XVILA TRAGEDIA

XVILA TRAGEDIASOFOCADO y mohíno salió Antonio Salvadores de la segunda conferencia con don Miguel, luego de afirmar que sólo casándose con Florinda remediaría los apuros de su gente.Había soltado la contradictoria declaración de sus intenciones con la prisa de quien se descarga de un grave peso. Aceleradamente, lleno de timidez y de bochorno, se adelantó a decir:—Me casaré con «ella» y arreglaremos esas trampas sin demasiados perjuicios...No esperaba el cura tan a quemarropa la presentida capitulación. Sonrió, avisado, y quiso paliar con diplomacia su respuesta para no herir de frente el masculino orgullo, muy empinado y hosco en Maragatería.—¡Hombre!—dijo—vamos por partes: la moza oyóque tú la rechazabas; ¿cómo vas a exigir ahora que te quiera?... estará quejosa, ofendida...—¿Ella?—dudó Antonio, como extrañando que una mujer pudiese tomar la seria determinación de ofenderse. Luego, en aquella duda presuntuosa, abrió su camino oscuro otra sospecha. ¿Y siMariflorno fuese una mujer como las demás?... Porque parecía distinta...—Usted le dirá que me equivoqué—propuso el mozo—; que no supe expresarme; que usted me entendió mal y yo no me atreví a desmentirle; cualquiera disculpa que a mí no se me ocurre.Tanta cortesía y previsión eran indicios de firme voluntad conquistadora. Y don Miguel, perplejo, confiando a la Providencia el desenlace de aquel conflicto, se limitó a insistir, como medida de precaución contra un brusco desengaño, en que Florinda era muy sensible, delicada de pensamientos, dueña y señora de su voluntad por expreso designio de su padre.—Pues usted se entenderá con ella: le dice...—No; eso tú.—¿Yo?—Naturalmente.—Usted no me conoce; yo no sirvo para hablar de estas cosas con rapazas; además, aquí no se usa.—Pero tu prima es mujer de ciudad, inteligente y razonable, y tú ya eres un hombre educado a la moderna.—Yo soy el mismo de antaño, don Miguel; y me pongo zarabeto y torpe en tratándose de finuras: quiero casarme conMariflor; ayúdeme usted y me daré a buenas en lo de la abuelica.Clavado con tenacidad en su deseo, encendido el rostro y la actitud inquieta, el pretendiente no dió un paso más por el camino adonde se le quería conducir.Y ya mediaba la tarde cuando el cura llevó a su convidado a casa de la tía Dolores, prometiendo explorarel ánimo deMariflory evitarle al mozo en lo posible, las negociaciones directas con la prima.Entraron, pues, los visitantes por la puertona principal, se asomaron alestradíndesde el pasillo, y, no hallando quien los recibiera, deslizáronse hasta la cocina. Quizá sus mismos pasos, recios sobre las baldosas, y un repique sonoro del bastón de don Miguel, les impidiese oir hacia la alcoba de Marinela voces apagadas y sollozos furtivos.La moza, sorprendida en el palomar, acababa de aparecer, dócil como un corderuelo, de la mano deMariflor, y era recibida con espanto como un ánima del otro mundo. Revolvíase la madre en el dormitorio, asegurando «que la renovera le había traspuesto de suso a la rapaza con intención luciferal». A estos aberrados plañidos hacían coro, augurales, las otras dos mujeres; y en vano Florinda procuraba explicar que, sin duda, la enferma, necesitando aire en los ardores de la calentura, había escalado inconsciente el abierto refugio de las palomas.Sin negar ni asentir, acaso contagiada por la superstición de los hechizos, Marinela gemía, hundiéndose en la cama otra vez y dejando que su madre la cubriese con un rojo alhamar.—Es preciso que sudes—ordenaba Ramona—para que desarrimes la friura del pecho.Y el terrible cobertor fué rodeado con saña al cuerpecillo febril.—¡Tengo sede!—lamentaba la niña sollozando.—¡Ni una gota de agua, ni una sola!—sentenció la madre severa.Y la voz de don Miguel resonó entonces impaciente:—¡Ah, de casa!... ¿Dónde estáis?Pero ya estaban en la cocina, aceleradas y serviciales, las de Salvadores, dejando sola con la enferma aMariflor, aplastada bajo el aire estantío del dormitorio. Nopermaneció allí mucho tiempo. La llamaron al compás de unas voces solapadas, y acudió medrosa, con la incertidumbre en el corazón.Iban cayendo en la cocina las precoces tinieblas de aquella tarde gris, y Antonio había buscado el rincón más oscuro para aposentar su lozana persona; junto a él quedaron medio escondidas las tres mujeres; de modo que al entrar la joven, sólo vió al cura, de pie bajo la escasa claridad del ahumado ventanuco.A una indicación del sacerdote le siguió Florinda, pasmada, hacia elestradín, y, traspuesto apenas el umbral, los dos hablaron quedamente un instante, mientras en el fondo de la cocina se delataban algunos acentos confabulados y cautelosos.Por el sombrío rastro de tales rumores fueseMariflorderecha hasta su primo, le puso como por la mañana las suaves manos en los hombros, y le dijo enérgica y triste:—Yo no te pedía nada para mí, y aunque me dieras todo el oro del mundo, no te puedo querer ni ahora ni nunca.Tronaron sordamente unas frases violentas, en voz opaca de mujer, y un brusco regate hurtó bajo los dedos de la niña el coleto de Antonio. Libre ella de su grave secreto, volvió a guarecerse junto al sacerdote que, habiéndola seguido desde elestradín, recibía otra vez el fugitivo resplandor de los cristales, en el centro de la cocina.—¿Entonces?...—interrogó Olalla con increíble desparpajo.—Antonio dirá—pronunció cohibido el cura.Y cuando parecía imposible que el mozo respondiera, atarugado por timideces y rencores, subrayó con bastantes ánimos:—Digo «que nada»; ya lo sabe usted.Hipos y quejas estallaron encima de tan ruda afirmación,y allí, en la cómplice oscuridad, fué pronunciado con odio y amenazas el nombre «del forastero». Cuanto maldecía Ramona, áspera y cruel, repetíalo maquinalmente la tía Dolores, mientras Olalla, más prudente y justa, se atenía a ponderar el común infortunio con ayes quejumbrosos:—¡Ay los mis hermanos!... ¡Ay mi abuelica!...Desde lejos, Marinela, ardiendo en fiebres del cuerpo y del alma, estremecida por aquellos extraños gritos, se atrevía también a plañir:—¡Tengo sede!—¡Qué escándalo!... ¡Esto es una vergüenza!—clamó atónito don Miguel—. ¡Silencio!—ordenó al punto con una voz estentórea, y el cuento de su bastón repicó furiosamente en el solado.Establecida en apariencia la tranquilidad, dejóse oir el resoplido de una respiración muy agitada, un trajín de carne ansiosa, como si jadeando en las tinieblas Antonio se hubiese puesto de pie.De pie estaba; había entendido que aquel señor «de pluma», displicente y finuco, invitado por don Miguel, con mucho golpe de espejuelos y de romances y poca guita en el bolsillo, le birlaba la novia. ¡Y vive Dios que no sería así, tan fácilmente!Por los fueros de Maragatería, por la honra de su casta, lo juró Antonio Salvadores.Con el estallido de un beso sobre la carnosa cruz del índice y el pulgar, dió el maragato fe de su altivo juramento, y, arrogante, audaz como nunca, preguntó:—¿Cuánto hace falta para que no lloréis?El estupor que estas palabras produjeron, enmudeció al auditorio, hasta que Florinda, incrédula, quizá un poco mortificadora, dijo sordamente:—Para que no lloren, hace falta mucho dinero.