IV
Despuntaba la luz de la mañana:El sol, detrás aún del horizonte,Tendía ya su resplandor de granaComo un inmenso chal de monte en monte.Alfombraba la escarcha las laderasDe los valles de Darro, y argentinasDel árbol desprendíanse ligerasLas perlas del rocío, á las primerasRáfagas de las auras matutinas.Diáfana en fin la atmósfera, serenoEl cielo y quieto el aire, se anunciabaUn día claro y de alegría llenoQue al perezoso mundo despertaba.En la loma del cerro abandonado,Donde se eleva el torreón obscuroQue al vulgo atemoriza, un hombre armadoYacía al pie de solitario muro,De espaldas en sus piedras apoyado.Verde caftán de damasquina tela,Cuyo valor y forma la elevadaClase y poder del portador revela,Cubría su armadura cincelada,El calado antifaz de su celadaNo permitiendo ver si duerme ó vela.Allá en el valle y á la torre vueltoDe espalda, un negro y colosal NubianoDormía echado en su alquicel envuelto,Á precaución habiéndose revueltoLas bridas de dos yeguas á la mano.La hermosa raza del desierto en ellasSe dejaba admirar, y en sus mantillasDe seda tunecí, y en las hebillasDe plata de su arnés, bien claras huellasSe veían del lujo de su dueño,Cuya venida retardaba acasoDulce el placer, ó descuidado el sueño.El sol, apareciendo de repenteTras de las cumbres de la helada sierra,Derramó su esplendor sobre la tierra,Y un rayo de su luz hirió el lucienteCasco de la armadura en que se encierraEl hombre que en la torre al pie del muroYace, su oculta faz dando al Oriente.Su calor ó su luz, si es que dormía,Le desvelaron: si aguardaba su hora,Le avisaron puntuales que era día.Entonces el armado, la perezaÓ el sueño desechando, en torno suyoRevolvió lentamente la cabeza:Dió tensión á su cuerpo entumecido,Y con señales claras de sorpresaReconoció el lugar: mas de la torreViéndose á los umbrales, como heridoDe repentina idea, ó tal vez presaDe una locura, alzóse, y una gruesaPiedra cogiendo entre sus brazos, corre,Y con cuanto vigor halló en su pechoLanzándola en impulso bien medidoContra el postigo de madera estrecho,Le descuajó del quicio carcomido.Cayó dentro la hoja levantandoUna nube de polvo, revocadaPor su hueco en espesa bocanada:Al temeroso ruido, despertandoEl negro que esperaba en la alhameda,Volvióse con pavor: mas no vió nadaEn medio de la densa polvareda.Inmóvil el Nubiano contemplabaDesvanecerse el polvo que impelidoPor el aura corría, y esperabaSin duda hallar detrás de su cortinaAquel maldito torreón hundidoY abrasada ó desierta la colina,Cuando á manera de marmóreo bustoQue, abandonando su sepulcro, asomaDel panteón á la puerta, vió con sustoBajar hacia él por la empinada lomaUna radiante y colosal figura,Tras sí dejando el torreón vetustoDel cual la vió salir con gran pavura.Ya para huir despavorido acasoLas manos á la crin y el pie al estriboIba á llevar, cuando atajó su pasoLa voz de su señor (cuya armaduraBrillaba al Sol con resplandor tan vivoQue deslumbraba), y dándole el nativoNombre gritóle:—«¡Zil, pronto, á caballo!»Y montando de un salto, á toda bridaLanzó su yegua. Zil, como él activo,Sacó en escape volador tendidaLa suya de él en pos, y esclavo y dueñoSe hundieron de su rápida corridaEntre el polvo, cual sombras de un ensueño.
