Chapter 29

V

Ya por el horizonte blanquecinoComienza á despuntar la luz primeraDel sexto día en que con hueste bravaEl Rey Abú-Abdil partió á Lucena;Y ya, envuelta en un schal de cachemiraDesde la parda torre de la VelaTiende su madre los avaros ojosPor la extensión de la tranquila Vega.Todo es silencio, el campo todavíaIluminado por el alba apenas;Duermen aún las aves en las ramasY cerradas están todas las puertas.Ningún viviente sér en lontananzaComienza el punto de su sombra negraÁ acrecentar, sobre el sendero blancoPor donde de Abdilá se aguardan nuevas.Fría, impasible al parecer la Mora,Pero de angustia inexplicable presa,Silenciosa y sombría se mantiene,Inmóvil, apoyada en una almena.Dentro del triste corazón maternoFiera aunque oculta tempestad fermenta,Y á sus ojos las lágrimas no subenPorque en el hondo corazón gotean.Alguna vez su pie, que el suelo hiereCon ímpetu, delata su impaciencia,Y algún suspiro, que fugaz exhala,La realidad de su aflicción revela.Nadie parece aún: el sol brillanteDe un día de temprana primaveraExtiende ya sus purpurinos rayosPor el verde tapiz de las laderas.Las cristalinas gotas del rocío,Que se columpian en la móvil hierbaMecidas por el aura matutina,Del sol á los reflejos reverberan.Ya abandonando su caliente nidoBulliciosos los pájaros gorjean,Y estremeciendo de placer sus plumas,Á Dios bendicen y su luz celebran.¡Cuán hermosa en los campos de GranadaSe ostenta la feraz naturaleza,Cuando del seno de las sombras saleVirgen, florida, perfumada y fresca!Aixa desde la torre su hermosuraCallada y melancólica contempla,Sin ver en la extensión de la campiñaMás que de Loja la torcida senda.«¡Alahuakbar! clamó, sola creyéndose;¡Ya la tardanza de Abdilá me aterra!»Y á sus palabras contestó un gemidoHondo, angustioso: de Moraima era.Tornó los ojos la Sultana madreHacia la esposa pálida, y al verlaCon la vista y la faz desencajadas,Siguió de su visual la línea recta.¡Presentimiento de su amor sin duda!Un punto negro y móvil va con lentaVacilación su forma acrecentandoSobre el camino que hacia Loja lleva.Käel, que á los pretiles no alcanzando,Por la hendidura ve de una aspillera,Fué el primero que un árabe jineteReconoció en el punto que negrea,Y á Moraima con muda pantomimaExplicó la verdad, que aun no penetraLa vista de las Moras, menos claraPor la edad y las lágrimas en ellas.«Tiene razón Käel, es un jinete,»Dijo la madre al fin, sobre las cejasFormando una pantalla con la manoPara ver más sin que la luz la ofenda.«Es un guerrero, sí», dijo MoraimaÁ su enano Käel que la hace señas:«Es un guerrero de Granada, dijoAixa á Moraima, tus colores lleva.»Es, en efecto, un caballero moro,Que á escape las campiñas atraviesaSobre un caballo del desierto, y rápidoComo una nube á la ciudad se acerca.Dos ó tres veces se perdió cubiertoPor los árboles altos de las huertas,Y apareció otras tantas, más distintoCada vez y más próximo. Las cercasDobló de los jardines exteriores,Cruzó las intrincadas callejuelasDel arrabal y entró por Bib-Elvira,Por el vigía al conocerle abierta.«Vamos á recibirle»,—exclamó Aixa.«Vamos», dijo Moraima: y, la escaleraTomando de la torre, las SultanasBajaron de la Alhambra hasta la puerta.Un momento después, bajo del arcoDe la justicia, la rendida yeguaDel caballero moro desplomóseAnte los pies de su jinete muerta.Era el bizarro Cid-Kaleb, amigoDe Abú-Abdil, quien respirando apenasDobló ante las Sultanas la rodilla,Mas sin poder hablar. En su impacienciaHirió Aixa el suelo con la planta y dijo:«Habla: ¿qué es de Bu-Abdil?—Hacia la tierraCristiana con la mano señalando,Respondió Cid-Kaleb:—¡Allá se queda!—¿Muerto?—Cautivo.—¿Y Aly-Athár?—Sin vida,Su cuerpo el agua del Genil se lleva.¡Cayó sobre los Árabes el cieloY yacen sin sepulcro en tierra ajena!»Lanzó un grito Moraima, íntimo, agudo,Honda expresión de su profunda pena,Y cayó sin aliento entre los brazosDe Aixa, que la abrazó por vez primera.Lívida, silenciosa, sosteniendoÁ la infeliz Moraima con la fuerzaNerviosa del dolor, quedó Aixa un puntoLos ojos con horror fijos en tierra.«¡Alahuakbar! ¡Dios grande!» exclamó al cabo:Y de su rostro por la tez morenaResbalaron dos lágrimas, dos solas:¡Mas de lava y de hiel dos gotas eran!

