TERCERA PARTELA FLOR LATINA
Paralos sibaritas del pensamiento y de la emoción, no existe en toda la redondez de la tierra ningún espectáculo tan elocuente; ningunaestacióndepsicoterapiatan propicia á las meditaciones filosóficas ó mundanas; ningún jardín espiritual tan curioso ni soberbio como la gran capital latina, lecho muelle y suntuoso donde la antigua sabiduría, después de haber amamantado al mundo en sus opimos pechos y robustecido tantos ideales de pálida tez, agoniza entre pompas y esplendores, conservando orgullosamente la belleza del gesto. El brillante y amable espíritu de la Hélade y del Lacio, muere entre encajes y sederías como un viejo marqués Pompadour exquisito y crapuloso, cruel y sensual.
Por muchos conceptos la flor de la dulce Francia, la Ciudad Luz, París es el símbolo y el término de la civilización greco-latina; el óptimo fruto de la cultura espiritualista, ornamento de los pueblos, caballerescos, refinados, sentimentales, galantes. Su vida integral, multiforme y complejísima, es así como el extracto ó substancia psíquica de aquella concepción platónica del universo, que ya en los albores, llevaba en las entrañas los gérmenes fecundos del amor de la razón y la belleza, y sus forzosos derivados: las elegancias intelectuales y los refinamientos de la sensibilidad. La metrópoli de las perspectivas armoniosas, delata, aun á los ojos menos expertos y hasta en los más ínfimos detalles, la elegante preocupación del sibaritismo mental. No sólo es voluptuoso el corazón sino también el cerebro. De losboulevardsmagníficos, hirvientes y sonoros de afiebrada muchedumbre, y de las calles modestas en que los anticuarios exponen sus costosas baratijas; de los inmensos museos, verdaderos panteones de las civilizaciones fenecidas, y de las iglesias viejas y milagreras como reliquias de edades santas; de las mil exposiciones de arte, que avivan el deseo de la riqueza y los gustos costosos,y de los bosques encantados, que repiten gozosamente las escenas de Watteau; de las canciones, de los teatros, de las fiestas, como de los gestos rítmicos de las damas arrebujadas en cebellinas de cien mil francos, ó del tocado simple y encantador de las modistillas, que muestran al atravesar el arroyo las piernas más picantes éinteligentesdel mundo; de todo transciende, al modo que el incienso del vaso sagrado, el culto de la forma, el sentimiento de las proporciones, el placer de pensar, la pasión de vivir voluptuosamente. Lo mismo en las salas del Louvre, donde reinan Lancret, Fragonard y Pater, que en los jardines de Le Nôtre, donde susurran las fuentes de la Arcadia y cantan los ruiseñores de Ronsard y Verlaine; que en los grandes coliseos ó en los pequeñoscabarets, se aprende á sentir y amar la vida bella y risueña. Los escaparates dan lecciones de buen gusto, ni más ni menos que las perspectivas majestuosas de los Campos Elíseos, ó las maravillas en piedra labrada como los ébanos y los marfiles, ó los parques deliciosos, poblados de amorcillos traviesos y ninfas desnudas. Las mujeres que pasan son como cuadros firmados por La Gándara y Boldini. En un coche va el amor.El placer se respira. Mas, de vez en cuando, una impresión fuerte, una mole gloriosa: el Arco del Triunfo, la columna Vendome, dan el escalofrío heroico de la Revolución ó de las águilas imperiales, y hacen pensar que los galos tomaron siempre á pechos el ser valientes y el desdeñar la vida, y que desde muy antiguo supieron «caer, sonreir y morir».
Cuando Emerson dijo que «el mundo era una precipitación del espíritu», pensaba, sin duda, en el dulce país de Francia. Palacios encantados de reyes galantes y favoritas pomposas; cortes de las Margaritas de Navarra; marquesas de Montespán y de Pompadour; heroísmo de la Pucelle; risas rabelasianas; lágrimas ardientes de Juan Jacobo; peregrinajes de las Charmettes y de la Malmaison; valles rientes, florestas embalsamadas, montañas de la Saboya de flancos cubiertos de verdura y cuyas calvas cimas coronan los oros del sol ó disimulan las pelucas empolvadas de las nubes, ¡dulce Francia! Ningún pueblo hizo lo que tú poraccordar las inexorables leyes del universo á los deseos caprichosos del corazón. ¡Tu historia es la más sentimental, noble, romántica y á una la más femenina y heroica! ¡Amable Lutecia!¡Quién puede resistir á la sugestión de sus ideólogos, al encanto de sus poetas, al prestigio y magia de sus artistas! Las ideas francesas, aun las frívolas, nos seducen por su coquetería y travesura como esaspetites femmes blondesvestidas por Paquin. Son ideas apasionadas y cariciosas, que amamos cuasi carnalmente y con todas las debilidades de los corazones amorosos, cual á las mujeres venidas al mundo bajo el signo de Venus, nacidas para encantar, y que continuan pareciéndonos buenas y deliciosas hasta en sus ingratitudes y perfidias. De modo que, cuando las peregrinaciones por el mundo del pensamiento alejan á los Don Juanes del saber de losboudoirs rococós, aun poseyendo á la ansiada verdad en suntuosos lechos, se deplora no haber permanecido fieles á las ideales damas que han ejercido en la sociedad entera la misma suave influencia que en Francia las preciosas del Hotel de Rambouillet. Ellas se obstinan en la amable compañía del arte, de la literatura y del amor, y contra el imperialismo teórico y práctico de todas las clases, en desarrollar como antaño, casi exclusivamente, el espíritu y la emotividad. De ahí un pueblo de razonadores y artistas; de fraseadores y voluptuosos; de ahíel erotismo floreciente en la vida y las letras, y las hemorragias de la palabra, que calman las fiebres sentimentales de la humanidad y debilitan las energías viriles de los franceses; de ahí la sociabilidad francesa, porque la sociabilidad «es cosa que nace de la mezcla dichosa de la inteligencia y la sensibilidad». Y como en sociedad lo primero es la mujer, ésta ha tenido, y sigue teniendo, dominante influjo sobre las ideas y costumbres, dulcificando las unas y las otras y prestándoles á los dos un encanto femenino, y como femenino, voluptuoso.
Noha menester vasta ciencia histórica ni mayor penetración psicológica, para constatar la importancia de los materiales femeninos introducidos en la arquitectura del alma francesa, desde Clotilde, la cristiana esposa del bárbaro Clodoveo, y Eloísa, la apasionada amante del bello y castrado Abelardo, hasta la falange de las favoritas reales, las heroínas de la Revolución y las condesas porta-liras, que reinan actualmente en el Pindo francés y le comunican á la juventud sus fiebres líricas y embriagueces dionisiacas.
La llama erótica de Eloísa, á cuyo sepulcro han ido á recoger florecillas todas las generaciones románticas, se comunica á los fornidos pechos medioevales; los calienta, enternece y prepara, en cierto modo, para recibir el paneucarístico de las costumbres galantes y el espaldarazo de la caballería. Las esclavas del rudo señor salen del encierro de los almenados castillos, incrustados en las rocosas cumbres, hoscos y solitarios como los nidos de los buitres, y empiezan á presidir, prodigando las gracias que inflaman el coraje y encienden los apetitos, las justas, los torneos, las cortes de amor. Los pajes suspiran; los caballeros quiebran lanzas por los ojos ensoñadores de las damas ó madrigalizan á los pies de ellas, hincada la rodilla en cojines de galoneado terciopelo. Los trovadores dicen cosas tiernas y sutiles. Así se amansa la braveza de los instintos, ablandan los caracteres duros y rijosos y elaboran los sentimientos delicados que luego pulen y refinan reinas amables, marquesas amantes de las cosas del espíritu, favoritas fastuosas, protectoras de las artes y las letras y cortesanas que por ser muy conversables y donosas, reunían en torno suyo como Safo y Aspasia en la antigüedad, lo más granado de la nobleza y la flor y nata de los ingenios.
