XX

—Lo ha hecho sólo por gratitud. Pude en cierta ocasión prestarle una pequeña ayuda.

—Lo sé. Me contó todo lo sucedido, diciéndome cómo ustedes dos habían puesto en el colegio a su hija para que terminara su educación. Pero—continuó,—Blair ha tenido algún motivo para dejarle a usted esa cifra ininteligible; puede estar seguro. El sabía muy bien que jamás obtendría solo su solución.

—¿Por qué?

—Porque otros, antes que usted, lo han intentado y fracasaron.

—¿Quiénes son ellos?—inquirí, con gran sorpresa.

—Uno es Dick Dawson. Si lo hubiera conseguido, habría ocupado el lugar de Blair, transformándose en millonario. Lo que hay es que no ha sido perspicaz, y el secreto pasó a nuestro amigo.

—Entonces, ¿usted no cree que yo pueda descubrir alguna vez la solución del enigma cifrado?

—No—contestó el anciano, con mucha franqueza,—no lo creo, ni se lo predigo tampoco. ¿Y qué es de su hija?—añadió.—Me parece que se llamaba Mabel, ¿no es así?

—Está en Londres y ha heredado toda la fortuna—respondí. Al oír esto, la cara arrugada del viejo se iluminó con una severa sonrisa, y observó:

—No hay duda, hará una espléndida conquista matrimonial. ¡Ah! si usted pudiera conseguir que le dijera todo lo que sabe, lo pondría en posesión del secreto de su padre.

—¡Qué! ¿acaso ella lo conoce?—exclamé.—¿Está usted seguro de eso?

—Lo estoy; ella sabe la verdad. Pregúnteselo.

—Lo haré—declaré yo.—¿Pero no puede usted decirnos qué clase de informes le dio a Blair esa noche que al fin lo volvió a encontrar?—le pregunté persuasivamente.

—No—replicó en un tono decisivo,—fue un asunto reservado, y debe seguir siéndolo. Mis servicios fueron recompensados, y en cuanto a mí me concierne, yo me he lavado las manos y nada tengo que hacer de él.

—Pero usted puede decirme algo respecto a esta extraña pesquisa de Blair; algo, quiero decir, que pueda ponerme en la senda de la solución del secreto.

—El secreto de cómo obtuvo su fortuna, dice usted, ¿eh?

—Por cierto.

—¡Ah! mi estimado señor, eso no lo descubrirá nunca, fíjese bien, aun cuando llegue a vivir hasta los cien años. Burton Blair se cuidó bien de ocultar eso a todo el mundo.

—Y estuvo muy bien ayudado por hombres como usted—le dije, con un tanto de impertinencia,—me temo.

—Tal vez, tal vez, sí—replicó rápidamente, con su cara enrojecida.—Le prometí guardar silencio y he cumplido mi promesa, porque la posición desahogada y confortable de que gozo ahora, la debo únicamente a su generosidad.

—Un millonario puede hacer cualquier cosa, ciertamente. Su dinero le asegura sus amigos.

—Amigos, sí—respondió el anciano, gravemente;—pero no felicidad. El pobre Burton Blair era uno de los hombres más desgraciados, estoy bien seguro de eso.

Yo sabía que hablaba la verdad. El millonario me había confesado muchas veces, en confianza, que había sido mucho más feliz en sus días de penurias y atolondradas aventuras allende los mares, que ahora que era propietario de la gran mansión de West End y de la primera posesión rural del condado de Herefordshire.

—Atención—exclamó Hales, de pronto, paseando su mirada penetrante de Reginaldo a mí y sucesivamente,—voy a hacerles una advertencia—y bajó la voz hasta convertirse casi en un débil murmullo.—Ustedes dicen que Dick Dawson ha vuelto. ¡Tengan cuidado con él! ¡Pueden apostar su cabeza, seguros de que ese hombre tiene malas intenciones! ¡Tengan, también, mucho cuidado de su hija; ella sabe más de lo que ustedes piensan.

—Nosotros abrigamos una ligera sospecha de que Blair no ha muerto de causas naturales—observé.

—¿Tienen ustedes recelos?—exclamó, sobresaltado.—¿Por qué creen eso?

—Las circunstancias han sido tan notables, que nos han hecho entrar en dudas—repliqué, y entonces pasé a explicarle el trágico fin de nuestro amigo y todo lo sucedido, como ya he tenido ocasión de referirlo.

—¿No sospechan ustedes nada de Dick Dawson?—preguntó ansiosamente el anciano.

—¿Por qué? ¿Tenía algún motivo para desear verse libre de nuestro amigo?

—¡Ah! Yo no sé. Dick es un cliente muy entretenido. Siempre lo tuvo bajo su dominio a Blair. Formaban una pareja muy notable; el uno surgiendo como millonario, y el otro viviendo en el extranjero, creo que en Italia, en el mayor secreto y retiro.

—Dawson debía tener algún motivo muy poderoso para permanecer tan oculto—observé.

—Porque se veía obligado a estarlo—contestó Hales, con un movimiento misterioso de cabeza.—Existían razones para que él no asomase a la luz su rostro. Yo mismo me quedo asombrado de ver cómo se ha atrevido ahora a mostrarse.

—¡Qué!—grité ansiosamente,—¿acaso lo necesita la policía?

—Me imagino que no recibiría con agrado la visita de cualquiera de esos caballeros escudriñadores de la Scotland Yard—contestó el anciano, después de cierta vacilación.—Recuerden ustedes que yo no hago ninguna acusación, absolutamente ninguna. Sin embargo, si intenta cometer alguna mala acción, pueden ustedes mencionarle, como de paso, que Enrique Hales vive todavía, y está pensando en venir a Londres para hacerle una visita matinal. Observen entonces el efecto que estas palabras producirán en él—y el anciano se rió, añadiendo:—¡Ah! señor Pájaro Dawson, me imagino que todavía tiene que arreglar sus cuentas conmigo.

—¿Entonces nos ayudará usted?—exclamé con vehemencia.—¿Puede usted salvar a Mabel Blair si quiere?

—Haré todo lo que pueda—fue la respuesta de Hales,—porque reconozco que se está tramando por alguna parte una ingeniosísima conspiración.—Luego, después de una corta pausa, durante la cual rellenó de tabaco su pipa, y con sus ojos fijos en mí pensativamente, añadió:—Hace un momento que ha dicho usted que Blair le ha legado su secreto, pero no me ha explicado los términos exactos de su testamento. ¿No decía nada sobre eso?

—En la cláusula en que me hace la donación, hay una extraña copla que dice:

King Henry the Eighthwas a Knave to his queens,He'd one short of sevenand nine or ten scenes!

e insiste también en que oculte el secreto a todos los hombres, exactamente como él lo ha hecho. Pero, estando cifrado el secreto—añadí,—me será imposible conocerlo.

—¿Y no tiene la clave?—sonrió el viejo marino, de rostro endurecido por las inclemencias del mar.

—¡Ninguna... salvo que la clave esté oculta dentro de esa rima!—exclamé, ocurriéndoseme, por primera vez, este extraño y rápido pensamiento. Y de nuevo repetí en alta voz la copla. Sí, todas las cartas de juego que hay en ese paquete de naipes, están mencionadas en ella:

King (rey), eight (ocho), Knave (sota),Queen (reina), seven (siete),nine (nueve), ten (diez).

Mi corazón dio un salto. ¿Sería posible que arreglando las cartas en el orden siguiente pudiera leerse el registro?

¡Si era eso así, entonces el extraño secreto de Burton Blair era mío al fin!

Manifesté mi sorprendente y súbita idea, y la cara tostada del anciano se iluminó con una sonrisa triunfante, exclamando:

—Arregle las cartas y haga la prueba.

LA LECTURA DEL REGISTRO

El sobre que encerraba en su seno las treinta y dos cartas, estaba en mi bolsillo, junto con la fotografía pegada al lienzo; por lo tanto, despejé la cuadrada y vieja mesa de roble, las saqué ansiosamente y las coloqué encima de ella, mientras Reginaldo y el anciano me miraban faltos de aliento.

—El primero mencionado en la rima es el rey—dije.—Pongamos los cuatro reyes juntos.

Una vez arreglados, coloqué los cuatro ochos, las cuatro sotas, las reinas, ases, nueves y dieces, en el orden que llevaban en la poesía.

Reginaldo fue más rápido que yo en leer la primera columna y declaró que era un enredo enteramente ininteligible. Luego leí yo, y, profundamente decepcionado, me vi obligado a confesar que, después de todo, allí no se encontraba la clave.

Sin embargo, recordé lo que mi amigo de Leicester me había explicado, advirtiendo cómo podía encontrarse en la primera letra de cada carta, leyendo consecutivamente una tras otra en todo el paquete, y traté, repetidas veces, de arreglarlas de una manera inteligible, pero no tuve ningún éxito. La cifra seguía tan confusa y enigmática como siempre.

