Chapter 11

II

Como visión que se aparece mudaÁ la voz del conjuro que la evoca,Como la mancha que proyecta móvilLa nube que ante el sol cruza la atmósfera,Así apartando la crujiente sedaQue el subterráneo camarín decora,En su oriental recinto penetraronEn sombrío silencio dos personas;Hombres las dos: el uno, revestidoDe luengas, anchas y talares ropas,Bajo el morisco capuchón plegadoLa edad oculta y el semblante emboza;Debajo el otro de caftán turquescoRica armadura y cimitarra corvaDeja admirar: mas el cerrado almeteSu faz resguarda de atención curiosa.Ser el primero en su ademán revelaDe esta mansión el dueño: indagadoraInquietud, mas no miedo, del segundoMuestra la continencia cautelosa.Busca el primero entre los mil objetosQue allí se ven, de aplicación incógnita,Algo que necesita, y el segundoSagaz espía sus acciones todas.Un talismán y un libro, cuyos usosSólo tal vez su posesor no ignora,Tomó por fin el sabio y puso el libroEn un atril de laboreada concha.Era el libro un volumen con respetoGuardado en un cajón de palo-rosa,Y el talismán representaba un áspid,El cuerpo de oro y de coral la cola.De un candelero de oro salomónicoEncendió luego la bujía rojaEl silencioso encapuchado, y dijoVolviéndose al guerrero:—«Ya está prontaEl ara de la ciencia y arde en ellaLa luz de la verdad. Ese áspid toma,Pregúntale; divide de ese libroLas páginas con él y, sobre la hojaQue abras, lee la respuesta á tu pregunta,Y..... espera todavía, si te importaTu secreto guardar, que por tu lenguaHable tu alma: la palabra sobra.»Obedeció en silencio el caballero:Y dejando en un mueble sus manoplas,Con la desnuda mano asiendo el áspidSe aprestó á la tremenda ceremonia.Hizo en secreto su demanda, y luego,Metiendo el talismán entre las hojasDel libro, en el atril por ambos ladosCaer partidas al azar dejólas.Á través de las barras del almeteTendió á lo escrito la mirada ansiosa:Leyó, y el estertor que hinchó su pechoMostró de su alma la mortal congoja;Mas hombre á dominar acostumbradoSin duda al corazón, una tras otraLeyó todas las líneas de la página,Su acíbar apurando gota á gota.Acabó de leer y cabizbajoPermaneció un momento: escrutadoraEntretanto del sabio la miradaSobre él en vano pertinaz se posa;Porque el tejido espeso de las barrasDe la celada penetrar le estorbaHasta su rostro que, indiscreto acaso,Revelara su idea más recóndita.Alzó al fin el armado la cabeza,Con un suspiro desechando la hondaFatídica impresión del sortilegio,Rompiéndose el silencio en esta forma:EL SABIO¿Has concluído?EL CABALLEROSí.EL SABIO¿Que trae el libro?EL CABALLEROUna encantada y peregrina historia.EL SABIOLa tuya.EL CABALLEROPuede de ser: pero la escritaTiene cierto sabor á fabulosa.EL SABIOEn vano quieres con fingida calmaOcultar á mis ojos tu zozobra;Yo sé que la verdad de tus palabrasEstá en tu corazón, y no en tu boca.Yo sé que espanta el porvenir: que acíbarGuarda no más de la verdad la copa,Y que, por más sereno que la apures,Te fermenta en el alma su ponzoña.EL CABALLEROUn alma varonil, con su destinoLucha: una fe tenaz todo lo arrostra.EL SABIOLa fe de quien á oráculos acude,Sólo es superstición que la fe ahoga.Voy la historia á lëer con que ese libroRespondió á tu demanda; y si aún dudosaTu alma desea explicación más clara,Pídela y la tendrás, palpable y pronta.Dijo: y fijando su mirada el sabioSobre el libro fatal, con pavorosaVoz empezó á lëer, el caballeroPrestando á su pesar atención honda:«Un celestial espíritu encantado»Tiene al Rey Alhamar: su augusta sombra»Sobre los leves rayos de la luna»Baja á la Alhambra en las nocturnas horas.»Mudo, invisible, su fantasma regio»Se mostrará una vez y una vez sola»Hablará: mas ¡ay! ¡triste del que entonces»Vea su faz y sus palabras oiga!»