V

aventuras de un suplente

Volví al andén seguido de cerca por Federico de Tarlein y el coronel Sarto, y lo primero que hice fue cerciorarme de que tenía el revólver a mano y de que mi espada salía fácilmente de la vaina. Me esperaba un alegre grupo de jefes militares y grandes dignatarios y al frente de ellos un anciano alto, de porte marcial y cubierto el pecho de cruces y medallas. Ostentaba la banda roja y amarilla de la Rosa de Ruritania que, dicho sea de paso, decoraba también mi indigno pecho.

—El general Estrakenz—murmuró Sarto, haciéndome saber así que me hallaba en presencia del más famoso veterano del ejército de Ruritania.

Detrás del General se hallaba un hombrecillo que vestía amplio ropaje rojo y negro.

—El Canciller del Reino—murmuró Sarto.

El General me saludó con algunas leales palabras y en seguida me presentó las excusas del duque de Estrelsau. Al parecer, éste era víctima de una indisposición súbita que le impedía venir a la estación, pero me rogaba que le permitiese esperarme en la catedral. Manifesté mi sentimiento, acepté bondadosamente las excusas del General y recibí los plácemes de muchos y muy distinguidos personajes. Ninguno manifestó la menor sospecha y sentí que iba recobrando la serenidad y que mi corazón latía menos apresuradamente. Pero Tarlein seguía pálido y noté que le temblaba la mano al dársela al General.

El cortejo formó frente a la estación, donde monté a caballo, teniéndome el estribo el anciano General. Los dignatarios civiles tomaron asiento en sus carruajes y comencé a recorrer las calles de Estrelsau, con Estrakenz a mi derecha y Sarto (que como mi primer ayudante tenía derecho a ello) a mi izquierda. La ciudad consta de una parte antigua y otra moderna. Anchas avenidas y barrios enteros de magníficos edificios rodean la primitiva ciudad, con sus calles estrechas, tortuosas y pintorescas. En los barrios modernos residen las clases acomodadas, y en el centro están situadas las tiendas y vive una población pobre, turbulenta y en parte criminal, que se oculta en sus obscuras callejuelas.

Aquellas divisiones sociales y locales correspondían, según los informes suministrados por Sarto, a otra distinción mucho más importante para mí. La Ciudad Nueva estaba toda por el Rey; para la Ciudad Vieja, Miguel de Estrelsau era una esperanza, un héroe y un ídolo.

Brillante era el golpe de vista al pasar la cabalgata por la Avenida Central y también en la gran plaza donde se alzaba el palacio regio. Allí me encontraba rodeado de mis más adictos partidarios. Todas las casas ostentaban rojas colgaduras y banderas; en la calles habían construido gradas para los espectadores y pasé saludando a derecha e izquierda, entre entusiastas aclamaciones, saludado a mi vez por millares de blancos pañuelos. Los balcones estaban llenos de damas vistosamente ataviadas, que aplaudían, saludaban y me dirigían sus más seductoras miradas. Caía sobre mí una lluvia de rosas; tomé un precioso capullo que se había enredado en las crines de mi caballo y lo coloqué en el ojal de mi levita de uniforme. El General se sonrió con ironía. Yo le había dirigido frecuentes miradas, pero su impasible semblante no me revelaba si era o no de los míos.

—Para los Elsberg, la rosa roja, General—le dije alegremente; a lo cual contestó con un ademán afirmativo.

He dicho «alegremente» y parecerá extraño. Pero la verdad es que me hallaba por completo bajo el dominio de la intensa excitación creada por aquellas circunstancias excepcionales. En aquel momento no distaba mucho de creerme realmente el Rey, y alzando la frente dirigí una mirada de triunfo a los balcones atestados de hermosas. De repente me sobresalté; acababa de ver, fijos los ojos en mí, el hermoso rostro de mi compañera de viaje, Antonieta de Maubán; noté que también ella parecía sorprendida, que se movían sus labios y que se inclinaba hacia mí como para verme mejor. Me repuse de mi sorpresa inmediatamente y sostuve su mirada con toda calma. Pero también me acordé del revólver, pronto a empuñarlo. ¿Qué hubiera sucedido si la hermosa dama hubiese gritado en aquel momento: «¡Ese no es el Rey!»?

Pero, en fin, pasamos sin tropiezo hasta llegar a un punto donde el General, volviéndose en la silla, hizo una señal con la mano e inmediatamente nos rodearon los coraceros, de suerte que ninguna persona del pueblo hubiera podido llegarse hasta mí. Era que salíamos ya de la Ciudad Nueva para entrar en los barrios del duque Miguel, y aquella precaución del General me indicó con más claridad aún de lo que hubieran podido hacerlo las palabras, cuál era el estado de la opinión en aquella parte de la ciudad. Pero ya que el hado me había convertido en Rey, lo menos que podía yo hacer era representar dignamente, mi papel.

—¿Por qué este cambio, General?—pregunté.

Estrakenz se mordió el cano bigote.

—Es más prudente, señor—murmuró.

Inmediatamente detuve mi caballo.

—Sigan andando los que me preceden—mandé,—hasta llegar a cincuenta varas de mí; y usted, General, y el coronel Sarto, esperarán aquí con el resto de la escolta hasta que yo también me haya adelantado otras cincuenta varas. Quiero ir absolutamente solo, para demostrar a mi pueblo que tengo confianza en él.

Sarto extendió una mano hacia mí, y el General pareció vacilar.

—¿No han sido comprendidas mis órdenes?—pregunté; y el General, mordiéndose otra vez el bigote, dio las órdenes necesarias.—Vi que Sarto se sonreía ligeramente, pero también me hizo con la cabeza una señal negativa. Cierto es que si me hubieran asesinado aquel día en las calles de Estrelsau, el bueno de Sarto se hubiera visto en apurado trance.

No estará de más decir aquí que yo llevaba puesto un uniforme blanco y cruzada al pecho la ancha banda de la rosa; el casco era de plata con adornos de oro, y las altas botas de montar completaban mi atavío. Hubiera sido hacer una injusticia al Rey el no confesar, modestia aparte, que con aquellos arreos hacía yo muy buena figura a caballo. Tal fue también la opinión del pueblo, pues al adelantarme aislado por las callejas sombrías y apenas decoradas de la Ciudad Vieja, se oyó primero un murmullo, después una aclamación, y una viejecilla asomada al balcón de una casucha, repitió en alta voz el dicho tradicional y popularísimo:

—«¡Es rojo, luego es bueno!»

Al oirla me sonreí y quitándome el casco mostré al pueblo mi roja cabeza, acto que fue acogido con grandes aclamaciones.

Cabalgando solo, el paseo era mucho más interesante para mí, porque podía oir los comentarios del pueblo.

—Parece más pálido que de costumbre—dijo uno.

—Y tú parecerías un espectro si llevaras la vida que él hace—fue la irrespetuosa respuesta de otro.

—Es más alto de lo que yo creía—comentó un tercero.

—Sus retratos no le hacen mucho favor—dijo una bonita muchacha, cuidando de que yo la oyese. Pura lisonja, sin duda.

Pero, a pesar de aquellas muestras aisladas de aprobación e interés, la mayoría de la población miguelista me recibió en silencio y con ceñudos semblantes, y en gran número de casas se veía el retrato de mi muy amado hermano, irónica manera de dar la bienvenida al Rey. Me alegré de que éste no estuviera allí para presenciar el nada grato espectáculo. Era Rodolfo de carácter poco sufrido y probablemente no lo hubiera tomado con la imperturbable calma que yo demostré.

