BALTIMORE, FILADELFIA
Lleno aún de las emociones de este viaje, el másimpresivoque puede hacerse en quince días, viendo aún en mi imaginación la cascada de Niágara, asistí a una representación del genial Tom Puce, el enano de 25 pulgadas de alto.
Don Santiago Arcos me aguardaba con impaciencia para que emprendiéramos el viaje de regreso a Chile. Cada vez que me hablaba de este asunto, poníale yo la cara de un ministro del despacho, cuando no sabe si se acordará o no lo que de él se solicita. Abríamos el mapa, trazábase la ruta, y ya estábamos punto menos que en marcha, sin que yo diese síntomas de convenir en nada. Hubimos al fin de explicarnos. Yo tenía en caja veintidós guineas y como treinta papeles de a un peso, ni un medio más, ni un medio menos. Al fin cogí a dos manos mi resolución y expuse mi situación financiera con toda la dignidad de quien no pide ni aceptaauxilio, intimando mi ultimátum de separarme desde la Habana, para seguir mi camino por Caracas. Arcos me había escuchado con interés y aun le tentaba la perspectiva de atravesar las soledades tropicales de la América del Sud, correr aventuras ignoradas, pasar trabajos y no contar sino consigo mismo para sobreponerse a ellos; pero el lado romanesco y varonil de su carácter no es menos aparente que la jovialidad y franqueza que lo distingue. Cuando yo me esperaba ofrecimientos y protestas, salióme con un baile pantomímico y un reir a desternillarse, que me puso en nuevos gestos de dignidad. ¡Qué bueno—decía saltando y riendo—pues si yo no tengo sino cuatrocientos pesos! Hagamos compañía y donde se concluya el capital de ambos, proveeremos según lo aconseje la gravedad del caso.
Dispusimos, pues, que yo continuaría pronto mi ruta a Wáshington por Filadelfia y Baltimore, nos daríamos cita en Filadelfia para emprender la jornada por Harrisburg y Pittsburg, para descender el Ohio y el Mississipi hasta Nueva Orleáns, distante 22.234 millas del lugar donde nos hallábamos; y acercándose la hora de la partida del tren de la mañana para Filadelfia, hice aprisa mi maleta y la entrega de billetes y guineas para que las cambiara, prestándome en cambio treinta o cuarenta dólares para gastos de la excursión. Este pequeño incidente es, sin embargo, el origen del más espantable drama de que he sido víctima en mis viajes.
Lo fatigaría aVd.si continuase describiéndole ciudades notables: pero Filadelfia y Baltimore son tipos de la construcción civil de los Estados Unidos que, a diferencia de Nueva York, conservan toda su originalidad. Tienen los americanos el don de reducirlo todo a arte, y aplicar el sentido común y los cálculos de la conveniencia a todas las cosas. ConoceVd.nuestras ciudades sudamericanas cortadas todas por un mismo padrón, en calles a distancia de ciento cincuenta varas, de doce de ancho, y cortándose en líneas rectas. Este damero parécenos el bello ideal de la perfección. Pero propóngaseVd.ir del centro en una dirección oblicua, o parafijar más los términos, si las calles corren de Sur a Norte y de Este a Oeste, ¿cuánto espacio se necesita andar para llegar el extremo Sudeste o Nordeste? Claro está que el doble de la distancia que hay en línea recta, porque es necesario hacer zig-zag de calle en calle, por el ángulo de cada cuadra a fin de buscar la diagonal. La manzana de ciento cincuenta varas da en el centro setenta y cinco de fondo a cada solar; espacio más que suficiente para tener viña, hortaliza y arboleda en el interior de la casa; pero acumulándose la población, este centro de las cuadras es un terreno inútil y que fuerza a tomar a las habitaciones un frente en proporción, y diseminar las casas. Después vienen los tubos de hierro para distribuir el agua potable, los cañones de gas, etc., y se encuentra que los costos para superficies tan grandes exceden a los posibles de los vecinos. Los norteamericanos han inventado su plan de ciudades en atención a todas estas circunstancias. La manzana tiene o puede tener 140 varas de largo, pero sólo le dan 30 ó 50 de fondo, de manera que dos casas pueden dar frente a ambas calles, y poblar bien la ciudad.