La sociabilidad francesa, con su carácter y matices propios, es la obra casi exclusiva de la mujer: su expresión más culminante y acabada son los salones. Gracias á ellos la influenciafemenina se ejerce, no sólo en las artes y las costumbres, sino también en las ideas y hasta en la política. Los Saint-Simón, los Michelet, los Goncourt, los Du Blet nos dicen al respecto cosas muy curiosas y amenas. En las minúsculas cortes de la marquesa de Rambouillet y las preciosas que recogieron la herencia de la famosachambre bleue, donde Corneille leyó el Poliuto y pronunció Bossuet su primer sermón, se forma el buen gusto y adquieren las bellas maneras, elegancias sentimentales y gracias, en fin, que transforman el trato en don de gentes, la conversación en arte, la fría urbanidad en graciosapolitessey el talento enesprit. Yesprit,politesse, don de gentes y arte de la conversación, llegan á hacerse cualidades genuinamente francesas, acrisoladas bajo la égida de la mujer, y que bien observadas podrían explicar, por la sociabilidad y todo lo que ella entraña y de ella se desprende, las virtudes y vicios, las flaquezas y heroísmos, la vanidad y el amor del género humano de la antigua Galia, nación de vanos tumultos, como la llamó Cesar, y tan amante de la sociedad y los bellos discursos, que á uno de sus dioses se le representaba aprisionando á los hombres con las cadenas que salían de su boca...
Peroantes del invento del salón, las Margaritas de Navarra, laMignonnede Francisco I, autora de innumerables poesías y del picante «Heptamerón», y la adorable Margot, la esposa repudiada del caballeresco Enrique IV, escribían sus versos y sus prosas rodeados de amigos y admiradores; sociedad amable y brillante, que impone sin violencia el gusto y las modas á las cortes de los reyes, y en la que figuran, para realzar su prestigio, los espíritus selectos de la época: poetas, artistas, filósofos que se agrupan en torno de las reinas galantes, como luego La Fontaine, Molière, La Rochefoucauld y tantos otros en torno de la sin par Ninón. Y lo que son para las letras, las artes y el amor—cosas que anduvieron siempre juntas y en muybuena armonía,—la divina Diana de Poitiers en el Renacimiento, la demoniaca Montespán en la corte de Luis XIV, la Pompadour en el sigloxviiiy madame Tallien en el Directorio, lo son para sus tertulianos y protegidos, las marquesas de Rambouillet y de Sevigné, las Lenclos, y más tarde las Warrens, las de Genlis, las Staël y hasta la misma Theroigne de Méricourt, la famosa patriota, cuya casa frecuentaban los principales hombres de la Revolución, y á quien una maquinación diabólica de sus rivales, una azotaina en público á sayas levantadas, cortó su heroica carrera y hundió para siempre cubierta de oprobio, en las tinieblas de la locura.
Los salones honran las artes y las letras, y antes que las academias, depuran y afinan la expresión por medio de lacauseriey consagran la gloria de los escritores. Dulcísimas señoras ponen con sus blancas manos el laurel en la testa de los vates y artistas; lanzan á los cuatro vientos de la fama los nombres y los libros, y dan pábulo y libre curso de mil maneras á la emotividad romántica y las modas sentimentales que, andando al tiempo, hacen estallar las revoluciones. Sin la sensibilidad femenina preparada prolijamente por laspreciosasy la literatura,por las conversaciones amatorias y el hechizado influjo de los Amadises, las Astreas y las Cartas du Tendre, donde se aprende la geografía del corazón y los bizantinismos galantes; sin las blanduras emotivas de las novelas de Melle, Escudery, ni las endechas, ni los madrigales, ni la atmósfera sentimental creada por la casuística amorosa y los discreteos filosóficos de los salones, es muy difícil que la «Nueva Eloísa» y el «Contrato Social», hubieran tenido tan hondas repercusiones en el sigloxviii. Pero este es un siglo en el que reina la mujer en absoluto, y con ella el sentimentalismo, el capricho y la pasión; gérmenes de la sensiblería y el misticismo social que habían de florecer lozanamente en el alma femenina de Juan Jacobo, encontrar luego su fórmula política en los principios de la Revolución y la expresión poética en el romanticismo y sus retoños.
Nodeja de ser una coincidencia curiosa, que entre los amigos de la mismísima Pompadour, en el propio Versailles, en el pequeño departamento del Dr. Quesnay, médico de la favorita y privado del Rey, se discutiesen los problemas sociales y económicos menos ortodoxos y expusiesen en violentas diatribas, las doctrinas más amenazadoras para la religión y la realeza. ¡Ironía de las cosas! Bajo el techo de la cortesana real, pero al mismo tiempo de la amiga de Voltaire y los filósofos, se oyen los primeros rumores de la tormenta revolucionaria. Luego las cabecitas empolvadas, los tiernos corazones que Rousseau habíafondus et liquéfiés, acogen incautas en sus salones á la Revolución como habían acogido á la Enciclopedia, según la exacta frasede Goncourt. Minúsculas guillotinas, manejadas por afilados dedos cubiertos de sortijas, cortan en esfinge, antes que M. Samson, la cabeza de Robespierre y Bailly, y entre risas de cristal mojan los pañuelitos de batista en la roja y olorosa sangre que brota del cuello de los monigotes decapitados. Son las mismas frágiles, irreflexivas y apasionadas muñecas que aprenden en el «Emilio» y la «Nueva Eloísa» el amor del pueblo y la bondad natural del hombre; hacen bonitosbijouxcon las piedras de la Bastilla derrocada, y oyen y discuten las arengas que han de pronunciar sus contertulianos en la Asamblea nacional y en los clubs revolucionarios. Cada salón es un ardiente foco de ideas subversivas. Encumbradas burguesas y hasta linajudas damas, siguen la vertiginosa corriente de la moda, sin curarse poco ni mucho de las predicciones, hoy tenidas por posteriores á los hechos—bien que acaso no lo fueran en su espíritu al menos,—que La Harpe ponía en boca de Cazotte sobre el próximo reinado de la Filosofía y la Razón, al fin de un banquete opíparo y jovial: el verdugo para Condorcet, Chamfort, Bailly, Malesherbes allí presentes; el verdugo, sin confesor, para la duquesa de Gramont que reía, creyéndose porsu sexo al abrigo de aquel terrible vaticinio; el verdugo para el rey de Francia... Las repulidas damas de las cortesías Luis XV y de los lunares postizos, sólo piensan en el retorno á la naturaleza idílica, en la dicha universal, acaso en el amor libre. Quien no recuerda el salón de Madame Necker, donde discutían con la hija de la casa, la autora de Corina, el abate Sieyes, Parny, Condorcet; el salón de Mme. de Beauharnais, autora de eróticos libros, y cuyos tertulianos ocupan los venerables sillones en que antes soñaron Jean Jacques, Mably y Buffon; el salón de Mme. Helvetius, electrizado por la verba ardiente de Chamfort y Cabanís. En tales cenáculos no reinan ahora las amables musas que inspiraron las gavotas y los minués, sino las furias de la elocuencia revolucionaria, excitadas por el sentimentalismo de las cabecitas locas. Ellas inflaman aturdidamente el espíritu de la Revolución, como más tarde, sin saberlo, tresmerveilleusesligeras de cascos y de no mucha sal en la mollera, le dan el golpe de gracia al decidir, en un salón del Directorio, el envío de Bonaparte á Italia, con lo que terminó la tiranía de la libertad y cambió la faz del mundo.
La frase de Michelet: «La mujer es la fatalidad» no es una mera frase en la apasionada historia de Francia. Reinas, favoritas, grandes señoras, vírgenes y cortesanas tuvieron, aun haciendo caso omiso de la política deoreillery del prestigio social, pública y decisiva influencia en tan graves convulsiones como la Reforma, el Renacimiento, la Revolución, por no citar sino los acontecimientos más universales; ó inspiraron personalmente, como la imperialista Pompadour, voluntad heroica en débil cuerpo femenino, todo un arte y toda una política internacional, aquella célebre política, fracasada en la desdichadísima guerra que tanto amenguó á la Francia, y que la divina marquesa seguía ansiosamente en un mapa, marcando las posiciones estratégicas con sus lunares postizos de engomado tafetán.
Con eso y con todo, la influencia honda y durable de lasvírgenes sagesófolles, no es la visible, la que se ejerce en el areópago de la plaza pública, mas la oculta é íntima; la que afemina el sentimiento rudo de los hombres por medio de las gracias de la conversación, dulzuras de la amistad, hechizos amorosos é influjo del arte, que ellas inspiran y que se dirige principalmente á ellas. En achaques de belleza soná la vez musas, Mecenas y público, el público soñado por los artistas, porque el arte es cosa que atañe á la emotividad, no á la inteligencia, y ellas, por instinto, prefieren el sentir al pensar, el ensueño á la acción, el arte á la vida. Las criaturas débiles en los ásperos dominios de la realidad, adquieren por sus mismas flaquezas naturales, misteriosa gracia y extraño poder en el reino del sentimiento y la ilusión. Su mundo propio es el de la sensibilidad y la quimera, y como los mil matices de la ternura, los deseos vagos, las nostalgias sin nombre, los ardores de los sentidos, todo lo que contribuye á desarrollar, en último término, la facultad deldesgarramiento interior, es fuente de líricas efusiones y velados erotismos, no es mucho que en el pueblo sociable por excelencia sea ese extracto de lo femenino que se llama la parisiense, la eterna inspiradora de poesía y la maestra de las sensibilidades artísticas y aun podría decir masculinas, ya que á su contacto y por su virtud unas y otras se pulen, quintaesencian y convierten en prodigiosos receptáculos de emociones.