Llegamos por fin a la catedral, cuya gran mole de piedra obscura, embellecida con numerosas estatuas y las puertas más primorosas entre las de todos los templos de Europa, se alzaba ante mí por primera vez, haciéndose comprender toda la audacia de mi conducta. Al desmontar vi confusamente cuanto me rodeaba; el General, Sarto y la multitud de sacerdotes y religiosos que a la puerta esperaban. Y con igual vaguedad se me aparecían todos los objetos al recorrer la gran nave central, mientras el órgano dejaba oir sus notas majestuosas. No distinguí la brillante concurrencia que llenaba el templo, y apenas vi al venerable cardenal cuando dejó su solio para recibirme. Tan sólo dos rostros se me aparecieron con toda precisión y claridad: el de una joven, pálido y encantador, realzado por una corona del hermoso cabello rojo de los Elsberg (porque en una mujer es hermosísimo); y el semblante de un hombre cuyas encendidas mejillas, negro cabello y obscuros ojos de penetrante mirada, me anunciaron que me hallaba por fin en presencia de mi hermano, Miguel el Negro. Y al verme, sus mejillas palidecieron de repente y el casco se le escapó de las manos y cayó ruidosamente al suelo. Era indudable que hasta aquel momento no había creído en la presencia del Rey en Estrelsau.

No recuerdo cosa alguna de lo que sucedió después. Me arrodillé ante el altar y el cardenal ungió mi frente; después extendí la mano y tomé de las suyas la corona de Ruritania, que puse sobre mi cabeza, prestando a la vez el juramento regio. Volvió a oirse el órgano, el General ordenó a los heraldos que me proclamasen y Rodolfo V quedó coronado Rey; imponente ceremonia reproducida en un cuadro magnífico que hoy adorna mi comedor. El retrato del Rey es acabadísimo.

La dama de pálido rostro y encantadora cabellera se aproximó entonces, sostenida la cola del vestido por dos pajecillos, y el heraldo anunció:

—¡Su Alteza Real la princesa Flavia!

Hízome profunda reverencia y tomando mí mano la beso. Vacilé un momento. Después la atraje hacia mí y deposité dos besos en sus mejillas, que coloreó el rubor. Tras ella, Su Eminencia el cardenal llevó también mi mano a sus labios y me presentó una carta autógrafa de Su Santidad, ¡la primera y la última que he recibido de tan elevado personaje!

Vino después el duque de Estrelsau. Juraría que le temblaban las piernas y miraba a derecha e izquierda como si hubiera querido huir de allí; tenía el rostro amoratado, y al tomar mi mano con las agitadísimas suyas para besarla, noté que sus labios estaban secos y ardientes. Dirigí una rápida mirada a Sarto, que se sonreía socarronamente, y resuelto a cumplir mi deber hasta el fin, en la posición que me había deparado la suerte, abracé a mi muy amado Miguel y le di un beso fraternal. No dudo que uno y otro nos alegramos de ver terminada aquella comedia.

Pero ni en el rostro de la Princesa, ni en el de ninguna otra persona allí presente, noté el menor indicio de duda o extrañeza. Si el Rey hubiera estado a mi lado, habrían podido distinguirnos sin gran dificultad. Pero no podían imaginarse que yo fuese otro que el Rey, tanta era nuestra semejanza; y allí permanecí por espacio de una hora, tan a mis anchas y al fin tan fatigado por la ceremonia como si hubiese sido Rey toda la vida. Continuó el besamanos y me saludaron también todos los miembros del cuerpo diplomático extranjero, entre ellos lord Tofán, el Embajador inglés, en cuyos salones de la Plaza Grosvenor de Londres, había bailado yo una docena de veces. A Dios gracias, el buen señor era medio cegato y no se dio por entendido.

Vino después el regreso por las calles de la capital hasta palacio, y no dejé de oir algunos vivas al duque Miguel, quien, según me dijo después Tarlein, iba royéndose las uñas y como absorto en negros pensamientos, tan anonadado que hasta sus mismos admiradores convinieron en que debió haber mostrado menos desaliento. Hice el camino de regreso en una carretela descubierta, teniendo a mi lado a la princesa Flavia, lo cual hizo exclamar a un palurdo:

—¿Cuándo es la boda?

La pregunta le valió una puñada por parte de otro espectador, que gritó: «¡Viva el duque Miguel!» y la Princesa volvió a ruborizarse, más hermosa que nunca.

Grande era el aprieto en que me hallaba junto a ella, porque había olvidado preguntar a Sarto el estado exacto de mis relaciones con Flavia; y a decir verdad, si yo hubiera sido el Rey, habría deseado que aquellas relaciones estuviesen lo más avanzadas posible, porque ni soy de piedra ni podía olvidar el par de besos dados a mi bella prima. En la duda, preferí guardar silencio, hasta que algo más tranquila la Princesa, me dijo:

—¿Sabes Rodolfo, que te encuentro hoy algo cambiado?

No era extraño, pero la pregunta era algo inquietante.

—Me pareces—continuó—más grave y serio, hasta pensativo, y casi estoy por decir también que más delgado. ¿Será posible que tú, con tu carácter, hayas empezado a tomar la vida en serio?

Por donde se verá que la princesa Flavia tenía del Rey un concepto muy parecido al que mi cuñada Rosa tenía formado de mí. Hice un esfuerzo para sostener aquella difícil conversación.

—¿Te sería grato ese cambio?—le pregunté dulcemente.

—¡Oh, demasiado conoces mi opinión sobre ese punto!—contestó apartando la vista.

—Procuraré hacer siempre lo que sea de tu agrado—continué; y al notar su sonrisa y el leve rubor, no pude menos de decirme, que por lo pronto, representaba bien el panel de Rey y aun le estaba haciendo a éste un famoso servicio. Proseguí, pues, con toda sinceridad.

—Te aseguro, mi querida prima, que nada en mi vida me ha afectado tan profundamente como la recepción de que he sido objeto hoy.

Volvió a aparecer su animada sonrisa, que se disipó un instante después, al murmurar:

—¿Reparaste en Miguel?

—Sí, no parecía muy satisfecho que digamos.

—¡Tén cuidado! No le vigilas bastante, estoy segura de ello. Ya sabes que...

—Sí, ya sé que ambiciona precisamente lo que yo poseo.

—Eso es. ¡Silencio!

Entonces (y el hecho no tiene justificación posible, porque obligué y comprometí al Rey mucho más de lo que tenía derecho a hacer) me sentí dominado por la hermosa y continué:

—Y también algo más que no poseo aún, pero que espero conquistar algún día.

De haber sido yo el Rey, la respuesta que recibí me hubiera parecido suficientemente animadora:

—¿No crees, primo, haber contraído hoy bastantes responsabilidades para un solo día?

El estampido de los cañones y el toque penetrante de las cornetas nos anunciaron que habíamos llegado al palacio. Nos esperaban guardias y lacayos formados en largas hileras; y dando la mano a la Princesa subí con ella la gran escalera del regio edificio, morada de mis antepasados, de la cual tomé posesión como Rey coronado. Me senté después a mi propia mesa, teniendo a mi derecha a la Princesa, al otro lado de ésta a Miguel el Negro y a mi izquierda al venerable cardenal. Detrás de mi sillón se hallaba el coronel Sarto, y al otro extremo de la mesa vi a Federico de Tarlein, quien, por cierto, apuró su primera copa de champaña algo antes de lo que en rigor se lo permitía la etiqueta.

