XXISIERVA TE DOY...ROTO ya el pálido celaje, apenas brillaron las estrellas de la mañana salió el tamborilero a tocar elMambrúal través de las dormidas rúas, anunciando alegremente el día de la boda.Por deferencias y respetos a don Miguel, se convino, aunque el novio era viudo, en prescindir de la clásica cencerrada y celebrar los desposorios con el solemne ceremonial que la costumbre ha convertido en ley. Y desde muy temprano, algunos vecinos madrugadores atravesaban el pueblo, en traje de fiesta, para formar la comitiva, bien armados los hombres de escopetas y trabucos.Máximo, el novio, había llegado la víspera, procedente de Gijón; traía orondo equipaje, con las últimas «donas» para la desposada, dulces y licores para los próximos banquetes.Luego de confesar y examinarse de doctrina, separáronse los prometidos; ella se encerró en su casa y él fuése a la de su allegado Fermín Crespo, trajinante en Pontevedra, jefe de familia en Valdecruces.Un hijo de este mercader y un nieto del tío Cristóbal—ambos solteros, por ser la condición indispensable—fueron designados en calidad de íntimos del contrayente, para «mozos del caldo», especie de gentiles escuderos al servicio del novio. Facunda Paz y Olalla Salvadores eran damas de la novia, también «mozas del caldo», de cuyo pomposo remoquete pudoMariflorevadirse, no sin algunas porfías.Cuando los nuevos redobles del tamboril anunciaron la hora del almuerzo, llegó a casa de don Miguel un bizarro gentío, la flor y nata de Valdecruces y no pocos vecinos comarcanos. Para todos había lonchas de jamón, pavo, perdices, truchas y vino añejo, amén de otros manjares y escogidos postres.Duró hasta las once de la mañana este primer festín, a cuya terminación, la madrina—una maragata de rumbo—prendió en la cabeza de la novia fuerte manto de severo color, caído hasta los pies sobre el lujoso vestido del país.Comenzaron a tocar las campanas, y los hombres siguieron a Máximo, que siempre envuelto en una capa enorme, aparentó ir en busca de la bendición paternal. Simulada esta ceremonia, ya que el mozo no tenía padre, volvieron sobre sus pasos entre salvas nutridas, y a la puerta de don Miguel anunciaron con acento muy grave:—Venimos a cumplir una palabra empeñada.—Cúmplase norabuena—repuso la madre de Ascensión.Y en el umbral, puesta la moza de hinojos, recibió las maternales bendiciones.El séquito varonil partió delante; detrás avanzaronlas mujeres, silenciosas, con intachable compostura; los «mozos del caldo», dispuestos a correr hasta nueve arrobas de pólvora, dirigían las recias descargas de los trabucos.Para lucirse mejor en el paseo, anduvieron todos a lo largo de la calle y dieron vuelta por una donde tenía la parroquia otro portal. Allí esperaba revestido el sacerdote, que permanecía en el templo desde que muy temprano administró a los novios la comunión. Estaba don Miguel pálido y triste; no quiso asistir al almuerzo, y suplicó le dispensaran también de la comida, pretextando no hallarse muy bien de salud.Comenzó el acto religioso en la cancela, apretados los contrayentes por la curiosidad del público no invitado, que tomaba posiciones horas hacía. Como el atrio era pequeño, muchos testigos se quedaron fuera, y la calle, resplandeciente de colores y de sol, ofrecía en toda su esplendidez una gallarda nota regional; finos paños, sedosos terciopelos, brocateles y tisús, habían salido del fondo de los cofres y esponjaban al aire su belleza, mucho tiempo cautiva.Entre la mocedad estabaMariflor, trasojada y nerviosa, deshaciéndose en amargura bajo el rumboso atavío. Iba apoyando a Marinela, poco firme en su primera salida de convaleciente.Mientras sudaban los novios con el despiadado abrigo de la capa y el manto, las mozas, al son de castañuelas y panderos, rompieron a cantar:«Ya te sacaron la Cruzde plata, para casarte;delante del sacerdoteya tu palabra entregaste.Las arras y los anillosque llevas, niña, en la mano,son las cadenitas de oroque te están aprisionando...»A cada movimiento de las cantadoras, un vaivén de arrequives y flocaduras, un relumbrón de filigranas y corales se ufanaron en la luz.Encima de la torre, sin temor al bullicioso concurso, las cigüeñas adiestraban a los hijuelos en sus primeras aventuras por el aire; giraba el macho en torno de las crías, con una presa en el pico, instigándolas a seguirle, y la madre volaba también alrededor de ellas, más abajo, para sostenerlas en sus alas si cayesen.Penetró la boda en el templo. Y cuando en él buscaban Marinela y Florinda un banco donde sentarse, les hizo lugar una vieja con mucha solicitud. Era la tía Gertrudis, encogida y humilde. Su voz, al rezar, parecía un gemido; su pobre catadura inspiraba compasión.Sobre el grupo que formaban las niñas y la vieja cayeron como un rayo los ojos de Ramona, pero no se atrevían las muchachas a moverse; celebrábase ya el Santo Sacrificio, y ellas fijaron su atención en el altar, reverentes y devotas.El «Resucitado» le pareció a Florinda más muerto que nunca, con su lívido rostro lleno de sangre y la punzadora diadema sobre las sienes: tenía en una mano la Cruz, y en la otra, que señalaba triunfante al cielo, le habían colocado un ramuco de flores contrahechas. Quiso la joven rezarle con calor y confianza, como otras veces; pero un pesimismo envolvía sus pensamientos en espesas nubes, y las mustias rosas de trapo, alzadas por el Señor con gesto desfallecido, le causaron infinitas ganas de llorar...La flauta y el tamboril acompañaron el canto de la misa, y la elevación fué señalada con formidables estampidos de pólvora. Iniciadas las últimas oraciones, deslizáronse al portal las «mozas del caldo»—señaladas con mandiles verdes—seguidas por las demás solteras para ofrecer nuevos cantares a los novios:«Sal, casada, de la Iglesia,que te estamos aguardandopa darte la norabuena,que sea por muchos años.Estímala, caballero,bien la puedes estimar:otro la pidió primero,no se la quisieron dar.Estímala, caballero,como una tacita de oro,que ya tienes mujer buenapara que te sirva en todo...»Los cónyuges aparecieron en la lonja parroquial, sudorosos, acongojados, y allí mismo se apartó Máximo de su esposa para irse con los hombres acorrer el bollo.A pesar de lo cual, las muchachas, siguiendo al femenino cortejo de Ascensión, cantaron optimistas, con mucho repique de castañuelas:«Por esta calle a la largalleva el galán a su dama;por esta calle arenosa,lleva el galán a su esposa.Voló la palomapor cima la oliva;vivan muchos añospadrino y madrina.Voló la palomapor cima la fuente;vivan muchos añostodos