ESTADOS UNIDOS

ESTADOS UNIDOS

Señor don Valentín Alsina.

Noviembre 12 de 1847.

Salgo de los Estados Unidos, mi estimado amigo, en aquel estado de excitación que causa el espectáculo de un drama nuevo, lleno de peripecias, sin plan, sin unidad, erizado de crímenes que alumbran con su luz siniestra actos de heroísmo y abnegación, en medio de los esplendores fabulosos de decoraciones que remedan bosques seculares, praderas floridas, montañas sañudas, o habitaciones humanas en cuyo pacífico recinto reinan la virtud y la inocencia. Quiero decirle que salgo triste, pensativo, complacido y abismado; la mitad de mis ilusiones rotas o ajadas, mientras que otras luchan con el raciocinio para decorar de nuevo aquel panorama imaginario en que encerramos siempre las ideas que no hemos visto, como damos una fisonomía y un metal de voz al amigo que sólo por cartas conocemos. Los Estados Unidos son una cosa sin modelo anterior, una especie de disparate que choca a la primera vista, y frustra la espectación pugnando contra las ideas recibidas, y no obstante este disparate inconcebible es grande y noble, sublime a veces, regular siempre; y con tales muestras de permanencia y de fuerza orgánica se presenta, que el ridículo se deslizaría sobre su superficie como la impotente bala sobre las duras escamas del caimán. No es aquel cuerpo social un ser deforme, monstruo de las especies conocidas, sino como un animal nuevo producido por la creación política, extraño como aquellos megaterios cuyos huesos se presentan aún sobre la superficie de la tierra. De manera que para aprender o contemplarlo,es preciso antes educar el juicio propio, disimulando sus aparentes faltas orgánicas, a fin de apreciarlo en su propia índole, no sin riesgo de, vencida la primera extrañeza, apasionarse por él, hallarlo bello, y proclamar un nuevo criterio de las cosas humanas, como lo hizo el romanticismo para hacerse perdonar sus monstruosidades al derrocar al viejo ídolo de la poética romano-francesa.

Educados Vd. y yo, mi buen amigo, bajo la vara de hierro del más sublime de los tiranos, combatiéndolo sin cesar en nombre del derecho, de la justicia, en nombre de la república, en fin, como realización de las conclusiones a que la conciencia y la inteligencia humana han llegado,Vd.y yo, como tantos otros nos hemos envanecido y alentado al divisar en medio de la noche de plomo que pesa sobre la América del Sur, la aureola de luz con que se alumbra el Norte. Por fin, nos hemos dicho para endurecernos contra los males presentes: la república existe, fuerte, invencible; la luz se irradiará hasta nosotros cuando el Sud refleje al Norte. ¡Y cierto, la república es! Solo que al contemplarla de cerca, se halla que bajo muchos respectos no corresponde a la idea abstracta que de ella teníamos. Al mismo tiempo que en Norte América han desaparecido las más feas úlceras de la especie humana, se presentan algunas cicatrizadas ya aún entre los pueblos europeos, y que aquí se convierten en cáncer, al paso que se originan dolencias nuevas para las que aún no se busca ni conoce remedio. Así, pues, nuestra república, libertad y fuerza, inteligencia y belleza; aquella república de nuestros sueños para cuando el mal aconsejado tirano cayera, y sobre cuya organización discutíamos candorosamente entre nosotros en el destierro, y bajo el duro aguijón de las necesidades del momento; aquella república, mi querido amigo, es undesiderátumtodavía, posible en la tierra, si hay Dios que para bien dirige los lentos destinos humanos, si la justicia es un sentimiento inherente a nuestra naturaleza, su ley orgánica y el fin de su larga preparación.

Si no temiera, pues, que la citación diese lugar a un conceptoequivocado, diría al darle cuenta de mis impresiones en los Estados Unidos, lo que Voltaire hace decir a Bruto:

Et je cherche ici Rome, et ne la trouve plus!

Como en Roma o en Venecia existió el patriarcado, aquí existe la democracia; la República, la cosa pública vendrá más tarde. Consuélenos, empero, la idea de que estos demócratas son hoy en la tierra los que más en camino van de hallar la incógnita que dará la solución política que buscan a obscuras los pueblos cristianos, tropezando en la monarquía como en Europa, o atajados por el despotismo brutal como en nuestra pobre patria.

No espere que dé aVd.una descripción ordenada de los Estados Unidos, no obstante que he visitado todas sus grandes ciudades, y atravesado o seguido los límites de veinte y uno de sus más ricos Estados. Quiero seguir otro camino. A la altura de civilización a que ha llegado la parte más noble de la especie humana, para que una nación sea eminentemente poderosa o susceptible de serlo, se requieren condiciones territoriales que nada puede suplir permanentemente. Si Dios me encargara de formar una gran república, nuestra repúblicaà nous, por ejemplo, no admitiría tan serio encargo, sino a condición de que me diese estas bases por lo menos: espacio sin límites conocidos para que se huelguen un día en él doscientos millones de habitantes; ancha exposición a los mares, costas acribilladas de golfos y bahías; superficie variada sin que oponga dificultades a los caminos de hierro y canales que habrán de cruzar el estado en todas direcciones; y como no consentiré jamás en suprimir lo de los ferrocarriles, ha de haber tanto carbón de piedra y tanto hierro, que el año de gracia cuatro mil setecientos cincuenta y uno, se estén aún explotando las minas como el primer día. La extrema abundancia de madera de construcción sería el único obstáculo que soportaría para el fácil descuajo de la tierra; encargándome yo, personalmente, de dar dirección oportuna a los ríos navegables que habrían de atravesarel país en todas direcciones, convertirse en lagos donde la perspectiva lo requiriese, desembocar en todos los mares, ligar entre sí todos los climas, a fin de que las producciones de los polos viniesen en vía recta a los países tropicales y vice versa. Luego para mis miras futuras pediría abundancia por doquier de mármoles, granitos, pórfidos y otras piedras de cantería, sin las cuales las naciones no pueden imprimir a la tierra olvidadiza el rastro eterno de sus plantas.

¡País de Cucaña! diría un francés. ¡La ínsula Barataria! apuntaría un español. ¡Imbéciles! Son los Estados Unidos, tal cual los ha formado Dios, y jurara que al crear este pedazo de mundo, se sabía muy bien él, que allá por el siglo XIX, los desechos de su pobre humanidad pisoteada en otras partes, esclavizada, o muriéndose de hambre a fin de que huelguen los pocos, vendrían a reunirse aquí, desenvolverse sin obstáculo, engrandecerse, y vengar con su ejemplo a la especie humana de tantos siglos de tutela leonina y de sufrimientos. ¿Por qué no descubrieron los romanos aquella tierra eminentemente adaptada para la industria que ellos no ejercitaron, para la invasión pacífica del colono, y tan pródiga de bienestar para el individuo? ¿Por qué la raza sajona tropezó con este pedazo de mundo que tan bien cuadraba con sus instintos industriales, y por qué a la raza española le cupo en suerte la América del Sur, donde había minas de plata y oro e indios mansos y abyectos, que venían de perlas a su pereza de amo, a su atraso e ineptitud industrial? ¿No hay orden y premeditación en todos estos casos? ¿No hay Providencia? ¡Oh! amigo, Dios es la más fácil solución de todas estas dificultades.

Olvidé pedir para mi república, y lo hago aquí para que conste, que se me dé por vecinos pueblos de la estirpe española, México por ejemplo, y allá en el horizonte, Cuba, un istmo, etc.

No soy yo el primero que ha sido sorprendido por éste apropósito de la naturaleza en los Estados Unidos. Un compañero de viaje escribía a uno de sus amigos de Europa:

“No tengo noticia de lugar alguno donde Dios se hayasobrepasado a sí mismo como aquí. Estaba muy de buen humor, sin duda, cuando bosquejaba estos grados 0° a 6° de longitud, Este y Oeste de Wáshington. ¡Esto es bello y trazado con soltura! Cada río tiene seis millas de ancho, cada lago cuatrocientas por lo menos de circunferencia; por todas partes bosques inmensos de árboles en perfecta armonía con el paisaje. Ni una sola colina, ni una sola isla árida; vegetación por todas partes, como allá en sus montañas de los Pirineos”.

En cuanto a la ordenación general de este país, daré aVd.algunas ligeras nociones. Supóngase un espacio cuadrado de tierra que mida dos millones y medio de millas cuadradas, bañados por mares diversos hacia el Sur, oriente y occidente. Al Norte un río, salido de una cadena de lagos tan capaces como el mar Caspio, sirviéndole de límite, y proporcionándole una línea de navegación desde lo más recóndito del interior, hasta las costas del Atlántico. Mas como la boca del San Lorenzo, que es aquel río término, cae fuera de los límites de los Estados, a la altura de Montreal, se dirige hacia el Sur no más ancho que un río, al lago Champlain, hasta tocar casi con las fuentes de Hudson, que por este medio ofrece al emporio de Nueva York comunicación acuática con los lagos y el alto y bajo Canadá.

