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EL HOMBRE DE LOS SECRETOS

—No comprendo lo que quiere usted decir—le dije,—resentido de ver la acusación que hacía a mi más íntimo amigo.—Seton ha sido mejor amigo que yo para con el pobre Blair.

Fray Antonio se sonrió de un modo extraño y misterioso, como sólo el sutil italiano puede hacerlo. Pareció compadecerse de mi ignorancia, y tuvo deseos de burlarse de mi fe en la sinceridad de Seton.

—Yo sé—rió;—yo sé casi tanto como usted por una parte, mientras que por la otra mis conocimientos se extienden algo más allá que los suyos. Todo lo que puedo decirle, es que he observado, y, por lo tanto, he sacado mis conclusiones.

—¿De que Seton no era su amigo?

—Sí, de que Seton no era su amigo—repitió lenta y muy claramente.

—Pero por cierto que usted no le hace una acusación directa—exclamé.—Seguramente, usted no cree que él es el responsable de esta tragedia, si es que ha habido una tragedia en esta muerte, ¿no?

—Yo no formulo una acusación directa—fue su ambigua respuesta.

El tiempo revelará la verdad, no hay duda.

Ansiaba poderle preguntar abiertamente si algunas veces no se hacía pasar con el nombre de Paolo Melandrini; sin embargo, temía hacerlo, por recelo de despertar sus indebidas sospechas.

—El tiempo será el único que podrá revelar que Reginaldo Seton fue uno de los mejores amigos del muerto—dije pensativamente.

—Al parecer, sí—fue la dudosa contestación del capuchino.

—¿Un enemigo tan mortal como el Ceco?—le interrogué, mirándole a la cara mientras tanto.

—¡El Ceco!—tartamudeó, lleno de sorpresa por mi audaz pregunta.—¿Quién le ha hablado de él? ¿Qué sabe usted respecto a ese hombre?

El monje se había olvidado evidentemente de lo que le había escrito en la carta a Blair.

—Sé que está en Londres—repliqué, tomando por guía sus propias palabras.

La niña le acompaña—añadí,—a pesar de serme completamente desconocida la identidad de la persona a que me refería.

—¿Y bien?—preguntome.

—Y si están en Londres, no es seguramente con buenas intenciones.

—¡Ah!—exclamó.—¿Blair le ha dicho a usted algo... le ha manifestado sus recelos?

—Ahora, al último, se había apoderado de él el temor de que lo asesinaran secretamente el día menos pensado—contesté.—Sin duda alguna, le temía al Ceco.

—Y ciertamente que tenía razón de temerle—exclamó fray Antonio, con sus obscuros ojos brillantes, vueltos hacia los míos en medio de la semiobscuridad.—El Ceco no es un individuo fácil de manejar.

—Pero ¿con qué fin ha ido a Londres?—le pregunté.—¿Acaso ha ido con malas intenciones?

—El corpulento monje se encogió de hombros, y respondió:

—Dick Dawson no ha sido nunca hombre de muy buen genio. Evidentemente algo debe haber descubierto, y ha jurado vengarse.

Sus observaciones me habían dado a conocer un dato importantísimo: que el hombre conocido en Italia con el sobrenombre de «el ciego», era un inglés llamado Dick Dawson, un aventurero, muy probablemente.

—¿Entonces, sospecha usted que haya sido cómplice en el robo del secreto?—le indiqué.

—Como la pequeña bolsita de gamuza ha desaparecido, me inclino a pensar que debe haber pasado a sus manos.

—¿Y la niña?

—Dolly, su hija, lo ayudará en todo, eso es seguro. Es tan astuta como su padre, y posee una notable habilidad femenina; es una joven peligrosa, por no decir otra cosa. Yo previne a Blair de que tuviera cuidado de los dos—añadió,—recordando de pronto, según parece, su carta.—Pero me alegro que haya usted reconocido a uno de estos dos individuos cuyas fotografías le he mostrado. Ha dicho usted que se llama Seton, ¿no es así? Bien entonces, si es su amigo, le aconsejo que esté siempre alerta. ¿Está usted seguro de que no ha visto jamás a este otro hombre? ¿qué no conoce a este amigo de Seton?—me interrogó muy encarecidamente.

Tomé en mi mano el retrato y me acerqué adonde estaba la opaca lámpara de kerosene. Lo examiné muy atentamente y me fijé en todos sus detalles. Era un hombre de cara larga, calvo, barba entera, cuello muy alto, levita negra y un elegante moño de corbata. El adorno que tenía sobre la pechera de su camisa, era un tanto peculiar, pues parecía una pequeña cruz de alguna orden extranjera de caballería, y producía más bien un efecto delicado y novedoso. Los ojos eran los de un hombre astuto, vivo y penetrante, mientras las mejillas hundidas daban a su rostro un aspecto notable y ligeramente macilento.

Era una fisonomía que, según mis recuerdos, no la había visto nunca, pero, sin embargo, sus peculiaridades eran tales, que en el acto se grabó indeleblemente en mi memoria.

Le manifesté que me era imposible saber quién era, a lo cual replicó él, insistiendo:

—Cuando regrese, vigile los movimientos de su titulado amigo Seton, y entonces puede ser que tenga oportunidad de conocer a su amigo, cuyo retrato le he mostrado. Una vez que esto suceda, escríbame, y déjemelo a mi cargo.

Guardó de nuevo la fotografía en el cajoncito de su mesa, pero, al hacerlo, mis ojos alcanzaron a distinguir dentro una carta de juego, el siete de bastos, con algunas letras escritas en ella de la misma manera o muy similares a las que había en la carta que yo tenía guardada en mi bolsillo. Le hice alusión, pero se sonrió simplemente y cerró en el acto el cajón.

Sin embargo, el hecho de encontrarse el enigma cifrado en su poder, era ciertamente algo más que extraño.

—¿Suele usted ausentarse de su casa?—le pregunté al fin, recordando cómo lo había conocido en la mesa de Blair, con motivo de la comida en su casa de la plaza Grosvenor, pero no muy satisfecho del descubrimiento de la carta con las curiosas inscripciones enigmáticas.

—Rara vez... muy rara vez—respondió.—Es sumamente difícil conseguir permiso, y cuando se obtiene, es con el fin único de visitar a la familia.

Si hay algún monasterio cerca del lugar adonde nos trasladamos, debemos pedir que se nos conceda una cama en él, antes que permanecer en una casa particular. Las reglas le parecen duras—añadió sonriendo;—pero le aseguro que para nosotros no lo son, ni sufrimos absolutamente nada. Todas ellas son benéficas para la felicidad y el bienestar del hombre.

De nuevo traté de hacer recaer la conversación en lo que me interesaba, esforzándome en conseguir algunos datos sobre el secreto misterioso del muerto, que estaba convencido de que le era conocido. Pero fue inútil. No quería decirme nada.

Todo lo que me manifestó fue que la razón de esa entrevista que debía haber tenido lugar esa noche en Lucca, era muy poderosa, y que si el millonario no hubiera muerto, indudablemente habría acudido a ella.

—Tenía por costumbre verse conmigo de tiempo en tiempo, ya en la iglesia de San Frediano, o en otros puntos de Lucca, como también en Pescia o Pistoya—añadió el monje.—De cuando en cuando, variábamos el sitio de reunión.

—Y esto explica, por cierto, sus misteriosas ausencias—observé yo, recordando que sus movimientos habían sido con frecuencia muy errantes, de modo que hasta Mabel había ignorado su dirección. Se suponía generalmente que había partido a Escocia o al norte de Inglaterra; pues nadie se imaginó nunca que sus repentinos viajes fueran tan lejanos, y que se encontrara, cuando menos se pensaba, en la Italia central.

Los informes del monje demostraban también que Blair había tenido algún motivo muy poderoso para celebrar estas secretas entrevistas. Fray Antonio, su amigo ignorado, había sido indudablemente el más íntimo y de mayor confianza.

—¿Por qué razón nos había ocultado a todos, hasta a la misma Mabel, esta extraña y misteriosa amistad?

Miré fijamente la severa cara del monje italiano, tostada por el sol, y traté de penetrar el misterio escrito en ella, pero fue en vano. No hay hombre en el mundo que sepa guardar tan bien un secreto como el sacerdote confesor, o el humilde fraile, cuya morada es su pobre celda.

—¿Y cuál es su intención, después de lo que ha sucedido con el pobre Blair?—le pregunté al fin.