Él será engendrador del Rey postrero»Que en la Alhambra rëal ciña corona:»Y ¡ay de los de Nazar! ¡ay de Granada!»Con ese Rey fenecerá su gloria.»Leyó el sabio: y, quitándose del libro,Dirigió así la voz conminadoraAl caballero, que encerrado le oyeMudo é inmoble en su armadura cóncava:—«¡Ay de los de Nazar! ¡ay de Granada!»Su Rey ha visto la tremenda sombra;»Y ¡ay de ti, Rey Hasán! ¡ay de tu sangre,»De raza tan fatal engendradora!»Á estas palabras, el sombrío armadoDando un paso hacia el sabio, con voz roncaPero resuelta, dijo, levantandoLa celada que el rostro le encapota:—«Yo soy Muley-Hasán: tú lo dijiste:»Yo he visto esa fantasma aterradora,»Cuya verdad de confirmarme acaba»La virtud de tu ciencia misteriosa.»Yo soy Hasán; pero desde este punto,»Para que tal cual soy me reconozcas;»Oye á tu vez la predicción que te hago»En cambio de tu oráculo y tu historia.»Yo soy el Rey Hasán; pero primero»Que mi raza consume tal deshonra,»Todos mis hijos, todos, uno á uno,»Ahogará sin piedad mi mano propia.»Ya lo sabes: adiós; y abre, pues creo»Que el aire de este cuarto me sofoca.»Dijo Muley-Hasán, y la salidaBuscó bajo el tapiz, ebrio de cólera:Mas tomándole el sabio por la mano,Le detuvo diciendo: Rey, tú ignorasLo que el cielo te guarda, y es precisoDesvanecer tus esperanzas locas,Tu hijo Abú-Abdil.....MULEY-HASÁN (interrumpiéndole.)Preso en la AlhambraYace, y cadáver le hallará la aurora.EL SABIOTe engañas: en Guadix contra su padreJunta sus partidarios á estas horas.MULEY-HASÁN¡Mientes!EL SABIO¡Mísero Rey! tú ignoras sóloLa desventura inmensa que te agobia:Mas yo te haré agotar hasta las hecesDe la horrenda verdad la amarga copa.MULEY-HASÁNDéjame: basta ya: sé lo bastante;Y siento que mi mente se trastorna,Y de alegría imbécil ó satánicaMi inmenso mal el corazón me colma.¡Déjame!EL SABIONo, Muley: esa alegríaInsensata la bebes en la atmósfera;Desde que en este camarín entraste,En ti de un filtro la influencia obra:Y esa febril exaltación que sientesYa á llevarte, en las alas vagarosasDe una ilusión quimérica, á unos sitiosCuyos sucesos conocer te importa.—Déjame, exclamó Hasán como luchandoCon alguna impresión vertiginosa.—Obedece, mortal, exclamó el sabioCon elevada voz dominadora.Magnetizado Hasán desde este punto,Obedeció á su voz como un autómata:—«Siéntate,» dijo, y se sentó: «contemplaEl agua de esa fuente.» Y en sus ondasFijó la vista fascinada.—Entonces,Cerrando el caño por do el agua brotaY el sumidero que la taza orada,Posarse el sabio encantador dejóla.Deshízose en el mármol el postreroCírculo que formó su última gota,Y quedó el haz del agua tersa, inmóvil,Reflejando en su fondo de la bóvedaLas múltiples labores que, alumbradasPor las lámparas, fingen con sus combas,Ángulos, radios, casetones y arcos,Grupos de casas, árboles y rocas.Sentóse el sabio junto al Rey, y asiendoSu yerta mano y de su oído próximaLa boca colocando,—«duerme, díjole,«Duerme Muley, á tu pesar, reposa:»Mas recibe los sueños que te envío»Y dales un asilo en tu memoria,»Para que cuando vuelvas de tu sueño»Recuerdes sus visiones vaporosas.»Sueña, feroz Muley, y mis palabras»De ensueños vagos en quimeras torna:»Sueña que ves debajo de esa fuente»Lo que en tu sueño de mis labios oigas.»Y aquí el encantador encapuchadoComenzó á relatar con voz monótonaUna historia, confusa como un sueño,En que un millar de imágenes se agolpa:Vaga, como unos versos sin cadencia,Que parece tal vez que nunca logranEn su harmonía dar con un sonidoQue con otro sonido corresponda;Historia, en fin, cuyo relato hechoEn la inflexión y guturales notasDe árabe dialecto, semejabaAl susurro del agua y de las hojas.

