XEL FORASTEROCUANDO llegó a su casa Marinela, jadeante y medrosa, desde el fondo de la cocina donde la esperaban para comer auguró la madre:—Esa coitada rompió el cántaro de fijo.Aguardaron todos en muda expectación a que la niña explicase aquel azoramiento de su vuelta.—No rompí el jarro—murmuró ella con timidez—; es que vide a un señor rezándome, a mí misma, una salve trabucada, tal que si yo fuera la Virgen... Venía de viaje; está demoniado o es judío.—¿Onde fué eso?—preguntó Olalla con asombro mientras los rapaces corrían a la puerta, yMarifloriniciaba también un movimiento de curiosidad.—A orilla de la fuente—dijo la aguadora, tomando otra vez el camino detrás de su prima y de su hermana.La tía Dolores no pareció enterarse de la novedad, entretenida con encenderfuyacosen el rescoldo mantenido por las brasas de un tueco. Y Ramona, cortando lentamente raciones de la hogaza morena, rezongó aburrida:—¡Cuántos parajismos!Ni en la calle silenciosa, caldeada por el flamear del sol, ni en la plaza desierta, vieron los averiguadores rastro alguno del misterioso forastero. El cantarillo, en colmo, seguía derramando el agua riente, que al borbollar ahora, parecía esconder en sus cándidas modulaciones un acento de burla.—Tú soñaste, rapaza—le dijeron los curiosos a la pobre Marinela.—No soñé—afirmó la niña con mucha seguridad, aún palpitantes de admiración los profundos ojos.—¿Era joven?—aludió Florinda con aire distraído.—Mozo y galán; montaba un mulo alto como el nuestro; traía paje y fardel.—¿Por el camino de Astorga?La maragata levantó los hombros un poco insegura.—Creo—dijo—que venía por la mies... no sé de dónde.Y sus pupilas, cambiantes como las piedras preciosas, adquirieron vagos colores de turquesa.Olalla, portadora del cántaro, adelantábase con los niños, yMariflor, enlazando a su prima por la cintura, preguntaba todavía con afán:—¿Era rubio y usaba lentes?—De eso no me acuerdo—balbució la mozuela, buscando ansiosa en su imaginación los perfiles del rostro aparecido. De repente aseguró arrobada:—Tenía los ojos azules.—¿De veras?—De verísimas.Las dos enmudecieron, con los corazones tan aceleradoscomo si el color azul fuera para entrambas un abismo...Durante la comida no se habló una palabra de la aventura de Marinela; sólo Pedro miró a la moza por dos veces, haciéndose en la sién un ademán expresivo, come diciendo: estás «de aquí». La aludida se impacientó ruborosa, y Olalla puso un dedo sobre los labios con prudente disimulo, recomendando la paz.Comían en torno a una de las «perezosas», con grave compostura y aplomada lentitud, como si cumpliesen una sagrada obligación. Olalla, que oficiaba de «sacerdote» en aquella solemne ceremonia, sirvió primero a Florinda y después a Marinela; luego puso en un mismo plato las raciones de Pedro y de Tomás; en otro la de Carmina y la suya, y dejó el resto del caldoso cocido entre su abuela y su madre. Quedaban así establecidas dos tácitas preferencias, que parecían justas en consideración al desgano y el esfuerzo de ambas comensales, dueña cada una de un plato y angustiadas sobre el humo del guisote.Era tan visible la repugnancia con que las dos comían, que Ramona, después de empapujarse varias veces con murmuraciones, atragantadas entre bocados y sorbos, acabó por decir con aquella su ronca voz, sin matices ni blanduras:—¿Por qué no mojáis mánfanos en la salsa? Hay que comer para trabajar. ¡Vaya unas mozas, que no valéis una escupina!.La abuela suspiró con un ¡ay! rutinario, muy tembloroso. Y Olalla posó interrogantes sus ojos claros en las delincuentes: siempre comían poco; ¡pero lo que es hoy!... Abarcó la mesa en una solícita mirada, sin tropezar otros manjares que el pan moreno y duro, y volvióse hacia el llar, desguarnecido de cacerolas, humeante bajo la caldera donde hervía el agua para la comida del cerdo. Paseó en idénticas persecuciones las paredesy el techo de la cocina, y después de lanzar sobre su madre temerosa consulta, que no tuvo respuesta, preguntó a las dos inapetentes:—¿Queréis una febra de bacalao?Todos los ojos se volvieron hacia la pobre bacalada, a la cual un cloque hería prisionera en la altura, pendiente como una interrogación sobre la estancia miserable.Las dos favorecidas por el generoso ofrecimiento se habían apresurado a hundir en la salsa pedacitos de pan desde que Ramona censuró sus melindres. Movieron la cabeza diciendo que no ante la perspectiva del regalo, torpes para hablar, como si una misma angustia les cerrase la boca, y mirándose con singular emoción, a punto de gemir.—No; si tú—saltó la madre iracunda, dirigiéndose a su hija—tienes gustos muy finos; naciste para canonesa y no llegaste a tiempo.La muchacha rompió a llorar con exageradas señales de dolor, como si otros secretos infortunios le acudiesen a los ojos pungidos de lágrimas, mientras que su prima, sintiéndose también envuelta en la insistente acusación, reclamaba su animosa voluntad para serenarse.Olalla había palidecido: nada la hacía estremecer como el lloro de sus hermanos.—¡Madre, por Dios!—rogó conciliadora. Y añadió fingiendo alegría:—Hoy hay postre, que es domingo.Los rapaces se miraron sonrientes, y ella, al levantarse con rumbo a un secreto armario, acarició los hombros de Marinela y le sopló al oído unas palabras, suaves como zureos de paloma...Las manzanas y el queso pusieron a los niños tan alegres, que su animación llegó a resplandecer un poco en toda la familia, y Olalla, más libre de cuidados, reveló de pronto un pensamiento que desde la víspera le venía causando sordas indignaciones:—¡Miren que llegar sin un triste céntimo el hombre de Rosenda, tiene alma!Acogió Ramona la conversación con interés agudo, murmurando:—Ella hace muy bien en amontonarse.—¡Perfectamente!—Amontonarse, ¿qué quiere decir?—preguntóMariflorcuriosa.Y su tía, más amargo que nunca el acento, explicó entonces:—Pues no vivir con «él», no recibirle, negarle hasta el habla.La vieja parpadeó muy de prisa, como si espabilase el sueño o solicitase una gota de llanto para limpiar las nubes de sus ojos.—¡Válgame Dios!—prorrumpió únicamente.—Sí; válganos a las míseras madres abandonadas con los hijos—clamó la nuera.Un exiguo fulgor, como llegado con fatiga desde muy lejos, chispeó en las pupilas de la anciana. Y repuso quejosa:—No lo dirás por ti.—¿Que no?—Si el marido no te puede mandar dinero, de lo suyo gastáis... y algo de los demás.—También lo de mis padres lo gastaron los nietos, que yo no me casé desnuda... y he sudado mucho en somo de la tierra.—¡Ansí es la vida!—Pero cuando es poco lo que se tiene y lo que se trabaja, al padre cumple mantener a los hijos... o non facerlos.—¡Mujer!—Lo que usted oye.—¿Y cuando el esposo gasta mala suerte y mala salud?...—subrayó la vieja, amarilla y temblante como la llama de un cirio.—¡Que se chive!—escupió Ramona con brutalidad, poniéndose de pie.Su elevada estatura dominó la estancia al ras casi del techo. Extendió los brazos hacia los relieves de la comida y alzó de una sola vuelta platos y cucharas, los mendrugos de pan, la fuente y el mantel: todo lo depositó sin ruido en el rincón donde era costumbre lavar el belezo. Se puso un delantal de arpillera sobre la saya «rajona» y comenzó calladamente aquella labor menuda que en los días festivos excusaba a su hija.Sobre el lejano resplandor enceso en los ojos de la anciana, cayó la rugosa cortina de los párpados. Apoyó la tía Dolores un codo en las rodillas, en la mano la frente, los pies en un «silletín», y pareció que se amodorraba en el sopor de una fácil siesta.Los rapaces se habían escabullido hacia el corral, y las tres mozas, descoloridas, inmóviles, se inclinaban en una misma actitud de sobresalto, como si las aturdiese el rudo peso de aquellas frases que sonaron a disputa y maldición.Olalla, vergonzosa de que su prima sorprendiese tan acerbas intimidades, quiso, para disimular su disgusto, seguir hablando de Rosenda Alonso.