Chapter 3

Manifesté á la señorita de Porhoet, cuán orgulloso me sentía en haber sido escogido con ella para dar al mundo la noble enseñanza que le es tan necesaria, y de la que parece tan dispuesto á aprovecharse.

—Luego—continuó la señorita de Porhoet;—en cuanto á mí, señor, estoy acostumbrada á la indigencia, y me hace sufrir poco; cuando uno ha visto en el curso de una vida demasiado larga, un padre digno de su nombre y cuatro hermanos dignos de su padre, sucumbir antes de tiempo, bajo el plomo ó el acero; cuando uno ha visto perecer sucesivamente todos los objetos de su afección y de su culto, sería menester tener el alma muy pequeña para preocuparse de una mesa más ó menos abundante ó de un adorno más ó menos moderno. Por cierto, marqués, que si mi bienestar personal fuera la única causa, puede usted creerme, despreciaría mis millones de España; pero me parece conveniente y de buen ejemplo, que una casa como la mía, no desaparezca de la tierra sin dejar tras ella, una traza durable, un monumento brillante de su grandeza y de sus creencias. Es por esto, que á imitación de algunos de nuestros antepasados, he pensado, primo mío, y no renunciaré jamás, mientras tenga vida, á la piadosa fundación de que habrá oído hablar.

Habiéndose asegurado de mi asentimiento, la vieja y noble señorita pareció recogerse, y en tanto que paseaba una melancólica mirada por las medio borradas imágenes de sus abuelos, el tic-tac del reloj hereditario fué lo único que turbó, en el obscuro salón, el silencio de la media noche.

—Habrá—dijo repentinamente la señorita de Porhoet con voz solemne,—habrá un cabildo de canónigos regulares dedicados al servicio de esa iglesia. Todos los días á la hora de maitines se dirá, en la capilla particular de mi familia, una misa rezada por el reposo de mi alma y la de mis abuelos. Los pies del oficiante pisarán un mármol, sin inscripción, que formará la grada del altar y cubrirá mis restos.

Yo me incliné con la emoción de un visible respeto. La señorita de Porhoet tomó mi mano y la apretó dulcemente.

—No estoy loca, primo—continuó,—aunque así se diga. Mi padre, que no mentía jamás, me ha asegurado siempre que extinguiéndose los descendientes directos de nuestra rama española, sólo nosotros tendríamos derecho á la herencia. Su muerte súbita y violenta no le permitió desgraciadamente darnos sobre este punto noticias precisas, pero no pudiendo dudar de su palabra, no dudo de mi derecho... Sin embargo—agregó después de una pausa y con un acento de gran tristeza,—si no estoy loca, soy vieja, y esas gentes de allá bien lo saben. Me arrastran hace quince años de demora en demora; esperan mi muerte, que lo acabará todo... Y créalo usted, no esperarán largo tiempo: menester es hacer una de estas mañanas, demasiado lo siento, mi último sacrificio... Esa pobre catedral, mi único amor, que había reemplazado en mi corazón tantas afecciones rotas... Ella no tendrá jamás sino una piedra, y esa será la de mi tumba.

La vieja señorita calló. Enjugó con sus manos enflaquecidas dos lágrimas que corrían por su ajada fisonomía; luego agregó esforzándose por sonreir:

—Perdón, primo mío: bastante tiene usted con sus desgracias... Excúseme... Por otra parte es tarde; retírese. Usted me compromete.

Antes de partir recomendé de nuevo á la discreción de la señorita de Porhoet el secreto que me había visto obligado á confiarle. Me respondió de una manera un poco evasiva: que podía estar tranquilo, que ella sabría velar por mi reposo y mi dignidad. Sin embargo, algunos días después he sospechado por el aumento de miramientos con que me honraba la señora de Laroque, que mi respetable amiga le había transmitido mi confidencia. La señorita Porhoet no titubeó en confesármelo, asegurándome que le había sido imposible obrar de otro modo por el honor de su familia, y que por otra parte, la señora de Laroque era incapaz de traicionar ni para con su hija, un secreto confiado á su delicadeza.

Entretanto, mi confidencia con la anciana señorita me había infundido hacia ella un tierno respeto, del que trato de darle pruebas. Desde el día siguiente por la noche, apliqué al ornamento interior y exterior de su querida catedral todos los recursos de mi lápiz. Esta atención á que tan sensible se ha mostrado, ha tomado poco á poco la regularidad de una costumbre.

Casi todas las noches, después del whist, me pongo al trabajo, y el ideal monumento se enriquece con una estatua, un púlpito ó una claraboya. La señorita Margarita, que parece profesar á su vecina una especie de culto, ha querido asociarse á mi obra de caridad, consagrando á la basílica de los Porhoet un álbum especial que estoy encargado de llenar.

He ofrecido además á mi anciana confidente, tomar parte en las diligencias, indagaciones ó cuidados de cualquier naturaleza que puedan serle suscitados por su litigio. La pobre mujer confesó que le prestaba un verdadero servicio; que á la verdad aún podía llevar su correspondencia corrientemente, pero que sus ojos debilitados rehusaban descifrar los documentos manuscritos de su archivo, y que no había querido hasta entonces, hacerse suplir en este trabajo, que tan importante puede ser para su causa, á fin de no dar una nueva presa á la burla incivil de las gentes del país.

En breve me admitió en calidad de consejero y colaborador. Desde este tiempo he estudiado concienzudamente el voluminoso legajo de su proceso, y he quedado convencido de que el pleito, que debe ser juzgado en última apelación, un día de estos, está completamente perdido de antemano. El señor Laubepin, á quien he consultado, es también de esta opinión, que me esforzaré en ocultar á mi anciana amiga, tanto como las circunstancias lo permitan. Entretanto, le doy el placer de examinar pieza por pieza, sus archivos de familia, en los que espero siempre descubrir algún título decisivo en su favor. Desgraciadamente, esos archivos son muy ricos y el palomar está lleno de ellos desde el techo hasta el sótano.

Ayer, había ido muy temprano á casa de la señorita Porhoet, con el fin de acabar antes de la hora de almorzar el examen del legajo núm. 115, que había comenzado la víspera. No estando aún levantada el ama de la casa, me instalé silenciosamente en el salón, mediante la complicidad de la sirvienta, y me entregué solitariamente á mi polvorienta tarea. Al cabo de cerca de una hora, recorría con extrema alegría la última hoja del legajo número 115, cuando vi entrar á la señorita de Porhoet arrastrando con trabajo un enorme paquete envuelto con bastante limpieza en una tela blanca.

—Buenos días, amable primo—me dijo,—habiendo sabido que trabajaba usted por mí esta mañana, yo he querido hacerlo por usted. Le traigo el legajo número 116.

Hay, no recuerdo en qué cuento, una princesa desgraciada, á quien se encierra en una torre, y á la cual, una hada enemiga de su familia impone sucesivamente una serie de trabajos extraordinarios é imposibles; confieso que en aquel momento la señorita de Porhoet, á pesar de todas sus virtudes me pareció ser parienta próxima de aquella hada.

—He soñado anoche—continuó,—que este legajo contiene la llave de mi tesoro español. Me dejará usted, pues, muy agradecida, no difiriendo su examen. Terminado este trabajo, me hará el honor de aceptar una comida modesta que pretendo ofrecerle bajo la sombra del pabellón de mi jardín.

