............Pues oid:Cierta noche aparecióMuerto de herida cruel,Don Fernando PimentelEn la calle.—¿Quién le hirió?Rodriguez Galvan.—El Privado del Virrey.
............Pues oid:Cierta noche aparecióMuerto de herida cruel,Don Fernando PimentelEn la calle.—¿Quién le hirió?Rodriguez Galvan.—El Privado del Virrey.
............Pues oid:Cierta noche aparecióMuerto de herida cruel,Don Fernando PimentelEn la calle.—¿Quién le hirió?
Rodriguez Galvan.—El Privado del Virrey.
Hay en México una calle formada de los más altos y suntuosos edificios, y donde hace años vive gente comerciante, acaudalada y principal. Colocada en lo más poblado, en lo más céntrico de la gran ciudad, es una calle que podríamos llamar aristocrática. Sin embargo, de día tiene un aspecto triste y de noche lúgubre. Los grandes zaguanes de maderas antiguas y labradas parecen las entradas de unos castillos: en lo alto de las paredes de los edificios se proyectan las sombras y los alternados reflejos de los faroles de una manera singular, y parece que de las cornisas churriguerescas de los balcones se desprenden algunos fantasmas que tan pronto se incrustan y se esconden en los zaguanes, y tan pronto toman formas colosales y se suben álas cornisas de las azoteas y allí se asoman y ríen y muestran unos semblantes deformes y fantásticos á los que pasan.
Así se presentó á mi imaginación una noche oscura, ventosa y fría, la calle de Don Juan Manuel, una noche que se moría un amigo querido y que tuve que correr en busca de un virtuoso clérigo para que le echara la última bendición que el hombre cristiano apetece el día que parte para siempre de la vida.
Esa noche soplaban por intervalos unas ráfagas del viento helado de los volcanes, caían repentinamente algunas gruesas gotas de lluvia, que el aire arrebataba y azotaba contra las vidrieras oscuras de los balcones, no había más que un perro negro, flaco y macilento que roía los restos de un hueso arrojado por algún sirviente; las luces de aceite más bien daban sombras que luz, y la llama rojiza y pequeña temblaba siniestra en la alcuza negruzca de lata. El sereno dormía en la esquina arrebujado en su capotón azul, y el eco de mis pisadas en las losas de la acera se repercutía en toda la extensión de esa lúgubre á la vez que majestuosa calle, y turbaba el silencio que también se interrumpía de vez en cuando con el graznido de alguna ave nocturna. Llegué en casa del sacerdote, que era un hombre blanco con la venerable auréola de las canas............
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En el año de 1636 en que colocamos nuestra narración, la calle de Don Juan Manuel no se hallaba como ahora la encontrarán los viajeros. México estaba ya como quien dice trazado y formado; pero las calles, con pocas excepciones, no estaban completas. Había grandes y buenos edificios junto de otros de un solo piso y de una pobre y defectuosa construcción; otras casas tenían una grande y alta cerca que cubría las huertas ó jardines, y en otras, como en la de Celada, que es hoy San Bernardo, y la de que hablamos, había muchos solares intercalados entre las casas y con una cerca de espinos secos, de adobes ó madera. El propietario de los solares y casas de ese rumbo era un caballero llamado Don Juan Manuel.
Era un personaje por todos capítulos rodeado de misterios y de sombras que no dejaban nunca verle en toda la verdadera realidad. Entraba de noche al palacio del Virrey, embozado hasta los ojos en una larga capa negra, y permanecía varias horas conversando. Nadie le veía salir, y algunos que por curiosidad le observaban al entrar, decían que antes de tocar la puerta excusada de palacio, Don Juan Manuel se desembozaba, se persignaba tres veces, sacaba un estoque con puñonde plata, le reconocía, examinaba la punta y le volvía á meter en la vaina. Los que alguna vez vieron esto, temían que el Virrey amaneciese algún día asesinado en su cama.
Don Juan Manuel era hombre muy caritativo. Se contaba que una vez había ido á verle una viuda pobre que tenía dos niñas doncellas, muy jóvenes y bellas. Don Juan Manuel regaló cinco mil pesos á cada muchacha, y jamás quiso ni conocerlas.
Don Juan Manuel era celoso, y se decía que su esposa era una dama principal y de una rara hermosura; pero nadie la había visto, pues permanecía encerrada en su casa, y salía únicamente á misa á las cinco de la mañana cubierta con un mantón de lana negro. Nadie visitaba la casa, y sólo el confesor entraba de vez en cuando á tomar chocolate después de la misa.
Don Juan Manuel era valiente. Una noche le acometieron seis bandidos con puñales. El sacó la tizona, se colocó de espaldas contra un zaguán y no dejó acercarse á ninguno de ellos hasta que por la esquina asomó una ronda que observó después los rastros de sangre, pues los cinco agresores habían sido heridos por el bravo caballero.
Don Juan Manuel era hombre no sólo virtuoso sino hasta santo, porque confesaba y comulgaba cada ocho días, se daba disciplina todas las noches en la Iglesia más cercana,socorría á muchos pobres, asistía á las festividades de la Vírgen, y costeaba velas de cera y lámparas que ardían día y noche en los templos.
