XV

CIERTAS COSAS QUE DESCUBRIMOS EN MAYVILL

—La señorita Blair, señor—me anunció Glave al día siguiente, un poco antes de las doce. Me encontraba solo en mi pieza particular, fumando y completamente confundido en la empresa de resolver el problema de las cartas del muerto.

De un salto me puse en pie para recibir a Mabel, que estaba encantadora y muy elegante con sus ricas y abrigadas pieles.

—Supongo que si la señora Percival supiera que he venido sola aquí, me daría una grave conferencia sobre la impropiedad de venir a visitar a un hombre en sus habitaciones—me dijo riendo, después que la saludé y cerré la puerta.

—Casi se puede decir que es la primera vez que me ha honrado con una visita, ¿no es así? Y me parece que no necesita inquietarse mucho por lo que piense la señora Percival.

—¡Oh! cada día está más rígida—refunfuñó Mabel.—No debo ir aquí, ni tampoco allá; se asusta de que hable con este hombre o con aquel otro, y así todo por el mismo estilo. Verdaderamente, me voy cansando de esto, le aseguro—declaró, sentándose en la silla que yo acababa de desocupar, desprendiendo el cuello de su pesada capa de pieles y acercando su precioso pie al fuego de la chimenea.

—Pero ha sido para usted una amiga muy buena—le argumenté.—Según lo que yo he podido ver, ha sido la más cómoda de las damas de compañía.

—La verdaderamente modelo es aquella que desaparece por completo cinco minutos después que ha entrado en la habitación—manifestó Mabel.—Y es justo que le conceda a la señora Percival lo que le corresponde, porque ella nunca se ha prendido de mí en los bailes y reuniones, siempre me ha dejado en libertad, y si me ha encontrado sentada en algún punto retirado y obscuro, ha tenido a mano un pretexto para dirigirme a otra parte. Sí—suspiró,—supongo que no debo quejarme cuando recuerdo esas viejas regañonas en cuyo poder están otras niñas. Por ejemplo, lady Anetta Gordon y Violeta Drummond, dos preciosas niñas que se han estrenado en esta últimaseason, sufren verdaderas torturas con esas viejas brujas que las acompañan a todas partes. Ambas me han contado que no pueden levantar los ojos para mirar a un hombre, sin que al día siguiente tengan que soportar una dura conferencia sobre las maneras corteses y la modestia propia de una niña.

—En verdad, no creo tenga, hasta ahora, muchos motivos por qué lamentarse. Su pobre padre era muy indulgente con usted, y estoy seguro de que la señora Percival, aun cuando algunas veces pueda parecer un poco rígida, sólo lo hace por su bien—le dije con toda franqueza, de pie sobre el tapiz de la estufa y contemplando su hermosa figura.

—¡Oh! ya sé que en su concepto soy una niña muy voluntariosa—exclamó, con una sonrisa.—Siempre solía usted decir eso cuando estaba en el colegio.

—Lo era, hablándole con sinceridad—contesté abiertamente.

—Por cierto. Ustedes los hombres nunca tienen indulgencia con una niña, ni le conceden nada. Son dueños de su libertad cuando visten por primera vez sus pantalones largos, mientras que a nosotras, las pobres niñas, no nos dejan solas ni libres un segundo, ni dentro ni fuera de la casa. No importa que seamos tan feas como una bruja o tan bellas como Venus, tenemos que estar amarradas a alguna mujer de edad, que muy frecuentemente sucede que es tan aficionada a un «flirteo» moderado como la ingenua joven que está a su cargo. Discúlpeme, señor Greenwood, que le hable tan cándidamente, pero mi opinión es que los métodos modernos de la sociedad son todos fingidos y engañadores.

—Parece que hoy no está usted con muy buen humor—observé, sin poder dejar de sonreírme.

—No, no lo estoy—confesó.—La señora Percival está haciéndose muy pesada. Deseo ir esta tarde a Mayvill, y ella no me quiere dejar ir sola.

—¿Por qué desea, con tanto empeño, ir sola?

Se sonrojó ligeramente, y por un momento pareció desconcertada.

—¡Oh! no tengo tanto empeño en ir sola—replicó tratando de convencerme.—Lo que yo objeto es la necedad de quererme impedir que viaje sola como cualquiera otra joven lo hace. Si una doncella tiene la libertad de hacer sola un viaje por ferrocarril, ¿por qué no puedo yo hacerlo también?

—Porque usted tiene que respetar las conveniencias de sociedad, y una sirvienta no necesita eso.

—Pues entonces prefiero el lote que le ha tocado a ésta en suerte—declaró de una manera que me hizo comprender que algo la debía haber incomodado.

Yo, por mi parte, hubiera sentido muchísimo que la señora Percival le hubiera consentido ir sola a Herefordshire, pero era evidente que tenía alguna razón secreta para no querer que su respetable compañera fuera con ella.

—¿Qué podría ser?—cavilaba yo.

Le pregunté la razón que tenía para desear ir a Mayvill hasta sin una doncella, pero se excusó diciendo que quería ver si estaban bien cuidados los otros cuatro caballos de caza por el encargado del stud, como también para hacer un registro completo en el estudio de su padre, por si quedaban allí papeles importantes o íntimos. Ella tenía las llaves en su poder, y deseaba hacer esto antes de que ese hombre odioso ocupase su puesto.

Esta indicación, inventada evidentemente como excusa, me pareció que debía efectuarse sin más demora; pero era tan claro que deseaba ir sola, que al principio vacilé ofrecerle mi compañía. Nuestra amistad era de un carácter tan íntimo y estrecho, que podía, por cierto, hacerle esa proposición sin salirme de los limites propios; sin embargo, resolví tratar de saber primero el motivo tan poderoso que tenía para desear viajar sola.

Pero Mabel era una mujer inteligente, y no tenía intención de decírmelo. Se conocía que la dominaba un deseo secreto de ir sola a esa espléndida mansión de campo que era ahora de su propiedad, y que no quería que la señora Percival la acompañase.

—Si va a registrar la biblioteca, ¿no sería mejor, Mabel, que yo la acompañase y ayudara?—le indiqué al fin.—Esto es, por cierto, si usted me lo permite—añadí disculpándome.

Quedó silenciosa un momento, como quien está ideando un medio de resolver un dilema; después me respondió:

—Si quiere usted venir, para mí será un verdadero placer. Sí, debe ayudarme, porque puede ser que descubramos la clave del enigma cifrado de las cartas. Mi pobre padre, medio mes antes de morir, estuvo allí unos tres días.

—¿Y cuándo partiremos?

—A las tres y media, de la estación Paddington. ¿Será cómodo para usted? Vendrá conmigo y será mi huésped.

Y se rió picarescamente al ver cómo se rompían las conveniencias, y no se tenía en cuenta el probable disgusto que le causaría a la señora Percival.

—Muy bien—asentí; y diez minutos después la acompañaba hasta abajo y le hacía subir, sonriendo dulcemente, en su elegante victoria, cuyo cochero y lacayo vestían ahora de luto.

¿No es verdad que suponen ustedes que estaba jugando una peligrosísima partida? Y era así, en efecto, como después tendrán ocasión de verlo.

A la hora señalada me reuní con Mabel en Paddington, y dejando a un lado sus tristes meditaciones y desgracia, emprendimos el viaje hasta la estación Dunmore, más allá de Hereford. Una vez aquí, subimos al coche que nos esperaba, y después de andar casi tres millas, bajamos delante de la espléndida mansión antigua que dos años antes había comprado Burton Blair, porque el paraje se prestaba admirablemente para las partidas de caza y para la pesca con caña.

Irguiéndose en medio de su hermoso parque, a mitad de camino entre King's Pyon y Dilwyn, Mayvill Court era, y lo es todavía, uno de los puntos de campo dignos de verse. Era una mansión ideal hereditaria. La gran casa antigua, con sus elevadas torres cuadradas, su entrada estilo rey Jacobo, su puerta cochera, los hermosos bojs de fantásticas formas y el reloj de sol de su primoroso jardín anticuado, poseía un delicioso encanto de que pocas mansiones antiguas podían jactarse; y, además, en su perfecto estado de conservación, sin ninguna alteración ni en sus más pequeños detalles, se encerraba otro interesante rasgo de su atracción.

Por espacio de casi trescientos años había estado en poder de sus primitivos dueños, los Baddesley, hasta que Blair la había comprado, incluyendo el mobiliario, las pinturas, armaduras, y, en fin, todo lo que en ella había.

Eran ya cerca de las nueve cuando la señora Gibbons, la anciana ama de llaves, nos recibió, con los ojos llenos de lágrimas por la muerte de su señor, y entramos en el gran hall revestido con entrepaños de roble, en el cual se veían la espada y el retrato del valeroso caballero, capitán Enrique Baddesley, de quien todavía se recordaba allí una romántica historia.

