SANTOS DEGOLLADO1810-1861

Las mismas personas, entre las que se hallaban los señores Piedad Trejo, Agustín Vigueras, José Ancelino Hidalgo y, haciendo cabeza, el cura don Domingo M. Morales, después de salvar á Ugalde, pasaron en comisión cerca de Márquez y Zuloaga, para impetrar el indulto del señor Ocampo. La negativa fué categórica, y hasta con indignación dada por Márquez.

Al preguntar el cura Morales á Ocampo si se confesaba, contestó:

—Padre, estoy bien con Dios y Él está bien conmigo.

A las dos de la tarde, hora santa, vióse salir al señor Ocampo, jinete en un caballo mapano, entre filas, en camino á la última estación de su calvario, con la serenidad del justo.

Los curiosos advirtieron que jugaba suavemente el fuete en las crines, el cuello y la cabeza de su cabalgadura. A su paso frente á la casa de Márquez y Zuloaga, las ventanas estaban abiertas de par en par.

Recorrido el largo trayecto, del Mesón de las Palomas á Caltengo, hizo alto la tropa á solicitud del mártir, para agregar una cláusula á su testamento.

Bajo la inquisitiva mirada de sus guardianes, satisfizo su deseo en el portal, en una mesita de tapete verde, sentado en un taburete.

Estas prendas y el tintero, la marmajera y la pluma se conservan con veneración en eldespacho y tienen la nota de pertenecientes á don Melchor Ocampo, en el inventario de la Hacienda.

No se oreaba aún la adición testamentaría, cuando emprendieron otra vez la marcha. A muy corta distancia, el comandante mandó hacer alto y dijo:

—Aquí.

Formó cuadro la tropa, y señaló á Ocampo su lugar. Firme é imperturbable lo ocupó, distribuyendo entre sus ejecutores algunas prendas. Al vendársele, habló:

—Puedo ver la muerte. Mi única recomendación es que no me tiren al rostro.

En seguida se oyó una descarga y entre el humo apareció el cuerpo, presa de las convulsiones de la agonía. El tiro de gracia consumó el crimen.

Presuroso el grupo de verdugos pasó por las axilas del cadáver las cuerdas que preparó de antemano, para suspenderlo del árbol de pirú, que se yergue sobre el montículo del ángulo de los dos caminos.

Tenía la cabeza tan caída que tocaba con la barba el pecho. Los cabellos, largos y suaves, cubrían la cara.

En este punto, la carretera es amplia y recta hasta el pueblo. Esa tarde había transeuntes como en día de plaza y muchos contemplaron aquel cuadro.

Márquez no cedió á ningún ruego para quese descendiera el cuerpo. Después de la salida de las tropas, lo verificaron algunas de las personas que habían preguntado si podía hacerse el descenso.

El cadáver fué transportado á la casa municipal, para el arreglo de su entierro. Apolonio Ríos, panadero, le lavó la cara y lo peinó. Presentaba en la cabeza una herida en la cima, otra en el carrillo derecho y otra en la comisura labial; en el pecho: una en la tetilla izquierda y otra en la región dorsal. Tenía quemado parte del semblante.

Estuvieron expuestos los restos hasta el anochecer, en que colocados en caja tosca de madera blanca, los trasladaron por orden de la autoridad á la Capilla del Tercer Orden. Unas cuantas personas caritativas del pueblo los velaron.

Al siguiente día los condujeron á Cuautitlán, donde los recibió una comisión del Ministerio de Guerra.

En el lugar de la ejecución, hay un monumento que tiene esta inscripción:

A la memoria del gran reformador don Melchor Ocampo, sacrificado el 3 de Junio de 1861. 6. 3. 93.

El brazo del pirú que sostuvo el cadáver, ha desaparecido por efecto de la sequedad; pero el árbol ha echado renuevos y lo cuida la Hacienda, de la que es dueño don Felipe Iturbe. En carta de don José Manuel Vértiz,apoderado general, al administrador don Mariano Gil, con fecha 11 de Noviembre de 1899, se lee esto: «Que no vayan á tirar el árbol de don Melchor.»[4]

Angel Pola.

Aurelio J. Venegas.

A fines del siglo XVIII desembarcó en el puerto de Veracruz un español que venía á la Nueva España en busca de mejor suerte que la que le deparaba la madre patria. Era probo, trabajador y de buena inteligencia.

Entonces Guanajuato tenía fama de ser una de las provincias en que se hacía fortuna en un abrir y cerrar de ojos.

¡La minería! ¿quién era pobre dedicándose al beneficio de metales? Y el extranjero partió á ese rumbo, con mucha esperanza y el firme propósito de que la voluntad no le abandonaría para trabajar.

A la vuelta de algunos años ya era propietario de la Hacienda de Robles, en la cañada de Marfil. La constancia y hombría de bien aumentaron su capital. Pasó á ser rico y todo el mundo le llamaba don Jesús Santos Degollado. Tuvo una compañera, la señoraAna María Garrido, que parecía hacerle feliz. Dos niños llegaron pronto á alegrar el hogar: Nemesio Santos, el mayorcito, y Rafael.

Más tarde, el rico español veía caer sus negocios, antes prósperos, y descendía á la pobreza. Andaba por las calles de Guanajuato, socorrido por sus amigos, cuando le sorprendió la muerte en la miseria.

El cura de Tacámbaro, don Mariano Garrido, del Orden de San Agustín, antiguo capellán de un batallón y hermano del conocido fray Mucio, de Morelia, protegió á la señora Ana María Garrido de Degollado. Allí estaba con Nemesio y Rafael.