los presentes.Ponei, madre, mesa,manteles de hilo,que viene tu hijacon el so marido...»Encontró la joven en el umbral de su puerta dos sitiales enguirnaldados, y, por si nadie supiese el destino de ellos, advirtió muy oportuna la copla:Sentaivos, madrina,en silla florida;sentaivos, casada,en silla enramada.Sentáronse, en efecto, las dos mujeres, siempre cargada Ascensión con el duro manto, que después de aquel día sólo en caso de enviudar debiera ceñirse para los funerales del consorte. Las mozas, colocadas en dos filas, cantaronel ramo, un armadijo de muchos corolines con ajaracas y dulces. Fué largo y triste el homenaje, salpicado de consejos y alusiones, y le recibió la moza muy recoleta y compungida, sin levantar los ojos del suelo ni sonreir al final de la canción:«Guapa es la novia cual naide,guapo el novio cual denguno;tengan hijos a docenasy a centenares los mulos.»Mientras tanto, los jóvenes corrían en la era «el bollo» del padrino, un pan de seis libras en forma de pelele, con monedas de plata dentro de la cabeza.Defendíanle los de la boda, al frente los «mozos del caldo», contra todos los corredores que se presentaban: reglas de tradición daban derecho a conseguirle. Cuando el vencedor hubo recogido las monedas del premio, distribuyóse el descabellado monigote entre los concurrentes, como fórmula que convertía a Máximo en vecino de Valdecruces: el alcalde pedáneo lo hizo constar así en un acta.Todavía cantaron las mozas al llegar los del «bollo» a casa de don Miguel:«Bien vengades, bien vengades,bien venidos, que seyades...»Habían colocado delante de Ascensión un profundo cesto de pan cortado en pedacitos, que ella repartía a cuantas personas se acercaban a decirle:—¡Dios te haga bien casada!Llegóse también la tía Gertrudis, y la moza, vacilandoun momento, dióle su parte con mucha delicadeza, sin tocar la mano extendida en fino saludo.Algunas voces protestaron:—¡Fuera la bruja!—No azomar a la pobre—dijo una compasiva mujer—; la infelice perecería de hambre si no fuera por las limosnas del señor cura.—Tien mucho rejo; no muere tan aina—rezongó Ramona—. Y a su lado advirtió una zagala:—Creer en agorerías es pecado mortal...Cuando el pan de la boda estuvo repartido, sirvióse una gran comida: a la clásica bizcochada de vino rancio siguió la interminable lista de viandas fuertes que en un mismo plato compartieron los novios. Por fin, a media tarde viéronse éstos libres de su parda vestidura matrimonial, que les fué perdonada a los postres del banquete, para que bailasen juntos hasta rendirse.Ya la madrinahabía ofrecido. Con su moneda de oro sobre una rica bandeja, pasó delante de los invitados diciendo:—Para la rueca y el uso.Todos daban: hasta las de Salvadores pusieron sus pesetillas en «la ofrenda» general.Luego pidió el padrino:—Para los primeros zapatos del infante.Y también hubo dones.Es incumbencia de los «mozos del caldo» llevarle a la novia su ajuar hasta el nuevo domicilio; pero como la recién casada iba a vivir lindando con su madre, fué para los muchachos cosa de un periquete el cumplir esta galante obligación.Desplegóse luego la danza en toda su brillantez por la ancha rúa, extendida hasta la iglesia desde la casa parroquial. La fuerte luz del sol y la majeza de los trajes daban al espectáculo matices de alegría y de rumbo, que faltaban al baile de la era. Aunque el recogimientode las mujeres tenía siempre un cariz de austeridad, parecían ahora menos cansadas y más felices. Los hombres, de punta en blanco, rozagantes y orondos, sin reir ni perder su grave actitud, rebosaban satisfacción: en la portezuela de sus chalecos las rosas tendían magníficos realces entre el plegado camisolín y la clásica almilla. Cenojiles, cintos y lazos, daban al viento la ferviente leyenda del amor, encerrada a veces en el cantarcillo popular:«Ahí tienes mi corazóncerrado con esa llave:ábrele y verás que en élsólo tu persona cabe...»Empezó la danza por el «baile corrido», girando las parejas con un lento vaivén, lánguido y señoril, que terminó en compases de jota. Siguió el llamado «dulzaina»: las mujeres, de dos en fondo, dieron una vuelta en círculo; delante las doncellas, detrás las casadas, siempre abstraídas y mudas; iban los hombres en la misma forma, por el lado exterior del corro femenino, hasta que, a una señal del tamboril, buscaron parejas, escogiéndolas por orden riguroso, dos para cada uno, desde las primeras danzantes. Vino después la «entradilla», en la cual salen bailando los hombres y luego acuden ellas a buscar mozo: es el baile de los rubores y las zapatetas; las muchachas procuran elegir a los parientes más próximos, hermanos si es posible. El corro característico de las bodas le componen las mujeres sin bailar, de una en una, tocando las castañuelas: abre marcha la madrina, sigue la novia y van las solteras en último término detrás de las «mozas del caldo». Esta rueda no se interrumpe cuando intervienen los bailadores desde la orilla para danzar con dos mujeres, bordando las figuras en jeroglíficos y detalles de clásico sabor y mucha honestidad.En el fondo de la rúa castellana, bajo los resplandores crudos de aquel cielo de añil, adquiría la artística diversióncaracteres de rito, fabuloso perfume de romance, al que prestaba marco insigne la torre parroquial con el sagrado nido de la cigüeña. Mas, de pronto, en un breve descanso del tamboril, iban los hombresa echar un netosobre los manteles de la boda, siempre extendidos; y mientras esperaban jadeantes las mujeres, el encanto de la danza se deshacía y el aroma del culto viejo convertíase en vulgar olor a vino de Rueda, con agrio tufo a carne trasudada.Así pasaron las horas. El escaso público que no tomaba parte activa en la fiesta iba cansándose, pero nadie osaba decirlo: seguía corriendo la pólvora, y los espectadores seguían fijando los ojos en el baile con atávica devoción.Habíase apartado don Miguel en su aposento con la disculpa de un leve malestar, aunque no quiso perdonarse de tomar café con el padrino y dirigir desde los balcones alguna curiosa mirada hacia la fiesta. Vió aMariflory su prima del brazo, ambas con el semblante fatigado y mustio, recostadas en el atrio de la parroquia. Las hubiese invitado a subir, mas, huyendo la tristeza inconsolable de los garzos ojos, limitóse a mandar que las ofrecieran sillas.Esta previsión colocó a las jóvenes en el punto más visible entre la concurrencia, bajo el dintel de la casa ornamentado con ramaje de chopos y negrillos, difícilmente logrado y ya moribundo.La preferencia del lugar causó a las favorecidas alguna inquietud, porque, de soslayo, iban las curiosidades a perseguir con mayor ahinco el apartamiento de las dos zagalas bellas y tristes.