Chapter 8

V

Antes que el sol su esplendorosa hoguera,De la luz de los astros alimento,Mostrara en el Oriente, su carreraMisteriosa acabando en un momento,De Castilla hasta la última fronteraDe su Señora se esparció el aliento:Y doquier que sus átomos posaron,Chispas de fe, las almas alumbraron.Al influjo de este álito divinoRegeneróse la Cristiana tierraCon nuevo sér y cambio repentino;Los nobles turbulentos, que con guerraDoméstica ensangrientan su destino,Sintiendo el nuevo sér que su alma encierra,Sintieron sus alientos belicososBajo instintos brotar más generosos.El pueblo, por sus próceres armadoEn pro de asoladoras banderías,Contempló su valor desperdiciadoEn contiendas inútiles ó impías;Y, por la nueva fe iluminado,Pensó en borrar de tan nefastos díasCon páginas espléndidas de gloriaDel libro de los tiempos la memoria.El soplo de los ángeles fecundoInoculando la feraz semillaDe la fe de Isabel en lo profundoDel alma de los hijos de Castilla,La progenie evocó que, un nuevo mundoDel mar buscando en la encontrada orilla,Iba en sus carabelas viento en popaLas llaves de otro mundo á traer á Europa.Un vapor luminoso, perceptibleNo más á los espíritus del viento,Á la mirada de Satán terrible,Y á las del Hacedor del firmamento,Alfombra en punto tal la haz apacibleDel católico reino en tal momento,Recibiendo sus pueblos, que en paz duermen,De la celeste inspiración el germen.De los jefes católicos, en sueños,El generoso corazón se agitaÁ impulso de presagios halagüeñosQue el soplo en ellos de Azäel excita.Temerarios y heroicos empeñosYa delirando cada cual medita,Y, á la voz de los cielos obediente,Pronto al combate cada cual se siente.Uno entre todos, héroe futuroDe la conquista en que la Cruz se empeña,Con el asalto de agareno muro,Por Azäel arrebatado, sueña,Y el fondo ve del porvenir obscuroQue con la fe alumbrándole le enseña.Es Ponce de León, el caballeroMejor, en fe, y en armas el primero.Él, de la ira de Dios rayo inflamado,De su divina cólera instrumento,El primero en su mente inoculadoPercibe de Isabel el pensamiento;Como ella, por el Ángel instigado,Penetrar en su sér siente su aliento,Y que en él á su soplo se levantaDe la cristiana fe la llama santa.Del corazón le advierten los latidosDel invisible genio la presencia,Y el placer con que gozan sus sentidosEl soberano bien de la existencia;Y oye en su corazón, no en sus oídos,Una voz que relata á su concienciaDe una era de fe, de honor y gloriaLa venidera y encantada historia.El ángel Azäel, ante sus ojosDel negro porvenir el libro abriendo,Con sangre escrito en caracteres rojosDel Árabe le muestra el sino horrendo.Mensajero se ve de los enojosDe Jehováh en Granada combatiendo,Desplegado un momento ante su vistaEl cuadro colosal de la conquista.