Chapter 14

V

Media hora después caía muertaDe fatiga á los pies de su jineteLa yegua del fiel Zil, ante la puertaDe la Alhambra: tras él Muley llegando,Á contener la suya no bastandoDesenfrenada y en carrera abierta,Con ella por el pórtico se mete.Sujetaron á un tiempo veinte manosAl fogoso animal: á tierra echóseEl fatigado Amir, y en medio hallóseDe su guardia de negros africanos.Como una torva y rencorosa hienaQue olfatea con ansia en el desierto,Buscando el tronco del viajero muertoQue enterró el salteador bajo la arena:Tal el fiero Muley el zurdo pasoEnderezó á la torre de Comares,Con el designio de manchar acasoCon un nefando crimen sus hogares.En su rostro, de cólera amarillo,La decisión horrenda se leíaEn su sangriento corazón forjada,Y el infernal placer de su alma impíaEn sus trémulos labios y en el brilloSiniestro de su lúgubre mirada.Los negros su furor adivinandoEn su ademán y rostro descompuesto,Paso le abrieron con temor callando:Él, en vez de palabras, empleandoUn imperioso irresistible gesto,Abrir mandó la cámara africanaQue sirve de prisión á la Sultana.En sepulcral silencio, más terribleQue la voz más furiosa, entró en la estancia,De Comares Muley: con impasible,Desdeñosa y sultánica arrogancia,Serena faz y fulgurantes ojos,Á Aixa halló que acercarse le veíaEn pie y desafiando sus enojos,Silenciosa como él, como él sombría.Como audaz cazador que, aseguradoDe la muerta leona, hallar esperaSus cachorros sin riesgo, y confiadoAvanza hasta la oculta madriguera:Mas en su boca lóbrega, imprudenteLos cachorros dormidos reclamandoEscarba, y con terror ve de repente,Su ondulante espiral desarrollando,Salir con un silbido una serpiente:Tal se encontró Muley bajo la altivaÉ imperiosa mirada de la Mora,Á quien débil juzgó como cautivaÉ insolente encontró como señora.Miráronse un momento frente á frenteAixa y Muley-Hasán: mas no hay quien puedaLa mirada arrostrar resplandecienteDe esta mujer, cuyo ánimo valienteTanta virtud como valor hospeda.Con los brazos cruzados sobre el pechoPreguntó al Rey impávida:—«¿Qué quieres?»—«Tu hijo,» exclamó Muley.—«¡Qué imbécil eres!»Repuso con desprecio la Sultana,Dominando á Muley á su despecho.«¿Cuándo has supuesto que albergado viva»En el pecho viril de una Africana»El villano temor de una cautiva,»Ni el corazón servil de una Cristiana?»Tú te olvidas que Dios Reina me ha hecho.»¿Mi hijo á pedirme vienes? ¡Insensato!»Libre partió: mas si seguir su huella»Deseas, de ocultártela no trato.»Corre á tu villa de Guadix, y en ella,»De Dios y de tus pueblos con la ayuda,»Alzado Rey le encontrarás sin duda.»—«¡En Guadix!—dijo el Rey,—¡no lo he soñado!»Y, de pavor mortal sobrecogido,Ante la Mora en pie quedó aterrado,Mudo é inmóvil, cual del rayo herido.Ella le contempló por un instanteSin comprender lo que por él pasaba:Mas suponiendo que algo meditabaContra el fugado Príncipe, arroganteDíjole, de él poniéndose delante:«La bestia más feroz, jamás se encona»Con sus hijos cual tú. ¿Qué esperar debo»Del tigre que á sus hijos no perdona?»Ya á todo yo por Abdilá me atrevo:»Tigre, te encontrarás con la leona.»De hoy, pues, no lograrás, feroz tirano,»Ni tocar al menor de sus cabellos»Sin que, cual tú feroz, mi regia mano»Meta un puñal entre tu mano y ellos.»Dijo, y una insolente carcajadaSoltó, la espalda con