nueva escala de jacob
A la mañana siguiente di algunas órdenes y me sentí más satisfecho que nunca. Había puesto manos a la obra, al trabajo, y éste, ya que no cura el amor, es por lo menos como un narcótico que nos permite olvidarlo temporalmente. Sarto, que andaba agitado y nervioso, se sorprendió mucho al verme aquella mañana, arrellanado en cómodo sillón de brazos, escuchando la canción amorosa que con muy buena voz entonaba uno de los caballeros de mi séquito. Tal era mi ocupación cuando el más joven de los Seis, Ruperto Henzar, que no temía a Dios ni al diablo, se adelantó de repente a caballo, con tanta calma como si detrás de cada árbol no pudiese tener yo apostado un buen, tirador, y ni más ni menos que si cabalgase en el parque de Estrelsau.
Se acercó a mí, saludándome con cómica reverencia, y solicitó hablarme a solas para comunicarme un mensaje del duque Miguel. Hice que se retirasen todos y Henzar, sentándose a mi lado, comenzó:
—¿El Rey está enamorado a lo que parece?
—No de la vida, señor mío—contesté sonriéndome.
—Más vale así. Pero estamos solos. Usted, Raséndil...
—¿Qué es eso? ¿Cómo se entiende?—le dije en tono seco y arrogante, haciendo ademán de levantarme.
—¿Qué ocurre?—preguntó.
—Pues nada, sino que iba a llamar para que le trajeran a usted su caballo. Si ignora usted cómo dirigirse al Rey, es indispensable que mi hermano elija otro embajador.
—¿Para qué continuar esta farsa?—preguntó con suma indiferencia, sacudiendo con su latiguillo el polvo que cubría sus altas botas.
—Porque la farsa no ha terminado todavía—repliqué;—y mientras dure me reservo el derecho de usar el nombre que mejor me cuadre.
—Corriente. Lo único que me proponía hacer era hablarle con entera franqueza. Porque no le quiero a usted mal, es usted todo un hombre.
—Por tal me tengo, modestia aparte. Soy honrado con los hombres y honro y respeto a las mujeres, señor mío.
Me dirigió una mirada iracunda.
—¿Vive su madre de usted?—proseguí.
—No, ha muerto.
—Tanto mejor para ella—dije, gozándome al oir la maldición que me lanzó entre dientes.—Y ahora, oigamos ese mensaje.
Le había herido en lo vivo, porque todo el mundo sabía que Henzar había instalado a una querida en su propia casa, y destrozado el corazón de su madre, muerta de pesar. Toda su arrogancia desapareció por el momento.
—El Duque le ofrece a usted más de lo que yo le ofrecería—murmuró.—Mi opinión era que le mandase a usted la cuerda con que merece ser ahorcado, pero él se empeñó en darle un salvo-conducto hasta la frontera y quinientos mil pesos.
—Pues entre las dos ofertas prefiero la de usted, señor mío.
—¿Es decir que rehusa usted la del Duque?
—Desde luego.
—Así se lo dije a Su Alteza.
Y el bribón que había recobrado todo su aplomo, me dirigió la más alegre de sus sonrisas.
—La verdad es, acá entre nosotros, que Miguel no sabe ni puede comprender lo que es un caballero.
—¿Y usted?—dije riéndome en sus barbas.
—Yo sí. Corriente: pues le daremos a usted la cuerda.
—Lo malo es que no vivirá usted para verme ahorcado con ella—observé.
—¿Me hace Vuestra Majestad el honor de buscarme querella?
—Para eso sería preciso que tuviera usted siquiera algunos años más.
—Maldito lo que eso importa. Joven o no, me basto y me sobro para el caso—dijo con burlona risa.
—¿Cómo está su prisionero?
—¿El Rey?
—Su prisionero, digo.
—¡Ah, sí! Había olvidado los deseos de Vuestra Majestad. Pues el preso vive todavía.
Dejó su asiento, le imité y sonriéndose dijo:
—¿Y qué tal la bella Princesa? Apuesto a que el próximo Elsberg será rojo, por más que Miguel el Negro le haga las veces de padre...
Di un salto hacia él cerrando los puños. No retrocedió una sola línea y siguió mirándome con expresión y sonrisa insolentes.
—¡Vete, antes de que te haga pedazos!—murmuré.
Me había pagado con creces la alusión a la muerte de su madre.
Lo que hizo después fue buena muestra de su increíble audacia. Mis amigos se hallaban a cincuenta pasos de distancia. Heznar ordenó a un lacayo que le trajese su caballo y despidió al criado dándole una moneda de oro. Yo permanecía inmóvil, sin sospechar cosa alguna. Fingió que iba a montar, pero volviéndose de repente hacia mí, con la mano izquierda en el cinto y tendiéndome la diestra, dijo:
—Aquí está mi mano.
Me limité a inclinarme e hice lo que él había previsto: crucé ambas manos a la espalda. Rápida como el rayo brilló en alto su daga y se clavó en mi hombro: de no haberme apartado bruscamente me hubiera atravesado el corazón. Retrocedí lanzando un grito, saltó él en la silla sin tocar el estribo y salió disparado como una flecha, perseguido por gritos y tiros de revólver, tan inútiles éstos como aquéllos. Me dejé caer en mi sillón, mirando cómo el malvado desaparecía al extremo de la avenida. Después me rodearon mis amigos y perdí el conocimiento.
Supongo que me llevaron al lecho, donde pasé muchas horas de las que nunca conservé el menor recuerdo. Era de noche cuando recobré el conocimiento y vi a Tarlein a mi lado. Me sentía débil y fatigado, pero Tarlein se apresuró a darme la buena noticia de que mi herida curaría pronto y que entretanto todo iba bien, pues Juan el guardabosque había caído en el lazo que le tendimos y se hallaba en nuestro poder.
—Y lo más raro es—continuó Tarlein,—que no parece muy contrariado de verse aquí. Sin duda se dice que le tiene más cuenta no figurar como testigo del crimen que Miguel prepara con el auxilio de sus Seis matachines.
Aquella idea me hizo concebir muy buenas esperanzas en la cooperación de nuestro prisionero. Dispuse que me lo trajeran en seguida, y pronto llegó acompañado de Sarto, que le hizo tomar asiento junto a mi lecho. Estaba atemorizado, pero también nosotros abrigábamos nuestros recelos después de la tentativa de Ruperto Henzar, y Sarto cuidó de tenerlo muy al alcance de su revólver mientras duró la entrevista. Al entrar tenía atadas las manos, pero inmediatamente hice que lo desataran.
No detallaré todas las garantías y recompensas que le ofrecimos y que en su día fueron cumplidas religiosamente, de suerte que hoy vive con holgura, aunque no diré dónde. Era más débil que perverso y muy pronto nos convencimos de que hasta entonces había obrado por temor al Duque y a su hermano Máximo más que por adhesión a la causa de aquél. Pero todos estaban convencidos de su lealtad; y aunque ignoraba los planes secretos de su amo, su conocimiento de la disposición interior del castillo, y de las medidas tomadas en él, lo hacían un auxiliar precioso. He aquí en breve los informes que nos proporcionó:
Debajo del piso del castillo había dos pequeñas celdas labradas en la roca viva, a las cuales se bajaba por medio de una escalera de piedra que comenzaba a un extremo del puente levadizo. Una de dichas celdas carecía de ventanas y había que tener siempre en ella velas encendidas. La segunda tenía una ventana cuadrada que daba al foso. En esta celda velaban siempre de día y de noche, tres de los Seis, con orden de defender la puerta que daba a la otra celda, en caso de ataque, mientras les fuera posible; pero dado que los asaltantes parecieran próximos a triunfar, Henzar y Dechard, uno de los cuales se hallaba siempre allí, tenían orden expresa del Duque de separarse de sus compañeros, entrar en la celda inmediata y matar al Rey. Allí estaba preso éste, bien tratado hasta entonces, pero sin armas y atados los brazos con delgadas cadenas de acero que apenas le permitían moverlos. Es decir que antes de franquear nosotros la segunda puerta habría muerto el Rey. ¿Y su cuerpo? ¿No sería éste la prueba más clara y comprometedora del crimen de Miguel?