—Es una hija del tío Rosendín, ¿sabes?—le dijo en voz baja aMariflor.—¿El sacristán?—Ese. Figúrate que la pobre parió dos mielgos la semana pasada; ¿te acuerdas?—Sí; yo la encontré pocos días antes, que daba compasión...Y la muchacha se estremece al recuerdo de aquella criatura sin forma de mujer, apabilado el rostro, desfallecida como una sombra, arrastrando con paso vacilante unfeijede leña y un vientre enorme.—Pues tiene otro rapaz—continúa Olalla—que anda en cuello todavía y sin qué echar a la boca; cuando va y se le presenta el marido fambreando también.—¿El, es bueno?—Serálo; pero es pobre como las mismas ratas.—Si se quieren...—¿Cómo se han a querer, boba, sin ser dueños ni de un quiñón de tierra?Triunfante al exponer aquella rotunda imposibilidad, la joven dice:—Con menos apuros las maragatas se amontonan cuando los maridos vuelven sin dinero. ¿No verdá, Marinela?—y sacude blandamente a la trasoñada niña.Ella parece despertar de una grave meditación, se hace repetir la pregunta, y luego responde con respetuoso fatalismo:—Es el usaje del país.Y Florinda, abrumada por la validez indiscutible de tal uso, baja la frente sin replicar. Otros íntimos anhelos la preocupan, mucho más agitados desde que Marinela encontró al forastero de los ojos azules...Entra Pedro desperezándose, y dice que después del Rosario irá a fincar los bolos; en su aire aburrido se conoce el deseo de que llegue la hora. Como parlotea en alta voz, Olalla le advierte por señas que está durmiendo la abuelita, y él entonces vuelve a salir hacia el corral donde los chiquillos discuten la posesión de unrongayode manzana.Desde la oscuridad donde trajina, pregunta secamente Ramona:—¿No lleváis al chabarco los curros?La abuela se estremece sin abrir los ojos, y las muchachas se ponen de pie como sacudidas por un resorte.—Agora mismo—dice la mayor—. Y las otras la siguen con mucha celeridad, como si les diese miedo quedarse en la cocina.La brusca luz de fuera les hace a las tres entornar los párpados. Elestradínestá lleno de moscas y de polvo,y el corral, a pleno medio día, arde y calla, reverberante de sol.—¿Onde estarán esos pillavanes?—dice Olalla, viendo que sus hermanos han desaparecido.Se oyen hacia el huerto unas risas pueriles, y las gallinas se alborotan pedigüeñas delante de las muchachas.En la negra habitación que acaban de abandonar parece que con ellas ha huído la poca luz que había, aquel dorado resplandor que desde elestradínentraba con un vaho caliente de la tierra. El trashoguero, embrasado todavía, pone en el hondo llar rojos matices de expirante lumbre y un olor de agua sucia emerge en el aire con la oscuridad y con el humo.La tía Dolores, apenas salieron las muchachas, se enderezó con singulares bríos, cerró las dos puertas que daban acceso a la cocina y, adelantándose en la sombra, segura como un remordimiento, preguntó hacia el sitio aquel donde se rebullía la nuera:—Si viene Isidoro, ¿tú no le recibes?Hubo un silencio frío... Se oyó después un «No, señora».Menos firme, la voz de la anciana tornó a decir:—Y si algún día viene a tu casa Pedro, comalido y pobre, ¿le recibirás?Vibró al punto un fuerte «Sí, señora».Y la tía Dolores, extendiendo los brazos con un sordo crujido, replicó anhelante:—¡Pues no olvides que esta casa es mía!Se quedó allí la vieja, muda y en cruz, sin que el rincón sombrío se diese por enterado de aquella lógica irrebatible. Porque Ramona, que ya había acabado de fregar, abrió sin ruido la puerta lindante con la cuadra y salió llevando la comida para el cerdo...El caudal que durante los inviernos pasa trabajador por los molinos, derivado del Duerma, hace su entradaen Valdecruces bajo la humilde forma de un arroyo, sujeto a languideces estivales que en ocasiones llegaron a borrar la estela desmayada. Viene esta caricia de aquel lado donde madura más temprana la mies, donde no todo el terreno es añojal y hasta algunas parcelas pueden pomposamente llamarse «de regadío» cuando los ardientes calores funden en el Teleno heladas nieves, y unos providenciales arroyatos brindan a este rincón de la llanura el piadoso murmullo de su limosna.Por el mismo lado entró, en este día memorable, un poeta con ínfulas de libertador, como si todas las sonrisas de la esperanza hubiesen de llegar a Valdecruces desde allí.Mientras Olalla espera que los patos se bañen en el desmedrado arroyuelo, las otras dos mocitas están muy silenciosas y meditabundas mirando cómo fluye el tenue hilo de la corriente. Y sin más preámbulo, como si una invencible preocupación la sugestionase, Marinela dice:—Sí, sí; por aquel lado «venía».Su voz, impregnada de misterio, balbuce al oído de la enamorada, que se estremece y se turba:—Hace volcán—pronuncia Olalla vagamente—. Y Florinda cubre sus cabellos con el pañuelo blanco del bolsillo.En el sopor fatigoso de la hora fulgura el aire y duerme la tierra, retostada y sediente, sin que llegue del vecindario un solo suspiro hasta la calle, desde las ventanas, abiertas como bocas en perezoso bostezo.Han madrugado mucho los calores y los campesinos temen, con razón, que se les tueste la cosecha antes de estar en punto de segarse. Andan ya «cogiendo la vez» para los trajines del riego, solicitando hasta la última gota del agua que empieza a murmurar como en agosto, derretida en los montes por este mismo ábrego que en la llanura consume los caudales del Duerna.Tales pensamientos se agitan en la mente de Olallacon fatigado rumbo: este arroyo, vecino de su calle, no le dará corriente para lavar la ropa, para bañar los patos, para surtir a la cocina; y, sobre todo, no podrán buscar quien las ayude en las tareas del riego, ni en las de lajajay escardadura; quizá tampoco en las de la siega y la recolección. Las obreras son demasiado pobres para esperar por los jornales; de América no mandan un céntimo; el tío Cristóbal pide los haberes o la casa, y la abuelita chochea sin acordarse de lo que debe, de lo que es suyo, de cuanto sea preciso pagar y conseguir. Ya volaron los restos de la «matación», y la olla cuece sin «llardo» y sin «febrayas», como la del último pobre del lugar. Escasea el aceite; faltan zapatos a los niños; la madre sufre y riñe, con el genio más adusto que nunca...—¡Dios santo!—clama la moza en medio de sus meditaciones, sin poderse contener.—¿Qué sucede?—le pregunta su prima.Pero Olalla conoce por instinto el arte de fingir. Su carácter reservado y oscuro no se presta a las expansiones; siente un salvaje pudor de aquella terrible miseria que a pasos agigantados se posesiona de su hogar, y hasta en el seno de la familia procura disimularla, menos por compasión que por orgullo de mujer fuerte, por extraña codicia que la empuja con bravo deseo a esconder, como un tesoro, penas y trabajos para ella sola, hasta donde sea posible.—Sucede—responde tranquila—que estáis cogiendo un sofoco sin necesidá; veivos a casa.—No, no—se apresuran a decir las otras con obstinación.Y como Olalla siente que la negativa está envuelta en nubes de inquietud, quiere ahuyentar con frases animosas aquel mudo trastorno, y balbuce palabras resonantes que tiemblan en la penumbra de los pensamientos igual que pajarillos lanzados a volar en medio de la noche:—Bailaremos a la tarde. Ya Marinela tiene que empezara ser moza, y tú habrás aprendido las danzas de aquí, en dos meses que las ves...—No aprendo todavía—respondeMariflor.