IEn la casa de Bayo

Jarque se había llevado a la tumba el peligroso secreto de don Serafín Aldabas, en cuya escuela se reunían, los conjurados, para la revolución de Marzo. Y a esa discreción, impuesta por la muerte, debió sin duda el maestro, el que no se suprimiera la modesta pensión del gobierno, que le hacía vivir.

Pero los apuros del erario provincial agraváronse hacia mediados del año 77, y de nuevo empezaron a acumularse los meses impagos, y a ver el mísero don Serafín crecer su deuda en el boliche del catalán.

Menos mal que a la vuelta de la escuela, en el Café del Plata, frente a la plaza 25 de Mayo, tenía dos alumnas, a quienes daba lecciones a domicilio: y si bien sus ganancias no eran gran cosa, su situación de maestro otorgábale crédito en el negocio, lo que le permitía sacar al fiado algunos comestibles, en los momentos de apuro, cuandosu Rosarito le sonreía, advirtiéndole que estaban obligados a vivir de "mazamorra" hasta que Dios quisiera.

Ocurría, sin embargo, un fenómeno, causa de hondas preocupaciones para el inocente maestro de escuela.

El Café del Plata era el nidal de los opositores.

En el buen tiempo, su patio encuadrado por la galería de tejas, sombreado por hermosos naranjos, que le daban más carácter nacional que los malos cromos de la batalla de Caseros, con que su dueño había adornado las paredes, congregaba a los enemigos del gobierno, que buscaban en aquellas tertulias una ocasión de hablar mal contra los hombres del Cabildo.

La oposición al gobierno de don Servando Bayo, detrás del cual se notaba la mano de hierro, enguantada de seda, del doctor Iriondo, había agrupado a las familias más distinguidas de Santa Fe, en torno de don Patricio Cullen, y aunque en el grupo figuraran muchos hombres de convicciones católicas, predominaba una tendencia contraria, que justificaba el nombre de "liberales", adoptado por ellos, en la lucha política.

El gobierno, por su parte, gozaba de grandes prestigios ante el pueblo, donde se imponía la figura de Iriondo, seductora y enérgica.

Don Serafín había observado que cuando sus angustias crecían, porque no le pagaban la pensión, aumentaba su crédito en el Café del Plata.Más, parecíale haber observado, también, que se agravaron grandemente las dificultades que experimentaba para cobrar del gobierno, con su entrada a la casa, aunque era notorio que no iba como conspirador.

De donde para el maestro surgía un formidable problema: ¿aquéllos no me pagan, porque éstos me ayudan, o me ayudan éstos porque aquéllos no me pagan?

Cada tarde al entrar al café, por la sala de la calle que cruzaba con paso blando y presuroso, como para que si había algún espía comprendiera que él no era un conspirador, proponíase el mismo problema, miraba el reloj, buscando la respuesta, y volvía a guardarlo, resignado a su confusión.

Anclado así de proa y de popa, seguía viviendo mísera y apaciblemente, sin otro horizonte que su escuela ni más ilusiones que sonreír a Rosarito, cuyos ojos profundos y dulces jamás desmentían sus sonrisas.

¡Ah, su hija! cómo había sabido acolchar su miseria para hacérsela amable. Por ella vivía y para ella quería vivir, sin saber bien qué podía hacer él para hacerla feliz.

Un día estuvo a punto de penetrar el enigma de su alma inocente.

Fué cuando se recibió en la ciudad la noticia de la muerte de Insúa. ¡Cómo lloró su niña! Al alba del día siguiente, la vió salir enlutada, en direccióna la iglesia de los jesuítas, donde, según le contaron, pasó una hora rezando ante el altar de la Virgen de los Milagros.

Cuando volvió, ella le dijo:

—Tata, no ha muerto; no es verdad que haya muerto.

—¿Quién te lo ha dicho?

—Nadie; lo sé yo, que no creeré en su muerte mientras no vea su cuerpo.

Su padre movió la cabeza.

—Todos lo dicen, sin embargo,—murmuró tristemente, deseoso de no desengañarla ni de halagar su ilusión.

Por escasa experiencia que tuviera del mundo, sospechó que su hija estaba enamorada, y se llenó de pena, porque era justamente ese amor el ideal que venía cultivando en el secreto de su corazón, como el único medio de asegurar el porvenir de su hija.

