Chapter 33

IXKALEB

«No era de día aún cuando empezamosÁ salir del barranco, donde á obscurasHabíamos pasado aquella nocheEn profundo silencio. Las hilerasDe guerreros, cautivos y ganadosQue cruzaban el valle, parecíanSobre las sendas cóncavas, moviblesSerpientes gigantescas, á la escasaClaridad de los astros. Los enormesPeñascos dibujaban sobre un cieloApenas azulado los contornosDeformes de sus crestas, en las cuales,Toda la noche oímos el siniestroGraznido de los buitres, y el aullidoTemeroso del lobo, cuyos ojosVeíamos brillar entre las matas.Todos éramos hombres avezadosÁ las escenas de la guerra; peroUn no sé qué de pavoroso y tristeNos encogía el ánimo en aquellaMelancólica noche, y caminábamosEn lúgubre silencio: parecíaQue iban á desplomarse los peñascosSobre nuestras cabezas, y queríamosSalir cuanto antes del medroso valle.Dimos por fin en la llanura: el albaComenzaba á clarear y distinguimosLos almenados muros de Lucena.Con los cautivos y la presa entoncesMil peones dejando y cien jinetes,Avanzamos, creyendo sorprenderla,Sobre la villa. Abú-Abdil, seguidoDe un escuadrón de jóvenes valientesY ansiosos de renombre, se metieronÁ escape por las huertas y arrabales.Ni un sér viviente se encontraba en ellos,Ni se abrió una ventana ni una puerta.Prevenidos sus cautos moradores,Se habían encerrado en el castillo.¡Mas Aláh estaba allí!... Su faz airadaBrilló tras de los muros y, en el puntoEn que tiñó la luz el horizonte,Se cubrieron de cascos de cristianos,Y una lluvia de dardos y de piedrasCayó sobre nosotros: los clarinesY tambores cristianos atronaronEl viento, y la bandera de CastillaSe desplegó con insolente orgullo.«¡Al asalto!» gritó con voz de truenoEl Rey Abú-Abdil, con una trompaHaciendo la señal. En el instanteSe cubrieron de escalas las murallas,Y los turbantes moros blanquearonEnvueltos con los cascos de CastillaEncima de los cóncavos adarves.¡Ay! Aláh estaba allí contra nosotros,Sultana: era un león cada cristiano,Y los genios impuros del abismoPeleaban por ellos aquel día:Sus hachas y sus mazas con horribleMartilleo caían en las frentesDe los escaladores, y rodabanAl foso con estruendo los cadáveres.«Señor, dijo Aly-Athár á vuestro hijoQue rugía de saña: es necesarioRetirar nuestra gente: prevenidosEstaban, mas la tierra está tranquilaY no han hecho señal las atalayas.No tienen, pues, socorro, y con un sitioDe un solo día se darán.» OyóseTocar á recoger, y comenzamosÁ cejar. Una niebla blanquecinaTraída por un viento de OccidenteEnlutaba la atmósfera, impidiendoVer á largas distancias. Los peonesQue custodiaban el botín, mirándonosVolver, picaron las revueltas resesY comenzaron á marchar, creyendoYa abandonada nuestra empresa. AhoraDispénsame, Sultana, si el desordenDe mi dolor confunde mis palabras,Porque de mis ideas el tumultoNo las deja mejor brotar del labio.¡Ay! ¿cómo te diré lo que quisieraOlvidar para siempre?»—SofocadaAquí la voz del Árabe, tomaronUna expresión siniestra sus miradas;Sus músculos temblaron sacudidosPor interior agitación, su caraPalideció, y al fin con hondo acentoY en el dialecto gutural del África,El lento é inharmónico relatoContinuó así de la fatal jornada,Ora bajando el tono, ora elevándoleConforme la pasión que le agitaba.¡Y era espantoso de escuchar su cuento,Y espantosas de ver sus exaltadasActitudes y gestos, inspiradosPor el rencor, la afrenta y la venganza!«En medio de la niebla, como turbaDe maléficos genios, los cristianosSalieron á nosotros: no les vimosHasta que atravesados por sus flechasCayeron los Muslimes. Su caballoRevolvió el Rey al punto, y todos dimosLa cara á aquellos perros, que salíanPor detrás á mordernos. Ya en desordenLes teníamos puestos, cuando, el aireRasgando una trompeta castellana,Nos sentimos cargar por la derechaPor una tropa de jinetes: íbamosÁ volvernos allí cuando, en el monteQue á nuestra izquierda se elevaba, oímosUn clarín italiano, y cada encinaBrotó un cristiano caballero. Entonces,Con tan distintas señas confundido,Dijo Aly-Athár al Rey: «Esa trompeta,Señor, es Italiana: el estandarteQue traen aquellos otros no le he vistoEn batalla jamás: el mundo enteroCreo que viene aquí sobre nosotros.»¡Alahuakbar! ¡Sultana, estaba escrito!Cejábamos lidiando, en la esperanzaDe unirnos á los nuestros: mas al puntoDe mirar hacia atrás, vimos que todosHuían por los montes, torpementeEl inmenso botín abandonando.«¡Volved, gritaba el Rey corriendo á ellos,Volved, desventurados, y á lo menosSabed de quién huís.» ¡Voces inútiles!Otro tambor, doblando en la angosturaPor donde huían, aumentó su miedoY dieron como ciervos espantadosÁ correr por el valle. ¡Aláh potente!Obligados á huir los que quedábamosEn rededor del Rey, le circuimosY volvimos la espalda, descendiendoHasta un angosto paso de la sierra:Un pelotón de nobles Granadinos,Caballeros leales que volvíanÁ buscar á su Rey, en él hallamosProtegiendo á los últimos peonesDe nuestro bando. El Rey volvió la caraAl llegar á la cóncava angostura,Y en un estrecho llano deteniéndoseNos dijo: «Retirémonos como hombresQue ceden á la suerte, mas no huyamosComo cobardes que la muerte temen.»Y metiendo al caballo las espuelas,Cargó sobre los perros NazarenosQue nos seguían: á ampararle todosNos lanzamos tras él, y los cristianos,Desordenados al tremendo empujeDe los caballos árabes, nos dieronTiempo para ganar las angosturasDonde en estrechas sendas imposibleLes era acometernos; y emprendimosLa peligrosa retirada á Loja.Los enemigos, pronto rehaciéndose,Entraron tras nosotros en la honduraPisándonos las huellas; cinco leguasCombatiendo y marchando recorrimosHasta el valle fatal de Algarinejo.Aquí el