—No bailo—asegura Marinela.Impaciente por aquellos murmullos negativos, Olalla prorrumpe:—¡Sodes bobas!Sonríe Florinda, deseando mostrarse menos preocupada, pero busca en vano alguna cosa alegre que decir; y como los «curros» patullan en la fangosa margen del arroyo, comenta distraídamente.—Casi no tienen agua.—Sí; el aflujo va mermando con la sequía, y en el bañil de allá bajo tampoco hay bastante para que las bestias se remojen...—¡Si lloviese!—ansíaMariflor, sabiendo que se aguarda la lluvia como un gran beneficio.Las tres alzan los ojos con incertidumbre hacia el flamante cielo, curvado en imperturbable serenidad sobre la aldea, y los tornan después hacia la calle, que silente y espaciosa como un ejido, huye al campo con el leve surco del arroyo entre las guijas.La doble hilera de casas, puestas holgadamente en su sitio con cierta urbana solemnidad, se interrumpe a menudo por sebes de huertos, portones de corrales y afluencias de otras rúas, que también se abren anchas, calientes y dormidas.—Parece que no hay nadie en el pueblo—diceMariflor, dominada por el agobio profundo de tanta soledad.—Están todos echando la sosiega, mujer; ya verás como otros domingos, a la hora del Rosario y después en el baile, cuánta gente.Y Olalla, siempre calmosa, parece que se olvida de recoger sus patos.Hasta que llega un perruco con la lengua fuera a beberen el mísero arroyuelo, y espanta los ánades que salen parpando a las orillas en torpes vaivenes.El gozque, así que sacia la sed, ladra con furia, y cuando las niñas vuelven la cabeza buscando el motivo de aquel alboroto, ven a Ramona asomándose a la empalizada del corral.—El tercero para las dos—advierte—. ¡Si habéis d’ir al Rosario!...A esta sazón rompe a tocar la esquila de la iglesia.Aléjase el perro, lanzando sordos gruñidos a la brusca aparición de Ramona, mientras las muchachas y los patos se recogen.Y en la calle, letárgica otra vez, sólo parece vivir el hilo tenue del arroyo, y un trapo que a lo lejos pone erguida su dudosa blancura, como anuncio y señal de una taberna.Cuando vuelven a caer las tres mozas en el hondo agujero de la cocina, sienten una frescura penetrante en medio de una densa oscuridad.Mas, pronto Olalla descubre en la masa de sombras y de humo a laChosca, acurrucada en el suelo entre la ceniza, dando sorbos y bocados voraces a la misteriosa sustancia que extrae de un pucherete.En el escaño, donde suele dormir la criada, se ha escondido la tía Dolores. Allí está inmóvil sobre la ruin yacija, dominada por el letargo o por el sueño.—¿Qué hace usté, abuela?—le pregunta la joven asombrada—¿Duerme todavía?... ¿No viene a la parroquia?La sacude con el temor de que pueda ocurrirle un accidente.Pero ella responde levantándose:—Ya voy.También su voz ahora parece que ha venido de muy lejos, como el fugaz relámpago que le brilla algunas veces en los ojos.Hoy la esquila avisadora voltea con más sutiles vibraciones; algo le sucede; anuncia una cosa extraordinaria; tiene una doble intención, oculta en el repique insinuante en los últimos golpes:Tan... tan... tan...¿Qué secretos dice a gritos la esquila?...Esto se preguntaMarifloracabándose de vestir, y en tanto que vuelan como alondras sus deseos.Ya las tres maragatas están muy elegantes, que, de la antigua opulencia familiar, guarda la tía Dolores ricas vestiduras del país: «rodos»; sayuelos, dengues, arracadas, mandiles y otros aliños de mucha gracia y mérito, aunque no cotizables para la avaricia del tío Cristóbal, como los «bagos» y las yuntas.Marinela, endomingada desde muy temprano, aguardó en un rincón que las otras terminasen su arreglo, procurando no estorbar en la estrechez del gabinete de Florinda, único de la casa donde con el sol entra alegre la luz.Cuando van a salir, llega muy presurosa la sobrina del párroco, con la mantilla puesta y el rostro encendido.—Como tardábais—dice—, vengo por vosotras. Y añade en impaciente explosión confidencial:—¿No sabéis?... Ha llegado a casa de mi tío un señor de Madrid: escribe libros y cantares, y habla mucho deMariflor.—¿Le conocías?—prorrumpe Marinela estupefacta, adivinando que ha parecido su forastero de los ojos azules.La aludida, acelerado el pulso, batiente el corazón, murmura como un eco de contestaciones idénticas:—Venía «con nosotras» en el tren...—Sí; es verdad—corrobora Ascensión—, lo ha contado en la mesa, y como yo he servido la comida lo estuve oyendo todo.Olalla oculta impasible sus impresiones, y las pupilas volubles de Marinela relumbran como dos esmeraldas.—¿No está loco?—interroga.Y luego que refiere a la sobrina del cura su hallazgo singular del medio día, ésta clama risueña:—¡Andanda con la salve!... Pues el señor que dices está en su sano juicio, es bien fablado y buen mozo.—No llegaremos a tiempo—murmura pasivamente Olalla.Movidas por advertencia tan oportuna, salen del gabinete y de nuevo cruzan las sombras del pasillo y de la cocina, evitando con la puerta principal el rodeo de la calle. Ni junto al llar ni en el escaño hay figuras humanas esta vez: la casa, desierta y silenciosa, se agacha humilde bajo el sol.
XEL FORASTEROCUANDO llegó a su casa Marinela, jadeante y medrosa, desde el fondo de la cocina donde la esperaban para comer auguró la madre:—Esa coitada rompió el cántaro de fijo.Aguardaron todos en muda expectación a que la niña explicase aquel azoramiento de su vuelta.—No rompí el jarro—murmuró ella con timidez—; es que vide a un señor rezándome, a mí misma, una salve trabucada, tal que si yo fuera la Virgen... Venía de viaje; está demoniado o es judío.—¿Onde fué eso?—preguntó Olalla con asombro mientras los rapaces corrían a la puerta, yMarifloriniciaba también un movimiento de curiosidad.—A orilla de la fuente—dijo la aguadora, tomando otra vez el camino detrás de su prima y de su hermana.La tía Dolores no pareció enterarse de la novedad, entretenida con encenderfuyacosen el rescoldo mantenido por las brasas de un tueco. Y Ramona, cortando lentamente raciones de la hogaza morena, rezongó aburrida:—¡Cuántos parajismos!Ni en la calle silenciosa, caldeada por el flamear del sol, ni en la plaza desierta, vieron los averiguadores rastro alguno del misterioso forastero. El cantarillo, en colmo, seguía derramando el agua riente, que al borbollar ahora, parecía esconder en sus cándidas modulaciones un acento de burla.—Tú soñaste, rapaza—le dijeron los curiosos a la pobre Marinela.—No soñé—afirmó la niña con mucha seguridad, aún palpitantes de admiración los profundos ojos.—¿Era joven?—aludió Florinda con aire distraído.—Mozo y galán; montaba un mulo alto como el nuestro; traía paje y fardel.—¿Por el camino de Astorga?La maragata levantó los hombros un poco insegura.—Creo—dijo—que venía por la mies... no sé de dónde.Y sus pupilas, cambiantes como las piedras preciosas, adquirieron vagos colores de turquesa.Olalla, portadora del cántaro, adelantábase con los niños, yMariflor, enlazando a su prima por la cintura, preguntaba todavía con afán:—¿Era rubio y usaba lentes?—De eso no me acuerdo—balbució la mozuela, buscando ansiosa en su imaginación los perfiles del rostro aparecido. De repente aseguró arrobada:—Tenía los ojos azules.—¿De veras?