No pude menos de preguntarme qué estaría haciendo en aquel momento el rey de Ruritania.

el secreto de un sótano

Nos hallábamos en el gabinete del Rey, Federico de Tarlein, Sarto y yo. Me dejé caer rendido en un sillón de brazos. Sarto encendió su pipa y aunque no formuló la menor felicitación por el maravilloso éxito de nuestra descabellada tentativa, su aspecto revelaba claramente la satisfacción, de que estaba poseído. Cuanto a Tarlein, nuestro triunfo y algunas copas de buen vino habían hecho de él otro hombre.

—¡Qué recuerdo para usted el de este día!—exclamó.—Confieso que yo también quisiera ser Rey por doce horas. Pero cuidado, Raséndil, con tomar su papel muy por lo serio. No me admira que Miguel el Negro pareciese hoy más negro y tétrico que nunca, visto que usted y la Princesa parecían tener tantas cosas que decirse.

—¡Qué hermosa es!—exclamé.

—Prescindamos de ella—dijo Sarto.—¿Está usted pronto a partir?

—Sí—contesté con un suspiro.

Eran las cinco y a las doce volvería a convertirme en Rodolfo Raséndil, transformación a la cual me referí chanceándome.

—Y afortunado será usted—comentó Sarto,—si a las doce no es elfinadoRoberto Raséndil. ¡Vive el cielo! No sentiré mi cabeza segura sobre los hombros mientras se halle usted en la ciudad. ¿Sabe usted, amigo Raséndil, que el duque Miguel ha recibido hoy noticias de Zenda? Se retiró a una habitación para leerlas a solas y al salir parecía aturdido.

—Estoy pronto—dije, sintiéndome menos dispuesto que nunca a prolongar mi permanencia en Estrelsau.

—Tengo que extender un permiso para que podamos salir de la ciudad—continuó Sarto, sentándose.—Miguel es Gobernador de la plaza, como ustedes saben y hay que esperar que no nos faltarán obstáculos. El documento tiene que firmarlo usted.

—Querido coronel, no he nacido para falsificador.

Sarto sacó un papel del bolsillo.

—Aquí está la firma del Rey—dijo.—Y aquí tengo un pliego de papel de calco. Si en diez minutos no consigue usted escribir «Rodolfo» de una manera presentable, lo escribiré yo.

—Pues escríbalo usted desde luego—dije,—que mi habilidad no llega a tanto.

El coronel puso manos a la obra y no tardó en presentarnos una falsificación muy pasable.

—Y ahora, Federico—prosiguió,—el Rey se retira porque está muy fatigado, no sin ordenar que no se permita la entrada en su cámara a nadie hasta mañana a las nueve. A nadie ¿comprende usted?

—Comprendo perfectamente.

—Puede que se presente Miguel pidiendo audiencia inmediata. Contestará usted que sólo los Príncipes de la sangre tienen derecho a ello.

—Bueno se pondrá el Duque—replicó Tarlein echándose a, reír.

—¿Queda bien entendido?—repitió Sarto.—Si la puerta de la cámara real se abre durante nuestra ausencia, ha de ser después de muerto usted...

—No hay para qué recordármelo, coronel—repuso Tarlein con altivez.

—Ahora, envuélvase usted en esta amplia capa—continuó Sarto dirigiéndose a mí,—y póngase esta gorra de cuartel. Es usted mi ordenanza, que me acompaña esta noche al pabellón de caza que usted sabe.

—Hay un obstáculo—dije,—y es que no existe caballo capaz de recorrer más de quince leguas conmigo a cuestas.

—Por eso montará usted dos, uno aquí y otro en Zenda. ¿Estamos listos?

—Por mi parte lo estoy—contesté.

Tarlein me tendió la mano.

—Por si acaso—dijo;—y nos estrechamos la mano cordialmente.

—¡Nada de niñerías!—gruñó el coronel.—¡En marcha!

Pero en lugar de dirigirse a la puerta se acercó a la pared del fondo.

—En tiempo del viejo Rey—dijo,—hacíamos uso frecuente de este camino.

Le seguí y anduvimos cosa de doscientas varas por un estrecho corredor, hasta llegar a maciza puerta de roble, que Sarto abrió. Salimos y nos hallamos en una solitaria calle a la que daban los jardines de la parte de atrás del palacio. Allí nos esperaba un hombre con dos caballos; uno alazán, magnífico, de gran alzada y el otro bayo, no menos fuerte y brioso. Sarto me indicó que montase el primero y sin decir palabra nos pusimos en marcha. Animada y bulliciosa estaba la ciudad, pero tomamos las calles menos concurridas, cubierta yo la mitad del rostro con la capa y bien calada la gorra para ocultar en lo posible mis delatores cabellos. Hallamos pocos transeuntes en nuestro tortuoso camino, y cuando llegamos a las murallas se oía todavía el tañido de las campanas que daban la bienvenida al Rey. Eran las seis y media y no había obscurecido aún.

—Mano al revólver—me dijo Sarto al acercarnos a una puerta.—Si el guarda se da por entendido hay que cerrarle la boca para siempre.

Empuñé mi arma. Sarto llamó y vimos acercarse a una chiquilla de trece o catorce años. La suerte nos favorecía.

—Mi padre ha ido a ver al Rey, señor oficial—dijo.

—Pues para eso mejor hubiera hecho en quedarse aquí—me dijo Sarto con sorna y a media voz.

—Pero me encargó que no abriese la puerta.

—¿Sí, eh?—dijo Sarto desmontando.—Pues dame la llave.—La mozuela tenía la llave en la mano. Sarto le dio una moneda de oro.

—He aquí una orden del Rey. Enséñasela a tu padre. ¡Abre esa puerta, muchacha!

Eché pie a tierra, abrimos entre los dos la pesada puerta y haciendo salir a nuestros caballos volvimos a cerrarla.

—Lo siento por el guarda, si el Duque averigua que estaba ausente de su puesto. Y ahora, joven, al trote. No conviene acelerar mucho el paso mientras sigamos cerca de la ciudad.

Ya algo más apartados de las murallas y cerrada la noche, disminuyó el peligro y pusimos los caballos al galope. El magnífico animal que yo montaba iba tan ligero como si no llevase la menor carga. La noche era hermosa y no tardó en aparecer la luna. Hablamos poco y eso reducido casi exclusivamente a los progresos que hacíamos en nuestra jornada.

—Quisiera saber el contenido de los despachos que recibió el Duque—dije una vez.

—También yo—se limitó a contestarme Sarto

Nos detuvimos para vaciar un vaso de vino y dar pienso a los caballos, con lo que perdimos media hora. No me arriesgué a entrar en el figón y me quedé con los caballos en la cuadra. Continuamos la marcha y llevábamos recorrida más de la mitad del camino, unas nueve leguas, cuando Sarto se detuvo repentinamente.

—¿Oye usted?—me dijo.

Escuché atentamente. A lo lejos, detrás de nosotros, resonaban pisadas de caballos. Eran entonces las nueve y media y en el silencio de la noche la fuerte brisa que se había levantado traía muy distintamente hasta nosotros aquel rumor lejano. Miré a Sarto.

—¡Adelante!—exclamó,—y poniendo espuelas al caballo se lanzó al galope.

Cuando volvimos a detenernos nada oímos, pero a poco se repitió el rumor. El coronel desmontó y aplicó el oído a tierra.

—Son dos—dijo,—y están a un cuarto de legua. Por fortuna el camino es tortuoso y la dirección del viento nos favorece.

Galopamos de nuevo, logrando mantener la misma distancia entre nosotros y los que sin duda nos perseguían. Habíamos llegado al bosque de Zenda y a la media hora nos hallamos en una bifurcación del camino. Sarto detuvo su caballo.

—El sendero de la derecha es el nuestro—dijo.—El de la izquierda conduce al castillo y ambos son de unas tres leguas. Desmonte usted.

—¡Pero nos alcanzarán!—exclamé.

