VI

—Yo, señor, procedo según mis instrucciones, como también en conformidad con lo que usted mismo me ha manifestado—respondió.—Le aseguro a usted que, si yo ordenase que se hiciesen investigaciones en todos los casos en que se sospecha o se afirma que se han cometido homicidios, necesitaría una fuerza de detectives tan grande como la del ejército inglés. No pasa un día sin que reciba docenas de visitantes secretos y de cartas anónimas, todas ellas comunicando supuestos asesinatos, en que, generalmente, se mencionan personas por quienes tienen algún motivo de antipatía. Dieciocho años al frente de este departamento pienso que me han enseñado a saber distinguir los casos que merecen ser investigados, y el de ustedes no lo es.

Todo argumento probó ser inútil. El funcionario policial tenía la convicción de que Burton Blair no había sido víctima de un crimen, y, por lo tanto, no podíamos esperar ninguna ayuda de él. Con marcado disgusto nos levantamos y salimos de la Scotland Yard, volviendo a Whitehall.

—¡Es un escándalo!—declaró enojado Reginaldo.—El pobre Blair ha sido asesinado, todo parece indicarlo, y la policía, sin embargo, no quiere levantar ni un dedo para ayudarnos a conocer la verdad, porque un médico ha descubierto que el corazón era su punto débil. Es fijar un premio al crimen—añadió, cerrando los puños ferozmente.—Voy a referirle todo el asunto a mi amigo Mill, el miembro del Parlamento por Derbyshire del Oeste, y pedirle que haga una interpelación en la Cámara de los Comunes. ¡Veremos qué dice a esto el nuevo secretario del interior! Será una píldora bien desagradable para él, no lo dudo.

—¡Oh! ya tendrá preparada alguna disculpa oficial escrita a máquina, no tema usted—rió Leighton.—Si ellos no quieren ayudarnos, nosotros debemos hacer las investigaciones por nuestra cuenta.

El abogado se despidió de nosotros en la plaza Trafalgar, conviniendo en reunirse con nosotros en la de Grosvenor, después del funeral, para leer formalmente el testamento delante de la hija del muerto y de su compañera, la señora Percival.

—Y, después—añadió,—tendremos que dar pasos activos para descubrir a este misterioso individuo que en lo porvenir deberá manejar su fortuna.

—Yo seré quien me encargue de las averiguaciones—dije.—Felizmente, hablo el italiano, y, por consiguiente, antes de comunicarle la muerte de Blair, iré a Florencia y me cercioraré de quién es este hombre.

En verdad, abrigaba la sospecha de que la carta que había tomado de entre los papeles del muerto, la cual la había guardado secretamente para mí, había sido escrita por este individuo, Paolo Melandrini. Aun cuando no tenía dirección ni firma, y estaba escrita con un carácter de letra pesado y falto de educación, era, evidentemente, la carta de un toscano, pues descubrí en ella cierta ortografía fonética, que es puramente florentina. La extraña comunicación decía lo siguiente:

«Su carta me llegó esta mañana. El ceco (ciego) está en París, de paso para Londres. Lo acompaña la niña, y es evidente que algo saben. Por lo tanto, tenga mucho cuidado. El y sus ingeniosos amigos tratarán, probablemente, de jugarle una mala partida.

»Yo estoy todavía en mi puesto, pero el agua ha subido tres metros, debido a las grandes lluvias que se han producido. Sin embargo, la explotación ha sido buena, así es que espero verme con usted, a la hora de las vísperas, en San Frediano, en la tarde del día 6 del próximo. Tengo algo muy importante que decirle. Recuerde que «el ceco» tiene malas intenciones, y proceda en conformidad a ellas. Addio.»

Innumerables veces traduje, palabra por palabra, esta curiosa misiva. Me parecía llena de un significado y doble sentido ocultos.

Lo más probable era que la persona conocida con el sobrenombre de «el ciego», que era el enemigo de Blair, según se adivinaba por la carta, había conseguido apoderarse de la preciosa bolsita de gamuza, que, por derecho, me pertenecía ahora, como también del misterioso secreto que encerraba.

EN EL QUE FIGURAN TRES AES MAYÚSCULAS

El acto que se llevó a cabo la siguiente tarde en la biblioteca de la mansión de la plaza Grosvenor fue, como puede suponerse, muy triste y penoso.

Mabel Blair, vestida de luto, con sus ojos llenos de lágrimas, permaneció sentada y silenciosa mientras el abogado leyó secamente el testamento, cláusula por cláusula.

No hizo ni un comentario, cuando ni siquiera proclamó la designación que había hecho el muerto, nombrando al italiano desconocido para administrador de la fortuna de su hija.

—Pero ¿quién es ese hombre, me hace el favor de decir?—preguntó la señora Percival, con su voz tranquila y educada.—Jamás oí al señor Blair hablar de esa persona.

—Ni yo tampoco—declaró Leighton, que había suspendido un momento para arreglarse bien los anteojos, y después prosiguió la lectura del documento hasta el fin.

Todos nos alegramos cuando terminó la grave ceremonia. En seguida, Mabel me indicó, en voz baja, que deseaba verse a solas conmigo en el salón de la mañana; y cuando estuvimos los dos allí y hube cerrado la puerta, me dijo:

—Anoche he estado registrando la pequeña caja de hierro que hay en el dormitorio de mi padre, donde algunas veces guardaba sus papeles particulares, cartas confidenciales y otras cosas. Encontré una cantidad de cartas de mi pobre madre, que le había escrito hacía años, cuando andaba navegando, pero nada más, salvo esto.—Y sacó de su bolsillo una pequeña carta de juego, manchada y arrugada, un as de copas, sobre la cual había escritas ciertas mayúsculas cabalísticas, en tres columnas.

Con el fin de que mis lectores puedan darse clara cuenta del arreglo y posición en que estaban las letras, creo conveniente reproducirla aquí.

—¡Es curioso!—observé, dándole vuelta en mi mano ansiosamente.—¿Ha tratado usted de descubrir qué significado encierran estas palabras?

—Sí, pero creo que son cifradas. Notará usted que las dos columnas superiores empiezan con A, y que la de abajo termina con la misma letra. La carta es el as de copas, y, en todos estos puntos, descubro algún significado oculto.

—No hay duda—respondí.—¿Pero se ha fijado usted si estaba guardada cuidadosamente?

—Sí, estaba dentro de un sobre de hilo, bien sellado, y con un letrero de mi padre, que decía: «Burton Blair, privado». ¿Qué podía significar?

—¡Ah! yo también cavilo en lo mismo—exclamé, reflexionando profundamente en el asunto y contemplando aún las tres columnas de catorce letras. Traté de descifrar aquel enigma por los métodos de uso general y conocidos, pero no pude sacar nada inteligible. Aquí se encerraban algunas palabras ocultas, y siendo completamente indescifrables, me producían ansiedad y me daban mucho que pensar. La razón por qué Blair había conservado esa carta con tan profunda reserva, era un misterio, por no decir otra cosa.

Sospeché que en ella debía haber algún hilo oculto de su secreto, pero no pude adivinar de qué naturaleza sería.

Después que discutimos largamente el asunto, sin llegar a ninguna conclusión satisfactoria, le aconsejé que hiciera un viaje al extranjero con la señora Percival, por unas pocas semanas, para que cambiara de ambiente y se esforzara en olvidar su inesperada desgracia, pero sacudió la cabeza, murmurando:

—No, prefiero quedarme aquí. La pérdida de mi querido padre me será tan dolorosa aquí como en el extranjero.

—Pero debe tratar de olvidar—insistí con profunda simpatía en presencia de su pena.—Nosotros estamos haciendo los mayores esfuerzos para descubrir el misterio que rodeaba las acciones de su padre y las causas que han producido su muerte. Esta noche parto para Italia, con el objeto de hacer averiguaciones secretas sobre este individuo que ha sido nombrado su secretario.

—¡Ah! sí—suspiró.—¿Qué motivo podrá haber tenido mi padre para poner mis asuntos en manos de un extranjero? ¿Quién será este hombre?

—Probablemente, debe ser algún antiguo amigo de su papá—le indiqué.

—No—contestó.—Yo conozco a todos sus amigos. Sólo tuvo un secreto para mí, el del origen de su fortuna. Siempre se negó a decírmelo.

