XXVIII

Gertrudis estaba como paralizada por el dolor.

Atontada, sin lágrimas, con los ojos inmóviles, alejaba a todos sus parientes, incluso a su padre, y sólo permitía que estuviese a su lado Franz Maas. Este le demostró una amistad leal, alejando a los extraños de la casa, y encargándose de arreglar el asunto con las autoridades. Poco faltó para que, a causa de las insinuaciones ambiguas de David, se entablase un juicio contra ella.

Pero, aunque las declaraciones del viejo criado eran demasiado incompletas y confusas para que pudieran servir de base a una acusación, bastaron para herir a Gertrudis presentándola a los ojos del mundo como una criminal.

Cuanto más prescindía ella de toda sociedad, cuanto más decididamente cerraba la puerta del molino a los extraños, más extravagantes eran los rumores que corrían sobre ella. Llamáronla desde entonces «la bruja del molino;» y las historias que de ella se referían pasaron de una generación a otra.

El molino era conocido en el pueblo con el nombre de «el molino silencioso.» Los muros se descascararon, las ruedas se pudrieron, las limpias aguas fueron invadidas por las hierbas; y cuando el Estado hizo un canal que desvió la corriente principal arriba de Marienfeld, el arroyuelo se convirtió en un foso fangoso.

¿Y Gertrudis? Se aisló completamente; muy pronto ni siquiera quiso tolerar junto a ella a su amigo, y le cerró la puerta. Se consideraba criminal. Sus angustias la llevaron a un confesor, la arrojaron en los brazos de la iglesia católica. Desde entonces se la ve prosternada delante de un crucifijo, arrodillada a la puerta de las iglesias, desgranando su rosario, con la frente sobre las piedras...

Expía el gran crimen que se llama juventud.

FIN

Estar de pie ahí, ante la tumba abierta todavía de un viejo camarada, es horrible, señores, les aseguro... simplemente horrible. Los pies se hunden en la tierra recién removida, uno se retuerce el bigote con expresión idiota y al mismo tiempo, querría aullar de pena.

Todo, pues, había concluido... nada había que hacer ya... Su muerte nos arrebata un verdadero genio en el arte de inventar grogs, ponches y cherry gobblers, fríos o calientes. Cuando uno se paseaba con él por el campo, les aseguro, señores, con sólo ver su manera de sorber el aire, se podía estar seguro de que acababa de tener una inspiración. Al sentir el aroma de una maleza cualquiera, había adivinado en qué clase de vino habría que ponerla en infusión para conseguir una bebida excelente, extra fina...

¡Y qué entretenido era! Nos veíamos todas las noches, desde hacía años, fuera que él viniera a mi casa en Ilgenstein, o que yo me trasladase a caballo a Döbeln; y nunca me había parecido largo el tiempo que con él pasaba.

Tenía una manía, sin embargo, una idea fija: el casamiento... Para mí, se entiende; porque él...

—¡Gran Dios!—decía;—no espero sino que esta bendita agua se me meta en el corazón, y entonces... reviento.

Y eso había sucedido precisamente... el hombre había reventado... Ahí estaba, tendido a mis pies, en el gran cajón blasonado; me parecía que tenía que golpear la tapa y llamarlo: «¡He, Pütz! basta de farsas! ¡sal de ahí, que tenemos que hacer nuestro piqué!»

No se rían señores... el hábito es la más exigente de las pasiones, y ustedes no saben a cuántos hace morir todos los años la pérdida de sus costumbres: «no hay poema, no hay canción que las celebre», diré, como mi amigo Uhland.

Hacía un tiempo como para no sacar afuera las narices: lluvia, granizo y viento, todo a la vez. Varios se habían echado encima el impermeable, y el agua formaba arroyuelos sobre la prenda; lo hacía también a lo largo de sus mejillas, de sus barbas... bien puede haber sido que se mezclaran a ella lágrimas, por que el buen Pütz no dejaba enemigos.

Para llevar el luto, lo que se llama propiamente llevar el luto, no había más que su hijo Lotario. Este servía en los dragones de la guardia, en Berlín, y no había podido llegar sino el día del fallecimiento. Se había mostrado buen hijo: había besado las manos de su padre, había llorado mucho, después me había dado las gracias y luego se había puesto a dictar órdenes a troche y moche, porque, como ustedes comprenden, un tenientillo así, cuando de repente... En fin, basta; yo estaba allí y me había portado también lo mejor que había podido.

Y mientras miraba al guapo mozo de reojo, y lo veía hacerse el valiente y contener las lágrimas, me vinieron a la mente las palabras de mi amigo... Era la víspera de su muerte: «Hanckel—me dijo,—ten lástima de mí cuando esté en la tumba... no abandones a mi hijo.»

Pienso en estas palabras, y, cuando me llega el turno de echar las tres paladas de tierra en la fosa, dejo caer también en ella un juramento silencioso: «No amigo, no abandonaré nunca a tu hijo... Amén.»

Todo tiene fin. Los sepultureros habían formado con el barro una especie de montículo sobre el cual habían arreglado, medio bien, medio mal, las coronas; no había mujer alguna en el entierro que se encargara de eso. Los vecinos se habían retirado; no quedábamos ya sino el pastor, Lotario y yo.

El joven parecía petrificado; miraba la tumba como si hubiera querido volver a abrirla con los ojos, y el viento le subía el cuello de la capa militar por arriba de las orejas.

El pastor le palmeó suavemente el hombro:

—Señor barón, ¿quiere permitirle a un viejo que le dirija algunas palabras?

Pero yo lo llevé a un lado y le dije:

—Vuelva a su casa, mi querido pastor, y haga que su mujer le dé un buen grog. Su túnica me parece un poco liviana.

—Hum...—contestó con expresión maliciosa;—nadie lo diría, pero tengo debajo una levita.

—No importa—repliqué;—será mejor que se vuelva. Del joven me encargo yo; sé mejor que usted dónde tiene la herida.

Y nos dejó solos.

—Vamos, muchacho—dije a Lotario;—tú no puedes devolverle la vida. Vamos a tu casa, y, si quieres, pasaré la noche a tu lado.

—No vale la pena, mi tío—respondió.

Me llamaba tío desde que habíamos convenido en ello una vez, bromeando. Y su semblante duro y cerrado parecía preguntar: «¿Por qué me incomodas en mi dolor?»

—Tal vez tengamos que hablar de intereses—insistí.

El no dijo una palabra.

Todos ustedes saben, señores, lo que es una casa mortuoria cuando se vuelve así del cementerio... el olor a féretro, un olor a madera fresca, y las ramas de abeto... y las hojas caídas de las coronas... y las flores pisoteadas... Atroz, simplemente atroz. Mi hermana—ella era la que me cuidaba la casa entonces, ha muerto también hace mucho tiempo, la buena vieja...—se había esforzado por poner un poco en orden la casa de Pütz; había hecho sacar los paños negros, el catafalco... pero, en tan poco tiempo, no se había podido hacer gran cosa, fuera de eso. La dejé irse. Después fui a buscar al sótano de Pütz una botella de su mejor Oporto, y me instalé frente al joven que, sentado en el sofá, hacía bailar la punta de su sable sobre la bota.

He dicho ya que era un soberbio buen mozo. Grande, vigoroso, un verdadero dragón... un mostacho enmarañado, cejas negras, gruesas; y debajo, ojos como dos carbunclos. La frente un poco hosca, porque los cabellos estaban plantados demasiado abajo, pero esto sienta bien a los jóvenes; y la cabeza era hermosa. En fin, en toda su persona, esa elegancia, ese chic de los dragones de la guardia que todos hemos ambicionado, pero que no se encuentra en ninguna otra arma... el diablo sabe por qué.

Brindé con él, a la memoria del viejo, por supuesto, y le pregunté:

—¿Y qué piensas hacer?

—¿Qué sé yo?—masculla, lanzándome una mirada de animal acosado.

Sí, sí, la cuestión era esa... La fortuna del viejo nunca había sido brillante... y sin hablar de su pasión por todo lo que se bebe... y luego, ustedes saben, donde hay un pantano, las ranas afluyen a él siempre; y, sobre todo, el hijo que vivía desde hacía años como si los margales de Döbeln hubieran sido minas de plata...

—¿Y sube a mucho la cosa, muchacho?... Todavía no, tal vez ¿eh?—pregunté.

—Una suma respetable, mi tío—responde.

—Eso cae mal—dije;—toda la posesión está gravada con hipotecas, hay reparaciones urgentes que hacer, y tú lo sabes, la agricultura no rinde nada.

—¿Entonces, mi dimisión?—pregunta mirándome fijamente como el acusado que espera el fallo del consejo de guerra.