desdén volviendo:No la volvió Muley ni una miradaNi la escuchó tal vez, sólo atendiendoÁ la duda fatal en que vacila:Y la Sultana, hallándola entreabierta,Con noble majestad pasó la puertaY á su cámara real fuese tranquila.Vióla Muley el patio de la albercaCruzar, volviendo en sí: mas no dió un pasoContra ella, ni el gesto más escasoHizo, aunque la guardia el patio cerca.En silencio, los brazos sobre el pechoCruzados é inclinada la cabeza,Á solas con su mal ó su despecho,Presa permaneció por largo trechoDe ruin superstición ú honda tristeza.Mas notando el Monarca de repenteQue sus guardias le estaban contemplando,Miró á su dignidad, irguió la frente,Y, cobrando su indómita fiereza,Al patio se lanzó, donde llegandoTendió la vista en derredor, ansiosoDe encontrar una víctima á su saña.En pie, junto á un pilar del peristilo,Vió un hombre cuya cara le era extraña,Pálido, ensangrentado, silencioso,Y de torvo ademán, pero tranquilo.Sonrió al divisarle, satisfechoDe hallar en quien la cólera del pechoDescargar, y con calma aterradoraFuese Muley á él. De pie derecho,Contemplándole audaz, con ojo fijo,El hombre le aguardó, y hasta él llegandoEl iracundo Rey así le dijo:—«¿Quién eres?»—«Nadie ya,» repuso el hombre.De la ira Muley sintió la llamaSubirle al rostro, y de furor temblando:«¿Tu raza, dijo, tu país, tu nombre?»Y con acento de tristeza llenoAl Rey el hombre contestó sereno:«No tiene nombre ya, país no tiene,»Ni familia ni tribu le reclama»Por suyo aquel que, su país dejando»Esclavo, huyendo de su patria viene»Á contar el baldón con que se infama.»Mi pueblo yace, Amir, muerto ó cautivo;»Y él solo ves en mí que escapó vivo»De la tremenda asolación de Alhama.»Palideció el Monarca de pavuraÁ esta nueva fatal: su mensajeroSonrió con sardónica amarguraAsí siguiendo:—«Amir, mi alma está pura»De traición: combatí junto al primero:»Mas cuando todo se perdió, mi escaso»Aliento aproveché con la esperanza»De poder, á tus pies llegando acaso,«Pedirte, no favor, sino venganza;»Pero no para mí: yo no la quiero:»Sin honra y sin hogar morir prefiero.»Alhama se perdió por tu abandono»Y clamó contra ti su pueblo entero:»Mas yo soy un creyente verdadero»Y, en ti mirando á Aláh sobre tu trono»En nombre de mi raza te perdono.»Dijo el lëal; y con sublime calmaEn su pecho la daga sepultando,Expiró, buen Muslim, encomendandoSu venganza á su Rey, á Dios su alma.La guardia de los negros, torva y muda,Ante el cuerpo del último AlhameñoLloró tal vez su bárbaro heroísmo:Sólo insensible y enarcado el ceñoPermaneció Muley con faz sañuda,Víctima de un segundo parasismoDe su pavor recóndito sin duda.Reinó un punto el silencio más solemne:Luego, hablando Muley consigo mismo,Dijo:—«Sí, la verdad está perenne:»La aparición..... Alhama..... ¡todo es cierto¡»¡Y éllibre ya!—¡Confúndale el abismo!«¡Más valiera al nacer haberle muerto!»Y aquí el Rey, humillando la cabeza,Prosiguió con hondísima tristeza:«¿Conque el cielo y la tierra se han unido»En contra mía por tan varios modos?»Mas irguiéndola al punto con fiereza,Dijo:—«Mas no dirán que me he rendido:»Mientras vive Muley, aún no han vencido:»Todos, pues, contra mí, yo contra todos.»Y volviendo la espalda, á pasos lentosVolvió Muley de su oriental palacioÁ entrar en los dorados aposentosDonde Zil le siguió tras breve espacio.

