IX

una nueva catapulta

No dudo que la enumeración de los diarios sucesos de mi vida en aquellos días, revestiría gran interés para los que nada saben de lo que ocurre dentro de regios palacios; como no dudo tampoco que la revelación de alguno de los secretos que allí descubrí, tendría gran valor para los estadistas de Europa. Pero lejos de mí una y otra cosa. Por un lado el temor a la monotonía del relato y por otro el riesgo de parecer indiscreto, me aconsejan concretarme al drama que iba desarrollándose calladamente bajo la tranquila apariencia de la política ruritana. Sí diré que mi impostura no fue descubierta. Cometí algunos errores, pasé mis malos ratos, necesité de todo el tacto y toda la afabilidad que me fue posible desplegar para desvanecer los malos efectos de ciertos olvidos y descuidos inexplicables, que a veces me llevaban hasta no recordar ni reconocer a personas que de antiguo me eran, o debían de serme, perfectamente conocidas. Pero salí en bien de todo, y lo atribuyo, como ya lo indiqué antes, a la audacia misma de mi temeraria empresa. Tengo para mí, que en iguales condiciones de parecido físico, me fue más fácil suplantar al Rey que pretender hacerme pasar por otra persona cualquiera.

Un día entró Sarto en la habitación donde me hallaba y arrojándome una carta, dijo:

—Ahí va eso para usted. Letra de mujer si no me engaño. Pero ante todo tengo que darle una noticia.

—¿Qué es ello?

—El Rey está en el castillo de Zenda.

—¿Cómo lo sabe usted?

—Porque allí está la otra mitad de la cuadrilla de Miguel, de los Seis. Lo tengo bien averiguado: Laugrán, Crastein, el mozo Ruperto Henzar, tres bribones, a fe mía, como no hay otros en toda Ruritania.

—¿Y bien?

—Pues nada, sino que Tarlein quiere que marche usted en seguida contra el castillo, con infantería, caballería y artillería.

—¿Para qué? ¿Para desaguar el foso de la fortaleza hasta dejarlo en seco?

—Probablemente—refunfuñó Sarto.—Y con eso no hallaríamos ni aun el cadáver del Rey.

—¿Pero está usted seguro de que tienen al Rey en el castillo?

—Lo creo muy probable. No sólo están allí los tres belitres citados, sino que el puente levadizo permanece alzado día y noche y a nadie se permite entrar sin permiso especial del joven Henzar o del mismo Miguel. Acabaremos por tener que atar a Tarlein de pies y manos.

—Yo seré quien vaya a Zenda—dije.

—¿Está usted loco?

—Repito que iré, algún día.

—Puede ser, y lo más probable es que se quede usted allí.

—¡Oh, eso está por ver!—repuse con arrogancia.

—Vamos, parece que hoy está Vuestra Majestad de mal humor. ¿Cómo van los amores?

—¡Silencio!—exclamé.

Me contempló por un momento y encendió su pipa. Tenía razón al decir que estaba yo de un humor insufrible, y continué furioso:

—Me siguen por todas partes media docena de espías.

—Ya lo sé; yo se lo tengo mandado—contestó muy tranquilo.

—¿Y a qué viene eso?

—Pues a que Miguel no vería con malos ojos la desaparición de usted. Una vez quitado usted de en medio podría él realizar la jugada que antes le echamos a perder, o por lo menos lo intentaría.

—Yo me basto para defenderme.

—De Gautet, Bersonín y Dechard están en Estrelsau; cualquiera de ellos, joven, lo degollaría a usted con tanto primor y gusto como... como lo haría yo con Miguel el Negro, por ejemplo, pero mucho más traidoramente. ¿Qué dice esa carta?

La abrí y leí en alta voz:

«Si el Rey desea saber nuevas de gran interés para él, le bastará seguir las indicaciones contenidas en esta carta. Al fin de la Avenida Nueva hay una casa en el centro de extenso jardín. La casa tiene un pórtico con la estatua de una ninfa en el centro. El jardín está rodeado de una tapia y en ésta, por la parte de atrás de la casa, hay una puertecilla. Si el Rey entra por ella solo a la media noche de hoy, verá un cenador a veinte varas de la puerta. Suba los seis escalones que a él conducen, entre, y hallará en el cenador a una persona que le impondrá de lo que más vivamente atañe hoy a su vida y a su trono. Estas líneas están trazadas por un amigo fiel. Tiene que acudir solo. Si menosprecia este aviso pondrá en peligro su vida. No enseñe el Rey esta carta a nadie; va en ello la suerte de una mujer que le ama: Miguel el Negro no perdona.»

—No—comentó Sarto;—pero también sabe dictar una carta muy zalamera.

Tuve la misma idea y ya iba a rasgar el anónimo cuando noté unas líneas escritas al dorso:

«Si el Rey duda, consulte al coronel Sarto...»

—¿Eh?—hizo el veterano asombrado.—¿Me toma por tan sandio como a usted?

Indicándole que guardase silencio continué la lectura:

—«Pregúntele qué mujer está más dispuesta que ninguna otra a impedir el matrimonio del Duque con su prima y por consiguiente a impedir también que alcance la corona. Pregúntele si el nombre de esa mujer empieza con A.»

Me puse en pie de un salto y el coronel colocó su pipa sobre la mesa.

—¡Antonieta de Maubán como hay Dios!—exclamé.

—¿Y cómo lo sabe usted?—preguntó Sarto.

Le dije cuanto sabía de aquella dama, y Sarto hizo un ademán de aprobación.

—Lo cierto es—dijo pensativo,—que ha tenido un disgusto serio con el Duque.

—Si quisiera podría sernos útil—observé.

—Pero sigo creyendo que esa carta la ha escrito Miguel.

—Pienso lo mismo, pero quiero saberlo con certeza. Acudiré a la cita, Sarto.

—No; yo iré.

—Hasta la puertecilla del muro, pero no más adelante.

—Iré al cenador.

—¡Que me ahorquen si lo permito!—exclamé levantándome y apoyando la espalda en la repisa de la chimenea.—Sarto—añadí,—tengo confianza en esa mujer e iré.

—Pues yo no tengo fe en ninguna mujer, y no irá usted.

—O acudo a la cita o me vuelvo a Inglaterra—le dije.

Sarto empezaba a aprender hasta dónde podía dictarme a mí y dónde y cuándo tenía que ceder y someterse.

—Estamos tomando las cosas con sobrada calma—continué.—Cada día que dejamos pasar sin rescatar al Rey es un nuevo peligro. La prolongación de esta farsa mía constituye, también, un peligro más. Sarto, ha llegado el momento de jugar el todo por el todo.

—Así sea—suspiró.

A las once y media de aquella noche montamos Sarto y yo nuestros caballos. A Tarlein le volvimos a dejar de guardia, sin revelarle nuestros propósitos. La noche era obscurísima. Yo no llevaba espada, pero sí el revólver, un largo puñal y una linterna sorda. Llegamos a la puertecilla, desmontamos, y Sarto me tendió la mano.

—Esperaré aquí—dijo.—Si oigo un disparo, me...

—Permanezca usted aquí, como la única esperanza de salvación que le queda al Rey. Si yo caigo, importa que no perezca también usted.

—Es verdad, joven. ¡Buena suerte!

Empujé la puerta, que cedió, y me hallé en un jardín abundante en plantas y arbustos. El sendero desviaba algo hacia la derecha y por él tomé, cautelosamente. Tenía oculta la luz de la linterna y mi diestra empuñaba el revólver. No percibía el menor sonido. Pronto distinguí los vagos contornos del cenador, cuyos peldaños subí. La puerta de madera y muy endeble, se abrió en seguida y una mujer que allí esperaba se apoderó vivamente de mi mano.

