XXDULCINEA LABRADORA

XXDULCINEA LABRADORAYA crece agosto, rubio en los centenos, azul en las nubes, cándido en el aire: el sol abrasa, el viento perfuma; están dormidas las fuentes, despiertas las dalladoras y animado Valdecruces como nunca lo suele estar.Es que han venido los hombres; cruzan reposadamente las anchurosas calzadas y las callejas hostiles, en paseos y visitas de anual conmemoración, y cuando el día languidece, se asoman un poco a los abrasados caminos de la mies.En estas rondas pausadas, algo serias, suelen ir juntos los paisanos recién venidos; hablan a un mismo tono sereno y amigable, no discuten ni se alteran jamás, como si para ellos no tuviese problemas la vida ni dobleces el corazón.Por encima de los carrillos colorados y de las bocassonrientes, al confortable calor de las sosegadas digestiones, los buenos maragatos miran a Valdecruces con seráfica beatitud. Olvidaron su dolorosa infancia de pastores o motiles, de escolares con la ruín troja al hombro, siempre camino de Piedralbina, entre soles o nieves, acosados por la miseria del hogar. Y aceptan hoy, como tributo merecido, que el pueblo se vista de gala para hospedarles, que las esposas y las hijas les respeten como siervas, y que los niños les huyan con saludable miedo, como a la suprema representación de la Autoridad y del Poder.Durante la magnífica semana de la fiesta Sacramental, sólo en la fecha culminante del día 15, el clásico «día de Agosto», se suspenden en Valdecruces las labores del campo.No importa que en cada corral las plumas de las aves anuncien holocaustos festivos; las mujeres se multiplican para servir regaladamente a los hombres en sus casas y para segar y recoger en las mieses los centenos maduros.Como si el aguijón del servilismo se les hundiera en la carne más brioso que nunca, fuerzan las maragatas el impulso mecánico de sus energías, exaltan la pasiva corriente de sus humillaciones, y en un absoluto renunciamiento a toda beligerancia social, se quedan al margen de la vida, fuertes, ignorantes, insólitas, ofreciendo a «los amos», con el más primitivo de los gestos serviciales, la visión placentera de los hijos criados y felices, de la mesa servida y colmada, del campo fecundo y alegre: las apariencias de estas horas decorativas y relumbrantes llenan a los maridos de orgullo entre los forasteros invitados.De Astorga, de León y de otras ciudades más lejanas acuden siempre algunos curiosos a las típicas fiestas de Maragatería, y son alojados con singular esplendidez en las casas más pudientes de cada población. Las comilonasse suceden entonces con frecuencia y abundancia increíbles; las cocinas pierden su medrosa oscuridad, iluminadas por «ramayos» crepitantes, y detonan y esplenden como volcanes; sacrifícanse allí vacas enteras, aves a montones, lechoncillos y corderos; los manteles no se levantan, no reposan los jarros de vino ni se disipa el humo de los cigarros.Al través del continuo festín, atraviesa la maragata como una sombra providencial; a todo atiende: sirve, corre, huye asustadiza, recatando bajo las alas del pañuelo su invencible rubor. Aún suele quedarle tiempo aquella tarde paraamorenaren la mies o echar a remojo lasgarañuelasen el regato campesino. Y no dejará de asistir a la verbena ataviada con su vestido más lujoso, grave, muda y bailadora, en actitud de ejercer una profesional obligación...Este agosto en Valdecruces se suma a los festejos oficiales, los que se celebrarán en la boda de Ascensión Fidalgo, y la pobre aldea, acosada por el calor de la llanura y arrostrando con brazos femeninos los rudos trajines de la recolección, se aturde sorprendida por el sacudimiento del placer...Las de Salvadores no esperan convidados ni preparan festines; callan y sufren, trabajando con furiosa actividad que arrebata aMariflory la empuja una tarde a la mies.Ya Marinela se puede quedar sola: baja a la cocina, sale al corral y al huerto, cose y atiende un poco a los niños. El médico la supone curada: hace recomendaciones de higiene y alimentación, y al despedirse asegura que se debe a la enfermera aquel triunfo. Con la salud retornan los místicos anhelos de la niña, encaminados y crecientes hacia el convento de Santa Clara. Y la madre sigue encogiéndose de hombros: no fía mucho en la robustez ni en la vocación de la mozuela.De América no escriben; el párroco evita, compasivo, los interrogadores ojos deMariflor, a los cuales no sabequé decir, y ella apura silenciosa las crueles desesperanzas, dejándose caer en la mansedumbre secular de aquella vida que la va absorbiendo.Cuando sube al grado máximo la fiebre labradora de las mujeres, ya en torno de las fiestas, hasta la tía Dolores hace gavillas, anda Pedro muy afanoso, de motil, yMariflordice resueltamente a Olalla:—Esta tarde voy a la era contigo.—¿A trabajar?—¡Claro!No pareció sorprenderse mucho la maragata rubia.—Bueno—responde saliendo delestradín, donde aguardan la hora del jornal.—Esa tocha—indicó Marinela cuando vió salir a Olalla—no está en sus cinco desde el arribaje de Antonio.La madre, que dormitaba en una silla, alzó el rostro para decir con acento desabrido:—Y tú, ¿criarás verdete por non fablar?—Es queMariflorno debe ir a la trilla—responde la mozuela con pesadumbre.—¡Ella lo quiso!