XVIIDOLOR DE AMOR

XVIIDOLOR DE AMORSOBRE el llanto profundo de aquellas horas tristes, ¡cuántas angustias rodaron en el alma deMariflor!El novio no escribía; mudo en la ausencia, oscurecido como fuyente sombra, perdía su señuelo, de quijote en la llanura de los «pueblos olvidados».Todos los días procuraba la joven sorprender al tío Fabián Alonso cuando, caballero en el rucio, repartía al través de Valdecruces la escasa correspondencia. A la hora del correo, deslizábaseMarifloral huertecillo en prudente vigilancia. Aprendió a mover un destral, y, con las sabias advertencias de la prima, fué puliendo los caballones y limpiando los caminos, precisamente a las seis de la tarde, cuando el tío Alonso pudiese aparecer sobre la linde antes de dar la vuelta por la rúa donde la casona abría su entrada principal. Al divisarle, una terribleemoción perturbaba a la novia, y cuantas inquietudes ocultan sus resortes en las raíces del deseo, giraban locamente alrededor de la valija mensajera.En aquellos instantes de suprema ansiedad, no había palpitación alguna en la tierra ni en los cielos que para la joven no alcanzara signos milagrosos de un augurio; el manso zurear de las palomas, el vuelo suave de una mariposilla, el murmullo del regato, las señales apacibles del horizonte, eran nuncios de sonriente promesa. Y, en cambio, producía en la enamorada cruel zozobra que las aves volasen mudas, que durmiese el arroyo o que una vedijuela de nube rodara en la limpidez del cielo azul; así los afanes pendientes del papel amoroso que había de llegar, padecían indecibles martirios agravados por mil puerilidades de la impaciencia.Ráfagas bruscas del mismo fuerte sentimiento sacudían aMariflor, supersticiosa o creyente en contradictorio impulso. Tan pronto se estremecían sus labios con el temblor de una plegaria, confiando a Dios todas las inquietudes del corazón amante, como bebían sus ojos en la fuente de imaginarias significaciones, y la nunca dormida fantasía fraguaba sus quimeras sobre una flor, una zarza, un nublado, convertidos en talismán. Y cada nuevo desengaño, al doler y pungir como traiciones, prendía en la esperanza un nuevo estímulo, acendrando el amor con el dolor.Nada preguntaba la niña a don Miguel, y tampoco el sacerdote necesitó preguntar a la niña. Al encontrarse, ambos se miraban a los ojos con la costumbre de medirse los claros pensamientos; ella leía reproches y enemistad para el amado ausente, y aquél encontraba perdones y disculpas en respuesta a su tácita acusación.Transcurrieron en estas ansiedades muchos más días de los queMariflorcreyera posible resistir. Anduvo como una sonámbula viviendo en apariencia, desprendida con furioso egoísmo de cuanto no fuese anhelar noticiasde su novio. El pan y el sueño le sabían a lágrimas, a ofensa el aire y el sol, y a intolerable esclavitud los lazos que la unían al hogar. Huyó de Marinela, que la llamaba siempre desde el lecho con una pregunta ardiente entre los labios, y procuró evadirse a toda intimidad, trabajando sola, en el huerto y la «cortina», convirtiéndose en hortelana, con indiferencia absurda, sin que la doliese el esfuerzo ni la dañase el calor. Apenas supo de Olalla y de su madre, que, laborando en la mies, aparecíanse en la cocina por la noche, mudas y hambrientas, estoicas, impasibles... La abuela, incapaz como nunca, gemía por los rincones con el corazón cansado de sufrir, y los niños tornaban de la escuela descalzos y maltrechos, sin que Florinda lo advirtiese.Generosa con el ingrato, no pudiendo admitir la idea de su olvido, hasta llegó la joven a creer que hubiese muerto. Imaginó accidentes, percances y dolencias; se atormentó con las más trágicas suposiciones y sintió como un vértigo irresistible la atracción de la muerte; tornábase enfermizo el carmín de sus mejillas, vacilaba su paso y brillaban sus ojos con la tibia claridad de soles adormecidos.Una de aquellas tardes en que acechaba desde el huerto la llegada del tío Fabián, al oir un chasquido de herraduras en las piedras, tuvo que arrodillarse para no caer. Quedó inmóvil de hinojos, transida de emoción, y el viejo, que solía mirarla con regalo y curiosidad, asomándose a la sebe lo mismo que otros días, hizo un guiño a manera de saludo, y murmuró, piadoso:—Hasta que no ahuyentes a la bruja no recibes esquela.Levantóse la niña zozobrante a perseguir el eco de aquel aviso y le pareció columbrar a la tía Gertrudis inclinada sobre el bastón, doblando la rúa a pasito menudo y cauteloso.Sed de amor y hambre de felicidad dieron ímpetus aFlorinda para correr en pos de la vieja. Pero la calle donde creyó que había desaparecido, solitaria y misteriosa, no le mostró rastro ninguno.Siguió la joven caminando al azar, enardecida por el deseo de pedir a los ojos nublados de aquella mujer y a su entorpecida voz razones del maleficio que desde el abuelo Juan alcanzaba a la nieta inocente.Aún ardía la tarde, espléndida y dulce. Julio, al morir, agitaba el abanico dorado de los centenos con una brisa generosa que fingía murmullos de oleaje.No había llovido desde aquella noche triste en queMariflorSalvadores lloró acerbamente con las horas, y la tierra, colorada y sequiza, muerta de sed, emanaba agrestes perfumes en todo el paroxismo de su excitada vegetación.Aromas y rumores brindaron su refrigerante caricia a la desolada moza, apenas traspuso los linderos del lugar.Sabiendo que la tía Gertrudis habitaba en el barrio vecino de la mies, íbaseMariflorcon ciego impulso por las rutas del campo, decidida y absorta como si caminase derecha hacia lo infinito.De pronto, allí, a la orilla de un propicio sendero, encontró aRosicler.—¿Onde vas?—clama el pastor, atónito, delante de la moza.Ella se aturde, olvidando a qué esperanza la lleva aquel camino, y en una repentina evocación de su desventura, dice con acento oscuro:—A buscar a la tía Gertrudis.—¿La renovera?—No sabemos si lo será—responde Florinda un poco avergonzada de sospechar lo mismo que el pastor.—Diz que lo es; y que a tu gente le hace mal de ojo por rencillas que tuvo con tu abuelo.Mientras coloquia el zagal, le seducen extrañamentela cabellera sombría y la entenebrecida mirada de la joven.—¿Gastas poca salud?—pregunta conmovido.—Gasto mucha—balbució la enamorada maquinalmente.—Píntame que has adelgazao—murmura él, pesaroso—. Y añade, viendo que la muchacha se quiere despedir:—¿Sabes a casa de la bruja?—No.—¿Entonces?...DesconcertadaMariflorintenta continuar su camino, pero el rapaz la detiene:—Yo te enseñaré—dice—. No necesitas dar vuelta a las aradas: según vamos al pueblo, un poquitín a la derechera, hay una rúa angosta, y alantre alantre, onde ves una cabaña con hartos boquetes y mucho cembo en la techumbre, acullá...Pero Florinda está llorando.No comprende ella por qué su sensibilidad, atrofiada y como inerte bajo la dureza del dolor, se derrite al contacto de la solicitud deRosicler. Saborea hieles de lágrimas hace ya muchos días, sin conseguir el alivio del llanto. Y apenas el zagal pone ingenuamente sus devociones al servicio de la secreta pesadumbre, estalla la lluvia del corazón en los ardientes ojos de la novia; un sentimiento fraternal suaviza la inclemencia del oculto padecer y afloja las bárbaras ligaduras del silencio y el disimulo en el pobre pecho atormentado.Aquella racha de aromas y rumores que antes penetró el alma de la moza como apacible compañía, fué, sin duda, el anuncio de esta brisa sentimental que en el abandonado espíritu levantan las solícitas frases del pastor.Sintiendo el apoyo de una fuerza consistente y viva, reaccionaMariflory responde a su amigo:—Ya no voy adonde dices: me vuelvo a casa.—Y, ¿por qué lloras?—Porque sí.Esta irrebatible lógica desconcierta un poco al zagal, que luego se rehace y afirma:—Ya lo sé: porque se marchó el forastero sin que os echáramos el rastro... No quiso el señor cura.La moza no contesta, distraída en el consuelo de llorar, y, siguiéndola por los estrechos viales de la mies, el pastor se preocupa meditando en los motivos del lloro. Porque él oye decir que la niña está solicitada para Antonio Salvadores, y no es probable que con un pretendiente de tanta robustidad, hacienda y poderío, ella suspire por un extranjero «ceganitas y esgamiao».—¡No puede ser!—corrobora en voz alta.Y, súbito, un razonamiento luminoso le da la clave del enigma:—Lloras—dice muy cierto—por las malas nuevas que tuvo de allende el señor cura.—¿Las tuvo?—Mi hermano escribió. En la esquela pone que el tío Isidoro adolece del arca y está «en los últimos»; que su padre quiere llevarse a Pedro, y que...—Pero, ¿a quién se lo escribe?—Eso a nosotros, con el sobre a don Miguel, y otra carta semejante recibió el mismo día, lo cual que dijo: Esta es de Martín. Las tenía en somo de la mesa cuando llegué a buscar la de mi hermano.Sobresaltada y anhelosa, despiertaMariflordesde el infausto sueño de sus amores a las imponentes realidades de la vida. Sus lágrimas se borran al calor de los remordimientos y el rudo latigazo de la conciencia imprime velocidad al paso y al raciocinio de la joven.—¡Mi padre!—murmura enajenada.Y aquel nombre, dulce y solemne, le suena extraño y nuevo, muy remoto.Asustado el zagal, teme haber sido inoportuno, y divaga en murmuraciones confusas:—Yo conté que lo sabías... Quizabes no sea cierto... Podemos ir yo y tigo a preguntar...