Todo esto decían de Don Juan Manuel, pero en verdad era un hombre misterioso, y se podía asegurar que todos le conocían y ninguno le conocía realmente, porque si se preguntaba por sus señas, unos lo describían de alta estatura, muy derecho y arrogante, de fisonomía pálida y casi cetrina, con espesa barba negra y ojos centellantes pequeños y hundidos; otros, por el contrario, aseguraban que era de estatura regular, de semblante apacible y caritativo, de ojos expresivos y llenos de dulzura, y con solo un corto bigote. Tampoco estaban todos conformes en cuanto á su traje, añadiendo los mejor informados que vestía siempre de negro, mientras otros le conocían riquísimos ferreruelos; pero los más convenían en que de noche se le encontraba por las calles más sombrías, entrando y saliendo en casas de mala apariencia, y envuelto en una luenga capa.
Estas eran lo que se llaman las hablillas del vulgo, que partiendo de un fondo de verdad, poetisa ó trastorna las cosas y las figuras, dándoles el carácter raro, misterioso é indefinido que tanto halaga la imaginación humana, y de esto tienen orígen la mayor partede las leyendas y tradiciones de todos los pueblos.
Pasó y pasó el tiempo, y cada año se añadía alguna particularidad, algún nuevo rasgo al carácter de Don Juan Manuel. Repentinamente el caballero se dió enteramente á la devoción, y de la devoción pasó á una melancolía tan negra y tan profunda, que nada podía consolarle. Sus mejillas se hundieron, alderredor de sus ojos apareció un círculo morado, y el color de su semblante blanco y limpio, tornóse en un amarillo opaco y lustroso, que revelaba desde luego que estaba devorado no sólo por una enfermedad moral, sino por terribles padecimientos físicos.
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Por algún tiempo Don Juan Manuel se encerró en su casa, y no se volvió á hablar de él. Después, en secreto, y con mil reservas, decían las viejas y las beatas: Don Juan Manuel ha hecho pacto con el diablo, y se santiguaban y ponían la cruz al enemigo malo. La verdad era tal vez que Don Juan Manuel tenía celos de su mujer, de quien estaba locamente enamorado, y sin poder descubrir ni averiguar de una manera cierta quién era el que le robaba su honra, estaba á punto de volverse loco de rabia y desesperación.
Una noche se encontró el cadáver de unhombre asesinado; pero como había en esa época una falta absoluta de vigilancia y de policía, no había alumbrado en la ciudad, y los bandidos abundaban, se atribuyó á ellos esta desgracia; sin embargo, llamó la atención el que se encontrase en los bolsillos del vestido de la víctima bastante cantidad de monedas.
A los ocho días, otro cadáver tirado en las cercanías de la que hoy se llama calle de Don Juan Manuel; al día siguiente otro, y después periódicamente otros y otros más. La ciudad se llenó de terror porque algunos de los muertos pertenecían á familias conocidas y honradas de la ciudad.
Inmediatamente el vulgo inquirió quién era el autor de estos crímenes. Don Juan Manuel, seducido enteramente por el diablo y habiéndole entregado su alma con tal de que le señalase al amante de su esposa, salía todas las noches de su casa embozado hasta los ojos y con un agudo puñal desnudo en la mano. En el momento que en las cercanías de la casa encontraba á alguno, los celos le cegaban y suponía que era ese alguno de los muchos que trataban de ofender á su honra, y le preguntaba:—¿qué horas son?—Las once, contestaba inocentemente el transeunte.—Dichoso tú que sabes la hora en que mueres, respondía Don Juan Manuel, y al mismo tiempo le clavaba el puñal en el corazón ó en la garganta,y dejándole ya muerto y nadando en su sangre, regresaba á su casa, se oía el estruendo pavoroso de la pesada puerta que se cerraba, y todo quedaba después en las tinieblas y en el silencio. Las horas más críticas eran desde las once hasta las doce de la noche, y nadie, ni aun para pedir los Santos Oleos, se aventuraba en las calles desde las ocho en adelante, á no ser acompañados de dos ó tres alguaciles. Sin embargo, había muchos que porque no creían en tan vulgares consejas ó por absoluta necesidad, transitaban por los dominios de Don Juan Manuel, y era seguro que esa noche, sabiendo exactamente la hora, morían víctimas del sanguinario furor que el demonio había inspirado á este extraño caballero.
El hecho era que los asesinatos se cometían con frecuencia, que los cadáveres se encontraban al día siguiente con todas sus ropas y prendas, y que aunque en secreto y con reservas se señalaba á Don Juan Manuel como al autor de estos crímenes; pero en lo visible no había sino pruebas en contrario. Don Juan Manuel, aunque triste y sombrío como hemos dicho, concurría á la misa, daba sus limosnas y visitaba como de costumbre á su amigo el Virrey. Quién había de atreverse á acusar á un hombre acaudalado y respetable, ni qué pruebas podían presentarse; así, todo el mundo callaba y cumplía con encerrarseen su casa desde que se escuchaba el toque de ánimas.
Había en la calle de Don Juan Manuel (probablemente donde hoy se encuentra la magnífica finca del Sr. Dozal) una casa de pobre apariencia y que era propiedad de una beata que tendría sus cincuenta años. Alguna de las faltas de que es víctima la juventud cuando es demasiado confiada en el otro sexo, hizo que la Madre Mariana, que así la llamaban, tomara el hábito de beata y además hiciese la promesa de rezar un número de credos á la Preciosa Sangre, igual al día de cada mes, de modo que nunca se acostaba antes de la media noche, y el día 25, por ejemplo, empleaba más de media hora en rezar los veinticinco credos que le tocaban. En la calle oscura, sin empedrado, muda y completamente sola desde las ocho de la noche, no se veía más que una luz, como la de una sola y lejana estrella en un cielo nebuloso. Era la luz que salía por un estrecho postigo de la casa de la beata Mariana que encendía una lamparita delante de una imágen de Jesucristo atado en la columna, y no cerraba el postigo sino después de haber acabado de rezar sus credos.
