Chapter 6

III

Era la hora en que expirando el día,Con la sombra al luchar breves momentos,Entre la luz crepuscular envíaAl corazón mortal presentimientosFunestos: esa hora misteriosaQue al hombre pensador melancolíaInfunde; al criminal remordimientos.Y al poeta solemne, religiosaInspiración y santa poesía;Era la hora, en fin, de las historiasTristes y de las lúgubres memorias.Tendido en los bordados almohadonesDel rico camarín de Lindaraja,Cediendo á las sombrías impresionesDe la luz del crepúsculo, que en vanoPor repeler su corazón trabaja,Á solas con sus negras reflexionesYacía de Granada el soberano.La sombra, más espesa á cada instante,Su manto de tinieblas desplegandoPor la arabesca estancia, condensandoIba su obscuridad, y vacilanteLa postrimera claridad del díaAl pintado cristal de las ventanasTrémula se asomaba, y confundíaCada momento más las africanasLabores de oro que el cristal tenía.Los plegados tapices de las puertas,Los jarrones magníficos de flores,Todos los muebles que la estancia ornaban,Con extraña ilusión, formas inciertasMovimiento y fantásticos coloresÁ tomar en la sombra comenzaban;Y empezaba á girar en el vacíoRecinto opaco de la estancia obscuraEse turbión fascinador y umbríoDe objetos sin color, forma ni nombre,Que en la superstición ó la pavuraHacen en las tinieblas ver al hombre.El rumor de los árboles vecinosY de las fuentes del jardín, los trinosDe las aves en ellos anidadas,Y los lejanos sones campesinosQue en revoltoso vuelo descarriadasAllí traían las nocturnas brisas,De la cóncava bóveda los huecos,Los arcos, las acústicas cornisasPoblaban con las voces exhaladasPor misteriosos y fugaces ecos.Por su impresión fatídica evocados,En su febril meditación sentíaMuley, que en sombra y soledad yacía,Tumultuoso tropel de ya olvidadosRecuerdos asaltar su fantasía,Donde por siempre los creyó enterrados.¡Vaporosos recuerdos aflictivos,Irritados espectros vengativos,Que en luengos años por la vez primeraVeía con pesar que aun eran vivos,Acíbar para ser de su postreraEdad y de su suerte venidera!Recordaba las penas ignoradasQue turbaron los últimos momentosDe su padre Ismael, ocasionadasPor las locas empresas empeñadasPor su fogosa juventud: los cuentosY pronósticos tristes propagadosAl nacer Abdilá, de cuya madreLos numerosos deudos, apartadosDe su corte, tal vez en la montañaEn bien del hijo y para mal del padreAcopio hacían de razón y saña.Recordaba á Abdilá que, cuando niño,Hermoso como un ángel, le tendíaSus tiernos brazos, con filial cariñoSu dulce abrazo paternal pidiendo,Y que él con esquivez le repelíaEn su fatal horóscopo creyendo;Y el niño, su esquivez no comprendiendo,Cobrándole temor de día en día,Concluyó por llenar su sino horrendoY hoy su rencor nefasto le volvía.¿Y quién sabe si, más que de su sino,Efecto fué del paternal enconoEl odio de Boabdil al GranadinoRey? ¿Y quién sabe si el fatal destinoQue pesa sobre el Príncipe, es acasoNo más que el odio de Muley que al trono,Fanático ó feroz, le cierra el paso?Aún no se le ha borrado de la menteÁ Muley el amor sincero, ardiente,De Aixa, su legítima sultana,Altanera como él, como él prudente,Venerada como él entre la gentePor su pura real sangre africana:Y aún se le acuerda el popular disgustoCon que vió el Moro su desdén injustoPor ella y su pasión por la cristiana.¿Y quién sabe si el astro que presideÁ los destinos de su raza y vierteEn ella su fatídica influencia,Triste fanal de asolación y muerte,De destrucción y deshonor sentencia,Que con odios sacrílegos divideDe padres y de hijos la existencia,No es más que la influencia derramadaPor su feroz política? ¿Quién sabeSi este arcano de sangre y de rencores,No tiene otro secreto ni otra llaveQue del Rey los políticos errores,Que han dado luz ¡en hora bien menguada!