Como la calle es materia de comodidad pública y de recreo, tiene de ordinario treinta varas, flanqueada a distancia de cinco o seis de los edificios, de árboles coposos, que esparcen sombra en todas direcciones. Las aceras son por tanto calles separadas e independientes de la central, ancha de veinte varas, que está abandonada a carros, jinetes, ómnibus y aun a ferrocarriles, que todos tienen espacio para moverse. Crúzanse éstas en ángulos rectos; altérnanse en anchas y angostas; intercéptalas de vez en cuando una ancha calle transversal que conduce a los ángulos extremos de la ciudad; cambia de plan y dirección todo el sistema de calles; redúcense más aun las manzanas cerca de los puertos, y por todas partes presentan las calles asonadas un bosque de árboles, que cierran a cierta distancia la perspectiva, y por sobre sus copas las cúpulas de los bancos o de los hoteles, las agujas de los templos y los frontispicios de los edificios del Estado. Nada hay más holgado, aireado ni silvestre queestas calles de árboles y de casas, en que el movimiento de los otros es una cosa que no nos atañe ni interesa.
En Baltimore tomé el ferrocarril de Wáshington, y a poco andar cata que venía en dirección opuesta y por los mismos rieles otro tren de vagones. Grande alboroto adentro. ¡Qué sacar de cabezas por las ventanillas, qué abrir de ojazos, al mirarnos unos a otros, qué agitar de pañuelos, en fin, en ambos trenes, temerosos de que fuesen a darse una topada y quedáramos todos hechos tortilla! Era el caso que con las avenidas, se había desgringolado un puente, y el tren que venía era el que había salido de Baltimore el día anterior. Tuvimos que echar pie a tierra, y entre todos los pasajeros, metidos en el fango, levantar punto menos que en peso la locomotora y el ténder y traerlos a la culata del tren para que desde allí volviéramos a Baltimore.
No se podía ir a Wáshington, porque en los Estados Unidos, si no hay camino de hierro, o canal o río, no se cree viable la tierra de otro modo. Improvisóse en el acto un vapor que debía llevar los pasajeros por un río hasta cierto punto; de allí tomar un fragmento de ferrocarril; pasar a pie una distancia, tomar otro ferrocarril y embarcarse en otro y entrar en Wáshington por la bahía de Chesapeake y el río Potomack. El vapor de la Bahía era un cascarón de formas abominables y de mal talante, lleno de camarotes superpuestos en seis o siete pisos, como las gavetas de un inmenso armario. Elstewardme señaló el mío en el quinto piso; pasóse el día en mirar el paisaje, sobrevino la noche, solicitóme el sueño, y como las gallinas que miran de hito en hito la rama donde han de posarse, anduve a vueltas un rato, hasta que resolví emprender la jornada de llegar a mi camarote, subiendo por los otros a guisa de lagartija. Iba ya a medio camino, cuando empieza abajo un rumor de voces y de risas, que se convertía por segundos en uncrescendo universal. Yo seguía tranquilo mi ascenso, y ya ponía una pierna dentro de mi agujero, cuando alguien me toma de la otra y me dice qué sé yo qué barbaridades en el tono natal del yankee.Vuelvo la vista y veo, ¡oh, rabia! que era yo el objeto de la risa de trescientos gaznápiros. El tal me disputaba el lugar: habíale colocado un pañuelo en señal de posesión, y hacía rato que me estaba haciendoopposition, sin que yo interrumpiese mi ascenso. Imagínese usted, amigo, mi situación en aquella postura incongruente, expuesto a la vergüenza pública, hecho el objeto del ridículo de aquella turbamulta.
No había más remedio que descolgarse, ocultar la cara entre ambas manos, atravesar la muchedumbre y tirarse al agua. Yo hice algo mejor. Bajéme, en efecto, dirigíme rápidamente a una luz que estaba por ahí, y poniéndome en lugar donde los rayos me iluminasen perfectamente la cara, con voz llena y estridente, con semblante contenido, pero severo, dije, dirigiéndome a la multitud que aguardaba alguna nueva peripecia para reirse más: ¡Señores! Si hay entre vosotros alguno que entienda español o francés, hágame la gracia de manifestarse, porque necesito explicarme, dar y pedir inmediatamente una satisfacción. Un profundo silencio se había hecho en el intertanto. Los que no sabían el francés en que hablaba, para no dar materia nueva al ridículo con mi mal inglés, se miraban unos a otros, mientras que allá en el fondo oí quedo repetir mis palabras traducidas al inglés. La escena había cambiado completamente; el yankee es bueno de corazón, y todos sintieron que me había llegado al alma aquella broma, que no tenía malicia de su parte. Acercáronse algunos, dándome cordiales explicaciones, vino elopositoral hueco y me dijo en tono blando lo que sucedía, abandoné yo mi posición de gato acosado, y fuí a dormir en un espacioso camarote que en cambio me dió elsteward, que en pública audiencia había declarado que él me había asignado el camarote disputado. El día siguiente pasélo tranquilo mirando las costas de Virginia, llanuras espaciosas, cultivadas en parte, y en parte cubiertas de sotillos, hasta que remontando el Potomack llegamos a un barranco con honores de puerto mayor de Wáshington, la capital de los Estados Unidos.