Genil, con las crecidas ancho,Segunda vez detuvo nuestra marcha:Nos arrojamos á vadearle y salvosNuestros caballos á sacarnos ibanNadando vigorosos, cuando vimosCon ira y con terror que, á la riberaBajando en rigurosa disciplina,Salía á recibirnos en sus lanzasOtro escuadrón cristiano, como un muroDe hierro levantado en el camino.Su jefe, el gigantesco Don AlonsoDe Aguilar, á su frente sonreíaMirándonos salir de entre las aguasCon placer infernal; yo le había vistoEn mi cautividad y le teníaBien presente. Dió el grito de ¡Santiago!Y aquel muro de hierro se nos vinoComo un témpano encima. La peleaFué horrenda. Con el agua á la cinturaLos más, mucha la ira, el suelo escaso,Vinimos á las manos arrojandoLas inútiles lanzas y acudimosÁ los alfanjes y puñales; rojasIban á poco del Genil las aguas.Yo peleaba junto al Rey: su brazoEra un rayo: sus ojos chispeabanComo carbones encendidos: sangreLe brotaban los labios, que rabiosoSe mordía, y hendiendo, atropellando,No con la voz, con el esfuerzo heroico,Nos animaba á combatir sin tregua,Para morir con honra ante su vista.Mas he aquí que un cristiano que caídoSe halló bajo de mí, tal vez creyendoQue era yo el Rey por mi caballo blanco,Le cortó los jarretes; dió un bramidoEl generoso bruto, y desplomándoseCayó sobre mi cuerpo, en torno míoUna laguna con la sangre haciendoQue sus arterias rotas derramaban.Pasaron sobre mí cien y cien vecesAmigos y enemigos, sin que fueraPosible levantarme. Entonces, Aixa,¡Aláh lo olvide! blasfemé, escupiendoAl cielo sin piedad para los Árabes:Y allí tendido, ahogado bajo el pesoDe los que sobre mí cayendo iban,Y recibiendo en mi lugar la muerte,Á quien en vano á veces invocaba,Vi caer á Aly-Athár, bajo el mandobleDe Don Alonso. Con la frente hendidaÁ un tajo de su brazo formidableCayó, más sin soltar la cimitarra,Aly-Athár en el río, y su cadáverLas turbias ondas del Genil sorbieron.¡En el Edén los justos le reciban!Los que lidiar y perecer le vieronSu muerte llorarán mientras que vivan.Con él se hundió el valor de los Muslimes;Cuarenta caballeros que lidiabanCon el Rey, le dijeron á mi ladoDefendiéndole: «Sálvate: nosotrosMoriremos por ti. » Yo vi el semblanteDe tu hijo, surcado por dos lágrimas,Volverse á aquellos fieles caballerosY lanzarse otra vez en la peleaPara morir con ellos. ¡Oh Sultana!Tu hijo es un Rey valiente que combateEn la primera fila: es un Rey nobleQue defiende á los suyos; pero temoQue sus tristes horóscopos se cumplan:Dios le abandona á su fatal estrella,Y por más que su aliento soberanoProdigios hace de valor humano,La fuerza de su sino le atropella.Persuadido por fin de que era inútilYa su obstinada resistencia, tu hijoArrojándose al agua, á su corrienteSe abandonó: mis ojos le siguieronCon indecible afán: le vi alejarse:Le vi tocar en la ribera opuesta,Vi caer su caballo moribundo,Y le vi vacilante de fatigaMeterse en un jaral: le creí salvo.Mas ¡ay! á poco junto á mí sin armasLe vi pasar, á la merced de un jefeDe quien iba cautivo. En su cimeraNo había ya una pluma, ni una hebillaQue encajara en su arnés, roto en cien partes.Lleno de sangre y de sudor el rostro,Reconocíle apenas: como un sueñoLe vi alejarse, y el pesar, la ira,La vergüenza, el cansancio, me prensaronDe angustia el corazón... pasó una nubeDe sangre ante mis ojos y, en la arenaCaer dejando la cabeza inerte,Que para verle alcé, me eché sin penaEn los brazos del ángel de la muerte.»Calló Kaleb y, el rostro con las manosCubriéndose, lloró. Torva, sombría,La Sultana clavó sus negros ojosEn el suelo, las lágrimas apenasPudiendo contener que en las pupilasSentía aglomerársela, y gran trechoSin pestañear inmóvil se mantuvo,Porque no se la huyeran de los párpados.Tragóselas al fin, y sobre el hombroPoniendo de Kaleb su mano ardiente,Dijo: «Bien. ¿Y qué más?» El Moro alzandoLa cabeza y mostrando su semblante,Que surcaban las lágrimas, repuso:«¿Qué más he de decirte? AnochecíaYa cuando en mí torné. Tendí los ojosEn rededor: cubierta la riberaEstaba de cadáveres: los buitresAguardaban la ausencia de la vidaDe algunos que aun luchaban con la muertePara cebarse en ellos, y en las breñasAullaban ya los lobos. Mi caballo,Con las postreras ansias revolcándose,Se separó de mí, y á sus esfuerzosDesesperados, de los cuerpos libreQue pesaban sobre él, me había dejadoLibre también á mí. Tendí mis miembrosEntumecidos y probé mis fuerzas.Al movimiento que hice, vi los ojosDe un Árabe tendido en mí fijarse.Era el valiente Ben-Osmín; el pechoTenía atravesado por un dardoQue no pudo sacarse, y expirabaCon el valor sereno de los héroes.Me conoció, y al verme en pie llamóme:«Toma (me dijo el infeliz), si vives»Y vuelves á Granada, da esa trenza»De sus cabellos á Jarifa, y dila»Que es mi sangre la sangre en que empapada»Se la envío, y que ya no espere verme»Sino en el Paraíso;» y alargándomeLa trenza con la mano ensangrentada,«Toma,» me dijo, y se tendió, cerrandoLos ojos para siempre. ApoderarmeLogró al fin de un caballo sin jinete,Y echando por lo espeso de la sierra,Corrí en un día lo que anduve en siete,Hasta salir de tan infausta tierra.»«¡Alahuakbar! Dios es de los destinosSeñor, exclamó Aixa. Ven mañanaAl trasponer el sol á este aposento:Temo á los inconstantes Granadinos,Y necesito meditar mi intento:Mañana le sabrás.—Adiós, Sultana.»Dijo Kaleb, y hacia la puerta un pasoDió: mas al levantar de su cortinaEl cairelado azul pérsico raso,Permaneció Kaleb sin movimiento,Cual si viera en la cámara vecinaAlguna aparición. Su macilentoRostro volviendo á él, dijo la Mora:«¿Qué es lo que tal admiración te inspira?»Kaleb, ante su vista indagadora,Descorriendo el tapiz, la dijo: «Mira.»