Rafael, flemático, silencioso y retraído.

Nemesio, nervioso, irascible y raquítico. Gracias á la bella forma de su letra, el cura le tenía metido lo más del día en la vicaría, levantando actas de matrimonio y escribiendo fes de bautismo. Don Mariano les daba un trato muy duro á los dos niños. Exigente para con éllos, cualquiera acción era pretexto para descargar su ira. Casi á fuerza hizo que se casara Nemesio con la joven Ignacia Castañeda Espinosa[5]. No contaban veinte años de edad.

Don Santos solía decir á su hijo Mariano:

—Cuando me casé tenía yo dieciocho años.

La pareja vivió al lado del sacerdote, quien, á pesar del cambio de estado de Nemesio, no modificaba su tratamiento insufrible.

Un día, aburrido el joven de que no era posible hacer llevadera aquella vida, se echó al hombro su capita de barragán y con una peseta en el bolsillo se fugó del hogar, dejando en Tacámbaro á su madre, á su hermano y á su esposa. Y tomó el camino de Morelia.

Al otro día, al obscurecer, llegó á la ciudad sin conocer á nadie, ni tener razón de nada. En una fonda, frente á la cárcel, pidió medio real de cena; en seguida dijo á la dueña del establecimiento:

—Señora, ¿me puede usted hacer favor de darme un lugar para dormir? Acabo de llegar, no conozco á nadie, no sé nada: es primera vez que vengo aquí.

La extrema bondad se le salía á la cara.

La señora se lo concedió sin vacilar.

Al otro día, destinó una pequeñísima parte del resto de su capital para comprar papel.Escribió, lo mejor que pudo, un pliego y se presentó en la notaría de don Manuel Baldovinos, situada en el portal de San José.

—Señor, esta es mi letra, ¿puede usted darme trabajo?

El notario vió de pies á cabeza al joven y luego paseó su mirada por el pliego, lleno de bonita, preciosa y clara letra.

—¿Esta es la letra de usted?

—Sí, señor, es mi letra—respondió humildemente Nemesio.

—Puede usted venir desde hoy mismo.

Y el fugitivo, muy pobre, sin más ropa que la que llevaba en el cuerpo, cubriéndose en la noche para dormir con la capita de barragán, comidas las mangas de la levita por el mucho apego á la mesa de la vicaría de Tacámbaro, y raídos los pantalones por el roce en la marcha, empezó á trabajar de escribiente en la notaría las mañanas, con el sueldo de cincuenta centavos diarios. Al poco tiempo, el doctor José María Medina, juez hacedor de diezmos y visitador del diezmatorio, que hacía préstamos de dinero bajo hipoteca, se presentó en la Notaría.

—¿Qué es de mi escritura, Baldovinos?

—Aquí está ya, curita.

El doctor apenas la vió, dijo al notario:

—¿Quién ha escrito esto?

—Ahora lo verá usted, curita.

El señor Baldovinos condujo al cura al interiordel despacho y al estar frente al escritorio de Nemesio, le indicó:

—Aquí le tiene usted.

—Cédame á esto joven, Baldovinos.

Convencido el notario de que el doctor le impartiría protección decidida, dejó que cargara con él para su casa.

Tendría treinta pesos al mes, habitación y alimentos. La nueva casa estaba cerca del Seminario. Fué su trabajo el ser escribiente y profesor del niño Nicolás Medina, con el cuidado especial de perfeccionarle en la forma de su letra. Siempre le llamó «Nicolacito,» «mi querido muchachito;» porque era bueno, cariñoso y honrado como él.

El sacerdote, satisfecho de la vida del joven, á los dos años le dió un empleo de escribiente en la sección de glosa de la Haceduría de las rentas decimales con la retribución anual de cuatrocientos pesos.

Allí se hizo idolatrar de los canónigos.

Entraba á las ocho de la mañana á la oficina y salía á las doce y media, y en vez de irse á paseo, se dedicaba al estudio: aprendía latín, griego, hebreo, francés, matemáticas, física, teología y se enseñoreaba de todo por su aptitud universal.

El general Medina, que es un retrato fiel de las virtudes de Nemesio, me decía á propósito de su genio:

—A mí me hizo creer en la ciencia infusa.

Era contador de la Haceduría don Luis Gutiérrez Correa, furibundo liberal, á quien el clero quería por su intachable manejo y tener en la punta de los dedos los números[6].

Distinguía al escribiente y procuraba que subiera escalón por escalón, para cederle su distinguido puesto.

Nemesio llegó á ser contador y mandó traer á su esposa. Por las tardes, que le quedaban libres, proseguía dedicándose con ahinco á todo: hacía gimnasia para desarrollar su cuerpo; estableció un taller de carpintería en su casa y fabricaba bateas y gavetas; aprendió á tocar la flauta y la guitarra.

En el Colegio de San Nicolás dió un gran concierto, para ministrar recursos al organista de la catedral, un tal Elízaga, que se encontraba cesante y pobre.

Nemesio y Pedro Vergara ejecutaron á maravilla en la guitarra unas variaciones difíciles de Vivián.

Una vez, para que se vea de bulto su carácter, fué con Nicolás Medina, su íntimo é inolvidable amigo, á las fiestas de Tarímbaro.

Había corrida de toros.

Salió uno bravísimo, feroz, temible, que echó al suelo en un dos por tres al hombre que lo montaba.

—A mí no me tira—dijo Nemesio.