—¡Pie a tierra!—repitió bruscamente; y obedecí.

El bosque era espesísimo desde la orilla misma del camino. Ocultamos nuestros caballos entre los árboles, les vendamos los ojos y permanecimos inmóviles junto a ellos.

—¿Quiere usted saber quiénes son?—murmuré

—Sí, y adónde van.

Entonces noté que su diestra empuñaba un revólver. Oíase cada vez más próximo el trote de los caballos. La luna brillaba en toda su plenitud y el camino se destacaba como ancha franja blanca. Nuestras cabalgaduras no habían dejado el menor rastro sobre la tierra endurecida.

—¡Ahí están!—murmuró Sarto.

—¡Es el Duque!

—Me lo figuraba—contestó.

Era el Duque, en efecto; y con él un robusto gañán a quien yo conocía y que más tarde aprendió a conocerme a mí más de lo que hubiera querido; era Máximo Holf, hermano de Juan el guardabosque y criado de Su Alteza. Se hallaban frente a nosotros; el Duque detuvo su caballo y vi que el dedo de Sarto acariciaba el gatillo de su arma. Tengo para mí que hubiera dado diez años de su vida por pegarle un balazo a Miguel el Negro, a quien hubiera podido despachar en aquel momento con tanta facilidad como yo una gallina a diez pasos de mi revólver. Posé la mano sobre su brazo, y movió la cabeza negativamente, para tranquilizarme: el deber ante todo era su máxima.

—¿Qué camino tomaremos?—preguntó el Duque.

—El del castillo, Alteza—aconsejó su compañero.

—Allí sabremos la verdad.

El Duque vaciló un momento.

—Me parecía haber oído pasos de caballo—dijo.

—No creo que nadie nos preceda, Alteza.

—¿Por qué no ir al pabellón de caza?

—Temo una celada. Si «todo va bien,» es inútil ir al pabellón. En caso contrario el aviso no es más que una celada.

De repente el caballo del Duque relinchó. Un momento nos bastó para cubrir las cabezas de los caballos con nuestras capas y después apuntamos al Duque y su compañero con nuestros revólvers. De habernos descubierto los hubiéramos matado allí mismo, o hécholos prisioneros.

—¡A Zenda, pues!—exclamó por fin Miguel y clavando las espuelas a su caballo lo lanzó al galope.

Sarto siguió apuntándole, con expresión tan dolorida en el rostro que me costó trabajo no soltar la carcajada. Permanecimos allí diez minutos más.

—Ya lo ha oído usted—dijo Sarto.—Le han mandado a decir que «todo va bien.»

—¿Y qué quieren decir con eso?—pregunté.

—¡Dios sabe!—contestó Sarto frunciendo el ceño.

—Pero es innegable que el mensaje le ha hecho venir de Estrelsau en la mayor incertidumbre.

Montamos otra vez y tomamos el camino del pabellón con toda la rapidez que permitía el cansancio de nuestros caballos. No pronunciamos palabra durante aquel último tramo de nuestra jornada y nos asaltaban mil temores. «Todo va bien.» ¿Qué significaba esa frase? ¿Le habría ocurrido algo al Rey?

Llegamos por fin a la puerta del pabellón, en el que todo parecía tranquilo y silencioso. Nadie acudió a recibirnos y desmontamos precipitadamente. De repente, Sarto oprimió mi brazo.

—¡Mire usted!—exclamó señalando al suelo.

Vi a mis pies cinco o seis pañuelos de seda hechos trizas y me volví hacia él.

—Son los pañuelos con que até a la vieja—me dijo.

—Asegure usted los caballos y sígame.

La puerta cedió sin resistencia y entramos en la habitación donde habíamos cenado la noche anterior, en la que se veían aún los restos de la cena y numerosas botellas vacías.

—¡Adelante!—exclamó Sarto, que por primera vez parecía próximo a perder su maravillosa serenidad.

Nos precipitamos por el corredor en dirección a la entrada del sótano. La puerta de la carbonera estaba abierta de par en par.

—Han descubierto a la vieja—dije.

—Eso ya lo sabía yo desde que vi los pañuelos—repuso el coronel.

Llegamos frente a la puerta del sótano, que estaba cerrada, y al parecer en el mismo estado en que la habíamos dejado aquella mañana.

—Entremos, todo va bien—dije.

Me contestó una violenta imprecación de Sarto, cuyo rostro palideció a la vez que señalaba al suelo con el dedo. Por debajo de la puerta se extendía una gran mancha roja que cubría parte del pasillo del sótano. Sarto se apoyó en la pared opuesta a la puerta. Traté de abrir ésta, pero estaba cerrada.

—¿Dónde está José?—preguntó Sarto.

—¿Dónde está el Rey?—fue mi respuesta.

El veterano sacó un frasco y lo llevó a los labios. Por mi parte volví corriendo al comedor y tomé del hogar una sólida barra de hierro destinada a atizar el fuego. Lleno de terror, desatinado, descargué con ella fuertes golpes sobre la puerta y por último disparé mi revólver contra la cerradura, que saltó en pedazos y se abrió la puerta.

—¡Venga una luz!—dije,—pero Sarto siguió apoyado en la pared, inmóvil.

Estaba, naturalmente, más conmovido que yo porque amaba profundamente a su señor. No temía por sí mismo, nadie hubiera creído de él semejante cosa; pero le aterrorizaba el pensar en lo que podía revelarnos aquel sótano. Fui al comedor, tomé de la mesa un candelero de plata y encendí una vela: la esperma hirviente que cayó sobre mi mano, reveló cómo temblaba ésta, y cuán disculpable era la agitación de Sarto.

Llegué a la puerta del sótano, la mancha roja, de color más obscuro en los bordes, se extendía al interior. Penetré unas dos varas en el sótano y elevé la vela. Vi las pipas de vino formando hilera, algunas arañas que corrían por la pared, un par de botellas vacías en el suelo y más allá, en un rincón, el cuerpo de un hombre tendido de espaldas, con los brazos abiertos y una sangrienta herida en el cuello. Me dirigí a él, me arrodillé a su lado y encomendé a Dios el alma de aquel fiel servidor. Porque era el cuerpo del pobre José, muerto en defensa del Rey.

Sentí que una mano se posaba sobre mi hombro y volviéndome vi los ojos brillantes y espantados de Sarto.

—¡El Rey, Dios mío, Rey!—articuló sordamente.

Dirigí la luz de la vela a todos los rincones del sótano.

—El Rey no está aquí—dije.

su majestad duerme en estrelsau

Rodeé la cintura de Sarto con mi brazo y sosteniéndole le hice salir del sótano, cuya destrozada puerta cerré lo mejor que pude. Permanecimos en el comedor, sentados y silenciosos unos diez minutos. Después el viejo Sarto se frotó los ojos, dio un profundo suspiro y pareció recobrar su calma habitual. Al oir la una en el reloj de repisa, golpeó fuertemente el suelo con el pie y exclamó:

—¡Se han apoderado del Rey!

—Sí—contesté.—«¡Todo va bien!» como decía el despacho recibido por el Duque. ¡Qué rato pasaría al oir esta mañana las salvas que saludaban al Rey! ¿Cuándo recibió el mensaje?

—Debió de ser por la mañana. Se lo enviaron probablemente antes de que llegase a Zenda la noticia de la presencia de usted en Estrelsau; porque supongo que el mensaje lo mandaron de Zenda.

—¡Y lo ha llevado encima todo el santo día!—exclamé.—Bien puedo decir que no soy el único que ha pasado un día de prueba. ¿Pero qué pensaría él de todo esto, Sarto?