—¿Cuánto?Desde el fondo de la oscuridad, la insistencia deaquella pregunta parecía algo fantástica. Y la joven, vacilando, como si en sueños hablase con un duende o respondiera a un conjuro, enumeró:—A don Miguel hay que darle cuatro mil pesetas en seguida.—¿Qué más?—Tres mil se le debían al tío Cristóbal...—Al médico le debemos la iguala.—Y al boticario treinta riales—apuntaron desde la sombra.—¿Qué más?—aguijaba Antonio con tales bríos, queMariflor, corriendo un loco albur, añadió retadora:—Mil duros para reponer los ganados y las fincas... Otros mil para que Marinela profese en Santa Clara...Crujió un escaño bajo el desplome del cuerpo, cuya voz pronunciaba desoladamente:—¡Pues lo doy!—¿Todo?—acució Ramona delirante de codicia.—Todo... si me caso con «ella»; sois testigos.—Eso es imposible... ¡imposible!...La indómita repulsa quedó ahogada entre insurgentes voces.—¡Podré recibir a Isidoro!—balbució la abuela con extraordinaria lucidez.Y Ramona, en súbito arranque de ternura, dulcificó sus labios al proferir:—¡Mis fiyuelos!...Pero el maragato oyó rodar la palabra «imposible» hacia donde la luz resplandecía, y hazañoso al abrigo de las tinieblas, advirtió con rotundo acento que apagó el de las mujeres:—Yo no mendigo novia: pongo condiciones a la protección que se me pide; si no convienen, ¡salud!, y que no se me diga una palabra más del tributo de esta casa.—¡Dios mío. Dios mío!—plañíaMariflorcon espanto en aquella negrura, cada vez más espesa, donde lasenemigas voces del Destino ponían cerco a una felicidad inocente.De pronto, aquel muro de sombras que disparaba frases como dardos al corazón de la joven, se removió siniestro, y pedazos vivos de la implacable fortaleza avanzaron hacia Florinda en forma de tres mujeres suplicantes y desesperadas.Quiso entonces la infeliz asirse al noble apoyo de don Miguel; pero los hábitos sacerdotales recogían la creciente oscuridad con tan severa traza, que también tuvo miedo de esta inmóvil persona muda y negra.Y en semejante asedio y abandono, huyó la moza, perseguida por su propio grito atormentado. Ganó el corral, cruzando elestradín, y en plena rúa, corrió ciegamente, bajo la indecisa luz del prematuro anochecer.Al ocurrir la desalada fuga, quedó en suspenso el vocerío de las mujeres, y en la prisa por buscar una solución al urgente problema de la boda, se le ocurrió a Olalla encender el candil. Aunque no alumbró mucho espacio la crepitante mecha, a su amarilla claridad surgió abocetada, impaciente en un rincón, la figura de Antonio.Se limpiaba el maragato con un pañuelo de colores el sudor copioso de la frente, y aparecía fatigadísimo, como si allí rindiera en aquel instante la más dura jornada de su vida.—«Ese» no se la lleva a ufo—rezongaba—; cuando yo me planto, no le hay más terne en todo el reino de León.Y bravatero, jactancioso, revolvíase entre el escaño y el llar, y hacía con el pobre moquero raudos molinetes, en la actitud belicosa del antiguo fidalgo que empuñase una espada leonesa de dos filos.Pero aquella caricatura de perdonavidas, singular en el carácter apacible de Antonio Salvadores, no merecióla atención de las mujeres tanto como la quietud del párroco, silencioso y como entumecido en medio de la estancia.—¡Padre!... ¡Don Miguel!... ¡Señor cura...!—clamaron tres voces, a la rebatiña de palabras insinuantes y cariñosas para sacudir al ensimismado protector.—¡Es verdad!—murmuró él, recordando, como si su espíritu volviese de un viaje—. Yo tenía que deciros alguna cosa en esta ocasión... Pues, ya lo estáis viendo: la muchacha «no puede querer» a su primo; el primo «no quiere» favoreceros a vosotros, y yo, ni puedo ni quiero sobornar los sentimientos de una doncella para hacer caridades a costa de perfidias.Hablaba despacio, tranquilo; su indignación se abatía sin duda en el propósito de no intervenir más en aquel triste asunto. Y sus palabras, escapándose en parte a la penetración de los oyentes, parecían el resumen de un breve examen de conciencia.Don Miguel Fidalgo, místico y piadoso, alma encendida en lumbres de terrenales sacrificios, se había encariñado con la esperanza de queMariflorrealizase el acto sublime de tomar, por amor a su familia, una cruz en los hombros. Sabía el cura muchos secretos de divinas compensaciones; confiaba poco en la constancia de Rogelio Terán, y temiendo por la frágil dicha que manejaba el poeta, imaginó poder asegurarla haciéndola fecunda aprovechando, por decirlo así, el seguro dolor de una existencia en beneficio de otras pobres vidas y en simientes de goces inmortales.A la luz de tan altos fines, los espejismos de don Miguel pudieron ser hermosos; pero ahora, de cerca, tocando las salvajes pasiones y hondas repugnancias que la heroína debiera resistir, un vértigo de materiales angustias celaron al soñador los excelsos fulgores del imaginado sacrificio: teorías consoladoras, confianzas secretas y afanes recónditos, eran torres de viento para el bárbaroempuje de la miserable escena presenciada. La brusca realidad de aquel contacto produjo en el apóstol una sensación de pavorosa caída desde las nubes a la tierra. Convencido de haber soñado a demasiada altura de las fuerzas humanas, despertábase pesaroso, lleno de compasiones y de remordimientos, como si el oculto albergue que dió a las esperanzas de la boda fuese una culpa en la tragedia que sobrevenía. Y compungido por el tumulto de tales pesadumbres, oyó como decía Olalla:—El mal caso de no querer «a éste», es por «el otro».—¡Por el amigo de usté!—renegó la madre, hostil.Le dolía al cura este recuerdo como el mayor delito de su influencia sobre la vida deMarifloren Valdecruces; parecíale imposible haberse dejado llevar por un sentimiento romántico hasta el punto de compartir un día con la inexperta moza ilusiones confiadas a un caballero errante, mariposa de todos los vergeles, giróvago enamorado, de tan noble intención como firmeza insegura. Despierta la desconfianza que lejos del amigo pudo adormecerse, crecía en el ánimo del sacerdote recordando la singular precipitación con que Terán partía, después de resistirse para conceder una tregua a su enamorada solicitud. En el preciso momento de quedar la novia libre de morales ligaduras, con que ella misma por compasión se ataba a una promesa, alejábase el novio impaciente, reservado, incomprensible... ¡Acaso ya corría en el tren seducido por todas las atracciones de la vida, sin que en la ambiciosa cumbre de sus pensamientos la idea del deber tuviese nada más que unos lejanos resplandores!Esta consideración penosa indujo al cura a conmiserar dolorosamente las humanas flaquezas y a dejar correr una benigna lástima sobre aquellos toscos espíritus asfixiados por el brutal peso de todas las ignorancias y de todas las