Chapter 13

IV

Despuntaba la luz de la mañana:El sol, detrás aún del horizonte,Tendía ya su resplandor de granaComo un inmenso chal de monte en monte.Alfombraba la escarcha las laderasDe los valles de Darro, y argentinasDel árbol desprendíanse ligerasLas perlas del rocío, á las primerasRáfagas de las auras matutinas.Diáfana en fin la atmósfera, serenoEl cielo y quieto el aire, se anunciabaUn día claro y de alegría llenoQue al perezoso mundo despertaba.En la loma del cerro abandonado,Donde se eleva el torreón obscuroQue al vulgo atemoriza, un hombre armadoYacía al pie de solitario muro,De espaldas en sus piedras apoyado.Verde caftán de damasquina tela,Cuyo valor y forma la elevadaClase y poder del portador revela,Cubría su armadura cincelada,El calado antifaz de su celadaNo permitiendo ver si duerme ó vela.Allá en el valle y á la torre vueltoDe espalda, un negro y colosal NubianoDormía echado en su alquicel envuelto,Á precaución habiéndose revueltoLas bridas de dos yeguas á la mano.La hermosa raza del desierto en ellasSe dejaba admirar, y en sus mantillasDe seda tunecí, y en las hebillasDe plata de su arnés, bien claras huellasSe veían del lujo de su dueño,Cuya venida retardaba acasoDulce el placer, ó descuidado el sueño.El sol, apareciendo de repenteTras de las cumbres de la helada sierra,Derramó su esplendor sobre la tierra,Y un rayo de su luz hirió el lucienteCasco de la armadura en que se encierraEl hombre que en la torre al pie del muroYace, su oculta faz dando al Oriente.Su calor ó su luz, si es que dormía,Le desvelaron: si aguardaba su hora,Le avisaron puntuales que era día.Entonces el armado, la perezaÓ el sueño desechando, en torno suyoRevolvió lentamente la cabeza:Dió tensión á su cuerpo entumecido,Y con señales claras de sorpresaReconoció el lugar: mas de la torreViéndose á los umbrales, como heridoDe repentina idea, ó tal vez presaDe una locura, alzóse, y una gruesaPiedra cogiendo entre sus brazos, corre,Y con cuanto vigor halló en su pechoLanzándola en impulso bien medidoContra el postigo de madera estrecho,Le descuajó del quicio carcomido.Cayó dentro la hoja levantandoUna nube de polvo, revocadaPor su hueco en espesa bocanada:Al temeroso ruido, despertandoEl negro que esperaba en la alhameda,Volvióse con pavor: mas no vió nadaEn medio de la densa polvareda.Inmóvil el Nubiano contemplabaDesvanecerse el polvo que impelidoPor el aura corría, y esperabaSin duda hallar detrás de su cortinaAquel maldito torreón hundidoY abrasada ó desierta la colina,Cuando á manera de marmóreo bustoQue, abandonando su sepulcro, asomaDel panteón á la puerta, vió con sustoBajar hacia él por la empinada lomaUna radiante y colosal figura,Tras sí dejando el torreón vetustoDel cual la vió salir con gran pavura.Ya para huir despavorido acasoLas manos á la crin y el pie al estriboIba á llevar, cuando atajó su pasoLa voz de su señor (cuya armaduraBrillaba al Sol con resplandor tan vivoQue deslumbraba), y dándole el nativoNombre gritóle:—«¡Zil, pronto, á caballo!»Y montando de un salto, á toda bridaLanzó su yegua. Zil, como él activo,Sacó en escape volador tendidaLa suya de él en pos, y esclavo y dueñoSe hundieron de su rápida corridaEntre el polvo, cual sombras de un ensueño.