—Gracias,Rosicler: será mejor que vaya sola.Es tan visible y lastimoso el esfuerzo con que la niña se dispone a correr en busca de sus nuevas desgracias, que el pastorcillo siéntese inclinado a compartirle. Pero no sabe cómo sostener la media cruz de aquel dolor, y para demostrar siquiera que él también sufre, afligido murmura:—Yo marcharé con Pedro, sabe Dios hasta cuándo.—¡Pobre zagal!—lamenta Florinda, volviendo con dulzura la mirada a los cándidos ojos que la siguen.ARosiclerse le enciende el semblante, lanza un fuerte suspiro al aire claro y esconde en el corazón unos cuantos secretos.¡Tal suspiran las mieses, cargadas de misteriosas inquietudes!Don Miguel estaba en Astorga y fué preciso aguardarle, ya que llegaría de un momento a otro.—Anda muy ocupado con el casamiento—dijo Ascensión a su amiga, recibiéndola cariñosamente.La idea de que el cura estuviese negociando un préstamo para la dote, colmó la pesadumbre de la muchacha. Era la primera vez que se ponía en contacto con la gente del pueblo desde la llegada del primo y la partida del novio, y una dolorosa cortedad hacía difíciles sus palabras y sus averiguaciones.—¿Sabes tú lo que ha escrito mi padre?—atrevióse a decir.—No sabemos nada.Esta prontitud de la respuesta hizo a Florinda comprender que Ascensión tenía orden de no decirle lo que supiese acerca de aquel punto. Pero sin duda no le estabaprohibido exacerbar los pesares de la amiga con crueles alusiones; y, más curiosa que malévola, por saber muchas cosas que ignoraba, fué diciendo con femenil astucia:—¿Tienes buenas noticias de la Corte?Inmutada, la triste novia movió negativamente la cabeza.—¿Y de Valladolid?—Tampoco.—Facunda Paz ha dicho que te casas para las Navidades.—No es cierto—pudo protestar Florinda con delgada voz.—¡Ah! yo creí... ¡Como el primo os lo pone todo tan llano!... La verdad es—continúa la muchacha al cabo de un inútil silencio—que habéis tenido mala suerte: la tía Dolores pierde los caudales cuando ya no puede trabajar; Marinela adolece, para morir cuando caiga la hoja, y los chicos están abandonados, mientras Olalla y su madre andan de obreras, si a mano viene.—¿De obreras... para los demás?—gime tembloroso, a punto de romperse, el hilo de la remisa voz.—Sí; mañana van para nosotras.—Y, ¿a qué trabajo?—A la siega.—Pero, ¿no vienen hombres de Galicia?—Algunos vienen a segar otros centenales de más labor; aquí lo suelen hacer las segadoras: «éstas» se ofrecieron, y ¡como son buenas servicialas!...Le parece a la novia del poeta que fluctúa un ligero desdén en las palabras de Ascensión, como si ya fuese irremediable el hundimiento de la familia Salvadores y esta ruina arrastrase consigo todas las deferencias que gozó en Valdecruces la niña ciudadana. La jerarquía del corazón y la superioridad de la inteligencia, pugnan porlevantarse rebeldes sobre el desvalimiento fortúito, mas un pálido sonrojo tiñe la frente de la orgullosa, y sus labios permanecen inmóviles: se siente abandonada, pobre como jamás lo estuvo, lejos como nunca de todas las cumbres que un día creyera poseer. El hondo fragor de sus arrogancias enmudece esclavo de la fatalidad, cunde silencioso y baldío, derramando los deseos en las tinieblas.Y Ascensión, creciéndose con infantil empaque, según advierte el profundo descorazonamiento de la niña, adopta un tonillo desusado para enumerar «las donas» que recibe del novio, presume y alardea entre manteos, jubones y delantales, esparcidos con hartura por la estancia.Cuando llega, a poco, don Miguel y hace que Florinda suba a su despacho, no puede la muchacha ocultar su aflicción a los ojos del sacerdote; llora a raudales, derribada en el primer escañuelo que tropieza, sorda a las preguntas con que el apóstol persigue la desaforada cuita.—De ese modo no se puede vivir,Mariflor—prorrumpe don Miguel con blanda severidad.Y la moza, difícilmente, responde:—Es que necesito morirme.Paseando en torno del parpadeante velón, aguarda el cura que se aquiete la tremenda crisis de aquel pesar. Y cuando ya parece que a Florinda se le agotan las lágrimas y sólo quedan en su pecho suspiros, indóciles como rezago de borrasca furiosa, el confesor acerca un escabel a la doliente, y ella misma procura abrir el alma a las investigaciones que la solicitan.Fuertes son los quebrantos que la zagala llora, no lo niega don Miguel; pero no es de criaturas cristianas el abandonarse al infortunio en estéril desesperación, olvidando la suma bondad deAquel que tiene cuenta con los pajaricos y provee a las hormigas, y pinta las flores, y desciende hasta los más viles gusanos.Esta prometedora evocación remueve con empuje milagroso las moribundas fibras de una esperanza. ¡Pues no había olvidadoMarifloraquellas frases tan dulces y sabidas! Con su recuerdo acuden en tropel los de la madre muerta y las lecciones aprendidas en su regazo; y un soplo inmenso de ternura levanta los sombríos pensamientos de la moza.Lumbres de la excelsa piedad que alcanza a las hormigas y a las flores y busca a los gusanos entre el polvo, despiertan con su luz todas las piedades dormidas en el triste pecho de la enamorada. Y ya en la torrentera de la juvenil pasión, corren con las amarguras del férvido caudal muchas compasiones para cuantos seres tiemblan en las ramas del fracaso y del vencimiento, como aves castigadas por la lluvia en adversa noche: enternecida bajo la piadosa corriente de un dolor menos áspero,Mariflorescucha lo que va contando el sacerdote.No es cierto que las noticias de América sean tan malas como ha entendido el simple deRosicler: aunque el tío Isidoro no mejora, los temores sobre su enfermedad no son definitivos, y los médicos opinan que la vuelta al terruño quizá operase en el enfermo una beneficiosa reacción.Cuanto al viaje del rapaz, su tío le juzga conveniente, porque, inútil Isidoro para el trabajo, le hace falta a Martín en el tenducho una persona de su confianza. ¿Que Pedro es un niño? Más niños y sin protección alguna emigran otros infelices: es necesario avezarse a la lucha por la vida y resistirla desde la niñez.Tampoco es una desgracia nueva que trabajen a jornal Ramona y su hija. ¿Qué más tiene el surco propio que el ajeno, si exige el mismo trabajo, le riega una misma fuente y el beneficio que reporta sabe a pan moreno de una sola mies?... ¡Un poco de orgullo sacrificado es cosa tan pueril cuando se piensa que «nuestras propiedades» lindan con el cementerio!...Quiere don Miguel consolar aMariflory se esfuerza en aducir consideraciones de ultrahumana filosofía; pero en el fondo de sus graves palabras, solloza con tal ímpetu la tragedia del páramo, que se descubre, arisca, la visión de los añojales, fecundos por el terrible esfuerzo de las mujeres, confundidos con la tierra común preñada de despojos, florecida de cruces y de nombres.Y el pecho de la enamorada palpita con tan humanos afanes, tan seducido por las aficiones a la vida y los anhelos de la transitoria felicidad, que el pobre corazón se retuerce mártir y convulso, loco de pena entre las lindes pálidas del cementerio y de la mies.Sin embargo, es preciso pensar continuamente en los grises caminos que deslindan «arrotos» y sepulturas. ¿Qué dice el heredero del tío Cristóbal? ¿Arrebata la hacienda de la familia Salvadores? ¿Se muestra piadoso?...Sí; pues aunque Florinda lo dude, es cierto que Tirso se ha presentado espontáneamente a don Miguel para decirle que prorroga hasta Navidad los préstamos otorgados a la tía Dolores.—¡Hasta Navidad!... ¡Qué raro es eso! ¿Hablaría Antonio con él?No contesta el párroco a esta pregunta, pero de sus frases, vagas, colige Florinda que no ha sospechado mal. Entonces un atrevido pensamiento la conforta: ¡si el primo fuera remediando los apuros de la familia hasta las Navidades!Siempre sería ésta una ventaja para todos; además, en cinco meses, ¡pueden ocurrir tantas cosas!...En seguida salta la imaginación de la joven a la más urgente de las deudas familiares; ¿habrá pagado Antonio las cuatro mil pesetas al cura? Trata Florinda de averiguarlo con dolorosa timidez, y el sacerdote la interrumpe inquieto y persuasivo:—No me debéis nada—murmura—; ni un céntimo; ya lo sabe Antonio.—Pero la boda se aproxima...—Tengo en el bolsillo las pesetas.Como parece que la joven duda, don Miguel desdobla un fajo de billetes que lleva guardados encima del corazón, y cuenta muy despacio la interesante cantidad.Aún no se aclara el entrecejo de la niña; la nube que le oscurece persiste inquietadora, porque la hazaña de recuperar aquel dinero le tiene que haber costado al cura un sacrificio, una humillación, quizá un bochorno. Pero el bienhechor niega, sonríe: ¿Y si se lo hubieran regalado?... ¡Vaya con la aprensiva!—Usted dijo que a un pobre le era casi imposible lograr ese préstamo—aduceMarifloracongojada.—Yo suelo equivocarme algunas veces, y tú eres una visionaria que estás conspirando contra tu salud a fuerza de atormentarte; basta para afligirnos la situación de la pobre Marinela. Conque, hija mía, a vivir... y a esperar.—¿En quién?—prorrumpe ávida la moza.—¿Y me lo preguntas?