Como el cuadrado que nos hemos trazado es poco menos grande que la Europa, necesitaba en teoría una arteria interior, por donde hubiese de circular y penetrar la vida. Para llenar este requisito, desde las inmediaciones del lago Erie, se desprende hacia el Sur el Mississipi, el más caudaloso río de la tierra, y corriendo en seguida navegable por mil quinientas millas, incorpora en su caudal las aguas del Ohio, el Arkansas, el Illinois, el Missouri, el Tenessee, el Awash y muchos otros que de oriente y occidente, vienen alternativamente arrastrando sobre sus turbias ondas los productos de las plantaciones más remotas, hasta el Golfo de México. Porque hay esto de notable en la distribución de las aguas de Norte América, que las unas se reunen en un inmenso receptáculo y marchan al oriente reunidasen el San Lorenzo: las otras se dirigen hacia el Sur, y se aglomeran en el Mississipi, no quedando independientes de aquellos dos grandes sistemas de desagüe, sino el Hudson, el Potomack y el Susquehanna.

Muy bisoños se habrían mostrado los yankees, si no hubiesen completado por canales el conocido plan de la Providencia, de manera que las mercadería del Canadá tengan camino acuático a Nueva York o a Orleans indistintamente, recorriendo para ello una línea de navegación interna, mayor que la que la que media entre América y Europa. Por otra parte, como un estado americano ha de vivir necesariamente de la exportación de sus materias primas, sus cereales y peleterías, su exposición debe ser de preferencia al Atlántico; y su necesidad primera, que de todos los puntos converjan y concurran sus vías de comunicación a las bocas y orificios de aquel inmenso pólipo, cuya simple estructura no ofrece sino tubo intestinal y bocas. Pero supóngase que el estado de larva ha de pasar por diversas transformaciones, hasta entrar en la familia de los animales más perfectos, y dotados de diversos sistemas, sanguíneo, nervioso, digestivo, etc.; entonces la vida se hace más complicada, y el animal no existe ya para la boca, sino la boca para el animal. La vida interna haciéndose más complicada exige vasos secretorios, donde se preparen mejor los alimentos; lo que equivale a decir, porque ya la alegoría fastidia, que con el exceso de la población y el desarrollo de la riqueza, nace una industria nacional, y el estado, sin disminuir su movimiento de exportación e importación, adquiere, al fin, una vida interna que necesita satisfacer por sí mismo y para sí mismo. La China en Asia, la Alemania y la Francia en Europa, dan un ejemplo de esta vida interior, que da pábulo a industrias poderosas, y mayor acumulación de riquezas. Cuando este caso llegue para los Estados Unidos, se concibe que las ciudades del litoral no serán los únicos focos de riquezas, pues para promediar las distancias, habrá en el centro del Estado, nuevos focos industriales que derramen e irradien a los extremos, los productos del trabajonacional. Ahora, busqueVd.en el mapa de los Estados Unidos un punto a propósito para esta secreción interna, reuniendo además las condiciones de viabilidad y abundancia de elementos de fabricación, hierro, maderas, carbón, etc. SiVd.no lo encuentra tan pronto, yo se lo indicaré. Hacia lo interior de la Pensilvania, los ríos Ohio, Alleghany y Monongahela se reunen para dirigirse al Mississipi, la grande arteria que distribuye y concreta como hemos visto el movimiento interior.

En la confluencia de estos ríos está situada Pittsburg, que por canales artificiales y ferrocarriles comunica con Baltimore en la bahía de Chesapeake, Filadelfia, New York, Boston al Norte. Removiendo un poco la superficie de la tierra sobre que está fundada Pittsburg, se encuentra un manto de carbón de piedra, el cual se extiende unas catorce mil millas cuadradas, esto es, un espacio un poco menor que la Inglaterra entera. Por todo el país circunvecino y a orillas de los ríos, los propietarios pueden bajo el hogar doméstico, abrir una boca de mina, para extraer esta substancia, alimenticia de fábricas; y en Marieta hemos descendido del vapor y atravesado dos calles de la ciudad, entrándonos sin más rodeos en una mina de carbón bituminoso, que del interior de una colina sacaban en carretillas de mano, para hacerlo derramarse en seguida, hasta sobre la cubierta del buque que atracan a la orilla del río a recibirlo. De alli en caravanas de angadas informes, que sin velas, ni remos, se abandonan a merced de la corriente de los ríos, va el carbón hasta Nueva Orleans, a hacer concurrencia ventajosa a la leña que se corta en los inmediatos bosques y cuyo precio se regula por el salario diario del leñador. Esto por lo que hace al carbón, que en cuanto al hierro se le encuentra en igual abundancia por todas partes, y gracias a estas envidiables ventajas de posición, Pittsburg se alza hoy en medio de las selvas americanas, envuelta en su denso manto de humo hediondo y espeso, que la hace llamar ya el Birmingham yankee, y será el Londres futuro, por la multitud de sus fábricas, sus algodones, que remontan desde Nueva Orleans, para ser allí pintados o tejidospor mecanismos que avanzan en perfección casi siempre a los inventos europeos. Como una muestra de lo que puede ser Pittsburg, recordaré que a fines del siglo pasado, el territorio adyacente estaba aún en poder de los salvajes; en 1800, contenía ya, 45.000 habitantes, y en 1845, montaba la población a dos millones.

¡Como la población de los Estados Unidos avanza hacia el Pacífico setecientas millas de frente por año, más tarde será necesario un foco industrial todavía más adentro, a cuyo fin se ha dispuesto que donde el Misouri, que corre unas 1.200 millas, se echa en el Mississipi, y no lejos del punto en que de la parte opuesta desemboca el Ohio, haya otro depósito de carbón de piedra que, a lo que ha podido averiguarse hasta ahora, ocupa un área de cosa de 60.000 millas cuadradas!

Yo no quiero hacer cómplice a la Providencia de todas las usurpaciones norteamericanas, ni de su mal ejemplo, que en un período más o menos remoto, puede atraerle, unirle políticamente o anexarle, como ellos llaman, el Canadá, México, etc. Entonces, la unión de hombres libres principiará en el Polo Norte, para venir a terminar por falta de tierra en el istmo de Panamá.

Para entonces estarán los lagos en el centro de la unión gigante, y para entonces también el Estado de Michigan, envuelto como una península por el lago del mismo nombre, el Huron, el Saint-Clair, y la base del Erie, podrá dar fructuosa ocupación al enorme depósito de carbón que contiene en su centro. En espectación de aquel suceso, y por aquellos mares de agua dulce, empieza ya a surgir del haz de la tierra, Buffalo, ciudad que sin haber sido aldea siquiera, contaba hace un año 30.000 habitantes, y contará hoy 50.000, según los términos de la progresión yankee. Un camino de hierro, que desde Albany atraviesa sin pretensión alguna cinco grados de longitud, derrama en sus calles todos los días una avenida de hombres, que desde Europa, y remontando el Hudson, vienen a escogerse, entre los bosques intermediarios, algún pedazo de tierra donde fijar unanueva familia, como aquellas razas de Sem y de Jafet, que partían desde la Babel antigua a repartirse entre sí la tierra despoblada. Igual confusión de lenguas entre los que llegan; si bien la tierra les imprime la suya a poco andar, y como el agua frotando las superficies angulosas de diversas piedras conforma los guijarros cual si fueran una familia de hermanos, así, reuniéndose, mezclándose entre sí esas avenidas de fragmentos de sociedades antiguas, se forma la nueva, la más joven y osada república del mundo. ¡Oh! ¡Cuánta verdad tangible hay en los misterios morales de nuestra raza; cuántas relaciones íntimas, inevitables, muestran las cosas físicas! La libertad emigrada al norte da al hombre que llega alas para volar; ruedan torrentes humanos por entre las selvas primitivas, y la palabra pasa muda sobre sus cabezas en hilos de hierro, para ir a activar a lo lejos aquella invasión del hombre sobre el suelo que le estaba reservado; del espíritu envejecido y experto sobre la materia inculta aún, y esperando, desdeab initio, que se le dé forma. Franklin, comoVd.sabe, fué el primero que tomó en sus manos el terrible rayo, y lo explicó al mundo asombrado. Partiendo del descubrimiento de Franklin (hablo en el sentido práctico del pararrayos, con que él dotó a la humanidad), Volta, Oersted, Alexander, Ampere, Arago, habían escrito y tentado mucho sobre la telegrafía eléctrica, cuando Morse, norteamericano, hizo sus ensayos mediante los 30.000 pesos que el congreso de los Estados Unidos dió para costearlos. ¿No es singular que haya cabido a los Estados Unidos la gloria de haber inventado el pararrayos y el éter sulfúrico, para ahorrar dos grandes males a la humanidad, e impreso a los movimientos del hombre rapideces planetarias, con la aplicación del vapor hecha por Fulton y con la telegrafía eléctrica por Morse? En Francia dejé líneas de telégrafos de este género en vía de ensayo, de Ruan a París, de París a Lille, y esto para el servicio del gobierno. En los Estados Unidos había en el momento de mi salida: de Nueva York un círculo que liga con Wáshington, Baltimore, Filadelfia, y vuelve a Nueva York, 455 millas;otro anillo que liga a Nueva York, New Haven, Hartford, Springfield, Boston, y vuelve a Nueva York, 452 millas. Una línea a Albany que parte desde el mismo centro, 150, y de allí extiende un brazo a Buffalo, 250 millas. Otra a Rochester, 252; otra a Montreal, 205. La diligencia que lleva diariamente la correspondencia por toda la Unión recorre 142.295 millas, y 853 millas describen los canales artificiales. Rodean los estados 3.600 millas de mar y 1.200 de lagos. Nueva York sirve de puerto de navegación interna de ríos, canales y lagos de 3.000 millas; Nueva Orleans a otra de 20.000, subdividida en ríos navegables, y que uniéndose por el Mississippi, con los lagos y el San Lorenzo, puede producir la más pasmosa línea de circunnavegación interior y fluvial.