Media hora después caía muertaDe fatiga á los pies de su jineteLa yegua del fiel Zil, ante la puertaDe la Alhambra: tras él Muley llegando,Á contener la suya no bastandoDesenfrenada y en carrera abierta,Con ella por el pórtico se mete.Sujetaron á un tiempo veinte manosAl fogoso animal: á tierra echóseEl fatigado Amir, y en medio hallóseDe su guardia de negros africanos.Como una torva y rencorosa hienaQue olfatea con ansia en el desierto,Buscando el tronco del viajero muertoQue enterró el salteador bajo la arena:Tal el fiero Muley el zurdo pasoEnderezó á la torre de Comares,Con el designio de manchar acasoCon un nefando crimen sus hogares.En su rostro, de cólera amarillo,La decisión horrenda se leíaEn su sangriento corazón forjada,Y el infernal placer de su alma impíaEn sus trémulos labios y en el brilloSiniestro de su lúgubre mirada.Los negros su furor adivinandoEn su ademán y rostro descompuesto,Paso le abrieron con temor callando:Él, en vez de palabras, empleandoUn imperioso irresistible gesto,Abrir mandó la cámara africanaQue sirve de prisión á la Sultana.En sepulcral silencio, más terribleQue la voz más furiosa, entró en la estancia,De Comares Muley: con impasible,Desdeñosa y sultánica arrogancia,Serena faz y fulgurantes ojos,Á Aixa halló que acercarse le veíaEn pie y desafiando sus enojos,Silenciosa como él, como él sombría.Como audaz cazador que, aseguradoDe la muerta leona, hallar esperaSus cachorros sin riesgo, y confiadoAvanza hasta la oculta madriguera:Mas en su boca lóbrega, imprudenteLos cachorros dormidos reclamandoEscarba, y con terror ve de repente,Su ondulante espiral desarrollando,Salir con un silbido una serpiente:Tal se encontró Muley bajo la altivaÉ imperiosa mirada de la Mora,Á quien débil juzgó como cautivaÉ insolente encontró como señora.Miráronse un momento frente á frenteAixa y Muley-Hasán: mas no hay quien puedaLa mirada arrostrar resplandecienteDe esta mujer, cuyo ánimo valienteTanta virtud como valor hospeda.Con los brazos cruzados sobre el pechoPreguntó al Rey impávida:—«¿Qué quieres?»—«Tu hijo,» exclamó Muley.—«¡Qué imbécil eres!»Repuso con desprecio la Sultana,Dominando á Muley á su despecho.«¿Cuándo has supuesto que albergado viva»En el pecho viril de una Africana»El villano temor de una cautiva,»Ni el corazón servil de una Cristiana?»Tú te olvidas que Dios Reina me ha hecho.»¿Mi hijo á pedirme vienes? ¡Insensato!»Libre partió: mas si seguir su huella»Deseas, de ocultártela no trato.»Corre á tu villa de Guadix, y en ella,»De Dios y de tus pueblos con la ayuda,»Alzado Rey le encontrarás sin duda.»—«¡En Guadix!—dijo el Rey,—¡no lo he soñado!»Y, de pavor mortal sobrecogido,Ante la Mora en pie quedó aterrado,Mudo é inmóvil, cual del rayo herido.Ella le contempló por un instanteSin comprender lo que por él pasaba:Mas suponiendo que algo meditabaContra el fugado Príncipe, arroganteDíjole, de él poniéndose delante:«La bestia más feroz, jamás se encona»Con sus hijos cual tú. ¿Qué esperar debo»Del tigre que á sus hijos no perdona?»Ya á todo yo por Abdilá me atrevo:»Tigre, te encontrarás con la leona.»De hoy, pues, no lograrás, feroz tirano,»Ni tocar al menor de sus cabellos»Sin que, cual tú feroz, mi regia mano»Meta un puñal entre tu mano y ellos.»Dijo, y una insolente carcajadaSoltó, la espalda con desdén