Despuntaba la luz de la mañana:El sol, detrás aún del horizonte,Tendía ya su resplandor de granaComo un inmenso chal de monte en monte.Alfombraba la escarcha las laderasDe los valles de Darro, y argentinasDel árbol desprendíanse ligerasLas perlas del rocío, á las primerasRáfagas de las auras matutinas.Diáfana en fin la atmósfera, serenoEl cielo y quieto el aire, se anunciabaUn día claro y de alegría llenoQue al perezoso mundo despertaba.En la loma del cerro abandonado,Donde se eleva el torreón obscuroQue al vulgo atemoriza, un hombre armadoYacía al pie de solitario muro,De espaldas en sus piedras apoyado.Verde caftán de damasquina tela,Cuyo valor y forma la elevadaClase y poder del portador revela,Cubría su armadura cincelada,El calado antifaz de su celadaNo permitiendo ver si duerme ó vela.Allá en el valle y á la torre vueltoDe espalda, un negro y colosal NubianoDormía echado en su alquicel envuelto,Á precaución habiéndose revueltoLas bridas de dos yeguas á la mano.La hermosa raza del desierto en ellasSe dejaba admirar, y en sus mantillasDe seda tunecí, y en las hebillasDe plata de su arnés, bien claras huellasSe veían del lujo de su dueño,Cuya venida retardaba acasoDulce el placer, ó descuidado el sueño.El sol, apareciendo de repenteTras de las cumbres de la helada sierra,Derramó su esplendor sobre la tierra,Y un rayo de su luz hirió el lucienteCasco de la armadura en que se encierraEl hombre que en la torre al pie del muroYace, su oculta faz dando al Oriente.Su calor ó su luz, si es que dormía,Le desvelaron: si aguardaba su hora,Le avisaron puntuales que era día.Entonces el armado, la perezaÓ el sueño desechando, en torno suyoRevolvió lentamente la cabeza:Dió tensión á su cuerpo entumecido,Y con señales claras de sorpresaReconoció el lugar: mas de la torreViéndose á los umbrales, como heridoDe repentina idea, ó tal vez presaDe una locura, alzóse, y una gruesaPiedra cogiendo entre sus brazos, corre,Y con cuanto vigor halló en su pechoLanzándola en impulso bien medidoContra el postigo de madera estrecho,Le descuajó del quicio carcomido.Cayó dentro la hoja levantandoUna nube de polvo, revocadaPor su hueco en espesa bocanada:Al temeroso ruido, despertandoEl negro que esperaba en la alhameda,Volvióse con pavor: mas no vió nadaEn medio de la densa polvareda.Inmóvil el Nubiano contemplabaDesvanecerse el polvo que impelidoPor el aura corría, y esperabaSin duda hallar detrás de su cortinaAquel maldito torreón hundidoY abrasada ó desierta la colina,Cuando á manera de marmóreo bustoQue, abandonando su sepulcro, asomaDel panteón á la puerta, vió con sustoBajar hacia él por la empinada lomaUna radiante y colosal figura,Tras sí dejando el torreón vetustoDel cual la vió salir con gran pavura.Ya para huir despavorido acasoLas manos á la crin y el pie al estriboIba á llevar, cuando atajó su pasoLa voz de su señor (cuya armaduraBrillaba al Sol con resplandor tan vivoQue deslumbraba), y dándole el nativoNombre gritóle:—«¡Zil, pronto, á caballo!»Y montando de un salto, á toda bridaLanzó su yegua. Zil, como él activo,Sacó en escape volador tendidaLa suya de él en pos, y esclavo y dueñoSe hundieron de su rápida corridaEntre el polvo, cual sombras de un ensueño.

Despuntaba la luz de la mañana:El sol, detrás aún del horizonte,Tendía ya su resplandor de granaComo un inmenso chal de monte en monte.Alfombraba la escarcha las laderasDe los valles de Darro, y argentinasDel árbol desprendíanse ligerasLas perlas del rocío, á las primerasRáfagas de las auras matutinas.Diáfana en fin la atmósfera, serenoEl cielo y quieto el aire, se anunciabaUn día claro y de alegría llenoQue al perezoso mundo despertaba.En la loma del cerro abandonado,Donde se eleva el torreón obscuroQue al vulgo atemoriza, un hombre armadoYacía al pie de solitario muro,De espaldas en sus piedras apoyado.Verde caftán de damasquina tela,Cuyo valor y forma la elevadaClase y poder del portador revela,Cubría su armadura cincelada,El calado antifaz de su celadaNo permitiendo ver si duerme ó vela.Allá en el valle y á la torre vueltoDe espalda, un negro y colosal NubianoDormía echado en su alquicel envuelto,Á precaución habiéndose revueltoLas bridas de dos yeguas á la mano.La hermosa raza del desierto en ellasSe dejaba admirar, y en sus mantillasDe seda tunecí, y en las hebillasDe plata de su arnés, bien claras huellasSe veían del lujo de su dueño,Cuya venida retardaba acasoDulce el placer, ó descuidado el sueño.El sol, apareciendo de repenteTras de las cumbres de la helada sierra,Derramó su esplendor sobre la tierra,Y un rayo de su luz hirió el lucienteCasco de la armadura en que se encierraEl hombre que en la torre al pie del muroYace, su oculta faz dando al Oriente.Su calor ó su luz, si es que dormía,Le desvelaron: si aguardaba su hora,Le avisaron puntuales que era día.Entonces el armado, la perezaÓ el sueño desechando, en torno suyoRevolvió lentamente la cabeza:Dió tensión á su cuerpo entumecido,Y con señales claras de sorpresaReconoció el lugar: mas de la torreViéndose á los umbrales, como heridoDe repentina idea, ó tal vez presaDe una locura, alzóse, y una gruesaPiedra cogiendo entre sus brazos, corre,Y con cuanto vigor halló en su pechoLanzándola en impulso bien medidoContra el postigo de madera estrecho,Le descuajó del quicio carcomido.Cayó dentro la hoja levantandoUna nube de polvo, revocadaPor su hueco en espesa bocanada:Al temeroso ruido, despertandoEl negro que esperaba en la alhameda,Volvióse con pavor: mas no vió nadaEn medio de la densa polvareda.Inmóvil el Nubiano contemplabaDesvanecerse el polvo que impelidoPor el aura corría, y esperabaSin duda hallar detrás de su cortinaAquel maldito torreón hundidoY abrasada ó desierta la colina,Cuando á manera de marmóreo bustoQue, abandonando su sepulcro, asomaDel panteón á la puerta, vió con sustoBajar hacia él por la empinada lomaUna radiante y colosal figura,Tras sí dejando el torreón vetustoDel cual la vió salir con gran pavura.Ya para huir despavorido acasoLas manos á la crin y el pie al estriboIba á llevar, cuando atajó su pasoLa voz de su señor (cuya armaduraBrillaba al Sol con resplandor tan vivoQue deslumbraba), y dándole el nativoNombre gritóle:—«¡Zil, pronto, á caballo!»Y montando de un salto, á toda bridaLanzó su yegua. Zil, como él activo,Sacó en escape volador tendidaLa suya de él en pos, y esclavo y dueñoSe hundieron de su rápida corridaEntre el polvo, cual sombras de un ensueño.

