. D. Servando Teresa de Mier. Este padre fué el primero en propagar las ideas de la desamortización eclesiástica y de la separación de la Iglesia y del Estado. Sus obras no las mejoraría en ciertas capitales el progresista más exaltado de 1870.
Un fraile y un proscrito sin un cuarto en la bolsa, el uno con su entusiasmo y el otro con su espada, intentan á más de dos mil leguas de distancia, derribar un gobierno que había triunfado de los más valientes y esforzados caudillos mexicanos. Desde este momento comienza una serie de aventuras propias más bien para un romance.
El mismo día que resolvió Mina hacer una expedición á México, alentado por los consejos y entusiasmo del padre Mier, se presentóresueltamente en la casa de dos ó tres comerciantes ingleses.
Quizá una semana después, á las tres de la tarde (y hay sobre esto un canto popular), el guerrillero español abandonaba las costas inglesas, y surcaba los mares en un barco mercante que tomó á flete, y fué el principio de su escuadrilla. Le acompañaban el infatigable padre Mier y treinta hombres terribles y desalmados, que dieron prueba más adelante de una energía indomable. La primera idea de Mina fué poner directamente la proa á las costas de México; pero varió de resolución, y para proveerse de más gente y recursos, se dirigió á los Estados Unidos del Norte, donde reclutó, en efecto, más de doscientos soldados aventureros que indistintamente habían servido con los ingleses y con los franceses en las últimas guerras. Con estas fuerzas, y con otros buques, aunque pequeños, organizó su expedición y se dirigió á Puerto Príncipe, donde se encontró con que un terrible huracán le había destruído uno de los buques que mandó con anticipación, y con que muchos de los aventureros enganchados se habían desertado.
De Puerto Príncipe salió á la mar la expedición, con dirección á Tejas, con el fin de reunirse con el comodoro Aury, jefe de unos cuantos piratas que había reunido bajo sus órdenes. El vómito prieto se declaró ábordo de la improvisada escuadrilla, y comenzaron á morir oficiales y marineros. En el estado más triste llegaron á la isla del Caimán. Las frescas brisas y una pesca abundante de tortugas, volvieron la vida y las fuerzas á los enfermos. Mina, resistiendo á las enfermedades y á todo género de contratiempos, llegó por fin á Gálveston, donde abrazó al pirata Aury, refrescó los víveres, estableció su campamento, se dedicó á formar sus regimientos, á preparar la expedición, y publicó un manifiesto que circuló poco tiempo después en México, y reanimó el entusiasmo por la Independencia.
Las aguas de la costa de Nuevo Santander (hoy Tamaulipas) estaban por lo común solitarias, y una que otra barca de pescador rompía aquellas olas cansadas de rodar en las calientes arenas de la playa.
El tiempo había estado borrascoso. Recios vientos habían soplado sin duda más lejos, pues venían las olas todavía gruesas y enojadas á azotarse contra la costa. Se observó el palo de una embarcación. Empujada por una fuerte brisa que hinchaba sus velas, en breve llegó al puerto, y se pudo reconocer que era un barco grande armado en guerra.En efecto, era la «Cleopatra,» y á bordo venía el general Don Francisco Javier Mina.
El desembarco se hizo sin dificultad y sin experimentar resistencia ninguna el 15 de Abril de 1817.
El 22 salió Mina para Soto la Marina. Caminaba á pie, con su espada en la mano, al frente de la tropa. Tres días anduvo perdido en los bosques, pero al fin llegó á la población, donde fijó su cuartel general. Sus buques quedaron en la costa. Un marino español salió de Veracruz á atacarlos. La goleta «Elena,» que era muy velera, escapó á la vista del enemigo; las tripulaciones de la «Cleopatra» y del «Neptuno» vinieron á tierra, y en este estado, el marino español que montaba la fragata «Sabina,» se encaró fieramente con la escuadrilla silenciosa del aventurero capitán.
El marino español rompió un vivo fuego de cañón. La «Cleopatra» no contestaba, y esto irritaba al enemigo.
—Que redoblen el fuego, gritó con voz de trueno.