—No señor—dijo Juan.—Su Alteza ha pensado en eso, y el asesino del Rey no tiene más que abrir la reja de hierro que encierra la ventana de la celda, reja cuyo marco gira sobre sus goznes. El hueco de la ventana está hoy obstruido por un enorme tubo, capaz de dar paso al cuerpo de un hombre, y cuyo extremo opuesto llega precisamente hasta la superficie del agua que llena el foso. Muerto el Rey, su matador arrastra el cuerpo hasta la ventana, le ata un peso de plomo que allí tienen preparado y desliza el cadáver por el tubo hasta el agua del foso, que mide allí veinte pies de profundidad. Hecho esto, da un grito que sirve de señal a los otros, se arroja a su vez por el tubo, le siguen los demás si pueden, y mientras el cuerpo del Rey va derecho al fondo del foso, los asesinos nadan hacia la orilla opuesta, donde varios hombres tienen orden de esperarlos con cuerdas para sacarlos del agua y caballos para huir, si no queda otro recurso. En este caso Miguel huiría también con ellos. Pero si les quedase alguna esperanza de triunfar, volverían al castillo y cogerían a sus enemigos en las dos piezas subterráneas, como en una trampa. Este es el plan de Su Alteza, pero sólo se propone emplearlo en último extremo, porque su intento es no matar al Rey hasta haberlo matado a usted, o hasta tener la seguridad de que podrá despacharlo poco después de muerto el Rey. Y ahora, señor, le ruego que me proteja, porque si el duque Miguel llega a saber lo que he hecho, no habrá tormento bastante cruel para mí.
Por el relato de Juan, que completamos con nuestras preguntas, supimos también que en caso de ataque al castillo por una fuerza numerosa, como la que yo el Rey podía reunir, sus defensores renunciarían a toda resistencia, limitándose a matar al Rey y arrojar su cadáver al fondo del foso. Pero en lugar de huir los asesinos, uno de ellos debía ocupar el lugar del Rey en el calabozo y pedir a los asaltantes favor y justicia a grandes gritos; llamado entonces Miguel, declararía que el preso había ofendido a la señora Maubán y por eso sufría aquel castigo; y que él, el Duque, se alegraba de tener aquella oportunidad para aclarar lo ocurrido en la fortaleza y contradecir y disipar ciertos rumores que habían circulado acerca de la presencia de un misterioso prisionero en el castillo de Zenda. Burlados entonces los invasores, se retirarían, permitiendo al Duque disponer con toda calma del cuerpo del Rey.
Sarto, Tarlein y yo en mi lecho oíamos con horror aquellos detalles de la maldad del Duque y de la audacia de su plan. Fuese yo al castillo ocultándome o en pleno día, solo o al frente de mis tropas, el Rey estaba condenado a morir antes de que yo pudiera acercármele. Si Miguel me vencía todo acababa allí, pero de ser yo vencedor no tendría medios de castigarlo, ni de mostrar su culpa sin descubrir también la mía. Pero por lo pronto sería yo Rey, ¡Rey! pensamiento que hacía latir mi corazón apresuradamente; y el porvenir se encargaría de decidir en la lucha entre él y yo. Hasta entonces me había inclinado a creer que el Duque gustaba de dejar a sus amigos los peligros de la empresa; pero desde aquel momento comprendí que se reservaba la dirección de la misma y que no le faltaban ni audacia ni astucia.
—¿Conoce el Rey esos detalles?—pregunté.
—Mi hermano y yo—contestó Juan,—colocamos el tubo, dirigidos por el señor de Henzar, pues estaba de guardia aquel día. El Rey preguntó lo que aquello significaba y el señor de Henzar le contestó riéndose que era una nueva «Escala de Jacob,» por la cual, como dice la Biblia, pasan los hombres de la tierra al Cielo; y que si llegase el caso de hacer el viaje, aquel camino sería más propio de un Rey, que pasaría por él con toda comodidad, sin verse expuesto a las miradas de los curiosos. Después soltó otra carcajada y pidió al Rey permiso, para volver a llenar su vaso, porque Su Majestad estaba comiendo. Valiente como es el Rey y como lo son todos los Elsberg, palideció al mirar el siniestro tubo y oir al villano que así se mofaba de él.—¡Ah, señores!—acabó diciendo Juan,—en el castillo de Zenda le cortan la cabeza a un hombre con tanta frescura como juegan una partida de cartas; y precisamente ese Henzar es el más cruel de todos... y el más temible también cuando hay mujeres cerca.
Cesó de hablar el guardabosque y dispuse que Tarlein diese orden de vigilarlo cuidadosamente. Pero antes de que se lo llevaran le dije:
—Si alguien te pregunta si hay un prisionero en Zenda, puedes contestar que sí, pero si te preguntan quién es cállate. Todas mis promesas no podrían salvarte la vida si alguien llegase a saber que el Rey está en el castillo. ¡Yo mismo te mataría como un perro si la verdad se sospechase siquiera en esta casa!
Cuando hubo salido miré a Sarto.
—¡Difícil empresa, amigo!—le dije.
—Tanto—respondió moviendo pensativamente la encanecida cabeza,—que según toda probabilidad dentro de un año seguirá usted siendo Rey de Ruritania. Y dicho esto desahogó su cólera lanzando una sarta de maldiciones contra Miguel el Negro.
—Mi opinión es—dije reclinándome en las almohadas,—que sólo tenemos dos medios de sacar al Rey vivo de Zenda. El uno es lograr que los amigos del Duque le hagan traición...
—Prescinda usted de ese medio—dijo Sarto.—Veamos el otro.
—¡Pues el otro—dije,—es ni más ni menos que un milagro del Cielo!
rondando el castillo
Grande hubiera sido la sorpresa del buen pueblo ruritano si hubiera podido oir la conversación que acabo de transcribir, porque según las noticias oficiales yo me había herido con un venablo durante una cacería. Por orden mía el primer boletín oficial hizo constar que la herida era algo grave, lo cual ocasionó viva sensación en Estrelsau y produjo el triple resultado siguiente, que yo estaba lejos de esperar: primero, ofendí gravemente a los médicos de la Corte, prohibiéndoles que vinieran a mi lado a excepción de un joven cirujano amigo de Tarlein, en quien podíamos confiar; segundo, el general Estrakenz mandó a decirme que, a pesar de sus órdenes y las mías, la Princesa se disponía a salir para Tarlein, escoltada por él (noticia que a pesar de lo alarmante que era me llenó de alegría y orgullo); y tercero, que mi buen hermano el Duque, perfectamente enterado de la procedencia de mi herida, creyó que mi estado era grave y aun que se hallaba en peligro mi vida.
Esto último lo supe por Juan, en quien tuve que confiar, mandándole volver a Zenda, donde Ruperto Henzar le hizo dar de latigazos por el crimen de haber pasado toda una noche fuera del castillo, engatusado por alguna mozuela del pueblo. Aquel castigo aumentó el odio de Juan hacia Henzar y el Duque, y me respondió de su auxilio y lealtad más que cuanto hubieran podido hacerlo todas mis ofertas y promesas.
Poco diré de la llegada de Flavia. Es aquél un recuerdo que no puedo renovar sin dolor. Nunca olvidaré su alegría al verme casi restablecido y no moribundo como temía; y sus quejas y reproches por no haber confiado en ella y díchole la verdad, justifican en parte los medios de que me valí para aplacarla. Su presencia fue para mí en aquellas circunstancias lo que la vista del cielo para el condenado réprobo, y tanto más dulce porque yo sabía la suerte casi inevitable que me hubiera impedido volver a verla sin aquella su última visita. Dos días pasé con ella en completa inacción, al cabo de los cuales el duque de Estrelsau tuvo a bien anunciar que me había preparado una partida de caza.
Se acercaba el momento decisivo. Sarto y yo habíamos acordado, tras ansiosas conferencias, arriesgar el golpe; afirmándonos en esta resolución las malas noticias que Juan nos daba sobre la salud del Rey, que palidecía y se debilitaba con aquel prolongado encierro. En mi opinión, Rey o no, la muerte instantánea recibida de un balazo o una estocada, era preferible mil veces a la lenta agonía que esperaba al joven Soberano en su calabozo. Desde este punto de vista, importaba obrar prontamente a favor del Rey; pero no menos interesado estaba yo en ello por cuenta propia. Estrakenz insistía en la necesidad de mi inmediato matrimonio, al cual me impulsaban también mis deseos, hasta el punto de hacerme vacilar en la senda del deber. No me creía capaz de faltar a éste, pero sí podía ocurrírseme huir, abandonar el país, lo cual hubiera significado la ruina de los Elsberg. Es más: como no soy santo (dígalo mi cuñadita), podría llegar un momento de ofuscación que me hiciera cometer una falta irreparable.