—¿No acabará esto pronto?—dijo molestaMariflor.—¡Quiá, mujer!; veráste tú: agora bailan hasta la noche, luego cenan mucho, y todavía cuando están acostados los novios, van los «mozos del caldo» a llevarles gallina en pepitoria.—Ya, ya; ¡linda costumbre!...—¡Y comen della!...—Pero tú y yo nos marcharemos en cuanto caiga la tarde, porque te va a hacer daño el relente.—No podremos dormir: la mocedad aturde a los vecinos con los trabucazos, y en cada puerta llama pidiendo aves para la tornaboda.—Sí; ya sé que si no se las dan las cogen.—Son derechos del novio... Mañana será la misa tempranico, y los parientes de los desposados llevan la ofrenda al señor cura.—Eso no lo sabía.—Un cuartillo de grano o poco más: después se repite la fiesta de hoy.—¿Tan solemne?—Con menos ceremonias: sólo que una moza del caldo baila, llevando consigo lapica, que luego se reparte, un pastel pintado de rojo...Calló Marinela, negligente y cansada, suspiró Florinda y comenzó la tarde a palidecer. Ya iban ellas a retirarse: esperaban una ocasión para despedirse, cuando el tío Fabián se detuvo allí, extendiendo una carta:—Es para el señor cura—dijo—. ¿Quién la recoge?Mariflor, de un vistazo, conoció la letra: era de su padre. Y repuso:—Yo la subiré; don Miguel debe de estar arriba.El viejo, entregándosela, musitó:—Mejor te daba una para ti, paloma.Desapareció la joven sin responder, y había dominado apenas su emoción cuando llamó a la puerta del sacerdote, no poco sorprendido de la visita. Dentro de la carta venía, como de costumbre, otra paraMariflor; sin sentarse, leyeron impacientes cada uno la suya. Después se miraron, y fué la muchacha la primera en hablar:—Dice que me case con Antonio...Sonaron las palabras con una amargura indescriptible.—Será un consejo.—Es una súplica: mi padre se hunde y me pide auxilio.Tendió la carta, señalando con un dedo temblón los suplicantes renglones «... hija mía; sálvanos a todos, y yo aseguro que en recompensa a tu sacrificio Dios te hará feliz».Con profunda lástima levantó el cura los ojos hacia la moza.—Lea usted lo que escribe antes—murmuró ella.—Sí; me lo figuro: tu primo le propone reforzar aquel negocio con el capital necesario y bajo la condición de vuestra boda.—¿Se lo cuenta a usted?—Como a ti.—¡Nada, que ese hombre me quiere comprar!—No te agravie su procedimiento: con él te da una prueba inaudita de estimación.—¡Pero yo no me puedo vender!—Díselo a tu padre honradamente.—¡Dios de mi alma!—Piensa que no estás obligada al sacrificio,—¿Sacrificio?... Mi condescendencia no sería virtud, ya que Rogelio me abandona.Se inclinó sollozante: en sus lágrimas hervía una terrible desolación.Don Miguel protesta conmovido:—Sí, sí; el que voluntariamente rinde su libertad se sacrifica.—Es que no soy libre: le juro, señor cura, que padezco una tremenda esclavitud... Ya ve usted cómo «se ha portado»; pues no importa: ¡le quiero, le quiero; no me puedo casar con otro... es imposible!—Tranquilízate, niña: vete en paz. Yo escribiré a tu padre cuanto sucede.—¡Dígale que no consiste en mí; que mil vidas dierayo por él; que me muero de pena al negarle este favor!...La ahogaba el llanto; procuró el sacerdote calmarla con exhortaciones de mucha piedad. Despidióse la muchacha en cuanto pudo, y salió diciendo:—¡Harto le mortifico a usted: Dios le recompense!Como la sombra había ganado ya las habitaciones, desde el rellano de la escalera alumbró don Miguel con cerillas para queMariflorbajase.Iba desalada; huyendo de las luces de la cocina y el «cuartico», deslizóse al través del portal, hasta asir el brazo de Marinela y hundirse juntas en el sosiego oscuro de las calles.Era tan visible la congoja de la enamorada, que su prima le dijo con susto:—Pero qué, ¿trajo malas razones la esquela?—No, no.—Vienes tribulante: bajabas a modín como escondida.—Por no despedirme... ¡tengo tan poco humor! Mañana daremos una disculpa...—Madre también fué para casa... Oye: ¡qué triste es una boda!... ¿noverdá? A mí me hace duelo sin saber por qué...Mariflorsólo pudo contestar con un suspiro.
XXISIERVA TE DOY...ROTO ya el pálido celaje, apenas brillaron las estrellas de la mañana salió el tamborilero a tocar elMambrúal través de las dormidas rúas, anunciando alegremente el día de la boda.Por deferencias y respetos a don Miguel, se convino, aunque el novio era viudo, en prescindir de la clásica cencerrada y celebrar los desposorios con el solemne ceremonial que la costumbre ha convertido en ley. Y desde muy temprano, algunos vecinos madrugadores atravesaban el pueblo, en traje de fiesta, para formar la comitiva, bien armados los hombres de escopetas y trabucos.Máximo, el novio, había llegado la víspera, procedente de Gijón; traía orondo equipaje, con las últimas «donas» para la desposada, dulces y licores para los próximos banquetes.Luego de confesar y examinarse de doctrina, separáronse los prometidos; ella se encerró en su casa y él fuése a la de su allegado Fermín Crespo, trajinante en Pontevedra, jefe de familia en Valdecruces.Un hijo de este mercader y un nieto del tío Cristóbal—ambos solteros, por ser la condición indispensable—fueron designados en calidad de íntimos del contrayente, para «mozos del caldo», especie de gentiles escuderos al servicio del novio. Facunda Paz y Olalla Salvadores eran damas de la novia, también «mozas del caldo», de cuyo pomposo remoquete pudoMariflorevadirse, no sin algunas porfías.Cuando los nuevos redobles del tamboril anunciaron la hora del almuerzo, llegó a casa de don Miguel un bizarro gentío, la flor y nata de Valdecruces y no pocos vecinos comarcanos. Para todos había lonchas de jamón, pavo, perdices, truchas y vino añejo, amén de otros manjares y escogidos postres.Duró hasta las once de la mañana este primer festín, a cuya terminación, la madrina—una maragata de rumbo—prendió en la cabeza de la novia fuerte manto de severo color, caído hasta los pies sobre el lujoso vestido del país.Comenzaron a tocar las campanas, y los hombres siguieron a Máximo, que siempre envuelto en una capa enorme, aparentó ir en busca de la bendición paternal. Simulada esta ceremonia, ya que el mozo no tenía padre, volvieron sobre sus pasos entre salvas nutridas, y a la puerta de don Miguel anunciaron con acento muy grave:—Venimos a cumplir una palabra empeñada.