Me resigné, pues. Inútil es decir, que el bienaventurado legajo 116 no contenía, como los precedentes, sino el vano polvo de los siglos. A las doce en punto, la anciana señorita vino á tomar mi brazo y me condujo ceremoniosamente á un pequeño jardín festoneado de boj, que forma con un pedazo de la pradera contigua, todo el dominio actual de los Porhoet. La mesa estaba colocada bajo un soto redondo y abovedado, y el sol de un bello día de verano arrojaba, á través de las hojas, algunos rayos que jugueteaban sobre el brillante y perfumado mantel. Acababa de hacer honor al dorado pollo, á la fresca ensalada y á la botella de viejo Burdeos que constituían el detalle del festín, cuando la señorita de Porhoet, que se hallaba al parecer encantada de mi apetito, hizo recaer la conversación sobre la familia Laroque.

—Le confieso—me dijo,—que el antiguo corsario no me gusta nada. Recuerdo que cuando llegó al país, tenía un gran mono doméstico, que vestía de criado, y con el que se entendía perfectamente. Este animal era una verdadera peste para la comarca, y sólo un hombre sin educación y sin decencia podía ocuparse en disfrazarlo. Se decía que era un mono, y yo consentía en ello, pero en realidad lo que buenamente pienso, es que era un negro, tanto más, cuanto que siempre he sospechado que su amo ha hecho el tráfico de esta mercancía en la costa de África. Por lo demás, el finado señor Laroque, hijo, era un hombre de bien, y excelente bajo todos conceptos. En cuanto á las señoras, hablando solamente de la señora de Laroque y de su hija y de ningún modo de la viuda de Aubry que es una criatura de vil especie, en cuanto á esas damas no hay elogio alguno que no merezcan.

Estábamos en esto, cuando el paso acompasado de un caballo se hizo oir en el sendero que rodea exteriormente el muro del jardín. En el mismo instante dieron algunos golpes secos en una puertecita vecina al pabellón.

—¿Quién es?—dijo la señorita de Porhoet.

Levanté los ojos y vi flotar una pluma negra por arriba del muro.

—Abra usted—dijo alegremente desde afuera una voz de timbre grave y musical;—abra, ¡que es la gracia de la Francia!

—¡Cómo! ¿es usted monona?—exclamó la anciana señorita.—Corra pronto, primo.

Abierta la puerta, estuve á punto de ser volteado por Mervyn que se precipitó por entre mis piernas, y vi á la señorita Margarita que se ocupaba en atar las riendas de su caballo á las barras de un cercado.

—Buenos días, señor—me dijo—sin mostrar la menor sorpresa por hallarme allí. Luego, levantando en su brazo los largos pliegues de su saya talar, entró en el jardín.

—Sea bien venida, en tan bello día, la linda niña, y abrázeme—dijo la señorita de Porhoet.—Ha corrido usted mucho, loquilla, pues tiene la fisonomía sumamente encendida y de los ojos le brota materialmente fuego. ¿Qué podría ofrecerle, mi maravilla?

—¡Veamos!—dijo Margarita arrojando una mirada sobre la mesa—¿qué es lo que hay aquí? ¡El señor se lo ha comido todo! Además, no tengo hambre sino sed.

—Le prohibo beber en el estado en que se halla; pero espere... aún hay algunas fresas en este acirate...

—¡Fresas!o gioja—cantó la joven.—Tome pronto una de esas grandes hojas, y venga conmigo.

Mientras escogía yo la más ancha de las hojas de una higuera, la señorita de Porhoet cerró á medias un ojo y siguió con el otro y con complacida sonrisa la gallarda marcha de su favorita, á través del camino lleno de sol.

—Mírela, primo—me dijo muy quedo—¿no sería digna de ser de los nuestros?

Entretanto la señorita Margarita, inclinada sobre el acirate y tropezando en su largo vestido, saludaba con un pequeño grito de alegría cada fresa que llegaba á descubrir. Yo me mantenía cerca de ella, llevando en mi mano la hoja de higuera sobre la que depositaba de tiempo en tiempo una fresa, contra dos que engullía para alentar su paciencia. Cuando la cosecha le pareció suficiente, volvimos en triunfo al pabellón; las fresas que quedaban fueron polvoreadas con azúcar, y después comidas por sus lindos y buenos dientes.

—¡Ah, qué bien me sienta esto!—dijo entonces la señorita Margarita, arrojando su sombrero sobre un banco y echándose de espaldas contra el cercado de olmedillas.—Y ahora para completar mi dicha, mi querida señorita, va usted á contarme algunas historias de los pasados tiempos, en que era usted una bella guerrera.

La señorita de Porhoet sonriendo y encantada, no se hizo rogar para sacar de su memoria los episodios más notables de sus intrépidas cabalgatas en la comitiva de los Lescure, y de los Rochejacquelin. Tuve en esta ocasión una nueva prueba de la elevación del alma de mi vieja amiga, cuando la oí rendir igual homenaje, á todos los héroes de esa lucha gigantesca, sin excepción de bandera. Hablaba en particular del general Hoche, de quien había sido prisionera de guerra, con una admiración casi tierna. La señorita Margarita prestaba á su relato una atención tan apasionada, que me asombró. Tan pronto, medio envuelta en su nicho de olmedillas y un poco cerradas sus largas pestañas, guardaba la inmovilidad de una estatua, ó ya, avivándose más el interés, se ponía de codos en la pequeña mesa y sumergiendo su bella mano en las ondas de su suelta cabellera, hacía vibrar sobre la vieja señorita el relámpago continuo de sus grandes ojos.

Es preciso decirlo: contaré entre las más dulces horas de mi triste vida, las que pasé contemplando, sobre aquella noble fisonomía, los reflejos de un cielo radioso, mezclado á las impresiones de un corazón valiente.

Agotados los recuerdos de la relatora, la señorita Margarita la abrazó, y despertando á Mervyn, que dormía á sus pies, anunció que se volvía al castillo. No tuve escrúpulo alguno en partir al mismo tiempo que ella, convencido de que no podía causarle molestia. Porque en efecto, aparte de la extrema insignificancia de mi persona y de mi compañía, á los ojos de la rica heredera, eltête-à-têteen general no tiene para ella nada de incómodo, habiéndole dado resueltamente, su madre, la educación liberal, que ella recibió en una de las colonias británicas: todos saben que el método inglés otorga á la mujer, antes del matrimonio, toda la independencia con que nosotros la recompensamos el día en que los abusos se hacen completamente irreparables.

Salimos, pues, juntos del jardín; le tuve el estribo mientras montaba á caballo y nos pusimos en marcha hacia el castillo. Al cabo de algunos pasos:

—¡Dios mío! señor—me dijo,—he venido á incomodarlo no muy á tiempo me parece. Estaba usted en buena compañía.

—Es verdad, señorita; pero como lo estaba hacía largo tiempo, le perdono, y aun le doy las gracias.

—Tiene usted muchas atenciones con nuestra pobre vecina. Mi madre le está muy reconocida á usted.

—¿Y la hija de su señora madre?—dije yo sonriendo.

