WASHINGTON

WASHINGTON

Sobre una eminencia que domina el panorama adyacente se alza el Capitolio Americano, cuya primera piedra colocó Wáshington en 1793. Este monumento es la capital de los Estados Unidos, que no reconocen otra institución madre que el congreso. Reunirse para deliberar sobre todas las cuestiones que afectan al interés de más de uno, es el instinto nacional del pueblo norteamericano. La naciente colonia de Virginia, fundada por una compañía de Londres, a quien el rey había hecho una gran concesión de tierras, había, después de muchas vicisitudes, caído bajo el gobierno provisorio de un tal Argall, hombre violento y rapaz, que para hacerse obedecer de los colonos proclamó la ley marcial. El trabajo de los colonos era confiscado en favor del gobernador, y en castigo de ligeras faltas imponía meses de trabajo forzado en sus haciendas. Las violencias del gobierno, la trasplantación de la tiranía a América contenían la emigración europea, mientras que los colonos, desalentados por los sufrimientos morales de la opresión, empezaban a desmayar en su ruda tarea de descuajar la tierra. Entonces los colonos elevaron su voz para pedir a la compañía de Londres desagravio; y acusaron a Argall de defraudar a la compañía misma, mientras daba rienda suelta a sus pasiones sobre los colonos. Después de acaloradas luchas sus quejas fueron oídas, Argall depuesto y desaprobado, y en su lugar enviado Yeardley, un Wáshington que tomó a su cargo echar los cimientos de la futura organización de los Estados Unidos.

Así, pues, la arbitrariedad de los gobernantes que cual polilla se había introducido en América entre los bagajes de los primeros colonos, fué extirpada antes que lograse fecundar los huevos en la patria americana; y la ocupación constante de los colonos desde entonces, en cada punto de las nacientes plantaciones, fué combatir ya las pretensiones de los gobernadores enviados por la corona; ya negar elexequatura las pragmáticas y decretos de los reyes mismos de Inglaterra cuando invadían sus libertades; ya, en fin, oponerse a los avances del parlamento inglés, cuya autoridad en materia de impuesto no reconocieron jamás, por no estar las colonias directa y debidamente representadas en el parlamento. La revolución de la independencia fué el último acto del drama principiado en 1618 en Virginia, y que concluyó en 1774, con la última batalla de la guerra de la independencia.

¡Esto sucedía en 1618, a principios del siglo XVII, cuando la Europa, sin exceptuar a la Inglaterra, yacía entregada al desenfreno de la regia autoridad, y la hoguera y el hacha del verdugo, la confiscación y el saqueo, eran el castigo, más que del crimen de la debilidad de las víctimas! Puso Yeardley orden en todas las cosas, libertando al diminuto plantel de colonos de todas las cargas hasta entonces impuestas, y que no fuesen estrictamente necesarias para la conservación y adelanto de la colonia. La autoridad del gobernador fué limitada por un consejo, que tenía el derecho de revocar aquellas disposiciones que juzgase injustas o perjudiciales, y los colonos mismos fueron admitidos a participar en la legislación. En el mes de junio de 1619, fué convocado en Jamestown el primer congreso americano, la primera representación popular, compuesta del gobernador y su consejo, y de los diputados por cada uno de los once miserables villorrios que componían entonces la colonia de Virginia, para discutir en él cuanta materia pudiese ofrecer medios de mejora y progreso para la naciente colonia. La compañía de Londres, y no el rey, debía ratificar las leyes así sancionadas. Aquella nación con congreso y consejo de estado componíase tan sólo de seiscientas personas entre niños, mujeres y hombres, en 1619; y en 1851, en otra parte del suelo americano, las hay de millones de hombres que no habían tenido fuerza ni dignidad suficiente para poner límites racionales al poder inquisitorial y destructor que los domina. Aquella fué, pues, la aurora de la libertad norteamericana; los colonos llenos de entusiasmo ycon el ánimo abierto a todas las esperanzas “empiezan a edificar casas, y sembrar trigo”, seguros ya de tener una patria que no había por qué temer abandonarían jamás.