—De verísimas.Las dos enmudecieron, con los corazones tan aceleradoscomo si el color azul fuera para entrambas un abismo...Durante la comida no se habló una palabra de la aventura de Marinela; sólo Pedro miró a la moza por dos veces, haciéndose en la sién un ademán expresivo, come diciendo: estás «de aquí». La aludida se impacientó ruborosa, y Olalla puso un dedo sobre los labios con prudente disimulo, recomendando la paz.Comían en torno a una de las «perezosas», con grave compostura y aplomada lentitud, como si cumpliesen una sagrada obligación. Olalla, que oficiaba de «sacerdote» en aquella solemne ceremonia, sirvió primero a Florinda y después a Marinela; luego puso en un mismo plato las raciones de Pedro y de Tomás; en otro la de Carmina y la suya, y dejó el resto del caldoso cocido entre su abuela y su madre. Quedaban así establecidas dos tácitas preferencias, que parecían justas en consideración al desgano y el esfuerzo de ambas comensales, dueña cada una de un plato y angustiadas sobre el humo del guisote.Era tan visible la repugnancia con que las dos comían, que Ramona, después de empapujarse varias veces con murmuraciones, atragantadas entre bocados y sorbos, acabó por decir con aquella su ronca voz, sin matices ni blanduras:—¿Por qué no mojáis mánfanos en la salsa? Hay que comer para trabajar. ¡Vaya unas mozas, que no valéis una escupina!.La abuela suspiró con un ¡ay! rutinario, muy tembloroso. Y Olalla posó interrogantes sus ojos claros en las delincuentes: siempre comían poco; ¡pero lo que es hoy!... Abarcó la mesa en una solícita mirada, sin tropezar otros manjares que el pan moreno y duro, y volvióse hacia el llar, desguarnecido de cacerolas, humeante bajo la caldera donde hervía el agua para la comida del cerdo. Paseó en idénticas persecuciones las paredesy el techo de la cocina, y después de lanzar sobre su madre temerosa consulta, que no tuvo respuesta, preguntó a las dos inapetentes:—¿Queréis una febra de bacalao?Todos los ojos se volvieron hacia la pobre bacalada, a la cual un cloque hería prisionera en la altura, pendiente como una interrogación sobre la estancia miserable.Las dos favorecidas por el generoso ofrecimiento se habían apresurado a hundir en la salsa pedacitos de pan desde que Ramona censuró sus melindres. Movieron la cabeza diciendo que no ante la perspectiva del regalo, torpes para hablar, como si una misma angustia les cerrase la boca, y mirándose con singular emoción, a punto de gemir.—No; si tú—saltó la madre iracunda, dirigiéndose a su hija—tienes gustos muy finos; naciste para canonesa y no llegaste a tiempo.La muchacha rompió a llorar con exageradas señales de dolor, como si otros secretos infortunios le acudiesen a los ojos pungidos de lágrimas, mientras que su prima, sintiéndose también envuelta en la insistente acusación, reclamaba su animosa voluntad para serenarse.Olalla había palidecido: nada la hacía estremecer como el lloro de sus hermanos.—¡Madre, por Dios!—rogó conciliadora. Y añadió fingiendo alegría:—Hoy hay postre, que es domingo.Los rapaces se miraron sonrientes, y ella, al levantarse con rumbo a un secreto armario, acarició los hombros de Marinela y le sopló al oído unas palabras, suaves como zureos de paloma...Las manzanas y el queso pusieron a los niños tan alegres, que su animación llegó a resplandecer un poco en toda la familia, y Olalla, más libre de cuidados, reveló de pronto un pensamiento que desde la víspera le venía causando sordas indignaciones:—¡Miren que llegar sin un triste céntimo el hombre de Rosenda, tiene alma!Acogió Ramona la conversación con interés agudo, murmurando:—Ella hace muy bien en amontonarse.—¡Perfectamente!—Amontonarse, ¿qué quiere decir?—preguntóMariflorcuriosa.Y su tía, más amargo que nunca el acento, explicó entonces:—Pues no vivir con «él», no recibirle, negarle hasta el habla.La vieja parpadeó muy de prisa, como si espabilase el sueño o solicitase una gota de llanto para limpiar las nubes de sus ojos.—¡Válgame Dios!—prorrumpió únicamente.—Sí; válganos a las míseras madres abandonadas con los hijos—clamó la nuera.Un exiguo fulgor, como llegado con fatiga desde muy lejos, chispeó en las pupilas de la anciana. Y repuso quejosa:—No lo dirás por ti.—¿Que no?—Si el marido no te puede mandar dinero, de lo suyo gastáis... y algo de los demás.—También lo de mis padres lo gastaron los nietos, que yo no me casé desnuda... y he sudado mucho en somo de la tierra.—¡Ansí es la vida!—Pero cuando es poco lo que se tiene y lo que se trabaja, al padre cumple mantener a los hijos... o non facerlos.—¡Mujer!—Lo que usted oye.—¿Y cuando el esposo gasta mala suerte y mala salud?...—subrayó la vieja, amarilla y temblante como la llama de un cirio.—¡Que se chive!—escupió Ramona con brutalidad, poniéndose de pie.Su elevada estatura dominó la estancia al ras casi del techo. Extendió los brazos hacia los relieves de la comida y alzó de una sola vuelta platos y cucharas, los mendrugos de pan, la fuente y el mantel: todo lo depositó sin ruido en el rincón donde era costumbre lavar el belezo. Se puso un delantal de arpillera sobre la saya «rajona» y comenzó calladamente aquella labor menuda que en los días festivos excusaba a su hija.Sobre el lejano resplandor enceso en los ojos de la anciana, cayó la rugosa cortina de los párpados. Apoyó la tía Dolores un codo en las rodillas, en la mano la frente, los pies en un «silletín», y pareció que se amodorraba en el sopor de una fácil siesta.Los rapaces se habían escabullido hacia el corral, y las tres mozas, descoloridas, inmóviles, se inclinaban en una misma actitud de sobresalto, como si las aturdiese el rudo peso de aquellas frases que sonaron a disputa y maldición.Olalla, vergonzosa de que su prima sorprendiese tan acerbas intimidades, quiso, para disimular su disgusto, seguir hablando de Rosenda Alonso.—Es una hija del tío Rosendín, ¿sabes?—le dijo en voz baja aMariflor.—¿El sacristán?—Ese. Figúrate que la pobre parió dos mielgos la semana pasada; ¿te acuerdas?—Sí; yo la encontré pocos días antes, que daba compasión...Y la muchacha se estremece al recuerdo de aquella criatura sin forma de mujer, apabilado el rostro, desfallecida como una sombra, arrastrando con paso vacilante unfeijede leña y un vientre enorme.—Pues tiene otro rapaz—continúa Olalla—que anda en cuello todavía y sin qué echar a la boca; cuando va y se le presenta el marido fambreando también.—¿El, es bueno?—Serálo; pero es pobre como las mismas ratas.—Si se quieren...—¿Cómo se han a querer, boba, sin ser dueños ni de un quiñón de tierra?Triunfante al exponer aquella rotunda imposibilidad, la joven dice:—Con menos apuros las maragatas se amontonan cuando los maridos vuelven sin dinero. ¿No verdá, Marinela?—y sacude blandamente a la trasoñada niña.Ella parece despertar de una grave meditación, se hace repetir la pregunta, y luego responde con respetuoso fatalismo:—Es el usaje del país.Y Florinda, abrumada por la validez indiscutible de tal uso, baja la frente sin replicar. Otros íntimos anhelos la preocupan, mucho más agitados desde que Marinela encontró al forastero de los ojos azules...Entra Pedro desperezándose, y dice que después del Rosario irá a fincar los bolos; en su aire aburrido se conoce el deseo de que llegue la hora. Como parlotea en alta voz, Olalla le advierte por señas que está durmiendo la abuelita, y él entonces vuelve a salir hacia el corral donde los chiquillos discuten la posesión de unrongayode manzana.Desde la oscuridad donde trajina, pregunta secamente Ramona:—¿No lleváis al chabarco los curros?La abuela se estremece sin abrir los ojos, y las muchachas se ponen de pie como sacudidas por un resorte.—Agora mismo—dice la mayor—. Y las otras la siguen con mucha celeridad, como si les diese miedo quedarse en la cocina.La brusca luz de fuera les hace a las tres entornar los párpados. Elestradínestá lleno de moscas y de polvo,y el corral, a pleno medio día, arde y calla, reverberante de sol.—¿Onde estarán esos pillavanes?