Á la estrella fatal de sus amores?Por la primera vez lo advierte acasoY se espanta Muley, con ansia viendoImposible hacia atrás volver el paso,Por la primera vez rugir oyendoLa tempestad del porvenir horrendo.Acordósele el torvo y silenciosoAspecto de la plebe, cuando entrabaAquella misma tarde victoriosoPor las puertas de Elvira, ante la esclavaMuchedumbre de Zahara: y penetrandoSu vista el horizonte nebuloso,Comprendió que á su vez el AfricanoRehusaba, como él supersticioso,Besar servil su ensangrentada mano.Comprendió que las lívidas cabezasDe Saavedra y sus nobles Zahareños,No fueron para el pueblo de proezasTestimonios sin par, sino visionesQue empañaron del triunfo las grandezas:Fueron, en fin, proféticos ensueñosQue trocaron para él los corazones.Y al fin el Moro comprendió, con pasmoMortal y con hondísima congoja,Que aquella multitud, cuyo entusiasmoSe extinguió ante su faz de sangre roja,Y tornó sus miradas compasivaÁ la cristiana multitud cautiva,No vió sobre el laurel de la victoriaEl reflejo del astro de la gloria,Sino el reflejo torvo y fugitivoDe la hoja de alfanje vengativo.Comprendió que, en su ausencia, entre la plebeGermen de rebelión vertido habíaLa callada traición con soplo aleve:Y, si hasta entonces escondido y leve,Cuanto más encubierto más seguro,Vió que el volcán de la discordia hervíaDe su regia ciudad dentro del muro.Por la primera vez de su existenciaTembló mirando al tenebroso abismoDe la pasada edad: de su concienciaEl primer grito oyó, y, al fatalismoSometido de la árabe creencia,Cuando á solas se vió consigo mismo,Vió su regio poder en la agoníaY que el rostro la suerte le volvía.Rota la tregua con el Rey cristiano,La plebe á la revuelta provocada,Comprendió, aunque muy tarde, el AfricanoQue estaba su política burlada,Falseado su poder de soberano;Y, su crueldad despótica exaltada,Trocándose de bárbaro en villano,Del generoso Rey soltó la espadaY se armó del puñal del Rey tirano.«Mueran, dijo: sería empresa vana»Cejar un paso ya: ciña en redondo»De mi trono los pies lago sin fondo»De sangre mixta mora y castellana.»Mueran cuantos me busquen enemigo»Y que avance el pendón de los cristianos:»Los Árabes ante él se harán hermanos»Y á la muerte ó al triunfo irán conmigo.»Si no quiere Granada ser vasalla»Respetuosa, intentando á cotos fijos»Reducir mi querer: si bien no se halla»Con mi amor á Zoraya y á sus hijos»Y quiere de mi ley saltar la valla,»Bajo la cimitarra vengadora,»Nueva estirpe real, nueva señora»Recibirá temblando la canalla.»Dijo, y abandonando los cojinesEnderezó sus pasos á la puerta,Que daba del salón á los jardinesDel patio de Leones; pero yertaSintió al umbral la planta y erizadoEl cabello el Rey moro cuando, abiertaAl tenerla, miró del otro ladoAvanzar por la estrecha galeríaHorrenda aparición que hacia él venía.Pálida, lacrimosa, descompuesta,La vaporosa imagen de un Rey moroEra en su forma la visión funesta.Su sien ceñía la corona de oroY en sus hombros traía el regio manto:Arrastrábale empero sin decoroY con sus orlas enjugaba el llanto.Vaga aureola de azulada lumbreRadiaban los contornos transparentesDel fantasma real, y ayes dolientesDe mortal profundísima agoníaMostraban la angustiosa pesadumbreDel fatídico sér que así gemía.Enclavados los pies al pavimentoY sostenido en el pilar apenas,Parado el corazón, roto el aliento,Sintió Muley paralizar sus venasEl hielo del terror. Quiso un momentoHuir de la visión que así le espanta,Mas sus miembros halló sin movimiento;Quiso gritar, mas muda su gargantaNo acertó á producir ni aun un lamento.Poco á poco hacia él adelantandoPor la obscura y angosta galería,Tristísimos suspiros exhalando,La aparición en tanto se venía;Paralizado en el umbral estrechoEl Moro y avanzando hacia adelanteLa aparición, se hallaron un instanteEl fantasma y Hasán pecho con pecho.Soplo glacial, emanación heladaDel pecho de aquel sér, penetró agudoEn el pecho de Hasán como una espada:Y á su impresión, que soportar no pudo,De pavura y dolor lanzó un gemido.Entonces, acercándose á su oído,Dijo aquella visión desconsoladaCon tristísimo acento dolorido:«¡Escrito estaba! La postrera hora»Llegó para la gente desdichada»De mi gentil ciudad habitadora.»¡Ay de la gloria de la gente Mora!»¡Ay de los de Nazar! ¡Ay de Granada!»Dijo la aparición y, suspirando,El corredor tomó que al huerto guía,Y el Rey hasta el balcón fuese arrastrando,Tendiendo una mirada de agoníaSobre el jardín.—Por él atravesandoVió que la lenta aparición seguía:Mas á través del murallón macizoSumida entre las piedras se deshizo.El alma de Muley, amedrentada,Abandonó un instante sus sentidos,Derribando su cuerpo en la bordadaAlfombra del balcón: mas sus oídosZumbaban con la voz de la angustiadaVisión, que repetía entre gemidos:«¡Ay de los de Nazar! ¡Ay de Granada!»Sus densas sombras espesado habíaLenta la noche y silenciosa en tanto,Y cobijada la ciudad yacíaBajo los pliegues de su negro manto.