—Cúmplase norabuena—repuso la madre de Ascensión.Y en el umbral, puesta la moza de hinojos, recibió las maternales bendiciones.El séquito varonil partió delante; detrás avanzaronlas mujeres, silenciosas, con intachable compostura; los «mozos del caldo», dispuestos a correr hasta nueve arrobas de pólvora, dirigían las recias descargas de los trabucos.Para lucirse mejor en el paseo, anduvieron todos a lo largo de la calle y dieron vuelta por una donde tenía la parroquia otro portal. Allí esperaba revestido el sacerdote, que permanecía en el templo desde que muy temprano administró a los novios la comunión. Estaba don Miguel pálido y triste; no quiso asistir al almuerzo, y suplicó le dispensaran también de la comida, pretextando no hallarse muy bien de salud.Comenzó el acto religioso en la cancela, apretados los contrayentes por la curiosidad del público no invitado, que tomaba posiciones horas hacía. Como el atrio era pequeño, muchos testigos se quedaron fuera, y la calle, resplandeciente de colores y de sol, ofrecía en toda su esplendidez una gallarda nota regional; finos paños, sedosos terciopelos, brocateles y tisús, habían salido del fondo de los cofres y esponjaban al aire su belleza, mucho tiempo cautiva.Entre la mocedad estabaMariflor, trasojada y nerviosa, deshaciéndose en amargura bajo el rumboso atavío. Iba apoyando a Marinela, poco firme en su primera salida de convaleciente.Mientras sudaban los novios con el despiadado abrigo de la capa y el manto, las mozas, al son de castañuelas y panderos, rompieron a cantar:«Ya te sacaron la Cruzde plata, para casarte;delante del sacerdoteya tu palabra entregaste.Las arras y los anillosque llevas, niña, en la mano,son las cadenitas de oroque te están aprisionando...»A cada movimiento de las cantadoras, un vaivén de arrequives y flocaduras, un relumbrón de filigranas y corales se ufanaron en la luz.Encima de la torre, sin temor al bullicioso concurso, las cigüeñas adiestraban a los hijuelos en sus primeras aventuras por el aire; giraba el macho en torno de las crías, con una presa en el pico, instigándolas a seguirle, y la madre volaba también alrededor de ellas, más abajo, para sostenerlas en sus alas si cayesen.Penetró la boda en el templo. Y cuando en él buscaban Marinela y Florinda un banco donde sentarse, les hizo lugar una vieja con mucha solicitud. Era la tía Gertrudis, encogida y humilde. Su voz, al rezar, parecía un gemido; su pobre catadura inspiraba compasión.Sobre el grupo que formaban las niñas y la vieja cayeron como un rayo los ojos de Ramona, pero no se atrevían las muchachas a moverse; celebrábase ya el Santo Sacrificio, y ellas fijaron su atención en el altar, reverentes y devotas.El «Resucitado» le pareció a Florinda más muerto que nunca, con su lívido rostro lleno de sangre y la punzadora diadema sobre las sienes: tenía en una mano la Cruz, y en la otra, que señalaba triunfante al cielo, le habían colocado un ramuco de flores contrahechas. Quiso la joven rezarle con calor y confianza, como otras veces; pero un pesimismo envolvía sus pensamientos en espesas nubes, y las mustias rosas de trapo, alzadas por el Señor con gesto desfallecido, le causaron infinitas ganas de llorar...La flauta y el tamboril acompañaron el canto de la misa, y la elevación fué señalada con formidables estampidos de pólvora. Iniciadas las últimas oraciones, deslizáronse al portal las «mozas del caldo»—señaladas con mandiles verdes—seguidas por las demás solteras para ofrecer nuevos cantares a los novios:«Sal, casada, de la Iglesia,que te estamos aguardandopa darte la norabuena,que sea por muchos años.Estímala, caballero,bien la puedes estimar:otro la pidió primero,no se la quisieron dar.Estímala, caballero,como una tacita de oro,que ya tienes mujer buenapara que te sirva en todo...»Los cónyuges aparecieron en la lonja parroquial, sudorosos, acongojados, y allí mismo se apartó Máximo de su esposa para irse con los hombres acorrer el bollo.A pesar de lo cual, las muchachas, siguiendo al femenino cortejo de Ascensión, cantaron optimistas, con mucho repique de castañuelas:«Por esta calle a la largalleva el galán a su dama;por esta calle arenosa,lleva el galán a su esposa.Voló la palomapor cima la oliva;vivan muchos añospadrino y madrina.Voló la palomapor cima la fuente;vivan muchos añostodos los presentes.Ponei, madre, mesa,manteles de hilo,que viene tu hijacon el so marido...»Encontró la joven en el umbral de su puerta dos sitiales enguirnaldados, y, por si nadie supiese el destino de ellos, advirtió muy oportuna la copla:Sentaivos, madrina,en silla florida;sentaivos, casada,en silla enramada.Sentáronse, en efecto, las dos mujeres, siempre cargada Ascensión con el duro manto, que después de aquel día sólo en caso de enviudar debiera ceñirse para los funerales del consorte. Las mozas, colocadas en dos filas, cantaronel ramo, un armadijo de muchos corolines con ajaracas y dulces. Fué largo y triste el homenaje, salpicado de consejos y alusiones, y le recibió la moza muy recoleta y compungida, sin levantar los ojos del suelo ni sonreir al final de la canción:«Guapa es la novia cual naide,guapo el novio cual denguno;tengan hijos a docenasy a centenares los mulos.»Mientras tanto, los jóvenes corrían en la era «el bollo» del padrino, un pan de seis libras en forma de pelele, con monedas de plata dentro de la cabeza.Defendíanle los de la boda, al frente los «mozos del caldo», contra todos los corredores que se presentaban: reglas de tradición daban derecho a conseguirle. Cuando el vencedor hubo recogido las monedas del premio, distribuyóse el descabellado monigote entre los concurrentes, como fórmula que convertía a Máximo en vecino de Valdecruces: el alcalde pedáneo lo hizo constar así en un acta.Todavía cantaron las mozas al llegar los del «bollo» a casa de don Miguel:«Bien vengades, bien vengades,bien venidos, que seyades...»Habían colocado delante de Ascensión un profundo cesto de pan cortado en pedacitos, que ella repartía a cuantas personas se acercaban a decirle:—¡Dios te haga bien casada!Llegóse también la tía Gertrudis, y la moza, vacilandoun momento, dióle su parte con mucha delicadeza, sin tocar la mano extendida en fino saludo.Algunas voces protestaron:—¡Fuera la bruja!—No azomar a la pobre—dijo una compasiva mujer—; la infelice perecería de hambre si no fuera por las limosnas del señor cura.