—dice Olalla, viendo que sus hermanos han desaparecido.Se oyen hacia el huerto unas risas pueriles, y las gallinas se alborotan pedigüeñas delante de las muchachas.En la negra habitación que acaban de abandonar parece que con ellas ha huído la poca luz que había, aquel dorado resplandor que desde elestradínentraba con un vaho caliente de la tierra. El trashoguero, embrasado todavía, pone en el hondo llar rojos matices de expirante lumbre y un olor de agua sucia emerge en el aire con la oscuridad y con el humo.La tía Dolores, apenas salieron las muchachas, se enderezó con singulares bríos, cerró las dos puertas que daban acceso a la cocina y, adelantándose en la sombra, segura como un remordimiento, preguntó hacia el sitio aquel donde se rebullía la nuera:—Si viene Isidoro, ¿tú no le recibes?Hubo un silencio frío... Se oyó después un «No, señora».Menos firme, la voz de la anciana tornó a decir:—Y si algún día viene a tu casa Pedro, comalido y pobre, ¿le recibirás?Vibró al punto un fuerte «Sí, señora».Y la tía Dolores, extendiendo los brazos con un sordo crujido, replicó anhelante:—¡Pues no olvides que esta casa es mía!Se quedó allí la vieja, muda y en cruz, sin que el rincón sombrío se diese por enterado de aquella lógica irrebatible. Porque Ramona, que ya había acabado de fregar, abrió sin ruido la puerta lindante con la cuadra y salió llevando la comida para el cerdo...El caudal que durante los inviernos pasa trabajador por los molinos, derivado del Duerma, hace su entradaen Valdecruces bajo la humilde forma de un arroyo, sujeto a languideces estivales que en ocasiones llegaron a borrar la estela desmayada. Viene esta caricia de aquel lado donde madura más temprana la mies, donde no todo el terreno es añojal y hasta algunas parcelas pueden pomposamente llamarse «de regadío» cuando los ardientes calores funden en el Teleno heladas nieves, y unos providenciales arroyatos brindan a este rincón de la llanura el piadoso murmullo de su limosna.Por el mismo lado entró, en este día memorable, un poeta con ínfulas de libertador, como si todas las sonrisas de la esperanza hubiesen de llegar a Valdecruces desde allí.Mientras Olalla espera que los patos se bañen en el desmedrado arroyuelo, las otras dos mocitas están muy silenciosas y meditabundas mirando cómo fluye el tenue hilo de la corriente. Y sin más preámbulo, como si una invencible preocupación la sugestionase, Marinela dice:—Sí, sí; por aquel lado «venía».Su voz, impregnada de misterio, balbuce al oído de la enamorada, que se estremece y se turba:—Hace volcán—pronuncia Olalla vagamente—. Y Florinda cubre sus cabellos con el pañuelo blanco del bolsillo.En el sopor fatigoso de la hora fulgura el aire y duerme la tierra, retostada y sediente, sin que llegue del vecindario un solo suspiro hasta la calle, desde las ventanas, abiertas como bocas en perezoso bostezo.Han madrugado mucho los calores y los campesinos temen, con razón, que se les tueste la cosecha antes de estar en punto de segarse. Andan ya «cogiendo la vez» para los trajines del riego, solicitando hasta la última gota del agua que empieza a murmurar como en agosto, derretida en los montes por este mismo ábrego que en la llanura consume los caudales del Duerna.Tales pensamientos se agitan en la mente de Olallacon fatigado rumbo: este arroyo, vecino de su calle, no le dará corriente para lavar la ropa, para bañar los patos, para surtir a la cocina; y, sobre todo, no podrán buscar quien las ayude en las tareas del riego, ni en las de lajajay escardadura; quizá tampoco en las de la siega y la recolección. Las obreras son demasiado pobres para esperar por los jornales; de América no mandan un céntimo; el tío Cristóbal pide los haberes o la casa, y la abuelita chochea sin acordarse de lo que debe, de lo que es suyo, de cuanto sea preciso pagar y conseguir. Ya volaron los restos de la «matación», y la olla cuece sin «llardo» y sin «febrayas», como la del último pobre del lugar. Escasea el aceite; faltan zapatos a los niños; la madre sufre y riñe, con el genio más adusto que nunca...—¡Dios santo!—clama la moza en medio de sus meditaciones, sin poderse contener.—¿Qué sucede?—le pregunta su prima.Pero Olalla conoce por instinto el arte de fingir. Su carácter reservado y oscuro no se presta a las expansiones; siente un salvaje pudor de aquella terrible miseria que a pasos agigantados se posesiona de su hogar, y hasta en el seno de la familia procura disimularla, menos por compasión que por orgullo de mujer fuerte, por extraña codicia que la empuja con bravo deseo a esconder, como un tesoro, penas y trabajos para ella sola, hasta donde sea posible.—Sucede—responde tranquila—que estáis cogiendo un sofoco sin necesidá; veivos a casa.—No, no—se apresuran a decir las otras con obstinación.Y como Olalla siente que la negativa está envuelta en nubes de inquietud, quiere ahuyentar con frases animosas aquel mudo trastorno, y balbuce palabras resonantes que tiemblan en la penumbra de los pensamientos igual que pajarillos lanzados a volar en medio de la noche:—Bailaremos a la tarde. Ya Marinela tiene que empezara ser moza, y tú habrás aprendido las danzas de aquí, en dos meses que las ves...—No aprendo todavía—respondeMariflor.—No bailo—asegura Marinela.Impaciente por aquellos murmullos negativos, Olalla prorrumpe:—¡Sodes bobas!Sonríe Florinda, deseando mostrarse menos preocupada, pero busca en vano alguna cosa alegre que decir; y como los «curros» patullan en la fangosa margen del arroyo, comenta distraídamente.—Casi no tienen agua.—Sí; el aflujo va mermando con la sequía, y en el bañil de allá bajo tampoco hay bastante para que las bestias se remojen...—¡Si lloviese!—ansíaMariflor, sabiendo que se aguarda la lluvia como un gran beneficio.Las tres alzan los ojos con incertidumbre hacia el flamante cielo, curvado en imperturbable serenidad sobre la aldea, y los tornan después hacia la calle, que silente y espaciosa como un ejido, huye al campo con el leve surco del arroyo entre las guijas.La doble hilera de casas, puestas holgadamente en su sitio con cierta urbana solemnidad, se interrumpe a menudo por sebes de huertos, portones de corrales y afluencias de otras rúas, que también se abren anchas, calientes y dormidas.—Parece que no hay nadie en el pueblo—diceMariflor, dominada por el agobio profundo de tanta soledad.—Están todos echando la sosiega, mujer; ya verás como otros domingos, a la hora del Rosario y después en el baile, cuánta gente.Y Olalla, siempre calmosa, parece que se olvida de recoger sus patos.Hasta que llega un perruco con la lengua fuera a beberen el mísero arroyuelo, y espanta los ánades que salen parpando a las orillas en torpes vaivenes.El gozque, así que sacia la sed, ladra con furia, y cuando las niñas vuelven la cabeza buscando el motivo de aquel alboroto, ven a Ramona asomándose a la empalizada del corral.—El tercero para las dos—advierte—. ¡Si habéis d’ir al Rosario!...A esta sazón rompe a tocar la esquila de la iglesia.Aléjase el perro, lanzando sordos gruñidos a la brusca aparición de Ramona, mientras las muchachas y los patos se recogen.Y en la calle, letárgica otra vez, sólo parece vivir el hilo tenue del arroyo, y un trapo que a lo lejos pone erguida su dudosa blancura, como anuncio y señal de una taberna.Cuando vuelven a caer las tres mozas en el hondo agujero de la cocina, sienten una frescura penetrante en medio de una densa oscuridad.Mas, pronto Olalla descubre en la masa de sombras y de humo a laChosca, acurrucada en el suelo entre la ceniza, dando sorbos y bocados voraces a la misteriosa sustancia que extrae de un pucherete.En el escaño, donde suele dormir la criada, se ha escondido la tía Dolores. Allí está inmóvil sobre la ruin yacija, dominada por el letargo o por el sueño.—¿Qué hace usté, abuela?