II

D. Juan Díaz Covarrubias,D. José M. Sánchez.

D. Juan Díaz Covarrubias,D. José M. Sánchez.

D. Juan Díaz Covarrubias,D. José M. Sánchez.

Díaz Covarrubias tenía diecinueve años; era hijo de Díaz el célebre poeta veracruzano, su aspecto era simpático, en su frente se veían las huellas prematuras del estudio y de la meditación. Estaba para concluir los cursos de la escuela, y consagraba sus ocios á cultivar las bellas letras. Es autor de varias novelas de costumbres y de poesías líricas, que revelan una alma pura, sensible y ansiosa de gloria. Todas sus ilusiones juveniles, todas sus esperanzas se extinguieron cuando le anunciaron que lo llevaban á la muerte. Este joven, este niño, pidió que se le permitiera despedirse de su hermano; los verdugos le dijeron que no había tiempo. Quiso escribir á su familia; los verdugos le dijeron que no había tiempo. Pidió un confesor; los verdugos le dijeron que no habíatiempo. Entonces el poeta regaló su reloj al oficial que mandaba la ejecución, distribuyó sus vestidos y el dinero que tenía en los bolsillos, entre los soldados; abrazó á su compañero Sánchez, y resignado y tranquilo se arrodilló á recibir la muerte. El oficial dió con acento ahogado la voz de fuego, y los soldados no obedecieron; la repitió dos y tres veces, y al fin sólo dos balas atravesaron el cuerpo del joven; sólo dos hombres dispararon sus armas. Los soldados lloraban; Díaz Covarrubias, agonizante, fué arrojado sobre un montón de cadáveres; algunas horas después, aún respiraba......... Entonces lo acabaron de matar, destrozándole el cráneo con las culatas de los fusiles!

El mundo calificará estos horrores, que jamás había presenciado ni en las guerras más encarnizadas. Se ha visto entrar á saco á los ejércitos en país enemigo; se ha visto el incendio de las ciudades; se han visto actos de crueles represalias; pero ni en los tiempos bárbaros, ni en la edad media, ni en las conquistas de los musulmanes, ni en la guerra de Rusia en Polonia, ni en la del Austria en Italia y en Hungría, ni en los desastres de los carlistas de España, ni en la actual sublevación de la India, se han encontrado bárbaros que arranquen de la cabecera del enfermo el médico para asesinarlo. A los ojos de ningún tirano ha sido delito curar al herido; el médicode ejército no se considera como prisionero; jamás es permitido disparar contra la bandera blanca de los hospitales de sangre; en medio de la guerra, los hombres todos respetan ciertas reglas de humanidad, cuya observancia es la gloria del valor.

A nuestro siglo, á nuestro país estaba reservada la triste singularidad de ofrecer un espectáculo tan inhumano, tan cruel, tan salvaje, que hace retroceder la guerra á los tiempos de Atila y de los hunos.

Los médicos asesinados en Tacubaya son mártires de la ciencia y del deber. Sus verdugos, que defienden los fueros de clérigos y frailes, han atropellado los fueros de la humanidad, las leyes de la civilización, los preceptos del derecho de gentes sancionados por los pueblos cristianos.

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Quienes así trataron á los que estaban salvando á sus heridos, ¿de quién habrán de tener piedad?

ElLic. D. Agustin Jáureguiestaba tranquilo en su casa de Mixcoac, al lado de su esposa y de sus hijos, sin haber tenido la menor relación con los constitucionalistas. Era hombre que, si bien deploraba los males del país, estaba exclusivamente consagrado á sufamilia. Un infame, cuyo nombre ignoramos, lo denuncia á Miramón como hombre de ideas liberales, y esto basta para que lo mande aprehender.

Jáuregui tiene aviso de esta denuncia; duda, nada teme, sus deudos le aconsejan la fuga; pero era ya tarde: una gavilla de soldados se apodera de él, y maniatado es conducido á Tacubaya. No se le pregunta siquiera su nombre; es llevado al matadero, y cae fusilado como los otros.

¿Cuál era su delito? ¿De qué se le acusaba?

Nadie lo sabe.

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Entre los prisioneros estabaD. Manuel Mateos, joven de veinticuatro años que hace un año se recibió de abogado, y tenía felicísimas disposiciones para el cultivo de las letras, habiéndose desde niño dado á conocer por sus poesías, que respiraban un entusiasta patriotismo, y en que cantaba las glorias de nuestros primeros héroes.

Este joven valeroso, instruído é inteligente, había combatido varias veces contra la reacción; hacía pocos días que, después de haber sufrido una larguísima prisión, se había incorporado al ejército federal.

Llevado al suplicio, camina sin temblar, indaga quienes han muerto antes que él:cuando quieren fusilarlo como traidor, se irrita, forcejea para recibir las balas por delante, y arenga á sus verdugos, diciéndoles quelos perdona porque no saben lo que hacen cuando consienten en asesinar á los que luchan por darles la libertad; hace votos porque su sangre no sea vengada; dice no lo aterra la muerte porque ha cumplido con sus deberes de mexicano y acepta gustoso el sacrificio de su vida...... Sus palabras son interrumpidas por las balas que le hieren el pecho; un oficial ha tenido miedo de que siga hablando, y manda hacerle fuego antes de tiempo. ¡Mateos cae, y espira victoreando la libertad!!!

Cuando este joven fué como voluntario á la campaña de Puebla y estuvo en la batalla de Ocotlán, en medio de la confusión de aquel día descubrió á su lado á unos oficiales reaccionarios que estaban perdidos. Mateos se acerca á ellos, les estrecha la mano, los viste con el uniforme de los rifleros, cede á uno su caballo, y así los salva, trayéndolos á México y ayudándoles á ocultarse mientras pueden obtener el indulto. Uno de los oficiales así salvados por Mateos, era ayudante de Haro y Tamariz.

¡Y hombre tan generoso perece en la flor de su edad, sin encontrar un corazón amigo!

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Las víctimas completan hasta el número deCINCUENTA Y TRES.

Entre estas víctimas se oyen crueles despedidas, gritos de los que pedían un confesor, plegarias dirigidas á Dios y víctores á la libertad. Algunos habían sido prisioneros, otros no tenían más culpa que estar cerca del teatro de los sucesos: unos eran artesanos, otros labradores; muchos quedaron con los rostros tan desfigurados, que nadie ha podido reconocerlos. ¡Mártires sin nombre, pero cuya sangre no dejará por esto de caer sobre las cabezas de sus asesinos! Entre los testigos de esta tragedia, muchos lloraban, y á veces soldados y oficiales abrazaban á las víctimas.....

Los cincuenta y tres cadáveres quedaron amontonados unos sobre otros, insepultos y enteramente desnudos, porque los soldados los despojaron de cuanto tenían, y de paso saquearon algunas casas.

Las madres, las esposas, los hermanos, los hijos de las víctimas, acudieron al lugar del trágico acontecimiento, reclamaron á sus deudos para enterrarlos, y se les negó este último y tristísimo consuelo.

A los dos días, los cadáveres fueron echados en carretas que los condujeron á una barranca,donde se les arrojó y donde permanecen insepultos.

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¡Víctimas de la ciencia, de la caridad y de la abnegación, dormid en paz! Vuestros verdugos os han abierto las puertas de la inmortalidad, y han coronado vuestras frentes con la aureola del martirio y de la gloria. Estais ya libres de la opresión; no sufrís el sonrojo del abatimiento de la patria; no veis triunfante el crimen, y estais ya en la mansión de la eterna justicia!

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Esta justicia ha condenado ya á los verdugos, que no podrán librarse del castigo de su culpa. Malditos serán sobre la tierra que empaparon con la sangre de sus hermanos, á quienes cobarde y alevosamente asesinaron: malditos sobre la tierra, sí, porque aunque huyan de la patria, en el destierro los perseguirán sus remordimientos, y todas las naciones cultas los recibirán con horror y con espanto. No hizo tanto el general Haynau en la guerra de Hungría, y al llegar á Londres el pueblo lo apedreó y lo escarneció en memoria de sus iniquidades.

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¡Dios Santo!! Tú que amparaste al pueblo mexicano en sus tribulaciones; Tú que diste fuerza á su brazo para filiarse entre las naciones soberanas; Tú que inspiraste á su primer caudillo la obra sublime de la abolición de la esclavitud, aliéntalo para que lave la tierra que le diste, y la purifique de las manchas sangrientas que le imprimen sus verdugos. ¡Dios de las naciones! Tú que eres misericordioso y justiciero, alienta, alienta á este pueblo para que recobre sus inalienables derechos para que asegure su porvenir, para que sea digno de contarse entre los pueblos cristianos que siguen la ley de gracia, traída al mundo por tu Hijo á costa de sangre!

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¡Dios de las naciones! Haz que el crimen tenga expiación; permite que este pueblo se lave del baldón de sus opresores, haciendo reinar la paz, la justicia y la virtud; y haz por fin, que este pueblo oprimido quebrante sus cadenas y sea el terrible instrumento de tu justicia inexorable.

