Pocos españoles, aun contando a los menos sabios yleÃdos, desconocerán la historieta vulgar que sirve defundamento a la presente obrilla.Un zafio pastor de cabras, que nunca habÃa salido dela escondida Cortijada en que nació, fue el primero a1-5quien nosotros se la oÃmos referir.—Era el tal uno deaquellos rústicos sin ningunas letras, pero naturalmenteladinos y bufones, que tanto papel hacen en nuestraliteratura nacional con el dictado depÃcaros. Siempreque en la Cortijada habÃa fiesta, con motivo de boda o1-10bautizo, o de solemne visita de los amos, tocábale a élponer los juegos de chasco y pantomima, hacer laspayasadas y recitar los romances y relaciones;—yprecisamente en una ocasión de éstas hace ya casitoda una vida..., es decir, (hace ya más de treinta y1-15cinco años), tuvo a bien deslumbrar y embelesar ciertanoche nuestra inocencia (relativa) con el cuento enverso deEl Corregidor y la Molinera, o sea deElMolinero y la Corregidora, que hoy ofrecemos nosotrosal público bajo el nombre más trascendental y filosófico1-20(pues asà lo requiere la gravedad de estos tiempos) deEl Sombrero de tres picos.Recordamos, por señas, que cuando el pastor nosdio tan buen rato, las muchachas casaderas allà reunidasse pusieron muy coloradas, de donde sus madresdedujeron que la historia era algo verde, por lo cualpusieron ellas al pastor de oro y azul; pero el pobreRepela (asà se llamaba el pastor) no se mordió la lengua,y contestó diciendo: que no habÃa por qué escandalizarse2-5de aquel modo, pues nada resultaba de surelación que no supiesen hasta las monjas y hasta lasniñas de cuatro años....—Y si no, vamos a ver (preguntó el cabrero): ¿quése saca en claro de la historia deEl Corregidor y la2-10Molinera? ¡Que los casados duermen juntos, y quea ningún marido le acomoda que otro hombre duermacon su mujer!—¡Me parece que la noticia!...—¡Pues es verdad!—respondieron las madres,oyendo las carcajadas de sus hijas.2-15—La prueba de que el tÃo Repela tiene razón (observóen esto el padre del novio), es que todos loschicos y grandes aquà presentes se han enterado ya deque esta noche, asà que se acabe el baile, Juanete yManolilla estrenarán esa hermosa cama de matrimonio2-20que la tÃa Gabriela acaba de enseñar a nuestras hijaspara que admiren los bordados de los almohadones....—¡Hay más! (dijo el abuelo de la novia): hasta enel libro de la Doctrina y en los mismos Sermones sehabla a los niños de todas estas cosas tan naturales, al2-25ponerlos al corriente de la larga esterilidad de NuestraSeñora Santa Ana, de la virtud del casto José, de laestratagema de Judit, y de otros muchos milagros queno recuerdo ahora.—Por consiguiente, señores....—¡Nada, nada, tÃo Repela! (exclamaron valerosamente2-30las muchachas.) ¡Diga V. otra vez su relación;que es muy divertida!—¡Y hasta muy decente! (continuó el abuelo). Puesen ella no se aconseja a nadie que sea malo; ni se leenseña a serlo; ni queda sin castigo el que lo es....3-5—¡Vaya! ¡repÃtala V.!—dijeron al fin consistorialmentelas madres de familia.El tÃo Repela volvió entonces a recitar el romance,y, considerado ya su texto por todos a la luz de aquellacrÃtica tan ingenua, hallaron que no habÃaperoque3-10ponerle; lo cual equivale a decir que le concedieronlas licencias necesarias.**  *Andando los años, hemos oÃdo muchas y muy diversasversiones de aquella misma aventura deEl Molineroy la Corregidora, siempre de labios degraciosos3-15de aldea y de cortijo, por el orden del ya difunto Repela,y además la hemos leÃdo en letras de molde en diferentesRomances de ciegoy hasta en el famosoRomancerodel inolvidable D. AgustÃn Durán.El fondo del asunto resulta idéntico: tragi-cómico,3-20zumbón y terriblemente epigramático, como todas laslecciones dramáticas de moral de que se enamora nuestropueblo; pero la forma, el mecanismo accidental,los procedimientos casuales, difieren mucho, muchÃsimo,del relato de nuestro pastor, tanto, que éste no hubiera3-25podido recitar en la Cortijada ninguna de dichas versiones,ni aun aquellas que corren impresas, sin queantes se tapasen los oÃdos las muchachas en estadohonesto, o sin exponerse a que sus madres le sacaranlos ojos.—¡A tal punto han extremado y pervertidolos groseros patanes de otras provincias el caso tradicionalque tan sabroso, discreto y pulcro resultaba en4-5la versión del clásico Repela!Hace, pues, mucho tiempo que concebimos el propósitode restablecer la verdad de las cosas, devolviendoa la peregrina historia de que se trata su primitivo carácter,que nunca dudamos fuera aquel en que salÃa4-10mejor librado el decoro.—Ni ¿cómo dudarlo? Estaclase de relaciones, al rodar por las manos del vulgo,nunca se desnaturalizan para hacerse más bellas, delicadasy decentes, sino para estropearse y percudirse alcontacto de la ordinariez y la chabacanerÃa.4-15Tal es la historia del presente libro.... Conquemétamenos ya en harina; quiero decir, demos comienzoa la relación deEl Corregidor y la Molinera, no sinesperar de tu sano juicio (¡oh respetable público!) que«después de haberla leÃdo y héchote más cruces que4-20si hubieras visto al demonio (como dijo EstebanilloGonzález al principiar la suya), la tendrás por digna ymerecedora de haber salido a luz.»Julio de 1874.———————————————————EL SOMBRERO DE TRES PICOSIDE CUÃNDO SUCEDIÓ LA COSAComenzabaeste largo siglo, que ya va de vencida.—Nose sabe fijamente el año: sólo consta que eradespués del de 4 y antes del de 8.Reinaba, pues, todavÃa en España Don Carlos IV deBorbón;por la gracia de Dios, según las monedas, y5-5por olvido o gracia especial de Bonaparte, según losboletines franceses.—Los demás soberanos europeosdescendientes deLuis XIVhabÃan perdido ya la corona(y el jefe de ellos la cabeza) en la deshecha borrascaque corrÃa esta envejecida parte del mundo desde 1789.5-10Ni paraba aquà la singularidad de nuestra patria enaquellos tiempos. El Soldado de la Revolución, el hijode un obscuro abogado corso, el vencedor en RÃvoli, enlas Pirámides, en Marengo y en otras cien batallas,acababa de ceñirse la corona de Carlo Magno y de5-15transfigurar completamente la Europa, creando y suprimiendonaciones, borrando fronteras, inventando dinastÃasy haciendo mudar de forma, de nombre, de sitio,de costumbres y hasta de traje a los pueblos por dondepasaba en su corcel de guerra como un terremoto animado,5-20o como el "Antecristo," que le llamaban las potenciasdel norte...—Sin embargo, nuestros padres (¡Dioslos tenga en su santa gloria!), lejos de odiarlo o detemerle, complacÃanse aún en ponderar sus descomunaleshazañas, como si se tratase del héroe de un libro de caballerÃas,6-5o de cosas que sucedÃan en otro planeta, sin que nipor asomos recelasen que pensara nunca en venir por acáa intentar las atrocidades que habÃa hecho en Francia,Italia, Alemania y otros paÃses. Una vez por semana(y dos a lo sumo) llegaba el correo de Madrid a la mayor6-10parte de las poblaciones importantes de la PenÃnsula,llevando algún número de laGaceta(que tampoco eradiaria), y por ella sabÃan las personas principales(suponiendo que laGacetahablase del particular) siexistÃa un estado más o menos allende el Pirineo, si se6-15habÃa reñido otra batalla en que peleasen seis ú ochoreyes y emperadores, y si Napoleón se hallaba en Milán,en Bruselas o en Varsovia...—Por lo demás, nuestrosmayores seguÃan viviendo a la antigua española,sumamente despacio, apegados a sus rancias costumbres,6-20en paz y en gracia de Dios, con su Inquisición ysus frailes, con su pintoresca desigualdad ante la ley,con sus privilegios, fueros y exenciones personales, consu carencia de toda libertad municipal o polÃtica, gobernadossimultáneamente por insignes obispos y poderosos6-25corregidores (cuyas respectivas potestades no eramuy fácil deslindar, pues unos y otros se metÃan en lotemporal y en lo eterno), y pagando un sinnúmero decontribuciones y tributos, cuya nomenclatura no vienea cuento ahora.6-30Y aquà termina todo lo que la presente historia tieneque ver con la militar y polÃtica de aquella época; puesnuestro único objeto, al referir lo que entonces sucedÃaen el mundo, ha sido venir a parar a que el año de quese trata (supongamos que el de 1805) imperaba todavÃa7-5en España elantiguo régimenen todas las esferas de lavida pública y particular, como si, en medio de tantasnovedades y trastornos, el Pirineo se hubiese convertidoen otra Muralla de la China.IIDE CÓMO VIVÃA ENTONCES LA GENTEEnAndalucÃa, por ejemplo (pues precisamente acontecióen una ciudad de AndalucÃa lo que vais a oÃr), laspersonas desuposicióncontinuaban levantándose muytemprano; yendo a la Catedral amisa de prima, aunqueno fuesedÃa de precepto, almorzando, a las nueve,8-5un huevo frito y una jÃcara de chocolate con picatostes;comiendo, de una a dos de la tarde, puchero y principio,si habÃa caza, y, si no, puchero solo; durmiendo lasiesta después de comer; paseando luego por el campo;yendo al Rosario, entre dos luces, a su respectiva parroquia;8-10tomando otro chocolate a la Oración (éste conbizcochos); asistiendo los muy encopetados a la tertuliadel corregidor, del deán, o del tÃtulo que residÃaen el pueblo; retirándose a casa a las Ãnimas; cerrandoel portón antes del toque de laqueda, cenando ensalada8-15yguisadopor antonomasia, si nohabÃan entradoboqueronesfrescos, y acostándose incontinenti con su señora(los que la tenÃan), no sin hacerse calentar primero lacama durante nueve meses del año...¡DichosÃsimo tiempo aquel en que nuestra tierra8-20seguÃa en quieta y pacÃfica posesión de todas las telarañas,de todo el polvo, de toda la polilla, de todos losrespetos, de todas las creencias, de todas las tradiciones,de todos los usos y de todos los abusos santificados porlos siglos! ¡DichosÃsimo tiempo aquel en que habÃa enla sociedad humana variedad de clases, de afectos y decostumbres! ¡DichosÃsimo tiempo, digo..., para lospoetas especialmente, que encontraban un entremés, unsainete, una comedia, un drama, un auto sacramental o9-5una epopeya detrás de cada esquina, en vez de estaprosaica uniformidad y desabrido realismo que nos legóal cabo la Revolución Francesa!—¡DichosÃsimo tiempo,sÃ!...Pero esto es volver á las andadas. Basta ya de9-10generalidades y de circunloquios, y entremos resueltamenteen la historia delSombrero de tres picos.IIIDO UT DESEnaquel tiempo, pues, habÃa cerca de la ciudad de*** un famoso molino, harinero (que ya no existe),situado como a un cuarto de legua de la población,entre el pie de suave colina poblada de guindos ycerezos y una fertilÃsima huerta que servÃa de margen10-5(y algunas veces de lecho) al titular, intermitente ytraicionero rÃo.Por varias y diversas razones, hacÃa ya algún tiempoque aquel molino era el predilecto punto de llegada ydescanso de los paseantes más caracterizados de la mencionada10-10ciudad...—Primeramente, conducÃa a él uncamino carretero, menos intransitable que los restantesde aquellos contornos.—En segundo lugar, delante delmolino habÃa una plazoletilla empedrada, cubierta porun parral enorme, debajo del cual se tomaba muy bien10-15el fresco en el verano y el sol en el invierno, merced ala alternada ida y venida de los pámpanos....—Entercer lugar, el molinero era un hombre muy respetuoso,muy discreto, muy fino, que tenÃa lo que se llama donde gentes, y que obsequiaba a los señorones que solÃan10-20honrarlo con su tertulia vespertina, ofreciéndoles...lo que daba el tiempo, ora habas verdes, ora cerezas yguindas, ora lechugas en rama y sin sazonar (que estánmuy buenas cuando se las acompaña de macarros depan y aceite; macarros que se encargaban de enviarpor delante sus señorÃas), ora melones, ora uvas deaquella misma parra que les servÃa de dosel, orarosetasde maÃz, si era invierno, y castañas asadas, y almendras,y nueces, y de vez en cuando, en las tardes muy frÃas,11-5un trago de vino de pulso (dentro ya de la casa y alamor de la lumbre), a lo que por Pascuas se solÃa añadiralgún pestiño, algún mantecado, algún rosco oalguna lonja de jamón alpujarreño.—¿Tan rico era el molinero, o tan imprudentes sus11-10tertulianos?—exclamaréis, interrumpiéndome.Ni lo uno ni lo otro. El molinero sólo tenÃa unpasar, y aquellos caballeros eran la delicadeza y elorgullo personificados. Pero en unos tiempos en quese pagaban cincuenta y tantas contribuciones diferentes11-15a la Iglesia y al Estado, poco arriesgaba un rústicode tan claras luces como aquél en tenerse ganada lavoluntad de regidores, canónigos, frailes, escribanosy demás personas de campanillas. Asà es que nofaltaba quien dijese que el tÃo Lucas (tal era el nombre11-20del molinero) se ahorraba un dineral al año a fuerzade agasajar a todo el mundo.—«Vuestra Merced me va a dar una puertecillavieja de la casa que ha derribado,» decÃale a uno.—«VuestraSeñorÃa (decÃale a otro) va a mandar que me11-25rebajen el subsidio, o la alcabala, o la contribución defrutos-civiles.»—«Vuestra Reverencia me va a dejarcoger en la huerta del convento una poca hoja paramis gusanos de seda.»—«Vuestra IlustrÃsima me va adar permiso para traer una poca leña del monte X.»