Habiendo escapado difícilmente con vida del campo de batalla, el capitán espoleó su corcel y se encaminó a su hogar, seguido muy de cerca por algunos soldados de Cromwell. Su esposa, dama de gran valor, tuvo apenas tiempo de esconderlo en la cámara secreta antes de que llegara el enemigo a registrar la casa. Sin acobardarse mucho, ella misma les ayudó y personalmente los guió por toda la mansión. Como sucedía en muchos otros casos, había que pasar por el dormitorio principal para poder entrar en la pieza secreta, y cuando los soldados penetraron en el primero para inspeccionarlo, sus sospechas se despertaron. Por lo tanto, decidieron quedarse allí a pasar la noche.

La esposa del perseguido les mandó una abundante cena y un poco de vino, mezclado convenientemente con una buena dosis de droga, que dio por resultado que los desagradables huéspedes se durmieran profundamente, y que el valiente capitán, antes de que hubiesen desaparecido los efectos del vino, se encontrase muy lejos de su alcance.

Desde aquel día la vieja mansión había permanecido absolutamente como era, sin sufrir la menor alteración, con su hilera de obscuros y envejecidos retratos de familia en el gran hall, su amueblado estilo rey Jacobo y sus antiguos yelmos y lanzas que habían sufrido los golpes y choques de la batalla de Naseby. La noche era terriblemente fría. En la gran chimenea abierta ardían enormes trozos de leña, y mientras estábamos de pie delante del fuego, calentándonos después del viaje, la señora Gibbons, que había sido informada de nuestra visita por un telegrama despachado con tiempo, nos anunció que había preparado para nosotros una buena cena, por que sabía que no íbamos a poder llegar a la hora de la comida.

Ella y su esposo le manifestaron a Mabel su más profundo pesar por su reciente desgracia.

Después de quitarnos nuestros abrigos, pasamos al pequeño comedor, donde Gibbons y un sirviente, de librea, nos atendieron y sirvieron la cena, con toda esa majestad antigua característica en aquella espléndida mansión que tantos siglos contaba de existencia.

Gibbons y su esposa, viejos servidores de los antiguos dueños, estaban algo sorprendidos, según me pareció, de ver que yo solo había venido en compañía de su joven ama, a pesar de que Mabel les había explicado que deseaba hacer un examen de todos los objetos pertenecientes a su padre que había en la biblioteca, y que por esa razón me había invitado para que la acompañara.

Sin embargo, debo, por mi parte, confesar que yo no había sacado aún ninguna conclusión respecto al móvil verdadero de aquella visita; a pesar de que estaba convencido de que había en ello algún motivo ulterior, que no podía, empero, ni sospechar.

Después de cenar, la señora Gibbons condujo a mi linda compañera a su pieza, mientras Gibbons me mostró la que había preparado para mí. Era una gran habitación situada en el primer piso, cuyas ventanas daban amplia vista sobre los ondulados prados que se extendían hasta Wormsley Hill y Sarnesfield. Ya en varias ocasiones anteriores había ocupado esta misma pieza, y la conocía bien, con su gran cama antigua, tallada, de cuatro pilares, sus anticuados tapices y colgaduras, cómodas y guardarropas de estilo rey Jacobo y su cielo raso de roble bruñido.

Después de hacerme una ligeratoilette, volví a reunirme en la biblioteca con mi elegante y delicada joven huéspeda. Era una gran pieza larga y antigua, donde ardía un brillante fuego, y las lámparas estaban suavemente sombreadas con pantallas de seda amarilla. De un extremo a otro se veían las hileras de libros con sus lomos grises, los que probablemente hacía medio siglo que no habían sido tocados.

Después que Mabel me permitió fumar un cigarrillo y le dijo a Gibbons que deseaba que nadie la viniese a molestar durante una hora o más, se levantó y cerró con llave la puerta, para que pudiéramos emprender el trabajo de investigación sin que sufriéramos interrupción alguna.

—No sé si descubriremos algo que sea de interés—dijo, volviendo sus hermosos ojos hacia mí, dominada por una agitación que no pudo reprimir al dirigirse al gran escritorio y sacar de su bolsillo las llaves de su padre.—Supongo que esta tarea le incumbe al señor Leighton—añadió,—pero prefiero que usted y yo echemos una mirada a los asuntos de mi padre, antes que venga el abogado a examinarlos con sus ojos escudriñadores.

Parecía que abrigaba cierta esperanza de encontrar algo que deseaba ocultar al abogado.

El escritorio del muerto era un pesado mueble anticuado, de roble tallado, y al abrir ella el primer cajón y sacar lo que contenía, acerqué dos sillas y me puse a ayudarle, con el fin de hacer un examen metódico y completo. Los papeles eran, en su mayoría, cartas de amigos y correspondencia con abogados y comisionistas de la City, que le hablaban sobre sus diferentes inversiones de dinero. Pude darme cuenta, por algunas que leí, de cuán enormes habían sido los beneficios que había obtenido de ciertas negociaciones verificadas en Sud Africa, mientras en otras se hacían alusiones a asuntos que para mí eran sumamente enigmáticos.

La ansiosa actitud de Mabel era la de una persona que busca un documento que cree que allí está. Apenas se tomaba el trabajo de leer las cartas; no hacía más que examinarlas rápidamente y ponerlas a un lado. Así fuimos registrando un cajón tras otro hasta que vi en su mano un gran sobre azul, sellado con lacre negro, y que tenía el siguiente letrero, escrito por su padre:

«Para que sea abierto por Mabel después de mi muerte.—Burton Blair.»

—¡Ah!—murmuró casi sin resuello,—¿qué contendrá esto?—E impacientemente, rompió los sellos y sacó una gran hoja de papel escrita con letra muy junta, a la cual estaban ligados con un broche varios otros papeles.

También cayó algo más del sobre, que yo recogí, y con gran sorpresa me encontré con que era una instantánea muy gastada y rajada, pero que se conservaba por estar adherida a un pedazo de lienzo. Representaba un paisaje de encrucijadas en una región campestre llana y más bien desolada, con una casita solitaria, que probablemente había sido en un tiempo una casa de portazgo, de altas chimeneas, situada sobre la orilla del camino real, teniendo al costado un pequeño jardincillo rodeado de reja. Delante de la puerta se veía un pórtico rústico cubierto de rosas trepadoras, y fuera, sobre un lado del camino, un viejo sillón Windsor, que parecía que acababa de quedar desocupado.

Mientras examinaba la fotografía junto de la luz, la hija del muerto leía rápidamente el documento que su padre había escrito.

De pronto lanzó un grito de espanto, como horrorizada por algún descubrimiento que había hecho, y, sobresaltado, me di vuelta para mirarla. Su rostro había cambiado completamente; hasta los labios tenía blancos.

—¡No!—tartamudeó enronquecida.—¡No... no puedo creerlo... no quiero creerlo!

Otra vez miró el papel que tenía en la mano para releer esas fatídicas líneas.

—¿Qué es lo que hay?—inquirí ansiosamente.—¿Puedo saberlo?—Y me acerqué adonde ella estaba.

—No—respondió con firmeza, colocando el documento detrás.—¡No! ¡Ni usted debe conocer esto!—Y con una rapidez pasmosa lo hizo pedazos, arrojando los fragmentos al fuego antes que yo pudiera salvarlos.

Las llamas se elevaron, y un momento después, la confesión del muerto, si tal cosa era, quedó consumida por ellas y desapareció para siempre, mientras su hija estaba de pie, macilenta, rígida y pálida como una muerta.

EN EL QUE SE CONFIRMAN DOS HECHOS CURIOSOS

Aquella acción súbita e inesperada de Mabel me sorprendió y disgustó, porque yo había creído que nuestra amistad era de una naturaleza tan íntima y estrecha, que me hubiera permitido, por lo menos, dar una mirada a lo que había escrito su padre.

Sin embargo, cuando reflexioné un momento después que el sobre había sido especialmente dirigido a ella, comprendí que su contenido había sido destinado expresamente para que sólo sus ojos lo vieran.

—¿Ha descubierto algo que la ha trastornado?—le pregunté, mirando fijamente su cara pálida y arrugada.—Espero que no sea nada muy desconcertador.

Contuvo la respiración un momento, con su mano puesta instintivamente sobre su pecho, como si hubiera querido tranquilizar los fuertes y violentos latidos de su corazón.

—¡Ah! desgraciadamente lo es—replicó.—Ahora conozco la verdad, la verdad terrible... espantosa.

Y, sin añadir una palabra más, se cubrió el rostro con sus manos y estalló en un mar de lágrimas.

Estuve en el acto a su lado tratando de consolarla, pero pronto me di cuenta de la impresión profunda de horror y espanto que habían producido en ella esas palabras escritas por su padre. Su dolor era inmenso; todo su ser estaba embargado por una pena inconsolable.