Despuntaba la luz de la mañana:

El sol, detrás aún del horizonte,

Tendía ya su resplandor de grana

Como un inmenso chal de monte en monte.

Alfombraba la escarcha las laderas

De los valles de Darro, y argentinas

Del árbol desprendíanse ligeras

Las perlas del rocío, á las primeras

Ráfagas de las auras matutinas.

Diáfana en fin la atmósfera, sereno

El cielo y quieto el aire, se anunciaba

Un día claro y de alegría lleno

Que al perezoso mundo despertaba.

En la loma del cerro abandonado,

Donde se eleva el torreón obscuro

Que al vulgo atemoriza, un hombre armado

Yacía al pie de solitario muro,

De espaldas en sus piedras apoyado.

Verde caftán de damasquina tela,

Cuyo valor y forma la elevada

Clase y poder del portador revela,

Cubría su armadura cincelada,

El calado antifaz de su celada

No permitiendo ver si duerme ó vela.

Allá en el valle y á la torre vuelto

De espalda, un negro y colosal Nubiano

Dormía echado en su alquicel envuelto,

Á precaución habiéndose revuelto

Las bridas de dos yeguas á la mano.

La hermosa raza del desierto en ellas

Se dejaba admirar, y en sus mantillas

De seda tunecí, y en las hebillas

De plata de su arnés, bien claras huellas

Se veían del lujo de su dueño,

Cuya venida retardaba acaso

Dulce el placer, ó descuidado el sueño.

El sol, apareciendo de repente

Tras de las cumbres de la helada sierra,

Derramó su esplendor sobre la tierra,

Y un rayo de su luz hirió el luciente

Casco de la armadura en que se encierra

El hombre que en la torre al pie del muro

Yace, su oculta faz dando al Oriente.

Su calor ó su luz, si es que dormía,

Le desvelaron: si aguardaba su hora,

Le avisaron puntuales que era día.

Entonces el armado, la pereza

Ó el sueño desechando, en torno suyo

Revolvió lentamente la cabeza:

Dió tensión á su cuerpo entumecido,

Y con señales claras de sorpresa

Reconoció el lugar: mas de la torre

Viéndose á los umbrales, como herido

De repentina idea, ó tal vez presa

De una locura, alzóse, y una gruesa

Piedra cogiendo entre sus brazos, corre,

Y con cuanto vigor halló en su pecho

Lanzándola en impulso bien medido

Contra el postigo de madera estrecho,

Le descuajó del quicio carcomido.

Cayó dentro la hoja levantando

Una nube de polvo, revocada

Por su hueco en espesa bocanada:

Al temeroso ruido, despertando

El negro que esperaba en la alhameda,

Volvióse con pavor: mas no vió nada

En medio de la densa polvareda.

Inmóvil el Nubiano contemplaba

Desvanecerse el polvo que impelido

Por el aura corría, y esperaba

Sin duda hallar detrás de su cortina

Aquel maldito torreón hundido

Y abrasada ó desierta la colina,

Cuando á manera de marmóreo busto

Que, abandonando su sepulcro, asoma

Del panteón á la puerta, vió con susto

Bajar hacia él por la empinada loma

Una radiante y colosal figura,

Tras sí dejando el torreón vetusto

Del cual la vió salir con gran pavura.

Ya para huir despavorido acaso

Las manos á la crin y el pie al estribo

Iba á llevar, cuando atajó su paso

La voz de su señor (cuya armadura

Brillaba al Sol con resplandor tan vivo

Que deslumbraba), y dándole el nativo

Nombre gritóle:—«¡Zil, pronto, á caballo!»

Y montando de un salto, á toda brida

Lanzó su yegua. Zil, como él activo,

Sacó en escape volador tendida

La suya de él en pos, y esclavo y dueño

Se hundieron de su rápida corrida

Entre el polvo, cual sombras de un ensueño.


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