—Parto directamente para Florencia, y veré de descubrir todo lo que pueda antes que los abogados le notifiquen a este misterioso individuo el fallecimiento de su papá—le dije.—Puede ser que consiga saber algo que nos sea de mucho beneficio en el porvenir.

—¡Ah! es usted muy bueno, señor Greenwood—replicó, levantando sus hermosos ojos y mirándome con una expresión de profunda gratitud. Debo confesar que la idea de tener que verme íntimamente ligada a un desconocido, y que este desconocido es un extranjero, me produce un gran temor y recelo.

—Pero tal vez sea joven y buen mozo el verdadero Paolo del romance... y usted su Francesca—le indiqué sonriendo.

Sus dulces labios se entreabrieron ligeramente, pero sacudió la cabeza, suspirando al contestar:

—Hágame el favor de no anticipar nada sobre eso. Confío y espero que sea viejo y muy feo.

—De modo que no pueda despertar mis celos, ¿no es verdad?—exclamé riendo.—Le aseguro, Mabel, que si nuestra amistad no estuviese apoyada sobre bases tan bien definidas, me permitiría representar el papel de amante. Usted sabe que yo...

—Vamos, déjese de necedades—interrumpió, levantando su pequeño dedo con fingida reprobación.—Recuerde lo que dijo ayer.

—Dije lo que pensaba y tengo intención de hacer.

—Y lo mismo hice yo. Hablándole con franqueza, le diré que me gusta considerarlo como si fuese mi hermano mayor—declaró.—Creo que nunca amaré a nadie—añadió, pensativamente, mirando el brillante fuego de la chimenea.

—No, no; no diga eso, Mabel. Algún día encontrará a un hombre de su misma condición, lo amará, se casará con él y será feliz—le observé, con mi mano apoyada en su hombro.—Recuerde que con su fortuna puede elegir la flor del mercado matrimonial.

—¿Algún joven aristócrata empobrecido, quiere usted significar? No, gracias. He tenido oportunidad de conocer a un buen número de ellos, pero su afecto simulado ha sido siempre demasiado débil. La mayoría de ellos querían mi dinero para poder levantar los gravámenes de sus posesiones. No, preferiría, más bien, a un hombre pobre... aun cuando es seguro que nunca me casaré... nunca, jamás.

Permanecí callado un momento; luego le dije con torpeza:

—Yo siempre pensé que se casaría usted con el joven lord Newborough. Parecían muy buenos amigos.

—Lo éramos... hasta que él me propuso casamiento.

Y mirome a la cara con esa franca y serena mirada de sus espléndidos ojos, en los cuales se reflejaba una expresión llena de asombro, casi como los de una criatura.

Su carácter era extrañamente complejo. Cuando era una niña alta y de figura sinuosa, en los primeros días de nuestra amistad, conocí que era altiva, de elevados pensamientos y tenaz, pero, al mismo tiempo, de una índole dulce y afectuosa, que la hacía atrayente y simpática para todos aquellos que la conocían y tenían contacto con ella. Su natural era tan tranquilo y suave, que el amor en ella parecía un impulso inconsciente.

A menudo había pensado que era demasiado buena, demasiado dulce y demasiado bella, para ser lanzada en medio de los zarzales del mundo, verse expuesta a caer y herirse con las espinas de la vida. El mundo es tan cruel y despiadado y está tan lleno de trampas para la juventud incauta de la alta sociedad, como para la de las clases bajas. Por lo tanto, era mi deber, si me hallaba dispuesto a cumplir mi promesa hecha al hombre que descansaba silencioso en su tumba, protegerla de los mil y un engaños de aquellos que se esforzarían en tratar de aprovecharse de su sexo e inexperiencia.

Sus privaciones y vida de sufrimientos cuando niña, mientras su padre se encontraba ausente en el mar, y esos meses de fatiga y caminatas en busca de los molinetes de Inglaterra, habían hecho su efecto en ella. Para Mabel, el amor casi no era una pasión o sentimiento, sino más bien un encanto ilusorio, un sueño que un hechizo de hadas destruía o afirmaba a su capricho. Era tan exquisitamente delicado su carácter, como lo era su rostro, que parecía que hasta el más leve contacto lo profanaría. Como las notas de una dulce y melancólica música que llega notando en las alas de la noche y del silencio, y que más bien sentimos que oímos; como la suave exhalación de la violeta que fenece sobre el sentido que hechiza; como el copo de nieve que se disuelve en el aire antes que lo haya empañado la tierra; como la ligera marea separada de la fuerte ola que una ráfaga la destruye, tal era su naturaleza, rebosante de esa modestia, gracia y ternura, sin las cuales una mujer no es mujer.

Mientras la veía allí de pie delante de mí, delicada y frágil figura vestida de riguroso luto, con su mano entre las mías, agradeciéndome la investigación que iba a emprender en favor de ella, y deseándomebon voyage, me estremecí al pensar qué sería de ella viéndose arrojada en medio de una suerte adversa y cruel, de todas las corrupciones y lobos hambrientos de la sociedad, tal vez sin energía para resistir, sin voluntad para proceder, o sin fuerza para sufrir.

Sola y desamparada en semejante caso, el fin tenía que ser inevitablemente desastroso.

Me despedí de Mabel, alejándome con el sentimiento de que, amándola como confieso que la amaba, sin embargo era indigno de ella. Ciertamente, ¡estaba jugando una partida peligrosa!

Desde aquella noche de invierno en que nos conocimos en Helpstone, había concebido un afecto poderoso, sincero y creciente por ella; pero ahora que era dueña de grandes riquezas, me daba cuenta de que había dos barreras que se oponían a nuestro casamiento: la diferencia de edades y el hecho de ser yo un hombre pobre. En verdad, ella jamás había desplegado para cautivarme ninguna de las coqueterías femeninas, ni nunca me había dado el menor motivo o pretexto que me hiciese pensar que yo la había conquistado. Había hablado con franqueza y sinceridad: ella me consideraba como si hubiese sido su hermano mayor; eso era todo.

Aquella misma noche, mientras me paseaba por la cubierta del vapor que atravesaba el canal en medio de un fuerte viento de invierno, contemplando la luz giratoria de la bahía de Calais, que a cada momento se distinguía mejor, mis pensamientos estaban dedicados a ella.

El amor es el maestro, la pena es el domesticador, y el tiempo es el médico del corazón humano. Mientras las máquinas se movían, el viento rugía y el agitado mar se sacudía violentamente, yo me paseaba de arriba abajo, cavilando, confundido en la carta de juego que llevaba en mi bolsillo, y reflexionando en todo lo que había sucedido. Las fértiles fantasías de la juventud, las visiones de esperanzas ha tiempo fenecidas, las sombras de alegría no producidas, los vivos colores de la aurora de la existencia; en fin, todo lo que mi memoria había atesorado, desfilaron por delante de mí, pero ya no existían dentro de mi corazón.

Recordé esa verdad de Rochefoucauld: «Il est difficile de définir l'amour: ce qu'on en peut dire est que, dans l'âme, c'est une passion de régner, dans les esprits, c'est une sympathie; et dans le corps, ce n'est qu'une envie cachée et délicat de posséder ce que l'on aime, après beaucoup de mystères.» Sí, yo la amaba con todo mi corazón, con toda mi alma, pero reconocía que no me era permitido hacerlo. Mi deber, el deber que había prometido cumplir al moribundo cuya vida había sido un romance secreto, era asumir el carácter de protector de Mabel, y no convertirme en su amante y así sacar provecho de su fortuna. Blair me había legado su secreto, con el fin, no hay duda, de ponerme en condiciones de no andar a la caza de riquezas, y como se había extraviado, era mi deber no ahorrar esfuerzo alguno para recuperarlo.

Con estos sentimientos, firmemente arraigados en el fondo de mi corazón entré en elwagonliten Calais, empezando la primera etapa de mi viaje a través de Europa desde el canal hasta el Mediterráneo.

Tres días después me paseaba por la vía Fornabuoni, en Florencia, por esa calle de palacios medioevales, bancos y consulados, que durante tantos inviernos me ha sido tan familiar, hasta que preferí las partidas de caza en Inglaterra a los rayos solares del Lung'Arno y el Cascine.