Como visión que se aparece mudaÁ la voz del conjuro que la evoca,Como la mancha que proyecta móvilLa nube que ante el sol cruza la atmósfera,Así apartando la crujiente sedaQue el subterráneo camarín decora,En su oriental recinto penetraronEn sombrío silencio dos personas;Hombres las dos: el uno, revestidoDe luengas, anchas y talares ropas,Bajo el morisco capuchón plegadoLa edad oculta y el semblante emboza;Debajo el otro de caftán turquescoRica armadura y cimitarra corvaDeja admirar: mas el cerrado almeteSu faz resguarda de atención curiosa.Ser el primero en su ademán revelaDe esta mansión el dueño: indagadoraInquietud, mas no miedo, del segundoMuestra la continencia cautelosa.Busca el primero entre los mil objetosQue allí se ven, de aplicación incógnita,Algo que necesita, y el segundoSagaz espía sus acciones todas.Un talismán y un libro, cuyos usosSólo tal vez su posesor no ignora,Tomó por fin el sabio y puso el libroEn un atril de laboreada concha.Era el libro un volumen con respetoGuardado en un cajón de palo-rosa,Y el talismán representaba un áspid,El cuerpo de oro y de coral la cola.De un candelero de oro salomónicoEncendió luego la bujía rojaEl silencioso encapuchado, y dijoVolviéndose al guerrero:—«Ya está prontaEl ara de la ciencia y arde en ellaLa luz de la verdad. Ese áspid toma,Pregúntale; divide de ese libroLas páginas con él y, sobre la hojaQue abras, lee la respuesta á tu pregunta,Y..... espera todavía, si te importaTu secreto guardar, que por tu lenguaHable tu alma: la palabra sobra.»Obedeció en silencio el caballero:Y dejando en un mueble sus manoplas,Con la desnuda mano asiendo el áspidSe aprestó á la tremenda ceremonia.Hizo en secreto su demanda, y luego,Metiendo el talismán entre las hojasDel libro, en el atril por ambos ladosCaer partidas al azar dejólas.Á través de las barras del almeteTendió á lo escrito la mirada ansiosa:Leyó, y el estertor que hinchó su pechoMostró de su alma la mortal congoja;Mas hombre á dominar acostumbradoSin duda al corazón, una tras otraLeyó todas las líneas de la página,Su acíbar apurando gota á gota.Acabó de leer y cabizbajoPermaneció un momento: escrutadoraEntretanto del sabio la miradaSobre él en vano pertinaz se posa;Porque el tejido espeso de las barrasDe la celada penetrar le estorbaHasta su rostro que, indiscreto acaso,Revelara su idea más recóndita.Alzó al fin el armado la cabeza,Con un suspiro desechando la hondaFatídica impresión del sortilegio,Rompiéndose el silencio en esta forma:EL SABIO¿Has concluído?EL CABALLEROSí.EL SABIO¿Que trae el libro?EL CABALLEROUna encantada y peregrina historia.EL SABIOLa tuya.EL CABALLEROPuede de ser: pero la escritaTiene cierto sabor á fabulosa.EL SABIOEn vano quieres con fingida calmaOcultar á mis ojos tu zozobra;Yo sé que la verdad de tus palabrasEstá en tu corazón, y no en tu boca.Yo sé que espanta el porvenir: que acíbarGuarda no más de la verdad la copa,Y que, por más sereno que la apures,Te fermenta en el alma su ponzoña.EL CABALLEROUn alma varonil, con su destinoLucha: una fe tenaz todo lo arrostra.EL SABIOLa fe de quien á oráculos acude,Sólo es superstición que la fe ahoga.Voy la historia á lëer con que ese libroRespondió á tu demanda; y si aún dudosaTu alma desea explicación más clara,Pídela y la tendrás, palpable y pronta.Dijo: y fijando su mirada el sabioSobre el libro fatal, con pavorosaVoz empezó á lëer, el caballeroPrestando á su pesar atención honda:«Un celestial espíritu encantado»Tiene al Rey Alhamar: su augusta sombra»Sobre los leves rayos de la luna»Baja á la Alhambra en las nocturnas horas.»Mudo, invisible, su fantasma regio»Se mostrará una vez y una vez sola»Hablará: mas ¡ay! ¡triste del que entonces»Vea su faz y sus palabras oiga!»