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¡Ay de los asesinos! ¡Ay de los verdugos! ¡Ay de los modernos fariseos! ¡Malditos serán sobre la tierra que regaron con sangre inocente, con sangre de sus hermanos que vertieron con crueldad y alevosía!!

Once años han pasado, y está aún abierto el libro de la historia y palpitante el recuerdo de la catástrofe.

La iglesia de San Pedro Mártir, en cuyo cementerio reposan las cenizas de los patriotas, no existe ya; los huracanes la derribaron por el suelo; y hasta sus cimientos han perecido.

Una aguja de mármol señala el lugar del sacrificio; sobre una de sus piedras se lee en letras negras: ACELDAMA (campo de sangre), palabra de la Biblia, que resume el misterio de aquel lugar que velan los pabellones de la muerte.

Víctimas y verdugos duermen ya el sueño eterno; las primeras vestirán en el cielo la túnica de los mártires y empuñarán la palma del sacrificio; los verdugos, rojos con la sangre de sus hermanos, pedirán con labios trémulos misericordia; Dios, sobre la alta justicia de los hombres, pronunciará su inexorable fallo.

Uno solo, el principal autor de la hecatombe, vive expatriado de la sociedad humana, yace como un condenado entre los hombres, con la carga pesada de su existencia, maldito de los suyos, aborrecido de los extraños, y con la marca del asesino sobre su frente.

Huye del castigo humano. ¿Podrá esconderse á la mirada de Dios?

México, Octubre de 1870.

Juan A. Mateos.

La sincera amistad que le profesamos en vida, y el pesar y respeto que nos causó su muerte trágica y prematura, harán quizá que no seamos enteramente imparciales al consagrarle unas líneas en esta publicación donde hemos consignado el funesto fin de hombres célebres y distinguidos en las edades de nuestra historia. No es una biografía la que vamos á escribir, sino el recuerdo familiar de algunos de los rasgos más marcados de un personaje que, de todas maneras, tendrá que figurar en nuestra historia contemporánea.

Puebla pasa por uno de los Estados donde ha penetrado con más trabajo la civilización.—No tengo esa creencia, y me parece simplemente que el apego religioso á sus antiguas costumbres y creencias, da motivo á una críticaque tiene mucho de injusta y de apasionada. Los hombres distinguidos que ha producido, bastarían para destruir en parte esta preocupación. Comonfort era originario de un pueblo del Sur de ese Estado. Sus primeros años fueron, como es común, dedicados a la escuela y al colegio, donde fué condiscípulo de D. Antonio de Haro y Tamariz, que murió el año pasado en Roma con el hábito de jesuita.

Nada se encuentra en los años de la juventud de Comonfort que revelara el alto destino que debía ocupar en la República, y la marcada influencia que debía ejercer en los negocios públicos. Los empleos que desempeñó en los primeros momentos de su carrera política, fueron subalternos y de la esfera política. Después vivió algunos años reducido al círculo privado, y dedicado al cultivo de una propiedad que tenía en el campo, situada entre México y Puebla, y la cual enajenó en los últimos días de su gobierno.

Hubo una época en que una tertulia de hombres eminentes y distinguidos gobernó á México. Esta era la tertulia que se reunía en la casa de D. Mariano Otero.

Otero era redactor en jefe delSiglo XIX, senador, después ministro. Yáñez era diputado,después fué ministro. Lafragua, diputado varias veces, después también ministro. No había persona de las que concurrían habitualmente, que no ejerciese un importante cargo público y un influjo más ó menos eficaz en los asuntos del gobierno. El alma de toda esta reunión era D. Manuel Gómez Pedraza, que jamás en su delicadeza y respeto por los demás, pretendió constituirse en director ó jefe; pero que se complacía en los últimos años, de ejercer su influjo y de tener íntima amistad con personas cuyos talentos él más que nadie sabía estimar. A esta reunión de liberales moderados pertenecía Comonfort, y fué verdaderamente la época en que se colocó en una esfera de acción y comenzó á tomar más ó menos parte en la política.

Antes había ya dado una prueba de patriotismo y de valor personal. Había sido militar, como muchos mexicanos, de milicias nacionales; pero no era su profesión: sin embargo, cuando las fuerzas americanas llegaron al Valle de México, y el general Santa-Anna se puso al frente del nuevo ejército que formó, Comonfort ofreció sus servicios y desempeñó el cargo de ayudante en toda la campaña del Valle, atravesando por entre las balas y la metralla, y dando pruebas de una serenidad y una calma, en medio del peligro, que le captó las simpatías de los antiguosoficiales que servían en los cuerpos de las tropas de línea. Concluída la campaña, volvió Comonfort á su vida quieta y á sus ocupaciones privadas.

En la tertulia de Otero, Comonfort era verdaderamente querido de todos. De un carácter extremadamente complaciente y suave, de unas maneras insinuantes, de unos modales propios de una dama, como decía Pedraza, no había persona que le tratase, aunque fuese un cuarto de hora, que no quedase prendado de su amabilidad. Así sucedió constantemente durante su gobierno, y más de un enemigo que hubiese querido aniquilarle, se reconcilió con solo una media hora de conversación. Decían que Maximiliano era en su trato verdaderamente seductor. Yo no he conocido otro hombre más agradable, por sus maneras, que Comonfort. La finura y cortesía del gentilhombre francés de los buenos tiempos, estaba personificada en él.

Comonfort se hallaba en 1854 de Administrador de la Aduana de Acapulco. Santa-Anna, que gobernaba entonces, le destituyó. He aquí el principio pequeño de una gran revolución social que se llamó de laReforma, y que se ha enlazado posteriormente con sucesostan importantes como fueron los de la intervención, y hoy mismo la próxima destrucción de la dinastía de los Bonaparte.

Comonfort fué el verdadero promovedor y autor del Plan que proclamaron en Ayutla los generales Alvarez, Moreno y Villareal, que se reformó en Acapulco, el 11 de Marzo de 1854. Sosteniéndolo con las armas en la mano, se hizo notable Comonfort, no sólo como hombre de valor, sino como caudillo dotado de una gran constancia y de cierta capacidad militar. Fué realmente una aparición repentina en la escena de nuestro gran drama revolucionario, que recordaba aquellas figuras que se levantaban repentinamente de cualquiera parte, en los últimos años de la dominación española.

Santa-Anna, que por política ó por carácter había sido el amigo de todos los partidos y el favorecedor de todos los partidarios, en la última vez que gobernó el país fué perseguidor, vanidoso, vengativo, hasta cruel. Esta tiranía y el aparato monárquico con que revistió su gobierno, chocó generalmente á los mexicanos; así, que en los últimos días del año de 1853, tenía ya la opinión pública enteramente contraria, y su administración sin recursos pecuniarios no contaba con más apoyo que el de la fuerza armada. La revolución de Ayutla era la chispa, pero el reguero de pólvora estaba ya tendido de uno áotro extremo del país. Los gobiernos personales han sido frecuentes en la República: como el gobierno personal ya cansaba al carácter movible de los mexicanos, un plan que prometiese una organización constitucional debía tener eco en toda la República; como en efecto lo tuvo el de Ayutla.

Santa-Anna despreció al principio este movimiento; pero pocos días bastaron para persuadirle que si no le sofocaba, prontamente podría acabar con su gobierno. Como todo gobierno que está para caer, multiplicó sus actos de opresión, y no confiando desde luego en ninguno de sus generales, ó creyendo conquistar fácilmente una gloria militar, se puso á la cabeza de una división de cinco mil hombres y marchó al Sur.

Venciendo las dificultades de un país desprovisto de recursos, y los ataques poco importantes de algunas guerrillas, Santa-Anna llegó frente al puerto de Acapulco el 19 de Abril de 1854.

La gloria de Santa-Anna se apagó para siempre en esta jornada, y Comonfort comenzó á ser el hombre de la revolución y el personaje distinguido de la época. Se encerró con un puñado de hombres en el castillo de San Diego, y de allí no le sacaron ni los cañonazos ni el oro. Santa-Anna llevaba y ofrecía pólvora y oro, y la influencia y dinero deD. Manuel Escandón, no fueron del todo extraños en esta expedición.

Santa-Anna, que temió acabarse de estrellar y perecer con todo su ejército en las ásperas montañas del Sur, levantó el sitio de Acapulco y regresó á la Capital, teniendo que forzar varios pasos y que perder en cada uno un pedazo de su prestigio y algunos de sus soldados.

El dinero que recibió Santa-Anna por el tratado de la Mesilla, prolongó por unos días más su existencia; pero la revolución creció en el Sur y se propagó por Michoacán y Tamaulipas.

Entretanto, Comonfort salió de Acapulco para San Francisco de Californias, donde no pudo conseguir ningunos recursos. De San Francisco pasó á Nueva-York, y allí encontró á D. Gregorio Ajuria. Era hombre especulador y audaz, y jugó un verdadero albur. Prestó á Comonfort sesenta mil pesos, parte en dinero y parte en armas, estipulando que recibiría doscientos cincuenta mil pesos si la revolución triunfaba. La revolución triunfó, y Ajuria fué pagado, y más adelante arrendó, en compañía con otra persona, la Casa de Moneda de México.