Esa brillante mañana de febrero, al recorrer la larga y tortuosa arteria nombrada, llena de ociosos florentinos y de ricos extranjeros que habían salido de paseo, vi a varios caballeros y señoras de mi relación. Lo de Doney y Giacosa, los puntos favoritos de reunión para los hombres, estaban atestados de ricos holgazanes tomando coktails, o ese agradablepetit verreconocido en la vía Fornabuoni con el nombre depiccolo, mientras los canastos de los vendedores de flores transmitían un suave y agradable matiz al sombrío, severo y colosal palacio de Strozzi.

Las banderas de diferentes naciones que flameaban en los consulados, sobresaliendo entre todas las del siempre popular «Mayor», me recordaron que era la fiesta de Santa Margarita.

En los años pasados, cuando solía vivir «en pensión» con dos oficiales de artillería de ejército italiano y un holandés, estudiante de arte, en el último piso de uno de esos grandes y viejos palacios de la calle dei Banchi, la vía Fornabuoni era el lugar elegido para mi paseo matinal, porque allí se encuentra uno con todo el mundo: las damas ocupadas en sus compras en las tiendas o de paso para las bibliotecas y librerías; los hombres charlando en las aceras, hábito que pronto adquieren todos los ingleses que establecen su residencia en Italia.

Era asombroso ver cuántas caras conocidas encontré esa mañana; pares ingleses y sus esposas, miembros del parlamento, magnates financieros, tiburones de la City, grandes fabricantes y turistas de todas las nacionalidades y condiciones.

Su alteza el Conde de Turín, que volvía de los ejercicios, pasó a caballo riendo con su edecán y saludando a todos aquellos que conocía. La mayoría de las mujeres vestían sus más elegantes toilettes con pieles, porque soplaba un viento frío venido del Arno; la esencia de las flores vagaba en el ambiente, y las risas e incesante charla resonaban por todos lados, porque la antigua ciudad de rojas azoteas estaba llena de alegría. Tal vez no hay en el mundo una ciudad tan llena de encantos, ni tampoco de mayores contrastes, que la vieja y extraña Florencia, con su maravillosa Catedral, su antiguo puente, con sus hileras de joyerías, sus magníficas iglesias, sus pesados palacios y sus obscuras calles, silenciosas y medioevales, algunas de las cuales poco han cambiado desde la época en que Giotto y el Dante las cruzaban. El tiempo ha asentado muy levemente su mano sobre la ciudad de las flores, pero cuando lo ha hecho ha sido alternado lo existente hasta quedar desconocido, y la extravagante modernidad de ciertas calles y plazas de la actualidad disgusta ciertamente a aquellos que, como yo, han conocido a la vieja ciudad antes de que se construyera la plaza Vittorio, siempre la plaza Vittorio, sinónimo de vandalismo, y cuando existía aún el antiguo Ghetto, pintoresco aunque sucio.

Dos hombres, ambos italianos, se detuvieron al verme pasar, para saludarme y desearmeben tornalo. Uno era un abogado, cuya esposa tenía fama de ser una de las mujeres más bonitas de la ciudad, en la cual, aunque parezca extraño, el tipo más notable de belleza es el de cabellos rubios. El otro era el caballero Alimari, secretario del cónsul general inglés, o el «Mayor», como lo denominaban todos.

Hacía dos horas que había llegado a Florencia, y después de darme un baño en el Saboya, salí con el objeto de descontar un cheque en casa de French, antes de empezar mis investigaciones.

El encuentro con Alimari, sin embargo, hizo que me detuviera un momento en mi camino, y después que me manifestó el placer que le producía mi vuelta, le pregunté:

—¿Conoce usted, por casualidad, a una persona de apellido Melandrini, Paolo Melandrini? Su dirección es vía San Cristófano, número 8.

Me miró de un modo extraño con sus ojos vivos, después se pasó la mano por su obscura barba, y al fin contestó en inglés, con un leve acento extranjero:

—La dirección no parece muy atrayente, señor Greenwood. No tengo el placer de conocer a ese caballero, pero la calle San Cristófano es una de las más peores y pobres de Florencia, detrás, exactamente, de Santa Croce, yendo por la vía Ghibellina. Pero, no le aconsejaría que fuera de noche a ese barrio, porque hay allí algunos tipos muy malos.

—El hecho es—expliqué,—que he venido expresamente a cerciorarme de algunos datos referentes a ese individuo.

—Entonces, no lo haga usted en persona—fue el consejo de mi amigo.—Emplee a alguno que sea florentino. Si se trata de un caso de averiguaciones confidenciales o secretas, ciertamente, tendrá mucho más éxito que el que usted pueda alcanzar. En el acto que ponga usted los pies en esa calle, se sabrá en todas las casas de vecindad que un inglés anda haciendo preguntas. Y—añadió con una sonrisa significativa,—en la vía San Cristófano se ofenden si les dirigen preguntas.

EL MISTERIOSO EXTRANJERO

Conocí que su consejo era bueno, y en el correr de la conversación, mientras tomábamos unpiccoloen casa de Giacoso, me indicó que debía ocupar a un tal Carlini, hombre muy astuto aunque viejo y feo, quien se había encargado algunas veces de ciertas investigaciones privadas del consulado inglés.

Una hora después el viejo se presentaba en el Saboya. Era un hombre pequeño, encorvado, de cabeza blanca, miserablemente vestido, con un sombrero blando, grasiento, de color gris, echado a un lado; un verdadero florentino típico del pueblo. En los mercados lo conocían con el nombre de «Babbo Carlini», según supe después, y las cocineras y sirvientas encontraban placer en hacerlo el blanco de sus travesuras y bromas.

Todos creían que era un poco tonto, y él hacía por robustecer esas ideas, porque le daba mayores facilidades para sus investigaciones secretas, pues la policía acostumbraba emplearlo en los casos graves, y muchos criminales habían sido aprehendidos debido a su astucia.

En mi dormitorio, solo con él, le expliqué, en italiano, la misión que deseaba llevase a cabo.

—Sí,signore—era toda su respuesta, cada vez que yo hacía una pausa.

Sus botines estaban en un estado lastimoso, todos rotos, y le hacía inmensa falta una muda de ropa limpia; pero, sin embargo, de uno de los bolsillos asomaba un paquetito detoscani, esos cigarros largos, delgados y de a un penique, que tan predilectos son para el paladar italiano.

—Recuerde—le dije al viejo—que usted debe encontrar, si es posible, un medio de hacer relación con Paolo Melandrini, obtener de él mismo todos los datos que pueda sobre su persona, y arreglar las cosas de modo que yo pueda, lo más pronto posible, verlo sin que él me vea. Este asunto—añadí—es estrictamente privado, y lo tomo a usted a mi servicio por el término de una semana, con el sueldo de doscientas cincuenta liras. Aquí tiene cien para que pague sus gastos generales.

Tomó los verdes billetes de banco con sus manos como garras, y murmurandoTanti grazie, signore, los guardó en el bolsillo interior de su miserable chaqueta.

—No debe permitir, ni por un momento, que ese individuo sospeche que se están haciendo averiguaciones concernientes a él, y recuerde bien que no debe saber que hay en Florencia un inglés que pregunta por él, porque si esto sucede, entonces en el acto sus sospechas se despertarán. Tenga mucho cuidado con todo lo que diga y haga, y venga esta noche a informarme. ¿A qué hora nos veremos?

—Tarde—gruñó el viejo.—Puede ser que sea un obrero, y, en ese caso, no podré saber nada de él hasta la noche. A las once vendré al hotel.—Y se retiró, dejando la atmósfera impregnada de un olor fuerte a tabaco y ajos en estado de descomposición.

Empecé a reflexionar qué pensaría de mí la gente del hotel cuando vieran la clase de visitante que recibía, porque el Saboya es uno de los más elegantes de Florencia; pero pronto se disiparon mis recelos, porque al salir, oí exclamar, en italiano, al portero del hall:

—¡Hola, Babbo! ¿Algún nuevo remiendo?

El viejo no hizo más que una mueca de satisfacción, y, dando otro gruñido, salió a la calle, bañada de sol.

El día fue largo y lleno de ansiedad para mí. Anduve vagando por el Ponte Vecchio y a la luz opaca y mística de la Santissima Anunzziata; por la tarde fui a visitar a varios amigos, y a la noche comí en casa de Doney, pues preferí cenar aquí antes que en la apretadatable d'hôtedel Saboya, lleno de ingleses y americanos.