Él será engendrador del Rey postrero»Que en la Alhambra rëal ciña corona:»Y ¡ay de los de Nazar! ¡ay de Granada!»Con ese Rey fenecerá su gloria.»Leyó el sabio: y, quitándose del libro,Dirigió así la voz conminadoraAl caballero, que encerrado le oyeMudo é inmoble en su armadura cóncava:—«¡Ay de los de Nazar! ¡ay de Granada!»Su Rey ha visto la tremenda sombra;»Y ¡ay de ti, Rey Hasán! ¡ay de tu sangre,»De raza tan fatal engendradora!»Á estas palabras, el sombrío armadoDando un paso hacia el sabio, con voz roncaPero resuelta, dijo, levantandoLa celada que el rostro le encapota:—«Yo soy Muley-Hasán: tú lo dijiste:»Yo he visto esa fantasma aterradora,»Cuya verdad de confirmarme acaba»La virtud de tu ciencia misteriosa.»Yo soy Hasán; pero desde este punto,»Para que tal cual soy me reconozcas;»Oye á tu vez la predicción que te hago»En cambio de tu oráculo y tu historia.»Yo soy el Rey Hasán; pero primero»Que mi raza consume tal deshonra,»Todos mis hijos, todos, uno á uno,»Ahogará sin piedad mi mano propia.»Ya lo sabes: adiós; y abre, pues creo»Que el aire de este cuarto me sofoca.»Dijo Muley-Hasán, y la salidaBuscó bajo el tapiz, ebrio de cólera:Mas tomándole el sabio por la mano,Le detuvo diciendo: Rey, tú ignorasLo que el cielo te guarda, y es precisoDesvanecer tus esperanzas locas,Tu hijo Abú-Abdil.....MULEY-HASÁN (interrumpiéndole.)Preso en la AlhambraYace, y cadáver le hallará la aurora.EL SABIOTe engañas: en Guadix contra su padreJunta sus partidarios á estas horas.MULEY-HASÁN¡Mientes!EL SABIO¡Mísero Rey! tú ignoras sóloLa desventura inmensa que te agobia:Mas yo te haré agotar hasta las hecesDe la horrenda verdad la amarga copa.MULEY-HASÁNDéjame: basta ya: sé lo bastante;Y siento que mi mente se trastorna,Y de alegría imbécil ó satánicaMi inmenso mal el corazón me colma.¡Déjame!EL SABIONo, Muley: esa alegríaInsensata la bebes en la atmósfera;Desde que en este camarín entraste,En ti de un filtro la influencia obra:Y esa febril exaltación que sientesYa á llevarte, en las alas vagarosasDe una ilusión quimérica, á unos sitiosCuyos sucesos conocer te importa.—Déjame, exclamó Hasán como luchandoCon alguna impresión vertiginosa.—Obedece, mortal, exclamó el sabioCon elevada voz dominadora.Magnetizado Hasán desde este punto,Obedeció á su voz como un autómata:—«Siéntate,» dijo, y se sentó: «contemplaEl agua de esa fuente.» Y en sus ondasFijó la vista fascinada.—Entonces,Cerrando el caño por do el agua brotaY el sumidero que la taza orada,Posarse el sabio encantador dejóla.Deshízose en el mármol el postreroCírculo que formó su última gota,Y quedó el haz del agua tersa, inmóvil,Reflejando en su fondo de la bóvedaLas múltiples labores que, alumbradasPor las lámparas, fingen con sus combas,Ángulos, radios, casetones y arcos,Grupos de casas, árboles y rocas.Sentóse el sabio junto al Rey, y asiendoSu yerta mano y de su oído próximaLa boca colocando,—«duerme, díjole,«Duerme Muley, á tu pesar, reposa:»Mas recibe los sueños que te envío»Y dales un asilo en tu memoria,»Para que cuando vuelvas de tu sueño»Recuerdes sus visiones vaporosas.»Sueña, feroz Muley, y mis palabras»De ensueños vagos en quimeras torna:»Sueña que ves debajo de esa fuente»Lo que en tu sueño de mis labios oigas.»Y aquí el encantador encapuchadoComenzó á relatar con voz monótonaUna historia, confusa como un sueño,En que un millar de imágenes se agolpa:Vaga, como unos versos sin cadencia,Que parece tal vez que nunca logranEn su harmonía dar con un sonidoQue con otro sonido corresponda;Historia, en fin, cuyo relato hechoEn la inflexión y guturales notasDe árabe dialecto, semejabaAl susurro del agua y de las hojas.