—A menos que tú tengasin pettoalguna rica heredera que te saque del atolladero....

Meneó violentamente la cabeza.

—Entonces, sí; tu dimisión.

—¿Y si dividiera la propiedad, o lo que queda de ella?... ¿qué te parece?

—No te da vergüenza muchacho?—dije.—No se vende la camisa que se tiene en el cuerpo, ni se hace fuego con la madera de la cama.

—Hablas de la cosa muy cómodamente, mí tío... ¿No estoy entre las manos de los usureros?

Yo pregunto:

—¿Cuánto es?

El me dice una suma... No la repetiré, porque soy yo el que la ha pagado.

Le planteé entonces mis condiciones. Primo: dimisión inmediata. Secundo: obligación de dirigir personalmente los cultivos. Tercio: renuncia al pleito.

Este pleito, entablado contra Krakow de Krakowitz, había sido durante años el deporte favorito de mi viejo amigo. Se trataba de una herencia y, como sucede siempre en tales casos, los gastos del juicio se habían tragado ya tres veces lo que valía el guiñapo. Como Krakow era de mal dormir, la querella se había enconado y había degenerado en odio personal; por lo menos, de parte de Krakow, porque Pütz, con su flema bondadosa, se obstinaba en ver sólo el lado humorístico de la cuestión.

El otro, por el contrario, había jurado ante testigos que no se daría por satisfecho sino cuando hubiera echado a Pütz y a los suyos de Döbeln, corridos por los perros.

Sí; esas eran mis condiciones, y Lotario las aceptó. De buen grado o no, no lo sé; no traté de aclarar ese punto.

Resolví dar yo mismo los primeros pasos junto a Krakow para llegar a un arreglo, bien que no estuviese yo para él en olor de santidad. Por el contrario, yo podía pensar fundadamente que sus amenazas se dirigían a mí también, pues los dos habíamos tenido ya nuestros dimes y diretes en el concejo municipal.

Pero... vamos a ver, mírenme un poco; sin alabarme, tengo talla como para derribar a un dogo de un puñetazo, no como para emprender la fuga ante miserables gozquecillos.

¡Ah, pero!...

Señores, esperé tres días para dejar que la cosa madurara un poco; después, mi carruaje de caza fuera de la cochera, mis dos trotones con las pecheras, y en camino a Krakowitz.

Linda propiedad, no hay que decir. Un poco despechugada, pero soberbia... Demasiadas tierras negras de barbecho... pero quizás para la colza del invierno... ¿El trigo?... así, así... ¿El ganado?... magnífico.

Entro en el patio de la posesión... ¿Saben ustedes, señores?... Para mí, el patio de una granja es como el corazón humano. Por poco que sepa leer en él, ya no habrá medio de hacer tomar a ustedes una X por una V. Hay corazones que están abandonados, pero se adivinan lingotes de oro debajo del barro; otros son brillantes... corazones bien nutridos, por decirlo así, de arsénico... Relucen, centellean de lejos como de cerca; al verlos, no se puede menos de exclamar: «¡Rayos y truenos!...» y no son más que oropel. Los hay que se espantan, los hay que se encogen, hágase lo que se haga... En fin, adelante. Un poco de todo eso era el patio de Krakowitz. Graneros espléndidos... carretones mal cuidados... magníficos montones de estiércol, y caballerizas en desorden. Se comprendía que el capricho reinaba allí soberano, con un asomo de avaricia quizá... ¿o de escasez? ¡Es tan difícil poder determinar eso en el primer momento!

La casa de los señores: dos pisos, un techo de tejas rojas con canaletas amarillas, yedra alrededor; buen aspecto, en resumen. Y un no sé qué de... en fin, ustedes comprenden...

—¿El señor barón está en casa?

—Sí; ¿a quién tengo que anunciar?

—A Hanckel, al barón Hanckel de Ilgenstein.

—Tómese la molestia de entrar.

Entré, pues... Todo viejo, en todas partes; viejos muebles, viejos cuadros... el conjunto un poco apolillado, pero cómodo.

Oigo que echan votos detrás de la puerta:

—¿Ese maricón? ¡Pues es descaro!...

¡Era el alma maldita de Pütz, el muy canalla!

«Lindo recibimiento», pensé.

Voces de mujeres se interpusieron:

—Pero, papá...—maúlla una.

—Pero, hombre...—chilla otra.

¡Oh, la, la!...

Ahí entra, Señores. Si yo no lo hubiera oído en ese mismo instante, con mis propias orejas... Me tiende las manos; su cara de viejo pícaro resplandece, sus ojos de garduña pestañean de placer.

—¡Vecino!... ¡amigo!... ¡qué felicidad!

—Vea, Krakow. Ande con tiento, porque lo he oído todo.

—¿Qué ha oído, querido amigo? ¿qué es eso?

—Los títulos que me ha acordado usted: maricón, y Dios sabe qué más.

Y él, sin alterarse en lo más mínimo:

—Siempre lo he dicho, todos los días se lo estoy diciendo a mi mujer: las puertas no sirven para nada. Pero no hay que tomarlo a mal, mi viejo amigo. ¿Comprende?... siempre me ha fastidiado que usted se hubiera puesto de parte de Pütz. Y en este momento las señoras están preparando un ponche... con esto le digo todo. ¿Por qué no venía usted nunca a mi casa?... ¡Yolanda!... Es mi hija... ¡Yolanda!... Es la alegría de mi alma... No me oye. Bien decía yo a usted... las puertas no sirven para nada. Pero ellas están espiando por el ojo de la llave... ¡Largo de ahí, escuerzos!... ¿Siente usted como escapan? ¡Je, je!... ¡estas mujeres!...

¿Cómo enojarse, señores? No fui capaz de eso. ¿Tengo el cuero demasiado grueso? En fin, no pude hacerlo.

¿Qué figura tenía el hombre?... No me pasaba una línea de la cintura. Redondo, gordo, con las piernas como una O; y, sobre esa panza, una verdadera cabeza de apóstol... Pedro, Andrés o cualquiera de ellos. Una linda barba redondeada, con dos mechas blancas que bajaban de la extremidad de los labios; una piel de pergamino amarillento, toda arrugada alrededor de los ojos, la cabeza calva, pero con dos tupés grises desgreñados, arriba de las orejas.

Y el buen hombre da vueltas en derredor mío, como picado por la tarántula.

No crean, señores, sin embargo, que me dejé impresionar por sus visajes. Lo conocí hacía ya mucho tiempo para saber lo que el hombre podía tener en el vientre... Pero—trátenme de sinvergüenza, si quieren,—el hombre me gustaba. Y el ambiente también me gustaba.

Había allí cierto rinconcito junto a la ventana... maderajes esculpidos... A fuera, la yedra trepaba... y el sol brillaba a través del follaje verde... Muy atrayente... Sobre la mesa, un ovillo de lana en una concha de marfil; a un lado, un diario ilustrado y un pedazo de torta cercenada... Muy atrayente, les digo... Nos sentamos, pues, y una criada trajo cigarros.

No valían nada, pero el humo bailaba tan alegremente a los rayos del sol que me olvidé de tirarlo cuando la punta empezó a quemar.

Quiero empezar a hablar de intereses, pero él me pone la mano en el hombro y dice:

—Amigo, generoso amigo, después del café...

—Permítame, Krakow...

—Amigo, generoso amigo, después del café.

Me informé entonces cortésmente de sus propiedades, y lo dejé entregarse a desatinadas jactancias a propósito de sus innovaciones, que no valían un clavo, según lo sabía yo de mucho tiempo atrás.

La baronesa hizo su entrada. Un viejo objeto de arte... fino, distinguido. Grandes ojos azules alargados, cabellos de plata cubiertos por una pequeña toca de encaje negro, una sonrisa dolorida, manos muy delgadas; el conjunto un poco delicado para la mujer de un hidalgo rural y, sobre todo, de un patán como ése.

Me da cortésmente los buenos días, mientras el viejo grita a voz en cuello:

—¡Yolanda!... ¡Eh! ¿dónde te has metido? Hay un soltero aquí... un pretendiente... un pretendiente...

—¡Krakow!—le digo, todo turbado;—¡no se burle así de un viejo gruñón como yo!

Y la baronesa salva la situación, diciendo con expresión graciosa:

—No tema nada, barón; nosotras, las madres, hace diez años que lo hemos abandonado a usted como incurable.

—¡Pero bien podría dejarse ver, a pesar de todo!—aúlla el viejo.

Al fin, llega ella...