A las once esperé en el hall del hotel al viejo Carlini, y cuando llegó, le hice subir, lleno de ansiedad, a mi pieza.

—He estado todo el día haciendo averiguaciones—principió, hablando en su lengua florentina, ligeramente ceceosa,—pero he descubierto muy poco. El individuo que usted necesita,signore, parece ser un misterio.

—Así lo esperaba—respondí.—¿Qué ha sabido respecto a él?

—Lo conocen en la vía San Cristófano. Tiene un pequeño departamento en el tercer piso del número 8, al que sólo va de tiempo en tiempo. En vista de esto, traté, entonces, de interrogar a la cuidadora, que es una anciana de ochenta años. Había averiguado que Melandrini estaba ausente, y viendo algunas piezas de ropa puestas a secar en una ventana, me presenté como agente de policía para notificar que era una contravención colgar ropa en la parte exterior de las casas, contravención que se castigaba con una multa de dos liras. Después me preocupé de obtener algunos datos sobre supadrone. La anciana me dijo todo lo que sabía, que no es mucho. Tiene la costumbre de llegar inesperadamente, por lo general de noche, y permanece uno o dos días, pero jamás sale a la calle en plena luz del día. No sabe dónde vive cuando está ausente. Con frecuencia llegan cartas para él con estampillas inglesas, y ella se las guarda. Me mostró una que ha llegado hace diez días y la tiene, en espera de su dueño.

—¿Podría ser de Blair?—pensé yo para mí.

—¿Qué clase de letra era la del sobre?—le pregunté.

—De tipo inglés, gruesa y pesada. Noté que la palabrasignoreestá mal escrita.

La letra de Blair era gruesa, porque, generalmente, escribía con pluma de ave. Tuve ansias de poderla ver.

—¿Entonces, la vieja sirvienta no tiene la menor idea de cuál es su verdadera dirección?

—Absolutamente ninguna. Le ha advertido que si van a buscarlo, conteste que no tiene fijeza en sus movimientos, y que todo asunto o mensaje deben dejárselo por escrito.

—¿Qué aspecto tiene el departamento?

—Está muy pobremente amueblado, sumamente sucio y abandonado. La anciana es casi ciega y sin fuerzas.

—¿Dice la vieja que es un caballero supadrone?

—No la he podido preguntar cómo es, pero, por averiguaciones que he hecho en otras partes, he sabido que es un individuo que muy probablemente tiene asuntos con la policía o con algo parecido. El dueño de una taberna que hay en la esquina de la calle, me dijo, en confianza, que hará unos seis meses que dos hombres, sin duda alguna agentes de policía, anduvieron haciendo investigaciones muy activas respecto a este individuo, y que, durante un mes, establecieron vigilancia sobre la casa, pero él no ha aparecido más desde ese tiempo. Me lo ha pintado como un hombre de regular edad, con barba, muy reticente, que usa anteojos, habla con leve acento extranjero y rara vez entra en una taberna o pasa un rato en el día con sus vecinos. Sin embargo, es evidente que tiene recursos, porque, en varias ocasiones, al saber la miseria o desgracias de algunas de las familias que viven en esa calle, las ha visitado silenciosamente y dispensado su caridad de una manera generosa. Es a esto, según parece, a lo que debe el respeto que ha inspirado, mientras, por otra parte, ha tratado intencionalmente de rodear de misterio su identidad.

—Con algún objeto ha de ser, no hay duda—observé.

—Ciertamente—fue la respuesta de aquel viejo extraño.—Todas mis averiguaciones tienden a demostrar que es un hombre de secretos, y que está ocultando su verdadera identidad.

—Puede ser que esas habitaciones no las tenga más que para la dirección de las cartas—le indiqué.

—¿Sabe,signore, que es la misma opinión que yo tengo?—me dijo.—Puede ser que resida en otra parte de Florencia, dado lo que sabemos.

—Pues debes descubrirlo. Es imprescindible que yo sepa todo lo concerniente a él antes que me vaya de aquí; por consiguiente, voy a ayudarte a vigilar su vuelta.

Babbo sacudió la cabeza y empezó a jugar con su cigarro, que estaba ansioso poder fumar.

—No,signore. Usted no debe presentarse en la calle de San Cristófano, porque en el acto notarían su aparición. Déjeme todo el asunto a mí solo,signore. Voy a tomar una persona que me ayude, y espero que los dos podremos, antes de mucho tiempo, encontrar a este misterioso individuo y seguirle la pista.

Recordando la curiosa carta en italiano que había tomado de entre los papeles del muerto, le pregunté al viejo si conocía algún punto llamado San Frediano—el lugar señalado para la cita entre el hombre que había escrito la carta y mi pobre amigo fallecido.

—Ciertamente—replicó.—Detrás del Cármine está el mercado de San Frediano, y en Lucca hay la iglesia de San Frediano, también.

—¡En Lucca!—repetí.—¡Ah! pero Lucca no es Florencia.

Sin embargo, recordé de pronto que la carta fijaba claramente la hora de las vísperas para la entrevista. Por lo tanto, el lugar convenido debía ser, ciertamente, una iglesia.

—¿No conoce alguna otra iglesia de San Frediano?—le pregunté.

—Sólo la de Lucca.

Era evidente, entonces, que la entrevista debía verificarse en ese punto, el 6 de marzo, dado que no había otro templo de ese nombre. Si mientras tanto no podía conseguir mayores datos sobre Paolo Melandrini, estaba decidido a acudir a la cita y vigilar al que estuviese allí.

Le di permiso a Carlini para que fumara, y, sentado en un sillón bajo, pronto el viejo me llenó la pieza con el fuerte humo y olor de su cigarro barato, a la vez que me refería los más minuciosos detalles de todo lo que había conseguido saber en ese miserable barrio florentino.

El lazo secreto que había unido a Burton Blair con este misterioso italiano, era un problema que no podía resolverse. Era notorio que existía algún motivo poderoso para que él lo hubiera nombrado administrador de la fortuna de Mabel, y, sin embargo, todo aquello era un completo enigma, exactamente como el origen misterioso de donde el millonario había obtenido su enorme riqueza.

Cualquier cosa que fuera lo que descubriésemos, sabía que tenía que ser alguna extraña revelación, porque, desde el primer momento que me encontré con el caminante y su hija, vi que estaban rodeados de un ambiente de notable romance y misterio, que, con la muerte de ese robusto hombre, poseedor del secreto, era ahora mayor aún, y mucho más inexplicable.

No pude dejar de abrigar fuertes sospechas de que Melandrini, cuyos movimientos eran tan misteriosos y llenos de recelo, debía haber tenido alguna parte en el robo hecho a Blair de esa pequeña y curiosa bolsita que me había legado en su testamento.

Esta era una extraña fantasía que me había forjado, pero que, a pesar de todos los esfuerzos que hacía, no podía desechar de mi mente. Tan errantes parecían los movimientos de aquel hombre desconocido, que era posible que hubiera estado en Inglaterra cuando la muerte de Blair; si era así, entonces, mayores tenían que ser las sospechas que recayeran sobre él.

Ansiaba febrilmente volverme a Londres, pero no podía hacerlo hasta no terminar por completo mis investigaciones. Pasó una semana entera, y Carlini, con su hijo político como auxiliar en el asunto, joven de cabellos negros y de la clase baja, estableció vigilancia, día y noche, sobre la casa del número 8, pero fue inútil. Paolo Melandrini no apareció a reclamar la carta llegada de Inglaterra, que lo estaba esperando.

Una noche, Carlini me trajo la carta para que la viera, pues había conseguido que la vieja sirvienta se la diera, mediante un prudente soborno de veinte francos. En mi pieza pusimos a calentar una pava, con el vapor despegamos el sobre y sacamos la hoja de papel que había dentro.

Era de Blair. Estaba escrita en inglés, fechada dieciocho días atrás en Londres, plaza Grosvenor, y decía lo siguiente:

«Me veré con usted, si en efecto lo desea. Llevaré los papeles y confiaré a usted la misión de emplear personas que sepan guardar silencio. Dirija su contestación a la dirección siguiente: Señor Juan Marshall.—Birmingham.—B. B.»

El misterio aumentaba. ¿Por qué Blair deseaba emplear personas que supieran guardar silencio? ¿De qué índole era el trabajo que necesitaba tanto secreto?