El lance fué atrevido, y sea lo que se fuere, Comonfort regresó á Acapulco el 7 de Diciembre de 1854 con algunos recursos, y la revolución tomó un carácter más positivo y másserio. Comonfort pasó al Estado de Michoacán con el carácter de General en Jefe de las tropas de aquel Estado, y Santa-Anna, por su parte, salió también de la capital con un ejército á combatir á su enemigo; pero regresó el 8 de Junio de 1855, sin haber podido obtener sino triunfos efímeros, y dejando en peor estado el resto del país donde cundía el incendio de la revolución.

El 13 de Agosto de 1855 fué día de holgorio y de fiesta revolucionaria para el pueblo de la capital. Los bustos de mármol del Ministro D. Manuel Diez de Bonilla, los libros de pastas blancas italianas, el piano, los retratos del personaje, los muebles, todo volaba de los balcones á la calle, donde la plebe furiosa se arrojaba sobre los destrozos del menaje del que representaba la aristocracia pocos días antes y lo entregaba á las llamas. Por otras calles conducía una multitud frenética los coches de Santa-Anna, untados de brea y ardiendo como unos hornos ó fraguas ambulantes. El aspecto de la ciudad, llena de gentes de los barrios dispuestas á la venganza y próximas al furor y al desbordamiento, hicieron que los habitantes cerraran sus casas y tiendas, y que los hombres que habíanhasta ese momento gobernado, se pusieran en salvo.

¿Qué cosa había ocasionado este movimiento?

Santa-Anna, cansado ya de luchar y persuadido de que no podía dominar la revolución, abandonó el gobierno, y á las tres de la mañana del 9 de Agosto salió para Veracruz, donde llegó pocos días después y se embarcó con dirección á la Habana.

Como los reyes, dejó en un pliego cerrado nombrados los gobernantes que debían de sucederle; pero la revolución avanzaba á grandes pasos al centro.

Comonfort continuaba sus hazañas militares, y se hacía á la vez temer y amar de los pueblos por donde pasaba.

Obraba ya con unas tropas medianamente regularizadas, y en un extenso Estado como el de Jalisco. Zapotlán era una plaza fuerte, guarnecida con fuerzas del Gobierno. Comonfort la atacó, asaltó personalmente una fortificación y llegó hasta la plaza, precediendo á mucha distancia á sus soldados. Este triunfo, puede decirse personal, le grangeó la admiración de todas esas poblaciones, y cuando se dirigió á Colima, la ciudad le abrió sus puertas, y en lugar de balas y pólvora hubo banquetes, bailes y regocijos.

En la capital se organizó una presidencia interina que ocupó el general Carrera; perono siendo reconocido por la revolución, las fuerzas que desde entonces podían llamarse liberales, se avanzaron á la capital, y cosa de cincuenta mil hombres de línea que había dejado Santa-Anna, ó se disolvieron ó fueron tomando parte en el movimiento.

El general Alvarez, patriarca centenario del inexpugnable Sur, fué también el jefe de una revolución. Vino á Cuernavaca, y allí una junta, como era de esperarse, lo eligió Presidente. Alvarez eligió á Comonfort para su Ministro de la Guerra, y con este carácter vino á la capital, después de derrocado Santa-Anna. La revolución era en el sentido liberal, pero no progresista. El partido moderado, teniendo por principio no hacer peligrosas innovaciones, era en ese sentido antagonista del partido rojo. Comonfort, representante de esa revolución y de ese partido moderado, fué elegido Presidente substituto el 12 de Diciembre de 1855, no sin haber tratado de impedirlo el partido liberal exaltado.

A los pocos días y cuando apenas acababa la revolución llamada de Ayutla, brotó otra nueva en Zacapoaxtla. Todas las tropas de que podía disponer el gobierno, le abandonaron; mientras que los pronunciados, ácuya cabeza estaba D. Antonio Haro, se posesionaron de Puebla con una gran fuerza, y amagaban la capital.

Fué necesario reclutar nuevas tropas, armarlas, vestirlas y enseñarles hasta los primeros rudimentos del arte militar; pero con la actividad y energía que desplegó la administración en esos momentos supremos, se vencieron todos los obstáculos, y en el mes de Marzo de 1856, Comonfort se hallaba frente de Puebla con cerca de 16 mil hombres.

Dotado Comonfort, como se dice vulgarmente, de un buen ojo militar y de un valor sereno é inalterable, arriesga una batalla en Ocotlán, contra los mejores jefes del ejército de línea, que mandaban las fuerzas contrarias, y triunfa completamente el 8 de Marzo; estrecha sus operaciones sobre Puebla, toma la plaza, y habiendo dominado la más formidable de todas las revoluciones que han estallado contra los gobiernos de México, regresa triunfante á la capital, donde es recibido con unas festividades y unos banquetes populares nunca vistos hasta entonces.

Aunque las fiestas que se hicieron se llamaron de la paz, la paz no duró sino unos cuantos días. En Puebla hubo otra sublevación y otro sitio, y en San Luis estalló otro pronunciamiento. De todos estos peligros salió Comonfort airoso, y logró vencer y tener en su poder á todos sus enemigos.

Las tendencias progresistas se hicieron sentir forzosamente en la administración, y la reforma tenía que comenzar. D. Miguel Lerdo de Tejada ocupó el Ministerio de Hacienda con ese designio, y la ley de 25 de Junio continuó la reforma civil que se había ya comenzado sin éxito, hacía algunos años, por D. Valentín Gómez Farías, el Dr. Mora y el Lic. D. Juan José Espinosa de los Monteros.

Comonfort, no sólo por opinión sino por carácter, era moderado. Enemigo de la violencia, lleno de bondad no sólo con sus amigos sino con sus enemigos, nada de lo que se le pedía negaba, y pasaba por falso cuando no le era posible contentar todas las aspiraciones ni llenar todas las exigencias de los que siempre solicitan favores del hombre que gobierna. Con un fondo tal de carácter, los choques que debía producir en su espíritu y en la ejecución material todo lo que era necesario hacer para llevar á cabo lo que el partido progresista exigía, eran demasiado fuertes y superiores á su organización. Valiente por naturaleza, ni el temor de ser asesinado, ni las balas, ni los cañones le amedrentaban; pero vacilaba ante las observaciones de los hombres notables del partido conservador, á quienes siempre trató con una grande consideración. Lo que labraba en su ánimo en el día el partido progresista, lo destruía en la noche el partido conservador, yvenía á quedar en ese término moderado; quizá bueno en unas circunstancias normales y ordinarias, pero peligroso é inútil en las crisis políticas, que tienen forzosamente que sufrir á su vez y en determinado tiempo todas las naciones. Quería la reforma, pero gradual, filosófica, sin violencia y sin sangre. Esto era imposible; tanto más, cuanto que el clero, después de la ley de 25 de Junio, tenía ya que defender sus cuantiosos bienes materiales y su eterno principio de administración de esos bienes, sin ninguna ingerencia de la autoridad civil!

Así combatido, como la nave por las olas entre dos escollos, su vida era una verdadera tortura, y las medidas del gobierno parecían algunas veces enérgicas y decisivas, y otras débiles é ineficaces. El 5 de Febrero de 1857 se promulgó la Constitución.

La Constitución era una base que se trataba de hacer normal y permanente para el orden de la sociedad. La Reforma tenía que ir más adelante. ¿Cómo habían de conciliarse estas dos fuerzas morales que luchaban en el seno mismo del Congreso? La solución tenía que ser violenta y revolucionaria. Este fué el golpe de Estado, y sin él, la Reforma, tal cual se realizó, habría sido imposible, como habría sido también imposible, sin el golpe de Estado de Chihuahua, el completo y definitivo triunfo sobre la intervención europea.El tiempo, la experiencia, y los hechos hacen que los hombres sean más indulgentes, y poco á poco la justicia se hace lugar en la historia de las debilidades y de las pasiones de la humanidad. Hoy se puede presentar el ejemplo patente, vivo é innegable. Si pudiéramos colocarnos en la época de Diciembre de 1857, tendríamos la constitución republicana, pero no tendríamos la Reforma. Hoy existen unidas estas dos cosas, contradictorias entre sí, y el golpe de Estado hizo sobrevivir la Constitución y realizó la Reforma. Que por los medios lentos que el mismo Código señala se hubiera hecho todo lo que hizo el Gobierno de Veracruz, y estaríamos en las primeras letras de este abecedario, que las naciones de Europa no han aprendido sino á costa de los mayores y más terribles desastres. No hay más que recordar los tiempos de Enrique VIII, de Lutero y de la Convención francesa. Clero y aristocracia, moderados y progresistas, comparad, y todos quedaréis contentos de cuán poco ha costado entre nosotros lo que en este momento todavía tiene que comenzar la Francia republicana.

Comonfort fué la víctima. Su carácter, su posición y los acontecimientos, de que él no era el dueño ni el regulador, le condujeron al destierro.