¡Caramba, señores! ¡atención! Me quedé con la boca abierta... ¡De la raza, señores, de la raza!... Un cuerpo de joven reina... largos cabellos que desarrollan sus anillos sobre los hombros, cabellos de color moreno dorado, como una melena... un cuello blanco, carnudo, voluptuoso... la garganta no muy alta, y un poco ostentosa... eso que llamamos, en términos ecuestres, un pecho de león... Parece que respira con todo el cuerpo, tan poderosamente pasa el aire por ese organismo joven y vigoroso... hombros y brazos elegantes... las caderas poco desarrolladas todavía, pero bien formadas para la dilatación normal.

Señores, no soy nada entendido en mujeres, pero no en vano soy criador; sé muy bien cuánto cuesta conseguir un ejemplar acabado de cualquier especie que sea; cuando uno se encuentra frente a un ser tan perfecto, no hay más que hacer que juntar las manos y rezar: «¡Dios mío! yo te agradezco que hayas puesto en el mundo seres semejantes; mientras existan cuerpos así aquí abajo, no debemos desesperar de las almas...»

Lo que no me llenó en el primer momento fueron los ojos. Eran demasiado soñadores, de color azul demasiado pálido para esa criatura exuberante de vida. Parecían ahogarse en éxtasis; sin embargo, los párpados, medio bajos, dejaban escapar una mirada inquieta, recelosa, como la que tienen los perros malos a quienes se castiga con frecuencia.

El viejo la toma por los hombros y se da sus aires de grande.

—¡Esta esmiobra! ¡Soyyoel que ha hecho esto! ¡Yosoy su padre!...—etcétera.

—Ella se desprende y se pone de color de púrpura. Tiene vergüenza.

Entonces las señoras preparan la mesa para el café. Barquillos cuscurrosos, confituras rusas, mantelería adamascada, cucharas y cuchillos de mango de cuerno... y, por arriba de todo eso, un fino vapor azulado que se escapa del aparato del café y que da al conjunto cierto tono más íntimo.

Nos sentamos y bebimos. El viejo se holgaba extraordinariamente; la baronesa se sonreía con expresión resignada, y Yolanda me hacía ojitos.

Sí, señores; me hacía ojitos.

Ustedes están todavía en la edad en que una cosa así les pasa a menudo; pero, cuando hayan cumplido los cuarenta y tengan plena conciencia de su vientre gordo y de su calvicie, verán ustedes qué agradecimiento sienten para con la camarera o la primer criada que se les presente y que se tome el trabajo de dirigirles miraditas... ¡Y piensan, pues, lo que será cuando se trata de una maravilla semejante, de una criatura de lo más elegido y de lo más gracioso!...

Pensé al principio que me equivocaba... después procuré disimular mis manos coloradas, luego tuve un acceso de tos... Me traté de animal, de fatuo, pensé en marcharme, y, por último, me puse a contemplar fijamente, todo aturullado, el fondo de mi taza... ¡como una jovencita!

Pero, cuando levantaba la cabeza, y fuerza era hacer eso de tiempo en tiempo, encontraba siempre la mirada de esos grandes ojos azules soñadores, que parecían decirme: «¿No has comprendido, pues, todavía, que yo soy una princesa encantada y que tú debes libertarme?»

—¿Sabe usted por qué le he dado ese nombre estrambótico?—me preguntó el viejo haciendo una mueca del lado de ella, con expresión maliciosa.

Entonces ella echó desdeñosamente la cabeza para atrás, y se levantó. Debía conocer la broma.

—Vea cómo sucedió la cosa. Tenía ocho días la chicuela... estaba acostada en su cama... sacudiendo sus piernitas... unas piernitas rollizas, verdaderos salchichones... y un traserito... ¡no le digo nada!...

¡Rayos y truenos! ¡Yo no me animé ya a levantar los ojos, tan abochornado estaba! La baronesa fingía no oír nada y Yolanda había salido de la pieza.

En cuanto al viejo, éste reventaba de risa.

—¡Ja, ja!... Sí, todo rosado... y los pañales habían dejado en él marcas... un verdadero mapa geográfico... y qué delicado y bien formado!... ¡un pétalo de rosa! Al ver eso me dije, en mi orgullo de padre joven: «Esta será hermosa y coqueta, y meneará las piernas toda la vida. Es preciso que tenga un nombre poético; eso le dará más valor a los ojos de los pretendientes.» Busco en mi biblioteca. Tecla, Hero, Irsa, Angélica... no, demasiado empalagoso: con cualquiera de esos nombres, ella no pescaría para marido sino un empleadito sin fortuna... o bien, Rosaura, Carmen, Beatriz, Wanda... tampoco, demasiado ardiente: ella huiría con el primer regidor que se presentara, porque si sigue siempre la suerte del nombre que se lleva... En fin, encontré Yolanda. Este, sí; está hecho para los enamorados, se deshace en la lengua, sin inspirar, sin embargo, malos pensamientos; excita y calma al mismo tiempo; y atrae y da intenciones serias. Eso era lo que yo había calculado, y era muy justo... Pero, ahora... ¡ella es capaz de quedarse para vestir imágenes con todas sus cortedades y melindres!

Yolanda volvió entonces, con los ojos bajos, con la expresión de una inocente injustamente acusada.

La pobrecita criatura me dio lástima; para cambiar violentamente de conversación, abordé el capítulo de los intereses.

Las señoras despejaron la mesa en silencio, el viejo emborró su pipa, negra como un carbón, y pareció dispuesto a escucharme pacientemente. Pero, apenas hube pronunciado el nombre de Pütz, saltó de su silla y tiró la pipa contra la estufa, donde se rompió mientras el tabaco se esparcía en chispas. ¡Y si le hubieran visto ustedes la cara! Les habría dado miedo. Morada, hinchada, como si le fuera a dar un ataque.

—¡Señor!—gritó.—¿Ha aceptado usted mi hospitalidad para venir a envenenarme la casa?... ¿No sabe usted que ese nombre maldito no debe pronunciarse aquí? ¿No sabe usted que yo maldigo a ese bribón hasta en su tumba? ¿que maldigo a su progenitura, que maldigo a todos los que...?

No pudo continuar; se ahogaba, y le acometió un violento acceso de tos. Tuvo que sentarse otra vez en el sillón, y la baronesa le hizo beber agua azucarada.

Tomé silenciosamente mi sombrero. Entonces mi mirada cayó sobre Yolanda. Blanca como la tiza, con las manos juntas, estaba allí, de pie, abochornada y desesperada; parecía pedirme perdón, y, al mismo tiempo, implorar mi apoyo. Resolví, pues, decir por lo menos una palabra de despedida, y esperé con toda calma a que el viejo, que gemía y jadeaba todavía, estuviese lo bastante tranquilo para comprenderme. Entonces, dije:

—Debe usted encontrar natural, señor de Krakow... que con su salida contra mi amigo y contra su hijo, a quien quiero como si fuera mío, nuestras relaciones...

Krakow golpeó con los pies y con las manos para impedirme continuar; y, después de unos cuantos gruñidos sofocados, acabó por recobrar la palabra:

—Esta asma, esta asma infernal... una verdadera cuerda alrededor del cuello... ¡crac!... cerrado el gaznate... ¿Quieres hablar, querido? ¡Buenas noches! ¿Quieres respirar, querido? ¡Chito!... Pero ¿qué es lo que está diciendo usted ahí denuestrasrelaciones?Nuestrasrelaciones, esto es, las relaciones entreustedyyo, no se han enturbiado nunca, amigo de corazón; son las mejores relaciones del mundo, amigo de mi alma. Y si yo he insultado al otro, al pleitista, al... al... noble, al honorable... ¡pues bien! me retracto, me declaro un cobarde, pero que nadie me hable de él. Yo no quiero acordarme de que su nombre puede existir, porque para mí ha muerto ¿entiende usted?... ha muerto... muerto...

E hizo con el dedo una cruz en el aire, mirándome con expresión de triunfo, como si con eso hubiera dado el golpe de gracia a mi pobre Pütz.

—Eso no impide, señor de Krakow—dije,—que...

—¡Cómo! ¿qué es lo que no impide?... ¡Usted es mi amigo, usted es el amigo de mi familia! ¡Vea a las señoras, están locas por usted!... ¡Eh! no tengas reparo, Yolanda... hazle ojitos, hija mía... ¿crees que no te estoy viendo, mocosa?

Ella no se sonrojó, no se turbó siquiera. Lo único que hizo fue levantar un poco sus manos juntas en dirección a mí.

Eso era tan conmovedor, tan lleno de abandono, que me sentí completamente desarmado. Volví a sentarme, pues, por un momento... hablé de cosas indiferentes... y me despedí, en cuanto pude hacerlo sin demostrar enojo.