Era la hora en que expirando el día,Con la sombra al luchar breves momentos,Entre la luz crepuscular envíaAl corazón mortal presentimientosFunestos: esa hora misteriosaQue al hombre pensador melancolíaInfunde; al criminal remordimientos.Y al poeta solemne, religiosaInspiración y santa poesía;Era la hora, en fin, de las historiasTristes y de las lúgubres memorias.Tendido en los bordados almohadonesDel rico camarín de Lindaraja,Cediendo á las sombrías impresionesDe la luz del crepúsculo, que en vanoPor repeler su corazón trabaja,Á solas con sus negras reflexionesYacía de Granada el soberano.La sombra, más espesa á cada instante,Su manto de tinieblas desplegandoPor la arabesca estancia, condensandoIba su obscuridad, y vacilanteLa postrimera claridad del díaAl pintado cristal de las ventanasTrémula se asomaba, y confundíaCada momento más las africanasLabores de oro que el cristal tenía.Los plegados tapices de las puertas,Los jarrones magníficos de flores,Todos los muebles que la estancia ornaban,Con extraña ilusión, formas inciertasMovimiento y fantásticos coloresÁ tomar en la sombra comenzaban;Y empezaba á girar en el vacíoRecinto opaco de la estancia obscuraEse turbión fascinador y umbríoDe objetos sin color, forma ni nombre,Que en la superstición ó la pavuraHacen en las tinieblas ver al hombre.El rumor de los árboles vecinosY de las fuentes del jardín, los trinosDe las aves en ellos anidadas,Y los lejanos sones campesinosQue en revoltoso vuelo descarriadasAllí traían las nocturnas brisas,De la cóncava bóveda los huecos,Los arcos, las acústicas cornisasPoblaban con las voces exhaladasPor misteriosos y fugaces ecos.Por su impresión fatídica evocados,En su febril meditación sentíaMuley, que en sombra y soledad yacía,Tumultuoso tropel de ya olvidadosRecuerdos asaltar su fantasía,Donde por siempre los creyó enterrados.¡Vaporosos recuerdos aflictivos,Irritados espectros vengativos,Que en luengos años por la vez primeraVeía con pesar que aun eran vivos,Acíbar para ser de su postreraEdad y de su suerte venidera!Recordaba las penas ignoradasQue turbaron los últimos momentosDe su padre Ismael, ocasionadasPor las locas empresas empeñadasPor su fogosa juventud: los cuentosY pronósticos tristes propagadosAl nacer Abdilá, de cuya madreLos numerosos deudos, apartadosDe su corte, tal vez en la montañaEn bien del hijo y para mal del padreAcopio hacían de razón y saña.Recordaba á Abdilá que, cuando niño,Hermoso como un ángel, le tendíaSus tiernos brazos, con filial cariñoSu dulce abrazo paternal pidiendo,Y que él con esquivez le repelíaEn su fatal horóscopo creyendo;Y el niño, su esquivez no comprendiendo,Cobrándole temor de día en día,Concluyó por llenar su sino horrendoY hoy su rencor nefasto le volvía.¿Y quién sabe si, más que de su sino,Efecto fué del paternal enconoEl odio de Boabdil al GranadinoRey? ¿Y quién sabe si el fatal destinoQue pesa sobre el Príncipe, es acasoNo más que el odio de Muley que al trono,Fanático ó feroz, le cierra el paso?Aún no se le ha borrado de la menteÁ Muley el amor sincero, ardiente,De Aixa, su legítima sultana,Altanera como él, como él prudente,Venerada como él entre la gentePor su pura real sangre africana:Y aún se le acuerda el popular disgustoCon que vió el Moro su desdén injustoPor ella y su pasión por la cristiana.¿Y quién sabe si el astro que presideÁ los destinos de su raza y vierteEn ella su fatídica influencia,Triste fanal de asolación y muerte,De destrucción y deshonor sentencia,Que con odios sacrílegos divideDe padres y de hijos la existencia,No es más que la influencia derramadaPor su feroz política? ¿Quién sabeSi este arcano de sangre y de rencores,No tiene otro secreto ni otra llaveQue del Rey los políticos errores,Que han dado luz ¡en hora bien menguada!