Las legislaturas entran desde los principios en la organización de casi todas las colonias, y se reunen congresos entre varias de ellas, para resistir a las incursiones de los salvajes o mandar expediciones de milicias combinadas para escarmentarlos. Wáshington en una época posterior hizo conocer así a los Estados los talentos militares que más tarde puso al servicio de la libertad de su patria. Cuando aun el pensamiento de separarse de la Inglaterra no había apuntado en cabeza alguna, las diversas colonias enviaban diputados a congresos generales para acordar la marcha que debía seguirse, a fin de resistir las pretensiones del parlamento inglés, como habían resistido al Largo Parlamento, y como era la tradición constante de la tierra. Durante la guerra de la independencia, el congreso emigraba de un punto a otro, y los soldados amotinados, cobrando sus salarios, era al congreso a quien dirigían sus quejas y sus amenazas. Todavía después de asegurada la independencia, el congreso fué asaltado en Annápoles, que le servía de asiento, y entonces Wáshington, dícese que sin otra idea política que la necesidad de fijar el lugar de su residencia, indicó a Wáshington para que reposase aquel tabernáculo de la alianza, como Salomón construyó un templo en Jerusalén para el arca que contenía los libros de la ley del pueblo hebreo.

En los Estados Unidos no hay capital propiamente dicha, o, más bien, según la acepción latina que damos nosotros a esta palabra. Descúbrese esto al contemplar la comparativa soledad de aquel monumento, arrojado como por acaso en el centro de la villa, que no es centro de nada, ni del país, ni de la inteligencia, ni de la riqueza, ni de la cultura, ni de las vías comerciales. Colocada sobre la margen izquierda del Potomack, a 120 millas más arriba de su desembocadura en la bahía Chesapeake, ni el nombre de puerto merece el desiertoembarcadero donde atracan algunos buques. El distrito de Columbia es la provincia de sesenta millas cuadradas que le queda, de las cien que originariamente le concedieron los vecinos Estados de Maryland y de Virginia. Esta última retiró el año pasado cuarenta millas que estaban al lado opuesto del río y que la capital germen no puede fecundar; y treinta y cinco mil habitantes es toda la población del Estado, de la cual hay reunida en la capital más de veinticinco mil. Como se sabe, el congreso es el soberano de este territorio.

La ciudad está rodeada de una serie de colinas de aspecto alegre, cubiertas de verdura, y en algunos de sus declives cultivadas. El terreno mismo de la ciudad es elevado, ocupando el centro el capitolio, desde donde parten calles con dirección a los cuatro puntos cardinales, dividiendo la ciudad en manzanas cuadradas como nuestras poblaciones. Las calles llevan el nombre de los diversos Estados de la Unión, y las principales de entre ellas, tienen cuarenta y cinco a cincuenta varas de ancho. La mayor parte de ellas apenas están trazadas, pero la de Pensilvania, que conduce del capitolio a la casa del presidente, tiene aceras de nueve varas de ancho enlozadas y con líneas de árboles de ambos costados. En torno del capitolio se extiende un jardín de veintidós acres de terreno, adornado de gran variedad de árboles, y animado por el bullicio de fuentes cristalinas, de modo que aquel lugar, es también, a más de los altos fines de su existencia, un paseo que atrae a los habitantes y transeuntes por la belleza de la situación.

El edificio pertenece al orden corintio y está construido con la hermosa piedra blanca norteamericana que llamanfreestone. Está situado sobre una eminencia y elevado 78 pies sobre la altura de la marea, y se compone de un edificio central, dos alas y una proyección en el costado oeste, presentando un frente de 352 pies, incluyendo las alas. Al este el frontón tiene 65 pies de ancho, sobre el cual se avanza un pórtico de veintidós columnas de 38 pies de alto. La gran cúpulacentral tiene 120 pies de alto, y la rotonda que forma en el interior 90 de diámetro, adornada con esculturas, y altos relieves. En el ala del sud está la cámara en que se reune la Sala de Representantes, de forma circular de 96 pies de diámetro y 60 de alto, cubierta por una cúpula que sostiene veinticuatro columnas de jaspe americano con capiteles de mármol blanco de Italia. Al lado opuesto, en una rotonda algo semejante, pero de más pequeñas dimensiones, se congrega el Senado; y en un piso inferior y menos ornamentado, tiene sus audiencias la Suprema Corte de los Estados Unidos. Hay, además, sesenta departamentos para reunión de las comisiones, y residencia de empleados del congreso. Una muralla de piedra rodea el edificio; un depósito de gas provee a la iluminación especial de todo el espacioso monumento, pudiendo alimentar seis mil picos que se encienden para las iluminaciones; y en aquellos momentos estaba para terminarse el aparato para colocar sobre la cúpula central, en un mástil de diez y seis varas de alto, una luz eléctrica que debía iluminar la ciudad y acaso el distrito de Columbia entero. ¡Bello símbolo por cierto, de la misión de aquella casa, desde cuyo recinto sale la luz de la inteligencia, iluminando toda la nación! Acordábamonos con Astaburuaga, quien me servía de cicerone en el examen del edificio, de aquella camarilla de diputados que habíamos dejado en Chile, en la que los representantes están ensacados en una especie de vainas laterales, o si pudiese llevarse la comparación a terreno irrespetuoso, cual bostitas de cordero en una tripa, repitiéndonos al oído el viejo adagio: ruín es el que por ruín se tiene. Los locos en Londres, en Génova y otros puntos de Europa, moran en palacios más nobles que el que cubre a nuestros congresos en América.