Acompáñalo—dijo el viejo a Yolanda,—y sé amable con él; es el hombre más rico de estas tierras.

Esta vez todos soltamos la carcajada; pero, mientras atravesaba a mi lado el vestíbulo obscuro, Yolanda me dijo en voz baja, y en tono triste e inquieto:

—Usted no vendrá más, estoy segura.

—Así es, señorita—respondí francamente.

E iba a hacerle ver mis razones, cuando ella me tomó la mano, la oprimió entre las suyas, tan blancas, tan diminutas, murmurando con lágrimas en los ojos:

—¡Ah! ¡vuelva, se lo ruego!... ¡vuelva!

Sí, sí; ahí tienen ustedes lo que son las cosas... Esas pocas palabras me trastornaron la cabeza, como buen viejo idiota que era.

Hice todo el camino mascando cigarros, que, en mi turbación, me olvidaba siempre de encender... En cuanto llegué a casa, corrí al espejo. Enciendo todas las bujías, echo el cerrojo, cierro los postigos, me examino por delante, por detrás, y de perfil también, por medio de un espejo de mano.

El resultado fue aplastador... Una cabeza grandota, calva... una nuca enorme... bolsas debajo los ojos... papada... y, encima de todo eso, un color cobrizo como el de un caldero expuesto por mucho tiempo a la acción del fuego. Pero, peor todavía: al contemplarme así, de arriba a abajo, con mis seis pies de estatura, comprendo de repente por qué me han llamado siempre: «El bueno de Hanckel». Ya en el regimiento decían: «¿Hanckel?... no es un águila, no; pero ¡qué buen muchacho!»

Y cuando le ponen a uno esa marca, la vida no es ya más que una larga serie de ocasiones de que uno haga honor a su título. Lo miman a uno, se burlan de uno, lo amuelan todo el santo día. Intenta uno una tímida resistencia, y le observan: «¿Cómo? ¿Y usted es el que pretende ser un buen muchacho?...» Es inútil que uno proteste: «¡Pero si yo no soy un buen muchacho!»... Tiene que serlo a la fuerza, porque así lo han medido y lo han marcado... ¡Y un hombre de ese temple es el que quiere meterse ahora en historias de mujeres! ¡Las mujeres, que siempre están pensando en alguna cosa diabólica, y que, para que puedan querer bien, tienen que ser tratadas como animales, engañadas, abandonadas por el que ellas adoran!...

«No hagas estupideces, Hanckel» me dije, «deja tu espejo, apaga tus luces, manda a paseo tus ideas insensatas, y métete en cama.»

Yo tenía una cama, señores, y la tengo todavía, una cama de abeto completamente ordinaria, estrecha como un ataúd, de correas, sin colchón de lana ni de plumas; una piel de ciervo por toda cobija, y un jergón al que se le renueva la paja dos veces al año, y que constituye el único lujo. Siempre le están hablando a uno, señores, del lecho de campaña de los hombres célebres... esos que están expuestos en los palacios y museos patrióticos; y, cuando los visitantes pasan por delante de ellos, no dejan nunca de exclamar, alzando los brazos al cielo: «¡Qué fuerza de voluntad! ¡qué sencillez espartana!...» ¡Farsa, señores, pura farsa! De ninguna manera se duerme mejor que sobre una tabla; naturalmente, con tal que se tenga una jornada de trabajodetrás de uno, una buena concienciadentro de uno, y ninguna mujeral lado de uno... tres cosas más o menos sinónimas.

Se echa uno, se estira, dándose benéficos calambres, hasta que los dedos de los pies tocan el respaldo de la cama; trae uno las cobijas hasta la boca, hace su hoyo en la almohada, toma después un buen libro que lo está esperando sobre la mesa de noche, y gime uno de satisfacción...

Eso mismo fue lo que hice yo aquella noche, así que hubo vencido la tentación; y, mientras me iba quedando dormido, pensaba para mis adentros:

No, no; ninguna mujer te hará ser infiel a tu catre duro y estrecho de soltero... Aun cuando se llame Yolanda, y aun cuando sea de la sangre más noble y pura que haya puesto Dios sobre la tierra... Sí; esa menos que cualquier otra... Porque... ¡quién sabe!...»

Al día siguiente, presento mi informe al joven, sin decir una sola palabra, naturalmente, sobre mis tonterías de la víspera. El me clava sus ojos negros, ardientes:

—No hablemos más de la cosa—dice.—Me lo esperaba.

Ocho días después vuelve a tratar del asunto, como quien no quiere la cosa:

—Sin embargo, deberías ir otra vez a Krakowitz, tío.

—¿Estás loco, muchacho?—exclamo.

Pero, al mismo tiempo, me siento tan feliz como si la suave mano de una mujer me acariciara la nuca.

—No tienes necesidad de hablar de mí—agrega, mirándose las puntas de las botas;—pero si tú fueras allá a menudo, quizá las cosas se arreglarían por sí solas.

Es tan fácil, señores, hacer cambiar mis resoluciones más sagradas como hacer balancear una espiga... Volví, pues, a Krakowitz... Y, volví otra vez, y otra vez...

Aguanté las burlas del viejo, bebí el café que su mujer me hacía, y escuché con beatitud las lindas arias que Yolanda me cantaba; aunque la música... en general... Cuanto más iba a Krakowitz, tanto más incómodo me sentía; pero era como si me arrastraran allá mil brazos, y no podía resistirme de ningún modo.

Ella seguía, como siempre, echándome miradas de reojo; pero ¿que significaban esas miradas? ¿eran un reproche, un llamamiento, o simplemente el placer de verse admirada? No podía adivinarlo.

En fin, a mi tercera o cuarta, he aquí lo que sucedió. Serían las doce del día apenas, y hacía un calor atroz; y yo, aburrido e impaciente, parto para Krakowitz.

—El señor y la señora están durmiendo la siesta—me dice el criado;—pero la señorita está en el terrado.

Tuve un presentimiento que me hizo palpitar el corazón; quise volverme inmediatamente; pero, de pronto, la veo delante de mí, blanca y altiva, con su traje de muselina; parece esculpida en mármol; mi vieja locura recrudece con más fuerza que nunca.

—¡Cuánto le agradezco que haya venido, barón!—me dijo.—Me aburría mortalmente. ¿Vamos al jardín?... ¿quiere? Hay allí un cenador muy fresco, en el que podremos conversar tranquilamente.

Pasa entonces su brazo por debajo del mío, y yo siento un estremecimiento. Les aseguro, señores, que en aquellos momentos me habría sido más fácil asaltar una fortaleza que bajar del terrado.

Ella no dice nada, y yo tampoco. El silencio se hace abrumador. Cruje el casquijo, zumban los insectos en las espíreas; pero, por lo demás, ningún ruido.

Ella se ha colgado confiadamente de mi brazo, y me obliga a detenerme a cada momento, cuando se inclina para arrancar una hierba o coger una brizna de reseda, con la que se acaricia la punta de la nariz, para tirarla en seguida.

—Querría poder amar las flores—dice.—¡Hay tantos que las aman... o que dicen que las aman!... Tratándose de amor, una no sabe nunca la verdad.

—¿Por qué?—le pregunté.—¿No puede suceder que dos seres se quieran bien y se lo digan, sin frases rebuscadas ni segunda intención?

—¡Se quieran bien! ¡se quieran bien!—repite ella con expresión de mofa.—¿Usted es de hielo, entonces, desde que para usted todo el amor consiste enquererse bien?

—Sea yo o no de hielo, el resultado es el mismo, desgraciadamente.

—Sí; usted tiene un corazón de oro—dice ella, mirándome de reojo con un poco de coquetería;—todo lo que usted piensa le sale de los labios francamente.

—También sé callarme.

—¡Oh, bien lo veo!—se apresura a decirme.—A usted yo podría confiarle todo, todo.

Y me parece que me aprieta ligeramente el brazo.

«¿Qué querrá de ti?» me digo, y el corazón parece querer salírseme por la garganta.

Llegamos delante del cenador, un cenador de aristoloquias... ustedes saben, esas hojas anchas de forma de corazón que interceptan todo rayo de luz. En un cenador de ese género siempre es de noche, cómo ustedes saben... Y entonces, ella me suelta el brazo, se agacha hasta tocar el suelo, y, arrastrándose, se introduce por un boquete en el tallar, cuyas ramas entrelazadas cierran toda otra entrada.

Y yo, el barón de Hanckel de Ilgenstein, modelo de dignidad y de circunspección, me deslizo a cuatro pies detrás de ella, por esa abertura poco más grande que la boca de un horno.