Y dicho y hecho: bajó al redondel así como estaba elegante: camisa bien aplanchada, traje de color negro y sombrero alto. Montó á la fiera, teniéndose firme con la presión que ejercía con los miembros inferiores. El público parecía haberse vuelto loco al mirar al caballero bien montado y al animal hecho una furia, corcoveando, bramando, ya libre del lazo, sin poder echar al suelo al jinete que se sostenía, sin pretal: aplaudía, y gritaba desaforadamente. El joven alcanzó una ovación inusitada.

Era tal la fuerza de Nemesio, que domaba un caballo con la presión de los muslos.

Morelia tenía noticias de su talento y erudición. Una vez le invitó el Seminario para que fuese á replicar en los exámenes de fin de año. El Gobierno del Estado no tardó en convencerse de la sabiduría del joven.

A él se debe la organización del Colegio de San Nicolás.

Los señores Luis Gutiérrez Correa, como jefe del partido liberal, Juan González Urueña, Juan Bautista y Gregorio Ceballos y Melchor Ocampo celebraban juntas secretas para discutir los medios mejores de derrocar al gobierno retrógrado. A éllas asistía Nemesio.

El general Ugarte le redujo á prisión por andarse mezclando en la cosa pública.

Un día, indignado el gobierno santanista,le puso en el cuartel, en compañía de un bandido muy valiente: Eustaquio Arias, que le adoraba.

Hubo vez en que estando preso el bandido, engrillado, á la vista de la guardia, hizo que se pronunciara el Cuerpo Activo de Morelia; echó abajo las rejas de la prisión, salió á la calle todavía con los grilletes puestos, que se los desclavaron los mismos soldados en el instante en que el general Ugarte intentaba, reducir al orden á la tropa sublevada.

Dió por muerto á Ugarte y con precipitación pasó sobre él, tomando el camino de Cuitzeo de la Laguna, para ir á defender las ideas liberales en Puruándiro.

Nemesio, en el torbellino de adversidades, no había olvidado el lugarcito aquel para dormir, que, á su llegada de Tacámbaro, le había dado de tan buena voluntad en su fonda la señora Josefa Saavedra, ó como la llamaba todo el mundo, doña Pepa la Moreliana, á quien regaló seis mil pesos, años más tarde[7].

Estrechado por las persecuciones de los santanistas, que no le daban punto de reposo, se alejó de la ciudad y de su familia, y estuvo distante de la que le dió el sér, de la señora Ana María Garrido, ó mejor dicho,Ana María Arcaute, su primitivo y verdadero apellido, que era de Roma.

El padre Garrido trajo á México, á la señora Arcaute, para que se curara de una peligrosa enfermedad. En junta de médicos fué desahuciada, y falleció después de haber recibido los auxilios espirituales de propias manos de tres obispos.

Un día amaneció Morelia entera preguntándose por don Nemesio Santos Degollado, por su querido gobernante en 1848 y 1857, que apenas tuvo tiempo para hacer bien y que había sido diputado á la asamblea departamental en 45, consejero de gobierno en 46 y diputado por elección unánime al Congreso General, en 55.

Unos decían que había sido desterrado por Santa-Anna á la Villa de Armadillo, San Luis Potosí. Otros, que se encontraba en México en la casa de don Valentín Gómez Farías, 2.ª calle del Indio Triste, número 7, esquina á la de Montealegre. Otros, que se había lanzado á la revolución, á defender el plan de Ayutla.

Pero levantó cabeza y se le vió de cuerpo entero en Tunguitiro, hacienda de don Epitacio Huerta, en Michoacán, lugar de cita de los liberales, donde se encontraban los coronelesLuis Ghilardi, Manuel García Pueblita y Epitacio Huerta, el comandante de batallón Régules y el comandante de escuadrón Refugio I. González.

De día estaban con el arma al brazo, ordenando tomas de plazas ocupadas por los santanistas y haciendo más posible el triunfo del plan de Ayutla.

De noche, teniendo en mucha cuenta la mala fe de las fuerzas de Pátzcuaro, se iban á dormir al cerro de Cirate, inaccesible por lo escarpado y perdedizo por lo nemoroso.

Haciendo expediciones de acá para allá, tomaron á Uruápam; por asalto, á Puruándiro; los santanistas de la Piedad se rindieron.

De vuelta encontraron que Tinguitiro era presa del fuego. El enemigo estaba al frente en expectativa. Los soldados de los dos bandos, bien formados, sin avanzar un punto, se avistaron; pero no se hicieron nada.

Una noche pasaron bajo las ruinas.

La plaza de Puruándiro fué tomada por cincuenta hombres, á la cabeza del comandante Calderón, sin que lo supieran los jefes del sitio. Vieron venirse abajo una trinchera y pretendieron ganar tiempo para dar el asalto; pero un soldado del general Juan Nepomuceno Rocha dijo:

—Señor, si ya están adentro.

—¿Quiénes?

—Pues nuestras tropas, jefe.

En Penjamillo se recibió carta de que se habían pronunciado en Zamora los señores Trejo y Miguel Negrete, acabados de ascender á tenientes, y que pedían pronto auxilio.

Degollado ordenó que el comandante Refugio I. González fuera con cuatrocientos caballos. Allí se encontró con que ya eran coroneles los tenientes de ayer.

Vagando con muy buenas intenciones, don Santos Degollado vino á parar en Cocula. El enemigo le dió una sorpresa. Durante el tiroteo se acuerda de que no se había despedido de la familia que le dió hospedaje; entonces le dijo al general Huerta:

—Procure usted detener al enemigo, mientras regreso. Voy á despedirme de la familia y á darle las gracias.