—¡Oh! en cuanto á mí, yo me exalto menos fácilmente. Si tiene usted la pretensión de que le admire, es preciso tener la bondad de esperar aún un poco de tiempo. No tengo el hábito de juzgar con ligereza las acciones humanas, que tienen generalmente dos faces. Confieso que su conducta para con la señorita de Porhoet tiene una bella apariencia; pero...—hizo una pausa, movió la cabeza y continuó con un tono serio, amargo y verdaderamente ultrajante.—Pero no estoy bien segura de que no le haga la corte con la esperanza de heredarla.

Sentí que palidecía. Sin embargo, reflexionando el ridículo de responder con una fanfarronada á aquella niña, me contuve y le respondí con gravedad:—Permítame, señorita, compadecerla sinceramente.

Me pareció muy sorprendida.—¿Compadecerme, señor?

—Sí, señorita, perdone que le exprese la piedad respetuosa, á que me parece tiene usted derecho.

—¡La piedad!—dijo deteniendo su caballo y volviendo lentamente hacia mí sus ojos medio cerrados por el desprecio.—No tengo la dicha de comprenderle á usted.

—Y sin embargo, es bien sencillo, señorita; si la desilusión del bien, la duda y la sequedad del alma son los más amargos frutos de la experiencia de una larga vida, nada merece más compasión en el mundo, que un corazón herido por la desconfianza, antes de haber vivido.

—Señor—replicó la señorita Laroque con una vivacidad muy extraña á su habitual lenguaje:—¡no sabe usted lo que dice!—y agregó más severamente:—olvida usted á quien habla.

—Es cierto, señorita—respondí con dulzura, inclinándome—he hablado sin saber, y he olvidado un poco con quien hablo; pero usted me ha dado el ejemplo.

La señorita Margarita con los ojos fijos sobre la cima de los árboles que bordaban el camino, me dijo entonces con irónica altivez:—¿Será menester pedirle perdón?

—Ciertamente, señorita—respondí con firmeza—si alguno de los dos tiene que pedir aquí perdón, sería usted seguramente: usted es rica y yo soy pobre; usted puede humillarse... ¡y yo no!

Hubo un momento de silencio. Sus labios apretados, sus narices abiertas, la palidez repentina de su frente atestiguaban el combate interior por que pasaba. Repentinamente bajando su látigo como para saludar.—¡Pues bien—dijo—perdón!—En el mismo instante castigó violentamente su caballo, y partió al galope dejándome en medio del camino.

No la he vuelto á ver después.

30 de julio.

Nunca es tan vano el cálculo de las probabilidades, como cuando se ejerce á propósito de las ideas y de los sentimientos de una mujer. No deseando hallarme muy pronto en presencia de la señorita Margarita, después de la penosa escena que había tenido lugar entre nosotros, había pasado dos días sin mostrarme en el castillo: creía que este corto intervalo apenas bastara para calmar los resentimientos, que había sublevado en aquel altivo corazón. No obstante, anteayer á las siete de la mañana, trabajaba yo cerca de la ventana abierta de mi torreón, cuando repentinamente me oí llamar en el tono de una amigable jovialidad, por la persona misma á quien creía tener por enemiga.

—Señor Odiot, ¿está usted ahí?

Me presenté en la ventana, y noté en una barca, que se estacionaba cerca del puente, á la señorita Margarita, alzando con una mano el ala de su gran sombrero de paja bronceada y levantando los ojos hacia mi obscura torre.

—Aquí me tiene, señorita—respondí con diligencia.

—Venga á pasear.

Después de las justas alarmas, que durante dos días me habían atormentado, tanta condescendencia me hizo temer, como sucede siempre, ser el juguete de un sueño insensato.

—Perdón, señorita... ¿cómo decía usted?

—Que venga á dar un pequeño paseo con Alain, Mervyn y yo.

—Con mucho gusto, señorita.

—Entonces, tome su álbum.

Me apresuré á bajar y corrí á la orilla del río.—¡Ah, ah!—me dijo la joven riendo;—á lo que parece, ¿está usted de buen humor esta mañana?

Murmuré torpemente algunas palabras confusas, cuyo fin era dar á entender que siempre lo estaba, de lo cual la señorita Margarita pareció mal convencida; después salté al bote y me senté á su lado.

—¡Vogue, Alain!—dijo al momento. Y el viejo Alain, que se jactaba de ser un buen remero, púsose á mover metódicamente los remos, lo que le daba el aire de un pájaro pesado que hace vanos esfuerzos para volar.

—Es necesario—continuó diciendo la señorita Margarita—que venga á arrancarlo á usted de su castillejo, pues van dos días que se encierra en él obstinadamente.

—Señorita, le aseguro que sólo la discreción... el respeto... el temor...

—¡Oh Dios mío! ¡el respeto... el temor... se chancea usted! Positivamente nosotros valemos menos que usted. Mi madre que pretende, yo no sé por qué, que debemos tratarle con una consideración muy distinguida, suplicóme, me inmolara en el altar de su orgullo, y como hija obediente me inmolo.

Expreséle viva y buenamente mi franco reconocimiento.

—Para no hacer las cosas á medias—respondió—he resuelto darle á usted una fiesta arreglada á su gusto: así, he ahí una bella mañana de verano, bosques y claros con todos los efectos de luz deseables; pájaros que cantan bajo el follaje, una barca misteriosa, que sobre las ondas se desliza... Usted que tanto ama esta especie de historias, deberá estar contento.

—Encantado, señorita.

—¡Ah, es una felicidad!

Efectivamente, en aquel momento me hallaba bastante satisfecho de mi suerte. Las dos riberas entre las cuales nos deslizábamos, estaban cubiertas de heno recién cortado, que perfumaba el aire. Veía huir de nuestro alrededor las sombrías avenidas del parque, que el sol de la mañana sembraba de brillantes regueros de luz; millones de insectos se embriagaban con el rocío en los cálices de las flores, zumbando alegremente.

Frente á mí se hallaba el buen Alain, que me sonreía á cada golpe de remo, con aire de complacencia y protección: más próxima, la señorita Margarita vestida de blanco contra su costumbre, bella, fresca y pura como una azucena, sacudía con una mano las húmedas perlas que la mañana suspendía en el encaje de su sombrero, y presentaba la otra como un incentivo á Mervyn, que nos seguía á nado. Verdaderamente que no hubiera sido preciso rogarme mucho para llevarme al fin del mundo en aquella pequeña y frágil barquilla.

Al salir de los límites del parque, pasando bajo uno de los arcos que atraviesan la pared que lo rodea:

—¿No me pregunta á dónde lo llevo, señor?—me dijo la criolla.

—No, señorita: me es completamente indiferente.

—Lo llevo al país de las hadas.

—No lo dudo.

—La señorita Helouin, más competente que yo en materias de poesía, ha debido decirle que los bosquecillos que cubren este país en veinte leguas á la redonda, son los restos de la antigua selva de Brocélyande donde cazaban los antepasados de su amiga la señorita de Porhoet, soberanos de Gaél, y donde el abuelo de Mervyn, que ve usted ahí, fué encantado, á pesar de ser él mismo encantador, por una señorita llamada Bibiana. Muy pronto estaremos en el corazón de la selva. Y si esto no es suficiente para exaltarle la imaginación, sepa que estos bosques conservan aún mil vestigios de la misteriosa religión de los Celtas, que por doquiera se hallan en multitud. Tiene, pues, el derecho de figurarse bajo cada una de esas sombras, un druida, con sus blancas vestiduras, y de ver relucir una hoz de oro en cada rayo de sol. El culto de esos insoportables viejos ha dejado también cerca de aquí, en un sitio solitario, romántico, pintoresco, etcétera, un monumento, ante el cual las personas predispuestas al éxtasis, tienen por costumbre desmayarse: he pensado que tendría usted placer en dibujarlo, y como el sitio no es fácil de descubrir, he resuelto servirle de guía, no pidiéndole en recompensa sino que me evite las explosiones de un entusiasmo al que no podría asociarme.