Salió tranquilamente de entre las bayonetas de sus enemigos, tomó el camino de Veracruz, y allí, la buena amistad del gobernador D. Manuel Gutiérrez Zamora proporcionó un asilo al proscrito. Embarcóse, y en breve se encontró en los Estados Unidos, en esa tierra única donde encuentran asilo y seguridad los desgraciados y los proscritos de todo el globo.

Todo el tiempo de la tenaz y larga guerra que se llamó de la Reforma, vivió Comonfort en el extranjero. Restaurada la República, Comonfort trató de volver á su país, de abrirse camino con nuevos servicios á la patria, y de borrar con la brava conducta el error personal que como Presidente había cometido, sin apercibirse acaso de que no había sido más que un medio, un instrumento necesario para el desarrollo de una revolución social. No es el ingeniero que comienza un camino de fierro, el que suele recorrer toda la linea concluída. Así, en la política, el que inició el movimiento progresista, no recogió más que los peligros, las amarguras y los desengaños,y otros fueron los que recogieron la fama, los honores y el poder.

El Sr. Juárez, siempre amigo de Comonfort, le abrió completamente las puertas de la patria, por donde ya el infortunado Don Santiago Vidaurri le había dejado entrar. Comonfort con su familia residió en Monterrey algún tiempo, inspirando celos y temores al partido exaltado, que veía en su residencia en la Frontera, una nueva revolución y un amago á la constitución restaurada. Nada de eso era: Comonfort no quería más que una rehabilitación, y la guerra extranjera le abrió el camino de la Capital.

Comonfort llegó con una corta fuerza compuesta de esos hombres del desierto, fuertes y atrevidos, acostumbrados á luchar en la frontera con los filibusteros y con los indios salvajes. A estas buenas tropas se agregaron otras, y se formó un corto ejército que se llamó del centro, y se colocó en la línea de México á Puebla.

Cerca de dos meses de un sitio riguroso puesto por las tropas francesas á la Plaza, de Puebla, habían necesariamente agotado los víveres y municiones. Se necesitaba á toda costa introducir un convoy, y esta operación imposible se encargó al General Comonfort, y en verdad, de los que la sugirieron los unos obraron por patriotismo y otros por venganza. La muerte ó la derrota eran inevitables.Comonfort no podía tener ni la más remota probabilidad de vencer á un número más que triple de las tropas regulares y bien armadas que mandaba el General Bazaine. Con efecto, el día 8 de Mayo de 1863, en poco más de dos horas, las columnas de zuavos y de feroces argelinos pusieron en desórden á nuestras tropas acabadas de reclutar y de organizar, y ni la muerte de Miguel López, ni la bravura de muchos de los jefes mexicanos, ni la intrepidez de Comonfort que se arrojó en lo más recio de la pelea y buscó desesperado la muerte, ni el sacrificio de muchos infelices soldados que fueron materialmente asesinados por los árabes, fueron bastantes para restablecer la acción que definitivamente fué ganada por el mismo Mariscal que hoy ha dado pruebas en Metz de no haber olvidado las lecciones de constancia, de tenacidad y de desesperada resistencia que aprendió en sus campañas de México. Comonfort había ya recibido un nuevo bautismo, y se presentó en la capital todavía con el polvo y la sangre de la batalla. Puebla, como consecuencia forzosa de la desgraciada batalla de San Lorenzo, fué ocupada por los franceses cuyo general era el memorable Forey, que permaneció todo el tiempo del sitio en el cerro de San Juan, y no se atrevió á entrar á Puebla sino cuando ya habían ocupado todas las calles y fortines las columnas de Bazaine. Forey, quemerecía ser destituído y condenado lo menos por diez años á un castillo, recibió sin embargo el bastón de Mariscal.

Cuando los franceses emprendieron la marcha para la capital, se pensó en una nueva defensa; pero, en verdad, pocos elementos existían para esto, y al fin, sin un ejército auxiliar competente para medirse con el enemigo, la suerte hubiera sido igual á la de Puebla, donde la historia no podrá negar que hubo una resistencia, que sin exageración se puede llamar heróica. El Gobierno, pues, salió de la capital, y Comonfort comenzó la larga peregrinación que no había de terminar sino el Sr. Juárez. El 16 de Octubre de 1863 fué nombrado Comonfort general en jefe del ejército que se trataba de reorganizar para resistir sin descanso á la intervención. Este honor, dispensado no sólo por la amistad que profesaban los Sres. Juárez, Lerdo y Núñez á Comonfort, sino porque reconocían en él valor, abnegación y las cualidades militares con que le había dotado la naturaleza, fué el origen conocido y visible de su fin trágico, y de que por uno de esos designios de la Providencia, que escapan á la indagación de la inteligencia humana, muriese obscuramente á manos de unos bandidos, en vez de acabar gloriosamente delante del enemigo extranjero, empuñando la bandera de la Independencia y de la Libertad.

No pudiendo nosotros describir tan minuciosamente ni mejor, los últimos sucesos que acabaron con la existencia de este mexicano distinguido y valiente; copiamos lo que el General Rangel, que fué siempre su íntimo y fiel amigo, escribió con este motivo, haciéndole sólo una ligera variación.

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El general Comonfort fué nombrado general en jefe del ejército, como por el 16 de Octubre, y el 26 marchó para Querétaro, con tan amplias facultades como las que tenía el Presidente de la República, excepto las que se cifraban en ciertas restricciones, impuestas por este mismo magistrado. Establecidas las bases para el plan de operaciones, y las de regimentación de todo el ejército con que se contaba entonces, para su movilidad conforme á dichas bases, faltaban únicamente los caudales necesarios, que se estaban reuniendo en San Luis bajo la influencia del C. Presidente Juárez y por las agencias de su ministro el C. H. Núñez.El día 8 salió de Querétaro para San Luis el General Comonfort, en compañía del Sr. Cañedo, que acababa de llegar allí de Guanajuato; de un oficial del Ministerio, el Teniente Coronel Vergara; de su ayudante de campo, que estaba ese día de guardia, el Coronel Cerda, y de un empleado de la secretaría particular del Sr. Comonfort, el Comandante Velázquez. El día 9 llegó á San Luis, alojándose en la casa del Sr. Lerdo, y el día 10 recibiólibranzas por valor de sesenta y tres mil pesos.El día 11 salió por la diligencia para Querétaro, con todo el séquito que había traído, y además el C. Coronel Rul, ayudante del C. Presidente.Poco antes de llegar á la Quemada, alcanzó á la diligencia un extraordinario, por medio del cual el C. Presidente mandaba decir al General Comonfort que se cuidara mucho, porque se decía que en el camino se hallaba una contraguerrilla que le quería salir al encuentro.El día 12 llegaron á comer á San Miguel de Allende, siempre por la diligencia de Querétaro. Allí determinó el Sr. Comonfort tomar caballos, para continuar por el camino de Chamacuero para Celaya; éstos fueron proporcionados por la autoridad, y se tomaron tantos como eran necesarios para su séquito, que era el mismo con que salió de Querétaro para San Luis, y además un ayudante del C. Presidente, el C. Coronel Rul.En San Miguel tuvo aviso el General Comonfort, de que los Troncosos, bandidos de profesión, merodeaban por cuenta de Mejía, desde las inmediaciones de Querétaro hasta las de Guanajuato, donde días antes habían asesinado en Burras á un oficial de policía.El día 13, el General Comonfort salió de San Miguel como á las ocho de la mañana, por el camino de Chamacuero, con su repetido séquito y una escolta de menos de 80 caballos.Entre San Miguel y Chamacuero encontraron un batallón que iba en marcha para el primer punto, cuyo jefe manifestó al SeñorComonfort hallarse en el camino algunas fuerzas bandálicas, y le propuso escoltarlo, pero él lo rehusó, porque el informe que le habían dado de estas fuerzas, era considerándolas muy despreciables y mal armadas, y porque el mismo jefe le aseguró que había otro batallón situado en Chamacuero.A esta población llegó como á las once del día, en ella almorzó y recibió detalles más minuciosos del enemigo.Desde allí mandó un correo extraordinario al C. Ignacio Echagaray, avisándole de que esa misma tarde llegaría á Celaya.Este extraordinario fué interceptado en el monte de San Juan de la Vega, por una de las contraguerrillas de Mejía, al mando de Aguirre, que se titulaba Comandante, quitándole la comunicación que llevaba y exigiéndole declarase si venía allí Comonfort, con qué fuerza y cuál era la calidad de ésta, á fin de sorprenderlo, dejando entretanto prisionero al correo.Como á las dos de la tarde salió de Chamacuero el Sr. Comonfort en su carretela, que casualmente había encontrado en San Miguel, con dirección á Querétaro. El Coronel Cerda se ofreció á montar en el pescante, con el fin de dirigir mejor las mulas para el caso de que ocurriese algún ataque.Los demás señores del séquito montaron á caballo, colocándose el Sr. Cañedo junto á la carretela al lado del Sr. Comonfort, del otro lado el Sr. Velázquez, y en seguida los señores Vergara y Rul. A poco andar llegaron al Molino de Soria, adonde sus dueños dieron la bienvenida al Sr. Comonfort, ofreciéndole su casa con el mayor afecto, pues creyeronque era su ánimo pernoctar en ella; pero grande fué su sorpresa cuando les dijo que seguía para Celaya, porque les pareció poca la fuerza que le escoltaba. Con este motivo le hicieron presente que á poca distancia se encontraban en acecho fuerzas enemigas, que podrían verse desde la azotea. El general despreció estos avisos porque le parecieron temores infundados, pues las fuerzas que se le anunciaban eran de rancheros mal armados con lanzas y machetes, para las que creía por lo mismo suficiente su fuerza, para contenerlos ó para batirlos si era necesario.Los dueños del molino, interesándose por la seguridad del General, le indicaron que había una vereda á la izquierda del camino, por donde se podía evitar una emboscada, saliendo al llano, á donde podría defenderse con éxito y cargar la caballería, por ser de esta arma la fuerza que escoltaba el General. Este aceptó el consejo, y emprendió la marcha con su comitiva y escolta en el mismo orden en que había llegado allí.El Comandante de la escolta dispuso que el Alférez C. José María Lara, se adelantase con cuatro exploradores á formar la descubierta, á cien pasos del carruaje, para no ocasionar polvareda.El Coronel Cerda, que empuñaba las riendas, se pasó algún trecho de la entrada de la vereda, la cual no era muy ancha; pero cuando lo advirtió, lo comunicó al General, proponiéndole volverse para entrar en ella, quien lo rehusó para no perder tiempo.A poco andar, se oyeron unos tiros, y en seguida se advirtió que eran de los exploradores que se batían contra la emboscada. ElCoronel Cerda detuvo el carruaje; el General montó á caballo, mandó cargar á la escolta, y después de dar esta orden, mandó al general Cañedo que avanzasen los infantes que venían á retaguardia para que apoyados en los árboles, hiciesen fuego protegiendo el paso de la caballería. A este mismo tiempo, y habiendo deshecho la corta descubierta, cargaron los contraguerrilleros, que eran muchos, y envolvieron á los jefes y á la escolta, haciéndola sucumbir, á pesar de la superioridad de sus fuegos, cayendo muertos alderredor del General Comonfort, el Comandante Velázquez, el Teniente Coronel Vergara, y el Coronel Cerda, gravemente herido.El General Comonfort, no obstante haber sido cubierto por su séquito y por su escolta, había recibido un machetazo en la cara, desde el ojo, que le había dividido el carrillo, y conservaba aún su pistola, ya descargada, para intimidar á los muchos cosacos que le acometían; cuando se le presentó delante el famoso capitancillo Sebastián Aguirre, en un brioso caballo tordillo que bailaba aún, alborotado por las detonaciones de las armas de los carabineros de la escolta, que casi habían cesado. El dicho capitancillo traía su lanza en ristre, arma común á toda su fuerza, y deteniéndose delante del General Comonfort, bien fuera por el respeto que éste infundía, ó por asestarle un golpe seguro, le dió lugar para dirigirle la palabra, y le dijo: «Amigo, no me mate vd., y le ofrezco hacerle una bonita fortuna.» Aguirre, lejos de aplacarse, le contestó: «Que no venía á robar sino á cumplir con las órdenes de su general,» dándole al mismo tiempo una lanzada que le dividióel corazón, cayendo consiguientemente en tierra, inmóvil, el General Comonfort.En seguida los bandidos de Aguirre no se ocuparon de otra cosa que de desvalijar el carruaje y aun á los muertos que habían quedado en el campo.El General Cañedo se encontraba á alguna distancia queriendo someter á los llamados infantes para que fueran á batirse, conforme á las órdenes del General Comonfort, y que hasta allí habían venido custodiando las cargas de fusiles; éstos no quisieron obedecer, y corrieron para el monte.Al día siguiente fué conducido á Chamacuero el cadáver del General Comonfort.