Noches enteras había pasado con Reginaldo, tratando, en vano, de descubrir algo, pero siempre había sido inútil, pues no habíamos podido nunca descifrar ni una sola palabra.

Cambié las letras de arriba a abajo, pero el resultado fue el mismo.

—No—observó el anciano Hales,—todavía no ha conseguido encontrar lo que buscaba; pero estoy seguro, sin embargo, de que anda cerca. Esa copla da la clave, usted me lo ha hecho notar.

—Sinceramente creo que es así, pero la cuestión es descubrir el arreglo conveniente de las cartas—declaré agitado y sin aliento.

—Justamente—observó Reginaldo con tristeza.—En eso está la ingeniosidad de la cifra. Es tan sencilla, y, sin embargo, tan extraordinariamente complicada a su vez, que las posibles combinaciones que pueden hacerse con ella ascienden a millones. ¡Piensa en ello!

—Pero tenemos la rima, la cual, distintamente, nos indica su arreglo.—Y volví a repetir la copla.—Es bastante claro, y debíamos haberlo visto desde un principio—respondí.

—Entonces, pruebe con el rey de un palo, con el ocho de otro, la sota de otro... y así con los demás—indicó Hales, agachándose con vivo interés sobre las pequeñas cartas.

Sin pérdida de tiempo seguí su consejo, y cuidadosamente volví a colocarlas de la manera que había dicho. Pero de nuevo el resultado fue ininteligible, pues no fue más que un grupo de letras enigmáticas engañadoras y decepcionantes.

Recordé lo que mi amigo, perito en la materia, me había dicho, y mi corazón se abatió profundamente.

—¿No conoce usted, en efecto, los medios por los que puede resolverse el problema?—le pregunté al anciano señor Hales, pues se había apoderado de mí en ese momento la sospecha de que él los conocía bien.

—Le aseguro que no puedo decirle nada—fue su rápida réplica,—porque no los conozco. Sin embargo, a mí me parece que esa copla forma, de alguna manera, la clave. Intente otro arreglo de las cartas.

—¿Cuál? ¿Qué otro puedo probar?—pregunté confundido, pero él sólo sacudió la cabeza.

Reginaldo, con papel y lápiz en la mano, estaba tratando de descifrar y hacer comprensibles las letras por medios que varias veces había intentado yo, a saber: substituyendo la A por la B, la C por la D, y así todas las demás. Después probó añadir dos letras, luego tres, y más aún, con el fin de descubrir la clave, pero, como ya me había sucedido antes a mí, su trabajo fue enteramente perdido.

Mientras tanto, el anciano, que parecía manejar las cartas con demasiado interés, estaba, lo vi, tratando de volverlas a arreglar él solo, colocando su dedo sobre una, luego sobre otra y después sobre una tercera, como si hubiera sabido el arreglo concreto de ellas, y leyendo para sí el registro.

¡Tal vez era posible que estuviera en posesión de la clave del problema que teníamos allí desplegado, y que se estuviese enterando del secreto de Burton Blair, mientras nosotros permanecíamos ignorándolo!

De pronto, el anciano y enjuto marino se enderezó, y, mirándome, exclamó, con una sonrisa de triunfo:

—Mire, señor Greenwood; aquí hay cuatro palos, ¿no es verdad? Haga la prueba por orden alfabético: los bastos, copas, espadas y oros. Primero tome todos los bastos y arréglelos así: rey, ocho, sota, reina, as, siete, nueve, diez; luego las copas, y después los otros dos palos. Una vez terminado el arreglo vea lo que puede sacar de eso.

Ayudado por Reginaldo, procedí de nuevo a colocar sobre la mesa las cartas como me había indicado, y las arreglé, según la extraña rima, en cuatro columnas de ocho cartas cada una, por orden alfabético.

—¡Al fin!—gritó Reginaldo, casi fuera de sí de gozo.—¡Al fin! ¡Ya la tenemos, viejo! ¡Mira! Lee la primera letra de cada carta hasta abajo, una columna después de otra. ¿Qué es lo que deletreas?

Los tres estábamos sin poder respirar, y aparentemente el más agitado de todos era el viejo Hales, o, tal vez, nos había estado extraviando y fingiendo ignorancia. Había arreglado solo la primera fila, la de bastos, pero ya se leía lo siguiente:

—La primera columna empieza con la palabraBetween(¡Entre!)—grité, contemplando atónito lo primero comprensible que había descubierto.

—¡Sí, y yo veo otras palabras en las demás columnas!—exclamó Reginaldo, arrebatándome, lleno de agitación, algunas de las cartas que yo tenía, y ayudándome a arreglar las otras filas.

Aquellos instantes han sido los más agitados, nerviosos y solemnes de mi vida. El gran secreto que había producido toda su fabulosa riqueza a Burton Blair, iba a quedar revelado para nosotros.

¡Podía convertirme en un millonario, como había sucedido con su difunto dueño!

Una vez arregladas todas las cartas en el orden correspondiente: las ocho de copas, las ocho de espadas y las ocho de oros debajo de las ocho de bastos, tomé un lápiz y escribí la primera letra de cada carta.

—¡Sí!—grité, casi fuera de mi razón y presa de la mayor excitación,—el arreglo es perfecto. ¡El secreto de Burton Blair está descubierto!

—¡Es una especie de registro!—exclamó Reginaldo.

Y empieza con las palabras: Entre elPonte del Diávolo... ¡Este nombre es italiano, y supongo que querrá decir: ¡Puente del Diablo!

—El Puente del Diablo es un antiguo puente medioeval que hay cerca de Lucca—expliqué rápidamente, y luego recordé la cara grave del monje capuchino, que vivía en el silencioso monasterio próximo a dicho paraje. Pero en ese momento toda mi atención estaba dedicada a aclarar el enigma, y no tenía tiempo para reflexionar. La letra Y estaba colocada en algunos puntos en lugar del espacio, con el fin aparentemente de confundir, y así ocultar el secreto de cualquiera solución probable o casual.

Al fin, después de un cuarto de hora casi, porque algunas de las letras estaban bastante borradas, descubrí que el registro cifrado que había estado escribiendo era un extraño documento que contenía lo siguiente:

«Entre el Puente del Diablo y la punta donde el Serchio se une al Lima, sobre la orilla izquierda, a cuatrocientos cincuenta y seis pasos desde la base del puente donde el sol brilla sólo una hora el cinco de abril y dos horas el cinco de mayo, a mediodía, descended veinticuatro escalones, detrás de los cuales puede un hombre defenderse de cuatrocientos. Hay dos grandes rocas, una a cada lado. En una de ellas se encontrará grabada una vieja E. Bajad a la mano derecha y hallaréis lo que buscáis. Pero primero encontrad al anciano que vive en la casa de las Encrucijadas.»

—¿Qué significará todo esto?—observó Reginaldo, y, volviéndose al señor Hales, añadió:—La última parte se refiere a usted.—El anciano se rió intencionalmente, y comprendimos que sabía más de los asuntos de Blair, que lo que quería confesar.

—Significa que en ese estrecho y romántico valle de Serchio se halla escondido algún secreto, y estas son las instrucciones para descubrirlo—dije.—Conozco el tortuoso río y el punto exacto donde, a través de los siglos, el agua ha conseguido abrirse paso sobre un lecho rocalloso y profundo lleno de peñascos gigantescos, saltos torrentosos y hondas lagunas. Sobre este puente se cuentan muchas extrañas historias del diablo, asegurándose que fue él en persona quien lo construyó, con la condición de tomar para sí el primer ser viviente que pasase por él, y que fue un perro. En realidad—añadí,—el paraje es uno de los más agrestes y románticos de toda la campiña toscana. Es extraño, también, que a sólo tres millas del lugar indicado viva en el monasterio capuchino fray Antonio.

—¿Quién es fray Antonio?—preguntó Hales, quien contemplaba aún las cartas con toda atención.

Le expliqué, y el anciano se sonrió, pero yo conocí que en la descripción del monje había reconocido a uno de los amigos de Blair, de los años pasados.

—¿Quién habrá escrito este registro?—le interrogué.—Blair no ha sido, eso es evidente.

—No—fue su contestación.—Ahora que legalmente le pertenece, por donación de nuestro amigo, y que ha conseguido descifrarlo, puedo, también, contarle algo más sobre eso.

—Sí, hágalo—gritamos ansiosamente los dos.