«No era de día aún cuando empezamosÁ salir del barranco, donde á obscurasHabíamos pasado aquella nocheEn profundo silencio. Las hilerasDe guerreros, cautivos y ganadosQue cruzaban el valle, parecíanSobre las sendas cóncavas, moviblesSerpientes gigantescas, á la escasaClaridad de los astros. Los enormesPeñascos dibujaban sobre un cieloApenas azulado los contornosDeformes de sus crestas, en las cuales,Toda la noche oímos el siniestroGraznido de los buitres, y el aullidoTemeroso del lobo, cuyos ojosVeíamos brillar entre las matas.Todos éramos hombres avezadosÁ las escenas de la guerra; peroUn no sé qué de pavoroso y tristeNos encogía el ánimo en aquellaMelancólica noche, y caminábamosEn lúgubre silencio: parecíaQue iban á desplomarse los peñascosSobre nuestras cabezas, y queríamosSalir cuanto antes del medroso valle.Dimos por fin en la llanura: el albaComenzaba á clarear y distinguimosLos almenados muros de Lucena.Con los cautivos y la presa entoncesMil peones dejando y cien jinetes,Avanzamos, creyendo sorprenderla,Sobre la villa. Abú-Abdil, seguidoDe un escuadrón de jóvenes valientesY ansiosos de renombre, se metieronÁ escape por las huertas y arrabales.Ni un sér viviente se encontraba en ellos,Ni se abrió una ventana ni una puerta.Prevenidos sus cautos moradores,Se habían encerrado en el castillo.¡Mas Aláh estaba allí!... Su faz airadaBrilló tras de los muros y, en el puntoEn que tiñó la luz el horizonte,Se cubrieron de cascos de cristianos,Y una lluvia de dardos y de piedrasCayó sobre nosotros: los clarinesY tambores cristianos atronaronEl viento, y la bandera de CastillaSe desplegó con insolente orgullo.«¡Al asalto!» gritó con voz de truenoEl Rey Abú-Abdil, con una trompaHaciendo la señal. En el instanteSe cubrieron de escalas las murallas,Y los turbantes moros blanquearonEnvueltos con los cascos de CastillaEncima de los cóncavos adarves.¡Ay! Aláh estaba allí contra nosotros,Sultana: era un león cada cristiano,Y los genios impuros del abismoPeleaban por ellos aquel día:Sus hachas y sus mazas con horribleMartilleo caían en las frentesDe los escaladores, y rodabanAl foso con estruendo los cadáveres.«Señor, dijo Aly-Athár á vuestro hijoQue rugía de saña: es necesarioRetirar nuestra gente: prevenidosEstaban, mas la tierra está tranquilaY no han hecho señal las atalayas.No tienen, pues, socorro, y con un sitioDe un solo día se darán.» OyóseTocar á recoger, y comenzamosÁ cejar. Una niebla blanquecinaTraída por un viento de OccidenteEnlutaba la atmósfera, impidiendoVer á largas distancias. Los peonesQue custodiaban el botín, mirándonosVolver, picaron las revueltas resesY comenzaron á marchar, creyendoYa abandonada nuestra empresa. AhoraDispénsame, Sultana, si el desordenDe mi dolor confunde mis palabras,Porque de mis ideas el tumultoNo las deja mejor brotar del labio.¡Ay! ¿cómo te diré lo que quisieraOlvidar para siempre?»—SofocadaAquí la voz del Árabe, tomaronUna expresión siniestra sus miradas;Sus músculos temblaron sacudidosPor interior agitación, su caraPalideció, y al fin con hondo acentoY en el dialecto gutural del África,El lento é inharmónico relatoContinuó así de la fatal jornada,Ora bajando el tono, ora elevándoleConforme la pasión que le agitaba.¡Y era espantoso de escuchar su cuento,Y espantosas de ver sus exaltadasActitudes y gestos, inspiradosPor el rencor, la afrenta y la venganza!«En medio de la niebla, como turbaDe maléficos genios, los cristianosSalieron á nosotros: no les vimosHasta que atravesados por sus flechasCayeron los Muslimes. Su caballoRevolvió el Rey al punto, y todos dimosLa cara á aquellos perros, que salíanPor detrás á mordernos. Ya en desordenLes teníamos puestos, cuando, el aireRasgando una trompeta castellana,Nos sentimos cargar por la derechaPor una tropa de jinetes: íbamosÁ volvernos allí cuando, en el monteQue á nuestra izquierda se elevaba, oímosUn clarín italiano, y cada encinaBrotó un cristiano caballero. Entonces,Con tan distintas señas confundido,Dijo Aly-Athár al Rey: «Esa trompeta,Señor, es Italiana: el estandarteQue traen aquellos otros no le he vistoEn batalla jamás: el mundo enteroCreo que viene aquí sobre nosotros.»¡Alahuakbar! ¡Sultana, estaba escrito!Cejábamos lidiando, en la esperanzaDe unirnos á los nuestros: mas al puntoDe mirar hacia atrás, vimos que todosHuían por los montes, torpementeEl inmenso botín abandonando.«¡Volved, gritaba el Rey corriendo á ellos,Volved, desventurados, y á lo menosSabed de quién huís.» ¡Voces inútiles!Otro tambor, doblando en la angosturaPor donde huían, aumentó su miedoY dieron como ciervos espantadosÁ correr por el valle. ¡Aláh potente!Obligados á huir los que quedábamosEn rededor del Rey, le circuimosY volvimos la espalda, descendiendoHasta un angosto paso de la sierra:Un pelotón de nobles Granadinos,Caballeros leales que volvíanÁ buscar á su Rey, en él hallamosProtegiendo á los últimos peonesDe nuestro bando. El Rey volvió la caraAl llegar á la cóncava angostura,Y en un estrecho llano deteniéndoseNos dijo: «Retirémonos como hombresQue ceden á la suerte, mas no huyamosComo cobardes que la muerte temen.»Y metiendo al caballo las espuelas,Cargó sobre los perros NazarenosQue nos seguían: á ampararle todosNos lanzamos tras él, y los cristianos,Desordenados al tremendo empujeDe los caballos árabes, nos dieronTiempo para ganar las angosturasDonde en estrechas sendas imposibleLes era acometernos; y emprendimosLa peligrosa retirada á Loja.Los enemigos, pronto rehaciéndose,Entraron tras nosotros en la honduraPisándonos las huellas; cinco leguasCombatiendo y marchando recorrimosHasta el valle fatal de Algarinejo.Aquí el Genil, con las