—¿Qué nos importa? Pregunte usted más bien qué es lo que piensa ahora.

—Tenemos que volver a la capital—dije poniéndome de pie apresuradamente.—Importa reunir en seguida cuantas fuerzas hay allí y ponernos en persecución de Miguel antes de mediodía.

Sarto sacó su pipa, la llenó y la encendió cuidadosamente en la vela que goteaba sobre la mesa.

—¡Quizá estén asesinando al Rey mientras seguimos aquí cruzados de brazos!—exclamé.

Sarto continuó fumando en silencio.

—¡Maldita vieja!—gruñó por fin.—Lograría atraer su atención de alguna manera. Me figuro lo ocurrido. Vinieron a apoderarse del Rey y como digo, de una manera ú otra dieron con él. Si no hubiera usted ido a Estrelsau, usted, Federico y yo estaríamos a estas horas en el reino de los Cielos.

—¿Y el Rey?

—¿Quién sabe dónde está el Rey en este momento?

—¡Partamos!—exclamé; pero Sarto siguió inmóvil. Y de repente se echó a reír.

—¡Por vida de!—exclamó;—no le hemos dado mal sofocón a Miguel el Negro.

—¡Vamos, vamos!—repetí.

—¡Y no es malo tampoco el que le espera!—añadió con aviesa sonrisa que acentuó las arrugas de su atezado rostro.—Corriente, joven, volveremos a Estrelsau. El Rey estará otra vez mañana en su capital.

—¿El Rey?

—¡El Rey coronado hoy!

—¿Está usted loco?—exclamé.

—Si volviéramos y confesásemos la jugada que les hemos hecho ¿cuánto daría usted por nuestras vidas?

—Ni más ni menos que lo que valen.

—¿Y por el trono del Rey? ¿Se imagina usted que a los nobles y al pueblo les hará pizca de gracia verse burlados como los ha burlado usted? ¿Cree usted que seguirán amando y respetando a un Rey que, demasiado borracho para ser coronado, les envió a su criado para que lo representase en aquel acto?

—¡El Rey fue víctima de un narcótico y yo no soy su criado!

—Me limito a dar la versión que hará de lo ocurrido Miguel el Negro.

Dejó su asiento, se me acercó y posando la mano sobre mi hombro, dijo:

—Raséndil, si se porta usted como un hombre, todavía puede usted salvar al Rey. ¡A Estrelsau otra vez, a conservarle su trono!

—Pero el Duque lo sabe todo, los villanos que le sirven han averiguado...

—Pero no pueden decir palabra!—gritó Sarto con expresión de triunfo.—Los tenemos en nuestro poder. ¿Cómo han de denunciarle a usted sin denunciarse a sí mismos? ¿Osarán decir al país: «Ese hombre es un impostor, porque al verdadero Rey lo tenemos nosotros prisionero y hemos asesinado a su servidor?» ¿Pueden hacer tal cosa?

La situación se me apareció de repente con toda claridad. Me conociese o no el Duque, tenía que callarse. ¿Qué podía hacer mientras no presentase al verdadero Rey? Y si éste apareciese, ¿qué sería del Duque? Por un momento me sentí convencido, pero no tardé en comprender todas las dificultades del proyecto.

—Me descubrirán—dije.

—Quizás, pero entretanto cada hora que ganemos vale mucho. Ante todo, es indispensable que tengamos un Rey en Estrelsau, o, de lo contrario, Miguel será dueño de la ciudad en veinticuatro horas. Y entonces ¿qué valdría la vida del Rey? ¿dónde estaría su trono? ¡Joven, tiene usted que aceptar!

—¿Y si matan al Rey?

—Lo matarán si es que no lo mata usted.

—¿Y si lo han asesinado ya?

—En tal caso ¡voto a sanes! tan buen Elsberg es usted como Miguel el Negro y reinará usted en Ruritania. Pero no creo que le hayan dado muerte; como tampoco lo harán mientras siga usted en el trono. Matar al verdadero Rey, en tales condiciones, sería en beneficio exclusivo de usted.

Era un plan descabellado, una empresa más loca y difícil aún que la jugarreta anterior tan felizmente terminada por mi parte; pero al escuchar a Sarto pude ver y apreciar las ventajas que teníamos a nuestro favor. Además, era yo joven, activo y se me ofrecía un papel tal y en tales circunstancias como jamás le había tocado en suerte a ningún hombre.

—Me descubrirán—repetí.

—Quizás—volvió a decir Sarto.—¡Vamos a Estrelsau! Mire usted que si seguimos aquí nos van a coger como en una ratonera.

—¡Sarto!—exclamé.—¡voy a intentarlo!

—¡Bien, joven, bien! Ahora sólo falta que nos hayan dejado los caballos que tenía aquí de repuesto. Voy a ver.

—Pero tenemos que dar sepultura a ese infeliz—dije.

—No hay tiempo para eso.

—Pues he de hacerlo.

—¡El demonio me lleve!—gruñó.—Lo hago a usted Rey, y... Bueno, pues lo enterraremos. Vaya usted a traerlo mientras yo procuro los caballos. No será muy profunda la fosa, pero dudo que al muerto le importe gran cosa. ¡Pobre José! Era todo un hombre.

Salió y yo bajé al sótano. Tomé el cuerpo en mis brazos y lo llevé por el corredor hasta cerca de la puerta del pabellón, donde lo deposité en el suelo, recordando, que necesitábamos azadones para cavar la fosa. En aquel momento regresó Sarto.

—Los caballos están ahí—dijo—Uno de ellos es hermano del que le trajo a usted aquí. Cuanto al oficio de sepulturero, puede usted ahorrarse ese trabajo.

—No me iré hasta dejar a José bajo tierra.

—¡A que sí!

—No, coronel; ni que me diera usted a todo Ruritania.

—¡Terco!—exclamó.—Venga usted aquí.

Me llevó a la puerta. La luna iluminaba el camino y vi a cosa de quinientas varas un grupo de hombres que se acercaban por el camino de Zenda. Eran siete ú ocho, cuatro de ellos a caballo, y vi que llevaban al hombro palas y azadones.

—Esos le ahorrarán a usted el trabajo—dijo Sarto.—Vámonos.

Tenía razón.—Los que llegaban eran sin duda servidores de Miguel, enviados para hacer desaparecer las huellas de su crimen. Ya no vacilé, pero se apoderó de mí un deseo irresistible de castigarlos, y señalando al cadáver del pobre José, dije a Sarto:

—Venguémoslo, coronel!

—¿Desea usted proporcionarle compañía, eh? Pero no deja de ser arriesgado.

—No me voy sin darles una lección—insistí.

Sarto vaciló.

—Pues bien—dijo,—no es lo más acertado, pero se ha conducido usted bien y hay que complacerle. Después de todo, si caemos nos habremos ahorrado una porción de disgustos y cavilaciones. Yo le diré a usted cómo sorprenderlos.

Cerró cuidadosamente la puerta—que teníamos apenas entreabierta,—y pasando por el interior de la casa llegamos a la puertecilla de atrás, junto a la cual estaban los caballos. En torno del pabellón había un camino destinado a los coches.

—¿Tiene usted a mano el revólver? preguntó Sarto.

—No, quiero caer sobre ellos espada en mano—repliqué.

—¡Diantre! Veo que, se le ha despertado a usted el apetito esta noche. Corriente.

Montamos, desenvainamos las espadas y esperamos unos momentos en silencio. Por fin oímos los pasos de los recién llegados en el camino de coches, al otro lado del pabellón, donde se detuvieron y uno de ellos exclamó:

—¡Id a buscar al muerto y traedlo aquí!

—¡Ahora!—murmuró Sarto.