Pues que ya he empezado a describir edificios, concluiré con los pocos que llaman la atención del viajero en la presunta capital de los Estados Unidos. White House, la casa blanca como la llama el pueblo, es el palacio presidencial, y está colocada en la parte aún desierta de la población, en el puntodonde se cruzan las calles de Pensilvania, Virginia, Connecticut, New York y Vermont, rodeada de un parque de veinte acres de terreno, y sobre una elevación de cuarenta y cuatro pies sobre el río. El frontis que sirve de entrada por la plaza de Lafayette hacia el norte, y el que da al sur sobre el jardín, domina el hermoso panorama de la ciudad, el río Potomack, las costas de Maryland y de Virginia. En el frente del norte hay un hermoso pórtico que reposa sobre cuatro columnas jónicas. Una intercolumnación exterior sirve para poner a cubierto los carruajes de los visitantes. El espacio intermediario está destinado para el tránsito a pie, y una elevada plataforma conduce de ambos lados a la puerta de entrada. El interior del palacio está pasablemente ornamentado, aunque no tanto cuanto correspondiera al presidente de los Estados Unidos. El servicio de palacio es modesto, y aun mezquino en las exterioridades. Vese al presidente paseándose solo por las hermosas avenidas del jardín adyacente; uno o dos porteros en librea, únicos servidores que el Estado pone a su servicio, no siendo permitido al presidente tener guardias en torno de su persona. El presidente recibe sin ceremonia a los que desean verlo, y hay un día de la semana, y dos o tres días del año, en que todo estante o habitante tiene derecho de entrarse hasta la habitación del presidente. El 4 de julio la plaza de Lafayette se llena de carruajes de los visitantes en aquel día de felicitaciones; descienden éstos del carruaje, y tras ellos el cochero, que encomienda los caballos a algún muchacho mediante algunos centavos. El presidente está en aquellos días en verdadera exhibición; los cocheros se abren paso por entre la multitud haciendo resonar sobre el pavimento de mármol sus botas herradas, llegan ante el presidente y le tienden una mano callosa que aprieta la suya fuertemente y la sacude mirándole la cara y riéndosele con fisonomía bonaza, provocativa, y satisfecha; tornan a sus caballos, volviendo de vez en cuando la cara para mirar al presidente, aobtener un últimopiping, de gusto y de felitación. ¡Pobre presidente de la democracia!

Hacia el lado oriente del White House hay extensos edificios, y otros dos hacia el occidente, los cuales están destinados para las oficinas de los ministros de hacienda, guerra y marina. La Posta general es un palacio del orden corintio; y la tesorería ostenta una columnata de 457 pies de largo. La oficina de patentes, depósito de modelos de inventos, con un pórtico imitado en la forma y en la extensión del Partenón de Atenas, tendrá, cuando se terminen las alas, cuatrocientos pies de largo, encerrando en la parte concluída un salón de 275 pies de largo y 65 de ancho.

Hay, además, en Wáshington 30 templos de diversas congregaciones, doce colegios (academias), una universidad, tres bancos, dos asilos para huérfanos, un consistorio municipal, un hospital, una penitenciaria, un teatro y algunos edificios particulares, que dan cierta apariencia a aquel plantel de la ciudad.