Despuntaba la luz de la mañana:El sol, detrás aún del horizonte,Tendía ya su resplandor de granaComo un inmenso chal de monte en monte.Alfombraba la escarcha las laderasDe los valles de Darro, y argentinasDel árbol desprendíanse ligerasLas perlas del rocío, á las primerasRáfagas de las auras matutinas.Diáfana en fin la atmósfera, serenoEl cielo y quieto el aire, se anunciabaUn día claro y de alegría llenoQue al perezoso mundo despertaba.En la loma del cerro abandonado,Donde se eleva el torreón obscuroQue al vulgo atemoriza, un hombre armadoYacía al pie de solitario muro,De espaldas en sus piedras apoyado.Verde caftán de damasquina tela,Cuyo valor y forma la elevadaClase y poder del portador revela,Cubría su armadura cincelada,El calado antifaz de su celadaNo permitiendo ver si duerme ó vela.Allá en el valle y á la torre vueltoDe espalda, un negro y colosal NubianoDormía echado en su alquicel envuelto,Á precaución habiéndose revueltoLas bridas de dos yeguas á la mano.La hermosa raza del desierto en ellasSe dejaba admirar, y en sus mantillasDe seda tunecí, y en las hebillasDe plata de su arnés, bien claras huellasSe veían del lujo de su dueño,Cuya venida retardaba acasoDulce el placer, ó descuidado el sueño.El sol, apareciendo de repenteTras de las cumbres de la helada sierra,Derramó su esplendor sobre la tierra,Y un rayo de su luz hirió el lucienteCasco de la armadura en que se encierraEl hombre que en la torre al pie del muroYace, su oculta faz dando al Oriente.Su calor ó su luz, si es que dormía,Le desvelaron: si aguardaba su hora,Le avisaron puntuales que era día.Entonces el armado, la perezaÓ el sueño desechando, en torno suyoRevolvió lentamente la cabeza:Dió tensión á su cuerpo entumecido,Y con señales claras de sorpresaReconoció el lugar: mas de la torreViéndose á los umbrales, como heridoDe repentina idea, ó tal vez presaDe una locura, alzóse, y una gruesaPiedra cogiendo entre sus brazos, corre,Y con cuanto vigor halló en su pechoLanzándola en impulso bien medidoContra el postigo de madera estrecho,Le descuajó del quicio carcomido.Cayó dentro la hoja levantandoUna nube de polvo, revocadaPor su hueco en espesa bocanada:Al temeroso ruido, despertandoEl negro que esperaba en la alhameda,Volvióse con pavor: mas no vió nadaEn medio de la densa polvareda.Inmóvil el Nubiano contemplabaDesvanecerse el polvo que impelidoPor el aura corría, y esperabaSin duda hallar detrás de su cortinaAquel maldito torreón hundidoY abrasada ó desierta la colina,Cuando á manera de marmóreo bustoQue, abandonando su sepulcro, asomaDel panteón á la puerta, vió con sustoBajar hacia él por la empinada lomaUna radiante y colosal figura,Tras sí dejando el torreón vetustoDel cual la vió salir con gran pavura.Ya para huir despavorido acasoLas manos á la crin y el pie al estriboIba á llevar, cuando atajó su pasoLa voz de su señor (cuya armaduraBrillaba al Sol con resplandor tan vivoQue deslumbraba), y dándole el nativoNombre gritóle:—«¡Zil, pronto, á caballo!»Y montando de un salto, á toda bridaLanzó su yegua. Zil, como él activo,Sacó en escape volador tendidaLa suya de él en pos, y esclavo y dueñoSe hundieron de su rápida corridaEntre el polvo, cual sombras de un ensueño.
Despuntaba la luz de la mañana:El sol, detrás aún del horizonte,Tendía ya su resplandor de granaComo un inmenso chal de monte en monte.Alfombraba la escarcha las laderasDe los valles de Darro, y argentinasDel árbol desprendíanse ligerasLas perlas del rocío, á las primerasRáfagas de las auras matutinas.Diáfana en fin la atmósfera, serenoEl cielo y quieto el aire, se anunciabaUn día claro y de alegría llenoQue al perezoso mundo despertaba.En la loma del cerro abandonado,Donde se eleva el torreón obscuroQue al vulgo atemoriza, un hombre armadoYacía al pie de solitario muro,De espaldas en sus piedras apoyado.Verde caftán de damasquina tela,Cuyo valor y forma la elevadaClase y poder del portador revela,Cubría su armadura cincelada,El calado antifaz de su celadaNo permitiendo ver si duerme ó vela.Allá en el valle y á la torre vueltoDe espalda, un negro y colosal NubianoDormía echado en su alquicel envuelto,Á precaución habiéndose revueltoLas bridas de dos yeguas á la mano.La hermosa raza del desierto en ellasSe dejaba admirar, y en sus mantillasDe seda tunecí, y en las hebillasDe plata de su arnés, bien claras huellasSe veían del lujo de su dueño,Cuya venida retardaba acasoDulce el placer, ó descuidado el sueño.El sol, apareciendo de repenteTras de las cumbres de la helada sierra,Derramó su esplendor sobre la tierra,Y un rayo de su luz hirió el lucienteCasco de la armadura en que se encierraEl hombre que en la torre al pie del muroYace, su oculta faz dando al Oriente.Su calor ó su luz, si es que dormía,Le desvelaron: si aguardaba su hora,Le avisaron puntuales que era día.Entonces el armado, la perezaÓ el sueño desechando, en torno suyoRevolvió lentamente la cabeza:Dió tensión á su cuerpo entumecido,Y con señales claras de sorpresaReconoció el lugar: mas de la torreViéndose á los umbrales, como heridoDe repentina idea, ó tal vez presaDe una locura, alzóse, y una gruesaPiedra cogiendo entre sus brazos, corre,Y con cuanto vigor halló en su pechoLanzándola en impulso bien medidoContra el postigo de madera estrecho,Le descuajó del quicio carcomido.Cayó dentro la hoja levantandoUna nube de polvo, revocadaPor su hueco en espesa bocanada:Al temeroso ruido, despertandoEl negro que esperaba en la alhameda,Volvióse con pavor: mas no vió nadaEn medio de la densa polvareda.Inmóvil el Nubiano contemplabaDesvanecerse el polvo que impelidoPor el aura corría, y esperabaSin duda hallar detrás de su cortinaAquel maldito torreón hundidoY abrasada ó desierta la colina,Cuando á manera de marmóreo bustoQue, abandonando su sepulcro, asomaDel panteón á la puerta, vió con sustoBajar hacia él por la empinada lomaUna radiante y colosal figura,Tras sí dejando el torreón vetustoDel cual la vió salir con gran pavura.Ya para huir despavorido acasoLas manos á la crin y el pie al estriboIba á llevar, cuando atajó su pasoLa voz de su señor (cuya armaduraBrillaba al Sol con resplandor tan vivoQue deslumbraba), y dándole el nativoNombre gritóle:—«¡Zil, pronto, á caballo!»Y montando de un salto, á toda bridaLanzó su yegua. Zil, como él activo,Sacó en escape volador tendidaLa suya de él en pos, y esclavo y dueñoSe hundieron de su rápida corridaEntre el polvo, cual sombras de un ensueño.
