Al otro día el viento soplaba del Norte, llenando el bosque de rumores de hojas caducas. La mañana era tibia y el cielo puro aún, por lo cual Gabriela se decidió a realizar una excursión, que hacía mucho ansiaba, llegar hasta la laguna.
Esa noche se durmió tarde, después de la medrosa visión de los cuervos, y cuando se despertó supo que su madre había salido a recorrer el campo, en su cochecito de dos ruedas que manejaba ella misma.
Llamó entonces a Jesús y lo mandó que preparara el bote, para ir lejos.
Se vistió a prisa; metió en una canasta algunas provisiones, agitado ya su espíritu por la perspectiva de la aventura que significaba para ella aquel paseo, y con su escopeta al hombro, corrió al bote, cuya blanca vela se agitaba alegremente a lo largo del mástil, acariciada por el viento.
En cuanto amarró la escota, y se hinchó el trapo, "La Espuma" partió como una gaviota, navegando de costado porque el viento la tomaba de babor.
El arroyo de Leyes cambiaba bruscamente de rumbo frente a la Casa de los Cuervos, de tal manera que corría durante un buen trecho de Oeste a Este, para rectificar más adelante la curva, y llegar hasta la laguna en un cajón derecho de Norte a Sur.
Gabriela conocía bien el curso del riacho, y sabía acortar su camino, atravesando las cañadas, y seguir por los ramblones con su bote ligero y dócil al timón o al remo.
Pero esa vez navegaba por el lecho del río, aprovechando todo el viento que arrugaba su lomo hinchado por la creciente, que inundaba las islas bajas y unía los esteros en un vasto mar de agua plomiza.
La cortina de sauces, de fronda espesa, salpicada por las flores blancas de las enredaderas que trepaban por sus largos troncos desnudos, impedía ver más allá de la costa.
Cuando alguna gallineta asomaba por encima de los camalotes o de las altas carrizas verdes, que acolchaban la barranca, Gabriela abandonaba el timón, se echaba la escopeta a la cara y hacía fuego, casi siempre con éxito, aunque hubiera tirado al vuelo.
Esa mañana, sin embargo, no le entusiasmaba la caza, que le hacía perder tiempo. Quería aprovechar todos sus minutos para llegar lo más lejos que pudiera. La boca de la laguna no estaba más que a tresleguas, y su bote si el viento no caía, ayudado por la corriente, podía hacerlas en dos horas. No pensaba en lo penoso que sería la vuelta río arriba, y viento en contra quizás.
Miraba pasar las costas verdes, animadas por la vida alegre de los pajaritos que en ruidosas bandadas perseguían los insectos en los carrizales, y aquella visión de alas llenábale el alma con la nebulosa impresión de un sueño.
En las curvas del río, contra la lengua de tierra que avanzaba, formábase una pequeña rompiente, donde la correntada arrojaba las ramillas y las hojas que traía de lejos, y las blondas de espumas que vestían sus aguas turbias, batidas contra la costa gredosa, se condensaban en copos espesos y amarillos, como la manteca, que el bote cortaba con su proa.
El viento no la acompañó hasta el fin. Cayó de golpe, y ella y Jesús tuvieron que empuñar los remos, para ayudar a la mano invisible de la corriente que llevaba el esquife a la deriva.
Ya se veía el vasto manto azul de la hermosa laguna. A lo lejos, hacia el poniente, albeaba al sol la cenefa de espuma de la costa, y se divisaba detrás la pincelada roja de la barranca.
Gabriela palmoteó de entusiasmo cuando el cajón del arroyo de Leyes se abrió, de golpe casi, y el bote se encontró como desorientado, lejos de los sauzales que guiaban su rumbo y sacudido por un oleaje más fuerte, que batía sonoramente sus costados.
—¡Niña Gabriela!—exclamó de pronto Jesús, que había parado de remar.—¡Mire allá!
—¿Qué hay?
—¡Allá, hacia el medio! ¡Mire! un caballo que va cruzando la laguna.
Gabriela soltó los remos y miró, haciendo pantalla de sus manos para defender los ojos de la áspera luz que se reflejaba en el agua.
Estaban como a trescientos metros del punto que llamaba la atención del muchacho. Era un caballo sin duda; chispeaban las gotas que arrojaba con sus resoplidos cada vez que una ola rompía sobre él.