—Señor, nos ataca con ímpetu.

—Sostenga usted el fuego. ¡Cómo va á ser que nos vayamos así, sin decirle adiós!

—Ya lo tenemos encima.

—Voy á despedirme. No vaya á decir que soy ingrato.

Cuando estuvo de regreso, el general Huerta había perdido un brazo.

Defendió el plan de Ayutla con una convicción apostólica, y llegó á ser gobernador de Jalisco en 1855.

Era su sueño dorado hacer la felicidad de su país y prácticas las leyes y la justicia, tales como debían ser en una forma de gobiernorepresentativo popular. Decretó la abolición de las alcabalas.

Hizo efectiva la libertad de conciencia. Un grupo de jóvenes, entre ellos Miguel Cruz Aedo, Urbano Gómez, Jesús González, Miguel Contreras Medellín y José María Vigil predicaban en la plaza de Escobedo las ideas liberales.La Revolución, que tenía por lema: «Ser ó no ser: he aquí la cuestión», era el órgano del partido puro. No les importaba gritar á la luz del día: ¡Muera el Papa! ¡Muera el Clero! Un 16 de Septiembre tanto fué lo que se dijo en la tribuna, presidiendo la celebración de la fiesta nacional el señor Degollado, que el obispo don Pedro Espinosa puso el grito en el cielo. Lanzó una carta pastoral furibunda el reverendo yLa Revoluciónla burló. Hubo cambio de manifiestos entre los dos, Espinosa y Degollado, en que el uno pedía coacción del pensar y el otro la negaba dignamente en nombre de la ley. Por esto le llamabanpureteal señor Degollado.

Y sin embargo de esta tirantez de relaciones entre el Gobernador y el Obispo, cuando unos jóvenes, sin permiso de la autoridad política, ni de la eclesiástica, repicaron en la Iglesia Catedral de Guadalajara, por la reapertura del Instituto, don Santos reprendió á los jóvenes y mandó una satisfacción al señor Espinosa, «manifestándole la ninguna culpa que tenía en el acontecimiento.»

Su administración no tuvo más defecto que ser demasiado liberal, hasta para los conservadores. Se llegó á decir, á consecuencia de todo esto, que don Santos favorecía al partido contrario y lo inclinaba á la desobediencia del gobierno federal. Por esos días, en Diciembre, se pronunció un grupito de descontentos en Tepic. Reducidos al orden, fueron desterrados Eustaquio Barron, cónsul de Inglaterra, y Guillermo Forbes, cónsul de los Estados Unidos. Protestaron de la enérgica medida, fundada en el contrabando que hacían; pero ningún efecto surtió la protesta, porque el consejo aprobó, conforme al derecho de gentes y leyes del país, la resolución oficial.

El 10 de Febrero de 1856 expidió un decreto, según el cual no reconocería autoridad originada de movimientos reaccionarios y ofrecía el territorio para trasladar los supremos poderes; invitaba á los Estados para una coalición bajo bases de «unión, libertad, integridad del territorio nacional, inviolabilidad del principio democrático popular, independencia entre sí para el gobierno interior y cambio recíproco de auxilios y recursos.» A pesar de tanto bien que hacía, dejó el puesto y vino á México para ocupar su lugar en el Congreso Constituyente. Había como cuarenta jóvenes diputados que querían hacer entrarlas más avanzadas ideas liberales en la Constitución. Con ellos votó siempre Degollado.

Llegó vez en que de un voto pendía la existencia de la Constitución de 57. Muchos deseaban la del año 24 con algunas reformas. Después de tres días de sesión permanente, vencieron los puros y sin gozar de un solo centavo de dietas. Sin embargo, en ese mismo año de 57, llegó á tener algunos miles de pesos el señor Degollado. Un billetero de la Lotería de San Carlos se acercó, en la calle, á los señores Benito y Fermín Gómez Farías, rogándoles con insistencia que le compraran un número.

—Mira, ese no sirve. Tráenos un trece mil cualquiera—dijo don Benito al billetero.

Echó á correr y trajo un trece mil. Costó el entero diez pesos, que pagó don Benito. Luego que llegaron á la casa, una casita de la calle de Victoria del señor Cumplido, donde habitaban, Fermín tomó la pluma y escribió en el billete: «Billete de Benito Gómez Farías, Fermín Gómez Farías, Nemesio Santos Degollado y Joaquín Degollado.»

El billete fué colocado y olvidado tras un espejo de la sala. Un día, á la hora de comer, se presenta el billetero muy alegre.

—¡Vengo á decirles que se sacaron la lotería!

—¿Qué lotería?—preguntó Fermín.

—Pues ¿qué lotería ha de ser? ¡La de San Carlos!

—¡Ah, sí, á este señor le compramos el billete que guardamos detrás del espejo!—exclamó don Benito.

El premio fué de sesenta mil pesos, que se repartieron fraternalmente entre los cuatro, pagando hasta entonces cada uno á don Benito los dos pesos cincuenta centavos que les correspondía.

Cuando el golpe de Estado, don Santos Degollado no amaneció en su casa del callejón de la Olla. Partió á Michoacán para hacer que el poder ejecutivo del Estado reconociera al gobierno constitucional. Luego se dirigió al Sur de Jalisco, en Marzo de 1858, después de haber estado en un hilo la vida de Juárez, y la de los personajes que le acompañaban, en Guadalajara, por el pronunciamiento del 13, del mismo mes, acaudillado por Antonio Landa, quien recibió cinco mil pesos.