Las más noches oía cerrarse con estruendo una puerta, y este ruido casi á una misma hora le hizo ponerse en observación hasta que se cercioró que era la puerta de la casa que habitaba Don Juan Manuel. Otra noche, haciael fin de un mes en que tenía que rezar muchos credos y había permanecido de rodillas delante de la imagen, escuchó un quejido. Apagó en el acto su lámpara, de puntillas se dirigió al postigo y asomó la cabeza con precaución. Un hombre corrió, y otro detrás de él le alcanzó casi en la misma puerta de la casa de Mariana y le dió cuatro ó cinco puñaladas. El hombre gimió dolorosamente y cayó á poca distancia. El asesino se alejó de allí, y á poco, en vez del estruendo de costumbre, la beata oyó que se abría suavemente una puerta y que un hombre embozado entraba en ella. Era la casa de Don Juan Manuel, y no podía ser otro sino el mismo Don Juan Manuel.
Mariana se acostó llena de terror, y al día siguiente, ya que habían levantado el cadáver, fué á referir al confesor lo que había pasado y le dió parte también de las vehementes sospechas que tenía. El confesor obtuvo una audiencia del Virrey y le contó el suceso, pero el Virrey se rió, dijo al padre que todas eran consejas del vulgo y que no había que hablar ni que hacer caso de todo ello. Mariana había, sin embargo, referido algo á las beatas, y desde este suceso el terror se aumentó y las apariciones fueron ya más terribles.
Se refería que de los muchos escombros y andamios de la obra de la catedral salía todoslos viernes á las doce de la noche una procesión de monges con unos largos sayales y unos capuchones negros que les cubrían la cara. Que las caras de esos monges eran unas calaveras á medio descarnar, pues eran nada menos que todas las víctimas de Don Juan Manuel que se levantaban de sus sepulcros. Esos cadáveres revestidos del hábito de los frailes, se dirigían en procesión por el cementerio de Catedral con unos gruesos cirios en la mano y cantando con una voz que parece salía del sepulcro, el oficio de difuntos. Llevaban cargado un ataud vacío, llegaban á la calle de Don Juan Manuel y volvían con el ataud, ya con un hombre atado de pies y manos. En el atrio de la catedral había una horca, elevaban en ella del pescuezo al hombre, apagaban los cirios y cantaban el Miserere. Cada semana se repetía esto, y los que por casualidad habían visto esta terrible procesión, regresaban á su casa con fiebre y morían á pocos días.
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Así oí referir el cuento de Don Juan Manuel, en la edad de las ilusiones y del mundo ideal de fantasmas, de espectros y de apariciones. Al calor del fogón de la cocina oímos cosas siempre maravillosas y nuevas, y nos dormimos en el seno maternal, o soñando en los príncipes generosos y las magas lindasy benéficas, ó estremeciéndonos con los espectros y las sombras de los avaros y de los malvados que brotan del sepulcro para ejemplo y enseñanza de los mortales.
El hecho cierto fué que Don Juan Manuel amaneció repentinamente ahorcado, y que el pueblo tenía razón, porque en el fondo había una historia terrible y verdadera.
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Pasaron muchos años antes de que se supiera lo que había de verdad en todo lo que no parecía más que un cuento, hasta que Don José Gómez de la Cortina, literato distinguido y además curioso indagador de todas nuestras antiguas crónicas, publicó un escrito con el título de laCalle de Don Juan Manuel, en cuya primera parte refiere la leyenda popular tal como se la contó su barbero, y que difiere en algunos puntos de la que acaba de leerse. En cuanto á la parte exactamente histórica, no habiendo encontrado ningún otro dato ni documento nuevo, copio la que escribió el finado conde de la Cortina. Dice así:
«Por los años de 1623 á 1630 vivía en México un caballero español muy principal, natural de Burgos, llamado D. Juan Manuel de Solórzano, que había venido á esta América con la comitiva que trajo consigo el virrey D. Diego Fernández de Córdova, marqués deGuadalcázar, y ya disfrutaba de grandes bienes de fortuna y consideración, cuando tomó posesión del virreinato de Nueva-España D. Lope Díaz de Armendáriz, marqués de Cadereyta. La privanza que logró D. Juan Manuel con este personaje fué tanta que se le hicieron cargos de ella al virrey en la corte de España, y no contribuyó poco á la ruidosa desgracia con que fueron recompensados sus servicios. Hacia 1636 contrajo matrimonio D. Juan Manuel con D.