—Es extraño—pensó la joven que conocía el instinto de los animales—¿cómo se ha atrevido a cruzar la laguna, habiendo paso por el río?
El bote corría hacia él, y como el caballo avanzaba, pronto se le pudo observar mejor; parecía cansado; la orilla, de donde partiera estaba lejos, apenas se veía, y ya no tenía más remedio que llegar hasta la otra costa.
De repente Jesús volvió a gritar:
—¡Hay un hombre! mire, niña, ¡agarrado a la clina!
Cuando el bote se acercó más, Gabriela con el corazón palpitante, gritó al dueño del caballo, ofreciéndole pasarlo, y como él no respondiera, pues parecía muerto o desmayado, aunque su mano crispada no soltaba la clina, de unos cuantos golpes de remo se puso al lado. El caballo, un momento pareció desorientarse; miró al bote blanco, sus dos tripulantes, los remos que batían el agua, y perdió de vista la costa. Volvió la cabeza, hacia el otro lado, y arrancó con más fuerza.
Fué entonces cuando Insúa, aletargado por la frialdad del agua soltó la crín y se hundió.
Pero Jesús que espiaba la escena con una profunda ansiedad, arrojóse del bote y nadando como un yacaré se zambulló en el mismo sitio en que acababa de desaparecer el desconocido, y lo alcanzó a sacar.
—¡Bravo, Jesús!—exclamó Gabriela estirándole un remo, de cuya punta se agarró el muchacho, que resoplaba entre alegre y asustado de su propia hazaña.
Ni él, ni ella se habían preocupado de saber si el hombre vivía para sacarle del agua, y cuando a costa de grandes esfuerzos, lograron izarlo a bordo y vieron que caía como una masa inerte, y que estaba frío, los dos se pusieron lívidos de espanto:
—¡Está muerto!
¡El horrible minuto que pasaron entonces al lado de aquel cadáver que habían rescatado, con riesgo de irse a pique!
Pero Jesús, que se había acercado a él, observó sus narices que temblaban como si respirara.
—¡Está vivo!—gritó—¡está desmayado! ¡mire, niña Gabriela, cómo respira!
Sacado del agua, que lo entumecía, renació la vida en aquel cuerpo joven y robusto.
Gabriela empuñó valientemente los remos.
—¡Pronto, Jesús! yo voy a remar; dale friegas, ¡lo que tiene es que se está muriendo de frío, y que ha perdido sangre!
El bote no era más que un punto sobre la extensa planicie de agua, agitada por el viento que empezaba ahora a soplar del Sureste, llenando de nieblas el día.
Gabriela quiso saber la hora, pero el sol se había nublado y el cielo ceniciento parecía pegado al agua obscura, con largas vetas amarillas, por la greda del fondo.
Pasaban algunos camalotes que servían a la niña como punto de mira para saber si avanzaban hacia la costa, que no se veía ya, borrada por la neblina.
Dejó los remos un momento y armó la vela, que podía ser útil. Jesús, en tanto, con alguna torpeza, pero con un incansable vigor, hacía reaccionar la sangre de los miembros ateridos de Insúa. Gabriela se acordó de sus provisiones; tenía pan, queso y carne fría, pero más que todo habría valido un trago de cognac o de vino; pero no había en su canasta.
Insúa permanecía sin sentido; respiraba bien, echado de espaldas sobre el fondo del bote. Para friccionarlo mejor Jesús le abrió la camisa, y su ancho, musculoso pecho, manchado de sangre, se alzaba a compás de la respiración.
La vela se hinchó, pero el viento era escaso, y la joven debió empuñar de nuevo los remos, alejándose imperceptiblemente del centro de la laguna. El caballo de Insúa había desaparecido entre la niebla.
Una hora larga tardó Gabriela en llegar a la desembocadura del arroyo de Leyes, remando contra la corriente. El sudor le pegaba rizos de cabello en la frente, enrojecida por la fatiga.
—¡Jesús, no puedo más!—dijo al fin, y entregó los remos al muchacho y ella se sentó, rendida, en el banco donde estaba apoyada la cabeza de Insúa, sobre el poncho mojado, una de cuyas puntas le cubría el pecho.