Y ahora lo veía hundirse, sin que él hubiera tenido tiempo ni resolución de confiarlo a nadie.

Diez días pasaron así, bajo la angustiosa incertidumbre. La convicción de su hija le llegó a contagiar, y también él dudó de la muerte de su sobrino, hasta que un día, un mensaje de él, con todo misterio, les mostró que, en verdad, el corazón de Rosarito no había mentido.

Más tarde se divulgó en la ciudad, por otros conductos, lo que ellos sabían, que Insúa no había muerto.

Hacia fines de Junio, salía una vez del Café del Plata, después de su lección, cuando en la calle, de noche ya, por la brevedad de los días de invierno, al arrebozarse en la capa, a fin de librarse del áspero viento del Sur, alguien le tomó del brazo y le arrastró en dirección opuesta a la de su casa.

Lleno de sorpresa, no distinguió en un principio más que una alta figura negra, pero conoció quién era en cuanto le habló, después de alejarse un trecho del cuadro de luz que pintaba en la vereda el mezquino farol del café.

—¡Ilustrísimo doctor Zavalla!

—No me ponga motes, don Serafín, no soy obispo.

—¡Señor Canónigo!

—¡No soy canónigo!

—¡Señor...!

Alto, gallardo, envuelto en un manteo con forro de seda, caminaba a prisa, llevando del brazo al endeble maestro que se deshacía en cortesías ante la inesperada muestra de afecto de uno de los hombres más poderosos de la situación.

Habían recrudecido extraordinariamente las alarmas revolucionarias, y los hombres del gobierno comprendían que vivían sobre un volcán.

Casi a diario llegaban al Cabildo denuncias de que se preparaba un vasto complot. Don Patricio Cullen había abandonado repentinamente la ciudad, dábasele como residente en su estancia "LosAlgarrobos", donde en medio de las colonias extranjeras, de reciente fundación, estaba el foco de las fuerzas con que podía contar para todo movimiento.

El gobierno sabía esto; mas lo desazonaba el absoluto misterio que rodeaba el paradero de Insúa, el más bravo y audaz de los jefes revolucionarios.

Señalábase su presencia en su estancia del Norte, y cuando el gobierno que lo perseguía para enjuiciarlo por la revolución de Marzo, destacaba una partida en su busca, sabíase que había pasado como una exhalación a Entre Ríos o rondaba cerca de Santa Fe, al habla con los opositores.

Hacía un mes, sin embargo, que se le había perdido la pista. No se tenía el más leve indicio de su paso. Ignorábase si estaba cerca o lejos, lo cual preocupaba extraordinariamente a los gubernistas. Podía, y eran sospechas vehementes de la policía, estar oculto en la misma ciudad, en cuyo caso debía vivir con el arma al brazo, considerando inminente la revolución.

Todas las noches los consejeros del gobierno celebraban su reunión; en la casa de Iriondo frente a la plaza, algunas veces, o en la casa del gobernador Bayo, a la vuelta del Cabildo, y allí, con todo misterio, se discutían y se pesaban las informaciones que llevaba el jefe de policía, don Manuel Echagüe.

Hacia la casa de Bayo, donde era la tertulia de esa noche, marchaba presuroso don Manuel María Zavalla, embozado en su lujoso manteo, debajo de cuyos pliegues elegantes no habría nadie extrañado que apareciera la contera de una espada.

Al cruzar la plaza, obscura y temerosa, mas no para un hombre de sus arrestos, tuvo la inspiración de torcer su camino a fin de pasar por la vereda misma del Café del Plata, llevado por la curiosidad de atisbar algo y aun atraído por el peligro de algún incidente con cualquiera de sus adversarios.

Estaban la plaza y la calle solitarias, alumbradas por los cuatro faroles de las esquinas, que parecían más bien espesar la obscuridad de una noche sin estrellas.

Al enfrentar al café, en cuyo interior sentíase el pacífico chasquido de las bolas de billar, vió salir a don Serafín Aldabas, cuyo parentesco y amistad con Insúa recordó al momento, haciéndole interesante el inofensivo personaje.

Lo tomó del brazo y le habló como si de tiempo atrás hubiera estado buscando la ocasión de encontrarle.

