—¿Cómo sabe usted esto, señora Percival?—la pregunté, medio inclinado a dudar de ella.
—Porque el señor Blair, antes de hacer su testamento, se confió en mà y me preguntó con franqueza si alguna vez su hija me habÃa hablado de usted de alguna manera significativa que me hubiese hecho sospechar algo. Le confesé la verdad de lo que al respecto sabÃa, exactamente como acabo de referÃrselo a usted. Mabel lo ama... Lo ama tiernamente.
—Entonces le debo a usted en gran parte el que el pobre Blair me haya legado su secreto—observé, añadiendo algunas palabras de agradecimiento y embargándome luego en profunda meditación sobre lo que acababa de revelarme.
—No hice más que cumplir con mi deber para con ambos ustedes—fue su respuesta.—Ella lo ama, como ya se lo he dicho, y, por lo tanto, estoy convencida de que con poca persuasión usted podrÃa conseguir que nos dijese la verdad respecto a Dawson. Ella ha huido, es cierto, pero más por temor de lo que pueda usted pensar de ella cuando su secreto se divulgue, que por horror a este hombre. Recuerde—añadió,—que Mabel lo ama apasionadamente, como muchas veces me lo ha confesado, pero por alguna razón extraordinaria, que permanece siendo un misterio, ella se esfuerza en reprimir su cariño. Teme, creo yo, que de su parte sólo haya amistad, que sea usted un soltero decidido, demasiado recalcitrante, para que pueda abrigar por ella ningún pensamiento de cariño.
—¡Oh, señora Percival!—exclamé, dominado por un súbito estallido de pasión—le aseguro... le confieso que siempre he amado a Mabel... que ahora la amo tierna, apasionadamente, con todo ese vehemente ardor que un hombre sólo siente una vez en su vida. Ella me ha juzgado mal. He sido yo el culpable, porque he estado ciego, he procedido neciamente y jamás he leÃdo el secreto de su corazón.
—Entonces es preciso que ella sepa esto inmediatamente—contestó llena de simpatÃa la respetable señora.—Debemos, cueste lo que cueste, encontrarla, y decirle todo. SÃ, hay que tener una reunión, y ella, por su parte, debe confesarle a usted sus sentimientos. Sé muy bien cuán profundamente lo ama—añadió,—sé cuánto lo admira y cómo, en la soledad de su habitación, ha llorado muchas veces amarga y largamente, porque creÃa que era usted indiferente y ciego a la ardiente pasión de su noble, sincero e inocente corazón.
—¿Pero cómo era posible hacer eso ahora? El paradero de mi bien amada era un misterio para todos nosotros, nadie lo conocÃa. HabÃa desaparecido completamente, con el objeto de eludir la terrible revelación que tanto horror le causaba y que ella temÃa ver divulgada de un momento a otro.
Mientras yo seguÃa débil e imposibilitado, Ford y Reginaldo en los dÃas subsiguientes se ocuparon con toda actividad de sus investigaciones, pero todo fue en vano. Apelé a Leighton, el abogado, y le pedà su opinión, pero lo único que se le ocurrió fue insertar avisos; sin embargo, ambos estuvimos conformes en que ese medio no era conveniente ni adaptable para ella.
Aun cuando pueda parecer extraña, Dorotea Dawson, o Dolly, como la llamaba su padre, la joven de cara morena, manifestaba también la más viva ansiedad por Mabel. Su madre habÃa sido italiana, y ella hablaba el inglés con un leve acento extranjero, como que habÃa vivido siempre en Italia, según decÃa. Vino a visitarme una vez, para expresarme su sentimiento por mi enfermedad. Su aparente aspecto vulgar se debÃa únicamente a su nacionalidad mixta, y aun cuando era una joven muy astuta, que poseÃa toda la sutil perspicacia del italiano, Reginaldo habÃa descubierto que era una compañera viva y entretenida.
Sin embargo, todos mis pensamientos estaban concentrados en un dulce amor perdido, y en ese arrogante y vulgar individuo que, con sus amenazas y desprecios, la tenÃa sometida a su irresistible y oculto poder.
¿Por qué habÃa huido aterrorizada de mÃ? ¿Por qué se habÃa cometido ese cobarde e ingenioso atentado contra mi vida?
HabÃa resuelto el secreto del enigma cifrado sólo para hundirme más profundamente todavÃa en un hondo abismo de dudas, desesperación y misterio, pues lo que me reservaba el libro cerrado del porvenir era, como lo verán ustedes, enloquecedor y pasmoso.
Cuando la luz se hizo, resultó la realidad de una manera terrible, dura e incontestable, pero, sin embargo, fue tan asombrosa y extraña, que la fe en ella vaciló y la duda pareció ocupar su lugar.
TERRIBLE REVELACIÓN
Transcurrieron varias semanas tristes y pesadas antes que me sintiese suficientemente mejorado para salir, y al fin, acompañado por Reginaldo, hice mi primer paseo en coche.
Estábamos a mediados de abril, el tiempo era todavÃa bastante frÃo, y el brillante mundo londinense no habÃa vuelto aún de pasar el invierno en Monte Carlo, Cairo o Roma.
Cada año la sociedad se convierte en golondrina, volando hacia el Sud en el primer dÃa frÃo de otoño, para volver más tarde a la ciudad, y cadaseasonde Londres parece más prolongada que la anterior.
Por Piccadilly nos encaminamos a la esquina de Hyde Park, y luego, dando vueltas a Constitution Hill, tomamos por la Pall Mall. Una vez aquÃ, apoderose de mà el vehemente deseo de descansar un rato y gozar del aire de St. James Park; por lo tanto bajamos del coche, pagamos el pasaje al conductor, y apoyado en el brazo de Reginaldo, lentamente emprendimos la marcha por las enarenadas sendas del paseo hasta que encontramos un asiento conveniente.
El esplendor y la belleza de St. James Park, aun en un dÃa de abril, constituyen siempre un goce para los verdaderos londinenses. Muchas veces me he asombrado de ver qué poca gente aprovecha de sus ventajas. Los maravillosos árboles, el delicioso lago con su sábana de agua plateada, todos los encantos y bellezas de los paisajes rurales ingleses, y luego esa sensación que se experimenta al darse cuenta de que lo rodean los grandes palacios, departamentos y oficinas del gobierno de nuestro gran imperio; o, en otras palabras, ese silencio de que se goza en su seno entremezclado con la vida exterior febril y tumultuosa, hacen que el parque de St. James sea uno de los más encantadores retiros de Inglaterra.
Reginaldo y yo nos repetimos varias veces esto mismo, y después, bajo la deliciosa influencia de aquel medio ambiente, llegó el momento de las reflexiones y reminiscencias, hasta que por último se sucedieron esos grandes silencios que se producen entre los amigos, y que son los mejores sÃmbolos de su completa armonÃa de sentimiento e ideas.
Mientras permanecÃamos sentados meditando, advertà que estábamos justamente en el punto por donde es más seguro ver pasar, a esa hora, a las figuras polÃticas más prominentes del dÃa, ya para sus diferentes oficinas, o ya en camino al parlamento, donde iba a abrirse la sesión. En rápida sucesión pasaron hacia la puerta Storey un ministro del gabinete, dos pares del partido liberal, un conservador y un subsecretario.
Reginaldo, que tanto interés tomaba en la polÃtica, y a menudo habÃa ocupado un asiento en la galerÃa de las cámaras, me mostraba los polÃticos que iban pasando; pero mis pensamientos estaban en otra parte, habÃan volado hacia donde se hallaba mi amor perdido. Ahora que la señora Percival me habÃa revelado cuáles eran los verdaderos sentimientos de Mabel, comprendÃa qué necio habÃa sido en tratar de fingir indiferencia hacia ella, aparentando todo lo contrario de lo que en realidad existÃa en mi corazón. HabÃa sido un gran tonto, y lo estaba pagando cruelmente.
Durante las semanas que habÃa estado confinado en mi dormitorio, habÃa conseguido hacerme de un buen número de libros, y descubierto ciertos hechos y datos concernientes al difunto cardenal que en cambio de su libertad habÃa tenido que revelar su secreto.
Andrea Sannini, según parece, era natural de Perugia, llegó a arzobispo de Bolonia, y luego se le otorgó el capelo cardenalicio. PÃo IX, de quien era gran favorito, lo designó para varias misiones delicadas ante diferentes potencias, y como demostró en su calidad de diplomático poseer una notable penetración y viveza, el Papa lo hizo tesorero general, como también director de los museos y galerÃas de fama universal del Vaticano. Fue una de las figuras más distinguidas y poderosas del Colegio de cardenales, según parece, y con motivo de la entrada de las tropas italianas en la Ciudad eterna el año 1870, adquirió una extraordinaria prominencia por la parte que tomó en ella. A la muerte de PÃo IX, ocho años después, se creyó que serÃa designado como su sucesor, pero la elección recayó en su colega, el cardenal Pecci, que pasó a ser el Papa León XIII.