—Sí; ya lo sé: ¡en Dios únicamente!...La incertidumbre que interrogó desde los ansiosos labios se condensa en un gesto de cansancio profundo. Atosigada por las vicisitudes del Destino, siente Florinda muy lejana la ayuda de Dios, muy alto el cielo, en inabordable confín, y harto duros en la tierra los desiertos del olvido cruel. Nostalgias de una felicidad imposible crecen en el colmado corazón, con apremios tan vivos, que todas las piedades y las ternuras se encogen relajadas bajo la explosiva fuerza de un solo anhelo.Y audazmente, sin escrúpulos ni rubores, con absoluta necesidad de asirse a un hilo de esperanza para poder vivir, pregunta la niña:—¿No sabe usted nada, nada «de él», ni una palabra siquiera?—¡Ni una palabra!—responde el cura con indefinibletono, lleno a la vez de piedad y acusaciones. Advierte en seguida que su respuesta corta como un puñal, y ve a la sentenciada palidecer y levantarse al filo de la rotunda negativa.Un violento espasmo sacude la fuerte juventud deMariflor, crispa en sus labios el pesar una sonrisa helada, y tiembla en sus ojos un ramo de locura.La convulsión de aquella pobre vida y el estrabismo del torturado entendimiento, piden un socorro eficaz: pero, buscándole con la más compasiva solicitud, sólo encuentra don Miguel revulsivos y cauterios que, fundentes, contribuyen a derretir los caudales de bondad constreñidos en el robusto corazón.—Tu padre te escribe—anuncia, fingiendo que no siente ni descubre aquel martirio—. Aquí está la carta.Como la moza no tiende su mano a la misiva y continúa vacilante en los trágicos límites de la demencia y el desaliento, añade el cura:—Tu padre sufre y trabaja por ti; es menester que le confortes.—¡Ah, mi padre!—exclama ella como un eco de lejanos cariños y palabras antiguas.—Sí; él, que sólo vive para volver a verte... Y Marinela... ¡escucha!, Marinela se muere pronto si no la cuidas tú.—¿Se muere?—¡Claro; nadie la socorre!—¡Virgen santa!...El párroco ya sabe que el alma de Florinda se resistirá a sucumbir ante el dolor; la ve arrastrarse hacia la derrota, fascinada por el abismo de la pena, tornar luego sumisa a los requerimientos del deber; apagarse, encenderse al soplo de corrientes misteriosas, como una llama recia y combatida. Él la espera, la busca, y asiste conmovido al ardoroso combate sentimental.Pero la infeliz combatiente descubre el acecho de otraalma y se esconde, replegada en sí misma, con el supremo recato de los más íntimos pesares. Y el cura, al fin, ignora qué propósitos triunfan en la conciencia deMariflor, mientras ella se despide con el aire pasmado, llevándose la carta.Desfallecen las luces del crepúsculo, y la noche se levanta en el llano; le parece a Florinda que el silencio cae como una gran oscuridad sobre la aldea.Unos niños juegan al «columbón» en la explanada, pero se columpian sin hablar ni hacer ruido, y con el propio secreto cunde la cancioncilla de la fuente, gota a gota.El pobre hogar que la enamorada encuentra, está sombrío y silencioso, lo mismo que Valdecruces. Ella lo pisa con atroz angustia, mas a poco de acostumbrarse al taciturno ambiente oye cómo también una lágrima horada este silencio, manando, a hilo, como la fuente de la calle: es la voz humilde con que Marinela suspira. Al segundo reclamo de esta gota de pena, sienteMariflorun formidable sacudimiento en todas las fibras de su alma, y corre hacia el plañido suave.—¡Estás sola!—compadece, dando a sus palabras una profunda entonación de caridad y desagravio.—¡Ah, eres tú!—responde la enferma con todo el brío de su acento débil.Y en el abrazo con que se unen en la sombra las dos primas, hay la dulce solemnidad de una reconciliación.—¿Dónde está la abuela? ¿Y los niños?—dice la recién llegada, como si volviese de un viaje, sin ánimos para preguntar por las esclavas de la mies.—La abuela... por ahí. Los rapaces contentos porque mañana les darán vacaciones.—Y tú, ¿no estás mejor?—Al contrario... Pero agora dicen que la hechicera hace igual de ensalmadora, y que puede curarme.—¿La tía Gertrudis?—¡Velaí! Si ella me hizo el daño, que me lo quite.—Antes tú no creías esas patrañas—protesta Florinda.Luego se estremece al recordar que ella también las ha creído: ¿cuándo?... Una vertiginosa sucesión de imágenes la conturba.—¿Cuándo?—repite—. ¿En otra vida? ¿En sueños?...No; aquella misma tarde, bajo la realidad siniestra de la desgracia.Medrosa de hundirse en los suplicios del amoroso padecer, quiere Florinda esclavizarse a otras emociones que la subyugan el corazón. Enciende el candil y busca en el rostro de la enferma y en la estancia miserable el tangible drama familiar. Necesita poner las manos en el palpitante dolor, en la carne lacerada y febril; necesita escuchar llantos y gritos, sentir repugnancias y miedos, hasta ahogar las secretas desesperaciones en una borrachera de amarguras.Y lo consigue en parte. Marinela, muy blanca, muy tenue, sin poder soportar la impresión de la luz, echa sobre las pupilas el lívido velo de los párpados y sonríe enseñando unos dientes iguales, un poco amarillentos; su cara infantil se transfigura bajo la corona violenta de los cabellos esparcidos y vedijosos, y un conjunto indefinible de alegría y de quebranto presta a las dulces facciones singular expresión. El lecho, desaseado y hundido, parece un roto bajel, donde la mozuela sentenciada boga con lentitud hacia la siniestra orilla. En los rincones del dormitorio emergen sombras y miasmas, y cuando Florinda alza el candil para juntar en una sola visión todas las tristezas presentes, alumbra una imagen de Cristo, moribundo en la cruz.—Si no es la bruja, ¿quién nos persigue?—balbuce Marinela, recogiendo el reproche de su prima. Y ésta, sugestionada por el pálido Crucifijo que se le aparececomo emblema del más sublime dolor, pregunta a su vez.—¿Siempre estuvo aquí esta efigie?—Siempre.—Ahora la veo...Bajo el corpiño de la muchacha cruje un papel, quizá empujado por el tumbo fuerte del corazón que aviva sus emociones. Ella posa la luz en el suelo y despliega impaciente la carta de su padre. De hinojos, para mejor alumbrar su lectura, confirma en los renglones amados cuanto dijera don Miguel; pero añade a lo ya sabido algunos descubrimientos que la envuelven en su fatal pesadilla de la boda con Antonio.El ausente, lleno de cariño y de inquietudes, trata aMariflorcomo a una niña; quiere dejarla en libertad para elegir esposo, y oculta mal sus temores de que no acierte a lograrlo con serena disposición. En los consejos que la envía rebosan inconscientes las antiguas esperanzas de los desposorios con el primo. «Es honrado y bueno, muy traficante; la ayuda que su capital pudiera prestarnos, sería en estas circunstancias definitiva para todos». Esto escribe el señor Martín sin conocer aún la crítica situación de su madre.Luego, contestando a las confidencias de la joven, desliza entre palabras recelosas el sentimiento de una contrariedad:«Esa gente de pluma—repite como un eco de todos los pareceres maragatos—no me inspira confianza; suelen ser hombres andariegos, imaginantes y lucidos, muy artificiosos y escasos de intereses; en fin, hija mía, aconséjate mucho del señor cura y que Dios nos auxilie».Al través de todo el pliego, un hálito de alarma y de tristeza confunde a la lectora: el padre se duele de no mandar «posibles», de no tener con qué realizar el viaje de Pedro ni la repatriación de Isidoro. Y la nubladafrente de la niña se dobla con desmayo sobre la carta, como si la venciese el agobio de otra nueva responsabilidad.Mientras Florinda leyó, fué Marinela haciéndose a la luz amortiguada desde el suelo, y levantó los párpados poco a poco: el perfil de su prima, trazado por la sombra con gigante dibujo, llenaba la pared y tocaba en la techumbre.Sonrió la enferma, alegre de encontrar la figura gentil de sus ensueños, difundida como por milagro en todo el mezquino gabinete, y deslizóse a orilla de la cama para verla en realidad. Pero un sobresalto la trastorna cuando descubre la carta entre los dedos temblones deMariflor. ¿Será del forastero? ¡No parece que está en romance!... ¡Y si fuera de «él»?...Todas las perturbaciones y las incoherencias con que la zagala se consume en inaudita pasión, se agolpan a los descoloridos labios para balbucir aquella pregunta. Va a derramarse el ávido acento lo mismo que un roto caudal de incertidumbres, y al borde sonoro de la palabra se asustan de repente las emociones silenciosas de la niña. Tanto aprendió a esconderlas, en el tiempo que vive encerrada con sus incógnitos pesares, que le han crecido las sombras y los temores alrededor de los pensamientos y ya el instintivo recato de su alma se cierra, oscuro para siempre, en la propia timidez y confusión. Al levantar Florinda los ojos, dócil a la penetrante consulta de otra mirada, ve Marinela como en un espejo el desastre interior de aquella vida tan hermosa, y le tiende los brazos en caritativo impulso de socorro. Menguada y triste es la esperanza que ofrecen desde la navecilla del dolor unos remos tan frágiles, mas en ellos se apoya con gratitud Florinda, y levantándose firme, con ellos se abraza, sostenida en el naufragio de la felicidad.—¿Quién nos persigue?—clama otra vez Marinela entre sollozos—. Y como su prima no responde, añade:—La bruja es también sortílega, adivinadora, ¿entiendes?... ¡Vamos a pedirle que nos ayude!Mariflordesciñe sus brazos en torno de la enferma, y señalando en la pared al Cristo, murmura inspirada:—No: ¡a Este!...