—Cierre usted la puerta—murmuró.

Obedecí y dirigí hacia ella la luz de la linterna. Llevaba vestido de corte, con ricas joyas, y su hermosura aparecía deslumbradora bajo la viva luz que la inundaba. El cenador no tenía más mueblaje que un par de sillas y una mesita de hierro como las que se ven en algunos cafés.

—No hable usted—me dijo.—No tenemos tiempo para ello. Limítese usted a escucharme, señor Raséndil. Escribí la carta por orden del Duque.

—Lo sospechaba—dije.

—Dentro de veinte minutos estarán aquí tres hombres que se proponen asesinarlo a usted.

—Tres... ¿Los tres aquellos?

—Sí, tiene usted que partir antes de que lleguen. De lo contrario perecerá usted esta noche...

—O perecerán ellos.

—¡Escúcheme usted! Una vez asesinado llevarán su cuerpo a uno de los barrios bajos de la ciudad, donde lo descubrirán. Miguel hará prender en seguida a todos los amigos de usted, Sarto y Tarlein los primeros; proclamará el estado de sitio en la capital y enviará un mensajero a Zenda. Los otros tres asesinarán al Rey en el castillo y el Duque se proclamará a sí mismo o a la Princesa; a sí mismo si llegado el momento se considera suficientemente fuerte para hacerlo. De todos modos, se casará con ella y será Rey de hecho y pronto también de nombre. ¿Comprende usted?

—No es malo el plan. Pero usted, señora, ¿cómo es que?...

—Diga usted, si quiere, que estoy celosa. Pero, ¡Dios eterno! ¿puedo, acaso, verlo casado con ella? Y ahora, retírese usted. Pero recuerde, y esto es lo que principalmente quería decirle, que nunca, ni de día ni de noche, estará usted seguro aquí. Tres personas, tres guardianes le siguen a usted constantemente ¿no es así? Pues a ellos los siguen y espían otros tres. Esas hechuras de Miguel no se hallan nunca a más de quinientos pasos de usted. Si llega un momento en que lo hallen solo está usted perdido. La puerta del jardín está ya cerrada y guardada por ellos. A este lado del cenador, junto a la tapia, hallará una escalera, puesta allí para salvarlo...

—¿Y usted?

—Yo representaré mi papel. Si el Duque descubre lo que estoy haciendo, no volverá usted a verme nunca. De lo contrario, quizás yo... Pero no importa. Parta usted.

—¿Y qué le dirá usted?

—Que usted no acudió a la cita. Que sospechó el lazo.

Tomé su mano y deposité en ella un beso.

—Señora—dije,—ha hecho usted un magno servicio al Rey esta noche. ¿En qué parte del castillo lo tienen?

—Al otro lado del puente levadizo—dijo bajando la voz,—hay una maciza puerta, y tras ella queda... ¿Oye usted? ¿Qué ruido es ese?

Se oían pasos fuera del cenador.

—¡Están ahí! ¡Han anticipado su venida! ¡Dios mío, Dios mío!—exclamó, pálida como un cadáver.

—No podían llegar más a tiempo—dije.

—Oculte usted la luz de la linterna. La puerta tiene una rendija, ahí. ¿Los ve usted?

Apliqué el ojo a la puerta y divisé vagamente tres hombres al pie de la escalinata. Monté el revólver y Antonieta posó su mano sobre la mía.

—Podrá usted matar uno de ellos—murmuró.—¿Y después?

—¡Señor Raséndil!—oímos decir, en inglés y con perfecto acento.

No contesté.

—Deseamos hablarle. ¿Promete usted no hacer fuego hasta habernos oído?

—¿Tengo el gusto de hablar con el señor Dechard?—pregunté.

—No importa el nombre.

—Pues entonces prescindan ustedes del mío.

—Corriente. Tengo que hacerle a usted una proposición.

Yo seguía mirando por la hendidura y vi que mis enemigos habían subido dos escalones y que tres revólvers apuntaban a la puerta.

—¿Nos deja usted entrar? Damos nuestra palabra de honor de observar la tregua convenida.

—No confíe usted en ellos—murmuró Antonieta.

—Podemos hablar perfectamente sin abrir la puerta—dije.

—Pero también puede usted abrirla cuando le parezca y disparar—repuso Dechard,—y aunque lo mataríamos, siempre moriría también uno de nosotros. ¿Da usted su palabra de no hacer fuego mientras hablemos?

—Desconfíe usted—repitió Antonieta.

Me ocurrió una idea, que juzgué practicable.

—Prometo no disparar antes que ustedes—dije.—Pero no los dejaré entrar. Quédense donde están y hablen.

—Aceptado—dijo Dechard.

Los tres acabaron de subir la escalinata y se detuvieron al otro lado de la puerta. No pude oir lo que se decían, pero vi que Dechard hablaba al oído del más alto de sus compañeros. De Gautet, según creo.

—Secreto tenemos—pensé.

Y añadí en voz alta:

—Veamos, señores, cuáles son esas proposiciones.

—Un salvo-conducto hasta la frontera y doscientos cincuenta mil pesos.

—No, no—murmuró Antonieta casi imperceptiblemente.—Todo es una traición.

—Generosa oferta—dije sin perderles de vista un momento.

Los tres se hallaban juntos y pegados a la puerta. Conocía bien a aquellos bandidos y no necesitaba las advertencias de Antonieta. Lo que proyectaban era precipitarse sobre mí repentinamente durante mi conversación con ellos.

—Déjenme ustedes meditar su promesa unos instantes—añadí, pareciéndome oir burlona risa al otro lado de la puerta.

—Póngase usted ahí, contra la pared, fuera del alcance de los revólvers—murmuré dirigiéndome a Antonieta.

—¿Qué va usted a hacer?—preguntó alarmada.

—Ya lo verá usted.

Así la mesita de hierro por las patas y la levanté poniéndola ante mí a manera de escudo que me protegía por completo cabeza y pecho. Aunque pesada, no lo era mucho para un hombre de mis fuerzas. Antes había colgado del cinto la linterna y puesto el revólver en un bolsillo, bien al alcance de la mano. De repente vi que la puerta se abría algunas líneas, como movida por el viento, o impulsada quizás por una mano para probar si cedía. Retrocedí, apartándome de la puerta cuanto pude y guareciéndome tras la mesa de hierro en la posición que dejo descrita.

—Acepto su oferta, señores—grité,—confiando en su palabra de caballeros. Si se toman el trabajo de abrir la puerta...

—¡Ábrala usted!—exclamó Dechard.

—¡Se abre hacia fuera!

—¡Qué diantres, Bersonín—gritó impaciente Dechard.—¿Tienes miedo a un hombre solo?

Me sonreí al oirle y en el mismo instante se abrió la puerta violentamente. La luz de una linterna me mostró a los tres rufianes agrupados en el umbral y apuntando con sus revólvers. Lancé un grito y me precipité sobre ellos a la carrera. Sonó una triple detonación y tres proyectiles se estrellaron contra mi improvisado escudo. La mesa cogió de lleno al grupo y hombres y mesa rodamos juntos escalera abajo, entre gritos y juramentos. Antonieta de Maubán lanzó un agudo chillido, al que yo, levantándome de un salto, contesté con una carcajada.

De Gautet y Bersonín yacían en tierra como aturdidos. A Dechard le cayó la mesa encima, pero al incorporarme yo, la echó a un lado y volvió a hacerme fuego. Levanté mi revólver y disparé casi sin apuntar. Oí una blasfemia y apreté a correr como un gamo, sin dejar de reírme. Alguien corría también detrás de mí, y tendiendo el brazo en su dirección solté otro balazo al azar. Los pasos cesaron.