ª Mariana Laguna, hija única de un rico minero de Zacatecas, cuya dote aumentó considerablemente las riquezas de su esposo, y ambos consortes pasaron á habitar una casa contigua al palacio del virrey. Esta proximidad de habitaciones parece que estrechó mucho más las relaciones amistosas que existían entre el marqués y D. Juan Manuel, llegando á tal grado que pasaban juntos la mayor parte del día, aunque no sin graves murmuraciones del público que no estaba acostumbrado á ver á los virreyes visitar las casas de los particulares. Aumentóse el desafecto hacia el virrey, cuando se supo que daba á D. Juan Manuel la administración general de todos los ramos de real hacienda, y por consiguiente la intervención de las flotas que venían de la Península; y como en estos ramos siempre había tenido gran parte la Audiencia, pronto empezaron las quejas y representaciones al rey, pintandoal marqués con los colores más odiosos, y amenazando con una revolución más violenta que la que pocos años antes había angustiado á la Nueva-España, en tiempo del marqués de Gelves. Los resortes que el virrey puso en movimiento debieron de ser muy poderosos, puesto que inutilizaron los efectos de las cuantiosas sumas de dinero que envió á Madrid la Audiencia, y consiguieron que Felipe IV aprobase la conducta del virrey y confirmase á D. Juan Manuel en el goce de sus nuevas concesiones. Por este tiempo llegó á México la noticia de las victorias obtenidas en Francia por el ejército español á las órdenes del príncipe de Saboya, que penetró hasta la ciudad de Pontoise y puso en la mayor consternacion á la capital de aquel reino. En el mismo buque que trajo estas nuevas, plausibles entonces para los habitantes de México, llegó á Veracruz una señora española llamada D.ª Ana Porcel de Velasco, viuda de un oficial superior de marina, de muy ilustre nacimiento y de singular hermosura, á quien un encadenamiento de desgracias había puesto en la necesidad de venir á implorar el amparo del virrey, que en tiempos más felices para ella la había distinguido en la corte, y aun le había dedicado algunos obsequios amorosos. Luego que el marqués supo la llegada de esa señora, manifestó á D. Juan Manuel el placer que tendría en alojarla en México de unmodo correspondiente á su clase y al punto D. Juan, deseando corresponder á esta confianza, ofreció sus servicios al Virrey, y no sólamente le cedió la casa que entonces habitaba, sino que costeó con espléndida profusión todos los gastos que hizo Dª. Ana en su viaje desde Veracruz hasta la capital. Ignóranse los acontecimientos que mediaron desde esta época hasta que se supieron en México las noticias del levantamiento de Cataluña; pero según se ve, sirvió este suceso de pretexto á las autoridades de México para ejercer terribles venganzas. La Audiencia, que desde la revolución del marqués de Gelves había permanecido contraria á los Virreyes, no fué la que menos se aprovechó de esta circunstancia, y á fuerza de buscar la ocasión de humillar al Virrey y de perjudicar á Don Juan Manuel, debió de hallarla, puesto que á fines del año 1640 permanecía este preso en la cárcel pública, en virtud de mandamiento del alcalde del crimen D. Francisco Vélez de Pereira. D. Juan Manuel sufría tranquilamente su prisión, esperando un cambio de fortuna, cuando supo que el mismo alcalde visitaba á su esposa con más frecuencia de la que exigía la urbanidad ó el deseo de ser útil. Hallábase igualmente preso en la cárcel, y por el mismo motivo un caballero muy rico llamado D. Prudencio de Armendia, que había sido traído á México desde Orizaba, en dondeposeía inmensos bienes, y en donde el rigor de que había usado al desempeñar varios cargos públicos le había proporcionado la enemistad y el odio de todos los que aspiraban á vivir sin freno y á costa de las turbulencias públicas. Este sugeto que era corresponsal de D. Juan Manuel, y de quien se había valido este último para arreglar el viaje de D.ª Ana Porcel de Velasco, halló el modo de facilitar á su amigo el medio de salir de la cárcel y de poder examinar por sí mismo la conducta de su mujer. D. Juan Manuel salió varias noches, y en una de ellas dió muerte al alcalde D. Francisco Vélez de Pereira, casi en los brazos de la adúltera esposa. Fácilmente pueden inferirse las consecuencias que debió tener este acontecimiento. El Virrey dobló sus esfuerzos por salvar á D. Juan Manuel; la Audiencia por su parte no se atrevía á manifestar al público los pormenores del delito, y ya empezaba á creerse que Don Juan Manuel saldría victorioso, cuando repentinamente amaneció su cadáver suspendido en la horca pública, un día del mes de Octubre de 1641; suceso digno de la sombría y misteriosa política de aquellos tiempos...... La calle en que acaeció la muerte del alcalde es la misma que hoy se llama deD. Juan Manuel, tanto por vivir éste en ella, como por haber construído la mayor parte de las casas que la formaban; así es que entonces tenía el nombre decalleNueva, y era una de las extremidades de la ciudad, pues concluía el caserío de aquel lado poco más allá del hospital de Jesús.
—¡Qué reflexiones me inspira todo lo que acaba Ud. de referirme!—dijo mi amigo lanzando un suspiro de aquellos que acostumbraba.
—Pues aun hay más, le contesté. Creo que la conducta de la mujer de D. Juan Manuel era en cierto modo disculpable, porque, á lo que parece, su debilidad fué el precio que puso el alcalde á la libertad de D. Juan......
—Lo creo así, y vea Ud. la razón por que no se atrevieron los oidores á quitarle la vida públicamente...... Y luego era preciso inventar lo del diablo, y lo de la horca, y hacérselo tragar al pobre pueblo...... ¡Ah, qué tiempos!!!
—Yo le aseguro á Ud. que desde hoy no vuelvo á entrar en mi casa sin acordarme de D. Juan Manuel, y dar mil gracias á mi barbero.
