—¡Algo menos será, señor Corregidor!—repusoel Alguacil.—¿Por qué lo dices, insolente? ¿Porque me vesaquí postrado?84-25—No, señor. Lo digo, porque la señá Frasquita noha debido de mostrarse tan inhumana como Usía cuenta,cuando ha ido a la Ciudad a buscarle un médico....—¡Dios santo! ¿Estás seguro de que ha ido a laCiudad?—exclamó D. Eugenio más aterrado que nunca.84-30—A lo menos, eso me ha dicho ella....—¡Corre, corre, Garduña!—¡Ah! ¡estoy perdidosin remedio!—¿Sabes a qué va la señá Frasquita a laCiudad? ¡A contárselo todo a mi mujer!... ¡Adecirle que estoy aquí!—¡Oh, Dios mío, Dios mío!85-5¿Cómo había yo de figurarme esto? ¡Yo creí que sehabría ido al Lugar en busca de su marido; y, comolo tengo allí a buen recaudo, nada me importaba suviaje! Pero ¡irse a la Ciudad!...—¡Garduña, corre,corre..., tú que eres andarín, y evita mi perdición!85-10¡Evita que la terrible Molinera entre en mi casa!—¿Y no me ahorcará Usía si lo consigo?—preguntóirónicamente el Alguacil.—¡Al contrario! Te regalaré unos zapatos en buenuso, que me están grandes. ¡Te regalaré todo lo que85-15quieras!—Pues voy volando. Duérmase Usía tranquilo.Dentro de media hora estoy aquí de vuelta, después dedejar en la cárcel a la navarra.—¡Para algo soy másligero que una borrica!85-20Dijo Garduña, y desapareció por la escalera abajo.Se cae de su peso que, durante aquella ausencia delAlguacil, fue cuando el Molinero estuvo en el molinoy vio visiones por el ojo de la llave.Dejemos, pues, al Corregidor sudando en el lecho85-25ajeno, y a Garduña corriendo hacia la Ciudad (adondetan pronto había de seguirle el tío Lucas con sombrerode tres picos y capa de grana), y, convertidos tambiénnosotros en andarines, volemos con dirección al Lugar,en seguimiento de la valerosa señá Frasquita.85-30XXIIIOTRA VEZ EL DESIERTO Y LAS CONSABIDAS VOCESLaúnica aventura que le ocurrió a la navarra en suviaje desde el molino al pueblo, fue asustarse un pocoal notar que alguien echaba yescas en medio de unsembrado.—¿Si será un esbirro del Corregidor? ¿Si irá a86-5detenerme?—pensó la Molinera.En esto se oyó un rebuzno hacia aquel mismo lado.—¡Burros en el campo a estas horas! (siguió pensandola señá Frasquita.)—Pues lo que es por aquíno hay ninguna huerta ni cortijo....—¡Vive Dios86-10que los duendes se están despachando esta noche a sugusto! Porque la borrica de mi marido no puede ser....—¿Quéharía mi Lucas, a media noche, paradofuera de camino?—¡Nada! ¡nada! ¡Indudablemente es un espía!86-15La burra que montaba la señá Frasquita creyó oportunorebuznar también en aquel instante.—¡Calla, demonio!—le dijo la navarra, clavándoleun alfiler de a ochavo en mitad dela cruz.Y, temiendo algún encuentro que no le conviniese,86-20sacó también su bestia fuera del camino y la hizo trotarpor otros sembrados.Sin más accidente, llegó a las puertas del Lugar, atiempo que serían las once de la noche.XXIVUN REY DE ENTONCESHallábaseya durmiendo la mona el señor Alcalde,vuelta la espalda a la espalda de su mujer (y formandoasí con ésta la figura deáguila austriaca de dos cabezasque dice nuestro inmortal Quevedo), cuando Toñuelollamó a la puerta de la cámara nupcial, y avisó al Sr.87-5Juan López que la señá Frasquita,la del molino, queríahablarle.No tenemos para qué referir todos los gruñidos yjuramentos inherentes al acto de despertar y vestirseel Alcalde de monterilla, y nos trasladamos desde luego87-10al instante en que la Molinera lo vio llegar, desperezándosecomo un gimnasta que ejercita la musculatura,y exclamando en medio de un bostezo interminable:—¡Téngalas V. muy buenas, señá Frasquita!—¿Quéle trae a V. por aquí? ¿No le dijo a V. Toñuelo87-15que se quedase en el molino? ¿Así desobedece V. ala Autoridad?—¡Necesito ver a mi Lucas! (respondió la navarra).¡Necesito verlo al instante!—¡Que le digan que estáaquí su mujer!87-20—¡Necesito! ¡necesito!—Señora, ¡a V. se le olvidaque está hablando con el Rey!...—¡Déjeme V. a mí de reyes, Sr. Juan, que no estoypara bromas! ¡Demasiado sabe V. lo que me sucede!¡Demasiado sabe para qué ha preso a mi marido!—Yo no sé nada, señá Frasquita.... Y en cuantoa su marido de V., no está preso, sino durmiendo tranquilamenteen esta su casa, y tratado como yo trato alas personas.—¡A ver, Toñuelo! ¡Toñuelo! Anda88-5al pajar, y dile al tío Lucas que se despierte y vengacorriendo....—Conque vamos... ¡cuénteme V. loque pasa!... ¿Ha tenido V. miedo de dormir sola?—¡No sea V. desvergonzado, señor Juan! ¡Demasiadosabe V. que a mí no me gustan sus bromas ni sus88-10veras! Lo que me pasa es una cosa muy sencilla: queV. y el señor Corregidor han querido perderme; ¡peroque se han llevado un solemne chasco! ¡Yo estoy aquísin tener de qué abochornarme, y el señor Corregidorse queda en el molino muriéndose!...88-15—¡Muriéndose el Corregidor! (exclamó su subordinado).Señora, ¿sabe V. lo que se dice?—¡Lo que V. oye! Se ha caído en el caz, y casise ha ahogado, o ha cogido una pulmonía, o yo no sé...¡Eso es cuenta de la Corregidora! Yo vengo a88-20buscar a mi marido, sin perjuicio de salir mañana mismopara Madrid, donde le contaré al Rey....—¡Demonio, demonio! (murmuró el Sr. Juan López).—¡A ver,Manuela!... ¡muchacha!... Anda yaparéjame la mulilla....—Señá Frasquita al molino88-25voy.... ¡Desgraciada de V. si le ha hecho algúndaño al señor Corregidor!—¡Señor Alcalde, señor Alcalde! (exclamó en estoToñuelo, entrando más muerto que vivo). El tío Lucasno está en el pajar. Su burra no se halla tampoco en88-30los pesebres, y la puerta del corral esta abierta....¡De modo que el pájaro se ha escapado!—¿Qué estás diciendo?—gritó el señor Juan López.—¡Virgen del Carmen! ¿Qué va a pasar en micasa? (exclamó la señá Frasquita). ¡Corramos, señor89-5Alcalde; no perdamos tiempo!... Mi marido va amatar al Corregidor al encontrarlo allí a estas horas....—¿Luego V. cree que el tío Lucas está en el molino?—¿Pues no lo he de creer?—Digo más... cuandoyo venía me he cruzado con él sin conocerlo. ¡Él era89-10sin duda uno que echaba yescas en medio de un sembrado!—¡Diosmío! ¡Cuando piensa una que losanimales tienen más entendimiento que las personas!—Porqueha de saber V., señor Juan, que indudablementenuestras dos burras se reconocieron y se saludaron,89-15mientras que mi Lucas y yo ni nos saludamos ninos reconocimos.... ¡Antes bien huimos el uno delotro, tomándonos mutuamente por espías!...—¡Bueno está su Lucas de V.! (replicó el Alcalde).—Enfin, vamos andando, y ya veremos lo que hay que89-20hacer con todos Vds. ¡Conmigo no se juega! ¡Yosoy el Rey!... Pero no un rey como el que ahoratenemos en Madrid, o sea en el Pardo, sino como aquelque hubo en Sevilla, a quien llamaban D. Pedro elCruel.—¡A ver, Manuela! ¡Tráeme el bastón, y dile89-25a tu ama que me marcho!Obedeció la sirvienta (que era por cierto más buenamoza de lo que convenía a la Alcaldesa y a la moral),y, como la mulilla del Sr. Juan López estuviese ya aparejada,la señá Frasquita y él salieron para el molino,89-30seguidos del indispensable Toñuelo.XXVLA ESTRELLA DE GARDUÑAPrecedámoslesnosotros, supuesto que tenemos cartablanca para andar más de prisa que nadie.Garduña se hallaba ya de vuelta en el molino, despuésde haber buscado a la señá Frasquita por todas lascalles de la Ciudad.90-5El astuto Alguacil había tocado de camino en elCorregimiento, donde lo encontró todo muy sosegado.Las puertas seguían abiertas como en medio del día,según es costumbre cuando la Autoridad está en la calleejerciendo sus sagradas funciones. Dormitaban en la90-10meseta de la escalera y en el recibimiento otros alguacilesy ministros, esperando descansadamente a su amo;mas, cuando sintieron llegar a Garduña, desperezáronsedos o tres de ellos, y le preguntaron al que era su decanoy jefe inmediato:90-15—¿Viene ya el señor?—¡Ni por asomo!—Estaos quietos.—Vengo asaber si ha habido novedad en la casa....—Ninguna.—¿Y la Señora?90-20—Recogida en sus aposentos.—¿No ha entrado una mujer por estas puertas hacepoco?—Nadie ha parecido por aquí en toda la noche....—Pues no dejéis entrar a persona alguna, sea quiensea y diga lo que diga. ¡Al contrario! Echadle manoal mismo lucero del alba que venga a preguntar por elSeñor o por la Señora, y llevadlo a la cárcel.91-5—¿Parece que esta noche se anda a caza de pájarosde cuenta?—preguntó uno de los esbirros.—¡Caza mayor!—añadió otro.—¡Mayúscula! (respondió Garduña solemnemente.)¡Figuraos si la cosa será delicada, cuando el señor91-10Corregidor y yo hacemos la batida por nosotros mismos!...—Conque...hasta luego, buenas piezas, y¡mucho ojo!—Vaya V. con Dios, señor Bastián,—repusierontodos, saludando a Garduña.91-15—¡Mi estrella se eclipsa! (murmuró éste al salir delCorregimiento.) ¡Hasta las mujeres me engañan! LaMolinera se encaminó al Lugar en busca de su esposo,en vez de venirse a la Ciudad...—¡Pobre Garduña!¿Qué se ha hecho de tu olfato?91-20Y, discurriendo de este modo, tomó la vuelta delmolino.Razón tenía el Alguacil para echar de menos suantiguo olfato, pues que no venteó a un hombre que seescondía en aquel momento detrás de unos mimbres, a91-25poca distancia de la ramblilla, y el cual exclamó parasu capote, o más bien para su capa de grana:—¡Guarda, Pablo! ¡Por allí viene Garduña!...Es menester que no me vea....Era el tío Lucas, vestido de Corregidor, que se dirigía91-30a la Ciudad, repitiendo de vez en cuando su diabólicafrase:—¡También la Corregidora es guapa!Pasó Garduña sin verlo, y el falso Corregidor dejósu escondite y penetró en la población...92-5Poco después llegaba el Alguacil al molino, segúndejamos indicado.XXVIREACCIÓNElCorregidor seguía en la cama, tal y como acababade verlo el tío Lucas por el ojo de la llave.—¡Qué bien sudo, Garduña! ¡Me he salvado deuna enfermedad! (exclamó tan luego como penetró elAlguacil en la estancia).—¿Y la señá Frasquita? ¿Has93-5dado con ella? ¿Viene contigo? ¿Ha hablado con laSeñora?—La Molinera, señor (respondió Garduña con angustiadoacento), me engañó como a un pobre hombre;pues no se fue a la Ciudad, sino al pueblecillo..., en93-10busca de su esposo.—Perdone Usía la torpeza...—¡Mejor! ¡mejor! (dijo el madrileño, con los ojoschispeantes de maldad). ¡Todo se ha salvado entonces!Antes de que amanezca estarán caminando para lascárceles de la Inquisición, atados codo con codo, el tío93-15Lucas y la señá Frasquita, y allí se pudrirán sin tenera quien contarle sus aventuras de esta noche.—Tráemela ropa, Garduña, que ya estará seca... ¡Tráemela,y vísteme! ¡El amante se va a convertir enCorregidor!...93-20Garduña bajó a la cocina por la ropa.. . . . . . . . . . .XXVII¡FAVOR AL REY!Entretanto, la señá Frasquita, el Sr. Juan López yToñuelo avanzaban hacia el molino, al cual llegaronpocos minutos después.—¡Yo entraré delante! (exclamó el Alcalde de monterilla).¡Para algo soy la Autoridad!—Sígueme,94-5Toñuelo, y V., sená Frasquita, espérese a la puertahasta que yo la llame.Penetró, pues, el Sr. Juan López bajo la parra, dondevio a la luz de la luna un hombre casi jorobado, vestidocomo solía el Molinero, con chupetín y calzón de paño94-10pardo, faja negra, medias azules, montera murciana defelpa, y el capote de monte al hombro.—¡Él es! (gritó el Alcalde). ¡Favor al Rey!—¡EntrégueseV., tío Lucas!El hombre de la montera intentó meterse en el molino.94-15—¡Date!—gritó a su vez Toñuelo, saltando sobreél, cogiéndolo por el pescuezo, aplicándole una rodillaal espinazo y haciéndole rodar por tierra.Al mismo tiempo, otra especie de fiera saltó sobreToñuelo, y, agarrándolo de la cintura, lo tiró sobre el94-20empedrado y principió a darle de bofetones.Era la señá Frasquita, que exclamaba:—¡Tunante! ¡Deja a mi Lucas!Pero, en esto, otra persona, que había aparecido llevandodel diestro una borrica, metiose resueltamenteentre los dos, y trató de salvar a Toñuelo...Era Garduña, que, tomando al Alguacil del Lugarpor D. Eugenio de Zúñiga, le decía a la Molinera:—¡Señora, respete V. a mi amo!95-5Y la derribó de espaldas sobre el lugareño.La seña Frasquita, viéndose entre dos fuegos, descargóentonces a Garduña tal revés en medio del estómago,que le hizo caer de boca tan largo como era.Y, con él, ya eran cuatro las personas que rodaban95-10por el suelo.El Sr. Juan López impedía entretanto levantarse alsupuesto tío Lucas, teniéndole plantado un pie sobre losriñones.