necesidades. Procuró mover los corazones bajo la espesura de las inteligencias, solicitando mucho cariñoy compasión para Florinda, y quiso de nuevo suponer que la rebelde actitud de la muchacha con Antonio obedecía a un justo desquite más que a las rivalidades aludidas por Olalla.El maragato, muy en desacuerdo con sus recientes fachendas, apresuróse ahora, optimista y conciliador, a recoger la tranquilizadora especie; y sin abdicar de su nativo orgullo, pronunció benévolo:—Sí, la rapaza me tiene malquerencia por «aquello» que usté le dijo de mí...Olalla y su madre no se mostraron muy convencidas de semejantes suposiciones, y permanecieron inquietas, atribuladas por el fracaso definitivo de la boda; en tanto que la tía Dolores, sin alcanzar la magnitud de la desgracia, temía un contratiempo en el negocio matrimonial. Mirando de hito en hito a don Miguel desde el fondo gris de las pupilas, preguntó medrosa:—¡Eh!... ¿qué dicen? ¿Por qué la rapaza fuge?Pero su voz se apagó entre los pasos veloces de los niños que regresaban de Piedralbina con las trojas al hombro y las caras interrogantes.—Mariflorcorría llorando—dijeron al entrar.—¿Por onde?—Por la mies.Adoraban los chiquillos a su prima, y la inquietud les daba atrevimiento para inquirir en el rostro del cura razones de la triste carrera que ellos no habían podido contener.—Volverá—prometió el párroco, seguro—; volverá cariñosa para vosotros y buena como siempre.—Sí, volverá; ¡no tiene hiel!—exclamó Antonio con disimulada impaciencia.Y huyendo de la luz agonizante del candil, atajó en el pasillo al sacerdote, que ya se despedía.—Marcho de madrugada; ¿qué razón llevo?—preguntó solícito.—¿De cuál?—De la boda.—Pues ya lo ves ¡ninguna!—Pero... ese escribano de Madrid, ¿ha de tornar?—Creo que no.—¿Y luego?Don Miguel se encogió de hombros, desazonado y aburrido en aquella burda porfía, repitiendo mentalmente la grave palabra deMariflor:«¡Imposible, imposible!»No parecía entender el mozo la elocuencia de los silencios ni la expresión de los ademanes. Y aunque Olalla acudía con el candil, aparentó el primo estar a oscuras para declarar magnánimo:—Yo sostengo mis condiciones.Como nadie le respondiese, añadió sobrepujante:—Y aguardaré el sí o el no... hasta Navidá.—¿Todavía el no?—dijo don Miguel con involuntaria sonrisa.Marinela, que escuchaba un murmullo de voces cerca de su alcoba, dolióse una vez más:—¡Tengo sede!—Dadle agua a esa criatura—recomendó el párroco al salir.En los umbrales del portalón recordó alguna cosa, y se detuvo, advirtiendo:—Tened en cuenta que a mí no me debéis nada.—¿Y las cuatro mil?...—quiso Antonio averiguar.—Nada, nada—interrumpió el sacerdote, resuelto y apresurado.Pero aún se volvió hacia sus feligresas, y encarándose con Ramona, le dijo con especial tono:—Florinda no tiene madre, ¡acuérdate!...Para volver a su hogar aquella misma noche sólo puso la fugitiva por condición, en forma de sumiso ruego, quela esperase Olalla un poco tarde, cuando los demás se hubiesen acostado.Y desde casa del cura, donde posó al final de su anhelante carrera, fué acompañada por Ascensión y su madre hasta la puerta delestradín.De la timidez y sobresalto con que pisó de nuevo la cocina oscura, solamente Olalla pudo sorprender la emoción. Pero, con los ojos turbios de sueño, la joven no vió más que una sombra de su prima avanzando pasito en la punta de los pies.Entonces un lamento de fracaso quebró apenas la silenciosa quietud.—Dios no quiere hacer el prodigio; ¡no quiere!—sollozó Florinda con tan penetrante desconsuelo, que Olalla sintió necesidad de abrir los brazos.—¡No llores!—respondió generosa.Y su pecho macizo, impasible a menudo, derritióse en blanduras maternales al echar sobre sí el gran dolor de otra mujer.Manaba tan vivo aquel pesar desde la herida tierna de un corazón, que Olalla la sentía correr como un torrente donde se desbordasen todas las amarguras del mundo. El deseo imperioso de consolar subió de las entrañas de la moza, y derramó sus sentimientos más dulces y protectores en estas elocuentes palabras:—¿Quieres un poco de tortilla, un poco de vino que sobró a Antonio?Como no pudieseMariflorresponder, siguió diciendo:—Lo había guardado para Marinela; pero te lo doy a ti.—No, no; gracias—dijo al cabo la favorecida.Porfió la maragata rubia con grande solicitud; peroMariflorla hizo creer que había cenado ya. Juntas se hundieron en las oscuridades del pasillo; y Olalla puso el candil en el suelo entre las puertas de dos habitaciones contiguas.—Yo no me desnudo, porque tengo que levantarme al amanecer—dijo, acompañando a su prima hasta la cama de la abuela.Enterada de que Antonio partía muy temprano, advirtió Florinda, estremeciéndose:—No me llamarás a esa hora...—No, mujer; nos levantaremos dambas, mi madre y yo.Hablaban callandito, y un momento contemplaron mudas a la anciana, dormida con la boca abierta.Estirándose en la semioscuridad con macabra rigidez, la figura yacente parecía de tal modo un cadáver, queMariflorllegóse a tocarla presurosa.—¡Está fría!—dijo trémula.Pero Olalla, imperturbable, repuso:—Los viejos siempre están congelados: y diz que es dañino acuchar con ellos los rapaces, porque les sacan la calor. Por eso la abuela duerme sola.Un silbido leve, fatigoso, daba noticia de la respiración de la anciana, y, fuera, otros audaces silbos anunciaron los rigores del temporal.La lluvia estalló sonora sobre el «cuelmo» sedoso de la techumbre, y toda la casa quedó mecida por el llanto y los suspiros de la noche.—¡Dios mío, qué tristeza!—murmuró Florinda desnudándose.Había colocado un almohadón a los pies del lecho y desdoblando la ropa con sigilo, deslizóse en él sin tocar a la anciana. El irresistible escrúpulo que antes galvanizó a la infeliz, asqueada y vergonzosa, volvió a poseerla en la orilla de los colchones, empujándola a riesgo de caer. Resistióse casi adusta cuando Olalla la quiso arropar, y hurtó el cuello y los brazos desnudos al roce de la sábana.—¡Si tienes tanto frío como la abuela!—protestó la prima.—¡No importa, no importa!—balbucióMariflor, sin saber qué decir, escalofriada a pesar de la densa espesura del ambiente. Luego añadió amable:—Y tú, ¿vas a quedarte en vela? ¿No tienes frío y sueño?—¿Frío en el mes de julio?... ¡Válgame Dios!... Cansada sí que estoy; agora apago la luz y voy, aspacín, a echarme junto a Marinela.—¿Está mejor?—No sé; dímosle agua y se durmió; pero arde y tiene temblores.—Hay que llamar al médico.—Madre no se atreve, por la paga.—Pues hay que llamarle—insistió Florinda suspirando.Revolvióse un poco la abuela, tembló la moza al borde del colchón, y Olalla dijo:—Duerme; ya es tarde.Salió en puntillas, de un soplo mató la luz, y ya entraba en su alcoba cuando la detuvo un leve reclamo deMariflor.—¡Oye!... Ese ruido, aquí cerca, que no es del viento ni de la lluvia, ¿de dónde viene?Olalla escuchó un instante, y ahogó su risa al replicar:—Es «él»... es Antonio que ronca; ¿tienes miedo?