—«Vuestra11-30Paternidad me va a poner dos letras paraque me permitan cortar una poca madera en el pinar H.»—«Esmenester que me haga Usarcé una escriturillaque no me cueste nada.»—«Este año no puedo pagarel censo.»—«Espero que el pleito se falle a mi favor.»—«Hoy12-5le he dado de bofetadas a uno, y creo quedebe ir a la cárcel por haberme provocado.»—«¿TendrÃasu Merced tal cosa de sobra?»—«¿Le sirve aUsted de algo tal otra?»—«¿Me puede prestar lamula?»—«¿Tiene ocupado mañana el carro?»—«¿Le12-10parece que envÃe por el burro?»Y estas canciones se repetÃan a todas horas, obteniendosiempre por contestación un generoso y desinteresado...«Como se pide.»Conque ya veis que el tÃo Lucas no estaba en camino12-15de arruinarse.IVUNA MUJER VISTA POR FUERALaúltima y acaso la más poderosa razón que tenÃaelseñorÃode la ciudad para frecuentar por las tardesel molino del tÃo Lucas, era... que, asà los clérigoscomo los seglares, empezando por el Sr. Obispo y elSr. Corregidor, podÃan contemplar allà a sus anchas13-5una de las obras más bellas, graciosas y admirables quehayan salido jamás de las manos de Dios, llamado entonceselSer Supremopor Jovellanos y toda la escuelaafrancesada de nuestro paÃs....Esta obra... se denominaba «la señá Frasquita.»13-10Empiezo por responderos de que la señá Frasquita,legÃtima esposa del tÃo Lucas, era una mujer de bien, yde que asà lo sabÃan todos los ilustres visitantes delmolino. Digo más: ninguno de éstos daba muestrasde considerarla con ojos de varón ni con trastienda13-15pecaminosa. Admirábanla, sÃ, y requebrábanla en ocasiones(delante de su marido, por supuesto), lo mismolos frailes que los caballeros, los canónigos que losgolillas, como un prodigio de belleza que honraba a suCriador, y como una diablesa de travesura y coqueterÃa,13-20que alegraba inocentemente los espÃritus más melancólicos.—«Esunhermoso animal,» solÃa decir el virtuosÃsimoPrelado.—«Es una estatua de la antigüedadhelénica,» observaba un Abogado muy erudito, Académicocorrespondiente de la Historia.—«Es la propiaestampa de Eva,» prorrumpÃa el Prior de los Franciscanos.—«Esuna real moza,» exclamaba el Coronelde milicias.—«Es una sierpe, una sirena, ¡un demonio!»añadÃa el Corregidor.—«Pero es una buena14-5mujer, es un ángel, es una criatura, es una chiquilla decuatro años,» acababan por decir todos, al regresar delmolino atiborrados de uvas o de nueces, en busca desus tétricos y metódicos hogares.La chiquilla de cuatro años, esto es, la señá Frasquita,14-10frisarÃa en los treinta. TenÃa más de dos varasde estatura, y era recia a proporción, o quizás másgruesa todavÃa de lo correspondiente a su arrogantetalla. ParecÃa una Niobe colosal, y eso que no habÃatenido hijos: parecÃa un Hércules... hembra: parecÃa14-15una matrona romana de las que aún hay ejemplaresen el Trastévere.—Pero lo más notable en ella era lamovilidad, la ligereza, la animación, la gracia de surespetable mole. Para ser una estatua, como pretendÃael Académico, le faltaba el reposo monumental. Se14-20cimbraba como un junco, giraba como una veleta, bailabacomo una peonza.—Su rostro era más movibletodavÃa, y, por tanto, menos escultural. Avivábanlodonosamente hasta cinco hoyuelos: dos en una mejilla;otro en otra; otro, muy chico, cerca de la comisura14-25izquierda de sus rientes labios, y el último, muy grande,en medio de su redonda barba. Añadid a esto lospicarescos mohines, los graciosos guiños y las variadasposturas de cabeza que amenizaban su conversación,y formaréis idea de aquella cara llena de sal14-30y de hermosura y radiante siempre de salud y alegrÃa.Ni la señá Frasquita ni el tÃo Lucas eran andaluces:ella era navarra y él murciano. Él habÃa ido a la ciudadde ***, a la edad de quince años, como mediopaje, medio criado del obispo anterior al que entonces15-5gobernaba aquella iglesia. Educábalo su protectorpara clérigo, y tal vez con esta mira y para que no careciesedecongrua, dejole en su testamento el molino; peroel tÃo Lucas, que a la muerte de Su IlustrÃsima no estabaordenado más que demenores, ahorcó los hábitos en15-10aquel punto y hora, y sentó plaza de soldado, másganoso de ver mundo y correr aventuras que de decirmisa o de moler trigo.—En 1793 hizo la campaña delos Pirineos Occidentales, como ordenanza del valienteGeneral Don Ventura Caro; asistió al asalto de Castillo15-15Piñón, y permaneció luego largo tiempo en las provinciasdel Norte, donde tomó la licencia absoluta.—EnEstella conoció a la señá Frasquita, que entonces sólose llamabaFrasquita; la enamoró; se casó con ella, yse la llevó a AndalucÃa en busca de aquel molino que15-20habÃa de verlos tan pacÃficos y dichosos durante el restode su peregrinación por este valle de lágrimas y risas.La señá Frasquita, pues, trasladada de Navarra aaquella soledad, no habÃa adquirido ningún hábitoandaluz, y se diferenciaba mucho de las mujeres15-25campesinas de los contornos. VestÃa con más sencillez,desenfado y elegancia que ellas, lavaba más sus carnes,y permitÃa al sol y al aire acariciar sus arremangadosbrazos y su descubierta garganta. Usaba, hasta ciertopunto, el traje de las señoras de aquella época, el traje15-30de las mujeres de Goya, el traje de la reina MarÃa Luisa:si no falda de medio paso, falda de un paso solo, sumamentecorta, que dejaba ver sus menudos pies y elarranque de su soberana pierna: llevaba el escote redondoy bajo, al estilo de Madrid, donde se detuvo dos16-5meses con su Lucas al trasladarse de Navarra a AndalucÃa;todo el pelo recogido en lo alto de la coronilla,lo cual dejaba campear la gallardÃa de su cabeza y desu cuello; sendas arracadas en las diminutas orejas, ymuchas sortijas en los afilados dedos de sus duras pero16-10limpias manos.—Por último: la voz de la señá FrasquitatenÃa todos los tonos del más extenso y melodiosoinstrumento, y su carcajada era tan alegre y argentina,que parecÃa un repique de Sábado de Gloria.Retratemos ahora al tÃo Lucas.16-15VUN HOMBRE VISTO POR FUERA Y POR DENTROEltÃo Lucas era más feo que Picio. Lo habÃa sidotoda su vida, y ya tenÃa cerca de cuarenta años. Sinembargo, pocos hombres tan simpáticos y agradableshabrá echado Dios al mundo. Prendado de su viveza,de su ingenio y de su gracia, el difunto obispo se lo17-5pidió a sus padres, que eran pastores, no de almas, sinode verdaderas ovejas. Muerto Su IlustrÃsima, y dejadoque hubo el mozo el seminario por el cuartel, distinguioloentre todo su ejército el General Caro, y lo hizosu ordenanza más Ãntimo, su verdadero criado de campaña.17-10Cumplido, en fin, el empeño militar, fuele tanfácil al tÃo Lucas rendir el corazón de la señá Frasquita,como fácil le habÃa sido captarse el aprecio del generaly del prelado. La navarra, que tenÃa a la sazón veinteabriles, y era el ojo derecho de todos los mozos de Estella,17-15algunos de ellos bastante ricos, no pudo resistir alos continuos donaires, a las chistosas ocurrencias, a losojillos de enamorado mono y a la bufona y constantesonrisa, llena de malicia, pero también de dulzura, deaquel murciano tan atrevido, tan locuaz, tan avisado,17-20tan dispuesto, tan valiente y tan gracioso, que acabópor trastornar el juicio, no sólo a la codiciada beldad,sino también a su padre y a su madre.Lucas era en aquel entonces, y seguÃa siendo en lafecha a que nos referimos, de pequeña estatura (a lomenos con relación a su mujer), un poco cargado de espaldas,muy moreno, barbilampiño, narigón, orejudo ypicado de viruelas.—En cambio, su boca era regular ysu dentadura inmejorable. Dijérase que sólo la corteza18-5de aquel hombre era tosca y fea; que tan pronto comoempezaba a penetrarse dentro de él aparecÃan sus perfecciones,y que estas perfecciones principiaban en losdientes. Luego venÃa la voz, vibrante, elástica, atractiva;18-10varonil y grave algunas veces, dulce y melosacuando pedÃa algo, y siempre difÃcil de resistir. Llegabadespués lo que aquella voz decÃa: todo oportuno, discreto,ingenioso, persuasivo... Y, por último, en el almadel tÃo Lucas habÃa valor, lealtad, honradez, sentido18-15común, deseo de saber y conocimientos instintivos oempÃricos de muchas cosas, profundo desdén a losnecios, cualquiera que fuese su categorÃa social, y ciertoespÃritu de ironÃa, de burla y de sarcasmo, que le hacÃanpasar, a los ojos del Académico, por un D. Francisco18-20de Quevedo en bruto.Tal era por dentro y por fuera el tÃo Lucas.VIHABILIDADES DE LOS DOS CÓNYUGESAmaba, pues, locamente la señá Frasquita al tÃo Lucas,y considerábase la mujer más feliz del mundo al verseadorada por él. No tenÃan hijos, según que ya sabemos,y habÃase consagrado cada uno a cuidar y mimar al otro19-5con esmero indecible, pero sin que aquella tierna solicitudostentase el carácter sentimental y empalagoso, porlo zalamero, de casi todos los matrimonios sin sucesión.Al contrario: tratábanse con una llaneza, una alegrÃa,una broma y una confianza semejantes a las de aquellosniños, camaradas de juegos y de diversiones, que se10-10quieren con toda el alma sin decÃrselo jamás, ni darsea sà mismos cuenta de lo que sienten.¡Imposible que haya habido sobre la tierra molineromejor peinado, mejor vestido, más regalado en la mesa,rodeado de más comodidades en su casa, que eltÃo10-15Lucas! ¡Imposible que ninguna molinera ni ningunareina haya sido objeto de tantas atenciones, de tantosagasajos, de tantas finezas como la señá Frasquita!¡Imposible también que ningún molino haya encerradotantas cosas necesarias, útiles, agradables, recreativas y19-20hasta superfluas, como el que va a servir de teatro acasi toda la presente historia!ContribuÃa mucho a ello que la señá Frasquita, lapulcra, hacendosa, fuerte y saludable navarra, sabÃa,querÃa y podÃa guisar, coser, bordar, barrer, hacer dulces,lavar, planchar, blanquear la casa, fregar el cobre,amasar, tejer, hacer media, cantar, bailar, tocar la guitarray los palillos, jugar a la brisca y al tute, y otrasmuchÃsimas cosas cuya relación fuerainterminable.—Y20-5contribuÃa no menos al mismo resultado el que el tÃoLucas sabÃa, querÃa y podÃa dirigir la molienda, cultivarel campo, cazar, pescar, trabajar de carpintero, de herreroy de albañil, ayudar a su mujer en todos los quehaceresde la casa, leer, escribir, contar, etc.,etc.20-10Y esto sin hacer mención de los ramos de lujo, o seade sus habilidades extraordinarias...Por ejemplo: el tÃo Lucas adoraba las flores (lo mismoque su mujer), y era floricultor tan consumado, quehabÃa conseguido producirejemplaresnuevos, por medio20-15de laboriosas combinaciones. TenÃa algo de ingenieronatural, y lo habÃa demostrado construyendo una presa,un sifón y un acueducto que triplicaron el agua delmolino. HabÃa enseñado a bailar a un perro, domesticadouna culebra, y hecho que un loro diese la hora por20-20medio de gritos, según las iba marcando un reloj de solque el molinero habÃa trazado en una pared; de cuyasresultas el loro daba ya la hora con toda precisión, hastaen los dÃas nublados y durante la noche.Finalmente: en el molino habÃa una huerta que producÃa20-25toda clase de frutas y legumbres; un estanque encerradoen una especie de kiosko de jazmines, donde se bañabanen verano el tÃo Lucas y la señá Frasquita, un jardÃn;una estufa o invernadero para las plantas exóticas; unafuente de agua potable; dos burras, en que elmatrimonio20-30iba a la Ciudad o a los pueblos de las cercanÃas;gallinero, palomar, pajarera, criadero de peces; criaderode gusanos de seda; colmenas, cuyas abejas libaban enlos jazmines; jaraiz o lagar, con su bodega correspondiente,ambas cosas en miniatura; horno, telar, fragua,21-5taller de carpinterÃa, etc., etc.; todo ello reducido a unacasa de ocho habitaciones y a dos fanegas de tierra, ytasado en la cantidad de diez mil reales.VIIEL FONDO DE LA FELICIDADAdorábanse, sÃ, locamente el molinero y la molinera,y aun se hubiera creÃdo que ella lo querÃa más a él queél a ella, no obstante ser él tan feo y ella tan hermosa.DÃgolo porque la señá Frasquita solÃa tener celos ypedirle cuentas al tÃo Lucas cuando éste tardaba mucho22-5en regresar de la Ciudad o de los pueblos adonde ibapor grano, mientras que el tÃo Lucas veÃa hasta congusto las atenciones de que era objeto la señá Frasquitapor parte de los señores que frecuentaban el molino;se ufanaba y regocijaba de que a todos les agradase22-10tanto como a él: y, aunque comprendÃa que en el fondodel corazón se la envidiaban algunos de ellos, la codiciabancomo simples mortales y hubieran dado cualquiercosa porque fuese menos mujer de bien, la dejaba soladÃas enteros sin el menor cuidado, y nunca le preguntaba22-15luego qué habÃa hecho ni quién habÃa estado allÃdurante su ausencia...No consistÃa aquello, sin embargo, en que el amordel tÃo Lucas fuese menos vivo que el de la señá Frasquita.ConsistÃa en que él tenÃa más confianza en la22-20virtud de ella que ella en la de él; consistÃa en que él laaventajaba en penetración, y sabÃa hasta qué punto eraamado y cuánto se respetaba su mujer a sà misma; yconsistÃa principalmente en que el tÃo Lucas era todoun hombre: un hombre como el