Despuntaba la luz de la mañana:
El sol, detrás aún del horizonte,
Tendía ya su resplandor de grana
Como un inmenso chal de monte en monte.
Alfombraba la escarcha las laderas
De los valles de Darro, y argentinas
Del árbol desprendíanse ligeras
Las perlas del rocío, á las primeras
Ráfagas de las auras matutinas.
Diáfana en fin la atmósfera, sereno
El cielo y quieto el aire, se anunciaba
Un día claro y de alegría lleno
Que al perezoso mundo despertaba.
En la loma del cerro abandonado,
Donde se eleva el torreón obscuro
Que al vulgo atemoriza, un hombre armado
Yacía al pie de solitario muro,
De espaldas en sus piedras apoyado.
Verde caftán de damasquina tela,
Cuyo valor y forma la elevada
Clase y poder del portador revela,
Cubría su armadura cincelada,
El calado antifaz de su celada
No permitiendo ver si duerme ó vela.
Allá en el valle y á la torre vuelto
De espalda, un negro y colosal Nubiano
Dormía echado en su alquicel envuelto,
Á precaución habiéndose revuelto
Las bridas de dos yeguas á la mano.
La hermosa raza del desierto en ellas
Se dejaba admirar, y en sus mantillas
De seda tunecí, y en las hebillas
De plata de su arnés, bien claras huellas
Se veían del lujo de su dueño,
Cuya venida retardaba acaso
Dulce el placer, ó descuidado el sueño.
El sol, apareciendo de repente
Tras de las cumbres de la helada sierra,
Derramó su esplendor sobre la tierra,
Y un rayo de su luz hirió el luciente
Casco de la armadura en que se encierra
El hombre que en la torre al pie del muro
Yace, su oculta faz dando al Oriente.
Su calor ó su luz, si es que dormía,
Le desvelaron: si aguardaba su hora,
Le avisaron puntuales que era día.
Entonces el armado, la pereza
Ó el sueño desechando, en torno suyo
Revolvió lentamente la cabeza:
Dió tensión á su cuerpo entumecido,
Y con señales claras de sorpresa
Reconoció el lugar: mas de la torre
Viéndose á los umbrales, como herido
De repentina idea, ó tal vez presa
De una locura, alzóse, y una gruesa
Piedra cogiendo entre sus brazos, corre,
Y con cuanto vigor halló en su pecho
Lanzándola en impulso bien medido
Contra el postigo de madera estrecho,
Le descuajó del quicio carcomido.
Cayó dentro la hoja levantando
Una nube de polvo, revocada
Por su hueco en espesa bocanada:
Al temeroso ruido, despertando
El negro que esperaba en la alhameda,
Volvióse con pavor: mas no vió nada
En medio de la densa polvareda.
Inmóvil el Nubiano contemplaba
Desvanecerse el polvo que impelido
Por el aura corría, y esperaba
Sin duda hallar detrás de su cortina
Aquel maldito torreón hundido
Y abrasada ó desierta la colina,
Cuando á manera de marmóreo busto
Que, abandonando su sepulcro, asoma
Del panteón á la puerta, vió con susto
Bajar hacia él por la empinada loma
Una radiante y colosal figura,
Tras sí dejando el torreón vetusto
Del cual la vió salir con gran pavura.
Ya para huir despavorido acaso
Las manos á la crin y el pie al estribo
Iba á llevar, cuando atajó su paso
La voz de su señor (cuya armadura
Brillaba al Sol con resplandor tan vivo
Que deslumbraba), y dándole el nativo
Nombre gritóle:—«¡Zil, pronto, á caballo!»
Y montando de un salto, á toda brida
Lanzó su yegua. Zil, como él activo,
Sacó en escape volador tendida
La suya de él en pos, y esclavo y dueño
Se hundieron de su rápida corrida
Entre el polvo, cual sombras de un ensueño.