Ya por el horizonte blanquecinoComienza á despuntar la luz primeraDel sexto día en que con hueste bravaEl Rey Abú-Abdil partió á Lucena;Y ya, envuelta en un schal de cachemiraDesde la parda torre de la VelaTiende su madre los avaros ojosPor la extensión de la tranquila Vega.Todo es silencio, el campo todavíaIluminado por el alba apenas;Duermen aún las aves en las ramasY cerradas están todas las puertas.Ningún viviente sér en lontananzaComienza el punto de su sombra negraÁ acrecentar, sobre el sendero blancoPor donde de Abdilá se aguardan nuevas.Fría, impasible al parecer la Mora,Pero de angustia inexplicable presa,Silenciosa y sombría se mantiene,Inmóvil, apoyada en una almena.Dentro del triste corazón maternoFiera aunque oculta tempestad fermenta,Y á sus ojos las lágrimas no subenPorque en el hondo corazón gotean.Alguna vez su pie, que el suelo hiereCon ímpetu, delata su impaciencia,Y algún suspiro, que fugaz exhala,La realidad de su aflicción revela.Nadie parece aún: el sol brillanteDe un día de temprana primaveraExtiende ya sus purpurinos rayosPor el verde tapiz de las laderas.Las cristalinas gotas del rocío,Que se columpian en la móvil hierbaMecidas por el aura matutina,Del sol á los reflejos reverberan.Ya abandonando su caliente nidoBulliciosos los pájaros gorjean,Y estremeciendo de placer sus plumas,Á Dios bendicen y su luz celebran.¡Cuán hermosa en los campos de GranadaSe ostenta la feraz naturaleza,Cuando del seno de las sombras saleVirgen, florida, perfumada y fresca!Aixa desde la torre su hermosuraCallada y melancólica contempla,Sin ver en la extensión de la campiñaMás que de Loja la torcida senda.«¡Alahuakbar! clamó, sola creyéndose;¡Ya la tardanza de Abdilá me aterra!»Y á sus palabras contestó un gemidoHondo, angustioso: de Moraima era.Tornó los ojos la Sultana madreHacia la esposa pálida, y al verlaCon la vista y la faz desencajadas,Siguió de su visual la línea recta.¡Presentimiento de su amor sin duda!Un punto negro y móvil va con lentaVacilación su forma acrecentandoSobre el camino que hacia Loja lleva.Käel, que á los pretiles no alcanzando,Por la hendidura ve de una aspillera,Fué el primero que un árabe jineteReconoció en el punto que negrea,Y á Moraima con muda pantomimaExplicó la verdad, que aun no penetraLa vista de las Moras, menos claraPor la edad y las lágrimas en ellas.«Tiene razón Käel, es un jinete,»Dijo la madre al fin, sobre las cejasFormando una pantalla con la manoPara ver más sin que la luz la ofenda.«Es un guerrero, sí», dijo MoraimaÁ su enano Käel que la hace señas:«Es un guerrero de Granada, dijoAixa á Moraima, tus colores lleva.»Es, en efecto, un caballero moro,Que á escape las campiñas atraviesaSobre un caballo del desierto, y rápidoComo una nube á la ciudad se acerca.Dos ó tres veces se perdió cubiertoPor los árboles altos de las huertas,Y apareció otras tantas, más distintoCada vez y más próximo. Las cercasDobló de los jardines exteriores,Cruzó las intrincadas callejuelasDel arrabal y entró por Bib-Elvira,Por el vigía al conocerle abierta.«Vamos á recibirle»,—exclamó Aixa.«Vamos», dijo Moraima: y, la escaleraTomando de la torre, las SultanasBajaron de la Alhambra hasta la puerta.Un momento después, bajo del arcoDe la justicia, la rendida yeguaDel caballero moro desplomóseAnte los pies de su jinete muerta.Era el bizarro Cid-Kaleb, amigoDe Abú-Abdil, quien respirando apenasDobló ante las Sultanas la rodilla,Mas sin poder hablar. En su impacienciaHirió Aixa el suelo con la planta y dijo:«Habla: ¿qué es de Bu-Abdil?—Hacia la tierraCristiana con la mano señalando,Respondió Cid-Kaleb:—¡Allá se queda!—¿Muerto?—Cautivo.—¿Y Aly-Athár?—Sin vida,Su cuerpo el agua del Genil se lleva.¡Cayó sobre los Árabes el cieloY yacen sin sepulcro en tierra ajena!»Lanzó un grito Moraima, íntimo, agudo,Honda expresión de su profunda pena,Y cayó sin aliento entre los brazosDe Aixa, que la abrazó por vez primera.Lívida, silenciosa, sosteniendoÁ la infeliz Moraima con la fuerzaNerviosa del dolor, quedó Aixa un puntoLos ojos con horror fijos en tierra.«¡Alahuakbar! ¡Dios grande!» exclamó al cabo:Y de su rostro por la tez morenaResbalaron dos lágrimas, dos solas:¡Mas de lava y de hiel dos gotas eran!