de Shakespeare, depocos e indivisibles sentimientos; incapaz de dudas;que creÃa o morÃa; que amaba o mataba; que noadmitÃa gradación ni tránsito entre la suprema felicidady el exterminio de su dicha.23-5Era, en fin, unOtelode Murcia, con alpargatas ymontera, en el primer acto de una tragedia posible...Pero ¿a qué estas notas lúgubres en una tonadilla tanalegre? ¿A qué estos relámpagos fatÃdicos en una atmósferatan serena? ¿A qué estas actitudes melodramáticas23-10en un cuadro degénero?Vais a saberlo inmediatamente.VIIIEL HOMBRE DEL SOMBRERO DE TRES PICOSEranlas dos de una tarde de Octubre.El esquilón de la Catedral tocaba a vÃsperas,—locual equivale a decir que ya habÃan comido todas laspersonas principales de la ciudad.Los canónigos se dirigÃan al coro, y los seglares a24-5sus alcobas a dormir la siesta, sobre todo aquellos que,por razón de oficio, v. gr., las autoridades, habÃan pasadola mañana entera trabajando.Era, pues, muy de extrañar que a aquella hora, impropiaademás para dar un paseo, pues todavÃa hacÃa24-10demasiado calor, saliese de la Ciudad, a pie, y seguidode un solo alguacil, el ilustre señor Corregidor de la misma,—aquien no podÃa confundirse con ninguna otrapersona ni de dÃa ni de noche, asà por la enormidad desu sombrero de tres picos y por lo vistoso de su capa24-15de grana, como por lo particularÃsimo de su grotescodonaire...De la capa de grana y del sombrero de tres picos, sonmuchas todavÃa las personas que pudieran hablar conpleno conocimiento de causa. Nosotros, entre ellas,24-20lo mismo que todos los nacidos en aquella ciudad enlas postrimerÃas del reinado del Señor Don FernandoVII, recordamos haber visto colgados de un clavo,único adorno de desmantelada pared, en la ruinosatorre de la casa que habitó Su SeñorÃa (torre destinadaa la sazón a los infantiles juegos de sus nietos), aquellasdos anticuadas prendas, aquella capa y aquel sombrero,—elnegro sombrero encima, y la roja capa debajo,—formandouna especie de espectro del absolutismo; una25-5especie de sudario del Corregidor, una especie de caricaturaretrospectiva de su poder, pintada con carbón yalmagre, como tantas otras, por los párvulosconstitucionalesde la de1837 que allà nos reunÃamos; unaespecie, en fin, deespantapájaros, que en otro tiempo25-10habÃa sidoespanta-hombres, y que hoy me da miedo dehaber contribuido a escarnecer, paseándolo por aquellahistórica ciudad, en dÃas de carnestolendas, en lo altode un deshollinador, o sirviendo de disfraz irrisorio alidiota que más hacÃa reÃr a la plebe...—¡Pobre25-15principio de autoridad! ¡Asà te hemos puesto los mismosque hoy te invocamos tanto!En cuanto al indicado grotesco donaire del señorCorregidor, consistÃa (dicen) en que era cargado deespaldas..., todavÃa más cargado de espaldas que el25-20tÃo Lucas..., casi jorobado, por decirlo de una vez;de estatura menos que mediana; endeblillo; de malasalud; con las piernas arqueadas y una manera de andarsui generis(balanceándose de un lado a otro y deatrás hacia adelante), que sólo se puede describir con25-25la absurda fórmula de que parecÃa cojo de los dos pies.—Encambio (añade la tradición), su rostro era regular,aunque ya bastante arrugado por la falta absoluta dedientes y muelas; moreno verdoso, como el de casitodos los hijos de las Castillas; con grandes ojos obscuros,25-30en que relampagueaban la cólera, el despotismoy la lujuria; con finas y traviesas facciones, que notenÃan la expresión del valor personal, pero sà la deuna malicia artera capaz de todo, y con cierto aire desatisfacción, medio aristocrático, medio libertino, que26-5revelaba que aquel hombre habrÃa sido, en su remotajuventud, muy agradable y acepto a las mujeres, noobstante sus piernas y su joroba.D. Eugenio de Zúñiga y Ponce de León (que asà sellamaba Su SeñorÃa) habÃa nacido en Madrid, de familia26-10ilustre; frisarÃa a la sazón en los cincuenta y cincoaños, y llevaba cuatro de corregidor en la ciudad de quetratamos, donde se casó, a poco de llegar, con la principalÃsimaseñora que diremos más adelante.Las medias de D. Eugenio (única parte que, además26-15de los zapatos, dejaba ver de su vestido la extensÃsimacapa de grana) eran blancas, y los zapatos negros, conhebilla de oro. Pero luego que el calor del campo loobligó a desembozarse, vÃdose que llevaba gran corbatade batista; chupa de sarga de color de tórtola, muy26-20festoneada de ramillos verdes, bordados de realce; calzóncorto, negro, de seda; una enorme casaca de lamisma estofa que la chupa; espadÃn con guarnición deacero; bastón con borlas, y un respetable par de guantes(o quirotecas) de gamuza pajiza, que no se ponÃa nunca26-25y que empuñaba a guisa de cetro.El alguacil, que seguÃa a veinte pasos de distancia alseñor Corregidor, se llamabaGarduña, y era la propiaestampa de su nombre.—Flaco, agilÃsimo; mirandoadelante y atrás y a derecha e izquierda al propio tiempo26-30que andaba; de largo cuello; de diminuto y repugnanterostro, y con dos manos como dos manojos de disciplinas,parecÃa juntamente un hurón en busca de criminales,la cuerda que habÃa de atarlos, y el instrumento destinadoa su castigo.27-5El primer corregidor que le echó la vista encima,le dijo sin más informes: «Tú serás mi verdaderoalguacil...»—Y ya lo habÃa sido de cuatro corregidores.TenÃa cuarenta y ocho años, y llevaba sombrero de27-10tres picos, mucho más pequeño que el de su señor (puesrepetimos que el de éste era descomunal), capa negracomo las medias y todo el traje, bastón sin borlas, y unaespecie de asador por espada.Aquel espantajo negro parecÃa la sombra de su vistoso27-15amo.IX¡ARRE, BURRA!Pordondequiera que pasaban el personaje y suapéndice, los labradores dejaban sus faenas y se descubrÃanhasta los pies, con más miedo que respeto;después de lo cual se decÃan en voz baja:—¡Temprano va esta tarde el señor Corregidor a ver28-5a la señá Frasquita!—¡Temprano... y solo!—añadÃan algunos, acostumbradosa verlo siempre dar aquel paseo en compañÃade otras varias personas.—Oye, tú, Manuel: ¿por qué irá solo esta tarde el28-10señor Corregidor a ver a la navarra?—le preguntó unalugareña a su marido, el cual la llevaba a grupas en labestia.Y, al mismo tiempo que la pregunta, le hizo cosquillas,por vÃa de retintÃn.28-15—¡No seas mal pensada, Josefa! (exclamó el buenhombre). La señá Frasquita es incapaz...—No digo yo lo contrario... Pero el Corregidor noes por eso incapaz de estar enamorado de ella... Yo heoÃdo decir que, de todos los que van a las francachelas28-20del molino, el único que lleva mal fin es ese madrileñotan aficionado a faldas...—¿Y qué sabes tú si es o no aficionado a faldas?—preguntóa su vez el marido.—No lo digo por mÃ...¡Ya se hubiera guardado,por más corregidor que sea, de decirme los ojos tienesnegros!La que asà hablaba era fea en grado superlativo.—Pues mira, hija, ¡allá ellos! (replicó el llamado29-5Manuel). Yo no creo al tÃo Lucas hombre de consentir...¡Bonitogenio tiene el tÃo Lucas cuando seenfada!...—Pero, en fin, ¡si ve que le conviene!...—añadióla tÃa Josefa, retorciendo el hocico.29-10—El tÃo Lucas es hombre de bien...(repuso ellugareño); y a un hombre de bien nunca pueden convenirleciertas cosas...—Pues entonces, tienes razón...¡Allá ellos!—¡Siyo fuera la señá Frasquita!...29-15—¡Arre, burra!—gritó el marido, para mudar laconversación.Y la burra salió al trote; con lo que no pudo oÃrseel resto del diálogo.XDESDE LA PARRAMientrasasà discurrÃan los labriegos que saludabanal señor Corregidor, la señá Frasquita regaba y barrÃacuidadosamente la plazoletilla empedrada que servÃa deatrio o compás al molino, y colocaba media docena desillas debajo de lo más espeso del emparrado, en el cual30-5estaba subido el tÃo Lucas, cortando los mejores racimosy arreglándolos artÃsticamente en una cesta.—¡Pues sÃ, Frasquita! (decÃa el tÃo Lucas desde loalto de la parra): el señor Corregidor está enamoradode ti de muy mala manera...30-10—Ya te lo dije yo hace tiempo (contestó la mujerdel Norte)... Pero ¡déjalo que pene!—¡Cuidado,Lucas, no te vayas a caer!—Descuida: estoy bien agarrado...—También legustas mucho al señor...30-15—¡Mira! ¡no me des más noticias! (interrumpióella). ¡Demasiado sé yo a quién le gusto y a quién nole gusto! ¡Ojalá supiera del mismo modo por qué note gusto a ti!—¡Toma! Porque eres muy fea...—contestó el30-20tÃo Lucas.—Pues, oye..., ¡fea y todo, soy capaz de subir ala parra y echarte de cabeza al suelo!..—Más fácil serÃa que yo no te dejase bajar de laparra sin comerte viva...30-25—¡Eso es!...¡y cuando vinieran mis galanes y nosviesen ahÃ, dirÃan que éramos un mono y una mona!...—Y acertarÃan; porque tú eres muy mona y muyrebonita, y yo parezco un mono con esta joroba...—Que a mà me gusta muchÃsimo...31-5—Entonces te gustará más la del Corregidor, que esmayor que la mÃa...—¡Vamos! ¡Vamos! Sr. D. Lucas...¡No tengaV. tantos celos!...—¿Celos yo de ese viejo petate?—¡Al contrario;31-10me alegro muchÃsimo de que te quiera!...—¿Por qué?—Porque en el pecado lleva la penitencia. ¡Tú nohas de quererlo nunca, y yo soy entretanto el verdaderoCorregidor de la ciudad!31-15—¡Miren el vanidoso!—Pues figúrate que llegase aquererlo...—¡Cosas más raras se ven en el mundo!—Tampoco me darÃa gran cuidado...—¿Por qué?—¡Porque entonces tú no serÃas ya tú; y, no siendo31-20tú quien eres, o como yo creo que eres, maldito lo queme importarÃa que te llevasen los demonios!—Pero bien; ¿qué harÃas en semejante caso?—¿Yo? ¡Mira lo que no sé!... Porque, comoentonces yo serÃa otro y no el que soy ahora, no puedo31-25figurarme lo que pensarÃa...—¿Y por qué serÃas entonces otro?—insistió valientementela señá Frasquita, dejando de barrer yponiéndose en jarras para mirar hacia arriba.El tÃo Lucas se rascó la cabeza, como si escarbara31-30para sacar de ella alguna idea muy profunda, hasta queal fin dijo con más seriedad y pulidez que de costumbre:—SerÃa otro, porque yo soy ahora un hombre que creeen ti como en sà mismo, y que no tiene más vida queesta fe. De consiguiente, al dejar de creer en ti, me32-5morirÃa o me convertirÃa en un nuevo hombre; vivirÃade otro modo; me parecerÃa que acababa de nacer;¡tendrÃa otras entrañas! Ignoro, pues, lo que harÃa entoncescontigo... Puede que me echara a reÃr y te volvierala espalda... Puede que ni siquiera te conociese...32-10Puede que...—Pero ¡vaya un gusto quetenemos en ponernos de mal humor sin necesidad!¿Qué nos importa a nosotros que te quieran todos loscorregidores del mundo? ¿No eres tú mi Frasquita?—¡SÃ, pedazo de bárbaro! (contestó la navarra,32-15riendo a más no poder). Yo soy tu Frasquita, y túeres mi Lucas de mi alma, más feo que el bú, con mástalento que todos los hombres, más bueno que el pan,y más querido...—¡Ah! ¡lo que es eso dequerido,cuando bajes de la parra lo verás! ¡Prepárate a llevar32-20más bofetadas y pellizcos que pelos tienes en la cabeza!—Pero¡calla! ¿Qué es lo que veo? El señor Corregidorviene por allà completamente solo...¡Y tan tempranito!...—Esetrae plan...—¡Por lo visto, tútenÃas razón!...32-25—Pues aguántate, y no le digas que estoy subido enla parra. ¡Ese viene a declararse a solas contigo,creyendo pillarme durmiendo la siesta!...—Quierodivertirme oyendo su explicación.Asà dijo el tÃo Lucas, alargando la cesta a su mujer.32-30—¡No está mal pensado! (exclamó ella, lanzandonuevas carcajadas). ¡El demonio del madrileño! ¿Quése habrá creÃdo que es un corregidor para mÃ?—Peroaquà llega...—Por cierto que Garduña, que lo seguÃaa alguna distancia, se ha sentado en la ramblilla a la33-5sombra...¡Qué majaderÃa!—Ocúltate tú bien entrelos pámpanos, que nos vamos a reÃr más de lo que tefiguras...Y, dicho esto, la hermosa navarra rompió a cantar elfandango, que ya le era tan familiar como las canciones33-10de su tierra.XIEL BOMBARDEO DE PAMPLONADioste guarde, Frasquita...—dijo el Corregidor amedia voz, apareciendo bajo el emparrado y andando depuntillas.—¡Tanto bueno, señor Corregidor! (respondió ellaen voz natural, haciéndole mil reverencias). ¡UsÃa por34-5aquà a estas horas! ¡Y con el calor que hace! ¡Vaya,siéntese Su SeñorÃa!... Esto está fresquito.—¿Cómono ha aguardado Su SeñorÃa a los demás señores?—AquÃtienen ya preparados sus asientos... Esta tarde esperamosal señor Obispo en persona, que le ha prometido34-10a mi Lucas venir a probar las primeras uvas de la parra.—¿Ycómo lo pasa Su SeñorÃa? ¿Cómo está la Señora?El Corregidor se habÃa turbado.—La ansiada soledaden que encontraba a la señá Frasquita le parecÃa unsueño, o un lazo que le tendÃa la enemiga suerte para34-15hacerle caer en el abismo de un desengaño.Limitose, pues, a contestar:—No es tan temprano como dices... Serán las tresy media...El loro dio en aquel momento un chillido.34-20—Son las dos y cuarto,—dijo la navarra, mirandode hito en hito al madrileño.Éste calló, como reo convicto que renuncia a ladefensa.—¿Y Lucas? ¿Duerme?—preguntó al cabo de unrato.(Debemos advertir aquà que el Corregidor, lo mismoque todos los que no tienen dientes, hablaba con unapronunciación floja y sibilante, como si se estuviese35-5comiendo sus propios labios.)