—¡Garduña! ¡Socorro! ¡Favor al Rey! ¡Yo soy95-15el Corregidor!—gritó al fin Don Eugenio, sintiendoque la pezuña del Alcalde, calzada con albarca de pielde toro, lo reventaba materialmente.—¡El Corregidor! ¡Pues es verdad!—dijo el Sr.Juan López, lleno de asombro...95-20—¡El Corregidor!—repitieron todos.Y pronto estuvieron de pie los cuatro derribados.—¡Todo el mundo a la cárcel! (exclamó D. Eugeniode Zúñiga). ¡Todo el mundo a la horca!—Pero, señor... (observó el Sr. Juan López, poniéndose95-25de rodillas).—¡Perdone Usía que lo hayamaltratado! ¿Cómo había de conocer a Usía con esaropa tan ordinaria?—¡Bárbaro! (replicó el Corregidor): ¡alguna habíade ponerme! ¿No sabes que me han robado la mía?95-30¿No sabes que una compañía de ladrones, mandada porel tío Lucas...—¡Miente V.!—gritó la navarra.—Escúcheme V., señá Frasquita (le dijo Garduña,llamándola aparte).—Con permiso del señor Corregidor96-5y la compaña...—¡Si V. no arregla esto, nos vana ahorcar a todos, empezando por el tío Lucas!...—Pues ¿qué ocurre?—preguntó la señá Frasquita.—Que el tío Lucas anda a estas horas por la Ciudadvestido de Corregidor..., y que Dios sabe si habrá96-10llegado con su disfraz hasta el propio dormitorio de laCorregidora.Y el Alguacil le refirió en cuatro palabras todo lo queya sabemos.—¡Jesús! (exclamó la Molinera). ¡Conque mi marido96-15me cree deshonrada! ¡Conque ha ido a la Ciudada vengarse!—¡Vamos, vamos a la Ciudad, y justificadmea los ojos de mi Lucas!—¡Vamos a la Ciudad, e impidamos que ese hombrehable con mi mujer y le cuente todas las majaderías que96-20se haya figurado! (dijo el Corregidor, arrimándose auna de las burras).—Deme V. un pie para montar,señor Alcalde.—Vamos a la Ciudad, sí... (añadió Garduña); ¡yquiera el cielo, señor Corregidor, que el tío Lucas,96-25amparado por su vestimenta, se haya contentado conhablarle a la Señora!—¿Qué dices, desgraciado? (prorrumpió D. Eugeniode Zúñiga). ¿Crees tú a ese villano capaz?...—¡De todo!—contestó la señá Frasquita.96-30XXVIII¡AVE MARÍA PURÍSIMA! ¡LAS DOCE Y MEDIA Y SERENO!Asígritaba por las calles de la Ciudad quien teníafacultades para tanto, cuando la Molinera y el Corregidor,cada cual en una de las burras del molino, el Sr.Juan López en su mula, y los dos alguaciles andando,llegaron a la puerta del Corregimiento.97-5La puerta estaba cerrada.Dijérase que para el Gobierno, lo mismo que para losgobernados, había concluido todo por aquel día.—¡Malo!—pensó Garduña.Y llamó con el aldabón dos o tres veces.97-10Pasó mucho tiempo, y ni abrieron, ni contestaron.La señá Frasquita estaba más amarilla que la cera.El Corregidor se había comido ya todas las uñas deambas manos.Nadie decía una palabra.97-15¡Pum!... ¡Pum!... ¡Pum!...—golpes y másgolpes a la puerta del Corregimiento (aplicados sucesivamentepor los dos alguaciles y por el Sr. JuanLópez)...—Y ¡nada! ¡No respondía nadie! ¡Noabrían! ¡No se movía una mosca!97-20Sólo se oía el claro rumor de los caños de una fuenteque había en el patio de la casa.Y de esta manera transcurrían minutos, largos comoeternidades.Al fin, cerca de la una, abriose un ventanillo del pisosegundo, y dijo una voz femenina:—¿Quién?—Es la voz del ama de leche...—murmuróGarduña.98-5—¡Yo! (respondió D. Eugenio de Zúñiga).—¡Abrid!Pasó un instante de silencio.—¿Y quién es V.?—replicó luego la nodriza.—¿Pues no me está V. oyendo?—¡Soy el amo!...¡el Corregidor!...98-10Hubo otra pausa.—¡Vaya V. mucho con Dios! (repuso la buenamujer).—Mi amo vino hace una hora, y se acostó enseguida.—¡Acuéstense Vds. también, y duerman elvino que tendrán en el cuerpo!98-15Y la ventana se cerró de golpe.La señá Frasquita se cubrió el rostro con las manos.—¡Ama! (tronó el Corregidor, fuera de sí). ¿Nooye V. que le digo que abra la puerta? ¿No oye V.que soy yo? ¿Quiere V. que la ahorque también?98-20La ventana volvió a abrirse.—Pero vamos a ver... (expuso el ama). ¿Quiénes V. para dar esos gritos?—¡Soy el Corregidor!—¡Dale, bola! ¿No le digo a V. que el señor Corregidor98-25vino antes de las doce..., y que yo lo vi conmis propios ojos encerrarse en las habitaciones de laSeñora? ¿Se quiere V. divertir conmigo?—¡Puesespere V..., y verá lo que le pasa!Al mismo tiempo se abrió repentinamente la puerta,98-30y una nube de criados y ministriles, provistos de sendosgarrotes, se lanzó sobre los de afuera, exclamandofuriosamente:—¡A ver! ¿Dónde está ese que dice que es el Corregidor?¿Dónde está ese chusco? ¿Dónde está99-5ese borracho?Y se armó un lío de todos los demonios en medio dela obscuridad, sin que nadie pudiera entenderse, y nodejando de recibir algunos palos el Corregidor, Garduña,el Sr. Juan López y Toñuelo.99-10Era la segunda paliza que le costaba a D. Eugeniosu aventura de aquella noche, además del remojón quese dio en el caz del molino.La señá Frasquita, apartada de aquel laberinto, llorabapor la primera vez de su vida...99-15—¡Lucas! ¡Lucas! (decía). ¡Y has podido dudarde mí! ¡Y has podido estrechar en tus brazos a otra!—¡Ah! ¡Nuestra desventura no tiene ya remedio!XXIXPOST NUBILA... DIANA—¿Quéescándalo es este?—dijo al fin una voz tranquila,majestuosa y de gracioso timbre, resonando encimade aquella baraúnda.Todos levantaron la cabeza, y vieron a una mujer vestidade negro, asomada al balcón principal del edificio.100-5—¡La Señora!—dijeron los criados, suspendiendola retreta de palos.—¡Mi mujer!—tartamudeó D. Eugenio.—Que pasen esos rústicos...—El señor Corregidordice que lo permite...—agregó la Corregidora.100-10Los criados cedieron el paso, y el de Zúñiga y susacompañantes penetraron en el portal y tomaron por laescalera arriba.Ningún reo ha subido al patíbulo con paso tan inseguroy semblante tan demudado como el Corregidor100-15subía las escaleras de su casa.—Sin embargo, la ideade su deshonra principiaba ya a descollar, con nobleegoísmo, por encima de todos los infortunios que habíacausado y que lo afligían y sobre las demás ridiculecesde la situación en que se hallaba...100-20—¡Antes que todo (iba pensando), soy un Zúñiga yun Ponce de León!... ¡Ay de aquellos que lo hayanechado en olvido! ¡Ay de mi mujer, si ha mancilladomi nombre!XXXUNA SEÑORA DE CLASELaCorregidora recibió a su esposo y a la rústicacomitiva en el salón principal del Corregimiento.Estaba sola, de pie, y con los ojos clavados en lapuerta.Érase una principalísima dama, bastante joven todavía,101-5de plácida y severa hermosura, más propia delpincel cristiano que del cincel gentílico, y estaba vestidacon toda la nobleza y seriedad que consentía el gustode la época. Su traje, de corta y estrecha falda ymangas huecas y subidas, era de alepín negro: una101-10pañoleta de blonda blanca, algo amarillenta, velabasus admirables hombros, y larguísimos maniquetes omitones de tul negro cubrían la mayor parte de sus alabastrinosbrazos. Abanicábase majestuosamente con unpericón enorme, traído de las islas Filipinas, y empuñaba101-15con la otra mano un pañuelo de encaje, cuyoscuatro picos colgaban simétricamente con una regularidadsólo comparable a la de su actitud y menoresmovimientos.Aquella hermosa mujer tenía algo de reina y mucho101-20de abadesa, e infundía por ende veneración y miedoa cuantos la miraban. Por lo demás, el atildamientode su traje a semejante hora, la gravedad de su continentey las muchas luces que alumbraban el salón,demostraban que la Corregidora se había esmerado endar a aquella escena una solemnidad teatral y un tinteceremonioso que contrastasen con el carácter villano ygrosero de la aventura de su marido.Advertiremos, finalmente, que aquella señora se102-5llamaba Doña Mercedes Carrillo de Albornoz y Espinosade los Monteros, y que era hija, nieta, biznieta,tataranieta y hasta vigésima nieta de la Ciudad, comodescendiente de sus ilustres conquistadores.—Su familia,por razones de vanidad mundana, la había inducido102-10a casarse con el viejo y acaudalado Corregidor, yella, que de otro modo hubiera sido monja, pues suvocación natural la iba llevando al claustro, consintióen aquel doloroso sacrificio.A la sazón tenía ya dos vástagos del arriscado madrileño,102-15y aún se susurraba que había otra vez moros enla costa...Conque volvamos a nuestro cuento.XXXILA PENA DEL TALIÓN¡Mercedes! (exclamó el Corregidor al comparecerdelante de su esposa). Necesito saberinmediatamente....—¡Hola, tío Lucas! ¿V. por aquí? (dijo la Corregidora,interrumpiéndole).—¿Ocurre alguna desgracia103-5en el molino?—¡Señora! ¡no estoy para chanzas! (repuso el Corregidorhecho una fiera).—Antes de entrar en explicacionespor mi parte, necesito saber qué ha sido demi honor....103-10—¡Esa no es cuenta mía! ¿Acaso me lo ha dejadoV. a mí en depósito?—Sí, Señora.... ¡A V.! (replicó D. Eugenio).—¡Lasmujeres son depositarias del honor de susmaridos!103-15—Pues entonces, mi querido tío Lucas, pregúnteleV. a su mujer....—Precisamente nos estáescuchando.La señá Frasquita, que se había quedado a la puertadel salón, lanzó una especie de rugido.103-20—Pase V., señora, y siéntese...—añadió la Corregidora,dirigiéndose a la Molinera con dignidadsoberana.Y, por su parte, encaminose al sofá.La generosa navarra supo comprender desde luegotoda la grandeza de la actitud de aquella esposa injuriada...,e injuriada acaso doblemente.... Así esque, alzándose en el acto a igual altura, dominó susnaturales ímpetus, y guardó un silencio decoroso.—Esto104-5sin contar con que la señá Frasquita, segura desu inocencia y de su fuerza, no tenía prisa de defenderse.—Teníala,sí, de acusar; y mucha...; pero nociertamente a la Corregidora.—¡Con quien ella deseabaajustar cuentas era con el tío Lucas..., y el tío Lucas104-10no estaba allí!—Señá Frasquita... (repitió la noble dama, al verque la Molinera no se había movido de su sitio):—le hedicho a V. que puede pasar y sentarse.Esta segunda indicación fue hecha con voz más104-15afectuosa y sentida que la primera....—Dijérase quela Corregidora había adivinado también por instinto, alfijarse en el reposado continente y en la varonil hermosurade aquella mujer, que no iba a habérselas con unser bajo y despreciable, sino quizá más bien con otra104-20infortunada como ella;—¡infortunada, sí, por el solohecho de haber conocido al Corregidor!Cruzaron, pues, sendas miradas de paz y de indulgenciaaquellas dos mujeres que se consideraban dosveces rivales, y notaron con gran sorpresa que sus almas104-25se aplacieron la una en la otra, como dos hermanos quese reconocen.No de otro modo se divisan y saludan a lo lejos lascastas nieves de las encumbradas montañas.Saboreando estas dulces emociones, la Molinera entró104-30majestuosamente en el salón, y se sentó en el filo deuna silla.A su paso por el molino, previendo que en la Ciudadtendría que hacer visitas de importancia, se había arregladoun poco y puéstose una mantilla de franela negra,105-5con grandes felpones, que le sentaba divinamente.—Parecíatoda una señora.Por lo que toca al Corregidor, dicho se está quehabía guardado silencio durante aquel episodio.—Elrugido de la señá Frasquita y su aparición en la escena105-10no habían podido menos de sobresaltarlo.—¡Aquellamujer le causaba ya más terror que la suya propia!—Conque vamos, tío Lucas... (prosiguió DoñaMercedes, dirigiéndose a su marido). Ahí tiene V. ala señá Frasquita.... ¡Puede V. volver a formular105-15su demanda! ¡Puede V. preguntarle aquello de suhonra!