—Bien entonces; voy a referir cómo fue—explicó el enjuto anciano, apresando el tabaco en su larga pipa.—Hace varios años que era yo primer piloto del buque «Annie Curtis», de la matrícula de Liverpool, ocupado en el comercio de frutas del Mediterráneo y que regularmente hacía sus viajes entre Nápoles, Esmirna, Barcelona, Argelia y Liverpool. Nuestra tripulación era mixta, pues se componía de ingleses, españoles e italianos, y entre estos últimos había un viejo llamado Bruno. Era un individuo misterioso, originario de la Calabria, y entre los demás tripulantes se susurraba que había sido el jefe de una célebre partida de bandidos, que había sembrado el terror en la parte más al Sud de Italia, la cual había sido recientemente exterminada por los carabineros. Los otros italianos lo conocían por el sobrenombre de Baffitone, que, según creo, quiere decir Bigotudo.

Era muy trabajador, casi no bebía, y, al parecer, era bastante educado, porque hablaba y escribía bien el inglés, y, además, siempre estaba atormentando a los demás para que le hicieran enigmas y cifras, a cuya solución se dedicaba en sus momentos de ocio. Un día, que era la conmemoración de una fiesta religiosa, lo cual fue motivo de excusa para los italianos, pues lo aprovecharon como festivo, lo encontré en el castillo de proa escribiendo algo en un pequeño paquete de cartas. Trató de ocultarme lo que estaba haciendo; pero, despertada mi curiosidad, noté en el acto cómo las había arreglado, y ese hecho mismo me demostró qué cifra tan notablemente ingeniosa había descubierto.

El anciano se calló un momento, como si vacilara referirnos toda la verdad del asunto. Al fin, después de encender su pipa con una astilla, reanudó su relación, diciendo:

—Abandoné el mar, volví aquí al lado de mi esposa y pasaron seis años sin que supiera nada del italiano, hasta que un día, con aspecto de un hombre de recursos y vestido con un traje nuevo y sombrero duro, también nuevo, se presentó a verme. Todavía estaba en el «Annie Curtis», pero como la barca se hallaba en dique seco, él, según me dijo, había querido bajar a tierra para andar de jarana. Permaneció aquí dos días, y con su pequeña máquina fotográfica, adquisición muy reciente, evidentemente, anduvo sacando toda clase de vistas, incluyendo la de esta casa.

Antes de ausentarse me hizo depositario de sus secretos y me declaró que lo que a bordo de la barca se había sospechado era cierto, pues no era otro que el célebre Poldo Pensi, el bandido cuya osadía y ferocidad habían sido años antes narradas en verso y prosa en Italia. Sin embargo, desde que su partida había sido totalmente destruida, habíase reformado, y en vez de sacar provecho de ciertos datos que había adquirido durante su vida de bandolero, trabajaba para ganarse su subsistencia a bordo de un buque inglés. Los datos, según me dijo, los había obtenido de un cierto Cardenal Sannini, del Vaticano, a quien él tuvo secuestrado para conseguir un buen rescate, y eran de una índole tal, que podía convertirse en hombre de fortuna el día que quisiera serlo; pero, dado que el Gobierno de su país había ofrecido un gran premio por su captura, había resuelto ocultar su identidad y recorrer los mares. También me manifestó la noche antes de irse, aquí en esta pieza, donde estábamos sentados fumando, que el secreto estaba archivado en forma de registro cifrado, pero de una naturaleza tal, que ninguno que lo descubriera podría leerlo sin poseer la clave de la cifra.

—¡Entonces fue aquí, en estas cartas, donde le dejó estampado el secreto!—grité, interrumpiéndolo.

—Justamente. El secreto del Cardenal Sannini, obtenido por el famoso bandido Poldo Pensi, cuya terrible partida de bandoleros devastó media Italia hace veinticinco años, y que obligó al mismo Papa Pío IX a pagarle tributo, está escrito aquí, como usted lo acaba de descifrar.

—¿Y Pensi ha muerto?—pregunté.

—¡Oh! sí. Murió y fue enterrado en el mar, cerca del puerto de Lisboa, antes de que Burton Blair tomara posesión de las cartas. El secreto, según mis seguros informes, le fue arrancado a la fuerza al Cardenal Sannini, que, al atravesar la desierta e inhospitalaria región entre Reggio y Gerace, fue preso por Pensi y su gavilla, llevado a su baluarte, pequeña aldea de la montaña, como a tres millas de Micastro, y allí retenido prisionero, para exigir un gran rescate a la Santa Sede. Por ciertas razones ignoradas, parece que el astuto y anciano Cardenal no deseaba que el Vaticano tuviera conocimiento de su captura; por lo tanto, impuso como condición de su libertad que revelaría un secreto notabilísimo, el secreto escrito en estas cartas, lo cual hizo, y Pensi lo puso entonces en libertad, cumpliendo el compromiso.

—Pero Sannini era uno de los cardenales más altamente colocados en Roma—exclamé.—A la muerte de Pío IX se creyó que sería nombrado su sucesor en el Pontificado.

—Es cierto—observó el anciano, que parecía muy versado en toda la historia moderna de San Pedro, en Roma.—El secreto divulgado por el Cardenal, es, indudablemente, de inmenso valor, y si procedió así, fue para salvar su reputación, según creo, por lo que me dijo el bandido italiano, pues ellos habían descubierto que se encontraba en el extremo Sud de la península, contrariando las órdenes del Papa, que lo había mandado en opuesta dirección, y el objeto de éstos había sido promover una agitación religiosa, mal intencionada, contra Pío IX. De aquí que Sannini, en quien tanto confiaba Su Santidad, viose obligado a todo costo a ocultar la noticia de su captura, la cual debía permanecer absolutamente ignorada. Pensi me refirió cómo, antes de soltar al Cardenal, se trasladó, con el mayor sigilo, a cierto paraje de la provincia toscana y se cercioró de que el secreto que había revelado el gran eclesiástico era una realidad. Después de eso fue puesto en libertad, y, con una escolta que lo garantiera, marchó hasta Cosenza, donde tomó el tren para Roma.

—¿Pero cómo vino el secreto a poder de Burton Blair?—preguntó ansiosamente.

—¡Ah!—observó el viejo, mostrando las palmas de sus manos morenas y endurecidas,—esa es la cuestión. Sobre esas mismas cartas que usted tiene, sé que Poldo Pensi, el exbandido de Calabria, inscribió en inglés las instrucciones del Cardenal. En efecto, notará usted que la redacción revela que su autor ha sido un extranjero. Esas letras mayúsculas, casi borradas, fueron trazadas por él a bordo del «Annie Curtis», y conservó seguro su secreto hasta su muerte. Lo que él me refirió confidencialmente, no lo manifesté jamás a nadie hasta... vamos, hasta que Burton Blair me obligó a hacerlo esa noche en que reconoció esta casa por la fotografía sacada por Poldo, y me encontró de nuevo.

—¡Lo obligó!—exclamó Reginaldo.—¿Cómo?

PEOR QUE LA MUERTE

El alto y enjuto anciano me miró con sus ojos pardos y movió la cabeza.

—Burton Blair sabía demasiado—contestó evasivamente.—Según parece, después que yo me retiré llegó a ocupar el puesto de primer piloto, y Poldo, el hombre que había tenido en sus manos, para conseguir buenos rescates, a duques, cardenales y otros grandes hombres, trabajó a sus órdenes pacientemente. Algún tiempo después, Poldo cayó enfermo de un grave ataque de fiebre y murió, pero, aun cuando es bastante extraño, le dejó, así lo aseguraba Blair, el paquete de cartas con el secreto.

Dick Dawson, sin embargo, que estaba también en el buque como contramaestre, y que la mitad de su vida la ha pasado en bergantines italianos, en el Adriático, declara que esta historia es falsa, y que Blair robó la bolsita que encerraba las cartas de debajo de la almohada de Poldo, media hora antes de que éste muriera.

Sea esto verdad o mentira, sin embargo, los hechos quedan en pie, y son: que Poldo debió dejar escapar en medio del delirio de la fiebre parte de su secreto, y que Blair vino a ser el dueño de las pequeñas cartas. Tres semanas después de la muerte del italiano, Blair, al desembarcar en Liverpool, llevando consigo las cartas y la instantánea, emprendió ese larguísimo y fatigoso viaje por todos los caminos de Inglaterra, con el fin de encontrarme y conocer por mi intermedio la clave del secreto del famoso bandido, la cual yo poseía.

—Y cuándo consiguió encontrarlo, ¿qué sucedió?

—Afirmó solemnemente que Bruno se las había dado como un regalo de moribundo, y que la razón que tenía para buscarme era porque el viejo bandido, antes de morir, pidió ver la fotografía que estaba en su cofre de a bordo, y contemplándola un largo rato, le dijo en italiano, reflexivamente: «En esta casa vive el único hombre que conoce mi secreto.»

Esa fue la razón que evidentemente tuvo Blair para posesionarse de la fotografía, después de la muerte del italiano.