—exclama Ramona de mal talante.Y remanece Olalla, advirtiendo que ha pasado la tregua del medio día.Camino de la mies se adelanta la madre con brusca precipitación. Olalla y su prima salen detrás cogidas del brazo.—¿La abuela no viene?—preguntaMariflordisimulando su angustia.—No viene: acerbará en la troje.—Y nosotras, ¿qué hacemos?—Pues como ya todo está segado, juntaremos gavillas en manojos, ¿sabes?—Nada sé; tú me enseñarás.Se crece Olalla algo jactanciosa:—Sí, mujer; aprendes en un volido. Mira: agora vamosa la arada delGatiñal, donde ayer estuvimos engavillando madre y yo. Con las garañuelas, que son cañas de centeno remojadicas y amorosas, atamos las gavillas en manojos y las amorenamos en un montón.—¿En una «morena»?—¡Velaí! De allí se cogen para cargar los carros; y en la era se hacen con la mies pilas muy grandes, hasta que se trille: ¿nunca lo has visto?—Nunca. Y aunque mi padre me lo explicaba, confundo las memorias.Una nube de pena oscurece la frase, haciéndola temblar. Olalla se anima y prosigue:—Es que las majas llevan muchas labores: luego de tender los manojos, desfacerlos y echar el trillo, se dan bien de vueltas hasta que se pone la corona a la trilla. Después hay que atroparla con el calomón, ponerla en parva, hacerle la limpia con los bieldos y acerandarla con los cribos.—¿Así se recoge?—Sí; medímoslo en cuartales de seis heminas, bien limpio de granzas y de coscojo, y ya tenemos pan seguro. En l’intre van juntando otras obreras la paja que sirve para cuelmo y la menuda que se llama bálago...RecuerdaMariflorestas lecciones con profundo pesar: le sonaron un tiempo a dulcísima parábola llena de símbolos felices, y ahora le punzan la carne y el espíritu como anuncios de miseria y esclavitud.En el campo anchuroso halla la moza borrados los fugaces senderos de otros días. Las hoces, al segar la mies, tendieron por el llano una alfombra rubia y caliente que reverbera al sol.Blando soplo de viento besa la cara de las labradoras. Olalla se recoge, oteando los confines del paisaje con inteligente curiosidad, y anuncia:—Corre una bufina mansa que ayuda mucho a los bieldos en la era.—Luego sonríe y añade:—Hoy no acongoja tanto la calor; tienes suerte, rapaza.Viendo que Florinda no contesta aún, dice alentadora:—Y quizabes esta noche dormamos en la trilla toda la mocedad.—¡Ah! ¿Sí?—Es la costumbre.—¿Pero no lo dejáis para la última jornada?—Según: hay que facerlo cuando están aquí los hombres, y en pasando el día de agosto, ya marchan. Estamos a 13 y mañana es la boda; conque tiene que premitirse bien aina.Tocan la arada delGatiñal, y trémulaMariflor, pregunta de repente:—Dime, Olalla, dime; oye: ¿tú quieres a Antonio?—¿El primo?—Sí: ¿le quieres... con amor?—¡Mujer!—¡Contesta!—No te entiendo.—¿Te gustaría ser su esposa?—Con mis padres no pactaron los suyos: ¡la elegida eres tú!—Pero, ¿serías feliz si te eligiese?Una súbita emoción encendió a Olalla el semblante: quizá en el reino milagroso del entusiasmo brillaron para ella los únicos resplandores de su vida.Pasó como una ráfaga el dominio de aquella claridad, sobre la placidez oscura de la moza, que se detuvo, miró a Florinda con los ojos vacíos de ilusiones, y respondió solemne:—Todos seríamos felices si tú le quisieras elegir.Se deslizó clemente la tarde, según Olalla había previsto. La mansa «bufina» de los llanos de León pasóamable por las mieses y aligeró los bieldos en la era, con regocijo de las trilladoras.Ligeras nubes tremolaron en el firmamento como nuncios de una pálida noche, y antes de sonar la hora del reposo ya se dió por seguro que la mocedad cenaría en el campo y dormiría «a la rasa», en cumplimiento de su fiesta bucólica, celebrada siempre con las solemnidades de un rito.Fueron llegando algunos hombres solteros y casados que, muy benévolos, ayudaron con galante solicitud a las últimas faenas de la tarde. Quién se entretuvo en rematar una parva, quién manejó las tornaderas o las maromas delcalomón, y hasta hubo arrestados varones que se atrevieron a conducir desde la mies a la era descomunales carros de «seis en pico»: reinó allí la fraternidad más apacible y acarició el ventalle de los bieldos muchas dulces sonrisas de mujer.El descanso fué alegre: sobre el respeto y el rubor con que las maragatas trataban a los hombres, puso la anchura de los campos un generoso perfume de libertad, que desentumeció un poco las almas femeninas.La cena, copiosa y rociada con abundante vino, acabó de infundir cordiales sentimientos entre el concurso, sin quebrantar el humildevoscon que las mujeres hablaban a sus esposos.Pareció a los maragatos forastera la niña ciudadana de Salvadores, miráronla con escondida curiosidad, que fué creciendo al advertir el mutismo de la moza, triste y pasiva, precisamente cuando el raro placer de la confianza quería dar en Valdecruces su transitoria flor.Murmuróse que la tristeza de Florinda había nacido con la ausencia de un señor «escribiente», prendado de la rapaza en extraño suelo. Se atribuyó también aquella visible pesadumbre a la situación económica de la familia, presa en apuros que nunca se pudieron suponer.Enlazados con las de Salvadores por vínculos de sangrey lazos de antigua vecindad, todos en aquel día de expansión hubieran sentido impulsos compasivos