¿Era eso el amor?
Su corazón había dormido tantos años, que ella pudo creer que el letargo sería eterno, y he aquí, que en las más inverosímiles circunstancias, como en un cuento de niños se prendaba de un hombre.
Había mandado ensillar temprano su caballo, para salir al campo a vigilar ella misma el trabajo de la peonada que recogía la majada, porque se iba a parar rodeo. Su madre, amaneció con una fuerte jaqueca, y ella debía sustituirla.
Sobre el caballo era ágil y su talle fino adquiría una suprema elegancia, hija de una larga costumbre.
Había tomado la rienda y estaba a punto de saltar, ayudada por Jesús, cuando Insúa apareció en la galería. Se levantaba hacía una semana y aunque conservaba el brazo encabestrillado, no parecía un convaleciente.
Se le acercó y le dijo:
—¿Por qué quiere seguir tratándome como enfermo? Si manda que me ensillen un caballo, puedo serle útil en el campo. ¿No sabe que es mi oficio?
Gabriela, sin pensar más, deseosa de complacerle, mandó ensillarle un caballo, y algunos minutos después, partían los dos, al galope, hacia el campo.
No vió la joven aparecer en el cuadro de la puerta que daba al camino, la sombría figura de doña Carmen de Borja, que al verlos salir juntos, sintió una llamarada de indignación subirle al rostro.
—¡Oh, Dios mío!—clamó llevándose las manos a la cabeza. Reprimió, sin embargo, su disgusto, y volvió a sus quehaceres, como si para ella fuera Insúa el mismo hombre que era para todos, en la Casa de los Cuervos, donde se había ganado las voluntades.
El galope de los caballos sonaba acompasado. Gabriela cerraba los ojos, dejándose llevar, y sentía llenársele el corazón de una gran dulzura.
¿Era eso el amor? Insúa le había dicho al salir:
—Ya no es prudente que siga en su casa. Hace tres semanas que soy su huésped, y por mucho misterio que se quiera guardar, no tardará el gobierno en saber dónde estoy. Dicen que me hace buscar.
—En nuestra casa, señor capitán, no pensará nunca.
—Pero lo harán pensar. Yo debo irme ya. He mandado un chasque a Alarcón. No crea, Gabriela, quees mi gusto... ¿sabe? siento alejarme de esta casa, que ha sido un puerto para mí.
—Habíamos quedado—murmuró Gabriela—en que no se acordaría más de eso.
—No lo digo porque a usted le deba la vida. No le gusta que lo recuerde, y cumplo mi palabra. Pero es que le debo más que la vida...
—¿Qué es?—preguntó involuntariamente la joven, notando que él se había callado.
—Le debo la primera ilusión, que me ha hecho comprender realmente el valor de la vida, que también le debo...
El corazón de ella latió con fuerza, agitado sin duda por la carrera desenfrenada de los dos caballos, que sintiendo suave la brida, volaban sobre el campo verde.
Se quedaron en silencio. Cruzaban el monte, chafando la hierba quebradiza por la helada de esa noche, que había quemado la punta de los pastos y llenado de escarcha como azúcar en polvo, las ramas escuetas de los algarrobos y ñandubays, que despertaban al sol de la hermosa mañana.
De la última lluvia, había aún charcos en las hondonadas del terreno, y estaban cubiertos de un frágil cristal de hielo, que saltaba en agujas lucientes, bajo el casco de los corceles. Insúa contuvo al suyo.
—¿Le hace mal galopar?—preguntó Gabriela, siendo esa su primera palabra, después de lo que él le dijera.
—No, Gabriela; pero quisiera alargar estos minutos que estoy con usted; y me parece que el galope los acorta.
Hablaba lentamente, repitiendo las palabras cuando no se oían bien, y había una vaga tristeza en el timbre de su voz.
Por primera vez en su vida apasionada, sentía la nostalgia de la paz. Era una sensación penetrante y desconocida para él, que le hacía desear que el tiempo no corriera, como si las cosas que habían de venir hubieran de ser fatalmente tristes.
Su espíritu positivo se había dejado envolver en la niebla de misterio que flotaba sobre la Casa de los Cuervos, y su voluntad parecía enervada. A media noche solía despertarse, y por la ventana, veía en la misma rama seca a los dos cuervos dormidos, y sentía el rumor inacabable de los eucaliptus, desvelados con el viento de la noche.