El general Comonfort fué nombrado general en jefe del ejército, como por el 16 de Octubre, y el 26 marchó para Querétaro, con tan amplias facultades como las que tenía el Presidente de la República, excepto las que se cifraban en ciertas restricciones, impuestas por este mismo magistrado. Establecidas las bases para el plan de operaciones, y las de regimentación de todo el ejército con que se contaba entonces, para su movilidad conforme á dichas bases, faltaban únicamente los caudales necesarios, que se estaban reuniendo en San Luis bajo la influencia del C. Presidente Juárez y por las agencias de su ministro el C. H. Núñez.

El día 8 salió de Querétaro para San Luis el General Comonfort, en compañía del Sr. Cañedo, que acababa de llegar allí de Guanajuato; de un oficial del Ministerio, el Teniente Coronel Vergara; de su ayudante de campo, que estaba ese día de guardia, el Coronel Cerda, y de un empleado de la secretaría particular del Sr. Comonfort, el Comandante Velázquez. El día 9 llegó á San Luis, alojándose en la casa del Sr. Lerdo, y el día 10 recibiólibranzas por valor de sesenta y tres mil pesos.

El día 11 salió por la diligencia para Querétaro, con todo el séquito que había traído, y además el C. Coronel Rul, ayudante del C. Presidente.

Poco antes de llegar á la Quemada, alcanzó á la diligencia un extraordinario, por medio del cual el C. Presidente mandaba decir al General Comonfort que se cuidara mucho, porque se decía que en el camino se hallaba una contraguerrilla que le quería salir al encuentro.

El día 12 llegaron á comer á San Miguel de Allende, siempre por la diligencia de Querétaro. Allí determinó el Sr. Comonfort tomar caballos, para continuar por el camino de Chamacuero para Celaya; éstos fueron proporcionados por la autoridad, y se tomaron tantos como eran necesarios para su séquito, que era el mismo con que salió de Querétaro para San Luis, y además un ayudante del C. Presidente, el C. Coronel Rul.

En San Miguel tuvo aviso el General Comonfort, de que los Troncosos, bandidos de profesión, merodeaban por cuenta de Mejía, desde las inmediaciones de Querétaro hasta las de Guanajuato, donde días antes habían asesinado en Burras á un oficial de policía.

El día 13, el General Comonfort salió de San Miguel como á las ocho de la mañana, por el camino de Chamacuero, con su repetido séquito y una escolta de menos de 80 caballos.

Entre San Miguel y Chamacuero encontraron un batallón que iba en marcha para el primer punto, cuyo jefe manifestó al SeñorComonfort hallarse en el camino algunas fuerzas bandálicas, y le propuso escoltarlo, pero él lo rehusó, porque el informe que le habían dado de estas fuerzas, era considerándolas muy despreciables y mal armadas, y porque el mismo jefe le aseguró que había otro batallón situado en Chamacuero.

A esta población llegó como á las once del día, en ella almorzó y recibió detalles más minuciosos del enemigo.

Desde allí mandó un correo extraordinario al C. Ignacio Echagaray, avisándole de que esa misma tarde llegaría á Celaya.

Este extraordinario fué interceptado en el monte de San Juan de la Vega, por una de las contraguerrillas de Mejía, al mando de Aguirre, que se titulaba Comandante, quitándole la comunicación que llevaba y exigiéndole declarase si venía allí Comonfort, con qué fuerza y cuál era la calidad de ésta, á fin de sorprenderlo, dejando entretanto prisionero al correo.

Como á las dos de la tarde salió de Chamacuero el Sr. Comonfort en su carretela, que casualmente había encontrado en San Miguel, con dirección á Querétaro. El Coronel Cerda se ofreció á montar en el pescante, con el fin de dirigir mejor las mulas para el caso de que ocurriese algún ataque.

Los demás señores del séquito montaron á caballo, colocándose el Sr. Cañedo junto á la carretela al lado del Sr. Comonfort, del otro lado el Sr. Velázquez, y en seguida los señores Vergara y Rul. A poco andar llegaron al Molino de Soria, adonde sus dueños dieron la bienvenida al Sr. Comonfort, ofreciéndole su casa con el mayor afecto, pues creyeronque era su ánimo pernoctar en ella; pero grande fué su sorpresa cuando les dijo que seguía para Celaya, porque les pareció poca la fuerza que le escoltaba. Con este motivo le hicieron presente que á poca distancia se encontraban en acecho fuerzas enemigas, que podrían verse desde la azotea. El general despreció estos avisos porque le parecieron temores infundados, pues las fuerzas que se le anunciaban eran de rancheros mal armados con lanzas y machetes, para las que creía por lo mismo suficiente su fuerza, para contenerlos ó para batirlos si era necesario.

Los dueños del molino, interesándose por la seguridad del General, le indicaron que había una vereda á la izquierda del camino, por donde se podía evitar una emboscada, saliendo al llano, á donde podría defenderse con éxito y cargar la caballería, por ser de esta arma la fuerza que escoltaba el General. Este aceptó el consejo, y emprendió la marcha con su comitiva y escolta en el mismo orden en que había llegado allí.

El Comandante de la escolta dispuso que el Alférez C. José María Lara, se adelantase con cuatro exploradores á formar la descubierta, á cien pasos del carruaje, para no ocasionar polvareda.