volviendo:No la volvió Muley ni una miradaNi la escuchó tal vez, sólo atendiendoÁ la duda fatal en que vacila:Y la Sultana, hallándola entreabierta,Con noble majestad pasó la puertaY á su cámara real fuese tranquila.Vióla Muley el patio de la albercaCruzar, volviendo en sí: mas no dió un pasoContra ella, ni el gesto más escasoHizo, aunque la guardia el patio cerca.En silencio, los brazos sobre el pechoCruzados é inclinada la cabeza,Á solas con su mal ó su despecho,Presa permaneció por largo trechoDe ruin superstición ú honda tristeza.Mas notando el Monarca de repenteQue sus guardias le estaban contemplando,Miró á su dignidad, irguió la frente,Y, cobrando su indómita fiereza,Al patio se lanzó, donde llegandoTendió la vista en derredor, ansiosoDe encontrar una víctima á su saña.En pie, junto á un pilar del peristilo,Vió un hombre cuya cara le era extraña,Pálido, ensangrentado, silencioso,Y de torvo ademán, pero tranquilo.Sonrió al divisarle, satisfechoDe hallar en quien la cólera del pechoDescargar, y con calma aterradoraFuese Muley á él. De pie derecho,Contemplándole audaz, con ojo fijo,El hombre le aguardó, y hasta él llegandoEl iracundo Rey así le dijo:—«¿Quién eres?»—«Nadie ya,» repuso el hombre.De la ira Muley sintió la llamaSubirle al rostro, y de furor temblando:«¿Tu raza, dijo, tu país, tu nombre?»Y con acento de tristeza llenoAl Rey el hombre contestó sereno:«No tiene nombre ya, país no tiene,»Ni familia ni tribu le reclama»Por suyo aquel que, su país dejando»Esclavo, huyendo de su patria viene»Á contar el baldón con que se infama.»Mi pueblo yace, Amir, muerto ó cautivo;»Y él solo ves en mí que escapó vivo»De la tremenda asolación de Alhama.»Palideció el Monarca de pavuraÁ esta nueva fatal: su mensajeroSonrió con sardónica amarguraAsí siguiendo:—«Amir, mi alma está pura»De traición: combatí junto al primero:»Mas cuando todo se perdió, mi escaso»Aliento aproveché con la esperanza»De poder, á tus pies llegando acaso,«Pedirte, no favor, sino venganza;»Pero no para mí: yo no la quiero:»Sin honra y sin hogar morir prefiero.»Alhama se perdió por tu abandono»Y clamó contra ti su pueblo entero:»Mas yo soy un creyente verdadero»Y, en ti mirando á Aláh sobre tu trono»En nombre de mi raza te perdono.»Dijo el lëal; y con sublime calmaEn su pecho la daga sepultando,Expiró, buen Muslim, encomendandoSu venganza á su Rey, á Dios su alma.La guardia de los negros, torva y muda,Ante el cuerpo del último AlhameñoLloró tal vez su bárbaro heroísmo:Sólo insensible y enarcado el ceñoPermaneció Muley con faz sañuda,Víctima de un segundo parasismoDe su pavor recóndito sin duda.Reinó un punto el silencio más solemne:Luego, hablando Muley consigo mismo,Dijo:—«Sí, la verdad está perenne:»La aparición..... Alhama..... ¡todo es cierto¡»¡Y éllibre ya!—¡Confúndale el abismo!«¡Más valiera al nacer haberle muerto!»Y aquí el Rey, humillando la cabeza,Prosiguió con hondísima tristeza:«¿Conque el cielo y la tierra se han unido»En contra mía por tan varios modos?»Mas irguiéndola al punto con fiereza,Dijo:—«Mas no dirán que me he rendido:»Mientras vive Muley, aún no han vencido:»Todos, pues, contra mí, yo contra todos.»Y volviendo la espalda, á pasos lentosVolvió Muley de su oriental palacioÁ entrar en los dorados aposentosDonde Zil le siguió tras breve espacio.