Y pensaba en Gabriela, cuya hermosura era la única nota luminosa del cuadro. ¿Pero cómo podía amarla él, que tenía sus manos bañadas en la sangre de aquellos dos hombres que cayeron los primeros en la noche de la revolución?
Cuando le asaltaba el horroroso recuerdo, quería huir de la casa, y siempre era ella en una forma o en otra, con su halago o con sus razones, la que lo disuadía de un propósito que, en verdad, debía rechazar.
El gobierno le perseguía. Al principio se le dió por muerto, y días enteros recorrieron la laguna y el puerto algunas lanchas, buscando su cadáver. Después nació la sospecha de que vivía, oculto en los sauzales con los paisanos matreros. Algunas patrullas merodeaban por las islas, y aun llegaron a la Casa de los Cuervos. Insúa oyó una tarde el ruido de los sables en la galería, y la voz tranquila de doña Carmen de Borja que respondía a los hombres, quitándoles toda sospecha de que allí pudiera estar el que buscaban.
Desde ese día llamóle más la atención la actitud de la dama para con él. Ni una sola vez había entrado en su cuarto durante la gravedad.
Y después, cuando él se levantó, y salió afuera y pudo asistir a la mesa y a la oración, y se multiplicaron las ocasiones de encontrarse, parecióle observar en ella un especial empeño en esquivarle.
Insúa se estremecía pensando que pudiera haber penetrado el horrible secreto que de noche le desvelaba y le sugería la fuga. Pero si la madre sabía, ¿por qué ignoraba la hija?
—He mandado un chasque a Alarcón—volvió a decirle Insúa, mientras cruzaban al tranco un alto pajal, que escondía el cuerpo entero de sus caballos;—es necesario que me vaya, para no comprometerles. Mi gente, además...
Gabriela lo miró; a su corazón que bebía la dulzura de aquellas palabras, en que a través de lasideas indiferentes se traslucía el amor, llegó la onda amarga de una sospecha que a menudo le asaltaba: Insúa preparaba una nueva revolución.
Las miradas de ambos se encontraron: él vió en sus ojos una llama leal como un rayo de sol, y se dejó vencer por la confianza.
—Mi gente me espera, porque quiere vengar la derrota. ¿Será discreta? Me dicen que en Santa Fe nuestros amigos están libres, porque no ha habido pruebas contra ellos, y aunque se les vigila no tardarán en alzarse de nuevo contra el gobierno. Y yo, usted lo comprende, tengo que acompañarles...
Dejó de hablar porque en el rostro de ella, animado un momento por aquella confidencia, que era una prueba de amor, se pintó una gran tristeza.
—¿Qué le pasa, Gabriela?
Habían llegado a la orilla del pajonal, y ella castigó su caballo que partió al galope, seguido por el de Insúa.
—¡Nada! no me pasa nada—respondió sin mirarlo.—Usted no tiene otro pensamiento que la revolución. ¿No sabe el daño que me hace? ¿Piensa alguna vez en los muertos?
Como una puñalada sintió Insúa aquella respuesta.
¿Así, pues, ella sabía lo que sabría la madre? Y aquel secreto que le roía el alma, prohibiéndole dejarse mecer por las ilusiones que nacían, ¿no era ya un secreto?
¿Qué iba a hacer? ¿Por qué ella lo había dejado acercarse, envolviéndole en su gracia que lo embriagó como un vino jamás gustado?
Galopaban los dos por la orilla del monte. De cada uno de los charcos en que se deshacía la escarcha, irradiaba el deslumbrante reflejo del sol, que se quebraba en los cristales de hielo. El cielo, puro y desteñido, sólo hacia el horizonte mostraba un grupo de nubecillas apelotonadas como un montón de caracoles rosados.
Gabriela, impresionada por la hermosura de la mañana, sentía su corazón pronto a fundirse como aquellas agujas de escarcha.
Insúa marchaba detrás de ella, y como los pájaros enmudecidos por el frío, callaban ocultos en las isletas abrigadas del monte, cuando se apagaba el ruido de los cascos de los caballos, por cruzar algún terreno arenoso, se oía el apacible gemido de la brisa que oreaba las pajas brillantes de rocío.
Gabriela refrenó un tanto su aparente fuga, y se dejó alcanzar por Insúa, que galopó un largo rato a su lado sin decirle palabra. Ella temblaba porque parecía pesarle ahora lo que había dicho.