El cañoneo continuó más fuerte. La «Cleopatra,» siempre silenciosa, parecía resistir las balas sin que le hicieran un daño visible.
—¡Esta es una asechanza sin duda! exclamó el jefe español; se tratará de que nos acerquemos, para echarnos una andanada y sumergirnos en el agua. ¡Al abordaje! al abordaje!y no hay que perdonar á nadie. Hombres, mujeres, niños, que todos sean pasados á cuchillo.
Los botes, tripulados con un buen número de gente provista de escalas, garfios, picas y demás instrumentos propios para el abordaje, se desprendió de la «Proserpina» y resueltamente se dirigió á la «Cleopatra.» El mismo silencio, la misma terrible inmovilidad.
—¡Animo, marinos! gritó el jefe que mandaba los botes; acordáos que sois españoles y que estais en la tierra de Cortés. Arriba! á ellos! y no haya misericordia.
Los marinos españoles se lanzaron como leones.
Un gato, único defensor que había quedado á bordo, corrió por la cubierta, y mirándose atacado por los marinos de la «Proserpina,» corrió sobre cubierta, se precipitó, sin saber dónde, cayó sobre la cara del comandante, se afianzó con las uñas de sus barbas y carrillos, y al grito de sorpresa y de dolor del bravo marino, el gato cayó en el agua y desapareció entre las ondas. Los asaltantes tuvieron que soltar una carcajada.
Sin embargo, el brigadier D. Francisco de Beranger, que mandaba esta expedición, dió á su regreso á Veracruz un parte en que describía una terrible batalla naval y un sangriento abordaje. El virrey los recomendó á España, y decretó que llevaran en el brazoderecho un escudo con el siguiente epígrafe:Al importante servicio en Soto la Marina.
Mina no perdió su tiempo. Construyó un fuerte regular en Soto la Marina, y resolvió expedicionar en el interior del país.
La mañana del 24 de Mayo, Mina, ya con su espada ceñida, estaba en la plaza al frente de sus tropas, que eran las siguientes:
Era ridícula esta expedición. Mejor dicho, era sublime. El comandante tenía en sus ojos la victoria.
Mina llamó al mayor Sardá.
—Te dejo cien hombres, mayor. Con esta fuerza te defenderás hasta el último extremo. Te han de sitiar, sin duda alguna; pero no haya cuidado, yo volveré y haré á balazos que te dejen quieto. Mina estrechó la mano del mayor, y espada en mano, salió de la plazade Soto la Marina, tambor batiente y bandera desplegada.
Después de tres días de marcha por aquellos desiertos faltos de víveres y de agua, la tropa comenzaba á fatigarse y á murmurar.
—No hay cuidado, mis amigos; antes de algunas horas tendremos víveres frescos, y habitación magnífica, y dinero.
En efecto, Mina, burlando con la rapidez de su marcha la vigilancia del jefe D. Felipe de la Garza, sorprendió una hacienda y se apoderó de una buena cantidad de efectos y provisiones que repartió entre sus soldados.
Ninguna de las muchas combinaciones militares que hizo el gobierno con una actividad sorprendente, pudo detener la marcha de Mina. Derrotó á Villaseñor en el Valle del Maíz, y el 14 se hallaba instalado en los magníficos edificios de la hacienda de Peotillos, que en esa época pertenecía á los Carmelitas. Los dependientes y mozos habían huído, llevándose todas las provisiones. La tropa, cansada y hambrienta, se acostó sin cenar. No habían cerrado los ojos, cuando el enemigo se presenta. Armiñan y Rafols, con fuerzas considerables, tocan, como quien dice, á las puertas de la hacienda.
Mina recibe el aviso de sus avanzadas, se ciñe la espada, sube á la azotea del edificio y observa entre el polvo y la ardiente reverberacióndel campo, una fuerza de infantería como de 1,000 hombres, seguida á cierta distancia por una numerosa caballería.
—Amigos, dice á sus soldados, que habían salido en seguimiento de su jefe; vamos á ser atacados dentro de pocos momentos. Si nos encerramos en las casas, pereceremos, si no por las balas, sí de hambre. No hay más recurso que salir al campo y atacar al enemigo antes de que se acerque más.