Jamás había ocurrido caso semejante en la historia de ningún pueblo. El hermano del Rey y el que personificaba a éste en el trono, empeñados en una guerra a muerte, disputándose la persona del verdadero Rey, sin que el país se diera cuenta de ello, en medio de la más profunda paz y a las puertas de una población tranquila y confiada. Y, sin embargo, tal era en aquellos momentos la situación entre el castillo de Zenda y la morada de los Tarlein. Cuando recuerdo ahora aquella época me pregunto si estuve loco. Sarto me ha dicho después que por entonces yo no admitía intervención alguna ni aceptaba consejos de nadie; que me conduje como Rey absoluto de Ruritania. Por ninguna parte veía solución que pudiera hacerme atractiva la vida, y por lo mismo la arriesgue de la manera más temeraria. Al principio trataron de protegerme, quisieron evitar que me expusiese al peligro; pero, cuando comprendieron que mi resolución era inquebrantable, se dijeron, dándose o no cuenta de la verdad, que el único medio era fiarlo todo a la suerte y dejarme llevar adelante, a mi manera, la lucha mortal emprendida contra Miguel.
A la noche siguiente dejé muy tarde la mesa en que acababa de comer en compañía de Flavia y la conduje hasta la puerta de sus habitaciones. Allí besé su mano y me despedí de ella deseándole tranquilo reposo. Inmediatamente cambié de traje y salí. Sarto y Tarlein me esperaban con tres hombres y los caballos. Sarto llevaba consigo una larga cuerda, y ambos iban bien armados. Cuanto a mí, sólo tenía una pequeña maza y un agudo puñal. Dimos un largo rodeo para no cruzar el pueblo, y al cabo de una hora subíamos la cuesta que conducía al castillo de Zenda. Era la noche obscura y tormentosa; el viento soplaba con furia, agitando los árboles, y llovía a cántaros. Llegados a un bosquecillo no muy distante de la fortaleza, dispuse que nuestros tres acompañantes se quedasen allí con los caballos. Sarto tenía un silbato con el cual podía llamarlos en mi auxilio; pero hasta aquel momento nadie nos había visto ni aparecía señal de peligro. Yo tenía la esperanza de que Miguel siguiera desprevenido, creyéndome postrado todavía en el lecho. Llegamos sin tropiezo a la cumbre y a la orilla del cenagoso foso. Sarto, sin perder momento, ató la cuerda al tronco de un árbol inmediato al foso. Yo me quité las botas, tomé un trago de licor, estreché las manos de mis dos amigos sin hacer caso de la mirada suplicante de Tarlein, y después de asegurarme de que el puñal salía fácilmente de la vaina, así la maza con los dientes y me aproximé al foso. Iba a inspeccionar la «Escala de Jacob.»
Con ayuda de la cuerda me deslicé suavemente en el agua, nada fría, porque el día había sido muy caluroso. Crucé a nado el foso y seguí nadando junto a los altos muros de la fortaleza, sin ver a más de tres varas de distancia y con muy buenas esperanzas de no ser descubierto. En la parte nueva del castillo se veían algunas luces, y oí también risas y cantos, pareciéndome distinguir entre las voces la de Ruperto Henzar, a quien me figuré excitado por el vino. Descansé un momento, y orientándome pensé que si la descripción hecha por Juan era exacta, debía hallarme en aquel momento al pie de la ventana que buscaba. Volví a nadar lentamente, y a tres pasos vi una sombra; era el enorme cilindro que saliendo de la ventana llegaba a flor de agua. Su diámetro era, aproximadamente, doble que el cuerpo de un hombre. Iba a acercarme más, cuando divisé al otro lado del tubo la proa de un bote. Mi corazón latió con violencia y permanecí inmóvil. Escuchando atentamente, oí en el bote un rumor como el de una persona que cambiase de posición. ¿Quién era aquel hombre encargado de guardar la invención diabólica de Miguel? ¿Estaba despierto o dormido? Llevé maquinalmente la mano al puño de mi daga, y al propio tiempo noté con alegría que hacía pie. Los cimientos del castillo proyectaban hacia el foso formando un reborde de unas quince pulgadas, sobre el cual posé ambos pies con agua hasta el pecho. Después me incliné y miré por debajo del tubo.
En el bote vi a un hombre y a su lado brillaba el cañón de un fusil. ¡Era el centinela! Permanecía inmóvil, y a poco pude oir su respiración, fuerte y acompasada. ¡Dormía! Arrodillándome sobre el reborde, adelanté el cuerpo por debajo del tubo hasta poner mi rostro a media vara del suyo. Era Máximo Holf, un hombrachón, hermano de Juan. Deslicé la mano hasta el cinto y saqué el puñal. El recuerdo de aquel momento es el que más me remuerde en mi vida, y no quiero ni pensar si fue aquél un acto varonil o una traición. Lo único que me dije fue: «Es esta una guerra a muerte, y de mí depende la vida del Rey.» Llegué junto al bote, respirando apenas, fijé los ojos en el punto donde quería descargar el golpe y alcé el brazo armado. El centinela hizo un movimiento y abrió los ojos; los abrió desmesuradamente, mirándome con expresión de terror intenso, y empuñó el fusil. Descargué el golpe. Y desde la orilla opuesta oí el coro de una canción de amor.
Dejando a mi víctima en el bote, me volví hacia la «Escala de Jacob.» Tenía poco tiempo disponible. Además, de un momento a otro podían venir a relevar al centinela. Inclinándome sobre el tubo, lo examiné desde el punto en que proyectaba del agua hasta su extremidad superior, que parecía hundirse en el macizo muro. No presentaba la menor solución de continuidad; pero mi corazón latió precipitadamente al notar que por su parte superior, donde entraba en el hueco del muro, se deslizaba un tenue rayo de luz. ¡Aquella luz procedía de la celda del Rey! Apoyé el hombro contra el tubo, y el intersticio por donde salía la luz se ensanchó perceptiblemente, algunas líneas. Desistí en seguida; aquella prueba me bastaba para convencerme de que el tubo no estaba sólidamente adherido al muro por su parte superior.
Entonces oí una voz brusca, que decía:
—Y ahora, si Vuestra Majestad no desea mi compañía por más largo tiempo, le dejaré descansar. Pero antes tengo que asegurarle las muñecas con este precioso par de brazaletes...—¡Era Dechard, cuyo acento inglés reconocí al instante!
—¿Desea Vuestra Majestad darme alguna orden antes de separarnos?
Entonces la voz del Rey, cavernosa y débil, muy distinta de aquella otra tan alegre que había oído en el bosque de Zenda, contestó:
—Ruegue usted a mi hermano que me mate, que abrevie esta muerte lenta.
—El Duque no desea la muerte de Vuestra Majestad—replicó burlonamente Dechard;—a lo menos... por ahora. Si llega el momento, allí está el camino que lleva derecho a la gloria.
—Está bien—dijo el Rey.—Y ahora, si sus instrucciones se lo permiten, déjeme usted solo.
—¡Buenas noches y gratos sueños!—exclamó el rufián.
La luz desapareció y oí el ruido de los cerrojos y después los sollozos del Rey. Se creía solo. ¿Quién podía oirle y mofarse de su llanto?
No me atreví a hablarle. Podía escapársele una exclamación de sorpresa que nos vendiera. Nada me quedaba por hacer aquella noche sino ponerme en salvo y ocultar el cadáver del centinela, cuyo hallazgo en aquellas circunstancias hubiera puesto en guardia a mis enemigos. Desaté el bote y subí a él. El viento soplaba con violencia y nadie podía oir el ruido de los remos. Me dirigí rápidamente al punto donde me esperaba Sarto, y en el momento de tocar la orilla oí un penetrante silbido detrás de mí, al lado opuesto del foso.
—¡Eh, Máximo!—gritó una voz.
Llamé a Sarto por lo bajo, cayó la cuerda en el bote y con ella até el cadáver. Después salté a la orilla.
—Silbe usted también—ordené a Sarto,—para llamar a nuestra gente y entretanto icemos el cuerpo que ahí traigo. No hablemos ahora.