XVIIDOLOR DE AMORSOBRE el llanto profundo de aquellas horas tristes, ¡cuántas angustias rodaron en el alma deMariflor!El novio no escribía; mudo en la ausencia, oscurecido como fuyente sombra, perdía su señuelo, de quijote en la llanura de los «pueblos olvidados».Todos los días procuraba la joven sorprender al tío Fabián Alonso cuando, caballero en el rucio, repartía al través de Valdecruces la escasa correspondencia. A la hora del correo, deslizábaseMarifloral huertecillo en prudente vigilancia. Aprendió a mover un destral, y, con las sabias advertencias de la prima, fué puliendo los caballones y limpiando los caminos, precisamente a las seis de la tarde, cuando el tío Alonso pudiese aparecer sobre la linde antes de dar la vuelta por la rúa donde la casona abría su entrada principal. Al divisarle, una terribleemoción perturbaba a la novia, y cuantas inquietudes ocultan sus resortes en las raíces del deseo, giraban locamente alrededor de la valija mensajera.En aquellos instantes de suprema ansiedad, no había palpitación alguna en la tierra ni en los cielos que para la joven no alcanzara signos milagrosos de un augurio; el manso zurear de las palomas, el vuelo suave de una mariposilla, el murmullo del regato, las señales apacibles del horizonte, eran nuncios de sonriente promesa. Y, en cambio, producía en la enamorada cruel zozobra que las aves volasen mudas, que durmiese el arroyo o que una vedijuela de nube rodara en la limpidez del cielo azul; así los afanes pendientes del papel amoroso que había de llegar, padecían indecibles martirios agravados por mil puerilidades de la impaciencia.Ráfagas bruscas del mismo fuerte sentimiento sacudían aMariflor, supersticiosa o creyente en contradictorio impulso. Tan pronto se estremecían sus labios con el temblor de una plegaria, confiando a Dios todas las inquietudes del corazón amante, como bebían sus ojos en la fuente de imaginarias significaciones, y la nunca dormida fantasía fraguaba sus quimeras sobre una flor, una zarza, un nublado, convertidos en talismán. Y cada nuevo desengaño, al doler y pungir como traiciones, prendía en la esperanza un nuevo estímulo, acendrando el amor con el dolor.Nada preguntaba la niña a don Miguel, y tampoco el sacerdote necesitó preguntar a la niña. Al encontrarse, ambos se miraban a los ojos con la costumbre de medirse los claros pensamientos; ella leía reproches y enemistad para el amado ausente, y aquél encontraba perdones y disculpas en respuesta a su tácita acusación.Transcurrieron en estas ansiedades muchos más días de los queMariflorcreyera posible resistir. Anduvo como una sonámbula viviendo en apariencia, desprendida con furioso egoísmo de cuanto no fuese anhelar noticiasde su novio. El pan y el sueño le sabían a lágrimas, a ofensa el aire y el sol, y a intolerable esclavitud los lazos que la unían al hogar. Huyó de Marinela, que la llamaba siempre desde el lecho con una pregunta ardiente entre los labios, y procuró evadirse a toda intimidad, trabajando sola, en el huerto y la «cortina», convirtiéndose en hortelana, con indiferencia absurda, sin que la doliese el esfuerzo ni la dañase el calor. Apenas supo de Olalla y de su madre, que, laborando en la mies, aparecíanse en la cocina por la noche, mudas y hambrientas, estoicas, impasibles... La abuela, incapaz como nunca, gemía por los rincones con el corazón cansado de sufrir, y los niños tornaban de la escuela descalzos y maltrechos, sin que Florinda lo advirtiese.Generosa con el ingrato, no pudiendo admitir la idea de su olvido, hasta llegó la joven a creer que hubiese muerto. Imaginó accidentes, percances y dolencias; se atormentó con las más trágicas suposiciones y sintió como un vértigo irresistible la atracción de la muerte; tornábase enfermizo el carmín de sus mejillas, vacilaba su paso y brillaban sus ojos con la tibia claridad de soles adormecidos.Una de aquellas tardes en que acechaba desde el huerto la llegada del tío Fabián, al oir un chasquido de herraduras en las piedras, tuvo que arrodillarse para no caer. Quedó inmóvil de hinojos, transida de emoción, y el viejo, que solía mirarla con regalo y curiosidad, asomándose a la sebe lo mismo que otros días, hizo un guiño a manera de saludo, y murmuró, piadoso:—Hasta que no ahuyentes a la bruja no recibes esquela.Levantóse la niña zozobrante a perseguir el eco de aquel aviso y le pareció columbrar a la tía Gertrudis inclinada sobre el bastón, doblando la rúa a pasito menudo y cauteloso.Sed de amor y hambre de felicidad dieron ímpetus aFlorinda para correr en pos de la vieja. Pero la calle donde creyó que había desaparecido, solitaria y misteriosa, no le mostró rastro ninguno.Siguió la joven caminando al azar, enardecida por el deseo de pedir a los ojos nublados de aquella mujer y a su entorpecida voz razones del maleficio que desde el abuelo Juan alcanzaba a la nieta inocente.Aún ardía la tarde, espléndida y dulce. Julio, al morir, agitaba el abanico dorado de los centenos con una brisa generosa que fingía murmullos de oleaje.No había llovido desde aquella noche triste en queMariflorSalvadores lloró acerbamente con las horas, y la tierra, colorada y sequiza, muerta de sed, emanaba agrestes perfumes en todo el paroxismo de su excitada vegetación.Aromas y rumores brindaron su refrigerante caricia a la desolada moza, apenas traspuso los linderos del lugar.Sabiendo que la tía Gertrudis habitaba en el barrio vecino de la mies, íbaseMariflorcon ciego impulso por las rutas del campo, decidida y absorta como si caminase derecha hacia lo infinito.De pronto, allí, a la orilla de un propicio sendero, encontró aRosicler.—¿Onde vas?—clama el pastor, atónito, delante de la moza.Ella se aturde, olvidando a qué esperanza la lleva aquel camino, y en una repentina evocación de su desventura, dice con acento oscuro:—A buscar a la tía Gertrudis.—¿La renovera?—No sabemos si lo será—responde Florinda un poco avergonzada de sospechar lo mismo que el pastor.—Diz que lo es; y que a tu gente le hace mal de ojo por rencillas que tuvo con tu abuelo.Mientras coloquia el zagal, le seducen extrañamentela cabellera sombría y la entenebrecida mirada de la joven.—¿Gastas poca salud?—pregunta conmovido.—Gasto mucha—balbució la enamorada maquinalmente.—Píntame que has adelgazao—murmura él, pesaroso—. Y añade, viendo que la muchacha se quiere despedir:—¿Sabes a casa de la bruja?—No.—¿Entonces?...DesconcertadaMariflorintenta continuar su camino, pero el rapaz la detiene:—Yo te enseñaré—dice—. No necesitas dar vuelta a las aradas: según vamos al pueblo, un poquitín a la derechera, hay una rúa angosta, y alantre alantre, onde ves una cabaña con hartos boquetes y mucho cembo en la techumbre, acullá...Pero Florinda está llorando.No comprende ella por qué su sensibilidad, atrofiada y como inerte bajo la dureza del dolor, se derrite al contacto de la solicitud deRosicler. Saborea hieles de lágrimas hace ya muchos días, sin conseguir el alivio del llanto. Y apenas el zagal pone ingenuamente sus devociones al servicio de la secreta pesadumbre, estalla la lluvia del corazón en los ardientes ojos de la novia; un sentimiento fraternal suaviza la inclemencia del oculto padecer y afloja las bárbaras ligaduras del silencio y el disimulo en el pobre pecho atormentado.Aquella racha de aromas y rumores que antes penetró el alma de la moza como apacible compañía, fué, sin duda, el anuncio de esta brisa sentimental que en el abandonado espíritu levantan las solícitas frases del pastor.Sintiendo el apoyo de una fuerza consistente y viva, reaccionaMariflory responde a su amigo:—Ya no voy adonde dices: me vuelvo a casa.—Y, ¿por qué lloras?—Porque sí.Esta irrebatible lógica desconcierta un poco al zagal, que luego se rehace y afirma:—Ya lo sé: porque se marchó el forastero sin que os echáramos el rastro... No quiso el señor cura.La moza no contesta, distraída en el consuelo de llorar, y, siguiéndola por los estrechos viales de la mies, el pastor se preocupa meditando en los motivos del lloro. Porque él oye decir que la niña está solicitada para Antonio Salvadores, y no es probable que con un pretendiente de tanta robustidad, hacienda y poderío, ella suspire por un extranjero «ceganitas y esgamiao».—¡No puede ser!—corrobora en voz alta.Y, súbito, un razonamiento luminoso le da la clave del enigma:—Lloras—dice muy cierto—por las malas nuevas que tuvo de allende el señor cura.—¿Las tuvo?—Mi hermano escribió. En la esquela pone que el tío Isidoro adolece del arca y está «en los últimos»; que su padre quiere llevarse a Pedro, y que...—Pero, ¿a quién se lo escribe?—Eso a nosotros, con el sobre a don Miguel, y otra carta semejante recibió el mismo día, lo cual que dijo: Esta es de Martín. Las tenía en somo de la mesa cuando llegué a buscar la de mi hermano.Sobresaltada y anhelosa, despiertaMariflordesde el infausto sueño de sus amores a las imponentes realidades de la vida. Sus lágrimas se borran al calor de los remordimientos y el rudo latigazo de la conciencia imprime velocidad al paso y al raciocinio de la joven.—¡Mi padre!—murmura enajenada.Y aquel nombre, dulce y solemne, le suena extraño y nuevo, muy remoto.Asustado el zagal, teme haber sido inoportuno, y divaga en murmuraciones confusas:—Yo conté que lo sabías... Quizabes no sea cierto... Podemos ir yo y tigo a preguntar...—Gracias,Rosicler: será mejor que vaya sola.Es tan visible y lastimoso el esfuerzo con que la niña se dispone a correr en busca de sus nuevas desgracias, que el pastorcillo siéntese inclinado a compartirle. Pero no sabe cómo sostener la media cruz de aquel dolor, y para demostrar siquiera que él también sufre, afligido murmura:—Yo marcharé con Pedro, sabe Dios hasta cuándo.—¡Pobre zagal!—lamenta Florinda, volviendo con dulzura la mirada a los cándidos ojos que la siguen.ARosiclerse le enciende el semblante, lanza un fuerte suspiro al aire claro y esconde en el corazón unos cuantos secretos.¡Tal suspiran las mieses, cargadas de misteriosas inquietudes!Don Miguel estaba en Astorga y fué preciso aguardarle, ya que llegaría de un momento a otro.—Anda muy ocupado con el casamiento—dijo Ascensión a su amiga, recibiéndola cariñosamente.La idea de que el cura estuviese negociando un préstamo para la dote, colmó la pesadumbre de la muchacha. Era la primera vez que se ponía en contacto con la gente del pueblo desde la llegada del primo y la partida del novio, y una dolorosa cortedad hacía difíciles sus palabras y sus averiguaciones.—¿Sabes tú lo que ha escrito mi padre?—atrevióse a decir.—No sabemos nada.Esta prontitud de la respuesta hizo a Florinda comprender que Ascensión tenía orden de no decirle lo que supiese acerca de aquel punto. Pero sin duda no le estabaprohibido exacerbar los pesares de la amiga con crueles alusiones; y, más curiosa que malévola, por saber muchas cosas que ignoraba, fué diciendo con femenil astucia:—¿Tienes buenas noticias de la Corte?Inmutada, la triste novia movió negativamente la cabeza.—¿Y de Valladolid?—Tampoco.—Facunda Paz ha dicho que te casas para las Navidades.—No es cierto—pudo protestar Florinda con delgada voz.—¡Ah! yo creí... ¡Como el primo os lo pone todo tan llano!... La verdad es—continúa la muchacha al cabo de un inútil silencio—que habéis tenido mala suerte: la tía Dolores pierde los caudales cuando ya no puede trabajar; Marinela adolece, para morir cuando caiga la hoja, y los chicos están abandonados, mientras Olalla y su madre andan de obreras, si a mano viene.—¿De obreras... para los demás?—gime tembloroso, a punto de romperse, el hilo de la remisa voz.—Sí; mañana van para nosotras.—Y, ¿a qué trabajo?—A la siega.—Pero, ¿no vienen hombres de Galicia?—Algunos vienen a segar otros centenales de más labor; aquí lo suelen hacer las segadoras: «éstas» se ofrecieron, y ¡como son buenas servicialas!...Le parece a la novia del poeta que fluctúa un ligero desdén en las palabras de Ascensión, como si ya fuese irremediable el hundimiento de la familia Salvadores y esta ruina arrastrase consigo todas las deferencias que gozó en Valdecruces la niña ciudadana. La jerarquía del corazón y la superioridad de la inteligencia, pugnan porlevantarse rebeldes sobre el desvalimiento fortúito, mas un pálido sonrojo tiñe la frente de la orgullosa, y sus labios permanecen inmóviles: se siente abandonada, pobre como jamás lo estuvo, lejos como nunca de todas las cumbres que un día creyera poseer. El hondo fragor de sus arrogancias enmudece esclavo de la fatalidad, cunde silencioso y baldío, derramando los deseos en las tinieblas.Y Ascensión, creciéndose con infantil empaque, según advierte el profundo descorazonamiento de la niña, adopta un tonillo desusado para enumerar «las donas» que recibe del novio, presume y alardea entre manteos, jubones y delantales, esparcidos con hartura por la estancia.Cuando llega, a poco, don Miguel y hace que Florinda suba a su despacho, no puede la muchacha ocultar su aflicción a los ojos del sacerdote; llora a raudales, derribada en el primer escañuelo que tropieza, sorda a las preguntas con que el apóstol persigue la desaforada cuita.