—Sea, señorita; me contendré.

—¡Se lo suplico!

—Convenido. ¿Y cómo llama usted á ese monumento?

—Yo lo llamo un montón de grandes piedras; los anticuarios lo llaman, unos simplemente undolmen, otros, más pretenciosos, uncromlech; las gentes del país, sin explicar por qué, lo llaman lamigourdit.

Mientras tanto, descendíamos dulcemente el curso de las aguas entre dos fajas de húmedas praderas; algunos bueyes de talla pequeña, negros casi todos, y con largos y afilados cuernos se levantaban aquí y allá al ruido de los remos y nos miraban pasar con ojos fieros. El valle en que serpenteaba el río que iba ensanchándose, por ambos lados estaba cerrado por una cadena de colinas, las unas cubiertas de matorrales y secas aliagas, las otras de verdeantes sotos. De tiempo en tiempo, una quebrada transversal abría entre dos cuestas una perspectiva sinuosa, en cuyo fondo se dibujaba la cima azul de una lejana montaña. La señorita Margarita, á pesar de su incompetencia, no dejaba de señalar sucesivamente á mi atención todos los encantos de aquel paisaje severo y dulce, acompañando, sin embargo, cada una de sus observaciones con una reserva irónica.

Hacía pocos momentos que un ruido sordo y continuo parecía anunciar la vecindad de una catarata, cuando el valle se cerró repentinamente y tomó el aspecto de una garganta solitaria y salvaje. A la izquierda, se levantaba una alta muralla de rocas salpicadas de musgo; robles y abetos, interpolados con yedras y malezas pendientes, se ostentaban en las grietas, hasta la cumbre de la escarpada ribera, arrojando una sombra misteriosa sobre el agua profunda que bañaba el pie de los peñascos. A cierta distancia delante de nosotros, las ondas borbotaban, espumaban y desaparecían repentinamente; la rota línea del río se dibujaba á través de un humo blanquecino sobre un fondo lejano de confuso verdor. A nuestra derecha, la ribera opuesta á la escarpada, no presentaba sino una pequeña margen de pradera en declive, sobre la que algunas colinas cargadas de bosques, señalaban una franja de sombrío terciopelo.

—¡A tierra, señor!—dijo la criolla.

Mientras Alain amarraba la barca á las ramas de un sauce:

—¡Y bien! señor—dijo saltando con ligereza sobre la hierba—¿no se halla mal? ¿no está usted trastornado, herido, petrificado? Se dice sin embargo que este sitio es lindísimo. A mí me gusta, porque siempre hay fresco en él... Pero... sígame en estos bosques, si se atreve, y yo le mostraré esas famosas piedras.

La señorita Margarita, viva, ligera y alegre, como jamás la había visto, en dos saltos salvó la pradera y tomó una senda que se internaba en la arboleda, subiendo la cuesta. Alain y yo, la seguíamos en hilera. Después de algunos minutos de una rápida marcha, nuestra conductora se detuvo, pareció consultar y reconocer el lugar en que se hallaba, luego separando resueltamente dos ramas entrelazadas, dejó el camino trazado y se lanzó en plena selva. El viaje se hizo entonces menos agradable. Era muy difícil abrirse paso á través de las encinas nuevas aún, pero ya vigorosas, de que se componía aquel monte y que entrelazaban, como las empalizadas de Robinsón, sus oblícuos troncos y sus tupidas ramas. Alain y yo al menos avanzábamos con gran trabajo, encorvados, estrellándonos la cabeza á cada paso, y haciendo caer sobre nosotros, á cada uno de nuestros pesados movimientos, una lluvia de rocío; pero la señorita Margarita, con la destreza superior y la flexibilidad propia de su sexo, se deslizaba sin esfuerzo aparente, á través de los intersticios de aquel laberinto, riendo de nuestros sufrimientos, y dejando negligentemente cimbrar tras ella las flexibles ramas, que venían á azotar nuestros rostros.

Llegamos en fin á un claro muy estrecho, que parecía coronar la cumbre de esta colina: allí admiré, no sin emoción, la sombría y monstruosa mesa de piedra, sostenida por cinco ó seis trozos de mármol que medio enterrados forman una caverna verdaderamente llena de un horror sagrado. Al primer aspecto, hay en este intacto monumento de tiempos casi fabulosos y de religiones primitivas, una potencia de verdad, una especie de presencia real, que sobrecoge el alma y la estremece. Algunos rayos de sol, penetrando en el follaje, filtraban por las junturas algo separadas, jugueteaban sobre el siniestro trozo y prestaban la gracia de un idilio á aquel bárbaro altar. La misma Margarita parecía pensativa y recogida. En cuanto á mí, después de haber penetrado en la caverna y examinado eldolmenbajo todas sus faces, me puse en posición de dibujarlo.

Hacía diez minutos que me hallaba absorto en este trabajo sin preocuparme de lo que pasaba á mi alrededor, cuando la señorita Margarita me dijo de repente:

—¿Quiere usted una Velada para animar el cuadro?—Levanté los ojos. Había enrollado alrededor de su frente un espeso follaje de robles y se hallaba parada sobre eldolmen, ligeramente apoyada sobre un haz de tiernos árboles; bajo la media luz de la enramada, su blanca vestidura tomaba el brillo del mármol, y sus pupilas chispeaban con un fuego extraño, en la sombra proyectada por el relieve de su corona. Estaba bella y creo que ella lo conocía. La miré sin hallar nada que decirle.

—Si lo incomodo, me quitaré—me dijo.

—No, no lo haga, se lo suplico.

—Pues bien, despáchese: ponga también á Mervyn: él será el druida, yo la druidesa.

Tuve la suerte de reproducir bastante fielmente, gracias á lo vago del bosquejo, la poética visión con que era favorecido. Ella se acercó con aparente solicitud á examinar mi dibujo.

—No está mal—dijo. Luego arrojó su corona riendo y agregó:—Convenga usted en que soy buena.

—Convengo en ello—y habría confesado además, si lo hubiera deseado, que no le faltaba su grano de coquetería; pero sin esto no sería mujer, y la perfección es odiosa: á las diosas mismas les era necesaria, para ser amadas, algo más que su inmortal belleza.

Volvimos á ganar á través del enmarañado soto, el sendero trazado en el bosque y descendimos hacia el río.

—Antes de marcharme—dijo la joven—quiero mostrarle la catarata, tanto más, cuanto que á mi turno pienso proporcionarme una pequeña diversión. ¡Ven, Mervyn! ¡Ven, noble perro mío! ¡Qué bello eres, eh!

Muy luego nos hallamos en el ribazo frente á los arrecifes, que bordean el lecho del río. El agua se precipitaba desde una altura de algunos pies, al fondo de un ancho estanque profundamente encajonado, de forma circular que parecía limitar por todos los lados un anfiteatro de verdura, salpicado de húmedas rocas. Sin embargo, algunas quebradas invisibles recibían el exceso del agua del pequeño lago, y estos arroyos iban á reunirse algo más lejos en un lecho común.