—le pregunta la joven asombrada—¿Duerme todavía?... ¿No viene a la parroquia?La sacude con el temor de que pueda ocurrirle un accidente.Pero ella responde levantándose:—Ya voy.También su voz ahora parece que ha venido de muy lejos, como el fugaz relámpago que le brilla algunas veces en los ojos.Hoy la esquila avisadora voltea con más sutiles vibraciones; algo le sucede; anuncia una cosa extraordinaria; tiene una doble intención, oculta en el repique insinuante en los últimos golpes:Tan... tan... tan...¿Qué secretos dice a gritos la esquila?...Esto se preguntaMarifloracabándose de vestir, y en tanto que vuelan como alondras sus deseos.Ya las tres maragatas están muy elegantes, que, de la antigua opulencia familiar, guarda la tía Dolores ricas vestiduras del país: «rodos»; sayuelos, dengues, arracadas, mandiles y otros aliños de mucha gracia y mérito, aunque no cotizables para la avaricia del tío Cristóbal, como los «bagos» y las yuntas.Marinela, endomingada desde muy temprano, aguardó en un rincón que las otras terminasen su arreglo, procurando no estorbar en la estrechez del gabinete de Florinda, único de la casa donde con el sol entra alegre la luz.Cuando van a salir, llega muy presurosa la sobrina del párroco, con la mantilla puesta y el rostro encendido.—Como tardábais—dice—, vengo por vosotras. Y añade en impaciente explosión confidencial:—¿No sabéis?... Ha llegado a casa de mi tío un señor de Madrid: escribe libros y cantares, y habla mucho deMariflor.—¿Le conocías?—prorrumpe Marinela estupefacta, adivinando que ha parecido su forastero de los ojos azules.La aludida, acelerado el pulso, batiente el corazón, murmura como un eco de contestaciones idénticas:—Venía «con nosotras» en el tren...—Sí; es verdad—corrobora Ascensión—, lo ha contado en la mesa, y como yo he servido la comida lo estuve oyendo todo.Olalla oculta impasible sus impresiones, y las pupilas volubles de Marinela relumbran como dos esmeraldas.—¿No está loco?—interroga.Y luego que refiere a la sobrina del cura su hallazgo singular del medio día, ésta clama risueña:—¡Andanda con la salve!... Pues el señor que dices está en su sano juicio, es bien fablado y buen mozo.—No llegaremos a tiempo—murmura pasivamente Olalla.Movidas por advertencia tan oportuna, salen del gabinete y de nuevo cruzan las sombras del pasillo y de la cocina, evitando con la puerta principal el rodeo de la calle. Ni junto al llar ni en el escaño hay figuras humanas esta vez: la casa, desierta y silenciosa, se agacha humilde bajo el sol.
CUANDO llegó a su casa Marinela, jadeante y medrosa, desde el fondo de la cocina donde la esperaban para comer auguró la madre:
—Esa coitada rompió el cántaro de fijo.
Aguardaron todos en muda expectación a que la niña explicase aquel azoramiento de su vuelta.
—No rompí el jarro—murmuró ella con timidez—; es que vide a un señor rezándome, a mí misma, una salve trabucada, tal que si yo fuera la Virgen... Venía de viaje; está demoniado o es judío.
—¿Onde fué eso?—preguntó Olalla con asombro mientras los rapaces corrían a la puerta, yMarifloriniciaba también un movimiento de curiosidad.
—A orilla de la fuente—dijo la aguadora, tomando otra vez el camino detrás de su prima y de su hermana.
La tía Dolores no pareció enterarse de la novedad, entretenida con encenderfuyacosen el rescoldo mantenido por las brasas de un tueco. Y Ramona, cortando lentamente raciones de la hogaza morena, rezongó aburrida:
—¡Cuántos parajismos!
Ni en la calle silenciosa, caldeada por el flamear del sol, ni en la plaza desierta, vieron los averiguadores rastro alguno del misterioso forastero. El cantarillo, en colmo, seguía derramando el agua riente, que al borbollar ahora, parecía esconder en sus cándidas modulaciones un acento de burla.
—Tú soñaste, rapaza—le dijeron los curiosos a la pobre Marinela.
—No soñé—afirmó la niña con mucha seguridad, aún palpitantes de admiración los profundos ojos.
—¿Era joven?—aludió Florinda con aire distraído.
—Mozo y galán; montaba un mulo alto como el nuestro; traía paje y fardel.
—¿Por el camino de Astorga?
La maragata levantó los hombros un poco insegura.
—Creo—dijo—que venía por la mies... no sé de dónde.
Y sus pupilas, cambiantes como las piedras preciosas, adquirieron vagos colores de turquesa.
Olalla, portadora del cántaro, adelantábase con los niños, yMariflor, enlazando a su prima por la cintura, preguntaba todavía con afán:
—¿Era rubio y usaba lentes?
—De eso no me acuerdo—balbució la mozuela, buscando ansiosa en su imaginación los perfiles del rostro aparecido. De repente aseguró arrobada:
—Tenía los ojos azules.
—¿De veras?
—De verísimas.
Las dos enmudecieron, con los corazones tan aceleradoscomo si el color azul fuera para entrambas un abismo...
Durante la comida no se habló una palabra de la aventura de Marinela; sólo Pedro miró a la moza por dos veces, haciéndose en la sién un ademán expresivo, come diciendo: estás «de aquí». La aludida se impacientó ruborosa, y Olalla puso un dedo sobre los labios con prudente disimulo, recomendando la paz.
Comían en torno a una de las «perezosas», con grave compostura y aplomada lentitud, como si cumpliesen una sagrada obligación. Olalla, que oficiaba de «sacerdote» en aquella solemne ceremonia, sirvió primero a Florinda y después a Marinela; luego puso en un mismo plato las raciones de Pedro y de Tomás; en otro la de Carmina y la suya, y dejó el resto del caldoso cocido entre su abuela y su madre. Quedaban así establecidas dos tácitas preferencias, que parecían justas en consideración al desgano y el esfuerzo de ambas comensales, dueña cada una de un plato y angustiadas sobre el humo del guisote.
Era tan visible la repugnancia con que las dos comían, que Ramona, después de empapujarse varias veces con murmuraciones, atragantadas entre bocados y sorbos, acabó por decir con aquella su ronca voz, sin matices ni blanduras:
—¿Por qué no mojáis mánfanos en la salsa? Hay que comer para trabajar. ¡Vaya unas mozas, que no valéis una escupina!.
La abuela suspiró con un ¡ay! rutinario, muy tembloroso. Y Olalla posó interrogantes sus ojos claros en las delincuentes: siempre comían poco; ¡pero lo que es hoy!... Abarcó la mesa en una solícita mirada, sin tropezar otros manjares que el pan moreno y duro, y volvióse hacia el llar, desguarnecido de cacerolas, humeante bajo la caldera donde hervía el agua para la comida del cerdo. Paseó en idénticas persecuciones las paredesy el techo de la cocina, y después de lanzar sobre su madre temerosa consulta, que no tuvo respuesta, preguntó a las dos inapetentes:
—¿Queréis una febra de bacalao?
Todos los ojos se volvieron hacia la pobre bacalada, a la cual un cloque hería prisionera en la altura, pendiente como una interrogación sobre la estancia miserable.
Las dos favorecidas por el generoso ofrecimiento se habían apresurado a hundir en la salsa pedacitos de pan desde que Ramona censuró sus melindres. Movieron la cabeza diciendo que no ante la perspectiva del regalo, torpes para hablar, como si una misma angustia les cerrase la boca, y mirándose con singular emoción, a punto de gemir.
—No; si tú—saltó la madre iracunda, dirigiéndose a su hija—tienes gustos muy finos; naciste para canonesa y no llegaste a tiempo.
La muchacha rompió a llorar con exageradas señales de dolor, como si otros secretos infortunios le acudiesen a los ojos pungidos de lágrimas, mientras que su prima, sintiéndose también envuelta en la insistente acusación, reclamaba su animosa voluntad para serenarse.
Olalla había palidecido: nada la hacía estremecer como el lloro de sus hermanos.
—¡Madre, por Dios!—rogó conciliadora. Y añadió fingiendo alegría:—Hoy hay postre, que es domingo.
Los rapaces se miraron sonrientes, y ella, al levantarse con rumbo a un secreto armario, acarició los hombros de Marinela y le sopló al oído unas palabras, suaves como zureos de paloma...