XVILA TRAGEDIASOFOCADO y mohíno salió Antonio Salvadores de la segunda conferencia con don Miguel, luego de afirmar que sólo casándose con Florinda remediaría los apuros de su gente.Había soltado la contradictoria declaración de sus intenciones con la prisa de quien se descarga de un grave peso. Aceleradamente, lleno de timidez y de bochorno, se adelantó a decir:—Me casaré con «ella» y arreglaremos esas trampas sin demasiados perjuicios...No esperaba el cura tan a quemarropa la presentida capitulación. Sonrió, avisado, y quiso paliar con diplomacia su respuesta para no herir de frente el masculino orgullo, muy empinado y hosco en Maragatería.—¡Hombre!—dijo—vamos por partes: la moza oyóque tú la rechazabas; ¿cómo vas a exigir ahora que te quiera?... estará quejosa, ofendida...—¿Ella?—dudó Antonio, como extrañando que una mujer pudiese tomar la seria determinación de ofenderse. Luego, en aquella duda presuntuosa, abrió su camino oscuro otra sospecha. ¿Y siMariflorno fuese una mujer como las demás?... Porque parecía distinta...—Usted le dirá que me equivoqué—propuso el mozo—; que no supe expresarme; que usted me entendió mal y yo no me atreví a desmentirle; cualquiera disculpa que a mí no se me ocurre.Tanta cortesía y previsión eran indicios de firme voluntad conquistadora. Y don Miguel, perplejo, confiando a la Providencia el desenlace de aquel conflicto, se limitó a insistir, como medida de precaución contra un brusco desengaño, en que Florinda era muy sensible, delicada de pensamientos, dueña y señora de su voluntad por expreso designio de su padre.—Pues usted se entenderá con ella: le dice...—No; eso tú.—¿Yo?—Naturalmente.—Usted no me conoce; yo no sirvo para hablar de estas cosas con rapazas; además, aquí no se usa.—Pero tu prima es mujer de ciudad, inteligente y razonable, y tú ya eres un hombre educado a la moderna.—Yo soy el mismo de antaño, don Miguel; y me pongo zarabeto y torpe en tratándose de finuras: quiero casarme conMariflor; ayúdeme usted y me daré a buenas en lo de la abuelica.Clavado con tenacidad en su deseo, encendido el rostro y la actitud inquieta, el pretendiente no dió un paso más por el camino adonde se le quería conducir.Y ya mediaba la tarde cuando el cura llevó a su convidado a casa de la tía Dolores, prometiendo explorarel ánimo deMariflory evitarle al mozo en lo posible, las negociaciones directas con la prima.Entraron, pues, los visitantes por la puertona principal, se asomaron alestradíndesde el pasillo, y, no hallando quien los recibiera, deslizáronse hasta la cocina. Quizá sus mismos pasos, recios sobre las baldosas, y un repique sonoro del bastón de don Miguel, les impidiese oir hacia la alcoba de Marinela voces apagadas y sollozos furtivos.La moza, sorprendida en el palomar, acababa de aparecer, dócil como un corderuelo, de la mano deMariflor, y era recibida con espanto como un ánima del otro mundo. Revolvíase la madre en el dormitorio, asegurando «que la renovera le había traspuesto de suso a la rapaza con intención luciferal». A estos aberrados plañidos hacían coro, augurales, las otras dos mujeres; y en vano Florinda procuraba explicar que, sin duda, la enferma, necesitando aire en los ardores de la calentura, había escalado inconsciente el abierto refugio de las palomas.Sin negar ni asentir, acaso contagiada por la superstición de los hechizos, Marinela gemía, hundiéndose en la cama otra vez y dejando que su madre la cubriese con un rojo alhamar.—Es preciso que sudes—ordenaba Ramona—para que desarrimes la friura del pecho.Y el terrible cobertor fué rodeado con saña al cuerpecillo febril.—¡Tengo sede!—lamentaba la niña sollozando.—¡Ni una gota de agua, ni una sola!—sentenció la madre severa.Y la voz de don Miguel resonó entonces impaciente:—¡Ah, de casa!... ¿Dónde estáis?Pero ya estaban en la cocina, aceleradas y serviciales, las de Salvadores, dejando sola con la enferma aMariflor, aplastada bajo el aire estantío del dormitorio. Nopermaneció allí mucho tiempo. La llamaron al compás de unas voces solapadas, y acudió medrosa, con la incertidumbre en el corazón.Iban cayendo en la cocina las precoces tinieblas de aquella tarde gris, y Antonio había buscado el rincón más oscuro para aposentar su lozana persona; junto a él quedaron medio escondidas las tres mujeres; de modo que al entrar la joven, sólo vió al cura, de pie bajo la escasa claridad del ahumado ventanuco.A una indicación del sacerdote le siguió Florinda, pasmada, hacia elestradín, y, traspuesto apenas el umbral, los dos hablaron quedamente un instante, mientras en el fondo de la cocina se delataban algunos acentos confabulados y cautelosos.Por el sombrío rastro de tales rumores fueseMariflorderecha hasta su primo, le puso como por la mañana las suaves manos en los hombros, y le dijo enérgica y triste:—Yo no te pedía nada para mí, y aunque me dieras todo el oro del mundo, no te puedo querer ni ahora ni nunca.Tronaron sordamente unas frases violentas, en voz opaca de mujer, y un brusco regate hurtó bajo los dedos de la niña el coleto de Antonio. Libre ella de su grave secreto, volvió a guarecerse junto al sacerdote que, habiéndola seguido desde elestradín, recibía otra vez el fugitivo resplandor de los cristales, en el centro de la cocina.—¿Entonces?...—interrogó Olalla con increíble desparpajo.—Antonio dirá—pronunció cohibido el cura.Y cuando parecía imposible que el mozo respondiera, atarugado por timideces y rencores, subrayó con bastantes ánimos:—Digo «que nada»; ya lo sabe usted.Hipos y quejas estallaron encima de tan ruda afirmación,y allí, en la cómplice oscuridad, fué pronunciado con odio y amenazas el nombre «del forastero». Cuanto maldecía Ramona, áspera y cruel, repetíalo maquinalmente la tía Dolores, mientras Olalla, más prudente y justa, se atenía a ponderar el común infortunio con ayes quejumbrosos:—¡Ay los mis hermanos!... ¡Ay mi abuelica!...Desde lejos, Marinela, ardiendo en fiebres del cuerpo y del alma, estremecida por aquellos extraños gritos, se atrevía también a plañir:—¡Tengo sede!—¡Qué escándalo!... ¡Esto es una vergüenza!—clamó atónito don Miguel—. ¡Silencio!—ordenó al punto con una voz estentórea, y el cuento de su bastón repicó furiosamente en el solado.Establecida en apariencia la tranquilidad, dejóse oir el resoplido de una respiración muy agitada, un trajín de carne ansiosa, como si jadeando en las tinieblas Antonio se hubiese puesto de pie.De pie estaba; había entendido que aquel señor «de pluma», displicente y finuco, invitado por don Miguel, con mucho golpe de espejuelos y de romances y poca guita en el bolsillo, le birlaba la novia. ¡Y vive Dios que no sería así, tan fácilmente!Por los fueros de Maragatería, por la honra de su casta, lo juró Antonio Salvadores.Con el estallido de un beso sobre la carnosa cruz del índice y el pulgar, dió el maragato fe de su altivo juramento, y, arrogante, audaz como nunca, preguntó:—¿Cuánto hace falta para que no lloréis?El estupor que estas palabras produjeron, enmudeció al auditorio, hasta que Florinda, incrédula, quizá un poco mortificadora, dijo sordamente:—Para que no lloren, hace falta mucho dinero.—¿Cuánto?Desde el fondo de la oscuridad, la insistencia deaquella pregunta parecía algo fantástica. Y la joven, vacilando, como si en sueños hablase con un duende o respondiera a un conjuro, enumeró:—A don Miguel hay que darle cuatro mil pesetas en seguida.—¿Qué más?—Tres mil se le debían al tío Cristóbal...—Al médico le debemos la iguala.—Y al boticario treinta riales—apuntaron desde la sombra.—¿Qué más?—aguijaba Antonio con tales bríos, queMariflor, corriendo un loco albur, añadió retadora:—Mil duros para reponer los ganados y las fincas... Otros mil para que Marinela profese en Santa Clara...Crujió un escaño bajo el desplome del cuerpo, cuya voz pronunciaba desoladamente:—¡Pues lo doy!—¿Todo?—acució Ramona delirante de codicia.—Todo... si me caso con «ella»; sois testigos.—Eso es imposible... ¡imposible!...La indómita repulsa quedó ahogada entre insurgentes voces.—¡Podré recibir a Isidoro!—balbució la abuela con extraordinaria lucidez.Y Ramona, en súbito arranque de ternura, dulcificó sus labios al proferir:—¡Mis fiyuelos!...Pero el maragato oyó rodar la palabra «imposible» hacia donde la luz resplandecía, y hazañoso al abrigo de las tinieblas, advirtió con rotundo acento que apagó el de las mujeres:—Yo no mendigo novia: pongo condiciones a la protección que se me pide; si no convienen, ¡salud!, y que no se me diga una palabra más del tributo de esta casa.—¡Dios mío. Dios mío!—plañíaMariflorcon espanto en aquella negrura, cada vez más espesa, donde lasenemigas voces del Destino ponían cerco a una felicidad inocente.De pronto, aquel muro de sombras que disparaba frases como dardos al corazón de la joven, se removió siniestro, y pedazos vivos de la implacable fortaleza avanzaron hacia Florinda en forma de tres mujeres suplicantes y desesperadas.Quiso entonces la infeliz asirse al noble apoyo de don Miguel; pero los hábitos sacerdotales recogían la creciente oscuridad con tan severa traza, que también tuvo miedo de esta inmóvil persona muda y negra.Y en semejante asedio y abandono, huyó la moza, perseguida por su propio grito atormentado. Ganó el corral, cruzando elestradín, y en plena rúa, corrió ciegamente, bajo la indecisa luz del prematuro anochecer.Al ocurrir la desalada fuga, quedó en suspenso el vocerío de las mujeres, y en la prisa por buscar una solución al urgente problema de la boda, se le ocurrió a Olalla encender el candil. Aunque no alumbró mucho espacio la crepitante mecha, a su amarilla claridad surgió abocetada, impaciente en un rincón, la figura de Antonio.Se limpiaba el maragato con un pañuelo de colores el sudor copioso de la frente, y aparecía fatigadísimo, como si allí rindiera en aquel instante la más dura jornada de su vida.—«Ese» no se la lleva a ufo—rezongaba—; cuando yo me planto, no le hay más terne en todo el reino de León.Y bravatero, jactancioso, revolvíase entre el escaño y el llar, y hacía con el pobre moquero raudos molinetes, en la actitud belicosa del antiguo fidalgo que empuñase una espada leonesa de dos filos.Pero aquella caricatura de perdonavidas, singular en el carácter apacible de Antonio Salvadores, no merecióla atención de las mujeres tanto como la quietud del párroco, silencioso y como entumecido en medio de la estancia.—¡Padre!... ¡Don Miguel!... ¡Señor cura...!