—Si no es precisamente el Niágara—me dijo la señorita Margarita, elevando un poco la voz para dominar el ruido de la cascada—he oído decir, sin embargo, á los conocedores y á los artistas, que es bastante bella. ¿La ha admirado usted? ¡Bien! Ahora espero que concederá á Mervyn el poco entusiasmo que puede quedarle. ¡Aquí, Mervyn!

El terranova vino á colocarse al lado de su ama, y la miró estremeciéndose de impaciencia. La joven entonces, habiendo envuelto en su pañuelo algunos guijarros, lo lanzó á la corriente un poco más arriba de la catarata. En el mismo momento Mervyn caía como un trozo de piedra en el estanque inferior y se alejaba rápidamente de la orilla: el pañuelo entretanto siguió el curso de las aguas, llegó á los arrecifes, bailó un instante en un remolino, luego pasando como una flecha por encima de la redondeada roca, fué á remolinar en una ola de espuma á los ojos del perro, que lo cogió con pronto y seguro diente. Mervyn ganó después orgullosamente la ribera, donde la señorita Margarita golpeaba sus manos.

Este encantador ejercicio se renovó muchas veces con igual éxito. Era la sexta vez que se repetía, cuando sucedió, sea que el perro partiese demasiado tarde, ó que el pañuelo fuera lanzado demasiado pronto, que Mervyn no llegó á tiempo. El pañuelo arrastrado por el remolino de las cascadas, fué llevado á las malezas espinosas que se veían un poco más lejos en la superficie del agua. Mervyn fué á buscarlo, pero nos sorprendimos muchísimo al verlo de pronto revolverse convulsivamente, soltar su presa, y levantar la cabeza hacia nosotros arrojándonos lamentables aullidos.

—¡Ah, Dios mío! ¿qué tiene?—exclamó la señorita Margarita.

—Parece que se ha enredado en esas malezas. Pronto va á desembarazarse, no lo dude usted. A los pocos momentos no sólo fué preciso dudar, sino desesperar. La red de bejucos en que había caído el desgraciado terranova como en una trampa, nacía directamente de un ensanche del pasaje que vertía incesantemente sobre la cabeza de Mervyn, una masa de agua espumante. El pobre animal, medio sofocado, cesó de hacer esfuerzos para romper sus ligaduras, y sus ladridos quejumbrosos tomaron el ahogado acento del estertor. En este momento, la señorita Margarita tomó mi brazo, y me dijo casi al oído en voz baja:

—Está perdido... venga, señor... ¡Alejémonos!

Yo la miré: el dolor, la angustia, la contrariedad, alteraban sus pálidas facciones, y marcaban debajo de sus ojos un círculo lívido.

—No hay ningún medio—le dije—de hacer bajar hasta aquí la barca; pero si quiere usted permitírmelo, sé nadar un poco y me lanzaré á tirar de la pata al animal.

—No, no: no lo intente, está demasiado lejos... y luego he oído decir siempre, que el río es profundo y peligroso bajo la cascada.

—Tranquilícese, señorita: soy prudente.

Al mismo tiempo arrojé mi levita sobre la hierba y entré en el pequeño lago, tomando la precaución de mantenerme á cierta distancia de la cascada. El agua era muy profunda, en efecto, pues no pude hacer pie hasta el momento en que me aproximé al agonizante Mervyn. No sé si ha habido aquí en otro tiempo un islote, que se haya sumergido poco á poco, ó si alguna creciente del río ha arrastrado y depuesto en este paraje algunos fragmentos arrancados del ribazo; lo que hay de cierto es que un espeso entrelazamiento de malezas y ramas se oculta y prospera bajo aquellas pérfidas aguas. Puse los pies sobre una de las capas de donde parecía surgir el zarzal y conseguí libertar á Mervyn, que una vez dueño de sus movimientos volvió á hallar todos sus medios, y se sirvió de ellos sin retardo para ganar la orilla, abandonándome de buena gana. Este rasgo no era muy conforme con la reputación caballeresca de que goza su especie: pero el buen Mervyn, ha vivido mucho entre los hombres y supongo que se ha vuelto un poco filósofo. Cuando quise tomar mi impulso para seguirle, reconocí con enfado que era detenido, á mi turno, por la red de la náyade maligna y celosa, que al parecer reina en estos parajes. Una de mis piernas estaba enlazada por nudosos bejucos que traté en vano de romper. No se halla uno bastante libre en una agua profunda sobre un fondo viscoso, para desplegar todas sus fuerzas: estaba por otra parte medio ciego por el repulso continuo de la onda espumante. Además sentía que mi situación se hacía equívoca. Arrojé una mirada hacia la ribera. La señorita Margarita suspendida del brazo de Alain, estaba inclinada sobre el abismo y clavaba sobre mí una mirada de mortal ansiedad. Me dije en aquel momento, que sólo de mí dependía ser llorado por aquellos hermosos ojos, y dar á una existencia miserable un fin digno de envidia. Luego sacudí estos cobardes pensamientos: un violento esfuerzo me desprendió, anudéme al cuello el pequeño pañuelo hecho pedazos y gané suavemente la ribera. Al abordar, la señorita Margarita me tendió su mano temblorosa: esto me pareció recompensarme.

—¡Qué locura!—dijo.—¡Qué locura! Podía usted haber muerto allí ¡y por un perro!

—Era el suyo—le respondí á media voz como ella me había hablado.

Esta palabra pareció contrariarla; retiró bruscamente su mano, y volviéndose hacia Mervyn que bostezando se secaba al sol, púsose á acariciarlo:—¡Oh! tonto, gran tonto—dijo.—¡Qué bestia eres!

En tanto, manaba yo agua sobre la hierba como una regadera, y no sabía qué hacer de mi individuo, cuando la joven volviéndose á mí, me dijo con bondad:—Señor Máximo tome la barca y márchese pronto. Remando se calentará un poco. Yo me volveré con Alain por los bosques. El camino es más corto.—Pareciéndome este arreglo conveniente bajo todos aspectos, no hice objeción alguna. Me despedí: tuve por segunda vez el placer de tocar la mano del ama de Mervyn, y me arrojé á la barca.

Vuelto á casa, me sorprendí al vestirme hallando en mi cuello el despedazado pañuelo que había olvidado entregar á la señorita Margarita. Ella ciertamente lo creía perdido, y me decidí á apropiármelo como premio de mi húmedo torneo. Por la noche fuí al castillo, la señorita Laroque me acogió con ese aire de indolencia desdeñosa, de distracción sombría y de amargo fastidio que la caracteriza habitualmente, y que formaba entonces un singular contraste con la graciosa bondad y la festiva vivacidad de mi matinal compañera. Durante la comida, á la cual asistía el señor de Bevallan, habló de nuestra excursión; como para quitarle todo misterio, lanzó de pasada algunas zumbas á propósito de los amantes de la Naturaleza, y terminó contando la mal aventura de Mervyn, pero suprimió de este último episodio toda la parte que me concernía. Si esta reserva ha tenido por objeto, como lo creo, dar tono á mi propia discreción, la señorita se tomaba un inútil trabajo. Sea lo que sea, el señor de Bevallan, al oir este relato, nos aturdió con sus gritos de desesperación.