—Mercedes, ¡por los clavos de Cristo! (gritó elCorregidor). ¡Mira que tú no sabes de lo que soycapaz! ¡Nuevamente te conjuro a que dejes la broma105-20y me digas todo lo que ha pasado aquí durante miausencia!—¿Dónde está ese hombre?—¿Quién? ¿Mi marido?... Mi marido se estálevantando, y ya no puede tardar en venir.—¡Levantándose!—bramó D. Eugenio.105-25—¿Se asombra V.? ¿Pues dónde quería V. queestuviese a estas horas un hombre de bien, sino en sucasa, en su cama, y durmiendo con su legítima consorte,como manda Dios?—¡Merceditas! ¡Ve lo que te dices! ¡Repara en105-30que nos están oyendo! ¡Repara en que soy elCorregidor!...—¡A mí no me dé V. voces, tío Lucas, o mandaré alos alguaciles que lo lleven a la cárcel!—replicó laCorregidora, poniéndose de pie.106-5—¡Yo a la cárcel! ¡Yo! ¡El Corregidor de laCiudad!—El Corregidor de la Ciudad, el representante dela Justicia, el apoderado del Rey (repuso la gran señoracon una severidad y una energía que ahogaron la voz106-10del fingido Molinero), llegó a su casa a la hora debida,a descansar de las nobles tareas de su oficio, para seguirmañana amparando la honra y la vida de los ciudadanos,la santidad del hogar y el recato de lasmujeres, impidiendo de este modo que nadie pueda106-15entrar, disfrazado de Corregidor ni de ninguna otracosa, en la alcoba de la mujer ajena; que nadie puedasorprender a la virtud en su descuidado reposo; quenadie pueda abusar de su casto sueño....—¡Merceditas! ¿Qué es lo que profieres? (silbó el106-20Corregidor con labios y encías). ¡Si es verdad que hapasado eso en mi casa, diré que eres una pícara, unapérfida, una licenciosa!—¿Con quién habla este hombre? (prorrumpió laCorregidora desdeñosamente, y paseando la vista por106-25todos los circunstantes). ¿Quién es este loco? ¿Quiénes este ebrio?... ¡Ni siquiera puedo ya creer quesea un honrado molinero como el tío Lucas, a pesar deque viste su traje de villano!—Sr. Juan López, créameV. (continuó, encarándose con el Alcalde de monterilla,106-30que estaba aterrado): mi marido, el Corregidor de laCiudad, llegó a esta su casa hace dos horas, con su sombrerode tres picos, su capa de grana, su espadín decaballero y su bastón de autoridad.... Los criadosy alguaciles que me escuchan se levantaron, y lo saludaron107-5al verlo pasar por el portal, por la escalera, y porel recibimiento. Cerráronse en seguida todas las puertas,y desde entonces no ha penetrado nadie en mihogar hasta que llegaron Vds.—¿Es esto cierto?—Respondedvosotros....107-10—¡Es verdad! ¡Es muy verdad!—contestaron lanodriza, los domésticos y los ministriles; todos loscuales, agrupados a la puerta del salón, presenciabanaquella singular escena.—¡Fuera de aquí todo el mundo! (gritó D. Eugenio,107-15echando espumarajos de rabia).—¡Garduña! ¡Garduña!¡Ven y prende a estos viles que me están faltandoal respeto! ¡Todos a la cárcel! ¡Todos a lahorca!Garduña no parecía por ningún lado.107-20—Además, señor... (continuó Doña Mercedes,cambiando de tono y dignándose ya mirar a su maridoy tratarle como a tal, temerosa de que las chanzasllegaran a irremediables extremos). Supongamos queV. es mi esposo.... Supongamos que V. es D. Eugenio107-25de Zúñiga y Ponce de León....—¡Lo soy!—Supongamos, además, que me cupiese algunaculpa en haber tomado por V. al hombre que penetróen mi alcoba vestido de Corregidor....107-30—¡Infames!—gritó el viejo, echando mano a laespada, y encontrándose sólo con el sitio o sea con lafaja de molinero murciano.La navarra se tapó el rostro con un lado de la mantillapara ocultar las llamaradas de sus celos.108-5—Supongamos todo lo que V. quiera... (continuóDoña Mercedes con una impasibilidad inexplicable).Pero dígame V. ahora, señor mío: ¿Tendría derechoa quejarse? ¿Podría V. acusarme como fiscal? ¿PodríaV. sentenciarme como juez? ¿Viene V. acaso del108-10sermón? ¿Viene V. de confesar? ¿Viene V. de oírmisa? ¿O de dónde viene V. con ese traje? ¿Dedónde viene V. con esa señora? ¿Dónde ha pasadoV. la mitad de la noche?—Con permiso...—exclamó la señá Frasquita,108-15poniéndose de pie como empujada por un resorte, yatravesándose arrogantemente entre la Corregidora y sumarido.Éste, que iba a hablar, se quedó con la boca abiertaal ver que la navarra entraba en fuego.108-20Pero Doña Mercedes se anticipó, y dijo:—Señora, no se fatigue V. en darme a mí explicaciones...¡Yo no se las pido a V., ni mucho menos!—Allíviene quien puede pedírselas a justo título...¡Entiéndase V. con él!108-25Al mismo tiempo se abrió la puerta de un gabinete,y apareció en ella el tío Lucas, vestido de Corregidorde pies a cabeza, y con bastón, guantes y espadín, comosi se presentase en las Salas de Cabildo.XXXIILA FE MUEVE LAS MONTAÑASTenganVds. muy buenas noches,—pronunció elrecién llegado, quitándose el sombrero de tres picos, yhablando con la boca sumida, como solía D. Eugeniode Zúñiga.En seguida se adelantó por el salón, balanceándose109-5en todos sentidos, y fue a besar la mano de laCorregidora.Todos se quedaron estupefactos.—El parecido del tíoLucas con el verdadero Corregidor era maravilloso.Así es que la servidumbre, y hasta el mismo Sr. Juan109-10López, no pudieron contener una carcajada.D. Eugenio sintió aquel nuevo agravio, y se lanzósobre el tío Lucas como un basilisco.Pero la señá Frasquita metió el montante, apartandoal Corregidor con el brazo de marras, y Su Señoría, en109-15evitación de otra voltereta y del consiguiente ludibrio,se dejó atropellar sin decir oxte ni moxte.—Estabavisto que aquella mujer había nacido para domadoradel pobre viejo.El tío Lucas se puso más pálido que la muerte al ver109-20que su mujer se le acercaba; pero luego se dominó, y,con una risa tan horrible que tuvo que llevarse la manoal corazón para que no se le hiciese pedazos, dijo, remedandosiempre al Corregidor:—¡Dios te guarde, Frasquita! ¿Le has enviado yaa tu sobrino el nombramiento?¡Hubo que ver entonces a la navarra!—Tirose lamantilla atrás, levantó la frente con soberanía de leona,y, clavando en el falso Corregidor dos ojos como dos110-5puñales:—¡Te desprecio, Lucas!—le dijo en mitad de lacara.Todos creyeron que le había escupido.¡Tal gesto, tal ademán y tal tono de voz acentuaron110-10aquella frase!El rostro del Molinero se transfiguró al oír la voz desu mujer. Una especie de inspiración, semejante a lade la fe religiosa, había penetrado en su alma, inundándolade luz y de alegría... Así es que, olvidándose110-15por un momento de cuanto había visto y creído ver enel molino, exclamó, con las lágrimas en los ojos y lasinceridad en los labios:—¿Conque tú eres mi Frasquita?—¡No! (respondió la navarra fuera de sí). ¡Yo no110-20soy ya tu Frasquita!—Yo soy... ¡Pregúntaselo a tushazañas de esta noche, y ellas te dirán lo que has hechodel corazón que tanto te quería!...Y se echó a llorar, como una montaña de hielo quese hunde y principia a derretirse.110-25La Corregidora se adelantó hacia ella sin poder contenerse,y la estrechó en sus brazos con el mayor cariño.La señá Frasquita se puso entonces a besarla, sinsaber tampoco lo que se hacía, diciéndole entre sus sollozos,como una niña que busca amparo en su madre:110-30—¡Señora, señora! ¡Qué desgraciada soy!—¡No tanto como V. se figura!—contestábale laCorregidora, llorando también generosamente.—¡Yo sí que soy desgraciado!—gemía al mismotiempo el tío Lucas, andando a puñetazos con sus lágrimas,111-5como avergonzado de verterlas.—Pues ¿y yo? (prorrumpió al fin Don Eugenio,sintiéndose ablandado por el contagioso lloro de los demás,o esperando salvarse también por la vía húmeda;quiero decir, por la vía del llanto).—¡Ah, yo soy un111-10pícaro! ¡un monstruo! ¡un calavera deshecho, que hallevado su merecido!Y rompió a berrear tristemente, abrazado a la barrigadel Sr. Juan López.Y éste y los criados lloraban de igual manera, y111-15todo parecía concluido, y, sin embargo, nadie se habíaexplicado.XXXIIIPUES ¿Y TÚ?Eltío Lucas fue el primero que salió a flote en aquelmar de lágrimas.Era que empezaba a acordarse otra vez de lo quehabía visto por el ojo de la llave.—¡Señores, vamos a cuentas!... dijo de pronto.112-5—No hay cuentas que valgan, tío Lucas... (exclamóla Corregidora).—¡Su mujer de V. es una bendita!—Bien..., sí..; pero...—¡Nada de pero!... Déjela V. hablar, y verá cómose justifica.—Desde que la vi, me dio el corazón que112-10era una santa, a pesar de todo lo que V. me habíacontado...—¡Bueno; que hable!...—dijo el tío Lucas.—¡Yo no hablo! (contestó la Molinera). ¡El quetiene que hablar eres tú!... Porque la verdad es que112-15tú...Y la señá Frasquita no dijo más, por impedírselo elinvencible respeto que le inspiraba la Corregidora.—Pues ¿y tú?—respondió el tío Lucas, perdiendode nuevo toda fe.112-20—Ahora no se trata de ella... (gritó el Corregidor,tornando también a sus celos). ¡Se trata de V. y deesta señora!—¡Ah, Merceditas!... ¿Quién había dedecirme que tú?...—Pues ¿y tú?—repuso la Corregidora midiéndolocon la vista.Y durante algunos momentos, los dos matrimoniosrepitieron cien veces las mismas frases:—¿Y tú?113-5—Pues ¿y tú?—¡Vaya que tú!—¡No que tú!—Pero ¿cómo has podido tú?...Etc., etc., etc.113-10La cosa hubiera sido interminable, si la Corregidora,revistiéndose de dignidad, no dijese por último a D.Eugenio:—¡Mira, cállate tú ahora! Nuestra cuestión particularla ventilaremos más adelante. Lo que urge en113-15este momento es devolver la paz al corazón del tíoLucas: cosa muy fácil, a mi juicio; pues allí distingoal Sr. Juan López y a Toñuelo, que están saltando porjustificar a la señá Frasquita.—¡Yo no necesito que me justifiquen los hombres!113-20(respondió ésta).—Tengo dos testigos de mayor crédito,a quienes no se dirá que he seducido ni sobornado...—Y ¿dónde están?—preguntó el Molinero.—Están abajo, en la puerta...—Pues diles que suban, con permiso de esta señora.113-25—Las pobres no podrían subir...—¡Ah! ¡Son dos mujeres!... ¡Vaya un testimoniofidedigno!—Tampoco son dos mujeres. Sólo son doshembras...113-30—¡Peor que peor! ¡Serán dos niñas!... Hazmeel favor de decirme sus nombres.—La una se llamaPiñonay la otraLiviana.—¡Nuestras dos burras!—Frasquita: ¿te estás riendode mí?114-5—No: que estoy hablando muy formal. Yo puedoprobarte, con el testimonio de nuestras burras, que nome hallaba en el molino cuando tú viste en él al señorCorregidor.—¡Por Dios te pido que te expliques!...114-10—¡Oye, Lucas!..., y muérete de vergüenza porhaber dudado de mi honradez. Mientras tú ibas estanoche desde el Lugar a nuestra casa, yo me dirigía desdenuestra casa al Lugar, y, por consiguiente, nos cruzamosen el camino. Pero tú marchabas fuera de él, o,114-15por mejor decir, te habías detenido a echar unas yescasen medio de un sembrado...—¡Es verdad que me detuve!...—Continúa.—En esto rebuznó tu borrica...—¡Justamente!—¡Ah, qué feliz soy!... ¡Habla,114-20habla; que cada palabra tuya me devuelve un año devida!—Y a aquel rebuzno le contestó otro en el camino...—¡Oh! sí... sí...—¡Bendita seas! ¡Me pareceestarlo oyendo!114-25—Eran Liviana y Piñona, que se habían reconocidoy se saludaban como buenas amigas, mientras que nosotrosdos ni nos saludamos ni nos reconocimos...—¡No me digas más!... ¡No me digas más!...—Tan no nos reconocimos (continuó la señá Frasquita),114-30que los dos nos asustamos y salimos huyendo endirecciones contrarias...—¡Conque ya ves que yo noestaba en el molino!—Si quieres saber ahora por quéencontraste al señor Corregidor en nuestra cama, tientaesas ropas que llevas puestas, y que todavía estarán115-5húmedas, y te lo dirán mejor que yo.—¡Su Señoría secayó en el caz del molino, y Garduña lo desnudó y loacostó allí!—Si quieres saber por qué abrí la puerta...,fue porque creí que eras tú el que se ahogaba y me llamabaa gritos. Y, en fin, si quieres saber lo del nombramiento...