Á la estrella fatal de sus amores?Por la primera vez lo advierte acasoY se espanta Muley, con ansia viendoImposible hacia atrás volver el paso,Por la primera vez rugir oyendoLa tempestad del porvenir horrendo.Acordósele el torvo y silenciosoAspecto de la plebe, cuando entrabaAquella misma tarde victoriosoPor las puertas de Elvira, ante la esclavaMuchedumbre de Zahara: y penetrandoSu vista el horizonte nebuloso,Comprendió que á su vez el AfricanoRehusaba, como él supersticioso,Besar servil su ensangrentada mano.Comprendió que las lívidas cabezasDe Saavedra y sus nobles Zahareños,No fueron para el pueblo de proezasTestimonios sin par, sino visionesQue empañaron del triunfo las grandezas:Fueron, en fin, proféticos ensueñosQue trocaron para él los corazones.Y al fin el Moro comprendió, con pasmoMortal y con hondísima congoja,Que aquella multitud, cuyo entusiasmoSe extinguió ante su faz de sangre roja,Y tornó sus miradas compasivaÁ la cristiana multitud cautiva,No vió sobre el laurel de la victoriaEl reflejo del astro de la gloria,Sino el reflejo torvo y fugitivoDe la hoja de alfanje vengativo.Comprendió que, en su ausencia, entre la plebeGermen de rebelión vertido habíaLa callada traición con soplo aleve:Y, si hasta entonces escondido y leve,Cuanto más encubierto más seguro,Vió que el volcán de la discordia hervíaDe su regia ciudad dentro del muro.Por la primera vez de su existenciaTembló mirando al tenebroso abismoDe la pasada edad: de su concienciaEl primer grito oyó, y, al fatalismoSometido de la árabe creencia,Cuando á solas se vió consigo mismo,Vió su regio poder en la agoníaY que el rostro la suerte le volvía.Rota la tregua con el Rey cristiano,La plebe á la revuelta provocada,Comprendió, aunque muy tarde, el AfricanoQue estaba su política burlada,Falseado su poder de soberano;Y, su crueldad despótica exaltada,Trocándose de bárbaro en villano,Del generoso Rey soltó la espadaY se armó del puñal del Rey tirano.«Mueran, dijo: sería empresa vana»Cejar un paso ya: ciña en redondo»De mi trono los pies lago sin fondo»De sangre mixta mora y castellana.»Mueran cuantos me busquen enemigo»Y que avance el pendón de los cristianos:»Los Árabes ante él se harán hermanos»Y á la muerte ó al triunfo irán conmigo.»Si no quiere Granada ser vasalla»Respetuosa, intentando á cotos fijos»Reducir mi querer: si bien no se halla»Con mi amor á Zoraya y á sus hijos»Y quiere de mi ley saltar la valla,»Bajo la cimitarra vengadora,»Nueva estirpe real, nueva señora»Recibirá temblando la canalla.»Dijo, y abandonando los cojinesEnderezó sus pasos á la puerta,Que daba del salón á los jardinesDel patio de Leones; pero yertaSintió al umbral la planta y erizadoEl cabello el Rey moro cuando, abiertaAl tenerla, miró del otro ladoAvanzar por la estrecha galeríaHorrenda aparición que hacia él venía.Pálida, lacrimosa, descompuesta,La vaporosa imagen de un Rey moroEra en su forma la visión funesta.Su sien ceñía la corona de oroY en sus hombros traía el regio manto:Arrastrábale empero sin decoroY con sus orlas enjugaba el llanto.Vaga aureola de azulada lumbreRadiaban los contornos transparentesDel fantasma real, y ayes dolientesDe mortal profundísima agoníaMostraban la angustiosa pesadumbreDel fatídico sér que así gemía.Enclavados los pies al pavimentoY sostenido en el pilar apenas,Parado el corazón, roto el aliento,Sintió Muley paralizar sus venasEl hielo del terror. Quiso un momentoHuir de la visión que así le espanta,Mas sus miembros halló sin movimiento;Quiso gritar, mas muda su gargantaNo acertó á producir ni aun un lamento.Poco á poco hacia él adelantandoPor la obscura y angosta galería,Tristísimos suspiros exhalando,La aparición en tanto se venía;Paralizado en el umbral estrechoEl Moro y avanzando hacia adelanteLa aparición, se hallaron un instanteEl fantasma y Hasán pecho con pecho.Soplo glacial, emanación heladaDel pecho de aquel sér, penetró agudoEn el pecho de Hasán como una espada:Y á su impresión, que soportar no pudo,De pavura y dolor lanzó un gemido.Entonces, acercándose á su oído,Dijo aquella visión desconsoladaCon tristísimo acento dolorido:«¡Escrito estaba! La postrera hora»Llegó para la gente desdichada»De mi gentil ciudad habitadora.»¡Ay de la gloria de la gente Mora!»¡Ay de los de Nazar! ¡Ay de Granada!»Dijo la aparición y, suspirando,El corredor tomó que al huerto guía,Y el Rey hasta el balcón fuese arrastrando,Tendiendo una mirada de agoníaSobre el jardín.—Por él atravesandoVió que la lenta aparición seguía:Mas á través del murallón macizoSumida entre las piedras se deshizo.El alma de Muley, amedrentada,Abandonó un instante sus sentidos,Derribando su cuerpo en la bordadaAlfombra del balcón: mas sus oídosZumbaban con la voz de la angustiadaVisión, que repetía entre gemidos:«¡Ay de los de Nazar! ¡Ay de Granada!»Sus densas sombras espesado habíaLenta la noche y silenciosa en tanto,Y cobijada la ciudad yacíaBajo los pliegues de su negro manto.