Como visión que se aparece mudaÁ la voz del conjuro que la evoca,Como la mancha que proyecta móvilLa nube que ante el sol cruza la atmósfera,Así apartando la crujiente sedaQue el subterráneo camarín decora,En su oriental recinto penetraronEn sombrío silencio dos personas;Hombres las dos: el uno, revestidoDe luengas, anchas y talares ropas,Bajo el morisco capuchón plegadoLa edad oculta y el semblante emboza;Debajo el otro de caftán turquescoRica armadura y cimitarra corvaDeja admirar: mas el cerrado almeteSu faz resguarda de atención curiosa.Ser el primero en su ademán revelaDe esta mansión el dueño: indagadoraInquietud, mas no miedo, del segundoMuestra la continencia cautelosa.Busca el primero entre los mil objetosQue allí se ven, de aplicación incógnita,Algo que necesita, y el segundoSagaz espía sus acciones todas.Un talismán y un libro, cuyos usosSólo tal vez su posesor no ignora,Tomó por fin el sabio y puso el libroEn un atril de laboreada concha.Era el libro un volumen con respetoGuardado en un cajón de palo-rosa,Y el talismán representaba un áspid,El cuerpo de oro y de coral la cola.De un candelero de oro salomónicoEncendió luego la bujía rojaEl silencioso encapuchado, y dijoVolviéndose al guerrero:—«Ya está prontaEl ara de la ciencia y arde en ellaLa luz de la verdad. Ese áspid toma,Pregúntale; divide de ese libroLas páginas con él y, sobre la hojaQue abras, lee la respuesta á tu pregunta,Y..... espera todavía, si te importaTu secreto guardar, que por tu lenguaHable tu alma: la palabra sobra.»Obedeció en silencio el caballero:Y dejando en un mueble sus manoplas,Con la desnuda mano asiendo el áspidSe aprestó á la tremenda ceremonia.Hizo en secreto su demanda, y luego,Metiendo el talismán entre las hojasDel libro, en el atril por ambos ladosCaer partidas al azar dejólas.Á través de las barras del almeteTendió á lo escrito la mirada ansiosa:Leyó, y el estertor que hinchó su pechoMostró de su alma la mortal congoja;Mas hombre á dominar acostumbradoSin duda al corazón, una tras otraLeyó todas las líneas de la página,Su acíbar apurando gota á gota.Acabó de leer y cabizbajoPermaneció un momento: escrutadoraEntretanto del sabio la miradaSobre él en vano pertinaz se posa;Porque el tejido espeso de las barrasDe la celada penetrar le estorbaHasta su rostro que, indiscreto acaso,Revelara su idea más recóndita.Alzó al fin el armado la cabeza,Con un suspiro desechando la hondaFatídica impresión del sortilegio,Rompiéndose el silencio en esta forma:EL SABIO¿Has concluído?EL CABALLEROSí.EL SABIO¿Que trae el libro?EL CABALLEROUna encantada y peregrina historia.EL SABIOLa tuya.EL CABALLEROPuede de ser: pero la escritaTiene cierto sabor á fabulosa.EL SABIOEn vano quieres con fingida calmaOcultar á mis ojos tu zozobra;Yo sé que la verdad de tus palabrasEstá en tu corazón, y no en tu boca.Yo sé que espanta el porvenir: que acíbarGuarda no más de la verdad la copa,Y que, por más sereno que la apures,Te fermenta en el alma su ponzoña.EL CABALLEROUn alma varonil, con su destinoLucha: una fe tenaz todo lo arrostra.EL SABIOLa fe de quien á oráculos acude,Sólo es superstición que la fe ahoga.Voy la historia á lëer con que ese libroRespondió á tu demanda; y si aún dudosaTu alma desea explicación más clara,Pídela y la tendrás, palpable y pronta.Dijo: y fijando su mirada el sabioSobre el libro fatal, con pavorosaVoz empezó á lëer, el caballeroPrestando á su pesar atención honda:«Un celestial espíritu encantado»Tiene al Rey Alhamar: su augusta sombra»Sobre los leves rayos de la luna»Baja á la Alhambra en las nocturnas horas.»Mudo, invisible, su fantasma regio»Se mostrará una vez y una vez sola»Hablará: mas ¡ay! ¡triste del que entonces»Vea su faz y sus palabras oiga!»Él será engendrador del Rey postrero»Que en la Alhambra rëal ciña corona:»Y ¡ay de los de Nazar! ¡ay de Granada!»Con ese Rey fenecerá su gloria.»Leyó el sabio: y, quitándose del libro,Dirigió así la voz conminadoraAl caballero, que encerrado le oyeMudo é inmoble en su armadura cóncava:—«¡Ay de los de Nazar! ¡ay de Granada!»Su Rey ha visto la tremenda sombra;»Y ¡ay de ti, Rey Hasán! ¡ay de tu sangre,»De raza tan fatal engendradora!»