Estaba preocupado en todos estos datos que habÃa conseguido después de muchÃsimo trabajo y pesada lectura, cuando Reginaldo exclamó de pronto, en voz baja:
—¡Mira, allà viene la hija de Dawson acompañada por un hombre!
Miré rápidamente en la dirección indicada y vi, cruzando el puente que atraviesa el lago y aproximándose hacia donde nosotros estábamos, una figura de mujer bien vestida, con una chaqueta elegante de pieles y una preciosa cofia, y a su lado un hombre alto y delgado, de traje negro.
Dolly Dawson caminaba tranquilamente, conversando y riendo, mientras él de cuando en cuando se inclinaba a su oÃdo y le hacÃa algunas observaciones. Al levantar la cabeza y extender la mirada a través del lago, vi asomar sobre su sobretodo un cuello clerical y un pedacito de tela púrpura. Aquel hombre era evidentemente algún canónigo u otra dignidad de la iglesia católica.
SerÃa como de unos cincuenta y cinco años, de cabellos grises, bien afeitado y llevaba puesto un sombrero de copa de una forma algo eclesiástica; era en conjunto un hombre de aspecto más bien agradable, a pesar de sus delgados labios sensitivos y de su cara de una palidez ascética.
En el acto se me ocurrió que debÃan haberse reunido clandestinamente y andaban por allà para evitar que en la calle los pudieran reconocer. El sacerdote parecÃa tratarla con estudiada cortesÃa, y noté sus ligeras gesticulaciones al hablar, lo cual me hizo creer que era extranjero.
Le transmità mi pensamiento a Reginaldo, y éste me contestó:
—Hay que vigilarlos, viejo. No nos deben ver aquÃ. DesearÃa que se dirigiesen por el lado contrario.
Los seguimos con la vista durante un momento, temerosos de que, habiendo cruzado el puente, se dieran vuelta hacia donde nosotros estábamos, pero felizmente no lo hicieron, pues tomaron a la derecha costeando la orilla del lago.
—Si ese sacerdote es italiano, entonces debe haber venido expresamente de Italia para entrevistarse con ella—observé.—Porque desde el momento que habÃa hablado con fray Antonio, parecÃa existir una curiosa conexión entre el secreto del cardenal fallecido y la iglesia de Roma.
—Es preciso averigüemos y sepamos lo que hay de verdad—observó Reginaldo.—Pero tú no debes permanecer más tiempo aquÃ. Se está poniendo demasiado frÃo para ti—añadió, poniéndose de pie de un salto.—Mientras tú te vuelves a casa, yo los seguiré.
—No—le dije.—Caminaré un poco contigo. Estoy interesado en este juego,—y levantándome también, introduje mi brazo en el suyo y emprendà la marcha apoyado en mi bastón.
Caminaban muy juntos, embargados en una animada conversación. Por las rápidas gesticulaciones del sacerdote, la manera cómo sacudÃa, primero, sus dedos apretados, y luego alzaba su mano abierta y tocaba su antebrazo izquierdo, podrÃa haber afirmado que estaba hablando de algún secreto, cuyo poseedor habÃa desaparecido. Si uno conoce bien el italiano, puede seguir hasta cierto punto el tema de la conversación por los gestos, pues cada uno de éstos tiene su significado particular.
Andando con la mayor rapidez que me fue posible, conseguimos poco a poco acercarnos, porque habÃan acortado el paso e iban con relativa lentitud. El sacerdote llevaba la palabra y hablaba con vehemencia, como tratando de persuadir a la hija del contramaestre del «Annie Curtis», para que procediese en el sentido que le indicaba.
Ella parecÃa pensativa, silenciosa e indecisa. Una vez se encogió de hombros, y se retiró de él, dándose vuelta como en actitud de desafÃo, pero en el acto el astuto sacerdote fue todo sonrisas y disculpas. Hablaban, no habÃa duda, en italiano, para que asà los transeúntes no pudieran entender su conversación. Noté que sus ropas eran de corte marcadamente extranjero y que sus zapatos eran bajos, aun cuando les habÃa quitado las brillantes hebillas de acero.
En el momento que aparecieron cruzando el puente, ella venÃa riéndose alegremente de alguna observación de su compañero, pero ahora toda su alegrÃa parecÃa haber desaparecido por completo y haberse dado cuenta del verdadero objeto de la misión de aquel extranjero. La senda que habÃan seguido conducÃa a la Horse Guard's Parade, y comprendiendo un momento después que mi debilidad no me permitirÃa caminar más, me vi obligado a volverme hacia las gradas de la columna de York, dejando solo a Reginaldo para que observase todo cuanto pudiese.
Volvà a casa completamente exhausto y helado, pues, a pesar de haber llevado puesto mi gran sobretodo de lana, que usaba para los paseos en coche cuando estaba en Helpstone, no habÃa podido evitar que se colara el viento frÃo y cortante. Permanecà dos horas completas sentado junto al fuego para reparar lo perdido, hasta que al fin volvió mi amigo.
—Los he seguido por todas partes—explicó, dejándose caer en un sillón que habÃa enfrente de mÃ.—Es evidente que él la ha amenazado, y ella le tiene miedo. Cuando llegaron a Horse Guard's Parade, doblaron otra vez por Birdcage Walk y luego cruzaron el parque Green. Después la ha acompañado en coche a una de las tiendas de Fuller en la calle Regent. Parece que el sacerdote tiene un terror pánico a ser conocido, y antes de abandonar el parque Green, levantó el cuello de su sobretodo, para ocultar ese pedacito de púrpura que asomaba.
—¿Has descubierto su nombre?
—Lo seguà hasta el Saboya, que es donde para. Allà ha registrado su nombre como monsignore Galli, de Rimini.
Nuestras informaciones al respecto acababan aquÃ. Bastaban, sin embargo, para demostrar que el sacerdote estaba en Londres con un propósito fijo, probablemente para persuadir a la hija de el Ceco de que le diera ciertos informes que deseaba conocer vehementemente, y que tenÃa la intención de obtener por medio de ciertos datos importantes que poseÃa.
Pasaron varios dÃas lluviosos y sombrÃos, y Bloomsbury presentaba su aspecto más melancólico. No habÃa podido descubrir la menor huella de mi amor desaparecido, ni conseguir ningún otro dato de monsignore, el sacerdote de blancos cabellos. Parece que éste habÃa abandonado el Saboya a la tarde siguiente, retornando, no hay duda, al Continente, pero ignorábamos si habÃa tenido o no éxito en su misión.
Dolly Dawson, con quien Reginaldo habÃa entablado una especie de agradable amistad, más con el propósito de poderla observar e interrogar que por otra cosa, vino a vernos para informarse de mi salud y saber si habÃamos conseguido alguna noticia sobre el paradero de Mabel. Su padre—nos dijo,—habÃase ausentado por varios dÃas de Londres, y ella iba a partir para Brighton, a visitar una tÃa.
¿SerÃa posible que Dawson, habiendo tenido conocimiento de mi buen resultado en la solución del enigma cifrado, hubiera partido para Italia con el fin de salvar el secreto del cardenal y arrebatárnoslo? Hora por hora anhelaba recuperar todas mis fuerzas para poder partir hacia el sitio señalado a orillas del Serchio, pero me encontraba detenido dentro de aquellas estrechas habitaciones por mi terrible debilidad.
Pasaron cuatro largas y espantosas semanas de martirio, hasta que llegó mediados de mayo, y pude tener suficientes fuerzas para salir solo a caminar y dar unos cortos paseos por la calle Oxford y sus alrededores. El testamento de Burton Blair habÃa sido ya aprobado, y Leighton nos manifestó, en las varias veces que nos visitó, el descuido, e indiferencia con que el tal Dawson manejaba los bienes.
Que el aventurero estaba en comunicación secreta con Mabel lo probaba el hecho de que ciertos cheques firmados por ella habÃan pasado por sus manos para ir al Banco; sin embargo, aun cuando parezca muy extraño, aparentaba completa ignorancia al respecto y declaraba no saber dónde se encontraba.
Dawson estaba ya de vuelta en la mansión de la plaza Grosvenor, cuando un dÃa, a eso de las doce, Glave hizo pasar a mi presencia a Carter.
Conocà por su semblante la agitación que lo dominaba, y apenas entró, después de saludarme respetuosamente, exclamó:
—¡He conseguido descubrir la dirección de la señorita Mabel, señor! Desde que ella abandonó la casa no he perdido de vista las cartas enviadas al correo, como el señor Ford me habÃa indicado que lo hiciera; pero el señor Dawson no le ha escrito nunca hasta esta mañana, que por casualidad, creo yo, envió una carta al correo dirigida a ella, entre un número de otras que entregó al mensajero. Está en Mill House, Church Enstone, cerca de Chipping Norton.
Lleno de alegrÃa, di un salto y me puse en pie; le agradecà la noticia, ordené a Glave que le diera de beber y partà de Londres para Owfordshire por el tren de la una y media.