Mi residencia en Wáshington fué uno de aquellos oasis de felicidad íntima, doméstica, en que el corazón se lleva la mayor parte, y que tan preciosos son para el que vaga por luengas tierras. El señor Carvallo, enviado extraordinario de Chile, se obstinó en darme hospitalidad en la casa de su embajada; su señora me prodigó cuantas atenciones puede hacer recordar la familia, y si algo faltara para estar a mis anchas, mi amigo Astaburuaga, secretario del agente chileno, me acompañaba a todas partes, poniendo a mi disposición su práctica y conocimiento de Wáshington. Así él podía mostrarme en la avenida de Pensilvania, entre las jóvenes transeuntes que llamaban nuestra atención, cuál era la hija de un senador, la de un banquero, una simple modista u otra persona menos calificable. La sencillez del vestido, sus paseos y trajines por las calles, sin nadie que las acompañe, y el detenerse aun a mirar cualquier cosa que llame la atención, dan una idea del decoro de las costumbres norteamericanas,y de aquella libertad de que goza la mujer soltera entre ellos.

Quería mi amigo Astaburuaga ponerme en contacto con el redactor delWáshington Intelligencer, diario muy importante de la capital, por tanto, deoppositionentonces, pues en aquel momento dominaban en el gobierno con Mr. Taylor los demócratas. Encontrámoslo en campo abierto sobre el terreno destinado a la fundación de un colegio, para cuyo sostén legó un ciudadano millón y medio de pesos, rodeado de siete u ocho jóvenes, y ocupados en discutir las bases, a lo que supe después, de un gran proyecto. Mr. Johnson, el diarista, era el presidente de edad nombrado para presidir a la instalación. Acercámonos nosotros a distancia comedida, esperando que la sesión se levantase, temerosos de ser importunos, como cuando nuestras gentes rezan, que debe esperarse a que se santigüen para saludarlas. Dirigíalas el presidente la palabra; contestaba alguno; replicaba un tercero en tono sentencioso y frío, y oídos los pareceres, el presidente sometía a votación la materia, contando los gangososyes, yes, nay, yes, nay, y declarando cuál era el punto sancionado. Repitióse varias veces el procedimiento, y el fuego graneadoyes, nay, nay, yes, yes, terminó, al fin, el asunto. Entonces, se acercaron a Astaburuaga, sucediéronse las recíprocas presentaciones de costumbre, y supe, andando la conversación, que se habían reunido allí para echar los cimientos de una asociación con el grande objeto de... ¡jugar a la bocha! ¡Oh! ¡los yankees!

Habíase, pues, propuesto, discutido y aprobado con una fuerte mayoría de dos o tres votos.—1.º presidente, que lo fué Mr. Johnson local, aquel donde estaban reunidos; hora de reunión, las cuatro de la tarde; extensión del juego, reglas, arbitración en los casos litigiosos, multas por infracción, etc.Era y es Mr. Johnson[7]un sujeto de cuarenta años, hijo de un general de la independencia del mismo nombre, culto de modales e instruido, cual correspondía al director de un diario trascendental. Pasamos días enteros en discusiones las más acaloradas sobre un punto, en que no habría esperado contradictores en los Estados Unidos, a saber, la democracia y la república. Mr. Johnson estaba bajo la pata del partido demócrata que domina desde la presidencia Polk, y ofendido, desmoralizado por la tiranía de sus opresores, porque en los Estados Unidos la mayoría dominante en el gobierno es implacable e intolerante, maldecía de la república, de la democracia y de aquella licencia ignorante y brutal que se decora con el nombre de libertad. El mérito obscurecido, y eso es cierto; el interés público descuidado, y eso también es cierto en muchos casos; los servicios olvidados o miserablemente retribuidos, cosa que es de regla en los Estados Unidos; en fin, la pasión de partido sirviendo de criterio y de peso y medida para juzgar de todos y de todo; el charlatanismo preferido a la ciencia, y las pasiones menos justificables sirviendo de impulso a la dirección de la opinión pública, todas estas tachas y otras muchas que afean las democracias, las pasaba en revista para hacerme detestar aquella libertad de que yo me mostraba tan apasionado. Cuando yo me empeñaba en contradecirlo, me decía con sinceridad: “lo que yo quiero es queVd.no se alucine con esta apariencia de orden, de prosperidad y de progreso, y los atribuya a la forma de gobierno. Bajo esta corteza no encontrará sino miserias, pasiones indignas, ignorancia y caprichos. Lo que yo me propongo es que no vayaVd.a la América del Sud a proponernos por modelo de gobierno”. Otras veces, más aplacado, me confesaba que la exasperación en que lo tenía la tiranía del partido contrario,a él que era hijo de un general ilustre, a él que estaba por la educación preparado para ocupar en la sociedad lugar mejor, ofuscaba, a veces, su razón y le hacía exagerar los inconvenientes muy reales del gobierno popular. Sin embargo, de estas atenuaciones, diferíamos en puntos esenciales. Sostenía él, por ejemplo, que la libertad es en las naciones una de las fases que recorren. La libertad engendra la licencia; la licencia trae la anarquía; la anarquía el despotismo. Aquí hay un momento de alto; mientras el despotismo se consolida, mientras teme, es cruel, sanguinario y desconfiado. Cuando está de todos aceptado, entra en una época de indulgencia y de tolerancia que hace nacer el bienestar, y da lugar al desarrollo de todas las facultades físicas y morales de los hombres. Con la civilización y la seguridad, la libertad se desenvuelve, el pueblo conquista uno a uno sus derechos, discute en seguida el principio de la autoridad que lo gobierna, y de la extrema libertad pasa a la licencia, y de ahí a la anarquía, volviendo a recorrer aquel ciclo fatal en que está encerrada eternamente la vida de las naciones.