—De ese modo no se puede vivir,Mariflor—prorrumpe don Miguel con blanda severidad.Y la moza, difícilmente, responde:—Es que necesito morirme.Paseando en torno del parpadeante velón, aguarda el cura que se aquiete la tremenda crisis de aquel pesar. Y cuando ya parece que a Florinda se le agotan las lágrimas y sólo quedan en su pecho suspiros, indóciles como rezago de borrasca furiosa, el confesor acerca un escabel a la doliente, y ella misma procura abrir el alma a las investigaciones que la solicitan.Fuertes son los quebrantos que la zagala llora, no lo niega don Miguel; pero no es de criaturas cristianas el abandonarse al infortunio en estéril desesperación, olvidando la suma bondad deAquel que tiene cuenta con los pajaricos y provee a las hormigas, y pinta las flores, y desciende hasta los más viles gusanos.Esta prometedora evocación remueve con empuje milagroso las moribundas fibras de una esperanza. ¡Pues no había olvidadoMarifloraquellas frases tan dulces y sabidas! Con su recuerdo acuden en tropel los de la madre muerta y las lecciones aprendidas en su regazo; y un soplo inmenso de ternura levanta los sombríos pensamientos de la moza.Lumbres de la excelsa piedad que alcanza a las hormigas y a las flores y busca a los gusanos entre el polvo, despiertan con su luz todas las piedades dormidas en el triste pecho de la enamorada. Y ya en la torrentera de la juvenil pasión, corren con las amarguras del férvido caudal muchas compasiones para cuantos seres tiemblan en las ramas del fracaso y del vencimiento, como aves castigadas por la lluvia en adversa noche: enternecida bajo la piadosa corriente de un dolor menos áspero,Mariflorescucha lo que va contando el sacerdote.No es cierto que las noticias de América sean tan malas como ha entendido el simple deRosicler: aunque el tío Isidoro no mejora, los temores sobre su enfermedad no son definitivos, y los médicos opinan que la vuelta al terruño quizá operase en el enfermo una beneficiosa reacción.Cuanto al viaje del rapaz, su tío le juzga conveniente, porque, inútil Isidoro para el trabajo, le hace falta a Martín en el tenducho una persona de su confianza. ¿Que Pedro es un niño? Más niños y sin protección alguna emigran otros infelices: es necesario avezarse a la lucha por la vida y resistirla desde la niñez.Tampoco es una desgracia nueva que trabajen a jornal Ramona y su hija. ¿Qué más tiene el surco propio que el ajeno, si exige el mismo trabajo, le riega una misma fuente y el beneficio que reporta sabe a pan moreno de una sola mies?... ¡Un poco de orgullo sacrificado es cosa tan pueril cuando se piensa que «nuestras propiedades» lindan con el cementerio!...Quiere don Miguel consolar aMariflory se esfuerza en aducir consideraciones de ultrahumana filosofía; pero en el fondo de sus graves palabras, solloza con tal ímpetu la tragedia del páramo, que se descubre, arisca, la visión de los añojales, fecundos por el terrible esfuerzo de las mujeres, confundidos con la tierra común preñada de despojos, florecida de cruces y de nombres.Y el pecho de la enamorada palpita con tan humanos afanes, tan seducido por las aficiones a la vida y los anhelos de la transitoria felicidad, que el pobre corazón se retuerce mártir y convulso, loco de pena entre las lindes pálidas del cementerio y de la mies.Sin embargo, es preciso pensar continuamente en los grises caminos que deslindan «arrotos» y sepulturas. ¿Qué dice el heredero del tío Cristóbal? ¿Arrebata la hacienda de la familia Salvadores? ¿Se muestra piadoso?...Sí; pues aunque Florinda lo dude, es cierto que Tirso se ha presentado espontáneamente a don Miguel para decirle que prorroga hasta Navidad los préstamos otorgados a la tía Dolores.—¡Hasta Navidad!... ¡Qué raro es eso! ¿Hablaría Antonio con él?No contesta el párroco a esta pregunta, pero de sus frases, vagas, colige Florinda que no ha sospechado mal. Entonces un atrevido pensamiento la conforta: ¡si el primo fuera remediando los apuros de la familia hasta las Navidades!Siempre sería ésta una ventaja para todos; además, en cinco meses, ¡pueden ocurrir tantas cosas!...En seguida salta la imaginación de la joven a la más urgente de las deudas familiares; ¿habrá pagado Antonio las cuatro mil pesetas al cura? Trata Florinda de averiguarlo con dolorosa timidez, y el sacerdote la interrumpe inquieto y persuasivo:—No me debéis nada—murmura—; ni un céntimo; ya lo sabe Antonio.—Pero la boda se aproxima...—Tengo en el bolsillo las pesetas.Como parece que la joven duda, don Miguel desdobla un fajo de billetes que lleva guardados encima del corazón, y cuenta muy despacio la interesante cantidad.Aún no se aclara el entrecejo de la niña; la nube que le oscurece persiste inquietadora, porque la hazaña de recuperar aquel dinero le tiene que haber costado al cura un sacrificio, una humillación, quizá un bochorno. Pero el bienhechor niega, sonríe: ¿Y si se lo hubieran regalado?... ¡Vaya con la aprensiva!—Usted dijo que a un pobre le era casi imposible lograr ese préstamo—aduceMarifloracongojada.—Yo suelo equivocarme algunas veces, y tú eres una visionaria que estás conspirando contra tu salud a fuerza de atormentarte; basta para afligirnos la situación de la pobre Marinela. Conque, hija mía, a vivir... y a esperar.—¿En quién?—prorrumpe ávida la moza.—¿Y me lo preguntas?—Sí; ya lo sé: ¡en Dios únicamente!...La incertidumbre que interrogó desde los ansiosos labios se condensa en un gesto de cansancio profundo. Atosigada por las vicisitudes del Destino, siente Florinda muy lejana la ayuda de Dios, muy alto el cielo, en inabordable confín, y harto duros en la tierra los desiertos del olvido cruel. Nostalgias de una felicidad imposible crecen en el colmado corazón, con apremios tan vivos, que todas las piedades y las ternuras se encogen relajadas bajo la explosiva fuerza de un solo anhelo.Y audazmente, sin escrúpulos ni rubores, con absoluta necesidad de asirse a un hilo de esperanza para poder vivir, pregunta la niña:—¿No sabe usted nada, nada «de él», ni una palabra siquiera?—¡Ni una palabra!—responde el cura con indefinibletono, lleno a la vez de piedad y acusaciones. Advierte en seguida que su respuesta corta como un puñal, y ve a la sentenciada palidecer y levantarse al filo de la rotunda negativa.Un violento espasmo sacude la fuerte juventud deMariflor, crispa en sus labios el pesar una sonrisa helada, y tiembla en sus ojos un ramo de locura.La convulsión de aquella pobre vida y el estrabismo del torturado entendimiento, piden un socorro eficaz: pero, buscándole con la más compasiva solicitud, sólo encuentra don Miguel revulsivos y cauterios que, fundentes, contribuyen a derretir los caudales de bondad constreñidos en el robusto corazón.—Tu padre te escribe—anuncia, fingiendo que no siente ni descubre aquel martirio—. Aquí está la carta.Como la moza no tiende su mano a la misiva y continúa vacilante en los trágicos límites de la demencia y el desaliento, añade el cura:—Tu padre sufre y trabaja por ti; es menester que le confortes.—¡Ah, mi padre!—exclama ella como un eco de lejanos cariños y palabras antiguas.—Sí; él, que sólo vive para volver a verte... Y Marinela... ¡escucha!, Marinela se muere pronto si no la cuidas tú.—¿Se muere?—¡Claro; nadie la socorre!—¡Virgen santa!...El párroco ya sabe que el alma de Florinda se resistirá a sucumbir ante el dolor; la ve arrastrarse hacia la derrota, fascinada por el abismo de la pena, tornar luego sumisa a los requerimientos del deber; apagarse, encenderse al soplo de corrientes misteriosas, como una llama recia y combatida. Él la espera, la busca, y asiste conmovido al ardoroso combate sentimental.Pero la infeliz combatiente descubre el acecho de otraalma y se esconde, replegada en sí misma, con el supremo recato de los más íntimos pesares. Y el cura, al fin, ignora qué propósitos triunfan en la conciencia deMariflor, mientras ella se despide con el aire pasmado, llevándose la carta.Desfallecen las luces del crepúsculo, y la noche se levanta en el llano; le parece a Florinda que el silencio cae como una gran oscuridad sobre la aldea.Unos niños juegan al «columbón» en la explanada, pero se columpian sin hablar ni hacer ruido, y con el propio secreto cunde la cancioncilla de la fuente, gota a gota.El pobre hogar que la enamorada encuentra, está sombrío y silencioso, lo mismo que Valdecruces. Ella lo pisa con atroz angustia, mas a poco de acostumbrarse al taciturno ambiente oye cómo también una lágrima horada este silencio, manando, a hilo, como la fuente de la calle: es la voz humilde con que Marinela suspira. Al segundo reclamo de esta gota de pena, sienteMariflorun formidable sacudimiento en todas las fibras de su alma, y corre hacia el plañido suave.—¡Estás sola!—compadece, dando a sus palabras una profunda entonación de caridad y desagravio.—¡Ah, eres tú!—responde la enferma con todo el brío de su acento débil.Y en el abrazo con que se unen en la sombra las dos primas, hay la dulce solemnidad de una reconciliación.—¿Dónde está la abuela? ¿Y los niños?—dice la recién llegada, como si volviese de un viaje, sin ánimos para preguntar por las esclavas de la mies.—La abuela... por ahí. Los rapaces contentos porque mañana les darán vacaciones.—Y tú, ¿no estás mejor?—Al contrario... Pero agora dicen que la hechicera hace igual de ensalmadora, y que puede curarme.—¿La tía Gertrudis?—¡Velaí! Si ella me hizo el daño, que me lo quite.—Antes tú no creías esas patrañas—protesta Florinda.Luego se estremece al recordar que ella también las ha creído: ¿cuándo?... Una vertiginosa sucesión de imágenes la conturba.—¿Cuándo?—repite—. ¿En otra vida? ¿En sueños?...No; aquella misma tarde, bajo la realidad siniestra de la desgracia.Medrosa de hundirse en los suplicios del amoroso padecer, quiere Florinda esclavizarse a otras emociones que la subyugan el corazón. Enciende el candil y busca en el rostro de la enferma y en la estancia miserable el tangible drama familiar. Necesita poner las manos en el palpitante dolor, en la carne lacerada y febril; necesita escuchar llantos y gritos, sentir repugnancias y miedos, hasta ahogar las secretas desesperaciones en una borrachera de amarguras.Y lo consigue en parte. Marinela, muy blanca, muy tenue, sin poder soportar la impresión de la luz, echa sobre las pupilas el lívido velo de los párpados y sonríe enseñando unos dientes iguales, un poco amarillentos; su cara infantil se transfigura bajo la corona violenta de los cabellos esparcidos y vedijosos, y un conjunto indefinible de alegría y de quebranto presta a las dulces facciones singular expresión. El lecho, desaseado y hundido, parece un roto bajel, donde la mozuela sentenciada boga con lentitud hacia la siniestra orilla. En los rincones del dormitorio emergen sombras y miasmas, y cuando Florinda alza el candil para juntar en una sola visión todas las tristezas presentes, alumbra una imagen de Cristo, moribundo en la cruz.—Si no es la bruja, ¿quién nos persigue?—balbuce Marinela, recogiendo el reproche de su prima. Y ésta, sugestionada por el pálido Crucifijo que se le aparececomo emblema del más sublime dolor, pregunta a su vez.—¿Siempre estuvo aquí esta efigie?—Siempre.—Ahora la veo...Bajo el corpiño de la muchacha cruje un papel, quizá empujado por el tumbo fuerte del corazón que aviva sus emociones. Ella posa la luz en el suelo y despliega impaciente la carta de su padre. De hinojos, para mejor alumbrar su lectura, confirma en los renglones amados cuanto dijera don Miguel; pero añade a lo ya sabido algunos descubrimientos que la envuelven en su fatal pesadilla de la boda con Antonio.El ausente, lleno de cariño y de inquietudes, trata aMariflorcomo a una niña; quiere dejarla en libertad para elegir esposo, y oculta mal sus temores de que no acierte a lograrlo con serena disposición. En los consejos que la envía rebosan inconscientes las antiguas esperanzas de los desposorios con el primo. «Es honrado y bueno, muy traficante; la ayuda que su capital pudiera prestarnos, sería en estas circunstancias definitiva para todos». Esto escribe el señor Martín sin conocer aún la crítica situación de su madre.Luego, contestando a las confidencias de la joven, desliza entre palabras recelosas el sentimiento de una contrariedad:«Esa gente de pluma—repite como un eco de todos los pareceres maragatos—no me inspira confianza; suelen ser hombres andariegos, imaginantes y lucidos, muy artificiosos y escasos de intereses; en fin, hija mía, aconséjate mucho del señor cura y que Dios nos auxilie».Al través de todo el pliego, un hálito de alarma y de tristeza confunde a la lectora: el padre se duele de no mandar «posibles», de no tener con qué realizar el viaje de Pedro ni la repatriación de Isidoro. Y la nubladafrente de la niña se dobla con desmayo sobre la carta, como si la venciese el agobio de otra nueva responsabilidad.Mientras Florinda leyó, fué Marinela haciéndose a la luz amortiguada desde el suelo, y levantó los párpados poco a poco: el perfil de su prima, trazado por la sombra con gigante dibujo, llenaba la pared y tocaba en la techumbre.Sonrió la enferma, alegre de encontrar la figura gentil de sus ensueños, difundida como por milagro en todo el mezquino gabinete, y deslizóse a orilla de la cama para verla en realidad. Pero un sobresalto la trastorna cuando descubre la carta entre los dedos temblones deMariflor. ¿Será del forastero? ¡No parece que está en romance!... ¡Y si fuera de «él»?...Todas las perturbaciones y las incoherencias con que la zagala se consume en inaudita pasión, se agolpan a los descoloridos labios para balbucir aquella pregunta. Va a derramarse el ávido acento lo mismo que un roto caudal de incertidumbres, y al borde sonoro de la palabra se asustan de repente las emociones silenciosas de la niña. Tanto aprendió a esconderlas, en el tiempo que vive encerrada con sus incógnitos pesares, que le han crecido las sombras y los temores alrededor de los pensamientos y ya el instintivo recato de su alma se cierra, oscuro para siempre, en la propia timidez y confusión. Al levantar Florinda los ojos, dócil a la penetrante consulta de otra mirada, ve Marinela como en un espejo el desastre interior de aquella vida tan hermosa, y le tiende los brazos en caritativo impulso de socorro. Menguada y triste es la esperanza que ofrecen desde la navecilla del dolor unos remos tan frágiles, mas en ellos se apoya con gratitud Florinda, y levantándose firme, con ellos se abraza, sostenida en el naufragio de la felicidad.—¿Quién nos persigue?—clama otra vez Marinela entre sollozos—. Y como su prima no responde, añade:—La bruja es también sortílega, adivinadora, ¿entiendes?... ¡Vamos a pedirle que nos ayude!Mariflordesciñe sus brazos en torno de la enferma, y señalando en la pared al Cristo, murmura inspirada:—No: ¡a Este!...