Clavamos espuelas y dando vuelta a la casa nos precipitamos sobre aquellos bribones. Sarto me dijo después que había matado a uno y lo creí, pero por lo pronto lo perdí de vista. Lo que sé es que de un tajo le abrí la cabeza a uno de los jinetes, que cayó al suelo. Entonces me hallé frente a frente de un mocetón y vi también que a mi derecha quedaba otro enemigo. Era peligroso seguir allí y hundí otra vez las espuelas en los ijares de mi caballo, a la vez que clavaba mi espada en el pecho del rufián que tenía delante. La bala de su revólver me rozó una oreja; tiré de la espada, pero no pudiendo arrancársela del cuerpo la solté y salí a escape en seguimiento de Sarto, a quien divisé en aquel momento a unas veinte varas de distancia. Agité la mano en señal de despedida, pero la bajé inmediatamente dando un grito, porque una bala me había alcanzado en un dedo. Sarto se volvió hacia mí y sonó otro disparo, pero como sólo tenían revólvers pronto nos pusimos fuera de tiro. Entonces Sarto se echó a reír.

—Uno yo y dos usted—dijo.—No lo hemos hecho mal y el pobre José tendrá compañía.

—Sí, partida completa—repuse; estaba furioso y me alegraba de haber despachado a dos de aquellos truhanes.

—Y con eso les ha caído también algún trabajo a los restantes—prosiguió el coronel.—¿Cree usted que lo han reconocido?

—Al recibir la estocada el segundo, le oí exclamar: «¡el Rey!»

—¡Bravo! No vamos a darle poco que hacer a Miguel el Negro.

Nos detuvimos un instante para vendar mi dedo, que sangraba abundantemente y me dolía no poco, pues la bala había interesado algo el hueso. Después galopamos de nuevo en silencio, disipada ya la excitación de la lucha. Despuntó el día, frío y despejado, y un labrador nos proporcionó algún alimento y pienso para los caballos. Pretexté un dolor de muelas y me cubrí la cara casi por completo. Tras larga carrera llegamos por fin a Estrelsau, entre ocho y nueve de la mañana. Todas las puertas de la ciudad estaban abiertas como de ordinario, excepto cuando las cerraban el capricho o las intrigas del Duque. Entramos en la capital siguiendo el mismo camino que habíamos recorrido la noche anterior, pero rendidos de cansancio, tanto jinetes como caballos. Las calles estaban aún más desiertas que la víspera, como si los moradores buscasen en el sueño el necesario descanso tras las fiestas y prolongados regocijos de la noche precedente, y apenas hallamos alma viviente a nuestro paso. Junto a la puertecilla de palacio nos esperaba el fiel servidor de Sarto.

—¿No ha habido novedad, señor?—preguntó.

—Todo va bien—dijo Sarto,—a tiempo que su criado tomaba mi mano para besarla.

—¡El Rey está herido!—exclamó.

—No es nada—dije desmontando.—Me lastimé el dedo cerrando una puerta.

—Y sobre todo silencio—dijo Sarto;—aunque a ti, mi buen Freiler, es casi inútil recomendártelo.

El interpelado se encogió de hombros.

—A todos los jóvenes les gusta hacer una salida de noche, de cuando en cuando—dijo.—¿Por qué no ha de gustarle también al Rey?

La risa de Sarto pareció confirmar aquella interpretación de mi breve ausencia.

—Mi sistema—dijo cuando hubimos entrado—es no confiar en nadie más allá de donde sea absolutamente necesario confiar.

Al abrir la puerta de mi antecámara vimos a Federico de Tarlein, vestido y reclinado en el sofá. Parecía haber dormido, pero nuestra entrada lo despertó. Incorporándose vivamente me dirigió una mirada y con un grito de alegría se arrodilló a mis pies.

—¡Gracias a Dios, señor, que os veo sano y salvo!—exclamó, procurando asir mi mano.

Confieso que me sentí conmovido. El rey Rodolfo—cualesquiera que fuesen sus faltas,—sabía hacerse amar de sus subditos. Por breves instantes no me atreví a hablar ni disipar la ilusión del pobre joven. Pero el viejo Sarto no era de los que se conmovían y dando palmadas exclamó:

—¡Bravo, joven! ¡Cuando digo yo que todo marchará a pedir de boca!

Tarlein nos miró atónito y yo le tendí la mano.

—¡Estáis herido, señor!—exclamó.

—No es más que un rasguño—dije,—pero...—y me detuve.

Tarlein se puso en pie con expresión de profundo asombro en el rostro. Tomó mi mano, me miró atentamente y de repente retrocedió un paso.

—¡Pero, el Rey! ¿Dónde está el Rey?—gritó.

—¡Silencio, imprudente!—dijo Sarto.—No tan alto. Este es el Rey.

Oímos llamar a la puerta. Sarto asió mi mano

—¡Pronto, a su cámara! ¡Fuera esa gorra y esas botas! Métase usted en cama y cubra bien todo el traje con las sábanas.

Hícelo así en un abrir y cerrar de ojos y momentos después aparecía Sarto, saludando, para anunciarme a un caballerete muy ceremonioso, que se acercó a mi lecho y tras grandes reverencias dijo que se hallaba al servicio de la princesa Flavia, y que Su Alteza lo enviaba a preguntar cómo seguía Su Majestad después de la fatiga de la víspera.

—Dé usted las gracias a mi prima—dije,—y asegúrele que jamás me he sentido mejor.

—El Rey ha pasado toda la noche en un sueño—agregó el viejo Sarto, a quien, según empezaba yo a descubrir, le gustaba endilgar una mentira de vez en cuando, nada más que por el gusto de mentir.

El mensajero se deshizo otra vez en reverencias y salió de la cámara. Había terminado la comedia y el rostro pálido de Tarlein nos llamó a la realidad; por más que en definitiva la farsa proyectada iba a convertirse para nosotros enúnicarealidad.

—¿Ha muerto el Rey?—preguntó.

—¡Dios no lo quiera!—contesté.—¡Pero se halla en poder de Miguel el Negro!

prima rubia y hermano moreno

La vida de un Rey tiene sin duda sus exigencias, pero la de un Rey apócrifo las tiene decididamente mucho mayores. Desde el siguiente día comenzó Sarto a instruirme en mis regios deberes, a explicarme lo que tenía que saber y hacer, y la primera lección duró tres horas. Almorcé apresuradamente, con Sarto siempre frente a mí, diciéndome que el Rey bebía vino blanco en el almuerzo y que detestaba los platos picantes. Después se presentó el Canciller, con quien me pasé otras tres horas y a quien le expliqué que habiéndome lastimado un dedo (y aquí me vino de perlas el balazo recibido) no podía escribir ni siquiera firmar; tras discutir mucho el punto y rebuscar precedentes, quedó acordado que me bastaría trazar una cruz al pie de los documentos y que el Canciller atestiguaría la validez de aquella nueva firma regia con gran copia de fórmulas y juramentos. Recibí más tarde al embajador de Francia, que me presentó sus credenciales; ceremonia en la que nada me perjudicó la ignorancia del oficio, porque tampoco el Rey había recibido embajadores hasta entonces. En los días siguientes se repitió el acto hasta quedar recibido todo el cuerpo diplomático, formalidad que hay que cumplir cada vez que sube al trono un nuevo soberano. Por fin logré verme solo. Llamé a mi nuevo sirviente (habíamos elegido para reemplazar al pobre José, a un joven que nunca había visto al Rey) le ordené que me trajese un refresco y volviéndome hacia Sarto le manifesté la esperanza de que por fin me dejasen descansar algo.