Muchos géneros literarios, aparte de la poesía lírica, el drama y la novela, que directa óindirectamente inspiró siempre la mujer, nacen como las Memorias, Correspondencias, Diarios y Confesiones de la dulce necesidad de darle suelta á los sentimientos afectuosos y conversar con elegancia, adquirida en el ambiente amable de los salones. Por esto y por lo asentado arriba, una buena parte de la literatura y, en general, el temperamento artístico, vienen á ser así como los grandes y maravillosos espejos en que la mujer se mira y que reflejan la imagen de la seducción. El poeta, su hermano y generalmente su obra, es un á modo de intermediario entre ella y el resto de la humanidad, que por él conoce los secretos de alcoba de la mujer, y á la que él inocula el virus de las debilidades y seducciones de ésta. ¡Curiosa colaboración! Este consorcio de lo femenino y del arte, induce á pensar obstinadamente en las afinidades del artista y de la mujer—ambos son criaturas débiles, apasionadas y quiméricas, especie de andróginos que, por partes iguales, participan de los mismos defectos y las mismas excelsitudes de aquellas dos naturalezas y condiciones,—y sugiere la sospecha de que tal vez constituye una seria amenaza para el porvenir de un pueblo, el que predominen en él los elementos morales, de que Platón,juzgándolos turbadores y debilitantes, quería purgar enérgicamente á la república. Lo que parece indudable es que la influencia femenina y la influencia literaria se confunden, compenetran y asocian para introducir sutilmente en la formación del alma francesa, la literatura por medio de lo femenino y lo femenino por medio de la literatura. Eso explica muy cumplidamente el triunfo manifiesto de la mujer y del arte en la «Ciudad Luz», y este fenómeno curioso y sin precedente en la historia: la supremacía de la mujer en las bellas letras.
Taleshechos, producto del connubio secular de Apolo y Afrodita, parecen las floraciones estéticas de una civilización dulce como las mieles, suave y grata como la piel de los cebellinas. Son las opulentas rosas y las turbadoras orquídeas que sólo podían brotar en el jardín de Francia, en una tierra preparada por las exquisiteces sentimentales de muchas generaciones para sentir, pensar armoniosamente y creer con fervor en el culto del alma y la religión de la belleza.
Desde abajo á arriba de la escala social, el arte, la literatura y ese lujo de la inteligencia que se llama elesprit, por medio de los mil espectáculos públicos, diarios, revistas, conferencias,causeries, exposiciones de toda índole y libros de toda suerte, refinan á porfía las sensibilidades y desarrollan la facultad de comprender. Losclichésliterarios son de uso corriente en todas las clases. Los términos escogidos han pasado al patrimonio común del lenguaje vulgar. Las modistillas pizpiretas y las pesadas porteras hablan con las repulidas expresiones y ademanes preciosos de las marquesas Luis XV, y las marquesas escriben con tanto donaire y travesura como madame de Sevigné. La estética de losboulevards, las canciones tiernas ó libertinas, las cortesanas que pasan, dejando tras de sí como una estela de elegante sensualismo, hacen en el pueblo lo que en la crema de la sociedad la última comedia de Capus, la música dislocadora de Pelleas y Melisanda ó los templos de laruede laPaix. No creo que en ninguna parte ni en época ninguna, la facultad de sentir sin esfuerzo, comprender en un abrir y cerrar los ojos y expresar fácil y graciosamente hayan llegado nunca á tan rara perfección. Chistes, alusiones, sutilezas; matices de la ironía y del sentimiento, nada escapa al público que en los domingos populacheros ó en lassoiréesde gala, invade los grandes ó pequeños teatros de París. Antes que las palabras hayan concluído de salir de la boca del actor ó del conferenciante, yahan sido cogidas al vuelo y á veces comentadas con un chiste, una exclamación oportuna ó una sonrisa graciosa y escéptica, mientras que los ojos, siempre inquietos y burlones, descubren los flirteos de los palcos y juzgan de los tocados, moños y perendengues de toda la sala. Es un público, sobre todo si abunda el bello sexo, erudito y alerta, que conoce al dedillo los autores, los géneros, las obras, clásicas y modernas, las últimas novelas, «Las Flores del Mal» y las «Fiestas Galantes»; y que habiendo macerado su corazón en ese artificio literario y mezclado toda esa literatura á la vida, se ha hecho extremadamente comprensivo, vibrante y extrasensible á las manifestaciones de lo bello.
Mas como «la belleza es toda la mujer», la emoción estética, después de pasar por los mil filtros del cerebro y del alma, hacia la mujer va callada ó ruidosamente, como el agua del deshielo corre de las yermas alturas á los valles floridos. El Arte y la Literatura la glorifican y viven postrados á sus pies. El uno es su paje, la otra su esclava.
Elamor de la forma, puede decirse que remataba entre los helenos en las líneas armoniosas de la criatura humana, en el desnudo; el mismo amor entre los parisienses se hace general y concreta en las elegancias del tocado femenino. La religión de la belleza se transforma en religión de la mujer; sobre todo de la mujer elegante, de la que pasa su vida en casa de los modistos, joyeros y toda laya defournisseurs; y duerme con guantes ó careta para afinar el cutis, y se amasa cruelmente, y martiriza el estómago y el cuerpo, y gasta millones para componerse una silueta propia, realzar su belleza por todos los medios, y darle al mundo la peregrina sensación de la elegancia, de una elegancia que es como el perfume delicado de un viejo vino, laflor encantada y efímera de una civilización secular.
Los sabios, los moralistas austeros no saben apreciar tan grandes sacrificios ni las transcendencias de latoilette. Son hombres eminentemente cultivados, pero sin fineza ni distinción moral. Llaman desdeñosamente vano y pueril al arte que se sirve de todos los otros y pone á contribución las más peregrinas aptitudes para encantar; sentimiento del color, de la línea y del matiz; gusto seguro de la alhaja y del moño; ciencia acabada del trapo, del gesto y la actitud; dominio perfecto de las elegancias estéticas que constituyen elchic; imaginación y osadía en el arte deplaire, y por medio de la armonía de los colores y la cadencia del pliegue, plasmar la voluptuosidad del cuerpo, la coquetería del espíritu y las gracias del alma. Lo que parece pura frivolidad, es asunto gravísimo: una religión misteriosa, que obedece á muy hondas necesidades éticas y que tiene sus templos, ritos, sacerdotes y pitonisas. París es la Meca de esa religión ligera y sutil. Las tiendas de los modistos, joyeros, fabricantes y vendedores de artículos femeninos, son las capillas ardientes del gusto de Francia, y los pontífices: la muchedumbre deescritores, artistas, industriales y obreros que trabajan en la realización de la belleza más perceptible y necesaria acaso á la especie: aquella que entra por los ojos y golpea las puertas de la sensualidad.
Es el mundo de la Gracia dentro del mundo del Esfuerzo, y que explota y esclaviza á éste. De los rincones apartados y huraños del globo, de los bosques salvajes, de las entrañas del planeta, del fondo de los mares, de las estepas heladas, de las arenas candentes, de las cumbres solitarias, de los talleres populosos como ciudades; salen las piedras de irisados colores, las pieles costosas, las perlas pálidas y dulces como niñas anémicas, los corales, marfiles, las maderas olorosas, las telas y sederías, y los encajes tan primorosos, tan sutiles que diríanse hechos de suspiros y de sueños; y todas esas preciosidades de la naturaleza y la industria vienen á depositarse á los pies de la parisiense, la cual con un arte infinito é inagotable invención las combina de mil maneras, las dispone sabiamente y anima de una vida extraña y voluptuosa, como si le comunicara á los materiales bellos, pero inertes el calor vital y el erotismo de su cuerpo. Y esos materiales, dóciles á la magia de las manos diminutas, operan el supremo milagro de hacer palpables todos los aspectos de la hermosura femenina, transfigurándola en una perpetua metamorfosis que, al multiplicar los encantos y seducciones de la mujer, dilata su imperio estético y eleva la frívola coquetería á la dignidad de un sacerdocio.