Esta doctrina, que la primera vez que se presentó obtuvo de su autor un pomposo título de lascienza nuova, puede apoyarse con un poco de maña y de sagacidad en la historia de todos los pueblos, desde Grecia y Roma hasta los tiempos modernos; y uno y otro la invocábamos en nuestro apoyo, luchando, a brazo partido, en la polémica y disputándonos, palmo a palmo el terreno en cada hecho de aquellos que, sin poner en duda su autenticidad histórica, traducíamos de diverso modo.

Mi argumentación iba por otro camino. La humanidad, decía yo, que es el conjunto de las sociedades, tiene en la historia su alto, en las épocas su ancho, y su organización íntima en la vida de cada pueblo. Aseméjase el mundo moral al mundo físico. La historia de la tierra se encuentra en las capas geológicas que revelan el mundo monstruoso que ha precedido al nuestro; si se la toma desde los polos haciael Ecuador, mostrará las graduaciones de temperatura y de vegetación que diversifican su especie; y si la consideramos desde los valles, remontando hacia la cumbre de las montañas, nos ofrecerá el mismo fenómeno de graduación de climas y de producciones.

La historia es, pues, la geología moral. Veamos si sus capas diversas han experimentado mejora y progreso. Supongamos un día antiguo en que la tierra se nos presenta poblada. ¿Qué es lo que vemos? Casi todo el globo sumido en la barbarie; imperios poderosos cuyas facciones, si no es la conquista y la violencia, no alcanzamos a discernir bien. Al fin, la Grecia, una mínima porción de la tierra, brilla por la libertad, la democracia, las bellas artes y la ciencia. No entremos en detalles. Roma se asimila a la Grecia, destruye a Cartago y somete al mundo. Pero Roma desenvuelve la noción del derecho y extiende su práctica por toda la tierra culta, que es, sin embargo, una pequeña fracción del globo. Como los romanos a los griegos y al Egipto, los bárbaros de todos los extremos del imperio romano se los absorben a ellos; esto es, se asimilan a él, se agregan a la masa civilizada. La edad media es la obra de fusión. A fines del siglo XV la Europa entera está en posesión de las conquistas hechas por el pensamiento humano durante cuatro o seis mil años. Con el renacimiento concurren Lutero, Galileo, Colón, Bacón y otros. La América se agrega a la masa de pueblos civilizados, y en esta parte se pone en práctica la noción del derecho que está en todos los espíritus y cuyo desarrollo embarazan aún en Europa las escorias que ha dejado la edad media. Lleguemos de un golpe al siglo XIX, y abramos el mapamundi. ¿Dónde están los bárbaros? Guarecidos en las islas, trabajados por la Rusia en las estepas de la alta Asia o sepultados en el interior inaccesible del Africa. La parte civilizada y en posesión más o menos de la libertad, o en vía de completarla, es la mayoría de la humanidad, mayoría numérica, mayoría moral, de fuerza, de inteligencia y degoces. Tiene hoy en su poder la parte más rica, más templada, más productiva del globo; tiene el cañón, el vapor y la imprenta para someter el resto salvaje del mundo, asimilárselo o aniquilarlo. En vista de este espectáculo, ¿cómo se quiere someter a un ciclo el movimiento social de las naciones, comparándolas con los ejemplos truncos, aislados, que nos han dejado las naciones antiguas? Si hubiera un ciclo tal, es preciso convenir en que, así como se ha agrandado inmensamente la esfera de las naciones que tienen que recorrerlo a un tiempo, así deben ser largas las épocas en que se han de suceder las diversas fases; y yo me río de la general tiranía que ha de pesar sobre el mundo desde la India y los confines de la Rusia hasta los Montes Rocallosos en América dentro de mil millares de años.