El silencio que reinaba en aquella pieza larga y anticuada, era interrumpido sólo por sus amargos sollozos y por el solemne tic-tac del gran reloj antiguo que había en el extremo más lejano de la habitación. Mi mano se apoyaba tiernamente sobre el hombro de la pobre niña, pero transcurrió un largo rato antes de que pudiera conseguir que enjugase sus lágrimas.

Cuando lo hizo, vi por su semblante, que había cambiado y era otra mujer.

Volvió junto a la mesa-escritorio y alzó el sobre, leyendo por segunda vez la inscripción que Blair había escrito sobre él, y luego sus ojos se fijaron en la fotografía de la casa solitaria situada cerca de las encrucijadas.

—¡Qué!—exclamó, sobresaltada,—¿dónde ha encontrado esto?

Le expliqué que había caído del sobre; entonces la tomó y la miró un largo rato. Después, dándola vuelta, descubrió algo que yo no había notado: escritas débilmente con lápiz y medio borradas, se leían las siguientes palabras: «Encrucijadas de Owston, 9 millas más allá de Doncaster, sobre el camino Selby.—B. B.»

—¿Sabe usted lo que es esto?

—No, no tengo la menor idea—respondí.—Debe ser algo que su papá cuidaba mucho. Parece muy gastada, como si alguien la hubiera llevado guardada en el bolsillo.

—Bien, entonces yo se lo diré—me dijo.—No tenía idea de que aún la conservara, pero creo que la ha guardado como un recuerdo de esos fatigosos viajes a pie del lejano pasado. Esta fotografía representa el sitio que andaba buscando por toda Inglaterra—añadió, conservándola todavía en su mano.—No tenía más que esta instantánea por guía, y, por lo tanto, nos vimos obligados a recorrer de arriba abajo todos los caminos reales del país, con el fin de encontrar el punto buscado. No fue hasta casi un año después que usted y el señor Seton tuvieron la generosidad de ponerme en la escuela, en Bournemouth, cuando mi padre consiguió descubrir lo que había andado buscando durante tres largos años, pues él siguió solo sus fatigosas excursiones. Una noche de verano consiguió, por fin, identificar las encrucijadas de Owston, y encontró viviendo en la casa a la persona que había buscado tan empeñosamente y con tanto sacrificio.

—Es curioso—exclamé yo.—Cuénteme más al respecto.

—Nada más hay que contar, salvo que, debido al descubrimiento de la casa, obtuvo la clave del secreto; a lo menos, eso es lo que yo le he entendido siempre que ha hablado de esto—contestó.—¡Ah! recuerdo bien aquellas interminables y cansadoras caminatas cuando niña; cómo recorríamos esos largos, blancos e inacabables caminos, con sol y con lluvia, envidiando a la gente que iba en coches y en carros, a hombres y mujeres que andaban en bicicletas, y, sin embargo, mi valor se sostenía siempre con las palabras de aliento de mi padre y su declaración de que algún día habíamos de poseer una gran fortuna. Esta fotografía la llevaba constantemente consigo, y en casi todas las encrucijadas la sacaba, examinaba el paisaje y lo comparaba, sin saber, por cierto, si la vieja casa había sido derribada después de sacada la instantánea.

—¿No le dijo nunca la razón que tenía para desear tan empeñosamente visitar esa casa?

—Solía decirme que el sujeto que vivía en ella, el mismo que tenía por costumbre sentarse en las tardes de verano en la silla colocada en el exterior de la casa, era su amigo, aun cuando hacía mucho tiempo que no se veían y éste ignoraba si mi padre vivía aún. Creo que habían sido amigos en el extranjero, cuando mi padre había andado navegando.

—¿Y la razón que tenía su papá para estos constantes viajes errantes era identificar dicho paraje?—exclamé, contento de haber aclarado al fin un punto, que, durante cinco años o más, había sido un verdadero misterio.

—Sí. Un mes después que hubo conseguido su anhelado objeto, vino a Bournemouth a verme, y me dijo en confianza que su dorado sueño de poseer una gran fortuna estaba próximo a realizarse. Había resuelto el problema, y dentro de una o dos semanas esperaba tener abundantes recursos. Casi inmediatamente después de esto desapareció, y estuvo ausente un mes, como usted recordará. Al cabo de ese tiempo volvió rico; tan rico, que usted y el señor Seton se quedaron enteramente confundidos. ¿No recuerda usted esa noche que estábamos en Helpstone, cuando salí por una semana de la escuela para estar con mi padre, porque acababa de volver de su viaje? Nos habíamos reunido todos después de la comida y mi pobre padre recordó la vez aquella en que también allí mismo nos habíamos congregado con otro objeto, cuando me enfermé en el camino y fui traída a la casa de ustedes. ¿Y no recuerda que el señor Seton pareció poner en duda la afirmación de mi padre, que declaró tener ya una fortuna de cincuenta mil libras?

—Lo recuerdo—repliqué, al encontrarse sus hermosos ojos puros con los míos.—Recuerdo bien cómo su padre nos dejó completamente confundidos cuando bajó y trajo su libro de cuentas de un banquero, que probaba tener un balance a su favor de cincuenta y cuatro mil libras esterlinas. Después de esto fue para nosotros un misterio más grande que nunca. Pero dígame—añadí en voz baja y ansiosa,—qué ha sido lo que ha descubierto esta noche que tanto la ha impresionado?

—Casi he encontrado la prueba de un hecho que durante años he temido que fuera cierto; un hecho que no sólo afecta la memoria de mi pobre padre, sino que también me afecta a mí. Estoy en peligro... sí, en peligro personal.

—¿Cómo?—le pregunté rápidamente, sin comprender el significado de sus palabras.—Recuerde que yo le prometí a su padre ser su protector.

—Lo sé, lo sé. Es mucha bondad la suya—dijo, mirándome agradecida con esos maravillosos ojos que siempre me habían tenido fascinado por el hechizo de su belleza.—Pero—añadió, sacudiendo tristemente su cabeza,—me temo que en esto sea usted impotente. Si el golpe cae, como tiene que suceder más tarde o más temprano, seré aplastada y quedaré perdida. No hay poder que pueda entonces salvarme; ni aun su fiel y noble amistad me servirá.

—Ciertamente, Mabel, que habla usted de una manera muy extraña. No la entiendo.

—Así lo creo—fue su contestación breve.—Usted no lo sabe todo. Si lo supiera, comprendería cuán arriesgada es mi posición y qué grande es el peligro que me amenaza.

Estaba de pie, inmóvil como una estatua, su mano apoyada en un ángulo del escritorio y sus ojos fijos en el alegre fuego.

—Si el peligro es tan grande y verdadero, creo que debo saberlo. ¡Estar prevenido es estar preparado!—le observé decisivamente.

—Es bien real y grande, pero como la confesión de mi padre ha sido sólo para mí, no puedo revelarla. Su secreto es mío.

—Ciertamente—respondí, aceptando su resolución, la cual era natural, dadas las circunstancias. No podía revelar las confidencias de su difunto padre.

Sin embargo, si lo hubiera hecho, ¡cuán diferente hubiese sido el curso de los acontecimientos! Indudablemente, la historia de Burton Blair era una de las más extrañas y románticas que había sido dado a un hombre referir, y las extrañas circunstancias que ocurrieron después de su muerte, fueron, ciertamente, más notables y enigmáticas aún. Todo el asunto, desde el principio hasta el fin, era un enigma completo.

Más tarde, cuando Mabel se hubo tranquilizado algo más, concluimos nuestro trabajo de investigación, pero descubrimos muy poca cosa de interés fuera de varias cartas en italiano, sin fecha ni firma, a pesar de que eran, evidentemente, de puño y letra de Dick Dawson, el amigo... o enemigo, del millonario. Leyéndolas, encontré que era la correspondencia de una relación íntima, que participaba de la fortuna de Blair y le ayudaba secretamente en la adquisición de sus riquezas. Se mencionaba mucho en ellas «el secreto», y descubrí también repetidas advertencias sobre que no debía revelar nada del particular a Reginaldo ni a mí.

En una carta hallé este párrafo en italiano:

«Su hija se está transformando en una verdadera dama. Espero que algún día será condesa, o tal vez duquesa. Sé, por su parte, que Mabel, a su vez, está convirtiéndose en una muy linda joven; y pienso que usted debería, dados su posición y nombre, hacerle contraer un buen enlace. Pero conozco cuán anticuadas son sus ideas al respecto, pues es usted de los que creen que una mujer debe casarse sólo por amor.»

La lectura de estas cartas dejó impreso vívidamente en mí un hecho decisivo, y fue: que si el tal Dawson participaba secretamente de la fortuna de Blair, no tenía necesidad ciertamente de obtener su secreto por medios infames, puesto que lo conocía.