—Tien mucho rejo; no muere tan aina—rezongó Ramona—. Y a su lado advirtió una zagala:—Creer en agorerías es pecado mortal...Cuando el pan de la boda estuvo repartido, sirvióse una gran comida: a la clásica bizcochada de vino rancio siguió la interminable lista de viandas fuertes que en un mismo plato compartieron los novios. Por fin, a media tarde viéronse éstos libres de su parda vestidura matrimonial, que les fué perdonada a los postres del banquete, para que bailasen juntos hasta rendirse.Ya la madrinahabía ofrecido. Con su moneda de oro sobre una rica bandeja, pasó delante de los invitados diciendo:—Para la rueca y el uso.Todos daban: hasta las de Salvadores pusieron sus pesetillas en «la ofrenda» general.Luego pidió el padrino:—Para los primeros zapatos del infante.Y también hubo dones.Es incumbencia de los «mozos del caldo» llevarle a la novia su ajuar hasta el nuevo domicilio; pero como la recién casada iba a vivir lindando con su madre, fué para los muchachos cosa de un periquete el cumplir esta galante obligación.Desplegóse luego la danza en toda su brillantez por la ancha rúa, extendida hasta la iglesia desde la casa parroquial. La fuerte luz del sol y la majeza de los trajes daban al espectáculo matices de alegría y de rumbo, que faltaban al baile de la era. Aunque el recogimientode las mujeres tenía siempre un cariz de austeridad, parecían ahora menos cansadas y más felices. Los hombres, de punta en blanco, rozagantes y orondos, sin reir ni perder su grave actitud, rebosaban satisfacción: en la portezuela de sus chalecos las rosas tendían magníficos realces entre el plegado camisolín y la clásica almilla. Cenojiles, cintos y lazos, daban al viento la ferviente leyenda del amor, encerrada a veces en el cantarcillo popular:«Ahí tienes mi corazóncerrado con esa llave:ábrele y verás que en élsólo tu persona cabe...»Empezó la danza por el «baile corrido», girando las parejas con un lento vaivén, lánguido y señoril, que terminó en compases de jota. Siguió el llamado «dulzaina»: las mujeres, de dos en fondo, dieron una vuelta en círculo; delante las doncellas, detrás las casadas, siempre abstraídas y mudas; iban los hombres en la misma forma, por el lado exterior del corro femenino, hasta que, a una señal del tamboril, buscaron parejas, escogiéndolas por orden riguroso, dos para cada uno, desde las primeras danzantes. Vino después la «entradilla», en la cual salen bailando los hombres y luego acuden ellas a buscar mozo: es el baile de los rubores y las zapatetas; las muchachas procuran elegir a los parientes más próximos, hermanos si es posible. El corro característico de las bodas le componen las mujeres sin bailar, de una en una, tocando las castañuelas: abre marcha la madrina, sigue la novia y van las solteras en último término detrás de las «mozas del caldo». Esta rueda no se interrumpe cuando intervienen los bailadores desde la orilla para danzar con dos mujeres, bordando las figuras en jeroglíficos y detalles de clásico sabor y mucha honestidad.En el fondo de la rúa castellana, bajo los resplandores crudos de aquel cielo de añil, adquiría la artística diversióncaracteres de rito, fabuloso perfume de romance, al que prestaba marco insigne la torre parroquial con el sagrado nido de la cigüeña. Mas, de pronto, en un breve descanso del tamboril, iban los hombresa echar un netosobre los manteles de la boda, siempre extendidos; y mientras esperaban jadeantes las mujeres, el encanto de la danza se deshacía y el aroma del culto viejo convertíase en vulgar olor a vino de Rueda, con agrio tufo a carne trasudada.Así pasaron las horas. El escaso público que no tomaba parte activa en la fiesta iba cansándose, pero nadie osaba decirlo: seguía corriendo la pólvora, y los espectadores seguían fijando los ojos en el baile con atávica devoción.Habíase apartado don Miguel en su aposento con la disculpa de un leve malestar, aunque no quiso perdonarse de tomar café con el padrino y dirigir desde los balcones alguna curiosa mirada hacia la fiesta. Vió aMariflory su prima del brazo, ambas con el semblante fatigado y mustio, recostadas en el atrio de la parroquia. Las hubiese invitado a subir, mas, huyendo la tristeza inconsolable de los garzos ojos, limitóse a mandar que las ofrecieran sillas.Esta previsión colocó a las jóvenes en el punto más visible entre la concurrencia, bajo el dintel de la casa ornamentado con ramaje de chopos y negrillos, difícilmente logrado y ya moribundo.La preferencia del lugar causó a las favorecidas alguna inquietud, porque, de soslayo, iban las curiosidades a perseguir con mayor ahinco el apartamiento de las dos zagalas bellas y tristes.—¿No acabará esto pronto?—dijo molestaMariflor.—¡Quiá, mujer!; veráste tú: agora bailan hasta la noche, luego cenan mucho, y todavía cuando están acostados los novios, van los «mozos del caldo» a llevarles gallina en pepitoria.—Ya, ya; ¡linda costumbre!...—¡Y comen della!...—Pero tú y yo nos marcharemos en cuanto caiga la tarde, porque te va a hacer daño el relente.—No podremos dormir: la mocedad aturde a los vecinos con los trabucazos, y en cada puerta llama pidiendo aves para la tornaboda.—Sí; ya sé que si no se las dan las cogen.—Son derechos del novio... Mañana será la misa tempranico, y los parientes de los desposados llevan la ofrenda al señor cura.—Eso no lo sabía.—Un cuartillo de grano o poco más: después se repite la fiesta de hoy.—¿Tan solemne?—Con menos ceremonias: sólo que una moza del caldo baila, llevando consigo lapica, que luego se reparte, un pastel pintado de rojo...Calló Marinela, negligente y cansada, suspiró Florinda y comenzó la tarde a palidecer. Ya iban ellas a retirarse: esperaban una ocasión para despedirse, cuando el tío Fabián se detuvo allí, extendiendo una carta:—Es para el señor cura—dijo—. ¿Quién la recoge?Mariflor, de un vistazo, conoció la letra: era de su padre. Y repuso:—Yo la subiré; don Miguel debe de estar arriba.El viejo, entregándosela, musitó:—Mejor te daba una para ti, paloma.Desapareció la joven sin responder, y había dominado apenas su emoción cuando llamó a la puerta del sacerdote, no poco sorprendido de la visita. Dentro de la carta venía, como de costumbre, otra paraMariflor; sin sentarse, leyeron impacientes cada uno la suya. Después se miraron, y fué la muchacha la primera en hablar:—Dice que me case con Antonio...Sonaron las palabras con una amargura indescriptible.—Será un consejo.—Es una súplica: mi padre se hunde y me pide auxilio.Tendió la carta, señalando con un dedo temblón los suplicantes renglones «... hija mía; sálvanos a todos, y yo aseguro que en recompensa a tu sacrificio Dios te hará feliz».Con profunda lástima levantó el cura los ojos hacia la moza.—Lea usted lo que escribe antes—murmuró ella.—Sí; me lo figuro: tu primo le propone reforzar aquel negocio con el capital necesario y bajo la condición de vuestra boda.