Evidentemente, Blair tomaba todas las precauciones posibles para recibir las cartas del italiano, indicándole que se las dirigiese, bajo diferentes nombres, a los hoteles adonde iba por una noche, y allí las reclamaba.

Mabel habíame hablado a menudo de las frecuentes ausencias de su padre, ausencias que duraban algunas veces una, dos y hasta tres semanas, y en que no se sabía su destino ni dejaba su dirección. Ahora habían quedado aclarados sus extraños viajes errantes.

Consumido por la mayor ansiedad, esperé día tras día, pasando horas enteras tratando de descifrar el enigma enloquecedor de la carta de juego que tenía en mi poder, hasta que, en la mañana del 6 de marzo, en presencia de que Carlini no tenía éxito en Florencia, me fui con él a la vieja ciudad de Lucca, adonde llegamos por la vía de Pistoya, a las dos de la tarde.

En el hotel Universo me dieron, para alojarme, ese inmenso dormitorio con esas maravillosas pinturas al fresco, que fue ocupado por Ruskin durante tanto tiempo, y antes que el Ave María resonara a través de las colinas y planicies, me separé de Babbo y encamineme, como turista, a la magnífica iglesia medioeval, cuya obscuridad sólo la atenuaban las velas que ardían en los altares laterales y delante de la imagen de Nuestra Señora.

Cuando entré, estaban en el momento de las vísperas, y el silencio de muerte que reinaba en el inmenso interior del templo, era sólo interrumpido por el murmullo bajo del reverente sacerdote.

Había una docena de personas en la iglesia, todas mujeres, salvo uno—un hombre que, de pie detrás de una de las columnas circulares, esperaba allí, pacientemente, mientras las demás estaban de rodillas.

Diose vuelta rápidamente luego que oyó resonar sobre el mármol mis pasos ligeros, y entonces pude verlo cara a cara.

Contuve la respiración, y luego quedé como clavado en el sitio, completamente azorado y pálido.

El misterio era enormemente más profundo de lo que yo me había imaginado. La realidad que se me presentaba ahora, era como para atontar y hacer vacilar.

EN EL QUE SE HABLA LA VERDAD

La hermosa iglesia antigua, con sus pesados dorados, sus altares relucientes y sus magníficas pinturas al fresco, estaba tan en tinieblas, que, al principio, recién entrado de la calle, no pude distinguir nada bien, pero así que mis ojos se fueron acostumbrando a la sombría luz, vi, a unas pocas yardas de donde yo estaba, un rostro que me era familiar, una cara que me hizo quedar con la respiración en suspenso y me llenó de inquietud.

De pie allí, detrás de esas pocas mujeres arrodilladas, con la débil luz oscilante de las velas de los altares iluminando suficientemente su rostro, estaba aquel hombre con su cabeza inclinada reverentemente, y, sin embargo, sus obscuros ojos como cuentas parecían lanzar miradas escudriñadoras a todos lados.

Por sus facciones, facciones duras, más bien siniestras, y su barba canosa y enmarañada que conocía por haberla visto una vez en Inglaterra, comprendí que ese era el hombre con quien Burton Blair debía haber celebrado la entrevista secreta; pero, contrario a lo que yo esperaba, me hallé que vestía el tosco hábito carmesí y el grueso cordón del monje capuchino, presentando una figura triste y silenciosa en su actitud de pie y con los brazos cruzados, mientras el sacerdote, en su espléndida vestidura, murmuraba las oraciones.

En medio de aquella silenciosa semiobscuridad sentí caer sobre mis hombros un frío helado, sepulcral. El suave perfume del incienso parecía aumentar, con ese ambiente de increíble magnificencia, de melancólica soledad encantada, de opulencia extrañamente desproporcionada con la pobreza y suciedad que reinaba en la plaza exterior. Más allá de donde estaba el silencioso monje, cuyos penetrantes ojos misteriosos estaban fijos en mí de una manera tan inquisitiva, se veían lejanos puntos obscuros, atravesados de trecho en trecho por rayos de luces multicolores que penetraban por alguna gran ventana, y mucho más allá colgaba del alto y abovedado techo la roja luz tenue de la lámpara del santuario.

Las columnas, junto de una de las cuales estaba yo de pie, se elevaban hasta arriba, apiñadas como altos árboles del bosque, dando pruebas del paciente trabajo de toda una generación de hombres; todas ellas talladas en la piedra viva, infinitamente durables, a pesar de la delicadeza de la obra, y transmitidas a nosotros a través de lejanos siglos de existencia.

El monje, ese hombre cuya cara barbuda había visto en Inglaterra una vez, se había arrodillado, y estaba murmurando sus oraciones y pasando las cuentas del enorme rosario que colgaba de su cintura.

Una mujer vestida de negro, con la cabeza cubierta con lasantuzzanegra que usan las mujeres de Lucca, había entrado sin hacer ruido, y estaba arrodillada a unos pocos pasos de mí. Oprimía contra su pecho a una miserable criatura de pocos meses, en cuya carita arrugada la muerte ya había impreso su marca. Rezaba con fervor por ella, mientras los cirios iban gastándose gradualmente, los pobres cirios que esta desgraciada mujer había colocado delante de la humilde imagen de San Antonio. El contraste entre la prodigiosa opulencia del templo y los harapos de la pobre suplicante; entre la persistente durabilidad de aquellos miles de santos con vestiduras de oro, y la fragilidad de ese pequeño ser sin esperanza, era cruel y aplastador.

La mujer seguía arrodillada, repitiendo en vano y obstinadamente sus oraciones. Me miró, con sus ojos llenos de aflicción, adivinando la compasión que había despertado en mí; luego volvió su mirada hacia el capuchino, hacia ese hombre de cara dura y barba canosa que poseía la clave del secreto de Burton Blair.

Yo permanecía de pie detrás de la pesada columna, inclinado reverentemente, pero alerta. La pobre mujer, después de una rápida mirada por todo aquel esplendor que la rodeaba, volvió, con mayor ansiedad que antes, sus ojos hacia mí... sí, hacia mí, que era un extranjero desconocido. Y pensé: ¿le escucharán sus plegarias esas magníficas imágenes divinas? ¡Ah! no lo sabía.

Yo, en su lugar, habría preferido llevar a la pobre criatura a uno de esos nichos que hay en los caminos, donde reina soberana la Virgen de los Contadini. Las madonnas y santos de Ghirlandago, Civitali y Della Quérica, que moran en esa espléndida iglesia antigua, parecen seres ceremoniosos, insensibilizados por la pompa secular. Por extraño que parezca, yo no podía creer que se ocuparían de esa pobre mujer, o de su hijo deforme y moribundo.

Las vísperas terminaron. Las figuras obscuras que habían estado en oración, se levantaron, atravesaron el piso de mármol hasta la puerta y desaparecieron, mientras las luces eran rápidamente apagadas. La mujer, con su hijo agonizante, quedó perdida en medio de las tinieblas.

Deseando que el capuchino pasase por junto a mí, con el objeto de poderlo ver mejor, me dejé estar en la iglesia. ¿Le hablaría, o permanecería silencioso y haría que Babbo lo vigilase?

Se aproximó lentamente hacia mí, con sus grandes manos metidas en sus anchas mangas de su hábito carmesí, vestidura que sólo una vez cada diez años la renuevan los de su orden, y que usan constantemente, estén en pie o en cama.

Me había parado delante de la antigua tumba de Santa Tita, la patrona de Lucca, a la cual menciona el Dante en suInfierno. En la pequeña capilla ardía una sola luz en una gran lámpara antigua de oro, puesta allí por los orgullosos hijos de la ciudad tres siglos atrás, cuando temieron la invasión de la peste negra. Al darme vuelta, vi que, aun cuando me observaba atentamente, parecía estar esperando todavía al hombre que ¡ay! ya no existía.

Ahora que con mejor luz podía ver bien sus facciones, no vacilé en confirmar mi anterior sospecha: era el mismo hombre que un año antes había conocido en la mesa de Burton Blair, en su mansión de la plaza Grosvenor.