Llegaron nuestros hombres y apenas tuvimos el cadáver de Máximo en tierra, vimos a tres jinetes que saliendo del otro lado del castillo, se dirigían hacia nosotros, aunque no podían vernos todavía, porque estábamos a pie.
—¡Obscura está la maldita noche!—exclamó una voz penetrante.
Era Ruperto Henzar, que un momento después se halló frente a mis compañeros. Inmediatamente sonaron varios tiros y me adelanté seguido de Sarto y Tarlein.
—¡Mata, mata!—aullaba Ruperto, y un gemido me anunció que el bribón daba el ejemplo a su gente.
—¡Estoy perdido, Ruperto!—exclamó al caer uno de los que le seguían.—Son tres contra uno. ¡Sálvate!
Me precipité hacia Ruperto, empuñando la maza, y le vi inclinarse sobre su caballo.
—¿Te han despachado también a ti, Crastein?—gritó.—No obtuvo respuesta. Di un salto y así las riendas del caballo.
—¡Por fin!—exclamé.
Creía tenerlo seguro. Mis amigos le rodeaban y no parecía quedarle otro recurso que rendirse o morir.
—¡Por fin!—repetí.
—¡Calla! ¡es el cómico!—exclamó,—y de un poderoso tajo cortó mi maza en dos. Preferí la huida a la muerte y (me avergüenzo de confesarlo) eché a correr. Aquel Ruperto Henzar era un verdadero demonio. Le vi lanzarse a escape y arrojarse al agua con su caballo, entre una granizada de balas. La profunda obscuridad que reinaba le salvó la vida. Ganó la orilla opuesta del foso y desapareció.
—¡El diablo le lleve!—exclamó Sarto.
—Lástima que sea tan gran bribón. ¿Quiénes han caído?
—Laugrán y Crastein.
Allí estaban sus ensangrentados cadáveres, que arrojamos al foso junto con el de Máximo, pues ya era inútil ocultarlo. Montamos a caballo y bajamos la cuesta, llevándonos el cuerpo de uno de nuestros amigos cuya muerte lamenté profundamente.
También me inquietaba más que nunca la suerte del Rey y me dolía verme burlado una vez más por Ruperto Henzar, que además de escaparse me había llamado cómico.
tentación
Ruritania no es Inglaterra, pues de lo contrario, la lucha empeñada entre el duque Miguel y yo, con todos los notables incidentes que la caracterizaban, no hubiera podido proseguir sin llamar vivamente la atención pública. Los duelos entre personas de las clases más elevadas, era cosa frecuente y ocasionaban feudos y reyertas en los que participaban también los amigos y servidores de los principales contendientes. Sin embargo, después del encuentro que dejo reseñado, circularon rumores tales, que me impusieron la mayor prudencia. Era imposible ocultar a los parientes de las víctimas la muerte de sus deudos. Di, pues, un severo edicto contra el duelo, redactado en los términos más enérgicos por el gran Canciller, en el cual se decía que habiendo tomado aquella práctica proporciones inusitadas, quedaba prohibida bajo rigurosas penas, a excepción de ciertos casos contados y gravísimos. Envié un mensaje de pésame al Duque y recibí de él cortés y amistosa respuesta; porque es de notar que ni él ni yo podíamos jugar a cartas vistas y que a pesar de nuestros odios nos importaba fingir una concordia que hasta entonces había engañado al público.
Lo peor era que el disimulo me imponía nuevas dilaciones, y entretanto podía morir el Rey o podían transportarlo a otra prisión desconocida para mí. Durante aquella tregua tuve el consuelo de ver que Flavia aprobaba cordialmente mi edicto contra el duelo, si bien me rogó que lo prohibiese en absoluto.
—Lo haré después de nuestra boda—le dije sonriéndome.
Uno de los más curiosos resultados de la tregua y del derecho que la dictó, fue la conversión de la villa de Zenda, en una especie de zona neutral en la que ambos bandos podían encontrarse sin peligro durante el día; de noche no hubiera yo fiado gran cosa en su protección. Por entonces tuve también un encuentro que aunque chistoso, no dejó de preocuparme bastante. Cabalgando un día entre Flavia y Sarto, vimos acercarse un coche descubierto tirado por dos caballos, en el cual iba un pomposo personaje que echó pie a tierra y me saludó profundamente. Entonces reconocí al jefe de policía de la capital.
—Puedo asegurar a Vuestra Majestad—me dijo,—que estoy haciendo cumplir al pie de la letra las órdenes dictadas contra el duelo.
Y temiéndome yo que su presencia en Zenda tuviese por objeto seguir dando allí pruebas de igual celo que en Estrelsau, resolví impedírselo cuanto antes.
—¿Es ese el motivo de su venida a Zenda, señor prefecto?—le pregunté.
—¡Oh, no, señor! Me trae el deseo de complacer al Embajador inglés...
—¿De qué se trata—dije aparentando indiferencia.
—Parece que un joven compatriota del señor Embajador, miembro de distinguida familia, ha desaparecido. Ni amigos ni parientes han tenido la menor noticia suya desde hace dos meses, y hay motivos para creer que ha estado en Zenda. Flavia dedicaba escasa atención a las palabras del prefecto. Por mi parte no me atrevía a mirar a Sarto.
—¿Qué motivos son esos?
—Un amigo suyo que reside en París, el señor Federly, ha dado informes que hacen creer en su presencia aquí, y los empleados del ferrocarril recuerdan haber visto el nombre del viajero en su equipaje.
—¿Y ese nombre?
—Raséndil, señor.
En la manera de decirlo comprendí que el tal nombre nada significaba para él. Dirigió luego una rápida mirada a Flavia y prosiguió, bajando la voz:
—Se cree que ha venido en seguimiento de una mujer. ¿Ha oído hablar Vuestra Majestad de cierta señora de Maubán?
—Sí—dije mirando involuntariamente hacia el castillo.—Esa dama llegó a Ruritania al mismo tiempo que el Raséndil de quien habla usted.
El prefecto me miró fijamente, como interrogándome.
—Sarto—dije,—tengo que hablar un momento a solas con el prefecto. Escolte usted a la Princesa. Veamos, señor prefecto; ¿qué quiere usted decir?—pregunté.
Se me acercó y me incliné hacia él.
—¿Y si el joven ese hubiera estado enamorado de la dama?—murmuró.—Nada se ha sabido de él en los dos meses—y a su vez el prefecto dirigió una mirada al castillo.
—Sí, la señora de Maubán está allí—dije con toda calma.—Pero no creo que Raséndil... ¿es ese el nombre?
—El Duque no tolera rivales—murmuró.
—Tiene usted razón—repuse con absoluta sinceridad.—Pero la suposición esa implica un grave cargo.
Iba el prefecto a excusarse, pero sin darle tiempo le dije casi al oído:
—El asunto es serio. Vuelva usted a Estrelsau...
—Pero, señor, tengo y sigo aquí una pista que...
—Vuelva usted a Estrelsau—repetí.—Diga al embajador que ha descubierto una pista, pero que necesita una o dos semanas para seguirla con éxito. Y entretanto yo mismo me encargaré de investigar el asunto.
—El embajador se muestra muy apremiante, señor.
—Cálmelo usted. Es evidente que si las sospechas de usted son fundadas, hay que proceder con la mayor prudencia. Nada de escándalo. Regrese usted esta misma noche.
Prometió hacerlo así y me reuní con mi comitiva, algo más tranquilo. Importaba evitar toda investigación de mi paradero por una o dos semanas, y el prefecto había andado muy cerca de descubrir la verdad. Algún día podrían ser útiles sus sospechas, pero por lo pronto sólo significaban un grave peligro para el Rey. Maldije a Federly de todo corazón por no haber sabido refrenar la lengua.
—¿Y bien?—preguntó Flavia.—¿Ha terminado la conferencia?
—De la manera más satisfactoria—contesté.—Volvamos atrás; estamos casi en tierras del Duque.
Habíamos llegado al extremo del pueblo, y al pie mismo de la colina donde empezaba el pendiente camino del castillo. Admirando estábamos la solidez de sus altas murallas, cuando vimos salir de ella numerosas personas que lentamente empezaron el descenso de la cuesta.
—Retirémonos—dijo Sarto.
—No, preferiría permanecer aquí—fue la opinión de Flavia.