El reloj de la caballeriza dio las doce antes que Mabel llamara a la señora Gibbons, y el esposo de ésta viniese también en seguida, trayéndome un reconfortante whisky y un poco de agua caliente.

Mi pequeña y linda compañera me estrechó alegremente la mano, deseándome buenas noches, y después se retiró, acompañada por el ama de llaves, mientras Gibbons se quedó mezclando mi bebida.

—Triste cosa, señor, lo que le ha sucedido a nuestro pobre amo—se arriesgó a decir el bien enseñado servidor, que toda su vida la había pasado al servicio de los anteriores propietarios.—Me temo que la pobre y joven señorita sienta demasiado el peso de su desgracia.

—Lo siente demasiado, Gibbons—respondí, tomando un cigarrillo y quedándome de pie con la espalda hacia el fuego.—Era una hija muy amante y dedicada a su padre.

—Ahora es la dueña de todo, según nos ha dicho el señor Ford cuando estuvo aquí, hace unos tres días.

—Sí, todo es de ella—le dije;—y espero que usted y su esposa la servirán tan fielmente y tan bien como lo han hecho con su padre.

—Trataremos de hacerlo, señor—fue la respuesta del grave servidor, de cabello gris.—Todos la quieren mucho a la señorita, que es hoy nuestra joven ama. Es muy buena con todos los sirvientes.

Luego, como yo permaneciera silencioso, colocó preparada sobre la mesa mi luz, me hizo un saludo y diome las buenas noches.

Cerró la puerta al salir, y entonces quedé solo en esa gran pieza antigua y silenciosa, donde las movibles llamas proyectaban extrañas sombras y luces en los puntos obscuros, y el viejo y alto reloj Chippendale marchaba tan solemnemente como lo había hecho durante un siglo.

Después de tomar mi bebida caliente, me acerqué de nuevo al escritorio de mi amigo muerto, y lo examiné cuidadosamente para ver si tenía algunos cajones secretos. Lo sometí a un registro metódico, pero como no pude encontrar ninguna cavidad insospechada o botón oculto, después de echar una última mirada a esa fotografía que había hecho andar a Blair vagando extenuado durante meses y años para identificarla, apagué las lámparas y cruzando el gran hall antiguo, con sus armaduras de pie que parecían conjurar visiones de caballeros espectrales, subí a mi pieza.

El brillante fuego le daba a la vieja estancia, con sus colgaduras fúnebres, un aspecto alegre y confortable que contrastaba con la fuerte helada exterior, y no teniendo deseos de dormir todavía, me eché en una silla de brazos y senteme a reflexionar profundamente.

De nuevo el reloj de la caballeriza dio la hora, la media, y creo que después debí dormitar un rato, porque me desperté súbitamente al sentir unos leves pasos furtivos sobre el bruñido piso de roble delante de mi puerta. Escuché, y oí distintamente que alguien se deslizaba suavemente y bajaba por la gran escalera, que crujía muy despacio.

El extraño aspecto de aquella vieja mansión y sus muchas históricas tradiciones produjeron en mí algunos recelos, según parece, pues me encontré pensando en robos, ladrones y visitantes nocturnos. Otra vez me puse a escuchar con toda atención. ¡Quizá no era más que un sirviente, después de todo! Sin embargo, cuando miré mi cronómetro y vi que faltaba un cuarto para las dos, en el acto quedó descartada de mi mente la idea de que los sirvientes no estuvieran ya descansando.

De pronto, en la pieza que quedaba debajo de la mía, oí claramente un ruido lento, áspero y desapacible. Luego, todo volvió a quedar en silencio.

Sin embargo, como unos tres minutos después, me pareció oír un vago murmullo de voces, y entonces, apagando rápidamente la luz, corrí una de las pesadas cortinas de mi habitación, y miré hacia afuera, viendo, con gran sorpresa, dos figuras que cruzaban el prado dirigiéndose hacia el bosque de arbustos.

La luna estaba algo oculta por las nubes, pero a la luz opaca y nebulosa que esparcía, pude distinguir que aquellas dos figuras eran un hombre y una mujer. A él me fue imposible reconocerlo de espaldas; pero el porte y el modo de caminar de su compañera, al encaminarse con paso apresurado hacia el sombrío círculo de obscuros y desnudos árboles, me eran muy familiares.

Aquella era Mabel Blair. El secreto estaba descubierto. Su repentino deseo de venir a Mayvill había sido con el fin de celebrar una entrevista a media noche.

QUE SE REFIERE PURAMENTE A UN DESCONOCIDO

Sin un momento de vacilación me puse mi sobretodo, cubrí mi cabeza con un gorro de golf y bajé a la pieza que quedaba debajo de la mía, donde encontré abierta una de las grandes ventanas, y por ella salí rápidamente al enarenado camino.

Tenía la intención de descubrir el motivo de esta entrevista nocturna y la identidad de su compañero, que debía ser evidentemente algún novio secreto cuya existencia nos había ocultado a todos. Pero, seguirla derecho a través del prado iluminado por los rayos de la luna, era hacerse descubrir en el acto. Por lo tanto, me vi obligado a dar una vuelta circular y tortuosa, buscando siempre el amparo de las sombras, hasta que al fin llegué al bosque de arbustos, donde me paré y me puse a escuchar ansiosamente.

Allí no se oía más que el suave crujido de las ramas y el triste gemido del viento. Un lejano tren cruzaba el valle, y en algún lugar de la aldea próxima ladraba un perro. No pude, sin embargo, distinguir voces humanas. Lentamente me abrí paso a través de las hojas caídas hasta que hube orillado todo el bosque, y entonces saqué la consecuencia de que debían haberlo cruzado por alguna senda extraviada y luego haber penetrado en el parque.

Mi marcha se hacía más difícil, porque la luna no estaba lo suficientemente cubierta por las nubes para que mis movimientos hubieran quedado protegidos por las sombras, y temía dar a conocer mi presencia si salía a campo abierto.

Pero el proceder de Mabel de venir aquí a verse con este hombre, fuera quien fuera, me llenaba de confusión y embarazo. ¿Por qué no se veía en Londres con él?—cavilaba yo.—¿Sería tan poco presentable este novio, que su aparición en Londres fuese cosa imposible? No es raro ni tampoco una novedad que una niña de buena cuna se enamore del hijo de un labrador, como no lo es que un caballero ame a una campesina.

Muchas niñas bonitas de Londres sienten en la actualidad una secreta admiración por algún joven gañán o un caballerizo buen mozo de la posesión de su padre, encerrándose la gravedad de este amor no declarado en la completa imposibilidad de su realización.

Siendo todo ojos y oídos, continué mi marcha, sacando la mayor ventaja posible de la sombra, pero parecía que había tomado una dirección diferente de la que yo había creído, dado que habían partido casi cinco minutos antes que yo.

Al fin conseguí llegar a la relativa obscuridad que proyectaba la vieja avenida de hayas que conducía directamente a la casa del guarda sobre el camino de Dilwyn, y proseguí a lo largo de ella como cerca de media milla, cuando de pronto mi corazón saltó de alegría, porque delante de mí distinguí a los dos que iban a la par conversando animadamente.

Mis celos e ira se despertaron en el acto al ver aquello, y temiendo que pudieran oír mis pasos sobre el camino cubierto de dura nieve, me deslicé detrás de los árboles y tomé por encima del césped del parque, consiguiendo pronto aproximarme casi a la par de ellos sin hacer ruido ni atraer su atención.

Cuando llegaron al viejo puente de piedra a través del río, que formaba la salida del lago, se pararon, y yo, ocultándome detrás de un árbol, pude entonces, a la luz de la luna, que felizmente había adquirido mayor brillo, ver bien las facciones del misterioso compañero de Mabel. Juzgué que debía tener alrededor de veintiocho años, y me pareció un hombre vulgar, mal educado, de nariz chata y ancha y cabellos amarillos, cuya figura pesada, apoyado como estaba contra el bajo parapeto, era indudablemente la de un agricultor. Su cara era de facciones duras y prematuramente curtida, mientras el corte de su traje era de ese tipo marcado de «confección» hecha en la sastrería-emporio de las ciudades provincianas. El sombrero duro de fieltro lo tenía un poco inclinado a un lado, como acostumbran llevarlo en sus paseos de domingo los dandys de barrio y los mozos campesinos.

Por lo que pude observar, me pareció que la trataba con extraordinario desdén y gran familiaridad, hablándole de «tú» y encendiendo en su presencia un cigarrillo ordinario, mientras ella, por su parte, no parecía estar muy tranquila, como si hubiera asistido, más bien obligada, que por su gusto.