Sí, señores; ahí tienen ustedes lo que le hacen hacer a uno las mujeres.

Y, dentro del cenador, en la penumbra fresca, ella se tiende a medias sobre el banco carcomido... Se seca con el pañuelo la frente, el cuello, hasta el escote de la bata...

¡Qué hermosa es así! ¡qué hermosa!

Y mientras yo me dejo estar de pie, resollando como una foca, porque a los cuarenta y siete años, señores, uno no se pasea ya impunemente a cuatro patas, ella suelta una carcajada breve, dura, forzada.

—¡Ríase usted de mí!—le digo.

—¡Si supiera usted cuán pocas ganas tengo de reírme!—me dice, haciendo una mueca de dolor.

Y se restablece el silencio. Ella mira al suelo, frunciendo las cejas, y su garganta se hincha y se deshincha acompasadamente.

—¿En qué está pensando?—le pregunto.

Ella se encoge de hombros.

—¿Pensar? ¿para qué pensar?—responde.—Estoy cansada, querría dormir.

—Y bien, duerma.

—Pero usted también.

—Bueno; yo también.

Y, me tiendo a medias, como ella, sobre el banco de enfrente.

—Pero cierre los ojos—me dice.

Y, sumiso, cierro los ojos... Veo soles, ruedas verdes y haces de fuego, sin parar un momento... eso tiene por causa la agitación de la sangre, señores... Y, de tiempo en tiempo, una idea, como un relámpago, cruza por mi mente: «Hanckel, te estás poniendo en ridículo».

Todo está tan callado, que oigo a los escarabajos que trepan a lo largo de las hojas... Hasta la respiración de ella ha cesado.

«Tengo que ver, sin embargo, lo que hace», me digo, con el deseo secreto de admirarla a mi gusto durante su sueño. Pero, cuando, a hurtadillas, me aventuro a levantar un poco, un poquitito, los párpados, veo... ¡ah señores, siento frío en la espalda todavía!... veo sus ojos completamente abiertos, fijos en mí, feroces, devoradores, me atreveré a decir.

—Yolanda, hija mía—exclamo;—¿por qué me mira así? ¿qué le he hecho?

Ella se estremece, se pasa, como si hubiera estado soñando, la mano por la frente y por las mejillas, y se esfuerza por reír, con la misma risa breve, entrecortada, de un momento antes, y en seguida estalla en sollozos y llora, llora a lágrima viva.

Me precipito hacia ella; querría acariciarle los cabellos, pero mi valor no da para tanto. Le pregunto qué es lo que la apena, si no quiere tener confianza en mí, y otras cosas por el estilo.

—¡Ah! ¡soy el ser más desamparado, más miserable del mundo!—exclama con un gemido.

—¿Y por qué?

—Quiero hacer una cosa... una cosa terrible... y no tengo valor para ello.

—¿De qué se trata?

—No puedo decirlo... no puedo decirlo...

Y no sale de eso, a pesar de todos mis esfuerzos para que se decida a hablar. Pero, poco a poco, su fisonomía se transforma, adopta una expresión resuelta, sombría, y sus labios acaban por murmurar amargamente:

—Quiero salir de esta casa... Quiero fugarme...

—¡Gran Dios! ¿y con quién?—pregunto consternado.

Ella se encoge de hombros:

—¿Con quién? ¡Sí nadie en el mundo se interesa por mí!... ¡ni un cuidador de vacas siquiera!... Pero tengo que irme a la fuerza. Aquí una acaba por perder toda esperanza, por morirse... Y, como nadie viene, huiré sola.

—Pero, mi querida señorita, comprendo que se aburra usted un poco en Krakowitz; es muy aislado esto... y su señor padre tiene historias con todo el género humano... Pero, en fin, si usted tiene ganas de casarse, una mujer como usted no tiene más que hacer que levantar el dedo meñique.

—¡Oh, cállese!—me responde;—esas son frases. ¿Quién me querría a mí? ¿Conoce usted a alguno que me quiera?

El corazón me late desesperadamente. Yo no quiero decirle... sería una locura... y, sin embargo, me pongo a asegurarle que yo no hago frases, que desearía probárselo, o cosa así... Porque, a hacerle una declaración en regla, por el momento ¡gran Dios! no me atrevo. Ella cierra los ojos, suspira profundamente, y, poniéndome la mano en el brazo, dice:

—Antes de que se vaya, tengo que hacerle saber una cosa, para que no se deje engañar tan miserablemente. Mis padres no están durmiendo... En cuanto oyeron su coche, se encerraron... es decir, él fue el que la obligó a mamá... Esta entrevista nuestra en este sitio es una cosa preparada. Yo tengo que transtornarle a usted la cabeza para que usted se case conmigo. Desde el día que hizo usted su primera visita, los dos no hacen más que atormentarme, él con sus reprensiones, ella con sus ruegos. «Que yo no debo perder esta ocasión, porque un partido así no volverá a presentarse nunca». Perdóneme señor, pero yo no quería; aun cuando hubiera sentido simpatía por usted al principio, la insistencia de ellos habría bastado para desanimarme. Pero, ahora, que he abierto a usted mi corazón, ahora sí, quiero. Si yo le gusto, tómeme, soy suya.

Pónganse ustedes, señores, en mi lugar. Una joven hermosa, una Tusnelda, una Venus, que en su orgullo y desesperación se echa en los brazos de un hombre valiente, corpulento, que frisa ya en los cincuenta años... ¿No hubiera sido una especie de sacrilegio apoderarse de esa felicidad y arrebatarla apresuradamente, como un ladrón?

—Yolanda—le digo;—querida niña, ¿se da usted cuenta de lo que está haciendo?

—Sí—me responde con una sonrisa que da lástima;—me rebajo ante Dios, ante mis propios ojos, y ante los ojos de usted... me hago esclava suya, cosa suya... y con esto, lo engaño, sin embargo...

—Quizá no pueda usted soportarme...

Entonces, ella me hace ojitos... me mira dulcemente con sus ojos inocentes, con sus queridos ojos de color azul pálido, y murmura con voz lánguida:

—Usted es el hombre mejor y más noble del mundo; yo podría amarlo, adorarlo, pero...

—Pero, ¿qué?

—¡Ah! ¡qué feo, qué bajo es todo esto!... Dígame que no quiere saber nada conmigo, que me desprecia. No merezco otra cosa.

Me parecía que el mundo entero daba vueltas a mi alrededor, y tuve que hacer un llamamiento a todo lo que me quedaba de buen sentido para no cogerla y estrecharla entre mis brazos. Gracias a ese poquito de buen sentido que me quedaba, le dije:

—Yo no quiero, mi querida niña, aprovecharme de un momento de emoción. Usted podría arrepentirse de ello después, y sería demasiado tarde. Esperaré ocho días; entretanto, usted reflexiona. Si, para entonces, usted no me escribe: «He cambiado de idea», queda convenido: vendré a pedirla a sus padres. Pero pese bien el pro y el contra, antes de decidirse; no se eche de cabeza en su desgracia.

Entonces, señores, ella se precipitó a tomarme la mano, esta manaza fea, curtida, rugosa; y, antes que yo pudiera impedirlo, apoyó en ella sus labios.

Sólo más tarde, mucho más tarde, he comprendido lo que significaba ese beso.

Cuando hubimos salido del cenador, yo otra vez en cuatro pies detrás de ella, oímos de lejos al viejo que gritaba:

—¿Es posible? ¿Hanckel, mi amigo Hanckel, está aquí? ¿Por qué no me han despertado entonces, cretinos, idiotas, miserables? ¡Mi amigo Hanckel aquí, y yo roncando! ¡runfla de canallas!...

Yolanda se puso colorada de vergüenza; y, para hacerle menos penoso ese momento, le dije:

—Déjelo estar, que lo conozco bien.

Sí, sí, señores; yo conocía bien al viejo... pero a la hija, a ésa no la conocía.

Ahí tienen ustedes, pues, en lo que estábamos. Al volver a casa, iba repitiéndome incesantemente por el camino: «Hanckel, esto sí que es tener suerte! ¡A tu edad, un tesoro como ese!... ¡Grita, pues, salta como un loco! ¡Es lo menos que puedes hacer después de un acontecimiento semejante!...»

Y, sin embargo, yo no sentía la más mínima gana de saltar o de gritar. Una vez en casa, arreglé mis cuentas de la semana y mandé que me prepararan un grog. Esa fue toda la fiesta que hice.

Al día siguiente, llega Lotario Pütz, de uniforme.

—Siempre de servicio, muchacho?—le pregunto.