La última disposición de Juárez, cerca de Colima, antes de embarcarse, fué que don Santos Degollado sería Ministro de Guerra y que tenía el mando del Ejército y facultades omnímodas en los Estados del Norte y Occidente.

La tropa se componía de setenta y cinco infantes y veinticinco dragones. Se pudieron conseguir mil quinientos fusiles, y volvió don Santos Degollado a Guadalajara; pero en Junio, ya que había sitiado la ciudad, supo queMiramón se acercaba con tres mil hombres y catorce piezas de artillería, y cambió de propósito, regresando á sus posiciones del Sur. En Atenquique, el 2 de Julio, pudo verse que las fuerzas constitucionalistas de su mando estaban con alientos para obtener victoria, pues sostuvieron con el enemigo un combate del que pudieron salir completamente triunfantes.

Ese mismo mes se encontraba nuevamente don Santos Degollado en Colima, pertrechándose con esa fe y constancia que le caracterizaban para volver á la carga. Allí pareció descansar la tropa.

De los jóvenes jefes, ni uno solo perdió la alegría de la juventud. Cierta mañana se presentó á la casa de don Santos Degollado una celestina. En una mesa escribía el general Nicolás Medina y cerca de otra estaba de pié don Santos Degollado.

—Su excelentísima—habló la mujer al señor Medina.

—No soy yo—le dijo, haciéndole una indicación con el pulgar derecho encorvado.

Entonces, dirigiéndose á quien debía dirigirse:

—Su excelentísima, vengo á darle una queja.

—Diga usted, señora.

—Los jefes Rodríguez, Avila, Saviñón, Rosas Landa, Miravete, Salgado y JoaquínMoreno han ido á molestar á mis niñas, que no son gente de mal vivir, y me rompieron un espejo y un pabellón. Yo no puedo perder eso, excelentísimo señor. Mis muchachas entienden con buenas palabras, pero no así como éllos quieren.

A don Santos se le subió la sangre al rostro.

—¿Cuánto importa lo que le rompieron á usted, señora?

—Nueve pesos, su excelentísima.

Don Santos se dirigió á su recámara y de una bolsita de manta sacó la suma.

—Aquí tiene usted, señora: pero no haga usted escándalo. Perdónelos usted: son jóvenes. No lo volverán á hacer, se lo prometo. Yo los reprimiré. Vaya usted sin cuidado. No lo volverán á hacer. Perdónelos usted, se lo suplico.

La celestina recibió la cantidad y se fué muy satisfecha.

—¿Qué dice usted, Nicolacito? Esta es cosa de los mochos que me quieren desacreditar. De otro lo podía creer, ¡pero de Moreno que es casado!

Pero no todo fué contratiempos: el día 21 de Septiembre hizo que en Cuevitas pusieran pies en polvorosa las tropas de Casanova.

El 28 de Octubre capituló Guadalajara, mediante un tratado digno para los liberales.Se les garantizaba la vida á los jefes del enemigo.

Degollado y don Benito Gómez Farías, considerando la exaltación del pueblo, quisieron que el general José María Blancarte permaneciera en el palacio de gobierno.

—Quédese usted ahí, en esa pieza—dijo don Santos Degollado á Blancarte, ofreciéndole amablemente una pieza que seguía á la en que platicaban.

—Corre usted mucho riesgo—le manifestó Gómez Farías.

—Señores, mejor me lo llevo para mi casa—hizo observar el señor Antonio Alvarez del Castillo.

Y Blancarte se acogió á Castillo.

El coronel Antonio Rojas se presentó una mañana en la casa en que se hallaba Blancarte; hizo que sus soldados dispararan sus armas sobre él, y no satisfecho con haberlo matado, hubo uno que le machacó la cabeza á culatazos. El hecho llegó á oídos de don Santos Degollado. Primero no quiso creerlo; pero después que supo la realidad, le abandonó la calma, esa calma suya que hacía que no tuviese arrugas en la frente.

Quiso poner su renuncia de Ministro de Guerra y Marina y general en jefe del ejército federal. Los amigos le rodearon para convencerle de la inconveniencia del paso.

—No puedo permanecer en mi puesto, porquelos tratados son inviolables y la vida del hombre es sagrada. No puedo dejar sin castigo este crimen. ¡Qué dirán de nosotros cuando se sepa! Infame, villano..........

Hubo gran junta en la que discutieron mucho Vallarta y Ogazón, para que don Santos cambiara de parecer. Medio se calmó luego que Rojas fué puesto fuera de la ley:

El culpable, que respetaba y quería al señor Degollado, se puso á salvo; sin embargo, así y todo solía preguntar por su buen jefe.

—¿Qué tal va el amo?—le preguntó una vez, en retaguardia, al general Nicolás Medina.

—No se le acerque porque le manda fusilar.

—¡Si he matado la víbora que le había de picar!

—No le enseñe la cara porque le ha puesto fuera de la ley.

—¡Ah, qué don Santitos! ¿Conque estoy fuera de la ley? ¡Si yo nunca he estado adentro!

En San Joaquín, el 26 de Diciembre de 1858, después de hora y media de combate, Miramón derrotó á Degollado.

No se arredró ante la mala suerte; prosiguió resignado en la defensa de las ideas constitucionalistas, sufriendo derrotas y obteniendo una que otra victoria.

El 10 y el 11 de Abril de 1859 fué derrotadopor Márquez en Tacubaya. Allí olvidó en el campo una casaca y una banda que fueron puestas á la vista de la plebe en la Plaza de la Constitución, de esta Capital, para que las cubriera de lodo.