Se había abrigado confortablemente con una gruesa capa de lana y una bien ajustada gorra con visera, la cual, traída sobre la frente y los ojos, medio ocultaba sus facciones.

—Realmente, Herberto, no puedo comprender el objeto que persigues—la oí argumentarle.—¿De qué beneficio posible te puede ser semejante acción?

—De mucho—contestó el hombre, añadiendo en una voz grosera y ruda, que llevaba impresa la inenarrable marca del lenguaje inculto del paisano.—Lo que digo lo haré. Tú sabes bien eso, ¿no es así?

—Por cierto—contestó.—Pero ¿por qué me tratas de esta manera? Piensa en el peligro a que me expongo viniendo a verte aquí de noche. ¿Qué pensaría la gente si lo supiera?

—¡Qué me importa a mí de lo que pueda pensar la gente!—exclamó con indiferencia.—Tú has conseguido, no hay duda, guardar las apariencias... pero yo no, felizmente.

—Pero ¿no es verdad que no harás lo que dices en tono de amenaza?—le preguntó, en una voz de verdadero tenor.—Recuerda que nuestros secretos son mutuos. Yo jamás te he descubierto... ni poco ni mucho.

—No lo has hecho, porque sabías cuál sería el resultado, en ese caso—rió con desprecio.—Nunca he confiado en la palabra de una mujer... aseguro que nunca. Ahora que ha muerto el viejo, eres rica, y yo quiero dinero—añadió decisivamente.

—Pero todavía no tengo nada—replicó.

—¿Y cuándo vas a tenerlo?

—No sé. Antes hay que cumplir con todas las formalidades legales; así me lo ha dicho el señor Greenwood.

—¡Oh! ¡maldito sea Greenwood!—estalló el sujeto.—Dicen que siempre está en Londres contigo; pídele a él, entonces, que te haga dar por los abogados un poco de dinero. Puedes manifestarle que estás apurada, pues tienes que pagar unas cuentas, o alguna otra cosa por el estilo. Cualquier mentira será buena para él.

—Imposible, Herberto—contestó, tratando de mantenerse serena.—Debes tener paciencia y esperar.

—¡Oh, sí, ya sé!—gritó.—Dime que soy bueno y fiel como un perro y todas esas cosas; pero debes saber que para mí no es esa clase de juego... ¿me entiendes? No tengo dinero, y debo... mejor dicho, preciso alguno ahora... en el acto... esta misma noche.

—Te digo que no tengo nada—declaró.

—Pero tienes una buena cantidad de joyas, vajilla de plata y otras chucherías. Dame algo de eso, que yo mañana puedo venderlo fácilmente en Hereford. ¿Dónde tienes ese brazalete de diamantes, el que me mostrate, que te regaló el viejo en tu último cumpleaños?

—Aquí—replicó, y, alzando su muñeca, mostró la hermosa joya de diamantes y zafires que su padre le había obsequiado, de un valor, por lo muy bajo, de doscientas libras esterlinas.

—Dame esto, entonces—exclamó.—Me durará un día o dos hasta que me consigas dinero.

Ella vaciló, dando a conocer que no estaba dispuesta a acceder a semejante petición, y más especialmente cuando el brazalete era el regalo último que le había hecho su padre. Sin embargo, al repetir aquel hombre su exigencia en un tono más amenazador, quedó de manifiesto que su influencia era suprema, y que en sus manos sin escrúpulos se veía tan desamparada como una pobre criatura.

La situación fue para mí una verdadera revelación. Sólo pude sospechar que era el resultado de un inocente «flirteo» antes de que la fortuna la hubiera sonreído, lo cual había hecho que se desarrollara en aquel hombre vulgar una gran arrogancia, tratando de imponerse sobre su buen natural; y después, viendo que era generosa y tierna, había asumido esta actitud de dominio sobre sus actos. Es muy difícil poder seguir el curso de los pensamientos y modo de ser del campesino.

En la Inglaterra rural de hoy en día existe muy poca gratitud sincera de los pobres hacia los ricos, y llega a tal grado, que en los distritos de campo, casi no se aprecia el don de la caridad, mientras la gente rica se va cansando de sus esfuerzos por agradar o mejorar la condición del pueblo. El campesino moderno, aun cuando muy honrado en sus tratos y negocios con los de su clase, no puede resistir a la tentación de ser inmoral cuando vende sus productos o su trabajo al hombre de fortuna. Parece que forma parte de su religión sacar, sea por medios lícitos o ilícitos, todo lo que pueda, del caballero, y luego injuriarlo en la cervecería de la aldea y burlarse de él, presentándolo como un tonto que se deja engañar de esa manera. Por mucho que sienta tener que declararlo, sin embargo, todo esto es una amarga y evidente verdad, pues la inmoralidad y el engaño son en la actualidad los dos rasgos más notables de la vida en las aldeas inglesas.

Estaba parado, inmóvil y atónito, escuchando esa extraña conversación entre la hija del millonario y su amante secreto.

La arrogancia de aquel hombre me hacía hervir la sangre. Más de una docena de veces, cuando la despreciaba insultándola, o luego la adulaba, para después amenazarla, y por fin aparentaba un afecto repelente, me sentí impelido por el deseo de abalanzarme sobre él y darle una buena y sana lección. Pero contuve mi mano, debido a que reconocí que en este asunto, en vista de su gravedad, sólo podría ayudar a Mabel permaneciendo escondido y utilizando lo que sabía en favor de ella.

Sin duda Mabel se había creído, en su inexperiencia juvenil, enamorada de ese hombre, pero ahora el horror de la situación se le presentaba en toda su vívida realidad y se veía envuelta y pillada sin esperanza. Probablemente había acudido a la cita alimentando la vana ilusión de ver si podía desembarazarse de su peligrosa posición; pero el hombre a quien llamaba Herberto descubrió pronto que él era el dueño de todos los honores en la partida empeñada.

—Vamos—le dijo al fin, en su grosero lenguaje,—si es verdad que no tienes dinero, dame el brazalete y asunto concluido. No creo que queramos pasar aquí toda la noche esperando, pues tengo que estar mañana temprano en Hereford. Cuanto menos se hable, será mejor.

La vi temblar de terror, blanca hasta los labios, encogiéndose como para evitar su contacto.

—¡Ah! Herberto, es demasiada crueldad la tuya—dijo llorando,—demasiada crueldad... después de todo lo que he hecho para ayudarte. ¿No tienes lástima, no tienes... compasión?

—No, no tengo ninguna—aulló.—Quiero dinero, y debo obtenerlo. Me tienes que pagar mil libras en el término de una semana... ¿has oído?

—¿Pero cómo puedo hacer eso? Espera y más tarde te daré esa suma, te lo prometo.

—Te digo que no voy a dejarme engañar más—gritó furioso.—He manifestado que quiero el dinero, porque de otro modo, voy a hacer público todo. ¿Entonces adonde vas a ir a parar, eh?—Y se rió de una manera dura y triunfante, mientras ella retrocedía pálida, aterrada y sin aliento.

Apreté los puños de ira, y hasta hoy me asombro cómo pude dominarme para no saltar de mi escondite y arrojar por el suelo a ese impudente campesino. Hubiera sido capaz en aquel momento de dejarlo muerto en el sitio.

—¡Ah!—gritó ella, con sus manos juntas, tendidas hacia él en actitud de súplica,—seguramente que no tienes la intención de hacer lo que dices, no es posible que pienses en semejante cosa, no; ¡no puedes hacerlo! Me librarás, me ahorrarás ese sufrimiento, ¿no es cierto? ¡Prométemelo!

—No, no te lo ahorraré, salvo que me pagues bien—fue su brutal respuesta.

—Lo haré, sí, lo haré—le aseguró en voz enronquecida, en una voz de una mujer eminentemente desesperada, aterrorizada, temerosa de ver descubierto algún terrible secreto suyo.

—¡Ah!—exclamó con desprecio, encogiendo el labio,—una vez me trataste con desdén, porque te considerabas una gran dama, pero yo voy ahora a vengarme, como vas a verlo. Eres en este momento dueña de una gran fortuna, y te declaro abiertamente que tengo intención de que la repartas conmigo. Procede como te parezca mejor, pero recuerda lo que significará para ti el negarte a hacerlo: ¡la exposición!

—¡Ah!—gritó ella desesperadamente,—¡esta noche te has revelado bajo tu verdadera faz! ¡Bruto! ¡me perderías, sin el menor remordimiento!

—Porque, querida niña, no me estás jugando limpio—fue su contestación arrogante y fría.—Has pensado que te habías librado para siempre de mí muy ingeniosamente, hasta que esta noche me he vuelto a presentar aquí, como ves, pronto, vamos... dispuesto a ser pensionado, ¿le llamaremos así? No creas que tengo el ánimo de permitir que me engañes esta vez; por lo tanto, dame el brazalete como primer pago, y no hablemos más. Y le tiró un manotón al brazo, que ella evitó, haciendo un rápido movimiento.