crecidas ancho,Segunda vez detuvo nuestra marcha:Nos arrojamos á vadearle y salvosNuestros caballos á sacarnos ibanNadando vigorosos, cuando vimosCon ira y con terror que, á la riberaBajando en rigurosa disciplina,Salía á recibirnos en sus lanzasOtro escuadrón cristiano, como un muroDe hierro levantado en el camino.Su jefe, el gigantesco Don AlonsoDe Aguilar, á su frente sonreíaMirándonos salir de entre las aguasCon placer infernal; yo le había vistoEn mi cautividad y le teníaBien presente. Dió el grito de ¡Santiago!Y aquel muro de hierro se nos vinoComo un témpano encima. La peleaFué horrenda. Con el agua á la cinturaLos más, mucha la ira, el suelo escaso,Vinimos á las manos arrojandoLas inútiles lanzas y acudimosÁ los alfanjes y puñales; rojasIban á poco del Genil las aguas.Yo peleaba junto al Rey: su brazoEra un rayo: sus ojos chispeabanComo carbones encendidos: sangreLe brotaban los labios, que rabiosoSe mordía, y hendiendo, atropellando,No con la voz, con el esfuerzo heroico,Nos animaba á combatir sin tregua,Para morir con honra ante su vista.Mas he aquí que un cristiano que caídoSe halló bajo de mí, tal vez creyendoQue era yo el Rey por mi caballo blanco,Le cortó los jarretes; dió un bramidoEl generoso bruto, y desplomándoseCayó sobre mi cuerpo, en torno míoUna laguna con la sangre haciendoQue sus arterias rotas derramaban.Pasaron sobre mí cien y cien vecesAmigos y enemigos, sin que fueraPosible levantarme. Entonces, Aixa,¡Aláh lo olvide! blasfemé, escupiendoAl cielo sin piedad para los Árabes:Y allí tendido, ahogado bajo el pesoDe los que sobre mí cayendo iban,Y recibiendo en mi lugar la muerte,Á quien en vano á veces invocaba,Vi caer á Aly-Athár, bajo el mandobleDe Don Alonso. Con la frente hendidaÁ un tajo de su brazo formidableCayó, más sin soltar la cimitarra,Aly-Athár en el río, y su cadáverLas turbias ondas del Genil sorbieron.¡En el Edén los justos le reciban!Los que lidiar y perecer le vieronSu muerte llorarán mientras que vivan.Con él se hundió el valor de los Muslimes;Cuarenta caballeros que lidiabanCon el Rey, le dijeron á mi ladoDefendiéndole: «Sálvate: nosotrosMoriremos por ti. » Yo vi el semblanteDe tu hijo, surcado por dos lágrimas,Volverse á aquellos fieles caballerosY lanzarse otra vez en la peleaPara morir con ellos. ¡Oh Sultana!Tu hijo es un Rey valiente que combateEn la primera fila: es un Rey nobleQue defiende á los suyos; pero temoQue sus tristes horóscopos se cumplan:Dios le abandona á su fatal estrella,Y por más que su aliento soberanoProdigios hace de valor humano,La fuerza de su sino le atropella.Persuadido por fin de que era inútilYa su obstinada resistencia, tu hijoArrojándose al agua, á su corrienteSe abandonó: mis ojos le siguieronCon indecible afán: le vi alejarse:Le vi tocar en la ribera opuesta,Vi caer su caballo moribundo,Y le vi vacilante de fatigaMeterse en un jaral: le creí salvo.Mas ¡ay! á poco junto á mí sin armasLe vi pasar, á la merced de un jefeDe quien iba cautivo. En su cimeraNo había ya una pluma, ni una hebillaQue encajara en su arnés, roto en cien partes.Lleno de sangre y de sudor el rostro,Reconocíle apenas: como un sueñoLe vi alejarse, y el pesar, la ira,La vergüenza, el cansancio, me prensaronDe angustia el corazón... pasó una nubeDe sangre ante mis ojos y, en la arenaCaer dejando la cabeza inerte,Que para verle alcé, me eché sin penaEn los brazos del ángel de la muerte.»Calló Kaleb y, el rostro con las manosCubriéndose, lloró. Torva, sombría,La Sultana clavó sus negros ojosEn el suelo, las lágrimas apenasPudiendo contener que en las pupilasSentía aglomerársela, y gran trechoSin pestañear inmóvil se mantuvo,Porque no se la huyeran de los párpados.Tragóselas al fin, y sobre el hombroPoniendo de Kaleb su mano ardiente,Dijo: «Bien. ¿Y qué más?» El Moro alzandoLa cabeza y mostrando su semblante,Que surcaban las lágrimas, repuso:«¿Qué más he de decirte? AnochecíaYa cuando en mí torné. Tendí los ojosEn rededor: cubierta la riberaEstaba de cadáveres: los buitresAguardaban la ausencia de la vidaDe algunos que aun luchaban con la muertePara cebarse en ellos, y en las breñasAullaban ya los lobos. Mi caballo,Con las postreras ansias revolcándose,Se separó de mí, y á sus esfuerzosDesesperados, de los cuerpos libreQue pesaban sobre él, me había dejadoLibre también á mí. Tendí mis miembrosEntumecidos y probé mis fuerzas.Al movimiento que hice, vi los ojosDe un Árabe tendido en mí fijarse.Era el valiente Ben-Osmín; el pechoTenía atravesado por un dardoQue no pudo sacarse, y expirabaCon el valor sereno de los héroes.Me conoció, y al verme en pie llamóme:«Toma (me dijo el infeliz), si vives»Y vuelves á Granada, da esa trenza»De sus cabellos á Jarifa, y dila»Que es mi sangre la sangre en que empapada»Se la envío, y que ya no espere verme»Sino en el Paraíso;» y alargándomeLa trenza con la mano ensangrentada,«Toma,» me dijo, y se tendió, cerrandoLos ojos para siempre. ApoderarmeLogró al fin de un caballo sin jinete,Y echando por lo espeso de la sierra,Corrí en un día lo que anduve en siete,Hasta salir de tan infausta tierra.»«¡Alahuakbar! Dios es de los destinosSeñor, exclamó Aixa. Ven mañanaAl trasponer el sol á este aposento:Temo á los inconstantes Granadinos,Y necesito meditar mi intento:Mañana le sabrás.—Adiós, Sultana.»Dijo Kaleb, y hacia la puerta un pasoDió: mas al levantar de su cortinaEl cairelado azul pérsico raso,Permaneció Kaleb sin movimiento,Cual si viera en la cámara vecinaAlguna aparición. Su macilentoRostro volviendo á él, dijo la Mora:«¿Qué es lo que tal admiración te inspira?»Kaleb, ante su vista indagadora,Descorriendo el tapiz, la dijo: «Mira.»