El Coronel Cerda, que empuñaba las riendas, se pasó algún trecho de la entrada de la vereda, la cual no era muy ancha; pero cuando lo advirtió, lo comunicó al General, proponiéndole volverse para entrar en ella, quien lo rehusó para no perder tiempo.

A poco andar, se oyeron unos tiros, y en seguida se advirtió que eran de los exploradores que se batían contra la emboscada. ElCoronel Cerda detuvo el carruaje; el General montó á caballo, mandó cargar á la escolta, y después de dar esta orden, mandó al general Cañedo que avanzasen los infantes que venían á retaguardia para que apoyados en los árboles, hiciesen fuego protegiendo el paso de la caballería. A este mismo tiempo, y habiendo deshecho la corta descubierta, cargaron los contraguerrilleros, que eran muchos, y envolvieron á los jefes y á la escolta, haciéndola sucumbir, á pesar de la superioridad de sus fuegos, cayendo muertos alderredor del General Comonfort, el Comandante Velázquez, el Teniente Coronel Vergara, y el Coronel Cerda, gravemente herido.

El General Comonfort, no obstante haber sido cubierto por su séquito y por su escolta, había recibido un machetazo en la cara, desde el ojo, que le había dividido el carrillo, y conservaba aún su pistola, ya descargada, para intimidar á los muchos cosacos que le acometían; cuando se le presentó delante el famoso capitancillo Sebastián Aguirre, en un brioso caballo tordillo que bailaba aún, alborotado por las detonaciones de las armas de los carabineros de la escolta, que casi habían cesado. El dicho capitancillo traía su lanza en ristre, arma común á toda su fuerza, y deteniéndose delante del General Comonfort, bien fuera por el respeto que éste infundía, ó por asestarle un golpe seguro, le dió lugar para dirigirle la palabra, y le dijo: «Amigo, no me mate vd., y le ofrezco hacerle una bonita fortuna.» Aguirre, lejos de aplacarse, le contestó: «Que no venía á robar sino á cumplir con las órdenes de su general,» dándole al mismo tiempo una lanzada que le dividióel corazón, cayendo consiguientemente en tierra, inmóvil, el General Comonfort.

En seguida los bandidos de Aguirre no se ocuparon de otra cosa que de desvalijar el carruaje y aun á los muertos que habían quedado en el campo.

El General Cañedo se encontraba á alguna distancia queriendo someter á los llamados infantes para que fueran á batirse, conforme á las órdenes del General Comonfort, y que hasta allí habían venido custodiando las cargas de fusiles; éstos no quisieron obedecer, y corrieron para el monte.

Al día siguiente fué conducido á Chamacuero el cadáver del General Comonfort.

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Cualesquiera que hayan sido los errores que como gobernante cometió Comonfort, su memoria debe ser grata para los mexicanos, porque era valiente, honrado, sencillo, afectuoso, franco, generoso y bien intencionado; y representaba en conjunto la parte buena, amable y noble de la raza mexicana.

Manuel Payno.

Cuando encontramos en las hojas sagradas del Génesis que elCriadordel Universo tomó un trozo de barro que sólo había recibido el peso de su augusta planta, forma al hombre, y con su aliento vivificador lo levanta á la altura de su destino, admiramos como hechuras del Omnipotente á esos séres que se levantan del seno obscuro de la humanidad y describen una elipse luminosa en el corto trayecto de su aparición á su muerte.

Dios ha impreso una marca sombría en la frente de los héroes; ellos ceden á la predestinación de su alto oráculo, y con la íntima convicción de su destino, aceptan el fuego del martirio, como la aureola de su glorificación histórica.

Dios marca el momento, y el hombre obedece, impulsado por el oleaje que lo lleva á las playas desconocidas de su porvenir; enciende en su cerebro la antorcha de la idea,y lo coloca en esa vía que conduce á la inmortalidad; desencadena su espíritu, lo fortalece, y se opera esa transubstanciación de un sér mezquino á un gigante que arranca un lauro á su siglo y una estrofa de gloria á la humanidad!

Nicolás Romero era uno de esos hombres, y sus glorias pertenecen al pueblo mexicano.

He aquí las páginas delCalvariode la revolución, trazadas por uno de los caudillos que hoy recibe en el extranjero los homenajes rendidos al patriotismo:

La Libertad es como el sol.

Sus primeros rayos son para las montañas, sus últimos resplandores son también para ellas.

Ningún grito de libertad se ha dado en las llanuras, como en ningún paisaje se ha iluminado primero el valle.

Los últimos defensores de un pueblo libre han buscado siempre su asilo en las montañas.

Los últimos rayos del sol brillan sobre los montes, cuando el valle comienza á hundirse en la obscuridad.

Por no desmentir este axioma, la Convención Francesa en 93 tuvo su llanura y su montaña.

Zitácuaro está situado en una fragosa serranía del Estado de Michoacán.

Era una graciosa ciudad de ocho mil habitantes.

Sus calles, rectas; sus casas, aunque no elegantes, limpias y bonitas.

Su comercio activo, y su agricultura floreciente.

Esta era Zitácuaro en 1863.

La República de México había sido invadida por los franceses.

Los malos mexicanos se habían unido con ellos.

El Gobierno legítimo abandonó la Capital después de esa gloriosa epopeya que se llamó el sitio de Puebla.

El ejército de Napoleón III ocupaba las ciudades y los pueblos sin resistencia.

Aquella era la marcha triunfal de la iniquidad.

El paseo militar de la fuerza que vence al derecho.

Pero el derecho debía tener sus representantes sobre la tierra, para protestar y combatir.—Debía tener sus mártires, y los tuvo.

Y los representantes del derecho y de la Libertad se refugiaron en las montañas para protestar y combatir.

Y los mártires encontraron en las montañas su Calvario.

Al principio, es decir, antes de que comenzara esa larga serie de sangrientos combates que con fuerzas tan desiguales sostuvieron los defensores de aquel heróico pueblo, la hospitalidad no fué de lo más cordial.—Después que el fuego enemigo los encontró juntos, todos fueron unos.

En las primeras invasiones, la población emigraba en masa.

Así podía llegar la noticia de la venida del enemigo á la mitad del día como á la mitad de la noche; en una mañana serena ó en una tarde tempestuosa.

La alarma corría veloz como la electricidad, y todo el mundo se ponía en movimiento, y la población en masa emigraba á los bosques, llevando cada una de aquellas familias lo poco que podía de sus muebles y de sus animales.

Era un espectáculo tierno y sublime.

Las madres cargando á sus hijos, los hombres llevando á cuestas á los enfermos, las ancianas conduciendo con los niños y pesadamente los mansos bueyes y los corderos, las gallinas y los cerdos; todo en una inmensa confusión, pero sin gritos, sin sollozos, sin maldiciones; con la resignación de los mártires, pero con la energía de los héroes.

Y esa desgraciada muchedumbre se ponía en marcha muchas veces de noche, en medio del agua que caía á torrentes, y alumbradaapenas por hachas de brea, que la tormenta y el aire apagaban á cada momento.

Y así caminaban entre aquellos precipicios, como una procesión fantástica, resbalando en las lodosas pendientes, cayendo á cada instante, pisados, maltratados, estrujados, llenos de fango, hasta la orilla del bosque, en donde cada familia buscaba, no un abrigo, sino un lugar en que esperar la salida del sol y los acontecimientos del otro día.

Pero las invasiones y los combates se hacían más y más frecuentes.

Las tropas fieles de Toluca buscaron un asilo en Zitácuaro.

Apenas se pasaba una semana sin que los ecos del orgulloso cerro del Cacique, en cuya falda se extendía la población, repitiesen los gritos de «viva el imperio,» y con las detonaciones de la fusilería.

Las familias comenzaban á cansarse, pero no transigían con el enemigo.

Poco á poco fueron dejando abandonada la ciudad y retirándose á los pueblos y ranchos de Tierra Caliente, adonde el enemigo no había logrado aún penetrar.

Nicolás Romero escogió el Estado de Michoacán para teatro de sus hazañas.

El león de la montaña, como le decían los franceses, era un hombre como de treinta y seis años, de una estatura regular, con una fisonomía completamente vulgar, sin ningunabarba, el pelo cortado casi hasta la raíz, vestido de negro, sin llevar espuelas, ni espada, ni pistolas: con su andar mesurado, su cabeza inclinada siempre, y sus respuestas cortas y lentas, parecía más bien un pacífico tratante de azúcares ó de maíz, que el hombre que llenaba medio mundo con rasgos fabulosos de audacia, de valor y de sagacidad.

Y sin embargo, Nicolás Romero era para sus enemigos y para sus soldados un semidios, una especie de mito. Jamás preguntó de sus contrarios ¿cuántos son?; sino ¿dónde están?, y allí iba.

Romero tenía orden de escaramucear y retirarse después sin pérdida de tiempo para Tacámbaro.

Pero Romero era un valiente, y no se contentó con esto, sino que se batió un día entero con los franceses, y al otro emprendió su marcha.

Treinta leguas había caminado la división en cuatro días, y Romero determinó dar un día de descanso á la fuerza.

Estaban en una pequeña ranchería que se llama Papasindán.