—Mi intención, como la suya, es descubrir la verdad—replicó.—Será una cosa difícil, no hay duda, pero tengo confianza de que al fin triunfaremos, y que usted recuperará el secreto perdido.

—Pero ¿no podrán utilizarlo mientras tanto los enemigos de Blair?—interrogué.

—¡Ah! eso no podremos impedirlo, por cierto—contestó fray Antonio.—Nosotros debemos preocuparnos del porvenir, y dejar que el presente se cuide solo. Usted, en Londres, hará todo lo que sea posible para descubrir si Blair fue víctima de una infamia y quiénes fueron los autores de ella, mientras yo, aquí en Italia, trataré de saber si ha existido, fuera del robo del secreto, algún otro móvil.

—Pero si la bolsita de gamuza hubiera sido robada, ¿no cree usted que Blair la habría extrañado? Estuvo completamente consciente durante varias horas antes de morir.

—Se podía haber olvidado de ella. La memoria de los hombres decae a menudo en las últimas horas que preceden a la muerte.

La noche había extendido su negro manto antes que la campana con su gran badajo de madera, la misma que servía para despertar a los monjes a las dos de la mañana, hora en que se levantan a orar, resonase a lo largo del claustro, como recordándome que debía retirarme de aquella silenciosa morada, donde era un extraño.

Fray Antonio se levantó, encendió una gran linterna vieja de bronce, y me guió a través de los solitarios y tranquilos corredores, de la pequeña plaza y de la ladera de la colina hasta el camino real, que en medio de la obscuridad resaltaba blanco y recto.

Luego, después de haberme encaminado, tomó mi mano entre sus grandes palmas ásperas y encallecidas, debido al duro trabajo en su pedazo de jardín, y me dijo:

—Confíe en mí, que yo haré todo lo que me sea posible. Yo conocía al pobre Blair; sí, lo conocía mejor que usted, señor Greenwood. También conocía algo de su notable secreto, sé cuan extraño es lo sucedido, y qué misteriosas son todas las circunstancias. Mientras usted vuelve a Londres y prosigue sus investigaciones, yo trabajaré aquí, haciendo las mías. Voy a hacerle una indicación, sin embargo, y es la siguiente: si llega a conocer a Dick Dawson, haga amistad con él y con Dolly. Son una pareja extraña, el padre y la hija, pero la amistad con ambos puede serle de provecho.

—¡Qué!—exclamé.—¿Amistad con el hombre que ha confesado usted que es uno de los más crueles enemigos que tuvo Blair?

—¿Y por qué no? ¿No es un rasgo de diplomacia ser bien recibido en el campo enemigo? Recuerde que es usted el que más arriesga en este asunto, pues en él se juega el secreto que le ha sido legado—¡el secreto de los millones de Burton Blair!

—Y tengo la intención de recuperarlo—declaré con firmeza.

—Yo espero que lo conseguirá, señor—exclamó en una voz que me pareció llena de doble significado.—Espero que lo conseguirá—replicó de nuevo.

Despidiéndose luego con unAdio, e buona fortuna, fray Antonio, el hombre de los secretos, se dio vuelta y se alejó, dejándome parado en el obscuro camino real.

No había avanzado unas cincuenta yardas, cuando de en medio de la sombra de algunos arbustos que había a un lado, apareció una pequeña figura negra, y por la voz que me saludó, conocí que era el viejo Babbo, a quien no esperaba, pues había creído que se hubiera cansado de aguardarme. Pero comprendí que nos había seguido y que al vernos entrar en el monasterio, se había puesto a esperar mi vuelta con toda paciencia.

—¿Ha descubierto el señor lo que deseaba?—me preguntó el viejo italiano, prontamente.

—Algo, no todo—fue mi réplica.—¿Ha visto a ese monje con quien he estado?

—Sí. Mientras usted estaba en el convento, yo he hecho algunas averiguaciones, y he sabido que el capuchino más popular de todo Lucca, es fray Antonio, y que sus actos de caridad son bien conocidos. Es él quien anda mendigando de puerta en puerta, por toda la ciudad, para conseguir los céntimos y las liras que hacen que los pobres tengan diariamente su ropa y pan. Es fama que era muy rico, y que al entrar en el convento de los capuchinos donó a la orden sus riquezas. También se sabe que tiene un amigo que quiere mucho, un inglés conocido por la gente de la ciudad, con el sobrenombre de el Ceco, porque tiene un ojo casi perdido.

—¡El Ceco!—grité.—¿Qué ha descubierto respecto de éste?

—La dueña de una pequeña quesería que hay junto de la puerta por donde salimos de la ciudad, es muy comunicativa. Como todas las de su clase, parece que admira grandemente a nuestro amigo el capuchino. Me ha hablado de las frecuentes visitas de este inglés tuerto, que ha residido tanto tiempo en Italia, que puede casi pasar por italiano. Parece que el Ceco, tiene la costumbre de parar en la vieja posada de la Croce di Malta, viniendo acompañado algunas veces de su hija, una joven muy linda.

—¿De dónde suelen venir?

—¡Oh! todavía no he podido averiguar eso—contestó Babbo.—Sin embargo, parece que las constantes visitas de el Ceco al monasterio capuchino, han despertado el interés público. La gente dice que ahora fray Antonio no es tan activo como antes para buscar dinero para los pobres, pues está demasiado ocupado con su amigo inglés.

—¿Y la niña?

—Debe ser de una belleza notable, porque tiene fama hasta en Lucca, que es una ciudad de niñas bonitas—contestó el viejo, haciendo una mueca.—Habla el toscano perfectamente, y puede hacerse pasar con facilidad por italiana, así dicen. Su espalda no es tiesa como la de esos otros ingleses que uno ve en la vía Tornabuoni, si el señor me perdona la crítica—añadió disculpándose.

Estos informes que probaban que Dick Dawson, contra quien el monje había puesto en guardia a Burton Blair, era en efecto el amigo del capuchino, hacían que la situación fuera más enigmática y complicada.

Reconocí que en esas frecuentes visitas y conferencias debía haberse tramado el complot secreto contra mi pobre amigo, conspiración que había sido llevada a cabo con éxito, según parecía.

La joven Dolly nunca había ido al monasterio, pero era evidente que había estado en Lucca, como cómplice de la trama para obtener el valioso secreto de Burton Blair, el secreto que hoy me pertenecía por la ley.

En vista de esto, resolvimos hacer algunas averiguaciones en la Croce di Malta, esa antigua y vieja posada situada en una estrecha calle lateral, peculiarmente italiana, y que prefiere que se la designe aún con el nombre dealbergo, en vez del moderno de hotel.

Dick Dawson, conocido como el Ceco, se encontraba indudablemente en Londres, pero contando con la ayuda y connivencia del ingenioso y astuto hombre de los secretos, que tan hábilmente había tratado de entablar conmigo una falsa amistad.

—¿Sería, en efecto, este hombre, que bajo el pobrísimo hábito de religioso encubría sus malos actos, responsable de la muerte del desgraciado Blair y de la misteriosa desaparición de ese pequeño y extraño objeto, que era su más preciado tesoro?

No sé por qué, tenía el convencimiento de que esta sospecha era una realidad.

EN EL QUE SE EXPLICA EL PELIGRO DE MABEL BLAIR

De las averiguaciones que a la mañana siguiente hizo el viejo Babbo en la Cruz de Malta, resultó evidente que el señor Ricardo Dawson, fuese quien fuese, venía a Lucca constantemente, y siempre con el fin de visitar y consultar al popular monje capuchino.

Algunas veces el inglés tuerto que hablaba el italiano tan bien, iba al monasterio y permanecía allí varias horas, y otras fray Antonio venía a la posada y se encerraba con el huésped en el mayor secreto.

El «ceco», así llamado por su ojo defectuoso, aparentemente era un hombre de recursos, porque sus propinas a los mozos y mucamas eran siempre generosas, y cuando estaban allí hospedados, tanto él como su hija, ordenaban lo mejor que podía procurarse. Venían de Florencia, pensaba elpadrone, pero de esto no estaba seguro. Las cartas y telegramas que solía recibir, pidiéndole que les reservara habitaciones, llegaban fechadas en diferentes ciudades de Francia o Italia, lo cual parecía demostrar que constantemente viajaban.

Estos fueron todos los informes que pudimos obtener. La identidad del misterioso Paolo Melandrini permanecía aún sin descubrirse. El principal objeto que me había traído a Italia no había sido llenado, pero, sin embargo, estaba satisfecho de haber descubierto al fin a dos de los más íntimos y a la vez secretos amigos del pobre Blair.