—¡De seguro! (contestó la señá Frasquita).—Enllegando estas horas se queda dormido donde primerole coge, aunque sea en el borde de un precipicio...—Pues mira... ¡déjalo dormir!... (exclamó el35-10viejo Corregidor, poniéndose más pálido de lo que yaera).—Y tú, mi querida Frasquita, escúchame...,oye..., ven acá... ¡Siéntate aquÃ; a mi lado!...Tengo muchas cosas que decirte...—Ya estoy sentada,—respondió la Molinera, agarrando35-15una silla baja y plantándola delante del Corregidor,a cortÃsima distancia de la suya.Sentado que se hubo, Frasquita echó una piernasobre la otra, inclinó el cuerpo hacia adelante, apoyóun codo sobre la rodilla cabalgadora, y la fresca y hermosa35-20cara en una de sus manos; y asÃ, con la cabezaun poco ladeada, la sonrisa en los labios, los cincohoyos en actividad, y las serenas pupilas clavadas enel Corregidor, aguardó la declaración de Su SeñorÃa.—Hubierapodido comparársela con Pamplona esperando35-25un bombardeo.El pobre hombre fue a hablar, y se quedó con la bocaabierta, embelesado ante aquella grandiosa hermosura,ante aquella esplendidez de gracias, ante aquella formidablemujer, de alabastrino color, de lujosas carnes, de35-30limpia y riente boca, de azules e insondables ojos, queparecÃa creada por el pincel de Rubens.—¡Frasquita!... (murmuró al fin el delegado delrey, con acento desfallecido, mientras que su marchitorostro, cubierto de sudor, destacándose sobre su joroba,36-5expresaba una inmensa angustia). ¡Frasquita!...—¡Me llamo! (contestó la hija de los Pirineos).—¿Yqué?—Lo que tú quieras...—repuso el viejo con unaternura sin lÃmites.36-10—Pues lo que yo quiero... (dijo la Molinera), yalo sabe UsÃa. Lo que yo quiero es que UsÃa nombresecretario del ayuntamiento de la Ciudad a un sobrinomÃo que tengo en Estella..., y que asà podrá venirsede aquellas montañas, donde está pasando muchos36-15apuros...—Te he dicho, Frasquita, que eso es imposible.El secretario actual...—¡Es un ladrón, un borracho y un bestia!—Ya lo sé... Pero tiene buenas aldabas entre los36-20regidores perpetuos, y yo no puedo nombrar otro sinacuerdo del Cabildo. De lo contrario, me expongo...—¡Me expongo!... ¡Me expongo!... ¿A qué nonos expondrÃamos por Vuestra SeñorÃa hasta los gatosde esta casa?36-25—¿Me querrÃas a ese precio?—tartamudeó el Corregidor.—No, señor; que lo quiero a UsÃa de balde.—¡Mujer, no me des tratamiento! Háblame de V.o como se te antoje...—¿Conque vas a quererme?36-30Di.—¿No le digo a V. que lo quiero ya?—Pero...—No hay pero que valga. ¡Verá V. qué guapo yqué hombre de bien es mi sobrino!—¡Tú sà que eres guapa, Frascuela!...37-5—¿Le gusto a V.?—¡Que si me gustas!... ¡No hay mujer como tú!—Pues mire V... Aquà no hay nada postizo...—contestóla señá Frasquita, acabando de arrollar lamanga de su jubón, y mostrando al Corregidor el resto37-10de su brazo, digno de una cariátide y más blanco queuna azucena.—¡Que si me gustas!... (prosiguió el Corregidor).¡De dÃa, de noche, a todas horas, en todas partes, sólopienso en ti!...37-15—¡Pues qué! ¿No le gusta a V. la señora Corregidora?(preguntó la señá Frasquita con tan mal fingidacompasión, que hubiera hecho reÃr a un hipocondrÃaco).—¡Quélástima! Mi Lucas me ha dicho que tuvo elgusto de verla y de hablarle cuando fue a componerle a37-20V. el reloj de la alcoba, y que es muy guapa, muy buenay de un trato muy cariñoso.—¡No tanto! ¡No tanto!—murmuró el Corregidorcon cierta amargura.—En cambio, otros me han dicho (prosiguió la37-25Molinera) que tiene muy mal genio, que es muy celosa,y que V. le tiembla más que a una vara verde...—¡No tanto, mujer!... (repitió Don Eugenio deZúñiga y Ponce de León, poniéndose colorado). ¡Nitanto ni tan poco! La Señora tiene sus manÃas, es37-30cierto...; mas de ello a hacerme temblar, hay muchadiferencia. ¡Yo soy el Corregidor!...—Pero, en fin, ¿la quiere V., o no la quiere?—Te diré...—Yo la quiero mucho.... o, pormejor decir, la querÃa antes de conocerte. Pero desde38-5que te vi, no sé lo que me pasa, y ella misma conoceque me pasa algo... Bástete saber que hoy...,tomarle, por ejemplo, la cara a mi mujer me hace lamisma operación que si me la tomara a mà propio...—¡Yaves, que no puedo quererla más ni sentir menos!...—¡Mientras38-10que por coger esa mano, ese brazo, esacara, esa cintura, darÃa lo que no tengo!Y, hablando asÃ, el Corregidor trató de apoderarsedel brazo desnudo que la señá Frasquita le estabarefregando materialmente por los ojos; pero ésta, sin38-15descomponerse, extendió la mano, tocó el pecho de SuSeñorÃa con la pacÃfica violencia e incontrastable rigidezde la trompa de un elefante, y lo tiró de espaldas consilla y todo.—¡Ave MarÃa PurÃsima! (exclamó entonces la navarra,38-20riéndose a más no poder). Por lo visto, esa sillaestaba rota...—¿Qué pasa ahÃ?—exclamó en esto el tÃo Lucas,asomando su feo rostro entre los pámpanos de la parra.El Corregidor estaba todavÃa en el suelo boca arriba,38-25y miraba con un terror indecible a aquel hombre queaparecÃa en los aires boca abajo.Hubiérase dicho que Su SeñorÃa era el diablo, vencido,no por San Miguel, sino por otro demonio delinfierno.38-30—¿Qué ha de pasar? (se apresuró a responder laseñá Frasquita). ¡Que el señor Corregidor puso lasilla en vago, fue a mecerse, y se ha caÃdo!—¡Jesús, MarÃa y José! (exclamó a su vez el Molinero).¿Y se ha hecho daño Su SeñorÃa? ¿Quiere un39-5poco de agua y vinagre?—¡No me he hecho nada!—dijo el Corregidor,levantándose como pudo.Y luego añadió por lo bajo, pero de modo que pudieraoÃrlo la señá Frasquita:39-10—¡Me la pagaréis!—Pues, en cambio, Su SeñorÃa me ha salvado a mÃla vida (repuso el tÃo Lucas sin moverse de lo alto de laparra).—Figúrate, mujer, que estaba yo aquà sentadocontemplando las uvas, cuando me quedé dormido sobre39-15una red de sarmientos y palos que dejaban claros suficientespara que pasase mi cuerpo... Por consiguiente,si la caÃda de Su SeñorÃa no me hubiese despertado tana tiempo, esta tarde me habrÃa yo roto la cabeza contraesas piedras.39-20—Conque sÃ... ¿eh?... (replicó el Corregidor).Pues, ¡vaya, hombre! me alegro... ¡Te digo que mealegro mucho de haberme caÃdo!—¡Me la pagarás!—agregó en seguida, dirigiéndosea la Molinera.39-25Y pronunció estas palabras con tal expresión de reconcentradafuria, que la señá Frasquita se puso triste.VeÃa claramente que el Corregidor se asustó al principio,creyendo que el Molinero lo habÃa oÃdo todo;pero que, persuadido ya de que no habÃa oÃdo nada39-30(pues la calma y el disimulo del tÃo Lucas hubieranengañado al más lince), empezaba a abandonarse a todasu iracundia y a concebir planes de venganza.—¡Vamos! ¡Bájate ya de ahÃ, y ayúdame a limpiara Su SeñorÃa, que se ha puesto perdido de polvo!—exclamó40-5entonces la Molinera.Y, mientras el tÃo Lucas bajaba, dÃjole ella al Corregidor,dándole golpes con el delantal en la chupa yalguno que otro en las orejas:—El pobre no ha oÃdo nada... Estaba dormido40-10como un tronco...Más que estas frases, la circunstancia de haber sidodichas en voz baja, afectando complicidad y secreto,produjo un efecto maravilloso.—¡Picara! ¡Proterva!—balbuceó Don Eugenio de40-15Zúñiga con la boca hecha un agua, pero gruñendotodavÃa...—¿Me guardará UsÃa rencor?—replicó la navarrazalameramente.Viendo el Corregidor que la severidad le daba buenos40-20resultados, intentó mirar a la señá Frasquita con mucharabia; pero se encontró con su tentadora risa y susdivinos ojos, en los cuales brillaba la caricia de unasúplica, y, derritiéndosele la gacha en el acto, le dijocon un acento baboso y sibilante, en que se descubrÃa40-25más que nunca la ausencia total de dientes y muelas:—¡De ti depende, amor mÃo!En aquel momento se descolgó de la parra el tÃoLucas.XIIDIEZMOS Y PRIMICIASRepuestoel Corregidor en su silla, la Molinera dirigióuna rápida mirada a su esposo, y viole, no sólo tansosegado como siempre, sino reventando de ganas dereÃr por resultas de aquella ocurrencia: cambió con éldesde lejos un beso tirado, aprovechando el primer41-5descuido de Don Eugenio, y dÃjole, en fin, a éste conuna voz de sirena que le hubiera envidiado Cleopatra:—¡Ahora va Su SeñorÃa a probar mis uvas!Entonces fue de ver a la hermosa navarra (y asà lapintarÃa yo, si tuviese el pincel de Ticiano), plantada41-10enfrente del embelesado Corregidor, fresca, magnÃfica,incitante, con sus nobles formas, con su angosto vestido,con su elevada estatura, con sus desnudos brazoslevantados sobre la cabeza, y con un transparente racimoen cada mano, diciéndole, entre una sonrisa irresistible41-15y una mirada suplicante en que titilaba el miedo:—TodavÃa no las ha probado el señor Obispo...Son las primeras que se cogen este año...ParecÃa una gigantesca Pomona, brindando frutos aun dios campestre;—a un sátiro, v. gr.41-20En esto apareció al extremo de la plazoleta empedradael venerable Obispo de la diócesis, acompañado delAbogado Académico y de dos Canónigos de avanzadaedad, y seguido de su Secretario, de dos familiares y dedos pajes.41-25Detúvose un rato Su IlustrÃsima a contemplar aquelcuadro tan cómico y tan bello, hasta que, por último,dijo, con el reposado acento propio de los prelados deentonces:—El Quinto... pagar diezmos y primicias a la iglesia42-5de Dios, nos enseña la doctrina cristiana; pero V., señorCorregidor, no se contenta con administrar el diezmo,sino que también trata de comerse las primicias.—¡El señor Obispo!—exclamaron los Molineros,dejando al Corregidor y corriendo a besar el anillo al42-10Prelado.—¡Dios se lo pague a Su IlustrÃsima, por venir ahonrar esta pobre choza!—dijo el tÃo Lucas, besandoel primero, y con acento de muy sincera veneración.—¡Qué señor Obispo tengo tan hermoso! (exclamó42-15la señá Frasquita, besando después). ¡Dios lo bendigay me lo conserve más años que le conservó el suyo ami Lucas!—¡No sé qué falta puedo hacerte, cuando tú meechas las bendiciones, en vez de pedÃrmelas!—contestó42-20riéndose el bondadoso Pastor.Y, extendiendo dos dedos, bendijo a la señá Frasquitay después a los demás circunstantes.—¡Aquà tiene UsÃa IlustrÃsima lasprimicias! (dijoel Corregidor, tomando un racimo de manos de la42-25Molinera y presentándoselo cortésmente alObispo).—TodavÃa no habÃa yo probado las uvas...El Corregidor pronunció estas palabras, dirigiendode paso una rápida y cÃnica mirada a la espléndidahermosura de la Molinera.42-30—¡Pues no será porque estén verdes, como las de lafábula!—observó el Académico.—Las de la fábula (expuso el Obispo) no estabanverdes, señor Licenciado; sino fuera del alcance de lazorra.43-5Ni el uno ni el otro habÃan querido acaso aludir alCorregidor; pero ambas frases fueron casualmente tanadecuadas a lo que acababa de suceder allà que DonEugenio de Zúñiga se puso lÃvido de cólera, y dijobesando el anillo del Prelado:43-10—¡Eso es llamarme zorro, señor ilustrÃsimo!—¡Tu dixisti!(replicó éste, con la afable severidadde un Santo, como diz que lo era en efecto).—Excusationon petita, accusatio manifesta.—Qualis vir, talisoratio.—Perosatis jam dictum, nullus ultra sit sermo.43-15O, lo que es lo mismo, dejémonos de latines, y veamosestas famosas uvas.Y picó... una sola vez... en el racimo que le presentabael Corregidor.—¡Están muy buenas! (exclamó, mirando aquella43-20uva al trasluz y alargándosela en seguida a susecretario).—¡Lástima que a mà me sienten mal!El Secretario contempló también la uva; hizo ungesto de cortesana admiración, y la entregó a uno delos familiares.43-25El familiar repitió la acción del Obispo y el gesto delSecretario, propasándose hasta oler la uva, y luego...la colocó en la cesta con escrupuloso cuidado, no sindecir en voz baja a la concurrencia:—Su IlustrÃsima ayuna...43-30El tÃo Lucas, que habÃa seguido la uva con la vista,la cogió entonces disimuladamente, y se la comió sinque nadie lo viera.Después de esto, sentáronse todos: hablose de laotoñada (que seguÃa siendo muy seca, no obstante haber44-5pasado el cordonazo de San Francisco); discurriosealgo sobre la probabilidad de una nueva guerra entreNapoleón y el Austria: insistiose en la creencia de quelas tropas imperiales no invadirÃan nunca el territorioespañol; quejose el Abogado de lo revuelto y calamitoso44-10de aquella época, envidiando los tranquilos tiempos desus padres (como sus padres habrÃan envidiado los desus abuelos); dio las cinco el loro..., y a una señadel reverendo Obispo, el menor de los pajes fue al cocheepiscopal (que se habÃa quedado en la misma ramblilla44-15que el Alguacil), y volvió con una magnÃfica torta sobada,de pan de aceite, polvoreada de sal, que apenasharÃa una hora habÃa salido del horno: colocose unamesilla en medio del concurso; descuartizose la torta;se dio su parte correspondiente, sin embargo de que se44-20resistieron mucho, al tÃo Lucas y a la señá Frasquita...,y una igualdad verdaderamente democrática reinó durantemedia hora bajo aquellos pámpanos que filtrabanlos últimos resplandores del sol poniente...
Pocos españoles, aun contando a los menos sabios yleÃdos, desconocerán la historieta vulgar que sirve defundamento a la presente obrilla.