Media hora después caía muertaDe fatiga á los pies de su jineteLa yegua del fiel Zil, ante la puertaDe la Alhambra: tras él Muley llegando,Á contener la suya no bastandoDesenfrenada y en carrera abierta,Con ella por el pórtico se mete.Sujetaron á un tiempo veinte manosAl fogoso animal: á tierra echóseEl fatigado Amir, y en medio hallóseDe su guardia de negros africanos.Como una torva y rencorosa hienaQue olfatea con ansia en el desierto,Buscando el tronco del viajero muertoQue enterró el salteador bajo la arena:Tal el fiero Muley el zurdo pasoEnderezó á la torre de Comares,Con el designio de manchar acasoCon un nefando crimen sus hogares.En su rostro, de cólera amarillo,La decisión horrenda se leíaEn su sangriento corazón forjada,Y el infernal placer de su alma impíaEn sus trémulos labios y en el brilloSiniestro de su lúgubre mirada.Los negros su furor adivinandoEn su ademán y rostro descompuesto,Paso le abrieron con temor callando:Él, en vez de palabras, empleandoUn imperioso irresistible gesto,Abrir mandó la cámara africanaQue sirve de prisión á la Sultana.En sepulcral silencio, más terribleQue la voz más furiosa, entró en la estancia,De Comares Muley: con impasible,Desdeñosa y sultánica arrogancia,Serena faz y fulgurantes ojos,Á Aixa halló que acercarse le veíaEn pie y desafiando sus enojos,Silenciosa como él, como él sombría.Como audaz cazador que, aseguradoDe la muerta leona, hallar esperaSus cachorros sin riesgo, y confiadoAvanza hasta la oculta madriguera:Mas en su boca lóbrega, imprudenteLos cachorros dormidos reclamandoEscarba, y con terror ve de repente,Su ondulante espiral desarrollando,Salir con un silbido una serpiente:Tal se encontró Muley bajo la altivaÉ imperiosa mirada de la Mora,Á quien débil juzgó como cautivaÉ insolente encontró como señora.Miráronse un momento frente á frenteAixa y Muley-Hasán: mas no hay quien puedaLa mirada arrostrar resplandecienteDe esta mujer, cuyo ánimo valienteTanta virtud como valor hospeda.Con los brazos cruzados sobre el pechoPreguntó al Rey impávida:—«¿Qué quieres?»—«Tu hijo,» exclamó Muley.—«¡Qué imbécil eres!»Repuso con desprecio la Sultana,Dominando á Muley á su despecho.«¿Cuándo has supuesto que albergado viva»En el pecho viril de una Africana»El villano temor de una cautiva,»Ni el corazón servil de una Cristiana?»Tú te olvidas que Dios Reina me ha hecho.»¿Mi hijo á pedirme vienes? ¡Insensato!»Libre partió: mas si seguir su huella»Deseas, de ocultártela no trato.»Corre á tu villa de Guadix, y en ella,»De Dios y de tus pueblos con la ayuda,»Alzado Rey le encontrarás sin duda.»—«¡En Guadix!—dijo el Rey,—¡no lo he soñado!»Y, de pavor mortal sobrecogido,Ante la Mora en pie quedó aterrado,Mudo é inmóvil, cual del rayo herido.Ella le contempló por un instanteSin comprender lo que por él pasaba:Mas suponiendo que algo meditabaContra el fugado Príncipe, arroganteDíjole, de él poniéndose delante:«La bestia más feroz, jamás se encona»Con sus hijos cual tú. ¿Qué esperar debo»Del tigre que á sus hijos no perdona?»Ya á todo yo por Abdilá me atrevo:»Tigre, te encontrarás