—¿Se lo cuenta a usted?—Como a ti.—¡Nada, que ese hombre me quiere comprar!—No te agravie su procedimiento: con él te da una prueba inaudita de estimación.—¡Pero yo no me puedo vender!—Díselo a tu padre honradamente.—¡Dios de mi alma!—Piensa que no estás obligada al sacrificio,—¿Sacrificio?... Mi condescendencia no sería virtud, ya que Rogelio me abandona.Se inclinó sollozante: en sus lágrimas hervía una terrible desolación.Don Miguel protesta conmovido:—Sí, sí; el que voluntariamente rinde su libertad se sacrifica.—Es que no soy libre: le juro, señor cura, que padezco una tremenda esclavitud... Ya ve usted cómo «se ha portado»; pues no importa: ¡le quiero, le quiero; no me puedo casar con otro... es imposible!—Tranquilízate, niña: vete en paz. Yo escribiré a tu padre cuanto sucede.—¡Dígale que no consiste en mí; que mil vidas dierayo por él; que me muero de pena al negarle este favor!...La ahogaba el llanto; procuró el sacerdote calmarla con exhortaciones de mucha piedad. Despidióse la muchacha en cuanto pudo, y salió diciendo:—¡Harto le mortifico a usted: Dios le recompense!Como la sombra había ganado ya las habitaciones, desde el rellano de la escalera alumbró don Miguel con cerillas para queMariflorbajase.Iba desalada; huyendo de las luces de la cocina y el «cuartico», deslizóse al través del portal, hasta asir el brazo de Marinela y hundirse juntas en el sosiego oscuro de las calles.Era tan visible la congoja de la enamorada, que su prima le dijo con susto:—Pero qué, ¿trajo malas razones la esquela?—No, no.—Vienes tribulante: bajabas a modín como escondida.—Por no despedirme... ¡tengo tan poco humor! Mañana daremos una disculpa...—Madre también fué para casa... Oye: ¡qué triste es una boda!... ¿noverdá? A mí me hace duelo sin saber por qué...Mariflorsólo pudo contestar con un suspiro.
ROTO ya el pálido celaje, apenas brillaron las estrellas de la mañana salió el tamborilero a tocar elMambrúal través de las dormidas rúas, anunciando alegremente el día de la boda.
Por deferencias y respetos a don Miguel, se convino, aunque el novio era viudo, en prescindir de la clásica cencerrada y celebrar los desposorios con el solemne ceremonial que la costumbre ha convertido en ley. Y desde muy temprano, algunos vecinos madrugadores atravesaban el pueblo, en traje de fiesta, para formar la comitiva, bien armados los hombres de escopetas y trabucos.
Máximo, el novio, había llegado la víspera, procedente de Gijón; traía orondo equipaje, con las últimas «donas» para la desposada, dulces y licores para los próximos banquetes.
Luego de confesar y examinarse de doctrina, separáronse los prometidos; ella se encerró en su casa y él fuése a la de su allegado Fermín Crespo, trajinante en Pontevedra, jefe de familia en Valdecruces.
Un hijo de este mercader y un nieto del tío Cristóbal—ambos solteros, por ser la condición indispensable—fueron designados en calidad de íntimos del contrayente, para «mozos del caldo», especie de gentiles escuderos al servicio del novio. Facunda Paz y Olalla Salvadores eran damas de la novia, también «mozas del caldo», de cuyo pomposo remoquete pudoMariflorevadirse, no sin algunas porfías.
Cuando los nuevos redobles del tamboril anunciaron la hora del almuerzo, llegó a casa de don Miguel un bizarro gentío, la flor y nata de Valdecruces y no pocos vecinos comarcanos. Para todos había lonchas de jamón, pavo, perdices, truchas y vino añejo, amén de otros manjares y escogidos postres.
Duró hasta las once de la mañana este primer festín, a cuya terminación, la madrina—una maragata de rumbo—prendió en la cabeza de la novia fuerte manto de severo color, caído hasta los pies sobre el lujoso vestido del país.
Comenzaron a tocar las campanas, y los hombres siguieron a Máximo, que siempre envuelto en una capa enorme, aparentó ir en busca de la bendición paternal. Simulada esta ceremonia, ya que el mozo no tenía padre, volvieron sobre sus pasos entre salvas nutridas, y a la puerta de don Miguel anunciaron con acento muy grave:
—Venimos a cumplir una palabra empeñada.
—Cúmplase norabuena—repuso la madre de Ascensión.
Y en el umbral, puesta la moza de hinojos, recibió las maternales bendiciones.
El séquito varonil partió delante; detrás avanzaronlas mujeres, silenciosas, con intachable compostura; los «mozos del caldo», dispuestos a correr hasta nueve arrobas de pólvora, dirigían las recias descargas de los trabucos.
Para lucirse mejor en el paseo, anduvieron todos a lo largo de la calle y dieron vuelta por una donde tenía la parroquia otro portal. Allí esperaba revestido el sacerdote, que permanecía en el templo desde que muy temprano administró a los novios la comunión. Estaba don Miguel pálido y triste; no quiso asistir al almuerzo, y suplicó le dispensaran también de la comida, pretextando no hallarse muy bien de salud.
Comenzó el acto religioso en la cancela, apretados los contrayentes por la curiosidad del público no invitado, que tomaba posiciones horas hacía. Como el atrio era pequeño, muchos testigos se quedaron fuera, y la calle, resplandeciente de colores y de sol, ofrecía en toda su esplendidez una gallarda nota regional; finos paños, sedosos terciopelos, brocateles y tisús, habían salido del fondo de los cofres y esponjaban al aire su belleza, mucho tiempo cautiva.
Entre la mocedad estabaMariflor, trasojada y nerviosa, deshaciéndose en amargura bajo el rumboso atavío. Iba apoyando a Marinela, poco firme en su primera salida de convaleciente.
Mientras sudaban los novios con el despiadado abrigo de la capa y el manto, las mozas, al son de castañuelas y panderos, rompieron a cantar:
«Ya te sacaron la Cruz
de plata, para casarte;delante del sacerdoteya tu palabra entregaste.
Las arras y los anillos
que llevas, niña, en la mano,son las cadenitas de oroque te están aprisionando...»
A cada movimiento de las cantadoras, un vaivén de arrequives y flocaduras, un relumbrón de filigranas y corales se ufanaron en la luz.
Encima de la torre, sin temor al bullicioso concurso, las cigüeñas adiestraban a los hijuelos en sus primeras aventuras por el aire; giraba el macho en torno de las crías, con una presa en el pico, instigándolas a seguirle, y la madre volaba también alrededor de ellas, más abajo, para sostenerlas en sus alas si cayesen.
Penetró la boda en el templo. Y cuando en él buscaban Marinela y Florinda un banco donde sentarse, les hizo lugar una vieja con mucha solicitud. Era la tía Gertrudis, encogida y humilde. Su voz, al rezar, parecía un gemido; su pobre catadura inspiraba compasión.