hacia los arruinados parientes, cuyas adversidades tenían que ser más duras para la forastera, crecida en regalada juventud.Pero mediaba Tirso Paz, asegurando que la tía Dolores levantaría su quebrantada hacienda cuando en el próximo diciembre se celebrase la boda de sus nietos Antonio yMariflor, ya que el novio estaba conforme con servir de sostén al derrumbado hogar; su reciente viaje parecía confirmarlo así. Decíase que había pactado con el señor cura las bases de un arreglo definitivo en los asuntos de la abuela, y que Tirso entraba como acreedor en aquel previo ajuste, aplazado para realizarse a la par de la boda. Y estos rumores, tan propicios al bienestar de la niña, se estrellaban contra su actitud visionaria y doliente; no cabía en la espesura de aquellos espíritus la sutil posibilidad de queMariflorrechazase un matrimonio que tales beneficios reportaría a ella y a los suyos.—¿Estará picada de la bruja como la otra rapaza?—se había dicho en Valdecruces más de una vez.Ahora, en la fiesta, los hombres miran con respeto aquel rostro mudo y ardiente, como ninguno esquivo; el soberano dolor que irradia, infunde admiración por su penetrante claridad, desconocida en este país de sombríos dolores.Cuando la flauta y el tamboril acuden a completar el holgorio, nadie insiste cerca deMariflorpara que baile, y a la orilla se queda sola y meditabunda, sin que la danza respete a ninguna otra mujer.Allá van todas, lentas y obedientes, muchas sin ganas de bailar, destrozados los cuerpos en la brega del campo, escondidas las almas sabe Dios en qué recónditos pesares. Se han reunido en la era desde las mieses, y el tamborilero recluta a las más rezagadas, como atrajo a los hombres, mozos y viejos: danzan en caprichosos girosllenos de gravedad y de pudor, cada maragato con dos o más mujeres, quizá porque la emigración y la ausencia han convertido en uso una necesidad.Cae la noche: alta y cumplida la luna, cela entre nubes el disco rutilante y difunde su luz con recatados matices.En una pausa del tamboril, rasga los aires el bárbaro cantar que un mozo entona, sin gracia ni malicia:«Si quieres tener femiasen tus rebaños,un marón sólo dejesde pocos años...Si quieres que la casanon se te queme,limpia el sarro a la priulatodos los meses...»Vibra alguna zapateta, acompañada delru-jú-júpotente, el céltico grito, perpetuado al través de las generaciones españolas, y languidecen cada vez más las cadencias del «corro» y la «entradilla», hasta que el baile se extingue y la gente se dispone a dormir.Pocos bailadores desfilan camino de sus casas, y la mayoría del concurso busca reposo en la era, ancha y mullida como enorme lecho nupcial.Si en él duermen las hijas con las madres es porque la costumbre lo establece, no porque lo necesite el buen decoro de aquella casta juventud. A ningún marido se le ocurre vigilar a su mujer, y cada cual se tumba por su lado, con el más impasible humor.Ramona, que bailó tiesa y huraña hasta el último instante, es de las primeras en hallar cómoda postura y permanecer inmóvil, quizá rendida al sueño. Ella y Olalla no temen a la noche libre, hoy que la tradición les mulle un dorado mantillo en el terruño.Allí cerca reposa Florinda con los miembros lacerados y el alma zozobrante: apenas consigue sonreir aRosicler,que solícito la ofrece una almohada de oloroso bálago. Hizo esfuerzos heroicos para disimular su torpeza de labradora novicia, y la tortura de sus músculos rebeldes al sufrimiento. Y ahora se aturde bajo los golpes de su corazón, henchido de lágrimas, constreñido y apremiante, como si fuere a romperse.No sabe cuánto tiempo trasueña, enervada por el cansancio. Oye cerca de sí un ronquido, y a poco dice tímida una mujer:—¿Estades bien, señor?Es la hija del tío Fabián, que habla a su esposo, recién llegado de la Coruña. Él no responde, y Florinda vuelve a sumirse en su angustiosa laxitud.Despierta y delirante se figura reposar en el tren, enfrente de unos ojos profundos que la penetran y sacuden hasta las entrañas.Es tan brusca la turbación con que la joven se estremece, que bajo su cabeza se desmorona el menudo acervo de la trilla. Perdido el blando apoyo, álzase lastimada, y sin moverse contempla el singular espectáculo de aquel pueblo fuerte y joven, áspero hasta en el sueño: duerme un hijo de Tirso Paz de espaldas a su novia Maricruz; la de Alonso, a los pies de su marido; lejos del suyo, la del tío Rosendín, y divorciadas de igual suerte todas las parejas unidas por compromisos y bendiciones.No hay en el silencioso campamento, delante de Florinda, un corazón que sufra, un afán que despierte ni una esperanza que se agite.Las parvas enhiestan en alto como hacia las nubes, entre cuyos girones aparece la luna desconsolada; de lejano pesebre llega el mugido de una res en celo, y la desvelada moza bebe insaciable el dolor de la soledad, más triste que nunca entre el sordo latido de aquellas vidas y el aroma de aquellos frutos. Entonces siente crecer el peso de las trenzas en los hombros; en los párpados,la lumbre de la pasión, y en las mejillas el carmín de la salud: una fragancia de besos le sube hasta los labios desde el corazón, ebrio de ternuras, y toda su mocedad, exaltada por el sentimiento, vibra y arde bajo la encubridora noche.

