IIILa mano suave

La arboleda tenebrosa que rodeaba la Casa de los Cuervos parecía en la noche un inmenso crespón.

Doña Carmen de Borja llegaba de la ciudad a donde había dado el último adiós a los restos de su hijo, y donde le contaron lo que se sabía de su muerte.

Habían pasado tres días ya, y sus labios permanecían plegados; ni una queja le arrancaba el dolor, ni una imprecación contra los que troncharon aquella vida que era el sol de su vejez.

Al llegar a las casas ladráronla los perros, sin conocerla. Bajóse del caballo que montaba, con gran maestría, y entró al comedor, pieza vasta, desnuda y sonora bajo los pasos. Allí estaba su hija que la esperaba con la ansiedad de conocer detalles de la inmensa desgracia caída sobre ellas. Pero la madre no habló, y la hija se encerró a llorar en la nueva alcoba que ocupaba, por haber cedido al inesperado huésped la mejor de la casa.

En la cena, que fué silenciosa y lúgubre, oyéndose afuera el medroso rumor del monte y del río, y en la cocina el llanto inacabable de Floriana, doña Carmen interrogó a Gabriela por el herido.

—Tuvo mucha fiebre, y pasó sin conocimiento el primer día. Le lavé la herida con agua de cepacaballo, y Jesús lo veló por la noche. Ayer de mañana ya conoció y el día fué bueno. A la tarde le volvió la fiebre que no lo ha abandonado en todo el día de hoy.

—Es un hombre fuerte—murmuró la dama—y es joven. Yo lo conocí niño—y después de una pausa:—hay que seguir lavándolo con lo mismo. ¿Cómo es la herida?

Gabriela describió el balazo de Insúa, a la altura del hombro izquierdo.

—¿Tiene adentro la bala?

—Son cosas que no sé—respondió Gabriela pensativa.

Doña Carmen mandó llamar al capataz y le dijo:

—Mañana de madrugada, irás a llamar al cura de San Pedro; sabe de heridas, y creo que ha sido médico en su tierra.

Había impuesto desde el primer momento la orden más severa de guardar el secreto del herido que ocultaban en la casa, porque sin duda la policía podía enterarse y perseguirlo, y todos desde el capataz a la negrita Encarnación, estaban mudos respecto de aquella aventura.

Don Julián del Monte, el cura de San Pedro, un malagueño alto, fornido, atezado como un visir, de ojos negros y fogosos, que contrastaban con la suavidad de sus palabras y las huellas visibles de una edad que podía estar entre los cincuenta y los sesenta años, llegó a eso de las ocho de la siguiente mañana.

Montaba bien, la sotana arremangada, y se cubría la cabeza, que blanqueaba ya, con un chambergo negro.

Nadie conocía la historia de aquel andaluz, que sin desmentir su raza, era reconcentrado y suave, por temperamento o por voluntad, como si temiera el exceso de las palabras.

Sabían de él que ejercía con celo de apóstol su ministerio de párroco, en una zona extensísima; que amaba los niños, que montaba bien y cazaba mejor, y eso bastaba para que viviera respetado.

A la hora en que él llegó, Insúa estaba despierto, y había saludado con una sonrisa dolorosa a Jesús, que a la cabecera de su cama cuidaba su sueño, mandado por Gabriela.

Dos días antes, un momento vió el enfermo a la joven, y le quedó una dudosa impresión de vergüenza y de dulzura por estar en manos de ella. Después, la fiebre que era altísima le privó del conocimiento, pero esa mañana sintiéndose mejor preguntó por ella a tiempo que ella misma entraba con el cura.

Insúa quiso incorporarse, mas al esforzar el brazo izquierdo lanzó un grito, se recostó de nuevo, cerrando los ojos.

—El dolor es más fuerte que yo—murmuró sonriendo.

El cura se le acercó y le estrechó la mano:

—Yo lo conozco de nombre y de fama, señor capitán, y vengo a ver su arañazo.