—No acepto—exclamó con una repentina y feroz determinación.—¡Ahora te conozco! Eres brutal e inhumano, sin una pizca de amor o estimación... un hombre de esos que por conseguir dinero es capaz de arrastrar al suicidio a una pobre mujer. Ahora que has salido libre de la cárcel tienes intención de vivir sobre mí: tu carta con esa proposición es suficiente prueba. Pero esta noche te declaro aquí que no conseguirás de mí ni un penique más de la suma que se te paga ahora todos los meses.

—Para sellar mis labios—interrumpió.—Y vi en sus negros ojos un relámpago maligno, criminal.

—No necesitas tenerlos sellados más tiempo—replicó de un modo abiertamente desafiador.—Yo misma voy a manifestar la verdad, y poner así fin a este brillante plan tuyo de chantaje. De consiguiente, creo que me has entendido ahora—añadió firmemente, con un valor que era admirable.

Reinó silencio entre ellos durante un momento, interrumpido sólo por el extraño grito de una lechuza.

—¿Entonces, esta es absolutamente tu decisión?—preguntó en voz dura, y noté que su rostro estaba blanco de ira y disgusto al reconocer que, si ella manifestaba la verdad y hacía frente a las consecuencias de su propia exposición, fuera ella lo que fuese, su poder sobre la joven quedaría destruido.

—Mi resolución está tomada. No temo ninguna revelación que puedas hacer concerniente a mí.

—De todos modos, dame ese brazalete—exigió salvajemente, apretando los dientes, agarrándola por un brazo y tratando a la fuerza de desprender el broche de la joya.

—¡Suéltame!—gritó.—¡Bruto! ¡Suéltame! ¿Vas a robarme, después de haberme insultado?

—¡Robarte!—murmuró, con una perversa expresión de odio desenfrenado en su grosera cara pálida.—¡Robarte!—silbó pronunciando un sucio juramento,—¡más que eso voy a hacer! ¡Voy a ponerte donde tu maldita lengua no vuelva a moverse más, y donde no podrás decir la verdad!

Y desgraciadamente, antes que yo pudiera conocer sus designios la tomó por las muñecas y, con un movimiento rápido, la obligó a retroceder tan violentamente contra el bajo parapeto del puente, que durante un momento estuvieron unidos en un abrazo de muerte.

Mabel gritó aterrada, al darse cuenta de sus intenciones, pero un instante después, con una vil imprecación, arrojola de espaldas por sobre la muralla, cayendo ruidosamente y desamparada al fondo de las profundas y obscuras aguas.

En el acto me abalancé a salvarla, mientras el criminal huía, pero ¡ay! era demasiado tarde, porque vi espantado, al escudriñar ansiosamente la obscuridad de aquel abismo, que la masa flotante de hielo la había cubierto, y había desaparecido completamente de la vista.

LAS ENCRUCIJADAS DE OWSTON

El ruido de los pasos rápidos del asesino, al escapar por la sombría avenida en dirección al camino, sacome del desaliento en que estaba y me produjo una viva sensación de mi responsabilidad en presencia de aquello, y en el acto me quité el sobretodo y el saco, parándome después a mirar lleno de ansiedad la negra obscuridad de debajo del puente.

Aquellos segundos me parecieron horas, hasta que de pronto alcancé a ver en medio del río un bulto blanco, y sin un momento de vacilación me lancé al agua en su busca.

La impresión del agua fue muy dura, pero, felizmente, soy un fuerte nadador, y ni el intenso frío ni la fuerza de la corriente tuvieron mucho poder para impedir mi avance hacia donde estaba el cuerpo de la inconsciente niña. Después que la tomé, sin embargo, tuve que luchar terriblemente para evitar que me arrastrara hacia la curva, donde yo sabía que el río, unido a otro su afluente, se ensanchaba, y donde las probabilidades de efectuar el salvamento hubieran sido muy débiles.

Durante algunos minutos luché con todas mis fuerzas para conseguir mantener sobre la superficie la cabeza de la pobre niña inconsciente, sin embargo, era tan poderosa la corriente, con sus masas de hielo flotante, que toda resistencia parecía imposible, y ambos fuimos arrastrados cierta distancia río abajo, hasta que al fin, llamando en mi auxilio mis últimas fuerzas, conseguí salir del peligro con mi insensible carga y llegar a un banco de arena, donde pude sosteniendo una fiera lucha, saltar a tierra y arrastrar a la pobre niña sobre la orilla helada.

Muchos años antes había asistido por un tiempo a un curso de primeros auxilios, y recordé en aquel momento las instrucciones que había recibido entonces y me puse en el acto a trabajar para producir una respiración artificial. Era un trabajo pesado para hacerlo solo, con mis ropas mojadas adheridas a mi cuerpo, heladas y duras por el frío terrible; pero perseveré sin embargo, decidido, si posible era, a volverla a la vida, y esto lo conseguí felizmente media hora después.

Al principio no pudo pronunciar una palabra, y yo no la interrogué. Me bastaba saber que todavía estaba viva, porque cuando la traje a tierra creí que ya era inútil todo auxilio humano, y que el cobarde atentado de su vulgar amante había tenido éxito. Tiritaba y se estremecía de la cabeza a los pies, pues el viento de la noche cortaba como un cuchillo, y, al fin, por indicación mía, se puso de pie y, apoyándose pesadamente sobre mi brazo trató de caminar. La tentativa fue muy débil primero, pero luego aceleró algo el paso, y, sin mencionar ninguno de los dos lo que había sucedido, la conduje por la larga avenida hasta la casa. Una vez dentro, me manifestó que era innecesario llamar a la señora Gibbons, y en voz muy baja me imploró que callase todo lo que había presenciado. Tomó mi mano entre las suyas y la retuvo.

—Quiero que olvide usted, si es su voluntad hacerlo, todo lo que ha pasado—exclamó, profundamente ansiosa.—Ya que me siguió usted y oyó lo sucedido entre nosotros, quiero que considere que esas palabras no han sido jamás pronunciadas. Quiero que... que...—tartamudeó, y luego se calló sin concluir la frase.

—¿Qué es lo que desea que haga?—le pregunté después de un breve momento de penoso silencio.

—Quiero que me mire usted todavía con alguna estimación, como siempre lo ha hecho—murmuró, bañada en lágrimas,—porque no me gusta pensar que haya descendido en su aprecio. Recuerde que soy una mujer... y los impulsos e indiscreciones de una mujer pueden perdonarse.

—Usted no ha perdido absolutamente nada de mi estimación, Mabel—le aseguré.—Lo único que siento es que ese bribón haya cometido con usted ese terrible y ultrajante atentado. Pero ha sido una felicidad que la haya seguido, aun cuando creo que debo disculparme por haber asumido el carácter de espía.

—Me ha salvado la vida—contestó en un murmullo, al estrecharme la mano con afecto como dándome las gracias. Luego se deslizó veloz y silenciosamente por la gran escalera y perdiose de vista.

A la mañana siguiente se presentó en el comedor a la hora del almuerzo, sin que al parecer se notaran casi los estragos producidos por su peligrosa escapada de la muerte, siendo tal vez las únicas huellas visibles dos negros y grandes círculos alrededor de sus ojos, que daban a conocer su terrible ansiedad y su insomnio. Pero sin embargo charló alegremente, como si no hubiera tenido ninguna preocupación en el mundo por qué afligirse. Mientras Gibbons estuvo sirviéndonos, no pudo hablar con confianza, pero cuando sus ojos se fijaban en mi, su mirada estaba llena de expresión significativa.

Al fin, cuando terminamos, y juntos atravesamos el gran hall para volver a la biblioteca, le dije:

—¿Va a permitir que el desgraciado incidente de anoche pase inadvertido? Si lo hace, me temo que ese hombre pueda cometer otro atentado contra su vida. Será ciertamente mucho mejor que sepa, una vez por todas, que yo he sido testigo de su infame cobardía.

—No—respondió en voz baja y dolorida.—Le ruego que no discutamos eso. Debe pasar inadvertido.

—¿Por qué?

—Porque, si yo tratara de hacerlo castigar, él podría declarar algo... algo que deseo que permanezca siendo un secreto.

Yo sabía eso, y recordé cada palabra de aquella acalorada conversación nocturna. El bribón conocía algún secreto suyo, el cual temía ella que fuera revelado, pues debía ser deprimente y perjudicial.

¡Desde el principio hasta el fin era ciertamente un enigma de lo más notable y extraño! Desde la noche de invierno cuando la encontré caída a la orilla del camino real en Helpstone, hasta este mismo momento, se habían ido sucediendo y amontonando misterios sobre misterios, secretos sobre secretos, hasta que, con la muerte de Blair y el paquete de pequeñas cartas que tan curiosamente me había legado, el problema había asumido gigantescas proporciones.