El camino que había traído la fuerza, y que era el mismo que debía llevar el enemigo en caso de una persecución, era una veredaincómoda y en donde no cabían dos hombres de frente, escabrosa, y costeando la montaña; un ejército podía haberse descubierto desde una legua de distancia, que tardaría lo menos tres horas en atravesar, y con cien hombres podía cerrarse el paso á tres mil.

Esta es una cañada en medio de montañas elevadas, pero montañas sin árboles, sin verdura, sin vegetación. El ardiente sol de los trópicos calcina los peñascos que las cubren; la yerba que se atreve á brotar, muere como tostada por sus rayos, y apenas se descubren algunos arbustos raquíticos y sin hojas, retorciéndose á la viveza del fuego que parece circular en la atmósfera: ni aves, ni cuadrúpedos, ni aun insectos.

Por eso la cañada de Papasindán forma un delicioso contraste: arroyos caudalosos, grandes y majestuosas zirandas y parotas, muchas aves, mucho ganado, y una grama verde y tupida. Es un oasis en aquel ardiente desierto.

Romero, pues, podía estar tranquilo.

Pero la suerte de los hombres y de las naciones depende de la Providencia.

Eran cerca de las diez de la mañana; la tropa descansaba bajo los árboles, los caballos desensillados pacían libremente, y los oficiales y los jefes departían alegres en grupos esparcidos acá y allá.

Se habían escuchado algunos tiros, luegoun rumor extraño, y repentinamente los zuavos, seguidos de una caballería de imperialistas, invadieron el campo republicano.

Nadie pensó en resistir; el pánico de la sorpresa se apoderó de todos, y el enemigo mataba y aprisionaba sin el menor embarazo.

La división de Nicolás Romero se deshizo como el humo, y el caudillo fué hecho prisionero á pocos momentos.

En los primeros días de su dominación en México, los franceses eligieron por teatro de sus ejecuciones la plazuela de Santo Domingo, que está casi en el centro de la población, y que tiene por límites, al Sur, edificios particulares; al Norte, la antigua iglesia de los Dominicos, que da su nombre á la plazuela; por el Oriente, el edificio de la Aduana, y por el Poniente, una portalería que sirve de asilo á esos escribientes y poetas pobres que se llaman en México vulgarmente «Evangelistas,» y que, sentados en un pequeño taburete, delante de un miserable pupitre, ganan escasamente su vida escribiendo y redactando versos y cartas de todas clases para los criados domésticos, para los aguadores y para los amantes pobres que no saben escribir;escritores que son la primera grada de esa inmensa escalera en cuyo último peldaño se disputan un lugar Milton y Shakespeare, Cervantes y Quintana, Víctor Hugo y Lamartine, el Dante y el Petrarca.

Aquella plazuela está verdaderamente empapada en sangre. Allí han sido sacrificadas tantas nobles víctimas, que si un laurel ó una palma brotara en memoria de cada martir, ese lugar sería el bosque más impenetrable de la tierra.

Pero hay modas hasta en el asesinato, y Santo Domingo cayó de la gracia de los civilizadores de México, y la plazuela de Mixcalco pasó á la categoría de favorita de los franceses.

Mixcalco está al Oriente de la ciudad, cerca de la garita de San Lázaro.

En otro tiempo había sido el lugar de la ejecución de los criminales; por eso tal vez causaba cierto pavor á los habitantes de la ciudad, y por eso casi siempre estaba desierta.

Absurdas consejas corrían sobre aquella plazuela: quién contaba que un hombre ahorcado allí por haberse robado unos vasos sagrados, paseaba de noche envuelto en un sudario; quién refería que la cabeza de un reo muerto impenitente, aparecía en las altas horas también de la noche, pidiendo «confesión;» quién decía haber oído un grito agudísimoy desgarrador que lanzaba una mujer vestida de blanco y con el pelo suelto, y que era nada menos que una madre infanticida, muerta allí mismo por manos de la justicia.

Sea por esto, ó por lo que es más probable, por la escasez de agua de aquél barrio, las casas que forman la plazuela se fueron quedando vacías y arruinando; de modo que en la época en que los franceses ocuparon la capital, sólo vivían por allí pobres carboneros que durante el día salían á expender su mercancía.

En aquél lugar triste y apartado debía tener su desenlace ese drama que hemos visto comenzar en Papasindán.

Se oyó un rumor en la multitud; el movimiento uniforme y simultáneo de las armas de los franceses produjo, con la naciente luz del sol, un relámpago siniestro que cruzó por encima del agrupado pueblo, y Nicolás Romero, sereno y animoso, casi indiferente, penetró en el cuadro en unión de otros dos oficiales que iban á sufrir su misma suerte.

Infinitas precauciones había tomado la plaza para llevar á efecto la sentencia; la popularidad de Romero y la notoria injusticia del procedimiento hacían temer una sublevación popular. Se había adelantado la hora; la guarnición estaba sobre las armas, la artillería lista, las patrullas y la gendarmería en movimiento, y sobre todo, la policía secreta,esa víbora que brota como la yerba venenosa de los pantanos, del seno de los gobiernos impopulares, en una actividad espantosa.

Romero fumaba desdeñosamente un puro. Los dos oficiales que le acompañaban, y que también debían morir, eran: un subteniente que había sido el mariscal de un escuadrón de la brigada de Romero, y el comandante Higinio Alvarez, jefe de los exploradores de la misma brigada. Romero iba envuelto en la misma capa que usaba en campaña, y Alvarez en un zarape tricolor, que imitaba la bandera de la República.

¿Para qué referir la ejecución? Los tres murieron con tanta sangre fría y con tan orgulloso desdén, como si no fueran á morir.

El sargento francés dió á Romero el golpe de gracia; y sin embargo, como si aquella lama de gigante no hubiera podido desprenderse del cuerpo, al conducir el cadáver de Romero á su última morada, hizo un movimiento tan fuerte, que rompió el miserable ataúd en que le conducían sus verdugos.

El pueblo se dispersó sombrío y cabizbajo.

A las diez de la mañana de ese día, la tierra había bebido ya la sangre de aquellos mártires; el sol había secado otra parte, y los vientos habían borrado con su polvo los últimos rastros.

Un sol de gloria da de lleno sobre esas tumbas abandonadas, y la patria aun no señala con un monumento el lugar de tantas ejecuciones.

¿Compareceremos ante el juicio de la historia con la fea marca de la ingratitud? ¿No habrá quién coloque una piedra en ese Gólgota, para decir á nuestros hijos: aquí levantó la iniquidad supiedra de sacrificiospara inmolar á los patriotas de la independencia mexicana?

Nosotros desde el fondo de nuestro corazón enviamos el más santo de nuestros recuerdos á losMártires de la Libertad, y consagramos en las páginas delLibro Rojola ofrenda de justicia á los héroes cuyos sublimes hechos servirán de grandes enseñanzas á las futuras generaciones.

Juan A. Mateos.

Quisiera no tener la necesidad de escribir este artículo; los recuerdos que para hacerlo tengo que evocar, punzan mi corazón, pues que á pesar de los años que han transcurrido desde la época en que acaeció el sangriento drama que voy á referir, hasta hoy siento aún aquella penosa angustia que era consiguiente al negro y tempestuoso porvenir que nos presentaba la lucha de independencia, y el doloroso vacío que dejaron en mi alma las terribles ejecuciones de Arteaga y Salazar, Villagómez y Díaz.

Lo que voy á contar no está apoyado en documentos oficiales, ni en citas históricas, ni en comentarios de sabios; es lo que yo mismo presencié, y lo que llegó á mi noticia por las sencillas relaciones de los jefes, de los oficiales y de los soldados que militaban á mis órdenes, y que fueron hechos prisioneros en unión de Arteaga y de Salazar.

** *

Comenzaba el mes de Octubre de 1865, y la suerte no podía ser más contraria para los republicanos que componíamos el ejército que se llamaba del Centro.

Reducidos á un número escaso de combatientes, con malísimo armamento, con poco parque de fusil, y eso de mala calidad, faltos de recursos pecuniarios, y sobre todo sin esperanza de mejora, los esfuerzos combinados de todos los jefes, su fe ciega en el triunfo de la causa de la Independencia de México, podían apenas mantener encendida la chispa en las feraces montañas del heróico Estado de Michoacán.

Arteaga era el general en jefe de aquel ejército, y en los días en que pasaron los acontecimientos que voy á referir, el General Carlos Salazar era el Cuartel-Maestre.

El general D. José M. Arteaga era un hombre cuya edad difícilmente podría haberse conocido en su rostro, porque su cutis rosado y transparente como el de una dama, sus ojos negros, rasgados y brillantes, y el fino bigote que sombreaba su boca, le daban el aspecto de un joven que apenas contara veinticinco años; y sin embargo, Arteaga pasaba ya de cuarenta; y sólo su obesidad, y la torpeza de sus movimientos, provenida de lasheridas siempre abiertas que tenía en las piernas, podía desvanecer la idea que se formaba uno al ver su rostro constantemente risueño y alegre.