Ella lo sabe. Ella sabe que los elegantes tocados y la atmósfera encantada de lujo y refinamiento, son las investiduras y el ambiente sagrado de su alto misterio de sacerdotisa de la Belleza. No ignora tampoco que sólo la ciencia delchiffonsatisfará plenamente su ingénita necesidad de hacer prisioneros y atarlos al carro de guerra de su hermosura triunfante. Respetos sociales y homenajes masculinos le vendrán de la fama de elegante, porque ser elegante es uno de los privilegios y títulos envidiables á los ojos parisienses. La soberanía de la elegancia no se discute. Y de la elegancia lo esperan todoles casques dorés, ya que por medio de ella, como los pintores por medio del color y de la línea, provocan las sensaciones que les pide un público de emotivos y sibaritas, y expresan elocuentemente lo que son, lo que quieren, lo que pueden...
Las magnificencias de París forman el ornado marco que mejor cuadra á la belleza viviente, la más costosa y artificial. Hasta la luz suave, como pasada por filtros de ámbar y ópalo, parece que fué hecha para disminuir la crudeza de los colores, la rigidez de las líneas y envolver la silueta femenina en una penumbra misteriosa. Millares de criaturas presas en talleres sombríos y sórdidos tugurios, trabajan y aguzan el ingenio para hermosearla y hacerla fina y eterea. Es la obra nacional. Grandes y chicos contribuyen á ella más ó menos directamente. Todo espectáculo es un pretexto para el torneo de las Gracias. Toda fiesta una ocasión de afirmar el imperio de la Elegancia y del Gusto, y establecer la reñida supremacía de Paquin, Doucet ó Redfern: monarcas del figurín que se disputan el cetro de Luis XIV y el globo de Carlomagno.
Lofútil, el detalle nudo y vacuo al parecer, pero lleno de psíquica jugosidad si se observa con ojo experto, revela á veces lo que no descubren hechos importantísimos, libros venerables ni mamotretos de copiosa ciencia. Decía un gran pintor que «el verdadero arte comienza allí donde pequeños toques producen grandes cambios». Acaece algo semejante en las cosas de la vida y no es muy zahorí el observador de ella á quien lo ínfimo no sugiere lo transcendente, ni ve en lo frívolo el cristal, que dejar suele en las costumbres, la ebullición y luego el enfriamiento de las grandes causas. Es por este orden de razones que no me parece desprovisto de sal ni miga el espectáculo curioso, aunque nada ajeno al ambiente de losmeetingssportivos, que tuve la fortuna de presenciar en el hipódromo de Trouville.
Era una gozosa confusión, un mareante vaivén de trajes vaporosos, sombreros como canastas de flores y blanquísimos zapatos que corrían como albos conejitos de la India sobre el verde riente de laspelouses. La donosa y opuesta muchedumbre giraba en torno de los resplandecientes atletas delturf, bestias finas, artificiales y como tallados primorosamente en maderas duras, é invadía luego las casillas del Pari-Mutuel, donde á cambio de algunos francos, hasta á los humildes mortales les era dado sostener un trágico cuerpo á cuerpo con el Destino y gustar un minuto la vida intensa de los héroes y los dioses... Pero de pronto se produjo un tumulto extraño y luego una especie de remolino de curiosidad que atraía á un punto delpadockal público disperso. Las gentes acuden presurosas, las cabecitas de Helleu se apiñan, los labios rojos como fresas murmuran un nombre y los ojos agrandados por elkohl, se abren extáticos como ante una aparición celestial. ¿Qué era? Era madame Paquin, la Emperatriz de la Moda, que aparecía por primera vez en público después de la muerte de su bello y perfumado esposo. Vestía de medio luto, traje blanco adornado de terciopelo, tricornio negro con triunfal pluma blanca: el conjunto una maravilla de lujo, exquisitez y refinamiento, subidos de punto por las garrafales perlas de las orejas y el collar de quinientos mil francos. Sonriente, segura de sus impecables actitudes y prestigio único sobre las imaginaciones femeninas; sabiendo que todas sus esclavas le pedían algo sumisamente, dejábase contemplar al desgaire prodigando á uno y á otro lado principescas sonrisas, mientras con la falda recogida en una mano y en la otra la sombrilla, cuyo puño de azabache conservaba con un gesto de virgen púdica á la altura de la boca, avanzaba lenta y rítmicamente, elevando las piernas á la manera clásica de losmannequinspara posar luego los pies con mimo sobre la verde alfombra. Y cada movimiento y cada nueva actitud eran como una lección práctica de estilo y encantadora fragilidad. Las duquesas, las archimillonarias yanquis, las artistas célebres, las cortesanas de alto coturno y, finalmente, los hombres se inclinaban á su paso. Allí no habían méritos ni títulos que no se eclipsaran, ni testas que no seabatieran ante la diosa taumaturga de la belleza femenina. Ella imperaba sola.
En medio del oro de la tarde, aquella escena tomó de súbito á mis ojos la augusta significación de un símbolo: el de la Francia depositando sus ofrendas á los pies de la Voluptuosidad.
Si«la belleza es toda la mujer», ó como dice Gourmont: «la belleza es una mujer y la mujer es la belleza», pero como la mujer es el amor éste es el término fatal delestetismoparisiense. ¡Qué mucho que el niño ciego impere como único dios en la gran ciudad latina! Mas no se trata del infante terrible que disparó sus flechas en las ariscas lomas y mansos valles de la Hélada, sino de un amorcillo muy civilizado y donoso que lleva su carcaj repleto de romances, epigramas y madrigales. Cómo habían de resistir los líricos corazones al Tentador que se sirve para encantar de los filtros y sortilegios del Arte y la Poesía. No cabe sino que triunfe, y en realidad triunfa soberano en la literatura y la vida. Unacomedia sin conflictos amorosos ni tocados elegantes no dura en los carteles; las novelas sin dramas pasionales ó picantes escenas de alcoba no se leen; los versos sin erotismo no llegan al alma; la música sin embriagueces ni escalofríos voluptuosos no prende sus líricos garfios en los oídos. De esta suerte el niño desenfadado dicta las modas sentimentales. El teatro, el arte y los libros son como academias de voluptuosidad y escuelas de casuística amorosa en las que se enseña á percibir doctamente los variados matices de la sensualidad, desde el traviesoflirt,les passionettesy las dulzuras de laamitié amoureuse, hasta los desatados impulsos del corazón y los bizantinismos galantes. Como complemento y remate de esta educación sentimental, también se aprende de una manera no menos docta ni prolija, la ciencia de la expresióncaliney el arte de la cariciaendormante. Y este arte y aquella ciencia constituyen, lo mismo que elchic, uno de los monopolios de la fina sensibilidad y linda imaginación de la parisiense, alada imaginación que ha enriquecido la lengua con una cantidad de desmayadas expresiones y dotado la plástica de gestos y actitudes que son como las grandes iniciales del breviario erótico.
Así, pues, la cultura como la moda, parece que no tuviera otro objetivo que embellecer la voluptuosidad y endiosar el amor. En un ambiente tan propicio á las emociones blandas y regaladas y que por tan varias maneras favorece la cristalización de las sensibilidades artistas, cae de suyo que éstas predominan y que los sentimientos austeros y viriles sean formas secundarias de la emotividad francesa, esencialmente literaria y erótica. No llegaré al extremo de decir, como la indignada yanqui de Huret que «un francés, es una función sexual», pero si afirmaré, y aun sin empacho, que los otros sentimientos, y particularmente el de la belleza y los mismos apetitos materiales, degeneran en apetencia de la mujer, se subordinan al amor y son como preludios de la gran orquestación amorosa. Es el negocio público, como la belleza femenina es la industria nacional, y no podía menos de ser así en el encantado jardín de la tierra donde la sociabilidad de las gentes, la agilidad del espíritu, la rapidez de los movimientos del alma y la molicie del medio, hacen que, hasta los más austeros, se coronen de rosas y se apresten á gozar de la vida en común y tiernamente. La eterna canción se oye lo mismoen las espaciosas avenidas delBoisque en los salones; en losmusical-hallsdonde impera el desnudo, como en los teatros, hipódromos y paseos elegantes donde el vestido, después de haber realzado osadamente las curvas y protuberancias tentadoras de la mujer, las suprime para darle á ésta el encanto picante y equívoco de los donceles afeminados.