Cuando llegó aquí, me mostró el paquete de cartas, y me prometió mil libras esterlinas si le revelaba las confidencias del italiano. Como éste había fallecido, no hallé razón por qué negarme, y en cambio de la promesa del pago de dicha suma, le dije lo que quería saber, y entre otras cosas, le expliqué el arreglo de las cartas, de modo que pudo descifrarlas. La clave de la cifra la había descubierto ese día de fiesta que encontré a Poldo en el castillo de proa escribiendo un mensaje sobre las cartas, evidentemente dedicado para el Cardenal residente en Roma, porque después he sabido que el bandido y el eclesiástico, antes de la muerte de este último, mantenían frecuente pero secreta comunicación.

—Pero el tal Dawson debe haber sacado enorme beneficio de la revelación hecha por Blair—observé.—Parece que han sido amigos muy íntimos.

—Por cierto que ha sacado provecho—respondió Hales.

Blair, en posesión de este notable secreto, tenía un terror mortal a Dick, que podía declarar, como ya lo había hecho, que se le había robado al moribundo. Sabía muy bien que Dawson era un marino sin escrúpulos, del peor tipo que puede haber; por lo tanto, consideró muy prudente, supongo yo, entrar en sociedad con él y que le ayudase a explotar el secreto. Pero el pobre Blair debe haber estado siempre en las manos de Dawson, aun cuando es evidente que sus ganancias fueron enormes. Las de Dick no han sido menores, a pesar de que éste ha vivido, al parecer, en el más absoluto retiro y obscuridad.

—Dawson tenía miedo de venir a Inglaterra—observó Reginaldo.

—Sí—contestó el anciano.—Hace algunos años que hubo en Liverpool un feo incidente, y esa es la razón que ha tenido.

—¿Pero no existe ninguna prueba negativa de que el bandido reformado no le haya regalado el paquete de naipes a Blair?—pregunté enérgicamente.

—Ninguna. Por mi parte creo que Poldo se lo debió dar a Blair y recomendarle que volviera a tierra y me buscase, porque él había sido bueno y había tenido para con él muchas pequeñas finezas durante repetidas enfermedades. Poldo, al abandonar sus malas hazañas, se había hecho muy religioso y solía asistir a las misiones para los hombres de mar cuando estaba en tierra, como también Blair era, según ustedes saben, un hombre muy temeroso de Dios para ser marino. Cuando recuerdo todas las circunstancias, pienso que era muy natural que Poldo entregase el secreto del Cardenal, muerto, en manos de su mejor amigo.

—El lugar indicado es cerca de Lucca, en Toscana—observé.—Usted dice que el tal Poldo Pensi ha estado allí y ha hecho averiguaciones. ¿Qué fue lo que encontró?

—Lo que el Cardenal le había dicho que encontraría. Pero jamás me explicó lo que era. Todo lo que llegó a manifestarme era que el secreto convertiría a su dueño en un hombre muy rico, lo que ciertamente ha sucedido en el caso de Blair.

—La conexión que parece existir entre el difunto Cardenal Sannini y fray Antonio, el capuchino de Lucca, es extraña—observé.—¿Estará el monje en posesión del secreto? cavilo yo. No hay duda de que él tiene algo que ver con este asunto, como lo demuestran sus constantes consultas con Dawson.

—Es indudable—dijo Reginaldo, dando vuelta a las cartas sin objeto.—Ahora tenemos que descubrir la posición exacta de estos dos hombres, y, al mismo tiempo, impedir que el tal Dawson consiga tomar demasiada posesión de la fortuna de Mabel Blair.

—Eso déjemelo a mí—exclamé reservadamente.—Por ahora nuestra línea de conducta es bien clara. Debemos investigar el paraje que queda a orillas del Serchio y descubrir lo que está allí escondido.—Después, volviéndose a Hales, añadió:—En el registro he notado que ordena claramente: «Buscad primero al anciano que vive en la casa de las Encrucijadas.» ¿Qué significa esto? ¿Por qué se indica esa dirección?

—Porque creo que cuando el registro fue estampado en estas cartas—contestó,—yo era la única persona que sabía algo respecto al secreto del Cardenal; la única, fuera del interesado, que poseía la clave de la cifra.

—Pero al principio aparentó usted no conocerla—observé yo, mirando todavía con cierto recelo al anciano.

—Porque no estaba seguro de si procedían ustedes de buena fe—dijo riéndose con toda franqueza.—Me tomaron de sorpresa, y no tenía intención de expandirme prematuramente.

—¿Pero nos ha referido usted todo lo que sabe realmente?—exclamó Reginaldo.

—Sí, no sé nada más—replicó.—En cuanto a lo que hay en el punto que indica el registro, lo ignoro por completo. Recuerden que Blair me pagó lo justo, y aun más de lo estipulado; pero, como ustedes lo saben bien, era un hombre sumamente reservado en todo lo concerniente a sus asuntos, y me dejó sin saber nada.

—¿Y no puede darnos más informes sobre este tuerto que parece que ha sido socio de Blair en la extraordinaria empresa misteriosa?

—Nada más tengo que decir, salvo que es una relación muy poco apetecible. Fue Poldo quien le puso el apodo de «el Ceco».

—¿Y el monje que se llama fray Antonio?

—Jamás he oído hablar de esa persona; nada sé de él.

En la punta de la lengua tuve la pregunta de si tenía un hijo y si su nombre era Herberto, recordando aquella trágica escena nocturna en el parque de la mansión de Mayvill. Sin embargo, supe, por fortuna, contenerme y guardar silencio, prefiriendo ocultar lo que sabía y esperar el desenvolvimiento de los hechos y de aquella extraordinaria situación.

Sin embargo, mi corazón rebosaba de indignación y unos feroces y locos celos lo roían. Mabel, la dulce y bondadosa niña que yo tanto amaba, y cuyo porvenir había sido depositado en mis manos, había cometido el grave y triste error, como otras tantas niñas, de enamorarse de un hombre vulgar, torpe y muy inferior a ella. El amor en una cabaña, sobre el que tanto oímos, es muy bueno en teoría, como lo es el engaño de que se puede tener el corazón alegre aun cuando el bolsillo esté vacío; pero en estos tiempos modernos la mujer habituada a las comodidades y al lujo no puede nunca ser feliz en la modesta casa de cuatro piezas, así como no lo es el hombre que se casa valientemente por amor y renuncia a su herencia.

No. Cada vez que recordaba las amenazas y menosprecios de ese joven rufián, su arrogancia y su estallido final de pasión criminal, que tan cerca había estado de terminar con la vida de mi bien amada, mi sangre hervía de ira y se encendía mi cólera. El bribón había escapado, pero dentro de mi ser juraba que no quedaría impune.

Y, sin embargo, cuando rememoraba bien toda la escena, parecía que Mabel estaba completa e irresistiblemente bajo el poder de ese hombre, a pesar que había intentado desafiarlo.

Permanecimos con Hales y su esposa una hora más, aun cuando pocos datos nuevos obtuvimos, a excepción de algunas palabras que la anciana dejó escapar. Me cercioré de que tenían en efecto un hijo y que se llamaba Herberto, pero que no era de muy buena conducta.

—Estaba ocupado en las caballerizas de Belvoir—explicó su madre cuando yo la interrogué sobre él.—Pero hace como dos años que salió de allí, y desde entonces no lo hemos vuelto a ver. Algunas veces nos escribe de diferentes puntos y parece que prospera.

El tal individuo era, por lo tanto, como yo lo había supuesto por su aspecto, un cuidador de caballos, un caballerizo o algo por el estilo.

Eran casi las siete y media cuando llegamos de vuelta a King's Cross, y después de una ligera comida en un pequeño restaurant italiano que había enfrente de la estación, tomamos un coche y nos encaminamos a la plaza Grosvenor, con el objeto de comunicarle a Mabel nuestro éxito en la solución del enigma.

Carter, que fue quien nos hizo entrar, nos conocía tan bien, que no hizo más que conducirnos directamente arriba y hacernos pasar al salón, tan artísticamente iluminado con sus luces eléctricas sombreadas con la mayor delicadeza y hábilmente colocadas en todos los rincones imaginables. Sobre la mesa había una gran ponchera antigua, llena de espléndidas rosas Gloise de Dijón, que el jefe de los jardineros enviaba todos los días, junto con la fruta, de la posesión de Mayvill. Su arreglo se debía, como yo bien lo sabía, a las delicadas manos de la mujer que durante años había aprendido a admirar y a amar secretamente. Encima de una mesa lateral había una hermosa fotografía del pobre Burton Blair colocada en un pesado marco de plata, y en una esquina su hija había prendido un moñito de crespón como homenaje a la memoria del muerto. La gran casa estaba llena de esos delicados rasgos femeninos que revelaban la dulce simpatía de su carácter y la plácida tranquilidad de su vida.