—¡Con tal que halle la escalera!—pensé, porque la tapia era alta y estaba erizada de púas.

Sí, allí estaba y subí por ella en un abrir y cerrar de ojos. Me incliné sobre el muro y vi los caballos. Cerca de ellos oí un tiro. Era Sarto, que habiendo oído los disparos en el jardín se desesperaba por abrir la puertecilla y al fin la emprendía a tiros con la cerradura. Había olvidado por completo que le estaba prohibido tomar parte en la lucha. Al ver aquello volví a reírme, salté al suelo y poniéndole la mano en el hombro le dije:

—A casa y a la cama, viejo mío. Tengo que contarle a usted la historia más graciosa que ha oído en su vida.

Se volvió, absorto, y exclamó, estrechando mi mano:

—¡Salvado! ¡Salvado!

Pero en seguida refunfuñó como acostumbraba.

—¿De qué demonios se ríe usted?

—De cuatro convidados, al figurármelos en torno de cierta mesa...

Y volví a soltar la carcajada, pensando en la ridícula derrota del formidable y malparado trío.

Y como habrá observado el lector, cumplí mi palabra y no disparé hasta que mis enemigos rompieron el fuego.

amores por cuenta ajena

Era costumbre establecida que el jefe de la policía me enviase todas las tardes un informe sobre la situación en la capital y el estado de la opinión pública; documento que también contenía datos relativos a las personas que la policía tenía orden de vigilar. Desde mi llegada a Estrelsau, Sarto me leía el referido informe, comentando muchas noticias de interés que solía contener. El día siguiente a mi aventura en el cenador, trajeron el parte de policía en ocasión de hallarme jugando una partida de tresillo con Federico de Tarlein.

—Muy interesante viene el informe de esta tarde—dijo Sarto sentándose.

—¿Habla de cierta aventura nocturna?...

El coronel no pudo reprimir una sonrisa y dijo:

—Leo en primer lugar: «Su Alteza el duque de Estrelsau ha salido de la capital (repentinamente, al parecer) acompañado de algunos de sus servidores. Se cree que su destino es el castillo de Zenda, en dirección del cual salió, no por el tren, sino a caballo. Los señores de Gautet, Bersonín y Dechard le siguieron una hora más tarde, llevando el último un brazo en cabestrillo. Se ignora la causa de la herida, pero se sospecha que ha tenido un duelo, en el que figura como causa una mujer.»

—Informes auténticos—observé, alegrándome al saber que el bribón tenía buena memoria mía.

—«La señora de Maubán—siguió leyendo Sarto,—a quien se vigila por orden superior, tomó el tren de mediodía. Pidió billete para Dresde...»

—Antigua costumbre suya—comenté.

—«Pero el tren de Dresde pasa por Zenda.» ¡Si será listo el autor del parte éste! Y por último, oiga usted lo que dice aquí: «El estado de la opinión en la ciudad no es satisfactorio. Se critica mucho al Rey» (ya sabe usted que al jefe de policía le hemos mandado ser muy franco), «porque no activa los preparativos de su matrimonio. Por informes adquiridos entre las personas más allegadas a la princesa Flavia, se sabe que está muy ofendida por la indiferencia de Su Majestad. El pueblo habla ya de boda posible de Su Alteza con el duque de Estrelsau, proyecto que aumenta mucho la popularidad del Duque. He hecho anunciar que el Rey dará esta noche un baile en honor de la Princesa, y la noticia ha producido desde luego el mejor efecto.»

—Y a mí me coge de nuevo—observé.

—¡Oh, los preparativos están todos hechos!—exclamó Tarlein riéndose.—Yo me he encargado de eso.

Sarto se volvió hacia mí para decirme con imperioso acento:

—¡Y sepa usted que esta noche tiene que hacerle la corte a la Princesa!

—A lo cual estoy más que dispuesto, como pueda verme con ella a solas—contesté.—De seguro no cree usted que la tarea pueda parecerme ingrata ni difícil, ¿eh, Sarto?

Tarlein tuvo a bien ponerse a silbar, y luego dijo:

—Tarea es esa que hallará usted más fácil de lo que piensa. Mire usted, Raséndil, me duele decírselo, pero no lo puedo remediar. La condesa Elga me ha confesado que la Princesa está prendada del Rey, y que desde el día de la coronación su afecto por él ha ido en aumento. También es cierto que está muy ofendida por la aparente indiferencia del Rey.

—¡Buena la hemos hecho!—exclamé angustiado.

—¿Y eso qué?—dijo Sarto.—Supongo que más de una vez le habrá usted dicho requiebros a una muchacha bonita. Pues eso es todo lo que ella quiere.

Tarlein, que estaba enamorado, comprendió mejor la penosa situación en que yo me veía, y sin decir palabra puso la mano sobre mi hombro.

—Sin embargo—prosiguió impasible el viejo Sarto,—creo que esta noche debe usted declarársele.

—¡Santo cielo¡—exclamé.

—O poco menos. Y por mi parte mandaré a los periódicos una nota semioficial.

—¡No haré semejante cosa!—dije.—¡Ni usted tampoco! Desde ahora me niego rotundamente a engañar de tal modo a la Princesa.

Sarto clavó en mí sus ojillos penetrantes. Después apareció en sus labios sardónica sonrisa.

—Corriente, joven; como usted quiera. Vaya, limítese usted a tranquilizarla un poco, como pueda. Y ahora hablemos de Miguel.

—¡A quien Dios confunda!—dije.—Ya hablaremos de él otro día. Tarlein, vamos a dar una vuelta por los jardines.

Sarto cedió inmediatamente. Bajo sus bruscas maneras se ocultaba prodigioso tacto y también, como lo fui reconociendo más y más cada día, un profundo conocimiento del corazón humano. ¿Por qué se mostró tan poco exigente conmigo respecto de la Princesa? Porque sabía que la belleza de ésta y mi natural impulso me habían de llevar mucho más allá que todos sus argumentos, y que cuanto menos pensase yo en aquella trama, tanto más probable sería que la llevase adelante. No podía ocultársele la desventura que acarrearía a la Princesa, pero esta consideración nada significaba para él. ¿Puedo decir, con toda sinceridad, que hacía mal? Suponiendo que el Rey volviese al trono, le devolveríamos la Princesa. Pero ¿y si no lográsemos libertarlo? Punto era éste del cual jamás habíamos hablado. Pero yo tenía la idea de que, en tal caso, Sarto se proponía instalarme en el trono de Ruritania y sostenerme en él toda la vida. Al mismo Satanás hubiera él puesto en el trono antes que a Miguel el Negro.

El baile fue suntuoso. Lo inauguré yo con la princesa Flavia y con ella bailé también después, seguidos ambos por las miradas y los comentarios de la brillante concurrencia. Llegó la hora de la cena y en medio de ella me puse en pie, enloquecido por las miradas de mi prima, y quitándome el collar de la Rosa de Oro se lo puse al cuello. Aquel acto fue acogido con unánimes aplausos, y vi que Sarto se sonreía satisfecho, pero no Tarlein, cuya sombría expresión revelaba su disgusto. Pasamos el resto de la cena en silencio; ni Flavia ni yo podíamos hablar. Por fin, a una señal de Tarlein, me levanté, ofrecí mi brazo a la Princesa y recorriendo el salón de uno a otro extremo, la conduje a una habitación contigua, más pequeña, donde nos sirvieron el café. Las damas y caballeros de nuestro séquito se retiraron y quedamos solos.