Él, de su panorama misteriosoReconoce los sitios y figuras,Y ve doquiera su pendón gloriosoTremolando el primero en las alturas;Siempre descubre su corcel fogosoRecorriendo triunfante las llanurasQue abandonan ante él los AfricanosY que tras él ocupan los Cristianos.La fiebre de su espíritu guerreroÁ este ensueño de gloria se enardece,Y al envidiado honor de ir el primeroEn su noble ambición se desvanece:Y soñando que blande el ancho acero,Que tira el primer golpe le parece,Y el rudo brazo al descargar exclama:«En honor de mi Dios y de mi fama.»Poniendo entonces Azäel su manoSobre su ardiente y generoso pecho,Díjole, del honor y la fe arcanoSu noble corazón dejando hecho:«El primero serás: Dios soberano»Acuerda á tu valor ese derecho.»Levanta el grito y el pendón de guerra:»Tala, rayo de fe, la mora tierra.»Dijo Azäel: y abriendo en el ambienteSus alas de vapor, por un momentoDejando tras de sí fosforescenteRastro, perdióse en el azul del viento.Despertó el Castellano de repenteLa puerta oyendo abrir de su aposento,Y presentóse en ella á Don RodrigoDe un cristiano adalid el rostro amigo.Es el valiente escalador Ortega,De la guerra avezado al ejercicio,Donde su vida cada día juegaDeescuchahaciendo el peligroso oficio.Del territorio de los Moros llega,Y su presencia siempre algún servicioPromete al de León, quien en campañaSiempre de él se aconseja y acompaña.Reconoció de Dios al mensajeroEn él el pïadoso Don Rodrigo,Y el gaje espera que le trae primeroDe las promesas de Azäel consigo.Incorporóse, pues, el caballeroDiciendo alegre:—«¿Qué me traes, amigo?—Traigo una prenda que os dará gran fama:Traigo una villa mora.—¿Cuál?—Alhama.»—«¡Alhama! Es la más rica del Rey moro.—Sí, señor: de su reino está en el centro.—¿Dicen que en ella guarda su tesoro?—Sí, señor: y yo de ella os pondré dentro.—¿Sabes lo que prometes?—Nada ignoro,Señor; mas cuando ofrezco es que me encuentroEn posición de dar. Venid conmigo,Y sois dueño de Alhama, Don Rodrigo.»—«Ortega, en una empresa tan osadaEs preciso que Dios guíe tu huella.»—«La voluntad de Dios está marcadaY nos la brinda á nuestra buena estrella.Yo no me he contentado en mi emboscadaCon rondar por la noche en torno de ella;Señor, yo he estado dentro de la villa:Dios por mi mano se la da á Castilla.»—«Yo veo la de Dios tras de tu mano.Basta: aguarda mis órdenes afuera.»Salió Ortega: el ilustre CastellanoDel lecho se arrojó, y, con fe sinceraPuesto de hinojos, con fervor cristianoDijo: «Mi fe, Dios mío, en Vos espera:Si en Alhama, Señor, me dais entrada,Yo llevaré la Cruz hasta Granada.»