SOBRE el llanto profundo de aquellas horas tristes, ¡cuántas angustias rodaron en el alma deMariflor!

El novio no escribía; mudo en la ausencia, oscurecido como fuyente sombra, perdía su señuelo, de quijote en la llanura de los «pueblos olvidados».

Todos los días procuraba la joven sorprender al tío Fabián Alonso cuando, caballero en el rucio, repartía al través de Valdecruces la escasa correspondencia. A la hora del correo, deslizábaseMarifloral huertecillo en prudente vigilancia. Aprendió a mover un destral, y, con las sabias advertencias de la prima, fué puliendo los caballones y limpiando los caminos, precisamente a las seis de la tarde, cuando el tío Alonso pudiese aparecer sobre la linde antes de dar la vuelta por la rúa donde la casona abría su entrada principal. Al divisarle, una terribleemoción perturbaba a la novia, y cuantas inquietudes ocultan sus resortes en las raíces del deseo, giraban locamente alrededor de la valija mensajera.

En aquellos instantes de suprema ansiedad, no había palpitación alguna en la tierra ni en los cielos que para la joven no alcanzara signos milagrosos de un augurio; el manso zurear de las palomas, el vuelo suave de una mariposilla, el murmullo del regato, las señales apacibles del horizonte, eran nuncios de sonriente promesa. Y, en cambio, producía en la enamorada cruel zozobra que las aves volasen mudas, que durmiese el arroyo o que una vedijuela de nube rodara en la limpidez del cielo azul; así los afanes pendientes del papel amoroso que había de llegar, padecían indecibles martirios agravados por mil puerilidades de la impaciencia.

Ráfagas bruscas del mismo fuerte sentimiento sacudían aMariflor, supersticiosa o creyente en contradictorio impulso. Tan pronto se estremecían sus labios con el temblor de una plegaria, confiando a Dios todas las inquietudes del corazón amante, como bebían sus ojos en la fuente de imaginarias significaciones, y la nunca dormida fantasía fraguaba sus quimeras sobre una flor, una zarza, un nublado, convertidos en talismán. Y cada nuevo desengaño, al doler y pungir como traiciones, prendía en la esperanza un nuevo estímulo, acendrando el amor con el dolor.

Nada preguntaba la niña a don Miguel, y tampoco el sacerdote necesitó preguntar a la niña. Al encontrarse, ambos se miraban a los ojos con la costumbre de medirse los claros pensamientos; ella leía reproches y enemistad para el amado ausente, y aquél encontraba perdones y disculpas en respuesta a su tácita acusación.

Transcurrieron en estas ansiedades muchos más días de los queMariflorcreyera posible resistir. Anduvo como una sonámbula viviendo en apariencia, desprendida con furioso egoísmo de cuanto no fuese anhelar noticiasde su novio. El pan y el sueño le sabían a lágrimas, a ofensa el aire y el sol, y a intolerable esclavitud los lazos que la unían al hogar. Huyó de Marinela, que la llamaba siempre desde el lecho con una pregunta ardiente entre los labios, y procuró evadirse a toda intimidad, trabajando sola, en el huerto y la «cortina», convirtiéndose en hortelana, con indiferencia absurda, sin que la doliese el esfuerzo ni la dañase el calor. Apenas supo de Olalla y de su madre, que, laborando en la mies, aparecíanse en la cocina por la noche, mudas y hambrientas, estoicas, impasibles... La abuela, incapaz como nunca, gemía por los rincones con el corazón cansado de sufrir, y los niños tornaban de la escuela descalzos y maltrechos, sin que Florinda lo advirtiese.

Generosa con el ingrato, no pudiendo admitir la idea de su olvido, hasta llegó la joven a creer que hubiese muerto. Imaginó accidentes, percances y dolencias; se atormentó con las más trágicas suposiciones y sintió como un vértigo irresistible la atracción de la muerte; tornábase enfermizo el carmín de sus mejillas, vacilaba su paso y brillaban sus ojos con la tibia claridad de soles adormecidos.

Una de aquellas tardes en que acechaba desde el huerto la llegada del tío Fabián, al oir un chasquido de herraduras en las piedras, tuvo que arrodillarse para no caer. Quedó inmóvil de hinojos, transida de emoción, y el viejo, que solía mirarla con regalo y curiosidad, asomándose a la sebe lo mismo que otros días, hizo un guiño a manera de saludo, y murmuró, piadoso:

—Hasta que no ahuyentes a la bruja no recibes esquela.

Levantóse la niña zozobrante a perseguir el eco de aquel aviso y le pareció columbrar a la tía Gertrudis inclinada sobre el bastón, doblando la rúa a pasito menudo y cauteloso.

Sed de amor y hambre de felicidad dieron ímpetus aFlorinda para correr en pos de la vieja. Pero la calle donde creyó que había desaparecido, solitaria y misteriosa, no le mostró rastro ninguno.

Siguió la joven caminando al azar, enardecida por el deseo de pedir a los ojos nublados de aquella mujer y a su entorpecida voz razones del maleficio que desde el abuelo Juan alcanzaba a la nieta inocente.

Aún ardía la tarde, espléndida y dulce. Julio, al morir, agitaba el abanico dorado de los centenos con una brisa generosa que fingía murmullos de oleaje.

No había llovido desde aquella noche triste en queMariflorSalvadores lloró acerbamente con las horas, y la tierra, colorada y sequiza, muerta de sed, emanaba agrestes perfumes en todo el paroxismo de su excitada vegetación.

Aromas y rumores brindaron su refrigerante caricia a la desolada moza, apenas traspuso los linderos del lugar.

Sabiendo que la tía Gertrudis habitaba en el barrio vecino de la mies, íbaseMariflorcon ciego impulso por las rutas del campo, decidida y absorta como si caminase derecha hacia lo infinito.

De pronto, allí, a la orilla de un propicio sendero, encontró aRosicler.

—¿Onde vas?—clama el pastor, atónito, delante de la moza.

Ella se aturde, olvidando a qué esperanza la lleva aquel camino, y en una repentina evocación de su desventura, dice con acento oscuro:

—A buscar a la tía Gertrudis.

—¿La renovera?

—No sabemos si lo será—responde Florinda un poco avergonzada de sospechar lo mismo que el pastor.

—Diz que lo es; y que a tu gente le hace mal de ojo por rencillas que tuvo con tu abuelo.

Mientras coloquia el zagal, le seducen extrañamentela cabellera sombría y la entenebrecida mirada de la joven.

—¿Gastas poca salud?—pregunta conmovido.

—Gasto mucha—balbució la enamorada maquinalmente.

—Píntame que has adelgazao—murmura él, pesaroso—. Y añade, viendo que la muchacha se quiere despedir:

—¿Sabes a casa de la bruja?

—No.

—¿Entonces?...

DesconcertadaMariflorintenta continuar su camino, pero el rapaz la detiene:

—Yo te enseñaré—dice—. No necesitas dar vuelta a las aradas: según vamos al pueblo, un poquitín a la derechera, hay una rúa angosta, y alantre alantre, onde ves una cabaña con hartos boquetes y mucho cembo en la techumbre, acullá...

Pero Florinda está llorando.

No comprende ella por qué su sensibilidad, atrofiada y como inerte bajo la dureza del dolor, se derrite al contacto de la solicitud deRosicler. Saborea hieles de lágrimas hace ya muchos días, sin conseguir el alivio del llanto. Y apenas el zagal pone ingenuamente sus devociones al servicio de la secreta pesadumbre, estalla la lluvia del corazón en los ardientes ojos de la novia; un sentimiento fraternal suaviza la inclemencia del oculto padecer y afloja las bárbaras ligaduras del silencio y el disimulo en el pobre pecho atormentado.