—¡Cómo! ¡la señorita Margarita había sufrido aquellas tan largas ansiedades! El bravo Mervyn había corrido tan grave peligro, y él, Bevallan, ¿no se había hallado allí? ¡Fatalidad! Jamás se consolaría... no le quedaba otro remedio que colgarse como Crillon.

—Pues bien, si estuviese yo solo para descolgarlo—me dijo el viejo Alain cuando me acompañaba por la noche—emplearía todo el mayor tiempo posible para hacerlo.

El día de ayer, no comenzó para mí tan alegremente como el de la víspera. Recibí por la mañana una carta de Madrid, que me encargaba anunciar á la señorita de Porhoet la pérdida definitiva de su pleito. El agente de negocios me hacía saber, además, que la familia con quien se pleiteaba, al parecer no aprovecharía de su triunfo, pues se hallaba ahora en lucha con la corona, que se había despertado al ruido de aquellos millones y que sostiene que la sucesión en litigio le pertenece por derecho de abolengo. Después de largas reflexiones me ha parecido que sería muy caritativo ocultar á mi vieja amiga la ruina absoluta de sus esperanzas. Tengo pues, el proyecto de asegurarme la complicidad de su agente en España; él pretextará una nueva demora; por mi parte, seguiré el escudriñamiento de los archivos, y haré en fin lo posible para que la pobre mujer continúe hasta el fin de sus días alimentando sus queridas ilusiones. Por muy legítimo que sea el carácter de este engaño, sentí, sin embargo, la necesidad de hacerlo sancionar por alguna conciencia delicada.

Me transporté al castillo después de mediodía, é hice mi confesión á la señora de Laroque: ella aprobó mi plan y aun me alabó más de lo que el caso parecía exigir. Y no fué sin gran sorpresa que la oí terminar nuestra conversación con estas palabras:—Ha llegado el momento de decirle, señor, que le estoy profundamente agradecida por sus cuidados; que cada día me agrada más su compañía y siento más estimación por su persona. Querría, señor, perdóneme, porque no puede usted participar de este voto, querría que no nos separásemos jamás... y ruego humildemente al Cielo haga todos los milagros que sean necesarios para esto... porque no se me oculta... que serían menester milagros.

No pude comprender el sentido preciso de este lenguaje, tanto más, cuanto que no me explicaba la emoción repentina que brilló en los ojos de la excelente mujer. Di las gracias como convenía y me fuí á pasear mi tristeza á través de los campos.

Una casualidad, poco singular, para ser franco, me condujo, al cabo de una hora de camino, al retirado valle y sobre el borde del estanque que había sido teatro de mis recientes proezas. El cerco de follaje y de rocas que rodea el pequeño lago, realiza el ideal mismo de la soledad. Allí se está verdaderamente en el fin del mundo, en un país virgen, en la China, ó donde se quiera. Me tendí sobre la grama y rehice en mi imaginación todo el paseo de la víspera, que es de aquellos que no se hacen dos veces en el curso de la vida más larga. Sentía que si se me ofreciera segunda vez una fortuna parecida, no tendría ya el mismo encanto de imprevisión, de calma, y para terminar la palabra, de inocencia. Era menester repetírmelo bien: este fresco romance de juventud, que perfumaba mi pensamiento, no podía tener sino un capítulo, ó más bien una página, y la había leído ya. Sí, esa hora, esa hora de amor, para llamarla por su nombre, había sido soberanamente dulce, porque no fué premeditada, porque no había pensado en darle su nombre sino después de haberla agotado; porque había sentido la ebriedad sin la falta. Ahora mi conciencia se ha despertado: véome en la pendiente de un amor imposible, ridículo, peor que esto, ¡culpable! Era tiempo de velar por mí; ¡pobre desheredado como soy!

Dirigíame tales consejos en este lugar solitario, y no hubiera sido absolutamente necesario venir aquí para dirigírmelos, cuando un murmullo de voces me sacó repentinamente de mi distracción. Me levanté y vi avanzar hacia mí, una reunión de cuatro ó cinco personas que acababan de desembarcar. Eran la señorita Margarita, apoyada en el brazo del señor de Bevallan, la señorita Helouin y la señora Aubry seguidas de Alain y Mervyn. El ruido que hacían al aproximarse, había sido apagado por el ruido de las cascadas; sólo estaban á dos pasos de mí, no tuve tiempo para retirarme, fué preciso que me resignara al desagrado de verme sorprendido en mi actitud de pensador melancólico. Mi presencia en este lugar no despertó al parecer, ninguna atención particular; creí únicamente ver pasar por la frente de la señorita Margarita, una nube de descontento, y me devolvió el saludo con notable sequedad. El señor de Bevallan, plantado sobre los bordes del valle, fatigó algún tiempo los ecos con los clamores triviales de su admiración... ¡Delicioso!... ¡pintoresco!... ¡Qué mezcolanza... oh! ¡la pluma de Jorge Sand... el pincel de Salvator Rosa!... Todo esto iba acompañado de enérgicos gestos, que parecían arrebatar sucesivamente á estos dos grandes artistas los instrumentos de su genio. En fin se calmó, y se hizo mostrar el paso peligroso donde Mervyn estuvo á punto de perecer. La señorita Margarita contó de nuevo la aventura, observando la misma discreción en cuanto á la parte que había tenido yo en el desenlace, hasta insistió con una especie de crueldad, relativamente para mí, sobre los talentos, el valor y la presencia de ánimo que su perro había desplegado en aquella heroica circunstancia. Suponía, al parecer, que el servicio que había tenido la dicha de prestarle, habría hecho subir á mi cerebro algunos humos de presunción que era urgente destruir.

Habiendo la señorita Helouin y la señora Aubry manifestado un vivo deseo de ver renovarse las tan ponderadas hazañas de Mervyn, la joven llamó al terranova y lanzó como el día anterior su pañuelo á la corriente del río, pero á esta señal el valiente Mervyn, en lugar de precipitarse al lago, tomó la carrera á lo largo de la ribera yendo y viniendo, con aire diligente, ladrando con furor, agitando la cola, dando en fin, mil pruebas de un poderoso interés, pero al mismo tiempo de una excelente memoria. Decididamente la razón domina el corazón de este animal. En vano la señorita Margarita, irritada y confusa, empleó sucesivamente las caricias y las amenazas para vencer la obstinación de su favorito; nada pudo decidir al inteligente animal á confiar de nuevo su preciosa vida á aquellas terribles ondas. Después de tan pomposos anuncios, la obstinada prudencia del intrépido Mervyn, tenía en realidad algo de ridículo; á mi parecer, tenía yo más que nadie el derecho de reirme y no tuve escrúpulo en hacerlo. Además, la hilaridad fué general muy luego, y la señorita Margarita acabó por tomar parte en ella, aunque muy débilmente.

—Después de todo—dijo,—he perdido otro pañuelo.

El pañuelo arrastrado por el movimiento constante del remolino, había ido naturalmente á enredarse en las ramas del fatal matorral, á una corta distancia de la opuesta ribera.

—Fíe en mí, señorita—exclamó el señor de Bevallan.—En diez minutos tendrá usted su pañuelo, ó no seré quién soy.