con la leona.»De hoy, pues, no lograrás, feroz tirano,»Ni tocar al menor de sus cabellos»Sin que, cual tú feroz, mi regia mano»Meta un puñal entre tu mano y ellos.»Dijo, y una insolente carcajadaSoltó, la espalda con desdén volviendo:No la volvió Muley ni una miradaNi la escuchó tal vez, sólo atendiendoÁ la duda fatal en que vacila:Y la Sultana, hallándola entreabierta,Con noble majestad pasó la puertaY á su cámara real fuese tranquila.Vióla Muley el patio de la albercaCruzar, volviendo en sí: mas no dió un pasoContra ella, ni el gesto más escasoHizo, aunque la guardia el patio cerca.En silencio, los brazos sobre el pechoCruzados é inclinada la cabeza,Á solas con su mal ó su despecho,Presa permaneció por largo trechoDe ruin superstición ú honda tristeza.Mas notando el Monarca de repenteQue sus guardias le estaban contemplando,Miró á su dignidad, irguió la frente,Y, cobrando su indómita fiereza,Al patio se lanzó, donde llegandoTendió la vista en derredor, ansiosoDe encontrar una víctima á su saña.En pie, junto á un pilar del peristilo,Vió un hombre cuya cara le era extraña,Pálido, ensangrentado, silencioso,Y de torvo ademán, pero tranquilo.Sonrió al divisarle, satisfechoDe hallar en quien la cólera del pechoDescargar, y con calma aterradoraFuese Muley á él. De pie derecho,Contemplándole audaz, con ojo fijo,El hombre le aguardó, y hasta él llegandoEl iracundo Rey así le dijo:—«¿Quién eres?»—«Nadie ya,» repuso el hombre.De la ira Muley sintió la llamaSubirle al rostro, y de furor temblando:«¿Tu raza, dijo, tu país, tu nombre?»Y con acento de tristeza llenoAl Rey el hombre contestó sereno:«No tiene nombre ya, país no tiene,»Ni familia ni tribu le reclama»Por suyo aquel que, su país dejando»Esclavo, huyendo de su patria viene»Á contar el baldón con que se infama.»Mi pueblo yace, Amir, muerto ó cautivo;»Y él solo ves en mí que escapó vivo»De la tremenda asolación de Alhama.»Palideció el Monarca de pavuraÁ esta nueva fatal: su mensajeroSonrió con sardónica amarguraAsí siguiendo:—«Amir, mi alma está pura»De traición: combatí junto al primero:»Mas cuando todo se perdió, mi escaso»Aliento aproveché con la esperanza»De poder, á tus pies llegando acaso,«Pedirte, no favor, sino venganza;»Pero no para mí: yo no la quiero:»Sin honra y sin hogar morir prefiero.»Alhama se perdió por tu abandono»Y clamó contra ti su pueblo entero:»Mas yo soy un creyente verdadero»Y, en ti mirando á Aláh sobre tu trono»En nombre de mi raza te perdono.»Dijo el lëal; y con sublime calmaEn su pecho la daga sepultando,Expiró, buen Muslim, encomendandoSu venganza á su Rey, á Dios su alma.La guardia de los negros, torva y muda,Ante el cuerpo del último AlhameñoLloró tal vez su bárbaro heroísmo:Sólo insensible y enarcado el ceñoPermaneció Muley con faz sañuda,Víctima de un segundo parasismoDe su pavor recóndito sin duda.Reinó un punto el silencio más solemne:Luego, hablando Muley consigo mismo,Dijo:—«Sí, la verdad está perenne:»La aparición..... Alhama..... ¡todo es cierto¡»¡Y éllibre ya!—¡Confúndale el abismo!«¡Más valiera al nacer haberle muerto!»