Era la hora en que expirando el día,Con la sombra al luchar breves momentos,Entre la luz crepuscular envíaAl corazón mortal presentimientosFunestos: esa hora misteriosaQue al hombre pensador melancolíaInfunde; al criminal remordimientos.Y al poeta solemne, religiosaInspiración y santa poesía;Era la hora, en fin, de las historiasTristes y de las lúgubres memorias.

Era la hora en que expirando el día,

Con la sombra al luchar breves momentos,

Entre la luz crepuscular envía

Al corazón mortal presentimientos

Funestos: esa hora misteriosa

Que al hombre pensador melancolía

Infunde; al criminal remordimientos.

Y al poeta solemne, religiosa

Inspiración y santa poesía;

Era la hora, en fin, de las historias

Tristes y de las lúgubres memorias.

Tendido en los bordados almohadonesDel rico camarín de Lindaraja,Cediendo á las sombrías impresionesDe la luz del crepúsculo, que en vanoPor repeler su corazón trabaja,Á solas con sus negras reflexionesYacía de Granada el soberano.La sombra, más espesa á cada instante,Su manto de tinieblas desplegandoPor la arabesca estancia, condensandoIba su obscuridad, y vacilanteLa postrimera claridad del díaAl pintado cristal de las ventanasTrémula se asomaba, y confundíaCada momento más las africanasLabores de oro que el cristal tenía.Los plegados tapices de las puertas,Los jarrones magníficos de flores,Todos los muebles que la estancia ornaban,Con extraña ilusión, formas inciertasMovimiento y fantásticos coloresÁ tomar en la sombra comenzaban;Y empezaba á girar en el vacíoRecinto opaco de la estancia obscuraEse turbión fascinador y umbríoDe objetos sin color, forma ni nombre,Que en la superstición ó la pavuraHacen en las tinieblas ver al hombre.

Tendido en los bordados almohadones

Del rico camarín de Lindaraja,

Cediendo á las sombrías impresiones

De la luz del crepúsculo, que en vano

Por repeler su corazón trabaja,

Á solas con sus negras reflexiones

Yacía de Granada el soberano.

La sombra, más espesa á cada instante,

Su manto de tinieblas desplegando

Por la arabesca estancia, condensando

Iba su obscuridad, y vacilante

La postrimera claridad del día

Al pintado cristal de las ventanas

Trémula se asomaba, y confundía

Cada momento más las africanas

Labores de oro que el cristal tenía.

Los plegados tapices de las puertas,

Los jarrones magníficos de flores,

Todos los muebles que la estancia ornaban,

Con extraña ilusión, formas inciertas

Movimiento y fantásticos colores

Á tomar en la sombra comenzaban;

Y empezaba á girar en el vacío

Recinto opaco de la estancia obscura

Ese turbión fascinador y umbrío

De objetos sin color, forma ni nombre,

Que en la superstición ó la pavura

Hacen en las tinieblas ver al hombre.

El rumor de los árboles vecinosY de las fuentes del jardín, los trinosDe las aves en ellos anidadas,Y los lejanos sones campesinosQue en revoltoso vuelo descarriadasAllí traían las nocturnas brisas,De la cóncava bóveda los huecos,Los arcos, las acústicas cornisasPoblaban con las voces exhaladasPor misteriosos y fugaces ecos.Por su impresión fatídica evocados,En su febril meditación sentíaMuley, que en sombra y soledad yacía,Tumultuoso tropel de ya olvidadosRecuerdos asaltar su fantasía,Donde por siempre los creyó enterrados.¡Vaporosos recuerdos aflictivos,Irritados espectros vengativos,Que en luengos años por la vez primeraVeía con pesar que aun eran vivos,Acíbar para ser de su postreraEdad y de su suerte venidera!Recordaba las penas ignoradasQue turbaron los últimos momentosDe su padre Ismael, ocasionadasPor las locas empresas empeñadasPor su fogosa juventud: los cuentosY pronósticos tristes propagadosAl nacer Abdilá, de cuya madreLos numerosos deudos, apartadosDe su corte, tal vez en la montañaEn bien del hijo y para mal del padreAcopio hacían de razón y saña.Recordaba á Abdilá que, cuando niño,Hermoso como un ángel, le tendíaSus tiernos brazos, con filial cariñoSu dulce abrazo paternal pidiendo,Y que él con esquivez le repelíaEn su fatal horóscopo creyendo;Y el niño, su esquivez no comprendiendo,Cobrándole temor de día en día,Concluyó por llenar su sino horrendoY hoy su rencor nefasto le volvía.¿Y quién sabe si, más que de su sino,Efecto fué del paternal enconoEl odio de Boabdil al GranadinoRey? ¿Y quién sabe si el fatal destinoQue pesa sobre el Príncipe, es acasoNo más que el odio de Muley que al trono,Fanático ó feroz, le cierra el paso?

El rumor de los árboles vecinos

Y de las fuentes del jardín, los trinos

De las aves en ellos anidadas,

Y los lejanos sones campesinos

Que en revoltoso vuelo descarriadas

Allí traían las nocturnas brisas,

De la cóncava bóveda los huecos,

Los arcos, las acústicas cornisas

Poblaban con las voces exhaladas

Por misteriosos y fugaces ecos.