Me pareció que la señorita Margarita al oir esta declaración magnánima, me lanzaba á hurtadillas una expresiva mirada, como para decirme:—¡Vea que á mi alrededor no es tan raro el sacrificio! Luego respondió al señor de Bevallan:—¡Por Dios, no haga locuras, el agua es muy profunda! Hay un verdadero peligro.

—Eso me es absolutamente indiferente—contestó el señor de Bevallan.

—Dígame, Alain, ¿tiene usted un cuchillo?

—¿Un cuchillo?—repitió la señorita Margarita con el acento de la sorpresa.

—Sí, déjeme, déjeme hacer.

—¿Pero qué pretende usted hacer con un cuchillo?

—Pretendo cortar una rama—dijo el señor de Bevallan.

La joven lo miró fíjamente.

—Creía—murmuró—que iba usted á echarse á nado.

—¡A nado!—dijo el señor de Bevallan;—permítame, señorita... en primer lugar no estoy en traje de natación... además, le confesaré que no sé nadar.

—Si no sabe usted nadar—replicó la joven, con un tono seco,—importa muy poco que esté ó no esté en traje de natación.

—Es una observación muy justa—dijo el señor de Bevallan, con una festiva tranquilidad;—pero usted no tiene interés particular en que yo me ahogue, ¿no es así? Quiere usted su pañuelo, ese es el fin. Desde el momento en que yo lo traiga quedará usted satisfecha ¿no es verdad?

—Pues bien—dijo la joven sentándose con resignación;—vaya á cortar su rama, señor.

El señor de Bevallan, que no se desconcierta fácilmente, desapareció en el monte vecino, donde durante un momento oímos crujir el ramaje; á poco rato volvió armado de un largo vástago de avellano y púsose á despojarle de sus hojas.

—¿Por ventura piensa usted alcanzar hasta la otra orilla con ese palo?—preguntó la señorita Margarita, cuya alegría comenzaba á despertarse visiblemente.

—Déjeme hacer, déjeme hacer, por Dios—respondió el imperturbable gentilhombre.

Se le dejó obrar. Acabó de preparar su rama y se dirigió hacia la barca. Comprendimos entonces que su proyecto era atravesar el río en bote, más arriba de la cascada, y una vez en la ribera opuesta, arponear el pañuelo que no estaba muy lejos. Este descubrimiento produjo entre los asistentes un grito de indignación; las damas, como se sabe, gustan mucho de las empresas peligrosas... efectuadas por otros.

—¡Ya, ya, señor de Bevallan, vaya una bella invención!

—Ta, ta, ta, señoras. Es la misma cosa que el huevo de Colón. Era preciso saber el cómo.

Sin embargo, contra lo que podía esperarse, esta expedición de tan pacífica apariencia, no debía terminar sin emociones ni peligros. El señor de Bevallan, en vez de ganar la ribera directamente frente á la pequeña ensenada en que estaba amarrada la barca, tuvo la malhadada idea de atravesar por un punto más vecino á la catarata. Impelió, pues, el bote hasta el medio de la corriente; luego lo dejó arrastrar por ella durante un momento; pero no tardó en fijarse de que en la cercanía de la cascada, el río, como atraído por el abismo y arrebatado por el vértigo, precipitaba su curso con aterradora rapidez; tuvimos la revelación del peligro al verlo poner repentinamente el bote de través y comenzar á agitar los remos con febril energía. Luchó contra la corriente durante algunos segundos con un éxito muy incierto. Sin embargo, se aproximaba poco á poco al ribazo opuesto, aun cuando la corriente continuase arrastrándolo con espantosa impetuosidad hacia las cataratas, cuyos amenazantes rumores debían entonces llenar de horror sus oídos. No distaba ya de ellas sino algunos pasos, cuando un esfuerzo supremo le llevó hasta cerca de la ribera para que su vida al menos quedase asegurada. Tomó entonces un impulso vigoroso y saltó sobre el declive de la costa, rechazando con el pie á pesar suyo la abandonada barca, que fué inmediatamente arrastrada por encima de los arrecifes y vino á vogar en el estanque con la quilla al aire.

En tanto que el peligro duró no habíamos sentido, en presencia de aquella escena, otra impresión que la de una viva inquietud; pero tranquilizados apenas nuestros espíritus, debían ser heridos vivamente por el contraste que ofrecía el desenlace de la aventura con el aplomo del que había sido su héroe. La risa es por otra parte tan fácil como natural después de alarmas felizmente apaciguadas. Así, no hubo nadie entre nosotros que no se abandonase á una franca alegría en el momento en que vimos al señor de Bevallan fuera de la barca. Será preciso advertir que en este mismo momento se completaba su infortunio por un accidente verdaderamente doloroso. El ribazo á que había saltado presentaba una pendiente escarpada y húmeda; no bien hubo puesto el pie en él, resbalándose cayó de espaldas; algunas sólidas ramas se hallaban afortunadamente á su alcance y se agarró de ellas con frenesí, mientras sus piernas se agitaban como dos furiosos remos en el agua, por otra parte poco profunda, que baña la costa. Habiendo desaparecido entonces toda sombra de peligro, el espectáculo de aquel combate fué puramente ridículo, y supongo que este cruel pensamiento agregaba á los esfuerzos del señor de Bevallan una torpe precipitación que le hacía retardar su triunfo. Logró, sin embargo, levantarse de nuevo y tomar pie sobre la escarpa; pero súbitamente lo vimos deslizarse otra vez despedazando las malezas que se oponían á su pasaje, volviendo á comenzar en el agua, con una desesperación evidente, su desordenada pantomima. Era imposible contenerse. Creo que jamás la señorita Margarita había asistido á una fiesta semejante. Había olvidado absolutamente todo cuidado por su dignidad, y como una ninfa ebria, llenaba el soto con los estallidos de su alegría casi convulsiva. Golpeaba sus manos, y á través de sus carcajadas, gritaba con voz entrecortada:—¡Bravo, bravo, señor de Bevallan! ¡Lindísimo, delicioso, pintoresco! ¡Oh, Salvator Rosa!

El señor de Bevallan, entretanto, había acabado por pararse sobre la tierra firme. Volviéndose entonces hacia las damas, les dirigió un discurso, que el ruido estrepitoso de la cascada no permitía oir claramente, pero por los animados gestos, por los movimientos descriptivos de sus brazos y el aire torpemente sonriente de su fisonomía, podíamos comprender que nos hacía una explicación apologética de su desastre.

—Sí, señor, sí—respondió la señorita Margarita, riendo siempre con la implacable tranquilidad de una mujer;—¡es un triunfo, un magnífico triunfo! ¡Sea enhorabuena!

Cuando recobró un poco su seriedad, me interrogó sobre los medios de recobrar la zozobrada barca, que entre paréntesis, es la mejor de nuestra flotilla. Prometíle volver al siguiente día con algunos obreros y presidir su salvamento; luego nos encaminamos alegremente á través de las praderas, en dirección al castillo, en tanto que el señor de Bevallan, no estando en traje de natación, debía renunciar á reunírsenos y se perdía con aire melancólico tras de las rocas que bordean la opuesta ribera.

20 de agosto.