Media hora después caía muerta

De fatiga á los pies de su jinete

La yegua del fiel Zil, ante la puerta

De la Alhambra: tras él Muley llegando,

Á contener la suya no bastando

Desenfrenada y en carrera abierta,

Con ella por el pórtico se mete.

Sujetaron á un tiempo veinte manos

Al fogoso animal: á tierra echóse

El fatigado Amir, y en medio hallóse

De su guardia de negros africanos.

Como una torva y rencorosa hiena

Que olfatea con ansia en el desierto,

Buscando el tronco del viajero muerto

Que enterró el salteador bajo la arena:

Tal el fiero Muley el zurdo paso

Enderezó á la torre de Comares,

Con el designio de manchar acaso

Con un nefando crimen sus hogares.

En su rostro, de cólera amarillo,

La decisión horrenda se leía

En su sangriento corazón forjada,

Y el infernal placer de su alma impía

En sus trémulos labios y en el brillo

Siniestro de su lúgubre mirada.

Los negros su furor adivinando

En su ademán y rostro descompuesto,

Paso le abrieron con temor callando:

Él, en vez de palabras, empleando

Un imperioso irresistible gesto,

Abrir mandó la cámara africana

Que sirve de prisión á la Sultana.

En sepulcral silencio, más terrible

Que la voz más furiosa, entró en la estancia,

De Comares Muley: con impasible,

Desdeñosa y sultánica arrogancia,

Serena faz y fulgurantes ojos,

Á Aixa halló que acercarse le veía

En pie y desafiando sus enojos,

Silenciosa como él, como él sombría.

Como audaz cazador que, asegurado

De la muerta leona, hallar espera

Sus cachorros sin riesgo, y confiado

Avanza hasta la oculta madriguera:

Mas en su boca lóbrega, imprudente

Los cachorros dormidos reclamando

Escarba, y con terror ve de repente,

Su ondulante espiral desarrollando,

Salir con un silbido una serpiente:

Tal se encontró Muley bajo la altiva

É imperiosa mirada de la Mora,

Á quien débil juzgó como cautiva

É insolente encontró como señora.

Miráronse un momento frente á frente

Aixa y Muley-Hasán: mas no hay quien pueda

La mirada arrostrar resplandeciente

De esta mujer, cuyo ánimo valiente

Tanta virtud como valor hospeda.

Con los brazos cruzados sobre el pecho

Preguntó al Rey impávida:—«¿Qué quieres?»

—«Tu hijo,» exclamó Muley.—«¡Qué imbécil eres!»

Repuso con desprecio la Sultana,

Dominando á Muley á su despecho.

«¿Cuándo has supuesto que albergado viva

»En el pecho viril de una Africana

»El villano temor de una cautiva,

»Ni el corazón servil de una Cristiana?

»Tú te olvidas que Dios Reina me ha hecho.

»¿Mi hijo á pedirme vienes? ¡Insensato!

»Libre partió: mas si seguir su huella

»Deseas, de ocultártela no trato.

»Corre á tu villa de Guadix, y en ella,

»De Dios y de tus pueblos con la ayuda,

»Alzado Rey le encontrarás sin duda.»

—«¡En Guadix!—dijo el Rey,—¡no lo he soñado!»

Y, de pavor mortal sobrecogido,

Ante la Mora en pie quedó aterrado,

Mudo é inmóvil, cual del rayo herido.

Ella le contempló por un instante

Sin comprender lo que por él pasaba:

Mas suponiendo que algo meditaba

Contra el fugado Príncipe, arrogante

Díjole, de él poniéndose delante:

«La bestia más feroz, jamás se encona

»Con sus hijos cual tú. ¿Qué esperar debo

»Del tigre que á sus hijos no perdona?

»Ya á todo yo por Abdilá me atrevo:

»Tigre, te encontrarás con la leona.

»De hoy, pues, no lograrás, feroz tirano,

»Ni tocar al menor de sus cabellos

»Sin que, cual tú feroz, mi regia mano

»Meta un puñal entre tu mano y ellos.»

Dijo, y una insolente carcajada

Soltó, la espalda con desdén volviendo:

No la volvió Muley ni una mirada

Ni la escuchó tal vez, sólo atendiendo

Á la duda fatal en que vacila:

Y la Sultana, hallándola entreabierta,

Con noble majestad pasó la puerta

Y á su cámara real fuese tranquila.

Vióla Muley el patio de la alberca

Cruzar, volviendo en sí: mas no dió un paso

Contra ella, ni el gesto más escaso

Hizo, aunque la guardia el patio cerca.

En silencio, los brazos sobre el pecho

Cruzados é inclinada la cabeza,

Á solas con su mal ó su despecho,

Presa permaneció por largo trecho

De ruin superstición ú honda tristeza.