No vaya á creerse por lo dicho que la licencia y el libertinaje echados en cara por los extranjeros á los franceses, sin percatarse de que tales manifestaciones de tolerancia moral son acaso el producto del exceso de inteligencia y el reverso de cualidades muy nobles y humanas, reviste la forma grosera de las saturnales del Directorio conducidas por Mme. Tallien y lasMerveilleuses. Es menos y es más, porque es como la disipación de los hombres mundanos, una especie de elegancia del alma, una sensualidad estética. Las directoras de los orgiásticos coros son las Musas de París. Coronadas de laureles conducen la lírica bacanal. La fórmula poética de las blanduras sentimentales, de la voluptuosidad, de lo femenino, no podía menos de ser un feliz hallazgo de la femenina inspiración. Nadie mejor que las Safos habían de ofrecerleal mundo la manzana de Eva y los misteriosos secretos de Afrodita. Lo logran con desnudarse, y en efecto se desnudan, y poseídas del delirio sagrado, absorben por la ávida boca de los ocho sentidos la voluptuosidad de la naturaleza toda y la ofrecen como un vino embriagador en el ánfora de sus cuerpos trémulos. Al grito báquico de libertad y con un impudor que los liróforos no conocían, enseñan las carnes atormentadas por el divino Deseo, por el exasperado sensualismo de innúmeras generaciones esclavas de la razón y sumisas á la castidad. Las hijas espirituales de Baudelaire y Verlaine, que el acicalado Voguë llama las musas de la Revolución, cantan, en verdad, como Jean-Jacques, Bernardin de Saint-Pierre, Senancour y los grandes románticos, los derechos de la pasión, la soberanía del instinto, la rebelión del individuo contra la sociedad y el amor panteísta de la naturaleza en que se traduce su frenético erotismo. Todas dicen:
«Je prendrai le beau temps avec des mains hâlées,Je mangerai l'été comme un gâteau de miel!»
«Je prendrai le beau temps avec des mains hâlées,Je mangerai l'été comme un gâteau de miel!»
«Je prendrai le beau temps avec des mains hâlées,Je mangerai l'été comme un gâteau de miel!»
«Je prendrai le beau temps avec des mains hâlées,
Je mangerai l'été comme un gâteau de miel!»
ó
«Et j'ai fait de mon cœur, aux pieds des voluptés,Un vase d'Orient où brûle une pastille.»
«Et j'ai fait de mon cœur, aux pieds des voluptés,Un vase d'Orient où brûle une pastille.»
«Et j'ai fait de mon cœur, aux pieds des voluptés,Un vase d'Orient où brûle une pastille.»
«Et j'ai fait de mon cœur, aux pieds des voluptés,
Un vase d'Orient où brûle une pastille.»
ó aun:
«Ma lèvre est appuyée à la lèvre des dieux.Tant s'épanche, invincible, envahissant les cieuxUne odeur de baisers, d'étreintes et de spasmes!»
«Ma lèvre est appuyée à la lèvre des dieux.Tant s'épanche, invincible, envahissant les cieuxUne odeur de baisers, d'étreintes et de spasmes!»
«Ma lèvre est appuyée à la lèvre des dieux.Tant s'épanche, invincible, envahissant les cieuxUne odeur de baisers, d'étreintes et de spasmes!»
«Ma lèvre est appuyée à la lèvre des dieux.
Tant s'épanche, invincible, envahissant les cieux
Une odeur de baisers, d'étreintes et de spasmes!»
Pero mejor aún cantan en versos de una rara perfección, más sinceros y profundos que los de Hugo y tan dulces y musicales como los del pobre Lelian, la canción de Bilitis, «el arte delicado del vicio», el amor del amor, la religión del placer, la conciencia del mal, los siete pecados capitales de la lujuria. Aquello que los poetas, menos sensitivos y vibrantes, sólo podían balbucear torpemente, ellas lo formulan con peregrina virtuosidad; lo que ellos no acertaban á discernir, ellas lo revelan con pasmosa clarovidencia é imágenes magníficas y aladas. Su penetrante análisis recorre ágilmente el misterioso teclado de las molicies del cuerpo y del alma. Tal lucidez en las cosas del amor y las flaquezas de la voluntad, es la causa oculta del triunfo de las modernas bacantes en la gaya ciencia. Ellas poseen el término justo y dichoso para expresar todo lo que es desmayo, caricia y ensoñación. La música desfalleciente y enervadora de sus versos y las nostalgias infinitas de su poesía, que mejor quecualquier otra «es sensualidad transformada en eretismo mental», responden al sibaritismo del corazón y del cerebro y constituyen la típica manifestación de la recrudescencia, fácil de prever, sin embargo, de lo que antes se llamóel mal del siglo, de lo que un filósofo llama hoyel mal romántico, que es en suma,el mal de vivir: la ineptitud para la vida, la repugnancia de lo real y la moral anarquía en que, á vueltas de tantos idealismos y refinamientos sentimentales, suelen caer las naturalezas más finas y cultivadas.
Sesudosautores sospechan que el Romanticismo es, en el fondo, una insurrección del sentimiento y del instinto contra la razón, contra el sometimiento á la regla dictada por la experiencia de las sociedades, y pretenden que la sensibilidad romántica y el espíritu revolucionario derivan, unos, como Taine, del mismo espíritu clásico, otros, y son los más, de Rousseau y sus secuaces. Harto ligeramente echan los últimos en olvido que la furia de la Revolución fué la Razón misma, y que Rousseau y los ideólogos fueron los descendientes legítimos del idealismo y de las abstracciones de los filósofos, empeñados lo mismo en Egipto y la India, que en la Francia del sigloxviii, en construir un hombre ideal, un hombre de museo, para locual hacía falta arrancarle las entrañas y rellenarlo de metafísica estopa; de los filósofos que impelidos por la soberbia de la mente, creyeron posible sustituir la idea á la realidad, la abstracción al hecho, la teoría á la historia, la presuntuosa razón de Descartes, que á pesar de sus títulos en apariencia indiscutibles á la hegemonía sobre lo humano, no conoce los fenómenos sino históricamente, es decir, después que han dejado de producirse y cuando ya no tienen ninguna acción sobre los fenómenos presentes, desconocidos á su vez, al instinto vital, que obra siempre en el sentido favorable á la expansión de la vida porque él es ya el principio de su expansión. No ha de confundirse este instinto vital con elinstinto, elsentimientoy lanaturalezade los revolucionarios, vislumbres obscuras de la imperialista condición humana. Tengo para mí que el sentimentalismo romántico no es otra cosa que una interpretación descarriada de la legitimidad, entrevista un instante, de las pasiones y del egoísmo nietzsquiano. Y se me ocurre, aunque parezca espantable sacrilegio, que si por la bondad nativa del hombre se hubiera entendido lagravitación sobre síy eldeseodepoder, la Revolución habría tenido consecuencias harto más provechosas para la humanidad y, sobre todo, para Francia. Juan Jacobo proclamó la excelencia del hombre natural no corrompido aún por la civilización, reacción legítima en el fondo, contra el artificio del orden social y el racionalismo de la Enciclopedia; pero lo que triunfa en los héroes románticos no es el egoísmo sano del salvaje, que las necesidades sociales pueden convertir en virtud y amor hacia las demás criaturas, sino el egoísmo patológico delhombre sensible, que muy luego remata en anarquía moral. Razón cartesiana ó predominio absoluto de la inteligencia sobre el instinto, y primitivismo, ó retorno á la naturaleza, se transforman respectivamente gracias al desconocimiento de la fisiología humana y los devaneos de la literatura, en racionalismo demagogo y sentimentalismo romántico, dos pestes. Pero no pudo ser de otro modo. No se conocía bien, á pesar del amor propio de La Rochefoucauld, el fondo imperialista de la humana naturaleza; ni se tenían nociones del darwinismo social; ni de las leyes que rigen la evolución de las sociedades; ni Comte había dicho «que sólo son buenas las verdades que nos convienen», vaciando de ese modo en unafrase la esencia del utilitarismo y del pragmatismo, iconoclastas de las verdades absolutas y del bien en sí. Filosofía, literatura y arte se encaminaban directamente á refinar el sentimiento y combatir rudamente la animalidad, los instintos dominadores, el pecado original de los cristianos. Lo mismo los autores del sigloxvii, hidrópicos aún de teología, que las admirables, pero incompletas intuiciones de Buffón y Condillac, que la pseudo-ciencia histórica del noble Condorcet, que el misticismo social de los utopistas y la lógica rectilínea de los jacobinos, convergían por distintos canales á la maravillosa y ridícula concepción del hombre abstracto, esa quinta-esencia del irrealismo que nos embriaga todavía. Siguiendo atentamente el curso de las ideas se cae en la cuenta de que no existen verdaderas soluciones de contigüidad ni irreducibles antinomias entre el espíritu realista y viril de Corneille y La Fontaine y el espíritu afeminado y quimérico de Juan Jacobo y Senancour, como no las hay entre el retorno á la naturaleza de los precursores del romanticismo político y el reinado de la Razón de los revolucionarios. Racine poseía ya como los románticos, eltriste don de las lágrimas,y antes que por Saint-Preux, Pablo y Virginia y Obermann los nervios habían sido extra-sensibilizados por la caballería y las costumbres galantes, por los Amadises y las Astreas. Clasicismo y romanticismo se ofrecen al entendimiento como manifestaciones antagónicas en apariencia, pero fraternas en realidad, del mismo proceso evolutivo y de la misma falsificación idealista, si se entiende por clásico no lo racional, sino lo espiritual, el esfuerzo hecho por someter las leyes de la Naturaleza á nuestras aspiraciones subjetivas. En este sentido el uno encaja en el otro; ambos entrañan una concepción que admite y pregona la supremacía de la inteligencia ó la del sentimiento, y ambos se oponen al espíritu moderno, realista y utilitario y que es la resultante de una filosofía basada no sobre el instinto ni lo sub-consciente, especie de neo-romanticismo, sino sobre la voluntad.