«No era de día aún cuando empezamosÁ salir del barranco, donde á obscurasHabíamos pasado aquella nocheEn profundo silencio. Las hilerasDe guerreros, cautivos y ganadosQue cruzaban el valle, parecíanSobre las sendas cóncavas, moviblesSerpientes gigantescas, á la escasaClaridad de los astros. Los enormesPeñascos dibujaban sobre un cieloApenas azulado los contornosDeformes de sus crestas, en las cuales,Toda la noche oímos el siniestroGraznido de los buitres, y el aullidoTemeroso del lobo, cuyos ojosVeíamos brillar entre las matas.Todos éramos hombres avezadosÁ las escenas de la guerra; peroUn no sé qué de pavoroso y tristeNos encogía el ánimo en aquellaMelancólica noche, y caminábamosEn lúgubre silencio: parecíaQue iban á desplomarse los peñascosSobre nuestras cabezas, y queríamosSalir cuanto antes del medroso valle.Dimos por fin en la llanura: el albaComenzaba á clarear y distinguimosLos almenados muros de Lucena.Con los cautivos y la presa entoncesMil peones dejando y cien jinetes,Avanzamos, creyendo sorprenderla,Sobre la villa. Abú-Abdil, seguidoDe un escuadrón de jóvenes valientesY ansiosos de renombre, se metieronÁ escape por las huertas y arrabales.Ni un sér viviente se encontraba en ellos,Ni se abrió una ventana ni una puerta.Prevenidos sus cautos moradores,Se habían encerrado en el castillo.¡Mas Aláh estaba allí!... Su faz airadaBrilló tras de los muros y, en el puntoEn que tiñó la luz el horizonte,Se cubrieron de cascos de cristianos,Y una lluvia de dardos y de piedrasCayó sobre nosotros: los clarinesY tambores cristianos atronaronEl viento, y la bandera de CastillaSe desplegó con insolente orgullo.«¡Al asalto!» gritó con voz de truenoEl Rey Abú-Abdil, con una trompaHaciendo la señal. En el instanteSe cubrieron de escalas las murallas,Y los turbantes moros blanquearonEnvueltos con los cascos de CastillaEncima de los cóncavos adarves.¡Ay! Aláh estaba allí contra nosotros,Sultana: era un león cada cristiano,Y los genios impuros del abismoPeleaban por ellos aquel día:Sus hachas y sus mazas con horribleMartilleo caían en las frentesDe los escaladores, y rodabanAl foso con estruendo los cadáveres.«Señor, dijo Aly-Athár á vuestro hijoQue rugía de saña: es necesarioRetirar nuestra gente: prevenidosEstaban, mas la tierra está tranquilaY no han hecho señal las atalayas.No tienen, pues, socorro, y con un sitioDe un solo día se darán.» OyóseTocar á recoger, y comenzamosÁ cejar. Una niebla blanquecinaTraída por un viento de OccidenteEnlutaba la atmósfera, impidiendoVer á largas distancias. Los peonesQue custodiaban el botín, mirándonosVolver, picaron las revueltas resesY comenzaron á marchar, creyendoYa abandonada nuestra empresa. AhoraDispénsame, Sultana, si el desordenDe mi dolor confunde mis palabras,Porque de mis ideas el tumultoNo las deja mejor brotar del labio.¡Ay! ¿cómo te diré lo que quisieraOlvidar para siempre?»—SofocadaAquí la voz del Árabe, tomaronUna expresión siniestra sus miradas;Sus músculos temblaron sacudidosPor interior agitación, su caraPalideció, y al fin con hondo acentoY en el dialecto gutural del África,El lento é inharmónico relatoContinuó así de la fatal jornada,Ora bajando el tono, ora elevándoleConforme la pasión que le agitaba.¡Y era espantoso de escuchar su cuento,Y espantosas de ver sus exaltadasActitudes y gestos, inspiradosPor el rencor, la afrenta y la venganza!«En medio de la niebla, como turbaDe maléficos genios, los cristianosSalieron á nosotros: no les vimosHasta que atravesados por sus flechasCayeron los Muslimes. Su caballoRevolvió el Rey al punto, y todos dimosLa cara á aquellos perros, que salíanPor detrás á mordernos. Ya en desordenLes teníamos puestos, cuando, el aireRasgando una trompeta castellana,Nos sentimos cargar por la derechaPor una tropa de jinetes: íbamosÁ volvernos allí cuando, en el monteQue á nuestra izquierda se elevaba, oímosUn clarín italiano, y cada encinaBrotó un cristiano caballero. Entonces,Con tan distintas señas confundido,Dijo Aly-Athár al Rey: «Esa trompeta,Señor, es Italiana: el estandarteQue traen aquellos otros no le he vistoEn batalla jamás: el mundo enteroCreo que viene aquí sobre nosotros.»¡Alahuakbar! ¡Sultana, estaba escrito!Cejábamos lidiando, en la esperanzaDe unirnos á los nuestros: mas al puntoDe mirar hacia atrás, vimos que todosHuían por los montes, torpementeEl inmenso botín abandonando.«¡Volved, gritaba el Rey corriendo á ellos,Volved, desventurados, y á lo menosSabed de quién huís.» ¡Voces inútiles!Otro tambor, doblando en la angosturaPor donde huían, aumentó su miedoY dieron como ciervos espantadosÁ correr por el valle. ¡Aláh potente!Obligados á huir los que quedábamosEn rededor del Rey, le circuimosY volvimos la espalda, descendiendoHasta un angosto paso de la sierra:Un pelotón de nobles Granadinos,Caballeros leales que volvíanÁ buscar á su Rey, en él hallamosProtegiendo á los últimos peonesDe nuestro bando. El Rey volvió la caraAl llegar á la cóncava angostura,Y en un estrecho llano deteniéndoseNos dijo: «Retirémonos como hombresQue ceden á la suerte, mas no huyamosComo cobardes que la muerte temen.»Y metiendo al caballo las espuelas,Cargó sobre los perros NazarenosQue nos seguían: á ampararle todosNos lanzamos tras él, y los cristianos,Desordenados al tremendo empujeDe los caballos árabes, nos dieronTiempo para ganar las angosturasDonde en estrechas sendas imposibleLes era acometernos; y emprendimosLa peligrosa retirada á Loja.Los enemigos, pronto rehaciéndose,Entraron tras nosotros en la honduraPisándonos las huellas; cinco leguasCombatiendo y marchando recorrimosHasta el valle fatal de Algarinejo.Aquí el Genil, con las crecidas ancho,Segunda vez detuvo nuestra marcha:Nos arrojamos á vadearle y salvosNuestros caballos á sacarnos ibanNadando vigorosos, cuando vimosCon ira y con terror que, á la riberaBajando en rigurosa disciplina,Salía á recibirnos en sus lanzasOtro escuadrón cristiano, como un muroDe hierro levantado en el camino.Su jefe, el gigantesco Don AlonsoDe Aguilar, á su frente sonreíaMirándonos salir de entre las aguasCon placer infernal; yo le había vistoEn mi cautividad y le teníaBien presente. Dió el grito de ¡Santiago!Y aquel muro de hierro se nos vinoComo un témpano encima. La peleaFué horrenda. Con el agua á la cinturaLos más, mucha la ira, el suelo escaso,Vinimos á las manos arrojandoLas inútiles lanzas y acudimosÁ los alfanjes y puñales; rojasIban á poco del Genil las aguas.Yo peleaba junto al Rey: su brazoEra un rayo: sus ojos chispeabanComo carbones encendidos: sangreLe brotaban los labios, que rabiosoSe mordía, y hendiendo, atropellando,No con la voz, con el esfuerzo heroico,Nos animaba á combatir sin tregua,Para morir con honra ante su vista.Mas he aquí que un cristiano que caídoSe halló bajo de mí, tal vez creyendoQue era yo el Rey por mi caballo blanco,Le cortó los jarretes; dió un bramidoEl generoso bruto, y desplomándoseCayó sobre mi cuerpo, en torno míoUna laguna con la sangre haciendoQue sus arterias rotas derramaban.Pasaron sobre mí cien y cien vecesAmigos y enemigos, sin que fueraPosible levantarme. Entonces, Aixa,¡Aláh lo olvide! blasfemé, escupiendoAl cielo sin piedad para los Árabes:Y allí tendido, ahogado bajo el pesoDe los que sobre mí cayendo iban,Y recibiendo en mi lugar la muerte,Á quien en vano á veces invocaba,Vi caer á Aly-Athár, bajo el mandobleDe Don Alonso. Con la frente hendidaÁ un tajo de su brazo formidableCayó, más sin soltar la cimitarra,Aly-Athár en el río, y su cadáverLas turbias ondas del Genil sorbieron.¡En el Edén los justos le reciban!Los que lidiar y perecer le vieronSu muerte llorarán mientras que vivan.Con él se hundió el valor de los Muslimes;Cuarenta caballeros que lidiabanCon el Rey, le dijeron á mi ladoDefendiéndole: «Sálvate: nosotrosMoriremos por ti. » Yo vi el semblanteDe tu hijo, surcado por dos lágrimas,Volverse á aquellos fieles caballerosY lanzarse otra vez en la peleaPara morir con ellos. ¡Oh Sultana!Tu hijo es un Rey valiente que combateEn la primera fila: es un Rey nobleQue defiende á los suyos; pero temoQue sus tristes horóscopos se cumplan:Dios le abandona á su fatal estrella,Y por más que su aliento soberanoProdigios hace de valor humano,La fuerza de su sino le atropella.Persuadido por fin de que era inútilYa su obstinada resistencia, tu hijoArrojándose al agua, á su corrienteSe abandonó: mis ojos le siguieronCon indecible afán: le vi alejarse:Le vi tocar en la ribera opuesta,Vi caer su caballo moribundo,Y le vi vacilante de fatigaMeterse en un jaral: le creí salvo.Mas ¡ay! á poco junto á mí sin armasLe vi pasar, á la merced de un jefeDe quien iba cautivo. En su cimeraNo había ya una pluma, ni una hebillaQue encajara en su arnés, roto en cien partes.Lleno de sangre y de sudor el rostro,Reconocíle apenas: como un sueñoLe vi alejarse, y el pesar, la ira,La vergüenza, el cansancio, me prensaronDe angustia el corazón... pasó una nubeDe sangre ante mis ojos y, en la arenaCaer dejando la cabeza inerte,Que para verle alcé, me eché sin penaEn los brazos del ángel de la muerte.»