Ya por el horizonte blanquecinoComienza á despuntar la luz primeraDel sexto día en que con hueste bravaEl Rey Abú-Abdil partió á Lucena;Y ya, envuelta en un schal de cachemiraDesde la parda torre de la VelaTiende su madre los avaros ojosPor la extensión de la tranquila Vega.Todo es silencio, el campo todavíaIluminado por el alba apenas;Duermen aún las aves en las ramasY cerradas están todas las puertas.Ningún viviente sér en lontananzaComienza el punto de su sombra negraÁ acrecentar, sobre el sendero blancoPor donde de Abdilá se aguardan nuevas.Fría, impasible al parecer la Mora,Pero de angustia inexplicable presa,Silenciosa y sombría se mantiene,Inmóvil, apoyada en una almena.Dentro del triste corazón maternoFiera aunque oculta tempestad fermenta,Y á sus ojos las lágrimas no subenPorque en el hondo corazón gotean.Alguna vez su pie, que el suelo hiereCon ímpetu, delata su impaciencia,Y algún suspiro, que fugaz exhala,La realidad de su aflicción revela.Nadie parece aún: el sol brillanteDe un día de temprana primaveraExtiende ya sus purpurinos rayosPor el verde tapiz de las laderas.Las cristalinas gotas del rocío,Que se columpian en la móvil hierbaMecidas por el aura matutina,Del sol á los reflejos reverberan.Ya abandonando su caliente nidoBulliciosos los pájaros gorjean,Y estremeciendo de placer sus plumas,Á Dios bendicen y su luz celebran.¡Cuán hermosa en los campos de GranadaSe ostenta la feraz naturaleza,Cuando del seno de las sombras saleVirgen, florida, perfumada y fresca!Aixa desde la torre su hermosuraCallada y melancólica contempla,Sin ver en la extensión de la campiñaMás que de Loja la torcida senda.«¡Alahuakbar! clamó, sola creyéndose;¡Ya la tardanza de Abdilá me aterra!»Y á sus palabras contestó un gemidoHondo, angustioso: de Moraima era.Tornó los ojos la Sultana madreHacia la esposa pálida, y al verlaCon la vista y la faz desencajadas,Siguió de su visual la línea recta.¡Presentimiento de su amor sin duda!Un punto negro y móvil va con lentaVacilación su forma acrecentandoSobre el camino que hacia Loja lleva.Käel, que á los pretiles no alcanzando,Por la hendidura ve de una aspillera,Fué el primero que un árabe jineteReconoció en el punto que negrea,Y á Moraima con muda pantomimaExplicó la verdad, que aun no penetraLa vista de las Moras, menos claraPor la edad y las lágrimas en ellas.«Tiene razón Käel, es un jinete,»Dijo la madre al fin, sobre las cejasFormando una pantalla con la manoPara ver más sin que la luz la ofenda.«Es un guerrero, sí», dijo MoraimaÁ su enano Käel que la hace señas:«Es un guerrero de Granada, dijoAixa á Moraima, tus colores lleva.»Es, en efecto, un caballero moro,Que á escape las campiñas atraviesaSobre un caballo del desierto, y rápidoComo una nube á la ciudad se acerca.Dos ó tres veces se perdió cubiertoPor los árboles altos de las huertas,Y apareció otras tantas, más distintoCada vez y más próximo. Las cercasDobló de los jardines exteriores,Cruzó las intrincadas callejuelasDel arrabal y entró por Bib-Elvira,Por el vigía al conocerle abierta.«Vamos á recibirle»,—exclamó Aixa.«Vamos», dijo Moraima: y, la escaleraTomando de la torre, las SultanasBajaron de la Alhambra hasta la puerta.Un momento después, bajo del arcoDe la justicia, la rendida yeguaDel caballero moro desplomóseAnte los pies de su jinete muerta.Era el bizarro Cid-Kaleb, amigoDe Abú-Abdil, quien respirando apenasDobló ante las Sultanas la rodilla,Mas sin poder hablar. En su impacienciaHirió Aixa el suelo con la planta y dijo:«Habla: ¿qué es de Bu-Abdil?—Hacia la tierraCristiana con la mano señalando,Respondió Cid-Kaleb:—¡Allá se queda!—¿Muerto?—Cautivo.—¿Y Aly-Athár?—Sin vida,Su cuerpo el agua del Genil se lleva.¡Cayó sobre los Árabes el cieloY yacen sin sepulcro en tierra ajena!»Lanzó un grito Moraima, íntimo, agudo,Honda expresión de su profunda pena,Y cayó sin aliento entre los brazosDe Aixa, que la abrazó por vez primera.Lívida, silenciosa, sosteniendoÁ la infeliz Moraima con la fuerzaNerviosa del dolor, quedó Aixa un puntoLos ojos con horror fijos en tierra.«¡Alahuakbar! ¡Dios grande!» exclamó al cabo:Y de su rostro por la tez morenaResbalaron dos lágrimas, dos solas:¡Mas de lava y de hiel dos gotas eran!