Sobre el grupo que formaban las niñas y la vieja cayeron como un rayo los ojos de Ramona, pero no se atrevían las muchachas a moverse; celebrábase ya el Santo Sacrificio, y ellas fijaron su atención en el altar, reverentes y devotas.
El «Resucitado» le pareció a Florinda más muerto que nunca, con su lívido rostro lleno de sangre y la punzadora diadema sobre las sienes: tenía en una mano la Cruz, y en la otra, que señalaba triunfante al cielo, le habían colocado un ramuco de flores contrahechas. Quiso la joven rezarle con calor y confianza, como otras veces; pero un pesimismo envolvía sus pensamientos en espesas nubes, y las mustias rosas de trapo, alzadas por el Señor con gesto desfallecido, le causaron infinitas ganas de llorar...
La flauta y el tamboril acompañaron el canto de la misa, y la elevación fué señalada con formidables estampidos de pólvora. Iniciadas las últimas oraciones, deslizáronse al portal las «mozas del caldo»—señaladas con mandiles verdes—seguidas por las demás solteras para ofrecer nuevos cantares a los novios:
«Sal, casada, de la Iglesia,
que te estamos aguardandopa darte la norabuena,que sea por muchos años.
Estímala, caballero,
bien la puedes estimar:otro la pidió primero,no se la quisieron dar.
Estímala, caballero,
como una tacita de oro,que ya tienes mujer buenapara que te sirva en todo...»
Los cónyuges aparecieron en la lonja parroquial, sudorosos, acongojados, y allí mismo se apartó Máximo de su esposa para irse con los hombres acorrer el bollo.
A pesar de lo cual, las muchachas, siguiendo al femenino cortejo de Ascensión, cantaron optimistas, con mucho repique de castañuelas:
«Por esta calle a la larga
lleva el galán a su dama;por esta calle arenosa,lleva el galán a su esposa.
Voló la paloma
por cima la oliva;vivan muchos añospadrino y madrina.
Voló la paloma
por cima la fuente;vivan muchos añostodos los presentes.
Ponei, madre, mesa,
manteles de hilo,que viene tu hijacon el so marido...»
Encontró la joven en el umbral de su puerta dos sitiales enguirnaldados, y, por si nadie supiese el destino de ellos, advirtió muy oportuna la copla:
Sentaivos, madrina,
en silla florida;sentaivos, casada,en silla enramada.
Sentáronse, en efecto, las dos mujeres, siempre cargada Ascensión con el duro manto, que después de aquel día sólo en caso de enviudar debiera ceñirse para los funerales del consorte. Las mozas, colocadas en dos filas, cantaronel ramo, un armadijo de muchos corolines con ajaracas y dulces. Fué largo y triste el homenaje, salpicado de consejos y alusiones, y le recibió la moza muy recoleta y compungida, sin levantar los ojos del suelo ni sonreir al final de la canción:
«Guapa es la novia cual naide,
guapo el novio cual denguno;tengan hijos a docenasy a centenares los mulos.»
Mientras tanto, los jóvenes corrían en la era «el bollo» del padrino, un pan de seis libras en forma de pelele, con monedas de plata dentro de la cabeza.
Defendíanle los de la boda, al frente los «mozos del caldo», contra todos los corredores que se presentaban: reglas de tradición daban derecho a conseguirle. Cuando el vencedor hubo recogido las monedas del premio, distribuyóse el descabellado monigote entre los concurrentes, como fórmula que convertía a Máximo en vecino de Valdecruces: el alcalde pedáneo lo hizo constar así en un acta.
Todavía cantaron las mozas al llegar los del «bollo» a casa de don Miguel:
«Bien vengades, bien vengades,
bien venidos, que seyades...»
Habían colocado delante de Ascensión un profundo cesto de pan cortado en pedacitos, que ella repartía a cuantas personas se acercaban a decirle:
—¡Dios te haga bien casada!
Llegóse también la tía Gertrudis, y la moza, vacilandoun momento, dióle su parte con mucha delicadeza, sin tocar la mano extendida en fino saludo.
Algunas voces protestaron:
—¡Fuera la bruja!
—No azomar a la pobre—dijo una compasiva mujer—; la infelice perecería de hambre si no fuera por las limosnas del señor cura.
—Tien mucho rejo; no muere tan aina—rezongó Ramona—. Y a su lado advirtió una zagala:
—Creer en agorerías es pecado mortal...
Cuando el pan de la boda estuvo repartido, sirvióse una gran comida: a la clásica bizcochada de vino rancio siguió la interminable lista de viandas fuertes que en un mismo plato compartieron los novios. Por fin, a media tarde viéronse éstos libres de su parda vestidura matrimonial, que les fué perdonada a los postres del banquete, para que bailasen juntos hasta rendirse.
Ya la madrinahabía ofrecido. Con su moneda de oro sobre una rica bandeja, pasó delante de los invitados diciendo:
—Para la rueca y el uso.
Todos daban: hasta las de Salvadores pusieron sus pesetillas en «la ofrenda» general.
Luego pidió el padrino:
—Para los primeros zapatos del infante.
Y también hubo dones.
Es incumbencia de los «mozos del caldo» llevarle a la novia su ajuar hasta el nuevo domicilio; pero como la recién casada iba a vivir lindando con su madre, fué para los muchachos cosa de un periquete el cumplir esta galante obligación.
Desplegóse luego la danza en toda su brillantez por la ancha rúa, extendida hasta la iglesia desde la casa parroquial. La fuerte luz del sol y la majeza de los trajes daban al espectáculo matices de alegría y de rumbo, que faltaban al baile de la era. Aunque el recogimientode las mujeres tenía siempre un cariz de austeridad, parecían ahora menos cansadas y más felices. Los hombres, de punta en blanco, rozagantes y orondos, sin reir ni perder su grave actitud, rebosaban satisfacción: en la portezuela de sus chalecos las rosas tendían magníficos realces entre el plegado camisolín y la clásica almilla. Cenojiles, cintos y lazos, daban al viento la ferviente leyenda del amor, encerrada a veces en el cantarcillo popular:
«Ahí tienes mi corazón
cerrado con esa llave:ábrele y verás que en élsólo tu persona cabe...»
Empezó la danza por el «baile corrido», girando las parejas con un lento vaivén, lánguido y señoril, que terminó en compases de jota. Siguió el llamado «dulzaina»: las mujeres, de dos en fondo, dieron una vuelta en círculo; delante las doncellas, detrás las casadas, siempre abstraídas y mudas; iban los hombres en la misma forma, por el lado exterior del corro femenino, hasta que, a una señal del tamboril, buscaron parejas, escogiéndolas por orden riguroso, dos para cada uno, desde las primeras danzantes. Vino después la «entradilla», en la cual salen bailando los hombres y luego acuden ellas a buscar mozo: es el baile de los rubores y las zapatetas; las muchachas procuran elegir a los parientes más próximos, hermanos si es posible. El corro característico de las bodas le componen las mujeres sin bailar, de una en una, tocando las castañuelas: abre marcha la madrina, sigue la novia y van las solteras en último término detrás de las «mozas del caldo». Esta rueda no se interrumpe cuando intervienen los bailadores desde la orilla para danzar con dos mujeres, bordando las figuras en jeroglíficos y detalles de clásico sabor y mucha honestidad.