La naturaleza había ejecutado las grandes fracciones del territorio de la Unión; pero sin la profunda ciencia de la riqueza pública que poseen los norteamericanos, la obra habría quedado incompleta. Desde Filadelfia a San Luis, como de Buenos Aires a Mendoza, atraviesa el estado una gran ruta nacional, porque en este sentido el país no es viable por canales, pues los declives de las aguas se inclinan al Sud y al Este. Pero del lago Erie, desciende un canal navegable, que, uniéndose al Ohio entre Cincinnati y Pittsburg, trae con fletes ínfimos los productos del extremo norte del lago superior y del Canadá hasta Nueva Orleans. Del extremo este del mismo lago Erie parte otro canal, que, después de haberse puesto en contacto por una ramificación con el lago Ontario, a la altura de Troya desemboca en el Hudson, y liga por agua a Chicago, que está a 14 grados de distancia al occidente, con Nueva York y Quebec. Desde Pittsburg parte un canal faldeando los montes Alleghanies, que pone en contacto acuático a Filadelfia en el Atlántico, con Nueva Orleans en el Golfo de México, describiendo una ruta a través del continente, de más de mil leguas. Inútil sería detenerse en las líneas de caminos de hierro, que completan en parte las de lagos, o se cruzan con ellas, facilitando a cada Estado, a cada ciudad y a cada aldea, las comunicacionesbaratas, rápidas, diarias, fáciles, al alcance de todas las fortunas, apropiadas a todas las mercaderías. Tocqueville ha dicho que los caminos de hierro bajaron de un cuarto los costos de transporte. Los canales han abolido casi el flete, pues apenas es sensible; y, sin embargo, tal es la afluencia de productos, que, estas obras, producen al Estado millones de renta anual.

Del aspecto general del país, o de su arquitectura, como distribución de los medios de acción puestos por Dios y utilizados y completados por el hombre, pasaré sin transición a la aldea, centro de la vida política, como la familia lo es de la vida doméstica. Los Estados Unidos están en ella con todos sus accidentes, cosa que no puede decirse de nación alguna. La aldea francesa o chilena es la negación de la Francia o de Chile, y nadie quisiera aceptar ni sus costumbres, ni sus vestidos, ni sus ideas, como manifestación de la civilización nacional. La aldea norteamericana es ya todo el Estado, con su gobierno civil, su prensa, sus escuelas, sus bancos, su municipalidad, su censo, su espíritu y su apariencia. Del seno de un bosque primitivo, la diligencia o los vagones salen a un pequeño espacio desmontado en cuyo centro se alzan diez o doce casas. Estas son de ladrillo, construido con el auxilio de máquinas, lo que da a sus costados la tersura de figuras matemáticas, uniéndolos entre sí con argamasa en filetes finísimos y rectos. Levántanse aquéllas en dos pisos cubiertas de techumbre de madera pintada. Puertas y ventanas pintadas de blanco, sujetan y cierran cerraduras de patente; ystoresverdes animan y varían la regularidad de la distribución. Fíjome en estos detalles porque ellos solos bastan para caracterizar un pueblo y suscitan un cúmulo de reflexiones. La primera que me ha embargado al presenciar tanta ostentación de riqueza y de bienestar, es la que suministra la comparación de las fuerzas productivas de las naciones. Chile, por ejemplo, y lo que es aplicable a Chile lo es a toda la América española, Chile tiene millón y medio de habitantes. ¿En qué proporción están las casas, que de talesmerezcan el nombre, con las familias que lo habitan? Pues en los Estados Unidos todos los hombres viven en casas, tales como las que he delineado al principio, rodeados de todos los instrumentos más adelantados de la civilización, salvo lospioneersque habitan aún los bosques, salvo los transeuntes que se albergan en inmensos hoteles. De aquí resulta un fenómeno económico que apuntaré ligeramente. Supongo que veinte millones de norteamericanos habiten un millón de casas. ¿Cuánto capital invertido en satisfacer esta sola necesidad? Fabricantes de ladrillos a la mecánica han hecho con sus productos fortunas colosales; fábricas de cerrajería de patente venden sus obras por cantidades cien veces mayores que en cualquiera otra parte del mundo, para servir a menor número de hombres. Las estufas de hierro colado que se aplican al uso doméstico en todas las aldeas, bastarían a dar movimiento y ocupación a las fábricas de Londres; y el avalúo de las casas que habitan los norteamericanos en las aldeas, no diré más pobres, porque el término es impropio, equivaldría a la riqueza territorial e inmueble de cualquiera de nuestros estados.

La cocina, más o menos espaciosa, según el número de individuos de la familia, consta de un aparato económico de hierro fundido, formando parte de él un servicio completo de cacerolas y de utensilios culinarios, todo obra de alguna fábrica que se ocupa de este ramo. En algún departamento interior se guardan arados del autor francés que los inventó, y el instrumento de agricultura más poderoso que se conoce: su reja abre un surco de media vara de ancho; una cuchilla movible va rozando las yerbas, y el menor esfuerzo del labrador la aparta del encuentro del tronco de un árbol. Su ligera obra de madera está constantemente pintada de colorado, y los arneses de los caballos que lo tiran son de obra de talabartería, lustrosa siempre y con hebillas amarillas y adornos en bronce para ajustarlos. Las hachas de la casa son también de patente y de la construcción más aventajada que se conoce; pues el hacha es la trompa del elefante del yankee, su mondadientes y su dedo,como entre nosotros el cuchillo, o la navaja entre los españoles. Una carretela de cuatro ruedas, ligera como las patas de un escarabajo, siempre barnizada y lustrosa como recién sacada de la fábrica, con arneses brillantes, completos y tales como no los llevan iguales losfiacresde París, facilitan la locomoción de los habitantes. Una máquina sirve para desgranar el maíz; otra para limpiar el trigo; y cada operación agrícola o doméstica, llama en su ayuda el talento inventivo de los fabricantes. El terreno adyacente a la casa y que sirve de jardín de horticultura, está separado de la calle o camino público por una balaustrada de madera, pintada de blanco en toda su extensión y de la forma más artística. No se olvideVd.que estoy describiéndole una pobre aldea que aún no cuenta doce casas, rodeada todavía de bosques no descuajados y apartada por centenares de leguas de las grandes ciudades. Mi aldea, pues, tiene varios establecimientos públicos, alguna fábrica de cerveza, una panadería, varios bodegones o figonerías, todos con el anuncio en letras de oro, perfectamente ejecutadas por algún fabricante de letras. Este es un punto capital. Los anuncios en los Estados Unidos son por toda la Unión una obra de arte, y la muestra más inequívoca del adelanto del país. Me he divertido en España y en toda la América del Sud, examinando aquellos letreros donde los hay, hechos con caracteres raquíticos, jorobados y ostentando, en errores de ortografía, la ignorancia supina del artesano o aficionado que los formó.

El norteamericano es un literato clásico en materia de anuncios, y una letra chueca o gorda, o un error ortográfico expondría al locatario a ver desierto su mostrador. Dos hoteles ha de haber por lo menos en la aldea para alojamiento de los pasajeros; una imprenta para un diario diminuto, un banco y una capilla. La oficina de la posta recibe diariamente los periódicos de la vecindad o las grandes ciudades, a que están subscriptos los aldeanos; y cartas, paquetes y transeuntes han de llegar y salir de ella diariamente; pues el transporte de la mala, aún a los puntos más distantes, se hace en vehículos decuatro ruedas y con comodidades para pasajeros. Las calles, que se van delineando a medida que la población crece, tienen como las grandes ciudades, treinta varas de ancho, inclusas las aceras de seis varas que deben quedar de cada costado, sombreadas por líneas de árboles que desde luego plantan. El centro de la calle es, mientras no hay medios de empedrarlo, un ciénago en que hozan todos los cerdos de la aldea, los cuales ocupan tan encumbrado lugar en la economía doméstica, que sus productos en toda la Unión corren parejas con los cultivos de trigo.