Un zafio pastor de cabras, que nunca habÃa salido dela escondida Cortijada en que nació, fue el primero a1-5quien nosotros se la oÃmos referir.—Era el tal uno deaquellos rústicos sin ningunas letras, pero naturalmenteladinos y bufones, que tanto papel hacen en nuestraliteratura nacional con el dictado depÃcaros. Siempreque en la Cortijada habÃa fiesta, con motivo de boda o1-10bautizo, o de solemne visita de los amos, tocábale a élponer los juegos de chasco y pantomima, hacer laspayasadas y recitar los romances y relaciones;—yprecisamente en una ocasión de éstas hace ya casitoda una vida..., es decir, (hace ya más de treinta y1-15cinco años), tuvo a bien deslumbrar y embelesar ciertanoche nuestra inocencia (relativa) con el cuento enverso deEl Corregidor y la Molinera, o sea deElMolinero y la Corregidora, que hoy ofrecemos nosotrosal público bajo el nombre más trascendental y filosófico1-20(pues asà lo requiere la gravedad de estos tiempos) deEl Sombrero de tres picos.
Recordamos, por señas, que cuando el pastor nosdio tan buen rato, las muchachas casaderas allà reunidasse pusieron muy coloradas, de donde sus madresdedujeron que la historia era algo verde, por lo cualpusieron ellas al pastor de oro y azul; pero el pobreRepela (asà se llamaba el pastor) no se mordió la lengua,y contestó diciendo: que no habÃa por qué escandalizarse2-5de aquel modo, pues nada resultaba de surelación que no supiesen hasta las monjas y hasta lasniñas de cuatro años....
—Y si no, vamos a ver (preguntó el cabrero): ¿quése saca en claro de la historia deEl Corregidor y la2-10Molinera? ¡Que los casados duermen juntos, y quea ningún marido le acomoda que otro hombre duermacon su mujer!—¡Me parece que la noticia!...
—¡Pues es verdad!—respondieron las madres,oyendo las carcajadas de sus hijas.2-15
—La prueba de que el tÃo Repela tiene razón (observóen esto el padre del novio), es que todos loschicos y grandes aquà presentes se han enterado ya deque esta noche, asà que se acabe el baile, Juanete yManolilla estrenarán esa hermosa cama de matrimonio2-20que la tÃa Gabriela acaba de enseñar a nuestras hijaspara que admiren los bordados de los almohadones....
—¡Hay más! (dijo el abuelo de la novia): hasta enel libro de la Doctrina y en los mismos Sermones sehabla a los niños de todas estas cosas tan naturales, al2-25ponerlos al corriente de la larga esterilidad de NuestraSeñora Santa Ana, de la virtud del casto José, de laestratagema de Judit, y de otros muchos milagros queno recuerdo ahora.—Por consiguiente, señores....
—¡Nada, nada, tÃo Repela! (exclamaron valerosamente2-30las muchachas.) ¡Diga V. otra vez su relación;que es muy divertida!
—¡Y hasta muy decente! (continuó el abuelo). Puesen ella no se aconseja a nadie que sea malo; ni se leenseña a serlo; ni queda sin castigo el que lo es....3-5
—¡Vaya! ¡repÃtala V.!—dijeron al fin consistorialmentelas madres de familia.
El tÃo Repela volvió entonces a recitar el romance,y, considerado ya su texto por todos a la luz de aquellacrÃtica tan ingenua, hallaron que no habÃaperoque3-10ponerle; lo cual equivale a decir que le concedieronlas licencias necesarias.
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Andando los años, hemos oÃdo muchas y muy diversasversiones de aquella misma aventura deEl Molineroy la Corregidora, siempre de labios degraciosos3-15de aldea y de cortijo, por el orden del ya difunto Repela,y además la hemos leÃdo en letras de molde en diferentesRomances de ciegoy hasta en el famosoRomancerodel inolvidable D. AgustÃn Durán.
El fondo del asunto resulta idéntico: tragi-cómico,3-20zumbón y terriblemente epigramático, como todas laslecciones dramáticas de moral de que se enamora nuestropueblo; pero la forma, el mecanismo accidental,los procedimientos casuales, difieren mucho, muchÃsimo,del relato de nuestro pastor, tanto, que éste no hubiera3-25podido recitar en la Cortijada ninguna de dichas versiones,ni aun aquellas que corren impresas, sin queantes se tapasen los oÃdos las muchachas en estadohonesto, o sin exponerse a que sus madres le sacaranlos ojos.—¡A tal punto han extremado y pervertidolos groseros patanes de otras provincias el caso tradicionalque tan sabroso, discreto y pulcro resultaba en4-5la versión del clásico Repela!
Hace, pues, mucho tiempo que concebimos el propósitode restablecer la verdad de las cosas, devolviendoa la peregrina historia de que se trata su primitivo carácter,que nunca dudamos fuera aquel en que salÃa4-10mejor librado el decoro.—Ni ¿cómo dudarlo? Estaclase de relaciones, al rodar por las manos del vulgo,nunca se desnaturalizan para hacerse más bellas, delicadasy decentes, sino para estropearse y percudirse alcontacto de la ordinariez y la chabacanerÃa.4-15
Tal es la historia del presente libro.... Conquemétamenos ya en harina; quiero decir, demos comienzoa la relación deEl Corregidor y la Molinera, no sinesperar de tu sano juicio (¡oh respetable público!) que«después de haberla leÃdo y héchote más cruces que4-20si hubieras visto al demonio (como dijo EstebanilloGonzález al principiar la suya), la tendrás por digna ymerecedora de haber salido a luz.»
Julio de 1874.
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EL SOMBRERO DE TRES PICOS
I
DE CUÃNDO SUCEDIÓ LA COSA
Comenzabaeste largo siglo, que ya va de vencida.—Nose sabe fijamente el año: sólo consta que eradespués del de 4 y antes del de 8.
Reinaba, pues, todavÃa en España Don Carlos IV deBorbón;por la gracia de Dios, según las monedas, y5-5por olvido o gracia especial de Bonaparte, según losboletines franceses.—Los demás soberanos europeosdescendientes deLuis XIVhabÃan perdido ya la corona(y el jefe de ellos la cabeza) en la deshecha borrascaque corrÃa esta envejecida parte del mundo desde 1789.5-10
Ni paraba aquà la singularidad de nuestra patria enaquellos tiempos. El Soldado de la Revolución, el hijode un obscuro abogado corso, el vencedor en RÃvoli, enlas Pirámides, en Marengo y en otras cien batallas,acababa de ceñirse la corona de Carlo Magno y de5-15transfigurar completamente la Europa, creando y suprimiendonaciones, borrando fronteras, inventando dinastÃasy haciendo mudar de forma, de nombre, de sitio,de costumbres y hasta de traje a los pueblos por dondepasaba en su corcel de guerra como un terremoto animado,5-20o como el "Antecristo," que le llamaban las potenciasdel norte...—Sin embargo, nuestros padres (¡Dioslos tenga en su santa gloria!), lejos de odiarlo o detemerle, complacÃanse aún en ponderar sus descomunaleshazañas, como si se tratase del héroe de un libro de caballerÃas,6-5o de cosas que sucedÃan en otro planeta, sin que nipor asomos recelasen que pensara nunca en venir por acáa intentar las atrocidades que habÃa hecho en Francia,Italia, Alemania y otros paÃses. Una vez por semana(y dos a lo sumo) llegaba el correo de Madrid a la mayor6-10parte de las poblaciones importantes de la PenÃnsula,llevando algún número de laGaceta(que tampoco eradiaria), y por ella sabÃan las personas principales(suponiendo que laGacetahablase del particular) siexistÃa un estado más o menos allende el Pirineo, si se6-15habÃa reñido otra batalla en que peleasen seis ú ochoreyes y emperadores, y si Napoleón se hallaba en Milán,en Bruselas o en Varsovia...—Por lo demás, nuestrosmayores seguÃan viviendo a la antigua española,sumamente despacio, apegados a sus rancias costumbres,6-20en paz y en gracia de Dios, con su Inquisición ysus frailes, con su pintoresca desigualdad ante la ley,con sus privilegios, fueros y exenciones personales, consu carencia de toda libertad municipal o polÃtica, gobernadossimultáneamente por insignes obispos y poderosos6-25corregidores (cuyas respectivas potestades no eramuy fácil deslindar, pues unos y otros se metÃan en lotemporal y en lo eterno), y pagando un sinnúmero decontribuciones y tributos, cuya nomenclatura no vienea cuento ahora.6-30
Y aquà termina todo lo que la presente historia tieneque ver con la militar y polÃtica de aquella época; puesnuestro único objeto, al referir lo que entonces sucedÃaen el mundo, ha sido venir a parar a que el año de quese trata (supongamos que el de 1805) imperaba todavÃa7-5en España elantiguo régimenen todas las esferas de lavida pública y particular, como si, en medio de tantasnovedades y trastornos, el Pirineo se hubiese convertidoen otra Muralla de la China.
II
DE CÓMO VIVÃA ENTONCES LA GENTE
EnAndalucÃa, por ejemplo (pues precisamente acontecióen una ciudad de AndalucÃa lo que vais a oÃr), laspersonas desuposicióncontinuaban levantándose muytemprano; yendo a la Catedral amisa de prima, aunqueno fuesedÃa de precepto, almorzando, a las nueve,8-5un huevo frito y una jÃcara de chocolate con picatostes;comiendo, de una a dos de la tarde, puchero y principio,si habÃa caza, y, si no, puchero solo; durmiendo lasiesta después de comer; paseando luego por el campo;yendo al Rosario, entre dos luces, a su respectiva parroquia;8-10tomando otro chocolate a la Oración (éste conbizcochos); asistiendo los muy encopetados a la tertuliadel corregidor, del deán, o del tÃtulo que residÃaen el pueblo; retirándose a casa a las Ãnimas; cerrandoel portón antes del toque de laqueda, cenando ensalada8-15yguisadopor antonomasia, si nohabÃan entradoboqueronesfrescos, y acostándose incontinenti con su señora(los que la tenÃan), no sin hacerse calentar primero lacama durante nueve meses del año...
¡DichosÃsimo tiempo aquel en que nuestra tierra8-20seguÃa en quieta y pacÃfica posesión de todas las telarañas,de todo el polvo, de toda la polilla, de todos losrespetos, de todas las creencias, de todas las tradiciones,de todos los usos y de todos los abusos santificados porlos siglos! ¡DichosÃsimo tiempo aquel en que habÃa enla sociedad humana variedad de clases, de afectos y decostumbres! ¡DichosÃsimo tiempo, digo..., para lospoetas especialmente, que encontraban un entremés, unsainete, una comedia, un drama, un auto sacramental o9-5una epopeya detrás de cada esquina, en vez de estaprosaica uniformidad y desabrido realismo que nos legóal cabo la Revolución Francesa!—¡DichosÃsimo tiempo,sÃ!...
Pero esto es volver á las andadas. Basta ya de9-10generalidades y de circunloquios, y entremos resueltamenteen la historia delSombrero de tres picos.
III
DO UT DES
Enaquel tiempo, pues, habÃa cerca de la ciudad de*** un famoso molino, harinero (que ya no existe),situado como a un cuarto de legua de la población,entre el pie de suave colina poblada de guindos ycerezos y una fertilÃsima huerta que servÃa de margen10-5(y algunas veces de lecho) al titular, intermitente ytraicionero rÃo.
Por varias y diversas razones, hacÃa ya algún tiempoque aquel molino era el predilecto punto de llegada ydescanso de los paseantes más caracterizados de la mencionada10-10ciudad...—Primeramente, conducÃa a él uncamino carretero, menos intransitable que los restantesde aquellos contornos.—En segundo lugar, delante delmolino habÃa una plazoletilla empedrada, cubierta porun parral enorme, debajo del cual se tomaba muy bien10-15el fresco en el verano y el sol en el invierno, merced ala alternada ida y venida de los pámpanos....—Entercer lugar, el molinero era un hombre muy respetuoso,muy discreto, muy fino, que tenÃa lo que se llama donde gentes, y que obsequiaba a los señorones que solÃan10-20honrarlo con su tertulia vespertina, ofreciéndoles...lo que daba el tiempo, ora habas verdes, ora cerezas yguindas, ora lechugas en rama y sin sazonar (que estánmuy buenas cuando se las acompaña de macarros depan y aceite; macarros que se encargaban de enviarpor delante sus señorÃas), ora melones, ora uvas deaquella misma parra que les servÃa de dosel, orarosetasde maÃz, si era invierno, y castañas asadas, y almendras,y nueces, y de vez en cuando, en las tardes muy frÃas,11-5un trago de vino de pulso (dentro ya de la casa y alamor de la lumbre), a lo que por Pascuas se solÃa añadiralgún pestiño, algún mantecado, algún rosco oalguna lonja de jamón alpujarreño.
—¿Tan rico era el molinero, o tan imprudentes sus11-10tertulianos?—exclamaréis, interrumpiéndome.
Ni lo uno ni lo otro. El molinero sólo tenÃa unpasar, y aquellos caballeros eran la delicadeza y elorgullo personificados. Pero en unos tiempos en quese pagaban cincuenta y tantas contribuciones diferentes11-15a la Iglesia y al Estado, poco arriesgaba un rústicode tan claras luces como aquél en tenerse ganada lavoluntad de regidores, canónigos, frailes, escribanosy demás personas de campanillas. Asà es que nofaltaba quien dijese que el tÃo Lucas (tal era el nombre11-20del molinero) se ahorraba un dineral al año a fuerzade agasajar a todo el mundo.
—«Vuestra Merced me va a dar una puertecillavieja de la casa que ha derribado,» decÃale a uno.—«VuestraSeñorÃa (decÃale a otro) va a mandar que me11-25rebajen el subsidio, o la alcabala, o la contribución defrutos-civiles.»—«Vuestra Reverencia me va a dejarcoger en la huerta del convento una poca hoja paramis gusanos de seda.»—«Vuestra IlustrÃsima me va adar permiso para traer una poca leña del monte X.»—«Vuestra11-30
Paternidad me va a poner dos letras paraque me permitan cortar una poca madera en el pinar H.»—«Esmenester que me haga Usarcé una escriturillaque no me cueste nada.»—«Este año no puedo pagarel censo.»—«Espero que el pleito se falle a mi favor.»—«Hoy12-5le he dado de bofetadas a uno, y creo quedebe ir a la cárcel por haberme provocado.»—«¿TendrÃasu Merced tal cosa de sobra?»—«¿Le sirve aUsted de algo tal otra?»—«¿Me puede prestar lamula?»—«¿Tiene ocupado mañana el carro?»—«¿Le12-10parece que envÃe por el burro?»
Y estas canciones se repetÃan a todas horas, obteniendosiempre por contestación un generoso y desinteresado...«Como se pide.»