Intrigada por el silencio de él, volvió la cara y lo miró, y casi dió un grito, porque fué un rayo de luz, y ante sus facciones descompuestas, tuvo la evidencia de lo que hacía tiempo flotaba en su alma como una sospecha.
No necesitó que él le dijera nada para comprenderlo todo. Lo hubiera leído en un libro, y no lo habría visto tan claro como en cada uno de los gestos que recordaba de él, y que ahora se aclaraban para ella, su reserva, su miedo al delirio de la fiebre, que podía comprometerle, su disgusto cada vez que se aludía a la noche de la revolución en que murieron su marido y su hermano, a quienes él nunca nombraba, como si tuviera horror a su memoria.
Tenía la clave de todo, y quizá también de aquella inexplicable esquivez de su madre, que huía de encontrarse con él.
¡Ay, Dios! y ella lo había dejado entrar en su alma.
Todos los cuadros del campo, los rincones del monte, donde la arboleda era más tupida, las cañadas llenas de varillas, las azules lagunas en que bebía la hacienda, las barrancas del río, vestidas de carrizas, los sauzales de la margen, todo tenía para ella una sugestión poderosa, porque durante años había vivido en su amistad sembrando en cada uno de los pliegues de la naturaleza, un poco de sus sueños de niña.
Había pasado aquella época, y la cruda realidad de su matrimonio sin poesía y sin amor, había ajado aquellas impalpables ilusiones que la envolvieran como un velo de luz. Sin saber cómo, de pronto, por un golpe teatral, su destino cambiaba, y volvía a agitarse en ella la misma esperanza, a cuyo calornacieran las ilusiones de antaño. Y su sueño se rompía cruelmente. ¿Cómo podía amar ella a aquel hombre que tenía sus manos teñidas en una sangre que le pedía venganza?...
Al volver una isleta del bosque, donde el camino doblaba bruscamente, los dos, que seguían marchando juntos, sin cambiar una palabra, entregados a sus pensamientos, halláronse con la punta de la hacienda que venían arreando los peones.
Ese día estaba señalado para la yerra. Doña Carmen de Borja marcaba todas las crías del año, para que no se confundieran con las de las estancias vecinas, en muchas de las cuales no se usaba marca ninguna.
La hacienda de doña Carmen no era muy numerosa. No obstante, un año con otro pasaban bajo el hierro enrojecido al fuego, cuatrocientos o quinientos terneros, que servían para reponer los animales vendidos o carneados en el año y para aumentar el capital primitivo. La operación era una fiesta, en la que se daban cita desde meses atrás, los peones del contorno para prestar su ayuda y comer y beber con la abundancia que caracterizaba esas ruidosas jornadas.
Reunían la vacada en un vasto corral, de palo a pique, un poste de ñandubay clavado contra otro y otro, de tal modo que ni los perros podían disparar, cuando quedaban dentro, y allí uno por uno iban sacando los terneros, para marcarlos junto a la tranquera.
Al ver la hacienda que desembocaba, Gabriela se detuvo; Insúa caminó algunos pasos y se detuvo también; estaba irritado consigo mismo, con su propio destino, que parecía burlarse de él.
La joven esperó que llegara el capataz, para comunicarle el mensaje de su madre, y después cuando hubo pasado toda la hacienda rodeada por los peones, desfilando lentamente, envuelta en una nube de polvo que se doraba al sol, siguieron los dos, al tranco, detrás de todos.
Los mugidos de los toros coléricos, por ir mezclados con sus rivales, el balido de los terneros, que se iban quedando a la trasera, contestando a las madres que marchaban adelante, los gritos de los peones, persiguiendo a los animales que se escapaban del montón, los ladridos de los perros, jadeantes y embravecidos, apagaban las voces, y les sirvió de pretexto para no hablar.
Cuando llegaron a las casas no habían cruzado una palabra.
Ya a la puerta del corral, en una fogata que encendiera Floriana, tres marcas de hierro con un pequeño mango de hueso en el extremo de la barra, se estaban calentando.
Don Julián, convidado a la fiesta, acababa de llegar. Se había puesto una sotana vieja, color tabacoen el pecho y en los codos. Quería estar pronto para ayudar a los peones en su ruda faena.
—Vamos a marcar terneros, no más, porque no hay hacienda grande orejana—le dijo don Goyo, cuando el cura entusiasta le dió un vigoroso apretón de manos.
—Lo siento, porque tenía ganas de desherrumbrarme las coyunturas.