Los balcones de aquella pieza daban a los jardines del palacio. La noche era hermosísima. Flavia tomó asiento y yo permanecí en pie ante ella. Luchaba conmigo mismo y creo que hubiera triunfado si en aquel momento no me hubiese dirigido ella una mirada breve, repentina, que equivalía a una interrogación; mirada a la que siguió fugaz rubor.

¡Ah, si la hubieseis visto en aquel instante! Me olvidé del Rey prisionero en Zenda y del que reinaba en Estrelsau. Ella era una Princesa, yo un impostor. Pero ¿acaso pensé en ello un solo momento? Lo que hice fue doblar la rodilla ante la bella y tomar su mano entre las mías. Nada dije. ¿Para qué? Me bastaban los suaves rumores de aquella hermosa noche y el perfume de las flores que nos rodeaban, únicos testigos del beso que deposité en sus labios.

Flavia me rechazó dulcemente, exclamando:

—¡Ah! Pero ¿es verdad?...

—¿Si es verdad mi amor?—dije en voz baja, con apasionado acento.—¡Te amo más que a mi vida, más que a la verdad misma, más que a mi honor!

No pareció dar a mis palabras otro valor que el de una de tantas exageraciones del lenguaje de los enamorados.

—¡Oh, si no fueses Rey! ¡Entonces podría demostrarte cuánto te amo! ¿Por qué te quiero tanto ahora, Rodolfo?

—¿Ahora?

—Sí, últimamente. Antes... antes no era así.

El orgullo del triunfo embargó mi ánimo. ¡Era yo, Rodolfo Raséndil, quien la había conquistado!

—¿No me amabas antes?—pregunté rodeándole el talle con mi brazo.

Me miró sonriente y dijo:

—¿Será tu corona? Este nuevo sentimiento se me despertó en mí el día de la coronación.

—¿No antes?—le pregunté ansioso.

Dejóme oir su argentina risa y contestó:

—Hablas como si desearas oirme repetir que no te amaba cuando no eras Rey.

—Pero ¿es eso cierto?

—Sí—murmuró casi imperceptiblemente.—Pero tén cuidado, Rodolfo, sé prudente. Mira que ahora estará furioso.

—¿Quién? ¿Miguel? ¡Oh, si no fuera más que eso!

—¿Qué quieres decir, Rodolfo?

Aquella era la última oportunidad que podía ofrecérseme. Logré dominarme, no sin gran esfuerzo, y retirando mi brazo me aparté dos o tres pasos de ella.

—Si yo no fuera Rey—comencé,—si fuese un simple caballero...

Antes de que pudiera añadir una palabra puso ella su mano sobre la mía, diciendo:

—Aunque fueras un miserable presidiario nunca dejarías de ser mi Rey.

—¡Dios me perdone!—dije para mí. Y estrechando su mano volví a preguntarle:—¿pero si no fuese Rey?

—Basta—murmuró.—No merezco que dudes de mí de esa manera. ¡Ah, Rodolfo! ¿Acaso una mujer que va a casarse sin sentir amor podría mirarte como te miro yo?

Después inclinó el rostro, procurando ocultarlo. Más de un minuto permanecimos unidos, abrazados; pero aun entonces, a pesar de su hermosura y de las circunstancias en que nos hallábamos, apelé a mi honor y a mi conciencia.

—Flavia—dije con voz tan alterada que no parecía la mía,—has de saber que no soy...

Elevábanse sus ojos hacia mí cuando oímos, pesados pasos en el enarenado sendero del jardín y un hombre se detuvo ante el abierto balcón. Flavia lanzó un ligero grito y se apartó de mí rápidamente. La frase que mis labios habían comenzado quedó interrumpida. Sarto, pues era él, se inclinó profundamente, grave y sombrío.

—Perdonad, señor—dijo,—pero Su Eminencia el cardenal espera hace un cuarto de hora, deseoso de ofrecer sus respetos a Vuestra Majestad antes de partir.

—No es mi voluntad hacer esperar a Su Eminencia—repuse.

Pero Flavia, que no se avergonzaba de su amor, radiantes los ojos y ruborizado el rostro, tendió su mano a Sarto. Nada dijo, pero a nadie que haya visto a una mujer en la exaltación producida por el amor, podía ocultársele lo que aquel ademán significaba. Con triste sonrisa se inclinó el veterano y besó la mano que ella le tendía, diciendo con cariñosa y conmovida voz:

—Alegre o triste, feliz o desgraciada, ¡Dios proteja siempre a Vuestra Alteza!

Hizo una pausa y añadió, mirándome y cuadrándose como un soldado:

—Pero ante todo y sobre todo está el Rey. ¡Dios lo proteja!

Y Flavia, besando mi mano, murmuró:

—¡Así sea! ¡Oh, Dios mío, te ruego que así sea!

Volvimos a la sala de baile. Obligado a recibir los saludos de despedida, me vi separado de ella. Cuantos me habían saludado se dirigían en seguida a la Princesa. Sarto iba de grupo en grupo, dejando tras sí miradas de inteligencia, sonrisas y cuchicheos. No dudé que, en cumplimiento de su irrevocable resolución, iba dando a todos la noticia que acababa de adivinar más bien que oir. Preservar la corona para el verdadero Rey y derrotar a Miguel el Negro; ese era todo su afán. Flavia, yo y aun el mismo Rey, no éramos más que otras tantas cartas puestas en juego y nos estaba prohibido tener pasiones. No se limitó a propagar la nueva dentro de los muros del palacio, y así fue que al descender yo la escalera principal dando la mano a Flavia y conducirla a su carruaje, nos esperaba en la calle densa multitud, que prorrumpió en aclamaciones entusiastas. ¿Qué podía hacer yo? De haber hablado entonces se hubieran negado a creer que no era el Rey; a lo sumo hubieran creído que el Rey se había vuelto loco. Los manejos de Sarto y mi propia pasión me habían impulsado; la retirada no era ya posible y la pasión seguía llevándome hacia delante. Aquella noche aparecí ante todo Estrelsau como el verdadero Rey y el prometido de la princesa Flavia.

Por fin, a las tres de la mañana, cuando empezaba a romper el alba, me vi en mis habitaciones sin más compañía que la de Sarto. Contemplaba distraídamente el fuego; mi compañero fumaba su pipa y Tarlein se había retirado a descansar, negándose a dirigirme la palabra. Cerca de mí, sobre la mesa, se veía una rosa de las que Flavia había llevado al pecho aquella noche. Ella misma me la había entregado, después de besarla.

Sarto hizo ademán de tomarla, pero detuve su mano con rápido ademán, diciéndole:

—Es mía, no de usted... ni del Rey.

—Esta noche hemos ganado una victoria a favor del Rey—dijo.

—¿Y quién puede impedirme ganar otra a favor mío?—pregunté iracundo, volviéndome hacia él.

—Sé muy bien lo que está usted pensando—contestó.—Pero su honor se lo prohibe.

—¿Y es usted quien viene a hablarme de honor?

—Vamos, la cosa no es para tanto. Una broma inocente que en nada puede perjudicar a la muchacha...

—No prosiga usted, coronel, a no ser que me tenga usted por un villano desalmado. Si no quiere que su Rey se pudra en su prisión de Zenda mientras Miguel y yo nos disputamos aquí lo que vale más que la corona... ¿Me comprende usted bien?

—Sí, adelante.

—Tenemos que libertar al Rey, o intentarlo cuando menos, y pronto. Si esta comedia, por usted preparada, continúa una semana más, va usted a hallarse con otro problema entre manos, y de los más difíciles. ¿Cree usted poder resolverlo?