Gabriela conocía pocas personas en Santa Fe, pero aquellas facciones varoniles, aquella línea audaz, casi ofensiva del mentón, que la barba negra acentuaba con fuerza, no le eran totalmente desconocidas.
¿Quién era? ¿Quién podía ser?
De repente se acordó, como si un rayo hubiera hecho una repentina luz en su memoria.
—¡Insúa, Insúa!—pensó, asociando el recuerdo de algunas conversaciones oídas a su marido en la última visita. Y se le ocurrió que si aquel hombre estaba allí, herido, recogido en forma tan extraña, era porque en Santa Fe había estallado esa noche la revolución, que se temía, y lo habían vencido.
¡Oh, los muertos, las preces por los muertos, que esa noche rezaron en la estancia y aquella siniestra visión nocturna de los tres cuervos sobre el árbol seco, a la luz de la luna! ¿Fué un sueño? ¿Fué un augurio? ¿Fué un episodio sin sentido?
Una terrible congoja le llenó el alma. Desesperada miró la vela que el húmedo viento del Sureste apenas hinchaba. Debían marchar así, remontando la corriente del río a fuerza de remos. Tomó una larga percha que solía servirles en los bañados para impulsar el bote, cuando no podían remar por falta de agua, y trató de ayudar a Jesús, apoyándola en el fondo del río. Pero allí era profundo y el botador se hundió sin resultado. Se sentó de nuevo, resignada a esperar su turno, una vez que Jesús se rindiera de fatiga.
—¿Estás cansado, Jesús?
—¡No, niña!
Las márgenes verdes pasaban lentamente, pero como el agua corría con más fuerza, la ilusión era de que el bote no avanzaba.
—Dame los remos, Jesús.
—No, niña; no estoy cansado. Dentro de un rato.
Debían de ser las doce. Insúa, dormido o aletargado, continuaba inmóvil, envuelto siempre en sus ropas mojadas, y haciendo ver que estaba vivo por el rumor de su respiración. No estaban ni a la tercera parte de la distancia a la Casa de los Cuervos cuando Jesús soltó los remos.
—¡No puedo más, niña!—dijo con tristeza. Y Gabriela de nuevo comenzó a remar.—La terrible incertidumbre de lo que en Santa Fe podía haber pasado, aquellos sucesos desconocidos de que aquel hombre desmayado en el fondo de "La Espuma" podía tener la clave, le daban una desesperación que se transmitía a sus remos.
—Se va a cansar—le decía suavemente el muchacho, cuya frente morena brillaba sudorosa.
Y así hicieron toda la jornada.
Había cerrado ya la noche cuando llegaron a la vuelta del río, donde estaba la Casa de los Cuervos. Un farol sobre la barranca les indicó el sitio donde debían atracar. La negrita Encarnación tenía la luz y dijo a Gabriela cuando la proa del bote tocó el fondeadero:
—Don Goyo y los peones salieron a buscarla, niña. La señora está llorando.
Gabriela saltó a tierra.
—¡Qué hay!—preguntó a Floriana, que al rumor de las voces salió de las casas.
—¡Ah, niña Gabriela! ¿No sabe lo que ha sucedido?—y se echó en tierra gimiendo como un perro castigado.
—¡Qué hay, Floriana! ¿qué hay, Dios mío?—y como aquella masa humana, tendida en el suelo no tenía voz, sino llantos y gritos, corrió hacia las casas, sintiendo crecer la angustia que la había atormentado y a la vez sostenido en su ruda jornada.
Y fué su madre a la que halló en el dormitorio, sentada junto a la ventana donde esa noche rezaron por el alma de los muertos, la que le dió la noticia que dos mensajeros del gobernador Bayo acababan de traerle.
Su madre refería aquellas cosas horribles, sin el más leve temblor en la voz. La pieza estaba obscura, pero Gabriela veía lucir sus ojos en la profunda sombra.
Cuando lo supo todo, habló ella entre sollozos, y contó su aventura, y aún tuvo fuerzas para decir que el hombre que había salvado era el jefe de esa revolución que enlutaba la casa.
—¿Y ese hombre?—preguntó lentamente doña Carmen cuando Gabriela terminó su relato—¿está en el bote?
—Sí.
Y se abatió en su silla, con la frente pegada en los vidrios de la ventana que daba al campo, donde la niebla, como un tul, esfumaba los contornos de las cosas.