En verdad la sensibilidad romántica y el irrealismo, ora ingenuo, ora docto y terrible del pueblo francés antójaseme la obra de toda la cultura francesa y particularmente del exceso de cultura literaria y de la influencia femenina en el arte y las costumbres. En dosis exageradas la literatura y lo femenino intoxican. El lirismosocial tiene sus quiebras. Filósofos enamorados de la razón y del ideal y que creyeron devotamente en la omnipotencia de la inteligencia desde Descartes y Cousin hasta Comte y Fouillee; ideólogos y utopistas fervientes no de un derecho, de una libertad, de un bien, sino del Derecho, de la Libertad, del Bien, fabricadores entusiastas de las Salentes, Ciudades futuras y Eras de oro de la humanidad, desde Fenelón á Fourrier; briosos poetas como Lamartine, Chateaubriand, Hugo, Leconte de Lisle que pretendieron substituir el ensueño á la realidad y convertir sus encantadas imaginaciones en dulce paz campesina, primitivismo patriarcal y edenismo terrestre; artistas de la estirpe de Delacroix y Puvis de Chavannes que maldicen de la civilización ó muestran en inmortales frescos sus visiones paradisíacas; estetas, dramaturgos, noveladores, ironistas y diletantes que á nombre de la dicha de la humanidad ó de la religión de la belleza condenan iracundos el maquinismo, la finanza, las energías viriles, las actividades productoras, lo vital de la vida moderna, en fin, todos concurren á formar la atmósfera de estufa favorable á las quimeras, ensueños, molicies, sensualismos y embriaguecesde amor y de ventura que el choque contra los duros ángulos de las realidades resuelve infaliblemente en ironía, escepticismo y mal de vivir.
Porquees lo más insólito que las exquisiteces de la sensibilidad y elegancias mentales, tenidas hasta ayer por signos ciertos de superioridad y dorada cúpula de las civilizaciones selectas, sean causa y venero de toda suerte de egoísmos y enfermedades del alma. Si se para mientes en ello verase á poco andar que el sentimentalismo y la sensiblería, el entusiasmo y el lirismo, el amor del hombre y de la sociedad universal de los hombres sensibles, los delicados y los estetas se transforman, si pasan del plano de la literatura al plano de la vida, en acritud y amor propio feroz, soberbia y aridez de alma, aversión de los hombres é imposibilidad práctica de vivir en su compañía y de adaptarse á ningún medio social. Así fueron Rousseau, Bernardin de Saint-Pierre, Senancour, eternos judíoserrantes del país de las quimeras, y de la misma estofa son losbellos tenebrosos, la larga y maltrecha falange encabezada por Saint Preux, el aristocrático René y el inconstante Adolfo, cuyos descendientes enfermos y desesperados desde Rolla y Sorel á Monsieur Venus, parecen algo así como la columna vertebral de la neurosis de un siglo al que llenan de sus clamores y perversidades.
Y los poetas, escritores y artistas; los eternos niños que un augusto prejuicio consideraba como dechados de perfección y arquetipos humanos, tienen algo y aun mucho de sus engendros espirituales. Conocida es su ligereza y vanidad pueril que los lleva, entre otros extremos ridículos, á vivir constantemente en la estática postura del bello Narciso; conocido el amoralismo y las depravadas costumbres de los estetas, de quienes son acabadosspecimensesos complicados embelecos que se llaman des Esseintes, Phocas, Lord Lelian; conocida la debilidad femenina, el ningún poder de gobernarse y la perversión de los exquisitos, admiradores fervientes de Wilde, d'Anunzio y Lorrain. En resumen, parece una gran mentira la panacea de la cultura literaria, y puede que los refinamientosde la sensibilidad y la inteligencia, ó el arte y las letras, como quería Rousseau, en vez de ennoblecer á los hombres los haga antisociables é inhumanos. Cultura é individualismo, ó lo que es equivalente, condenación de la sociedad, son sinónimos. Acaso es más humana y sociable la bondad natural, sólo que por ésta no habría de entenderse la que tal creyó el sensible é incauto Juan Jacobo, sino al revés, el egoísmo puro, resorte propulsor de las almas viriles y lo contrario de las languideces sentimentales y flaquezas del carácter que diseñan el perfil moral de los voluptuosos. Esto explicaría acabadamente la oposición y disparidad que el solo nombre evoca entre sensitivos y viriles, idealistas y utilitarios; la escasavirtuosidadde sensitivos é idealistas en el dominio de las realidades prácticas y, al contrario, su preeminencia en el país de los sueños, esto es, en las actividades sub-conscientes que rebajan al hombre disciplinado por el ejercicio de la voluntad, dueño de sí y adaptable por su hábito de gobernarse á las variaciones del medio y lo ponen á la altura de la mujer y del niño, en los que domina el capricho, la fantasía y es más débil el juicio y menos robusta la facultad de querer.
El infantilismo y sugerente parentesco de las sensibilidades artistas y las sensibilidades femeninas; la emotividad exagerada que hace tan irascibles y quisquillosos á los sentimentales; la ineptitud social y escepticismo disolvente de los fieles de la religión del alma; el pesimismo y la ironía de aquellos á quienes tortura el vicio sutil de pensar, no son precisamente seguros indicios de virtudes sociales ni demuestran que la humanidad anduviera muy acertada al elegir como ayo y Mentor al amable y picotero Espíritu, tan desdeñado á menudo por la vida. Prometeo le decía á un sátiro que habiendo visto por primera vez el fuego y deslumbrado por su resplandeciente hermosura, quería besarlo: «Sátiro, llorarás tu barba si lo besas, porque el fuego quema al que le toca», alegoría cuyo sentido expresan, á la par del viejo mito del fruto vedado, muchas fábulas, sentencias y discursos que indican la sospecha ó revelan el conocimiento de la cualidad anárquica y disolvente de poetas y artistas, y dejan que se columbre la oposición del sentir y del obrar, del saber y del poder, de lo que llamaría Nietzsche la lucha del instinto vital que crea y del instinto de conocer que destruye. Hay mucho de verdad entodo ello. Más que los libros y las doctrinas, el comercio de los hombres induce á creer á pie juntillas que las clases demasiado afinadas por el influjo afeminador de las artes y las letras caen en el escepticismo, cuando no en otros males peores, y pierden los bríos de la voluntad y la virtud de amar la vida y gozar de ella, como si vida interior y acción se excluyesen, individualismo y humanidad se rechazasen, lirismo y realidad no cupieran en el mismo plato. Desquite del egoísmo: sofocado por la cultura degenera en esas enfermedades misteriosas de la voluntad y la inteligencia que debilitan á los delicados, los desarma y obliga á tender el cuello á las ambiciones materialotas, pero vivientes y sanas de la plebe.