«No era de día aún cuando empezamos

Á salir del barranco, donde á obscuras

Habíamos pasado aquella noche

En profundo silencio. Las hileras

De guerreros, cautivos y ganados

Que cruzaban el valle, parecían

Sobre las sendas cóncavas, movibles

Serpientes gigantescas, á la escasa

Claridad de los astros. Los enormes

Peñascos dibujaban sobre un cielo

Apenas azulado los contornos

Deformes de sus crestas, en las cuales,

Toda la noche oímos el siniestro

Graznido de los buitres, y el aullido

Temeroso del lobo, cuyos ojos

Veíamos brillar entre las matas.

Todos éramos hombres avezados

Á las escenas de la guerra; pero

Un no sé qué de pavoroso y triste

Nos encogía el ánimo en aquella

Melancólica noche, y caminábamos

En lúgubre silencio: parecía

Que iban á desplomarse los peñascos

Sobre nuestras cabezas, y queríamos

Salir cuanto antes del medroso valle.

Dimos por fin en la llanura: el alba

Comenzaba á clarear y distinguimos

Los almenados muros de Lucena.

Con los cautivos y la presa entonces

Mil peones dejando y cien jinetes,

Avanzamos, creyendo sorprenderla,

Sobre la villa. Abú-Abdil, seguido

De un escuadrón de jóvenes valientes

Y ansiosos de renombre, se metieron

Á escape por las huertas y arrabales.

Ni un sér viviente se encontraba en ellos,

Ni se abrió una ventana ni una puerta.

Prevenidos sus cautos moradores,

Se habían encerrado en el castillo.

¡Mas Aláh estaba allí!... Su faz airada

Brilló tras de los muros y, en el punto

En que tiñó la luz el horizonte,

Se cubrieron de cascos de cristianos,

Y una lluvia de dardos y de piedras

Cayó sobre nosotros: los clarines

Y tambores cristianos atronaron

El viento, y la bandera de Castilla

Se desplegó con insolente orgullo.

«¡Al asalto!» gritó con voz de trueno

El Rey Abú-Abdil, con una trompa

Haciendo la señal. En el instante

Se cubrieron de escalas las murallas,

Y los turbantes moros blanquearon

Envueltos con los cascos de Castilla

Encima de los cóncavos adarves.

¡Ay! Aláh estaba allí contra nosotros,

Sultana: era un león cada cristiano,

Y los genios impuros del abismo

Peleaban por ellos aquel día:

Sus hachas y sus mazas con horrible

Martilleo caían en las frentes

De los escaladores, y rodaban

Al foso con estruendo los cadáveres.

«Señor, dijo Aly-Athár á vuestro hijo

Que rugía de saña: es necesario

Retirar nuestra gente: prevenidos

Estaban, mas la tierra está tranquila

Y no han hecho señal las atalayas.

No tienen, pues, socorro, y con un sitio

De un solo día se darán.» Oyóse

Tocar á recoger, y comenzamos

Á cejar. Una niebla blanquecina

Traída por un viento de Occidente

Enlutaba la atmósfera, impidiendo

Ver á largas distancias. Los peones

Que custodiaban el botín, mirándonos

Volver, picaron las revueltas reses

Y comenzaron á marchar, creyendo

Ya abandonada nuestra empresa. Ahora

Dispénsame, Sultana, si el desorden

De mi dolor confunde mis palabras,

Porque de mis ideas el tumulto

No las deja mejor brotar del labio.