—clamaron tres voces, a la rebatiña de palabras insinuantes y cariñosas para sacudir al ensimismado protector.—¡Es verdad!—murmuró él, recordando, como si su espíritu volviese de un viaje—. Yo tenía que deciros alguna cosa en esta ocasión... Pues, ya lo estáis viendo: la muchacha «no puede querer» a su primo; el primo «no quiere» favoreceros a vosotros, y yo, ni puedo ni quiero sobornar los sentimientos de una doncella para hacer caridades a costa de perfidias.Hablaba despacio, tranquilo; su indignación se abatía sin duda en el propósito de no intervenir más en aquel triste asunto. Y sus palabras, escapándose en parte a la penetración de los oyentes, parecían el resumen de un breve examen de conciencia.Don Miguel Fidalgo, místico y piadoso, alma encendida en lumbres de terrenales sacrificios, se había encariñado con la esperanza de queMariflorrealizase el acto sublime de tomar, por amor a su familia, una cruz en los hombros. Sabía el cura muchos secretos de divinas compensaciones; confiaba poco en la constancia de Rogelio Terán, y temiendo por la frágil dicha que manejaba el poeta, imaginó poder asegurarla haciéndola fecunda aprovechando, por decirlo así, el seguro dolor de una existencia en beneficio de otras pobres vidas y en simientes de goces inmortales.A la luz de tan altos fines, los espejismos de don Miguel pudieron ser hermosos; pero ahora, de cerca, tocando las salvajes pasiones y hondas repugnancias que la heroína debiera resistir, un vértigo de materiales angustias celaron al soñador los excelsos fulgores del imaginado sacrificio: teorías consoladoras, confianzas secretas y afanes recónditos, eran torres de viento para el bárbaroempuje de la miserable escena presenciada. La brusca realidad de aquel contacto produjo en el apóstol una sensación de pavorosa caída desde las nubes a la tierra. Convencido de haber soñado a demasiada altura de las fuerzas humanas, despertábase pesaroso, lleno de compasiones y de remordimientos, como si el oculto albergue que dió a las esperanzas de la boda fuese una culpa en la tragedia que sobrevenía. Y compungido por el tumulto de tales pesadumbres, oyó como decía Olalla:—El mal caso de no querer «a éste», es por «el otro».—¡Por el amigo de usté!—renegó la madre, hostil.Le dolía al cura este recuerdo como el mayor delito de su influencia sobre la vida deMarifloren Valdecruces; parecíale imposible haberse dejado llevar por un sentimiento romántico hasta el punto de compartir un día con la inexperta moza ilusiones confiadas a un caballero errante, mariposa de todos los vergeles, giróvago enamorado, de tan noble intención como firmeza insegura. Despierta la desconfianza que lejos del amigo pudo adormecerse, crecía en el ánimo del sacerdote recordando la singular precipitación con que Terán partía, después de resistirse para conceder una tregua a su enamorada solicitud. En el preciso momento de quedar la novia libre de morales ligaduras, con que ella misma por compasión se ataba a una promesa, alejábase el novio impaciente, reservado, incomprensible... ¡Acaso ya corría en el tren seducido por todas las atracciones de la vida, sin que en la ambiciosa cumbre de sus pensamientos la idea del deber tuviese nada más que unos lejanos resplandores!Esta consideración penosa indujo al cura a conmiserar dolorosamente las humanas flaquezas y a dejar correr una benigna lástima sobre aquellos toscos espíritus asfixiados por el brutal peso de todas las ignorancias y de todas las necesidades. Procuró mover los corazones bajo la espesura de las inteligencias, solicitando mucho cariñoy compasión para Florinda, y quiso de nuevo suponer que la rebelde actitud de la muchacha con Antonio obedecía a un justo desquite más que a las rivalidades aludidas por Olalla.El maragato, muy en desacuerdo con sus recientes fachendas, apresuróse ahora, optimista y conciliador, a recoger la tranquilizadora especie; y sin abdicar de su nativo orgullo, pronunció benévolo:—Sí, la rapaza me tiene malquerencia por «aquello» que usté le dijo de mí...Olalla y su madre no se mostraron muy convencidas de semejantes suposiciones, y permanecieron inquietas, atribuladas por el fracaso definitivo de la boda; en tanto que la tía Dolores, sin alcanzar la magnitud de la desgracia, temía un contratiempo en el negocio matrimonial. Mirando de hito en hito a don Miguel desde el fondo gris de las pupilas, preguntó medrosa:—¡Eh!... ¿qué dicen? ¿Por qué la rapaza fuge?Pero su voz se apagó entre los pasos veloces de los niños que regresaban de Piedralbina con las trojas al hombro y las caras interrogantes.—Mariflorcorría llorando—dijeron al entrar.—¿Por onde?—Por la mies.Adoraban los chiquillos a su prima, y la inquietud les daba atrevimiento para inquirir en el rostro del cura razones de la triste carrera que ellos no habían podido contener.—Volverá—prometió el párroco, seguro—; volverá cariñosa para vosotros y buena como siempre.—Sí, volverá; ¡no tiene hiel!—exclamó Antonio con disimulada impaciencia.Y huyendo de la luz agonizante del candil, atajó en el pasillo al sacerdote, que ya se despedía.—Marcho de madrugada; ¿qué razón llevo?—preguntó solícito.—¿De cuál?—De la boda.—Pues ya lo ves ¡ninguna!—Pero... ese escribano de Madrid, ¿ha de tornar?—Creo que no.—¿Y luego?Don Miguel se encogió de hombros, desazonado y aburrido en aquella burda porfía, repitiendo mentalmente la grave palabra deMariflor:«¡Imposible, imposible!»No parecía entender el mozo la elocuencia de los silencios ni la expresión de los ademanes. Y aunque Olalla acudía con el candil, aparentó el primo estar a oscuras para declarar magnánimo:—Yo sostengo mis condiciones.Como nadie le respondiese, añadió sobrepujante:—Y aguardaré el sí o el no... hasta Navidá.—¿Todavía el no?—dijo don Miguel con involuntaria sonrisa.Marinela, que escuchaba un murmullo de voces cerca de su alcoba, dolióse una vez más:—¡Tengo sede!—Dadle agua a esa criatura—recomendó el párroco al salir.En los umbrales del portalón recordó alguna cosa, y se detuvo, advirtiendo:—Tened en cuenta que a mí no me debéis nada.—¿Y las cuatro mil?...—quiso Antonio averiguar.—Nada, nada—interrumpió el sacerdote, resuelto y apresurado.Pero aún se volvió hacia sus feligresas, y encarándose con Ramona, le dijo con especial tono:—Florinda no tiene madre, ¡acuérdate!...Para volver a su hogar aquella misma noche sólo puso la fugitiva por condición, en forma de sumiso ruego, quela esperase Olalla un poco tarde, cuando los demás se hubiesen acostado.Y desde casa del cura, donde posó al final de su anhelante carrera, fué acompañada por Ascensión y su madre hasta la puerta delestradín.De la timidez y sobresalto con que pisó de nuevo la cocina oscura, solamente Olalla pudo sorprender la emoción. Pero, con los ojos turbios de sueño, la joven no vió más que una sombra de su prima avanzando pasito en la punta de los pies.Entonces un lamento de fracaso quebró apenas la silenciosa quietud.—Dios no quiere hacer el prodigio; ¡no quiere!—sollozó Florinda con tan penetrante desconsuelo, que Olalla sintió necesidad de abrir los brazos.—¡No llores!—respondió generosa.Y su pecho macizo, impasible a menudo, derritióse en blanduras maternales al echar sobre sí el gran dolor de otra mujer.Manaba tan vivo aquel pesar desde la herida tierna de un corazón, que Olalla la sentía correr como un torrente donde se desbordasen todas las amarguras del mundo. El deseo imperioso de consolar subió de las entrañas de la moza, y derramó sus sentimientos más dulces y protectores en estas elocuentes palabras:—¿Quieres un poco de tortilla, un poco de vino que sobró a Antonio?Como no pudieseMariflorresponder, siguió diciendo:—Lo había guardado para Marinela; pero te lo doy a ti.—No, no; gracias—dijo al cabo la favorecida.Porfió la maragata rubia con grande solicitud; peroMariflorla hizo creer que había cenado ya. Juntas se hundieron en las oscuridades del pasillo; y Olalla puso el candil en el suelo entre las puertas de dos habitaciones contiguas.—Yo no me desnudo, porque tengo que levantarme al amanecer—dijo, acompañando a su prima hasta la cama de la abuela.Enterada de que Antonio partía muy temprano, advirtió Florinda, estremeciéndose:—No me llamarás a esa hora...—No, mujer; nos levantaremos dambas, mi madre y yo.Hablaban callandito, y un momento contemplaron mudas a la anciana, dormida con la boca abierta.Estirándose en la semioscuridad con macabra rigidez, la figura yacente parecía de tal modo un cadáver, queMariflorllegóse a tocarla presurosa.—¡Está fría!—dijo trémula.Pero Olalla, imperturbable, repuso:—Los viejos siempre están congelados: y diz que es dañino acuchar con ellos los rapaces, porque les sacan la calor. Por eso la abuela duerme sola.Un silbido leve, fatigoso, daba noticia de la respiración de la anciana, y, fuera, otros audaces silbos anunciaron los rigores del temporal.La lluvia estalló sonora sobre el «cuelmo» sedoso de la techumbre, y toda la casa quedó mecida por el llanto y los suspiros de la noche.—¡Dios mío, qué tristeza!—murmuró Florinda desnudándose.Había colocado un almohadón a los pies del lecho y desdoblando la ropa con sigilo, deslizóse en él sin tocar a la anciana. El irresistible escrúpulo que antes galvanizó a la infeliz, asqueada y vergonzosa, volvió a poseerla en la orilla de los colchones, empujándola a riesgo de caer. Resistióse casi adusta cuando Olalla la quiso arropar, y hurtó el cuello y los brazos desnudos al roce de la sábana.—¡Si tienes tanto frío como la abuela!—protestó la prima.—¡No importa, no importa!—balbucióMariflor, sin saber qué decir, escalofriada a pesar de la densa espesura del ambiente. Luego añadió amable:—Y tú, ¿vas a quedarte en vela? ¿No tienes frío y sueño?—¿Frío en el mes de julio?... ¡Válgame Dios!... Cansada sí que estoy; agora apago la luz y voy, aspacín, a echarme junto a Marinela.—¿Está mejor?—No sé; dímosle agua y se durmió; pero arde y tiene temblores.—Hay que llamar al médico.—Madre no se atreve, por la paga.—Pues hay que llamarle—insistió Florinda suspirando.Revolvióse un poco la abuela, tembló la moza al borde del colchón, y Olalla dijo:—Duerme; ya es tarde.Salió en puntillas, de un soplo mató la luz, y ya entraba en su alcoba cuando la detuvo un leve reclamo deMariflor.—¡Oye!... Ese ruido, aquí cerca, que no es del viento ni de la lluvia, ¿de dónde viene?Olalla escuchó un instante, y ahogó su risa al replicar:—Es «él»... es Antonio que ronca; ¿tienes miedo?