Y como es regla que según el nido ha de ser el pájaro, diré una palabra sobre el villano. Si es bodegonero, almacenero o de otra profesión secundaria, su traje diario se compone de las piezas siguientes: botas charoladas, pantalón y frac de paño negro, chaleco de raso ídem, corbata de gró, un pequeño casquete o gorrita de paño; y pendiente de un cordón negro, un chisme de oro que representa un lápiz o una llave. En la punta de este cordón y muy sumido en el bolsillo está la pieza más curiosa del traje del yankee. SiVd.quiere estudiar las transformaciones que el reloj ha experimentado desde su invención hasta nuestros días, pidaVd.la hora a cuanto yankee encuentre. VeráVd.relojes fósiles, relojes mastodontes, relojes fantasmas, relojes guarida de sabandijas, relojes de tres pisos, inflados, con puente levadizo y escalera secreta, para descender con linterna a darles cuerda. El padrón del reloj de Dulcamara, en elElixir de Amor, emigró con los primeros puritanos, y sus descendientes gozan del derecho de ciudadanía, y están alistados en el partido temible de losnativistas, que profesan las doctrinas delamericanismomás exaltado. Cada buque que llega de Europa trae centenares de estos emigrantes, los cuales, vendidos a la mejor postura en Nueva York, Boston, Nueva Orleans, Baltimore, desde el precio de doce reales para arriba, proveen a esta demanda nacional y popular de relojes. Tiene el yankee una cartera en el bolsillo, y al acostarse en la cama traza a la ligera jeroglíficos que indican el camino que tienetrazado a sus acciones del día siguiente. No se crea que hay exageración en esta común distribución de los medios civilizados a las aldeas como a las ciudades, y a los hombres de todas clases. Tomo a la ventura las villitas más pequeñas, cuya descripción me cae a la mano. Bennington contiene un consistorio, una iglesia, dos academias (colegios), un banco y cerca de 300 habitantes.

Norwich, en la orilla derecha del Connecticut, contiene varias iglesias, un banco y 700 habitantes.

Haverhill tiene un consistorio, un banco, una iglesia, una academia y sesenta casas, etc.

Hacia el Oeste, donde la civilización declina, y en elFar West, donde casi se extingue, por el desparramo de la población en las campañas, el aspecto cambia, sin duda: el bienestar se reduce a lo estrictamente necesario, y la casa se convierte en ellog house, construido en veinticuatro horas, de palos superpuestos y cruzándose en las esquinas por medio de muescas; pero aún en estas remotas plantaciones, hay igualdad perfecta de aspecto en la población, en el vestido, en los modales, y aún en la inteligencia; el comerciante, el doctor, elsheriff, el cultivador, todos tienen el mismo aspecto. El campesino es padre de familia, es propietario de doscientos acres de tierra o de dos mil, no importa para el caso. Sus instrumentos aratorios, susengines, son los mismos, es decir, los mejores conocidos; y si acierta a darse en la vecindad un mitin religioso, de lo profundo de los bosques, descendiendo de las montañas, asomándose por todos los caminos, veráse los campesinos a caballo en grandes cabalgatas, con su pantalón y su frac negro, y las niñas con los vestidos de los géneros más frescos y las formas más graciosas. A bordo de un vapor en una larga navegación, habíame tocado de vez en cuando acercarme a un sujeto perfectamente vestido y que se hacía notar por el cortés desembarazo de los modales. Una mañana, al acercarnos a una ciudad, le ví, no sin sorpresa, sacar de su camarote un caja, templarla y comenzar a tocar la llamada, invitando al enganche a los jóvenesdel lugar. ¡Era tambor! A veces la cadena del reloj caía sobre el parche y embarazaba momentáneamente el juego de los palillos. La igualdad es, pues, absoluta en las costumbres y en las formas. Los grados de civilización o de riqueza no están expresados como entre nosotros por cortes especiales de vestido. No hay chaqueta, ni poncho, sino un vestido común y hasta una rudeza común de modales que mantiene las apariencias de igualdad en la educación.

Pero aún no es esta la parte más característica de aquel pueblo: es su aptitud para apropiarse, generalizar,vulgarizar, conservar y perfeccionar todos los usos, instrumentos, procederes y auxilios que la más adelantada civilización ha puesto en manos de los hombres. En esto los Estados Unidos son únicos en la tierra. No hay rutina invencible que demore por siglos la adopción de una mejora conocida; hay por el contrario una predisposición a adoptar todo. El anuncio hecho por un diario de una modificación en el arado, por ejemplo, lo transcriben en un día todos los periódicos de la Unión. Al día siguiente se habla de ello en todas las plantaciones, y los herreros y fabricantes han ensayado en doscientos puntos de la Unión esta práctica. Id a hacer o a esperar cosa semejante en un siglo en España, Francia o nuestra América.

El diccionario de Salvá, porque el de la Academia no hace fe hoy, dice, definiendo la palabracivilización, que es “aquel grado de cultura que adquieren pueblos y personas, cuando de la rudeza natural pasan al primor, elegancia y dulzura de voces y costumbres propio de gente culta”. Yo llamaría a estocivilidad; pues, las voces muy relamidas, ni las costumbres en extremo muelles, representan la perfección moral y física, ni las fuerzas que el hombre civilizado desarrolla para someter a su uso la naturaleza.

Después de las aldeas de los Estados Unidos, llama de preferencia la atención del viajero el movimiento de los caminos que las unen entre sí, ya sean carriles, macadamizados, ferrocarriles o ríos navegables. Si Dios llamara repentinamente acuentas al mundo, sorprendería en marcha, como a las hormigas, a los dos tercios de la población norteamericana, de donde resulta lo mismo que he dicho de los edificios; pues viajando todos, no hay empresa imposible ni improductiva en materia de viabilidad. Ciento veinte leguas de camino de hierro se hacen en veinticuatro horas desde Albany hasta Buffalo por doce pesos; y por quince, inclusas cuatro opíparas y suculentas comidas diarias, dos mil doscientas millas de navegación de vapor en diez días, desde Cincinnati hasta Nueva Orleans, por los ríos Ohio o Mississippi. El vapor o el convoy del ferrocarril atraviesa bosques primitivos, entre cuyas enramadas, obscuras y solitarias, teme el viajero meditabundo ver aparecer el último resto de las tribus salvajes que no hace diez años llamaban a aquellos parajes las cacerías de sus padres.

La concurrencia de los pasajeros permite la baratura del pasaje; y la baratura del pasaje tienta a viajar a los que no tienen objeto preciso para ello; el yankee sale de su casa a respirar un poco de aire, a tomar un paseo, y hace de ida y vuelta cincuenta leguas en un vapor o un convoy, y vuelve a continuar sus ocupaciones. Cuando el ojo certero de la industria descubre un trayecto de ferrocarril, una asociación lo abre lo suficiente para indicar la vía; de los árboles volteados se hacen las líneas del futuro ferrocarril, poniéndoles sobrepuestas planchuelas delgadas de hierro. El convoy se lanza con tiento al principio, equilibrándose, aquí caigo, allí levanto sobre esta peligrosa vía; los pasajeros llueven de todas partes y con los productos que dejan, se construye entonces el verdadero camino, nunca seguro, por no hacerlo costoso, lo que no aumenta en mucho el número de desgracias. El convoy es siempre cómodo, espacioso, y si los cojines no son tan muelles como los de la primera clase en Francia, no son tampoco tan estúpidamente duros como los de segunda en Inglaterra; pues en los Estados Unidos, no habiendo sino una clase en la sociedad, la cual la formael hombre, no hay tres y aún cuatro clases de vagones, como sucede en Europa. Pero, donde el lujo y la grandeza norteamericanasse ostentan sin rival en la tierra, es en los vapores de los ríos del norte. Cloacas o cáscaras de nuez parecerían a su lado los que navegan en el Mediterráneo. Son palacios flotantes de tres pisos, con galerías y azoteas para pasearse. Brilla el oro en los capiteles y arquitrabes de las mil columnas que, como en elIsaac Newton, flanquean cámaras monstruos, capaces de contener en su seno al senado y cámara de diputados. Colgaduras de damasco artísticamente prendidas disimulan los camarotes para quinientos pasajeros, comedores colosos con mesa sin fin de caoba bruñida y servicio de porcelana y plata para mil comensales. Puede este buque recibir dos mil pasajeros; tiene 750 lechos, 200 camarotes independientes; mide 341 pies de largo, 85 de ancho, y carga además 1.450 toneladas.

El vaporHendrickmide 341 pies de largo y 72 de ancho; tiene 150 camarotes independientes; 600 lechos con colchones de pluma, dandoaccommodationsen general para dos mil pasajeros, todo por un dólar, corriendo la distancia de 144 millas. Un habitante de Nueva York va a Troya o Albany en la noche; habla por la mañana del día siguiente con su corresponsal, y en la tarde está en Nueva York de regreso, a vacar de las ocupaciones del día, habiendo hecho en la interrupción de diez o doce horas de tiempo hábil, cien leguas de camino. El sudamericano que acaba de desembarcar de Europa, donde se ha extasiado admirando los progresos de la industria y el poder del hombre, se pregunta atónito al ver aquellas colosales construcciones americanas, aquellas facilidades de locomoción, si realmente la Europa está a la cabeza de la civilización del mundo. Marinos franceses, ingleses y sardos, he visto expresar sin disimulo su asombro de encontrarse tan pequeños, tan atrás de este pueblo gigantesco.