¡Ay! ¿cómo te diré lo que quisiera

Olvidar para siempre?»—Sofocada

Aquí la voz del Árabe, tomaron

Una expresión siniestra sus miradas;

Sus músculos temblaron sacudidos

Por interior agitación, su cara

Palideció, y al fin con hondo acento

Y en el dialecto gutural del África,

El lento é inharmónico relato

Continuó así de la fatal jornada,

Ora bajando el tono, ora elevándole

Conforme la pasión que le agitaba.

¡Y era espantoso de escuchar su cuento,

Y espantosas de ver sus exaltadas

Actitudes y gestos, inspirados

Por el rencor, la afrenta y la venganza!

«En medio de la niebla, como turba

De maléficos genios, los cristianos

Salieron á nosotros: no les vimos

Hasta que atravesados por sus flechas

Cayeron los Muslimes. Su caballo

Revolvió el Rey al punto, y todos dimos

La cara á aquellos perros, que salían

Por detrás á mordernos. Ya en desorden

Les teníamos puestos, cuando, el aire

Rasgando una trompeta castellana,

Nos sentimos cargar por la derecha

Por una tropa de jinetes: íbamos

Á volvernos allí cuando, en el monte

Que á nuestra izquierda se elevaba, oímos

Un clarín italiano, y cada encina

Brotó un cristiano caballero. Entonces,

Con tan distintas señas confundido,

Dijo Aly-Athár al Rey: «Esa trompeta,

Señor, es Italiana: el estandarte

Que traen aquellos otros no le he visto

En batalla jamás: el mundo entero

Creo que viene aquí sobre nosotros.»

¡Alahuakbar! ¡Sultana, estaba escrito!

Cejábamos lidiando, en la esperanza

De unirnos á los nuestros: mas al punto

De mirar hacia atrás, vimos que todos

Huían por los montes, torpemente

El inmenso botín abandonando.

«¡Volved, gritaba el Rey corriendo á ellos,

Volved, desventurados, y á lo menos

Sabed de quién huís.» ¡Voces inútiles!

Otro tambor, doblando en la angostura

Por donde huían, aumentó su miedo

Y dieron como ciervos espantados

Á correr por el valle. ¡Aláh potente!

Obligados á huir los que quedábamos

En rededor del Rey, le circuimos

Y volvimos la espalda, descendiendo

Hasta un angosto paso de la sierra:

Un pelotón de nobles Granadinos,

Caballeros leales que volvían

Á buscar á su Rey, en él hallamos

Protegiendo á los últimos peones

De nuestro bando. El Rey volvió la cara

Al llegar á la cóncava angostura,

Y en un estrecho llano deteniéndose

Nos dijo: «Retirémonos como hombres

Que ceden á la suerte, mas no huyamos

Como cobardes que la muerte temen.»

Y metiendo al caballo las espuelas,

Cargó sobre los perros Nazarenos

Que nos seguían: á ampararle todos

Nos lanzamos tras él, y los cristianos,

Desordenados al tremendo empuje

De los caballos árabes, nos dieron

Tiempo para ganar las angosturas

Donde en estrechas sendas imposible

Les era acometernos; y emprendimos

La peligrosa retirada á Loja.

Los enemigos, pronto rehaciéndose,

Entraron tras nosotros en la hondura

Pisándonos las huellas; cinco leguas

Combatiendo y marchando recorrimos

Hasta el valle fatal de Algarinejo.

Aquí el Genil, con las crecidas ancho,

Segunda vez detuvo nuestra marcha:

Nos arrojamos á vadearle y salvos

Nuestros caballos á sacarnos iban

Nadando vigorosos, cuando vimos

Con ira y con terror que, á la ribera

Bajando en rigurosa disciplina,

Salía á recibirnos en sus lanzas

Otro escuadrón cristiano, como un muro

De hierro levantado en el camino.

Su jefe, el gigantesco Don Alonso

De Aguilar, á su frente sonreía

Mirándonos salir de entre las aguas

Con placer infernal; yo le había visto

En mi cautividad y le tenía

Bien presente. Dió el grito de ¡Santiago!

Y aquel muro de hierro se nos vino

Como un témpano encima. La pelea

Fué horrenda. Con el agua á la cintura

Los más, mucha la ira, el suelo escaso,

Vinimos á las manos arrojando

Las inútiles lanzas y acudimos

Á los alfanjes y puñales; rojas

Iban á poco del Genil las aguas.

Yo peleaba junto al Rey: su brazo

Era un rayo: sus ojos chispeaban

Como carbones encendidos: sangre

Le brotaban los labios, que rabioso

Se mordía, y hendiendo, atropellando,

No con la voz, con el esfuerzo heroico,

Nos animaba á combatir sin tregua,

Para morir con honra ante su vista.

Mas he aquí que un cristiano que caído

Se halló bajo de mí, tal vez creyendo

Que era yo el Rey por mi caballo blanco,

Le cortó los jarretes; dió un bramido

El generoso bruto, y desplomándose

Cayó sobre mi cuerpo, en torno mío

Una laguna con la sangre haciendo

Que sus arterias rotas derramaban.

Pasaron sobre mí cien y cien veces

Amigos y enemigos, sin que fuera

Posible levantarme. Entonces, Aixa,

¡Aláh lo olvide! blasfemé, escupiendo

Al cielo sin piedad para los Árabes:

Y allí tendido, ahogado bajo el peso

De los que sobre mí cayendo iban,

Y recibiendo en mi lugar la muerte,

Á quien en vano á veces invocaba,

Vi caer á Aly-Athár, bajo el mandoble

De Don Alonso. Con la frente hendida

Á un tajo de su brazo formidable

Cayó, más sin soltar la cimitarra,

Aly-Athár en el río, y su cadáver

Las turbias ondas del Genil sorbieron.

¡En el Edén los justos le reciban!

Los que lidiar y perecer le vieron

Su muerte llorarán mientras que vivan.

Con él se hundió el valor de los Muslimes;

Cuarenta caballeros que lidiaban

Con el Rey, le dijeron á mi lado

Defendiéndole: «Sálvate: nosotros

Moriremos por ti. » Yo vi el semblante

De tu hijo, surcado por dos lágrimas,

Volverse á aquellos fieles caballeros

Y lanzarse otra vez en la pelea

Para morir con ellos. ¡Oh Sultana!

Tu hijo es un Rey valiente que combate

En la primera fila: es un Rey noble

Que defiende á los suyos; pero temo

Que sus tristes horóscopos se cumplan:

Dios le abandona á su fatal estrella,

Y por más que su aliento soberano

Prodigios hace de valor humano,

La fuerza de su sino le atropella.