XXDULCINEA LABRADORAYA crece agosto, rubio en los centenos, azul en las nubes, cándido en el aire: el sol abrasa, el viento perfuma; están dormidas las fuentes, despiertas las dalladoras y animado Valdecruces como nunca lo suele estar.Es que han venido los hombres; cruzan reposadamente las anchurosas calzadas y las callejas hostiles, en paseos y visitas de anual conmemoración, y cuando el día languidece, se asoman un poco a los abrasados caminos de la mies.En estas rondas pausadas, algo serias, suelen ir juntos los paisanos recién venidos; hablan a un mismo tono sereno y amigable, no discuten ni se alteran jamás, como si para ellos no tuviese problemas la vida ni dobleces el corazón.Por encima de los carrillos colorados y de las bocassonrientes, al confortable calor de las sosegadas digestiones, los buenos maragatos miran a Valdecruces con seráfica beatitud. Olvidaron su dolorosa infancia de pastores o motiles, de escolares con la ruín troja al hombro, siempre camino de Piedralbina, entre soles o nieves, acosados por la miseria del hogar. Y aceptan hoy, como tributo merecido, que el pueblo se vista de gala para hospedarles, que las esposas y las hijas les respeten como siervas, y que los niños les huyan con saludable miedo, como a la suprema representación de la Autoridad y del Poder.Durante la magnífica semana de la fiesta Sacramental, sólo en la fecha culminante del día 15, el clásico «día de Agosto», se suspenden en Valdecruces las labores del campo.No importa que en cada corral las plumas de las aves anuncien holocaustos festivos; las mujeres se multiplican para servir regaladamente a los hombres en sus casas y para segar y recoger en las mieses los centenos maduros.Como si el aguijón del servilismo se les hundiera en la carne más brioso que nunca, fuerzan las maragatas el impulso mecánico de sus energías, exaltan la pasiva corriente de sus humillaciones, y en un absoluto renunciamiento a toda beligerancia social, se quedan al margen de la vida, fuertes, ignorantes, insólitas, ofreciendo a «los amos», con el más primitivo de los gestos serviciales, la visión placentera de los hijos criados y felices, de la mesa servida y colmada, del campo fecundo y alegre: las apariencias de estas horas decorativas y relumbrantes llenan a los maridos de orgullo entre los forasteros invitados.De Astorga, de León y de otras ciudades más lejanas acuden siempre algunos curiosos a las típicas fiestas de Maragatería, y son alojados con singular esplendidez en las casas más pudientes de cada población. Las comilonasse suceden entonces con frecuencia y abundancia increíbles; las cocinas pierden su medrosa oscuridad, iluminadas por «ramayos» crepitantes, y detonan y esplenden como volcanes; sacrifícanse allí vacas enteras, aves a montones, lechoncillos y corderos; los manteles no se levantan, no reposan los jarros de vino ni se disipa el humo de los cigarros.Al través del continuo festín, atraviesa la maragata como una sombra providencial; a todo atiende: sirve, corre, huye asustadiza, recatando bajo las alas del pañuelo su invencible rubor. Aún suele quedarle tiempo aquella tarde paraamorenaren la mies o echar a remojo lasgarañuelasen el regato campesino. Y no dejará de asistir a la verbena ataviada con su vestido más lujoso, grave, muda y bailadora, en actitud de ejercer una profesional obligación...Este agosto en Valdecruces se suma a los festejos oficiales, los que se celebrarán en la boda de Ascensión Fidalgo, y la pobre aldea, acosada por el calor de la llanura y arrostrando con brazos femeninos los rudos trajines de la recolección, se aturde sorprendida por el sacudimiento del placer...Las de Salvadores no esperan convidados ni preparan festines; callan y sufren, trabajando con furiosa actividad que arrebata aMariflory la empuja una tarde a la mies.Ya Marinela se puede quedar sola: baja a la cocina, sale al corral y al huerto, cose y atiende un poco a los niños. El médico la supone curada: hace recomendaciones de higiene y alimentación, y al despedirse asegura que se debe a la enfermera aquel triunfo. Con la salud retornan los místicos anhelos de la niña, encaminados y crecientes hacia el convento de Santa Clara. Y la madre sigue encogiéndose de hombros: no fía mucho en la robustez ni en la vocación de la mozuela.De América no escriben; el párroco evita, compasivo, los interrogadores ojos deMariflor, a los cuales no sabequé decir, y ella apura silenciosa las crueles desesperanzas, dejándose caer en la mansedumbre secular de aquella vida que la va absorbiendo.Cuando sube al grado máximo la fiebre labradora de las mujeres, ya en torno de las fiestas, hasta la tía Dolores hace gavillas, anda Pedro muy afanoso, de motil, yMariflordice resueltamente a Olalla:—Esta tarde voy a la era contigo.—¿A trabajar?—¡Claro!No pareció sorprenderse mucho la maragata rubia.—Bueno—responde saliendo delestradín, donde aguardan la hora del jornal.—Esa tocha—indicó Marinela cuando vió salir a Olalla—no está en sus cinco desde el arribaje de Antonio.La madre, que dormitaba en una silla, alzó el rostro para decir con acento desabrido:—Y tú, ¿criarás verdete por non fablar?—Es queMariflorno debe ir a la trilla—responde la mozuela con pesadumbre.—¡Ella lo quiso!—exclama Ramona de mal talante.Y remanece Olalla, advirtiendo que ha pasado la tregua del medio día.Camino de la mies se adelanta la madre con brusca precipitación. Olalla y su prima salen detrás cogidas del brazo.—¿La abuela no viene?—preguntaMariflordisimulando su angustia.—No viene: acerbará en la troje.—Y nosotras, ¿qué hacemos?—Pues como ya todo está segado, juntaremos gavillas en manojos, ¿sabes?—Nada sé; tú me enseñarás.Se crece Olalla algo jactanciosa:—Sí, mujer; aprendes en un volido. Mira: agora vamosa la arada delGatiñal, donde ayer estuvimos engavillando madre y yo. Con las garañuelas, que son cañas de centeno remojadicas y amorosas, atamos las gavillas en manojos y las amorenamos en un montón.—¿En una «morena»?—¡Velaí! De allí se cogen para cargar los carros; y en la era se hacen con la mies pilas muy grandes, hasta que se trille: ¿nunca lo has visto?—Nunca. Y aunque mi padre me lo explicaba, confundo las memorias.Una nube de pena oscurece la frase, haciéndola temblar. Olalla se anima y prosigue:—Es que las majas llevan muchas labores: luego de tender los manojos, desfacerlos y echar el trillo, se dan bien de vueltas hasta que se pone la corona a la trilla. Después hay que atroparla con el calomón, ponerla en parva, hacerle la limpia con los bieldos y acerandarla con los cribos.—¿Así se recoge?—Sí; medímoslo en cuartales de seis heminas, bien limpio de granzas y de coscojo, y ya tenemos pan seguro. En l’intre van juntando otras obreras la paja que sirve para cuelmo y la menuda que se llama bálago...RecuerdaMariflorestas lecciones con profundo pesar: le sonaron un tiempo a dulcísima parábola llena de símbolos felices, y ahora le punzan la carne y el espíritu como anuncios de miseria y esclavitud.En el campo anchuroso halla la moza borrados los fugaces senderos de otros días. Las hoces, al segar la mies, tendieron por el llano una alfombra rubia y caliente que reverbera al sol.Blando soplo de viento besa la cara de las labradoras. Olalla se recoge, oteando los confines del paisaje con inteligente curiosidad, y anuncia:—Corre una bufina mansa que ayuda mucho a los bieldos en la era.—Luego sonríe y añade:—Hoy no acongoja tanto la calor; tienes suerte, rapaza.Viendo que Florinda no contesta aún, dice alentadora:—Y quizabes esta noche dormamos en la trilla toda la mocedad.—¡Ah! ¿Sí?—Es la costumbre.—¿Pero no lo dejáis para la última jornada?—Según: hay que facerlo cuando están aquí los hombres, y en pasando el día de agosto, ya marchan. Estamos a 13 y mañana es la boda; conque tiene que premitirse bien aina.Tocan la arada delGatiñal, y trémulaMariflor, pregunta de repente:—Dime, Olalla, dime; oye: ¿tú quieres a Antonio?