Por su impresión fatídica evocados,

En su febril meditación sentía

Muley, que en sombra y soledad yacía,

Tumultuoso tropel de ya olvidados

Recuerdos asaltar su fantasía,

Donde por siempre los creyó enterrados.

¡Vaporosos recuerdos aflictivos,

Irritados espectros vengativos,

Que en luengos años por la vez primera

Veía con pesar que aun eran vivos,

Acíbar para ser de su postrera

Edad y de su suerte venidera!

Recordaba las penas ignoradas

Que turbaron los últimos momentos

De su padre Ismael, ocasionadas

Por las locas empresas empeñadas

Por su fogosa juventud: los cuentos

Y pronósticos tristes propagados

Al nacer Abdilá, de cuya madre

Los numerosos deudos, apartados

De su corte, tal vez en la montaña

En bien del hijo y para mal del padre

Acopio hacían de razón y saña.

Recordaba á Abdilá que, cuando niño,

Hermoso como un ángel, le tendía

Sus tiernos brazos, con filial cariño

Su dulce abrazo paternal pidiendo,

Y que él con esquivez le repelía

En su fatal horóscopo creyendo;

Y el niño, su esquivez no comprendiendo,

Cobrándole temor de día en día,

Concluyó por llenar su sino horrendo

Y hoy su rencor nefasto le volvía.

¿Y quién sabe si, más que de su sino,

Efecto fué del paternal encono

El odio de Boabdil al Granadino

Rey? ¿Y quién sabe si el fatal destino

Que pesa sobre el Príncipe, es acaso

No más que el odio de Muley que al trono,

Fanático ó feroz, le cierra el paso?

Aún no se le ha borrado de la menteÁ Muley el amor sincero, ardiente,De Aixa, su legítima sultana,Altanera como él, como él prudente,Venerada como él entre la gentePor su pura real sangre africana:Y aún se le acuerda el popular disgustoCon que vió el Moro su desdén injustoPor ella y su pasión por la cristiana.¿Y quién sabe si el astro que presideÁ los destinos de su raza y vierteEn ella su fatídica influencia,Triste fanal de asolación y muerte,De destrucción y deshonor sentencia,Que con odios sacrílegos divideDe padres y de hijos la existencia,No es más que la influencia derramadaPor su feroz política? ¿Quién sabeSi este arcano de sangre y de rencores,No tiene otro secreto ni otra llaveQue del Rey los políticos errores,Que han dado luz ¡en hora bien menguada!Á la estrella fatal de sus amores?Por la primera vez lo advierte acasoY se espanta Muley, con ansia viendoImposible hacia atrás volver el paso,Por la primera vez rugir oyendoLa tempestad del porvenir horrendo.Acordósele el torvo y silenciosoAspecto de la plebe, cuando entrabaAquella misma tarde victoriosoPor las puertas de Elvira, ante la esclavaMuchedumbre de Zahara: y penetrandoSu vista el horizonte nebuloso,Comprendió que á su vez el AfricanoRehusaba, como él supersticioso,Besar servil su ensangrentada mano.

Aún no se le ha borrado de la mente

Á Muley el amor sincero, ardiente,

De Aixa, su legítima sultana,

Altanera como él, como él prudente,

Venerada como él entre la gente

Por su pura real sangre africana:

Y aún se le acuerda el popular disgusto

Con que vió el Moro su desdén injusto

Por ella y su pasión por la cristiana.

¿Y quién sabe si el astro que preside

Á los destinos de su raza y vierte

En ella su fatídica influencia,

Triste fanal de asolación y muerte,

De destrucción y deshonor sentencia,

Que con odios sacrílegos divide

De padres y de hijos la existencia,

No es más que la influencia derramada

Por su feroz política? ¿Quién sabe

Si este arcano de sangre y de rencores,

No tiene otro secreto ni otra llave

Que del Rey los políticos errores,

Que han dado luz ¡en hora bien menguada!

Á la estrella fatal de sus amores?

Por la primera vez lo advierte acaso

Y se espanta Muley, con ansia viendo

Imposible hacia atrás volver el paso,

Por la primera vez rugir oyendo

La tempestad del porvenir horrendo.

Acordósele el torvo y silencioso

Aspecto de la plebe, cuando entraba

Aquella misma tarde victorioso

Por las puertas de Elvira, ante la esclava

Muchedumbre de Zahara: y penetrando

Su vista el horizonte nebuloso,

Comprendió que á su vez el Africano

Rehusaba, como él supersticioso,

Besar servil su ensangrentada mano.

Comprendió que las lívidas cabezasDe Saavedra y sus nobles Zahareños,No fueron para el pueblo de proezasTestimonios sin par, sino visionesQue empañaron del triunfo las grandezas:Fueron, en fin, proféticos ensueñosQue trocaron para él los corazones.

Comprendió que las lívidas cabezas

De Saavedra y sus nobles Zahareños,

No fueron para el pueblo de proezas

Testimonios sin par, sino visiones

Que empañaron del triunfo las grandezas:

Fueron, en fin, proféticos ensueños

Que trocaron para él los corazones.