Persuadido por fin de que era inútil

Ya su obstinada resistencia, tu hijo

Arrojándose al agua, á su corriente

Se abandonó: mis ojos le siguieron

Con indecible afán: le vi alejarse:

Le vi tocar en la ribera opuesta,

Vi caer su caballo moribundo,

Y le vi vacilante de fatiga

Meterse en un jaral: le creí salvo.

Mas ¡ay! á poco junto á mí sin armas

Le vi pasar, á la merced de un jefe

De quien iba cautivo. En su cimera

No había ya una pluma, ni una hebilla

Que encajara en su arnés, roto en cien partes.

Lleno de sangre y de sudor el rostro,

Reconocíle apenas: como un sueño

Le vi alejarse, y el pesar, la ira,

La vergüenza, el cansancio, me prensaron

De angustia el corazón... pasó una nube

De sangre ante mis ojos y, en la arena

Caer dejando la cabeza inerte,

Que para verle alcé, me eché sin pena

En los brazos del ángel de la muerte.»

Calló Kaleb y, el rostro con las manosCubriéndose, lloró. Torva, sombría,La Sultana clavó sus negros ojosEn el suelo, las lágrimas apenasPudiendo contener que en las pupilasSentía aglomerársela, y gran trechoSin pestañear inmóvil se mantuvo,Porque no se la huyeran de los párpados.Tragóselas al fin, y sobre el hombroPoniendo de Kaleb su mano ardiente,Dijo: «Bien. ¿Y qué más?» El Moro alzandoLa cabeza y mostrando su semblante,Que surcaban las lágrimas, repuso:«¿Qué más he de decirte? AnochecíaYa cuando en mí torné. Tendí los ojosEn rededor: cubierta la riberaEstaba de cadáveres: los buitresAguardaban la ausencia de la vidaDe algunos que aun luchaban con la muertePara cebarse en ellos, y en las breñasAullaban ya los lobos. Mi caballo,Con las postreras ansias revolcándose,Se separó de mí, y á sus esfuerzosDesesperados, de los cuerpos libreQue pesaban sobre él, me había dejadoLibre también á mí. Tendí mis miembrosEntumecidos y probé mis fuerzas.Al movimiento que hice, vi los ojosDe un Árabe tendido en mí fijarse.Era el valiente Ben-Osmín; el pechoTenía atravesado por un dardoQue no pudo sacarse, y expirabaCon el valor sereno de los héroes.Me conoció, y al verme en pie llamóme:«Toma (me dijo el infeliz), si vives»Y vuelves á Granada, da esa trenza»De sus cabellos á Jarifa, y dila»Que es mi sangre la sangre en que empapada»Se la envío, y que ya no espere verme»Sino en el Paraíso;» y alargándomeLa trenza con la mano ensangrentada,«Toma,» me dijo, y se tendió, cerrandoLos ojos para siempre. ApoderarmeLogró al fin de un caballo sin jinete,Y echando por lo espeso de la sierra,Corrí en un día lo que anduve en siete,Hasta salir de tan infausta tierra.»

Calló Kaleb y, el rostro con las manos

Cubriéndose, lloró. Torva, sombría,

La Sultana clavó sus negros ojos

En el suelo, las lágrimas apenas

Pudiendo contener que en las pupilas

Sentía aglomerársela, y gran trecho

Sin pestañear inmóvil se mantuvo,

Porque no se la huyeran de los párpados.

Tragóselas al fin, y sobre el hombro

Poniendo de Kaleb su mano ardiente,

Dijo: «Bien. ¿Y qué más?» El Moro alzando

La cabeza y mostrando su semblante,

Que surcaban las lágrimas, repuso:

«¿Qué más he de decirte? Anochecía

Ya cuando en mí torné. Tendí los ojos

En rededor: cubierta la ribera

Estaba de cadáveres: los buitres

Aguardaban la ausencia de la vida

De algunos que aun luchaban con la muerte

Para cebarse en ellos, y en las breñas

Aullaban ya los lobos. Mi caballo,

Con las postreras ansias revolcándose,

Se separó de mí, y á sus esfuerzos

Desesperados, de los cuerpos libre

Que pesaban sobre él, me había dejado

Libre también á mí. Tendí mis miembros

Entumecidos y probé mis fuerzas.

Al movimiento que hice, vi los ojos

De un Árabe tendido en mí fijarse.

Era el valiente Ben-Osmín; el pecho

Tenía atravesado por un dardo

Que no pudo sacarse, y expiraba

Con el valor sereno de los héroes.

Me conoció, y al verme en pie llamóme:

«Toma (me dijo el infeliz), si vives

»Y vuelves á Granada, da esa trenza

»De sus cabellos á Jarifa, y dila

»Que es mi sangre la sangre en que empapada

»Se la envío, y que ya no espere verme

»Sino en el Paraíso;» y alargándome

La trenza con la mano ensangrentada,

«Toma,» me dijo, y se tendió, cerrando

Los ojos para siempre. Apoderarme

Logró al fin de un caballo sin jinete,

Y echando por lo espeso de la sierra,

Corrí en un día lo que anduve en siete,

Hasta salir de tan infausta tierra.»

«¡Alahuakbar! Dios es de los destinosSeñor, exclamó Aixa. Ven mañanaAl trasponer el sol á este aposento:Temo á los inconstantes Granadinos,Y necesito meditar mi intento:Mañana le sabrás.—Adiós, Sultana.»Dijo Kaleb, y hacia la puerta un pasoDió: mas al levantar de su cortinaEl cairelado azul pérsico raso,Permaneció Kaleb sin movimiento,Cual si viera en la cámara vecinaAlguna aparición. Su macilentoRostro volviendo á él, dijo la Mora:«¿Qué es lo que tal admiración te inspira?»Kaleb, ante su vista indagadora,Descorriendo el tapiz, la dijo: «Mira.»

«¡Alahuakbar! Dios es de los destinos

Señor, exclamó Aixa. Ven mañana

Al trasponer el sol á este aposento:

Temo á los inconstantes Granadinos,

Y necesito meditar mi intento:

Mañana le sabrás.—Adiós, Sultana.»

Dijo Kaleb, y hacia la puerta un paso

Dió: mas al levantar de su cortina

El cairelado azul pérsico raso,

Permaneció Kaleb sin movimiento,

Cual si viera en la cámara vecina

Alguna aparición. Su macilento

Rostro volviendo á él, dijo la Mora:

«¿Qué es lo que tal admiración te inspira?»

Kaleb, ante su vista indagadora,

Descorriendo el tapiz, la dijo: «Mira.»


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