Ya por el horizonte blanquecino

Comienza á despuntar la luz primera

Del sexto día en que con hueste brava

El Rey Abú-Abdil partió á Lucena;

Y ya, envuelta en un schal de cachemira

Desde la parda torre de la Vela

Tiende su madre los avaros ojos

Por la extensión de la tranquila Vega.

Todo es silencio, el campo todavía

Iluminado por el alba apenas;

Duermen aún las aves en las ramas

Y cerradas están todas las puertas.

Ningún viviente sér en lontananza

Comienza el punto de su sombra negra

Á acrecentar, sobre el sendero blanco

Por donde de Abdilá se aguardan nuevas.

Fría, impasible al parecer la Mora,

Pero de angustia inexplicable presa,

Silenciosa y sombría se mantiene,

Inmóvil, apoyada en una almena.

Dentro del triste corazón materno

Fiera aunque oculta tempestad fermenta,

Y á sus ojos las lágrimas no suben

Porque en el hondo corazón gotean.

Alguna vez su pie, que el suelo hiere

Con ímpetu, delata su impaciencia,

Y algún suspiro, que fugaz exhala,

La realidad de su aflicción revela.

Nadie parece aún: el sol brillante

De un día de temprana primavera

Extiende ya sus purpurinos rayos

Por el verde tapiz de las laderas.

Las cristalinas gotas del rocío,

Que se columpian en la móvil hierba

Mecidas por el aura matutina,

Del sol á los reflejos reverberan.

Ya abandonando su caliente nido

Bulliciosos los pájaros gorjean,

Y estremeciendo de placer sus plumas,

Á Dios bendicen y su luz celebran.

¡Cuán hermosa en los campos de Granada

Se ostenta la feraz naturaleza,

Cuando del seno de las sombras sale

Virgen, florida, perfumada y fresca!

Aixa desde la torre su hermosura

Callada y melancólica contempla,

Sin ver en la extensión de la campiña

Más que de Loja la torcida senda.

«¡Alahuakbar! clamó, sola creyéndose;

¡Ya la tardanza de Abdilá me aterra!»

Y á sus palabras contestó un gemido

Hondo, angustioso: de Moraima era.

Tornó los ojos la Sultana madre

Hacia la esposa pálida, y al verla

Con la vista y la faz desencajadas,

Siguió de su visual la línea recta.

¡Presentimiento de su amor sin duda!

Un punto negro y móvil va con lenta

Vacilación su forma acrecentando

Sobre el camino que hacia Loja lleva.

Käel, que á los pretiles no alcanzando,

Por la hendidura ve de una aspillera,