Antes que el sol su esplendorosa hoguera,De la luz de los astros alimento,Mostrara en el Oriente, su carreraMisteriosa acabando en un momento,De Castilla hasta la última fronteraDe su Señora se esparció el aliento:Y doquier que sus átomos posaron,Chispas de fe, las almas alumbraron.Al influjo de este álito divinoRegeneróse la Cristiana tierraCon nuevo sér y cambio repentino;Los nobles turbulentos, que con guerraDoméstica ensangrientan su destino,Sintiendo el nuevo sér que su alma encierra,Sintieron sus alientos belicososBajo instintos brotar más generosos.El pueblo, por sus próceres armadoEn pro de asoladoras banderías,Contempló su valor desperdiciadoEn contiendas inútiles ó impías;Y, por la nueva fe iluminado,Pensó en borrar de tan nefastos díasCon páginas espléndidas de gloriaDel libro de los tiempos la memoria.El soplo de los ángeles fecundoInoculando la feraz semillaDe la fe de Isabel en lo profundoDel alma de los hijos de Castilla,La progenie evocó que, un nuevo mundoDel mar buscando en la encontrada orilla,Iba en sus carabelas viento en popaLas llaves de otro mundo á traer á Europa.Un vapor luminoso, perceptibleNo más á los espíritus del viento,Á la mirada de Satán terrible,Y á las del Hacedor del firmamento,Alfombra en punto tal la haz apacibleDel católico reino en tal momento,Recibiendo sus pueblos, que en paz duermen,De la celeste inspiración el germen.De los jefes católicos, en sueños,El generoso corazón se agitaÁ impulso de presagios halagüeñosQue el soplo en ellos de Azäel excita.Temerarios y heroicos empeñosYa delirando cada cual medita,Y, á la voz de los cielos obediente,Pronto al combate cada cual se siente.Uno entre todos, héroe futuroDe la conquista en que la Cruz se empeña,Con el asalto de agareno muro,Por Azäel arrebatado, sueña,Y el fondo ve del porvenir obscuroQue con la fe alumbrándole le enseña.Es Ponce de León, el caballeroMejor, en fe, y en armas el primero.Él, de la ira de Dios rayo inflamado,De su divina cólera instrumento,El primero en su mente inoculadoPercibe de Isabel el pensamiento;Como ella, por el Ángel instigado,Penetrar en su sér siente su aliento,Y que en él á su soplo se levantaDe la cristiana fe la llama santa.Del corazón le advierten los latidosDel invisible genio la presencia,Y el placer con que gozan sus sentidosEl soberano bien de la existencia;Y oye en su corazón, no en sus oídos,Una voz que relata á su concienciaDe una era de fe, de honor y gloriaLa venidera y encantada historia.El ángel Azäel, ante sus ojosDel negro porvenir el libro abriendo,Con sangre escrito en caracteres rojosDel Árabe le muestra el sino horrendo.Mensajero se ve de los enojosDe Jehováh en Granada combatiendo,Desplegado un momento ante su vistaEl cuadro colosal de la conquista.Él, de su panorama misteriosoReconoce los sitios y figuras,Y ve doquiera su pendón gloriosoTremolando el primero en las alturas;Siempre descubre su corcel fogosoRecorriendo triunfante las llanurasQue abandonan ante él los AfricanosY que tras él ocupan los Cristianos.La fiebre de su espíritu guerreroÁ este ensueño de gloria se enardece,Y al envidiado honor de ir el primeroEn su noble ambición se desvanece:Y soñando que blande el ancho acero,Que tira el primer golpe le parece,Y el rudo brazo al descargar exclama:«En honor de mi Dios y de mi fama.»Poniendo entonces Azäel su manoSobre su ardiente y generoso pecho,Díjole, del honor y la fe arcanoSu noble corazón dejando hecho:«El primero serás: Dios soberano»Acuerda á tu valor ese derecho.»Levanta el grito y el pendón de guerra:»Tala, rayo de fe, la mora tierra.»Dijo Azäel: y abriendo en el ambienteSus alas de vapor, por un momentoDejando tras de sí fosforescenteRastro, perdióse en el azul del viento.Despertó el Castellano de repenteLa puerta oyendo abrir de su aposento,Y presentóse en ella á Don RodrigoDe un cristiano adalid el rostro amigo.Es el valiente escalador Ortega,De la guerra avezado al ejercicio,Donde su vida cada día juegaDeescuchahaciendo el peligroso oficio.Del territorio de los Moros llega,Y su presencia siempre algún servicioPromete al de León, quien en campañaSiempre de él se aconseja y acompaña.Reconoció de Dios al mensajeroEn él el pïadoso Don Rodrigo,Y el gaje espera que le trae primeroDe las promesas de Azäel consigo.Incorporóse, pues, el caballeroDiciendo alegre:—«¿Qué me traes, amigo?—Traigo una prenda que os dará gran fama:Traigo una villa mora.—¿Cuál?—Alhama.»—«¡Alhama! Es la más rica del Rey moro.—Sí, señor: de su reino está en el centro.—¿Dicen que en ella guarda su tesoro?—Sí, señor: y yo de ella os pondré dentro.—¿Sabes lo que prometes?—Nada ignoro,Señor; mas cuando ofrezco es que me encuentroEn posición de dar. Venid conmigo,Y sois dueño de Alhama, Don Rodrigo.»—«Ortega, en una empresa tan osadaEs preciso que Dios guíe tu huella.»—«La voluntad de Dios está marcadaY nos la brinda á nuestra buena estrella.Yo no me he contentado en mi emboscadaCon rondar por la noche en torno de ella;Señor, yo he estado dentro de la villa:Dios por mi mano se la da á Castilla.»—«Yo veo la de Dios tras de tu mano.Basta: aguarda mis órdenes afuera.»Salió Ortega: el ilustre CastellanoDel lecho se arrojó, y, con fe sinceraPuesto de hinojos, con fervor cristianoDijo: «Mi fe, Dios mío, en Vos espera:Si en Alhama, Señor, me dais entrada,Yo llevaré la Cruz hasta Granada.»