Ahora miremos a los pueblos por su espesor o su organización íntima, aunque no sea posible considerarlos sin relación a las épocas históricas. Pero supongamos un pueblo de Italia que se perpetúa en un punto del territorio desde las épocas históricas; la población de Fiézzole, por ejemplo, que es florentina, toscana, y ha sido romana, etrusca, pelasga, autóctona e indígena, si no ha tenido otros nombres intermediarios. ¿Cómo eran estos pueblos y cómo son? ¿Qué transformaciones han experimentado? Primero antropófagos; en seguida haciendo sacrificios humanos en los templos, más tarde haciendo esclavos a los prisioneros en la guerra, y ejerciendo la guerra de pillaje y de devastación como industria y ocupación. Los conquistadores se distribuyen el suelo conquistado y los hombres; nacen las aristocracias y el pueblo siervo, la chusma ignorante y sujeta a la tortura en los tribunales de justicia, a la miseria y la degradación. El cristianismo encontró al mundo organizado así. Pongámonos ahora a contemplarlo desde el siglo XIX, y desde los Estados Unidos, desde el seno de esta comarca que usted maldice como el prototipo del desorden moral y político. No hayguerra, no hay señores ni aristocracia; no hay pueblo en el sentido romano; hay la nación, con igualdad de derechos, con industria personal para vivir, con máquinas auxiliares del trabajo, ferrocarriles, telégrafos, prensas, escuelas primarias, colegios, asilos, hospitales, penitenciarías, etc., etc. Observe la organización íntima de esta parte de la humanidad, de esta Atica moderna que ocupa, sin embargo, medio continente; y cuán atrás supongamos al resto de las naciones, no se necesita mayor esfuerzo de ánimo para suponer que han de llegar a ese grado de habilitación de todos los individuos de la sociedad, porque todas están labradas por las mismas ideas y las mismas instituciones. Desde que haya una escuela en una villa, una prensa en una ciudad, un buque en el mar y un hospicio para enfermos, la democracia y la igualdad comenzarán a existir. El resultado de todo esto es que la masa en elaboración es inmensa, que no hay naciones o pueblos propiamente dichos y que la libertad individual está en cada punto del globo apoyada por la humanidad civilizada entera; y cuando hubiese un pueblo que se inclinase a entrar en el ciclo fatal del despotismo que se les asigna, el espectáculo, la influencia de cien otros que entran en el período de libertad lo retendrían en la fatal pendiente. El primer período del ciclo fué la antropofagia. ¿Qué pueblo ha vuelto a recorrerlo una vez salido de él? El último es la democracia. ¿Qué pueblo ha sido demócrata en el sentido moderno y con los medios organizados hoy de hacerlo efectivo la prensa y la industria y un mundo civilizado en el exterior que le sirva de atmósfera favorable y que haya salido de ese terreno para fundar monarquías aristocráticas? ¿Las repúblicas italianas?

Sobre este tópico nos batíamos sin cesar Mr. Johnson y yo. A veces me decía: “Nada fueran las masas americanas, si no viniesen todos los años trescientos mil salvajesde Europa que echan a perder la fusión y hacen de la mejora de la opinión una cántara de las Danaides”.

—¡Ah, si tuvieran ustedes, como nosotros en Sud América, que luchar con una masa en la cual el europeo, tan atrasado como lo encuentran ustedes, es un elemento precioso y escaso de civilización y de libertad!...

[7]Ahora es empleado de una oficina, y está, a lo que Astaburuaga me escribe, en todo su apogeo, pues domina el partido whig.—El autor.


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