Antes de las cinco hallé a Mill House, casa sombrÃa y anticuada, que quedaba detrás de un alto seto de bojes que habÃa en la calle de la aldea en Church Enstone, sobre el camino real de Aylesburg a Stratford. Delante de la casa se extendÃa un pequeño prado, alegre y brillante con sus canteras de tulipanes y fragantes narcisos.
Una criada de burdo lenguaje me abrió la puerta e hÃzome pasar a una pieza baja, pequeña y anticuada, donde sorprendà a mi amada sentada en una gran silla de brazos, en actitud triste, leyendo.
—¡Señor Greenwood!—tartamudeó, levantándose rápidamente, pálida y sin aliento—¡usted! ¡usted aquÃ!
—S×contesté, cuando la sirvienta hubo cerrado la puerta y quedamos solos.—¡Al fin la he encontrado, Mabel... al fin!—Y, avanzando, tomé tiernamente sus dos manecitas entre las mÃas. Después, dominado por el éxtasis de aquel momento de placer, la miré de fijo a los ojos, exclamando:—Ha tratado de huir de mÃ, pero hoy la he vuelto a encontrar. He venido, Mabel, a confesarle con franqueza, a decirle... a decirle, mi queridÃsima Mabel, que... que la amo!
—¡Que me ama!—gritó, espantada, dando un salto atrás, y apartándome de su lado con sus dos blancas y pequeñas manos.—¡No! ¡No!—gimió.—Usted no debe... no puede amarme. ¡Es imposible!
—¿Por qué?—le pregunté rápidamente.—La he amado desde aquella primera noche que nos conocimos. Ciertamente que usted debe haber descubierto hace mucho tiempo el secreto de mi corazón.
—S×tartamudeó,—lo he conocido. Pero ¡ay! ¡es demasiado tarde... demasiado tarde!
—¿Demasiado tarde?—exclamé.—¿Por qué?
Quedó callada. Su semblante cubriose de una repentina palidez mortal y hasta sus labios se pusieron blancos: luego la vi temblar de pies a cabeza.
Repetà mi pregunta gravemente, con mis ojos fijos en ella.
—Porque—contestó al fin lentamente, en una voz trémula y tan baja, que apenas pude oÃr las fatales palabras que pronunció—¡porque ya estoy casada!
—¡Casada!—exclamé tartamudeando y quedándome rÃgido.—¡Y su esposo! ¿Cómo se llama?
—¿No adivina usted?—me preguntó.—¿No lo sospecha? El hombre que ya ha tenido oportunidad de conocer: Herberto Hales.
Sus ojos estaban bajos como avergonzados, mientras su barba fina descansaba abatida sobre su pecho jadeante.
EL NOMBRE SAGRADO
¿Qué podÃa yo decir? ¿Qué habrÃan dicho ustedes?
Me quedé silencioso. No supe qué palabras emitir. ¡Ese joven caballerizo, ese bribón, hijo del respetable y anciano marino que pasaba las tardes de sus plácidos dÃas sentado a la puerta de su casa de las Encrucijadas, era, en efecto, el esposo de la hija del millonario! ParecÃa completamente increÃble, sin embargo, al recordar aquella escena de media noche en el parque de Mayvill; en el acto reconocà cuán impotente y desamparada se hallaba en las manos de ese vulgar y arrogante gañán, de ese infame campesino, que, en un momento de loco frenesÃ, habÃa cometido aquel desesperado y furioso atentado contra la vida de Mabel.
Reconocà también que hacÃa mucho tiempo que el amor, si es que existió alguna vez, habÃa desaparecido entre ellos, y que la única idea que dominaba en el pensamiento de ese hombre, era sacar provecho de su unión con ella, abusar y explotarla vilmente, como tantas mujeres ricas y de elevada posición son en este mismo momento vÃctimas de iguales infortunios en Inglaterra. Como un relámpago acudió a mi mente el recuerdo de su negativa de perseguir y castigar a este hombre infame por el cobarde atentado contra su vida, y la razón se manifestó entonces clara y concluyente.
¡Era su esposa!
El solo pensamiento me produjo un espasmo de celos, dolor y odio, porque la amaba con toda la pasión sincera y honrada de que es capaz un hombre de bien. Desde que la señora Percival me habÃa revelado la realidad, sólo habÃa vivido para ella, pensando en volverla a encontrar y declararle francamente mi amor.
—¿Es esto cierto?—le pregunté al fin en una voz cuya aspereza no pude reprimir. Tomé su mano frÃa e inerte entre las mÃas y contemplé su hermosa cabeza caÃda.
—¡Ay de mÃ! desgraciadamente lo es—fue su débil contestación.—Es mi esposo; por consiguiente, todo amor entre nosotros está excluido—añadió.—Ha sido usted siempre mi amigo, señor Greenwood, pero ahora que me ha obligado a confesarle la realidad, nuestra amistad ha terminado.
—¿Y su esposo está aquà con usted?
—Ha estado—respondió,—pero se ha ido.
—Supongo que abandonó usted Londres secretamente para reunirse a él, ¿no es as�—observé con amargura y acritud.
—Porque me lo pidió. Deseaba verme.
—¿Para obtener dinero a fuerza de amenazas, como intentó hacerlo esa noche memorable en Mayvill?
La pálida y abatida niña movió afirmativamente la cabeza.
—He venido a vivir en esta casa, pero pagando—explicó.—Isabel Wood, una antigua condiscÃpula, vive aquà con su madre. Las dos creen que he hecho un casamiento secreto, contrariando a los mÃos, para lo cual he tenido que fugarme del hogar, y en estos dos últimos años han sido extraordinariamente bondadosas conmigo.
—¡Entonces hace dos años que está usted casada!—exclamé lleno de sorpresa y confusión, verdaderamente asombrado de ver la manera cómo habÃa sido engañado.
—SÃ, hace casi dos años. Nos casamos en Wymondham, en el condado de Norfolk.
—Cuénteme toda la historia, Mabel—la insté, después de una pausa prolongada, esforzándome por conservar una fingida calma exterior, que no coincidÃa ciertamente con mis sentimientos más Ãntimos y profundos.
Su pecho se levantaba y bajaba jadeante debajo de sus encajes y chiffons, sus grandes ojos maravillosos brillaban llenos de lágrimas. Durante largos cinco minutos permaneció dominada por la emoción y sin poder articular una palabra. Al fin, en una voz baja, enronquecida, dijo:
—No sé lo que pensará usted de mÃ, señor Greenwood. Estoy avergonzada de mà misma, y de la manera cómo lo he engañado. Mi única disculpa puede concentrarse en estas dos palabras: era imperativo. Me casé obligada por una terrible cadena de circunstancias, que usted sólo comprenderá cuando la luz se haga, cuando conozca toda la verdad.—Y volvió a quedar callada.
—¿Pero no me la dirá usted ahora?—insistÃ.—Como su mejor amigo, como el hombre que la ha amado sinceramente, creo que tengo derecho a conocerla.
Movió la cabeza con amarga tristeza, y, mirándome a través de sus lágrimas, respondió brevemente:
—Ya se la he dicho. Estoy casada. Sólo puedo pedirle perdón por haberlo engañado y manifestarle que me he visto obligada a hacerlo.
—¿Quiere usted decir que se ha visto precisada a casarse con él? ¿obligada por quién?
—Por él—tartamudeó.—Hace dos años que una mañana salà sola de Londres y me reunà con él en Wymondham, donde previamente habÃa estado parando por espacio de quince dÃas, mientras mi padre estaba pescando. Herberto me recibió en la estación, y nos casamos secretamente, actuando como padrinos dos hombres desconocidos, elegidos a la ventura. Después de celebrada la ceremonia, nos separamos. Me saqué el anillo y volvime a casa. Esa noche dábamos una comida, y entre los comensales estaba usted, lord Newborough y lady Rainham; después concurrimos al Haymarket. ¿No lo recuerda? Cuando estábamos sentados en el palco, me preguntó por qué me encontraba tan triste y pensativa, y yo me disculpé diciéndole que tenÃa un fuerte dolor de cabeza. ¡Ah! ¡si hubiera usted sabido!
—Recuerdo esa noche perfectamente—le dije, compadeciéndola.—¿Fue aquélla entonces la noche de su casamiento? Pero ¿cómo la obligó a que se casara con él? Las razones que lo impulsaron, son demasiado claras, por cierto. QuerÃa sacar ventaja, no hay duda, ya fuera por el hecho de que usted no podrÃa consentir que se supiera que era la esposa de un hombre vulgar, de un cuidador de caballos, o ya porque tenÃa la intención de entrar en posesión de su dinero a la muerte de su padre. Ciertamente que no es el suyo el primer casamiento de esta clase que se ha celebrado—añadÃ, con un sentimiento de espanto y confusión.
En el mismo momento en que mis esperanzas habÃan llegado al más alto grado y parecÃan próximas a ver realizados sus ensueños, debido a la declaración de la señora Percival, habÃa caÃdo el golpe terrible sobre ellas, y comprendà en el acto que era imposible todo amor entre nosotros. Mabel, la mujer a quien habÃa amado con tanta pasión y ternura, era la esposa de un rústico campesino bruto que con sus amenazas la martirizaba hasta la locura, y que, como ya lo habÃa demostrado, no vacilarÃa ante nada con el fin de conseguir sus despreciables fines.