Pero ¿por qué este misterio? Cuando recordaba cuán estrecha había sido nuestra amistad, me quedaba sorprendido, y hasta un poco disgustado, de ver que me había ocultado la existencia de estos dos hombres. Por mucho que sintiera tener que pensar mal de un amigo muerto, no podía evitar que me asaltara la sospecha de que su relación con estos individuos formaba parte de su secreto, y que este último era algo deshonroso.

Poco después de mediodía, guardé mis cosas dentro de mi valija, e impelido por un poderoso deseo de regresar para poder defender los intereses de Mabel Blair, abandoné Lucca, partiendo para Londres. Babbo me acompañó hasta Pisa, donde cambiamos de trenes; él para retornar a Florencia y yo para tomar el coche-dormitorio del expreso que corre de Roma a Calais.

Mientras estaba parado en la plataforma de la estación de Pisa, el viejo harapiento, que hacía más de media hora que se había puesto pensativo, exclamó de pronto:

—Se me ha ocurrido una idea extraña, señor. Usted recordará que supe en la vía San Cristófano que el señor Malandrini usaba anteojos con arcos de oro. ¿No será, acaso probable, que los use en Florencia para ocultar el defecto que tiene en la vista?

—¡Yo también creo lo mismo!—respondí.—¡Me parece que ha adivinado! Pero, por otro lado, ni su sirvienta ni sus vecinos sospechan que sea extranjero.

—Habla muy bien el italiano—convino el viejo,—pero dicen que tiene un leve acento.

—Vuelva en el acto a la vía San Cristófano—le dije, excitado por su última teoría—y haga mayores averiguaciones sobre la vista y los anteojos de este misterioso individuo. La anciana que está al cargo de sus habitaciones lo ha de haber visto sin anteojos, no hay duda, y le podrá decir lo que hay de verdad.

—Sí, señor—me contestó. Y luego yo le di escrita mi dirección en Londres, adonde debía despacharme un telegrama, si sus sospechas se confirmaban.

Diez minutos después, el ruidoso expreso de Calais a Roma, el limitado tren compuesto de tres vagones-cama, coche-restaurant y coche de equipajes, entraba en la gran estación abovedada, y, despidiéndome del ridículo viejo Babbo, subía al tren y me era señalado mi compartimiento hasta Calais.

Describir el largo y tedioso viaje de vuelta del Mediterráneo al Canal, oyendo siempre el crujido de las ruedas, y con la misma monotonía, interrumpida únicamente por el anuncio de que la comida estaba servida, es inútil. Todos aquellos que lean esta extraña historia del secreto de un hombre, que hayan viajado de ida y vuelta por ese camino de hierro que va a Roma, saben bien qué molesto y pesado se hace cuando uno se transforma en constante viajero entre Inglaterra e Italia.

Basta decir que treinta y seis horas después de haber subido al expreso en Pisa, atravesaba la plataforma de la estación Charing Cross, entraba en unhansomy partía para la calle Great Russell. Reginaldo no había vuelto aún de su negocio, pero, sobre mi mesa, entre una cantidad de cartas, encontré un telegrama de Babbo, en italiano, que decía:

«Melandrini tiene echado a perder el ojo izquierdo. Es el mismo hombre; no hay duda ninguna sobre eso.—Carlini.»

El individuo que estaba destinado a ser el secretario y consejero de Mabel Blair, era el enemigo más terrible de su difunto padre, el inglés, Dick Dawson.

Permanecí de pie mirando el telegrama, completamente azorado.

La extraña copla que el muerto había dejado escrita en su testamento, recomendándome que la recordase, latía incesantemente en mi cabeza:

King Henry the Eighth was a knave to his queens,He'd one short of seven—and nine or ten scenes!

¿Qué significado oculto podía encerrar? Los hechos históricos de los casamientos y divorcios del Rey Enrique VIII, eran tan conocidos para mí como lo son para todo niño inglés del Reino Unido que haya llegado al cuarto grado. Sin embargo, algún motivo debía haber tenido Blair, ciertamente, para haber puesto esta extraña rima en su testamento; tal vez era la clave de algo, ¿pero de qué sería?

Después de hacerme una rápidatoilettey cepillarme bien, porque estaba muy sucio y fatigado por el largo viaje, tomé un coche y me dirigí a la plaza Grosvenor, donde encontré a Mabel vestida delicadamente de negro, sentada leyendo en su confortable y bonita habitación particular, que su padre, dos años antes, la había hecho decorar y amueblar lujosamente y con todo gusto como suboudoir.

Se puso de pie en el acto que me vio, y me saludó con apresuramiento cuando el sirviente anunció mi presencia.

—Otra vez está de vuelta, señor Greenwood—exclamó.—¡Oh, cuánto me alegro! He extrañado mucho no haber sabido nada de usted. ¿Dónde ha estado?

—En Italia—repliqué, sacándome el sobretodo por indicación de ella, y sentándome después a su lado en un silla baja.—He estado haciendo ciertas averiguaciones.

—¿Y qué ha descubierto?

—Varios datos que tienden más bien a aumentar que a aclarar el misterio que rodeaba a su pobre padre.

Noté que su rostro estaba más pálido que cuando me había ausentado de Londres, y que parecía enervada y extrañamente ansiosa. Le pregunté por qué no había ido a pasar una temporada en Brighton o en algún otro punto de la costa Sud, como le había indicado antes, pero me replicó que había preferido quedarse en su casa, y que, hablando francamente, había estado esperando con impaciencia mi llegada.

Le expliqué, en breves palabras, lo que había descubierto en Italia, refiriéndole mi encuentro con el monje capuchino y nuestra curiosa conversación.

—Jamás le oí hablar de él a mi padre—me dijo.—¿Qué clase de hombre es?

Se lo describí lo mejor que pude, y le conté cómo lo había conocido en una comida dada en su casa, durante su ausencia en Escocia con la señora Percival.

—Yo pensaba que un monje, una vez que entraba en una orden religiosa, no podía volver a usar el traje de la vida seglar—observó.

—No puede hacerlo, ciertamente—respondí.—Ese mismo hecho aumenta las sospechas que abrigo contra él, unido a las palabras que le alcancé a oír fuera del teatro Imperio.

Y entonces le referí el incidente, exactamente como lo he hecho en un capítulo anterior.

Permaneció un momento silenciosa, con su delicada barba fina apoyada sobre la palma de su mano, contemplando pensativamente el fuego. Luego, por fin, me preguntó:

—¿Y qué ha sabido respecto a este misterioso italiano en cuyas manos me ha dejado mi padre? ¿Lo ha conocido usted?

—No, no lo he visto, Mabel—contesté.—Pero he descubierto que es un inglés de regular edad y no italiano, como habíamos pensado. Creo que no me pondré celoso por las atenciones que tenga con usted, pues adolece de un defecto físico. Sólo tiene un ojo.

—¡Sólo tiene un ojo!—repitió tartamudeando, cubriéndose su rostro de una instantánea palidez mortal, al ponerse de un salto en pie:—¡Un hombre que sólo tiene un ojo... e inglés! ¿Usted no quiere referirse, ciertamente—gritó—a ese individuo que se llama Dawson, Dick Dawson?

—Paolo Melandrini y Dick Dawson son una misma y sola persona—respondí con franqueza, completamente azorado al ver el efecto aterrador que habían tenido sobre ella mis palabras.

—Pero no es posible que mi padre me haya dejado en las manos de ese demonio, de ese individuo cuyo solo nombre es sinónimo de todo lo que implica brutalidad, astucia y maldad. ¡No puede ser cierto... debe haber algún error, señor Greenwood... debe haberlo! ¡Ah! usted no conoce como yo la reputación de ese inglés tuerto, porque si la conociera, preferiría antes verme muerta que asociada a él. ¡Debe salvarme!—gritó aterrorizada, estallando en un torrente de lágrimas.—Usted ha prometido ser mi amigo. Debe salvarme, debe salvarme de ese hombre... sí, de ese hombre cuyo simple contacto esparce la muerte!

Apenas hubo pronunciado estas palabras, vaciló, tendió aturdidamente sus finas manos blancas, y hubiera caído al suelo sin sentido, si yo no hubiese dado un salto adelante y la hubiera tomado en mis brazos.

—¿Quién podía ser este Dick Dawson—cavilaba yo—para que tanto terror y odio le produjera; este hombre tuerto que evidentemente estaba ligado con el misterioso pasado de su padre?

EL SEÑOR RICARDO DAWSON

Confieso que deseaba con ansias ver aparecer a este inglés tuerto, a quien Mabel Blair tenía un terror pánico, para poder juzgarlo.