Antes que el sol su esplendorosa hoguera,De la luz de los astros alimento,Mostrara en el Oriente, su carreraMisteriosa acabando en un momento,De Castilla hasta la última fronteraDe su Señora se esparció el aliento:Y doquier que sus átomos posaron,Chispas de fe, las almas alumbraron.

Antes que el sol su esplendorosa hoguera,

De la luz de los astros alimento,

Mostrara en el Oriente, su carrera

Misteriosa acabando en un momento,

De Castilla hasta la última frontera

De su Señora se esparció el aliento:

Y doquier que sus átomos posaron,

Chispas de fe, las almas alumbraron.

Al influjo de este álito divinoRegeneróse la Cristiana tierraCon nuevo sér y cambio repentino;Los nobles turbulentos, que con guerraDoméstica ensangrientan su destino,Sintiendo el nuevo sér que su alma encierra,Sintieron sus alientos belicososBajo instintos brotar más generosos.

Al influjo de este álito divino

Regeneróse la Cristiana tierra

Con nuevo sér y cambio repentino;

Los nobles turbulentos, que con guerra

Doméstica ensangrientan su destino,

Sintiendo el nuevo sér que su alma encierra,

Sintieron sus alientos belicosos

Bajo instintos brotar más generosos.

El pueblo, por sus próceres armadoEn pro de asoladoras banderías,Contempló su valor desperdiciadoEn contiendas inútiles ó impías;Y, por la nueva fe iluminado,Pensó en borrar de tan nefastos díasCon páginas espléndidas de gloriaDel libro de los tiempos la memoria.

El pueblo, por sus próceres armado

En pro de asoladoras banderías,

Contempló su valor desperdiciado

En contiendas inútiles ó impías;

Y, por la nueva fe iluminado,

Pensó en borrar de tan nefastos días

Con páginas espléndidas de gloria

Del libro de los tiempos la memoria.

El soplo de los ángeles fecundoInoculando la feraz semillaDe la fe de Isabel en lo profundoDel alma de los hijos de Castilla,La progenie evocó que, un nuevo mundoDel mar buscando en la encontrada orilla,Iba en sus carabelas viento en popaLas llaves de otro mundo á traer á Europa.

El soplo de los ángeles fecundo

Inoculando la feraz semilla

De la fe de Isabel en lo profundo

Del alma de los hijos de Castilla,

La progenie evocó que, un nuevo mundo

Del mar buscando en la encontrada orilla,

Iba en sus carabelas viento en popa

Las llaves de otro mundo á traer á Europa.

Un vapor luminoso, perceptibleNo más á los espíritus del viento,Á la mirada de Satán terrible,Y á las del Hacedor del firmamento,Alfombra en punto tal la haz apacibleDel católico reino en tal momento,Recibiendo sus pueblos, que en paz duermen,De la celeste inspiración el germen.

Un vapor luminoso, perceptible

No más á los espíritus del viento,

Á la mirada de Satán terrible,

Y á las del Hacedor del firmamento,

Alfombra en punto tal la haz apacible

Del católico reino en tal momento,

Recibiendo sus pueblos, que en paz duermen,

De la celeste inspiración el germen.

De los jefes católicos, en sueños,El generoso corazón se agitaÁ impulso de presagios halagüeñosQue el soplo en ellos de Azäel excita.Temerarios y heroicos empeñosYa delirando cada cual medita,Y, á la voz de los cielos obediente,Pronto al combate cada cual se siente.

De los jefes católicos, en sueños,

El generoso corazón se agita

Á impulso de presagios halagüeños

Que el soplo en ellos de Azäel excita.

Temerarios y heroicos empeños

Ya delirando cada cual medita,

Y, á la voz de los cielos obediente,

Pronto al combate cada cual se siente.

Uno entre todos, héroe futuroDe la conquista en que la Cruz se empeña,Con el asalto de agareno muro,Por Azäel arrebatado, sueña,Y el fondo ve del porvenir obscuroQue con la fe alumbrándole le enseña.Es Ponce de León, el caballeroMejor, en fe, y en armas el primero.

Uno entre todos, héroe futuro

De la conquista en que la Cruz se empeña,

Con el asalto de agareno muro,

Por Azäel arrebatado, sueña,

Y el fondo ve del porvenir obscuro

Que con la fe alumbrándole le enseña.