Conque ya veis que el tÃo Lucas no estaba en camino12-15de arruinarse.
IV
UNA MUJER VISTA POR FUERA
Laúltima y acaso la más poderosa razón que tenÃaelseñorÃode la ciudad para frecuentar por las tardesel molino del tÃo Lucas, era... que, asà los clérigoscomo los seglares, empezando por el Sr. Obispo y elSr. Corregidor, podÃan contemplar allà a sus anchas13-5una de las obras más bellas, graciosas y admirables quehayan salido jamás de las manos de Dios, llamado entonceselSer Supremopor Jovellanos y toda la escuelaafrancesada de nuestro paÃs....
Esta obra... se denominaba «la señá Frasquita.»13-10
Empiezo por responderos de que la señá Frasquita,legÃtima esposa del tÃo Lucas, era una mujer de bien, yde que asà lo sabÃan todos los ilustres visitantes delmolino. Digo más: ninguno de éstos daba muestrasde considerarla con ojos de varón ni con trastienda13-15pecaminosa. Admirábanla, sÃ, y requebrábanla en ocasiones(delante de su marido, por supuesto), lo mismolos frailes que los caballeros, los canónigos que losgolillas, como un prodigio de belleza que honraba a suCriador, y como una diablesa de travesura y coqueterÃa,13-20que alegraba inocentemente los espÃritus más melancólicos.—«Esunhermoso animal,» solÃa decir el virtuosÃsimoPrelado.—«Es una estatua de la antigüedadhelénica,» observaba un Abogado muy erudito, Académicocorrespondiente de la Historia.—«Es la propiaestampa de Eva,» prorrumpÃa el Prior de los Franciscanos.—«Esuna real moza,» exclamaba el Coronelde milicias.—«Es una sierpe, una sirena, ¡un demonio!»añadÃa el Corregidor.—«Pero es una buena14-5mujer, es un ángel, es una criatura, es una chiquilla decuatro años,» acababan por decir todos, al regresar delmolino atiborrados de uvas o de nueces, en busca desus tétricos y metódicos hogares.
La chiquilla de cuatro años, esto es, la señá Frasquita,14-10frisarÃa en los treinta. TenÃa más de dos varasde estatura, y era recia a proporción, o quizás másgruesa todavÃa de lo correspondiente a su arrogantetalla. ParecÃa una Niobe colosal, y eso que no habÃatenido hijos: parecÃa un Hércules... hembra: parecÃa14-15una matrona romana de las que aún hay ejemplaresen el Trastévere.—Pero lo más notable en ella era lamovilidad, la ligereza, la animación, la gracia de surespetable mole. Para ser una estatua, como pretendÃael Académico, le faltaba el reposo monumental. Se14-20cimbraba como un junco, giraba como una veleta, bailabacomo una peonza.—Su rostro era más movibletodavÃa, y, por tanto, menos escultural. Avivábanlodonosamente hasta cinco hoyuelos: dos en una mejilla;otro en otra; otro, muy chico, cerca de la comisura14-25izquierda de sus rientes labios, y el último, muy grande,en medio de su redonda barba. Añadid a esto lospicarescos mohines, los graciosos guiños y las variadasposturas de cabeza que amenizaban su conversación,y formaréis idea de aquella cara llena de sal14-30y de hermosura y radiante siempre de salud y alegrÃa.
Ni la señá Frasquita ni el tÃo Lucas eran andaluces:ella era navarra y él murciano. Él habÃa ido a la ciudadde ***, a la edad de quince años, como mediopaje, medio criado del obispo anterior al que entonces15-5gobernaba aquella iglesia. Educábalo su protectorpara clérigo, y tal vez con esta mira y para que no careciesedecongrua, dejole en su testamento el molino; peroel tÃo Lucas, que a la muerte de Su IlustrÃsima no estabaordenado más que demenores, ahorcó los hábitos en15-10aquel punto y hora, y sentó plaza de soldado, másganoso de ver mundo y correr aventuras que de decirmisa o de moler trigo.—En 1793 hizo la campaña delos Pirineos Occidentales, como ordenanza del valienteGeneral Don Ventura Caro; asistió al asalto de Castillo15-15Piñón, y permaneció luego largo tiempo en las provinciasdel Norte, donde tomó la licencia absoluta.—EnEstella conoció a la señá Frasquita, que entonces sólose llamabaFrasquita; la enamoró; se casó con ella, yse la llevó a AndalucÃa en busca de aquel molino que15-20habÃa de verlos tan pacÃficos y dichosos durante el restode su peregrinación por este valle de lágrimas y risas.
La señá Frasquita, pues, trasladada de Navarra aaquella soledad, no habÃa adquirido ningún hábitoandaluz, y se diferenciaba mucho de las mujeres15-25campesinas de los contornos. VestÃa con más sencillez,desenfado y elegancia que ellas, lavaba más sus carnes,y permitÃa al sol y al aire acariciar sus arremangadosbrazos y su descubierta garganta. Usaba, hasta ciertopunto, el traje de las señoras de aquella época, el traje15-30de las mujeres de Goya, el traje de la reina MarÃa Luisa:si no falda de medio paso, falda de un paso solo, sumamentecorta, que dejaba ver sus menudos pies y elarranque de su soberana pierna: llevaba el escote redondoy bajo, al estilo de Madrid, donde se detuvo dos16-5meses con su Lucas al trasladarse de Navarra a AndalucÃa;todo el pelo recogido en lo alto de la coronilla,lo cual dejaba campear la gallardÃa de su cabeza y desu cuello; sendas arracadas en las diminutas orejas, ymuchas sortijas en los afilados dedos de sus duras pero16-10limpias manos.—Por último: la voz de la señá FrasquitatenÃa todos los tonos del más extenso y melodiosoinstrumento, y su carcajada era tan alegre y argentina,que parecÃa un repique de Sábado de Gloria.
Retratemos ahora al tÃo Lucas.16-15
V
UN HOMBRE VISTO POR FUERA Y POR DENTRO
EltÃo Lucas era más feo que Picio. Lo habÃa sidotoda su vida, y ya tenÃa cerca de cuarenta años. Sinembargo, pocos hombres tan simpáticos y agradableshabrá echado Dios al mundo. Prendado de su viveza,de su ingenio y de su gracia, el difunto obispo se lo17-5pidió a sus padres, que eran pastores, no de almas, sinode verdaderas ovejas. Muerto Su IlustrÃsima, y dejadoque hubo el mozo el seminario por el cuartel, distinguioloentre todo su ejército el General Caro, y lo hizosu ordenanza más Ãntimo, su verdadero criado de campaña.17-10Cumplido, en fin, el empeño militar, fuele tanfácil al tÃo Lucas rendir el corazón de la señá Frasquita,como fácil le habÃa sido captarse el aprecio del generaly del prelado. La navarra, que tenÃa a la sazón veinteabriles, y era el ojo derecho de todos los mozos de Estella,17-15algunos de ellos bastante ricos, no pudo resistir alos continuos donaires, a las chistosas ocurrencias, a losojillos de enamorado mono y a la bufona y constantesonrisa, llena de malicia, pero también de dulzura, deaquel murciano tan atrevido, tan locuaz, tan avisado,17-20tan dispuesto, tan valiente y tan gracioso, que acabópor trastornar el juicio, no sólo a la codiciada beldad,sino también a su padre y a su madre.
Lucas era en aquel entonces, y seguÃa siendo en lafecha a que nos referimos, de pequeña estatura (a lomenos con relación a su mujer), un poco cargado de espaldas,muy moreno, barbilampiño, narigón, orejudo ypicado de viruelas.—En cambio, su boca era regular ysu dentadura inmejorable. Dijérase que sólo la corteza18-5de aquel hombre era tosca y fea; que tan pronto comoempezaba a penetrarse dentro de él aparecÃan sus perfecciones,y que estas perfecciones principiaban en losdientes. Luego venÃa la voz, vibrante, elástica, atractiva;18-10varonil y grave algunas veces, dulce y melosacuando pedÃa algo, y siempre difÃcil de resistir. Llegabadespués lo que aquella voz decÃa: todo oportuno, discreto,ingenioso, persuasivo... Y, por último, en el almadel tÃo Lucas habÃa valor, lealtad, honradez, sentido18-15común, deseo de saber y conocimientos instintivos oempÃricos de muchas cosas, profundo desdén a losnecios, cualquiera que fuese su categorÃa social, y ciertoespÃritu de ironÃa, de burla y de sarcasmo, que le hacÃanpasar, a los ojos del Académico, por un D. Francisco18-20de Quevedo en bruto.
Tal era por dentro y por fuera el tÃo Lucas.
VI
HABILIDADES DE LOS DOS CÓNYUGES
Amaba, pues, locamente la señá Frasquita al tÃo Lucas,y considerábase la mujer más feliz del mundo al verseadorada por él. No tenÃan hijos, según que ya sabemos,y habÃase consagrado cada uno a cuidar y mimar al otro19-5con esmero indecible, pero sin que aquella tierna solicitudostentase el carácter sentimental y empalagoso, porlo zalamero, de casi todos los matrimonios sin sucesión.Al contrario: tratábanse con una llaneza, una alegrÃa,una broma y una confianza semejantes a las de aquellosniños, camaradas de juegos y de diversiones, que se10-10quieren con toda el alma sin decÃrselo jamás, ni darsea sà mismos cuenta de lo que sienten.
¡Imposible que haya habido sobre la tierra molineromejor peinado, mejor vestido, más regalado en la mesa,rodeado de más comodidades en su casa, que eltÃo10-15Lucas! ¡Imposible que ninguna molinera ni ningunareina haya sido objeto de tantas atenciones, de tantosagasajos, de tantas finezas como la señá Frasquita!¡Imposible también que ningún molino haya encerradotantas cosas necesarias, útiles, agradables, recreativas y19-20hasta superfluas, como el que va a servir de teatro acasi toda la presente historia!
ContribuÃa mucho a ello que la señá Frasquita, lapulcra, hacendosa, fuerte y saludable navarra, sabÃa,querÃa y podÃa guisar, coser, bordar, barrer, hacer dulces,lavar, planchar, blanquear la casa, fregar el cobre,amasar, tejer, hacer media, cantar, bailar, tocar la guitarray los palillos, jugar a la brisca y al tute, y otrasmuchÃsimas cosas cuya relación fuerainterminable.—Y20-5contribuÃa no menos al mismo resultado el que el tÃoLucas sabÃa, querÃa y podÃa dirigir la molienda, cultivarel campo, cazar, pescar, trabajar de carpintero, de herreroy de albañil, ayudar a su mujer en todos los quehaceresde la casa, leer, escribir, contar, etc.,etc.20-10
Y esto sin hacer mención de los ramos de lujo, o seade sus habilidades extraordinarias...
Por ejemplo: el tÃo Lucas adoraba las flores (lo mismoque su mujer), y era floricultor tan consumado, quehabÃa conseguido producirejemplaresnuevos, por medio20-15de laboriosas combinaciones. TenÃa algo de ingenieronatural, y lo habÃa demostrado construyendo una presa,un sifón y un acueducto que triplicaron el agua delmolino. HabÃa enseñado a bailar a un perro, domesticadouna culebra, y hecho que un loro diese la hora por20-20medio de gritos, según las iba marcando un reloj de solque el molinero habÃa trazado en una pared; de cuyasresultas el loro daba ya la hora con toda precisión, hastaen los dÃas nublados y durante la noche.
Finalmente: en el molino habÃa una huerta que producÃa20-25toda clase de frutas y legumbres; un estanque encerradoen una especie de kiosko de jazmines, donde se bañabanen verano el tÃo Lucas y la señá Frasquita, un jardÃn;una estufa o invernadero para las plantas exóticas; unafuente de agua potable; dos burras, en que elmatrimonio20-30iba a la Ciudad o a los pueblos de las cercanÃas;gallinero, palomar, pajarera, criadero de peces; criaderode gusanos de seda; colmenas, cuyas abejas libaban enlos jazmines; jaraiz o lagar, con su bodega correspondiente,ambas cosas en miniatura; horno, telar, fragua,21-5taller de carpinterÃa, etc., etc.; todo ello reducido a unacasa de ocho habitaciones y a dos fanegas de tierra, ytasado en la cantidad de diez mil reales.
VII
EL FONDO DE LA FELICIDAD
Adorábanse, sÃ, locamente el molinero y la molinera,y aun se hubiera creÃdo que ella lo querÃa más a él queél a ella, no obstante ser él tan feo y ella tan hermosa.DÃgolo porque la señá Frasquita solÃa tener celos ypedirle cuentas al tÃo Lucas cuando éste tardaba mucho22-5en regresar de la Ciudad o de los pueblos adonde ibapor grano, mientras que el tÃo Lucas veÃa hasta congusto las atenciones de que era objeto la señá Frasquitapor parte de los señores que frecuentaban el molino;se ufanaba y regocijaba de que a todos les agradase22-10tanto como a él: y, aunque comprendÃa que en el fondodel corazón se la envidiaban algunos de ellos, la codiciabancomo simples mortales y hubieran dado cualquiercosa porque fuese menos mujer de bien, la dejaba soladÃas enteros sin el menor cuidado, y nunca le preguntaba22-15luego qué habÃa hecho ni quién habÃa estado allÃdurante su ausencia...
No consistÃa aquello, sin embargo, en que el amordel tÃo Lucas fuese menos vivo que el de la señá Frasquita.ConsistÃa en que él tenÃa más confianza en la22-20virtud de ella que ella en la de él; consistÃa en que él laaventajaba en penetración, y sabÃa hasta qué punto eraamado y cuánto se respetaba su mujer a sà misma; yconsistÃa principalmente en que el tÃo Lucas era todoun hombre: un hombre como el de Shakespeare, depocos e indivisibles sentimientos; incapaz de dudas;que creÃa o morÃa; que amaba o mataba; que noadmitÃa gradación ni tránsito entre la suprema felicidady el exterminio de su dicha.23-5
Era, en fin, unOtelode Murcia, con alpargatas ymontera, en el primer acto de una tragedia posible...
Pero ¿a qué estas notas lúgubres en una tonadilla tanalegre? ¿A qué estos relámpagos fatÃdicos en una atmósferatan serena? ¿A qué estas actitudes melodramáticas23-10en un cuadro degénero?
Vais a saberlo inmediatamente.
VIII
EL HOMBRE DEL SOMBRERO DE TRES PICOS
Eranlas dos de una tarde de Octubre.
El esquilón de la Catedral tocaba a vÃsperas,—locual equivale a decir que ya habÃan comido todas laspersonas principales de la ciudad.