—Pero115-10no tengo más que decir por la presente.Cuando estemos solos, te enteraré de ese yotros particulares... que no debo referir delante deesta señora.—¡Todo lo que ha dicho la señá Frasquita es la pura115-15verdad!—gritó el señor Juan López, deseando congraciarsecon Doña Mercedes, visto que ella imperabaen el Corregimiento.—¡Todo! ¡Todo!—añadió Toñuelo, siguiendo lacorriente de su amo.115-20—¡Hasta ahora..., todo!—agregó el Corregidor,muy complacido de que las explicaciones de la navarrano hubieran ido más lejos...—¡Conque eres inocente! (exclamaba en tanto eltío Lucas, rindiéndose a la evidencia).—¡Frasquita115-25mía, Frasquita de mi alma! ¡Perdóname la injusticia,y deja que te dé un abrazo!...—Esa es harina de otro costal... (contestó la Molinera,hurtando el cuerpo).—Antes de abrazarte,necesito oír tus explicaciones...115-30—Yo las daré por él y por mí...—dijo DoñaMercedes.—¡Hace una hora que las estoy esperando!—profirióel Corregidor, tratando de erguirse.—Pero no las daré (continuó la Corregidora, volviendo116-5la espalda desdeñosamente a su marido) hasta queestos señores hayan descambiado vestimentas...; y,aun entonces, se las daré tan sólo a quien merezca oírlas.—Vamos... Vamos a descambiar... (díjole el murciano116-10a D. Eugenio, alegrándose mucho de no haberloasesinado, pero mirándolo todavía con un odio verdaderamentemorisco).—¡El traje de Vuestra Señoría meahoga! ¡He sido muy desgraciado mientras lo hetenido puesto!...116-15—¡Porque no lo entiendes! (respondiole el Corregidor).¡Yo estoy, en cambio, deseando ponérmelo,para ahorcarte a ti y a medio mundo, si no me satisfacenlas exculpaciones de mi mujer!La Corregidora, que oyó esta palabras, tranquilizó a116-20la reunión con una suave sonrisa, propia de aquellosafanados ángeles cuyo ministerio es guardar a loshombres.XXXIVTAMBIÉN LA CORREGIDORA ES GUAPASalidoque hubieron de la sala el Corregidor y el tíoLucas, sentose de nuevo la Corregidora en el sofá;colocó a su lado a la señá Frasquita, y, dirigiéndose alos domésticos y ministriles que obstruían la puerta, lesdijo con afable sencillez:117-5—¡Vaya, muchachos!... Contad ahora vosotros aesta excelente mujer todo lo malo que sepáis de mí.Avanzó el cuarto estado, y diez voces quisieron hablara un mismo tiempo; pero el ama de leche, como lapersona que más alas tenía en la casa, impuso silencio117-10a los demás, y dijo de esta manera:—Ha de saber V., señá Frasquita, que estábamos yoy mi Señora esta noche al cuidado de los niños, esperandoa ver si venía el amo y rezando el tercer Rosariopara hacer tiempo (pues la razón traída por Garduña117-15había sido que andaba el señor Corregidor detrás deunos facinerosos muy terribles, y no era cosa de acostarsehasta verlo entrar sin novedad), cuando sentimosruido de gente en la alcoba inmediata, que es donde misseñores tienen su cama de matrimonio. Cogimos la luz,117-20muertas de miedo, y fuimos a ver quién andaba en laalcoba, cuando ¡ay, Virgen del Carmen! al entrar, vimosque un hombre, vestido como mi señor, pero queno era él (¡como que era su marido de V.!), trataba deesconderse debajo de la cama.—«¡Ladrones!» principiamosa gritar desaforadamente, y un momento despuésla habitación estaba llena de gente, y los alguacilessacaban arrastrando de su escondite al fingido Corregidor.—MiSeñora, que, como todos, había reconocido118-5al tío Lucas, y que lo vio con aquel traje, temió quehubiese matado al amo, y empezó a dar unos lamentosque partían las piedras...—«¡A la cárcel! ¡A la cárcel!»decíamos entre tanto los demás.—«¡Ladrón!¡Asesino!» era la mejor palabra que oía el tío Lucas;118-10y así es que estaba como un difunto, arrimado a la pared,sin decir esta boca es mía.—Pero, viendo luego que selo llevaban a la cárcel, dijo... lo que voy a repetir,aunque verdaderamente mejor sería para callado:—«Señora,yo no soy ladrón ni asesino: el ladrón y el118-15asesino... de mi honra está en mi casa, acostado conmi mujer.»—¡Pobre Lucas!—suspiró la señá Frasquita.—¡Pobre de mí!—murmuró la Corregidoratranquilamente.118-20—Eso dijimos todos... «¡Pobre tío Lucas y pobreSeñora!»—Porque... la verdad, señá Frasquita, yateníamos idea de que mi señor había puesto los ojos enV..., y, aunque nadie se figuraba que V....—¡Ama! (exclamó severamente la Corregidora).118-25¡No siga V. por ese camino!...—Continuaré yo por el otro... (dijo un alguacil,aprovechando aquella coyuntura para apoderarse de lapalabra).—El tío Lucas (que nos engañó de lo lindocon su traje y su manera de andar cuando entró en la118-30casa; tanto que todos lo tomamos por el señor Corregidor),no había venido con muy buenas intenciones quedigamos, y si la Señora no hubiera estado levantada...,figúrese V. lo que habría sucedido...—¡Vamos! ¡Cállate tú también! (interrumpió la119-5cocinera).—¡No estás diciendo más que tonterías!—Pues,sí, señá Frasquita: el tío Lucas, para explicar supresencia en la alcoba de mi ama, tuvo que confesar lasintenciones que traía... ¡Por cierto que la Señora nose pudo contener al oírlo, y le arrimó una bofetada en119-10medio de la boca, que le dejó la mitad de las palabrasdentro del cuerpo!—Yo misma lo llené de insultos ydenuestos, y quise sacarle los ojos... Porque ya conoceV., señá Frasquita, que, aunque sea su marido de V.,eso de venir con sus manos lavadas...119-15—¡Eres una bachillera! (gritó el portero, poniéndosedelante de la oradora).—¿Qué más hubieras queridotú?...—En fin, señá Frasquita; óigame V. a mí, yvamos al asunto.—La Señora hizo y dijo lo quedebía...; pero luego, calmado ya su enojo, compadeciose119-20del tío Lucas y paró mientes en el mal procederdel señor Corregidor, viniendo a pronunciar estas oparecidas palabras:—«Por infame que haya sido supensamiento de V., tío Lucas, y aunque nunca podréperdonar tanta insolencia, es menester que su mujer de119-25V. y mi esposo crean durante algunas horas que hansido cogidos en sus propias redes, y que V., auxiliadopor ese disfraz, les ha devuelto afrenta por afrenta.¡Ninguna venganza mejor podemos tomar de ellosque este engaño, tan fácil de desvanecer cuando nos119-30acomode!»—Adoptada tan graciosa resolución, laSeñora y el tío Lucas nos aleccionaron a todos de lo queteníamos que hacer y decir cuando volviese Su Señoría;y por cierto que yo le he pegado a Sebastián Garduñatal palo en la rabadilla, que creo no se le olvidará en120-5mucho tiempo la noche de San Simón y San Judas!...Cuando el portero dejó de hablar, ya hacía rato quela Corregidora y la Molinera cuchicheaban al oído,abrazándose y besándose a cada momento, y no pudiendoen ocasiones contener la risa.120-10¡Lástima que no se oyera lo que hablaban!...—Peroel lector se lo figurará sin gran esfuerzo: y, si noel lector, la lectora.XXXVDECRETO IMPERIALRegresaronen esto a la sala el Corregidor y el tíoLucas, vestido cada cual con su propia ropa.—¡Ahora me toca a mí!—entró diciendo el insigneD. Eugenio de Zúñiga.Y, después de dar en el suelo un par de bastonazos121-5como para recobrar su energía (a guisa de Anteo oficial,que no se sentía fuerte hasta que su caña de Indias tocabaen la tierra), díjole a la Corregidora con un énfasisy una frescura indescriptibles:—¡Merceditas..., estoy esperando tus121-10explicaciones!...Entretanto, la Molinera se había levantado y le tirabaal tío Lucas un pellizco de paz, que le hizo ver estrellas,mirándolo al mismo tiempo con desenojados y hechicerosojos.121-15El Corregidor, que observara aquella pantomima,quedose hecho una pieza, sin acertar a explicarse unareconciliación taninmotivada.Dirigiose, pues, de nuevo a su mujer, y le dijo, hechoun vinagre:121-20—¡Señora! ¡Todos se entienden menos nosotros!Sáqueme V. de dudas... ¡Se lo mando como maridoy como Corregidor!Y dio otro bastonazo en el suelo.—¿Conque se marcha V.? (exclamó Doña Mercedes,acercándose a la señá Frasquita y sin hacer caso de D.Eugenio).—Pues vaya V. descuidada, que este escándalono tendrá ningunas consecuencias.—¡Rosa!: alumbraa estos señores, que dicen que se marchan...—Vaya122-5V. con Dios, tío Lucas.—¡Oh... no! (gritó el de Zúñiga, interponiéndose).¡Lo que es el tío Lucas no se marcha! ¡El tío Lucasqueda arrestado hasta que sepa yo toda la verdad!—¡Hola,alguaciles! ¡Favor al Rey!...122-10Ni un solo ministro obedeció a D. Eugenio.—Todosmiraban a la Corregidora.—¡A ver, hombre! ¡Deja el paso libre!—añadióésta, pasando casi sobre su marido, y despidiendo a todoel mundo con la mayor finura; es decir, con la cabeza122-15ladeada, cogiéndose la falda con la punta de los dedos,y agachándose graciosamente, hasta completar la reverenciaque a la sazón estaba de moda, y que se llamabala pompa.—Pero yo... Pero tú... Pero nosotros... Pero122-20aquellos...—seguía mascujando el vejete, tirándolea su mujer del vestido y perturbando sus cortesías mejoriniciadas.¡Inútil afán! ¡Nadie hacía caso de Su Señoría!Marchado que se hubieron todos, y solos ya en el salón122-25los desavenidos cónyuges, la Corregidora se dignóal fin decirle a su esposo, con el acento que hubieraempleado una Czarina de todas las Rusias para fulminarsobre un Ministro caído la orden de perpetuo destierroa la Siberia:122-30—Mil años que vivas, ignorarás lo que ha pasadoesta noche en mi alcoba... Si hubieras estado en ella,como era regular, no tendrías necesidad de preguntárseloa nadie.—Por lo que a mí toca, no hay ya, nihabrá jamás, razón ninguna que me obligue a satisfacerte;123-5pues te desprecio de tal modo, que si no fuerasel padre de mis hijos, te arrojaría ahora mismo por esebalcón, como te arrojo para siempre de mi dormitorio.—Conque,buenas noches, caballero.Pronunciadas estas palabras, que Don Eugenio oyó123-10sin pestañear (pues lo que es a solas no se atrevía consu mujer), la Corregidora penetró en el gabinete, y delgabinete pasó a la alcoba, cerrando las puertas detrásde sí; y el pobre hombre se quedó plantado en mediode la sala, murmurando entre encías (que no entre123-15dientes) y con un cinismo de que no habrá habido otroejemplo:—¡Pues, señor, no esperaba yo escapar tan bien!...—¡Garduñame buscará otra!XXXVICONCLUSIÓN, MORALEJA Y EPÍLOGOPiabanlos pajarillos saludando el alba, cuando el tíoLucas y la señá Frasquita salían de la Ciudad con direccióna su molino.Los esposos iban a pie, y delante de ellos caminabanapareadas las dos burras.124-5—El domingo tienes que ir a confesar (le decía laMolinera a su marido); pues necesitas limpiarte detodos tus malos juicios y criminales propósitos de estanoche...—Has pensado muy bien... (contestó el Molinero).124-10Pero tú, entretanto, vas a hacerme otro favor, y es dara los pobres los colchones y ropa de nuestra cama, yponerla toda de nuevo.—¡Yo no me acuesto donde hasudado aquel bicho venenoso!—¡No me lo nombres, Lucas! (replicó la señá Frasquita).—Conque124-15hablemos de otra cosa. Quisieramerecerte un segundo favor...—Pide por esa boca...—El verano que viene vas a llevarme a tomar losbaños del Solán de Cabras.124-20—¿Para qué?—Para ver si tenemos hijos.—¡Felicísima idea!—Te llevaré, si Dios nos davida.Y con esto llegaron al molino, a punto que el sol, sinhaber salido todavía, doraba ya las cúspides de lasmontañas.. . . . . . . . . . .A la tarde, con gran sorpresa de los esposos, que noesperaban nuevas visitas de altos personajes después125-5de un escándalo como el de la precedente noche, concurrióal molino más señorío que nunca. El venerablePrelado, muchos Canónigos, el Jurisconsulto, dos Prioresde frailes y otras varias personas (que luego sesupo habían sido convocadas allí por Su Señoría Ilustrísima)125-10ocuparon materialmente la plazoletilla delemparrado.
—¡Algo menos será, señor Corregidor!—repusoel Alguacil.
—¿Por qué lo dices, insolente? ¿Porque me vesaquí postrado?84-25
—No, señor. Lo digo, porque la señá Frasquita noha debido de mostrarse tan inhumana como Usía cuenta,cuando ha ido a la Ciudad a buscarle un médico....