Lo que hasta entonces había conseguido saber sobre él no era muy satisfactorio. Parecía evidente que, en combinación con el monje, poseía el secreto del pasado del muerto, y quizá Mabel temía alguna desagradable revelación que se relacionara con los actos de su padre y con el origen de su fortuna. Este fue el pensamiento que se me ocurrió cuando estaba ayudando a aplicar algunos remedios y reconfortantes a la insensible niña, pues había dado la voz de alarma al verla caer desmayada, acudiendo, en el acto, su fiel compañera, la señora Percival.

Mientras permaneció sin conocimiento, con su cabeza recostada sobre un almohadón de seda lila, la señora Percival estuvo arrodillada a su lado, y pienso que me miraba con considerable recelo, pues, ignorando lo sucedido, creía que yo era el causante. Me inquirió con cierta dureza por el motivo de aquel inesperado desmayo de Mabel, pero yo le contesté sencillamente que había sido una descomposición repentina, y que la atribuía al calor sofocante de la habitación. Cuando volvió en sí, le pidió a la señora Percival y a Bowers, su doncella, que nos dejaran solos, y, cuando la puerta se cerró, me preguntó, pálida y ansiosa:

—¿Cuándo va a venir aquí ese hombre?

—Cuando el señor Leighton ponga en su conocimiento la cláusula consignada en el testamento de su papá.

—El podrá venir—dijo con toda firmeza,—pero antes que cruce este umbral, yo habré abandonado la casa. El puede proceder como le parezca bien, pero yo no residiré bajo el mismo techo que él, ni tendré comunicación alguna con él, sea lo que fuere.

—Comprendo sus sentimientos, Mabel—exclamé,—¿pero cree usted que es prudente seguir esa línea de conducta? ¿No será mejor esperar a vigilar los movimientos del individuo?

—¡Ah! ¡pero usted no lo conoce!—gritó.—¡Usted no sospecha lo que yo sé que es la verdad fiel!

—¿Y qué es eso?

—No—respondió en una voz baja y ronca,—no puedo decírselo. No pasará mucho tiempo sin que la descubra, y entonces, no se sorprenderá de que yo aborrezca hasta el nombre de ese sujeto.

—¿Pero qué motivo ha podido tener su papá para insertar semejante cláusula en su testamento?

—Porque se ha visto obligado—replicó enronquecida.—No pudo evitarlo.

—Y si se hubiera negado... si se hubiera negado a dejarla en las manos de semejante persona... ¿qué habría sucedido entonces?

—Su ruina hubiese sido inevitable—contestó.—Todo lo sospeché en el momento que supe que un hombre misterioso y desconocido había sido designado secretario y administrador de todos mis asuntos.

Sus descubrimientos en Italia han venido a confirmar mis recelos.

—Pero usted va a seguir mí consejo, Mabel. Al principio, por lo menos, debe armarse de paciencia y sufrirlo—insistí, cavilando, entretanto, si su odio se debería a que tal vez sabía que era el asesino de su padre. Su antipatía contra él era violenta, pero no pude descubrir qué razón tenía para ello.

Sacudió la cabeza al oír mi argumento, y me dijo:

—Siento no ser suficientemente diplomática para poder ocultar de ese modo mi antipatía. Nosotras las mujeres somos hábiles en muchas cosas, pero siempre damos a conocer irremediablemente lo que nos disgusta.

—Será muy sensible—le observé—tratarlo con manifiesta hostilidad, porque puede hacer fracasar todas nuestras futuras oportunidades de éxito para descubrir la verdad respecto a la muerte de su papá y del robo de su secreto. El mejor consejo que puedo darle es que guarde absoluto silencio, aparente indiferencia, pero esté siempre en guardia y alerta. Más tarde o más temprano, este hombre, si, en efecto, es su enemigo, se descubrirá él mismo. Entonces será tiempo suficiente para que nosotros procedamos firmemente, y, al fin, usted triunfará. Por mi parte, considero que cuanto más pronto le avise Leighton a este individuo su nombramiento, será mejor.

—¿Pero no hay medio de poder evitar esto?—gritó, aterrada.—¡La muerte de mi pobre padre es, ciertamente, demasiado dolorosa sin necesidad de que venga esta segunda desgracia a aumentar la aflicción!

Me hablaba con la misma franqueza que lo hubiera hecho con un hermano, y comprendí, por su modo vehemente, ahora que sus sospechas se habían confirmado, cuán grande y completa era su desesperación. En medio de todo el lujo y esplendor de aquella regia mansión, ella surgía como una figura pálida y abandonada, con su tierno corazón juvenil destrozado por la pena de la muerte de su padre y por un terror que no se atrevía a declarar.

Un antiguo proverbio, repetido con harta frecuencia, dice que la fortuna no trae felicidad, y, ciertamente, que a menudo hay más tranquilidad de ánimo y goce puro de la vida en una cabaña que en un palacio. El pobre tiene inclinación a mirar con envidia al rico; sin embargo, debe recordarse que muchos hombres y mujeres que van cómodamente arrellanados en sus lujosos carruajes y servidos por sirvientes de librea, contemplan con anhelo a esos humildes trabajadores de las calles, bien convencidos de que esos millones de seres que ellos designan con el término de «las masas», son, en verdad, mucho más felices que ellos. Muchas mujeres de título, decepcionadas y cansadas del mundo, a menudo jóvenes y bellas, cambiarían contentas sus posiciones con las hijas del pueblo, cuya existencia, aun cuando de duro trabajo, está, sin embargo, llena de inocentes placeres y de tanta felicidad como es posible obtener en nuestro mundo de lucha. Esta afirmación podrá parecer extraña, pero declaro que es verdadera. La posición del oro puede dar lujo y fama; puede poner a los hombres y mujeres en condiciones de eclipsar a sus semejantes, como también puede conquistarles honores, estimación y hasta popularidad. ¿Pero de qué sirve todo esto? Pedidle la opinión al gran propietario, al rico y al millonario, y, si hablan con sinceridad, os dirán, en confianza, que no son tan felices como parecen, ni gozan tanto de la vida como el modesto hombre de recursos independientes, que se ve sometido a una diminución por el impuesto sobre la renta.

Mientras estaba allí sentado con la hija del muerto, esforzándome en convencerla de que recibiera sin marcada hostilidad al misterioso individuo, no podía dejar de notar el vívido contraste entre el lujo de todo lo que la rodeaba y la pesada carga de tribulaciones de su corazón.

Apuntó la idea de vender la casa, y retirarse a Mayvill, para vivir allí en el campo tranquilamente con la señora Percival, pero yo insistí en que esperara, al menos por ahora. Daba lástima pensar que las espléndidas colecciones de pinturas pertenecientes a Burton Blair, todas ellas obras notables de los maestros antiguos, las hermosas tapicerías que hacía pocos años había comprado en España y la incomparable colección de mayólicas, cayeran bajo el martillo de un rematador. Entre los diferentes tesoros que había en el comedor, se ostentaba el cuadro de la Sagrada Familia, de Andrea del Sarto, el cual había costado a Blair dieciséis mil quinientas libras esterlinas en casa de Christie, y que era considerado como uno de los más bellos originales de ese gran maestro. Además, el mobiliario estilo Renacimiento italiano, la vajilla de porcelana antigua de Montelupo y Sayona y de magnífica plata vieja inglesa, constituían una fortuna, y seguirían siendo propiedad de Mabel, con gran satisfacción para mí, como que todo le había sido legado a ella.

—Sí, ya sé—respondió al oír mis argumentos.—Todo es mío salvo esa bolsita que encierra el secreto, la cual es suya, y que, desgraciadamente, se ha perdido.

—Usted debe ayudarme a recuperarla—insistí.—Está en nuestros mutuos intereses hacerlo así.

—Por cierto que le ayudaré en todo lo que me sea posible, señor Greenwood—respondió.—Después que partió usted para Italia, yo hice registrar la casa de arriba abajo, y yo misma examiné los cajones donde guardaba mi padre su correspondencia, sus otras dos cajas de hierro y ciertos puntos donde algunas veces solía ocultar sus papeles privados, con el fin de descubrir si, temiendo alguna tentativa que pudieran haber efectuado para robar la bolsita, la había dejado en casa. Pero todo ha sido en vano. Ciertamente, en esta casa no está.