Hay en aquellos buques del Hudson unsancta sanctorum, en cuyo recinto no penetra el ojo del profano, una morada misteriosa, de cuyas delicias puede cuando más tenerse sospechas por las bocanadas de perfumes que se escapan al abrirse momentáneamente la puerta. Los norteamericanos se han creadocostumbres que no tienen ejemplo ni antecedentes en la tierra. La mujer soltera, o elhombre de sexo femenino, es libre como las mariposas hasta el momento de encerrarse en el capullo doméstico para llenar con el matrimonio sus funciones sociales. Antes de esta época viaja sola, vaga por las calles de las ciudades y mantiene amoríos castos a la par que desenvueltos a la luz del público, bajo el ojo indiferente de sus padres. Recibe visitas de personas que no se han presentado a la familia, y a las dos de la mañana vuelve de un baile a su casa acompañada por aquel con quien ha valseado o polkeado exclusivamente toda la noche. Los buenos puritanos de sus padres la hacen bromas a veces con el tal, de cuyos amores han sido instruídos por la voz pública, y la taimada se complace en derrotar las conjeturas, desmintiendo la evidencia.

Después de dos o tres años deflirtear, este es el verbo norteamericano, bailes, paseos, viajes y coqueterías, la niña de la historia, en el almuerzo y como quién no quiere la cosa, pregunta a sus padres si conocen a un joven alto, rubio, maquinista de profesión, que suele venir a verla, de vez en cuando, todos los días. Hacía un año que estaban esperando esta introducción. El desenlace es que hay en la familia un enlace convenido, de que se da parte a los padres la víspera, los cuales ya lo sabían por todas las comadres de la vecindad. Celebrado el desposorio, los novios toman en el acto el próximo camino de hierro, y salen a ostentar su felicidad por bosques, villas, ciudades y hoteles. En los vagones se las ve siempre a estas encantadoras parejas de jóvenes de veinte años, abrazados, reposándose el uno en el seno del otro, y prodigándose caricias tan expresivas que edifican a todos los circunstantes, haciéndoles formar el propósito de casarse inmediatamente, aún a los más contumaces solterones. No puede hacerse en términos más insinuantes que esta exposición al aire libre de las embriagueces matrimoniales, la propaganda del casamiento. Debido a esto es que el yankee no llega nuncaa la edad de veinte y cinco años sin tener ya una familia numerosa; y yo no me explico de otro modo la asombrosa propagación de la especie en aquel suelo afortunado. En 1790 la población constaba de cerca de cuatro millones; 1800, cinco millones; 1810, siete millones; 1820, nueve millones; 1830, doce millones; 1840, diez y siete millones; 1850, contará veinte y tres millones. La inmigración influye en estas cifras; pero en proporciones limitadas. El inmigrante no es un animal prolífico, hasta que ha recibido el baño yankee.

Volviendo, pues, a los millares de novios que andan enardeciendo y vivificando la atmósfera con sus hálitos de primavera, los vapores del Hudson y de otros ríos clásicos les tienen preparados departamentosad hoc. ¡Llámase este recinto lacámara de la novia! Vidrios de colores esmaltados imprimen a la discreta luz que penetra en ella, todos los suaves colores del iris; lámparas rosadas arden por la noche; y de noche y de día el perfume de las flores, las aguas odoríferas y los aromas que se queman aguzan la sed de placer que consume a sus escogidos moradores. Las fábricas de París no han creado damascos ni muselinas suficientemente costosas, para envolver entre sus sueltos pliegues y bajo techumbres doradas las legítimas saturnales de lacámara de la novia. Después de haber visto la cascada del Niágara, bañándose en las fuentes termales de Saratoga, pasado en revista cien ciudades y recorrido mil leguas de país, los novios vuelven, después de quince días, extenuados, maravillados y contentos, a aburrirse santamente en el hogar doméstico. La mujer ha dicho adiós para siempre al mundo, de cuyos placeres gozó tanto tiempo con entera libertad; a las selvas frescas de verdura, testigos de sus amores, a la cascada, a los caminos y a los ríos. En adelante, el cerrado asilo doméstico es su penitencia perpetua; elroastbeefsu acusador eterno; el hormigueo de chiquillos rubios y retozones, su torcedor continuo; y un marido incivil, aunquegood natured, sudón de día y roncadorde noche, su cómplice y su fantasma. Atribuyo a aquellos amores ambulantes en que termina elflirteoamericano, la manía de viajar que distingue al yankee, de quien puede decirse que nace viajero. El furor de viajar crece en proporciones espantosas año por año. Los productos de todas las obras públicas, ferrocarriles, puentes y canales en los diversos estados, en 1844, comparados con los de 1843, mostraron un aumento de cuatro millones de dóllars; lo que hizo subir en solo aquel año de ochenta millones el valor de los trabajos, computando el rédito al cinco por ciento. Sabe de memoria todas las distancias, y a la vista de una ciudad, en los vagones o en los vapores, hay un movimiento general de echar mano a la faltriquera, desdoblar el mapa topográfico de los alrededores y señalar con el dedo el punto de la cuestión. Una sola casa de Nueva York ha vendido en diez años millón y medio de atlas y mapas para el uso popular. Es seguro que en París no hay ninguna que haya hecho emisión igual para proveer al mundo entero. Cada estado tiene su carta geológica, que muestra la composición del suelo y los elementos explotables que contiene; cada condado su carta topográfica en diez ediciones diversas de todos los tamaños y de todos los precios. Apenas se tiró el primer cañonazo en la frontera mejicana, la Unión fué inundada por millones de mapas de Méjico, en los cuales el yankee traza los movimientos del ejército, da batallas, avanza, toma a la capital y se estaciona allí, hasta que las nuevas noticias venidas por el telégrafo, lo orientan sobre la verdadera posición de los ejércitos, para hacerlos marchar de nuevo, con el dedo puesto en el mapa y a fuerza de conjeturas y cálculos, lo ponea la hora de éstadentro de la ciudad de Méjico. Los mejicanos pueden ir a recibir lecciones de los leñadores yankees sobre la topografía, producciones y ventajas del país que sin conocer habitan.

Pero continuemos un poco describiendo la fisonomíade los caminos. En los lagos y en otros ríos de mayor longitud que el Hudson, los vapores se acercan a los barrancos en puntos determinados, para renovar su provisión de leña, operación que se hace en menos tiempo que el cambio de mulas en las postas españolas o la renovación de pasajeros. Del centro de un bosque secular y por sendas apenas practicables, vese salir una familia de señoras entoilettede baile, acompañadas por caballeros vestidos del eterno frac negro, variado a veces por un paletó, y cuando más un anciano consurtúde terciopelo a la puritana; cabellos blancos y largos hasta los hombros, a lo Franklin, y sombrero redondo de copa baja. El carruaje que los conduce es de la misma construcción y tan esmeradamente barnizado como los que circulan en las calles de Washington. Los caballos con arneses relucientes, pertenecen a la raza inglesa, que no ha perdido nada de su esbelta belleza ni de su árabe conformación al emigrar al nuevo mundo; porque el norteamericano, lejos de barbarizar como nosotros los elementos que nos entregó al instalarnos colonos la civilización europea, trabaja por perfeccionarlos más aún y hacerles dar un nuevo paso. El espectáculo de estadecenciauniforme, y de aquel bienestar general, si bien satisface el corazón de los que gozan en contemplar a una porción de la especie humana, dueña en proporciones comunes a todos, de los goces y las ventajas de la asociación, cansa, al fin, la vista por su monótona uniformidad; desluciendo el cuadro, a veces, la aparición de un campesino con vestidos desordenados, levita descolorida y sucia, o frac hecho harapos, lo que trae a la memoria del viajero el recuerdo de los mendigos españoles o sudamericanos, de tan ingrata apariencia. No hermosean el paisaje, por ejemplo, aquellos trajes romanescos de la campiña de Nápoles; el sombrero con pluma empinada de las aguadoras de Venecia; la mantilla de las manolas sevillanas; ni las vestiduras recamadas de oro de las judías de Argel u Orán. ¡La Francia misma,que manda a todos los pueblos el despótico decreto de sus modas, entretiene al viajero con las cofias de las mujeres de campaña, invariables y características en cada provincia, llegando en las inmediaciones de Burdeos a asumir la aterrante altura de dos tercios de vara sobre la cabeza, como aquellas peinetas formadas de la concha de un galápago entero, que llenas de orgullo llevaron en un tiempo las damas de Buenos Aires; analogía que unida a los pabellones y espuelas chilenos, me ha hecho sospechar que el espíritu de provincia, de aldea, es por todas partes fecundo en cosas abultadas!

Una paisanota de los Estados Unidos se conoce apenas por lo sonrosado de sus mejillas, su cara redonda y regordeta y el sonreir candoroso yhébétéque la distingue de las gentes de las ciudades. Fuera de esto y un poco de peor gusto y menos desenfado para llevar la cachemira o la manteleta, las mujeres norteamericanas pertenecen todas a una misma clase, con tipos de fisonomía que por lo general honran a la especie humana.