Es Ponce de León, el caballero

Mejor, en fe, y en armas el primero.

Él, de la ira de Dios rayo inflamado,De su divina cólera instrumento,El primero en su mente inoculadoPercibe de Isabel el pensamiento;Como ella, por el Ángel instigado,Penetrar en su sér siente su aliento,Y que en él á su soplo se levantaDe la cristiana fe la llama santa.

Él, de la ira de Dios rayo inflamado,

De su divina cólera instrumento,

El primero en su mente inoculado

Percibe de Isabel el pensamiento;

Como ella, por el Ángel instigado,

Penetrar en su sér siente su aliento,

Y que en él á su soplo se levanta

De la cristiana fe la llama santa.

Del corazón le advierten los latidosDel invisible genio la presencia,Y el placer con que gozan sus sentidosEl soberano bien de la existencia;Y oye en su corazón, no en sus oídos,Una voz que relata á su concienciaDe una era de fe, de honor y gloriaLa venidera y encantada historia.

Del corazón le advierten los latidos

Del invisible genio la presencia,

Y el placer con que gozan sus sentidos

El soberano bien de la existencia;

Y oye en su corazón, no en sus oídos,

Una voz que relata á su conciencia

De una era de fe, de honor y gloria

La venidera y encantada historia.

El ángel Azäel, ante sus ojosDel negro porvenir el libro abriendo,Con sangre escrito en caracteres rojosDel Árabe le muestra el sino horrendo.Mensajero se ve de los enojosDe Jehováh en Granada combatiendo,Desplegado un momento ante su vistaEl cuadro colosal de la conquista.

El ángel Azäel, ante sus ojos

Del negro porvenir el libro abriendo,

Con sangre escrito en caracteres rojos

Del Árabe le muestra el sino horrendo.

Mensajero se ve de los enojos

De Jehováh en Granada combatiendo,

Desplegado un momento ante su vista

El cuadro colosal de la conquista.

Él, de su panorama misteriosoReconoce los sitios y figuras,Y ve doquiera su pendón gloriosoTremolando el primero en las alturas;Siempre descubre su corcel fogosoRecorriendo triunfante las llanurasQue abandonan ante él los AfricanosY que tras él ocupan los Cristianos.

Él, de su panorama misterioso

Reconoce los sitios y figuras,

Y ve doquiera su pendón glorioso

Tremolando el primero en las alturas;

Siempre descubre su corcel fogoso

Recorriendo triunfante las llanuras

Que abandonan ante él los Africanos

Y que tras él ocupan los Cristianos.

La fiebre de su espíritu guerreroÁ este ensueño de gloria se enardece,Y al envidiado honor de ir el primeroEn su noble ambición se desvanece:Y soñando que blande el ancho acero,Que tira el primer golpe le parece,Y el rudo brazo al descargar exclama:«En honor de mi Dios y de mi fama.»

La fiebre de su espíritu guerrero

Á este ensueño de gloria se enardece,

Y al envidiado honor de ir el primero

En su noble ambición se desvanece:

Y soñando que blande el ancho acero,

Que tira el primer golpe le parece,

Y el rudo brazo al descargar exclama:

«En honor de mi Dios y de mi fama.»

Poniendo entonces Azäel su manoSobre su ardiente y generoso pecho,Díjole, del honor y la fe arcanoSu noble corazón dejando hecho:«El primero serás: Dios soberano»Acuerda á tu valor ese derecho.»Levanta el grito y el pendón de guerra:»Tala, rayo de fe, la mora tierra.»

Poniendo entonces Azäel su mano

Sobre su ardiente y generoso pecho,

Díjole, del honor y la fe arcano

Su noble corazón dejando hecho:

«El primero serás: Dios soberano

»Acuerda á tu valor ese derecho.

»Levanta el grito y el pendón de guerra:

»Tala, rayo de fe, la mora tierra.»

Dijo Azäel: y abriendo en el ambienteSus alas de vapor, por un momentoDejando tras de sí fosforescenteRastro, perdióse en el azul del viento.Despertó el Castellano de repenteLa puerta oyendo abrir de su aposento,Y presentóse en ella á Don RodrigoDe un cristiano adalid el rostro amigo.