—Ese hombre la hubiera asesinado, Mabel—exclamé.—¿Le tiene miedo?

—Sí, le tengo—contestó sencillamente, con su mirada fija a través del prado y del lejano parque, y suspiró.

—¿Pero no debería usted ahora asumir la defensiva en vista de que ese hombre ha intentado deliberadamente quitarle la vida?—le argumenté.—¡Su villana acción de anoche ha sido verdaderamente criminal!

—Lo ha sido—dijo con una voz hueca y confusa, volviendo sus ojos hacia mí.—No tenía la menor idea de su intención. Confieso que he venido aquí, porque me obligó a que viniera a tener una entrevista con él. Ha sabido la muerte de mi padre y comprende ahora que puede obtener dinero de mí; que tendré por fuerza que ceder a sus exigencias.

—Pero creo que me podrá decir su nombre, por lo menos—exclamé.

—Herberto Hales—contestó, no sin alguna vacilación. Después añadió:—Pero deseo, señor Greenwood, que me haga el favor de no mencionar otra vez este penoso asunto. ¿Usted no sabe cómo me trastorna cuanto depende del silencio de este hombre?

Se lo prometí, aun cuando antes hice los mayores esfuerzos para tratar de inducirla a que me diera algún indicio sobre la naturaleza del secreto que poseía este grosero campesino. Pero fue inflexible y se negó a decirme nada.

Que el secreto era algo que la afectaba a ella o a su honor, parecía evidente, porque cada vez que yo le indicaba que sería bueno obligar a ese hombre a que se enfrentara cara a cara con ella, se estremecía de terror a la sola idea de la espantosa revelación que en venganza podía hacer.

Cavilaba si ese documento, dedicado a ella solamente, escrito por el que no existía ya, y que había destruido la noche anterior, no tendría alguna conexión con el secreto de Herberto Hales. En verdad, cualquiera que fuese la índole de lo que ese hombre sabía, el hecho es que era tan poderoso su secreto, que la obligaba a venir de Londres para arreglar con él, si era posible, las condiciones.

Felizmente, empero, todos los moradores de Mayvill ignoraban por completo los acontecimientos de la noche anterior, y cuando a mediodía abandonamos la mansión, de regreso para Londres, Gibbons y su esposa nos despidieron en la puerta y nos desearon feliz viaje.

El mayordomo y su esposa creían, por cierto, que el objeto de nuestra rápida visita había sido registrar los efectos del muerto, y con la curiosidad natural de los sirvientes, ambos estaban deseosos de saber si habíamos descubierto algo de interés, aunque no podían interrogarnos directamente. La curiosidad aumenta cuanto mayor es la fidelidad y confianza que se tiene en un sirviente, hasta que este servidor, fiel y reservado generalmente, sabe tanto y conoce tan bien los asuntos de su amo o ama como ellos mismos. Burton Blair había tenido particular predilección por el matrimonio Gibbons, y casi parecía que éstos se consideraban menospreciados porque no se les informaba de todas las disposiciones del testamento de su difunto amo.

Nosotros sólo les participamos el legado de doscientas libras para cada uno que les había hecho Blair, lo cual les causó el más profundo placer.

Después de dejar a Mabel en la plaza Grosvenor y de despedirme de ella, me volví inmediatamente a la calle Great Russell, y me hallé con que Reginaldo acababa de volver de su negocio de la calle Cannon.

Procediendo en conformidad a la súplica de mi dulce y encantadora amiguita, no le dije nada sobre el desagradable y excitante incidente de la noche anterior. Todo lo que le conté fue el examen que habíamos hecho del escritorio de Blair y lo que habíamos descubierto en él.

—Debemos ir y ver esa casa de las Encrucijadas, creo yo—exclamó cuando hubo visto la fotografía.—De King's Cross a Doncaster es un viaje rápido; podemos ir y volver mañana mismo. Me interesa conocer la casa que anduvo Blair buscando por toda Inglaterra y por cuyo motivo, vagó meses y años hasta descubrirla. Esta fotografía debió venir a su poder—añadió entregándomela,—sin ningún nombre o indicio de su ubicación.

Estuve conforme con que debíamos ir y ver por nuestros propios ojos la misteriosa casa; por lo tanto, después de pasar una noche tranquila y agradable en el Devonshire, partimos al día siguiente para Yorkshire en el primer tren matinal. Cuando llegamos a la estación de Doncaster, a la cual nos dirigimos desde Londres sin parar, tomamos una volanta y nos encaminamos por el ancho camino real, cubierto de nieve, que atraviesa por Benttey, recorriendo unas seis millas o más, hasta que, después de orillar el parque de Owston, nos encontramos de pronto sobre las Encrucijadas, donde se levantaba la solitaria y vieja casa, tal como la fotografía la representaba.

Era un edificio antiguo y extraño, parecido a esas viejas casas de portazgo que se ven en los grabados de la antigüedad, sólo que le faltaba la vieja barra de hierro. Sin embargo, se conservaban todavía los postes del portón, y como durante la noche había caído una sábana de nieve, el aspecto que presentaba el paraje, era verdaderamente invernal y pintoresco. La vieja casa, con sus anchas chimeneas despidiendo humo, parecía que había sido ensanchada después de sacada la fotografía, porque en el ángulo derecho se levantaba una nueva ala de ladrillo colorado, que la transformaba en una morada confortable.

No obstante, al aproximarnos más a ella, viéndola surgir de la blanca planicie cubierta de nieve, sentimos que respiraba silenciosamente el ambiente de esa época olvidada, cuando las mensajerías de York y Londres pasaban por allí, los enmascarados caballeros de los caminos estaban escondidos en el bosque sombrío de abetos que se extendía más allá de los abiertos terrenos comunales de Kirkhouse Green, y los postillones no se cansaban de alabar aquellos maravillosos y célebres quesos en la vieja posada Bell, en Stilton.

Nuestro cochero pasó de largo, y como a un cuarto de milla del punto le hicimos parar, bajamos y retrocedimos a pie, ordenándole que nos esperara.

Llamamos a la puerta y nos abrió una anciana con gorra y adornos de cintas. Reginaldo, que asumió la parte de interlocutor, pidiole disculpa y le manifestó que habíamos ido pasando; pero que, habiendo notado por su exterior que era evidentemente una antigua casa de portazgo, no habíamos podido resistir al deseo de llamar y pedir que se nos permitiera verla por dentro.

—Sean ustedes bien venidos, caballeros—contestó la mujer, en su grosero dialecto de Yorkshire.—Es una casa vieja y les aseguro que han venido muchas personas a visitarla en los años que llevo de estar en ella.

A través de la pieza se veían las negras y viejas vigas con dos siglos de existencia, mientras en un rincón estaba la anticuada chimenea que presentaba un aspecto confortable y atrayente con su asiento de roble bien lustrado, y la gran olla hirviendo sobre el alegre fuego. El mobiliario había cambiado poco del que existía en aquella antigua época de los coches y mensajerías, pero el ambiente general que reinaba, era de abundancia y comodidad.

—¿Hace mucho tiempo que vive usted aquí?—preguntó Reginaldo, después que examinamos lo que nos rodeaba y vimos la ventanita triangular en el rincón de la chimenea, desde donde el guardián del portazgo podía antiguamente dominar con la vista muchas millas a lo largo del camino carretero que se extendía a través de los brezales.

—El próximo día de San Miguel hará veintitrés años que estoy aquí.

—¿Y su esposo?

—¡Oh! aquí está—rió la mujer, llamándolo luego:

—Ven, Enrique, ¿dónde estás?—y después añadió:—No se ha ausentado ni un día de aquí, desde que volvió a la patria hace dieciocho años y dejó el mar. Ambos somos muy apegados a esta vieja morada. Un poco solitario, podría decir la gente refiriéndose al paraje, pero a sólo una milla está Burghwallis.

Cuando le oímos mencionar que su esposo había vuelto del mar, los dos pusimos toda atención a sus palabras. Aquí era donde residía, evidentemente, el hombre que Burton Blair había buscado de una punta a la otra de Inglaterra.

EN EL QUE SE ENCUENTRA UN RASTRO

Se abrió una puerta y avanzó un hombre alto, flaco, viejo, de blancos cabellos y barba gris puntiaguda. Se conocía que se había retirado al llegar nosotros para cambiarse el saco, porque traía puesta una chaqueta azul plegada que tenía muy poco uso, pero cuyo cuello estaba torcido, demostrando que acababa en ese momento de ponérsela.

Su cara veíase surcada profundamente de grandes y rectas arrugas a través de su frente; era la fisonomía de un hombre que durante años había estado expuesto a los rigores e inclemencias del viento y del tiempo de diferentes climas.