—Sí lo creo. Pero si llegara usted a hacer lo que amenaza, tendría que habérselas conmigo y que matarme.

—Con usted y con veinte más. ¿Qué significaría eso para mí? Sin contar con que en un instante puedo levantar a todo Estrelsau contra usted y ahogarlo con sus propias mentiras.

—No lo niego.

—Como podría casarme con la Princesa y mandar y Miguel y su hermano a...

—También es cierto—asintió el viejo soldado.

—¡Pues entonces, en nombre del Cielo—grité extendiendo hacia él los puños,—corramos a Zenda, aplastemos a Miguel y traigamos al Rey a su capital y a su trono!

Sarto se puso en pie y me miró fijamente.

—¿Y la Princesa?—preguntó.

Incliné la cabeza y tomando la rosa la oprimí hasta destrozarla entre mis manos y mis labios. Sentí la diestra de Sarto sobre mi hombro y oí que decía, con turbada voz:

—¡Por Dios vivo! Es usted más Elsberg que todos ellos. Pero yo he comido el pan del Rey y mi deber es servirle. ¡Iremos a Zenda!

Le miré y tomé su mano. Ambos teníamos lágrimas en los ojos.

caza mayor

Asaltábame una tentación terrible. Quería que Miguel, obligado a ello por mí, diese muerte al Rey. Me creía en situación de afrontar la ira y el poder del Duque y de retener a la fuerza la corona, no por ambición, sino porque el Rey de Ruritania era el esposo destinado a la princesa Flavia. ¡Sarto, Tarlein! ¿Qué me importaban? ¿Qué significan los obstáculos, ni cómo examinarlos y medirlos a sangre fría cuando la pasión ciega domina al hombre por completo?

Hermosa mañana aquella en que me dirigí a pie al palacio de la Princesa, llevando en la mano un ramo de preciosas flores. La razón de estado excusaba mi amor; y si bien las atenciones que prodigaba a mi supuesta prima eran nuevos incentivos a la pasión que me impulsaba, me unían también más estrechamente al pueblo de la gran ciudad, que adoraba a la Princesa. Encontré a la condesa Elga cogiendo flores en el jardín y le rogué que ofreciese las mías a su señora. La amada de Tarlein parecía radiante de felicidad, olvidada por el momento del odio que el duque de Estrelsau profesaba al predilecto de su corazón, único obstáculo que hasta entonces había empañado la dicha de ambos amantes.

—Y ese obstáculo—me dijo con picaresca sonrisa,—lo ha suprimido Vuestra Majestad. Llevaré gustosa estas flores a la Princesa. ¿Quiere Vuestra Majestad que le diga lo primero que Su Alteza hará con ellas?

Nos hallábamos en una amplia terraza inmediata al palacio.

—¡Señora!—llamó alegremente la Condesa, y a su vez apareció Flavia en uno de los abiertos balcones del primer piso.

Me descubrí y saludé profundamente. La Princesa tenía puesta una blanca bata y llevaba suelta la hermosa cabellera. Contestó a mi saludo enviándome un beso y dijo:

—Sube con el Rey, Elga. Le ofreceré siquiera una taza de café.

La Condesa me miró de soslayo sonriéndose y me precedió hasta la habitación donde esperaba Flavia. Una vez solos nos saludamos de nuevo como verdaderos amantes y en seguida me presentó dos cartas. Era una de Miguel el Negro, invitándola cortésmente a pasar el día en el castillo de Zenda, como tenía por costumbre hacerlo una vez cada verano, cuando el parque y los jardines del castillo ostentaban toda su belleza. Arrojé al suelo la carta con desprecio, lo que hizo reír a Flavia, que me presentó la segunda misiva.

—Ignoro quién me la envía—dijo.—Léela.

Un momento me bastó para saber quién había trazado aquellas líneas. Era la misma letra de la esquela que me había dado cita en el cenador de Antonieta de Maubán, y decía:

«No tengo motivos para querer a Vuestra Alteza, pero Dios la libre de caer en poder del Duque. No acepte Vuestra Alteza invitación alguna suya. No vaya sola a ninguna parte; una fuerte guardia armada bastará apenas para protegerla. Enseñe esta carta al que reina hoy en Estrelsau.»

—¿Por qué no dice «al Rey?»—preguntó Flavia inclinándose hacia mí hasta que sus cabellos rozaron mi mejilla.—¿Será broma?

—Si tienes en algo tu vida, y aun más que tu vida, amor mío, haz al pie de la letra lo que esa carta te dice. Hoy mismo enviaré fuerza suficiente para proteger este palacio, del cual no saldrás sino custodiada por numerosa guardia.

—¿Es esa una orden que me da el Rey?—preguntó altiva.

—Lo es, Flavia. Orden que obedecerás... si me amas.

—¡Ah!—exclamó, con expresión tal que le di otro beso.

—¿Sabes quién ha escrito eso?—preguntó.

—Creo saberlo. El aviso proviene de persona que es buena amiga mía, y más diré, lo envía una mujer desgraciada. Precisa contestar que estás indispuesta, Flavia, y no puedes ir a Zenda. Presenta tus excusas en la forma más fría y ceremoniosa que sepas.

—¿Es decir que te consideras suficientemente fuerte para desafiar la cólera de Miguel?—me dijo con orgullosa sonrisa.

—Nada hay que yo no esté dispuesto a hacer por tu propia seguridad—fue mi contestación.

Poco después me separé de ella, no sin esfuerzo, y tomé el camino de la casa del general Estrakenz, sin consultar a Sarto. Había tratado algo al anciano General, creía conocerlo y lo estimaba. No así Sarto, pero yo había aprendido ya que éste sólo estaba satisfecho cuando él mismo lo hacía todo, y que a menudo lo impulsaba, más que el deber, un sentimiento de rivalidad. La situación era tan crítica que Sarto y Tarlein no me bastaban para dominarla, pues ambos tenían que acompañarme a Zenda y necesitaba una persona segura que velase por lo que yo amaba más en el mundo y me permitiese dedicarme con ánimo tranquilo a la empresa de libertar al Rey.

El General me recibió con afectuosa lealtad. Le hice confidencias parciales, le encomendé la guardia de la Princesa y mirándole fija y significativamente le ordené que no permitiese a ningún emisario del Duque acercarse a Flavia, como no fuese en su presencia y en la de una docena de nuestros amigos, por lo menos.

—Quizás no se engañe Vuestra Majestad—dijo, moviendo tristemente la encanecida cabeza.—A hombres que valían más que el Duque les he visto hacer peores cosas por amor.

Yo más que nadie podía apreciar el valor de aquellas palabras, y dije:

—Pero hay en todo esto algo más que amor, General. El amor puede satisfacer su corazón. Pero ¿no necesita y procura algo más para saciar la ambición que le devora?

—Ojalá le juzgue mal Vuestra Majestad.

—General, voy a ausentarme de Estrelsau por algunos días. Todas las noches le enviaré a usted un mensajero. Si durante tres días consecutivos no recibe usted noticias mías, publicará un decreto que dejaré en su poder, privando al Duque del Gobierno de Estrelsau y nombrándolo a usted en su lugar. En seguida declarará usted la capital en estado de sitio, y mandará a decir al Duque que exige ser recibido en audiencia por el Rey... ¿Me comprende usted bien?

—Perfectamente, señor.

—Si en el plazo de veinticuatro horas no consigue usted ver al Rey—continué posando mi mano sobre su rodilla,—eso significará que el Rey habrá muerto y que usted deberá proclamar al heredero de la corona. ¿Sabe usted quién es?