El estado de mi ánimo y sentimientos era indescriptible. No tengo palabras para poder dar una idea adecuada de las emociones encontradas que destrozaban mi corazón, ni cómo lo torturaban cruelmente. Hasta ese momento habÃa estado bajo mi protección, pero, ahora que ya sabÃa que era la esposa de otro, no tenÃa derecho para ejercer contralor sobre sus actos, no tenÃa derecho para admirarla, ni tampoco lo tenÃa para amarla.
¡Ah! si alguna vez se ha sentido un hombre desesperado, abatido y desengañado; si ha comprendido cuán inútil y sin objeto ha sido su vida triste y solitaria, ese hombre he sido yo.
Intenté persuadirla de que me contara cómo ese rústico campesino la habÃa obligado a que se casara con él, pero las palabras se anudaron en mi garganta y la emoción me ahogó. Las lágrimas debieron agolparse en mis ojos, supongo, porque con un impulso de súbita simpatÃa, una explosión de ternura femenina que vibraba tan fuertemente dentro de su noble ser, colocó su mano cariñosamente sobre mi hombro y dijo, en una voz tranquila, serena y baja:
—No podemos revocar lo pasado, ¿para qué entonces pensar en ello? Proceda como le pedà en mi carta que lo hiciera. Perdóneme y olvide. Déjeme con mis penas. Ahora sé que me ha amado, pero es...
No pudo terminar la frase, porque se bañó en lágrimas.
—Sé lo que quiere usted decir—le dije confundido.—Demasiado tarde... sÃ, demasiado tarde. Nuestras dos existencias han sido destruidas por mi necedad... porque le oculté lo que como hombre sincero y honrado debÃa habérselo dicho hace ya mucho tiempo.
—No, no, Gilberto—gritó, llamándome por mi nombre por la primera vez,—no digo eso. La culpa no es suya, sino mÃa... mÃa—y se cubrió la cara con las manos y sollozó fuerte y melancólicamente.
—¿Dónde está su marido... o más bien dicho, ese hombre que intentó matarla?—le pregunté fieramente pocos minutos después.
—En algún punto del Norte, según creo.
—¿Y cuándo estuvo aquà con usted?
—Hace una semana que vino y permaneció un par de horas.
—¡Pero no es posible que siga abusando de usted de este modo! ¡Si no puedo seguir siendo su amante, puedo, sin embargo, ser siempre su campeón, Mabel!—grité lleno de decisión.—En adelante tendrá que arreglárselas conmigo.
—¡Ah, no!—tartamudeó, volviéndose hacia mà con recelo y temor.—No debe usted hacer nada. De otra manera podrÃa él...
—¿Qué podrÃa él hacer?
Quedó callada, contemplando por la abierta ventana, sin objeto ni interés, los anchos prados que se extendÃan delante de su vista, nebulosos y silenciosos en medio de la obscuridad del crepúsculo.
—¡Puede—dijo en voz baja y cortada,—puede decir al mundo la verdad!
—¿Qué verdad?
—La que él sabe... por medio de la cual me obligó a ser su esposa,—y se llevó la mano al pecho, como para detener los terribles latidos de su tierno corazón.
Intenté persuadirla de que me revelara el secreto, que confiara en mà sus cuitas, dado que era su más fiel y sincero amigo, pero se negó.
—No—exclamó en voz cortada,—no me lo pregunte, Gilberto, ahora que puedo permitirme llamarle asÃ, pues de todos los hombres es a usted al que no puedo decÃrselo. A mà sólo me resta callar... y sufrir.
Su cara estaba pálida, muy pálida, y por la expresión de ella conocà que su resolución era irrevocable.
A pesar de la confianza y estimación que me tenÃa, comprendà que no habrÃa poder en el mundo que la indujera a revelarme esa terrible verdad.
—Pero usted sabe la razón que tuvo su padre para designar a su amigo Dawson administrador de su fortuna—le dije.—TenÃa confianza en que con una palabra suya se conseguirÃa hacerle retirarse del puesto que hoy ocupa. No es posible que aparente usted ignorar el misterioso motivo que tuvo su padre para proceder asÃ.
—Ya se lo he dicho. Mi pobre padre también procedió bajo presión. El señor Leighton lo sabe también.
—¿Y conoce usted la razón?
Movió la cabeza afirmativamente.
—¿Entonces puede usted contrarrestar los planes de ese hombre?
—SÃ, podrÃa—contestó lentamente,—si me atreviera a hacerlo.
—¿Qué teme?
—Temo lo que mi padre temÃa—respondió.
—¿Y qué era eso?
—Que cumpliera cierta amenaza que muchas veces habÃa hecho a mi padre, y más tarde a mÃ. El dÃa que abandoné mi hogar me amenazó también... desafiándome a que pronunciara una sola palabra.
SÃ, ese tuerto tenÃa sobre ella un poder absoluto, como se habÃa jactado delante de la señora Percival. También conocÃa ese hombre el secreto del cardenal, mientras yo lo ignoraba.
Permanecimos sentados en esa pequeña y anticuada habitación hasta que el crepúsculo se convirtió en noche profunda, y ella se levantó penosamente y encendió la lámpara. A la luz noté, sobresaltado, cómo habÃa cambiado su dulce rostro. Sus mejillas estaban pálidas y marchitas, sus ojos hinchados y enrojecidos, y todo su semblante denotaba una ansiedad profunda, terrible, ardiente, un terror pánico de lo desconocido que el porvenir le reservaba.
Ciertamente, su posición era extraña, casi inconcebible: una linda joven, con una fortuna de más de dos millones de libras depositada en poder de sus banqueros, y sin embargo perseguida, rondada por sus crueles enemigos que buscaban su ruina, degradación y muerte.
La revelación de su casamiento me habÃa dado un golpe terrible, como para hacerme tambalear. Ya no podÃa ser para ella más que un simple amigo como cualquier otro hombre; todos los pensamientos de amor estaban excluidos, toda esperanza de felicidad abandonada. Jamás la habÃa yo pretendido por su fortuna, eso puedo confesarlo honradamente. La habÃa amado sólo por lo que ella valÃa en sÃ, porque era dulce y pura, porque conocÃa que su corazón era leal y sincero; que en carácter, fuerza de voluntad, gracia y belleza, era incomparable.
Durante un largo rato retuve su mano entre las mÃas, sintiendo cierta satisfacción, supongo, en repetir de esta manera lo que tantas veces habÃa hecho en otro tiempo, ahora que ya tenÃa que despedirme para siempre de todas mis esperanzas y aspiraciones.
Ella permanecÃa sentada en silencio, dejando escapar profundos suspiros de dolor mientras yo hablaba, refiriéndole esa extraña aventura nocturna de las calles de Kensington, y cuán cerca habÃa estado de la muerte.
—Entonces, sabiendo que ha conseguido usted leer el secreto escrito en esas cartas, han intentado sellar sus labios para siempre—exclamó al fin, en una voz dura y mecánica, casi como si hubiera estado hablando consigo misma.—¡Ah! ¿no se lo previne en mi carta? ¿no le he dicho que el secreto está tan bien e ingeniosamente guardado, que no conseguirá nunca saberlo o sacar provecho de él?
—Pero tengo la intención de perseverar en la solución del misterio de la fortuna de su padre—declaré, siempre, con su mano entre las mÃas, dándole mi adiós triste y amargo.—El me dejó su secreto, y yo he decidido partir mañana para Italia, a buscar el punto indicado y conocer la verdad.
—Entonces, es mejor que se economice esa molestia, señor—exclamó una voz de hombre vulgar y sin ninguna educación, que al oÃrla me sobresaltó y, al darme vuelta rápidamente, vi que la puerta se habÃa abierto sin ruido, y en el dintel, contemplándonos con aparente satisfacción, estaba de pie el hombre que se interponÃa entre mi bien amado y yo: ¡el campesino rústico y brutal que la reclamaba con el derecho de darle el nombre sagrado de esposa!
FRENTE A FRENTE
—¿Me gustarÃa saber qué tiene usted que hacer aquÃ?—preguntome aquel vulgar individuo, de facciones groseras, cuyo chato sombrero gris y calzones cortos le daban un aspecto marcadamente de mozo de cuadra. Y se quedó de pie en el umbral de la puerta, cruzando los brazos desafiadoramente y mirándome a la cara.
—El asunto que me ha traÃdo aquÃ, sólo a mà atañe—contesté, haciéndole frente con repugnancia.
—Si le incumbe a mi esposa, yo tengo derecho de saberlo—insistió.
—¡Su esposa!—grité, avanzando hacia él y dominando con dificultad el poderoso impulso que sentÃa de golpear y arrojar al suelo a ese joven rufián.—¡No la llame su esposa, hombre! ¡Llámela por su verdadero nombre: su vÃctima!
—¿Me dice usted eso como insulto?—dijo rápidamente, poniéndose blanca su cara de súbita ira. Mabel, al ver su actitud amenazadora, de un salto se interpuso entre nosotros y me suplicó que conservara mi calma.