Después de saludarnos, se rió alegremente cuando le explicamos nuestra admiración por las casas viejas. Les dijimos que éramos de Londres, y que las casas de portazgos, por su relación con el antiguo medio de locomoción en lo pasado, siempre nos encantaban.

—Sí, eran días muy agitados aquéllos—dijo en una voz más bien fina para aquel aspecto tan tosco.—Hoy el automóvil ha ocupado el lugar de la pintoresca diligencia y sus parejas de caballos, y pasan por aquí bebiéndose los vientos a toda hora del día y de la noche, haciendo resonar sus cornetas. Imaginarse semejante cosa en el mismo punto donde Claudio Duval*paró al Duque de Northumberland y galantemente escoltó después a lady María Percy hasta Selby.

*Célebre salteador de caminos, de nacionalidad francesa, pero que fue joven a Inglaterra.

El viejo parecía deplorar la desaparición de la buena época pasada, porque era uno de esos hombres que son conocidos como «de la vieja escuela», lleno de estrechos prejuicios contra toda nueva idea, ya fuera de medicina, religión o política, y declaró que, cuando él era joven, los hombres eran hombres y sabían sostener lo suyo con éxito en competencia con el extranjero, ya fuese en la paz del comercio o en el choque de las armas.

Nos dijo que su apellido era Hales, lo cual me produjo la mayor sorpresa, pues era el mismo del novio secreto de Mabel, y en el correr de la conversación supimos que había estado un buen número de años en el mar, principalmente en viajes comerciales por el Atlántico y por el Mediterráneo.

—Pero ahora parece que está usted muy confortable—observé, sonriendo;—tiene una casa cómoda y atrayente, una buena esposa y todo lo que puede hacerlo feliz.

—Dice usted bien—contestó, tomando una larga pipa de arcilla de sobre el morillo de la abierta chimenea.—Un hombre no necesita nada más. Estoy demasiado contento y desearía que todo el mundo en Yorkshire estuviera tan confortable como yo en este tiempo tan duro.

La anciana pareja parecía sentirse halagada por nuestra visita, y nos ofrecieron bondadosamente un vaso de cerveza fuerte.

—Es cerveza casera—declaró la señora Hales.—Las personas como nosotros no pueden darse el lujo de tener vino, pero pruébenla ustedes—insistió, y como nos vimos instados, tuvimos el gusto de encontrar una excusa para prolongar nuestra visita.

La anciana se fue a la cocina para traer vasos, y aprovechando esta circunstancia, Reginaldo se puso de pie, cerró rápidamente la puerta, y, volviéndose a Hales, le dijo en voz baja:

—Queremos conversar reservadamente con usted unos cinco minutos. ¿Reconoce usted ésto?—añadió, sacando la fotografía y poniéndosela por delante al anciano.

—¡Es mi casa!—exclamó sorprendido.—¿Pero qué hay con eso?

—Nada, salvo que debe usted contestar a mis preguntas. Son de la mayor importancia, y el objeto real de nuestra venida ha sido para poder hacérselas. Primero, ¿ha conocido usted un hombre llamado Blair, Burton Blair?

—¿Burton Blair?—repitió el anciano, apoyando sus manos en los brazos de su silla al inclinarse hacia adelante ansiosamente.—Sí; ¿por qué?

—Ese hombre descubrió un secreto, ¿verdad?

—Sí, por mi intermedio... e hizo millones debido a eso, según dicen.

—¿Cuándo fue la última vez que lo vio?

—Hará cinco o seis años.

—¿Cuándo al fin descubrió que vivía usted aquí?

—Eso es. Anduvo recorriendo todos los caminos de Inglaterra para encontrarme.

—¿Fue usted quien le dio esta fotografía?

—No, creo que la debió robar.

—¿Dónde lo conoció usted por primera vez?

—A bordo del Mary Clowle, en el puerto de Amberes. Era marino, como yo. ¿Pero por qué quiere usted saber todo esto?

—Porque—contestó Reginaldo,—Burton Blair ha muerto, y su secreto ha sido legado a mi amigo, el señor Gilberto Greenwood, aquí presente.

—¡Burton Blair ha muerto!—exclamó, poniéndose de un salto en pie, como si hubiera recibido una descarga eléctrica.—¡Burton ha muerto! ¿Lo sabe Dick Dawson?

—Sí, y está en Londres—repliqué.

—¡Ah!—exclamó con impaciencia, como si todos sus planes se hubieran trastornado por el conocimiento anticipado que tenía Dawson de la noticia.—¿Quién se lo ha dicho? ¿Cómo demonios lo ha sabido?

Tuve que confesar mi ignorancia al respecto, pero, en contestación a su pregunta, deploré el fin trágico e imprevisto de nuestro amigo, y le manifesté cómo había quedado en posesión del paquete de naipes, en los cuales estaba escrito el enigma cifrado.

—¿Tiene usted una idea de lo que en realidad era su secreto?—preguntó el viejo enjuto.—Quiero decir, ¿sabe usted de dónde provenía su gran fortuna?

—Nada sé, absolutamente nada. Tal vez usted pueda decirnos algo, ¿no es verdad?

—No—dijo,—no puedo. De pronto se hizo rico, aun cuando un mes o dos antes había andado vagando y muriéndose de necesidad. Me encontró, y yo le di ciertos informes, los cuales me recompensó muy bien después. Fueron estos informes, según me dijo, los que formaron la clave para el secreto.

—¿Nada tenían que ver con este paquete de cartas y la cifra?—le interrogué impacientemente.

—No sé, pues jamás he visto las cartas de que usted hace mención. Cuando llegó aquí una noche fría, estaba exhausto, muerto de hambre y completamente abatido. Le hice comer, le di una cama para que descansara y le dije todo lo que quería saber. A la mañana siguiente, con dinero que yo le presté, tomó el tren para Londres, y cuando volví a saber algo de él, fue por una carta en que me comunicaba que había pagado a mi orden al Banco del condado, en York, mil libras esterlinas, como habíamos convenido que sería la suma que me pagaría por mis informes. Y les aseguro, caballeros, que nadie se quedó más sorprendido que yo, cuando al día siguiente recibí una carta del Banco confirmando la de él. Después depositó en el mismo Banco todos los años, el primero de enero, una suma igual, como un pequeño regalo, según él decía.

—¿Entonces, usted no lo volvió a ver más después de esa noche en que consiguió al fin encontrarlo?

—No, ni una sola vez—contestó Hales, dirigiéndose luego a su esposa que acababa de entrar, para decirle que estaba ocupado con nosotros en una conversación reservada y pedirle que nos dejara solos, lo cual hizo inmediatamente.—Burton Blair era un hombre de carácter original—continuó, volviéndose a mí,—y siempre lo fue. No hubo nunca mejor marino que comiera carne de buey salada, que él. Era un espléndido navegante y verdaderamente intrépido. Conocía tan bien el Mediterráneo como otros hombres conocen la calle Cable, en Whitechaple, y su vida había estado llena de aventuras. Pero en tierra era un loco atolondrado. Recuerdo con cuánta dificultad escapamos una vez con vida de una pequeña ciudad de la costa de Argelia. Movido por un impulso travieso, le levantó el velo a una niña árabe que encontramos en el camino, y cuando ella gritó pidiendo auxilio, nosotros apenas tuvimos tiempo de escapar corriendo velozmente, les aseguro—y se rió con ganas al recordar sus travesuras en tierra.—Pero los dos pasamos momentos duros en Camarones y en los Andes. Yo era mayor que él y cuando lo conocí por primera vez no pude menos de reírme de lo que creía era ignorancia suya. Pero pronto me di cuenta que él había sacado doble provecho que yo de sus viajes y aventuras en el corto tiempo que llevaba de navegación, pues tenía una hábil destreza para desertar e internarse en los puntos que deseaba, siempre que se le ofrecía una oportunidad. Peleó en media docena de revoluciones en los países de Centro y Sud América y solía decirnos que, en cierta ocasión, los rebeldes de Guatemala lo habían elegido su ministro de comercio.

—Sí—confirmé yo—era un hombre muy notable en muchos conceptos con una historia muy notable también. Desde el principio hasta el fin su vida era un misterio, y es ese misterio el que trato ahora, después de su muerte, de descubrir.

—¡Ah! Pero temo que sea una tarea muy difícil la suya—respondió su viejo amigo, sacudiendo la cabeza.—Blair era en todo sumamente reservado. No permitió jamás que su mano derecha supiera lo que su izquierda hacía. Nunca podrá usted conseguir conocer a fondo toda su viveza e ingenio, o sus motivos. ¿Y no puede usted adivinar la razón que ha tenido para dejarle su secreto?—añadió, como si hubiese sido un pensamiento repentino.


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