En el parte oficial, dirigido de Chapultepec, al general Antonio Corona, Márquez decía: «Las valientes tropas que me enorgullezco de mandar han obtenido esta victoria, disputando el terreno palmo á palmo, y en la lucha no sólo derrotaron al enemigo, sino que le tomaron por la fuerza toda su artillería, parque, carros, armamento y demás pertrechos de guerra, contándose entre su pérdida lacasaca y la banda de general de división que tiene la desvergüenza de usar el infame Degollado, sin haber servido á la nobel carrera de las armas.»[8]

Don Santos Degollado fué á parar en Michoacán, para reorganizar fuerzas y seguir batiéndose por la causa constitucional. Ante jefes y soldados aparecía inmaculado; á pesar de esto, Vidaurri tuvo la ocurrencia de ponerle fuera de la ley, el 19 de Septiembre, por pugna con Zuazúa y los gobernadores de Aguascalientes y Zacatecas, la cual limitaba las ambiciones del gobernador de Nuevo León.

Nada le hacía dar un paso atrás, nada ledesalentaba, nada hizo desviar en un ápice su constancia. Derrotadas sus tropas en la Estancia de las Vacas, el 13 de Noviembre de 59, volvió á la carga más constante á San Luis, en seguida á Lagos, después al Bajío.

El 12 de Noviembre, víspera de la batalla en la Estancia de las Vacas, tuvo una conferencia con Miramón bajo un mezquite, entre la Calera y la hacienda del Rayo.

No pudieron llegar á ningún acuerdo.

Al despedirse, Miramón dijo á Degollado:

—Mañana le derroto á usted como tres y dos son cinco.

A lo que respondió don Santos:

—Mi deber no es vencer, sino combatir por principios que al fin tienen que triunfar porque son los de una revolución grandiosa que en el orden moral está verificándose en todo el país.

Y era la verdad: don Santos Degollado no tuvo otra mira en la revolución.

Siempre pobre, estaban primero sus soldados que él. Cuando había, los jefes sin distinción recibían un peso por cabeza; pero don Santos Degollado rara vez recibía sueldo. Lo poco que tenía, lo iba gastando con una economía proverbial.

Una botella de vino en la mesa, á la hora de comer, le inquietaba hasta la nimiedad.

Le decía al proveedor:

—No ponga usted vino en la mesa. Diránque si para esto queremos los préstamos. Basta una comida sencilla sin estos lujos. Es preciso cuidar de los recursos del soldado y no verse obligado á gravar con mas contribuciones á los pueblos, que son los que pagan todo esto.

No quería ni que los jefes, en las ciudades ocupadas, fueran al teatro para que no dieran que hablar. Cuando llegaba su tropa á algún pueblo, prefería hospedarse en la casa consistorial que en una de familia, para evitar molestias. Muchas ocasiones sucedía que tras de larga jornada, en que el cansancio y el hambre estaban por matar á la tropa, al Estado Mayor y á él, se negaba caballerosamente á aceptar las ofertas que familias enteras le hacían al llegar á un punto.

—Excelentísimo señor, pase usted á la mesa con su Estado Mayor.

Gracias, mil gracias. No se molesten ustedes, señoras. Si ya comimos.

El general Ghilardi, que á las espaldas del jefe escuchaba la oferta y el rehusamiento, débil de cansancio, hambre y sed, como en realidad se encontraban todos, perdía su paciencia y cachaza de italiano, y respondía.

—Sí, señoras, moléstense ustedes: tenemos mucha hambre.

Y luego, volviéndose á sus compañeros, decía;

—Este don Santos no come, no bebe, no pasea, no nada.

La necesidad de sus fuerzas le obligó á dar su consentimiento para ocupar la conducta de Laguna Seca, de 1.100,000 pesos, y aun quiso que toda la responsabilidad cayera sobre él, en Septiembre de 1860.

Con este motivo decía en su manifiesto á la nación:

«Había reservado para mí y para los mios hasta la severidad mezquina, un nombre puro que legar á mi familia: pero un día la necesidad en nombre de mi causa llamó á mis puertas para pedirme ese nombre y entregarlo á la maledicencia, y yo consentí en entregarme como reo y sufrir ese suplicio peor que el martirio, porque en el martirio consuela la mano generosa de la gloria.»

Sólamente se le lanzó el anatema de todos los jefes, de Zaragoza, Huerta, Doblado, Valle, Ogazón y Aramberri, el 29 de Septiembre, al querer celebrar un proyecto de pacificación del país con el ministro inglés Mathew[9].

Juárez le destituyó del mando del Ejército.

Todo su pecado fué ese conato de proyecto, cuya alma era el evitar más derramamiento de sangre, en bien de la patria, y no en el suyo, como lo saben quienes le sobreviven y entre quienes hay muchos que le vieron humilde y pobre, como la pobreza y la humildad mismas.

Más de una vez el general Miguel Blanco le llegó á decir:

—¡Cómo, señor! ¿Usted mismo arreglando su ropa?

Y no era don Santos Degollado á secas: era el Ministro de Guerra y Marina y el general en jefe del ejército federal.

Destituído don Santos Degollado del mando del Ejército, el 4 de Noviembre de 1860, salió de Quiroga para Toluca.

En Queréndaro, el día 25, se le unió don Benito Gómez Farías, su íntimo amigo.

A su llegada á Toluca, el 2 de Diciembre, se les «recibió con hospitalidad y grandes honores por el general Berriozábal,» que era Gobernador y general en jefe de la división del Estado de México.