SOFOCADO y mohíno salió Antonio Salvadores de la segunda conferencia con don Miguel, luego de afirmar que sólo casándose con Florinda remediaría los apuros de su gente.

Había soltado la contradictoria declaración de sus intenciones con la prisa de quien se descarga de un grave peso. Aceleradamente, lleno de timidez y de bochorno, se adelantó a decir:

—Me casaré con «ella» y arreglaremos esas trampas sin demasiados perjuicios...

No esperaba el cura tan a quemarropa la presentida capitulación. Sonrió, avisado, y quiso paliar con diplomacia su respuesta para no herir de frente el masculino orgullo, muy empinado y hosco en Maragatería.

—¡Hombre!—dijo—vamos por partes: la moza oyóque tú la rechazabas; ¿cómo vas a exigir ahora que te quiera?... estará quejosa, ofendida...

—¿Ella?—dudó Antonio, como extrañando que una mujer pudiese tomar la seria determinación de ofenderse. Luego, en aquella duda presuntuosa, abrió su camino oscuro otra sospecha. ¿Y siMariflorno fuese una mujer como las demás?... Porque parecía distinta...

—Usted le dirá que me equivoqué—propuso el mozo—; que no supe expresarme; que usted me entendió mal y yo no me atreví a desmentirle; cualquiera disculpa que a mí no se me ocurre.

Tanta cortesía y previsión eran indicios de firme voluntad conquistadora. Y don Miguel, perplejo, confiando a la Providencia el desenlace de aquel conflicto, se limitó a insistir, como medida de precaución contra un brusco desengaño, en que Florinda era muy sensible, delicada de pensamientos, dueña y señora de su voluntad por expreso designio de su padre.

—Pues usted se entenderá con ella: le dice...

—No; eso tú.

—¿Yo?

—Naturalmente.

—Usted no me conoce; yo no sirvo para hablar de estas cosas con rapazas; además, aquí no se usa.

—Pero tu prima es mujer de ciudad, inteligente y razonable, y tú ya eres un hombre educado a la moderna.

—Yo soy el mismo de antaño, don Miguel; y me pongo zarabeto y torpe en tratándose de finuras: quiero casarme conMariflor; ayúdeme usted y me daré a buenas en lo de la abuelica.

Clavado con tenacidad en su deseo, encendido el rostro y la actitud inquieta, el pretendiente no dió un paso más por el camino adonde se le quería conducir.

Y ya mediaba la tarde cuando el cura llevó a su convidado a casa de la tía Dolores, prometiendo explorarel ánimo deMariflory evitarle al mozo en lo posible, las negociaciones directas con la prima.

Entraron, pues, los visitantes por la puertona principal, se asomaron alestradíndesde el pasillo, y, no hallando quien los recibiera, deslizáronse hasta la cocina. Quizá sus mismos pasos, recios sobre las baldosas, y un repique sonoro del bastón de don Miguel, les impidiese oir hacia la alcoba de Marinela voces apagadas y sollozos furtivos.

La moza, sorprendida en el palomar, acababa de aparecer, dócil como un corderuelo, de la mano deMariflor, y era recibida con espanto como un ánima del otro mundo. Revolvíase la madre en el dormitorio, asegurando «que la renovera le había traspuesto de suso a la rapaza con intención luciferal». A estos aberrados plañidos hacían coro, augurales, las otras dos mujeres; y en vano Florinda procuraba explicar que, sin duda, la enferma, necesitando aire en los ardores de la calentura, había escalado inconsciente el abierto refugio de las palomas.

Sin negar ni asentir, acaso contagiada por la superstición de los hechizos, Marinela gemía, hundiéndose en la cama otra vez y dejando que su madre la cubriese con un rojo alhamar.

—Es preciso que sudes—ordenaba Ramona—para que desarrimes la friura del pecho.

Y el terrible cobertor fué rodeado con saña al cuerpecillo febril.

—¡Tengo sede!—lamentaba la niña sollozando.

—¡Ni una gota de agua, ni una sola!—sentenció la madre severa.

Y la voz de don Miguel resonó entonces impaciente:

—¡Ah, de casa!... ¿Dónde estáis?

Pero ya estaban en la cocina, aceleradas y serviciales, las de Salvadores, dejando sola con la enferma aMariflor, aplastada bajo el aire estantío del dormitorio. Nopermaneció allí mucho tiempo. La llamaron al compás de unas voces solapadas, y acudió medrosa, con la incertidumbre en el corazón.

Iban cayendo en la cocina las precoces tinieblas de aquella tarde gris, y Antonio había buscado el rincón más oscuro para aposentar su lozana persona; junto a él quedaron medio escondidas las tres mujeres; de modo que al entrar la joven, sólo vió al cura, de pie bajo la escasa claridad del ahumado ventanuco.

A una indicación del sacerdote le siguió Florinda, pasmada, hacia elestradín, y, traspuesto apenas el umbral, los dos hablaron quedamente un instante, mientras en el fondo de la cocina se delataban algunos acentos confabulados y cautelosos.

Por el sombrío rastro de tales rumores fueseMariflorderecha hasta su primo, le puso como por la mañana las suaves manos en los hombros, y le dijo enérgica y triste:

—Yo no te pedía nada para mí, y aunque me dieras todo el oro del mundo, no te puedo querer ni ahora ni nunca.

Tronaron sordamente unas frases violentas, en voz opaca de mujer, y un brusco regate hurtó bajo los dedos de la niña el coleto de Antonio. Libre ella de su grave secreto, volvió a guarecerse junto al sacerdote que, habiéndola seguido desde elestradín, recibía otra vez el fugitivo resplandor de los cristales, en el centro de la cocina.

—¿Entonces?...—interrogó Olalla con increíble desparpajo.

—Antonio dirá—pronunció cohibido el cura.

Y cuando parecía imposible que el mozo respondiera, atarugado por timideces y rencores, subrayó con bastantes ánimos:

—Digo «que nada»; ya lo sabe usted.