—Pero ¡cómo se entiende!—exclamó Federico de Tarlein, que también se hallaba presente.—¿No vamos a desollar a Miguel el Negro?

—Poco a poco, caballerito—dijo Sarto frunciendo el ceño.—Sería una satisfacción, sin duda, pero podría costarnos cara. ¿Creen ustedes posible que si cae Miguel deje vivo al Rey?

—Además—añadí,—¿qué motivo de queja puede alegarse contra mi amado hermano mientras el Rey siga aparentemente en Estrelsau y en su trono?

—¿Es decir que nada haremos?

—Por lo pronto se trata de no hacer una tontería—gruñó Sarto.

—La situación—dije,—me recuerda la escena dominante de una de nuestras modernas comedias inglesas, en la que dos personajes se amenazan mutuamente con sus revólveres. Porque la verdad es que no puedo denunciar a Miguel sin denunciarme a mí mismo...

—Y al Rey—interrumpió Sarto.

—Y lo propio le sucede a Miguel, que no puede decir palabra contra mí sin acusarse gravemente.

—Situación llena de interés—comentó el viejo Sarto.

—Si me descubren—proseguí,—lo confesaré todo y me veré cara a cara con el Duque; pero por ahora no hago más que esperar su próxima jugada.

—Que será matar al Rey—dijo Tarlein.

—Se guardará bien de hacerlo—repuso Sarto.

—Tres de los seis están en Estrelsau—continuó Tarlein.

—¿Tres no más? ¿Está usted seguro?—preguntó el veterano coronel con vivo interés.

—Segurísimo. La mitad de la cuadrilla.

—¡Pues entonces el Rey vive, porque los otros tres están vigilándolo en su prisión!—exclamó Sarto.

—¡Verdad es!—dijo Tarlein.—Si el Rey hubiera muerto los seis estarían aquí con Miguel el Negro. ¿Sabe usted que el Duque ha regresado, coronel?

—Sí, lo sé. ¡El diablo le lleve!

—A ver, señores míos—dije.—¿Quiénes son esos seis de que tanto hablan?

—No tardará usted en trabar conocimiento con ellos—contestó Sarto.—Son seis caballeros a quienes Miguel tiene a su servicio, y que le pertenecen en cuerpo y alma. Tres son ruritanos, uno francés, uno belga y el otro compatriota de usted.

—Y todos ellos dispuestos a cortarle el pescuezo a cualquiera, si el Duque se lo manda.

—Quizás me corten el mío—se me ocurrió decir.

—Es muy posible—asintió Sarto.—¿Quiénes son los que están aquí, Tarlein?

—De Gautet, Bersonín y Dechard.

—¡Los extranjeros! Es más claro que la luz del día. El Duque los ha traído consigo, dejando a los tres ruritanos con el Rey; y es porque quiere comprometer a estos últimos todo lo posible.

—¿Vio usted a alguno de ellos entre los jayanes a quienes zurramos en el pabellón de caza, coronel?—pregunté.

—No, por desgracia; de lo contrario ya no serían seis, sino cuatro.

Por lo pronto había adquirido yo una cualidad regia, la de no revelar todo mi pensamiento o mi plan, ni aun a mis más íntimos amigos. Había tomado una resolución irrevocable. Estaba resuelto a conquistar el mayor grado de popularidad posible, y al propio tiempo no mostrar hostilidad alguna al Duque; esperando calmar así la oposición de sus partidarios y conseguir, llegado el caso de un rompimiento definitivo, que Miguel apareciese ante el pueblo, no como un hermano perseguido, sino como un ser ingrato y descastado.

No es esto decir que yo desease o temiese un conflicto con él. En interés del Rey convenía seguir guardando el secreto, y mientras éste no se descubriese tenía yo las mejores cartas en mi juego. Toda dilación había de redundar forzosamente en perjuicio del Duque.

Pedí un caballo, y en compañía de Federico de Tarlein recorrí la gran avenida del parque real, devolviendo todos los saludos con la mayor cortesía. Pasé después por algunas calles, me detuve para comprar flores a una linda muchacha, a quien pagué con una moneda de oro; y habiendo atraído suficientemente la atención pública, hasta el punto de notar que me seguían más de quinientas personas, tomé el camino del palacio que habitaba la princesa Flavia, a quien envié a preguntar si se dignaba recibirme. Aquel paso creó vivo interés en el pueblo y fue saludado con aclamaciones. La Princesa era popularísima y el Canciller mismo no había vacilado en decirme que cuanto más asiduamente hiciese yo la corte a mi noble prima y cuanto antes se verificase la boda, tanto mayor sería la satisfacción de mis subditos, y, por consiguiente, la popularidad del nuevo soberano. Claro está que el Canciller no tenía idea de los obstáculos que me impedían seguir su leal y excelente consejo. Díjeme, sin embargo, que la visita era a todas luces conveniente; y Tarlein la aprobó con gran entusiasmo, que no dejó de sorprenderme algo, hasta que descubrí que él también tenía sus motivos para querer visitar el palacio de Su Alteza, cuya dama de honor, la condesa Elga, era la dama de sus pensamientos.

La etiqueta favoreció los deseos de Tarlein; pues mientras yo fui recibido en el salón de la Princesa, él permaneció en la antecámara con la linda Condesa; y no dudo que logró contemplarla y hablarle a su saber, a pesar de las otras muchas personas que allí esperaban. Pero lo más importante para mí en aquel momento era el delicado paso que iba a dar en la dificilísima partida empeñada. Tenía que atraer a la Princesa, y al propio tiempo serle indiferente o poco menos; tenía que mostrarle afecto y no sentirlo. Consistía mi papel en hacer el amor por cuenta de otro, y a una joven que, princesa o no, era desde luego la más hermosa que había visto en mi vida. Me recibió con encantadora confusión, que hizo aún más difíciles los primeros momentos de nuestra entrevista. Del éxito de mis esfuerzos para realizar el programa antes trazado, se juzgará más adelante.

—Vuestra Majestad está conquistando preciados lauros—me dijo, dándome por primera vez aquel alto tratamiento.—Como uno de los príncipes de Shakespeare, Vuestra Majestad se ha transformado por completo al convertirse en Rey.

—Dos cosas te ruego, prima mía—le contesté.—Que, Rey o no, me digas siempre lo que tu corazón te dicte, y que continúes llamándome por mi nombre.

—Me miró un instante y dijo:

—Tus palabras me alegran y me enorgullecen, Rodolfo. Como te dije, todo en ti parece cambiado, hasta tu rostro.

Agradecí el cumplido, pero no me agradaba aquel tema de conversación, por lo que dije:

—Mi hermano está de vuelta, según me han anunciado.

—Sí, está aquí—repuso frunciendo ligeramente el ceño.

—Parece que no puede seguir ausente de Estrelsau por mucho tiempo—observé sonriéndome.—Más vale así, y me alegro de verlo aquí. Cuanto más cerca mejor.

La Princesa me dirigió una rápida mirada y preguntó:

—¿Qué quieres decir, primo? ¿Que así podrás?...

—Ver mejor lo que hace, eso es. Y tú, ¿por qué te alegras de ello?

—No he dicho tal cosa.

—Pero no falta quien lo diga por ti.

—Nunca faltan personas insolentes—observó con encantadora altivez.

—¿Y quizás sea yo una de ellas?

—Vuestra Majestad no puede serlo nunca—dijo haciéndome cómica reverencia.—A no ser que quieras decir...

-¿Qué?

—Que me importa ni poco ni mucho que el Duque se halle aquí o en otra parte—añadió picarescamente.

A la verdad, hubiera querido ser el Rey en aquel momento.

—¿No te importa que tu primo Miguel?...