—Mi dimisión no ha sido aceptada todavía—responde mirándome con ojos atravesados, como si yo fuera la causa de todas sus desgracias.—Por otra parte, mi licencia está por terminar y tengo que volver a Berlín.

Le pregunto si no podría conseguir una prórroga, pero bien veo que no la quiere: «Echa de menos el círculo...» Todos sabemos lo que es eso.

Y, además, tiene que vender sus muebles y que arreglarse con sus acreedores.

—Vete, pues—le digo;—y Dios te acompañe, hijo mío.

Por un instante me pregunto si voy a confiarle mi nueva felicidad; pero no me atrevo. Estoy seguro de que pondría una cara de imbécil al hacerle esa confesión, y me callo... además, podría ser que Yolanda cambiara de idea y, sondando el fondo de mi corazón, creo que anhelo eso tanto como lo temo.

Experimentaba un sentimiento... ¡bah! ¿para qué querer poner en limpio los sentimientos? Los hechos hablarán.

A la mañana del octavo día, el cartero me trajo un sobre, con los bordes dorados... escrito por ella... Al principio me sobrecogió un gran miedo, y los ojos se me llenaron de lágrimas.

Me dije: «Ya está, querido amigo, te han mandado el hoyo...»

Pero, en seguida, sentí una gran tranquilidad. Mientras abría el sobre con unas tijeras, deseaba casi encontrarme con una repulsa brutal y definitiva.

Y leí.

«Amigo mío: Mi resolución se ha afianzado, como usted deseaba. Espero qué vendrá hoy a ver a mi padre.—Yolanda».

—¡Ah, qué felicidad!... No es fácil concebir la dicha de un momento semejante.

Pero, después... ¡qué vergüenza, qué vergüenza! Sí, señores; me sentía abochornado al pensar en las miradas socarronas y equívocas a que iba a verme expuesto, y de buen grado me habría echado atrás.

Pero había llegado la hora. ¡Adelante, por la gloria!

Ante todo, traté de ponerme buen mozo. Al afeitarme me corté dos veces; uno de los palafreneros tuvo que ir corriendo hasta la farmacia, a dos millas de distancia, en busca de tafetán inglés color carne... yo no tenía más que negro en casa...

Después me apreté la hebilla del chaleco hasta quedarme sin respiración, y mi pobre hermana vieja estuvo a punto de perder la paciencia, a fuerza de hacer y deshacer, y volver a hacer, el nudo de mi corbata, al que no conseguía darle un aspecto bastante inspirado.

Y, entretanto, siempre este pensamiento lancinante: «Hanckel, te estás poniendo en ridículo.»

Sin embargo, mi llegada a Krakow fue magistral. Una yunta de caballos de pelo gris, nacidos en mis tierras, el landó nuevo, acolchonado con raso granate... La entrada de un príncipe no habría sido más triunfal; a pesar de todo, me habría batido en retirada... tan cobardemente me latía el corazón.

El viejo me recibió en la puerta, como si no tuviera la menor idea de lo que se preparaba... Y, cuando le pido un momento de conversación a solas, adopta el gesto reservado del que teme ser objeto de un pedido imprevisto de dinero.

«Está bien; pronto levantarás bandera de parlamento», me digo; y espero la respuesta, que ha de dar lugar a una buena escena, muy conmovedora, con abrazos, lágrimas de alegría, y todo el aparato escénico del caso... Porque uno se hace terriblemente vanidoso, señores, cuando tiene el portamonedas bien provisto.

Pero el viejo zorro era entendido en negocios; sabía que, para dar valor a la mercancía a los ojos del comprador, hay que hacérsela desear.

Cuando hube presentado mi demanda, me respondió hinchado por una dignidad repentina:

—Disculpe, señor barón. ¿Quién me asegura que ese matrimonio, esa unión...contra naturam, confiéselo... va a tener buen resultado? ¿Quién me garantiza que, dentro de un año o dos, no volverá aquí mi hija, en cabeza, en camisa, a declararme: «Padre mío, yo no puedo vivir ya con ese viejo... Téngame a su lado?...»

—¡Ah, señores! ¡eso era duro!

—Ahí tiene usted—continuó,—ahí tiene usted la razón de que, como padre prudente, yo no me atreva a entregarle mi hija.

¡De modo que me manda a paseo!... ¡se burla de mí!...

Me levanto, porque la entrevista me parece terminada; pero el viejo se precipita y me obliga a sentarme otra vez:

—...Sin embargo, se la entregaría guardando las formas que un hombre como yo se cree obligado a imponer a un hombre como usted... o, para hablar más claramente, observando las formalidades por medio de las cuales un padre debe asegurar el porvenir de su hija... o, para ser más preciso todavía, la dote...

Entonces lo comprendo todo, y suelto la carcajada. ¡Ah, viejo fullero! ¡viejo fullero! ¡Para no soltar dote era para lo que había representado toda esa comedia! Al verme reír, manda al diablo el énfasis afectado, el pudor y la dignidad, y se echa a reír también con toda la boca; luego me dice:

—¡Oh! desde el momento que usted toma así la cosa, amigo mío... Si yo lo hubiera adivinado... Pero, usted bien lo sabe, hay que tantear siempre el terreno... y si cuaja, tanto mejor...

De modo que estábamos de acuerdo.

Entonces se llamó a la baronesa; y, digámoslo en honor suyo, olvidó el papel que tenía que desempeñar; se me echó al cuello en cuanto su marido hubo acabado, para salvar las apariencias, de explicarle la situación.

¿Y Yolanda?

Pálida como la muerte, con los labios apretados, los ojos entornados, apareció en la entrada del salón y me tendió silenciosamente las dos manos. Después, con paso de autómata se acercó a sus padres y se dejó abrazar por ellos.

Vean, señores, esto me dio que pensar otra vez.

Lo que me temía, señores, no sucedió...

A lo que parece, yo no tenía la menor idea del aprecio y de la amistad de que era objeto dentro de nuestro círculo. Mis esponsales tuvieron la aprobación de la nobleza y también del grueso público; por todas partes no vi más que caras sonrientes y manos afectuosamente tendidas que me felicitaban.

Es cierto que, en una ocasión como ésa, el mundo entero parece conjurarse contra uno para empujarlo, con gestos y ademanes de júbilo, hacia el destino; hasta el momento en que, como la cosa empieza a aburrir, todos se vuelven contra uno y le enseñan los dientes. La verdad, sin embargo, es que poco a poco fui dejando de sentirme avergonzado de mi felicidad; y hasta acabé por creer que tenía derechos reales sobre tanta juventud y belleza.

Mi pobre hermana vieja se mostró abnegada, hasta un extremo conmovedor; sin embargo, ella era la única persona a quien mi matrimonio causaba directamente un daño: tenía que salir de Ilgenstein el día de la boda para instalarse en nuestra pequeña posesión materna en Gorowen. Derramó torrentes de lágrimas, lágrimas de alegría, me aseguró que su plegaria de todas las noches había sido oída, y se apasionó de mi prometida antes mismo de conocerla.

¿Qué hubiera dicho mi amigo Pütz, que había bajado a la tumba sin ganar la comisión que esperaba recibir por mi casamiento?

«A su hijo—me dije,—es a quien tengo que pagarla.»

Escribí a éste una larga carta; le pedí perdón casi por haber ido a buscar mujer en la casa de su enemigo hereditario; «pero—agregué,—confío que de esta manera la vieja disputa se arreglará por sí sola».

La respuesta se hizo esperar mucho tiempo.

Contenía unas cuantas palabras de felicitación bastante secas, y me anunciaba que Lotario aplazaría su regreso hasta después de mi casamiento; le sería muy penoso encontrarse tan cerca de mí y no poder estar a mi lado ese gran día.

Esto, señores, me apenó; porque yo lo amaba de veras, al muy bandido.

Sí, sí... y mi novia también me tenía inquieto.

Seriamente inquieto, señores.

No veía en ella una alegría sincera. Siempre que llegaba, la encontraba con el rostro pálido, la expresión fría, la mirada turbia por entre los párpados bajos. Sólo cuando me la llevaba a un lado y le hablaba alegremente, acababa por animarse y por demostrarme una especie de ternura filial.

Pero también, señores, ¡cuán delicado me mostraba yo con ella! ¡extraordinariamente delicado, les aseguro!... La trataba como si fuera la princesa de un cuento de hadas; todos los días descubría yo en mi corazón nuevas fuentes de delicadeza, y me sentía positivamente orgulloso de mi refinada finura.