—¡Dios santo! ¿Estás seguro de que ha ido a laCiudad?—exclamó D. Eugenio más aterrado que nunca.84-30
—A lo menos, eso me ha dicho ella....
—¡Corre, corre, Garduña!—¡Ah! ¡estoy perdidosin remedio!—¿Sabes a qué va la señá Frasquita a laCiudad? ¡A contárselo todo a mi mujer!... ¡Adecirle que estoy aquí!—¡Oh, Dios mío, Dios mío!85-5¿Cómo había yo de figurarme esto? ¡Yo creí que sehabría ido al Lugar en busca de su marido; y, comolo tengo allí a buen recaudo, nada me importaba suviaje! Pero ¡irse a la Ciudad!...—¡Garduña, corre,corre..., tú que eres andarín, y evita mi perdición!85-10¡Evita que la terrible Molinera entre en mi casa!
—¿Y no me ahorcará Usía si lo consigo?—preguntóirónicamente el Alguacil.
—¡Al contrario! Te regalaré unos zapatos en buenuso, que me están grandes. ¡Te regalaré todo lo que85-15quieras!
—Pues voy volando. Duérmase Usía tranquilo.Dentro de media hora estoy aquí de vuelta, después dedejar en la cárcel a la navarra.—¡Para algo soy másligero que una borrica!85-20
Dijo Garduña, y desapareció por la escalera abajo.
Se cae de su peso que, durante aquella ausencia delAlguacil, fue cuando el Molinero estuvo en el molinoy vio visiones por el ojo de la llave.
Dejemos, pues, al Corregidor sudando en el lecho85-25ajeno, y a Garduña corriendo hacia la Ciudad (adondetan pronto había de seguirle el tío Lucas con sombrerode tres picos y capa de grana), y, convertidos tambiénnosotros en andarines, volemos con dirección al Lugar,en seguimiento de la valerosa señá Frasquita.85-30
XXIII
OTRA VEZ EL DESIERTO Y LAS CONSABIDAS VOCES
Laúnica aventura que le ocurrió a la navarra en suviaje desde el molino al pueblo, fue asustarse un pocoal notar que alguien echaba yescas en medio de unsembrado.
—¿Si será un esbirro del Corregidor? ¿Si irá a86-5detenerme?—pensó la Molinera.
En esto se oyó un rebuzno hacia aquel mismo lado.
—¡Burros en el campo a estas horas! (siguió pensandola señá Frasquita.)—Pues lo que es por aquíno hay ninguna huerta ni cortijo....—¡Vive Dios86-10que los duendes se están despachando esta noche a sugusto! Porque la borrica de mi marido no puede ser....—¿Quéharía mi Lucas, a media noche, paradofuera de camino?
—¡Nada! ¡nada! ¡Indudablemente es un espía!86-15
La burra que montaba la señá Frasquita creyó oportunorebuznar también en aquel instante.
—¡Calla, demonio!—le dijo la navarra, clavándoleun alfiler de a ochavo en mitad dela cruz.
Y, temiendo algún encuentro que no le conviniese,86-20sacó también su bestia fuera del camino y la hizo trotarpor otros sembrados.
Sin más accidente, llegó a las puertas del Lugar, atiempo que serían las once de la noche.
XXIV
UN REY DE ENTONCES
Hallábaseya durmiendo la mona el señor Alcalde,vuelta la espalda a la espalda de su mujer (y formandoasí con ésta la figura deáguila austriaca de dos cabezasque dice nuestro inmortal Quevedo), cuando Toñuelollamó a la puerta de la cámara nupcial, y avisó al Sr.87-5Juan López que la señá Frasquita,la del molino, queríahablarle.
No tenemos para qué referir todos los gruñidos yjuramentos inherentes al acto de despertar y vestirseel Alcalde de monterilla, y nos trasladamos desde luego87-10al instante en que la Molinera lo vio llegar, desperezándosecomo un gimnasta que ejercita la musculatura,y exclamando en medio de un bostezo interminable:
—¡Téngalas V. muy buenas, señá Frasquita!—¿Quéle trae a V. por aquí? ¿No le dijo a V. Toñuelo87-15que se quedase en el molino? ¿Así desobedece V. ala Autoridad?
—¡Necesito ver a mi Lucas! (respondió la navarra).¡Necesito verlo al instante!—¡Que le digan que estáaquí su mujer!87-20
—¡Necesito! ¡necesito!—Señora, ¡a V. se le olvidaque está hablando con el Rey!...
—¡Déjeme V. a mí de reyes, Sr. Juan, que no estoypara bromas! ¡Demasiado sabe V. lo que me sucede!
¡Demasiado sabe para qué ha preso a mi marido!
—Yo no sé nada, señá Frasquita.... Y en cuantoa su marido de V., no está preso, sino durmiendo tranquilamenteen esta su casa, y tratado como yo trato alas personas.—¡A ver, Toñuelo! ¡Toñuelo! Anda88-5al pajar, y dile al tío Lucas que se despierte y vengacorriendo....—Conque vamos... ¡cuénteme V. loque pasa!... ¿Ha tenido V. miedo de dormir sola?
—¡No sea V. desvergonzado, señor Juan! ¡Demasiadosabe V. que a mí no me gustan sus bromas ni sus88-10veras! Lo que me pasa es una cosa muy sencilla: queV. y el señor Corregidor han querido perderme; ¡peroque se han llevado un solemne chasco! ¡Yo estoy aquísin tener de qué abochornarme, y el señor Corregidorse queda en el molino muriéndose!...88-15
—¡Muriéndose el Corregidor! (exclamó su subordinado).Señora, ¿sabe V. lo que se dice?
—¡Lo que V. oye! Se ha caído en el caz, y casise ha ahogado, o ha cogido una pulmonía, o yo no sé...¡Eso es cuenta de la Corregidora! Yo vengo a88-20buscar a mi marido, sin perjuicio de salir mañana mismopara Madrid, donde le contaré al Rey....
—¡Demonio, demonio! (murmuró el Sr. Juan López).—¡A ver,Manuela!... ¡muchacha!... Anda yaparéjame la mulilla....—Señá Frasquita al molino88-25voy.... ¡Desgraciada de V. si le ha hecho algúndaño al señor Corregidor!
—¡Señor Alcalde, señor Alcalde! (exclamó en estoToñuelo, entrando más muerto que vivo). El tío Lucasno está en el pajar. Su burra no se halla tampoco en88-30los pesebres, y la puerta del corral esta abierta....¡De modo que el pájaro se ha escapado!
—¿Qué estás diciendo?—gritó el señor Juan López.
—¡Virgen del Carmen! ¿Qué va a pasar en micasa? (exclamó la señá Frasquita). ¡Corramos, señor89-5Alcalde; no perdamos tiempo!... Mi marido va amatar al Corregidor al encontrarlo allí a estas horas....
—¿Luego V. cree que el tío Lucas está en el molino?
—¿Pues no lo he de creer?—Digo más... cuandoyo venía me he cruzado con él sin conocerlo. ¡Él era89-10sin duda uno que echaba yescas en medio de un sembrado!—¡Diosmío! ¡Cuando piensa una que losanimales tienen más entendimiento que las personas!—Porqueha de saber V., señor Juan, que indudablementenuestras dos burras se reconocieron y se saludaron,89-15mientras que mi Lucas y yo ni nos saludamos ninos reconocimos.... ¡Antes bien huimos el uno delotro, tomándonos mutuamente por espías!...
—¡Bueno está su Lucas de V.! (replicó el Alcalde).—Enfin, vamos andando, y ya veremos lo que hay que89-20hacer con todos Vds. ¡Conmigo no se juega! ¡Yosoy el Rey!... Pero no un rey como el que ahoratenemos en Madrid, o sea en el Pardo, sino como aquelque hubo en Sevilla, a quien llamaban D. Pedro elCruel.—¡A ver, Manuela! ¡Tráeme el bastón, y dile89-25a tu ama que me marcho!
Obedeció la sirvienta (que era por cierto más buenamoza de lo que convenía a la Alcaldesa y a la moral),y, como la mulilla del Sr. Juan López estuviese ya aparejada,la señá Frasquita y él salieron para el molino,89-30seguidos del indispensable Toñuelo.
XXV
LA ESTRELLA DE GARDUÑA
Precedámoslesnosotros, supuesto que tenemos cartablanca para andar más de prisa que nadie.
Garduña se hallaba ya de vuelta en el molino, despuésde haber buscado a la señá Frasquita por todas lascalles de la Ciudad.90-5
El astuto Alguacil había tocado de camino en elCorregimiento, donde lo encontró todo muy sosegado.Las puertas seguían abiertas como en medio del día,según es costumbre cuando la Autoridad está en la calleejerciendo sus sagradas funciones. Dormitaban en la90-10meseta de la escalera y en el recibimiento otros alguacilesy ministros, esperando descansadamente a su amo;mas, cuando sintieron llegar a Garduña, desperezáronsedos o tres de ellos, y le preguntaron al que era su decanoy jefe inmediato:90-15
—¿Viene ya el señor?
—¡Ni por asomo!—Estaos quietos.—Vengo asaber si ha habido novedad en la casa....
—Ninguna.
—¿Y la Señora?90-20
—Recogida en sus aposentos.
—¿No ha entrado una mujer por estas puertas hacepoco?
—Nadie ha parecido por aquí en toda la noche....
—Pues no dejéis entrar a persona alguna, sea quiensea y diga lo que diga. ¡Al contrario! Echadle manoal mismo lucero del alba que venga a preguntar por elSeñor o por la Señora, y llevadlo a la cárcel.91-5
—¿Parece que esta noche se anda a caza de pájarosde cuenta?—preguntó uno de los esbirros.
—¡Caza mayor!—añadió otro.
—¡Mayúscula! (respondió Garduña solemnemente.)¡Figuraos si la cosa será delicada, cuando el señor91-10Corregidor y yo hacemos la batida por nosotros mismos!...—Conque...hasta luego, buenas piezas, y¡mucho ojo!
—Vaya V. con Dios, señor Bastián,—repusierontodos, saludando a Garduña.91-15
—¡Mi estrella se eclipsa! (murmuró éste al salir delCorregimiento.) ¡Hasta las mujeres me engañan! LaMolinera se encaminó al Lugar en busca de su esposo,en vez de venirse a la Ciudad...—¡Pobre Garduña!¿Qué se ha hecho de tu olfato?91-20
Y, discurriendo de este modo, tomó la vuelta delmolino.
Razón tenía el Alguacil para echar de menos suantiguo olfato, pues que no venteó a un hombre que seescondía en aquel momento detrás de unos mimbres, a91-25poca distancia de la ramblilla, y el cual exclamó parasu capote, o más bien para su capa de grana:
—¡Guarda, Pablo! ¡Por allí viene Garduña!...Es menester que no me vea....
Era el tío Lucas, vestido de Corregidor, que se dirigía91-30
a la Ciudad, repitiendo de vez en cuando su diabólicafrase:
—¡También la Corregidora es guapa!
Pasó Garduña sin verlo, y el falso Corregidor dejósu escondite y penetró en la población...92-5
Poco después llegaba el Alguacil al molino, segúndejamos indicado.
XXVI
REACCIÓN
ElCorregidor seguía en la cama, tal y como acababade verlo el tío Lucas por el ojo de la llave.
—¡Qué bien sudo, Garduña! ¡Me he salvado deuna enfermedad! (exclamó tan luego como penetró elAlguacil en la estancia).—¿Y la señá Frasquita? ¿Has93-5dado con ella? ¿Viene contigo? ¿Ha hablado con laSeñora?
—La Molinera, señor (respondió Garduña con angustiadoacento), me engañó como a un pobre hombre;pues no se fue a la Ciudad, sino al pueblecillo..., en93-10busca de su esposo.—Perdone Usía la torpeza...
—¡Mejor! ¡mejor! (dijo el madrileño, con los ojoschispeantes de maldad). ¡Todo se ha salvado entonces!Antes de que amanezca estarán caminando para lascárceles de la Inquisición, atados codo con codo, el tío93-15Lucas y la señá Frasquita, y allí se pudrirán sin tenera quien contarle sus aventuras de esta noche.—Tráemela ropa, Garduña, que ya estará seca... ¡Tráemela,y vísteme! ¡El amante se va a convertir enCorregidor!...93-20
Garduña bajó a la cocina por la ropa.
. . . . . . . . . . .
XXVII
¡FAVOR AL REY!
Entretanto, la señá Frasquita, el Sr. Juan López yToñuelo avanzaban hacia el molino, al cual llegaronpocos minutos después.
—¡Yo entraré delante! (exclamó el Alcalde de monterilla).¡Para algo soy la Autoridad!—Sígueme,94-5Toñuelo, y V., sená Frasquita, espérese a la puertahasta que yo la llame.
Penetró, pues, el Sr. Juan López bajo la parra, dondevio a la luz de la luna un hombre casi jorobado, vestidocomo solía el Molinero, con chupetín y calzón de paño94-10pardo, faja negra, medias azules, montera murciana defelpa, y el capote de monte al hombro.
—¡Él es! (gritó el Alcalde). ¡Favor al Rey!—¡EntrégueseV., tío Lucas!
El hombre de la montera intentó meterse en el molino.94-15
—¡Date!—gritó a su vez Toñuelo, saltando sobreél, cogiéndolo por el pescuezo, aplicándole una rodillaal espinazo y haciéndole rodar por tierra.
Al mismo tiempo, otra especie de fiera saltó sobreToñuelo, y, agarrándolo de la cintura, lo tiró sobre el94-20empedrado y principió a darle de bofetones.
Era la señá Frasquita, que exclamaba:
—¡Tunante! ¡Deja a mi Lucas!