—Pues yo desde hoy miraré esa calle con toda la veneración que se debe á un monumento que nos recuerda los progresos de la ilustración del siglo en que hemos nacido.
Manuel Payno.
El mes de mayo de 1683 fué de una gran agitación en México. La capital de la colonia, de ordinario tan tranquila y pacífica, había cambiado repentinamente de situación, y á la monótona quietud de otros días había sucedido una especie de movimiento febril, una animación extraordinaria y una conmoción verdadera en todas las clases de la sociedad.
Era que los piratas habían desembarcado en la nueva Veracruz, y los piratas eran enemigos terribles para las colonias españolas.
Casi á mediados del siglo XVII se turbó repentinamente la tranquila posesión que tenían los españoles en las islas del mar de las Antillas y en las costas de la tierra firme; el comercio se interrumpió, y las flotas que de la América salían para Europa, cargadas de tesoros ó ricas mercancías, necesitaban ir custodiadas por navíos de guerra, so pena de caeren manos de los piratas, y aun esta prevención fué inútil algunas veces, porque los piratas atacaron y vencieron á los almirantes españoles, como habían vencido á los gobernadores de las ciudades y de las fortalezas.
El mar de las Antillas, el seno mexicano y el golfo de Darien estaban constantemente cruzados por piratas, cuyas hazañas eran el asombro de los marinos del rey de España, y el dominio de aquellos mares perteneció sucesivamente á Mansveld, á Juan Morgan, á Lelonois, á Juan Darien, á Lorencillo, á Juan Chaquez, á Nicolás de Agramont, hombres todos de un valor, una audacia y una sagacidad sin ejemplo.
Los piratas no se contentaban con apresar los buques mercantes, atacaban á los de guerra, y hacían desembarcos con el objeto de saquear ciudades de importancia.
Casi siempre salieron triunfantes en sus empresas, y se hicieron sucesivamente dueños de Puerto-Príncipe, de Maracaibo, de Porto-Bello, de Veracruz, de Tampico y de otras ciudades de las islas y tierra firme.
Por esto se conmovió la población de México cuando el viernes 21 de mayo de 1683, á las tres de la tarde, se publicó un bando en el que prevenía el Virrey que en el término de dos horas se presentaran á tomar las armas todos los hombres que tuvieran desde quince hasta sesenta años de edad.
Las noticias de Veracruz no podían ser más alarmantes; los piratas, acaudillados, según se decía, por Juan Chaquez y por el famoso mulato Lorencillo, habían desembarcado en número de ocho mil hombres, y se temía como seguro que se internasen en la tierra.
El Virrey y la Audiencia desplegaron entonces tanta energía y actividad, que al día siguiente, es decir, el sábado 22, estaban ya formadas las compañías de infantería y caballería, y salían para Veracruz con gente armada los oidores D. Frutos Delgado y D. Martín de Solís.
Sin embargo, en medio de la terrible alarma que produjeron en la ciudad estas nuevas, corría una noticia entre el pueblo, que no dejaba de ser de grande interés, sobre todo para el Virrey y para la Audiencia.
Esta noticia era que poco antes de la llegada de los piratas á Veracruz, había desembarcado allí Don Antonio de Benavides, Marqués de San Vicente, Mariscal de campo, castellano de Acapulco, etc., nombrado visitador del reino por Su Majestad.
El Marqués de San Vicente se puso en marcha inmediatamente para México, y como en los pueblos de su tránsito eran conocidos sus títulos y su investidura de visitador, á porfíay en todas partes se le asistía y obsequiaba espléndidamente.
La colonia, á pesar de su aparente sumisión y fidelidad, aborrecía á sus opresores, y siempre loscriollos, como llamaban los españoles á los mexicanos, veían con una especie de placer la aparición de un visitador que venía á residenciar á los señores que en nombre del rey mandaban en la Nueva España.
Los oidores y los virreyes recibían por su parte la noticia de la llegada de un visitador como el anuncio de una calamidad, y mal disimulaban en los festejos de su recepción la ira y el despecho que ardía en sus corazones.
La venida, pues, de Don Antonio de Benavides causó grandísima impresión, y más de dos corazones latieron de placer y más de un rostro palideció.
El vulgo comentó á su modo, lo mismo que los oidores murmuraron á sus solas; aquél se preparó á divertirse con la lucha que iban á emprender sus amos, y éstos se dispusieron á combatir y á poner en juego sus intrigas.
Entretanto, seguía armándose en México gente para salir en busca de los piratas á la Veracruz.
Había ya batallones de españoles, de criollos, de negros y de mulatos; los soldados se habían filiado porcastascomo se acostumbraba en aquella época, y se habían nombrado capitanes.
El conde de Santiago fué electo maestre de campo de aquel improvisado ejército.
Después de los oidores Delgado y Solís, el maestre de campo salió de la ciudad llevando más de dos mil hombres y cuatro carros de equipaje, y por capitanes de sus compañías á Miguel de Vera, al mariscal de Castilla Don Teobaldo de Gorraes, al tesorero de la casa de moneda Don Francisco de Medina Picazo, á Domingo de Cantabrama, á Juan de Dios y á Domingo de Larrea.
Pero estas tropas iban con demasiada lentitud para la actividad de los piratas, y apenas se habían alejado dos ó tres jornadas de México, cuando ya había llegado á la capital la noticia del saqueo de Veracruz y la retirada de Lorencillo.