En este viaje que con usted, mi buen amigo, ando haciendo por todas partes en los Estados Unidos, ya sea que nos paseemos en las galerías o sobre la cubierta de los vapores, ya sea que prefiramos el más sedentario vehículo de los ferrocarriles, al fin hemos de llegar, no diré a las puertas de una ciudad, frase europea y que está indicando las prisiones de que están circundadas, sino al desembarcadero, desde donde, con trescientos pasajeros más, iremos aacuartelarnosen uno de los magníficos hoteles cuyas carrozas con cuatro caballos y domésticos elegantes, si no queremos seguir a pie la procesión con nuestro saco de viaje bajo el brazo, nos aguardan a la puerta. Al acercarse el vapor en que descendía el Mississipí, volviendo una de las semicirculares curvas que describe aquella inmensa cuanto quieta mole de agua, nos señalaron en el horizonte, dominando masas escalonadas de bosques matizados por el otoño ya cuya base se extienden en líneas de esmeralda las dilatadas plantaciones de azúcar, la cúpula de San Carlos, consoladora muestra, después de 700 leguas de agua y bosque, de la proximidad de Nueva Orleáns; y aunque el aspecto del paisaje circunvecino no favorece la comparación, la vista de aquella lejana cúpula me trajo a la memoria la de San Pedro en Roma, que se divisa desde todos los puntos del horizonte como si ella sola existiese allí; mostrándose tan colosal a veinte leguas, como no se la cree cuando es considerada de cerca. Por fin, iba a ver en los Estados Unidos una basílica de arquitectura clásica y de dimensiones dignas del culto. Alguien nos preguntó si teníamos hotel para nuestro alojamiento, indicándonos el de San Carlos, como el más bien servido. Desde la cúpula, añadió, podrán ustedes tener al salir el sol el panorama más vasto de la ciudad, el río, el lago y las vecinas campiñas. El San Carlos que alzaba su erguida cabeza sobre las colinas y bosques de los alrededores, el San Carlos que me había traído la reminiscencia de San Pedro en Roma, ¡no era más que una fonda!

He aquí el pueblo rey que se construye palacios para reposar la cabeza una noche bajo sus bóvedas; he aquí el culto tributado al hombre, en cuanto hombre, y los prodigios del arte empleados, prodigados para glorificar a las masas populares. Nerón tuvo su Domus Aurea; ¡entre los romanos, los plebeyos tenían sus catacumbas tan sólo para abrigarse!

Nuestra admiración en nada disminuyó al acercarnos a la base del soberbio palacio que envidiaran muchos príncipes europeos, y que en los Estados Unidos, a excepción del Capitolio de Wáshington, monumento alguno civil o religioso le es superior en dimensiones y buen gusto. Sobre una subconstrucción de granito, destinada a bodegas y almacenes, se alza un basamento de mármol blanco, que sirve de base a doce columnas estriadas de orden compósito, yseis de las cuales, avanzándose sobre el plan general, sostienen un bellísimo frontón. El lienzo de las murallas que a ambos lados continúan el frontispicio, contiene entre la altura correspondiente a la que media entre el basamento y el arquitrabe de las columnas, cuatro órdenes de pisos, conservando, sin embargo, sus ventanas proporciones arquitectónicas. Debajo del pórtico formado por el frontón está la estatua de Wáshington jupiterino, que guarda la entrada, la cual conduce a una espaciosa rotonda, pavimentada de mármol, y que corresponde a la gran cúpula que reposa sobre ella. En este espacioso recinto están distribuídas mesas recargadas de colecciones de periódicos de toda la Unión y los de Europa de quince días anteriores.

Las oficinas de la contaduría de la casa ocupan el frente; escalas soberbias se enroscan en el aire sobre sí mismas cual serpientes de bronce, para dar ascenso en todas direcciones a las habitaciones superiores, hasta la misma cúpula, rodeada de una galería de columnas corintias, en que termina el monumento. Profusa y ordenada turba de sirvientes están prontos a obedecer la menor indicación del viajero; y una chimenea que puede contener una tonelada de carbón de piedra, le entretiene y conforta en el invierno, mientras se registra su nombre en el gran libro, siempre abierto para este fin, y se le señalan habitaciones a donde transportar su equipaje. Una iluminación de gas poderosa distribuye por mil picos esparcidos en todo el ámbito del edificio torrentes de luz solar. A la izquierda se extiende hacia el fondo de la construcción el comedor, rodeado de columnas, alumbrado por arañas colosales de bronce, y suficientemente ancho para contener tres mesas de caoba que corren paralelas a lo largo del salón una distancia de algo menos de media cuadra. Setecientos comensales se reunen en torno de estas mesas en el invierno, época de mayor actividad y concurrencia en Nueva Orleans. El interior del edificio corresponde en lujoa estas colosales exterioridades. Mi compañero de viaje, dominado por ideas sociales de un orden superior, se había en conversaciones anteriores, mostrado punto menos que indiferente sobre las ventajas de este o el otro sistema de gobierno. Pero, al recorrer las calles internas que dan comunicación a centenares de habitaciones, decoradas éstas con todas las gradaciones de lujo que pueden exigir la condición diversa de los huéspedes, y que según él, se extendían a distancias fabulosas, estoy convertido, me decía, por la intercesión de San Carlos; ahora creo en la república, creo en la democracia, creo en todo; perdono a los puritanos, aun aquel que comía salsa de tomate crudo con la punta del cuchillo y antes de la sopa. ¡Todo debe perdonársele, sin embargo, al pueblo que levanta monumentos a la sala de comer, y corona con una cúpula como ésta la cocina!

El San Carlos, no obstante ser el San Pedro de los hoteles, no es por eso ni el más espacioso ni el más sólido de los palacios populares, si bien ha costado 700.000 duros su construcción. Cada gran ciudad de los Estados Unidos se envanece de poseer dos o tres hoteles monstruos, que luchan entre sí en lujo ycomfort, menudeando al pueblo a precios ínfimos. ElAstor-Hotelen Nueva York es una soberbia construcción en granito que ocupa con su mole un costado de la plaza de Wáshington; y en ninguno de los templos que abundan en aquella ciudad se han invertido mayores sumas. Después que he visitado los Estados Unidos, y visto los resultados obtenidos allí espontáneamente, me he formado una rara preocupación, y es que para saber si una máquina, un invento, o una doctrina social es útil y de aplicación o desenvolvimiento futuro, se ha de poner a prueba en la piedra de toque de la espontánea aplicación de los yankees. Los hoteles hacen hoy un papel primordial en la vida doméstica de las naciones. Los pueblos estacionarios, como la España y sus derivados, no necesitan hotel,bástales el hogar doméstico; en los pueblos activos, con vida actual, con porvenir, el hotel estará más arriba que toda otra construcción pública. Hace cien años el hotel se conocía apenas en París, y no lo era en todo el resto de la Europa. Hace 40 años que Fourier basaba su teoría social en cuanto a habitaciones, en el falansterio, o el hotel, capaz de contener dos mil personas, proporcionándoles comodidades que no puede obtener la familia aislada en el hogar doméstico. La prueba de que Fourier no andaba errado, es el hotel norteamericano, que siguiendo la simple impulsión de conveniencia, ha tomado ya la forma monumental y dimensiones punto menos que falansterianas. Las iglesias cristianas subdivididas en sectas en los Estados Unidos, de catedrales que eran antes, han descendido a capillas. Las flechas del templo bajan a medida que las creencias se subdividen, mientras que el hotel hereda la cúpula del tabernáculo antiguo, y toma las formas de las termas de los emperadores, donde la importancia del individuo ha llegado a la altura de la democracia norteamericana. La arquitectura religiosa continúa secándose y marchitándose, al paso que la arquitectura popular improvisa en todos los Estados Unidos, formas, dimensiones y ordenanzas que acabarán por serle peculiares. El banco americano es una construcción sólida como la caja de hierro, con frontis jónico, y si no es jónica la construcción, es egipcia. ¿Por qué caen los yankees en estos órdenes tan macizos, para encerrar la caja de hierro? Sobre todos los monumentos americanos se alza un pararrayos; y domina ya el uso arquitectónico de poner en la cúspide de las cúpulas, a guisa de pináculo, la estatua de Franklin, sosteniendo el pararrayos. ¡Ya tenemos, pues, un Mercurio, encargado de guardar el asilo doméstico, o una Santa Bárbara abogada contra rayos! Si los americanos no han creado, pues, un orden de arquitectura, tendrán, por lo menos, aplicaciones nacionales, carácter y forma sugeridos por las instituciones políticas y sociales, como ha sucedido con todaslas arquitecturas que nos ha legado la antigüedad. Una rara confusión reina hoy en Europa sobre la aplicación de las bellas artes. El restablecimiento y reparación de las catedrales góticas, ha seguido al movimiento de la literatura llamada romántica. El panteón creado por la República francesa ha quedado acéfalo, como si esperara aún tiempos mejores para llenar su objeto. El templo de la gloria edificado por Napoleón, la construcción más griega, más olímpica que vieron nunca romanos o franceses, es hoy el templo de la Magdalena, cuya arquitectura risueña y plácida parece burlarse de las lágrimas de la arrepentida Loreta de Jerusalén; y las imágenes de la virgen y de los santos han ido a confundirse en los museos, y tenerse hombro con hombro con las estatuas de los dioses paganos, o las desnudeces de la pintura profana, en Roma, Londres, Dresde, o Florencia. En los Estados Unidos las formas exteriores se apropian a los objetos del culto, perdóneme la expresión. El Banco en jónico; el hotel en corintio a veces, y monumental siempre, y el inventor del pararrayos tiene ya su puesto elevado y su función arquitectónica, y hasta el piñón de la arquitectura romana ha sido prolongado, para hacer de él la imagen de la mazorca de maíz, símbolo de la agricultura americana.