Y al fin el Moro comprendió, con pasmoMortal y con hondísima congoja,Que aquella multitud, cuyo entusiasmoSe extinguió ante su faz de sangre roja,Y tornó sus miradas compasivaÁ la cristiana multitud cautiva,No vió sobre el laurel de la victoriaEl reflejo del astro de la gloria,Sino el reflejo torvo y fugitivoDe la hoja de alfanje vengativo.

Y al fin el Moro comprendió, con pasmo

Mortal y con hondísima congoja,

Que aquella multitud, cuyo entusiasmo

Se extinguió ante su faz de sangre roja,

Y tornó sus miradas compasiva

Á la cristiana multitud cautiva,

No vió sobre el laurel de la victoria

El reflejo del astro de la gloria,

Sino el reflejo torvo y fugitivo

De la hoja de alfanje vengativo.

Comprendió que, en su ausencia, entre la plebeGermen de rebelión vertido habíaLa callada traición con soplo aleve:Y, si hasta entonces escondido y leve,Cuanto más encubierto más seguro,Vió que el volcán de la discordia hervíaDe su regia ciudad dentro del muro.

Comprendió que, en su ausencia, entre la plebe

Germen de rebelión vertido había

La callada traición con soplo aleve:

Y, si hasta entonces escondido y leve,

Cuanto más encubierto más seguro,

Vió que el volcán de la discordia hervía

De su regia ciudad dentro del muro.

Por la primera vez de su existenciaTembló mirando al tenebroso abismoDe la pasada edad: de su concienciaEl primer grito oyó, y, al fatalismoSometido de la árabe creencia,Cuando á solas se vió consigo mismo,Vió su regio poder en la agoníaY que el rostro la suerte le volvía.

Por la primera vez de su existencia

Tembló mirando al tenebroso abismo

De la pasada edad: de su conciencia

El primer grito oyó, y, al fatalismo

Sometido de la árabe creencia,

Cuando á solas se vió consigo mismo,

Vió su regio poder en la agonía

Y que el rostro la suerte le volvía.

Rota la tregua con el Rey cristiano,La plebe á la revuelta provocada,Comprendió, aunque muy tarde, el AfricanoQue estaba su política burlada,Falseado su poder de soberano;Y, su crueldad despótica exaltada,Trocándose de bárbaro en villano,Del generoso Rey soltó la espadaY se armó del puñal del Rey tirano.

Rota la tregua con el Rey cristiano,

La plebe á la revuelta provocada,

Comprendió, aunque muy tarde, el Africano

Que estaba su política burlada,

Falseado su poder de soberano;

Y, su crueldad despótica exaltada,

Trocándose de bárbaro en villano,

Del generoso Rey soltó la espada

Y se armó del puñal del Rey tirano.

«Mueran, dijo: sería empresa vana»Cejar un paso ya: ciña en redondo»De mi trono los pies lago sin fondo»De sangre mixta mora y castellana.»Mueran cuantos me busquen enemigo»Y que avance el pendón de los cristianos:»Los Árabes ante él se harán hermanos»Y á la muerte ó al triunfo irán conmigo.»Si no quiere Granada ser vasalla»Respetuosa, intentando á cotos fijos»Reducir mi querer: si bien no se halla»Con mi amor á Zoraya y á sus hijos»Y quiere de mi ley saltar la valla,»Bajo la cimitarra vengadora,»Nueva estirpe real, nueva señora»Recibirá temblando la canalla.»

«Mueran, dijo: sería empresa vana

»Cejar un paso ya: ciña en redondo

»De mi trono los pies lago sin fondo

»De sangre mixta mora y castellana.

»Mueran cuantos me busquen enemigo

»Y que avance el pendón de los cristianos:

»Los Árabes ante él se harán hermanos

»Y á la muerte ó al triunfo irán conmigo.

»Si no quiere Granada ser vasalla

»Respetuosa, intentando á cotos fijos

»Reducir mi querer: si bien no se halla

»Con mi amor á Zoraya y á sus hijos

»Y quiere de mi ley saltar la valla,

»Bajo la cimitarra vengadora,

»Nueva estirpe real, nueva señora

»Recibirá temblando la canalla.»

Dijo, y abandonando los cojinesEnderezó sus pasos á la puerta,Que daba del salón á los jardinesDel patio de Leones; pero yertaSintió al umbral la planta y erizadoEl cabello el Rey moro cuando, abiertaAl tenerla, miró del otro ladoAvanzar por la estrecha galeríaHorrenda aparición que hacia él venía.

Dijo, y abandonando los cojines

Enderezó sus pasos á la puerta,

Que daba del salón á los jardines

Del patio de Leones; pero yerta

Sintió al umbral la planta y erizado

El cabello el Rey moro cuando, abierta

Al tenerla, miró del otro lado

Avanzar por la estrecha galería

Horrenda aparición que hacia él venía.