Dijo Azäel: y abriendo en el ambiente

Sus alas de vapor, por un momento

Dejando tras de sí fosforescente

Rastro, perdióse en el azul del viento.

Despertó el Castellano de repente

La puerta oyendo abrir de su aposento,

Y presentóse en ella á Don Rodrigo

De un cristiano adalid el rostro amigo.

Es el valiente escalador Ortega,De la guerra avezado al ejercicio,Donde su vida cada día juegaDeescuchahaciendo el peligroso oficio.Del territorio de los Moros llega,Y su presencia siempre algún servicioPromete al de León, quien en campañaSiempre de él se aconseja y acompaña.

Es el valiente escalador Ortega,

De la guerra avezado al ejercicio,

Donde su vida cada día juega

Deescuchahaciendo el peligroso oficio.

Del territorio de los Moros llega,

Y su presencia siempre algún servicio

Promete al de León, quien en campaña

Siempre de él se aconseja y acompaña.

Reconoció de Dios al mensajeroEn él el pïadoso Don Rodrigo,Y el gaje espera que le trae primeroDe las promesas de Azäel consigo.Incorporóse, pues, el caballeroDiciendo alegre:—«¿Qué me traes, amigo?—Traigo una prenda que os dará gran fama:Traigo una villa mora.—¿Cuál?—Alhama.»

Reconoció de Dios al mensajero

En él el pïadoso Don Rodrigo,

Y el gaje espera que le trae primero

De las promesas de Azäel consigo.

Incorporóse, pues, el caballero

Diciendo alegre:—«¿Qué me traes, amigo?

—Traigo una prenda que os dará gran fama:

Traigo una villa mora.—¿Cuál?—Alhama.»

—«¡Alhama! Es la más rica del Rey moro.—Sí, señor: de su reino está en el centro.—¿Dicen que en ella guarda su tesoro?—Sí, señor: y yo de ella os pondré dentro.—¿Sabes lo que prometes?—Nada ignoro,Señor; mas cuando ofrezco es que me encuentroEn posición de dar. Venid conmigo,Y sois dueño de Alhama, Don Rodrigo.»

—«¡Alhama! Es la más rica del Rey moro.

—Sí, señor: de su reino está en el centro.

—¿Dicen que en ella guarda su tesoro?

—Sí, señor: y yo de ella os pondré dentro.

—¿Sabes lo que prometes?—Nada ignoro,

Señor; mas cuando ofrezco es que me encuentro

En posición de dar. Venid conmigo,

Y sois dueño de Alhama, Don Rodrigo.»

—«Ortega, en una empresa tan osadaEs preciso que Dios guíe tu huella.»—«La voluntad de Dios está marcadaY nos la brinda á nuestra buena estrella.Yo no me he contentado en mi emboscadaCon rondar por la noche en torno de ella;Señor, yo he estado dentro de la villa:Dios por mi mano se la da á Castilla.»

—«Ortega, en una empresa tan osada

Es preciso que Dios guíe tu huella.»

—«La voluntad de Dios está marcada

Y nos la brinda á nuestra buena estrella.

Yo no me he contentado en mi emboscada

Con rondar por la noche en torno de ella;

Señor, yo he estado dentro de la villa:

Dios por mi mano se la da á Castilla.»

—«Yo veo la de Dios tras de tu mano.Basta: aguarda mis órdenes afuera.»Salió Ortega: el ilustre CastellanoDel lecho se arrojó, y, con fe sinceraPuesto de hinojos, con fervor cristianoDijo: «Mi fe, Dios mío, en Vos espera:Si en Alhama, Señor, me dais entrada,Yo llevaré la Cruz hasta Granada.»

—«Yo veo la de Dios tras de tu mano.

Basta: aguarda mis órdenes afuera.»

Salió Ortega: el ilustre Castellano

Del lecho se arrojó, y, con fe sincera

Puesto de hinojos, con fervor cristiano

Dijo: «Mi fe, Dios mío, en Vos espera:

Si en Alhama, Señor, me dais entrada,

Yo llevaré la Cruz hasta Granada.»


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