—La princesa Flavia.

—Júreme usted por Dios y por su honor que la defenderá y apoyará hasta morir por ella, que matará, si es necesario, al traidor, y que la pondrá en el trono que hoy ocupo.

—¡Lo juro, por Dios y por mi honor! Y ruego a Dios que proteja a Vuestra Majestad, porque creo que la misión que se propone está llena de peligros.

—Lo único que espero es que esa misión no cueste otras vidas más valiosas que la mía—dije levantándome y ofreciéndole mi mano.—General—continué,—quizás llegue un día en que oiga usted revelaciones inesperadas concernientes al hombre que en este momento le dirige la palabra. Cualesquiera que sean ¿qué opina usted de la conducta de ese hombre desde el día en que fue proclamado Rey en Estrelsau?

El anciano, estrechando mi mano, me habló de hombre a hombre.

—He conocido a muchos Elsberg—dijo.—Y ¡suceda lo que quiera,ustedse ha portado como buen Rey y como un valiente; y también como el más galante caballero de todos ellos.

—Sea ese mi epitafio—dije,—el día en que otro ocupe el trono de Ruritania.

—¡Lejano esté ese día y no viva yo para verlo!—exclamó Estrakenz, contraídas las facciones.

Ambos nos hallábamos profundamente conmovidos. Me senté para escribir el decreto que debía de entregarle, y dije:

—Apenas puedo escribir; la herida del dedo me impide todavía moverlo.

Era aquella la primera vez que me arriesgaba a escribir, a excepción de mi nombre y a pesar de los esfuerzos que había hecho para imitar la letra del Rey, distaba mucho de la perfección.

—La verdad es, señor—observó el General,—que este carácter de letra se diferencia bastante del que todos conocemos. Circunstancia deplorable en este caso, porque puede despertar sospechas y aun hacer creer que la orden no procede del Rey.

—General—exclamé sonriéndome,—¿de qué sirven los cañones de Estrelsau si con ellos no puede disiparse una mera sospecha?

Tomó el documento en sus manos, sonriéndose a su vez de la ocurrencia mía.

—El coronel Sarto y Federico de Tarlein me acompañarán—continué.

—¿Va Vuestra Majestad a ver al Duque?—preguntó en voz baja.

—Sí; al Duque y a otra persona a quien necesito ver y que se halla en Zenda.

—Quisiera poder ir con Vuestra Majestad—dijo retorciendo el blanco bigote.—Quisiera hacer algo por el Rey y su corona.

—Aquí le dejo a usted algo más precioso que la vida y la corona—le dije;—y lo hago porque en toda Ruritania no hay hombre que más merezca mi confianza.

—Le devolveré a Vuestra Majestad la Princesa sana y salva, y si esto no es posible la haré Reina.

Nos separamos, regresé a palacio y dije a Sarto y Tarlein lo que acababa de hacer. Sarto refunfuñó algo, pero lo esperaba, y en definitiva dio su aprobación a mi plan, animándose a medida que se acercaba la hora de realizarlo. También Tarlein se manifestó dispuesto a todo, aunque por estar enamorado arriesgaba más que Sarto. ¡Cuánto lo envidiaba yo! Para Tarlein el triunfo de mi empresa significaba también el de su amor, su unión con la joven a quien adoraba, en tanto que para mí, era aquel triunfo señal cierta de sufrimientos más crueles que cuantos pudiera proporcionarme el fracaso de mis planes. Así lo comprendió él también, porque tan luego nos vimos algo apartados de Sarto, tomó mi brazo y me dijo:

—Dura prueba es ésta para usted; mas no por ello disminuirá un ápice la confianza que me merecen su rectitud y su hidalguía.

Desvié el rostro para no dejarle ver todo lo que pasaba en mi ánimo; bastaba que presenciase lo que me proponía hacer. Ni aun Tarlein mismo había descubierto toda la verdad, porque no se había atrevido a elevar sus miradas hasta la princesa Flavia y leer en sus ojos, como lo había hecho yo.

Quedó por fin acordado nuestro plan en todos sus detalles, los mismos que se verán más adelante. Se anunció que a la mañana siguiente saldríamos a una cacería, lo dispuse todo para mi ausencia y sólo una cosa me quedaba ya por hacer, la más penosa y difícil. Al anochecer crucé en coche las calles más concurridas y me dirigí a la residencia de Flavia. Fui reconocido y aclamado cordialmente, y a pesar de mis temores y tristezas, me sonreí al notar la frialdad y altivez con que me recibió mi amada. Había oído ya que el Rey se proponía salir de Estrelsau para ir de caza.

—Siento que no podamos divertir a Vuestra Majestad lo suficiente para retenerle en la capital—dijo golpeando ligeramente el suelo con el pie.—Comprendo que yo hubiera podido ofrecer a Vuestra Majestad alguna mayor distracción, pero fui bastante inocente para creer...

—¿Qué?—pregunté inclinándome hacia ella.

—Que aunque sólo fuese por dos o tres días, después de... de lo ocurrido anoche, quizás Vuestra Majestad se sentiría suficientemente complacido para no necesitar otras distracciones. Espero que los jabalíes consigan interesarlo y distraerlo más que yo—agregó.

—Precisamente voy en busca de un jabalí—dije,—y de los más feroces y corpulentos—y luego, sin poderlo remediar, me puse a acariciar sus cabellos, pero ella apartó la cabeza.

—¿Estás irritada conmigo?—pregunté fingiendo sorpresa y deseoso de aumentar un tanto su enojo. Nunca la había visto irritada hasta entonces y la hallaba no menos graciosa bajo aquel nuevo aspecto.

—¿Tengo acaso el derecho de enojarme?—preguntó.—Cierto es que anoche tuviste a bien decir que cada hora pasada lejos de mí era una hora perdida. Pero tratándose de un jabalí enorme ya es cosa muy diferente.

—Tan enorme que quizás sea yo cazado por él.

Flavia nada dijo.

—¿No te conmueve mi propio peligro?

Como continuase muda, acerqué mi rostro al suyo, que procuraba ocultar a mis miradas y vi que tenía los ojos llenos de lágrimas.

—¿Lloras porque corro peligro?

—Te portas ahora como solías ser antes, pero no como el Rey... como el Rey que yo había aprendido a amar.

Lancé un gemido y la estreché sobre mi corazón.

—¡Amor mío!—exclamé olvidado de todo para no pensar más que en ella;—¿has podido creer que yo iba a dejarte para ir de caza?

—Pero entonces, Rodolfo... ¿vas acaso?...

—Sí, en busca de esa fiera, de Miguel en su guarida.

Flavia estaba densamente pálida.

—Ya ves, pues, querida mía, que no soy el amante ingrato que suponías. Pero no permaneceré ausente mucho tiempo.

—¿Me escribirás, Rodolfo?

Aunque pareciese debilidad por mi parte, no podía decir cosa, alguna que despertase sus sospechas.

—Te enviaré mi corazón todos los días—respondí.

—¿Y no correrás peligro?

—Ninguno que pueda yo evitar.

—¿Cuándo volverás? ¡Oh, qué largos me parecerán ahora los días!

—¿Que cuándo volveré?—repetí.—No lo sé, no puedo saberlo.

—¿Pronto, Rodolfo, pronto?

—Sólo Dios lo sabe. Pero si no volviese, amada mía...

—¡Oh, cállate, Rodolfo! ¡Cállate!—y posó sus labios sobre los míos.