Hipos y quejas estallaron encima de tan ruda afirmación,y allí, en la cómplice oscuridad, fué pronunciado con odio y amenazas el nombre «del forastero». Cuanto maldecía Ramona, áspera y cruel, repetíalo maquinalmente la tía Dolores, mientras Olalla, más prudente y justa, se atenía a ponderar el común infortunio con ayes quejumbrosos:

—¡Ay los mis hermanos!... ¡Ay mi abuelica!...

Desde lejos, Marinela, ardiendo en fiebres del cuerpo y del alma, estremecida por aquellos extraños gritos, se atrevía también a plañir:

—¡Tengo sede!

—¡Qué escándalo!... ¡Esto es una vergüenza!—clamó atónito don Miguel—. ¡Silencio!—ordenó al punto con una voz estentórea, y el cuento de su bastón repicó furiosamente en el solado.

Establecida en apariencia la tranquilidad, dejóse oir el resoplido de una respiración muy agitada, un trajín de carne ansiosa, como si jadeando en las tinieblas Antonio se hubiese puesto de pie.

De pie estaba; había entendido que aquel señor «de pluma», displicente y finuco, invitado por don Miguel, con mucho golpe de espejuelos y de romances y poca guita en el bolsillo, le birlaba la novia. ¡Y vive Dios que no sería así, tan fácilmente!

Por los fueros de Maragatería, por la honra de su casta, lo juró Antonio Salvadores.

Con el estallido de un beso sobre la carnosa cruz del índice y el pulgar, dió el maragato fe de su altivo juramento, y, arrogante, audaz como nunca, preguntó:

—¿Cuánto hace falta para que no lloréis?

El estupor que estas palabras produjeron, enmudeció al auditorio, hasta que Florinda, incrédula, quizá un poco mortificadora, dijo sordamente:

—Para que no lloren, hace falta mucho dinero.

—¿Cuánto?

Desde el fondo de la oscuridad, la insistencia deaquella pregunta parecía algo fantástica. Y la joven, vacilando, como si en sueños hablase con un duende o respondiera a un conjuro, enumeró:

—A don Miguel hay que darle cuatro mil pesetas en seguida.

—¿Qué más?

—Tres mil se le debían al tío Cristóbal...

—Al médico le debemos la iguala.

—Y al boticario treinta riales—apuntaron desde la sombra.

—¿Qué más?—aguijaba Antonio con tales bríos, queMariflor, corriendo un loco albur, añadió retadora:

—Mil duros para reponer los ganados y las fincas... Otros mil para que Marinela profese en Santa Clara...

Crujió un escaño bajo el desplome del cuerpo, cuya voz pronunciaba desoladamente:

—¡Pues lo doy!

—¿Todo?—acució Ramona delirante de codicia.

—Todo... si me caso con «ella»; sois testigos.

—Eso es imposible... ¡imposible!...

La indómita repulsa quedó ahogada entre insurgentes voces.

—¡Podré recibir a Isidoro!—balbució la abuela con extraordinaria lucidez.

Y Ramona, en súbito arranque de ternura, dulcificó sus labios al proferir:

—¡Mis fiyuelos!...

Pero el maragato oyó rodar la palabra «imposible» hacia donde la luz resplandecía, y hazañoso al abrigo de las tinieblas, advirtió con rotundo acento que apagó el de las mujeres:

—Yo no mendigo novia: pongo condiciones a la protección que se me pide; si no convienen, ¡salud!, y que no se me diga una palabra más del tributo de esta casa.

—¡Dios mío. Dios mío!—plañíaMariflorcon espanto en aquella negrura, cada vez más espesa, donde lasenemigas voces del Destino ponían cerco a una felicidad inocente.

De pronto, aquel muro de sombras que disparaba frases como dardos al corazón de la joven, se removió siniestro, y pedazos vivos de la implacable fortaleza avanzaron hacia Florinda en forma de tres mujeres suplicantes y desesperadas.

Quiso entonces la infeliz asirse al noble apoyo de don Miguel; pero los hábitos sacerdotales recogían la creciente oscuridad con tan severa traza, que también tuvo miedo de esta inmóvil persona muda y negra.

Y en semejante asedio y abandono, huyó la moza, perseguida por su propio grito atormentado. Ganó el corral, cruzando elestradín, y en plena rúa, corrió ciegamente, bajo la indecisa luz del prematuro anochecer.

Al ocurrir la desalada fuga, quedó en suspenso el vocerío de las mujeres, y en la prisa por buscar una solución al urgente problema de la boda, se le ocurrió a Olalla encender el candil. Aunque no alumbró mucho espacio la crepitante mecha, a su amarilla claridad surgió abocetada, impaciente en un rincón, la figura de Antonio.

Se limpiaba el maragato con un pañuelo de colores el sudor copioso de la frente, y aparecía fatigadísimo, como si allí rindiera en aquel instante la más dura jornada de su vida.

—«Ese» no se la lleva a ufo—rezongaba—; cuando yo me planto, no le hay más terne en todo el reino de León.

Y bravatero, jactancioso, revolvíase entre el escaño y el llar, y hacía con el pobre moquero raudos molinetes, en la actitud belicosa del antiguo fidalgo que empuñase una espada leonesa de dos filos.

Pero aquella caricatura de perdonavidas, singular en el carácter apacible de Antonio Salvadores, no merecióla atención de las mujeres tanto como la quietud del párroco, silencioso y como entumecido en medio de la estancia.

—¡Padre!... ¡Don Miguel!... ¡Señor cura...!—clamaron tres voces, a la rebatiña de palabras insinuantes y cariñosas para sacudir al ensimismado protector.

—¡Es verdad!—murmuró él, recordando, como si su espíritu volviese de un viaje—. Yo tenía que deciros alguna cosa en esta ocasión... Pues, ya lo estáis viendo: la muchacha «no puede querer» a su primo; el primo «no quiere» favoreceros a vosotros, y yo, ni puedo ni quiero sobornar los sentimientos de una doncella para hacer caridades a costa de perfidias.

Hablaba despacio, tranquilo; su indignación se abatía sin duda en el propósito de no intervenir más en aquel triste asunto. Y sus palabras, escapándose en parte a la penetración de los oyentes, parecían el resumen de un breve examen de conciencia.

Don Miguel Fidalgo, místico y piadoso, alma encendida en lumbres de terrenales sacrificios, se había encariñado con la esperanza de queMariflorrealizase el acto sublime de tomar, por amor a su familia, una cruz en los hombros. Sabía el cura muchos secretos de divinas compensaciones; confiaba poco en la constancia de Rogelio Terán, y temiendo por la frágil dicha que manejaba el poeta, imaginó poder asegurarla haciéndola fecunda aprovechando, por decirlo así, el seguro dolor de una existencia en beneficio de otras pobres vidas y en simientes de goces inmortales.

A la luz de tan altos fines, los espejismos de don Miguel pudieron ser hermosos; pero ahora, de cerca, tocando las salvajes pasiones y hondas repugnancias que la heroína debiera resistir, un vértigo de materiales angustias celaron al soñador los excelsos fulgores del imaginado sacrificio: teorías consoladoras, confianzas secretas y afanes recónditos, eran torres de viento para el bárbaroempuje de la miserable escena presenciada. La brusca realidad de aquel contacto produjo en el apóstol una sensación de pavorosa caída desde las nubes a la tierra. Convencido de haber soñado a demasiada altura de las fuerzas humanas, despertábase pesaroso, lleno de compasiones y de remordimientos, como si el oculto albergue que dió a las esperanzas de la boda fuese una culpa en la tragedia que sobrevenía. Y compungido por el tumulto de tales pesadumbres, oyó como decía Olalla:

—El mal caso de no querer «a éste», es por «el otro».

—¡Por el amigo de usté!—renegó la madre, hostil.

Le dolía al cura este recuerdo como el mayor delito de su influencia sobre la vida deMarifloren Valdecruces; parecíale imposible haberse dejado llevar por un sentimiento romántico hasta el punto de compartir un día con la inexperta moza ilusiones confiadas a un caballero errante, mariposa de todos los vergeles, giróvago enamorado, de tan noble intención como firmeza insegura. Despierta la desconfianza que lejos del amigo pudo adormecerse, crecía en el ánimo del sacerdote recordando la singular precipitación con que Terán partía, después de resistirse para conceder una tregua a su enamorada solicitud. En el preciso momento de quedar la novia libre de morales ligaduras, con que ella misma por compasión se ataba a una promesa, alejábase el novio impaciente, reservado, incomprensible... ¡Acaso ya corría en el tren seducido por todas las atracciones de la vida, sin que en la ambiciosa cumbre de sus pensamientos la idea del deber tuviese nada más que unos lejanos resplandores!