Casi al mismo tiempo que se supo en México la retirada de los piratas, se esparció la noticia de que por orden de la Audiencia había sido preso en Puebla el visitador D. Antonio de Benavides.
¿Qué causas habían movido á la Audiencia para dar este paso? todo el mundo lo ignoraba y á todos causaba esto un verdadero asombro.
La prisión de un visitador era en aquellos tiempos un atentado grande, un hecho tan escandalosoy de tan grave trascendencia, que se consideraba como ahora entre nosotros puede considerarse un golpe de Estado.
El visitador, investido con las facultades del soberano, representando su persona, era sagrado, inviolable, y poner mano en él, equivalía á un sacrilegio, casi era un delito de lesa majestad.
El público comentaba así la prisión de D. Antonio de Benavides y había quienes muy por lo bajo murmuraban que el Virrey y la Audiencia pretendían alzarse con el reino, y lo que era natural, unos se ponían del lado de Benavides y otros ensalzaban las disposiciones del Virrey.
Ni unos ni otros tenían en qué fundarse; pero como en toda división política, más parte tenían los afectos que las razones.
La efervescencia pública llegó á su colmo el viernes 4 de junio, porque desde el medio día se supo que en aquella noche debía «entrar D. Antonio de Benavides á México.»
Tanto se había hablado de Benavides, tan misteriosa había sido su conducta, y tan impenetrables la misión que traía y la causa de su prisión, que la gente comenzó á llamarleel Tapado, y este sobrenombre se popularizó tanto y con tanta rapidez, que la noche del día 4 de junio multitud de curiosos se dirigían á las calles del Reloj, y entre todos ellosno se oía hablar de otra cosa que del Tapado, que debía de llegar en aquella misma noche.
Mucho se hizo esperar aquella entrada para la multitud que impaciente aguardaba desde las oraciones de la noche, y sin embargo, nadie se retiraba, y por el contrario más y más personas iban llegando allí atraídas por la curiosidad; tanto interés causaba aquel personaje.
Por fin, después de las nueve de la noche, como eléctricamente circuló esta voz:
—Ahí viene.
Las gentes se apiñaban, los de la primera línea luchaban por no perder el puesto, los de atrás intentaban pasar adelante, todos abrían desmesuradamente los ojos, todos alargaban el cuello, todos se ponían sobre la punta de los pies.
Diligencias inútiles; nadie, á pesar de la claridad de la luna, pudo ver otra cosa que un hombre embozado en una gran capa negra, que caminaba montado en una mula y en medio de un grupo de alguaciles á caballo.
Ese hombre era el Tapado.
Don Antonio de Benavides fué encerrado en un calabozo, y el día 10 de junio le tomaron su primera declaración y se le consignó á la sala del crimen para que le juzgase.
En vano se procuró obtener de él una contestación que diese alguna luz sobre sus antecedentes, sobre su misión, sobre el objeto que le traía á la Nueva España; los esfuerzos de los oidores se estrellaron contra la fría reserva de aquel extraño y misterioso personaje, á quien no arredraban ni los tormentos ni la muerte, y á quien no ablandaban promesas ni ofrecimientos.
Con una serenidad increíble, con una sangre fría que espantaba á sus mismos jueces, Benavides contestaba á las preguntas, ya con una sátira, ya con una sonrisa de desprecio, ya con palabras duras que demostraban que aquel hombre tenía una energía salvaje y una voluntad indomable.
Entonces los oidores desesperaron y el Virrey tomó cartas en el asunto, y creyó ser más feliz en sus tentativas que la Audiencia.
Gobernaba entonces en México el Excmo. Sr. D. Tomás Antonio Manríquez de la Cerda, marqués de la Laguna y conde de Paredes, vigésimo octavo Virrey, y que había tomado posesión del gobierno en 30 de noviembre de 1680, y á su prudencia y sabiduría confiaron los oidores el desempeño de una empresa en la que ellos habían comenzado con tan poco éxito.
El viernes 11 de junio el Virrey bajó al calabozo de Benavides y se encerró con él.
Los pajes de S. E. y los caballeros que leacompañaban quedaron en la puerta esperando el resultado de aquella conversación.
La curiosidad de todos aquellos hombres era terrible, y hacíanse allí comentarios á cual más absurdos, y se cruzaban apuestas acerca del éxito que tendría la visita del Virrey al Tapado, y se acaloraban las disputas, y los ánimos se exaltaban fácilmente en la discusión, pero nada de cierto podía decirse.
Entretanto, la conferencia se prolongaba, y los de afuera con el pretexto de cuidar al Virrey comenzaron á tomarse algunas libertades que ninguno desaprobaba, deseando, como todos estaban, saber algo.
El más audaz se acercó cautelosamente á la puerta caminando sobre la punta de los pies, quitóse el sombrero, apoyó sus manos sobre sus rodillas, inclinóse hacia adelante y aplicó el oído á la cerradura, teniendo en sus ojos esa mirada fija y perdida del hombre que reconcentra toda su atención para escuchar mejor.
Los demás guardaban el más profundo silencio mirando ávidamente el rostro del que escuchaba y procurando adivinar por los movimientos de su rostro sus sensaciones para inferir de allí lo que estaba oyendo.
Pero aquel hombre permaneció inmóvil por largo rato, y al fin se separó de la puerta con el rostro sereno.
—¿Qué hay?—preguntáronle todos en voz baja y casi simultáneamente.