—¿El primo?—Sí: ¿le quieres... con amor?—¡Mujer!—¡Contesta!—No te entiendo.—¿Te gustaría ser su esposa?—Con mis padres no pactaron los suyos: ¡la elegida eres tú!—Pero, ¿serías feliz si te eligiese?Una súbita emoción encendió a Olalla el semblante: quizá en el reino milagroso del entusiasmo brillaron para ella los únicos resplandores de su vida.Pasó como una ráfaga el dominio de aquella claridad, sobre la placidez oscura de la moza, que se detuvo, miró a Florinda con los ojos vacíos de ilusiones, y respondió solemne:—Todos seríamos felices si tú le quisieras elegir.Se deslizó clemente la tarde, según Olalla había previsto. La mansa «bufina» de los llanos de León pasóamable por las mieses y aligeró los bieldos en la era, con regocijo de las trilladoras.Ligeras nubes tremolaron en el firmamento como nuncios de una pálida noche, y antes de sonar la hora del reposo ya se dió por seguro que la mocedad cenaría en el campo y dormiría «a la rasa», en cumplimiento de su fiesta bucólica, celebrada siempre con las solemnidades de un rito.Fueron llegando algunos hombres solteros y casados que, muy benévolos, ayudaron con galante solicitud a las últimas faenas de la tarde. Quién se entretuvo en rematar una parva, quién manejó las tornaderas o las maromas delcalomón, y hasta hubo arrestados varones que se atrevieron a conducir desde la mies a la era descomunales carros de «seis en pico»: reinó allí la fraternidad más apacible y acarició el ventalle de los bieldos muchas dulces sonrisas de mujer.El descanso fué alegre: sobre el respeto y el rubor con que las maragatas trataban a los hombres, puso la anchura de los campos un generoso perfume de libertad, que desentumeció un poco las almas femeninas.La cena, copiosa y rociada con abundante vino, acabó de infundir cordiales sentimientos entre el concurso, sin quebrantar el humildevoscon que las mujeres hablaban a sus esposos.Pareció a los maragatos forastera la niña ciudadana de Salvadores, miráronla con escondida curiosidad, que fué creciendo al advertir el mutismo de la moza, triste y pasiva, precisamente cuando el raro placer de la confianza quería dar en Valdecruces su transitoria flor.Murmuróse que la tristeza de Florinda había nacido con la ausencia de un señor «escribiente», prendado de la rapaza en extraño suelo. Se atribuyó también aquella visible pesadumbre a la situación económica de la familia, presa en apuros que nunca se pudieron suponer.Enlazados con las de Salvadores por vínculos de sangrey lazos de antigua vecindad, todos en aquel día de expansión hubieran sentido impulsos compasivos hacia los arruinados parientes, cuyas adversidades tenían que ser más duras para la forastera, crecida en regalada juventud.Pero mediaba Tirso Paz, asegurando que la tía Dolores levantaría su quebrantada hacienda cuando en el próximo diciembre se celebrase la boda de sus nietos Antonio yMariflor, ya que el novio estaba conforme con servir de sostén al derrumbado hogar; su reciente viaje parecía confirmarlo así. Decíase que había pactado con el señor cura las bases de un arreglo definitivo en los asuntos de la abuela, y que Tirso entraba como acreedor en aquel previo ajuste, aplazado para realizarse a la par de la boda. Y estos rumores, tan propicios al bienestar de la niña, se estrellaban contra su actitud visionaria y doliente; no cabía en la espesura de aquellos espíritus la sutil posibilidad de queMariflorrechazase un matrimonio que tales beneficios reportaría a ella y a los suyos.—¿Estará picada de la bruja como la otra rapaza?—se había dicho en Valdecruces más de una vez.Ahora, en la fiesta, los hombres miran con respeto aquel rostro mudo y ardiente, como ninguno esquivo; el soberano dolor que irradia, infunde admiración por su penetrante claridad, desconocida en este país de sombríos dolores.Cuando la flauta y el tamboril acuden a completar el holgorio, nadie insiste cerca deMariflorpara que baile, y a la orilla se queda sola y meditabunda, sin que la danza respete a ninguna otra mujer.Allá van todas, lentas y obedientes, muchas sin ganas de bailar, destrozados los cuerpos en la brega del campo, escondidas las almas sabe Dios en qué recónditos pesares. Se han reunido en la era desde las mieses, y el tamborilero recluta a las más rezagadas, como atrajo a los hombres, mozos y viejos: danzan en caprichosos girosllenos de gravedad y de pudor, cada maragato con dos o más mujeres, quizá porque la emigración y la ausencia han convertido en uso una necesidad.Cae la noche: alta y cumplida la luna, cela entre nubes el disco rutilante y difunde su luz con recatados matices.En una pausa del tamboril, rasga los aires el bárbaro cantar que un mozo entona, sin gracia ni malicia:«Si quieres tener femiasen tus rebaños,un marón sólo dejesde pocos años...Si quieres que la casanon se te queme,limpia el sarro a la priulatodos los meses...»Vibra alguna zapateta, acompañada delru-jú-júpotente, el céltico grito, perpetuado al través de las generaciones españolas, y languidecen cada vez más las cadencias del «corro» y la «entradilla», hasta que el baile se extingue y la gente se dispone a dormir.Pocos bailadores desfilan camino de sus casas, y la mayoría del concurso busca reposo en la era, ancha y mullida como enorme lecho nupcial.Si en él duermen las hijas con las madres es porque la costumbre lo establece, no porque lo necesite el buen decoro de aquella casta juventud. A ningún marido se le ocurre vigilar a su mujer, y cada cual se tumba por su lado, con el más impasible humor.Ramona, que bailó tiesa y huraña hasta el último instante, es de las primeras en hallar cómoda postura y permanecer inmóvil, quizá rendida al sueño. Ella y Olalla no temen a la noche libre, hoy que la tradición les mulle un dorado mantillo en el terruño.Allí cerca reposa Florinda con los miembros lacerados y el alma zozobrante: apenas consigue sonreir aRosicler,que solícito la ofrece una almohada de oloroso bálago. Hizo esfuerzos heroicos para disimular su torpeza de labradora novicia, y la tortura de sus músculos rebeldes al sufrimiento. Y ahora se aturde bajo los golpes de su corazón, henchido de lágrimas, constreñido y apremiante, como si fuere a romperse.No sabe cuánto tiempo trasueña, enervada por el cansancio. Oye cerca de sí un ronquido, y a poco dice tímida una mujer:—¿Estades bien, señor?Es la hija del tío Fabián, que habla a su esposo, recién llegado de la Coruña. Él no responde, y Florinda vuelve a sumirse en su angustiosa laxitud.Despierta y delirante se figura reposar en el tren, enfrente de unos ojos profundos que la penetran y sacuden hasta las entrañas.Es tan brusca la turbación con que la joven se estremece, que bajo su cabeza se desmorona el menudo acervo de la trilla. Perdido el blando apoyo, álzase lastimada, y sin moverse contempla el singular espectáculo de aquel pueblo fuerte y joven, áspero hasta en el sueño: duerme un hijo de Tirso Paz de espaldas a su novia Maricruz; la de Alonso, a los pies de su marido; lejos del suyo, la del tío Rosendín, y divorciadas de igual suerte todas las parejas unidas por compromisos y bendiciones.No hay en el silencioso campamento, delante de Florinda, un corazón que sufra, un afán que despierte ni una esperanza que se agite.Las parvas enhiestan en alto como hacia las nubes, entre cuyos girones aparece la luna desconsolada; de lejano pesebre llega el mugido de una res en celo, y la desvelada moza bebe insaciable el dolor de la soledad, más triste que nunca entre el sordo latido de aquellas vidas y el aroma de aquellos frutos. Entonces siente crecer el peso de las trenzas en los hombros; en los párpados,la lumbre de la pasión, y en las mejillas el carmín de la salud: una fragancia de besos le sube hasta los labios desde el corazón, ebrio de ternuras, y toda su mocedad, exaltada por el sentimiento, vibra y arde bajo la encubridora noche.