—¿Mi primo Miguel? Yo le llamo siempre el duque de Estrelsau.

—Y Miguel cuando le hablas.

—Sí, por orden del Rey tu padre.

—Eso es. ¿Y ahora por orden mía?

—Si así me lo mandas.

—Desde luego. Conviene que todos nos mostremos muy amables con nuestro querido Miguel.

—¿Y supongo que también me ordenas recibir a sus amigos?

—¿Los seis?

—¿Tú también los llamas así?

—Por seguir la moda. Pero no te mando recibir más que a las personas a quienes tú quieras hacer esa honra.

—¿Excepto a ti?

—Por lo que a mí se refiere, no tengo órdenes que darte. Me limito a suplicar.

En aquel momento se oyeron vítores en la calle. La Princesa corrió hacia uno de los balcones.

—¡Es él!—exclamó.—¡El duque de Estrelsau!

Me sonreí, pero nada dije, y ella volvió a su asiento. Permanecimos breves instantes en silencio. Cesó el clamor callejero, pero oímos rumor de voces y pasos en la antecámara. Empecé a hablar sobre diversos temas, y al cabo de algunos minutos me pregunté qué se habría hecho del Duque. Sin embargo, me pareció que no me tocaba intervenir en el asunto, cuando de repente, y con gran sorpresa mía, cruzó Flavia las manos y exclamó con agitada voz:

—¿Te parece bien irritarlo así?

—¿Irritarlo? ¿A quién? ¿Cómo?

—Haciéndolo esperar tanto.

—Pero, prima mía, si yo no quiero hacerlo esperar ni...

—¿Es decir, que puede entrar?

—Sin duda, si tú se lo permites.

Flavia me miró con curiosidad.

—¡Qué cosas tienes!—dijo.—Demasiado sabes que mientras estés conmigo no pueden anunciarme a nadie.

¡Valiosa prerrogativa regia!

—No hay nada como la etiqueta—dije.—Pero había olvidado esa regla por completo. Y dime: si yo estuviese a solas con otra persona, ¿podrían anunciarte a ti?

—Lo sabes tan bien como yo—contestó admirada.—Podrían anunciarme, porque soy princesa de la sangre.

—Jamás pude acordarme de todas esas distinciones—dije, en tanto interiormente maldecía a Tarlein por no haberme instruido mejor.—Pero sabré reparar mi falta.

—Me dirigí presuroso a la puerta, y abriéndola de par en par entré en la antecámara. Miguel se hallaba sentado ante una mesa, irritado el semblante y torva la mirada. Todas las otras personas presentes estaban en pie, excepto el tunante de Tarlein, que arrellanado en un sillón galanteaba a la condesa Elga. Al entrar yo se levantó de un salto, mostrando tanto respeto hacia mí como indiferencia hacia el Duque. No era extraño que éste no le tuviese buena voluntad.

Tendí la mano a Miguel, que la estrechó, y le di un abrazo. Después lo conduje yo mismo a la habitación inmediata.

—Hermano—le dije,—de haber sabido yo que Vuestra Alteza se hallaba aquí, no hubiera vacilado un momento en solicitar de la Princesa permiso para conducir a Vuestra Alteza a su lado.

Me dio las gracias, pero con mucha frialdad. Sin negar al Duque algunas buenas cualidades, no tenía la de saber ocultar sus impresiones. Aun el más indiferente hubiera comprendido que me odiaba, sobre todo viéndome a solas con la princesa Flavia; sin embargo, estoy convencido de que procuró disimular su odio y aun hacerme creer que me tomaba por el verdadero Rey. Comprendía yo que esto último era imposible, y me figuraba la ira de que estaría poseído al tributarme homenaje y al oirme hablar de «Miguel» y «Flavia.»

—Noto que Vuestra Majestad tiene herida o lastimada una mano—observó con fingido interés.

—Sí, me puse a jugar con un perro faldero—dije, resuelto a burlarme de él,—y ya sabe Vuestra Alteza cuán falsos y traidores son.

Se sonrió sarcásticamente y me miró con fijeza breves momentos.

—¡Pero esas mordeduras son peligrosas!—exclamó alarmada la Princesa.

—Nada temas, prima mía—dije.—Otra cosa sería si yo hubiese permitido al gozquecillo morderme más profundamente.

—¿Pero, le han dado muerte?

—Todavía no. Esperamos a ver si su mordedura es nociva.

—¿Y si lo fuese?—preguntó Miguel con su siniestra sonrisa.

—Lo despacharíamos en un santiamén, hermano.

—¿Pero no volverás a jugar con él?—preguntó Flavia.

—Puede que sí.

—¿Y si vuelve a morderte?

—Procurará hacerlo, no lo dudo—contesté sonriéndome.

Después, temeroso de que Miguel dijese algo que me obligase a mostrarme ofendido, empecé a felicitarlo por el marcial aspecto de su guardia y por la lealtad que me había demostrado el día de la coronación. Pasé después a hacer un caluroso elogio del pabellón de caza que había puesto a mi disposición. Pero sin duda le iba faltando la paciencia, porque levantóse de repente y se despidió en breves frases. Sin embargo, llegado a la puerta, se detuvo para decir:

—Tres caballeros a quienes estimo, desean vivamente ser presentados a Vuestra Majestad. Esperan en la antecámara.

Inmediatamente me llegué al Duque y tomé su brazo, a pesar del gesto avinagrado que puso, y entramos en la antecámara como buenos hermanos. Hizo Miguel un ademán y se adelantaron tres hombres.

—Estos caballeros—dijo el Duque con la más graciosa y perfecta cortesía,—son los más leales y adictos servidores de Vuestra Majestad, a la vez que fieles amigos míos.

—Títulos ambos, repuse, que los hacen igualmente acreedores a toda mi estimación.

Uno tras otro se adelantaron y besaron mi mano. De Gautet, un sujeto alto, delgado, de erizados cabellos y retorcido bigote. El belga Bersonín, personaje grueso, de mediana estatura y calvo, aunque no contaba mucho más de treinta años. Y por último el inglés Dechard, de cara estrecha y larga, cabello cortado al rape y bronceado color. Tenía muy arrogante presencia, ancho de hombros, delgada la cintura. «Buena espada, pero un bribón de marca,» me dije al verlo. Le hablé en inglés, con ligero acento extranjero y vi asomar a sus labios una sonrisa, que reprimió en seguida.

—Es decir que el caballero Dechard está en el secreto—pensé.

Una vez libre de mi querido hermano y sus amigos, me volví para despedirme de mi prima. Estaba esperándome en la puerta que separa ambas habitaciones, y al tomar yo su mano me dijo muy quedo:

—Sé prudente, Rodolfo. Tén cuidado...

—¿De qué?

—Bien lo sabes; no puedo decirlo ahora. Pero piensa en lo que vale y significa tu vida para...

—¿Para quién?

—Para Ruritania.

¿Hacía yo bien o mal en representar aquel papel? No lo sé; ambos caminos eran peligrosos y no me atreví a decirle la verdad.

—¿Sólo para Ruritania?—le pregunté dulcemente.

Súbito rubor coloreó sus primorosas facciones.

—Y también para tus amigos—dijo.

—¿Amigos?

—Y para tu prima—murmuró por fin;—tu amante prima.

No pude hablar. Besé su mano y salí indignado contra mí mismo.

Hallé afuera al galante Tarlein, muy entretenido con la condesa Elga, sin cuidarse de los lacayos que le observaban.

—¡Qué diantre!—dijo.—No todo ha de ser conspirar y el amor reclama también sus derechos.

—Lo mismo digo—contesté; y Tarlein me siguió respetuosamente.


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