—Hay algunos hombres para quienes no pueden ser insulto las palabras, por duras que sean—contesté violentándome,—y usted es uno de ellos.
—¿Qué quiere usted decir?—gritó.—¿Desea usted pelear?—y avanzó con los puños cerrados.
—No deseo pelear—fue mi rápida respuesta.—Lo único que le ordeno es que deje en paz a esta dama. Puede legalmente ser su esposa, pero yo asumiré el papel de su protector.
—¡Oh!—exclamó, encogiendo el labio con burla.—¿QuerrÃa saber con qué derecho interviene usted entre nosotros?
—Con el derecho que todo hombre tiene de proteger a una mujer desamparada y perseguida—contesté con toda firmeza.—Le conozco, y estoy bien al tanto de su ignominioso pasado. Ya que se atreve a desafiarme, ¿tendré acaso que recordarle un incidente que parece haber olvidado muy cómodamente? ¿No recuerda de cierta noche, no muy lejana, en el parque de Mayvill, cuando intentó usted cometer un crimen infame y brutal, no recuerda?
Dio un salto sobresaltado, luego me miró iracundo, brillando en sus ojos el fuego del odio criminal.
—¡Ella se lo ha dicho! ¡Maldita sea! ¡Me ha vendido!—exclamó lanzando a su temblorosa y aterrada mujer una mirada de profundo desdén.
—No, ella no me lo ha dicho—respondÃ.—Por casualidad me tocó ser testigo de su cobarde atentado. Yo fui quien la sacó con vida del rÃo helado, adonde usted la arrojó criminalmente. Por ese acto que cometió entonces, va a responderme ahora.
—¿Qué es lo que quiere usted significar?—preguntó, y por las lÃneas de su semblante conocà que mi actitud y palabras le habÃan producido una inmensa inquietud.
—Quiero significar que no es a usted a quien le toca atreverse a desafiar, teniendo en vista el hecho de que, si no hubiera sido por la feliz circunstancia de haberme encontrado presente esa noche en el parque, hoy serÃa usted un asesino convicto.
Al oÃr las últimas palabras, se contrajo aterrado. Como todos los de su clase, era arrogante y tirano con el débil, pero tan fácil de dominar con firmeza como un perro que se somete a la voz de su amo.
—Y ahora—continué,—puedo añadir también que esa misma noche en que casi mató a esta pobre niña que es su vÃctima, oà sus exigencias. Es usted un vil explotador, el tipo más despreciable y ruin del criminal, y parece haber olvidado que para delitos como los suyos hay leyes severas que castigan.
Usted exige dinero valiéndose de amenaza, y en presencia de una negativa comete un atentado desesperado contra la vida de su esposa. Las pruebas que yo podrÃa presentar contra usted en el tribunal de Asises, lo harÃan condenar a trabajos forzados por un término de años, ¿me comprende? Voy, por lo tanto, a hacer un convenio con usted: si me promete no molestar más a su esposa, yo guardaré silencio.
—¡Y me hace el favor de decirme quién demonios es usted para que me hable de esta manera... vamos, como un capellán de cárcel en su visita semanal a las celdas!
—Mejor es que sepa contener su lengua, hombre, y reflexione bien en mis palabras,—le dije.—No soy persona de entrar en argumentos. Procedo.
—Pues, proceda como mejor le plazca. Yo haré lo que crea más conveniente, ¿me oye?
—¿Y desafiará el peligro? ¿Se expondrá a todo? Muy bien—repliqué.—Usted conoce lo peor: el presidio.
—Y usted no—rió.—Si asà no fuera, no hablarÃa como un verdadero idiota. Mabel es mi esposa, y nada tiene usted que hacer en el asunto, de manera que ya con esto es suficiente—añadió insolentemente.—En vez de tratar de amenazarme, soy yo quien tiene derecho de preguntarle por qué le encuentro a usted aquÃ... con ella.
—¡Voy a decÃrselo!—grité encolerizado, ardiéndome las manos de deseo de darle a ese imprudente bribón una buena y merecida lección.—Estoy aquà para protegerla, porque temo por su vida. Y permaneceré aquà hasta que usted se vaya.
—Pero yo soy su marido, y por consiguiente me quedaré—exclamó el individuo, completamente inalterable.
—Entonces ella se irá conmigo—exclamé con decisión.
—Yo no permitiré eso.
—Usted procederá como yo lo crea conveniente—le dije. Después, volviéndome a Mabel, que habÃa permanecido callada, temblando y pálida, por temor de que nos fuéramos a las manos, añadÃ:—Póngase su saco y sombrero en el acto, porque se debe volver a Londres, conmigo.
—¡No lo hará!—gritó, sin ceder.—Si mis maldiciones y juramentos consiguen irritarla, los tendrá gruesos y en abundancia.
—Mabel—le dije, sin poner atención en las palabras del rufián, pero retrocediendo para permitirle que pasara,—póngase su saco, hágame el favor. Afuera me espera una volanta.
El bribón intentó hacer un movimiento para impedirle salir de la habitación, pero en el acto mi mano cayó pesadamente sobre su hombro, y en mi cara leyó mi determinación.
—¡Usted se arrepentirá de esto!—silbó amenazadoramente, pronunciando entre dientes una maldición.—Ya sé lo que anda usted buscando... pero—y se rió,—pero jamás obtendrá el secreto que le dio los millones a Blair. Usted cree tener en su mano el hilo que le descubrirá el misterio, pero pronto se dará cuenta de su error.
—¿Y cuál es mi error?
—No asociarse a mÃ, en vez de insultarme.
—No tengo necesidad de la ayuda de un hombre que atenta contra la vida de una pobre mujer desamparada—le respondÃ.—Tenga presente que en adelante debe permanecer alejado de ella, o ¡por Job! le aseguro que sin más acá ni más allá, pediré la cooperación de la policÃa, y su historia pasada demostrará la perversidad de su carácter.
—Haga lo que guste—rió de nuevo desafiadoramente.—Entregándome a la policÃa le hará a ella el peor de los males. Si duda de lo que digo, pregúnteselo. Tenga cuidado de cómo procede antes de ponerse en ridÃculo y hacerla vÃctima a ella.
Y con esta vana y áspera insolencia se dejó caer en el sillón y colocó sus pies sobre el enrejado de la chimenea, asumiendo una actitud indolente y encendiendo tranquilamente un cigarro ordinario y de desagradable olor.
—No tema, será uno solo el que saldrá perdiendo—respondà significativamente.—Y ese será usted.
—Está bien—exclamó,—ya veremos.
Salà de la pieza y me reunà a Mabel, que me esperaba vestida en el vestÃbulo. Después de despedirse rápidamente de Isabel Wood, su antigua condiscÃpula, la saqué de allÃ, la hice subir a la volanta y con ella me volvà a Chipping Norton.
Aun cuando, reflexionando con espÃritu más sereno, no podÃa comprender la posición exacta que ocupaba este joven rufián que se llamaba Herberto Hales, o el significado verdadero de sus ominosas palabras finales de franco desafÃo, habÃa conseguido, por lo pronto, arrebatar a mi amada de las garras de ese impudente, descorazonado y arrogante bruto y explotador, pero no me atrevÃa a prever por cuánto tiempo serÃa. Mi posición era insegura e incierta, como que no podÃa afrontar abiertamente la situación. Amaba a Mabel, pero no tenÃa derecho a hacerlo. Era, desgraciadamente, la esposa, ¡ay! la vÃctima, mejor dicho, de un hombre de tipo vulgar e instintos criminales.
Nuestro viaje hasta la estación de Paddington fue sin novedad, y en el más completo silencio casi. Nuestros corazones, que palpitaban tristemente, rebosaban de pena y dolor, sin alientos para poder pronunciar las más simples palabras. Una barrera insuperable se habÃa interpuesto entre nosotros; ambos estábamos abatidos y enfermos de pesar. El pasado, lleno de esperanzas, habÃa terminado; tenÃamos por delante el porvenir sombrÃo, melancólico y desesperante.
Cuando llegamos a Londres, me manifestó el deseo de ver a la señora Percival, y como se negara a volver a vivir bajo el mismo techo con Dawson, la conduje al York Hotel, en la calle Albemarle; después, en el mismo coche, me encaminé a la plaza Grosvenor, informando a la señora Percival dónde estaba mi amada.
La viuda no perdió un minuto en ir a su lado, y, a media noche, acompañado por Reginaldo, fui otra vez al hotel, porque querÃa darle ciertas instrucciones sobre su esposo, recomendándole que se negara a verlo, si llegaba a encontrarla, y también despedirme de ella, pues a las nueve de la mañana siguiente partÃamos de Charing Cross, con rumbo a Italia.
HabÃa resuelto, con Reginaldo, que no debÃamos perder un momento más de tiempo, ahora que me sentÃa suficientemente mejorado y fuerte para viajar, y que era preciso marchar para Toscana, con el fin de averiguar la realidad de aquel misterioso registro cifrado.