Porquees muy cierto que esa actitud desdeñosa de las naturalezas muy finas y cultivadas frente á la sociedad que se llama la ironía, «flor funeraria que florece en el recogimiento solitario del yo»; esa actitud crítica y rebelde que impide tomar parte activa en la tragi-comedia humana é incorporarse con mansa resignación al paciente rebaño de Panurgo, es destructora como el individualismo anárquico del que sólo es vigoroso brote, de las virtudes y energías sociales, y, por consiguiente, de toda robustez moral. La conciencia del profundo desacuerdo entre pensamiento y acción é individuo y sociedad de que nos ofrecen lamentables testimonios la helada indiferencia de Benjamín Constant, el orgullo solitario de Vigny, la melancolía deAmiel ó el cinismo de Stendhal, corta las alas al deseo de poder é impide vivir, porque no se puede tomar en serio un espectáculo fatalmente absurdo, eternamente grotesco y al que asistimos por fuerza y pagamos con nuestra desdicha. La sonrisa oculta la mortal desilusión, las heridas del flagelado orgullo y nos venga del mundo y su tejido de contradicciones. Es como un desquite de la personalidad, conveniente en dosis moderadas para corregir el optimismo tonto de los simples, de lo que llamaría Schopenhauer elfilistinismo hegeliano, pero pernicioso cuando de las clases pensantes desciende la ironía á las masas y se convierte en descreencia, burla y cinismo, porque entonces destruye implacablemente las mentiras é ilusionesnecesariasque forja el instinto vital de las sociedades, con el robusto fin de que éstas perduren en el mudable imperio de Cronos y le pongan su cuño al espacio. Que una cosa sea verdadera ó falsa desde la torre de marfil del pensamiento, ¿qué importa?: lo que importa es que sea útil á la vida. Acontece en esto lo que con esas verdades religiosas, erróneas científicamente, pero ciertas y eficaces desde el punto de vista de la religión ó de las costumbres, en las que James echa los nuevosfundamentos del viejo pragmatismo: ¿qué más da que sean puras patrañas y burdas engañifas si curan y dan razones de existir? El utilitarismo de Caliban es más saludable en los trances apurados que el racionalismo de Ariel. El pueblo, lo que en nosotros es pueblo, lo que aún no rompió el cordón umbilical que une la criatura al cosmos, no razona: obra impulsado por sentimientos que son al interés lo que los cuerpos á la gravedad: posponiendo toda consideración transcendente á la utilidad inmediata. Y precisamente por esta limitación y estrechez de juicio acierta con la voluntad de la Vida cuando los timoneles de la Idea han perdido la brújula. Para la Vida el instinto, el egoísmo es más seguro ombráculo y consejero que la razón enseñada en los libros. Ésta harto frecuentemente amengua y desorbita. Obedeciendo á impulsos extraños al interés verdadero y primordial, suele decir: «Sálvense los principios aunque se pierdan las colonias». Pero el instinto vital le habla á la razón como el gran Federico á los doctores cuando decía al penetrar en Silesia: «primero me apodero del país, que después no faltarán pedantes que prueben mis derechos.» El santo deseo de poder se queda siempre con las colonias.
La razón no: contempla la vida reflejada en el espejo deformador de la conciencia mientras la vida pasa cambiante como la onda, y que la misma conciencia no permanece un solo instante sin mudanza. Cómo conocer la verdad moral y eregirla en norma de conducta si ella no fué nunca idéntica á sí misma, ni el medio social tampoco y si nosotros, al concebirla, ¿no somos ya lo que éramos? Aplicamos el parche cuando el grano no existe ya. Con eso y con todo, en el plano de la lógica ó establecimiento de las verdades científicas en que nuestra fisiología no tiene interés ninguno en engañarnos, el triunfo de la facultad humana por excelencia es evidente: todo es tangible para ella, y razonarnotre puissance, parece lo más justo; pero en el plano de las realidades esto suele ser lo más desastroso, porque la vida, como el corazón, tiene razones que la razón no conoce. Un trabajo formidable se produce en las reconditeces y antros del alma, ignoto para las luces de la conciencia y que determina la mayoría de nuestros actos y voliciones. Conocemos los fenómenos visibles, de nuestra voluntad, como vemos la burbuja que estalla en la superficie de las aguas: después de haberse formado en el seno de ellas y de atravesar su masa toda. Los verdaderos móviles que nos impulsan nos serán desconocidos eternamente al obrar, que es cuando su conocimiento podría sernos de algún provecho para dirigir la vida. Lo que percibe el espíritu es la proyección de los deseos; por otra parte, él no es el espectador sino el espectáculo mismo. Engañados por los sentidos, las pasiones, los antojos de la fantasía, los caprichos del corazón y la óptica deformadora de la inteligencia, el hombre, mientras obra, no sabe lo que es ni lo que quiere ni adonde va. La ilusión gobierna el drama espantable del mundo. Y así, impulsados por las fuerzas colosales é irresistibles de lo sub-consciente ó por la inteligencia, esa «petite chose á la surface de nous mêmes», seguimos adelante como autómatas y sonámbulos en la noche obscura del alma. Solamente que en el primer caso, nuestras plantas se apoyan en el suelo y por ellas como la savia por las raíces y el tronco hasta la flor, sube al cerebro lavoluntad de la tierra; mientras que en el segundo nos lanzamos al aire persiguiendo desalados los espejismos de la imaginación, que es pura fantasmagoría cuando deja de ser el instrumento dócil de aquella voluntad; perdemos el contactode las realidades; dejamos de nutrirnos de sus jugos divinos y ya no somos otra cosa que vanidad, hojas secas volteando en los lomos del viento.
Elespíritu poco práctico, la ineptitud comercial, la falta de sentido político y escaso poder de gobernarse, esa á modo de debilidad femenina y frívola ligereza de los pueblos en demasía razonadores, tiene su origen, tal vez, en que fueron descepados de la tierra y desposeídos del sentimiento de las realidades por la absurda falsificación que, á guisa de pecados y vicios, combate todavía torpemente lafuerza fundamentalde la humana criatura. Cuando dejan de oirse loseternos mandatosde la Diosa se inventan por repugnancia invencible del mundo y miedo de vivir, los paraísos artificiales ó consoladores mentiras del arte con las que se reconforta el esteta y lucha contra lo incompleto de su destino; también se inventan las religionesdel alma y las hechicerías de la razón, y todo aquello que por ser enemigo jurado de lo vital y lo viril, ablanda los sentimientos, corrompe con pérfidas seducciones la facultad utilitaria de conocer y prepara el reino brillante, pero efímero, de las sofisterías del corazón y del cerebro.
Porque así como en la ciudad Luz las emociones van por pendientes naturales hacia el erotismo y dejan los sentimientos, no encendidos por la amorosa llama, como velados en la sombra, en lo que atañe á la inteligencia todo converge hacia las formas puras y desinteresadas del pensamiento, según la tradición irrealista y anti-utilitaria de los ascetas medioevales del saber: especulaciones filosóficas sin aplicación á las realidades prácticas, idealismo político, misticismo social: hinchada palabrería razonante en la que se resuelven al fin de cuentas el racionalismo y el sentimentalismo francés.
La Francia es el alma de Juan Jacobo. Sueña, persigue la injusticia, busca presa de inquietudes mortales la dicha universal y con todo ello, y quizá á causa de ello, no puede reducir la anarquía interior que la divide en mil familias de Capuletos y Montescos, la debilita en frentedel invasor y desdora á los propios ojos. ¡Noble é ilusa Lutecia, víctima de lo que llamaba Gioberti el «amor de los antípodas»! Su pecado y su crimen es el de no ser bastante egoísta. Las construcciones ideales y fiebres demagógicas; los esfuerzos por encauzar el torrente impetuoso de la vida en los estrechos canales de la lógica y poner al unísono universo y corazón, absorben los zumos preciosos de su cerebro y la hacen descuidar las aplicaciones humildes, pero provechosas, de la inteligencia á las necesidades de la concurrencia universal, urgentes y perentorias en el medio económico realista y utilitario, no exento por dicha de heroísmo ni de grandeza en que, quieras que no, viven los pueblos civilizados.
La consecuencia lamentable de tantas imaginaciones y ensueños es el crónico desequilibrio del organismo nacional y, por añadidura, una suerte de desidia é ineptitud para las cosas prácticas y cierto amilanado apocamiento en las aventuras financieras que, no obstante las altas cualidades y superior inteligencia del pueblo francés, lo colocan en permanente inferioridad junto á otros pueblos menos cultivados pero más enérgicos; menos espirituales, peromás duchos en aplicar la inteligencia á la vida; menos sensibles y ébrios de virtud, pero en el fondo más sociables y virtuosos. Tiene sus quiebras el confundir la inteligencia con elesprit, la realidad con la literatura, las virtudes sociales con la sensibilidad lírica. Y á todo ello conduce frecuentemente el culto de la Razón, que tantas esperanzas hizo concebir á la humanidad. Buena es la cultura cuando fortifica la inteligencia y no relaja las energías productoras, que son las virtudes cardinales del mundo moderno; cuando acrisola la aptitud estética sin menoscabo de la virilidad, cuando acuerda, en lo que cabe, la conciencia con lo sub-consciente, la física del alma y la física del cuerpo; pero es condenable toda civilización, por brillante que sea si, con el pretexto de ennoblecer, desarma para vivir y pone en los labios de los hombres la frase de Bourget: «Agir, c'est toujours accepter la mesquinerie des conditions autour de son Ideal».