Pero, en esto, otra persona, que había aparecido llevandodel diestro una borrica, metiose resueltamenteentre los dos, y trató de salvar a Toñuelo...
Era Garduña, que, tomando al Alguacil del Lugarpor D. Eugenio de Zúñiga, le decía a la Molinera:
—¡Señora, respete V. a mi amo!95-5
Y la derribó de espaldas sobre el lugareño.
La seña Frasquita, viéndose entre dos fuegos, descargóentonces a Garduña tal revés en medio del estómago,que le hizo caer de boca tan largo como era.
Y, con él, ya eran cuatro las personas que rodaban95-10por el suelo.
El Sr. Juan López impedía entretanto levantarse alsupuesto tío Lucas, teniéndole plantado un pie sobre losriñones.
—¡Garduña! ¡Socorro! ¡Favor al Rey! ¡Yo soy95-15el Corregidor!—gritó al fin Don Eugenio, sintiendoque la pezuña del Alcalde, calzada con albarca de pielde toro, lo reventaba materialmente.
—¡El Corregidor! ¡Pues es verdad!—dijo el Sr.Juan López, lleno de asombro...95-20
—¡El Corregidor!—repitieron todos.
Y pronto estuvieron de pie los cuatro derribados.
—¡Todo el mundo a la cárcel! (exclamó D. Eugeniode Zúñiga). ¡Todo el mundo a la horca!
—Pero, señor... (observó el Sr. Juan López, poniéndose95-25de rodillas).—¡Perdone Usía que lo hayamaltratado! ¿Cómo había de conocer a Usía con esaropa tan ordinaria?
—¡Bárbaro! (replicó el Corregidor): ¡alguna habíade ponerme! ¿No sabes que me han robado la mía?95-30¿No sabes que una compañía de ladrones, mandada porel tío Lucas...
—¡Miente V.!—gritó la navarra.
—Escúcheme V., señá Frasquita (le dijo Garduña,llamándola aparte).—Con permiso del señor Corregidor96-5y la compaña...—¡Si V. no arregla esto, nos vana ahorcar a todos, empezando por el tío Lucas!...
—Pues ¿qué ocurre?—preguntó la señá Frasquita.
—Que el tío Lucas anda a estas horas por la Ciudadvestido de Corregidor..., y que Dios sabe si habrá96-10llegado con su disfraz hasta el propio dormitorio de laCorregidora.
Y el Alguacil le refirió en cuatro palabras todo lo queya sabemos.
—¡Jesús! (exclamó la Molinera). ¡Conque mi marido96-15me cree deshonrada! ¡Conque ha ido a la Ciudada vengarse!—¡Vamos, vamos a la Ciudad, y justificadmea los ojos de mi Lucas!
—¡Vamos a la Ciudad, e impidamos que ese hombrehable con mi mujer y le cuente todas las majaderías que96-20se haya figurado! (dijo el Corregidor, arrimándose auna de las burras).—Deme V. un pie para montar,señor Alcalde.
—Vamos a la Ciudad, sí... (añadió Garduña); ¡yquiera el cielo, señor Corregidor, que el tío Lucas,96-25amparado por su vestimenta, se haya contentado conhablarle a la Señora!
—¿Qué dices, desgraciado? (prorrumpió D. Eugeniode Zúñiga). ¿Crees tú a ese villano capaz?...
—¡De todo!—contestó la señá Frasquita.96-30
XXVIII
¡AVE MARÍA PURÍSIMA! ¡LAS DOCE Y MEDIA Y SERENO!
Asígritaba por las calles de la Ciudad quien teníafacultades para tanto, cuando la Molinera y el Corregidor,cada cual en una de las burras del molino, el Sr.Juan López en su mula, y los dos alguaciles andando,llegaron a la puerta del Corregimiento.97-5
La puerta estaba cerrada.
Dijérase que para el Gobierno, lo mismo que para losgobernados, había concluido todo por aquel día.
—¡Malo!—pensó Garduña.
Y llamó con el aldabón dos o tres veces.97-10
Pasó mucho tiempo, y ni abrieron, ni contestaron.
La señá Frasquita estaba más amarilla que la cera.
El Corregidor se había comido ya todas las uñas deambas manos.
Nadie decía una palabra.97-15
¡Pum!... ¡Pum!... ¡Pum!...—golpes y másgolpes a la puerta del Corregimiento (aplicados sucesivamentepor los dos alguaciles y por el Sr. JuanLópez)...—Y ¡nada! ¡No respondía nadie! ¡Noabrían! ¡No se movía una mosca!97-20
Sólo se oía el claro rumor de los caños de una fuenteque había en el patio de la casa.
Y de esta manera transcurrían minutos, largos comoeternidades.
Al fin, cerca de la una, abriose un ventanillo del pisosegundo, y dijo una voz femenina:
—¿Quién?
—Es la voz del ama de leche...—murmuróGarduña.98-5
—¡Yo! (respondió D. Eugenio de Zúñiga).—¡Abrid!
Pasó un instante de silencio.
—¿Y quién es V.?—replicó luego la nodriza.
—¿Pues no me está V. oyendo?—¡Soy el amo!...¡el Corregidor!...98-10
Hubo otra pausa.
—¡Vaya V. mucho con Dios! (repuso la buenamujer).—Mi amo vino hace una hora, y se acostó enseguida.—¡Acuéstense Vds. también, y duerman elvino que tendrán en el cuerpo!98-15
Y la ventana se cerró de golpe.
La señá Frasquita se cubrió el rostro con las manos.
—¡Ama! (tronó el Corregidor, fuera de sí). ¿Nooye V. que le digo que abra la puerta? ¿No oye V.que soy yo? ¿Quiere V. que la ahorque también?98-20
La ventana volvió a abrirse.
—Pero vamos a ver... (expuso el ama). ¿Quiénes V. para dar esos gritos?
—¡Soy el Corregidor!
—¡Dale, bola! ¿No le digo a V. que el señor Corregidor98-25vino antes de las doce..., y que yo lo vi conmis propios ojos encerrarse en las habitaciones de laSeñora? ¿Se quiere V. divertir conmigo?—¡Puesespere V..., y verá lo que le pasa!
Al mismo tiempo se abrió repentinamente la puerta,98-30y una nube de criados y ministriles, provistos de sendosgarrotes, se lanzó sobre los de afuera, exclamandofuriosamente:
—¡A ver! ¿Dónde está ese que dice que es el Corregidor?¿Dónde está ese chusco? ¿Dónde está99-5ese borracho?
Y se armó un lío de todos los demonios en medio dela obscuridad, sin que nadie pudiera entenderse, y nodejando de recibir algunos palos el Corregidor, Garduña,el Sr. Juan López y Toñuelo.99-10
Era la segunda paliza que le costaba a D. Eugeniosu aventura de aquella noche, además del remojón quese dio en el caz del molino.
La señá Frasquita, apartada de aquel laberinto, llorabapor la primera vez de su vida...99-15
—¡Lucas! ¡Lucas! (decía). ¡Y has podido dudarde mí! ¡Y has podido estrechar en tus brazos a otra!
—¡Ah! ¡Nuestra desventura no tiene ya remedio!
XXIX
POST NUBILA... DIANA
—¿Quéescándalo es este?—dijo al fin una voz tranquila,majestuosa y de gracioso timbre, resonando encimade aquella baraúnda.
Todos levantaron la cabeza, y vieron a una mujer vestidade negro, asomada al balcón principal del edificio.100-5
—¡La Señora!—dijeron los criados, suspendiendola retreta de palos.
—¡Mi mujer!—tartamudeó D. Eugenio.
—Que pasen esos rústicos...—El señor Corregidordice que lo permite...—agregó la Corregidora.100-10
Los criados cedieron el paso, y el de Zúñiga y susacompañantes penetraron en el portal y tomaron por laescalera arriba.
Ningún reo ha subido al patíbulo con paso tan inseguroy semblante tan demudado como el Corregidor100-15subía las escaleras de su casa.—Sin embargo, la ideade su deshonra principiaba ya a descollar, con nobleegoísmo, por encima de todos los infortunios que habíacausado y que lo afligían y sobre las demás ridiculecesde la situación en que se hallaba...100-20
—¡Antes que todo (iba pensando), soy un Zúñiga yun Ponce de León!... ¡Ay de aquellos que lo hayanechado en olvido! ¡Ay de mi mujer, si ha mancilladomi nombre!
XXX
UNA SEÑORA DE CLASE
LaCorregidora recibió a su esposo y a la rústicacomitiva en el salón principal del Corregimiento.
Estaba sola, de pie, y con los ojos clavados en lapuerta.
Érase una principalísima dama, bastante joven todavía,101-5de plácida y severa hermosura, más propia delpincel cristiano que del cincel gentílico, y estaba vestidacon toda la nobleza y seriedad que consentía el gustode la época. Su traje, de corta y estrecha falda ymangas huecas y subidas, era de alepín negro: una101-10pañoleta de blonda blanca, algo amarillenta, velabasus admirables hombros, y larguísimos maniquetes omitones de tul negro cubrían la mayor parte de sus alabastrinosbrazos. Abanicábase majestuosamente con unpericón enorme, traído de las islas Filipinas, y empuñaba101-15con la otra mano un pañuelo de encaje, cuyoscuatro picos colgaban simétricamente con una regularidadsólo comparable a la de su actitud y menoresmovimientos.
Aquella hermosa mujer tenía algo de reina y mucho101-20de abadesa, e infundía por ende veneración y miedoa cuantos la miraban. Por lo demás, el atildamientode su traje a semejante hora, la gravedad de su continentey las muchas luces que alumbraban el salón,demostraban que la Corregidora se había esmerado endar a aquella escena una solemnidad teatral y un tinteceremonioso que contrastasen con el carácter villano ygrosero de la aventura de su marido.
Advertiremos, finalmente, que aquella señora se102-5llamaba Doña Mercedes Carrillo de Albornoz y Espinosade los Monteros, y que era hija, nieta, biznieta,tataranieta y hasta vigésima nieta de la Ciudad, comodescendiente de sus ilustres conquistadores.—Su familia,por razones de vanidad mundana, la había inducido102-10a casarse con el viejo y acaudalado Corregidor, yella, que de otro modo hubiera sido monja, pues suvocación natural la iba llevando al claustro, consintióen aquel doloroso sacrificio.
A la sazón tenía ya dos vástagos del arriscado madrileño,102-15y aún se susurraba que había otra vez moros enla costa...
Conque volvamos a nuestro cuento.
XXXI
LA PENA DEL TALIÓN
¡Mercedes! (exclamó el Corregidor al comparecerdelante de su esposa). Necesito saberinmediatamente....
—¡Hola, tío Lucas! ¿V. por aquí? (dijo la Corregidora,interrumpiéndole).—¿Ocurre alguna desgracia103-5en el molino?
—¡Señora! ¡no estoy para chanzas! (repuso el Corregidorhecho una fiera).—Antes de entrar en explicacionespor mi parte, necesito saber qué ha sido demi honor....103-10
—¡Esa no es cuenta mía! ¿Acaso me lo ha dejadoV. a mí en depósito?
—Sí, Señora.... ¡A V.! (replicó D. Eugenio).—¡Lasmujeres son depositarias del honor de susmaridos!103-15
—Pues entonces, mi querido tío Lucas, pregúnteleV. a su mujer....—Precisamente nos estáescuchando.
La señá Frasquita, que se había quedado a la puertadel salón, lanzó una especie de rugido.103-20
—Pase V., señora, y siéntese...—añadió la Corregidora,dirigiéndose a la Molinera con dignidadsoberana.
Y, por su parte, encaminose al sofá.
La generosa navarra supo comprender desde luegotoda la grandeza de la actitud de aquella esposa injuriada...,e injuriada acaso doblemente.... Así esque, alzándose en el acto a igual altura, dominó susnaturales ímpetus, y guardó un silencio decoroso.—Esto104-5sin contar con que la señá Frasquita, segura desu inocencia y de su fuerza, no tenía prisa de defenderse.—Teníala,sí, de acusar; y mucha...; pero nociertamente a la Corregidora.—¡Con quien ella deseabaajustar cuentas era con el tío Lucas..., y el tío Lucas104-10no estaba allí!
—Señá Frasquita... (repitió la noble dama, al verque la Molinera no se había movido de su sitio):—le hedicho a V. que puede pasar y sentarse.
Esta segunda indicación fue hecha con voz más104-15afectuosa y sentida que la primera....—Dijérase quela Corregidora había adivinado también por instinto, alfijarse en el reposado continente y en la varonil hermosurade aquella mujer, que no iba a habérselas con unser bajo y despreciable, sino quizá más bien con otra104-20infortunada como ella;—¡infortunada, sí, por el solohecho de haber conocido al Corregidor!
Cruzaron, pues, sendas miradas de paz y de indulgenciaaquellas dos mujeres que se consideraban dosveces rivales, y notaron con gran sorpresa que sus almas104-25se aplacieron la una en la otra, como dos hermanos quese reconocen.
No de otro modo se divisan y saludan a lo lejos lascastas nieves de las encumbradas montañas.
Saboreando estas dulces emociones, la Molinera entró104-30majestuosamente en el salón, y se sentó en el filo deuna silla.
A su paso por el molino, previendo que en la Ciudadtendría que hacer visitas de importancia, se había arregladoun poco y puéstose una mantilla de franela negra,105-5con grandes felpones, que le sentaba divinamente.—Parecíatoda una señora.
Por lo que toca al Corregidor, dicho se está quehabía guardado silencio durante aquel episodio.—Elrugido de la señá Frasquita y su aparición en la escena105-10no habían podido menos de sobresaltarlo.—¡Aquellamujer le causaba ya más terror que la suya propia!