Como visión que se aparece muda

Á la voz del conjuro que la evoca,

Como la mancha que proyecta móvil

La nube que ante el sol cruza la atmósfera,

Así apartando la crujiente seda

Que el subterráneo camarín decora,

En su oriental recinto penetraron

En sombrío silencio dos personas;

Hombres las dos: el uno, revestido

De luengas, anchas y talares ropas,

Bajo el morisco capuchón plegado

La edad oculta y el semblante emboza;

Debajo el otro de caftán turquesco

Rica armadura y cimitarra corva

Deja admirar: mas el cerrado almete

Su faz resguarda de atención curiosa.

Ser el primero en su ademán revela

De esta mansión el dueño: indagadora

Inquietud, mas no miedo, del segundo

Muestra la continencia cautelosa.

Busca el primero entre los mil objetos

Que allí se ven, de aplicación incógnita,

Algo que necesita, y el segundo

Sagaz espía sus acciones todas.

Un talismán y un libro, cuyos usos

Sólo tal vez su posesor no ignora,

Tomó por fin el sabio y puso el libro

En un atril de laboreada concha.

Era el libro un volumen con respeto

Guardado en un cajón de palo-rosa,

Y el talismán representaba un áspid,

El cuerpo de oro y de coral la cola.

De un candelero de oro salomónico

Encendió luego la bujía roja

El silencioso encapuchado, y dijo

Volviéndose al guerrero:—«Ya está pronta

El ara de la ciencia y arde en ella

La luz de la verdad. Ese áspid toma,

Pregúntale; divide de ese libro

Las páginas con él y, sobre la hoja

Que abras, lee la respuesta á tu pregunta,

Y..... espera todavía, si te importa

Tu secreto guardar, que por tu lengua

Hable tu alma: la palabra sobra.»

Obedeció en silencio el caballero:

Y dejando en un mueble sus manoplas,

Con la desnuda mano asiendo el áspid

Se aprestó á la tremenda ceremonia.

Hizo en secreto su demanda, y luego,

Metiendo el talismán entre las hojas

Del libro, en el atril por ambos lados

Caer partidas al azar dejólas.

Á través de las barras del almete

Tendió á lo escrito la mirada ansiosa:

Leyó, y el estertor que hinchó su pecho

Mostró de su alma la mortal congoja;

Mas hombre á dominar acostumbrado

Sin duda al corazón, una tras otra

Leyó todas las líneas de la página,

Su acíbar apurando gota á gota.

Acabó de leer y cabizbajo

Permaneció un momento: escrutadora

Entretanto del sabio la mirada

Sobre él en vano pertinaz se posa;

Porque el tejido espeso de las barras

De la celada penetrar le estorba

Hasta su rostro que, indiscreto acaso,

Revelara su idea más recóndita.

Alzó al fin el armado la cabeza,

Con un suspiro desechando la honda

Fatídica impresión del sortilegio,

Rompiéndose el silencio en esta forma:

EL SABIO

¿Has concluído?

EL CABALLERO

Sí.

EL SABIO

¿Que trae el libro?

EL CABALLERO

Una encantada y peregrina historia.

EL SABIO

La tuya.

EL CABALLERO

Puede de ser: pero la escrita

Tiene cierto sabor á fabulosa.

EL SABIO

En vano quieres con fingida calma

Ocultar á mis ojos tu zozobra;

Yo sé que la verdad de tus palabras

Está en tu corazón, y no en tu boca.

Yo sé que espanta el porvenir: que acíbar

Guarda no más de la verdad la copa,

Y que, por más sereno que la apures,

Te fermenta en el alma su ponzoña.

EL CABALLERO

Un alma varonil, con su destino

Lucha: una fe tenaz todo lo arrostra.

EL SABIO

La fe de quien á oráculos acude,

Sólo es superstición que la fe ahoga.

Voy la historia á lëer con que ese libro

Respondió á tu demanda; y si aún dudosa

Tu alma desea explicación más clara,

Pídela y la tendrás, palpable y pronta.

Dijo: y fijando su mirada el sabio

Sobre el libro fatal, con pavorosa

Voz empezó á lëer, el caballero

Prestando á su pesar atención honda:

«Un celestial espíritu encantado

»Tiene al Rey Alhamar: su augusta sombra

»Sobre los leves rayos de la luna

»Baja á la Alhambra en las nocturnas horas.