—Si yo no volviese—murmuré,—tendrías que ocupar mi puesto, porque entonces tú serías la única representante de nuestra casa. Tu deber entonces sería reinar, no llorarme.

Irguióse con toda la majestad de una Reina y exclamó:

—¡Sí, lo haría! ¡Ceñiría la corona y representaría mi papel! Pero ¡ah! mi corazón moriría contigo...

Se detuvo, y aproximándose otra vez a mí murmuró dulcemente:

—¡Vuelve pronto, Rodolfo!

Su voz, su acento, me dominaron.

—¡Juro—exclame,—verte una vez más, pero yo mismo, antes de morir!

—¿Tú mismo? ¿Qué quieres decir?—preguntó fijando en mi sus asombrados ojos.

No me atreví a pedirle perdón; le hubiera parecido un insulto. No podía decirle entonces quién era yo. Flavia lloraba y me limité a enjugar sus lágrimas.

—¿Es acaso posible—pregunté,—que hombre alguno no regrese al lado de la mujer más hermosa del mundo?—dije.—¡Un centenar de Migueles no podrían impedírmelo!

Se estrechó aún más contra mí, algo consolada.

—¿No permitirás que Miguel te mate?

—No, amor mío.

—¿Ni que te separe de mí?

—No, amor mío.

—¿Nadie podrá separarte de mí?

Y una vez más contesté:

—No, amor mío.

Y sin embargo, existía un hombre—no Miguel,—que debía de separarme de ella y por cuya vida iba yo a arriesgar la mía. El recuerdo de aquel hombre, la arrogante figura que yo había contemplado por primera vez en el bosque de Zenda, el cuerpo inerte abandonado en el sótano del pabellón de caza, se me aparecía entonces como una doble sombra, interponiéndose, separándome de Flavia, que yacía pálida y casi desvanecida en mis brazos, pero fijando en mí una mirada llena de amor, como no he visto otra en mi vida; una mirada cuyo recuerdo me persigue aún y me perseguirá eternamente, hasta que la tierra cubra mis huesos y (¿quién sabe?) quizás aun más allá de la tumba.

un anzuelo bien cebado

A dos leguas de Zenda y por la parte opuesta de aquella donde se alza el castillo, queda un extenso bosque. En su centro y sobre la colina, cuyas laderas cubre el bosque, está construida la hermosa residencia del conde Estanislao de Tarlein, pariente lejano de mi amigo el joven Tarlein. El Conde visitaba aquella propiedad muy raras veces, la había puesto a mi disposición y a ella nos dirigíamos. Elegida en apariencia por la abundante caza de sus cercanías, entre la que no escaseaban los jabalíes, lo había sido principalmente por su inmediación a la magnífica residencia del Duque, situada, como dicho queda, al lado opuesto de la población. Por la mañana salieron de Estrelsau numerosas personas de mi servidumbre, con caballos y equipaje, y nosotros los seguimos a mediodía, yendo buena parte del camino por tren y haciendo después la jornada a caballo hasta la posesión de Tarlein.

Me acompañaban diez bizarros caballeros, además de Sarto y Tarlein, cuidadosamente elegidos todos ellos y ciegamente adictos al Rey. Se les dijo parte de la verdad, revelándoles también la tentativa contra mi vida hecha en el cenador de Antonieta de Maubán, para estimular su celo y acrecentar el odio que profesaban al Duque. Se les dijo además que éste tenía preso en el castillo de Zenda a un fiel servidor del Rey, cuyo rescate era uno de los objetos de la expedición; pero añadiendo que la mira principal del nuevo soberano era tomar ciertas medidas contra su díscolo hermano, respecto de las cuales nada más podía revelárseles por entonces. Jóvenes, leales y valientes, les bastaba que el Rey manifestase sus deseos; lo único que deseaban era mostrarle su buena voluntad, y tanto mejor si para ello tenían que desenvainar la espada.

Así quedó trasladado el teatro de los sucesos desde Estrelsau al palacio de Tarlein y al castillo de Zenda, que se alzaba sombrío y amenazador al otro lado del valle. Por mi parte traté de no pensar por el momento en Flavia y de dedicarme con toda energía al cumplimiento de mi ardua empresa. Era ésta nada menos que sacar vivo al Rey de su prisión. La fuerza era inútil; había que idear alguna estratagema y yo tenía ya un proyecto en embrión; pero me veía muy contrariado por la publicidad dada a mi salida de la capital. Miguel debía de estar ya perfectamente enterado de mi expedición y de su verdadero objeto, pues ni por un momento podía engañarle el pretexto de la cacería. Pero había que aceptar ese riesgo, con todo lo que para nosotros significaba, porque tanto Sarto como yo reconocíamos que la situación era ya insostenible. Una ventaja militaba a mi favor; la de que Miguel el Negro no podía creer que yo abrigase favorables designios respecto del Rey. El veía y apreciaba la oportunidad que se me ofrecía, como la veía yo, como la había visto Sarto. Miguel, por su parte, amaba a la Princesa y no dudo que hubiera matado al Rey, a mi otro rival, sin el menor escrúpulo; pero no sin quitar antes de en medio a Rodolfo Raséndil.

En todo esto iba pensando yo por el camino, y no había permanecido más de una hora en la casa cuando se presentó una imponente embajada enviada por el Duque. No tuvo el cinismo de mandarme a los tres que antes intentaron asesinarme, pero sí diputó la otra mitad del sexteto, Laugrán, Crastein y Ruperto Henzar, los ruritanos. Tres arrogantes mocetones, soberbiamente montados y equipados, el último de los cuales, Henzar, que no contaría más de veintidós o veintitrés años, me dirigió un bien pensado discurso, manifestándome que mi cariñoso hermano se veía privado del placer de ofrecerme sus respetos en persona y aun de poner su residencia a mi disposición, porque así él como varios de sus servidores estaban atacados de escarlatina. Así lo aseguró, con sardónica sonrisa, Henzar, su embajador, apuesto mozo, tan bribón como bien parecido, de quien se decía que andaban enamoradas muchas y muy principales damas.

—Vamos, que mi hermano Miguel con escarlatina debe de estar más parecido a mí que de ordinario, a lo menos por el color—dije.—¿Sufre mucho?

—No tanto que no pueda atender a sus asuntos, señor.

—Espero que no se contarán entre los otros enfermos mis tres buenos amigos De Gautet, Bersonín y Dechard—continué.—Del último he oído decir que está herido.

Laugrán y Crastein hicieron una feísima mueca, pero el joven Henzar se sonrió al decir:

—Dechard espera hallar muy pronto bálsamo eficaz para su herida.

Por mi parte me eché a reír, porque sabía que para mi malparado enemigo no había más que un remedio: venganza.

—¿Se sentarán ustedes a mi mesa, señores?—pregunté.

El joven Ruperto declinó respetuosamente la invitación, alegando que importantes deberes los llamaban al castillo.

—Pues entonces—dije con un ademán de despedida,—¡hasta nuestra próxima entrevista, que espero nos permitirá conocernos mejor!

—¡Y para ello, ojalá que Vuestra Majestad nos proporcione pronta oportunidad!—agregó Ruperto altaneramente; y al pasar junto a Sarto miró a éste con tal expresión de desprecio y burla que el veterano apretó los puños y sus ojos brillaron amenazadores.

Cuanto a mí, me agradaba aquel bribón franco y alegre y lo prefería con mucho a sus dos compañeros de sombrío rostro y siniestra mirada. Más vale ser un bribón con gracia que sin ella.