De pronto la puerta se abrió, y ambos nos pusimos de pie; pero en vez de la linda joven chispeante y de corazón noble, con voz musical y semblante alegre y franco, entró el hombre barbudo, de anteojos, arcos de oro, que en un tiempo había sido contramaestre del buqueAnnie Curtis, de Liverpool, y después el socio secreto de Burton Blair.

—Buenas noches, caballeros—exclamó, saludando con ese aparente y forzado barniz de cortesía que adoptaba algunas veces.—Tengo mucho placer en agasajar a ustedes en la casa de mi difunto amigo. Como notarán ustedes, he establecido mi residencia aquí en conformidad a los términos del testamento del pobre Blair, y aprovecho con agrado esta nueva oportunidad que se me presenta, de volver a encontrarme con ustedes.

La fina impudencia de este hombre nos tomó de sorpresa. Parecía estar sumamente confiado y seguro de que su posición era inatacable e invencible.

—Hemos venido a ver a la señorita Blair—expliqué.—No sabíamos que iba usted a fijar tan pronto su residencia aquí.

—¡Oh! es mejor—afirmó.—Los grandes intereses de Blair requieren inmediata atención, pues hay muchos asuntos ligados estrechamente con ellos que no se pueden abandonar—y mientras hablaba, la puerta se abrió de nuevo y penetró una joven de unos veintiséis años, de cabellos obscuros y estatura regular, vestida con un traje negro escotado, algo ostentoso, pero cuyo rostro era más bien vulgar, aun cuando un tanto imponente.

—Mi hija Dolly—explicó el tuerto Dawson.—Permítanme ustedes que los presente,—y ambos le hicimos un saludo frío, porque nos chocaba sobremanera el modo de los dos, pues parecía que se habían establecido allí y tomado en sus manos el manejo de la casa.

—Supongo que la señora Percival todavía permanece aquí, ¿no es verdad?—inquirí después de un momento, al recuperar mi calma y tranquilizarme de la impresión que me había hecho el encontrar al aventurero y a su hija en posesión completa de esa espléndida mansión que medio Londres admiraba y la otra mitad envidiaba; la mansión que había aparecido tantas veces descripta y fotografiada en losmagazinesy periódicos de las damas.

—Sí, la señora Percival está en su gabinete privado. Hace cinco minutos que la dejó allí. Mabel, según parece, salió esta mañana a las once y aun no ha vuelto.

—¡No ha vuelto!—exclamé azorado.—¿Por qué?

—La señora Percival parece que está trastornada. Creo que abriga temores de que la haya sucedido alguna cosa.

Sin pronunciar ni escuchar una palabra más, bajé corriendo la ancha escalera con su balaustrada de cristal, llamé a la puerta de la pieza que había sido reservada para la señora Percival, dime a conocer, y en el acto fui recibido.

Apenas me vio la respetable y repulida viuda, se puso de pie y exclamó terriblemente angustiada:

—¡Oh, señor Greenwood, señor Greenwood! ¿Qué podemos hacer? ¿Cómo vamos a tratar a esta gente detestable? La pobre Mabel salió esta mañana y se dirigió en elbróughama la estación Euston. Allí le entregó esta carta a Peters, dirigida para usted, y luego despachó el carruaje. ¿Qué significará todo esto?

Tomé la misiva que me entregaba, y temblando la abrí, encontrando, escritas apresuradamente con lápiz sobre una hoja de papel de esquela, estas pocas líneas:

«Estimado señor Greenwood: Indudablemente le causará a usted inmensa sorpresa saber que he abandonado para siempre mi casa. Bien sé que usted abriga por mí tan alta consideración y estima como yo por usted; pero, como mi secreto al fin va a ser conocido, no puedo permanecer haciendo acto de presencia y verme obligada a enfrentarme con usted, que es de todos los hombres al que menos me atrevo a encarar.

»Esa gente me perseguirá hasta la muerte; por lo tanto, prefiero vivir oculta lejos del alcance de sus burlas y de su venganza, antes que quedarme para ser el blanco de sus desprecios y tengan así la oportunidad de señalarme con su dedo burlón y desdeñoso.

»El secreto de mi padre jamás podrá ser suyo, porque sus enemigos son demasiado ingeniosos y astutos. Han tomado toda clase de precauciones para tenerlo bien asegurado contra sus esfuerzos y empeños. De consiguiente, le aconsejo, como verdadera amiga, que es inútil trate de luchar contra la tempestad. ¡Todo es en vano!

»¡Exponerme a la situación es peor para mí que la muerte! Créame que sólo la desesperación ha podido arrastrarme a dar este paso, porque los cobardes enemigos de mi padre y míos han triunfado.

»Le pido al mismo tiempo olvide completamente que ha existido en el mundo una persona del nombre de la desesperada, afligida e infortunada—Mabel Blair».

Quedé parado, con la carta abierta en la mano, manchada en lágrimas, absolutamente mudo y desconsolado.

EL MISTERIO DE UNA AVENTURA NOCTURNA

—Exponerme a la situación es peor para mí que la muerte—decía en su carta.—¿Qué podría significar eso?

La señora Percival adivinó por la expresión de mi semblante la gravedad de aquella carta, y, poniéndose rápidamente de pie, acercose a mí, colocó su mano con cariño sobre mi hombro, y me preguntó:

—¿Qué sucede, señor Greenwood, no puedo saberlo?

En contestación le di la carta. La leyó velozmente, y después dejó escapar un grito de espanto, comprendiendo que la hija de Burton Blair había huido del hogar. Era evidente que ella le temía a Dawson, habiéndose dejado dominar por la creencia aterradora de que su secreto, sea lo que fuere, se haría público ahora, y había huido, según parece, por no volver a encontrarse frente a frente conmigo. ¿Pero por qué? ¿De qué naturaleza podría ser su secreto para que tanto la avergonzara y la obligara a esconderse?

La señora Percival hizo llamar a Crump, el cochero, que había llevado en elbróughama su joven ama hasta la estación de Euston, y lo interrogó.

—La señorita Mabel ordenó el cupé, señora, unos momentos antes de las once—contestó el hombre, saludando.—Llevó su valija de cocodrilo, pero, anoche despachó por Carter Patterson un gran baúl lleno de ropa usada, así le dijo la señorita a su doncella. Yo la llevé a Euston, allí bajó y entró en la boletería. Me hizo esperar como cinco minutos, apareciendo después con un mozo de cordel que tomó su valija, y luego ella me entregó la carta dirigida al señor Greenwood para que se la diera a usted, ordenándome que me retirara. Entonces me volví a casa, señora.

—No hay duda, ha partido para el Norte—observé cuando Crump se retiró y la puerta se cerró detrás de él.—Casi parece que su huida hubiese sido premeditada. Anoche mandó su equipaje.

Pensaba en ese momento en el arrogante y atrevido caballerizo, en ese impudente joven Hales, y cavilaba si sus renovadas amenazas no habrían conseguido que ella accediera a tener otra entrevista con él. Si eso era así, entonces el peligro era terriblemente extraordinario.

—La debemos encontrar—dijo con toda resolución la señora Percival.—¡Ah!—suspiró,—no sé, realmente, lo que irá a suceder, porque la casa está ahora en poder de este hombre odioso y de su hija, y él es un tipo de lo más grosero y mal educado. Se dirige a los sirvientes con toda familiaridad, exactamente como si fuesen sus iguales; ¡y hace un momento que cumplimentó a una de las mucamas por su buena presencia! Esto es terrible, señor Greenwood, terrible—exclamó la viuda, inmensamente chocada.—¡Es la exhibición más vergonzosa de su mala educación! Yo no puedo permanecer más tiempo aquí, ciertamente, ahora que Mabel ha creído conveniente abandonar la casa sin siquiera consultarme. Esta tarde vino lady Rainham, pero yo tuve que aparentar que no estaba. ¿Qué puedo decirles a las gentes en estas circunstancias tan angustiosas?

Comprendí cuán escandalizada estaba la estimable compañera de Mabel, porque era una viuda sumamente estricta, cuya misma existencia dependía de la etiqueta rigurosa y de las tradiciones de su honorable familia. Cordial y afable con sus iguales, era, sin embargo, muy fría e inflexible con sus inferiores teniendo el hábito de mirarlos a través de sus anteojos cuadrados de arcos de oro, y examinarlos como si hubiesen sido extraños seres de diferente carne y sangre. Era esta última idiosincrasia lo que siempre molestaba a Mabel, la cual profesaba esa creencia, tan femenina, de que uno debe ser bondadoso con los inferiores y sólo frío y duro con los enemigos. Sin embargo, bajo el ala protectora y la altiva tutoría de la señora Percival, Mabel había penetrado en el mejor y más elegante círculo social, cuyas puertas están siempre abiertas para la hija del millonario, y había dejado bien sentada su reputación como una de las debutantes más encantadoras de suseason.