En cuanto a la distribución interior del grande hotel, nada de más normal que la ordenanza común a todos estos establecimientos. A la entrada un pórtico, que contiene las oficinas de administración. Un registro en que el huésped entrante inscribe su nombre, y a cuyo margen el oficinista anota el número 560, o 227, que es el de la cámara que se le destina, y cuya campanilla, como todas las de la casa, cae en cerradas hileras a la misma oficina. En el vestíbulo están fijados todos los carteles de la ciudad para conocimientos del viajero. La representación teatral, elmeeting, el sermón del día, los vapores que parten, el movimiento delos caminos de hierro, etc. En un salón inmediato está el gabinete de lectura que contiene los principales diarios de la Unión y las últimas fechas de Europa. Un salón de fumar, y cuatro o cinco salas de conversación y de recibo, completan por esta parte las comodidades públicas de la casa. Baños termales están a toda hora a disposición de los huéspedes. Las señoras tienen igualmente sus salones de recibo y de tertulia, decorados con gracia y lujo. Dos o tres pianos entran en el material de estos establecimientos. A las 7 y media de la mañana la vibración insoportable delhong-hongchino, recorriendo todas las galerías de comunicación, avisa a los habitantes que es llegada la hora de ponerse de pie. A las ocho nuevo y más prolongado rumor anuncia estar el almuerzo servido. La turbamulta de los conventuales acude, se precipita de cada una de las avenidas, hacia la entrada del inmenso refectorio. Aquí principia a mostrarse la vida de este pueblo tan serio cuando ríe como cuando come. Donde todos los hombres son iguales al último individuo de la sociedad, no hay protección para el débil, por la misma razón que no hay jerarquías que separen a los poderosos. ¡Ay de las mujeres en este acto solemne de la soberanía popular! si los reglamentos provisorios del hotel no viniesen en su ayuda:

“Art. 1.º Nadie podrá sentarse a la mesa común, hasta que las damas, con sus consortes, o deudos, hayan ocupado la cabecera y costados contiguos de la mesa.

“Art. 2.º Se suplica al público que no fume ni masque tabaco en la mesa.

“Art. 3.º A un golpe de campanilla los varones se sentarán en los asientos que quedaren.”

Sobreentendidas estas disposiciones, el pueblo gastrónomo se alinea detrás de los asientos, con ambas manos puestas sobre el espaldar de la silla, y por derecha e izquierda vista al sirviente que ha de administrar el apetecido companillazo. Toma este el sonoro instrumento enmano, y la noble línea se conmueve; al menor movimiento indicativo de la campana, los cuerpos describen ondulaciones como las espigas de trigo al más ligero soplo de la brisa. Alzase la campanilla en actitud de sonar, y una descarga cerrada de sillas removidas con estrépito acompaña, si no precede al retintín chillón del cobre agitado, e instantáneamente un fuego graneado de platos, cuchillos y tenedores que se chocan entre sí, se prolonga durante cinco minutos, pudiendo por el rumor tempestuoso que se difunde por el aire, saberse a media legua a la redonda que se come en un hotel. Imposible seguir con la vista las evoluciones que se suceden en aquella batahola, no obstante la actividad y destreza de cincuenta domésticos, que tratan de dar cierto orden acompasado al destapar de las viandas, o al verter té o café. El norteamericano tiene destinados dos minutos para almorzar, cinco para comer, diez para fumar o mascar tabaco, y todos los momentos desocupados para echar una ojeada sobre el diario que usted está leyendo, único diario que le interesa puesto que otro está ya ocupado de él.

Almuerzo,luncha las once, comida, y el té, son las cuatro colaciones de ordenanza de aquellas comunidades que se renuevan todos los días, sin que la regla estorbe el que se administre el almuerzo a las cinco de la mañana para los que han de partir en un vapor o convoy matinal, ni falte nunca una refacción servida para todos los que llegan, no importa la hora del día o de la noche. Y luego, ¡qué incongruencias! ¡qué incestos! ¡y qué promiscuaciones en los manjares! El yankeepur sang, se sirve en un mismo plato, conjunta o sucesivamente, todas las viandas, postres y frutas. ¡Hemos visto a uno delFar-West, país de dudosa situación, como el Ophir de los fenicios, principiar la comida por salsa de tomates frescos, tomada en cantidad enorme, sola y con la punta del cuchillo! ¡Patatas dulces con vinagre! Estábamos helados de horror, y mi compañero deviaje lleno de gastronómica indignación al ver estas abominaciones: y no llueve fuego del cielo, exclamaba: los pecados de Sodoma y Gomorra debieron ser menores que los que cometen a cada paso estos puritanos!

En los salones de lectura, cuatro o cinco moscones se le apoyarán pesadamente en los hombros para leer el mismo trozo de la letra menudísima que está usted leyendo. Si baja usted una escala, o quiere introducirse por una puerta, por poca que sea la concurrencia, el que se suceda lo empujará por apoyarse en algo. Si fuma usted tranquilamente su cigarro, un pasante se lo sacará de la boca para encender el suyo, y si usted no anda listo para recibirlo, se encargará él en persona de metérselo de nuevo en la boca. Si tiene usted un libro en las manos, con tal que lo cierre un poco para mirar hacia otra parte, su vecino se apoderará de él para leerse dos capítulos de seguida. Si los botones de su paletó tienen relieve de cabezas de venado, caballos o javalíes, cuantos lo noten vendrán a recorrerlos uno a uno, haciendo girar la persona de usted de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, para mejor inspeccionar el museo ambulante. Ultimamente, si usted lleva barba completa en los países del Norte, lo cual indica que es usted francés o polaco, a cada paso se encuentra encerrado en medio de un círculo de hombres que lo contemplan con curiosidad infantil, llamando a sus amigos o conocidos para que satisfagan de cuerpo presente su novedosa curiosidad.

Todas estas libertades, bien entendido, puede usted tomárselas con los otros a su vez, sin que nadie reclame de ello ni dé el menor síntoma de serle desagradable. Pero, donde el genio y los instintos nacionales brillan en su verdadera luz, es en las actitudes yankees en sociedad. Esto merece algunas explicaciones. En un pueblo que como éste avanza cien leguas de frontera por año, se improvisa un estado en seis meses, se transporta de un extremo a otrode la Unión en algunas horas, y emigra al Oregon, deben gozar de tan alta estima los pies, como la cabeza entre los que piensan, o el pecho entre los que cantan. En Norte América verá usted muestras a cada paso del culto religioso que la nación tributa a sus nobles y dignos instrumentos de riqueza: los pies. Conversando con usted el yankee de educación esmerada, levantará él un pie a la altura de la rodilla, sacarále el zapato para acariciarlo, y oir las quejas que contra el excesivo servicio puedan poner los dedos. Cuatro individuos sentados en torno de una mesa de mármol pondrán infaliblemente sus ocho pies sobre ella, a no ser que puedan procurarse un asiento forrado en terciopelo, que en cuanto a blandura prefieren los yankees el mármol. En el Fremonthotel, de Boston, he visto siete dandies yankees en discusión amigable, sentados como sigue: dos con los pies sobre la mesa; uno con los dichos sobre el cojín de una silla adyacente; otro con una pierna pasada sobre el brazo de la silla propia; otro con ambos talones apoyados en el borde del cojín de su propia silla, de manera de apoyar la barba entre las dos rodillas; otro abrazando o empiernando el espaldar de la silla, de la misma manera que nosotros solemos apoyar el brazo. Esta postura imposible para los otros pueblos del mundo, la he ensayado sin éxito, y se la recomiendo a usted para administrarse unos calambres en castigo de alguna indiscreción; otro, en fin, si no están ya los siete, en alguna otra posición absurda. No recuerdo si he visto norteamericanos sentados en la espalda de silla con los pies en el cojín: de lo que estoy seguro es que nunca vi uno que se preciase de cortés en la postura natural. El estar acostados es el fuerte de la elegancia, y los entendidos reservan este rasgo de buen gusto para cuando hay damas, o cuando un locófoco oye unspeech whig. El secretario de la legación chilena, al llegar a Wáshington, tuvo necesidad de hablar a un diputado. Acude al Capitolio, se informa de su asiento durantela sesión, llega, al fin, hasta el punto donde Mr. N. roncaba profundamente acostado en su asiento con las piernas extendidas sobre el asiento de su vecino. Hubo de despertarlo, y una vez entendido sobre el asunto que lo traía, se acomodó del otro lado, esperando, sin duda, que concluyese el interminable discurso de algún orador de opinión contraria. Los americanos, en política y religión, profesan el admirable y conciliante principio de que no debe discutirse sino con los que son de su propia secta u opinión. Este sistema se funda en el pleno conocimiento de la naturaleza humana. El orador yankee se esfuerza en confirmar a los suyos en sus creencias, más bien que en persuadir a los contrarios, que duermen en el entre tanto, o piensan en sus negocios. La conclusión de todo esto es que los yankees son los animalitos más inciviles que llevan fraque o paletó debajo del sol. Así lo han declarado jueces tan competentes, como el capitán Marryat, Miss Trolop y otros viajeros; bien es verdad que si en Francia, y en Inglaterra, los carboneros, leñadores y fogoneros se sentasen a la misma mesa, con los artistas, diputados, banqueros y propietarios, como sucede en los Estados Unidos, otra opinión formarían los europeos de su propia cultura. En los países cultos, los buenos modales tienen su límite natural. El lord inglés es incivil por orgullo y por desprecio a sus inferiores, mientras que la gran mayoría lo es por brutalidad e ignorancia. En los Estados Unidos la civilización se ejerce sobre una masa tan grande, que la depuración se hace lentamente, reaccionando la influencia de la masa grosera sobre el individuo, y forzándole a adoptar los hábitos de la mayoría, y creando, al fin, una especie de gusto nacional que se convierte en orgullo y en preocupación. Los europeos se burlan de estos hábitos de rudeza, más aparente que real, y los yankees, por espíritu de contradicción, se obstinan en ellos, y pretenden ponerlos bajo la égida de la libertad y del espíritu americano. Sin favorecer estoshábitos, ni empeñarme en disculparlos, después de haber recorrido las primeras naciones del mundo cristiano, estoy convencido de que los norteamericanos son el único pueblo culto que existe en la tierra, el último resultado obtenido de la civilización moderna.