Y con mano experta desató las vendas puestas por Gabriela, que observaba silenciosa, desde los pies de la cama.

La herida era grande, a la altura del hombro izquierdo; la bala había roto la primera costilla y perforado el omóplato, pero sin fuerzas para salir, estaba perdida entre la carne y el hueso, a la espalda.

El brazo estaba sano, pero falto de apoyo oscilaba como si hubiera sido lesionado también, y a cada movimiento que se le imprimía, la cara del enfermo se crispaba de dolor, mientras sus ojos imploraban disculpas a Gabriela, que iba alcanzando al cura las cosas que le pedía.

De un tajo rápido con una navaja de barba, abrió la carne y extrajo la bala.

—Ahora se curará, señor capitán—dijo después de lavarle prolijamente con infusiones de hierbas y vendarle bien.

Insúa no respondió; la fiebre volvía a apoderarse de él y lo hacía delirar. Durante varios días la temperatura, indicio de una grave infección, fué muy alta, y lo tuvo amodorrado.

El cura venía de mañana, quitaba las vendas, lavaba la herida, ayudado siempre por Gabriela, y luego se marchaba, a caballo, hasta la orilla del río, buscando el vado, que no era frente a las casas, sino más lejos, en los sauzales. Allí Jesús lo esperaba con la canoa, porque el río estaba crecido y no daba paso a pie; desensillaban el caballo, que cruzaba a nado, llevado de la rienda, por don Julián desde la embarcación, hasta la orilla opuesta donde él mismo ensillaba, y tomaba al galope el camino de San Pedro.

Doña Carmen nunca entraba al cuarto del enfermo.

Enlutada como antes, pero con un pliegue más hondo de dolor, en la comisura de los labios, atendía prolijamente todas las cosas que con él se relacionaban, y sin nombrarlo jamás, parecía tenerle a toda hora presente.

Al caer la tarde reuníanse en el oratorio y rezaban el rosario.

La dama hacía coro, y aplicaba siempre las preces por el alma de los muertos en la revolución. No nombraba a su hijo, como si hubiera temido que le faltara la voz.

Floriana rezaba plañendo, hasta que una noche doña Carmen le dijo:

—Yo soy su madre, y no me lamento así.

La mujer guardó silencio desde entonces, pero rezaba arrebozada en su manto, y su cabeza temblaba con los sollozos incontenibles.

Un día Gabriela dijo en la mesa:

—Hoy ha amanecido sin fiebre.

La madre la miró; pareció que iba a hablar, pero no dijo nada.

—Sin fiebre y con hambre—agregó sonriendo un poco Gabriela, íntimamente halagada de aquella curación que en parte se debía a sus cuidados.

Y esa tarde, Insúa que dormía tranquilamente por primera vez, quizás, desde que estaba enfermo, abrió los ojos sin sueño ya, y vió a corta distancia de su cama, sentada en una mecedora, a Gabriela que leía, velándole.

No hizo ningún movimiento para que ella no alzara los ojos del libro, y se puso a examinarla despacio, saboreando su hermosura, más conmovedora en su luto y en la tristeza que envolvía la casa. Entregado a esa contemplación lo sorprendió la mirada de ella, que al volver una página, quiso espiar a su enfermo. Se puso encendida viendo que él la observaba, quizás hacía un largo rato.

—Hoy no ha venido don Julián;—le dijo, cerrando el libro—ayer lo encontró ya bastante bien...

—¿Don Julián? ¿Quién es don Julián, señorita?—dijo él avergonzado de que siempre se le hablara de sus dolencias; y luego recordando:—¡ah, el cura! lo he visto en medio de la fiebre, y no me acordaba.

—Ha sido médico en su tierra y por eso lo llamamos.

—Tiene buena mano, pero no es a él, sin duda, al que más debo...

—¿A quién entonces?—interrogó ella involuntariamente.

—A usted, señorita...

—Señora,—corrigió ella suavemente.