¡Cómo ha cambiado la sociedad en estos últimos diez años! En la actualidad, la llave de oro es el ábrete sésamo de las puertas de la sangre más azul de Inglaterra.

Ya no existen los viejos círculos exclusivistas, o, si hay algunos, han quedado obscurecidos y no tienen importancia. Las damas asisten a los salones-conciertos y se jactan de concurrir a los clubs nocturnos. Las comidas en los restaurants, que antes eran consideradas como un motivo de rebajamiento, son hoy un gran atractivo. Hace una generación que una dama de alta alcurnia objetaba razonablemente diciendo que no sabía al lado de quién podía sentarse; pero, en la actualidad, como sucedía en el teatro antes de la época de Garrick, la fama poco honorable de una parte de los concurrentes constituye un incentivo. Cuanto más flagrante es el escándalo respecto a alguna «impropiedad» bien dorada, mayor es el aliciente de comer en su compañía, y, si es posible, a su lado. ¡Tal es hoy la tendencia y el modo de ser de la sociedad de Londres!

Por espacio de un cuarto de hora, mientras Reginaldo estaba ocupado con los Dawson,père et fille, permanecí en consulta con la viuda, tratando de ver si conseguía algún indicio sobre el paradero de Mabel. La señora Percival pensaba que, más pronto de lo que creíamos, nos haría saber dónde estaba oculta; pero yo, conociendo tan bien la firmeza de su carácter, no participaba de su opinión. Su carta era la de una mujer que había tomado una resolución y estaba dispuesta a sostenerla, costara lo que costara. Temía enfrentarse conmigo, y por esa razón, no hay duda, ocultaría su resistencia. En casa de Cottus tenía a su nombre cuenta separada, así es que por falta de fondos no se vería obligada a revelar su actual paradero.

Ford, el secretario del muerto, hombre joven, como de treinta años, alto, atlético, completamente afeitado, asomó la cabeza, pero como nos encontrara conversando, se retiró en el acto. La señora Percival ya lo había interrogado, pero ignoraba completamente para dónde había partido Mabel.

El tal Dawson había usurpado en la casa la posición de Ford, y este último, lleno de resentimiento, estaba en constante acecho de sus actos y movimientos y dominado de los mayores recelos, como todos lo estábamos.

Reginaldo vino por fin a reunirse conmigo, y entró exclamando: «Este hombre es un tipo de lo más original que puede darse, por no decir otra cosa. ¡Conque a mí me ha invitado a tomar whisky con soda... en la casa de Blair! Considera la huida de Mabel como una broma, habla de ella en tono de chanza, asegurando que pronto estará de vuelta, pues no puede permanecer mucho tiempo ausente, y que él la hará volver en el momento que lo quiera o que necesite su presencia aquí. En una palabra, habla ese tipo como si Mabel fuera de cera en sus manos, y él pudiera hacer lo que le plazca con ella.»

—Financieramente la puede arruinar, eso es cierto—observé suspirando.—Pero lee esto, viejo—y le di la extraña carta de Mabel.

—¡Buen Dios!—tartamudeó cuando la hubo leído,—tiene un terror mortal a esta gente, no puede dudarse. Para escapar de ellos y de ti, ha huido... a Liverpool, para luego embarcarse con rumbo a América, quizá. Recuerda que en su niñez ha viajado mucho, y, por lo tanto, conoce las rutas.

—La debemos encontrar, Reginaldo—declaré decisivamente.

—Pero lo peor es que ha resuelto dar este paso por escapar de ti—me contestó.—Parece que tiene alguna razón poderosa para proceder así.

—Razón que sólo ella conoce—observé con melancolía.—Es, ciertamente, un contratiempo que Mabel haya desaparecido, por su propia voluntad, de esta manera, justamente cuando habíamos conseguido conocer con exactitud el secreto del Cardenal, origen de la fortuna de Blair. Recuerda todo lo que tenemos en juego y arriesgamos. No conocemos quiénes son nuestros amigos o nuestros enemigos. Tenemos que ir los dos a Italia y descubrir el punto indicado en ese registro cifrado, porque, si no lo hacemos, otros se anticiparán, y puede ser que lleguemos demasiado tarde.

Convino conmigo en que, perteneciéndome el secreto por haberme sido legado, debía dar inmediatamente los pasos necesarios para hacer valer mis derechos. No pudimos dejar de comprender que Dawson, como socio de Blair y partícipe de su enorme riqueza, debía conocer muy bien el secreto y haber dado ya los pasos convenientes para ocultarme a mí, su legítimo dueño, la verdad. Había que tenerlo muy en cuenta, pues era un hombre siniestro, poseedor de la astucia más insidiosa y del ingenio más diabólico en el arte de los subterfugios. Los informes recogidos en todas partes sobre él, demostraban que éste era su carácter. Poseía esa manera tranquila y fría del hombre que ha vivido a fuerza de aguzar su ingenio, y en este asunto parecía que su ingeniosidad, aguzada aún más por su vida aventurera, iba a tener que enfrentarse y luchar con la mía.

La inesperada resolución y repentina desaparición de Mabel eran de enloquecer, y el misterio de su carta, inescrutable. Si, en realidad, temía que pudiera ser revelado algún hecho vergonzoso y desagradable, debía haber tenido suficiente confianza en mí y haberme hecho su confidente. Yo la amaba, aun cuando jamás le había declarado mi pasión; por consiguiente, ignorando la realidad, ella me había tratado como amigo sincero, según había sido mi deseo. Sin embargo, ¿por qué no había buscado mi ayuda? ¡Las mujeres son seres tan extraños, después de todo!—reflexionaba yo.—¡Tal vez amaba a ese rústico hombre!

Pasó una semana ansiosa, febril, y Mabel no daba señales de vida. Una noche dejé a Reginaldo en el Devonshire, a eso de las once y media, y me encaminé a través de las calles húmedas y nebulosas de Londres hasta que llegué adonde el bullicio del tráfico cesaba, los coches arrastrábanse lentamente y sólo pasaban de cuando en cuando, y las húmedas y fangosas calzadas y aceras quedaron a disposición del policía y del pobre y tembloroso vagabundo sin hogar.

En medio de la densa neblina anduve embargado en profunda meditación, y cada vez más y más preocupado por aquel notable encadenamiento de circunstancias que hora por hora parecía enredarse más.

Había caminado siempre adelante, sin parar ni ocuparme en qué dirección me llevaban mis pies, pasando a lo largo de Knightsbridge, orillando el Parque y los jardines de Kensington, y cruzaba en ese momento la esquina del camino de Earl's Court, cuando una feliz circunstancia me despertó de mi profundo sueño, y por la primera vez tuve conocimiento de que era seguido. Sí, sentía distintamente pasos detrás de mí, que se apresuraban cuando yo me apresuraba, y aflojaban cuando yo aflojaba. Crucé el camino, y delante de la elevada y larga muralla del Holland Park, me paré y di vuelta.

Mi perseguidor avanzó unos pocos pasos, pero se detuvo súbitamente, y sólo pude distinguir, a la luz del débil farol que penetraba a través de la neblina londinense, una figura alta y descompuesta por la niebla enceguecedora.

Sin embargo, no fue bastante densa para impedirme encontrar mi camino, porque conocía muy bien esa parte de Londres. No era muy agradable, ciertamente, verse seguido con tanta persistencia a semejante hora. Sospeché que algún vagabundo o ladrón que había pasado junto a mí, había notado mi distracción y olvido de lo que me rodeaba, y se había vuelto para seguirme con mala intención.

Seguí de nuevo adelante, sin retroceder, pero apenas lo hice, sentí los pasos ligeros y suaves, como un eco de los míos, que furtivamente resonaban detrás de mí. Había oído contar curiosas historias sobre locos que rondan de noche las calles de Londres y siguen, sin objeto, a los transeúntes, siendo ésta una de las diferentes clases de insanidad bien conocida por los alienistas.

De nuevo crucé el camino, pasé a través de la plaza Edwarde, volviendo así sobre mis pasos, y tomé en dirección a la calle High, pero el misterioso individuo me seguía con igual persistencia. Confieso que experimenté cierta inquietud, viéndome en medio de esa espesa neblina, que en esa parte habíase puesto tan densa hasta el grado de obscurecer completamente los faroles.

De pronto, al dar vuelta a la esquina para penetrar en los jardines de Lexham, en un punto donde la neblina había cubierto todo con su negro manto, sentí que alguien me asaltaba repentinamente, y, al mismo tiempo, una aguda sensación penetrante detrás del hombro derecho.