Le agradecí sus esfuerzos, sabiendo que había procedido con toda energía en beneficio mío; pero, convencido de que era inútil todo registro que se hiciera dentro de la casa, y que si el secreto se recuperaba alguna vez, sería descubriéndolo en las manos de uno u otro de los enemigos de Blair.

Permanecimos juntos largo rato discutiendo la situación. La razón de su odio a Dawson no quería decirla, pero esto no me causaba sorpresa alguna, porque en su actitud veía el deseo de ocultar algún secreto del pasado de su padre. Empero, después de mucha persuasión, conseguí que consintiera en que se le avisara al hombre misterioso el puesto que debía ocupar, y que lo recibiera sin dar a conocer el menor signo de disgusto o antipatía.

Esto lo consideré un triunfo de mi habilidad diplomática, porque, hasta cierto punto, poseía sobre ella una completa influencia, como que había sido su mejor amigo durante esos días tristes y penosos de sus años pasados. Pero cuando ya se trataba de un asunto que envolvía el honor de su padre, era enteramente impotente y nada conseguía. Era una niña de firme individualidad propia, y, como todas las que poseen esta cualidad, tenía el don de rápida penetración, y peculiarmente expuesta a los prejuicios, debido a su alto sentimiento del honor.

Halagó mi amor propio declarando que ella habría deseado que yo hubiera sido nombrado su secretario, a lo cual le contesté agradeciendo su cumplido, pero afirmando que semejante cosa no hubiese sido nunca posible.

—¿Por qué?—me interrogó.

—Porque usted me ha dicho que el tal Dawson viene aquí a ocupar ese puesto por derecho propio. Su padre se vio obligado, bajo coacción, a poner esa desgraciada cláusula en su testamento, lo cual significa que le temía.

—Si—suspiró en voz baja.—Usted tiene razón, señor Greenwood. Está absolutamente en lo justo. Ese hombre tenía en sus manos la vida de mi padre.

Esta última observación me pareció muy extraña. ¿Habría sido culpable Burton Blair de algún crimen desconocido, que le hacía tener miedo a este misterioso inglés tuerto? Tal vez sí. Quizá Dick Dawson, que durante años había residido en la Italia rural haciéndose pasar como italiano, era el único testigo sobreviviente de algún acto deshonroso que Blair había cometido, y que, en la época de su prosperidad, habría deseado borrar, con cuyo fin hubiera dado contento un millón de oro. Tal fue, en verdad, una de las muchas ideas que surgieron en mi mente, viendo el misterio que rodeaba ese terror que producía en Mabel el solo nombre de Dawson. Sin embargo, cuando recordaba la bondadosa y firme honestidad de Burton Blair, su sinceridad, sus elevados pensamientos y sus actos anónimos de beneficencia por puro amor a la caridad, hacía a un lado todas esas sospechas y resolvía respetar la memoria del muerto.

A la noche siguiente, antes de las nueve, mientras Reginaldo y yo estábamos tomando el café y conversando en nuestro confortable comedorcito de la calle Great Russell, Glave, nuestro sirviente llamó a la puerta, entró y me entregó una tarjeta.

Salté de mi asiento, como si hubiera recibido una descarga eléctrica.

—Esto sí que es gracioso, viejo—grité, volviéndome a mi amigo.—Aquí tenemos a Dawson en persona.

—¡Dawson!—tartamudeó el hombre contra quien me había prevenido el monje.—Hagámosle entrar. Pero, ¡por Job! debemos tener cuidado de lo que digamos, porque, si todo lo que se dice de él es cierto, debe ser extraordinariamente perspicaz.

—Déjamele a mí—le dije. Y luego añadí, volviéndome a Glave:

—Haga pasar adelante a ese caballero.

Y ambos quedamos en anhelante expectativa aguardando la aparición del hombre que conocía la verdad del bien oculto pasado de Burton Blair, y el cual, por alguna razón misteriosa, se había encubierto durante largo tiempo bajo el disfraz de italiano.

Un momento después fue introducido a nuestra presencia, y, saludándonos, exclamó, con una sonrisa:

—Supongo, caballeros, que tengo que presentarme yo mismo. Me llamo Dawson, Ricardo Dawson.

—Y yo soy Gilberto Greenwood—dije con cierta frialdad.—Mi amigo, aquí presente, se llama Reginaldo Seton.

—De ambos oí hablar a nuestro mutuo amigo, Burton Blair, hoy, por desgracia, fallecido—exclamó; y lentamente se sentó en la gran silla de brazos de mi abuelo, mientras yo quedeme de pie sobre el tapiz de la chimenea, dando la espalda al fuego para poder verlo mejor.

Vestía un traje de tarde bien hecho y un sobretodo negro, pero en su tipo no había ningún rasgo que indicara que era un hombre de carácter. De mediana estatura, de una edad regular, como de cincuenta años, a mi juicio, con anteojos redondos, arcos de oro y grueso cristal de roca, a través de los cuales parecía guiñarnos como un profesor alemán, su aspecto general era el de un hombre serio y observador.

Bajo una masa de cabellos griscastaños aparecía su arrugada frente y un par de ojos azules hundidos, uno de los cuales contemplaba el mundo con especulativo asombro, mientras el otro era opaco, nebuloso y sin vista. Sus extrañas cejas venían a juntarse sobre su nariz algo carnosa, y su barba y bigote tenían ya un color gris. De las mangas de su sobretodo salían sus manos de dedos pequeños y morenos, que retorcían y golpeaban con nerviosa persistencia, y de un modo que indicaba la alta tensión de aquel hombre, los brazos tapizados de la silla en que estaba sentado delante de nosotros.

—La razón que he tenido para venir a molestarlos a esta hora—dijo como disculpándose, pero con una misteriosa sonrisa en sus gruesos labios,—es que he llegado a Londres esta misma noche, y acabo de saber que, por su testamento, mi amigo Burton Blair ha dejado en mis manos la administración de los asuntos de su hija.

—¡Oh!—exclamé fingiendo sorpresa, como si aquello hubiera sido nuevo para mí.—¿Y quién ha dicho eso?

—Tengo informaciones privadas—repuso evasivamente.—Pero antes de entrar a proceder, he pensado que era mejor que viniera a verme con ustedes, para que nos podamos entender bien desde el principio.

Sé que ustedes dos han sido amigos muy buenos e íntimos de Blair, mientras yo, debido a ciertas circunstancias curiosas, me he visto obligado, hasta hoy, a permanecer enteramente en el fondo del escenario, como su amigo secreto. También estoy bien al tanto de las circunstancias en que se conocieron y de la bondad y caridad de ustedes para con mi amigo muerto y su hija; en una palabra, él me lo contó todo, porque no tenía secretos para mí. Sin embargo, ustedes, por su parte—continuó, mirándonos con su solo ojo azul,—deben haber considerado su repentina fortuna como un completo misterio.

—Así ha sido, ciertamente—observé.

—¡Ah!—exclamó con rapidez en un tono de mal oculta satisfacción.—¡Entonces él no les ha revelado nada!

En el acto comprendí que, inadvertidamente, le había dicho a aquel hombre lo que justamente más deseaba saber.

SE REVELA EL SECRETO DE BURTON BLAIR

—Cualquier cosa que Burton Blair me haya dicho ha sido en la más estricta confianza—exclamé, ofendido por el entrometimiento de aquel individuo, pero, sin embargo, contento interiormente de haber tenido la oportunidad de conocerlo y poder tratar de cerciorarme de sus intenciones.

—Por cierto—respondió Dawson con una sonrisa, mientras su único ojo me miraba parpadeando a través de sus anteojos, arcos de oro.—Pero su amistad y gratitud nunca hicieron que llegase al grado de revelarle su secreto. No. Si usted me disculpa y permite, señor Greenwood, le diré que pienso que es inútil estemos combatiendo de esta manera, teniendo en vista que yo sé mucho más de Burton Blair y de su vida pasada, que lo que usted sabe.

—Aceptado—le dije.—Blair fue siempre muy reticente. Se consagró a resolver un misterio y consiguió su objeto.

—Y con eso ganó una fortuna de más de dos millones de libras esterlinas, que todavía las gentes consideran un misterio. Sin embargo, no hay misterio en esos montones de cauciones que están depositadas en sus Bancos, como no lo hubo en el dinero con que las compró—rió.—Fue en buenos billetes del Banco de Inglaterra y en sólidas monedas de oro del reino. Pero ya el pobre no existe; todo ha acabado—añadió con un aire algo pensativo.

—Pero su secreto existe aún—observó Reginaldo.—El lo ha legado a mi amigo.