Aquella primera noche, en vez de saborear la excelente comida que me habían preparado mis cocineros, dejé que los caballeros de mi séquito la despachasen a su gusto, bajo la presidencia de Sarto, mientras yo cabalgaba en compañía de Tarlein hacia la villa de Zenda y más particularmente hacia cierta posada que allí conocía. La excursión ofrecía poco peligro; la noche era clara, el camino hasta Zenda, muy concurrido y lo único que hice fue envolverme en una amplia capa. Un lacayo nos seguía a distancia.

—Tarlein—dije al llegar a la población;—en la posada adonde nos dirigimos hay una muchacha muy linda.

—¿Cómo lo sabe usted?—preguntó.

—Porque he estado en ella.

—¿Desde?...

—No, antes.

—Pero le reconocerán a usted.

—Probablemente. Y por lo mismo, he aquí lo que vamos a hacer. Somos dos caballeros del séquito del Rey, uno de los cuales tiene dolor de muelas. El otro dispondrá que nos sirvan de comer en habitación separada, con una botella de buen vino para alivio del paciente. Y si es usted tan avisado como lo creo, la linda muchacha de que le he hablado, y nadie más, será quien nos sirva a la mesa.

—¿Y si ella se niega a servirnos?

—Querido Tarlein, si se niega a hacerlo por usted, lo hará por mí.

Llegamos a la posada, bien embozado yo; vi a la madre de la muchacha y poco después a ésta, se dio orden de servirnos la comida, me instalé en una pieza reservada para nosotros, y no tardó en reunírseme Tarlein.

—La chica será quien nos sirva—dijo.

—Y de lo contrario—añadí,—hubiera yo dudado mucho del buen gusto de la condesa Elga.

Entró la buena moza, le di tiempo de poner la botella sobre la mesa para evitar que con la sorpresa la hiciera pedazos, y Tarlein llenó un vaso, que me ofreció.

—¿Sufre mucho este caballero?—preguntó la joven.

—Ni más ni menos que la primera vez que te vio—dije desembarazándome.

Dio ella un ligero grito y exclamó:

—¡Con que era el Rey! Así se lo dije a mi madre apenas vi el retrato de Su Majestad. ¡Oh, señor, perdón!

—No recuerdo tener nada que perdonarte—dije.

—Pero, señor, todas aquellas cosas que dijimos...

—¡Oh, te las perdono de todo corazón!

—Voy a decirle a mi madre...

—Ni una palabra—le ordené.—Vé a traer la comida y nada digas a nadie sobre la presencia del Rey en esta casa.

Volvió a los pocos momentos llena de curiosidad.

—¿Y Juan?—le pregunté, empezando a comer.—¿Qué tal está?

—Apenas le vemos ahora, señor.

—¿Por qué?

—Yo le dije que venía por aquí muy a menudo.

—¿Es decir que está enfadado y se oculta?

—Sí, señor.

—¿Pero tú puedes hacerlo volver por aquí?

—Es muy probable...

—¡Oh, sí! Yo sé lo mucho que tú vales y puedes—le dije, haciéndola ruborizarse de placer.

—Pero, señor, no sólo es eso lo que lo aleja de Zenda. En el castillo tienen ahora mucho que hacer.

—Pero si el Duque no está de caza...

—No, señor; pero Juan tiene a su cargo el servicio interior.

—¿Juan convertido en doncella de servicio?

La muchacha se desvivía por chismear un poco.

—Es que no hay allí nadie más que pueda hacerlo—explicó.—Ni una sola mujer. Es decir, como criada, porque no falta quien diga que... Pero es falso, sin duda.

—No importa, sepamos lo que dicen.

—Pues corre el rumor de que en el castillo habita una señora. Lo cierto es que Juan tiene que servir a los caballeros que allí residen ahora.

—¡Pobre Juan! No dejará de hallarse muy ocupado. Sin embargo, estoy seguro de que nunca le faltará media hora para venir a verte. ¿Tú lo quieres?

—No mucho, señor.

—¿Pero quieres servir al Rey?

—Sí, señor.

—Pues entonces, mándale a decir que le esperas junto a la gran piedra que hay en el camino de Zenda al castillo, a la salida del pueblo, mañana a las diez de la noche.

—¿Piensa usted hacerle algún daño, señor?

—Ninguno, si hace lo que yo le ordene. Pero creo haberte dicho lo bastante, linda muchacha. Cuida de obedecerme puntualmente y recuerda que nadie ha de saber que el Rey ha estado aquí.

Hablé con alguna severidad, porque nunca está de más infundir cierto grado de temor a las mujeres que nos quieren; y al propio tiempo, suavicé la severidad de mis palabras, haciéndole un valioso presente. Comimos, volví a embozarme y precedido de Tarlein me dirigí adonde nos esperaban los caballos.

No eran más de las ocho y media de la noche, había mucha gente en las calles para una población tan pequeña y era fácil ver que los buenos vecinos de Zenda comentaban noticias al parecer muy interesantes. Y no era extraño, porque con el Duque por un lado y el Rey por otro, Zenda les parecía indudablemente el centro de toda Ruritania. Recorrimos las calles al paso de nuestros caballos, pero les pusimos al galope tan luego salimos al campo.

—¿Quiere usted atrapar a ese Juan de que habla?—preguntó Tarlein.

—Sí, y convendrá usted conmigo en que he cebado bien el anzuelo. Nuestra bonita Dalila de la posada, atraerá al Sansón del castillo. La precaución del duque Miguel, de no tener mujeres en el castillo no basta, amigo Tarlein. Para lograr completa seguridad, se necesita que no haya faldas en cincuenta leguas a la redonda.

—Conque las haya en Estrelsau me basta—dijo el enamorado Tarlein dando un suspiro.

Subimos por la avenida que conducía a la villa Tarlein y apenas pudo oirse desde ésta el paso de los caballos, salió Sarto apresuradamente a recibirnos.

—¡Gracias a Dios que vuelve usted sano y salvo!—exclamó.—¿No ha asomado ninguno de ellos por el camino?

—¿De quiénes habla usted, coronel?—pregunté, echando pie a tierra.

Nos llevó a un lado, para que no lo oyesen los lacayos.

—Joven—dijo,—basta ya de cabalgar solo o poco menos, por estos alrededores. No puede usted volver a hacerlo, sin que le acompañemos media docena de nosotros. ¿Sabe usted lo que le ha pasado a Berstein?

El caballero de este nombre, uno de los de mi séquito, era un arrogante mozo, casi tan alto como yo, y de caballo muy parecido al mío.

—Pues está arriba en su cuarto y en cama, con una bala en el brazo.

—¡Qué me dice usted!

—Lo que oye. Después de comer se le ocurrió ir a dar un paseo por el bosque, y a lo mejor divisó entre los árboles a tres hombres, uno de los cuales le apuntó con un fusil. Como estaba desarmado, echó a correr en dirección a esta casa, pero sonó un disparo, le atravesaron un brazo y cuando llegó aquí estaba a punto de caer desvanecido.

Hizo Sarto una pausa y continuó:

—Esa bala, joven, le estaba destinada a usted.

—Es muy probable—dije.—Primera sangre a favor de Miguel.

—Quisiera saber cuál de los dos tríos es el autor de esa hazaña—dijo Tarlein.

—Sarto—dije a mi vez,—mi salida de esta noche tenía objeto importante, como lo verá usted más adelante. Pero por lo pronto puedo asegurar una cosa.

—¿Y es?

—Que creería corresponder muy mal a los grandes honores de que me ha colmado Ruritania, si saliese del país dejando con vida a uno siquiera de los Seis. Y con la ayuda de Dios me propongo limpiar de ellos al país.

Sarto, al oirme, tomó y estrechó mi mano.


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