Los americanos en masa llevan reloj, en Francia no lo usa un décimo de la nación. Los americanos en masa visten fraque y los otros vestidos complementarios, aseados y de buena calidad. En Francia viste blusa de anquín los cuatro quintos de la nación.

Usan los yankees, en masa, cocinas económicas, arado Durand y coche. Habitan casas cómodas, aseadas. El jornalero gana un duro al día. Tienen caminos de hierro, canales artificiales y ríos navegables, en mayor número y recorriendo mayores distancias que toda Europa junta. La estadística comparativa de los caminos de hierro era como sigue: En 1845: Inglaterra, 1800 millas; Alemania, 1339; Francia, 560; Estados Unidos, 4000; lo que equivale a 86 millas en Inglaterra por cada millón de habitantes; 16 en Francia, 222 en los Estados Unidos. Sus líneas de telégrafos eléctricos están hoy, únicas en el mundo, puestas a disposición del pueblo, pudiendo en fracciones inapreciables de tiempo, enviar avisos y órdenes de un extremo a otro de la Unión.

El único pueblo del mundo que lee en masa, que usa de la escritura para todas sus necesidades, donde 2000 periódicos satisfacen la curiosidad pública, son los Estados Unidos, y donde la educación como el bienestar están por todas partes difundidos y al alcance de los que quieran obtenerlo. ¿Están uno y otro en igual caso en punto alguno de la tierra? La Francia tiene 270.000 electores, esto es, entre treinta y seis millones de individuos de la nación más antiguamente civilizada del mundo, los únicos que por la ley no están declarados bestias: puesto que no les reconoce raza para gobernarse.

En los Estados Unidos, todo hombre, por cuanto es hombre, está habilitado para tener juicio y voluntad en los negocios políticos, y lo tiene, en efecto. En cambio, la Francia tiene un rey, cuatrocientos mil soldados, fortificaciones de París que han costado dos mil millones de francos, y un pueblo que se muere de hambre. Los norteamericanos viven sin gobierno, y su ejército permanente monta sólo a nueve mil hombres, siendo necesario hacer un viaje a puntos determinados para ver el equipo y apariencia de los soldados norteamericanos; pues que hay familias y aldeas de la Unión que jamás han visto un soldado. Muchos vicios de carácter tachan los europeos y aun los sudamericanos a los yankees. Por lo que a mí respecta, miro con veneración esos mismos defectos, atribuyéndoselos a la especie humana, al siglo, a las preocupaciones hereditarias y a la imperfección de la inteligencia. Un pueblo compuesto de todos los pueblos del mundo, libre como la conciencia, como el aire, sin tutores, sin ejército, y sin bastillas, es la resultante de todos los antecedentes humanos, europeos y cristianos. Sus defectos deben, pues, ser los de la raza humana en un período dado de desenvolvimiento. Pero como nación, los Estados Unidos son el último resultado de la lógica humana. No tiene reyes, ni nobles, ni clases privilegiadas, ni hombres nacidos para mandar, ni máquinas humanas nacidas para obedecer. ¿No es este resultado conforme a las ideas de justicia y de igualdad que la cristiandad acepta en teoría? El bienestar está distribuído con más generalidad que en pueblo alguno; la población se aumenta según leyes desconocidas hasta hoy entre las otras naciones; la producción sigue una progresión asombrosa. ¿No entrará, como pretenden los europeos, por nada de esto la libertad de acción, y la falta de gobierno? Dícese que la facilidad de ocupar nuevos terrenos, es la causa de tanta prosperidad. Pero, ¿por qué en la América del Sud, donde es igualmente fácil y aun más ocupar nuevas tierras,ni la población ni la riqueza aumentan, y hay ciudades y aun capitales tan estacionarias, que no han edificado cien casas nuevas en diez años? Aún no se ha hecho en nación alguna el censo de la capacidad inteligente de sus moradores. Cuéntase la población por el número de habitantes, y de las cifras acumuladas deduce su fuerza y valimento. Acaso para la guerra, mirado el hombre como máquina de destrucción, puede ser significativo este dato estadístico; mas una peculiaridad de los Estados Unidos hace que aun en este caso falle el cálculo. Un yankee para matar hombres equivale a muchos de otras naciones, de manera que la fuerza destructora de la nación puede contarse en doscientos millones de habitantes. El rifle es el arma nacional, el tiro al blanco la diversión de los niños en los estados que tienen bosques, y cazar ardillas a bala en los árboles, tostándoles las patas para no lastimar la piel, la destreza asombrosa que adquieren todos.

La estadística de los Estados Unidos muestra el número de hombres adultos que corresponden a veinte millones de habitantes, todos educados, leyendo, escribiendo, y gozando de derechos políticos con excepciones que no alcanzan a desnaturalizar el rigor de las deducciones: el hombre con hogar, o con la certidumbre de tenerlo; el hombre fuera del alcance de la garra del hambre y de la desesperación; el hombre con esperanza de un porvenir tal como la imaginación puede inventarlo; el hombre con sentimientos y necesidades políticas; el hombre, en fin, dueño de sí mismo, y elevado su espíritu por la educación y el sentimiento de su dignidad. Dícese que el hombre es un ser racional, por cuanto es susceptible de llegar a la adquisición y al ejercicio de la razón; y en este sentido país ninguno de la tierra cuenta con mayor número de seres racionales, aunque le exceda diez veces en el de habitantes.

No es cosa fácil mostrar cómo obra la libertad para producir los prodigios de prosperidad que los Estados Unidosostentan. ¿La libertad de cultos puede producir riquezas? ¿Cómo obra la facultad de ir a esta u otra capilla, de creer en este o en el otro dogma para desenvolver fuerzas productoras? Para cada secta religiosa las otras son como si no existieran, y por tanto, la libertad es nula en sus efectos para cada una separadamente. Los europeos lo atribuyen a las facilidades que ofrece un país nuevo, con terrenos vírgenes y de fácil adquisición, lo cual fuera explicación satisfactoria, si la América del Sud, cuan grande es, no tuviera mayor extensión de terrenos vírgenes, igual facilidad para obtenerlos, y sin embargo, atraso, pobreza e ignorancia mayor, si cabe, que la que muestran las masas europeas. Luego, no basta la circunstancia de ser países nuevos en cuya extensión pueda dilatarse la esfera de acción.

Muchas veces me ocurrirá acudir a este censo moral e intelectual para tratar de explicar los fenómenos sociales que sorprenden en América. Ahora, sólo estableceré un hecho, y es que la aptitud de la raza sajona no es tampoco explicación de la causa del gran desenvolvimiento norteamericano. Ingleses son los habitantes de ambas riberas del río Niágara, y sin embargo, allí donde las colonias inglesas se tocan con las poblaciones norteamericanas, el ojo percibe que son dos pueblos distintos. Un viajero inglés, después de haber descripto varias muestras de industria y progreso del lado americano de la cascada, añade:

“Ahora estoy de nuevo bajo la jurisdicción de las leyes y del gobierno inglés, y por tanto, ya no me creo extranjero. Aunque los americanos en general son civiles y afables, sin embargo un inglés, extranjero en medio de ellos, es importunado y disgustado por sus jactancias de proezas en la última guerra, y su superioridad sobre todas las otras naciones, asentando como un hecho incuestionable que los americanos sobrepasan a todas las otras naciones en virtud, saber, valor, libertad, gobierno y toda otra excelencia. No obstante, por más que merezcan el ridículo por este flaco,yo no puedo menos de admirar la energía y espíritu de empresa que muestran en todo, y deploro la apatía del gobierno inglés con respecto a la mejora de estas provincias. Una sola mirada echada sobre las riberas del Niágara basta para mostrar de qué lado está el gobierno más efectivo. Del lado de los Estados Unidos se levantan grandes ciudades, numerosos puertos con muelles para protegerlos en las radas, o diligencias corriendo a lo largo de los caminos; y la actividad del comercio mostrándose en todas direcciones. En el lado del Canadá, aunque dividido por el cauce de un río, en unantiguo establecimiento, y al parecer conmejor tierra, hay sólo dos o tres almacenes, una taberna o dos, un puerto tal como Dios lo hizo y sin obras que lo defiendan; uno o dos buquecitos anclados, y algún desembarcadero accidental.”


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