El ataque fue tan recio, que lancé un grito, dándome vuelta en el acto para enfrentarme con mi asaltante, pero tan ágil había sido éste, que antes que pudiera hacerlo, me esquivó el cuerpo y huyó.

Oí sus pasos al retroceder corriendo por el camino de Earl's Court, y entonces grité llamando a la policía. Pero nadie me respondió. El dolor de mi hombro se hacía a cada momento más incómodo y mortificante. El desconocido me había herido con un cuchillo, y la sangre brotaba, porque la sentía, húmeda y pegajosa, caer sobre mi mano.

Volví a gritar: ¡Policía, policía! hasta que, por fin, oí una voz que me respondió en medio de la neblina y me encaminé en su dirección. Después de algunos otros gritos descubrí al vigilante y le referí mi extraña aventura.

Acercó a mi espalda su linterna sorda y exclamó:

—¡Es indudable, señor; le han dado una puñalada! ¿Qué clase de hombre era?

—No lo pude ver bien ninguna vez—fue mi torpe contestación.—Se mantuvo siempre a buena distancia, y únicamente se aproximó en un punto demasiado obscuro para poder distinguir sus facciones.

—No he visto a nadie, a excepción de un clérigo que encontré hace un momento por el camino de Earl's Court; por lo menos, si no era clérigo, vi que llevaba un sombrero de anchas alas parecido a los que éstos usan. Pero no pude verle la cara.

—¡Un clérigo!—exclamé tartamudeando.—¿Cree usted que podrá haber sido algún sacerdote católico?—porque mis pensamientos se habían concentrado en ese instante en fray Antonio, que era, evidentemente, el guardián del secreto del Cardenal.

—¡Ah! no puedo afirmarlo. No pude ver sus facciones. Sólo noté su sombrero.

—Me siento muy débil—le dije, al apoderarse de mí un fuerte desvanecimiento y languidez.—Desearía que me trajera un coche. Piense que lo mejor que puedo hacer es irme directamente a mi casa, que está en la calle Great Russell.

—Es un viaje muy largo. ¿No sería más conveniente que fuera primero al Hospital West London?—indicó el vigilante.

—No—repliqué decidido.—Quiero irme a casa y llamar a mi médico.

Luego, me senté en el umbral de una puerta que quedaba al terminar los jardines de Lexham y esperé la llegada del vehículo, pues el vigilante había ido al camino Old Brompton en busca de unhanson.

—¿Había sido atacado por algún maniático homicida que me había seguido todo el trayecto andado, o difícilmente había escapado de ser víctima de un infame asesinato? Tales eran mis cavilaciones mientras permanecía allí sentado aguardando. La última suposición era, para mí, decididamente, la más factible. Existía una razón poderosa para que se deseara mi muerte. Blair me había legado el gran secreto y yo acababa de conseguir descifrar el enigma que encerraban las cartas.

Este hecho debía haber llegado, probablemente, a conocimiento de nuestros enemigos; de ahí este cobarde atentado contra mi vida.

Sin embargo, semejante contingencia era aterradora, porque, si realmente era sabido que había descifrado el registro, entonces nuestros enemigos darían, ciertamente, todos los pasos necesarios en Italia para impedir que descubriéramos el secreto que yacía en ese punto de las orillas del tortuoso, agreste y desierto río Serchio.

Al fin llegó elhanson, y, deslizando una buena propina en la mano del policía, entré en aquél y partimos, lentamente, a través de la niebla, casi al paso, tal era la dificultad de poder marchar. Había colocado sobre el lado derecho de la espalda mi bufanda de seda, para restañar la sangre que manaba de mi herida.

Tan pronto casi como penetré en elhansonsentí fuertes vahídos y una extraña sensación de entorpecimiento que me subía por las piernas. Al mismo tiempo se apoderó de mí una curiosa repugnancia, y, aun cuando felizmente pude detener el derrame de sangre, lo que tendía a demostrar que la herida no era, después de todo, tan seria, mis manos empezaron a encogerse de una manera extraña, a la vez que mis carrillos se vieron atacados de un dolor peculiar, muy semejante al que se sufre cuando empieza un ataque de neuralgia.

Me sentía terriblemente enfermo y sin fuerzas. El cochero, que había sido informado de mi herida por el vigilante, abrió la puertecita de la cubierta para preguntarme cómo estaba, pero yo apenas pude articular unas pocas palabras. Si la herida era sólo superficial, ciertamente el efecto que producía en mí era extraño.

De las muchas luces nebulosas que vi en la esquina de Hyde Park, tengo un recuerdo claro; pero después de eso mis sentidos parecieron quedar atontados por la neblina y por el dolor que sufría, y no recuerdo nada más de lo que sucedió, hasta que de nuevo abrí penosamente los ojos y me encontré en mi cama, brillando a través de la ventana la hermosa luz del día, y vi a mi lado a Reginaldo y a nuestro antiguo amigo Tomás Walker, cirujano de la calle Reina Ana, de pie, observándome con profunda gravedad, que en aquel momento me pareció humorística.

Sin embargo, debo confesar que había muy poca gracia en la situación.

QUE ES EN MUCHOS CONCEPTOS ASOMBROSO

Walker estaba confundido, verdaderamente confundido. Mientras había estado yo inconsciente, él me había curado la herida, después de haberla examinado, supongo, e inyectado varios antisépticos. Había mandado llamar también, para consultar, a sir Carlos Hoare, el muy distinguido cirujano del Hospital de Charing Cross, y ambos habían estado grandemente confundidos en presencia de mis síntomas.

Cuando, una hora después, me sentí suficientemente fuerte para poder hablar, Walker me tomó la muñeca y me preguntó lo que me había sucedido.

Después que le hube explicado, todo lo mejor que pude, me dijo:

—Lo único que puedo decirle, mi querido amigo, es que ha estado tan cerca de la muerte como ninguna otra persona que yo haya asistido. Ha sido el suyo un caso de los más expuestos que pueden darse. Cuando Seton me llamó la primera vez y lo vi, creí que todo había terminado. Su herida es bien pequeña, más bien dicho, superficial, y, sin embargo, su estado de decaimiento y postración ha sido de los más extraordinarios; además, hay ciertos síntomas tan misteriosos, que a sir Carlos y a mí nos han llenado de confusión.

—¿Qué arma ha usado ese hombre? No ha sido un puñal común, ciertamente. Ha sido, no hay duda, una daga de hoja larga y delgada, un estilete, muy probablemente. He encontrado en la parte exterior de la herida, sobre la tela de su sobretodo, algo así como grasa, o, más bien dicho, gordura animal. Voy a hacer analizar un poco, ¿y sabe lo que espero encontrar en ella?

—No; ¿qué?

—Veneno—fue su contestación.—Sir Carlos está conforme con mi suposición de que usted ha sido herido con uno de esos pequeños y antiguos puñales con hojas perforadas, que tanto se usaron en Italia durante el sigloxv.

—¡En Italia!—grité, despertando en mí al solo nombre de ese país la sospecha de que el atentado debía haber sido cometido por Dawson o por su íntimo amigo, el monje de Lucca.

—Sí; sir Carlos, que, como probablemente usted lo sabe, posee una gran colección de armas antiguas, me ha dicho que en la Florencia medioeval acostumbraban impregnar la gordura animal con algún veneno muy poderoso y luego frotaban con esa mezcla la hoja perforada. Al herir a la víctima y retirar después el arma de la herida, quedaba en su seno una parte de la materia grasa envenenada, la cual producía un resultado fatal.

—Pero usted, ciertamente, no anticipa que estoy envenenado—exclamé tartamudeando.

—Está envenenado, no hay duda. Su herida no corresponde a su prolongada insensibilidad ni tampoco a esas extrañas y lívidas manchas que tiene en el cuerpo. ¡Mire el revés de sus manos!

Hice lo que me decía y me quedé horrorizado de encontrar en las dos unas manchas pequeñas, obscuras, color cobre, que se extendían también por las muñecas y los brazos.

—No se alarme mucho, Greenwood—rió el amable y buen doctor;—ya he conseguido dar vuelta a la peligrosa curva, y todavía no le ha llegado el tiempo de morirse. La escapada ha sido casi un milagro, porque el arma era de lo más mortífero que pueda imaginarse; pero, felizmente, llevaba usted puesto un grueso sobretodo, además de otras piezas de ropa pesadas, todas las cuales le chuparon la mayor parte de la sustancia venenosa antes de que pudiese penetrar a la carne. Y le aseguro que ha sido una suerte para usted, porque, si este ataque hubiese tenido lugar en verano, cuando las ropas son ligeras, no habría habido la menor esperanza de salvación.