—¡Qué!—estalló el tuerto, dándose vuelta hacia mí con verdadero espanto.—¿Le ha dejado a usted su secreto?

Parecía completamente trastornado por las palabras de Reginaldo, y noté el brillo perverso de su mirada.

—Me lo ha dejado. El secreto es mío ahora—repuse, aun cuando no le dije que la misteriosa bolsita de gamuza se había extraviado.

—¿Pero no sabe usted, hombre, lo que eso implica?—gritó, poniéndose de pie delante de mí y entrelazando y retorciendo sus delgados dedos nerviosa y agitadamente.

—No, no lo sé—contesté riendo, pues trataba de aparentar que tomaba sus palabras con ligereza.—Me ha dejado como legado la bolsita que llevaba siempre consigo, junto con ciertas instrucciones interesantes que me esforzaré en cumplir.

—Muy bien—gruñó.—Proceda como le parezca más conveniente; pero prefiero que haya usted quedado dueño del secreto y no yo, eso es todo.

Su disgusto y terror aparentemente no conocían límites. Luchó por ocultar sus sentimientos, pero todo esfuerzo fue en vano. Era evidente que existía alguna razón muy poderosa para tratar de impedir que el secreto viniera a mis manos; pero su creencia de que la bolsita ya estaba en mi poder destruía mi sospecha de que este misterioso hombre estaba ligado a la muerte extraña de Burton Blair.

—Créame, señor Dawson—le dije, con la mayor calma,—no abrigo temor alguno del resultado de la bondadosa generosidad de mi amigo. En verdad, no veo qué motivo pueda haber para abrigar ningún recelo. Blair descubrió un misterio que, a fuerza de paciencia y esfuerzos casi sobrehumanos, consiguió resolver, y presumo que, guiado, probablemente, por un sentimiento de gratitud por la pequeña ayuda que mi amigo y yo pudimos hacerle, ha dejado su secreto bajo mi custodia.

El hombre permaneció silencioso durante unos minutos con su único ojo fijo en mí, inmóvil e irritado.

—¡Ah!—exclamó al fin con impaciencia.—Veo que lo ignora usted todo completamente. Tal vez es mejor que siga así.—Luego añadió:—Hablemos ahora de otro asunto, del porvenir.

—¿Y qué tiene el porvenir?—le interrogué.

—He sido nombrado secretario de Mabel Blair y administrador de sus bienes.

—Y yo le prometí en su lecho de muerte a Burton Blair defender y proteger los intereses de su hija—le dije, en una voz tranquila y fría.

—¿Puedo, entonces, preguntarle, ya que tratamos el asunto, si abriga usted intenciones matrimoniales respecto a ella?

—No, no debe usted preguntarme nada de eso—grité enfurecido.—Su pregunta es una injuriosa impertinencia, señor.

—Vamos, vamos, Gilberto—interrumpió Reginaldo.—No hay necesidad de promover una disputa.

—No, por cierto—declaró con aire imperioso el señor Ricardo Dawson.—La pregunta es bien sencilla, y como futuro administrador de la fortuna de la joven, tengo perfecto derecho de hacerla. Entiendo—añadió,—que se ha convertido en una niña muy atrayente y amable.

—Me niego a responder a su pregunta—manifesté con vehemencia.—Yo también podría preguntarle por qué razón ha estado usted todos estos años pasados viviendo ocultamente en Italia o por qué recibía su correspondencia dirigida a una casa de una calle secundaria de Florencia.

Su rostro perdió sus bríos, sus cejas se contrajeron ligeramente, y noté que mi observación le había causado cierto recelo.

—¡Oh! ¿Y cómo sabe usted que he vivido en Italia?

Pero con el fin de extraviarlo y confundirlo, me sonreí misteriosamente y respondí:

—El hombre que posee el secreto de Burton Blair también conoce ciertos secretos concernientes a sus amigos.—Luego añadí intencionadamente:—El Ceco es bien conocido en Florencia y en Lucca.

Su cara se puso blanca, sus delgados dedos nervudos se agitaron de nuevo y la contorsión que estremeció las comisuras de su boca, demostraron cuán profunda e intensa había sido la impresión que le había producido la mención de su sobrenombre.

—¡Ah!—exclamó.—Blair me ha traicionado, entonces me ha jurado en falso, después de todo. ¿Eso les dijo a ustedes, eh? ¡Muy bien!—Y se rió con la extraña risa hueca del hombre que contempla la venganza.—Muy bien, caballeros. Veo que en este asunto, mi posición es la de un intruso.

—Hablándole con franqueza, señor, le diré que justamente es así—intervino Reginaldo.—Era usted desconocido hasta que se leyó el testamento del muerto, y no creo anticiparme en afirmar que la señorita Blair tendrá cierta inquietud de verse obligada a ocupar a un extraño.

—¡Un extraño!—rió con altanero sarcasmo.—¡Dick Dawson un extraño! No, señor, usted verá que para ella no soy un extraño. Por otra parte, pienso que también tendrá oportunidad de saber que la joven acogerá bien mi intención en vez de desagradarle. Esperen y verán—añadió, con un tono sumamente confiado.—Mañana tengo intención de ir a la oficina del señor Leighton, y hacerme cargo de mis obligaciones como secretario de la hija del difunto millonario Burton Blair—y acentuando las últimas palabras, se rió de nuevo en nuestras caras desafiadoramente.

No era un caballero. En el momento en que entró en la pieza lo conocí. Su aspecto externo era el de un hombre que ha tenido contacto con gente respetable, pero era sólo un barniz superficial, pues cuando perdía la calma y se agitaba, demostraba que era tan rudo como el tosco hombre de mar que tan repentinamente había expirado. Su acento era pronunciadamente londinense, a pesar de que se decía que, como había residido tantos años en Italia, se había convertido casi en un italiano. Un hijo verdaderamente de Londres no puede nunca ocultar susenesnasales aun cuando haya pasado su vida en el más lejano confín del mundo. Ambos nos habíamos dado cuenta rápidamente de que el desconocido, aun cuando de contextura más bien delgada, era extraordinariamente muscular. Y este era el hombre que celebraba esas frecuentes entrevistas secretas con Fray Antonio, el grave monje capuchino.

Había demostrado que no nos tenía miedo, por la manera audaz con que había venido a vernos, y la franqueza con que nos había hablado. Se conoció que tenía plena confianza en su posición, y que interiormente se reía de nuestra ignorancia.

—Hablan ustedes de mí, caballeros, como de un extraño y desconocido—exclamó, abotonándose su sobretodo después de una corta pausa y tomando su bastón.—Supongo que lo seré esta noche... pero mañana no lo seré ya. Espero que muy pronto aprenderemos a conocernos mejor; entonces es posible que confíen en mí un poco más de lo que han hecho esta noche. Recuerden que durante muchos años he sido el amigo más íntimo del muerto.

En la punta de la lengua tuve la observación de que el motivo que había tenido el pobre Burton para poner en su testamento esa extraña cláusula, era el temor que él le inspiraba, y que la había insertado bajo coacción; pero felizmente me dominé, y con cierta cortesía le dije «buenas noches».

—Que me ahorquen, Gilberto—gritó Reginaldo, cuando el tuerto se hubo retirado.—La situación a cada momento se hace más interesante y complicada. Es evidente que Leighton va a tener que habérselas con un cliente duro.

—Sí—suspiré.—El tiene la mejor parte de todos nosotros, porque se ve claro que Blair lo tenía al tanto de todo, pues era de su completa confianza.

—¡Es mi opinión, Greenwood, que Blair nos ha tratado ruinmente!—estalló mi amigo, eligiendo un nuevo cigarro, y mordiéndole la punta con enojo.

—Recuerda que me ha dejado su secreto.

—Puede ser que lo haya destruido después de haber hecho el testamento—apuntó Reginaldo.

—No; o debe estar escondido, o ha sido robado, eso es lo que no ha podido aclararse. Por mi parte, considero que gradualmente va disipándose la idea que abrigamos de que se había cometido un asesinato. Si él hubiese sospechado que había sido víctima de una infamia, seguramente nos habría indicado algo antes de morir. De eso estoy completamente convencido.

—Es muy probable—observó con cierta duda, sin embargo.—Pero lo que tenemos ahora que descubrir es si existe aún esa bolsita que él siempre llevaba consigo.

—Es evidente que el tal Dawson se encontraba en Inglaterra antes de la muerte del pobre Blair. Puede ser que haya pasado a su poder—indiqué yo.