Los canónigos se dirigÃan al coro, y los seglares a24-5sus alcobas a dormir la siesta, sobre todo aquellos que,por razón de oficio, v. gr., las autoridades, habÃan pasadola mañana entera trabajando.
Era, pues, muy de extrañar que a aquella hora, impropiaademás para dar un paseo, pues todavÃa hacÃa24-10demasiado calor, saliese de la Ciudad, a pie, y seguidode un solo alguacil, el ilustre señor Corregidor de la misma,—aquien no podÃa confundirse con ninguna otrapersona ni de dÃa ni de noche, asà por la enormidad desu sombrero de tres picos y por lo vistoso de su capa24-15de grana, como por lo particularÃsimo de su grotescodonaire...
De la capa de grana y del sombrero de tres picos, sonmuchas todavÃa las personas que pudieran hablar conpleno conocimiento de causa. Nosotros, entre ellas,24-20lo mismo que todos los nacidos en aquella ciudad enlas postrimerÃas del reinado del Señor Don FernandoVII, recordamos haber visto colgados de un clavo,único adorno de desmantelada pared, en la ruinosatorre de la casa que habitó Su SeñorÃa (torre destinadaa la sazón a los infantiles juegos de sus nietos), aquellasdos anticuadas prendas, aquella capa y aquel sombrero,—elnegro sombrero encima, y la roja capa debajo,—formandouna especie de espectro del absolutismo; una25-5especie de sudario del Corregidor, una especie de caricaturaretrospectiva de su poder, pintada con carbón yalmagre, como tantas otras, por los párvulosconstitucionalesde la de1837 que allà nos reunÃamos; unaespecie, en fin, deespantapájaros, que en otro tiempo25-10habÃa sidoespanta-hombres, y que hoy me da miedo dehaber contribuido a escarnecer, paseándolo por aquellahistórica ciudad, en dÃas de carnestolendas, en lo altode un deshollinador, o sirviendo de disfraz irrisorio alidiota que más hacÃa reÃr a la plebe...—¡Pobre25-15principio de autoridad! ¡Asà te hemos puesto los mismosque hoy te invocamos tanto!
En cuanto al indicado grotesco donaire del señorCorregidor, consistÃa (dicen) en que era cargado deespaldas..., todavÃa más cargado de espaldas que el25-20tÃo Lucas..., casi jorobado, por decirlo de una vez;de estatura menos que mediana; endeblillo; de malasalud; con las piernas arqueadas y una manera de andarsui generis(balanceándose de un lado a otro y deatrás hacia adelante), que sólo se puede describir con25-25la absurda fórmula de que parecÃa cojo de los dos pies.—Encambio (añade la tradición), su rostro era regular,aunque ya bastante arrugado por la falta absoluta dedientes y muelas; moreno verdoso, como el de casitodos los hijos de las Castillas; con grandes ojos obscuros,25-30en que relampagueaban la cólera, el despotismoy la lujuria; con finas y traviesas facciones, que notenÃan la expresión del valor personal, pero sà la deuna malicia artera capaz de todo, y con cierto aire desatisfacción, medio aristocrático, medio libertino, que26-5revelaba que aquel hombre habrÃa sido, en su remotajuventud, muy agradable y acepto a las mujeres, noobstante sus piernas y su joroba.
D. Eugenio de Zúñiga y Ponce de León (que asà sellamaba Su SeñorÃa) habÃa nacido en Madrid, de familia26-10ilustre; frisarÃa a la sazón en los cincuenta y cincoaños, y llevaba cuatro de corregidor en la ciudad de quetratamos, donde se casó, a poco de llegar, con la principalÃsimaseñora que diremos más adelante.
Las medias de D. Eugenio (única parte que, además26-15de los zapatos, dejaba ver de su vestido la extensÃsimacapa de grana) eran blancas, y los zapatos negros, conhebilla de oro. Pero luego que el calor del campo loobligó a desembozarse, vÃdose que llevaba gran corbatade batista; chupa de sarga de color de tórtola, muy26-20festoneada de ramillos verdes, bordados de realce; calzóncorto, negro, de seda; una enorme casaca de lamisma estofa que la chupa; espadÃn con guarnición deacero; bastón con borlas, y un respetable par de guantes(o quirotecas) de gamuza pajiza, que no se ponÃa nunca26-25y que empuñaba a guisa de cetro.
El alguacil, que seguÃa a veinte pasos de distancia alseñor Corregidor, se llamabaGarduña, y era la propiaestampa de su nombre.—Flaco, agilÃsimo; mirandoadelante y atrás y a derecha e izquierda al propio tiempo26-30que andaba; de largo cuello; de diminuto y repugnanterostro, y con dos manos como dos manojos de disciplinas,parecÃa juntamente un hurón en busca de criminales,la cuerda que habÃa de atarlos, y el instrumento destinadoa su castigo.27-5
El primer corregidor que le echó la vista encima,le dijo sin más informes: «Tú serás mi verdaderoalguacil...»—Y ya lo habÃa sido de cuatro corregidores.
TenÃa cuarenta y ocho años, y llevaba sombrero de27-10tres picos, mucho más pequeño que el de su señor (puesrepetimos que el de éste era descomunal), capa negracomo las medias y todo el traje, bastón sin borlas, y unaespecie de asador por espada.
Aquel espantajo negro parecÃa la sombra de su vistoso27-15amo.
IX
¡ARRE, BURRA!
Pordondequiera que pasaban el personaje y suapéndice, los labradores dejaban sus faenas y se descubrÃanhasta los pies, con más miedo que respeto;después de lo cual se decÃan en voz baja:
—¡Temprano va esta tarde el señor Corregidor a ver28-5a la señá Frasquita!
—¡Temprano... y solo!—añadÃan algunos, acostumbradosa verlo siempre dar aquel paseo en compañÃade otras varias personas.
—Oye, tú, Manuel: ¿por qué irá solo esta tarde el28-10señor Corregidor a ver a la navarra?—le preguntó unalugareña a su marido, el cual la llevaba a grupas en labestia.
Y, al mismo tiempo que la pregunta, le hizo cosquillas,por vÃa de retintÃn.28-15
—¡No seas mal pensada, Josefa! (exclamó el buenhombre). La señá Frasquita es incapaz...
—No digo yo lo contrario... Pero el Corregidor noes por eso incapaz de estar enamorado de ella... Yo heoÃdo decir que, de todos los que van a las francachelas28-20del molino, el único que lleva mal fin es ese madrileñotan aficionado a faldas...
—¿Y qué sabes tú si es o no aficionado a faldas?—preguntóa su vez el marido.
—No lo digo por mÃ...¡Ya se hubiera guardado,por más corregidor que sea, de decirme los ojos tienesnegros!
La que asà hablaba era fea en grado superlativo.
—Pues mira, hija, ¡allá ellos! (replicó el llamado29-5Manuel). Yo no creo al tÃo Lucas hombre de consentir...¡Bonitogenio tiene el tÃo Lucas cuando seenfada!...
—Pero, en fin, ¡si ve que le conviene!...—añadióla tÃa Josefa, retorciendo el hocico.29-10
—El tÃo Lucas es hombre de bien...(repuso ellugareño); y a un hombre de bien nunca pueden convenirleciertas cosas...
—Pues entonces, tienes razón...¡Allá ellos!—¡Siyo fuera la señá Frasquita!...29-15
—¡Arre, burra!—gritó el marido, para mudar laconversación.
Y la burra salió al trote; con lo que no pudo oÃrseel resto del diálogo.
X
DESDE LA PARRA
Mientrasasà discurrÃan los labriegos que saludabanal señor Corregidor, la señá Frasquita regaba y barrÃacuidadosamente la plazoletilla empedrada que servÃa deatrio o compás al molino, y colocaba media docena desillas debajo de lo más espeso del emparrado, en el cual30-5estaba subido el tÃo Lucas, cortando los mejores racimosy arreglándolos artÃsticamente en una cesta.
—¡Pues sÃ, Frasquita! (decÃa el tÃo Lucas desde loalto de la parra): el señor Corregidor está enamoradode ti de muy mala manera...30-10
—Ya te lo dije yo hace tiempo (contestó la mujerdel Norte)... Pero ¡déjalo que pene!—¡Cuidado,Lucas, no te vayas a caer!
—Descuida: estoy bien agarrado...—También legustas mucho al señor...30-15
—¡Mira! ¡no me des más noticias! (interrumpióella). ¡Demasiado sé yo a quién le gusto y a quién nole gusto! ¡Ojalá supiera del mismo modo por qué note gusto a ti!
—¡Toma! Porque eres muy fea...—contestó el30-20tÃo Lucas.
—Pues, oye..., ¡fea y todo, soy capaz de subir ala parra y echarte de cabeza al suelo!..
—Más fácil serÃa que yo no te dejase bajar de laparra sin comerte viva...30-25
—¡Eso es!...¡y cuando vinieran mis galanes y nosviesen ahÃ, dirÃan que éramos un mono y una mona!...
—Y acertarÃan; porque tú eres muy mona y muyrebonita, y yo parezco un mono con esta joroba...
—Que a mà me gusta muchÃsimo...31-5
—Entonces te gustará más la del Corregidor, que esmayor que la mÃa...
—¡Vamos! ¡Vamos! Sr. D. Lucas...¡No tengaV. tantos celos!...
—¿Celos yo de ese viejo petate?—¡Al contrario;31-10me alegro muchÃsimo de que te quiera!...
—¿Por qué?
—Porque en el pecado lleva la penitencia. ¡Tú nohas de quererlo nunca, y yo soy entretanto el verdaderoCorregidor de la ciudad!31-15
—¡Miren el vanidoso!—Pues figúrate que llegase aquererlo...—¡Cosas más raras se ven en el mundo!
—Tampoco me darÃa gran cuidado...
—¿Por qué?
—¡Porque entonces tú no serÃas ya tú; y, no siendo31-20tú quien eres, o como yo creo que eres, maldito lo queme importarÃa que te llevasen los demonios!
—Pero bien; ¿qué harÃas en semejante caso?
—¿Yo? ¡Mira lo que no sé!... Porque, comoentonces yo serÃa otro y no el que soy ahora, no puedo31-25figurarme lo que pensarÃa...
—¿Y por qué serÃas entonces otro?—insistió valientementela señá Frasquita, dejando de barrer yponiéndose en jarras para mirar hacia arriba.
El tÃo Lucas se rascó la cabeza, como si escarbara31-30para sacar de ella alguna idea muy profunda, hasta queal fin dijo con más seriedad y pulidez que de costumbre:
—SerÃa otro, porque yo soy ahora un hombre que creeen ti como en sà mismo, y que no tiene más vida queesta fe. De consiguiente, al dejar de creer en ti, me32-5morirÃa o me convertirÃa en un nuevo hombre; vivirÃade otro modo; me parecerÃa que acababa de nacer;¡tendrÃa otras entrañas! Ignoro, pues, lo que harÃa entoncescontigo... Puede que me echara a reÃr y te volvierala espalda... Puede que ni siquiera te conociese...32-10Puede que...—Pero ¡vaya un gusto quetenemos en ponernos de mal humor sin necesidad!¿Qué nos importa a nosotros que te quieran todos loscorregidores del mundo? ¿No eres tú mi Frasquita?
—¡SÃ, pedazo de bárbaro! (contestó la navarra,32-15riendo a más no poder). Yo soy tu Frasquita, y túeres mi Lucas de mi alma, más feo que el bú, con mástalento que todos los hombres, más bueno que el pan,y más querido...—¡Ah! ¡lo que es eso dequerido,cuando bajes de la parra lo verás! ¡Prepárate a llevar32-20más bofetadas y pellizcos que pelos tienes en la cabeza!—Pero¡calla! ¿Qué es lo que veo? El señor Corregidorviene por allà completamente solo...¡Y tan tempranito!...—Esetrae plan...—¡Por lo visto, tútenÃas razón!...32-25
—Pues aguántate, y no le digas que estoy subido enla parra. ¡Ese viene a declararse a solas contigo,creyendo pillarme durmiendo la siesta!...—Quierodivertirme oyendo su explicación.
Asà dijo el tÃo Lucas, alargando la cesta a su mujer.32-30
—¡No está mal pensado! (exclamó ella, lanzandonuevas carcajadas). ¡El demonio del madrileño! ¿Quése habrá creÃdo que es un corregidor para mÃ?—Peroaquà llega...—Por cierto que Garduña, que lo seguÃaa alguna distancia, se ha sentado en la ramblilla a la33-5sombra...¡Qué majaderÃa!—Ocúltate tú bien entrelos pámpanos, que nos vamos a reÃr más de lo que tefiguras...
Y, dicho esto, la hermosa navarra rompió a cantar elfandango, que ya le era tan familiar como las canciones33-10de su tierra.
XI
EL BOMBARDEO DE PAMPLONA
Dioste guarde, Frasquita...—dijo el Corregidor amedia voz, apareciendo bajo el emparrado y andando depuntillas.
—¡Tanto bueno, señor Corregidor! (respondió ellaen voz natural, haciéndole mil reverencias). ¡UsÃa por34-5aquà a estas horas! ¡Y con el calor que hace! ¡Vaya,siéntese Su SeñorÃa!... Esto está fresquito.—¿Cómono ha aguardado Su SeñorÃa a los demás señores?—AquÃtienen ya preparados sus asientos... Esta tarde esperamosal señor Obispo en persona, que le ha prometido34-10a mi Lucas venir a probar las primeras uvas de la parra.—¿Ycómo lo pasa Su SeñorÃa? ¿Cómo está la Señora?
El Corregidor se habÃa turbado.—La ansiada soledaden que encontraba a la señá Frasquita le parecÃa unsueño, o un lazo que le tendÃa la enemiga suerte para34-15hacerle caer en el abismo de un desengaño.
Limitose, pues, a contestar:
—No es tan temprano como dices... Serán las tresy media...
El loro dio en aquel momento un chillido.34-20
—Son las dos y cuarto,—dijo la navarra, mirandode hito en hito al madrileño.
Éste calló, como reo convicto que renuncia a ladefensa.
—¿Y Lucas? ¿Duerme?—preguntó al cabo de unrato.
(Debemos advertir aquà que el Corregidor, lo mismoque todos los que no tienen dientes, hablaba con unapronunciación floja y sibilante, como si se estuviese35-5comiendo sus propios labios.)
—¡De seguro! (contestó la señá Frasquita).—Enllegando estas horas se queda dormido donde primerole coge, aunque sea en el borde de un precipicio...
—Pues mira... ¡déjalo dormir!... (exclamó el35-10viejo Corregidor, poniéndose más pálido de lo que yaera).—Y tú, mi querida Frasquita, escúchame...,oye..., ven acá... ¡Siéntate aquÃ; a mi lado!...Tengo muchas cosas que decirte...