Las manzanas y el queso pusieron a los niños tan alegres, que su animación llegó a resplandecer un poco en toda la familia, y Olalla, más libre de cuidados, reveló de pronto un pensamiento que desde la víspera le venía causando sordas indignaciones:
—¡Miren que llegar sin un triste céntimo el hombre de Rosenda, tiene alma!
Acogió Ramona la conversación con interés agudo, murmurando:
—Ella hace muy bien en amontonarse.
—¡Perfectamente!
—Amontonarse, ¿qué quiere decir?—preguntóMariflorcuriosa.
Y su tía, más amargo que nunca el acento, explicó entonces:
—Pues no vivir con «él», no recibirle, negarle hasta el habla.
La vieja parpadeó muy de prisa, como si espabilase el sueño o solicitase una gota de llanto para limpiar las nubes de sus ojos.
—¡Válgame Dios!—prorrumpió únicamente.
—Sí; válganos a las míseras madres abandonadas con los hijos—clamó la nuera.
Un exiguo fulgor, como llegado con fatiga desde muy lejos, chispeó en las pupilas de la anciana. Y repuso quejosa:
—No lo dirás por ti.
—¿Que no?
—Si el marido no te puede mandar dinero, de lo suyo gastáis... y algo de los demás.
—También lo de mis padres lo gastaron los nietos, que yo no me casé desnuda... y he sudado mucho en somo de la tierra.
—¡Ansí es la vida!
—Pero cuando es poco lo que se tiene y lo que se trabaja, al padre cumple mantener a los hijos... o non facerlos.
—¡Mujer!
—Lo que usted oye.
—¿Y cuando el esposo gasta mala suerte y mala salud?...—subrayó la vieja, amarilla y temblante como la llama de un cirio.
—¡Que se chive!—escupió Ramona con brutalidad, poniéndose de pie.
Su elevada estatura dominó la estancia al ras casi del techo. Extendió los brazos hacia los relieves de la comida y alzó de una sola vuelta platos y cucharas, los mendrugos de pan, la fuente y el mantel: todo lo depositó sin ruido en el rincón donde era costumbre lavar el belezo. Se puso un delantal de arpillera sobre la saya «rajona» y comenzó calladamente aquella labor menuda que en los días festivos excusaba a su hija.
Sobre el lejano resplandor enceso en los ojos de la anciana, cayó la rugosa cortina de los párpados. Apoyó la tía Dolores un codo en las rodillas, en la mano la frente, los pies en un «silletín», y pareció que se amodorraba en el sopor de una fácil siesta.
Los rapaces se habían escabullido hacia el corral, y las tres mozas, descoloridas, inmóviles, se inclinaban en una misma actitud de sobresalto, como si las aturdiese el rudo peso de aquellas frases que sonaron a disputa y maldición.
Olalla, vergonzosa de que su prima sorprendiese tan acerbas intimidades, quiso, para disimular su disgusto, seguir hablando de Rosenda Alonso.
—Es una hija del tío Rosendín, ¿sabes?—le dijo en voz baja aMariflor.
—¿El sacristán?
—Ese. Figúrate que la pobre parió dos mielgos la semana pasada; ¿te acuerdas?
—Sí; yo la encontré pocos días antes, que daba compasión...
Y la muchacha se estremece al recuerdo de aquella criatura sin forma de mujer, apabilado el rostro, desfallecida como una sombra, arrastrando con paso vacilante unfeijede leña y un vientre enorme.
—Pues tiene otro rapaz—continúa Olalla—que anda en cuello todavía y sin qué echar a la boca; cuando va y se le presenta el marido fambreando también.
—¿El, es bueno?
—Serálo; pero es pobre como las mismas ratas.
—Si se quieren...
—¿Cómo se han a querer, boba, sin ser dueños ni de un quiñón de tierra?
Triunfante al exponer aquella rotunda imposibilidad, la joven dice:
—Con menos apuros las maragatas se amontonan cuando los maridos vuelven sin dinero. ¿No verdá, Marinela?—y sacude blandamente a la trasoñada niña.
Ella parece despertar de una grave meditación, se hace repetir la pregunta, y luego responde con respetuoso fatalismo:
—Es el usaje del país.
Y Florinda, abrumada por la validez indiscutible de tal uso, baja la frente sin replicar. Otros íntimos anhelos la preocupan, mucho más agitados desde que Marinela encontró al forastero de los ojos azules...
Entra Pedro desperezándose, y dice que después del Rosario irá a fincar los bolos; en su aire aburrido se conoce el deseo de que llegue la hora. Como parlotea en alta voz, Olalla le advierte por señas que está durmiendo la abuelita, y él entonces vuelve a salir hacia el corral donde los chiquillos discuten la posesión de unrongayode manzana.
Desde la oscuridad donde trajina, pregunta secamente Ramona:
—¿No lleváis al chabarco los curros?
La abuela se estremece sin abrir los ojos, y las muchachas se ponen de pie como sacudidas por un resorte.
—Agora mismo—dice la mayor—. Y las otras la siguen con mucha celeridad, como si les diese miedo quedarse en la cocina.
La brusca luz de fuera les hace a las tres entornar los párpados. Elestradínestá lleno de moscas y de polvo,y el corral, a pleno medio día, arde y calla, reverberante de sol.
—¿Onde estarán esos pillavanes?—dice Olalla, viendo que sus hermanos han desaparecido.
Se oyen hacia el huerto unas risas pueriles, y las gallinas se alborotan pedigüeñas delante de las muchachas.
En la negra habitación que acaban de abandonar parece que con ellas ha huído la poca luz que había, aquel dorado resplandor que desde elestradínentraba con un vaho caliente de la tierra. El trashoguero, embrasado todavía, pone en el hondo llar rojos matices de expirante lumbre y un olor de agua sucia emerge en el aire con la oscuridad y con el humo.
La tía Dolores, apenas salieron las muchachas, se enderezó con singulares bríos, cerró las dos puertas que daban acceso a la cocina y, adelantándose en la sombra, segura como un remordimiento, preguntó hacia el sitio aquel donde se rebullía la nuera:
—Si viene Isidoro, ¿tú no le recibes?
Hubo un silencio frío... Se oyó después un «No, señora».
Menos firme, la voz de la anciana tornó a decir:
—Y si algún día viene a tu casa Pedro, comalido y pobre, ¿le recibirás?
Vibró al punto un fuerte «Sí, señora».
Y la tía Dolores, extendiendo los brazos con un sordo crujido, replicó anhelante:
—¡Pues no olvides que esta casa es mía!
Se quedó allí la vieja, muda y en cruz, sin que el rincón sombrío se diese por enterado de aquella lógica irrebatible. Porque Ramona, que ya había acabado de fregar, abrió sin ruido la puerta lindante con la cuadra y salió llevando la comida para el cerdo...
El caudal que durante los inviernos pasa trabajador por los molinos, derivado del Duerma, hace su entradaen Valdecruces bajo la humilde forma de un arroyo, sujeto a languideces estivales que en ocasiones llegaron a borrar la estela desmayada. Viene esta caricia de aquel lado donde madura más temprana la mies, donde no todo el terreno es añojal y hasta algunas parcelas pueden pomposamente llamarse «de regadío» cuando los ardientes calores funden en el Teleno heladas nieves, y unos providenciales arroyatos brindan a este rincón de la llanura el piadoso murmullo de su limosna.
Por el mismo lado entró, en este día memorable, un poeta con ínfulas de libertador, como si todas las sonrisas de la esperanza hubiesen de llegar a Valdecruces desde allí.
Mientras Olalla espera que los patos se bañen en el desmedrado arroyuelo, las otras dos mocitas están muy silenciosas y meditabundas mirando cómo fluye el tenue hilo de la corriente. Y sin más preámbulo, como si una invencible preocupación la sugestionase, Marinela dice:
—Sí, sí; por aquel lado «venía».
Su voz, impregnada de misterio, balbuce al oído de la enamorada, que se estremece y se turba:
—Hace volcán—pronuncia Olalla vagamente—. Y Florinda cubre sus cabellos con el pañuelo blanco del bolsillo.