—De todos modos, es muy probable que trate de apoderarse de ella—convino Reginaldo.—Debemos saber con fijeza dónde estaba y qué hizo el día en que Blair perdió tan misteriosamente el conocimiento en el tren. No me gusta el individuo, aparte de sualiasy secreta amistad con Blair. Su intención es mala, viejo, bien mala. La he visto brillar en el único ojo que tiene. Recuerda lo que dijo sobre que Blair lo había traicionado. Me parece que abriga la idea de vengarse en la pobre Mabel.

—Mejor es que no trate de ofenderla—exclamó ferozmente.—Tengo que cumplir la promesa que le hice al pobre Burton, y la cumpliré. ¡Sí, juro por Dios que lo haré! al pie de la letra. Buen cuidado tendré de que no caiga en las manos de ese aventurero.

—Ella le teme anticipadamente. ¿Por qué será?

—Por desgracia, no quiere decírmelo. Es posible que este hombre esté en posesión de algún secreto deshonroso del muerto, cuyo conocimiento, si se hiciera público, podría dar por resultado el descrédito de Mabel y su expulsión de la buena sociedad.

Seton gruñó, se recostó en el respaldo de su silla y quedó contemplando el fuego pensativamente.

—¡Por Job!—exclamó, después de una breve pausa.—¿Si será eso así?

A la mañana siguiente, mientras estábamos almorzando, llegó un muchacho mensajero con una tarjeta de Mabel, en la que me pedía que fuese en el acto a su casa. Sin perder un minuto, por lo tanto, tomé de un sorbo mi café, me puse apresuradamente el sobretodo y un cuarto de hora después entraba en la alegre sala de mañana de la mansión de la plaza Grosvenor, donde la hija del muerto, con su cara encendida por la agitación, me esperaba.

—¿Qué es lo que hay?—le pregunté al tomarle la mano, temeroso de que el hombre que ella detestaba hubiese venido ya a verla.

—Nada grave—me contestó riendo.—Es que tengo una nueva muy buena para usted.

—¿Para mí? ¿qué es?

Sin contestarme, colocó sobre la mesa una pequeña y lisa cigarrera de plata, que en un ángulo de la tapa tenía las iniciales B. B., monograma que se veía grabado en toda la vajilla de Blair, en sus carruajes, arneses y demás objetos propios.

—Vea lo que hay dentro de ella—exclamó, señalándome la caja que tenía por delante, y sonriendo dulcemente con profunda satisfacción.

La tomé ansiosamente, levanté la tapa y miré lo que había en su seno.

—¡Qué!—grité, casi fuera de mí de alegría.—¡No puede ser cierto!

—Sí—rió ella.—Lo es.

Y después con dedos temblorosos, saqué del interior de la caja el precioso objeto que me había sido legado, la pequeña bolsita usada de gamuza del tamaño de la palma de la mano de un hombre, a la cual estaba unida una delgada pero muy fuerte cadena de oro para poderla colgar del cuello.

—La encontré esta mañana por casualidad, exactamente como está, en un cajoncito secreto de un viejo escritorio que hay en la pieza de vestir de mi padre—explicó.—El que la debió colocar allí por precaución antes de partir para Escocia.

La conservaba en mi mano completamente atónito, pero, no obstante, con el más profundo deleite.

¿El hecho de que Blair se hubiera separado de ella, dejándola guardada en esa caja, antes que arriesgarse a llevarla consigo durante ese viaje al Norte, no probaba que había temido ser víctima de un ataque para conseguir su posesión? Sin embargo, el pequeño y curioso objeto, que en tan extrañas condiciones me había sido legado, estaba ahora en mi mano, y era una bolsita plana, cuidadosamente cosida, de piel de gamuza, ennegrecida por el uso y el tiempo, como de media pulgada de grueso, y que encerraba algo duro y liso.

Dentro de ella se ocultaba el gran secreto, cuyo conocimiento había transformado en millonario a Burton Blair, el pobre marino sin hogar. Lo que era, ni Mabel ni yo pudimos ni por un momento imaginarnos.

Ambos estábamos sin aliento, igualmente ansiosos de cerciorarnos de la realidad. No hay duda, jamás hombre alguno se vio en su vida delante de un problema más interesante o enigmático.

En silencio tomó un par de pequeñas tijeras de hacer ojales de encima de la mesita-escritorio que había junto de la ventana, y me las entregó.

Luego, temblándome la mano de agitación, introduje la punta en el extremo de la bolsita y la corté largo a largo, pero lo que cayó sobre la alfombra un momento después nos arrancó dos fuertes exclamaciones de sorpresa.

La posesión más valiosa de Burton Blair, el gran secreto que durante todos esos años pasados y en sus viajes errantes había llevado siempre consigo, al fin descubierto, resultó ser verdaderamente pasmoso.

LA OPINIÓN DE UN PERITO

Sobre la alfombra, a nuestros pies, yacía desparramado un paquete de muy pequeñas cartas de juego, más bien sucias, que había caído de la bolsita, y el cual contemplábamos los dos de pie con sorpresa y desengaño.

Por mi parte, yo había esperado encontrar dentro de esa bolsa-tesoro de gamuza algo de más valor que esos pedazos de cartón duro, manoseados y bastante gastados, pero nuestra curiosidad se despertó instantáneamente cuando me agaché, alcé una de ellas y descubrí ciertas letras escritas con tinta obscura medio borrada, similares a las que había en la carta que tenía ya en mi poder.

Resultó ser un diez de oros, y con el fin de que los lectores puedan darse una idea clara de cómo estaban arregladas las letras, reproduzco una copia de ella enfrente.

—¡Qué extraño!—exclamó Mabel, tomando la carta y examinándola atentamente.—Debe ser algún enigma cifrado, igual al otro que encontré dentro de un sobre sellado en la caja de hierro.

—No hay duda—dije yo, al notar, mientras estaba agachado, recogiendo el resto del paquete,—que todas ellas, tanto por el anverso como por el reverso, tenían catorce o quince letras escritas, en tres columnas, todas, por cierto, enteramente ininteligibles.

Las conté. Formaban un paquete de treinta y una cartas, faltando el as de copas, que habíamos encontrado antes. Debido a haberlas llevado siempre consigo, el roce constante y durante tanto tiempo, había gastado las puntas y los filos, mientras el lustre había desaparecido hacía ya mucho.

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Ayudado por Mabel, las extendí todas sobre la mesa, verdaderamente atontado por aquellas columnas de letras que demostraban que algún profundo secreto encerraban, pero que nos fue completamente imposible descifrar.

En el anverso del as de bastos había tres columnas paralelas, de cinco letras cada una, colocadas en esta forma:

E H NW E DT O LI E HW H R

Luego, di vuelta al rey de espadas, y en el reverso encontré sólo estas catorce letras:

Q W FT S WJ H UO F EY E

—¿Qué significará todo esto?—exclamé, examinando cuidadosamente, a la luz, los caracteres escritos. Las letras eran mayúsculas, y tan torpe e inseguramente trazadas como las del as de copas; no hay duda, debían haber sido hechas por una mano sin educación. Las A denotaban una forma de letra extranjera más que inglesa, y el hecho de que algunas cartas estaban escritas por el anverso y otras por el reverso, parecía indicar que había algún significado oculto. Fuese lo que fuese, aquello se presentaba como un problema enigmático e intrincado.

—Es muy curioso, ciertamente—observó Mabel, después de haber estado un rato tratando en vano de juntar algunas palabras inteligibles con las letras en columnas, valiéndose del método fácil de cálculo.—No tenía la menor idea de que mi padre hubiese llevado oculto de este modo su secreto.

—Sí—dije,—es verdaderamente asombroso. No hay duda, su secreto está escrito aquí, y lo sabríamos, si poseyéramos la clave. Pero es probable que sus enemigos conozcan su existencia, o si no, él no lo hubiese dejado guardado aquí al partir para Manchester. Puede ser que Dawson lo sepa.

—Es muy probable—contestó ella.—Era el hombre de relación más íntima de mi padre.

—Su amigo, dice él que era.

—¡Amigo!—gritó ofendida.—No, su enemigo.

—Y, por lo tanto, su papá le temía, ¿no es así? Fue esa razón la que lo indujo a insertar en su testamento esa imprudente cláusula.

Entonces le referí la visita que la noche anterior nos había hecho Dawson, todo lo que nos había dicho y la atrevida actitud desafiadora que había adoptado con nosotros.

Suspiró, pero no pronunció una sola palabra. Noté que mientras yo hablaba su semblante se había puesto algo más pálido, pero permaneció callada, como si hubiese temido hablar, por recelo de que inadvertidamente fuese a manifestar lo que tenía intención de que permaneciese siendo un secreto.