Se despidió cariñosamente de los dos, e insistió en que no nos afligiéramos más por ella, a pesar de lo cual no pudimos dejar de notar cuán grande era su ansiedad respecto al resultado de mi desafÃo a su infame marido. Nos deseó buena suerte, rapidez en la peligrosa empresa que Ãbamos a emprender, éxito completo y pronto y feliz retorno a la patria.
LAS INSTRUCCIONES DE SU EMINENCIA
El verde y tortuoso valle de Serchio presentaba su más alegre y bello aspecto en el mes de mayo, la época de las flores en la vieja Italia. Alejado, bien alejado, de las grandes rutas por donde en invierno cruzan los numerosos turistas ingleses, americanos y alemanes, solitario e inexplorado, visitado sólo por los sencilloscontadinide las montañas, el rumoroso rÃo serpentea formando tortuosas curvas y caprichosos recodos, alrededor de ángulos puntiagudos, y bajo inmensos árboles con sus copas inclinadas, en torno de grandes peñascos y piedras enormes, gastadas y suavizadas por la acción del agua a través de los siglos.
En estos parajes solitarios del rÃo, cuando se lanza impetuosamente desde los gigantescos Apeninos hacia el mar, moran, tranquilos y contentos, sin que el ser humano perturbe su plácida existencia, el brillante martÃn pescador y la majestuosa garza, sintiéndose dueños absolutos de él.
Cuando echamos a andar, habiendo dejado el coche que nos habÃa llevado de Lucca al extraño puente medioeval llamado Puente del Diablo, la pintoresca, serena y solitaria belleza campestre del paisaje nos impresionó. El silencio era profundo, no se oÃa el menor ruido, a excepción del zumbido de los millares de insectos que pululaban al sol, y el suave rumor musical del agua, que en ese paraje se desliza tranquila sobre su lecho rocalloso.
Mi primer impulso cuando llegamos al Universo, en Lucca, fue subir al Monasterio y visitar a fray Antonio. Sin embargo, me parecÃa tan Ãntima su relación con el socio de Blair, el excontramaestre Dawson, que resolvimos explorar primero el punto señalado y hacer algunas observaciones. Por lo tanto, a las ocho de esa mañana subimos a uno de esos viejos y polvorientos coches toscanos de camino, cuyos caballos llevan de adorno ruidosas campanillas, y cerca del mediodÃa nos encontramos en la orilla izquierda del rÃo, contando los cuatrocientos cincuenta y seis pasos, como indicaba el registro secreto inscripto en las cartas.
Le ordenamos a nuestro conductor que se volviera a esperarnos en la pequeña posada, o bodegón, que habÃa junto al camino y por delante del cual acabábamos de pasar; y para evitar que nos observara de lejos, porque sabÃamos que tratarÃa de espiar furtivamente nuestros movimientos, nos vimos obligados, en vista de no haber una senda, a dar una vuelta por el centro de un bosquecillo, saliendo de nuevo a la orilla del rÃo un poco más arriba.
Cuando estuvimos junto al agua, de pie en medio de los altos matorrales que crecÃan sobre las márgenes, sólo pudimos volver la mirada hacia el puente y calcular que estábamos como a unos cien pasos de él.
Después, marchando adelante en fila, nos abrimos camino con dificultad a través de las altas malezas, pastizales, gigantes helechos y enmarañadas trepadoras, avanzando lentamente hacia el puente señalado. En ciertos parajes los árboles entrelazaban sus copas, y el brillante sol penetraba por entre el follaje, yendo a reflejarse sus rayos sobre las rumorosas y agitadas aguas, produciendo un lindo efecto.
Según el registro, el lugar debÃa quedar en campo abierto, puesto que el sol brillaba sobre él durante una hora del mediodÃa, el cinco de abril y dos horas el cinco de mayo. Estábamos en ese momento a diecinueve de mayo, y, por lo tanto, la duración del sol serÃa, calculando aproximadamente, como de un cuarto de hora más.
En ciertos sitios el rÃo quedaba despejado y libre para recibir el sol, mientras en otros la luz no debÃa poder penetrar nunca allÃ, pues sus orillas eran tan altas y encajonadas que lo impedÃan. De las grietas de las rocas surgÃan pinos de montaña y otros árboles que habÃan echado raÃces y crecido enormemente, doblándose sobre el rÃo hasta casi tocar el agua con sus ramas; de consiguiente, nuestro avance era cada vez más lento y difÃcil, por las escabrosidades de la ribera, la enmarañada vegetación silvestre y los pastizales.
Un hecho estaba demostrado: hacÃa mucho que nadie se habÃa aproximado al punto indicado, porque no encontramos la menor huella que diera a conocer que las plantas de algunos intrusos hubiesen hollado una hoja o destruido una sola varita.
Al fin, después que subimos a lo largo de un escarpado peñasco que descendÃa abruptamente al agua, y hubimos calculado que nos hallábamos a cuatrocientos veinte pasos del viejo puente, dimos vuelta de pronto a un recodo del rÃo y salimos a un espacio en donde éste se ensanchaba, aun cuando siempre se deslizaba a cien pies o más de profundidad, de modo que corrÃa despejado con un ancho de cuarenta yardas, por lo menos, mirando hacia el firmamento.
—¡Aquà debe ser!—grité con ansiosa anticipación, parándome e inspeccionando rápidamente el paraje.—En las instrucciones dice que hay que bajar veinticuatro escalones. Supongo que debe querer significar escalones hechos en la roca; es preciso que los encontremos.
Y ambos empezamos a buscarlos con todo interés, pero no pudimos descubrir ninguna huella en medio de aquella enmarañada vegetación.
—El registro dice que hay que descender hasta el punto detrás del cual un hombre puede defenderse de cuatrocientos—exclamó Reginaldo, leyendo una copia del original que sacó del bolsillo.—Esto parece indicar que la entrada está en alguna estrecha grieta entre dos rocas. ¿No ves tú algo parecido?
Miré con ansiedad en derredor, pero me vi obligado a confesar que no distinguÃa nada que coincidiera con la descripción.
Tan abrupto era el obscuro peñasco de piedra caliza que bajaba hasta el agua, que me aproximé a su borde con gran precaución, y después, echándome de bruces, me arrastré y miré por sobre su peligrosa orilla. Al hacerlo, se aflojó un enorme pedazo de roca y cayó al rÃo con gran estrépito.
Observé todo con mucho cuidado, pero no pude ver nada, absolutamente nada, que estuviera en conformidad con lo que el antiguo bandido Poldo Pensi habÃa dejado registrado.
Durante media hora larga anduvimos escudriñando en vano, hasta que comprendimos, alarmados, que, como no habÃamos medido con exactitud los pasos señalados desde el Puente del Diablo, no estábamos en el punto preciso. Retrocedimos el camino andado, lenta y trabajosamente, volviendo a tener que pasar por entre las malezas casi impenetrables, desgarrando nuestras ropas e hiriéndonos, y una vez que llegamos al puente, que era el punto de partida, emprendimos de nuevo la marcha.
Tan equivocado habÃa sido nuestro cálculo, que a los trescientos ochenta y siete pasos de la segunda exploración pasamos por el lugar que con tanta minuciosidad habÃamos escudriñado momentos antes, y continuando nuestro camino, siempre adelante, nos paramos al llegar a los cuatrocientos cincuenta y seis pasos, sobre la cima de un alto campo muy similar al otro, aun cuando más agreste y todavÃa más inaccesible.
—Aquà no parece haber nada—observó Reginaldo, cuya cara estaba toda lastimada por las malezas espinosas y chorreaba sangre.
Miré en contorno y tuve, con disgusto, que ratificar sus palabras. Los árboles eran grandes y sombrÃos donde estábamos parados, inclinándose algunos de ellos sobre la profunda quebrada por donde el rÃo serpenteaba. Cautelosamente nos arrastramos de bruces hasta el borde de la roca, usando esta precaución, porque no sabÃamos si la orilla estaba podrida, e inspeccionamos el punto con mirada penetrante.
—¡Mira!—gritó mi amigo señalando un lugar que habÃa hacia el fondo del peñasco, a mitad de camino del profundo rÃo, después que daba la abrupta vuelta,—allà hay unos escalones y una senda estrecha que conduce más abajo. ¿Y qué es aquello?
DESCRIPCIÓN DE UN DESCUBRIMIENTO ASOMBROSO
Miré y vi, sobre una especie de plataforma natural hecha en la roca, una pequeña choza de piedra, cuyo obscuro techo de teja contemplábamos desde la altura.
—S×exclamé,—allà están los veinticuatro escalones de que habla el registro, no hay duda. ¿Vivirá alguien dentro de esa choza?
—Bajemos e investiguemos—indicó Reginaldo ansiosamente, y pocos minutos después descubrÃamos una estrecha huella que conducÃa del bosque de castaños directamente a los toscos escalones, los cuales bajaban hasta una angosta abertura entre dos rocas. Sobre la que quedaba a la derecha vimos, profundamente grabada en la piedra, una anticuada E mayúscula, como de un pie de largo, y pasando por junto de ella, nos encontramos con un cangilón peligroso y lleno de escabrosidades, que, haciendo ziszases, conducÃa a la pequeña choza. La puerta cerrada y la ventanita de hierro de aquella solitaria cabaña despertaron nuestra curiosidad.