—Nada—contestó moviendo la cabeza con cierta especie de disgusto—nada, murmullos incomprensibles...... el aire que zumba......
De buena gana muchos habrían abierto la puerta con cualquier pretexto y entrado al calabozo, pero el respeto que tenían al Virrey no se los permitía.
Por fin, después de cuatro horas aquella puerta se abrió, y el marqués de la Laguna, pálido y sombrío, salió del calabozo del Tapado.
Aquella conversación debía haberle afectado profundamente, porque sin hablar una sola palabra á los que le esperaban, con el entrecejo tenazmente fruncido y con la frente húmeda de sudor, tomó el camino de sus habitaciones, atravesando la cárcel y los corredores de palacio sin contestar á los ceremoniosos saludos que le dirigían los que á su paso le encontraban.
La curiosidad de sus acompañantes creció con la misteriosa conducta del Virrey.
¿Qué había pasado en aquella conferencia? ¿Qué pudo decir el preso al poderoso marqués de la Laguna, que tendió sobre su frente aquella nube sombría?
Dios, el Virrey y el Tapado lo supieron no más, y aquel fué siempre uno de los impenetrables misterios en esta causa.
El Virrey se encerró en su estancia, y nadie le pudo hablar hasta el siguiente día.
La Audiencia volvió á encargarse del Tapado.
En aquellos tiempos desgraciados la confesión se arrancaba á los acusados por medio del tormento, y como los oidores nada habían podido saber de Benavides, determinaron darle tormento.
El Tapado no era un hombre á quien arredraban el potro ni la garrucha; pero seguramente tenía la convicción de que la muerte era preferible al tormento, y pensó en el suicidio.
Una mañana el carcelero entró al calabozo del Tapado y se encontró con que, contra su costumbre, el preso estaba aún en su cama.
El carcelero creyó al principio que se habría dormido; acercóse á él y oyó que su respiración fatigosa era más bien el estertor de un agonizante.
—¡Este hombre está enfermo!—exclamó acercándose más y mirándole el rostro.
—¡Se ahoga!—dijo espantado mirando que el Tapado tenía el rostro cárdeno y que sus ojos parecían querer saltarse de las órbitas.
El asustado carcelero apartó violentamente la ropa de la cama que cubría el pecho de Benavides y lanzó un grito.
—¡Se está ahorcando este mal cristiano; Dios se lo perdone!
En efecto, Benavides había hecho un dogal con un pañuelo, y tiraba de ambas puntas desesperadamente.
El carcelero se arrojó sobre él, le quitó el pañuelo de las manos y luego se lo arrancó del cuello.
Ya era tiempo, un minuto más y D. Antonio hubiera dejado de existir.
Llegaron entonces otros dependientes de la prisión, atraídos por los gritos, y comenzaron á auxiliar al Tapado hasta hacerle volver en sí.
—¡Bravo susto nos habéis dado!—le dijo el carcelero—por poco os matais; tened entendido que me debéis la vida.
—Dios te lo perdone—contestó el Tapado—bien cruel ha sido tu caridad.
Y después de esto volvió á su tenaz silencio.
La noticia del suceso llegó á la Audiencia, y los oidores, temerosos de que otra vez fuese más afortunado en su tentativa, determinaron practicar cuanto antes las diligencias del tormento.
¿Para qué describir lo que pasó en aquella bárbara ejecución? Los tormentos de la justicia ordinaria eran los mismos que usaba el santo Tribunal de la Inquisición, y sobre poco más ó menos igual el modo de aplicarlos, y semejantes las fórmulas del interrogatorio y de las moniciones.
Los lectores delLibro Rojoconocen ya demasiado estas bárbaras prácticas, que por fortuna de la humanidad han pasado ya para siempre.
Benavides sufría el tormento con una energía y presencia de ánimo que no se desmentía ni por un solo instante, y nada supieron los oidores de nuevo, y el dolor no arrancó al Tapado la confesión más insignificante.
Y sin embargo, espantoso debió haber sido el sufrimiento de aquel hombre, porque si la fortaleza de su alma venció al dolor, su cuerpo no pudo resistir tan duro tratamiento: nada confesó; pero al día siguiente todo México sabía que iban á sacramentar al Tapado que estaba moribundo á consecuencia del martirio que le habían hecho sufrir los señores de la Sala del Crimen.
El Virrey nada decía de todo esto, parecía haberse olvidado completamente de D. Antonio de Benavides, y se ocupaba sólo de los festejos que debían hacerse con motivo del bautismo de un hijo suyo que había nacido cinco ó seis días antes del en que dieron tormento al Tapado.
«Miércoles 14 de julio de 1683», dice el Lic. D. Antonio de Robles en su diario, de donde hemos tomado estos datos, «día de SanBuenaventura fué el bautismo del hijo del Virrey, á las once y media; lleváronle en silla de manos la aya: bautizóle el señor arzobispo en la pila de San Felipe de Jesús; pusiéronle José María Franciscoomnium Sanctorum; asistió la real Audiencia en la catedral, en la nave del altar del Perdón, y todas las religiones; marcharon todas las compañías é hicieron salvas generales; túvole de padrino Fray Juan de la Concepción, donado de San Francisco que S. E. trajo de España; acabóse la función á la una; en la marcha anduvo el conde de Santiago, de maestre de campo, á caballo.
«En la noche se quemaron delante de palacio doce invenciones de fuego grandes; hubo mucho concurso.