Puse mi caballo junto al suyo y esperamos la aproximación del cortejo. Venían en primer término dos sirvientes a caballo, con negras libreas galoneadas de plata. Seguíanlos un coche fúnebre tirado por cuatro caballos, y en él un féretro cubierto con negros crespones. Detrás iba un jinete enlutado y sombrero en mano. Sarto se descubrió a su vez y Flavia dijo, posando su mano sobre mi brazo:
—Es uno de los caballeros muertos en la última reyerta, ¿verdad?
—Vé a preguntar de quién es el cadáver que escoltan—dije a uno de mis lacayos.
Acercóse a los sirvientes que iban delante del féretro, quienes lo dirigieron al enlutado caballero.
—Es Ruperto Henzar—murmuró Sarto.
Era él, en efecto, y no tardó en adelantarse al trote, ordenando al cortejo que se detuviera en el camino. Me saludó con profundo respeto, pero la triste expresión de su semblante desapareció en una sonrisa al ver que Sarto llevaba la mano al pecho. También me sonreí yo, adivinando tan bien como Ruperto lo que el veterano ocultaba en el bolsillo del pecho.
—Vuestra Majestad pregunta de quién son los restos que escoltamos. Son los de mi querido amigo Alberto de Laugrán.
—Nadie deplora más que yo su desgraciada muerte—dije,—y lo prueba el edicto que evitará la repetición de esos encuentros.
—¡Pobre señor de Laugrán!—exclamó Flavia con dulzura.
Ruperto le lanzó una mirada que me exasperó, porque con ella supo expresar aquel libertino toda la admiración que le inspiraba la Princesa.
—Vuestra Majestad es siempre bondadoso—continuó.—Por mi parte, a la vez que siento la muerte de mi amigo, no olvido que esa es la ley común y que muy pronto les tocará a otros el turno.
—Reflexión que a todos nos importa tener presente—dije.
—Aun a los Reyes—insistió el truhán con cómica unción, haciendo soltar al viejo Sarto media docena de reniegos entre dientes.
—Muy cierto es eso—repuse.—¿Qué noticias me da usted de mi hermano?
—Ha mejorado mucho, señor.
—De lo cual me alegro.
—Y espera ir a Estrelsau tan luego esté completamente restablecido.
—¿Es decir que sólo se halla convaleciente?
—Le quedan dos o tres molestias pasajeras de las que espera librarse muy pronto.
—Sírvase usted expresarle—dijo Flavia,—mi vivo deseo de que esas molestias desaparezcan en breve.
—El deseo de Vuestra Alteza es también el muy humilde mío—replicó Roberto Henzar, mirándola con insistencia y expresión tales, que el rubor coloreó el rostro de la joven.
Me incliné y Ruperto, saludando profundamente, ordenó a sus servidores que continuasen su camino. Súbito impulso me obligó a seguirle, y al oir él las pisadas de mi caballo se volvió en la silla rápidamente, como temeroso de que ni la presencia de la Princesa pudiera contenerme.
—La otra noche peleó usted como un valiente—le dije en voz baja.—Decídase usted, joven; entregúeme a su prisionero y le respondo de que no ha de pesarle.
Me miró con burlona sonrisa, pero de repente se me acercó y dijo:
—Estoy desarmado y el amigo Sarto podría despacharme de un balazo con la mayor facilidad.
—Nada tema—le dije.
—Demasiado lo sé, por desgracia—replicó.—Oiga usted. Tiempo atrás le hice una oferta en nombre del Duque...
—¡No quiero mensajes de parte de Miguel el Negro!—exclamé.
—Pues entonces oiga usted el plan que le propongo por mi cuenta. Ordene un ataque decisivo contra el castillo, encomendando la dirección del asalto a Tarlein y al viejo coronel...
—¡Adelante!
—Pero diciéndome de antemano la hora exacta del ataque.
—Eso es. ¡Me infunde usted tanta confianza!
—¡Bah! Sarto y Tarlein caerán en la refriega, como caerá también el Duque.
—¡Hola!
—Sí, Miguel el Negro, como un miserable que es. Cuanto al Rey, tomará el camino del infierno por la «Escala de Jacob.» ¡Ah! ¿También sabe usted eso? Y quedarán sólo dos hombres cara a cara: Ruperto Henzar y usted, rey de Ruritania.
Se detuvo un momento, y con voz que la emoción agitaba, continuó:
—¿No es una jugada soberbia? Pues, ¿y la apuesta? Para usted el trono y la beldad que desde allí nos mira; para mí una recompensa suficiente y... la gratitud del Rey.
—Es usted el mismo demonio, señor de Henzar—le dije.
—Bueno, usted piénselo y tenga en cuenta también que no deja de costarme duro esfuerzo eso de ceder así tan fácilmente la muchacha aquella—y su insolente mirada volvió a fijarse en Flavia.
—¡Póngase usted fuera de mi alcance!—exclamé; sin embargo, un momento después la audacia misma de aquel malvado me hizo reír.
—¿Es decir, que usted haría traición al Duque?—pregunté.
Por toda respuesta aplicó a Miguel un epíteto que no merecía, pues era el Duque hijo de una unión legal, aunque morganática, y añadió en tono confidencial:
—Me estorba. ¿Comprende usted? Es un bruto celoso. Anoche mismo me interrumpió tan inoportunamente que estuve a punto de clavarle un puñal.
Aquellos detalles me interesaban vivamente.
—¿Una mujer?—pregunté.
—Sí, y preciosa. Usted la ha visto.
—¡Ah! La del cenador, la noche aquella en que tres amigos de usted se estrellaron contra una mesita de hierro...
—¿Qué otra cosa puede esperarse de gaznápiros como Dechard y De Gautet? ¡Ojalá hubiera estado yo allí!
—¿Y el Duque se mezcla en el asunto?
—No es eso precisamente. Quien quiere mezclarse soy yo.
—¿Y ella prefiere al Duque?
—¡Sí, la tonta! Pues bien, ya conoce usted mi plan, y piénselo—dijo; e inclinándose, espoleó su caballo y partió en seguimiento del fúnebre cortejo.
Volví adonde me esperaban Flavia y Sarto, pensando en el extraño carácter de aquel desalmado, cuyo igual no he vuelto a ver en mi vida.
—¡Qué arrogante tipo!—fue el comentario de Flavia, que, mujer al fin, no se había ofendido con las expresivas ojeadas de Ruperto Henzar.—¡Y cómo parece sentir la muerte de su amigo!—prosiguió.
—Más le valdría pensar en la suya propia que no anda lejos—dijo Sarto bruscamente.—Por mi parte me sentía descontento e irritado al pensar que en realidad yo no tenía más derecho al amor de la Princesa que el insolente Henzar. Seguí silencioso a su lado hasta que, cerca ya de Tarlein y habiendo anochecido, dejó Sarto que nos adelantásemos un tanto, quedándose él atrás para impedir todo súbito ataque de nuestros enemigos. Entonces Flavia me dijo con su voz dulcísima:
—Sonríete, Rodolfo, si no quieres verme llorar. ¿Estás enojado?
—¡Oh, no! La culpa la tiene ese malvado Henzar.
Lo cual no impidió que ambos llegásemos sonrientes a las puertas de Tarlein, donde me entregaron una carta llevada para mí, según dijeron los sirvientes, por un joven desconocido. Abrí el sobre y leí:
«Juan se encarga de llevar estas líneas a su destino. Soy la que le envió a usted otro aviso en ocasión anterior. ¡Hoy le pido en nombre de Dios, que me libre de esta guarida de asesinos!—A. de M.»
Entregué la esquela a Sarto, en quien no hizo mella la súplica lastimera de la dama, limitándose a decir:
—Suya es la culpa. ¿Quién la llevó al castillo?