Abrió los brazos poderosos, y su ancho pecho se dilató, absorbiendo una gran bocanada de aire frío, cargado del viscoso relente de las islas, que la brisa empezaba a barrer.
Insúa que llegaba en ese instante, lo saludó sin bajarse del caballo, y los dos se quedaron allí, mirando los preliminares de la operación.
Antes de encerrar la hacienda en la ensenada—nombre que daban al extenso corral—era necesario apartar las vacas ajenas, que llegaban confundidas, para no marcar sus terneros como si fueran de la estancia. Cada uno de los capataces de los campos colindantes, designaba los animales que le pertenecían y los peones entraban dando gritos, en el montón, para apartarlos de allí, arreando o pechándolos con el encuentro de sus caballos.
Insúa silencioso, con el ceño fruncido, pensando a ratos en otras cosas, miraba la escena que no lograba interesarle.
Las vacas desorientadas, remolineaban entrando de a pequeños grupos en la ensenada. Había más de quince hombres, que corrían revoleando los taleros, y gritando: ¡huajá! ¡huajá!, alarido de guerra que enardecía a los perros.
El capataz conversaba con el cura, vigilando la operación; de cuando en cuando daba un grito, y espoleaba a su caballo, un tostado fogoso, mojado en sudor, que volteaba un novillo de un pechazo.
El espacio en que se paraba el rodeo era amplio, libre de árboles, para que la gente pudiera correr sin riesgo, roída la hierba en el sitio en que acostumbraba detenerse la hacienda, visible la tierra negra, floja y lodosa, por el chapaleo de las pezuñas. El contorno era verde, tapizado de pasto que la helada de esa noche había ennegrecido a trechos. A poca distancia, la punta del bañado, cubierta de camalotes, parecía continuar el campo terso y firme, pero cuando algún peón siguiendo un animal fugado del rodeo, se metía hasta allí al galope, de cada pata del caballo se alzaba un surtidor de agua, que semejaba un chorro de plata a la luz del sol.
En las violentas curvas que la faena obligaba a hacer, conforme el capricho del animal que perseguían, los caballos en su impetuoso galope se tendían como si fueran a caer de costado.
En el aparte de la hacienda ajena, una de las vacas de doña Carmen de Borja huyó dando botes, la cola alzada y tiesa, y dos hombres se fueron tras ella, para volverla al corral. A la distancia en lallanura, sin términos de comparación, sus siluetas comenzaron a achicarse.
De pronto el animal fugitivo, fatigado quizás, se detuvo en seco, y uno de los peones, sin tiempo para desviar su montura cayó como una tromba sobre él, y rodaron por tierra.
—¡Huajá!—gritaron desde el rodeo al verlo caer, y se oyó la contestación del paisano que respondía de lejos, levantándose y volviendo a montar:
—¡No es nada, hermanos! ¡Siga la farra!
Por las orillas del rodeo circulaba la yeguada, dando vueltas, oyéndose apenas el ruido del cencerro de la yegua madrina que marchaba adelante, y detrás de ella, desfilando una a una, toda la manada, los potrillos al lado de las madres.
Más allá era la serenidad de la naturaleza, que trabajaba en silencio la vida de todos, bajo el toldo azul del cielo invernal.
Insúa comparaba esa indiferencia de las cosas, en que durante tantos años había vivido, dejándose penetrar por su belleza tranquila, con la fiebre de la interna batalla a que de golpe lo había arrojado el destino.
¿Quién hubiera creído de él aquella repentina pasión que empezaba a morderle como un can rabioso?
¿Y ella? ¿No era ella la misma la verdadera culpable de que él se sintiera irresistiblemente arrastrado por aquel amor que era como una burla trágica a todas las nociones de honor que imponían y aceptaban las gentes?
La vió llegar al rodeo, acompañando a su madre, que le saludó con la inexplicable esquivez de siempre, poniéndose a hablar con el capataz sobre la yerra que iba a comenzar.
Gabriela tenía los ojos lucientes, como si hubiera llorado, y en el rostro llevaba la marca del horror, por lo que había adivinado. Insúa esperó, la cabeza agachada, mirando al suelo, que parecía temblar con el tropel de la hacienda. La joven llegó hasta él, y sencillamente le dijo:
—Ha llegado Alarcón. El que usted esperaba para irse.
Y aquellas sencillas palabras, cayeron en su corazón como una sentencia. Debía partir; ella se lo decía.