Recordaba muy bien la ocasión. Era en junio, en el período álgido de laseasonlondinense, y Blair me había invitado, en compañía de varios amigos solteros, a comer en su casa y después a ir al teatro Imperio. El hombre que había encontrado vestido de religioso, con sandalias usadas, se había presentado entonces de una manera muy diferente, como un verdadero hombre de mundo, en situación próspera, con un hermoso diamante en la pechera de su camisa y en traje de comida, de corte especialmente elegante. Burton nos lo había presentado como el señor Salvi, el renombrado ingeniero, y se había sentado en la mesa enfrente de mí, conversando en excelente inglés con todos.

Me impresionó como un hombre que había viajado mucho, especialmente por el Extremo Oriente, y, por ciertos conceptos que emitió, saqué la conclusión de que, como Burton Blair, había pasado varios años en el mar, y que era un amigo de los antiguos tiempos, anteriores al gran secreto que tan provechoso le había sido. Los demás convidados eran todos conocidos y de mi relación; dos de ellos financistas de la City, cuyos nombres eran bien familiares entre loshabituésdel Stock Exchange; el tercero, heredero de un condado, del cual ya está en posesión, y el cuarto, sir Carlos Webb, un elegante joven, de tipo moderno, perteneciente al Cuerpo de Guardias.

Después de gozar con la exquisita comida que se nos sirvió, preparada por el famosocheffrancés de Burton Blair, partimos en coche al teatro Imperio, y después de pasar un par de horas en el Grosvenor Club, concluimos la noche en el de Bachelors (solteros), del cual era miembro sir Carlos.

Mientras estaba allí parado en la penumbra silenciosa de la majestuosa iglesia, mirando aquella obscura figura misteriosa que se paseaba pacientemente a lo largo de la nave, esperando al que no vendría nunca más, recordé lo que en esa lejana noche, había despertado en mí un extraño sentimiento de disgusto contra él. En breves palabras referiré el incidente.

Después de salir del Imperio, nos paramos en la plaza Leicester para subir a los coches que habíamos tomado, cuando oí al italiano que le decía a Blair en su idioma: «No me gusta ese amigo vuestro, ese que se llama Greenwood. Es demasiado curioso e inquisitivo.» Mi amigo se rió al oír esto, y le contestó: «Ah, caro mío, no lo conocéis. Es mi mejor amigo.» El italiano replicó gruñendo: «Me ha estado haciendo preguntas de importancia toda la noche, y le he tenido que mentir.» De nuevo Blair se rió, murmurando: «No es la primera vez que habéis tenido que cometer ese pecado.» «No, replicó el otro en voz baja, con la intención de que yo no lo oyera, pero, si me presentáis a vuestros amigos, tened cuidado de que no sean tan astutos o tan inquisitivos como este Greenwood. Podrá ser un buen sujeto, pero, aun cuando lo sea, no debe conocer, ciertamente, nuestro secreto. ¡Si lo llegase a saber, eso puede significar la ruina para nosotros, recordad!»

Y luego, antes de que Blair pudiera contestarle, subió a unhansomque en ese mismo momento habíase aproximado y detenido junto de la acera.

Desde entonces había alimentado una manifiesta antipatía contra ese hombre que me había sido presentado con el nombre de Salvi, no porque yo mire con recelo y prevención a todo extranjero, como lo hacen algunos ingleses que participan tan neciamente de ese prejuicio insular, sino porque se había esforzado en prevenir a Blair contra mí. Sin embargo, al cabo de una semana el incidente habíase borrado de mi memoria y no me había vuelto a acordar más de él, hasta que este inesperado y extraño encuentro lo había renovado.

¿Sería posible que este monje, de cara bronceada por el sol, fuera el mismo hombre que tenía alquilado ese pequeño departamento en Florencia, y cuyas apariciones eran tan misteriosas y subrepticias? Tal vez sí, porque todo ese secreto de que rodeaba su domicilio, podía atribuirse al hecho de que a un capuchino no le es permitido poseer casa alguna fuera de su convento.

Esas visitas a Florencia, de tarde en tarde, era probable que las hiciera cuando lo mandaban a recorrer la campiña para recoger las donaciones y limosnas de loscontadini, que se destinan para los pobres de la ciudad.

En toda la provincia de Toscana, ya sea en la choza del pobre, ya en el palacio de un príncipe, el paciente, humilde y caritativo fraile capuchino es bien acogido; en la casa de todocontadinoestá siempre preparado para él un pedazo de pan y una botella de vino, y en las villas y palacios de los ricos encuentran siempre un lugar en la sala de los sirvientes. Sería imposible calcular cuántos italianos pobres se salvan anualmente de perecer de hambre por la sopa y el pan que todos los días reciben en la puerta de todo monasterio capuchino. Basta decir que esta orden de hábito carmesí y de casquete negro es la más grande y sincera amiga que tiene la clase más necesitada y pobre.

Indudablemente, Babbo Carlini me debía estar esperando afuera, sentado en las gradas de la iglesia. ¿Reconocería en este monje, reflexionaba yo, la descripción que había conseguido de Paolo Melandrini, el desconocido que debía ocupar el puesto de secretario y consejero de Mabel Blair?

Las últimas personas que habían quedado rezando en la antigua capilla del Santísimo Sacramento, se habían ido, resonando sus pisadas sobre las baldosas hasta que hubieron desaparecido, y yo me encontré solo con la figura silenciosa y casi extática del hombre a cuyo lado, un año antes, había estado de pie en el Grand Circle del teatro Imperio, mirando y criticando una danza.

¿Me dirigiría a él y le recordaría nuestro conocimiento? Su abierta manifestación contra mí me hacía vacilar. Era evidente que había abrigado dudas sobre mi persona aquella noche de la comida en la plaza Grosvenor; por lo tanto, en las actuales circunstancias sus sospechas aumentarían, no había duda. ¿Lo encararía audazmente y de este modo le demostraría mi intrepidez, como también le haría saber que estaba al tanto de sus subterfugios? ¿O me retiraría y vigilaría sus movimientos?

Decidí al fin hacer lo primero, por dos razones. En primer lugar, porque tenía confianza de que me hubiera reconocido como amigo de Burton; y en segundo lugar, porque, teniendo que habérselas con un hombre de esa clase, es siempre más ventajoso y da mejor resultado proceder de una manera franca y declarar el conocimiento de las cosas, que ocultar cuidadosamente hechos como los que yo sabía. Si le establecía vigilancia, sus sospechas serían mayores, mientras si procedía abiertamente, podía conseguir desarmarlo.

Girando sobre mis talones, me dirigí directamente adonde se había parado a esperar pacientemente la llegada de Blair, según parecía.

—Perdone,signore—exclamé en italiano,—pero creo, si no estoy en un error, que nos hemos conocido... en Londres, hace un año... ¿no es verdad?

—¡Ah!—replicó, dulcificando su cara con una sonrisa al tenderme su mano grande y endurecida,—he estado cavilando todo este tiempo, señor Greenwood, si me reconocería en este traje. Me alegro mucho, muy mucho, de poder renovar nuestra relación.

Y dio mayor énfasis a sus palabras, significativas o fingidas, con un fuerte y estrecho apretón de manos.

Le expresé la sorpresa que me causaba encontrar al hombre de mundo y viajero, convertido en un monje morador de un claustro, a lo que respetuosamente me respondió en voz baja, pues estábamos dentro de un recinto sagrado:

—Después le diré a usted todo. No es tan notable ni sorprendente como sin duda le parece a usted. Le aseguro, en mi condición de capuchino, que mi vida tranquila y meditativa es mucho más preferible que la del hombre de mundo que, como usted, se ve obligado a llevar la existencia febricitante de la época moderna, en que se aprecia como meritorio al afortunado sin conciencia ni escrúpulos y se consideran el más grande pecado las desgracias de la vida de uno cuando llegan a descubrirse.

—Sí, comprendo bien lo que usted me dice—repliqué, sorprendido sin embargo de su afirmación y cavilando si, después de todo, no estaría tratando simplemente de engañarme.—La vida del claustro debe ser de infinita calma y dulzura. Pero si no me equivoco—añadí,—está usted aquí en espera de nuestro común amigo, Burton Blair, con quien tenía concertada una entrevista.

Levantó ligeramente sus negras cejas, y podría haber jurado que mis palabras lo sobresaltaron; pero, sin embargo, ocultó con el mayor cuidado la sorpresa que le causaron, y me respondió en un tono natural y tranquilo:

—Así es. Estoy aquí para verlo.