Sin embargo, no considerándome yo enteramente irresponsable de lo ocurrido, resolví compadecerme de Antonieta de Maubán.
un plan desesperado
Desde el día en que recorrí a caballo las calles de Zenda y hablé en público con Ruperto Henzar, me fue forzoso prescindir de todo pretexto de enfermedad. El efecto de mi presencia se notó desde luego en la guarnición de Zenda, cuyos oficiales y soldados desaparecieron de la población y sus cercanías para encerrarse en el castillo, donde reinaba la más perfecta vigilancia, como pudieron observarlo mis amigos en sus exploraciones. No veía medio practicable de socorrer al Rey y a la señora de Maubán. El Duque me retaba sin disimulo. Se había mostrado fuera del castillo, no tomándose siquiera la molestia de explicar o excusar su ausencia. El tiempo apremiaba. Por una parte me preocupaban los rumores e investigaciones de que he dado cuenta, con motivo de la desaparición de Raséndil; y por otra, sabía que mi ausencia de la capital ocasionaba vivo descontento. Mayor hubiera sido éste sin la presencia de Flavia a mi lado y sólo por esta razón le permitía yo seguir en Zenda, rodeada de peligros y aumentando con sus encantos la pasión que me dominaba. Como si esto no bastase, mis celosos consejeros, el Canciller y el general Estrakenz se presentaron en Zenda, instándome a que designase día para la solemnización de mis esponsales, ceremonia que en Ruritania es casi tan obligatoria y sagrada como el matrimonio mismo. Tuve que hacer lo que me pedían, con Flavia sentada a mi lado oyéndolo todo, y les anuncié que el acto se celebraría quince días después, en la catedral de Estrelsau. La noticia fue recibida con extraordinarias manifestaciones de aprobación y alegría en todo el Reino, y supongo que sólo dos hombres la deploraron: el Duque y yo. Cuanto al Rey, lo único que me atreví a esperar fue que no llegase a sus oídos.
Juan volvió a salir ocultamente del castillo tres días después, a riesgo de su vida pero impulsado por la codicia. Nos dijo que cuando el Duque supo la noticia de la próxima ceremonia se puso furioso; que su exasperación aumentó al declarar Ruperto que yo era muy capaz de casarme con la Princesa y que así lo haría indudablemente; y que Ruperto acabó felicitando a la señora de Maubán, allí presente, porque pronto se vería libre de Flavia, su rival. El Duque echó mano a la espada, sin que al joven noble pareciese importarle un bledo la cólera de su señor, a quien felicitó también por haber proporcionado a Ruritania un Rey como no lo había tenido en muchos años. «Y lo que es la Princesa, terminó diciendo Henzar (según el relato de Juan), tampoco puede quejarse porque el diablo le manda novio más galán que el que le había deparado el Cielo.» El Duque le mandó retirarse de su presencia, pero Henzar no obedeció hasta haber obtenido de la dama el permiso de besar su mano, como lo hizo rendidamente ante las miradas furiosas de Miguel.
Noticia de más importancia para mí fue la que también nos dio Juan sobre la grave enfermedad del Rey. Juan le había visto, demacrado y débil; su estado llegó a ser tan alarmante que el Duque llamó al castillo a un médico de Estrelsau, el cual examinó al Rey, salió del calabozo pálido y temblando y rogó a Miguel que le permitiese volver a la capital y no mezclarse más en el asunto; pero Miguel se lo prohibió, anunciándole que quedaba preso con el Rey y que respondía de la vida de éste hasta el día en que el Duque quisiera quitársela. A instancias del médico permitió que la señora de Maubán visitase al Rey, a quien prestó solícitos cuidados. La vida del monarca se hallaba, pues, en peligro inminente, a la vez que yo seguía sano y vigoroso; contraste que exasperó a los moradores del castillo ocasionando continuos disgustos y reyertas. Sólo Ruperto Henzar continuaba tan contento como siempre, y según decía Juan, riéndose a carcajadas porque el Duque ponía siempre de guardia a Dechard cuando la señora de Maubán se hallaba en la celda del Rey; precaución no del todo inútil por parte de mi prudente hermano.
Tal fue el relato de Juan, que le valió buena recompensa; y aunque me pidió que le permitiese quedarse en Tarlein, conseguí que regresase al castillo, donde lo necesitaba mucho más, encargándole anunciase a la señora de Maubán que estaba procurando auxiliarla y que ella dijese al Rey en mi nombre algunas frases de esperanza y de consuelo.
—¿Cómo vigilan ahora al Rey?—pregunté, recordando que dos de los Seis habían muerto y que igual suerte había cabido a Máximo Holf.
—Dechard y Bersonín están de guardia por la noche y Ruperto Henzar y De Gautet, de día—contestó Juan.
—¿No más que dos a la vez?
—Pero el resto de la guardia está en el primer piso, precisamente sobre la prisión del Rey, y allí puede oirse todo grito o señal dados desde abajo.
—¿Sobre la prisión del Rey? No sabía yo eso. ¿Existe alguna comunicación directa entre el calabozo y la sala de guardia?
—No, señor. Hay que bajar algunos escalones, cruzar el puente levadizo y desde allí bajar al encierro del Rey.
—¿Está cerrada la puerta que lleva al puente?
—Sólo los cuatro caballeros tienen la llave.
—¿Y también la de la reja de entrada a la prisión?—pregunté acercándome a Juan.
—Creo que esa únicamente la tienen Dechard y Henzar.
—¿Dónde habita el Duque?
—En la parte nueva del castillo, en el primer piso. Sus habitaciones quedan a la derecha del puente levadizo.
—¿Y la señora de Maubán?
—A la izquierda. Pero cuando se retira cierran la puerta por fuera.
—¿Para impedir que huya?
—Sin duda, señor.
—¿Y quizás también por otra razón?
—Es posible.
—¿Supongo que el Duque se reserva esa llave?
—Sí, señor. Y también la del puente, después de alzarlo, y nadie puede cruzar el foso por él sin que lo sepa y lo permita el Duque.
—¿Y tú, dónde duermes?
—En el cuarto que hay a la entrada del castillo nuevo, con otros cinco criados.
—¿Armados?
—Con picas, porque el Duque no quiere confiarles armas de fuego.
Aquellos informes me decidieron por fin y formé resueltamente un nuevo plan de ataque. Había fracasado cuando lo emprendí por la «Escala de Jacob,» y me dije que fracasaría también intentándolo contra el cuerpo de guardia. Resolví, pues, dirigirlo contra el lado opuesto del castillo.
—Te he prometido diez mil pesos—dije a Juan.—Te daré veinticinco mil si mañana por la noche haces lo que yo te diga. Pero ante todo ¿saben esos criados quién es el prisionero?
—No, señor; creen que es un caballero enemigo del Duque.
—¿Y no dudarán que yo soy el Rey?
—¿Cómo han de dudarlo, señor?
—Pues escucha, Juan: mañana, a las dos en punto de la madrugada, abre de par en par la puerta principal del castillo nuevo, la que da al frente ¿entiendes bien?
—¿Estará usted allí, señor?
—Nada de preguntas. Haz lo que te digo. Da cualquier excusa para salir de tu cuarto. Nada más exijo de ti.
—Y una vez abierta la puerta ¿puedo escaparme por ella?
—Sí, a todo correr. Toma esta esquela, que entregarás a la señora de Maubán. La he escrito en francés a propósito para que no puedas enterarte de ella. Y dile que si tiene en algo la vida de todos nosotros, no deje de hacer lo que en ella le indico.
Juan temblaba al oirme, pero no me quedaba elección posible y tuve que fiar en él. No me atreví a esperar más porque temí que el Rey muriese en su prisión.
Despedí a Juan y sólo entonces di cuenta de mi plan a Tarlein y Sarto. Este último manifestó su desaprobación desde luego.
—¿Por qué no espera usted?—me preguntó.
—Porque puede morir el Rey. Y si no muere puede llegar el día de los esponsales.
Sarto se mordió el blanco bigote, y Tarlein, poniéndome la mano sobre el hombro, exclamó:
—Dice usted bien. ¡Probemos!
—Con usted cuento, Tarlein—le dije.
—Corriente—contestó.—Pero lo que es usted, Raséndil, se queda aquí cuidando a la Princesa.
Los ojos de Sarto brillaron.
—¡Eso es, eso es!—exclamó.—Así burlaríamos los designios de Miguel cualquiera que fuese el resultado de nuestra empresa. Al paso que si usted tomase parte activa en ella y lo matasen, como matarían también al Rey ¿qué sería de todos nosotros?
—Servirían ustedes a la reina Flavia—repliqué,—y ojalá pudiese yo hacer otro tanto.
Siguió una pausa y después dijo el viejo Sarto, con expresión tan cómica, que Tarlein y yo nos echamos a reír:
—¿Por qué no se casaría el finado rey Rodolfo III con la bisabuela aquella de usted, Raséndil?
—Al grano, al grano—le dije.—Se trata del Rey actual.
—Es verdad—asintió Tarlein.