—Pero ¿quién ha sido el autor de este atentado?—exclamé, enloquecido, con mis ojos clavados en esas feas manchas que cubrían mi piel, prueba evidente de que dentro de mi naturaleza se había introducido un veneno terrible.

—Alguien que le tendrá un odio implacable, me imagino—rió el cirujano, que era mi amigo desde hacía varios años y que tenía por costumbre asistir algunas veces a las partidas de caza con los Fitzwilliams.—Pero, vamos, viejo compañero, alégrese; uno o dos días tendrá que pasar con leche y caldo, dejar curarse la herida y permanecer muy tranquilo. Ya verá cómo pronto vuelve a recuperar su salud.

—Todo eso está muy bueno—respondí impacientemente,—pero yo tenía un mundo de cosas que hacer, y algunos asuntos privados que atender.

—Tendrá que dejarlos descansar por un día o dos, ciertamente.

—Sí—insistió Reginaldo;—debes estar tranquilo, Gilberto. Estoy demasiado contento de que no haya sido tan grave como al principio creímos. Cuando el cochero te trajo a casa y Glave corrió a buscar a Walker, yo me imaginé que morirías antes de que llegase. No sentía palpitar tu corazón, y estabas completamente helado.

—¡No adivino quién puede ser el infame que me ha herido!—grité.—¡Por Jacob! que si lo pillo, me parece que allí mismo le retuerzo su precioso cuello.

—¿Con qué fin te incomodas, cuando pronto vas a mejorar?—preguntó Reginaldo filosóficamente.

Pero yo permanecí callado, reflexionando en la opinión de sir Carlos Hoare, de que la daga empleada para el crimen frustrado, había sido una vieja arma florentina, envenenada. Este mismo hecho me hacía sospechar que el cobarde atentado llevado contra mi persona, había sido obra de mis enemigos.

Nosotros, por cierto, no le dijimos nada a Walker sobre nuestra curiosa investigación, porque considerábamos en ese momento que el asunto era estrictamente confidencial. El hablaba de mi herida de un modo jocoso, declarando que muy pronto recuperaría mi salud, si es que tenía un poco de paciencia.

Después que se retiró, poco antes de mediodía, Reginaldo se sentó al lado de mi cama, y gravemente nos pusimos a discutir la situación. Las dos cuestiones más apremiantes en ese momento eran, primero, descubrir el paradero de mi bien amada, y, segundo, ir a Italia a investigar el secreto del Cardenal.

Los días iban transcurriendo pesados, largos y cansados, días sombríos de principios de primavera, durante los cuales me revolvía en la cama, impaciente, desesperado e impotente. Ansiaba poderme levantar y actuar con actividad, pero Walker me lo prohibía. En cambio me traía libros y diarios, y ordenaba tranquilidad y absoluto descanso.

Aunque Reginaldo y yo teníamos siempre nuestro pequeño pabellón de caza en Helpstone, después de la muerte de Blair no habíamos ido ni una sola vez. Además, aquella estación había sido de extraordinario movimiento en el comercio de encajes, y Reginaldo parecía más esclavo que nunca de su casa de negocio.

Por consiguiente, permanecía solo la mayor parte del día, teniendo a Glave para que cuidase y supliese mis necesidades. De cuando en cuando venían a verme algunos amigos, conversando y fumando un rato conmigo.

Así pasó el mes de marzo, siendo mi convalecencia mucho más lenta de lo que Walker había pensado al principio. En el análisis se había descubierto un dañosísimo veneno irritante mezclado con la grasa, y parece que mi naturaleza había absorbido más de lo que en un principio se creyó, de aquí mi tardío restablecimiento.

La señora Percival, que, debido a nuestro insistente consejo, todavía residía en la mansión de la plaza Grosvenor, me visitaba algunas veces, trayéndome frutas y flores de los invernáculos de Mayvill, pero nada sabía sobre Mabel. Esta última había desaparecido tan completamente como si la tierra se hubiera abierto y tragádola. Deseaba con ansia abandonar la casa de Blair, ahora que estaba ocupada por los usurpadores, pero nosotros la habíamos llenado de halagos, con el fin de que permaneciese y pudiese moderar algo los actos de Dawson y su hija. A Ford le habían causado tanta exasperación las maneras de aquel hombre, que, al quinto día del nuevorégimen, había protestado, lo cual dio por resultado que Dawson, tranquilamente, colocara dentro de un sobre el importe de un año de sueldo, y en el acto lo dispensara de sus servicios para en adelante, cosa que había tenido intención de hacer desde un principio, no hay duda.

Sin embargo, el exsecretario privado nos ayudaba, y en ese momento estaba empeñado en hacer toda clase de averiguaciones para cerciorarse dónde estaba su joven ama.

—La casa está completamente al revés, todo en ella está trastornado—declaró un día la señora Percival, mientras me visitaba.—Los sirvientes se hallan rebelados, y la pobre Noble, el ama de llaves, pasa, le aseguro, por momentos terribles. Carter y ocho sirvientes más le han notificado ayer que se retiran de la casa. Este tal Dawson es el tipo más acabado de la mala educación y pésimos modales; sin embargo, le he alcanzado a oír que le decía a su hija, hace dos días, que estaba pensando seriamente en manifestarse a favor de la reforma y entrar en el Parlamento. ¡Ah! ¿qué diría la pobre Mabel si supiese semejante cosa? La hija, Dolly, como él la llama, esa muchacha vulgar, se ha establecido en elboudoirde Mabel, y está por hacerle renovar la decoración, pues quiere que sea de color amarillo, para que venga bien a su tez, según creo. Dado lo que dice el señor Leighton, parece que la fortuna del pobre señor Blair debe pasar enteramente a ser manejada por este individuo.

—¡Es una vergüenza, una abominable vergüenza!—grité encolerizado.—Sabemos que este hombre es un aventurero, y, sin embargo, somos completamente impotentes para poder proceder—añadí con amargura.

—¡Pobre Mabel!—suspiró la viuda, que realmente era muy apegada a ella.—Sabe, señor Greenwood—dijo, con un inesperado tono de confianza,—que más de una vez, después de la muerte de su padre, he pensado que ella está en posesión de la verdad; que conoce la razón de este extraño lazo de amistad que unía al señor Blair con este hombre sin conciencia, a quien tanto poder sobre ella y su fortuna le ha sido otorgado. Muchas confesiones reservadas me ha hecho, y creo que, si ahora quisiera manifestarnos la realidad, podríamos vernos libres de este demonio. ¿Por qué no lo hace... para salvarse?

—Porque actualmente le teme—contestó en voz dura, desesperado.—Posee cierto secreto que la hace vivir en constante terror. Ese es el motivo, creo yo, de su súbita desaparición y del abandono de su propio hogar. Ha dejado a ese hombre en posesión completa e incontestable de todo.

No había olvidado la arrogancia y la confianza en sí mismo, de que había hecho gala esa noche que por primera vez fue a vernos.

—Pero, señor Greenwood, ¿tendrá usted, ahora, la bondad de disculparme por lo que voy a decirle?—preguntó la señora Percival, después de una breve pausa y mirándome fijamente a la cara.—Tal vez no tenga derecho de mezclarme de este modo en sus asuntos más íntimos, pero confío que usted me perdonará cuando reflexione que si me atrevo a hacerlo, es por ella, por esa pobre niña.

—¡Y bien!—exclamé, algo sorprendido de su inesperado cambio. Generalmente era en extremo altiva y fría, crítica terrible que tenía en la punta de los dedos los nombres de las primas, tías y sobrinos de todo el mundo.

—La verdad es ésta—prosiguió.—Usted podría inducirla a que nos manifestase la realidad, tal es mi creencia, porque es la única persona que tiene alguna influencia sobre ella ahora que su padre no existe, y, permítame que se lo diga, tengo razones para saber que ella siente por usted una estimación muy grande.

—Sí—observé, no pudiendo contener un suspiro,—somos amigos... buenos amigos.

—Más que eso—declaró la señora Percival.—Mabel lo ama a usted.

—¡Me ama!—grité, dando un salto y sosteniéndome sobre un codo.—No, pienso que debe estar usted en error. Ella me considera más bien como un hermano que como un amante, y ha aprendido, según creo, desde el primer día que nos conocimos en tan románticas condiciones, a mirarme como una especie de protector.—No—añadí, moviendo la cabeza,—existen ciertos obstáculos que deben impedirle poder amarme, la diferencia de nuestras edades, de posición y todo lo demás.

—¡Ah! está usted completamente equivocado—exclamó la viuda, con toda franqueza.—Su padre le dejó a usted su secreto, según tuve ocasión de saber, para que sacase todo el mayor provecho posible, como él lo había hecho, y porque adivinaba la dirección que iba tomando el camino de Mabel.


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