En el fondo de la rúa castellana, bajo los resplandores crudos de aquel cielo de añil, adquiría la artística diversióncaracteres de rito, fabuloso perfume de romance, al que prestaba marco insigne la torre parroquial con el sagrado nido de la cigüeña. Mas, de pronto, en un breve descanso del tamboril, iban los hombresa echar un netosobre los manteles de la boda, siempre extendidos; y mientras esperaban jadeantes las mujeres, el encanto de la danza se deshacía y el aroma del culto viejo convertíase en vulgar olor a vino de Rueda, con agrio tufo a carne trasudada.
Así pasaron las horas. El escaso público que no tomaba parte activa en la fiesta iba cansándose, pero nadie osaba decirlo: seguía corriendo la pólvora, y los espectadores seguían fijando los ojos en el baile con atávica devoción.
Habíase apartado don Miguel en su aposento con la disculpa de un leve malestar, aunque no quiso perdonarse de tomar café con el padrino y dirigir desde los balcones alguna curiosa mirada hacia la fiesta. Vió aMariflory su prima del brazo, ambas con el semblante fatigado y mustio, recostadas en el atrio de la parroquia. Las hubiese invitado a subir, mas, huyendo la tristeza inconsolable de los garzos ojos, limitóse a mandar que las ofrecieran sillas.
Esta previsión colocó a las jóvenes en el punto más visible entre la concurrencia, bajo el dintel de la casa ornamentado con ramaje de chopos y negrillos, difícilmente logrado y ya moribundo.
La preferencia del lugar causó a las favorecidas alguna inquietud, porque, de soslayo, iban las curiosidades a perseguir con mayor ahinco el apartamiento de las dos zagalas bellas y tristes.
—¿No acabará esto pronto?—dijo molestaMariflor.
—¡Quiá, mujer!; veráste tú: agora bailan hasta la noche, luego cenan mucho, y todavía cuando están acostados los novios, van los «mozos del caldo» a llevarles gallina en pepitoria.
—Ya, ya; ¡linda costumbre!...
—¡Y comen della!...
—Pero tú y yo nos marcharemos en cuanto caiga la tarde, porque te va a hacer daño el relente.
—No podremos dormir: la mocedad aturde a los vecinos con los trabucazos, y en cada puerta llama pidiendo aves para la tornaboda.
—Sí; ya sé que si no se las dan las cogen.
—Son derechos del novio... Mañana será la misa tempranico, y los parientes de los desposados llevan la ofrenda al señor cura.
—Eso no lo sabía.
—Un cuartillo de grano o poco más: después se repite la fiesta de hoy.
—¿Tan solemne?
—Con menos ceremonias: sólo que una moza del caldo baila, llevando consigo lapica, que luego se reparte, un pastel pintado de rojo...
Calló Marinela, negligente y cansada, suspiró Florinda y comenzó la tarde a palidecer. Ya iban ellas a retirarse: esperaban una ocasión para despedirse, cuando el tío Fabián se detuvo allí, extendiendo una carta:
—Es para el señor cura—dijo—. ¿Quién la recoge?
Mariflor, de un vistazo, conoció la letra: era de su padre. Y repuso:
—Yo la subiré; don Miguel debe de estar arriba.
El viejo, entregándosela, musitó:
—Mejor te daba una para ti, paloma.
Desapareció la joven sin responder, y había dominado apenas su emoción cuando llamó a la puerta del sacerdote, no poco sorprendido de la visita. Dentro de la carta venía, como de costumbre, otra paraMariflor; sin sentarse, leyeron impacientes cada uno la suya. Después se miraron, y fué la muchacha la primera en hablar:
—Dice que me case con Antonio...
Sonaron las palabras con una amargura indescriptible.
—Será un consejo.
—Es una súplica: mi padre se hunde y me pide auxilio.
Tendió la carta, señalando con un dedo temblón los suplicantes renglones «... hija mía; sálvanos a todos, y yo aseguro que en recompensa a tu sacrificio Dios te hará feliz».
Con profunda lástima levantó el cura los ojos hacia la moza.
—Lea usted lo que escribe antes—murmuró ella.
—Sí; me lo figuro: tu primo le propone reforzar aquel negocio con el capital necesario y bajo la condición de vuestra boda.
—¿Se lo cuenta a usted?
—Como a ti.
—¡Nada, que ese hombre me quiere comprar!
—No te agravie su procedimiento: con él te da una prueba inaudita de estimación.
—¡Pero yo no me puedo vender!
—Díselo a tu padre honradamente.
—¡Dios de mi alma!
—Piensa que no estás obligada al sacrificio,
—¿Sacrificio?... Mi condescendencia no sería virtud, ya que Rogelio me abandona.
Se inclinó sollozante: en sus lágrimas hervía una terrible desolación.
Don Miguel protesta conmovido:
—Sí, sí; el que voluntariamente rinde su libertad se sacrifica.
—Es que no soy libre: le juro, señor cura, que padezco una tremenda esclavitud... Ya ve usted cómo «se ha portado»; pues no importa: ¡le quiero, le quiero; no me puedo casar con otro... es imposible!
—Tranquilízate, niña: vete en paz. Yo escribiré a tu padre cuanto sucede.
—¡Dígale que no consiste en mí; que mil vidas dierayo por él; que me muero de pena al negarle este favor!...
La ahogaba el llanto; procuró el sacerdote calmarla con exhortaciones de mucha piedad. Despidióse la muchacha en cuanto pudo, y salió diciendo:
—¡Harto le mortifico a usted: Dios le recompense!
Como la sombra había ganado ya las habitaciones, desde el rellano de la escalera alumbró don Miguel con cerillas para queMariflorbajase.
Iba desalada; huyendo de las luces de la cocina y el «cuartico», deslizóse al través del portal, hasta asir el brazo de Marinela y hundirse juntas en el sosiego oscuro de las calles.
Era tan visible la congoja de la enamorada, que su prima le dijo con susto:
—Pero qué, ¿trajo malas razones la esquela?
—No, no.
—Vienes tribulante: bajabas a modín como escondida.
—Por no despedirme... ¡tengo tan poco humor! Mañana daremos una disculpa...
—Madre también fué para casa... Oye: ¡qué triste es una boda!... ¿noverdá? A mí me hace duelo sin saber por qué...
Mariflorsólo pudo contestar con un suspiro.