Salazar era casi de la misma edad que Arteaga; pero Salazar, por el contrario, representaba tener mayor número de años de los que en realidad contaba, y su aspecto era imponente, porque á las musculosas formas de un Hércules se unía la frente despejada y serena, y la mirada penetrante del hombre de gran inteligencia.

Durante algún tiempo, Salazar y Arteaga estuvieron desavenidos, lo cual fué causa de que el primero se separara temporalmente del servicio; pero pocos días antes de la ejecución de ambos, Arteaga llamó á Salazar, tuvieron una explicación en mi presencia, y sin dificultad volvieron á reanudar su antigua amistad, y Salazar fué nombrado Cuartel-Maestre del Ejército del Centro.

¡Tristes días eran aquéllos para nosotros! En el mes de Julio de ese mismo año habíamos sufrido un revés terrible en las inmediaciones de Tacámbaro, atacados por la legión belga y por las fuerza imperiales que mandaba Méndez, y de aquel desastre apenas habíamos salvado algunos elementos de guerra; todo parecía perdido, y sin embargo, la constancia y el entusiasmo de los jefes volvió á salvarnos del conflicto.

Por todas partes se trabajaba con una actividad prodigiosa; los coroneles Villagómez, Vicente Villada y Francisco Espinosa por un rumbo, Eugenio Ronda y Rafael Garnica por otro, Méndez, Olivares, Valdés, Díaz, Alsate, etc., etc., todos levantaban é instruían batallones y escuadrones, y para el día 1.º de Octubre, es decir, tres meses después de la desgracia de Tacámbaro, pudimos pasar en Uruapan revista á una división, formada de esta manera, y que contaba, ya con muy cerca de cuatro mil hombres, y esto, fuera de los que habían quedado de guarnición en algunas plazas como Zitácuaro, Huetamo, Tacámbaro, etc.

Aquella revista se pasó en medio de la mayor alegría y del entusiasmo más santo. Y tal era la fe de nuestros soldados, que al verse así reunidos, se creían tan fuertes, que se hubieran atrevido á batirse contra un ejército diez veces superior en número.

Pero aquella alegría y aquel entusiasmo eran los precursores de nuevos días de duelo y de tribulación; aquellas esperanzas iban á desvanecerse como el humo, á disiparse como una nube de verano.

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El día 10 de Octubre, desde las diez de la mañana, comenzamos á tener por diversos conductos, noticias de que Méndez, con una fuerte división, había salido de Morelia y se dirigía á Uruapam con el objeto de batirnos; y estas noticias, como era natural, nos tenían en alarma y dispuestos para emprender la retirada ó salir al encuentro del enemigo, según dispusiera el general en jefe.

Sería la una de la tarde, cuando llegó á mi alojamiento uno de los ayudantes del general Arteaga, á decirme que el General me esperaba en su casa; seguí al ayudante, y encontré á Salazar y á Arteaga que discutían sobre los movimientos del enemigo.

—General;—me dijo Arteaga—el enemigo debe estar aquí á las cuatro de la tarde; ¿qué opina vd. que debemos hacer?

—Mi opinión—le contesté—es que debemos dar una batalla.

Expliquéle en seguida mi plan, que no fué de su aprobación, y la cuestión comenzaba ya á acalorarse, cuando entró el coronel Trinidad Villagómez.

Villagómez era un joven de veinticinco á veintiséis años, valiente, pundonoroso, patriota de corazón, leal y muy dedicado al estudio; le había yo encargado el mando deuna pequeña brigada de infantería, que con jefes tan dignos como Villagómez, prometía dar al Ejército del Centro muchos días de gloria.

El general Arteaga hizo á Villagómez la misma pregunta que poco antes me había hecho á mí, y Villagómez fué de mi misma opinión.

Entonces insistí yo; Salazar apoyó la opinión de Arteaga, y éste ordenó la retirada.

Pero esta retirada no debía hacerla nuestra fuerza en un solo cuerpo, sino que debía dividirse en tres secciones: la primera con los generales Arteaga y Salazar, tomaría el rumbo del Sur, internándose por la Tierra Caliente; la segunda, á las órdenes del coronel (hoy general) Ignacio Zepeda, se dirigiría al Estado de Jalisco, á expedicionar por Zapotlán; y yo, con la tercera, debía ir hasta Morelia, si no á intentar la toma de la ciudad, porque estaba fortificada y la mayor parte de mi fuerza consistía en caballería, sí á poner en alarma á la guarnición.

Con esta resolución ya se dictaron las disposiciones necesarias, y á las cinco de la tarde, bajo una espantosa tempestad, comenzaron á desfilar las tropas, tomando cada una de las secciones el rumbo designado: Zepeda el camino de San Juan de las Colchas, Arteaga el de Tancítaro, y yo el de la Sierra de Paracho.

En estos momentos, Méndez, con las tropas imperiales, estaba ya á muy poca distancia de nosotros.

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Arteaga llevaba la brigada que mandaba Villagómez, una sección que estaba á las inmediatas órdenes del coronel Jesús Díaz, y algunos piquetes de infantería y caballería que no estaban incorporados en ninguna brigada.

A pesar de la tormenta y del mal estado de los caminos, Arteaga hizo caminar á la tropa que le acompañaba toda la noche del día en que se efectuó la retirada, y al siguiente día llegaron al pueblo de Tancítaro.

Aquella precipitación había sido una medida prudente, y que los acontecimientos posteriores confirmaron de necesaria, porque el día 12, en el momento en que los soldados iban á tomar «el rancho,» llegó la noticia de que el enemigo estaba tan cerca de Tancítaro, que sin permitirse tomar el primer bocado á los soldados, se emprendió violentamente la retirada rumbo á Santa Ana Amatlán.

Sin embargo, Méndez logró alcanzar la retaguardia de los republicanos; pero Villada, que la cubría con un batallón, sostuvo bizarramente la retirada, y por esta vez volvió á salvarse aquel pequeño ejército.

Toda la tarde y parte de la noche caminó Arteaga, hasta llegar á una pequeña finca situada á siete leguas de Tancítaro, en donde acampó.

La distancia recorrida por las tropas republicanas en aquel tiempo, parecerá muy corta á los que no tienen conocimiento de los caminos por donde tenían que atravesar; pero cuando se miran aquellos desfiladeros, en que los infantes no pueden cruzar sino de uno en uno, en que los jinetes necesitan echar pie á tierra, en que cada paso es un peligro, y cada peligro es mortal, entonces es cuando se considera que aquellos senderos, en el tiempo de las lluvias, son casi intransitables de día, y la tropa los atravesaba de noche; entonces es cuando se comprende, por qué se caminaba durante tanto tiempo para avanzar sólo unas cuantas leguas de terreno.

Por fin, aquellos pobres soldados, que apenas habían podido dormir, hambrientos, fatigados y empapados por las constantes lluvias, llegaron á Santa Ana Amatlán á la mitad del día 13.

Arteaga y Salazar se creyeron en completa seguridad, fiados en la vigilancia del coronel Solano, á quien el primero de aquellos generales había ordenado que, con cincuenta caballos, permaneciese cerca de Tancítaro, en observación de los movimientos de Méndez.

Como para dar más seguridad á Arteaga,pocos momentos después de que llegó á Santa Ana Amatlán, se le presentó un oficial de Solano, pidiéndole, de parte de su jefe, un cajón de parque, y confirmó lo mismo que habían dicho ya algunos exploradores: que el enemigo no había hecho movimiento alguno.

Arteaga, pues, sin temer nada, y seguro de que Méndez había dejado ya de perseguirle, mandó desensillar, dispuso que se preparase la comida de la tropa, y él mismo se retiró tranquilamente á su alojamiento, y quiso descansar también, aunque fuera por algunas horas.

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Las armas estaban en pabellón, los calderos comenzaban á hervir con la pobre ración de carne, los soldados, abrumados por el ardiente sol de aquellos climas, se procuraban un abrigo bajo los árboles y los portales de la población, y los oficiales y los jefes buscaban en las modestas tiendas algún alimento para calmar su necesidad.

Repentinamente se escuchó un rumor extraño, carreras de caballos y de hombres, y gritos y disparos de fusil, y luego la confusión más terrible, más espantosa.

Los republicanos habían sido sorprendidos y era inútil pensar en la resistencia; un terror pánico se apoderó de los soldados, comosucede siempre en estas ocasiones; y ya no escuchaban la voz de sus jefes, y no volvían siquiera el rostro para el lugar en donde estaban sus armas, y no pensaban más que en salvarse por medio de la fuga, que emprendieron ciegos y por todas direcciones.

Todos los jefes, incluso Arteaga, fueron sorprendidos en sus alojamientos y hechos allí prisioneros: Salazar, con sus ayudantes y algunos criados se hizo fuerte en su casa, y se batió durante algún tiempo; pero fué obligado á rendirse, y solo el coronel Francisco Espinosa, gracias á su sangre fría, logró escapar de las manos de los imperialistas.

Para consumarse aquella terrible desgracia, había bastado apenas una hora, es decir, dos horas después de haber llegado Arteaga á Santa Ana Amatlán, él y Salazar, y todos sus jefes y oficiales, y gran parte de sus soldados estaban prisioneros.


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