Un momento después, sin embargo, el misterio quedó descubierto. El frente de la choza era ojival, y sobre la clave habÃa una pequeña cruz de piedra.
Era una celda de ermitaño, como tantos otros sitios antiguos de retiro y contemplación que hay en la vieja Italia, y acto continuo, al pasar por delante de las rocas y descender cautelosamente por la senda, abriose la puerta, y salió de la ermita un monje, en el que reconocÃ, con gran sorpresa mÃa, al corpulento y barbudo capuchino, fray Antonio.
—Caballeros—exclamó en italiano, saludándonos,—éste es un inesperado encuentro, ciertamente.—y nos señaló el banco de piedra que habÃa fuera de la pequeña y baja choza, el cual noté que estaba hábilmente oculto por los grandes árboles, cuyas copas se inclinaban sobre el rÃo, de manera que quedaba invisible de ambas márgenes del Serchio.
Cuando nos sentamos aceptando su invitación, él recogió su desteñido hábito carmesà y se sentó a nuestro lado.
Le manifesté la sorpresa que me causaba encontrarlo allÃ, pero él se sonrió, y dijo:
—¿Está usted decepcionado por no haber descubierto otra cosa?
—Esperamos conocer el secreto del cardenal Sannini—fue mi franca respuesta, sabiendo bien que él estaba en posesión de la verdad, y sospechando que, junto con el inglés tuerto, habÃa sido también socio de Blair.
Las facciones, toscas y tostadas por el sol, del monje asumieron una expresión enigmática y confusa, porque comprendió que algo habÃamos conseguido saber, pero sin embargo vaciló interrogarnos por temor de descubrirse a sà mismo. Los capuchinos, como los jesuitas, son admirables diplomáticos. Indudablemente la fascinación personal que ejercÃa el monje, se debÃa en parte a su espléndida presencia. Su cara era hermosa, despejada, con facciones bien delineadas y enérgicas, dulcificadas por unos ojos en que parecÃa brillar la luz de la perpetua juventud, con una cándida expresión modesta.
—Entonces ha recuperado usted el registro—observó al fin, mirándome fijamente a la cara.
—SÃ, y como lo he leÃdo—contesté,—he venido aquà a investigarlo y reclamar el secreto que me ha sido legado.
Respiró con fuerza, nos miró un momento a los dos, y sus negras cejas cargadas se contrajeron. HacÃa calor donde estábamos sentados, porque el brillante sol italiano caÃa de plano sobre nosotros; por lo tanto, sin responderme, se levantó y nos invitó a entrar en su pequeña celda fresca, pieza cuadrada y desnuda, con piso de tabla, cuyo mobiliario se componÃa de una cama de madera, baja y anticuada, con un pedazo de una vieja colcha obscura por cobertor, unpriedieuRenacimiento, de roble antiguo tallado, ennegrecido por el uso y el tiempo, una silla, una lámpara de colgar, y en la pared un gran crucifijo.
—¿Y el señor Dawson?—preguntó al fin, cuando Reginaldo se hubo sentado en la orilla de la cama y yo en la silla.—¿Qué es lo que él dice?
—No tengo necesidad de pedirle su opinión—repliqué rápidamente.—Por la ley el secreto del cardenal es mÃo, y nadie puede disputármelo.
—Salvo su actual poseedor—fue su tranquila observación.
—Su actual poseedor no tiene derecho sobre él. Burton Blair me lo ha regalado, y por consiguiente es mÃo—declaré.
—Yo no disputo eso—contestó el monje.—Pero como guardián del secreto del cardenal, tengo derecho de saber cómo ha venido a sus manos el registro inscripto en las cartas, y cómo ha conseguido usted la clave de la cifra.
Le referà exactamente todo lo que deseaba saber, y cuando se hubo cerciorado, exclamó:
—Ha conseguido usted triunfar ciertamente en lo que yo le predije que fracasarÃa, y su presencia aquà me llena de sorpresa. Aparentemente ha vencido todos los obstáculos que se le han presentado, y hoy viene a reclamar de mà lo que por derecho es suyo, sin duda alguna.
ParecÃa hablar con sinceridad, pero debo confesar que yo no tenÃa confianza en él y que todavÃa abrigaba recelos.
—Antes de que pasemos adelante, sin embargo—continuó, de pie, con sus manos metidas dentro de las anchas mangas de su hábito,—voy a preguntarle si tiene usted la intención de observar los mismos métodos que puso en práctica el señor Blair, el cual adjudicaba una octava parte del dinero derivado del secreto a nuestra orden de capuchinos.
—Ciertamente que s×repliqué, algo sorprendido.—Mi deseo es respetar en todos conceptos las obligaciones de mi difunto amigo.
—Esa es una promesa que hace usted—dijo con cierta ansiedad.—Es preciso que la haga solemnemente... vamos, que jure. ¿Quiere repetirla? ¡Levante su mano—Y señaló el gran crucifijo que habÃa en la blanca pared.
Levanté mi mano y exclamé:
—Juro proceder como Burton Blair ha procedido.
—Muy bien—replicó el monje, al parecer satisfecho de que era un hombre de honor.—Supongo entonces que ha llegado el momento de revelarle el secreto, aunque no dudo que le causará indecible sorpresa. Piense, señor, que es usted todavÃa un hombre relativamente pobre, pero que dentro de media hora será más rico de lo que se ha forjado en sus más extravagantes sueños... que tendrá millones, como sucedió con Burton Blair.
Le atendÃa atónito, dando apenas crédito a lo que mis oÃdos escuchaban. Sin embargo, ¿para qué me servÃa poseer riquezas fabulosas, ahora que habÃa perdido a mi amor?
De una pequeña alacena sacó una vieja linterna herrumbrosa, y la encendió cuidadosamente, mientras nosotros dos la mirábamos llenos de interés y faltos de aliento. Después echó llave a la puerta y la aseguró con una barra de hierro, cerró los postigos de la ventana, y quedamos en tinieblas.
¿IrÃamos a ver acaso alguna ilusión sobrenatural? Quedamos de pie esperando, ávidos y extáticos, sin darnos cuenta ni adivinar lo que iba a suceder.
Un momento después corrió su pesada cama, retirándola del rincón donde estaba, y vimos en el suelo, hábilmente oculta, una especie de puerta, que al abrirla dejó al descubierto un pozo profundo y obscuro.
—Tengan cuidado—nos advirtió,—porque los escalones son algo escabrosos y difÃciles en ciertas partes,—y sosteniendo la linterna en alto, desapareció pronto de la vista, dejándonos detrás para que lo siguiéramos por esos toscos escalones hechos en la piedra viva y luego en la sólida roca, escalones húmedos y pegajosos donde el agua se filtraba y caÃa en sonoras gotas.
—¡Agáchense!—ordenó nuestro guÃa, y vimos el débil bulto de su luz iluminando nuestro camino a lo largo de una senda estrecha y tortuosa, que se extendÃa hasta el mismo corazón del enorme peñasco. Por ciertos puntos cruzábamos entre lodazales de barro y moho pegajoso, mientras el aire allà detenido despedÃa un olor desagradable, sucio y malsano.
De pronto salimos a un gran espacio abierto cuyas dimensiones no pudimos calcular a la débil luz de aquella pobre linterna.
—Estas cavernas se dilatan millas—explicó el monje.—Las galerÃas corren en todas direcciones y van directamente a parar debajo de la ciudad de Lucca y hacia el Arno. Jamás han sido exploradas. ¡Escuchen!
En medio de la extraña obscuridad oÃmos el distante rugido de lejanas aguas que caÃan estrepitosamente.
—Ese es el rÃo subterráneo, el rÃo que separa el secreto de todos los hombres, a excepción de usted—dijo.—Después siguió adelante, siempre a lo largo de un costado de la gigantesca caverna que cruzábamos, y nosotros lo seguimos, acercándonos cada vez más a esas ruidosas aguas, hasta que al fin nos ordenó pasar, y se puso a examinar las toscas y escabrosas murallas sobre las cuales resplandecÃan grandes estalactitas brillantes. Por fin encontró una gran señal blanca, igual a la letra E que habÃa grabada en la roca a un lado de la entrada del enorme peñasco, y puso en el suelo su linterna.
—No avancen un paso más—exclamó.—Entonces hizo salir de un hueco, donde parecÃa estar bien escondido, un largo y tosco puente, que consistÃa en un solo tablón, con débiles barandillas a ambos lados. Lo empujó hacia adelante mientras yo sostenÃa en alto la luz, hasta que llegó al borde del profundo abismo, y lo atravesó, para que pudiéramos pasar.