Fué el primero que un árabe jinete

Reconoció en el punto que negrea,

Y á Moraima con muda pantomima

Explicó la verdad, que aun no penetra

La vista de las Moras, menos clara

Por la edad y las lágrimas en ellas.

«Tiene razón Käel, es un jinete,»

Dijo la madre al fin, sobre las cejas

Formando una pantalla con la mano

Para ver más sin que la luz la ofenda.

«Es un guerrero, sí», dijo Moraima

Á su enano Käel que la hace señas:

«Es un guerrero de Granada, dijo

Aixa á Moraima, tus colores lleva.»

Es, en efecto, un caballero moro,

Que á escape las campiñas atraviesa

Sobre un caballo del desierto, y rápido

Como una nube á la ciudad se acerca.

Dos ó tres veces se perdió cubierto

Por los árboles altos de las huertas,

Y apareció otras tantas, más distinto

Cada vez y más próximo. Las cercas

Dobló de los jardines exteriores,

Cruzó las intrincadas callejuelas

Del arrabal y entró por Bib-Elvira,

Por el vigía al conocerle abierta.

«Vamos á recibirle»,—exclamó Aixa.

«Vamos», dijo Moraima: y, la escalera

Tomando de la torre, las Sultanas

Bajaron de la Alhambra hasta la puerta.

Un momento después, bajo del arco

De la justicia, la rendida yegua

Del caballero moro desplomóse

Ante los pies de su jinete muerta.

Era el bizarro Cid-Kaleb, amigo

De Abú-Abdil, quien respirando apenas

Dobló ante las Sultanas la rodilla,

Mas sin poder hablar. En su impaciencia

Hirió Aixa el suelo con la planta y dijo:

«Habla: ¿qué es de Bu-Abdil?—Hacia la tierra

Cristiana con la mano señalando,

Respondió Cid-Kaleb:—¡Allá se queda!

—¿Muerto?—Cautivo.—¿Y Aly-Athár?—Sin vida,

Su cuerpo el agua del Genil se lleva.

¡Cayó sobre los Árabes el cielo

Y yacen sin sepulcro en tierra ajena!»

Lanzó un grito Moraima, íntimo, agudo,

Honda expresión de su profunda pena,

Y cayó sin aliento entre los brazos

De Aixa, que la abrazó por vez primera.

Lívida, silenciosa, sosteniendo

Á la infeliz Moraima con la fuerza

Nerviosa del dolor, quedó Aixa un punto

Los ojos con horror fijos en tierra.

«¡Alahuakbar! ¡Dios grande!» exclamó al cabo:

Y de su rostro por la tez morena

Resbalaron dos lágrimas, dos solas:

¡Mas de lava y de hiel dos gotas eran!


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