Aquella racha de aromas y rumores que antes penetró el alma de la moza como apacible compañía, fué, sin duda, el anuncio de esta brisa sentimental que en el abandonado espíritu levantan las solícitas frases del pastor.

Sintiendo el apoyo de una fuerza consistente y viva, reaccionaMariflory responde a su amigo:

—Ya no voy adonde dices: me vuelvo a casa.

—Y, ¿por qué lloras?

—Porque sí.

Esta irrebatible lógica desconcierta un poco al zagal, que luego se rehace y afirma:

—Ya lo sé: porque se marchó el forastero sin que os echáramos el rastro... No quiso el señor cura.

La moza no contesta, distraída en el consuelo de llorar, y, siguiéndola por los estrechos viales de la mies, el pastor se preocupa meditando en los motivos del lloro. Porque él oye decir que la niña está solicitada para Antonio Salvadores, y no es probable que con un pretendiente de tanta robustidad, hacienda y poderío, ella suspire por un extranjero «ceganitas y esgamiao».

—¡No puede ser!—corrobora en voz alta.

Y, súbito, un razonamiento luminoso le da la clave del enigma:

—Lloras—dice muy cierto—por las malas nuevas que tuvo de allende el señor cura.

—¿Las tuvo?

—Mi hermano escribió. En la esquela pone que el tío Isidoro adolece del arca y está «en los últimos»; que su padre quiere llevarse a Pedro, y que...

—Pero, ¿a quién se lo escribe?

—Eso a nosotros, con el sobre a don Miguel, y otra carta semejante recibió el mismo día, lo cual que dijo: Esta es de Martín. Las tenía en somo de la mesa cuando llegué a buscar la de mi hermano.

Sobresaltada y anhelosa, despiertaMariflordesde el infausto sueño de sus amores a las imponentes realidades de la vida. Sus lágrimas se borran al calor de los remordimientos y el rudo latigazo de la conciencia imprime velocidad al paso y al raciocinio de la joven.

—¡Mi padre!—murmura enajenada.

Y aquel nombre, dulce y solemne, le suena extraño y nuevo, muy remoto.

Asustado el zagal, teme haber sido inoportuno, y divaga en murmuraciones confusas:

—Yo conté que lo sabías... Quizabes no sea cierto... Podemos ir yo y tigo a preguntar...

—Gracias,Rosicler: será mejor que vaya sola.

Es tan visible y lastimoso el esfuerzo con que la niña se dispone a correr en busca de sus nuevas desgracias, que el pastorcillo siéntese inclinado a compartirle. Pero no sabe cómo sostener la media cruz de aquel dolor, y para demostrar siquiera que él también sufre, afligido murmura:

—Yo marcharé con Pedro, sabe Dios hasta cuándo.

—¡Pobre zagal!—lamenta Florinda, volviendo con dulzura la mirada a los cándidos ojos que la siguen.

ARosiclerse le enciende el semblante, lanza un fuerte suspiro al aire claro y esconde en el corazón unos cuantos secretos.

¡Tal suspiran las mieses, cargadas de misteriosas inquietudes!

Don Miguel estaba en Astorga y fué preciso aguardarle, ya que llegaría de un momento a otro.

—Anda muy ocupado con el casamiento—dijo Ascensión a su amiga, recibiéndola cariñosamente.

La idea de que el cura estuviese negociando un préstamo para la dote, colmó la pesadumbre de la muchacha. Era la primera vez que se ponía en contacto con la gente del pueblo desde la llegada del primo y la partida del novio, y una dolorosa cortedad hacía difíciles sus palabras y sus averiguaciones.

—¿Sabes tú lo que ha escrito mi padre?—atrevióse a decir.

—No sabemos nada.

Esta prontitud de la respuesta hizo a Florinda comprender que Ascensión tenía orden de no decirle lo que supiese acerca de aquel punto. Pero sin duda no le estabaprohibido exacerbar los pesares de la amiga con crueles alusiones; y, más curiosa que malévola, por saber muchas cosas que ignoraba, fué diciendo con femenil astucia:

—¿Tienes buenas noticias de la Corte?

Inmutada, la triste novia movió negativamente la cabeza.

—¿Y de Valladolid?

—Tampoco.

—Facunda Paz ha dicho que te casas para las Navidades.

—No es cierto—pudo protestar Florinda con delgada voz.

—¡Ah! yo creí... ¡Como el primo os lo pone todo tan llano!... La verdad es—continúa la muchacha al cabo de un inútil silencio—que habéis tenido mala suerte: la tía Dolores pierde los caudales cuando ya no puede trabajar; Marinela adolece, para morir cuando caiga la hoja, y los chicos están abandonados, mientras Olalla y su madre andan de obreras, si a mano viene.

—¿De obreras... para los demás?—gime tembloroso, a punto de romperse, el hilo de la remisa voz.

—Sí; mañana van para nosotras.

—Y, ¿a qué trabajo?

—A la siega.

—Pero, ¿no vienen hombres de Galicia?

—Algunos vienen a segar otros centenales de más labor; aquí lo suelen hacer las segadoras: «éstas» se ofrecieron, y ¡como son buenas servicialas!...

Le parece a la novia del poeta que fluctúa un ligero desdén en las palabras de Ascensión, como si ya fuese irremediable el hundimiento de la familia Salvadores y esta ruina arrastrase consigo todas las deferencias que gozó en Valdecruces la niña ciudadana. La jerarquía del corazón y la superioridad de la inteligencia, pugnan porlevantarse rebeldes sobre el desvalimiento fortúito, mas un pálido sonrojo tiñe la frente de la orgullosa, y sus labios permanecen inmóviles: se siente abandonada, pobre como jamás lo estuvo, lejos como nunca de todas las cumbres que un día creyera poseer. El hondo fragor de sus arrogancias enmudece esclavo de la fatalidad, cunde silencioso y baldío, derramando los deseos en las tinieblas.

Y Ascensión, creciéndose con infantil empaque, según advierte el profundo descorazonamiento de la niña, adopta un tonillo desusado para enumerar «las donas» que recibe del novio, presume y alardea entre manteos, jubones y delantales, esparcidos con hartura por la estancia.

Cuando llega, a poco, don Miguel y hace que Florinda suba a su despacho, no puede la muchacha ocultar su aflicción a los ojos del sacerdote; llora a raudales, derribada en el primer escañuelo que tropieza, sorda a las preguntas con que el apóstol persigue la desaforada cuita.

—De ese modo no se puede vivir,Mariflor—prorrumpe don Miguel con blanda severidad.

Y la moza, difícilmente, responde:

—Es que necesito morirme.

Paseando en torno del parpadeante velón, aguarda el cura que se aquiete la tremenda crisis de aquel pesar. Y cuando ya parece que a Florinda se le agotan las lágrimas y sólo quedan en su pecho suspiros, indóciles como rezago de borrasca furiosa, el confesor acerca un escabel a la doliente, y ella misma procura abrir el alma a las investigaciones que la solicitan.

Fuertes son los quebrantos que la zagala llora, no lo niega don Miguel; pero no es de criaturas cristianas el abandonarse al infortunio en estéril desesperación, olvidando la suma bondad deAquel que tiene cuenta con los pajaricos y provee a las hormigas, y pinta las flores, y desciende hasta los más viles gusanos.

Esta prometedora evocación remueve con empuje milagroso las moribundas fibras de una esperanza. ¡Pues no había olvidadoMarifloraquellas frases tan dulces y sabidas! Con su recuerdo acuden en tropel los de la madre muerta y las lecciones aprendidas en su regazo; y un soplo inmenso de ternura levanta los sombríos pensamientos de la moza.

Lumbres de la excelsa piedad que alcanza a las hormigas y a las flores y busca a los gusanos entre el polvo, despiertan con su luz todas las piedades dormidas en el triste pecho de la enamorada. Y ya en la torrentera de la juvenil pasión, corren con las amarguras del férvido caudal muchas compasiones para cuantos seres tiemblan en las ramas del fracaso y del vencimiento, como aves castigadas por la lluvia en adversa noche: enternecida bajo la piadosa corriente de un dolor menos áspero,Mariflorescucha lo que va contando el sacerdote.

No es cierto que las noticias de América sean tan malas como ha entendido el simple deRosicler: aunque el tío Isidoro no mejora, los temores sobre su enfermedad no son definitivos, y los médicos opinan que la vuelta al terruño quizá operase en el enfermo una beneficiosa reacción.

Cuanto al viaje del rapaz, su tío le juzga conveniente, porque, inútil Isidoro para el trabajo, le hace falta a Martín en el tenducho una persona de su confianza. ¿Que Pedro es un niño? Más niños y sin protección alguna emigran otros infelices: es necesario avezarse a la lucha por la vida y resistirla desde la niñez.

Tampoco es una desgracia nueva que trabajen a jornal Ramona y su hija. ¿Qué más tiene el surco propio que el ajeno, si exige el mismo trabajo, le riega una misma fuente y el beneficio que reporta sabe a pan moreno de una sola mies?... ¡Un poco de orgullo sacrificado es cosa tan pueril cuando se piensa que «nuestras propiedades» lindan con el cementerio!...

Quiere don Miguel consolar aMariflory se esfuerza en aducir consideraciones de ultrahumana filosofía; pero en el fondo de sus graves palabras, solloza con tal ímpetu la tragedia del páramo, que se descubre, arisca, la visión de los añojales, fecundos por el terrible esfuerzo de las mujeres, confundidos con la tierra común preñada de despojos, florecida de cruces y de nombres.

Y el pecho de la enamorada palpita con tan humanos afanes, tan seducido por las aficiones a la vida y los anhelos de la transitoria felicidad, que el pobre corazón se retuerce mártir y convulso, loco de pena entre las lindes pálidas del cementerio y de la mies.

Sin embargo, es preciso pensar continuamente en los grises caminos que deslindan «arrotos» y sepulturas. ¿Qué dice el heredero del tío Cristóbal? ¿Arrebata la hacienda de la familia Salvadores? ¿Se muestra piadoso?...

Sí; pues aunque Florinda lo dude, es cierto que Tirso se ha presentado espontáneamente a don Miguel para decirle que prorroga hasta Navidad los préstamos otorgados a la tía Dolores.

—¡Hasta Navidad!... ¡Qué raro es eso! ¿Hablaría Antonio con él?

No contesta el párroco a esta pregunta, pero de sus frases, vagas, colige Florinda que no ha sospechado mal. Entonces un atrevido pensamiento la conforta: ¡si el primo fuera remediando los apuros de la familia hasta las Navidades!

Siempre sería ésta una ventaja para todos; además, en cinco meses, ¡pueden ocurrir tantas cosas!...

En seguida salta la imaginación de la joven a la más urgente de las deudas familiares; ¿habrá pagado Antonio las cuatro mil pesetas al cura? Trata Florinda de averiguarlo con dolorosa timidez, y el sacerdote la interrumpe inquieto y persuasivo:

—No me debéis nada—murmura—; ni un céntimo; ya lo sabe Antonio.