Esta consideración penosa indujo al cura a conmiserar dolorosamente las humanas flaquezas y a dejar correr una benigna lástima sobre aquellos toscos espíritus asfixiados por el brutal peso de todas las ignorancias y de todas las necesidades. Procuró mover los corazones bajo la espesura de las inteligencias, solicitando mucho cariñoy compasión para Florinda, y quiso de nuevo suponer que la rebelde actitud de la muchacha con Antonio obedecía a un justo desquite más que a las rivalidades aludidas por Olalla.

El maragato, muy en desacuerdo con sus recientes fachendas, apresuróse ahora, optimista y conciliador, a recoger la tranquilizadora especie; y sin abdicar de su nativo orgullo, pronunció benévolo:

—Sí, la rapaza me tiene malquerencia por «aquello» que usté le dijo de mí...

Olalla y su madre no se mostraron muy convencidas de semejantes suposiciones, y permanecieron inquietas, atribuladas por el fracaso definitivo de la boda; en tanto que la tía Dolores, sin alcanzar la magnitud de la desgracia, temía un contratiempo en el negocio matrimonial. Mirando de hito en hito a don Miguel desde el fondo gris de las pupilas, preguntó medrosa:

—¡Eh!... ¿qué dicen? ¿Por qué la rapaza fuge?

Pero su voz se apagó entre los pasos veloces de los niños que regresaban de Piedralbina con las trojas al hombro y las caras interrogantes.

—Mariflorcorría llorando—dijeron al entrar.

—¿Por onde?

—Por la mies.

Adoraban los chiquillos a su prima, y la inquietud les daba atrevimiento para inquirir en el rostro del cura razones de la triste carrera que ellos no habían podido contener.

—Volverá—prometió el párroco, seguro—; volverá cariñosa para vosotros y buena como siempre.

—Sí, volverá; ¡no tiene hiel!—exclamó Antonio con disimulada impaciencia.

Y huyendo de la luz agonizante del candil, atajó en el pasillo al sacerdote, que ya se despedía.

—Marcho de madrugada; ¿qué razón llevo?—preguntó solícito.

—¿De cuál?

—De la boda.

—Pues ya lo ves ¡ninguna!

—Pero... ese escribano de Madrid, ¿ha de tornar?

—Creo que no.

—¿Y luego?

Don Miguel se encogió de hombros, desazonado y aburrido en aquella burda porfía, repitiendo mentalmente la grave palabra deMariflor:«¡Imposible, imposible!»

No parecía entender el mozo la elocuencia de los silencios ni la expresión de los ademanes. Y aunque Olalla acudía con el candil, aparentó el primo estar a oscuras para declarar magnánimo:

—Yo sostengo mis condiciones.

Como nadie le respondiese, añadió sobrepujante:

—Y aguardaré el sí o el no... hasta Navidá.

—¿Todavía el no?—dijo don Miguel con involuntaria sonrisa.

Marinela, que escuchaba un murmullo de voces cerca de su alcoba, dolióse una vez más:

—¡Tengo sede!

—Dadle agua a esa criatura—recomendó el párroco al salir.

En los umbrales del portalón recordó alguna cosa, y se detuvo, advirtiendo:

—Tened en cuenta que a mí no me debéis nada.

—¿Y las cuatro mil?...—quiso Antonio averiguar.

—Nada, nada—interrumpió el sacerdote, resuelto y apresurado.

Pero aún se volvió hacia sus feligresas, y encarándose con Ramona, le dijo con especial tono:

—Florinda no tiene madre, ¡acuérdate!...

Para volver a su hogar aquella misma noche sólo puso la fugitiva por condición, en forma de sumiso ruego, quela esperase Olalla un poco tarde, cuando los demás se hubiesen acostado.

Y desde casa del cura, donde posó al final de su anhelante carrera, fué acompañada por Ascensión y su madre hasta la puerta delestradín.

De la timidez y sobresalto con que pisó de nuevo la cocina oscura, solamente Olalla pudo sorprender la emoción. Pero, con los ojos turbios de sueño, la joven no vió más que una sombra de su prima avanzando pasito en la punta de los pies.

Entonces un lamento de fracaso quebró apenas la silenciosa quietud.

—Dios no quiere hacer el prodigio; ¡no quiere!—sollozó Florinda con tan penetrante desconsuelo, que Olalla sintió necesidad de abrir los brazos.

—¡No llores!—respondió generosa.

Y su pecho macizo, impasible a menudo, derritióse en blanduras maternales al echar sobre sí el gran dolor de otra mujer.

Manaba tan vivo aquel pesar desde la herida tierna de un corazón, que Olalla la sentía correr como un torrente donde se desbordasen todas las amarguras del mundo. El deseo imperioso de consolar subió de las entrañas de la moza, y derramó sus sentimientos más dulces y protectores en estas elocuentes palabras:

—¿Quieres un poco de tortilla, un poco de vino que sobró a Antonio?

Como no pudieseMariflorresponder, siguió diciendo:

—Lo había guardado para Marinela; pero te lo doy a ti.

—No, no; gracias—dijo al cabo la favorecida.

Porfió la maragata rubia con grande solicitud; peroMariflorla hizo creer que había cenado ya. Juntas se hundieron en las oscuridades del pasillo; y Olalla puso el candil en el suelo entre las puertas de dos habitaciones contiguas.

—Yo no me desnudo, porque tengo que levantarme al amanecer—dijo, acompañando a su prima hasta la cama de la abuela.

Enterada de que Antonio partía muy temprano, advirtió Florinda, estremeciéndose:

—No me llamarás a esa hora...

—No, mujer; nos levantaremos dambas, mi madre y yo.

Hablaban callandito, y un momento contemplaron mudas a la anciana, dormida con la boca abierta.

Estirándose en la semioscuridad con macabra rigidez, la figura yacente parecía de tal modo un cadáver, queMariflorllegóse a tocarla presurosa.

—¡Está fría!—dijo trémula.

Pero Olalla, imperturbable, repuso:

—Los viejos siempre están congelados: y diz que es dañino acuchar con ellos los rapaces, porque les sacan la calor. Por eso la abuela duerme sola.

Un silbido leve, fatigoso, daba noticia de la respiración de la anciana, y, fuera, otros audaces silbos anunciaron los rigores del temporal.

La lluvia estalló sonora sobre el «cuelmo» sedoso de la techumbre, y toda la casa quedó mecida por el llanto y los suspiros de la noche.

—¡Dios mío, qué tristeza!—murmuró Florinda desnudándose.

Había colocado un almohadón a los pies del lecho y desdoblando la ropa con sigilo, deslizóse en él sin tocar a la anciana. El irresistible escrúpulo que antes galvanizó a la infeliz, asqueada y vergonzosa, volvió a poseerla en la orilla de los colchones, empujándola a riesgo de caer. Resistióse casi adusta cuando Olalla la quiso arropar, y hurtó el cuello y los brazos desnudos al roce de la sábana.

—¡Si tienes tanto frío como la abuela!—protestó la prima.

—¡No importa, no importa!—balbucióMariflor, sin saber qué decir, escalofriada a pesar de la densa espesura del ambiente. Luego añadió amable:

—Y tú, ¿vas a quedarte en vela? ¿No tienes frío y sueño?

—¿Frío en el mes de julio?... ¡Válgame Dios!... Cansada sí que estoy; agora apago la luz y voy, aspacín, a echarme junto a Marinela.

—¿Está mejor?

—No sé; dímosle agua y se durmió; pero arde y tiene temblores.

—Hay que llamar al médico.

—Madre no se atreve, por la paga.

—Pues hay que llamarle—insistió Florinda suspirando.

Revolvióse un poco la abuela, tembló la moza al borde del colchón, y Olalla dijo:

—Duerme; ya es tarde.

Salió en puntillas, de un soplo mató la luz, y ya entraba en su alcoba cuando la detuvo un leve reclamo deMariflor.

—¡Oye!... Ese ruido, aquí cerca, que no es del viento ni de la lluvia, ¿de dónde viene?

Olalla escuchó un instante, y ahogó su risa al replicar:

—Es «él»... es Antonio que ronca; ¿tienes miedo?


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