A veces, sin embargo, me asaltaban impulsos de contar un cuento picante o de soltar un juramento gordo. Esta perpetua vigilancia sobre mí mismo me abrumaba. Gracias a Dios, tengo el corazón bastante tierno y bastante generoso para comprender las exigencias de otro corazón, sin que haya afectación de mi parte. Pero hasta cierto punto eso me hacía el efecto de estar en la situación de un acróbata que avanza por la cuerda con los ojos vendados. Un movimiento falso a la derecha, un movimiento falso a la izquierda... ¡patatrás!... al suelo.

De modo que, cuando me veía otra vez en mi vasta casa vacía, en la que podía silbar, jurar, gritar, echar pestes y maldiciones a mi gusto, y hacer Dios sabe cuántas cosas más, sin chocar ni incomodar a nadie, experimentaba un verdadero bienestar y me decía más de una vez: «¡A Dios gracias! ¡todavía soy libre!»

Sí, pero no por mucho tiempo... Como nada se oponía al matrimonio, éste debía celebrarse dentro de seis semanas.

Una horda de tapiceros, de carpinteros, invadió mi querido Ilgenstein y lo puso patas arriba. Todos mis deseos se veían contrarrestados por la frase:

—¡Oh, señor barón! ¡eso no es de buen gusto!

Y, a fe mía, que los dejaba hacer; porque en aquella época yo sentía todavía un santo respeto por el famoso «buen gusto». Sólo mucho más tarde fue cuando comprendí que, por lo común, eso no es más que una pantalla para disimular la pobreza de espíritu.

En fin, lo cierto es que, so pretexto del maldito buen gusto, en poco tiempo la banda devastadora no dejó ni un rincón intacto en Ilgenstein. No conseguí poner a cubierto de la invasión nada más que mi gabinete de trabajo. Allí sí; prohibí enérgicamente toda tentativa de buen gusto... Y mi viejo catre... naturalmente... nadie se había atrevido a ponerle las manos encima.

¡Ah, sí, señores! esa cama...

Vean, oigan esto... Un buen día, viene a verme mi hermana... Dicho sea de paso, ella hacía causa común con toda esa gentuza... Entra, pues, en mi aposento, mostrando en sus labios la sonrisita falsa que adoptan las solteronas cuando se hace alusión delante de ellas a la manera cómo vienen al mundo las criaturas.

—Tengo que hablarte, Jorge—me dice, tosiendo afectadamente, sin mirarme.

—¡Bueno! ¡Empieza!

—Es a propósito...—balbucea,—es decir, me parece que... ¿qué piensas tú al respecto?... tú no puedes continuar durmiendo en esa cama espantosa, sobre un jergón...

—¿Y si a mí me gusta dormir así?

—No me comprendes...—murmura, cada vez más turbada;—después... cuando... en fin, una vez que te cases...

—¡Diantre! ¡no había pensado en eso!...—Y yo, un viejo lobo, me pongo tan turbado como ella.

—Habrá que avisar al ebanista—digo.

—Mi querido Jorge—dice ella con importancia;—perdóname si creo que entiendo el asunto mejor que tú.

—¡Hum, hum!—le digo, amenazándola con el dedo, porque mi mayor placer ha sido siempre plantar en el banquillo su pudor de solterona.

Ella se pone colorada de vergüenza, y continúa:

—He visto en casa de mis amigas, en casa de la señora de Houssel y de la condesa Finkenstein, dormitorios espléndidos... es preciso que tengas tú uno igual.

Yo pregunto:

—¿Cómo es?

Debo decir a ustedes, señores, que, al encontrarme con que el gran tacaño de mi suegro no quería pagar ni siquiera el arreglo de la casa, yo había dicho que el mobiliario estaba completo y había encargado en seguida lo indispensable a Berlín y a Königsberg. Naturalmente, me había olvidado de la cama.

—¿Qué prefieres?—insiste ella;—seda rosa cubierta de tul ilusión o seda adornada con puntillas? Tal vez se podría decir también al pintor que está haciendo el cielo raso que lo adorne con unos cuantos amorcillos.

¡Ay, ay, ay, señores!... yo no me sentía a gusto... ¡Yo y Cupido!...

—En cuanto a la cama—prosigue ella, implacable,—no habría tiempo de terminarla...

—¡Cómo!—replico;—¡seis semanas para hacer una cama!...

—¡Pero Jorge!... Los dibujos, los planos solamente requieren un mes.

Dirigí una mirada entristecida a mi vieja cama querida. Para ésa no había habido necesidad de dibujos. Me la habían hecho en medio día; seis tablas y cuatro montantes.

—Lo mejor—continúa ella,—sería escribir a Lotario pidiéndole que elija en Berlín lo más bonito y más fino que encuentre en las tiendas.

—¡Haz lo que quieras, y déjame en paz!—le dije, enervado.

Y mientras la pobre se retira un poco ofendida, le grito:

—Y, sobre todo, encomienda al pintor que trate que los amorcillos se me parezcan.

Ahí tienen, señores, cuál era mi estado de ánimo durante el período de noviazgo... Y cuanto más se acercaba el día de la boda, tanto más incómodo me sentía.

No porque tuviese miedo... o más bien, sí... tenía un miedo horrible... pero, aparte de eso, experimentaba la sensación de haber cometido una falta, de haber hecho daño a alguno... ¿cómo decir?... Pero, ¿a quién?... A ella no, por cuanto ella lo había querido así. A mí, tampoco, ¿no era yo el más feliz de los mortales? ¿A Lotario?... Muy bien podría ser.

El pobre muchacho había contado conmigo como un segundo padre, y yo lo abandonaba, pasándome al enemigo con armas y bagajes. ¡Vean ustedes cómo cumplía yo la palabra que había dado a Pütz en su lecho de muerte!

Señores, aquel de ustedes a quien las circunstancias hayan obligado a alistarse en las filas de los bribones... y ¿cuál es el hombre honrado que no ha tenido que hacer eso alguna vez en su vida?... ese me comprenderá.

Me devanaba los sesos día y noche, y me roía las uñas hasta hacerme sangre; y, no encontrando otra manera de arreglar las cosas, resolví reconciliar a mi costa a las dos partes.

Confieso que me costó algún trabajo decidirme a ello; porque nosotros, los cultivadores, estamos muy aferrados, señores, a nuestros cuartos... Pero ¿qué es lo que no haría uno, cuando lo han declarado oficialmente «un buen muchacho?»

Me voy, pues, una tarde a casa de mi futuro suegro, y entro en su pretendido gabinete de trabajo. Estaba en preparativos para repantigarse en su diván, y lo incito, no sin vacilar, a que se reconcilie con Lotario... naturalmente, para tantear ante todo el terreno. Como lo había previsto, en seguida monta en cólera, jura, se sofoca, se pone lívido, y me señala la puerta.

—Pero—digo yo,—supongamos que él reconoce su error y abandona el pleito...

Señores ¿ha acariciado alguno de ustedes alguna vez un tejón?... quiero decir un tejón joven, medio domesticado. ¿Han notado ustedes los ojitos, medio burlones, medio dulces, con que mira mientras resuella suavemente? Enteramente igual fue la cara que puso el viejo; luego, me dijo:

—El no querrá.

—Pero, ¿y si consintiera?

—Entonces ¿eres tú el que paga los platos rotos?—me lanza a quema ropa el viejo pícaro.

—Yo me pregunto: «¿Tengo que negar?»

¡Bah! ¡Que el diablo lo lleve!... y convengo en la cosa.

—Pues no—dice el otro secamente;—nada de eso, hijo mío, no acepto.

—¿Y por qué?

—A causa de los hijos, por supuesto... Tengo que pensar en los nietos que tu magnanimidad me otorgará sin duda. Yo no les doy dote; ¿y voy a quitarles también la paja del nido donde van a nacer? De todos modos, estoy seguro de ganar el pleito si las cosas se prolongan uno o dos años más; puedo esperar.

Entonces, ensayo la persuación.

—El dinero quedará en la familia—digo;—yo pago, y tú guardas el dinero. Y, cuando te mueras, ese dinero volverá a mi poder.

—¡Ajá! ¡conque cuentas ya con mi muerte!—grita el viejo, montando otra vez en cólera;—¡querrías seguramente enterrarme vivo y tirar en seguida el manotón a Krakowitz para redondear tus tierras! ¿Le has echado el ojo a mi Krakowitz desde hace tiempo, eh?

Imposible hacer entender razones a ese energúmeno; me decido a emplear los grandes recursos.

—Oye entonces mi última palabra:—le digo.—Yo no puedo entrar en tu familia sino con una condición: tu reconciliación con Lotario Pütz. Si te niegas, tendré que romper mi compromiso.

Eso le puso blandito.