Amaneció nublado el día 9; á corta distancia no podía distinguirse bien. Una avanzada de las fuerzas del general Berriozábal fuésorprendida por los exploradores del general Miguel Negrete, cuyas blusas eran de igual color que las de aquella,.

Estaban hospedados don Santos Degollado y el señor Gómez Farías en la casa del gobernador. Allí el enemigo, los sorprendió á los tres[10].

El general Berriozábal supo por la cocinera que Negrete andaba en las calles. Montó violentamente á caballo para organizar la resistencia y estar á la cabeza de su tropa. Hubo fuego graneado, pero ya fué tarde: casi á todos los cogieron de improviso.

Don Santos tuvo que ceder á los ruegos de una familia para pretender su salvación por las azoteas de la manzana.

Herido en la cabeza, el general Berriozábal fué hecho prisionero. Tuvieron la misma suerte Degollado y Gómez Farías.

En la cárcel se les formó cuadro para fusilarlos. No esperaban más que los disparos, cuando logró salvarlos el general José Joaquín de Ayestarán.

Miramón mandó llamar á Berriozábal al palacio de Gobierno.

—Han caído en mis manos—le dijo Miramón.

—Ya lo veo—respondió Berriozábal.

—Los voy á fusilar.

—¿Para eso me llama usted? Está bien.

Miramón varió de tono y ordenó que le curaran la herida al general Berriozábal.

Temprano, el día 10, los prisioneros en un coche salieron entre filas, bien escoltados, de Toluca para México. Miramón se encontraba en el balcón de Palacio en el momento que pasaban.

Por la ventanilla del coche asomó una cara desconocida.

—¿Quién es ése?—preguntó Miramón desde el balcón.

—Excelentísimo señor, es don Juan Govantes—dijo el oficial.

—Que eche pie á tierra y que camine así—ordenó Miramón.

Govantes había sido reaccionario neto.

En Lerma, el general Antonio de Ayestarán los vigiló durante la noche en la pieza que les servía de cárcel.

Más tarde, supieron la causa del excesivocuidado de Ayestarán, que no los dejó un instante solos en la travesía: Miramón, recelando mucho de Márquez, había puesto bajo la responsabilidad de Ayestarán la vida de Berriozábal, Degollado y Gómez Farías.

En un punto del camino, la vida de los tres fué severamente amenazada, la muerte puesta á la vista.

Márquez ordenó, al atravesar un bosque, que la escolta, disparara sobre los prisioneros, si las guerrillas de Aureliano Rivera hacían fuego entre la montaña.

Hubo instante en que Ayestarán se cambiara palabras duras con Márquez.

Sonaron disparos de las guerrillas de Aureliano Rivera y no les llegó la muerte á los prisioneros, que ya la esperaban por detrás.

En la Capital fueron alojados en el Palacio Nacional. Se les atendió y se les consideró. Ignoraban lo que acontecía.

El 24, á las siete de la noche, Miramón, de bota federica, puesto el sombrero y con un fuete en la mano, se presentó en la habitación de Berriozábal, Degollado y Gómez Farías. Les manifestó que abandonaba la Capital, encargándolos del orden, para lo cual les dejaba un piquete de soldados á discreción[11].

Libres los tres prisioneros, habiendo rehusado tener el mando en la ciudad don Santos Degollado por estar procesado, el general Berriozábal dió toda clase de garantías á los habitantes.

El 1.º de Enero de 1861 entró el Ejército federal al mando del general González Ortega.

Nunca México ha visto mayor entusiasmo del pueblo, como esa vez.

La ciudad estaba engalanada; por las calles, donde pasaba el Ejército, llovían esencias y flores; no había espectador que no lo vitorease.

González Ortega, que traía el estandarte de la ciudad, frente al Hotel Iturbide, hizo que se le incorporasen, para participar de la gloria del triunfo, Berriozábal y Degollado, quienes se encontraban tras una vidriera viendo el desfile.

Ahí el general González Ortega manifestó públicamente, estrechando entre sus brazos á don Santos Degollado y vitoreándole, que á él le pertenecía la ovación, porque era el primero por su constancia y su fe.

Juárez, Ocampo y Emparan visitaron á don Santos Degollado, el día 13, en su casa, la número 2 de San Juan de Letrán.

El gran jurado no pronunciaba aún en la acusación el «ha lugar á proceso.»

Seguía siendo Magistrado de la Suprema Corte de Justicia.

Más antes había mostrado un rasgo de desprendimiento de su personalidad, sacrificándola por el amor á la patria.

Dos veces se sujetó á juicio, del Congreso y de la Corte, por la cuestión Barron-Forbes, que costó dos millones de pesos de indemnización.

Ahora que se le formaba otra causa, le asistía también la justicia; pero los «hombres de la fortuna, del poder y de la fuerza estaban contra él.»

El Artesano Libre, de Morelia, yEl Partido Puro, de esta Capital, le insultaban y vilipendiaban estandosub judice: le decían calumniador, loco, cuasi general, vergonzante, tinterillo y que había incurrido en escandalosa defección y colgado para ludibrio del viento la siempre virgen cuanto victoriosa espada.

Y él replicaba en Abril de 1861:

«Siempre se me ha visto bajo los fuegos del fusil en las acciones de guerra, retirarme el último en los campos de batalla y cuidar la retaguardia en todas las retiradas para reunir y reorganizar las fuerzas que estaban á mis órdenes.

«Bien ó mal, yo he servido á la causa nacional, y he probado, hasta en mis desaciertos, mi buena intención y anhelo por ser útil á mi país.