—Entonces, siento tenerle que decir que no lo volverá a ver nunca más—le dije en voz baja y con toda gravedad.

—¿Por qué?—tartamudeó, abriendo desmesuradamente sus negros ojos llenos de estupor.

—Porque—contesté,—porque el pobre Burton Blair ha muerto... y su secreto ha sido robado.

—¡Qué!—gritó, con una mirada de terror y una voz tan fuerte, que su exclamación repercutió bajo el alto y abovedado techo.—¡Blair muerto... y el secreto robado! ¡Dios! ¡es imposible... imposible!

LA CASA DEL SILENCIO

El efecto de mis palabras sobre el corpulento capuchino, cuya figura parecía casi gigantesca, debido al grosor de su poco artístico hábito, fue tan curioso como inesperado.

El anuncio de la muerte de Blair pareció dejarlo totalmente enervado. Parecía que había estado allí esperando, en cumplimiento al compromiso hecho, completamente ignorante del fin prematuro cabido en suerte al hombre con quien lo había ligado tan íntima y secreta amistad.

—Cuénteme... cuénteme cómo ha sido—tartamudeó en italiano,—y su metal de voz era casi un murmullo, como si hubiese temido que algún curioso pudiera estar escondido en aquella soledad tenebrosa.

En pocas palabras le expliqué lo sucedido, y él me escuchó en silencio. Luego que hube terminado, murmuró algo, se persignó, y, como nos despertaron los pasos que se aproximaban del sacristán, salimos afuera y nos dirigimos hacia la ancha plaza, que ya estaba envuelta en una semiobscuridad.

El viejo Carlini, que estaba sentado en un banco acabando de fumar un cigarro, nos vio en el acto que aparecimos, y yo noté que abrió los ojos llenos de asombro, pero, fuera de eso, no manifestó sospecha ni hizo el menor movimiento.

—¡Poverino! ¡Poverino!—repetía el monje al caminar lentamente costeando las viejas murallas de la en un tiempo orgullosa ciudad.—¡Pensar que nuestro pobre amigo Burton ha muerto tan repentinamente... y sin decir una palabra!

—No exactamente una palabra—le dije:—Antes de morir dio varias instrucciones y dejó algunos encargos, entre los cuales está el haber puesto a su hija Mabel bajo mi cuidado.

—Ah, la pequeña Mabel—suspiró.—Ya hace ciertamente diez años desde que la vi en Manchester. Era entonces una criatura como de once años, alta, de cabellos negros, bonita, muy parecida a su madre... ¡pobre mujer!

—¿Conoció usted a su madre?—le pregunté con cierta sorpresa.

Movió afirmativamente la cabeza, pero se negó a dar mayores informes.

Cuando nos encaminábamos hacia el Ponto Santa María, la puerta de la ciudad, donde los empleados de uniforme deldazioestaban sin hacer nada pero listos para cobrar el impuesto sobre todo artículo de consumo, aun cuando fuese bien insignificante, que entrara por allí, se volvió de pronto a mí y me inquirió:

—¿Cómo ha sabido que yo tenía combinada una cita para esta noche con nuestro amigo?

—Por la carta que le escribió usted, y que se encontró en su valija después de su muerte—respondí con franqueza.

Lanzó un gruñido de evidente satisfacción. Yo supuse, en verdad, que debía estar receloso de que Burton antes de morir me hubiera dado a conocer algunos detalles de su vida. Recordé en ese momento el curioso enigma cifrado que se encerraba en la carta de juego, pero no hice la menor alusión sobre ello.

—¡Ah! ¡ya veo!—exclamó al punto.

Pero si esa pequeña bolsita, o lo que fuera, que siempre llevaba consigo, oculta entre sus ropas o suspendida alrededor de su cuello, se ha perdido, ¿no significa que ha habido en esto una tragedia, es decir, un robo y un asesinato?

—Hay marcadas sospechas—contesté,—aun cuando, según los médicos, ha muerto debido a causas puramente naturales.

—¡Ah! ¡no creo!—exclamó el monje, cerrando los puños fieramente. Uno de ellos ha conseguido al fin robar esa bolsita que él guardó siempre con tanto cuidado, y estoy convencido de que se ha cometido el asesinato para ocultar el robo.

—¿Uno de cuáles?—pregunté ansiosamente.

—Uno de sus enemigos.

—¿Pero sabía usted lo que contenía esa bolsita?

—Jamás me lo quiso decir—fue la respuesta del capuchino, mirándome de lleno a la cara.—Sólo me dijo que su secreto estaba encerrado dentro de ella... y tengo motivos para creer que así era.

—¿Pero usted conocía su secreto?—le interrogué, con los ojos fijos en él.

Noté por el cambio que se produjo en su semblante, moreno, cuánto lo había alarmado mi pregunta.

Ya no podía negar completamente su ignorancia, pero, no había duda, estaba buscando algún medio de engañarme.

—Sólo sé lo que me explicó de suyo—respondió.—Y no fue mucho, porque, como usted lo sabe, era un hombre muy reticente. Me refirió, hace mucho tiempo, sin embargo, las circunstancias un tanto románticas en que lo conoció a usted, qué buen amigo fue con él antes que la suerte le sonriera, y cómo usted y su amigo (he olvidado su nombre) pusieron a Mabel en el colegio en Bournemouth, arrancándola de esa vida de fatiga y caminatas errantes que Burton había emprendido.

—Pero ¿por qué andaba vagando de esa manera por los caminos?—le pregunté.—Para mí ha sido siempre un enigma.

—Y para mí también. Creo que se ocupaba en buscar la clave del secreto que llevaba consigo, el secreto que le ha legado a usted, según me ha dicho.

—¿No le recordó a usted nada más?—inquirí, recordando que este hombre debía haber sido amigo antiguo de Blair, por las observaciones que había hecho sobre Mabel, cuando era niña.

—Nada más. Su secreto le perteneció siempre, y no lo reveló a nadie, pues temía ser traicionado.

—Pero ahora que está en otras manos, ¿qué es lo que usted presupone?—le dije, caminando siempre a su lado, porque ya habíamos salido de la ciudad e íbamos por ese ancho camino sucio que conduce al puente Mariano y continúa ascendiendo hacia las montañas, en una extensión de quince millas, hasta ese frondoso y bastante alegre punto de verano, bien conocido de todos los italianos y algunos ingleses, que se llama los Baños de Lucca.

—Por lo que supe en Londres cuando tuvimos ocasión de conocernos—contestó mi compañero, muy gravemente,—presupongo que el secreto del pobre Blair ha sido robado de una manera muy ingeniosa, y que la persona en cuyo poder está ahora, sabrá sacar buen provecho de él.

—¿En perjuicio de su hija Mabel?

—Ciertamente. Ella deberá ser la principal víctima, la que tenga más que perder—contestó, con una especie de suspiro.

—¡Ah, si él hubiera confiado a alguien sus asuntos, podría, conociendo la verdad, combatir esa astuta conspiración! Pero parece que todos, como en efecto sucede, estamos en la más completa obscuridad. ¡Aun sus abogados nada saben!

—¡Y usted, a quién el secreto ha sido legado, lo ha perdido!—añadió.—Sí, señor, la situación es, ciertamente, muy crítica.

—En este asunto señor Salvi—le dije,—como amigos del pobre Blair, debemos esforzarnos en hacer todo lo que podamos para descubrir y castigar a sus enemigos. Dígame, por lo tanto ¿conoce usted el origen de la vasta fortuna de nuestro desgraciado amigo?

—Aquí no soy el señor Salvi—fue la réplica tranquila del monje.—Me conocen como fray Antonio de Arezzó, o, más breve, fray Antonio. El nombre de Salvi me lo dio el pobre Blair, que no quiso introducir entre sus amigos mundanos a un monje capuchino. En cuanto al origen de su fortuna, creo que conozco la verdad.

—Entonces ¡dígamela, dígamela!—grité lleno de ansiedad.—Puede ser que nos dé el hilo para saber quiénes son esas personas que han conspirado con tanto éxito contra él.

De nuevo el monje volvió hacia mí sus penetrantes ojos obscuros, esos ojos que en las tenues tinieblas de San Frediano parecían tan llenos de fuego y también de misterio.