«Cenaron en palacio esta noche los tribunales de Audiencia.»
Aquel día, pues, era todo de fiestas y de regocijo en la corte del Virrey, el palacio estaba iluminado profusamente, damas y caballeros atravesaban los corredores y se reunían en las estancias, ó se asomaban á los balcones para divertirse con los fuegos, las ricas carrozas cruzaban la plaza mayor en todas direcciones, y una muchedumbre alegre y bulliciosa se apiñaba delante de la habitación del Virrey escuchando las músicas de las serenatas y confundiendo sus gritos con el estallido de los petardos.
Y en aquellos mismos momentos, en el edificio del palacio, en uno de los más oscuros y tristes calabozos de la cárcel de corte, un humilde sacerdote, acompañado nada más de algunos devotos, administraba el sacramento de la Extrema Unción al misterioso marqués de San Vicente, al visitador D. Antonio de Benavides.
El sacerdote murmuraba devotamente sus fervorosas oraciones en aquel apartado calabozo, en medio de un silencio que no interrumpían allí más que los débiles gemidos del moribundo y el chasquido triste de las hachas de cera con que alumbraban los asistentes, pero que formaba un pavoroso contraste con los perdidos ecos de las músicas y de los gritos de la multitud que gozaba.
Don Antonio de Benavides recibió los últimos sacramentos y dió al cura mil pesos de manípulo, que el cura se negó á aceptar, y que el Virrey mandó después que se aplicaran á la compra de un palio para el Santísimo.
La historia del Tapado ofrece á cada momento incidentes que sólo sirven para aumentar más y más el misterio que envuelve siempre á este célebre personaje, y que nos inducen á formar mil conjeturas.
En efecto, ¿qué puede pensarse de un hombre sobre quien la justicia había ejercido tan rudamente su poder, que estaba moribundoá consecuencia del tormento, olvidado en un calabozo, en una ciudad y en un reino al que llegaba por la primera vez, y que hacía tan fácilmente un regalo de esa clase á la Iglesia, sin tener bienes conocidos de ninguna clase, ni relaciones aparentes con ninguna persona de la colonia?
Dar, no mil sino cincuenta ó cien mil pesos á la Iglesia, era una cosa usada y muy sencilla para cualquiera de los ricos colonos de la Nueva España; pero el preso, infeliz y desvalido, regalando mil, esto es una cosa en verdad llena de misterio.
Un año se pasó, y en México se olvidaron casi de Benavides, que restablecido de su peligrosa enfermedad seguía siendo juzgado por la Audiencia.
Pero el lunes 10 de julio de 1684 se supo que el Tapado había sido condenado á muerte, y que había sido puesto ya en capilla, y como una ejecución de justicia era en aquellos tiempos un espectáculo público muy concurrido, todos comenzaron á disponerse para asistir á esta que, según las leyes y la práctica, debía verificarse tres días después, es decir, el miércoles 14.
En efecto así aconteció; Benavides pasó en la capilla esos tres días de agonía, que son elmás terrible de los castigos, y durante ellos hizo llamar á Castillo, el secretario del Virrey, para hacerle una revelación: ¿qué le dijo? jamás se supo.
Amaneció por fin el día 14; la Plaza de Armas y las calles cercanas se llenaron de curiosos, las gentes coronaron las azoteas, y el sol puro y brillante en medio de un cielo limpio y sereno, alumbró con sus ardientes rayos una muchedumbre ansiosa de contemplar el suplicio de un hombre que ningún mal le había hecho y á quien solo de nombre conocía.
Don Antonio de Benavides, con el pecho cubierto de escapularios, sin sombrero, vestido de negro y caballero en una mula salió de la cárcel rodeado de soldados, llevando á su lado dos sacerdotes que le animaban á morir cristianamente.
La fúnebre comitiva hizo aquella especie de paseo que se acostumbraba hacer con los reos, y en cada esquina el pregonero con voz atronadora publicaba el nombre del ajusticiado, su crimen y la pena que iba á sufrir.
Así llegaron hasta la horca que estaba en el centro de la plaza. Benavides fué bajado de la mula, el verdugo pasó el dogal alrededor de su cuello, los sacerdotes redoblaron sus fervorosas oraciones.—¡Jesús te acompañe!—murmuró la multitud, y...... D. Antonio de Benavides, marqués de San Vicente, visitador, mariscal de campo y castellano deAcapulco, no era ya más que un cadáver que se mecía en la horca.
Después de esto, los sacerdotes se retiraron y los verdugos descolgaron el cadáver, y conforme á la sentencia le cortaron las manos y la cabeza: una mano se clavó en la horca, y la otra y la cabeza fueron enviadas á Puebla.
En estos momentos, cuando en la plaza resonaban los martillazos del verdugo que enclavaba en la horca la mano, el sol que había ido palideciendo se eclipsó totalmente, la muchedumbre, impresionada con el espectáculo, sintió un terror supersticioso al ver que el sol se obscurecía, y huyó despavorida en todas direcciones.
Un momento después la gran plaza estaba desierta.
El más impenetrable misterio vela toda esta historia. ¿Quién era el Tapado? ¿á qué vino á México? ¿qué habló con el virrey? Nadie lo supo. Quizá algún día el casual encuentro de algún ignorado expediente, en México ó en España, arroje la luz sobre este, hasta hoy, sombrío episodio de nuestra historia colonial.
Vicente Riva Palacio.