Mi pensamiento absorbente en aquel momento era, sin embargo, la aclaración del problema que se encontraba oculto dentro de esas treinta y dos cartas, bien manoseadas, que estaban delante de mí. El secreto de Burton Blair, cuyo conocimiento le había producido su fortuna de millones, se encerraba allí, y ahora que por legado me pertenecía, estaba en mis intereses hacer toda clase de esfuerzos para conseguir descubrir la verdad exacta. Recordé el inmenso cuidado que había tenido con esa bolsita que yacía vacía sobre la mesa, y la negligente confianza con que me la había mostrado esa noche en que no era más que un vagabundo sin hogar que andaba recorriendo los caminos en busca de los molinetes.

Mientras la tenía en su mano mostrándomela, había visto brillar sus ojos con una luz viva de esperanza y anticipación. Algún día sería un hombre rico, me había profetizado, y yo, en mi ignorancia, había creído entonces que era un soñador, un iluso. Pero al mirar en torno de esa pieza en que estaba ahora de pie y ver ostentándose obras de Murillo y del Tintoretto, que cada una de ellas constituía una pequeña fortuna, me vi obligado a confesar que había cometido un error y que mi desconfianza había sido injusta.

¡Y ahora el secreto escrito sobre ese pequeño paquete de cartas, de aspecto tan insignificante, era mío... con tal que pudiera descifrarlo!

Era imposible que pudiese haber una situación más enigmática y mortificante para un pobre hombre como yo. El hombre a quien en un tiempo había podido proteger, me había dejado, como prueba de reconocimiento, el secreto del origen de su enorme riqueza, pero tan bien oculto, que ni Mabel ni yo podíamos descifrarlo.

—¿Qué va a hacer?—me interrogó al fin, después de haber permanecido diez minutos en silencio examinando las cartas.—¿No habrá en Londres algún perito que pueda encontrar la clave? Es probable que esas personas que se dedican al arte de la criptografía puedan ayudarnos.

—No hay duda—respondí,—pero en ese caso, si consiguieran hacerlo, descubrirían el secreto para ellos.

—¡Ah, no había pensado en eso!

—Las instrucciones que ha dejado su papá en el testamento, son muy explícitas y terminantes, recomienda la mayor reserva en el asunto.

—Pero la posesión de estas cartas sin la clave no es, ciertamente, de mucho beneficio—arguyó.—¿No podría consultar a alguna persona experta, y cerciorarse por qué medios sería posible descifrar esta clave de enigmas?

—Podré hacer averiguaciones en un sentido general—repliqué,—pero colocar ciegamente el paquete de cartas en las manos de un perito, sería, me temo, entregar a otros la posesión más reservada de su papá. Puede ser que haya aquí escrito algún dato que no sea conveniente ni agradable que el mundo lo sepa.

—¡Ah!—exclamó, alzando rápidamente la vista y mirándome.—Algunos datos concernientes a su pasado, quiere usted decir. Sí. Tiene razón, señor Greenwood. Debemos ser muy prudentes y saber guardar bien el secreto de estas cartas, especialmente si, como usted lo ha indicado, Dawson conoce los medios de poder hacer inteligible este enigma.

—El secreto me ha sido legado, y, por lo tanto, voy a tomar posesión de ellas—le dije.—Haré, también, algunas averiguaciones, y me cercioraré por qué medios se pueden poner estas cifras en un inglés comprensible.

Pensé en ese momento en un señor Bayle, profesor de un colegio preparatorio situado en Leicester, que era un verdadero perito en estas cuestiones de cifras, claves y anagramas, y resolví no perder tiempo en ir allí y conocer su opinión.

A mediodía tomé el tren en St. Pancras, y a eso de las dos y media me encontraba sentado con él en su pieza particular del colegio. Era un hombre de regular edad, completamente afeitado y de rápida inteligencia, que con frecuencia había ganado premios en los varios certámenes de competencia ofrecidos por diferentes periódicos; hombre que parecía haber aprendido de memoria elDiccionario de citas familiares, de Bartlett, y cuyo ingenio y habilidad para descifrar enigmas era incomparable. Mientras fumábamos, le expliqué el punto sobre el cual deseaba me diese su opinión.

—¿Puedo ver las cartas?—me preguntó, sacando la pipa de su boca y mirándome con cierta sorpresa, según me pareció.

Mi primer impulso fue negarme a mostrárselas, pero después recordé que era uno de los más grandes peritos que había en estas materias, y, por consecuencia, saqué el pequeño paquete del sobre en que lo había puesto.

—¡Ah!—exclamó en el momento que las tuvo en su mano y las recorrió rápidamente.—Este es el más complicado y difícil de los enigmas cifrados, señor Greenwood. Estuvo en boga durante el sigloxviien España e Italia, y después en Inglaterra, pero en los últimos cien años, o más, parece que ha caído en desuso, debido, probablemente, a su gran dificultad.

Con el mayor cuidado colocó en filas sobre la mesa todas las cartas, y se entregó a largos y complicados cálculos entre las pesadas bocanadas de humo que despedía su pipa.

—¡No!—exclamó al fin.—No es lo que yo esperaba. Por medio del sistema de deducciones no conseguirá nunca la solución. Podrá tratar de descifrarlo durante cien años, pero será en vano, sí no descubre la clave. Hay, en verdad, tanto ingenio en esta clase de cifra, que un escritor del siglo pasado calculó que en un paquete de cartas cifradas como éstas, existen, por lo menos, cincuenta y dos millones de posibles arreglos y combinaciones.

—¿Pero cómo está escrita la cifra?—pregunté muy interesado, aun cuando abatido al ver que no podía ayudarme.

—Del siguiente modo—replicó.—El autor del secreto decide lo que quiere dejar registrado, y entonces arregla las treinta y dos cartas en el orden que desea. Después escribe las primeras treinta y dos letras de su registro, recuerdo, o lo que sea, en el anverso o reverso de las treinta y dos cartas, una letra en cada una consecutivamente, empezando por la primera columna, y siguiendo luego por las columnas segunda y tercera, por su orden, hasta que pone la última letra de la cifra. Se suelen también colocar en el lugar de los espacios ciertas letras, y algunas veces el enigma se hace todavía más difícil de descifrar para el que por casualidad encuentra las cartas, cuando se las baraja de una manera especialmente arreglada al llegar a la mitad de lo que se está escribiendo.

—¡Muy ingenioso!—observé, completamente confundido por la extraordinaria complicación del secreto de Burton Blair.—¡Y, sin embargo, las letras están escritas con tanta claridad!

—Así es—rió el profesor.—A simple vista parece el más sencillo de todos los métodos de cifras, y, no obstante, es completamente ininteligible, salvo que se conozca la fórmula exacta en que está escrita. Cuando se consigue eso, la solución es fácil. Se arreglan las cartas en el orden que estuvieron cuando fueron escritas, y tomando una letra de cada carta sucesiva, se deletrea el enigma, leyendo hasta abajo una columna tras otra y pasando por alto las letras colocadas en el lugar de los espacios.

—¡Ah!—exclamé ansiosamente.—¡Cuánto deseo conocer la clave!

—¿Entonces es un secreto muy importante?—preguntó Bayle.

—Sumamente importante—respondí.—Es un asunto reservado que ha sido puesto en mis manos, y que estoy obligado a resolver.

—Me temo que nunca pueda conseguirlo, salvo que exista la clave, como ya le he dicho. Es demasiado difícil para que yo trate de hacerlo. Las complicaciones, que parecen de construcción tan sencilla, protegen eficazmente el secreto de toda solución posible y lo garanten de cualquier peligro. Por lo tanto, todos los esfuerzos que se hagan para descifrarlo sin conocer el orden en que estuvieron las cartas, será necesariamente inútil.

Volvió a colocarlas dentro del sobre y me las entregó, sintiendo no poderme ayudar en nada.

—Podrá intentar descifrarlo todos los días durante años y años—declaró,—y no conseguirá aproximarse a la verdadera solución. Está demasiado bien protegido para poderlo resolver por casualidad, y es, en verdad, la cifra más ingeniosa y segura que haya ideado el ingenio de un hombre.

Me quedé un rato más y tomé una taza de té con él; pero a las cuatro y media entraba en el expreso y partía para Londres, decepcionado de mi viaje completamente estéril. Dado lo que me había explicado, el secreto se hacía más impenetrable e inescrutable que nunca.


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