»Mudo, invisible, su fantasma regio

»Se mostrará una vez y una vez sola

»Hablará: mas ¡ay! ¡triste del que entonces

»Vea su faz y sus palabras oiga!

»Él será engendrador del Rey postrero

»Que en la Alhambra rëal ciña corona:

»Y ¡ay de los de Nazar! ¡ay de Granada!

»Con ese Rey fenecerá su gloria.»

Leyó el sabio: y, quitándose del libro,

Dirigió así la voz conminadora

Al caballero, que encerrado le oye

Mudo é inmoble en su armadura cóncava:

—«¡Ay de los de Nazar! ¡ay de Granada!

»Su Rey ha visto la tremenda sombra;

»Y ¡ay de ti, Rey Hasán! ¡ay de tu sangre,

»De raza tan fatal engendradora!»

Á estas palabras, el sombrío armadoDando un paso hacia el sabio, con voz roncaPero resuelta, dijo, levantandoLa celada que el rostro le encapota:—«Yo soy Muley-Hasán: tú lo dijiste:»Yo he visto esa fantasma aterradora,»Cuya verdad de confirmarme acaba»La virtud de tu ciencia misteriosa.»Yo soy Hasán; pero desde este punto,»Para que tal cual soy me reconozcas;»Oye á tu vez la predicción que te hago»En cambio de tu oráculo y tu historia.»Yo soy el Rey Hasán; pero primero»Que mi raza consume tal deshonra,»Todos mis hijos, todos, uno á uno,»Ahogará sin piedad mi mano propia.»Ya lo sabes: adiós; y abre, pues creo»Que el aire de este cuarto me sofoca.»Dijo Muley-Hasán, y la salidaBuscó bajo el tapiz, ebrio de cólera:Mas tomándole el sabio por la mano,Le detuvo diciendo: Rey, tú ignorasLo que el cielo te guarda, y es precisoDesvanecer tus esperanzas locas,Tu hijo Abú-Abdil.....MULEY-HASÁN (interrumpiéndole.)Preso en la AlhambraYace, y cadáver le hallará la aurora.EL SABIOTe engañas: en Guadix contra su padreJunta sus partidarios á estas horas.MULEY-HASÁN¡Mientes!EL SABIO¡Mísero Rey! tú ignoras sóloLa desventura inmensa que te agobia:Mas yo te haré agotar hasta las hecesDe la horrenda verdad la amarga copa.MULEY-HASÁNDéjame: basta ya: sé lo bastante;Y siento que mi mente se trastorna,Y de alegría imbécil ó satánicaMi inmenso mal el corazón me colma.¡Déjame!EL SABIONo, Muley: esa alegríaInsensata la bebes en la atmósfera;Desde que en este camarín entraste,En ti de un filtro la influencia obra:Y esa febril exaltación que sientesYa á llevarte, en las alas vagarosasDe una ilusión quimérica, á unos sitiosCuyos sucesos conocer te importa.—Déjame, exclamó Hasán como luchandoCon alguna impresión vertiginosa.—Obedece, mortal, exclamó el sabioCon elevada voz dominadora.Magnetizado Hasán desde este punto,Obedeció á su voz como un autómata:—«Siéntate,» dijo, y se sentó: «contemplaEl agua de esa fuente.» Y en sus ondasFijó la vista fascinada.—Entonces,Cerrando el caño por do el agua brotaY el sumidero que la taza orada,Posarse el sabio encantador dejóla.Deshízose en el mármol el postreroCírculo que formó su última gota,Y quedó el haz del agua tersa, inmóvil,Reflejando en su fondo de la bóvedaLas múltiples labores que, alumbradasPor las lámparas, fingen con sus combas,Ángulos, radios, casetones y arcos,Grupos de casas, árboles y rocas.Sentóse el sabio junto al Rey, y asiendoSu yerta mano y de su oído próximaLa boca colocando,—«duerme, díjole,«Duerme Muley, á tu pesar, reposa:»Mas recibe los sueños que te envío»Y dales un asilo en tu memoria,»Para que cuando vuelvas de tu sueño»Recuerdes sus visiones vaporosas.»Sueña, feroz Muley, y mis palabras»De ensueños vagos en quimeras torna:»Sueña que ves debajo de esa fuente»Lo que en tu sueño de mis labios oigas.»Y aquí el encantador encapuchadoComenzó á relatar con voz monótonaUna historia, confusa como un sueño,En que un millar de imágenes se agolpa:Vaga, como unos versos sin cadencia,Que parece tal vez que nunca logranEn su harmonía dar con un sonidoQue con otro sonido corresponda;Historia, en fin, cuyo relato hechoEn la inflexión y guturales notasDe árabe dialecto, semejabaAl susurro del agua y de las hojas.