—¡Qué cabeza hueca!—dijo;—no hay medio de hablar de sentimientos contigo. Yo pienso en tus hijos, en esas pobres criaturas que están por nacer todavía; y tú, tú no piensas más que en una ruptura y en otras borricadas por el estilo... Arregla el asunto así, si eso te place; yo no me opongo personalmente, no tengo nada contra Lotario Pütz. Al contrario: debe ser un mocetón enérgico, muy caballero, bastante aficionado a las muchachas lindas... Y, a propósito, hijo mío, te voy a dar un buen consejo. Tú vas a tener una mujer joven. Si ella no fuera mi hija, y no estuviera por eso mismo arriba de toda sospecha, yo te diría: «Riñe con él; no le prestes más dinero y reclámale lo que te debe...» Como tú comprenderás, la prudencia es una gran cosa.

Señores, hasta entonces, yo había tomado al viejo por su lado bueno; pero desde aquel momento se me hizo odioso. Bueno... el casamiento ante todo; que, después, ya sabré librarme de él.

Había que tragar todavía una píldora bastante gorda. Convencer a Lotario de que el viejo había reconocido su error y renunciaba a seguir el pleito. Eso anduvo como sobre rieles. Lotario se sorprendió tan poco que se olvidó de agradecérmelo...

¡En fin, qué quieren ustedes!

Ya les he hablado de mi prometida; suficientemente, me parece. Nuestras relaciones, con sus altibajos de confianza o de temor, de esperanza o de abatimiento, formaban una madeja demasiado complicada para que mis manazas pesadas pudieran desenredarla.

Debo decir, en honor de Yolanda, que ella se esforzaba lealmente por darse conmigo... Trataba de adivinar mis gustos; sí, trataba de asociar sus ideas con las mías. Pero eso no era posible. Allí donde su joven inteligencia esperaba encontrar en mí la vida, el interés, no había, por lo general, más que un desierto seco, hacía ya mucho tiempo. Porque, vean ustedes lo que es terrible en la vejez: cada año atrofia un nervio más en nosotros; y, cuando estamos por llegar a los cincuenta años, el trabajo y el reposo nos son igualmente mortíferos.

Entonces estaban de moda las corbatas de color punzó; yo usaba, por lo tanto, una corbata punzó; usaba también zapatos puntiagudos, e hice poner forros de seda a mis trajes.

Hacía a mi novia costosos regalos: un collar de turquesas de quince mil francos... y un solitario célebre que había sido rematado en París. Todos los días, el ferrocarril le llevaba rosas frescas y orquídeas, porque, en cuanto a las flores de mi jardín, el cultivo de ellas no me daba tan buen resultado como la cría de potros. Diré de paso que mis potros... pero no, no es de eso de lo que quiero hablarles.

Ahí está. Y ahora, señores, hago una raya y paso directamente al día de mi casamiento.

Mi señor suegro, que, como los gatos, caía siempre sobre sus patas, había resuelto aprovechar mi popularidad y renovar relaciones, en ocasión de nuestras bodas, con un montón de gente que, por prudencia, había dejado de tratarse con él desde hacía años. Desató, pues, los cordones de su bolsa, y organizó una fiesta monstruo en la que el champagne debía correr a mares, según su expresión.

Es fácil comprender que toda esta faramalla me daba miedo... Pero un novio no es más que un ente ridículo al que se le han suprimido momentáneamente los órganos de la voluntad.

A la mañana del gran día estaba yo sentado en mi pieza, de muy mal humor, con la casa entera hediendo a encáustico, cuando de repente se abre la puerta y se presenta Lotario.

Muy alegre... en apariencia... muy animado... con sus grandes botas. Se echa en mis brazos:

—¡Hurra! ¡mi tío!

Ha pasado toda la noche en viaje... La víspera, en las carreras de Hoppegarten, se ha ganado el gran premio... una carrera infernal... sin embargo, no se ha desnucado... Después, ha bebido como un pozo... y, con todo, ahí lo tienen ustedes fresco y resuelto como un joven dios... Dice que va a bailar como un trompo... Ha traído chascos, fuegos artificiales... Necesita inmediatamente dos docenas de hombres para enseñarles el manejo de las piezas, etcétera.

Todo esto brota y sale de sus labios sin interrupción, mientras sus gruesas cejas negras no hacen más que subir y bajar, y sus ojos brillan como brasas.

«¡Esta es la juventud!» pensé, ahogando un suspiro; «¡ah! si pudiese yo, aunque sólo fuera por veinticuatro horas, tener sus ojos... y todo lo demás!»

Le digo:

—¿Y no me pides noticias de mi novia?

Se echa a reír ruidosamente:

—¡Mi tío! ¡mi tío!—exclama.—¡Esta si que es aventura!... ¡Casarte, tú! ¡tú, casarte!... ¡Es realmente como para tirar bombas! ¡Hurra!

Y, riéndose siempre, sale del aposento.

En cuanto a mí, me dejo estar donde estoy, y concluyo mi cigarro; me siento muy abatido. Después, voy a inspeccionar las piezas recientemente arregladas.

Delante de la puerta del dormitorio me detiene mi hermana, que está preparando sus valijas.

—Aquí no se puede estar—dice,—es una sorpresa para ustedes dos.

¡Nosotros dos!... ¡qué tontería!

Como a las once, me pongo a la tarea de vestirme. El traje me incomoda en las escotaduras; los zapatos me aprietan los dedos; hace treinta años que los dedos de los pies se me hinchan... los grogs de Pütz tienen la culpa. La camisa está más dura que una tabla, la corbata me estrangula. ¡Es atroz!

A las dos de la tarde parto en el coche... entonces, señores, comienza un sueño... no un bello sueño... ¡no, por cierto!... sino una pesadilla espantosa, con todas las sensaciones correspondientes: vértigos, sofocaciones, opresión y caída en el vacío... y con uno que otro intervalo feliz, cuando me decía: «Todo saldrá bien. Tú tienes buen corazón y buena voluntad. Tú la guiarás para que pueda vencer los obstáculos. Ella hará su camino en el mundo festejada como una reina, y no sentirá las cadenas...»

Mientras los carruajes de los invitados iban entrando unos tras otros en el patio principal, y las ventanas se adornaban al mismo tiempo con rostros desconocidos, yo recorría el jardín como un poseído, embarraba mis lindos zapatos de charol en la tierra húmeda, y lloraba a moco tendido.

No me dejaron tranquilo mucho tiempo. Me llamaban de todas partes, y entré en la casa. El viejo, triunfante por haber reunido alrededor de él a sus antiguos enemigos y adversarios, a todos aquellos a quienes había ofendido o perjudicado, o engañado de alguna manera, corría del uno al otro, estrechándoles las manos y jurando a todos una amistad eterna.

Yo habría querido dar los buenos días a algunos amigos, pero en seguida se apoderaron de mí, y me empujaron, gritando, hacia el aposento donde, según decían, me estaba esperando mi novia.

Allí estaba ella, gallardamente erguida en su traje de seda blanca. El velo de tul la envolvía en una nube transparente, y la corona de mirto descansaba sobre sus cabellos como una corona de espinas.

Tuve que cerrar por un momento los ojos, deslumbrado. ¡Estaba tan hermosa!

—¿Estás contento?—me dijo, con una mirada tierna y sumisa.

Su rostro, al sonreírse, parecía una máscara de mármol. Entonces me sentí aplastado por la felicidad y por la conciencia de mi falta. Habría querido echarme a sus pies, pedirle perdón por haberme atrevido a pretenderla; pero no podía hacerlo, porque mi suegra estaba detrás de ella... Había también allí damas de honor y otras tonterías... Balbucí algunas palabras que yo mismo no comprendí, y, no sabiendo qué actitud debería guardar, me puse a andar de un lado a otro por la pieza, abotonándome y desabotonándome los guantes. Mi suegra, que tampoco sabía qué decir, arreglaba los pliegues del velo, y me miraba de reojo con una expresión de reproche y de estímulo al mismo tiempo. Cada vez que en mis paseos llegaba al extremo del aposento, me encontraba delante de un espejo, en el que, quisiera o no quisiera, tenía que mirarme. Veía en él mi frente calva, mis mejillas escarlatas, con bolsas debajo de los ojos, y una verruga en el ángulo de la boca. Veía el cuello postizo de mi camisa, demasiado estrecho aun cuando había pedido el número más alto, y mi pescuezo colorado que se desbordaba por arriba de él formando un pliegue gordo. Veía todo eso, y, un poco por clemencia y otro poco por lealtad, sentía impulsos de gritar a Yolanda: «¡Ten piedad de ti misma! ¡todavía estás a tiempo! ¡No te cases conmigo!...»


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