En el sopor fatigoso de la hora fulgura el aire y duerme la tierra, retostada y sediente, sin que llegue del vecindario un solo suspiro hasta la calle, desde las ventanas, abiertas como bocas en perezoso bostezo.
Han madrugado mucho los calores y los campesinos temen, con razón, que se les tueste la cosecha antes de estar en punto de segarse. Andan ya «cogiendo la vez» para los trajines del riego, solicitando hasta la última gota del agua que empieza a murmurar como en agosto, derretida en los montes por este mismo ábrego que en la llanura consume los caudales del Duerna.
Tales pensamientos se agitan en la mente de Olallacon fatigado rumbo: este arroyo, vecino de su calle, no le dará corriente para lavar la ropa, para bañar los patos, para surtir a la cocina; y, sobre todo, no podrán buscar quien las ayude en las tareas del riego, ni en las de lajajay escardadura; quizá tampoco en las de la siega y la recolección. Las obreras son demasiado pobres para esperar por los jornales; de América no mandan un céntimo; el tío Cristóbal pide los haberes o la casa, y la abuelita chochea sin acordarse de lo que debe, de lo que es suyo, de cuanto sea preciso pagar y conseguir. Ya volaron los restos de la «matación», y la olla cuece sin «llardo» y sin «febrayas», como la del último pobre del lugar. Escasea el aceite; faltan zapatos a los niños; la madre sufre y riñe, con el genio más adusto que nunca...
—¡Dios santo!—clama la moza en medio de sus meditaciones, sin poderse contener.
—¿Qué sucede?—le pregunta su prima.
Pero Olalla conoce por instinto el arte de fingir. Su carácter reservado y oscuro no se presta a las expansiones; siente un salvaje pudor de aquella terrible miseria que a pasos agigantados se posesiona de su hogar, y hasta en el seno de la familia procura disimularla, menos por compasión que por orgullo de mujer fuerte, por extraña codicia que la empuja con bravo deseo a esconder, como un tesoro, penas y trabajos para ella sola, hasta donde sea posible.
—Sucede—responde tranquila—que estáis cogiendo un sofoco sin necesidá; veivos a casa.
—No, no—se apresuran a decir las otras con obstinación.
Y como Olalla siente que la negativa está envuelta en nubes de inquietud, quiere ahuyentar con frases animosas aquel mudo trastorno, y balbuce palabras resonantes que tiemblan en la penumbra de los pensamientos igual que pajarillos lanzados a volar en medio de la noche:
—Bailaremos a la tarde. Ya Marinela tiene que empezara ser moza, y tú habrás aprendido las danzas de aquí, en dos meses que las ves...
—No aprendo todavía—respondeMariflor.
—No bailo—asegura Marinela.
Impaciente por aquellos murmullos negativos, Olalla prorrumpe:
—¡Sodes bobas!
Sonríe Florinda, deseando mostrarse menos preocupada, pero busca en vano alguna cosa alegre que decir; y como los «curros» patullan en la fangosa margen del arroyo, comenta distraídamente.
—Casi no tienen agua.
—Sí; el aflujo va mermando con la sequía, y en el bañil de allá bajo tampoco hay bastante para que las bestias se remojen...
—¡Si lloviese!—ansíaMariflor, sabiendo que se aguarda la lluvia como un gran beneficio.
Las tres alzan los ojos con incertidumbre hacia el flamante cielo, curvado en imperturbable serenidad sobre la aldea, y los tornan después hacia la calle, que silente y espaciosa como un ejido, huye al campo con el leve surco del arroyo entre las guijas.
La doble hilera de casas, puestas holgadamente en su sitio con cierta urbana solemnidad, se interrumpe a menudo por sebes de huertos, portones de corrales y afluencias de otras rúas, que también se abren anchas, calientes y dormidas.
—Parece que no hay nadie en el pueblo—diceMariflor, dominada por el agobio profundo de tanta soledad.
—Están todos echando la sosiega, mujer; ya verás como otros domingos, a la hora del Rosario y después en el baile, cuánta gente.
Y Olalla, siempre calmosa, parece que se olvida de recoger sus patos.
Hasta que llega un perruco con la lengua fuera a beberen el mísero arroyuelo, y espanta los ánades que salen parpando a las orillas en torpes vaivenes.
El gozque, así que sacia la sed, ladra con furia, y cuando las niñas vuelven la cabeza buscando el motivo de aquel alboroto, ven a Ramona asomándose a la empalizada del corral.
—El tercero para las dos—advierte—. ¡Si habéis d’ir al Rosario!...
A esta sazón rompe a tocar la esquila de la iglesia.
Aléjase el perro, lanzando sordos gruñidos a la brusca aparición de Ramona, mientras las muchachas y los patos se recogen.
Y en la calle, letárgica otra vez, sólo parece vivir el hilo tenue del arroyo, y un trapo que a lo lejos pone erguida su dudosa blancura, como anuncio y señal de una taberna.
Cuando vuelven a caer las tres mozas en el hondo agujero de la cocina, sienten una frescura penetrante en medio de una densa oscuridad.
Mas, pronto Olalla descubre en la masa de sombras y de humo a laChosca, acurrucada en el suelo entre la ceniza, dando sorbos y bocados voraces a la misteriosa sustancia que extrae de un pucherete.
En el escaño, donde suele dormir la criada, se ha escondido la tía Dolores. Allí está inmóvil sobre la ruin yacija, dominada por el letargo o por el sueño.
—¿Qué hace usté, abuela?—le pregunta la joven asombrada—¿Duerme todavía?... ¿No viene a la parroquia?
La sacude con el temor de que pueda ocurrirle un accidente.
Pero ella responde levantándose:
—Ya voy.
También su voz ahora parece que ha venido de muy lejos, como el fugaz relámpago que le brilla algunas veces en los ojos.
Hoy la esquila avisadora voltea con más sutiles vibraciones; algo le sucede; anuncia una cosa extraordinaria; tiene una doble intención, oculta en el repique insinuante en los últimos golpes:Tan... tan... tan...¿Qué secretos dice a gritos la esquila?...
Esto se preguntaMarifloracabándose de vestir, y en tanto que vuelan como alondras sus deseos.
Ya las tres maragatas están muy elegantes, que, de la antigua opulencia familiar, guarda la tía Dolores ricas vestiduras del país: «rodos»; sayuelos, dengues, arracadas, mandiles y otros aliños de mucha gracia y mérito, aunque no cotizables para la avaricia del tío Cristóbal, como los «bagos» y las yuntas.
Marinela, endomingada desde muy temprano, aguardó en un rincón que las otras terminasen su arreglo, procurando no estorbar en la estrechez del gabinete de Florinda, único de la casa donde con el sol entra alegre la luz.
Cuando van a salir, llega muy presurosa la sobrina del párroco, con la mantilla puesta y el rostro encendido.
—Como tardábais—dice—, vengo por vosotras. Y añade en impaciente explosión confidencial:
—¿No sabéis?... Ha llegado a casa de mi tío un señor de Madrid: escribe libros y cantares, y habla mucho deMariflor.
—¿Le conocías?—prorrumpe Marinela estupefacta, adivinando que ha parecido su forastero de los ojos azules.
La aludida, acelerado el pulso, batiente el corazón, murmura como un eco de contestaciones idénticas:
—Venía «con nosotras» en el tren...
—Sí; es verdad—corrobora Ascensión—, lo ha contado en la mesa, y como yo he servido la comida lo estuve oyendo todo.
Olalla oculta impasible sus impresiones, y las pupilas volubles de Marinela relumbran como dos esmeraldas.
—¿No está loco?—interroga.
Y luego que refiere a la sobrina del cura su hallazgo singular del medio día, ésta clama risueña:
—¡Andanda con la salve!... Pues el señor que dices está en su sano juicio, es bien fablado y buen mozo.
—No llegaremos a tiempo—murmura pasivamente Olalla.
Movidas por advertencia tan oportuna, salen del gabinete y de nuevo cruzan las sombras del pasillo y de la cocina, evitando con la puerta principal el rodeo de la calle. Ni junto al llar ni en el escaño hay figuras humanas esta vez: la casa, desierta y silenciosa, se agacha humilde bajo el sol.