YA crece agosto, rubio en los centenos, azul en las nubes, cándido en el aire: el sol abrasa, el viento perfuma; están dormidas las fuentes, despiertas las dalladoras y animado Valdecruces como nunca lo suele estar.

Es que han venido los hombres; cruzan reposadamente las anchurosas calzadas y las callejas hostiles, en paseos y visitas de anual conmemoración, y cuando el día languidece, se asoman un poco a los abrasados caminos de la mies.

En estas rondas pausadas, algo serias, suelen ir juntos los paisanos recién venidos; hablan a un mismo tono sereno y amigable, no discuten ni se alteran jamás, como si para ellos no tuviese problemas la vida ni dobleces el corazón.

Por encima de los carrillos colorados y de las bocassonrientes, al confortable calor de las sosegadas digestiones, los buenos maragatos miran a Valdecruces con seráfica beatitud. Olvidaron su dolorosa infancia de pastores o motiles, de escolares con la ruín troja al hombro, siempre camino de Piedralbina, entre soles o nieves, acosados por la miseria del hogar. Y aceptan hoy, como tributo merecido, que el pueblo se vista de gala para hospedarles, que las esposas y las hijas les respeten como siervas, y que los niños les huyan con saludable miedo, como a la suprema representación de la Autoridad y del Poder.

Durante la magnífica semana de la fiesta Sacramental, sólo en la fecha culminante del día 15, el clásico «día de Agosto», se suspenden en Valdecruces las labores del campo.

No importa que en cada corral las plumas de las aves anuncien holocaustos festivos; las mujeres se multiplican para servir regaladamente a los hombres en sus casas y para segar y recoger en las mieses los centenos maduros.

Como si el aguijón del servilismo se les hundiera en la carne más brioso que nunca, fuerzan las maragatas el impulso mecánico de sus energías, exaltan la pasiva corriente de sus humillaciones, y en un absoluto renunciamiento a toda beligerancia social, se quedan al margen de la vida, fuertes, ignorantes, insólitas, ofreciendo a «los amos», con el más primitivo de los gestos serviciales, la visión placentera de los hijos criados y felices, de la mesa servida y colmada, del campo fecundo y alegre: las apariencias de estas horas decorativas y relumbrantes llenan a los maridos de orgullo entre los forasteros invitados.

De Astorga, de León y de otras ciudades más lejanas acuden siempre algunos curiosos a las típicas fiestas de Maragatería, y son alojados con singular esplendidez en las casas más pudientes de cada población. Las comilonasse suceden entonces con frecuencia y abundancia increíbles; las cocinas pierden su medrosa oscuridad, iluminadas por «ramayos» crepitantes, y detonan y esplenden como volcanes; sacrifícanse allí vacas enteras, aves a montones, lechoncillos y corderos; los manteles no se levantan, no reposan los jarros de vino ni se disipa el humo de los cigarros.

Al través del continuo festín, atraviesa la maragata como una sombra providencial; a todo atiende: sirve, corre, huye asustadiza, recatando bajo las alas del pañuelo su invencible rubor. Aún suele quedarle tiempo aquella tarde paraamorenaren la mies o echar a remojo lasgarañuelasen el regato campesino. Y no dejará de asistir a la verbena ataviada con su vestido más lujoso, grave, muda y bailadora, en actitud de ejercer una profesional obligación...

Este agosto en Valdecruces se suma a los festejos oficiales, los que se celebrarán en la boda de Ascensión Fidalgo, y la pobre aldea, acosada por el calor de la llanura y arrostrando con brazos femeninos los rudos trajines de la recolección, se aturde sorprendida por el sacudimiento del placer...

Las de Salvadores no esperan convidados ni preparan festines; callan y sufren, trabajando con furiosa actividad que arrebata aMariflory la empuja una tarde a la mies.

Ya Marinela se puede quedar sola: baja a la cocina, sale al corral y al huerto, cose y atiende un poco a los niños. El médico la supone curada: hace recomendaciones de higiene y alimentación, y al despedirse asegura que se debe a la enfermera aquel triunfo. Con la salud retornan los místicos anhelos de la niña, encaminados y crecientes hacia el convento de Santa Clara. Y la madre sigue encogiéndose de hombros: no fía mucho en la robustez ni en la vocación de la mozuela.