«Por despreciable y poco digno que yosea, al fin es un hecho que fuí uno de los caudillos del pueblo, y cuanto mal se diga ó se publique por mí, debe afectar á los demás caudillos y deshonrar al gran partido liberal en presencia de los reaccionarios.

«No busco ni la gratitud ni el aprecio público por mis servicios, porque ya sabía antes de ponerme al frente del Ejército constitucional que en todos los países y en todos los tiempos los servicios á la patria no han encontrado más que almas envidiosas y corazones desgraciados.

«Si antes me cogiere la muerte, tengo hijos y amigos que sabrán volver por mi honra.»

Su honra le preocupaba.

Lo primero que preguntó al general Ramón Iglesias, al irle á tomar declaración el 27 de Febrero, fué:

—Dígame usted los nombres de mis acusadores: ¿quiénes son?

El general José María Arteaga le escribía de Querétaro el 28 de Marzo, participándole que había salido electo presidente en aquella ciudad y San Juan del Rio.

Le ofrecían la cartera de Guerra y Marina el 8 de Abril.

En esto llegó á sus oídos la noticia del asesinato de Ocampo.

Gómez Farías se presentó á la casa número 2 de San Juan de Letrán, que habitaba don Santos Degollado, y le refirió el hecho.

—Iremos á vengarlo—dijo don Santos.

—No podemos—respondió Gómez Farías.

—Pediremos licencia, y si nó, nos marcharemos.

Don Santos Degollado se apoyó del brazo de Gómez Farías y se dirigió á la Cámara á solicitar el permiso de ir á la guerra para vengar á Ocampo.

Al presentarse en el salón, todos los diputados se pusieron de pié; y luego que dijo el fin que allí lo llevaba, fué objeto de una ovación unánime.

«Mi deseo se limita á marchar á la guerra, no para sacar de sus hogares y asesinar á los enemigos indefensos, sino para batirme cuerpo á cuerpo con los asesinos.»[12]

Y partió á Toluca para cumplir su solemne promesa.

A la puerta de la casa del general Berriozábal, gobernador y jefe de la división del Estado de México, cuando los caballos piafaban de impaciencia por la tardanza de los jinetes que no acababan de despedirse adentro, sus muchos amigos quisieron disuadir á don Santos del propósito que tenía tomado: vigilar el convoy que debía salir de Tacubaya á su paso por el Monte de las Cruces, el día 15 de Junio de 1861.

El general Berriozábal le acompañó en el camino.

Hicieron alto en Las Cabezas.

Llegaba la diligencia de México y venía el ayudante Francisco Taboada.

—¿Qué sucede con el convoy?—le preguntó don Santos Degollado.

—Está en Tacubaya—contestó Taboada.

—Retirémonos á Lerma,—dijo Berriozábal al señor Degollado.

—Ese no es mi negocio. El gobierno me dice que viene y debo estar aquí—respondió don Santos.

Sacó su reloj y dijo á Berriozábal:

—Usted debe volverse.

—Da usted dado en este monte tan peligroso.

—Tomaré mis precauciones.

—Entonces quedo á las ordenes de usted.

Y avanzaron: Berriozábal iría por todo el camino real hasta encontrarse con el convoy y el general Degollado por entre la montaña; pero antes, para emprender la marcha paralela, éste ganaría las cumbres del frente á la Pila y en señal de su llegada tocaría diana.

El general Berriozábal, en menos de un cuarto de hora de espera, oyó un tiroteo y en seguida la diana prometida; pero debemos advertir, según el dicho de testigos presenciales, que la diana únicamente la oyó el general Berriozábal.

Y siguió su marcha.

En Cuajimalpa, el teniente Perfecto Soto se le presentó á noticiarle la derrota del batallón rifleros de San Luis.

Berriozábal resistió creerlo; sin embargo, retrocedió para reconocer el campo.

Algunos disparos le hacían de entre la montaña, á la falda de las cumbres.

Vió pendientes de los árboles muchos cadáveres de soldados.

Ya no le cabía duda: don Santos había sido derrotado.

En Huixquilucan supo que Degollado había muerto.

Allá arriba de las cumbres, después de haberse batido valientemente sus soldados, el enemigo hizo multitud de prisioneros y luego, afirma solo Berriozábal, “obligó á los mismos cornetas y tambores de San Luis que tocasen diana.”

Don Santos, pistola en mano, descendía la pendiente al paso de su caballo.

Se rompió la brida; se apeó á anudarla y fué hecho prisionero. ElChatoAlejandro le dió una lanzada.

Conducido entre filas, un soldado indígena que se apellidaba Neri le disparó un tiro por detrás, en el cerebelo.

Fué enterrado por orden de Gálvez en Huixquilucan.

Una oración fúnebre le pronunció el señor Francisco Schafino, que andaba plagiado por Buitrón.

Corriendo el tiempo, el general Berriozábal derrotó á una tropa reaccionaria en Toluca, y entre los muertos encontró al indígena Neri.

Llevaba aún en el dedo una prenda de su ilustre víctima: un anillo que lucía un jaspey un gorro de la libertad con este letrero abajo:

«TODO POR TI.»

El general Francisco Alcalde, de paso por Huixquilucan, el 5 de Julio de 1862, exhumó los restos de don Santos Degollado.

Yacían cerca de la puerta de la iglesia.

Un soldado del general Aureliano Rivera que había presenciado el entierro hecho por Gálvez, indicó el sitio.

El cadáver estaba bien conservado: en camiseta, calzoncillos, una herida en el cerebelo, otra en el cuello y otra en el pecho.

Se leía en el interior de la tapa del ataúd:


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