Cuando estuvimos en medio de él, levantó más la linterna, y nos estremecimos al ver, allá en el fondo, como a cien pies de nosotros, una especie de cañada, por la cual corrÃan impetuosas masas de agua negra, rugiendo furibundas al perderse en las entrañas de la tierra, y formando una terrible trampa para aquellos que se aventuraran a explorar aquel extraño, curioso y húmedo lugar.
Después que pasamos el puente, volvimos a orillar una nueva muralla rocallosa que habÃa a la derecha, atravesamos luego un túnel largo y angosto, y al fin salimos a otro espacio abierto, cuyas dimensiones tampoco nos fue posible calcular.
El monje colocó entonces su linterna en un nicho, en cuyo seno habÃa varias velas puestas sobre toscas tablas y aseguradas entre tres clavos. Cuando las encendió y nuestros ojos se acostumbraron a la luz, vimos que estábamos en una especie de pieza, no muy grande, pero sà larga, angosta y más seca que las otras partes de la caverna.
—¡Mire!—exclamó el capuchino, haciendo un movimiento con la mano.—Aquà está todo, señor Greenwood, y todo es suyo.
Entonces comprendÃ, azorado y atónito, que alrededor de las murallas de esa pieza habÃa, formando altas pilas, unos sobre otros, una inmensidad de sacos de cuero llenos hasta casi reventar. Toqué una pila que habÃa al alcance de mi mano, y vi que lo que dentro se encerraba, era duro y angular y no cedÃa a la presión. También habÃa varios cofres pequeños y anticuados, que, por su seguro aspecto, con sus fajas de hierro herrumbroso y tachonados de clavos, debÃan contener, pensé yo, las misteriosas riquezas que habÃan convertido en millonario a Burton Blair, cuando pocos dÃas antes era un pobre caminante sin hogar.
—¡Qué!—grité azorado;—¡este es un inmenso tesoro escondido!
—S×contestó fray Antonio en su voz baja, profunda.—El tesoro escondido del Vaticano. Vea—añadió,—todo está aquÃ, a excepción de la parte que sacó el señor Blair,—y abriendo uno de los macizos cofres, sostuvo en alto la linterna y desplegó ante mis ojos una colección tan variada de cálices, patenas y custodias de oro, vestiduras recubiertas de joyas y pedrerÃa y magnÃficas alhajas, como nunca antes habÃa visto igual.
Reginaldo y yo nos habÃamos quedado completamente confundidos y mudos en presencia de aquello. Al principio creà que estaba viviendo en un mundo encantado de leyendas y romances, pero cuando un momento después el áspero capuchino me recordó lo pasado, mi asombro fue ilimitado.
¡El secreto de Burton Blair estaba descubierto... y era mÃo!
—¡Ah!—exclamó el monje, riendo;—esta revelación lo ha dejado ofuscado, no hay duda. Pero ¿no le prometà que dentro de media hora serÃa usted varias veces millonario?
—SÃ, pero refiérame la historia de toda esta gran riqueza—le dije con instancia, porque habÃa cortado uno o dos de los sacos de cuero y descubierto que cada uno de ellos rebosaba de oro y piedras preciosas, incrustadas en su mayorÃa en crucifijos y ornamentos eclesiásticos.
EN EL QUE SE REFIERE UNA HISTORIA EXTRAÑA
—Creo justo que conozca ahora la verdad, aun cuando se han hecho los mayores esfuerzos para ocultársela—observó el monje, como hablando consigo mismo.—Bien, hela aquÃ. Usted, como protestante, tal vez sabe que los tesoros encerrados en el Vaticano, en Roma, son los más grandes del mundo, y también que cada Papa, con motivo de su jubileo o de algún otro notable aniversario, recibe un enorme número de regalos, mientras la iglesia de San Pedro, por su parte, constantemente recibe numerosos ornamentos y joyas como ofertas votivas. Todo esto se guarda en el tesoro del Vaticano, y constituye una colección de riquezas no igualadas por todos los millones de los modernos millonarios.
A principios del año 1870 el Papa PÃo IX recibió, por medio de las maravillosas vÃas diplomáticas que posee nuestra Santa Iglesia, informes secretos anunciándole que las tropas italianas tenÃan la intención de bombardear y entrar a Roma, como también saquear el palacio del Vaticano. Su Santidad confió sus temores al gran cardenal Sannini, su favorito, que era entonces el tesorero general. Este sabÃa que existÃa aquà un seguro escondite, pues habÃa vivido en este distrito siendo joven campesino; por lo tanto consiguió, en los meses de junio, julio y agosto de 1870, trasladar secretamente una gran cantidad del tesoro del Vaticano y guardarlo en este lugar, con el fin de salvarlo de las manos del enemigo.
Conforme a los temores de Su Santidad, el 20 de septiembre las tropas italianas, después de cinco dÃas de bombardeo, entraron a Roma, pero, felizmente, no llevaron un recio ataque al Vaticano. Desde entonces permanece aquà el tesoro arrancado de su seno. El cardenal Sannini fue, según parece, traidor a la Iglesia, pues aun cuando indujo a PÃo IX a que permitiera sacar el tesoro secretamente, jamás le dijo el punto exacto donde estaba oculto; y es extraño que los dos guardias suizos que le ayudaron en su obra al cardenal, y que, fuera de él, eran los únicos poseedores del secreto, desaparecieran tan completamente. Es muy probable, pienso yo, que hayan sido precipitados al fondo de ese rÃo subterráneo que acabamos de cruzar. La pequeña entrada a estas galerÃas estaba antes oculta por sólo malezas y zarzas, pero después que el tesoro quedó guardado aquÃ, Su Eminencia descubrió que el paraje era muy adaptable para construir una ermita, e hizo construir esta pequeña choza que han visto ustedes sobre la pequeña abertura de la roca, al costado del enorme peñasco, con el objeto de ocultarla. Para que los albañiles no descubrieran la entrada, cerró primero, con sus propias manos, el agujero.
Por espacio de varios meses, durante la lucha entre el Gobierno italiano y la Santa Sede, abandonó su vestidura purpúrea y llevó una vida de ermitaño en esta celda, pero no tuvo otro objeto al hacer esto que cuidar el enorme tesoro tan hábilmente asegurado. Como usted sabe, fue, en cierta ocasión capturado por el terrible Poldo Pensi, tan temido en la Calabria, y obligado, con el fin de salvar su vida y reputación, a descubrir la existencia de su tesoro. Pensi, en vista de esto, vino aquà secretamente, vio el tesoro, pero como era en extremo supersticioso, cual lo son todos los de su condición, no se atrevió a tocar ni un solo objeto. Buscó un hombre que en un tiempo habÃa formado parte de su partida y que después entró, arrepentido, en nuestro Monasterio, un tal fray Horacio, y le entregó la ermita para que la cuidara, pero sin decirle nada sobre el túnel secreto y sus cavernas subterráneas. Sannini y el Papa murieron, mientras fray Horacio, ignorando por completo el hecho de que residÃa sobre una verdadera mina de fabulosa riqueza, continuó viviendo aquà por espacio de dieciséis años, hasta que murió, y yo le sucedà en la ocupación de la celda, donde paso casi seis meses todos los años en meditación y orando.
Mientras tanto, el secreto de Su Eminencia, inscripto en la cifra secreta usada por el Vaticano en el sigloxvii, pasó, según parece, de las manos de Poldo Pensi a las de Burton Blair, su compañero de mar e Ãntimo amigo.
Hace unos cinco años, más o menos, que yo supe esto por primera vez. Mi tranquilidad se vio turbada un dÃa por la visita de dos ingleses, Blair y Dawson, los cuales me contaron una historia extraña sobre el secreto que les habÃa sido dado, pero al principio yo no quise creer que hubiera nada de cierto en este cuento del tesoro escondido. Sin embargo, investigamos, y después de una exploración muy larga, difÃcil y peligrosa, conseguimos descubrir la realidad.
—¿Entonces Dawson participó del secreto, como también de los beneficios?—observé atónito ante la asombrosa verdad.
—SÃ, nosotros tres éramos los únicos que conocÃamos el secreto, y entonces convinimos en que Blair tendrÃa la mayor parte, dado que el exbandido se lo habÃa regalado a él, mientras Dawson, a quien Pensi, según parece, dio a conocer algunos datos concernientes al tesoro, antes de morir, participarÃa de una cuarta parte del producto anual, y yo, nombrado guardián de la casa del tesoro, de una octava, o, mejor dicho, mi comunidad, para cuyo beneficio era. No se me pagarÃa directamente a mÃ, porque eso habrÃa despertado sospechas, sino al vicario general de la Orden de Capuchinos, residente en Roma, siendo los encargados de esta misión los banqueros de Blair, de Londres.
Este convenio ha sido cumplido durante cinco años. Una vez cada seis meses entrábamos en este sitio todos juntos y elegÃamos una cierta cantidad de joyas y otros artÃculos de valor, los cuales eran enviados, por diferentes vÃas, a los puntos convenientes: las joyas a Amsterdam, para ser vendidas, y los demás artÃculos a las grandes casas de remates de ParÃs, Bruselas y Londres, mientras otros objetos iban a parar a las manos de famosos comerciantes y coleccionistas de antigüedades.