Mas notando el Monarca de repente

Que sus guardias le estaban contemplando,

Miró á su dignidad, irguió la frente,

Y, cobrando su indómita fiereza,

Al patio se lanzó, donde llegando

Tendió la vista en derredor, ansioso

De encontrar una víctima á su saña.

En pie, junto á un pilar del peristilo,

Vió un hombre cuya cara le era extraña,

Pálido, ensangrentado, silencioso,

Y de torvo ademán, pero tranquilo.

Sonrió al divisarle, satisfecho

De hallar en quien la cólera del pecho

Descargar, y con calma aterradora

Fuese Muley á él. De pie derecho,

Contemplándole audaz, con ojo fijo,

El hombre le aguardó, y hasta él llegando

El iracundo Rey así le dijo:

—«¿Quién eres?»—«Nadie ya,» repuso el hombre.

De la ira Muley sintió la llama

Subirle al rostro, y de furor temblando:

«¿Tu raza, dijo, tu país, tu nombre?»

Y con acento de tristeza lleno

Al Rey el hombre contestó sereno:

«No tiene nombre ya, país no tiene,

»Ni familia ni tribu le reclama

»Por suyo aquel que, su país dejando

»Esclavo, huyendo de su patria viene

»Á contar el baldón con que se infama.

»Mi pueblo yace, Amir, muerto ó cautivo;

»Y él solo ves en mí que escapó vivo

»De la tremenda asolación de Alhama.»

Palideció el Monarca de pavura

Á esta nueva fatal: su mensajero

Sonrió con sardónica amargura

Así siguiendo:—«Amir, mi alma está pura

»De traición: combatí junto al primero:

»Mas cuando todo se perdió, mi escaso

»Aliento aproveché con la esperanza

»De poder, á tus pies llegando acaso,

«Pedirte, no favor, sino venganza;

»Pero no para mí: yo no la quiero:

»Sin honra y sin hogar morir prefiero.

»Alhama se perdió por tu abandono

»Y clamó contra ti su pueblo entero:

»Mas yo soy un creyente verdadero

»Y, en ti mirando á Aláh sobre tu trono

»En nombre de mi raza te perdono.»

Dijo el lëal; y con sublime calma

En su pecho la daga sepultando,

Expiró, buen Muslim, encomendando

Su venganza á su Rey, á Dios su alma.

La guardia de los negros, torva y muda,

Ante el cuerpo del último Alhameño

Lloró tal vez su bárbaro heroísmo:

Sólo insensible y enarcado el ceño

Permaneció Muley con faz sañuda,

Víctima de un segundo parasismo

De su pavor recóndito sin duda.

Reinó un punto el silencio más solemne:

Luego, hablando Muley consigo mismo,

Dijo:—«Sí, la verdad está perenne:

»La aparición..... Alhama..... ¡todo es cierto¡

»¡Y éllibre ya!—¡Confúndale el abismo!

«¡Más valiera al nacer haberle muerto!»

Y aquí el Rey, humillando la cabeza,Prosiguió con hondísima tristeza:«¿Conque el cielo y la tierra se han unido»En contra mía por tan varios modos?»Mas irguiéndola al punto con fiereza,Dijo:—«Mas no dirán que me he rendido:»Mientras vive Muley, aún no han vencido:»Todos, pues, contra mí, yo contra todos.»Y volviendo la espalda, á pasos lentosVolvió Muley de su oriental palacioÁ entrar en los dorados aposentosDonde Zil le siguió tras breve espacio.

Y aquí el Rey, humillando la cabeza,

Prosiguió con hondísima tristeza:

«¿Conque el cielo y la tierra se han unido

»En contra mía por tan varios modos?»

Mas irguiéndola al punto con fiereza,

Dijo:—«Mas no dirán que me he rendido:

»Mientras vive Muley, aún no han vencido:

»Todos, pues, contra mí, yo contra todos.»

Y volviendo la espalda, á pasos lentos

Volvió Muley de su oriental palacio

Á entrar en los dorados aposentos

Donde Zil le siguió tras breve espacio.


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