—No—contestó, en un tono duro y decisivo.—No tengo permiso para decir nada. El ha muerto, dejemos descansar su memoria.

—¿Pero por qué?—inquirí.—En estas circunstancias de graves sospechas, y en que el secreto, que por derecho me pertenece, ha sido robado, es deber de usted seguramente explicar lo que sabe, con el fin de que podamos obtener un hilo que nos guíe. Recuerde también que el porvenir de su hija depende del descubrimiento de la verdad.

—No puedo decirle nada—repitió.—Mis labios están sellados por mucho que lo sienta.

—¿Por qué?

—Por un juramento que hice hace años, antes de entrar en la orden de capuchinos—respondió. Luego, después de una pausa, añadió, con un suspiro:—Todo es muy extraño... mucho más extraño de lo que ningún hombre ha soñado, tal vez... pero no puedo decirle nada, señor Greenwood, absolutamente nada.

Me quedé silencioso. Sus palabras habían sido demasiado mortificantes y enigmáticas, como también decepcionantes. Todavía no había podido saber si en realidad era mi enemigo o amigo.

En ciertos momentos parecía sencillo, franco y sincero, como lo son todos los de su orden religiosa; pero en otros parecía haber dentro de él esa notable astucia, hábil diplomacia y penetrante doble vista del jesuita.

El hecho mismo de que Burton Blair, habiéndome ocultado su amistad—si es que existía amistad—con este vigoroso monje, de cara bronceada y arrugada, me hacía abrigar contra él una especie de vaga desconfianza. Y, sin embargo, cuando recordaba el tono de la carta que le había escrito a Blair, ¿cómo podía dudar de que su amistad, aun cuando secreta, no fuese real y sincera? No obstante, volvían a mi memoria aquellas palabras que le había alcanzado a oír en la plaza Leicester, las cuales renovaban en mí las dudas y cavilaciones.

Caminaba al lado de este hombre, sin preocuparme adonde nos dirigíamos. Estábamos ya en medio de la campiña. La inmovilidad de todo, el silencio que reinaba y el brillo luminoso de los últimos tintes de aquella puesta de sol de invierno, comunicaban cierta melancolía a los grises montes toscanos cubiertos de olivos. Esa tranquilidad, ese sosiego inmenso que se expandía sobre todo, esa inalterable calma de la atmósfera, esas luces inmóviles y esas grandes sombras, producían en uno la impresión de una pausa en el movimiento vertiginoso de siglos, de una espera intensa, de un momento de reflexión, o más bien quizá, una mirada de melancolía hacia el lejano pasado, cuando los astros, seres humanos, razas y religiones no existían.

Delante de nosotros, al dar vuelta una curva del camino, vi elevarse en alto sobre la ladera de una colina, medio oculto por los verdes y grises árboles, un enorme y blanco monasterio antiguo.

Era el Convento de los Capuchinos, su hogar, me dijo fray Antonio.

Me paré un momento, y contemplé el blanco edificio, casi sin ventanas, quemado por el calor y los rayos solares de trescientos veranos, levantándose como un baluarte—como en un tiempo lo fue—contra el fondo de los purpúreos Apeninos. Escuché el sonido de la vieja campana que emitía sus llamamientos con la misma nota antigua, con la misma voz vieja de los siglos pasados. Fue entonces, en ese momento, cuando el encanto de Lucca y sus hermosos alrededores se grabaron en mi espíritu. Sentí, por la primera vez, que brotaba de todas partes una atmósfera de soledad y separación del resto del mundo; un ambiente de misterio, esencia viviente de lo que es aquel lugar, fácil de destruir ¡ay! pero que todas las cosas la exhalan aún porque están impregnadas de él: ciertamente, es el alma agonizante de la en un tiempo brillante Toscana.

Y allí, a mi lado, aplastando todos mis pensamientos, como la sombra de una esfinge gigante se expande y alarga sobre las arenas del desierto, estaba de pie ese corpulento monje, de tez bronceada, pies descalzos, hábito de un carmesí desteñido, su cintura ajustada por un cordel de cáñamo, y con un semblante de misterio, mientras dentro de su corazón se encerraba el gran secreto que había sido legado a mí y que ocultaba el origen de la fortuna de Burton.

—¡El pobre Blair ha muerto!—repetía incesantemente, como si todavía hubiera dudado de que su amigo no existía ya y le fuera imposible creerlo. Sin embargo, yo tardaba en convencerme de su sinceridad, porque bien podía estarme engañando, después de todo.

Como me invitara, lo acompañé a subir el tortuoso y escarpado camino hasta que llegamos a la pesada puerta del monasterio, a la cual llamó. Resonó un fuerte y solemne campanazo, y unos segundos después se abrió la pequeña ventana de reja, apareciendo detrás la cara del hermano portero, de blanca barba, que nos hizo entrar en el acto.

Me condujo a lo largo del silencioso claustro, en medio del cual había un maravilloso pozo medioeval de hierro forjado, y después por interminables corredores de piedra, cada uno alumbrado por una sola lámpara de kerosene, lo que hacía parecer más sombría y melancólica la casa.

De la capilla, que estaba en el extremo del gran edificio, llegaba el murmullo del canto que en voz baja entonaban los monjes; pero más allá reinaba el silencio de una tumba. Figuras obscuras y espectrales pasaban sin hacer ruido por junto de nosotros y parecían desaparecer era la obscuridad; la puerta del refectorio estaba abierta, y a la luz opaca que proyectaban dos o tres lámparas, pude distinguir magníficas esculturas, espléndidas pinturas al fresco y las dos largas filas de bancos de roble, ennegrecidos por el tiempo, en que se sientan a comer los hermanos capuchinos.

De pronto mi guía se paró delante de una puerta, la que abrió con su llave, y me encontré dentro de una diminuta y desnuda celda, sin alfombra, cuyo mobiliario se componía de una cama de ruedas, una silla, una mesa-escritorio y un estante de libros bien provisto. En la pared había un gran crucifijo de madera, delante del cual se persignó al entrar.

—Esta es mi casa—explicó en inglés.—No muy lujosa, es cierto, pero no la cambiaría por ningún palacio del mundo. Aquí todos somos hermanos, y el superior es nuestro padre que provee a todas nuestras necesidades humanas, incluyendo el rapé que consumimos. Aquí no hay celos, no hay rivalidades, no hay calumnias ni disputas. Todos somos iguales, todos estamos perfectamente contentos, porque todos hemos aprendido esa dificilísima lección de amor fraternal.

Y acercó la única silla que había para que me sentara, pues estaba sudoroso y cansado después de esa larga caminata y escarpada ascensión desde la ciudad al convento.

—Es una vida muy dura, ciertamente—observé.

—Al principio, sí. Tiene uno que ser fuerte de mente y de cuerpo, para poder pasar con éxito el período de prueba—respondió.

Pero después la vida del capuchino es indudablemente una de las más deliciosas de la tierra, unidos como estamos para hacer el bien y ejercer la caridad en nombre de San Antonio. Pero—añadió, con una sonrisa,—yo no lo he traído aquí, señor, para tratar de convertirlo de su fe protestante a la nuestra. Le pedí que me acompañara, porque me ha comunicado usted un hecho que encierra un profundo y notable misterio. Me ha puesto en conocimiento de la muerte de Burton Blair, el hombre que fue mi amigo, y que por propio interés debía venir a verme esta noche en San Frediano. Existían razones particulares, las razones más poderosas que un hombre puede tener, para que hubiera cumplido su promesa y hubiese acudido a la cita. Pero no lo ha hecho. ¡Sus enemigos se lo han impedido, y le han robado su secreto!

Mientras hablaba, anduvo buscando algo en un cajoncito de la pequeña mesa-escritorio, y por fin sacó un objeto, añadiendo con profunda solemnidad:

—Usted conocía a Blair íntimamente, más íntimamente que yo, tal vez, en estos últimos años. Conocía a sus enemigos como también a sus amigos. Dígame, ¿ha tenido oportunidad de ver alguna vez el original de cada uno de estos hombres?

Y me puso ante los ojos dos retratos.

Uno de ellos me era completamente desconocido, pero el otro lo reconocí en el acto.

—Este es mi viejo amigo Reginaldo Seton—exclamé,—que también era amigo de Blair.

—No—declaró el monje, en un tono duro y significativo,—no su amigo, señor... su más terrible enemigo.


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