—Pero la boda se aproxima...

—Tengo en el bolsillo las pesetas.

Como parece que la joven duda, don Miguel desdobla un fajo de billetes que lleva guardados encima del corazón, y cuenta muy despacio la interesante cantidad.

Aún no se aclara el entrecejo de la niña; la nube que le oscurece persiste inquietadora, porque la hazaña de recuperar aquel dinero le tiene que haber costado al cura un sacrificio, una humillación, quizá un bochorno. Pero el bienhechor niega, sonríe: ¿Y si se lo hubieran regalado?... ¡Vaya con la aprensiva!

—Usted dijo que a un pobre le era casi imposible lograr ese préstamo—aduceMarifloracongojada.

—Yo suelo equivocarme algunas veces, y tú eres una visionaria que estás conspirando contra tu salud a fuerza de atormentarte; basta para afligirnos la situación de la pobre Marinela. Conque, hija mía, a vivir... y a esperar.

—¿En quién?—prorrumpe ávida la moza.

—¿Y me lo preguntas?

—Sí; ya lo sé: ¡en Dios únicamente!...

La incertidumbre que interrogó desde los ansiosos labios se condensa en un gesto de cansancio profundo. Atosigada por las vicisitudes del Destino, siente Florinda muy lejana la ayuda de Dios, muy alto el cielo, en inabordable confín, y harto duros en la tierra los desiertos del olvido cruel. Nostalgias de una felicidad imposible crecen en el colmado corazón, con apremios tan vivos, que todas las piedades y las ternuras se encogen relajadas bajo la explosiva fuerza de un solo anhelo.

Y audazmente, sin escrúpulos ni rubores, con absoluta necesidad de asirse a un hilo de esperanza para poder vivir, pregunta la niña:

—¿No sabe usted nada, nada «de él», ni una palabra siquiera?

—¡Ni una palabra!—responde el cura con indefinibletono, lleno a la vez de piedad y acusaciones. Advierte en seguida que su respuesta corta como un puñal, y ve a la sentenciada palidecer y levantarse al filo de la rotunda negativa.

Un violento espasmo sacude la fuerte juventud deMariflor, crispa en sus labios el pesar una sonrisa helada, y tiembla en sus ojos un ramo de locura.

La convulsión de aquella pobre vida y el estrabismo del torturado entendimiento, piden un socorro eficaz: pero, buscándole con la más compasiva solicitud, sólo encuentra don Miguel revulsivos y cauterios que, fundentes, contribuyen a derretir los caudales de bondad constreñidos en el robusto corazón.

—Tu padre te escribe—anuncia, fingiendo que no siente ni descubre aquel martirio—. Aquí está la carta.

Como la moza no tiende su mano a la misiva y continúa vacilante en los trágicos límites de la demencia y el desaliento, añade el cura:

—Tu padre sufre y trabaja por ti; es menester que le confortes.

—¡Ah, mi padre!—exclama ella como un eco de lejanos cariños y palabras antiguas.

—Sí; él, que sólo vive para volver a verte... Y Marinela... ¡escucha!, Marinela se muere pronto si no la cuidas tú.

—¿Se muere?

—¡Claro; nadie la socorre!

—¡Virgen santa!...

El párroco ya sabe que el alma de Florinda se resistirá a sucumbir ante el dolor; la ve arrastrarse hacia la derrota, fascinada por el abismo de la pena, tornar luego sumisa a los requerimientos del deber; apagarse, encenderse al soplo de corrientes misteriosas, como una llama recia y combatida. Él la espera, la busca, y asiste conmovido al ardoroso combate sentimental.

Pero la infeliz combatiente descubre el acecho de otraalma y se esconde, replegada en sí misma, con el supremo recato de los más íntimos pesares. Y el cura, al fin, ignora qué propósitos triunfan en la conciencia deMariflor, mientras ella se despide con el aire pasmado, llevándose la carta.

Desfallecen las luces del crepúsculo, y la noche se levanta en el llano; le parece a Florinda que el silencio cae como una gran oscuridad sobre la aldea.

Unos niños juegan al «columbón» en la explanada, pero se columpian sin hablar ni hacer ruido, y con el propio secreto cunde la cancioncilla de la fuente, gota a gota.

El pobre hogar que la enamorada encuentra, está sombrío y silencioso, lo mismo que Valdecruces. Ella lo pisa con atroz angustia, mas a poco de acostumbrarse al taciturno ambiente oye cómo también una lágrima horada este silencio, manando, a hilo, como la fuente de la calle: es la voz humilde con que Marinela suspira. Al segundo reclamo de esta gota de pena, sienteMariflorun formidable sacudimiento en todas las fibras de su alma, y corre hacia el plañido suave.

—¡Estás sola!—compadece, dando a sus palabras una profunda entonación de caridad y desagravio.

—¡Ah, eres tú!—responde la enferma con todo el brío de su acento débil.

Y en el abrazo con que se unen en la sombra las dos primas, hay la dulce solemnidad de una reconciliación.

—¿Dónde está la abuela? ¿Y los niños?—dice la recién llegada, como si volviese de un viaje, sin ánimos para preguntar por las esclavas de la mies.

—La abuela... por ahí. Los rapaces contentos porque mañana les darán vacaciones.

—Y tú, ¿no estás mejor?

—Al contrario... Pero agora dicen que la hechicera hace igual de ensalmadora, y que puede curarme.

—¿La tía Gertrudis?

—¡Velaí! Si ella me hizo el daño, que me lo quite.

—Antes tú no creías esas patrañas—protesta Florinda.

Luego se estremece al recordar que ella también las ha creído: ¿cuándo?... Una vertiginosa sucesión de imágenes la conturba.

—¿Cuándo?—repite—. ¿En otra vida? ¿En sueños?...

No; aquella misma tarde, bajo la realidad siniestra de la desgracia.

Medrosa de hundirse en los suplicios del amoroso padecer, quiere Florinda esclavizarse a otras emociones que la subyugan el corazón. Enciende el candil y busca en el rostro de la enferma y en la estancia miserable el tangible drama familiar. Necesita poner las manos en el palpitante dolor, en la carne lacerada y febril; necesita escuchar llantos y gritos, sentir repugnancias y miedos, hasta ahogar las secretas desesperaciones en una borrachera de amarguras.

Y lo consigue en parte. Marinela, muy blanca, muy tenue, sin poder soportar la impresión de la luz, echa sobre las pupilas el lívido velo de los párpados y sonríe enseñando unos dientes iguales, un poco amarillentos; su cara infantil se transfigura bajo la corona violenta de los cabellos esparcidos y vedijosos, y un conjunto indefinible de alegría y de quebranto presta a las dulces facciones singular expresión. El lecho, desaseado y hundido, parece un roto bajel, donde la mozuela sentenciada boga con lentitud hacia la siniestra orilla. En los rincones del dormitorio emergen sombras y miasmas, y cuando Florinda alza el candil para juntar en una sola visión todas las tristezas presentes, alumbra una imagen de Cristo, moribundo en la cruz.

—Si no es la bruja, ¿quién nos persigue?—balbuce Marinela, recogiendo el reproche de su prima. Y ésta, sugestionada por el pálido Crucifijo que se le aparececomo emblema del más sublime dolor, pregunta a su vez.

—¿Siempre estuvo aquí esta efigie?

—Siempre.

—Ahora la veo...

Bajo el corpiño de la muchacha cruje un papel, quizá empujado por el tumbo fuerte del corazón que aviva sus emociones. Ella posa la luz en el suelo y despliega impaciente la carta de su padre. De hinojos, para mejor alumbrar su lectura, confirma en los renglones amados cuanto dijera don Miguel; pero añade a lo ya sabido algunos descubrimientos que la envuelven en su fatal pesadilla de la boda con Antonio.

El ausente, lleno de cariño y de inquietudes, trata aMariflorcomo a una niña; quiere dejarla en libertad para elegir esposo, y oculta mal sus temores de que no acierte a lograrlo con serena disposición. En los consejos que la envía rebosan inconscientes las antiguas esperanzas de los desposorios con el primo. «Es honrado y bueno, muy traficante; la ayuda que su capital pudiera prestarnos, sería en estas circunstancias definitiva para todos». Esto escribe el señor Martín sin conocer aún la crítica situación de su madre.

Luego, contestando a las confidencias de la joven, desliza entre palabras recelosas el sentimiento de una contrariedad:

«Esa gente de pluma—repite como un eco de todos los pareceres maragatos—no me inspira confianza; suelen ser hombres andariegos, imaginantes y lucidos, muy artificiosos y escasos de intereses; en fin, hija mía, aconséjate mucho del señor cura y que Dios nos auxilie».

Al través de todo el pliego, un hálito de alarma y de tristeza confunde a la lectora: el padre se duele de no mandar «posibles», de no tener con qué realizar el viaje de Pedro ni la repatriación de Isidoro. Y la nubladafrente de la niña se dobla con desmayo sobre la carta, como si la venciese el agobio de otra nueva responsabilidad.

Mientras Florinda leyó, fué Marinela haciéndose a la luz amortiguada desde el suelo, y levantó los párpados poco a poco: el perfil de su prima, trazado por la sombra con gigante dibujo, llenaba la pared y tocaba en la techumbre.

Sonrió la enferma, alegre de encontrar la figura gentil de sus ensueños, difundida como por milagro en todo el mezquino gabinete, y deslizóse a orilla de la cama para verla en realidad. Pero un sobresalto la trastorna cuando descubre la carta entre los dedos temblones deMariflor. ¿Será del forastero? ¡No parece que está en romance!... ¡Y si fuera de «él»?...

Todas las perturbaciones y las incoherencias con que la zagala se consume en inaudita pasión, se agolpan a los descoloridos labios para balbucir aquella pregunta. Va a derramarse el ávido acento lo mismo que un roto caudal de incertidumbres, y al borde sonoro de la palabra se asustan de repente las emociones silenciosas de la niña. Tanto aprendió a esconderlas, en el tiempo que vive encerrada con sus incógnitos pesares, que le han crecido las sombras y los temores alrededor de los pensamientos y ya el instintivo recato de su alma se cierra, oscuro para siempre, en la propia timidez y confusión. Al levantar Florinda los ojos, dócil a la penetrante consulta de otra mirada, ve Marinela como en un espejo el desastre interior de aquella vida tan hermosa, y le tiende los brazos en caritativo impulso de socorro. Menguada y triste es la esperanza que ofrecen desde la navecilla del dolor unos remos tan frágiles, mas en ellos se apoya con gratitud Florinda, y levantándose firme, con ellos se abraza, sostenida en el naufragio de la felicidad.

—¿Quién nos persigue?—clama otra vez Marinela entre sollozos—. Y como su prima no responde, añade:

—La bruja es también sortílega, adivinadora, ¿entiendes?... ¡Vamos a pedirle que nos ayude!

Mariflordesciñe sus brazos en torno de la enferma, y señalando en la pared al Cristo, murmura inspirada:

—No: ¡a Este!...


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