Á estas palabras, el sombrío armado

Dando un paso hacia el sabio, con voz ronca

Pero resuelta, dijo, levantando

La celada que el rostro le encapota:

—«Yo soy Muley-Hasán: tú lo dijiste:

»Yo he visto esa fantasma aterradora,

»Cuya verdad de confirmarme acaba

»La virtud de tu ciencia misteriosa.

»Yo soy Hasán; pero desde este punto,

»Para que tal cual soy me reconozcas;

»Oye á tu vez la predicción que te hago

»En cambio de tu oráculo y tu historia.

»Yo soy el Rey Hasán; pero primero

»Que mi raza consume tal deshonra,

»Todos mis hijos, todos, uno á uno,

»Ahogará sin piedad mi mano propia.

»Ya lo sabes: adiós; y abre, pues creo

»Que el aire de este cuarto me sofoca.»

Dijo Muley-Hasán, y la salida

Buscó bajo el tapiz, ebrio de cólera:

Mas tomándole el sabio por la mano,

Le detuvo diciendo: Rey, tú ignoras

Lo que el cielo te guarda, y es preciso

Desvanecer tus esperanzas locas,

Tu hijo Abú-Abdil.....

MULEY-HASÁN (interrumpiéndole.)

Preso en la Alhambra

Yace, y cadáver le hallará la aurora.

EL SABIO

Te engañas: en Guadix contra su padre

Junta sus partidarios á estas horas.

MULEY-HASÁN

¡Mientes!

EL SABIO

¡Mísero Rey! tú ignoras sólo

La desventura inmensa que te agobia:

Mas yo te haré agotar hasta las heces

De la horrenda verdad la amarga copa.

MULEY-HASÁN

Déjame: basta ya: sé lo bastante;

Y siento que mi mente se trastorna,

Y de alegría imbécil ó satánica

Mi inmenso mal el corazón me colma.

¡Déjame!

EL SABIO

No, Muley: esa alegría

Insensata la bebes en la atmósfera;

Desde que en este camarín entraste,

En ti de un filtro la influencia obra:

Y esa febril exaltación que sientes

Ya á llevarte, en las alas vagarosas

De una ilusión quimérica, á unos sitios

Cuyos sucesos conocer te importa.

—Déjame, exclamó Hasán como luchando

Con alguna impresión vertiginosa.

—Obedece, mortal, exclamó el sabio

Con elevada voz dominadora.

Magnetizado Hasán desde este punto,

Obedeció á su voz como un autómata:

—«Siéntate,» dijo, y se sentó: «contempla

El agua de esa fuente.» Y en sus ondas

Fijó la vista fascinada.—Entonces,

Cerrando el caño por do el agua brota

Y el sumidero que la taza orada,

Posarse el sabio encantador dejóla.

Deshízose en el mármol el postrero

Círculo que formó su última gota,

Y quedó el haz del agua tersa, inmóvil,

Reflejando en su fondo de la bóveda

Las múltiples labores que, alumbradas

Por las lámparas, fingen con sus combas,

Ángulos, radios, casetones y arcos,

Grupos de casas, árboles y rocas.

Sentóse el sabio junto al Rey, y asiendo

Su yerta mano y de su oído próxima

La boca colocando,—«duerme, díjole,

«Duerme Muley, á tu pesar, reposa:

»Mas recibe los sueños que te envío

»Y dales un asilo en tu memoria,

»Para que cuando vuelvas de tu sueño

»Recuerdes sus visiones vaporosas.

»Sueña, feroz Muley, y mis palabras

»De ensueños vagos en quimeras torna:

»Sueña que ves debajo de esa fuente

»Lo que en tu sueño de mis labios oigas.»

Y aquí el encantador encapuchado

Comenzó á relatar con voz monótona

Una historia, confusa como un sueño,

En que un millar de imágenes se agolpa:

Vaga, como unos versos sin cadencia,

Que parece tal vez que nunca logran

En su harmonía dar con un sonido

Que con otro sonido corresponda;

Historia, en fin, cuyo relato hecho

En la inflexión y guturales notas

De árabe dialecto, semejaba

Al susurro del agua y de las hojas.


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