—Ya estoy sentada,—respondió la Molinera, agarrando35-15una silla baja y plantándola delante del Corregidor,a cortÃsima distancia de la suya.
Sentado que se hubo, Frasquita echó una piernasobre la otra, inclinó el cuerpo hacia adelante, apoyóun codo sobre la rodilla cabalgadora, y la fresca y hermosa35-20cara en una de sus manos; y asÃ, con la cabezaun poco ladeada, la sonrisa en los labios, los cincohoyos en actividad, y las serenas pupilas clavadas enel Corregidor, aguardó la declaración de Su SeñorÃa.—Hubierapodido comparársela con Pamplona esperando35-25un bombardeo.
El pobre hombre fue a hablar, y se quedó con la bocaabierta, embelesado ante aquella grandiosa hermosura,ante aquella esplendidez de gracias, ante aquella formidablemujer, de alabastrino color, de lujosas carnes, de35-30limpia y riente boca, de azules e insondables ojos, queparecÃa creada por el pincel de Rubens.
—¡Frasquita!... (murmuró al fin el delegado delrey, con acento desfallecido, mientras que su marchitorostro, cubierto de sudor, destacándose sobre su joroba,36-5expresaba una inmensa angustia). ¡Frasquita!...
—¡Me llamo! (contestó la hija de los Pirineos).—¿Yqué?
—Lo que tú quieras...—repuso el viejo con unaternura sin lÃmites.36-10
—Pues lo que yo quiero... (dijo la Molinera), yalo sabe UsÃa. Lo que yo quiero es que UsÃa nombresecretario del ayuntamiento de la Ciudad a un sobrinomÃo que tengo en Estella..., y que asà podrá venirsede aquellas montañas, donde está pasando muchos36-15apuros...
—Te he dicho, Frasquita, que eso es imposible.El secretario actual...
—¡Es un ladrón, un borracho y un bestia!
—Ya lo sé... Pero tiene buenas aldabas entre los36-20regidores perpetuos, y yo no puedo nombrar otro sinacuerdo del Cabildo. De lo contrario, me expongo...
—¡Me expongo!... ¡Me expongo!... ¿A qué nonos expondrÃamos por Vuestra SeñorÃa hasta los gatosde esta casa?36-25
—¿Me querrÃas a ese precio?—tartamudeó el Corregidor.
—No, señor; que lo quiero a UsÃa de balde.
—¡Mujer, no me des tratamiento! Háblame de V.o como se te antoje...—¿Conque vas a quererme?36-30Di.
—¿No le digo a V. que lo quiero ya?
—Pero...
—No hay pero que valga. ¡Verá V. qué guapo yqué hombre de bien es mi sobrino!
—¡Tú sà que eres guapa, Frascuela!...37-5
—¿Le gusto a V.?
—¡Que si me gustas!... ¡No hay mujer como tú!
—Pues mire V... Aquà no hay nada postizo...—contestóla señá Frasquita, acabando de arrollar lamanga de su jubón, y mostrando al Corregidor el resto37-10de su brazo, digno de una cariátide y más blanco queuna azucena.
—¡Que si me gustas!... (prosiguió el Corregidor).¡De dÃa, de noche, a todas horas, en todas partes, sólopienso en ti!...37-15
—¡Pues qué! ¿No le gusta a V. la señora Corregidora?(preguntó la señá Frasquita con tan mal fingidacompasión, que hubiera hecho reÃr a un hipocondrÃaco).—¡Quélástima! Mi Lucas me ha dicho que tuvo elgusto de verla y de hablarle cuando fue a componerle a37-20V. el reloj de la alcoba, y que es muy guapa, muy buenay de un trato muy cariñoso.
—¡No tanto! ¡No tanto!—murmuró el Corregidorcon cierta amargura.
—En cambio, otros me han dicho (prosiguió la37-25Molinera) que tiene muy mal genio, que es muy celosa,y que V. le tiembla más que a una vara verde...
—¡No tanto, mujer!... (repitió Don Eugenio deZúñiga y Ponce de León, poniéndose colorado). ¡Nitanto ni tan poco! La Señora tiene sus manÃas, es37-30cierto...; mas de ello a hacerme temblar, hay muchadiferencia. ¡Yo soy el Corregidor!...
—Pero, en fin, ¿la quiere V., o no la quiere?
—Te diré...—Yo la quiero mucho.... o, pormejor decir, la querÃa antes de conocerte. Pero desde38-5que te vi, no sé lo que me pasa, y ella misma conoceque me pasa algo... Bástete saber que hoy...,tomarle, por ejemplo, la cara a mi mujer me hace lamisma operación que si me la tomara a mà propio...—¡Yaves, que no puedo quererla más ni sentir menos!...—¡Mientras38-10que por coger esa mano, ese brazo, esacara, esa cintura, darÃa lo que no tengo!
Y, hablando asÃ, el Corregidor trató de apoderarsedel brazo desnudo que la señá Frasquita le estabarefregando materialmente por los ojos; pero ésta, sin38-15descomponerse, extendió la mano, tocó el pecho de SuSeñorÃa con la pacÃfica violencia e incontrastable rigidezde la trompa de un elefante, y lo tiró de espaldas consilla y todo.
—¡Ave MarÃa PurÃsima! (exclamó entonces la navarra,38-20riéndose a más no poder). Por lo visto, esa sillaestaba rota...
—¿Qué pasa ahÃ?—exclamó en esto el tÃo Lucas,asomando su feo rostro entre los pámpanos de la parra.
El Corregidor estaba todavÃa en el suelo boca arriba,38-25y miraba con un terror indecible a aquel hombre queaparecÃa en los aires boca abajo.
Hubiérase dicho que Su SeñorÃa era el diablo, vencido,no por San Miguel, sino por otro demonio delinfierno.38-30
—¿Qué ha de pasar? (se apresuró a responder laseñá Frasquita). ¡Que el señor Corregidor puso lasilla en vago, fue a mecerse, y se ha caÃdo!
—¡Jesús, MarÃa y José! (exclamó a su vez el Molinero).¿Y se ha hecho daño Su SeñorÃa? ¿Quiere un39-5poco de agua y vinagre?
—¡No me he hecho nada!—dijo el Corregidor,levantándose como pudo.
Y luego añadió por lo bajo, pero de modo que pudieraoÃrlo la señá Frasquita:39-10
—¡Me la pagaréis!
—Pues, en cambio, Su SeñorÃa me ha salvado a mÃla vida (repuso el tÃo Lucas sin moverse de lo alto de laparra).—Figúrate, mujer, que estaba yo aquà sentadocontemplando las uvas, cuando me quedé dormido sobre39-15una red de sarmientos y palos que dejaban claros suficientespara que pasase mi cuerpo... Por consiguiente,si la caÃda de Su SeñorÃa no me hubiese despertado tana tiempo, esta tarde me habrÃa yo roto la cabeza contraesas piedras.39-20
—Conque sÃ... ¿eh?... (replicó el Corregidor).Pues, ¡vaya, hombre! me alegro... ¡Te digo que mealegro mucho de haberme caÃdo!
—¡Me la pagarás!—agregó en seguida, dirigiéndosea la Molinera.39-25
Y pronunció estas palabras con tal expresión de reconcentradafuria, que la señá Frasquita se puso triste.
VeÃa claramente que el Corregidor se asustó al principio,creyendo que el Molinero lo habÃa oÃdo todo;pero que, persuadido ya de que no habÃa oÃdo nada39-30(pues la calma y el disimulo del tÃo Lucas hubieranengañado al más lince), empezaba a abandonarse a todasu iracundia y a concebir planes de venganza.
—¡Vamos! ¡Bájate ya de ahÃ, y ayúdame a limpiara Su SeñorÃa, que se ha puesto perdido de polvo!—exclamó40-5entonces la Molinera.
Y, mientras el tÃo Lucas bajaba, dÃjole ella al Corregidor,dándole golpes con el delantal en la chupa yalguno que otro en las orejas:
—El pobre no ha oÃdo nada... Estaba dormido40-10como un tronco...
Más que estas frases, la circunstancia de haber sidodichas en voz baja, afectando complicidad y secreto,produjo un efecto maravilloso.
—¡Picara! ¡Proterva!—balbuceó Don Eugenio de40-15Zúñiga con la boca hecha un agua, pero gruñendotodavÃa...
—¿Me guardará UsÃa rencor?—replicó la navarrazalameramente.
Viendo el Corregidor que la severidad le daba buenos40-20resultados, intentó mirar a la señá Frasquita con mucharabia; pero se encontró con su tentadora risa y susdivinos ojos, en los cuales brillaba la caricia de unasúplica, y, derritiéndosele la gacha en el acto, le dijocon un acento baboso y sibilante, en que se descubrÃa40-25más que nunca la ausencia total de dientes y muelas:
—¡De ti depende, amor mÃo!
En aquel momento se descolgó de la parra el tÃoLucas.
XII
DIEZMOS Y PRIMICIAS
Repuestoel Corregidor en su silla, la Molinera dirigióuna rápida mirada a su esposo, y viole, no sólo tansosegado como siempre, sino reventando de ganas dereÃr por resultas de aquella ocurrencia: cambió con éldesde lejos un beso tirado, aprovechando el primer41-5descuido de Don Eugenio, y dÃjole, en fin, a éste conuna voz de sirena que le hubiera envidiado Cleopatra:
—¡Ahora va Su SeñorÃa a probar mis uvas!
Entonces fue de ver a la hermosa navarra (y asà lapintarÃa yo, si tuviese el pincel de Ticiano), plantada41-10enfrente del embelesado Corregidor, fresca, magnÃfica,incitante, con sus nobles formas, con su angosto vestido,con su elevada estatura, con sus desnudos brazoslevantados sobre la cabeza, y con un transparente racimoen cada mano, diciéndole, entre una sonrisa irresistible41-15y una mirada suplicante en que titilaba el miedo:
—TodavÃa no las ha probado el señor Obispo...Son las primeras que se cogen este año...
ParecÃa una gigantesca Pomona, brindando frutos aun dios campestre;—a un sátiro, v. gr.41-20
En esto apareció al extremo de la plazoleta empedradael venerable Obispo de la diócesis, acompañado delAbogado Académico y de dos Canónigos de avanzadaedad, y seguido de su Secretario, de dos familiares y dedos pajes.41-25
Detúvose un rato Su IlustrÃsima a contemplar aquelcuadro tan cómico y tan bello, hasta que, por último,dijo, con el reposado acento propio de los prelados deentonces:
—El Quinto... pagar diezmos y primicias a la iglesia42-5de Dios, nos enseña la doctrina cristiana; pero V., señorCorregidor, no se contenta con administrar el diezmo,sino que también trata de comerse las primicias.
—¡El señor Obispo!—exclamaron los Molineros,dejando al Corregidor y corriendo a besar el anillo al42-10Prelado.
—¡Dios se lo pague a Su IlustrÃsima, por venir ahonrar esta pobre choza!—dijo el tÃo Lucas, besandoel primero, y con acento de muy sincera veneración.
—¡Qué señor Obispo tengo tan hermoso! (exclamó42-15la señá Frasquita, besando después). ¡Dios lo bendigay me lo conserve más años que le conservó el suyo ami Lucas!
—¡No sé qué falta puedo hacerte, cuando tú meechas las bendiciones, en vez de pedÃrmelas!—contestó42-20riéndose el bondadoso Pastor.
Y, extendiendo dos dedos, bendijo a la señá Frasquitay después a los demás circunstantes.
—¡Aquà tiene UsÃa IlustrÃsima lasprimicias! (dijoel Corregidor, tomando un racimo de manos de la42-25Molinera y presentándoselo cortésmente alObispo).—TodavÃa no habÃa yo probado las uvas...
El Corregidor pronunció estas palabras, dirigiendode paso una rápida y cÃnica mirada a la espléndidahermosura de la Molinera.42-30
—¡Pues no será porque estén verdes, como las de lafábula!—observó el Académico.
—Las de la fábula (expuso el Obispo) no estabanverdes, señor Licenciado; sino fuera del alcance de lazorra.43-5
Ni el uno ni el otro habÃan querido acaso aludir alCorregidor; pero ambas frases fueron casualmente tanadecuadas a lo que acababa de suceder allà que DonEugenio de Zúñiga se puso lÃvido de cólera, y dijobesando el anillo del Prelado:43-10
—¡Eso es llamarme zorro, señor ilustrÃsimo!
—¡Tu dixisti!(replicó éste, con la afable severidadde un Santo, como diz que lo era en efecto).—Excusationon petita, accusatio manifesta.—Qualis vir, talisoratio.—Perosatis jam dictum, nullus ultra sit sermo.43-15O, lo que es lo mismo, dejémonos de latines, y veamosestas famosas uvas.
Y picó... una sola vez... en el racimo que le presentabael Corregidor.
—¡Están muy buenas! (exclamó, mirando aquella43-20uva al trasluz y alargándosela en seguida a susecretario).—¡Lástima que a mà me sienten mal!
El Secretario contempló también la uva; hizo ungesto de cortesana admiración, y la entregó a uno delos familiares.43-25
El familiar repitió la acción del Obispo y el gesto delSecretario, propasándose hasta oler la uva, y luego...la colocó en la cesta con escrupuloso cuidado, no sindecir en voz baja a la concurrencia:
—Su IlustrÃsima ayuna...43-30
El tÃo Lucas, que habÃa seguido la uva con la vista,la cogió entonces disimuladamente, y se la comió sinque nadie lo viera.
Después de esto, sentáronse todos: hablose de laotoñada (que seguÃa siendo muy seca, no obstante haber44-5pasado el cordonazo de San Francisco); discurriosealgo sobre la probabilidad de una nueva guerra entreNapoleón y el Austria: insistiose en la creencia de quelas tropas imperiales no invadirÃan nunca el territorioespañol; quejose el Abogado de lo revuelto y calamitoso44-10de aquella época, envidiando los tranquilos tiempos desus padres (como sus padres habrÃan envidiado los desus abuelos); dio las cinco el loro..., y a una señadel reverendo Obispo, el menor de los pajes fue al cocheepiscopal (que se habÃa quedado en la misma ramblilla44-15que el Alguacil), y volvió con una magnÃfica torta sobada,de pan de aceite, polvoreada de sal, que apenasharÃa una hora habÃa salido del horno: colocose unamesilla en medio del concurso; descuartizose la torta;se dio su parte correspondiente, sin embargo de que se44-20resistieron mucho, al tÃo Lucas y a la señá Frasquita...,y una igualdad verdaderamente democrática reinó durantemedia hora bajo aquellos pámpanos que filtrabanlos últimos resplandores del sol poniente...