Las cristalizaciones típicas de la civilización francesa, y aun podría decirse de la cultura greco-latina de la que es París el dechado y la simbólica flor, son los refinamientos de la sensibilidad y las elegancias mentales: superioridad palmaria en las cosas del espíritu, lo que le permite imponerle al mundo sus gustos estéticos y modas sentimentales; inferioridad no menos patente en el campo de lo que llamaría el enérgico ex-presidente yanqui la vida intensa, donde las voluntades anemiadas por las sangrías del sentir y del pensar desfallecen y se doblegan sumisas ante otras voluntades limpias de toda intoxicación literaria y que no tienen los ojosébrios de lunasino fulgentes de luz solar.
Considerandoal materialismo fatal de la era presente y las aptitudes prácticas de que los pueblos han menester para no petrificarse en las viejas formas de la cultura ni quedarse rezagados, se comprende, sin grande esfuerzo, la reacción brusca de las civilizaciones modernas, positivas y utilitarias, contra las civilizaciones irrealistas del pasado y particularmente contra el racionalismo francés. Á pesar de los lloros del alma es preciso confesarlo: las disciplinas eficaces y ennoblecedoras un día, más que otras cualesquiera, de la cultura francesa, ni son las fórmulas pedagógicas de las naciones que extienden sus dominios en el momento histórico actual, ni pueden ser las fórmulas morales del porvenir. Si bien afinan al animalhumano, lo hacen con detrimento de sus energías belicosas. Es lo contrario lo que priva y hace falta. La selección de las sociedades encamínase francamente á proteger á los viriles y destruir á los sensitivos. Y por eso la cultura que realizó en la historia el connubio de la Gracia y del Saber, la única que todavía puede parangonarse á la que floreció en el Ática sonora, parece que hubiera dejado de ser actual y de producir las virtudes sociales del momento.
Verdad es que un pensador de fuste, clarovidente é imparcial, caracteriza el sigloxixpor dos hechos singulares entre todos: el triunfo del espíritu democrático y del idealismo político ó extensión de la influencia de Francia en el dominio espiritual, y la supremacía de los anglo-sajones y germanos en el dominio de las realidades prácticas, ó lo que es equivalente, en las luchas políticas y económicas. Mas lo primero es sólo una amable apariencia. Por lo que toca á la filosofía y la moral, damas pudibundas y al parecer invulnerables para las flechas de Eros, pero que con sobrada frecuencia padecen de vapores y desmayan voluptuosas en los brazos de los bárbaros, lo típico del sigloxixes, en último término, la reaccióntriunfante del naturalismo alemán y del darwinismo anglo-sajón, contra el racionalismo francés; en lo que atañe á la vida real lo que salta á los ojos es el advenimiento de toda suerte de imperialismos, políticos, económicos, democráticos y la superioridad, establecida por los hechos en solemnes ocasiones, de los viriles sobre los sensitivos, de la voluntad sobre la inteligencia, de la fuerza sobre el derecho, «que cuando no es la fuerza es el mal», según la aserción del paradójico Wilde, un esteta que también aseguraba con el mismo desahogo, «que no tiene nada de sano el culto de la belleza». Él debía de saberlo.
Y esa superioridad, y he aquí lo portentoso, se hace manifiesta no solamente en las luchas económicas y diarias porfías, sino en el terreno de la solidaridad, donde parece que debieran ser más eficaces las aptitudes graciosas y amables. Y bien, no. El espíritu solidarista que enfervorizado persigue el derecho igual para todo y para todos, la dicha del mayor número, la libertad, el progreso, nociones confusas y tal vez antinómicas, no es más favorable, en suma, á la sociedad que las doctrinas naturalistas ó anti-racionalistas de alemanes é ingleses. Enla práctica intelectualismo y racionalismo franceses degeneran, el primero: enestetismoamoral, ironía, escéptica indiferencia y repugnancia de las realidades; el segundo: en perpetua fermentación revolucionaria é individualismo anárquico, cosas antagónicas, como el amoralismo de los estetas, á la sociedad y la vida. Por el contrario, el duro darwinismo social, cabeza de turco de tantas sentimentales declamaciones, conduce al respeto de las jerarquías, al orden, á la libertad, á la cooperación por la vida dentro de la lucha por la vida; y, por otra parte, al individualismo delself governement, que es fuente inagotable de energías y virtudes sociales, no teóricas sino prácticas y efectivas. De donde pudiera inferirse rigurosamente que el egoísmo acaparador de los brutales, es más provechoso para el mundo que el egoísmosin interésde los delicados.
Y de hecho autores hay que atribuyen las excelencias de los pueblos del Norte, al haber permanecido hostiles á la influencia greco-latina, manteniendo en un estado de semi-barbarie su originalidad étnica y hasta cierto punto, su civilización castiza, lo que constituye la fuerza propia de un pueblo y las cualidades de fondo de una raza. Mas esos pueblos precisamente, desempeñaron por mucho tiempo un papel secundario en las conquistas de la civilización y se nutrieron en muchas cosas de la enjundia latina. Si los anglo-sajones y los germanos aun conservan un elemento de salud y vigor de que carecen los pueblos que sufrieron el dominio de la Roma de los Césares y los Papas, no debe atribuirse á la ausencia de ese dominio, sino más bien, á la sórdida economía de fuerzas hecha en luengos siglos de vida obscura, extraña á los refinamientos y molicies destructoras del carácter que traen consigo siempre las civilizaciones extremas. Atenas, Roma, Alejandría, Bizancio lo atestiguan. La ventaja de que los pueblos se conserven puros y originales en su vida espiritual, es muy discutible cuando se piensa en lo que son la India y la China, y en lo lo que fué el Japón antes de haberse asimilado la civilización occidental. Lo que á todas luces hace falta y aprovecha, es que la cultura propia ó prestada no desvirtue el egoísmo nativo, manantial de toda vida y en el que absorben los jugos de la robustez del cuerpo y la salud del alma los pueblos fuertes, refinados ó sin desbastar aún.
Las cualidades viriles que garanticen el triunfo práctico y cabal en esta época de imperialismo económico, no han sido hasta ahora, ni son actualmente, el patrimonio exclusivo de las naciones salidas directamente de la barbarie. Los pueblos que hoy se enseñorean del globo, no poseían ayer las preciosas energías á que deben su predominio, ni nada hace suponerque tanto fasto y poder no concluyan un día con las palabras de Felipe II en su lecho de muerte. La vida en su juego divino seguirá transformando las sociedades y es muy posible que, en tiempo no lejano quizá, aquellas soberbiosas dotes dejen de ser útiles en el grado que actualmente lo son, ora sea por el desgaste de la facultad, ora por las mudanzas del medio ambiente, como acontece en la era capitalista de cálculo y ahorro, con las virtudes hidalgas de la caballeresca España, eficaces en el tiempo pasado y al presente perniciosas. Así, pongo por caso, si el edenismo convierte un día la tierra en los campos elíseos de la humanidad, los pueblos que juzgamos ahora más aptos para la lucha vital, perderían la situación preponderante que deben á lo que entonces fueran cualidades anacrónicas y estorbos para asimilarse la nueva y triunfante cultura. Francia acaricia aquel voluptuoso ensueño oriental; si triunfase sería el desquite del ideal francés. Pero en la vida como en el arte, «las intenciones no son nada, el poder de realizar es todo». Y el poder, fuerza es que se diga, no está de parte de la Idea, sino delFactum; no de parte de los delicados, sino de los viriles; no departe de los más nobles, sino de los más fuertes, que son los más aptos para convertir en hechos sus aspiraciones.
Por los demás no conviene llamarse á engaño sobre la supuesta egregia condición de los imperios espirituales ni la legitimidad de sus conquistas. Ya hemos dicho que la razón es esencialmente arbitraria y opresora, y cómo entra sin dar cuartel en las fortalezas del alma. Las zarandajas morales de la nobleza y del desinterés de los propósitos, cuando se examinan de cerca son pura patraña y retórica. Cada pueblo practica el imperialismo concorde con su peculiar fisiología y cultura. Como la función crea el órgano, el deseo crea la moral. Sé de sobra que el ideal francés se opone formalmente á todo privilegio é imperialismo derivado de loshechosy no de lateoría; pero ese ideal ¿es otra cosa que el privilegio de la razón razonante que conviene á la Francia, y un imperialismo sentimental con el que, la nación desprovista de sus arreos guerreros, procura satisfacer espiritualmente, ya que no de otra manera, su gastado instinto de soberanía? Grande vidente fué Zaratustra cuando dijo: «El cuerpo se crea el espíritu como una mano de su voluntad». Todo es mano en elhombre, y el objeto de ese órgano prensil, es el de apoderarse de las cosas y no el de escribirlas en las arenas movientes que lamen las olas del mar.