De América no escriben; el párroco evita, compasivo, los interrogadores ojos deMariflor, a los cuales no sabequé decir, y ella apura silenciosa las crueles desesperanzas, dejándose caer en la mansedumbre secular de aquella vida que la va absorbiendo.

Cuando sube al grado máximo la fiebre labradora de las mujeres, ya en torno de las fiestas, hasta la tía Dolores hace gavillas, anda Pedro muy afanoso, de motil, yMariflordice resueltamente a Olalla:

—Esta tarde voy a la era contigo.

—¿A trabajar?

—¡Claro!

No pareció sorprenderse mucho la maragata rubia.

—Bueno—responde saliendo delestradín, donde aguardan la hora del jornal.

—Esa tocha—indicó Marinela cuando vió salir a Olalla—no está en sus cinco desde el arribaje de Antonio.

La madre, que dormitaba en una silla, alzó el rostro para decir con acento desabrido:

—Y tú, ¿criarás verdete por non fablar?

—Es queMariflorno debe ir a la trilla—responde la mozuela con pesadumbre.

—¡Ella lo quiso!—exclama Ramona de mal talante.

Y remanece Olalla, advirtiendo que ha pasado la tregua del medio día.

Camino de la mies se adelanta la madre con brusca precipitación. Olalla y su prima salen detrás cogidas del brazo.

—¿La abuela no viene?—preguntaMariflordisimulando su angustia.

—No viene: acerbará en la troje.

—Y nosotras, ¿qué hacemos?

—Pues como ya todo está segado, juntaremos gavillas en manojos, ¿sabes?

—Nada sé; tú me enseñarás.

Se crece Olalla algo jactanciosa:

—Sí, mujer; aprendes en un volido. Mira: agora vamosa la arada delGatiñal, donde ayer estuvimos engavillando madre y yo. Con las garañuelas, que son cañas de centeno remojadicas y amorosas, atamos las gavillas en manojos y las amorenamos en un montón.

—¿En una «morena»?

—¡Velaí! De allí se cogen para cargar los carros; y en la era se hacen con la mies pilas muy grandes, hasta que se trille: ¿nunca lo has visto?

—Nunca. Y aunque mi padre me lo explicaba, confundo las memorias.

Una nube de pena oscurece la frase, haciéndola temblar. Olalla se anima y prosigue:

—Es que las majas llevan muchas labores: luego de tender los manojos, desfacerlos y echar el trillo, se dan bien de vueltas hasta que se pone la corona a la trilla. Después hay que atroparla con el calomón, ponerla en parva, hacerle la limpia con los bieldos y acerandarla con los cribos.

—¿Así se recoge?

—Sí; medímoslo en cuartales de seis heminas, bien limpio de granzas y de coscojo, y ya tenemos pan seguro. En l’intre van juntando otras obreras la paja que sirve para cuelmo y la menuda que se llama bálago...

RecuerdaMariflorestas lecciones con profundo pesar: le sonaron un tiempo a dulcísima parábola llena de símbolos felices, y ahora le punzan la carne y el espíritu como anuncios de miseria y esclavitud.

En el campo anchuroso halla la moza borrados los fugaces senderos de otros días. Las hoces, al segar la mies, tendieron por el llano una alfombra rubia y caliente que reverbera al sol.

Blando soplo de viento besa la cara de las labradoras. Olalla se recoge, oteando los confines del paisaje con inteligente curiosidad, y anuncia:

—Corre una bufina mansa que ayuda mucho a los bieldos en la era.

—Luego sonríe y añade:

—Hoy no acongoja tanto la calor; tienes suerte, rapaza.

Viendo que Florinda no contesta aún, dice alentadora:

—Y quizabes esta noche dormamos en la trilla toda la mocedad.

—¡Ah! ¿Sí?

—Es la costumbre.

—¿Pero no lo dejáis para la última jornada?

—Según: hay que facerlo cuando están aquí los hombres, y en pasando el día de agosto, ya marchan. Estamos a 13 y mañana es la boda; conque tiene que premitirse bien aina.

Tocan la arada delGatiñal, y trémulaMariflor, pregunta de repente:

—Dime, Olalla, dime; oye: ¿tú quieres a Antonio?

—¿El primo?

—Sí: ¿le quieres... con amor?

—¡Mujer!

—¡Contesta!

—No te entiendo.

—¿Te gustaría ser su esposa?

—Con mis padres no pactaron los suyos: ¡la elegida eres tú!

—Pero, ¿serías feliz si te eligiese?

Una súbita emoción encendió a Olalla el semblante: quizá en el reino milagroso del entusiasmo brillaron para ella los únicos resplandores de su vida.

Pasó como una ráfaga el dominio de aquella claridad, sobre la placidez oscura de la moza, que se detuvo, miró a Florinda con los ojos vacíos de ilusiones, y respondió solemne:

—Todos seríamos felices si tú le quisieras elegir.

Se deslizó clemente la tarde, según Olalla había previsto. La mansa «bufina» de los llanos de León pasóamable por las mieses y aligeró los bieldos en la era, con regocijo de las trilladoras.

Ligeras nubes tremolaron en el firmamento como nuncios de una pálida noche, y antes de sonar la hora del reposo ya se dió por seguro que la mocedad cenaría en el campo y dormiría «a la rasa», en cumplimiento de su fiesta bucólica, celebrada siempre con las solemnidades de un rito.

Fueron llegando algunos hombres solteros y casados que, muy benévolos, ayudaron con galante solicitud a las últimas faenas de la tarde. Quién se entretuvo en rematar una parva, quién manejó las tornaderas o las maromas delcalomón, y hasta hubo arrestados varones que se atrevieron a conducir desde la mies a la era descomunales carros de «seis en pico»: reinó allí la fraternidad más apacible y acarició el ventalle de los bieldos muchas dulces sonrisas de mujer.

El descanso fué alegre: sobre el respeto y el rubor con que las maragatas trataban a los hombres, puso la anchura de los campos un generoso perfume de libertad, que desentumeció un poco las almas femeninas.

La cena, copiosa y rociada con abundante vino, acabó de infundir cordiales sentimientos entre el concurso, sin quebrantar el humildevoscon que las mujeres hablaban a sus esposos.