—Conque vamos, tío Lucas... (prosiguió DoñaMercedes, dirigiéndose a su marido). Ahí tiene V. ala señá Frasquita.... ¡Puede V. volver a formular105-15su demanda! ¡Puede V. preguntarle aquello de suhonra!
—Mercedes, ¡por los clavos de Cristo! (gritó elCorregidor). ¡Mira que tú no sabes de lo que soycapaz! ¡Nuevamente te conjuro a que dejes la broma105-20y me digas todo lo que ha pasado aquí durante miausencia!—¿Dónde está ese hombre?
—¿Quién? ¿Mi marido?... Mi marido se estálevantando, y ya no puede tardar en venir.
—¡Levantándose!—bramó D. Eugenio.105-25
—¿Se asombra V.? ¿Pues dónde quería V. queestuviese a estas horas un hombre de bien, sino en sucasa, en su cama, y durmiendo con su legítima consorte,como manda Dios?
—¡Merceditas! ¡Ve lo que te dices! ¡Repara en105-30que nos están oyendo! ¡Repara en que soy elCorregidor!...
—¡A mí no me dé V. voces, tío Lucas, o mandaré alos alguaciles que lo lleven a la cárcel!—replicó laCorregidora, poniéndose de pie.106-5
—¡Yo a la cárcel! ¡Yo! ¡El Corregidor de laCiudad!
—El Corregidor de la Ciudad, el representante dela Justicia, el apoderado del Rey (repuso la gran señoracon una severidad y una energía que ahogaron la voz106-10del fingido Molinero), llegó a su casa a la hora debida,a descansar de las nobles tareas de su oficio, para seguirmañana amparando la honra y la vida de los ciudadanos,la santidad del hogar y el recato de lasmujeres, impidiendo de este modo que nadie pueda106-15entrar, disfrazado de Corregidor ni de ninguna otracosa, en la alcoba de la mujer ajena; que nadie puedasorprender a la virtud en su descuidado reposo; quenadie pueda abusar de su casto sueño....
—¡Merceditas! ¿Qué es lo que profieres? (silbó el106-20Corregidor con labios y encías). ¡Si es verdad que hapasado eso en mi casa, diré que eres una pícara, unapérfida, una licenciosa!
—¿Con quién habla este hombre? (prorrumpió laCorregidora desdeñosamente, y paseando la vista por106-25todos los circunstantes). ¿Quién es este loco? ¿Quiénes este ebrio?... ¡Ni siquiera puedo ya creer quesea un honrado molinero como el tío Lucas, a pesar deque viste su traje de villano!—Sr. Juan López, créameV. (continuó, encarándose con el Alcalde de monterilla,106-30que estaba aterrado): mi marido, el Corregidor de laCiudad, llegó a esta su casa hace dos horas, con su sombrerode tres picos, su capa de grana, su espadín decaballero y su bastón de autoridad.... Los criadosy alguaciles que me escuchan se levantaron, y lo saludaron107-5al verlo pasar por el portal, por la escalera, y porel recibimiento. Cerráronse en seguida todas las puertas,y desde entonces no ha penetrado nadie en mihogar hasta que llegaron Vds.—¿Es esto cierto?—Respondedvosotros....107-10
—¡Es verdad! ¡Es muy verdad!—contestaron lanodriza, los domésticos y los ministriles; todos loscuales, agrupados a la puerta del salón, presenciabanaquella singular escena.
—¡Fuera de aquí todo el mundo! (gritó D. Eugenio,107-15echando espumarajos de rabia).—¡Garduña! ¡Garduña!¡Ven y prende a estos viles que me están faltandoal respeto! ¡Todos a la cárcel! ¡Todos a lahorca!
Garduña no parecía por ningún lado.107-20
—Además, señor... (continuó Doña Mercedes,cambiando de tono y dignándose ya mirar a su maridoy tratarle como a tal, temerosa de que las chanzasllegaran a irremediables extremos). Supongamos queV. es mi esposo.... Supongamos que V. es D. Eugenio107-25de Zúñiga y Ponce de León....
—¡Lo soy!
—Supongamos, además, que me cupiese algunaculpa en haber tomado por V. al hombre que penetróen mi alcoba vestido de Corregidor....107-30
—¡Infames!—gritó el viejo, echando mano a laespada, y encontrándose sólo con el sitio o sea con lafaja de molinero murciano.
La navarra se tapó el rostro con un lado de la mantillapara ocultar las llamaradas de sus celos.108-5
—Supongamos todo lo que V. quiera... (continuóDoña Mercedes con una impasibilidad inexplicable).Pero dígame V. ahora, señor mío: ¿Tendría derechoa quejarse? ¿Podría V. acusarme como fiscal? ¿PodríaV. sentenciarme como juez? ¿Viene V. acaso del108-10sermón? ¿Viene V. de confesar? ¿Viene V. de oírmisa? ¿O de dónde viene V. con ese traje? ¿Dedónde viene V. con esa señora? ¿Dónde ha pasadoV. la mitad de la noche?
—Con permiso...—exclamó la señá Frasquita,108-15poniéndose de pie como empujada por un resorte, yatravesándose arrogantemente entre la Corregidora y sumarido.
Éste, que iba a hablar, se quedó con la boca abiertaal ver que la navarra entraba en fuego.108-20
Pero Doña Mercedes se anticipó, y dijo:
—Señora, no se fatigue V. en darme a mí explicaciones...¡Yo no se las pido a V., ni mucho menos!—Allíviene quien puede pedírselas a justo título...¡Entiéndase V. con él!108-25
Al mismo tiempo se abrió la puerta de un gabinete,y apareció en ella el tío Lucas, vestido de Corregidorde pies a cabeza, y con bastón, guantes y espadín, comosi se presentase en las Salas de Cabildo.
XXXII
LA FE MUEVE LAS MONTAÑAS
TenganVds. muy buenas noches,—pronunció elrecién llegado, quitándose el sombrero de tres picos, yhablando con la boca sumida, como solía D. Eugeniode Zúñiga.
En seguida se adelantó por el salón, balanceándose109-5en todos sentidos, y fue a besar la mano de laCorregidora.
Todos se quedaron estupefactos.—El parecido del tíoLucas con el verdadero Corregidor era maravilloso.
Así es que la servidumbre, y hasta el mismo Sr. Juan109-10López, no pudieron contener una carcajada.
D. Eugenio sintió aquel nuevo agravio, y se lanzósobre el tío Lucas como un basilisco.
Pero la señá Frasquita metió el montante, apartandoal Corregidor con el brazo de marras, y Su Señoría, en109-15evitación de otra voltereta y del consiguiente ludibrio,se dejó atropellar sin decir oxte ni moxte.—Estabavisto que aquella mujer había nacido para domadoradel pobre viejo.
El tío Lucas se puso más pálido que la muerte al ver109-20que su mujer se le acercaba; pero luego se dominó, y,con una risa tan horrible que tuvo que llevarse la manoal corazón para que no se le hiciese pedazos, dijo, remedandosiempre al Corregidor:
—¡Dios te guarde, Frasquita! ¿Le has enviado yaa tu sobrino el nombramiento?
¡Hubo que ver entonces a la navarra!—Tirose lamantilla atrás, levantó la frente con soberanía de leona,y, clavando en el falso Corregidor dos ojos como dos110-5puñales:
—¡Te desprecio, Lucas!—le dijo en mitad de lacara.
Todos creyeron que le había escupido.
¡Tal gesto, tal ademán y tal tono de voz acentuaron110-10aquella frase!
El rostro del Molinero se transfiguró al oír la voz desu mujer. Una especie de inspiración, semejante a lade la fe religiosa, había penetrado en su alma, inundándolade luz y de alegría... Así es que, olvidándose110-15por un momento de cuanto había visto y creído ver enel molino, exclamó, con las lágrimas en los ojos y lasinceridad en los labios:
—¿Conque tú eres mi Frasquita?
—¡No! (respondió la navarra fuera de sí). ¡Yo no110-20soy ya tu Frasquita!—Yo soy... ¡Pregúntaselo a tushazañas de esta noche, y ellas te dirán lo que has hechodel corazón que tanto te quería!...
Y se echó a llorar, como una montaña de hielo quese hunde y principia a derretirse.110-25
La Corregidora se adelantó hacia ella sin poder contenerse,y la estrechó en sus brazos con el mayor cariño.
La señá Frasquita se puso entonces a besarla, sinsaber tampoco lo que se hacía, diciéndole entre sus sollozos,como una niña que busca amparo en su madre:110-30
—¡Señora, señora! ¡Qué desgraciada soy!
—¡No tanto como V. se figura!—contestábale laCorregidora, llorando también generosamente.
—¡Yo sí que soy desgraciado!—gemía al mismotiempo el tío Lucas, andando a puñetazos con sus lágrimas,111-5como avergonzado de verterlas.
—Pues ¿y yo? (prorrumpió al fin Don Eugenio,sintiéndose ablandado por el contagioso lloro de los demás,o esperando salvarse también por la vía húmeda;quiero decir, por la vía del llanto).—¡Ah, yo soy un111-10pícaro! ¡un monstruo! ¡un calavera deshecho, que hallevado su merecido!
Y rompió a berrear tristemente, abrazado a la barrigadel Sr. Juan López.
Y éste y los criados lloraban de igual manera, y111-15todo parecía concluido, y, sin embargo, nadie se habíaexplicado.
XXXIII
PUES ¿Y TÚ?
Eltío Lucas fue el primero que salió a flote en aquelmar de lágrimas.
Era que empezaba a acordarse otra vez de lo quehabía visto por el ojo de la llave.
—¡Señores, vamos a cuentas!... dijo de pronto.112-5
—No hay cuentas que valgan, tío Lucas... (exclamóla Corregidora).—¡Su mujer de V. es una bendita!
—Bien..., sí..; pero...
—¡Nada de pero!... Déjela V. hablar, y verá cómose justifica.—Desde que la vi, me dio el corazón que112-10era una santa, a pesar de todo lo que V. me habíacontado...
—¡Bueno; que hable!...—dijo el tío Lucas.
—¡Yo no hablo! (contestó la Molinera). ¡El quetiene que hablar eres tú!... Porque la verdad es que112-15tú...
Y la señá Frasquita no dijo más, por impedírselo elinvencible respeto que le inspiraba la Corregidora.
—Pues ¿y tú?—respondió el tío Lucas, perdiendode nuevo toda fe.112-20
—Ahora no se trata de ella... (gritó el Corregidor,tornando también a sus celos). ¡Se trata de V. y deesta señora!—¡Ah, Merceditas!... ¿Quién había dedecirme que tú?...
—Pues ¿y tú?—repuso la Corregidora midiéndolocon la vista.
Y durante algunos momentos, los dos matrimoniosrepitieron cien veces las mismas frases:
—¿Y tú?113-5
—Pues ¿y tú?
—¡Vaya que tú!
—¡No que tú!
—Pero ¿cómo has podido tú?...
Etc., etc., etc.113-10
La cosa hubiera sido interminable, si la Corregidora,revistiéndose de dignidad, no dijese por último a D.Eugenio:
—¡Mira, cállate tú ahora! Nuestra cuestión particularla ventilaremos más adelante. Lo que urge en113-15este momento es devolver la paz al corazón del tíoLucas: cosa muy fácil, a mi juicio; pues allí distingoal Sr. Juan López y a Toñuelo, que están saltando porjustificar a la señá Frasquita.
—¡Yo no necesito que me justifiquen los hombres!113-20(respondió ésta).—Tengo dos testigos de mayor crédito,a quienes no se dirá que he seducido ni sobornado...
—Y ¿dónde están?—preguntó el Molinero.
—Están abajo, en la puerta...
—Pues diles que suban, con permiso de esta señora.113-25
—Las pobres no podrían subir...
—¡Ah! ¡Son dos mujeres!... ¡Vaya un testimoniofidedigno!
—Tampoco son dos mujeres. Sólo son doshembras...113-30
—¡Peor que peor! ¡Serán dos niñas!... Hazmeel favor de decirme sus nombres.
—La una se llamaPiñonay la otraLiviana.
—¡Nuestras dos burras!—Frasquita: ¿te estás riendode mí?114-5
—No: que estoy hablando muy formal. Yo puedoprobarte, con el testimonio de nuestras burras, que nome hallaba en el molino cuando tú viste en él al señorCorregidor.
—¡Por Dios te pido que te expliques!...114-10
—¡Oye, Lucas!..., y muérete de vergüenza porhaber dudado de mi honradez. Mientras tú ibas estanoche desde el Lugar a nuestra casa, yo me dirigía desdenuestra casa al Lugar, y, por consiguiente, nos cruzamosen el camino. Pero tú marchabas fuera de él, o,114-15por mejor decir, te habías detenido a echar unas yescasen medio de un sembrado...
—¡Es verdad que me detuve!...—Continúa.
—En esto rebuznó tu borrica...
—¡Justamente!—¡Ah, qué feliz soy!... ¡Habla,114-20habla; que cada palabra tuya me devuelve un año devida!
—Y a aquel rebuzno le contestó otro en el camino...
—¡Oh! sí... sí...—¡Bendita seas! ¡Me pareceestarlo oyendo!114-25
—Eran Liviana y Piñona, que se habían reconocidoy se saludaban como buenas amigas, mientras que nosotrosdos ni nos saludamos ni nos reconocimos...
—¡No me digas más!... ¡No me digas más!...