Pálida, lacrimosa, descompuesta,La vaporosa imagen de un Rey moroEra en su forma la visión funesta.Su sien ceñía la corona de oroY en sus hombros traía el regio manto:Arrastrábale empero sin decoroY con sus orlas enjugaba el llanto.Vaga aureola de azulada lumbreRadiaban los contornos transparentesDel fantasma real, y ayes dolientesDe mortal profundísima agoníaMostraban la angustiosa pesadumbreDel fatídico sér que así gemía.

Pálida, lacrimosa, descompuesta,

La vaporosa imagen de un Rey moro

Era en su forma la visión funesta.

Su sien ceñía la corona de oro

Y en sus hombros traía el regio manto:

Arrastrábale empero sin decoro

Y con sus orlas enjugaba el llanto.

Vaga aureola de azulada lumbre

Radiaban los contornos transparentes

Del fantasma real, y ayes dolientes

De mortal profundísima agonía

Mostraban la angustiosa pesadumbre

Del fatídico sér que así gemía.

Enclavados los pies al pavimentoY sostenido en el pilar apenas,Parado el corazón, roto el aliento,Sintió Muley paralizar sus venasEl hielo del terror. Quiso un momentoHuir de la visión que así le espanta,Mas sus miembros halló sin movimiento;Quiso gritar, mas muda su gargantaNo acertó á producir ni aun un lamento.

Enclavados los pies al pavimento

Y sostenido en el pilar apenas,

Parado el corazón, roto el aliento,

Sintió Muley paralizar sus venas

El hielo del terror. Quiso un momento

Huir de la visión que así le espanta,

Mas sus miembros halló sin movimiento;

Quiso gritar, mas muda su garganta

No acertó á producir ni aun un lamento.

Poco á poco hacia él adelantandoPor la obscura y angosta galería,Tristísimos suspiros exhalando,La aparición en tanto se venía;Paralizado en el umbral estrechoEl Moro y avanzando hacia adelanteLa aparición, se hallaron un instanteEl fantasma y Hasán pecho con pecho.Soplo glacial, emanación heladaDel pecho de aquel sér, penetró agudoEn el pecho de Hasán como una espada:Y á su impresión, que soportar no pudo,De pavura y dolor lanzó un gemido.Entonces, acercándose á su oído,Dijo aquella visión desconsoladaCon tristísimo acento dolorido:«¡Escrito estaba! La postrera hora»Llegó para la gente desdichada»De mi gentil ciudad habitadora.»¡Ay de la gloria de la gente Mora!»¡Ay de los de Nazar! ¡Ay de Granada!»

Poco á poco hacia él adelantando

Por la obscura y angosta galería,

Tristísimos suspiros exhalando,

La aparición en tanto se venía;

Paralizado en el umbral estrecho

El Moro y avanzando hacia adelante

La aparición, se hallaron un instante

El fantasma y Hasán pecho con pecho.

Soplo glacial, emanación helada

Del pecho de aquel sér, penetró agudo

En el pecho de Hasán como una espada:

Y á su impresión, que soportar no pudo,

De pavura y dolor lanzó un gemido.

Entonces, acercándose á su oído,

Dijo aquella visión desconsolada

Con tristísimo acento dolorido:

«¡Escrito estaba! La postrera hora

»Llegó para la gente desdichada

»De mi gentil ciudad habitadora.

»¡Ay de la gloria de la gente Mora!

»¡Ay de los de Nazar! ¡Ay de Granada!»

Dijo la aparición y, suspirando,El corredor tomó que al huerto guía,Y el Rey hasta el balcón fuese arrastrando,Tendiendo una mirada de agoníaSobre el jardín.—Por él atravesandoVió que la lenta aparición seguía:Mas á través del murallón macizoSumida entre las piedras se deshizo.

Dijo la aparición y, suspirando,

El corredor tomó que al huerto guía,

Y el Rey hasta el balcón fuese arrastrando,

Tendiendo una mirada de agonía

Sobre el jardín.—Por él atravesando

Vió que la lenta aparición seguía:

Mas á través del murallón macizo

Sumida entre las piedras se deshizo.

El alma de Muley, amedrentada,Abandonó un instante sus sentidos,Derribando su cuerpo en la bordadaAlfombra del balcón: mas sus oídosZumbaban con la voz de la angustiadaVisión, que repetía entre gemidos:«¡Ay de los de Nazar! ¡Ay de Granada!»

El alma de Muley, amedrentada,

Abandonó un instante sus sentidos,

Derribando su cuerpo en la bordada

Alfombra del balcón: mas sus oídos

Zumbaban con la voz de la angustiada

Visión, que repetía entre gemidos:

«¡Ay de los de Nazar! ¡Ay de Granada!»

Sus densas sombras espesado habíaLenta la noche y silenciosa en tanto,Y cobijada la ciudad yacíaBajo los pliegues de su negro manto.

Sus densas sombras espesado había

Lenta la noche y silenciosa en tanto,

Y cobijada la ciudad yacía

Bajo los pliegues de su negro manto.


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