—Dicen las malas lenguas que es usted opositor, don Serafín.

El maestro alzó los brazos, clamando al cielo.

Su capa batida por el viento se arrancó de sus hombros y cayó hacia abajo. Zavalla se echó areír, porque le vino a la mente el recuerdo de Friné, convenciendo a sus jueces de que era una calumnia la acusación que le enrostraban.

Ayudóle a arrebozarse de nuevo y siguió caminando a prisa, agarrado a su brazo.

—Si es mentira eso, como lo he creído siempre, y si no tiene apuro, véngase conmigo por un minuto hasta lo del gobernador. Yo tengo que hablarle del subsidio de su escuela...

—¡Oh, señor don Manuel María!

—Y de su hija Rosarito... ¿no es mi ahijada?

—En efecto, señor don Manuel...

Llegaban al ancho portal de la casa de Bayo. Subieron los tres escalones de piedra, y Zavalla, guiando al maestro, entró sin llamar a una de las piezas laterales del ancho zaguán, iluminado apenas por un gran farol de hierro, pendiente del techo.

La pieza estaba desierta. Zavalla se sentó en el sofá, arreglándose los pliegues de su traje talar, y atrajo al maestro, cuidadosamente arrebujado.

Sobre una mesa redonda de mármol, con rojo pie de caoba, que estaba en el centro, ardían cuatro velas de esperma en un candelabro de plata.

En la pieza contigua sentíanse voces de hombre. Alguien que hablaba acaloradamente con voz timbrada y varonil que parecía que pudiera oírse desde la calle a través de las gruesas maderas de las puertas, al notar la presencia del recién llegado se calló y se asomó hasta donde acababan de buscar asiento Zavalla y don Serafín.

Era el doctor Pizarro, el ministro de Bayo.

Saludó muy sorprendido al nuevo visitante, y como Zavalla le hiciese una seña para que los dejara solos, se volvió, mientras don Serafín de pie formulaba sus salutaciones y sus excusas. Sintióse de nuevo su voz, más discreta. Escuchábasele con profunda atención, pues siendo varios los que allí estaban, sólo hablaba él, mas sus palabras no se percibían desde el rincón donde el maestro dedicaba toda su atención a lo que le iba diciendo Zavalla.

—¿Andan bien sus negocios, don Serafín? Con seguridad que el gobierno le adeuda algunos meses...

—¡Doce!...—suspiró el pedagogo.

Zavalla hizo un gesto de desaprobación.

—No está bien eso; pero ya me lo explico: se dicen tan graves cosas de usted...

Hizo una pausa llena de intención, mirando en las pupilas a su interlocutor, que maquinalmente sacó su reloj y se puso a darle cuerda.

—¡Son calumnias, señor don Manuel!—exclamó con un hilo de voz.—Si no fueran esas lecciones que doy en el Café del Plata, me habría muerto de hambre ya.

—Bueno, lo creo. Lo esencial es que esté vivo hasta ahora. Yo mismo hablaré hoy con el gobernador, para que le paguen el atraso, y le aumenten la subvención.

Don Serafín se acordó de Jarque, y sonrió con amargura. Con que se la pagaran sería bastante...

—¿Me espera un minuto?—díjole de pronto Zavalla, como si acabara de tener una inspiración.

Se levantó, dejando sentado al maestro, y fué hacia la pieza vecina, cuya puerta habían cerrado.

Don Serafín miró su magnífico reloj.

—¡Las siete! ¿qué dirá Rosarito de mi tardanza?

Era tan medida la existencia de Don Serafín, que cinco minutos de retraso en volver a su casa, alarmaban a la niña, la que sospechaba toda clase de peligros pendientes sobre aquel hombre bueno y tímido como un niño.

Pasado un rato, Zavalla volvió agitando un papel, cuya escritura fresca temía borronear.

—Con esto, mañana, podrá cobrar sus doce meses atrasados.

Don Serafín dió un salto.

—¡Los doce meses!—exclamó, calculando que al día siguiente sería poderoso, con aquellos atrasos cobrados de un golpe.

—Sí, los doce... ¿Me he engañado? era difícil, porque el erario anda flojo, pero hice valer un supremo argumento.

El maestro enarcó las cejas, poniéndose de pie al lado de su interlocutor que se agachó, murmurándole al oído:

—Le dije que necesitaba plata para el casamiento.