—Además—continué,—si he consentido ser impostor en beneficio del Rey, jamás lo seré en provecho propio. Y si el Rey no se halla vivo y en su trono antes del día fijado para la celebración de los esponsales, confesaré y proclamaré la verdad, sean cualesquiera las consecuencia.
—Irá usted con nosotros al ataque del castillo—dijo Sarto.
He aquí mi plan. Una numerosa fuerza mandada por Sarto se dirigiría sigilosamente a la puerta principal del castillo nuevo. Si se viese descubierta, la consigna sería matar a cuantos hallasen a su paso, empleando exclusivamente el arma blanca. Si no se presentase obstáculo imprevisto, Sarto y su gente se hallarían a la puerta al abrirla Juan. Suponiendo que su sola presencia y el nombre del Rey no bastasen para someter a los servidores del castillo, habría que apoderarse de ellos a la fuerza. Al mismo tiempo (y de esto dependía principalmente el buen éxito de mi plan) Antonieta de Maubán prorrumpiría en agudos gritos, pidiendo auxilio al Duque y alternando con el nombre de éste el de Ruperto Henzar. Mi esperanza estribaba en que el Duque saliese furioso de sus habitaciones, situadas al lado opuesto de las de Antonieta y cayese vivo en manos de Sarto. Continuarían los gritos, mi gente bajaría el puente levadizo y extraño sería que Ruperto, al oir su nombre a voces en tales circunstancias, no bajase de su cuarto y procurase cruzar el puente. Cuanto a De Gautet, su presencia dependía del azar.
Tan luego Ruperto pusiese el pie en el puente empezaría mi papel. Contaba yo tomar otro baño en el foso, llevando conmigo una pequeña escala que me serviría en primer lugar para esperar con relativa comodidad, poniendo la escala contra el muro y apoyando en ella manos y pies mientras estuviese en el agua. Llegada la hora, subiría por la escala al puente y de mí dependería que ni Henzar ni De Gautet lo cruzasen con vida. Muertos éstos quedarían tan sólo dos de los Seis, con los cuales esperaba acabar también a favor de la confusión y de una violenta acometida. Si ambos obedeciesen las órdenes recibidas del Duque, la vida del Rey dependería de la rapidez con que pudiésemos forzar la puerta exterior; y me felicito al pensar que Dechard y no Ruperto era el encargado de la guardia nocturna del Rey. Aunque Dechard tenía serenidad y valor, carecía del ímpetu y la osadía increíble de Henzar. También contaba yo con que, siendo Dechard el único entre ellos verdaderamente adicto al Duque, dejase solo a Bersonín guardando al Rey y se precipitase hacia el puente para tomar parte en la lucha al lado opuesto.
Tal era mi plan, verdaderamente desesperado. Para engañar al enemigo dispuse que aquella noche iluminasen vivamente todas las habitaciones de mi residencia, como si diera en ella una gran fiesta, congregando al efecto a muchos de nuestros amigos y mandando que la música tocase toda la noche. Estrakenz era uno de los que debían de hallarse allí, con encargo de hacer todo lo posible para que la Princesa no notase mi partida. Le ordené que si a la mañana siguiente no estuviésemos de regreso, se pusiese en marcha hacia el castillo con todas sus fuerzas y exigiese públicamente la entrega del Rey. Si Miguel el Negro no estuviese allí, el General llevaría a la Princesa a Estrelsau, para proclamar la traición de Miguel y la muerte probable del Rey, congregando en torno de Flavia a los mejores elementos del Reino. A decir verdad, esto era precisamente lo que yo esperaba que sucedería.
En mi opinión, ni al Rey, ni a Miguel ni a mí nos quedaba más que un día de vida. Me resignaba a morir, sobre todo si conmigo moría también Miguel el Negro y si por mi propia mano libraba a Ruritania de Ruperto Henzar, ya que no pudiese salvar la vida del Rey.
Nuestra conferencia terminó bastante tarde y pasé a las habitaciones de la Princesa. Se mostró algo pensativa, pero al despedirnos me abrazó cariñosamente, a la vez que deslizó una sortija en mi dedo. Usaba yo el anillo del Rey, pero tenía puesto también uno más pequeño, de oro liso, con la leyenda de las armas de mi familia:Nil Quæ Feci. Me lo quité y poniéndolo en el dedo de Flavia, le indiqué con un ademán que me permitiese retirarme. Comprendió, y apartándose un tanto me miró con los ojos llenos de lágrimas.
—Lleva puesto ese anillo aunque uses otro cuando seas Reina—le dije.
—Use o no otros, llevaré éste mientras viva y aun después de muerta—dijo besándolo.
a media noche
Llegó la noche hermosa y clara, aunque yo la hubiera preferido tan obscura y tormentosa como la que protegió mi primera expedición, pero la fortuna no quiso mostrárseme favorable. No obstante, contaba deslizarme lo más cerca posible al muro, para no ser visto desde las ventanas del castillo nuevo que daban a la parte del foso por donde me proponía escalar el puente. Por Juan supe que habían fijado sólidamente al muro la «Escala de Jacob,» de tal suerte, que sólo empleando substancias explosivas o atacándola a golpes de pico hubiera sido posible moverla de su sitio y el estrépito producido por tales medios hubiera advertido en seguida a los del castillo. Pero esa nueva precaución había de serme favorable, porque confiados en ella no vigilarían tanto el foso. Aun suponiendo que Juan me hiciese traición, ignoraba aquella parte de mi plan y sin duda esperaba verme atacar la puerta principal a la cabeza de mi gente. Allí—como le dije a Sarto,—estaba el verdadero peligro.
—Y allí—agregué,—se hallará usted. ¿Todavía no está usted satisfecho?
No, no lo estaba. Lo que él quería era acompañarme, a lo cual me negué terminantemente. Un hombre solo podía acercarse sin ser visto; con dos el riesgo hubiera sido mucho mayor, y cuando me dijo que mi vida era demasiado preciosa para arriesgarla solo, le mandé guardar silencio, asegurándole que si el Rey no escapase con vida aquella noche tampoco viviría yo.
La columna mandada por Sarto salió de Tarlein a media noche y tomó por la derecha un camino poco frecuentado que no pasaba por el pueblo de Zenda. Si no ocurría tropiezo alguno, la columna debía de hallarse frente al castillo a las dos menos cuarto, y tenía orden de dejar los caballos a buena distancia de la fortaleza, en un punto convenido de antemano, acercarse después cautelosamente a la entrada y esperar que Juan abriese la puerta. Si a las dos permaneciese cerrada, Sarto mandaría a Tarlein a reunirse conmigo al otro lado del castillo, y suponiendo que yo viviese todavía, decidiríamos entonces si convenía o no intentar un asalto decisivo. Si Tarlein no me hallase, él y Sarto deberían de regresar con su gente a Tarlein a toda prisa, llamar al General y con éste y todas las fuerzas disponibles atacar abiertamente el castillo. Mi ausencia significaría que yo había muerto y sabía que en tal caso el Rey no me sobreviviría cinco minutos.
Dejando por el momento a Sarto y su gente, referiré lo que hice por mi parte aquella memorable noche. Salí del palacio de Tarlein montando el mismo vigoroso caballo en que regresé del pabellón de caza a Estrelsau el día de la coronación. Iba armado con revólver y espada y envuelto en amplia capa, bajo la cual llevaba ceñido y abrigado traje de lana, gruesas medias y ligero calzado de lona, como lo requería mi plan. Había tomado la precaución de frotarme bien todo el cuerpo con aceite y de llevar conmigo un frasco de licor, para contrarrestar en lo posible los efectos de mi prolongada inmersión. También me enrollé a la cintura una cuerda delgada y sólida y no olvidé la escala. Salí después de Sarto y tomé el camino más corto de la izquierda, que a las doce y media me llevó al lindero del bosque. Até mi caballo en el centro de espeso grupo de árboles, dejando mi revólver en la pistolera porque me hubiera sido inútil, y escala en mano me dirigí a la orilla del foso, donde até sólidamente la cuerda a un árbol cercano y asiéndola me deslicé en el agua. El reloj de la torre dio la una cuando empecé a nadar lo más cerca posible al muro del castillo y empujando ante mí la escala. Llegado al cilindro por donde pensaban arrojar el cadáver del Rey, sentí bajo mis pies el reborde que allí formaban los cimientos; y haciendo pie me incliné bajo el enorme tubo, traté en vano de moverlo y esperé. Recuerdo que en aquellos momentos pareció disiparse toda mi ansiedad por el Rey y aun mi amor a Flavia, para no pensar más que en una cosa: el deseo vivísimo de fumar. Deseo que, como se comprenderá, me fue imposible satisfacer.