—¡Ah!—dijo él recordando lo que el primer día que se vió en la Casa de los Cuervos, le refirió el capataz.

Y se quedó callado, evocando los recuerdos de la noche de la revolución, que no había tenido tiempo de ordenar en su cerebro fatigado, y que ya le parecían lejanos como un sueño.

Un pesado silencio se hizo entre los dos. Afuera balaban los terneros, porque era la hora en que Floriana ordeñaba las lecheras.

Gabriela para escapar de aquella situación, que sin saber por qué recónditos motivos la hacía callar a ella al mismo tiempo que a él, se acercó a la ventana, y luego dijo:

—No sé si un vaso de leche al pie de la vaca, le sentaría bien. Voy a preguntarle a mama—y salió.

El rumor de sus faldas se había apagado, y él, no obstante lo sentía aún, como un apacible zumbido de dulces abejas.

Tenía vergüenza, una profunda vergüenza de que una mujer tan hermosa hubiera sido su enfermeraen los largos días de fiebre, en que no era dueño de sí mismo.

¿Se habría quejado? A cada gesto que hacía para cambiar de posición un dolor intenso en el hombro le obligaba a apretar los labios para no gritar, y de todas sus miserias, aquella le parecía la más vergonzosa.

¿Qué idea habían de formarse de él, los que le oyeran quejarse como una mujer o un niño?

Un rato después vino Jesús, con un tibio y espumoso vaso de leche, que el enfermo bebió con desgano, y sólo porque el muchacho le dijo:

—Que lo tome todo, me encargó la niña Gabriela.

Insúa se quedó solo, mirando declinar el día, y con el oído atento a los rumores de afuera, en que a veces venía mezclada la voz de ella. Cuando la sombra invadió la arboleda, y en la estancia del enfermo se hizo la noche, vino Gabriela con una lámpara, que le hacía resplandecer el rostro y lucir los ojos garzos.

—Usted me mima—le dijo él, y ella contestó cualquier cosa y se fué dejándolo con la esperanza de que volvería a sentarse a su lado.

Mas no volvió: dos o tres veces la sintió hablar en la galería contigua, o en la pieza de al lado, y fué todo.

Jesús le trajo una taza de caldo que bebió a disgusto por complacerla secretamente. Volvióle la fiebre y pensaba que en aquella casa era un estorbo su presencia, por lo cual debía partir al alba. Se lo dijo así al muchacho, que lo miró extrañado y llevó la nueva a su ama.

Cuando ésta vino, después de cenar, Insúa tenía la mirada febriciente y estaba intranquilo, deseoso de quejarse no de dolor, sino de su mala suerte, que lo tenía allí, clavado en el lecho, molestando a personas a quien no conocía. Algo dijo al ver a Gabriela y ella dulcemente le replicó:

—No se preocupe de ello, lo cuidamos con gusto y no es molestia.

Y con su mano pequeña y suave le tomó el pulso, y le palpó la frente, con lo que él se aquietó.

—Tiene fiebre; le voy a lavar la herida; como me ha enseñado don Julián.

Aquietado súbitamente por el halago de aquella mano, Insúa se resignó a que ella misma hiciese de enfermera, tratándolo como a un niño que no puede valerse, y conociendo de cerca su miseria.

Y mientras ella le aseaba la herida, que iba cerrando aunque lentamente, él que apelaba a todo su vigor para no exhalar un quejido, volvió a sentir la vergüenza de que delante de la joven en las otras curaciones que no recordaba, pudiera haberse mostrado flojo.

Pareció comprenderlo Gabriela, sin que él hablara, y al terminar le dijo:

—Es usted un hombre fuerte, señor capitán. Dicedon Julián que su herida es terriblemente dolorosa, y usted no se queja.

Insúa saboreó sin contestar la dulzura de aquella palabra, y esa noche se durmió tranquilo, como si ella velara a su lado, olvidado de todas las cosas que hacían singularmente penosa su presencia en la Casa de los Cuervos.


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