La respuesta de esta tropa denonada fué un ¡hurra! estrepitoso, y cosa de 170 hombres formaron en momentos y se dirigieron á paso veloz al encuentro de la formidable columna española.
Mina, á los pocos momentos de comenzada la acción, se vió envuelto por la caballería, y sus escasas fuerzas diezmadas por las balas enemigas. En este trance supremo, con los pocos que le quedaban, formó un cuadro, hizo una descarga á quemaropa á la caballería que se le venía encima, mandó calar bayoneta y se lanzó con espada en mano, haciendo un agujero sangriento en la masa compacta de enemigos. El pánico se apoderó de ellos, comenzaron á vacilar y á desorganizarse, y concluyeron con abandonar el campo y echar á correr. El coronel Piedras, de las tropas realistas, no paró hasta Río Verde. Rafols se escapó en las ancas del caballo de su corneta de órdenes, y Armillan se retiró á SanJosé. Esta fué la célebre acción de Peotillos dada el 15 de Junio.
Mina con el puñado de hombres que le había quedado, resolvió seguir al interior del país, y al día siguiente se puso en camino, no deteniéndose sino delante del Real de Pinos, cuya plaza estaba fortificada y defendida por trescientos hombres y cinco cañones.
Para Mina no había dificultades, y á todo trance necesitaba apoderarse de este mineral. Mina intimó rendición á la plaza, y habiendo recibido una respuesta altanera, se decidió á obrar. Llamó á quince de sus más atrevidos soldados, les indicó una tapia, y con una escalera subieron sin ser sentidos á las azoteas de las casas. Descendieron á la plaza, sorprendieron la guardia y se apoderaron de la artillería. Mina entonces asaltó la ciudad, y no habiendo resistido ya los defensores, entró á ella, permitiendo el saqueo para castigarla de su resistencia. El 24 de Junio Mina se hallaba en el corazón del país, y posesionado del fuerte del Sombrero, que mandaba el jefe independiente D. Pedro Moreno.
A los cuatro días, y cuando apenas sus soldados comenzaban á descansar de una marcha de más de 250 leguas por un país desierto, se supo que el jefe español Ordoñez, con una fuerza de 700 á 800 hombres, se dirigía sobre el fuerte. Mina rápido en sus concepciones, resolvió atacarlo, y acompañadode Moreno y del Pachón (Encarnación Ortiz), se puso en marcha, y á la media noche llegó á las ruinas de una hacienda, donde encontró 400 insurgentes armados con unos cuantos fusiles inútiles. Al día siguiente muy temprano continuó su marcha, y algunas horas después se hallaba frente del enemigo con dos columnas de cien hombres, y en menos de ocho minutos Mina derrotó á los españoles, y regresó al fuerte con los cañones, fusiles y dinero ganados en esta batalla donde murieron los jefes realistas Ordóñez y Castañón.
En poco tiempo Mina llenó con su nombre toda la Nueva España. Las gentes, cuando pasaba por algún pueblo, salían á verle con admiración, y el virrey, al acostarse y al levantarse tenía en sus oídos este nombre fatal.
El gobierno colonial desplegó la mayor actividad, reuniendo en Querétaro un cuerpo de tropas escogidas que puso á las órdenes del Mariscal Liñán, y apeló, además, á los medios de costumbre, que fueron declarar al héroe de Peotillos traidor, sacrílego y malvado. Ya en fines de Julio, Mina tenía sobre sí en la provincia de Guanajuato á Liñán, Orrantia, Negrete, Villaseñor, Bustamante(Don Anastasio), y cuantos otros jefes se consideraron capaces de afrontar el ataque rápido y terrible de los atrevidos aventureros que militaban bajo sus órdenes. Las fuerzas españolas se fueron colocando en puntos convenientes, hasta que al fin se acercaron y establecieron un sitio al fuerte del Sombrero. Este lugar dista de Guanajuato 18 leguas, y 6 de la ciudad de León, Mina, con cosa de mil hombres mal armados y unas viejas piezas de artillería, se resolvió á esperar y defenderse hasta el último extremo.