—Tan no nos reconocimos (continuó la señá Frasquita),114-30que los dos nos asustamos y salimos huyendo endirecciones contrarias...—¡Conque ya ves que yo noestaba en el molino!—Si quieres saber ahora por quéencontraste al señor Corregidor en nuestra cama, tientaesas ropas que llevas puestas, y que todavía estarán115-5húmedas, y te lo dirán mejor que yo.—¡Su Señoría secayó en el caz del molino, y Garduña lo desnudó y loacostó allí!—Si quieres saber por qué abrí la puerta...,fue porque creí que eras tú el que se ahogaba y me llamabaa gritos. Y, en fin, si quieres saber lo del nombramiento...—Pero115-10no tengo más que decir por la presente.Cuando estemos solos, te enteraré de ese yotros particulares... que no debo referir delante deesta señora.
—¡Todo lo que ha dicho la señá Frasquita es la pura115-15verdad!—gritó el señor Juan López, deseando congraciarsecon Doña Mercedes, visto que ella imperabaen el Corregimiento.
—¡Todo! ¡Todo!—añadió Toñuelo, siguiendo lacorriente de su amo.115-20
—¡Hasta ahora..., todo!—agregó el Corregidor,muy complacido de que las explicaciones de la navarrano hubieran ido más lejos...
—¡Conque eres inocente! (exclamaba en tanto eltío Lucas, rindiéndose a la evidencia).—¡Frasquita115-25mía, Frasquita de mi alma! ¡Perdóname la injusticia,y deja que te dé un abrazo!...
—Esa es harina de otro costal... (contestó la Molinera,hurtando el cuerpo).—Antes de abrazarte,necesito oír tus explicaciones...115-30
—Yo las daré por él y por mí...—dijo DoñaMercedes.
—¡Hace una hora que las estoy esperando!—profirióel Corregidor, tratando de erguirse.
—Pero no las daré (continuó la Corregidora, volviendo116-5la espalda desdeñosamente a su marido) hasta queestos señores hayan descambiado vestimentas...; y,aun entonces, se las daré tan sólo a quien merezca oírlas.
—Vamos... Vamos a descambiar... (díjole el murciano116-10a D. Eugenio, alegrándose mucho de no haberloasesinado, pero mirándolo todavía con un odio verdaderamentemorisco).—¡El traje de Vuestra Señoría meahoga! ¡He sido muy desgraciado mientras lo hetenido puesto!...116-15
—¡Porque no lo entiendes! (respondiole el Corregidor).¡Yo estoy, en cambio, deseando ponérmelo,para ahorcarte a ti y a medio mundo, si no me satisfacenlas exculpaciones de mi mujer!
La Corregidora, que oyó esta palabras, tranquilizó a116-20la reunión con una suave sonrisa, propia de aquellosafanados ángeles cuyo ministerio es guardar a loshombres.
XXXIV
TAMBIÉN LA CORREGIDORA ES GUAPA
Salidoque hubieron de la sala el Corregidor y el tíoLucas, sentose de nuevo la Corregidora en el sofá;colocó a su lado a la señá Frasquita, y, dirigiéndose alos domésticos y ministriles que obstruían la puerta, lesdijo con afable sencillez:117-5
—¡Vaya, muchachos!... Contad ahora vosotros aesta excelente mujer todo lo malo que sepáis de mí.
Avanzó el cuarto estado, y diez voces quisieron hablara un mismo tiempo; pero el ama de leche, como lapersona que más alas tenía en la casa, impuso silencio117-10a los demás, y dijo de esta manera:
—Ha de saber V., señá Frasquita, que estábamos yoy mi Señora esta noche al cuidado de los niños, esperandoa ver si venía el amo y rezando el tercer Rosariopara hacer tiempo (pues la razón traída por Garduña117-15había sido que andaba el señor Corregidor detrás deunos facinerosos muy terribles, y no era cosa de acostarsehasta verlo entrar sin novedad), cuando sentimosruido de gente en la alcoba inmediata, que es donde misseñores tienen su cama de matrimonio. Cogimos la luz,117-20muertas de miedo, y fuimos a ver quién andaba en laalcoba, cuando ¡ay, Virgen del Carmen! al entrar, vimosque un hombre, vestido como mi señor, pero queno era él (¡como que era su marido de V.!), trataba deesconderse debajo de la cama.—«¡Ladrones!» principiamosa gritar desaforadamente, y un momento despuésla habitación estaba llena de gente, y los alguacilessacaban arrastrando de su escondite al fingido Corregidor.—MiSeñora, que, como todos, había reconocido118-5al tío Lucas, y que lo vio con aquel traje, temió quehubiese matado al amo, y empezó a dar unos lamentosque partían las piedras...—«¡A la cárcel! ¡A la cárcel!»decíamos entre tanto los demás.—«¡Ladrón!¡Asesino!» era la mejor palabra que oía el tío Lucas;118-10y así es que estaba como un difunto, arrimado a la pared,sin decir esta boca es mía.—Pero, viendo luego que selo llevaban a la cárcel, dijo... lo que voy a repetir,aunque verdaderamente mejor sería para callado:—«Señora,yo no soy ladrón ni asesino: el ladrón y el118-15asesino... de mi honra está en mi casa, acostado conmi mujer.»
—¡Pobre Lucas!—suspiró la señá Frasquita.
—¡Pobre de mí!—murmuró la Corregidoratranquilamente.118-20
—Eso dijimos todos... «¡Pobre tío Lucas y pobreSeñora!»—Porque... la verdad, señá Frasquita, yateníamos idea de que mi señor había puesto los ojos enV..., y, aunque nadie se figuraba que V....
—¡Ama! (exclamó severamente la Corregidora).118-25¡No siga V. por ese camino!...
—Continuaré yo por el otro... (dijo un alguacil,aprovechando aquella coyuntura para apoderarse de lapalabra).—El tío Lucas (que nos engañó de lo lindocon su traje y su manera de andar cuando entró en la118-30casa; tanto que todos lo tomamos por el señor Corregidor),no había venido con muy buenas intenciones quedigamos, y si la Señora no hubiera estado levantada...,figúrese V. lo que habría sucedido...
—¡Vamos! ¡Cállate tú también! (interrumpió la119-5cocinera).—¡No estás diciendo más que tonterías!—Pues,sí, señá Frasquita: el tío Lucas, para explicar supresencia en la alcoba de mi ama, tuvo que confesar lasintenciones que traía... ¡Por cierto que la Señora nose pudo contener al oírlo, y le arrimó una bofetada en119-10medio de la boca, que le dejó la mitad de las palabrasdentro del cuerpo!—Yo misma lo llené de insultos ydenuestos, y quise sacarle los ojos... Porque ya conoceV., señá Frasquita, que, aunque sea su marido de V.,eso de venir con sus manos lavadas...119-15
—¡Eres una bachillera! (gritó el portero, poniéndosedelante de la oradora).—¿Qué más hubieras queridotú?...—En fin, señá Frasquita; óigame V. a mí, yvamos al asunto.—La Señora hizo y dijo lo quedebía...; pero luego, calmado ya su enojo, compadeciose119-20del tío Lucas y paró mientes en el mal procederdel señor Corregidor, viniendo a pronunciar estas oparecidas palabras:—«Por infame que haya sido supensamiento de V., tío Lucas, y aunque nunca podréperdonar tanta insolencia, es menester que su mujer de119-25V. y mi esposo crean durante algunas horas que hansido cogidos en sus propias redes, y que V., auxiliadopor ese disfraz, les ha devuelto afrenta por afrenta.¡Ninguna venganza mejor podemos tomar de ellosque este engaño, tan fácil de desvanecer cuando nos119-30acomode!»—Adoptada tan graciosa resolución, laSeñora y el tío Lucas nos aleccionaron a todos de lo queteníamos que hacer y decir cuando volviese Su Señoría;y por cierto que yo le he pegado a Sebastián Garduñatal palo en la rabadilla, que creo no se le olvidará en120-5mucho tiempo la noche de San Simón y San Judas!...
Cuando el portero dejó de hablar, ya hacía rato quela Corregidora y la Molinera cuchicheaban al oído,abrazándose y besándose a cada momento, y no pudiendoen ocasiones contener la risa.120-10
¡Lástima que no se oyera lo que hablaban!...—Peroel lector se lo figurará sin gran esfuerzo: y, si noel lector, la lectora.
XXXV
DECRETO IMPERIAL
Regresaronen esto a la sala el Corregidor y el tíoLucas, vestido cada cual con su propia ropa.
—¡Ahora me toca a mí!—entró diciendo el insigneD. Eugenio de Zúñiga.
Y, después de dar en el suelo un par de bastonazos121-5como para recobrar su energía (a guisa de Anteo oficial,que no se sentía fuerte hasta que su caña de Indias tocabaen la tierra), díjole a la Corregidora con un énfasisy una frescura indescriptibles:
—¡Merceditas..., estoy esperando tus121-10explicaciones!...
Entretanto, la Molinera se había levantado y le tirabaal tío Lucas un pellizco de paz, que le hizo ver estrellas,mirándolo al mismo tiempo con desenojados y hechicerosojos.121-15
El Corregidor, que observara aquella pantomima,quedose hecho una pieza, sin acertar a explicarse unareconciliación taninmotivada.
Dirigiose, pues, de nuevo a su mujer, y le dijo, hechoun vinagre:121-20
—¡Señora! ¡Todos se entienden menos nosotros!Sáqueme V. de dudas... ¡Se lo mando como maridoy como Corregidor!
Y dio otro bastonazo en el suelo.
—¿Conque se marcha V.? (exclamó Doña Mercedes,acercándose a la señá Frasquita y sin hacer caso de D.Eugenio).—Pues vaya V. descuidada, que este escándalono tendrá ningunas consecuencias.—¡Rosa!: alumbraa estos señores, que dicen que se marchan...—Vaya122-5V. con Dios, tío Lucas.
—¡Oh... no! (gritó el de Zúñiga, interponiéndose).¡Lo que es el tío Lucas no se marcha! ¡El tío Lucasqueda arrestado hasta que sepa yo toda la verdad!—¡Hola,alguaciles! ¡Favor al Rey!...122-10
Ni un solo ministro obedeció a D. Eugenio.—Todosmiraban a la Corregidora.
—¡A ver, hombre! ¡Deja el paso libre!—añadióésta, pasando casi sobre su marido, y despidiendo a todoel mundo con la mayor finura; es decir, con la cabeza122-15ladeada, cogiéndose la falda con la punta de los dedos,y agachándose graciosamente, hasta completar la reverenciaque a la sazón estaba de moda, y que se llamabala pompa.
—Pero yo... Pero tú... Pero nosotros... Pero122-20aquellos...—seguía mascujando el vejete, tirándolea su mujer del vestido y perturbando sus cortesías mejoriniciadas.
¡Inútil afán! ¡Nadie hacía caso de Su Señoría!
Marchado que se hubieron todos, y solos ya en el salón122-25los desavenidos cónyuges, la Corregidora se dignóal fin decirle a su esposo, con el acento que hubieraempleado una Czarina de todas las Rusias para fulminarsobre un Ministro caído la orden de perpetuo destierroa la Siberia:122-30
—Mil años que vivas, ignorarás lo que ha pasadoesta noche en mi alcoba... Si hubieras estado en ella,como era regular, no tendrías necesidad de preguntárseloa nadie.—Por lo que a mí toca, no hay ya, nihabrá jamás, razón ninguna que me obligue a satisfacerte;123-5pues te desprecio de tal modo, que si no fuerasel padre de mis hijos, te arrojaría ahora mismo por esebalcón, como te arrojo para siempre de mi dormitorio.—Conque,buenas noches, caballero.
Pronunciadas estas palabras, que Don Eugenio oyó123-10sin pestañear (pues lo que es a solas no se atrevía consu mujer), la Corregidora penetró en el gabinete, y delgabinete pasó a la alcoba, cerrando las puertas detrásde sí; y el pobre hombre se quedó plantado en mediode la sala, murmurando entre encías (que no entre123-15dientes) y con un cinismo de que no habrá habido otroejemplo:
—¡Pues, señor, no esperaba yo escapar tan bien!...—¡Garduñame buscará otra!
XXXVI
CONCLUSIÓN, MORALEJA Y EPÍLOGO
Piabanlos pajarillos saludando el alba, cuando el tíoLucas y la señá Frasquita salían de la Ciudad con direccióna su molino.
Los esposos iban a pie, y delante de ellos caminabanapareadas las dos burras.124-5
—El domingo tienes que ir a confesar (le decía laMolinera a su marido); pues necesitas limpiarte detodos tus malos juicios y criminales propósitos de estanoche...
—Has pensado muy bien... (contestó el Molinero).124-10Pero tú, entretanto, vas a hacerme otro favor, y es dara los pobres los colchones y ropa de nuestra cama, yponerla toda de nuevo.—¡Yo no me acuesto donde hasudado aquel bicho venenoso!
—¡No me lo nombres, Lucas! (replicó la señá Frasquita).—Conque124-15hablemos de otra cosa. Quisieramerecerte un segundo favor...
—Pide por esa boca...
—El verano que viene vas a llevarme a tomar losbaños del Solán de Cabras.124-20
—¿Para qué?
—Para ver si tenemos hijos.
—¡Felicísima idea!—Te llevaré, si Dios nos davida.
Y con esto llegaron al molino, a punto que el sol, sinhaber salido todavía, doraba ya las cúspides de lasmontañas.
. . . . . . . . . . .
A la tarde, con gran sorpresa de los esposos, que noesperaban nuevas visitas de altos personajes después125-5de un escándalo como el de la precedente noche, concurrióal molino más señorío que nunca. El venerablePrelado, muchos Canónigos, el Jurisconsulto, dos Prioresde frailes y otras varias personas (que luego sesupo habían sido convocadas allí por Su Señoría Ilustrísima)125-10ocuparon materialmente la plazoletilla delemparrado.