—¿El casamiento? ¿Qué casamiento?

Zavalla lo miró con una benévola sonrisa.

—¿A mí, que soy su padrino, me lo oculta?

—¡No comprendo!—balbuceó don Serafín, echando mano al reloj, como en todas sus sorpresas.

—Pero, don Serafín, si ya hay muchos que lo saben, que Rosarito se casa..

—¿Que Rosarito se casa?—interrogó en el colmo de la estupefacción el maestro.—¿Con quién dicen que se casa?

—Con Insúa, con Francisco Insúa, que ha venido a eso, a casarse...

El maestro sonrió con tristeza, deshecha su ilusión.

—No es verdad—dijo sacudiendo la cabeza.—Francisco no ha venido.

Y entonces Zavalla, simulando una gran sorpresa, exclamó:

—¿Que no ha venido Francisco? ¿Y entonces dónde está?

Don Serafín recapacitó un segundo, bajo la mirada inquisidora de Zavalla.

—En lo de doña Carmen de Borja, respondió.

—¿En la Casa de los Cuervos? Allí estuvo, pero ahora...

—Ahora, ahora está allí.

Cuando don Serafín, exultante de alegría, llegó un rato después a su casa, donde Rosarito le aguardaba con angustia, y le contó la escena, y le enseñó el papel que al día siguiente se trocaría en dinero y le refirió lo del comentado noviazgo, ella que lo escuchaba pálida, sospechando alguna intriga, juntó las manos:

—¡Oh, tata! ¿por qué le dijo dónde estaba Francisco?

Y sólo entonces comprendió el mísero don Serafín que había caído en una hábil celada, revelando el secreto de que en ese momento dependía la suerte de la revolución.

Insúa, en verdad, había vuelto y hacía un mes que se mantenía oculto en la Casa de los Cuervos. Eran contados y fieles los que sabían su paradero, y como aquel sitio fuera registrado vanamente dos veces, el gobernador, atendiendo a la protesta de su prima doña Carmen de Borja, había resuelto que no se la molestase más, ya que era inútil.

El caudillo, desde allí, al habla con los dos o tres que tenían los hilos del complot, en Santa Fe, preparaba el estallido, que debía producirse no bien don Patricio Cullen bajara del Norte, con sus montoneros.

Rosarito comprendió todo el alcance de la indiscreción de su padre. Ella conocía la Casa de los Cuervos, pues el año antes, en las vacaciones,Jarque los había llevado a los dos, por una breve temporada.

Sentóse junto a la mesa, sobre la cual ardía un humoso velón, cuya vacilante luz dejaba en densa tiniebla los extremos de aquella pieza, que aparecía más grande con la pobreza de sus muebles, y daba de lleno sobre su rostro inteligente.

Su padre la miraba arrepentido y ansioso, esperando la solución que ella le sugiriera.

—Tata—le dijo—si no se le avisa antes de mañana, lo habrán puesto preso. Lo buscan para enjuiciarlo; además quieren tenerlo en seguro para impedir la revolución.

Don Serafín asintió con la cabeza y continuó callado.

—Esta noche mismo yo me iré a la Casa de los Cuervos, y le avisaré para que huya.

Se paró, y su rostro quedó en la sombra, donde lucían sus ojos, como si estuvieran iluminados por la sola luz de su alma.

—¿Vas a ir?—gimió el maestro, que jamás se había separado de su hija.

—Sí, tata. Tenemos que salvarlo, y sólo yo puedo ir hoy mismo. Algún canoero me llevará. Antes del alba; saliendo ahora habré pasado la laguna, y en dos o tres horas más estaremos en la Casa de los Cuervos. Ningún piquete que no salga enseguida, podría adelantárseme. Si Dios me ayuda así lo salvaremos.

Don Serafín agachó la cabeza resignado. La niña se envolvió en su manto y se fué a la barraca de Fosco donde podrían informarle sobre un canoero de confianza.

Al pasar frente a Santo Domingo, sonaba el toque de ánimas, y aquellas campanadas lúgubres vibraron como si tocaran en su corazón, anunciándole próximas desgracias.

Se estremeció de terror, y para vencer su miedo, se santiguó y echó a correr.


Back to IndexNext