El 1.º de Agosto el enemigo rompió el fuego de cañón, que continuó sin interrupción durante cuatro días. Creyendo Liñán que los defensores estarían ya acobardados, dispuso un asalto por cuatro puntos, y por todos ellos fué rechazado. Entonces se hicieron á Mina proposiciones muy lisonjeras, que rehusó constantemente.
El fuego de cañón comenzó otra vez con más fuerza; la escasa agua que había en un algibe del fuerte se acabó, y las nubes derramaban en las cercanías frescas y abundantes lluvias; mientras los hombres del fuerte morían de sed. Mina, entonces, para contener la desesperación de sus soldados, hizo una salida sobre el campo de Negrete, le mató mucha gente y le tomó un reducto, pero tuvo que retirarse y volverse á encerrar en aquellas rocas secas y fatales.
El 15, Liñán hizo un terrible empuje y arrojó todas sus columnas sobre el fuerte, pero fué rechazado, perdiendo más de 200 hombres que quedaron tirados en las barrancas.
Los independientes no podían, sin embargo, sostener la posición. La sed los hacía rabiosos, y la peste los diezmaba. Resolvieron en una noche obscura abandonar el fuerte, pero al atravesar la barranca fueron sentidos, y las tropas españolas cayeron sobre ellos, y hubo en la obscuridad una horrible matanza de que pocos escaparon. Liñán ocupó el fuerte el 20, y su primera disposición fué mandar fusilar á los enfermos y heridos que habían quedado abandonados en esa noche triste de la Independencia mexicana.
Mina, protegiendo la salida, animando á los débiles, recogiendo á los dispersos, sostuvo la posición hasta lo último; pero ya rodeado de tropas españolas, no le quedó más arbitrio que abrirse paso con cien caballos, logrando escapar de la fuerza enemiga y llegar al fuerte de los Remedios, en el cerro de San Gregorio.
El 27, Liñán con todas sus tropas se presentó delante del fuerte de los Remedios. Mina, dejando sus buenas tropas en esta posición, expedicionó por el Bajío con cerca de 900 insurgentes de caballería. Se posesionó á viva fuerza de la hacienda del Bizcocho y de San Luis de la Paz. Fué rechazado de laZanja y derrotado por Orrantia en la hacienda de la Caja. No pierde, sin embargo, el ánimo, y con veinte hombres que le quedaron, se dirige á Jaujilla á conferenciar con la Junta, y empeñado en auxiliar á los sitiados en el fuerte de los Remedios, vuelve otra vez á Guanajuato, reune á los insurgentes, toma la mina de la Luz, penetra en las calles, y allí desorganizadas las tropas que eran colecticias, bizoñas é insubordinadas, es completamente derrotado. Con 40 infantes y 20 caballos pasa la noche cerca de la mina de la Luz, y al día siguiente se dirige al rancho delVenadito, cuyo dueño era su amigo Don Mariano Herrera.
«Por las noticias que Orrantia adquirió en Guanajuato, supo el lugar donde Mina debería encontrarse, y á las diez de la noche salió con 500 caballos, dejando la infantería en Silao. Mina, á quien había venido á ver Moreno, en la confianza de estar seguro en un lugar tan oculto y con las precauciones que había tomado, se propuso descansar, y por primera vez después de muchas noches se quitó el uniforme y permitió que desensillasen sus caballos.»
Al amanecer del 17, Orrantia llegó al rancho y su avanzada de caballería rodeó la casa y sorprendió á los que todavía dormían tranquilos. Moreno murió defendiéndose, y Mina, hecho prisionero, y llevado delante deOrrantia, fué insultado por éste y maltratado de una manera villana, hasta el extremo de darle de cintarazos.
El 11 de Noviembre, á las cuatro de la tarde, fué conducido Mina al Cerro del Bellaco, donde fué fusilado por la espalda á la vista de los campamentos español é insurgente, que suspendieron las hostilidades para presenciar la muerte del indomable aventurero, que aun no cumplía veintinueve años, y que hizo temblar al antiguo virreinato de la Nueva España.
Manuel Payno.