Apoyado de espaldas en el muro de la prisión del Rey, divisaba en lo alto a unas diez varas a mi derecha la armazón elegante y ligera del puente levadizo. Dos varas más acá y casi al mismo nivel del puente vi una ventana que, según los informes de Juan, pertenecía a la habitación del Duque. La ventana correspondiente al otro lado, era sin duda la de Antonieta. Temía vivamente que ésta olvidase mis instrucciones y el ataque nocturno de que debía de fingirse víctima a las dos en punto. Me reía al pensar en el papel que había destinado a Ruperto Henzar, pero tenía con éste una cuenta pendiente y todavía me dolía la puñalada que me había dado en el hombro a traición y con sin igual audacia, en presencia de todos mis amigos, en la terraza del palacio de Tarlein.
De repente se iluminó la habitación del Duque, cuyas mal cerradas persianas me permitieron ver en parte el interior de la misma, poniéndome de puntillas sobre la sumergida roca. Luego se abrieron las persianas por completo y distinguí el gracioso contorno de Antonieta de Maubán, destacándose con toda precisión en la viva luz del cuarto. Anhelaba decirle muy quedo: «¡Acuérdese usted!» pero no me atreví, y fue fortuna, porque muy pronto apareció a su lado un hombre, que trató de enlazar con su brazo el talle de la dama. Apartóse ésta rápidamente y oí la risa burlona de su compañero. Era Ruperto, que inclinándose hacia ella murmuró algunas palabras. Antonieta extendió la mano hacia el foso y dijo, con voz resuelta:
—¡Antes me arrojaría por esta ventana!
Ruperto se asomó y volviéndose después hacia ella, dijo:
—¡Vamos, Antonieta, usted se chancea! ¿Es posible? ¡Por Dios, qué dice usted!
No obtuvo respuesta, o por lo menos nada oí; Ruperto golpeó varias veces el repecho de la ventana y continuó:
—¡El diablo cargue con el Duque! ¿No le basta la Princesa? Y usted misma ¿qué atractivos halla en él?
—Si yo le repitiera lo que usted dice...
—Repítaselo usted en buena hora—dijo Ruperto con la mayor indiferencia;—y viendola desprevenida, se le acercó de un salto y la besó, echándose después a reír y exclamando:
—¡Ahora tiene usted algo más que contarle!
De haber tenido mi revólver, la tentación hubiera sido quizás demasiado fuerte, pero desarmado como estaba, agregué aquel nuevo desmán a la cuenta que tenía pendiente con Ruperto.
—Y eso que al Duque—continuó,—maldito lo que se le importa. Está loco por la Princesa y no habla más que de cortarle el pescuezo al coquillo.
Bueno era saberlo.
—Y si yo le hago ese servicio ¿sabe usted lo que me ofrece?
La pobre mujer elevó ambas manos sobre su cabeza, no sé si suplicante o desesperada.
—Pero no me gusta esperar—dijo Ruperto; y comprendí que iba a poner de nuevo sus manos sobre Antonieta, cuando oí el ruido que hacía una puerta al abrirse dentro de la habitación, y una voz que decía ásperamente:
—¿Qué hace usted aquí, señor mío?
Ruperto volvió la espalda a la ventana, saludó y dijo con su voz fuerte y alegre de siempre:
—Pues estoy tratando de excusar la ausencia de Vuestra Alteza. ¿Podía dejar sola a esta señora?
El Duque se adelantó, asió a Ruperto por el brazo y señalando la ventana, exclamó:
—¡En el foso hay lugar para otros además del Rey!
—¿Me amenaza Vuestra Alteza?—preguntó el joven.
—Una amenaza es más de lo que muchos obtienen de mí—replicó Miguel.
—Lo cual no impide que Raséndil, a pesar de tantas amenazas, siga vivo.
—¿Soy yo acaso responsable de las torpezas de los que me sirven?
—En cambio Vuestra Alteza no corre el riesgo de cometer torpezas—replicó Ruperto con sorna.
No podía decírsele más claro a Miguel que evitaba el peligro. Gran dominio debía de tener sobre sí mismo, porque le oí contestar con calma:
—¡Basta ya! No disputemos, Ruperto. ¿Están en sus puestos Dechard y Bersonín?
—Sí, señor.
—No le necesito a usted por ahora.
—No estoy fatigado...
—Sírvase usted dejarnos—ordenó impaciete Miguel.—Dentro de diez minutos quedará retirado el puente levadizo y supongo que no querrá usted regresar a nado a su cuarto.
Desapareció la silueta de Henzar y oí la puerta que se cerraba tras él. Antonieta y Miguel quedaron solos y noté con pesar que el último cerraba la ventana. Todavía los vi hablar unos momentos, Antonieta movió la cabeza negativamente y el Duque se apartó de ella con ademán impaciente. Perdí de vista a la dama, volví a oir la puerta que le daba paso y el Duque cerró las persianas.
—¡De Gautet! ¡Eh, De Gautet!—llamó una voz desde el puente.—¡Despacha, hombre, si no quieres tomar un baño antes de meterte en cama!
Era la voz de Ruperto y momentos después él y De Gautet dándose el brazo cruzaban el puente. Llegados al centro de éste, Ruperto detuvo a su compañero, se inclinó, mirando hacía el foso, y yo me oculté prontamente tras la «Escala de Jacob.»
Entonces Henzar se divirtió a su modo. Tomó de manos de su amigo una botella que éste llevaba, la aplicó a sus labios y arrojándola furioso al agua exclamó:
—¡Apenas una gota!
A juzgar por el sonido y por los círculos trazados en el agua, la botella cayó muy cerca del tubo que me ocultaba a menos de una vara. Y Ruperto, sacando el revólver, la convirtió en blanco de sus disparos. Los dos primeros no le acertaron, pero dieron en el tubo, y el tercero rompió la botella en mil pedazos. Supuse que con aquello se daría por satisfecho, pero siguió disparando contra el tubo hasta vaciar su arma, el último de cuyos proyectiles me rozó los cabellos.
—¡Ah del puente!—gritó una voz con gran regocijo mío.
—¡Un momento!—exclamaron Ruperto y De Gautet, echando a correr.
Retirado el puente, todo quedó tranquilo. El reloj dio la una y cuarto, y yo me desperecé, bostezando.
Habían transcurrido diez minutos, cuando oí un ligero ruido a mi derecha. Miré por encima del tubo y vi una sombra, la vaga silueta de un hombre, en la puerta que daba al puente. Reconocí la gallarda apostura de Ruperto. Tenía una espada en la mano y permaneció inmóvil algunos momentos. Me pregunté alarmado qué nueva maldad meditaba aquel bribón. Le oí reírse con sorna, como solía, y le vi volver de cara al muro, dar un paso hacia mí, y luego, con gran sorpresa por mi parte, empezó a bajar por al muro mismo. Comprendí que en éste había peldaños, ya cortados en la piedra, ya clavados de trecho en trecho entre los sillares. Ruperto, llegó por fin al último y poniendo su espada entre los dientes se deslizó en el agua sin hacer el menor ruido. Tratándose sólo de exponer mi vida, le hubiera salido al encuentro sin vacilación alguna; con verdadero placer hubiera saldado allí nuestras cuentas, cara a cara y espada en mano, sin testigos, en la soledad de aquella hermosa noche. Pero ¿qué sería entonces del Rey? Me dominé y seguí espiando sus movimientos con creciente interés.
Nadó pausadamente hasta llegar al lado opuesto; el muro tenía también allí peldaños, por los cuales subió hasta verse en la otra parte que también daba al puente, la cual abrió con una llave que le vi sacar del bolsillo. Después desapareció sin que la entornada o cerrada puerta hiciera el más pequeño ruido.
Abandonando mi escala, pues era evidente que ya no la necesitaba, nade hacia el puente, escalé la mitad del muro y allí me detuve, espada en mano, escuchando atentamente. La ventana del Duque estaba cerrada, y la habitación, al parecer en profunda obscuridad. En la de Antonieta había luz. Nada interrumpió el silencio de la noche, hasta que dio la una y media en el gran reloj de la torre.
Evidentemente no era yo el único que conspiraba aquella noche en el castillo.