Pareció a los maragatos forastera la niña ciudadana de Salvadores, miráronla con escondida curiosidad, que fué creciendo al advertir el mutismo de la moza, triste y pasiva, precisamente cuando el raro placer de la confianza quería dar en Valdecruces su transitoria flor.

Murmuróse que la tristeza de Florinda había nacido con la ausencia de un señor «escribiente», prendado de la rapaza en extraño suelo. Se atribuyó también aquella visible pesadumbre a la situación económica de la familia, presa en apuros que nunca se pudieron suponer.

Enlazados con las de Salvadores por vínculos de sangrey lazos de antigua vecindad, todos en aquel día de expansión hubieran sentido impulsos compasivos hacia los arruinados parientes, cuyas adversidades tenían que ser más duras para la forastera, crecida en regalada juventud.

Pero mediaba Tirso Paz, asegurando que la tía Dolores levantaría su quebrantada hacienda cuando en el próximo diciembre se celebrase la boda de sus nietos Antonio yMariflor, ya que el novio estaba conforme con servir de sostén al derrumbado hogar; su reciente viaje parecía confirmarlo así. Decíase que había pactado con el señor cura las bases de un arreglo definitivo en los asuntos de la abuela, y que Tirso entraba como acreedor en aquel previo ajuste, aplazado para realizarse a la par de la boda. Y estos rumores, tan propicios al bienestar de la niña, se estrellaban contra su actitud visionaria y doliente; no cabía en la espesura de aquellos espíritus la sutil posibilidad de queMariflorrechazase un matrimonio que tales beneficios reportaría a ella y a los suyos.—¿Estará picada de la bruja como la otra rapaza?—se había dicho en Valdecruces más de una vez.

Ahora, en la fiesta, los hombres miran con respeto aquel rostro mudo y ardiente, como ninguno esquivo; el soberano dolor que irradia, infunde admiración por su penetrante claridad, desconocida en este país de sombríos dolores.

Cuando la flauta y el tamboril acuden a completar el holgorio, nadie insiste cerca deMariflorpara que baile, y a la orilla se queda sola y meditabunda, sin que la danza respete a ninguna otra mujer.

Allá van todas, lentas y obedientes, muchas sin ganas de bailar, destrozados los cuerpos en la brega del campo, escondidas las almas sabe Dios en qué recónditos pesares. Se han reunido en la era desde las mieses, y el tamborilero recluta a las más rezagadas, como atrajo a los hombres, mozos y viejos: danzan en caprichosos girosllenos de gravedad y de pudor, cada maragato con dos o más mujeres, quizá porque la emigración y la ausencia han convertido en uso una necesidad.

Cae la noche: alta y cumplida la luna, cela entre nubes el disco rutilante y difunde su luz con recatados matices.

En una pausa del tamboril, rasga los aires el bárbaro cantar que un mozo entona, sin gracia ni malicia:

«Si quieres tener femias

en tus rebaños,

un marón sólo dejes

de pocos años...

Si quieres que la casa

non se te queme,

limpia el sarro a la priula

todos los meses...»

Vibra alguna zapateta, acompañada delru-jú-júpotente, el céltico grito, perpetuado al través de las generaciones españolas, y languidecen cada vez más las cadencias del «corro» y la «entradilla», hasta que el baile se extingue y la gente se dispone a dormir.

Pocos bailadores desfilan camino de sus casas, y la mayoría del concurso busca reposo en la era, ancha y mullida como enorme lecho nupcial.

Si en él duermen las hijas con las madres es porque la costumbre lo establece, no porque lo necesite el buen decoro de aquella casta juventud. A ningún marido se le ocurre vigilar a su mujer, y cada cual se tumba por su lado, con el más impasible humor.

Ramona, que bailó tiesa y huraña hasta el último instante, es de las primeras en hallar cómoda postura y permanecer inmóvil, quizá rendida al sueño. Ella y Olalla no temen a la noche libre, hoy que la tradición les mulle un dorado mantillo en el terruño.

Allí cerca reposa Florinda con los miembros lacerados y el alma zozobrante: apenas consigue sonreir aRosicler,que solícito la ofrece una almohada de oloroso bálago. Hizo esfuerzos heroicos para disimular su torpeza de labradora novicia, y la tortura de sus músculos rebeldes al sufrimiento. Y ahora se aturde bajo los golpes de su corazón, henchido de lágrimas, constreñido y apremiante, como si fuere a romperse.

No sabe cuánto tiempo trasueña, enervada por el cansancio. Oye cerca de sí un ronquido, y a poco dice tímida una mujer:

—¿Estades bien, señor?

Es la hija del tío Fabián, que habla a su esposo, recién llegado de la Coruña. Él no responde, y Florinda vuelve a sumirse en su angustiosa laxitud.

Despierta y delirante se figura reposar en el tren, enfrente de unos ojos profundos que la penetran y sacuden hasta las entrañas.

Es tan brusca la turbación con que la joven se estremece, que bajo su cabeza se desmorona el menudo acervo de la trilla. Perdido el blando apoyo, álzase lastimada, y sin moverse contempla el singular espectáculo de aquel pueblo fuerte y joven, áspero hasta en el sueño: duerme un hijo de Tirso Paz de espaldas a su novia Maricruz; la de Alonso, a los pies de su marido; lejos del suyo, la del tío Rosendín, y divorciadas de igual suerte todas las parejas unidas por compromisos y bendiciones.

No hay en el silencioso campamento, delante de Florinda, un corazón que sufra, un afán que despierte ni una esperanza que se agite.

Las parvas enhiestan en alto como hacia las nubes, entre cuyos girones aparece la luna desconsolada; de lejano pesebre llega el mugido de una res en celo, y la desvelada moza bebe insaciable el dolor de la soledad, más triste que nunca entre el sordo latido de aquellas vidas y el aroma de aquellos frutos. Entonces siente crecer el peso de las trenzas en los hombros; en los párpados,la lumbre de la pasión, y en las mejillas el carmín de la salud: una fragancia de besos le sube hasta los labios desde el corazón, ebrio de ternuras, y toda su mocedad, exaltada por el sentimiento, vibra y arde bajo la encubridora noche.


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