En fin, aquella alma extraordinaria me ha entregado el secreto de sus tempestades. ¡Desearía que lo hubiera guardado siempre! En los días subsiguientes á las escenas que he contado, la señorita Margarita, como avergonzada de los movimientos de juventud y franqueza á que un instante se había abandonado, dejó caer de nuevo sobre su frente un velo más espeso de triste arrogancia, de desconfianza y de desdén. En medio de los bulliciosos placeres de las fiestas y bailes que en el castillo se sucedían, pasaba ella como una sombra, indiferente, helada, y algunas veces hasta irritada. Su ironía atacaba con inconcebible amargura, tan pronto á los puros goces del espíritu, á los que proporcionan la contemplación y el estudio, como á los más nobles é inviolables sentimientos. Si se citaba delante de ella algún rasgo de valor ó de virtud, lo volvía al momento para buscarle la faz del egoísmo; si se tenía la desgracia de quemar en su presencia el más pequeño grano de incienso sobre el altar del arte, al instante lo extinguía de un revés. Su risa triste, sarcástica, temible, semejante en sus labios á la burla de un ángel caído, se encarnizaba en ajar donde quiera que veía las señales de las más generosas facultades del alma humana, el entusiasmo y la pasión. Sentía yo que este extraño espíritu de denigración, tomaba para conmigo un carácter de persecución especial y de verdadera hostilidad. No comprendía y no comprendo aún muy bien, cómo he podido merecer estas particularesatenciones, pues si es verdad que llevo en mi corazón la firme religión de las cosas ideales y eternas, que sólo la muerte podía arrancarme (¡oh, gran Dios, qué me quedaría si no tuviera esto!) de ningún modo soy inclinado á los éxtasis públicos y mis admiraciones como mis amores, jamás importunarán á nadie. Trataba de observar con más escrúpulo que nunca aquella especie de pudor que sienta tan bien á los verdaderos sentimientos; pues no ganaba nada: era sospechoso de poesía. Se me atribuían quimeras novelescas, para tener el placer de combatirlas, poníaseme en las manos no sé qué arpa ridícula, para proporcionarse la diversión de romperle las cuerdas.

Si bien esta guerra declarada á todo lo que es superior á los intereses positivos y á las secas realidades de la vida, no era nueva en el carácter de la señorita Margarita, sin embargo, se había exagerado bruscamente y envenenado, hasta el punto de herir los corazones que más cariño le profesaban. Un día, la señorita de Porhoet, cansada de esa incesante burla, le dijo delante de mi:—Querida mía, se ha posesionado del corazón de usted, hace algún tiempo, un demonio que haría bien en exorcizar lo más pronto posible; de otro modo, acabará usted por formar una homogénea trinidad con las señoras de Aubry y de Saint-Cast; quiero advertírselo bien claro. Por mi parte no me precio de ser ni haber sido jamás una persona muy novelesca, pero me gusta creer que hay aún en el mundo algunas almas capaces de sentimientos generosos: creo en el desinterés, aun cuando no fuese sino en el mío; creo en el heroísmo, pues he conocido héroes. Además, tengo placer en oir cantar á los pajarillos bajo mi soto de ojaranza, y en edificar mi catedral en las nubes que pasan. Todo esto puede ser muy ridículo; pero me atrevo á recordarle que estas ilusiones son los tesoros del pobre, que el señor y yo no tenemos otros, y que tenemos la singularidad de no quejarnos.

Otro día que acababa yo de sufrir con mi ordinaria impasibilidad los sarcasmos de la señorita Margarita, su madre me llamó aparte.

—Señor Máximo—me dijo,—mi hija le atormenta un poco, le suplico que la excuse. Debe notar que su carácter se ha alterado desde hace algún tiempo.

—La señorita parece más preocupada que de costumbre...

—¡No es sin razón, Dios mío! Está á punto de tomar una resolución muy grave y ese es un momento en que el humor de las jóvenes queda entregado á la locura de las brisas.

Inclinéme sin responder.

—Usted es ahora—continuó la señora Laroque—un amigo de la familia; por esa razón le quedaré agradecidísima si me dice lo que piensa del señor de Bevallan.

—El señor de Bevallan, señora, tiene según creo, una muy buena fortuna aunque un poco inferior á la de usted, pero muy buena sin embargo: cerca de ciento cuarenta mil francos de renta.

—Sí, pero ¿cómo juzga usted su persona, su carácter?...

—Señora, el señor de Bevallan es lo que se llama un completo caballero. No le falta talento y pasa por un hombre galante.

—¿Pero cree usted que haga feliz á mi hija?

—No creo que la haga desgraciada. Sería suponerle una alma depravada.

—¿Qué quiere usted que haga, Dios mío? A mí no me gusta nada, pero es el único que no desagrada á Margarita... y por otra parte, ¡hay tan pocos hombres que tengan cien mil francos de renta! Debe usted comprender que mi hija en su posición no ha dejado de tener pretendientes... Hace dos ó tres años que estamos literalmente sitiadas... Pues bien, es menester acabar... Yo estoy enferma... Puedo morirme de un día á otro... Mi hija quedaría sin protección... Además, este es un matrimonio en que se reunen todas las conveniencias, que la sociedad aprobará ciertamente, y yo sería culpable si no consintiera en él... Se me acusa ya de inspirar á mi hija ideas novelescas... la verdad es que yo nada la inspiro. Ella tiene una cabeza completamente suya. En fin, ¿qué es lo que me aconseja usted?

—¿Me permitirá, señora, preguntarle cuál es la opinión de la señorita de Porhoet? Es una persona llena de juicio y de experiencia y que además le profesa á usted un gran cariño...

—¡Ah! si he de creer á la señorita de Porhoet, enviaría muy lejos al señor de Bevallan... Pero habla muy fácilmente... ¡cuando él se haya marchado no será ella quien casará á mi hija!

—Dios mío, señora, desde el punto de vista de la fortuna, el señor de Bevallan es ciertamente un partido poco común, es preciso no disimulárselo, y si quiere usted rigurosamente cien mil libras de renta...

—Para mí lo mismo son cien mil libras de renta que cien cuartos, mi querido señor... Pero no se trata de mí, sino de mi hija... yo no puedo darla á un albañil. ¿No es así? A mí me habría gustado ser la mujer de un obrero, pero lo que habría hecho mi felicidad, es probable que no haga la de mi hija. Y al casarla, debo consultar las ideas generalmente recibidas, no las mías.

—Pues bien, señora, si este casamiento le conviene, y conviene igualmente á su señorita hija...

—Pero no, si él no me conviene... y no conviene á mi hija... Es un casamiento... ¡Dios mío, es un casamiento de conveniencia, eso es todo!

—¿Debo comprender que es una cosa completamente arreglada?

—No, puesto que le pido consejo. Si lo estuviera, mi hija estaría más tranquila... esas fluctuaciones son las que la trastornan, y además...

La señora de Laroque, sumergiéndose en la sombra de la pequeña cúpula que domina su sillón, agregó: ¿Tiene usted alguna idea de lo que pasa en esa desgraciada cabeza?

—Ninguna, señora.

Su mirada chispeante se fijó sobre mí durante un momento. Arrojó un profundo suspiro y me dijo con un tono dulce y triste:—Váyase, señor... no le detengo más.

La confidencia con que acababa de ser honrado no me sorprendió. Hacía ya algún tiempo que la señorita Margarita consagraba visiblemente al señor de Bevallan todo el resto de simpatía que conserva aún por la humanidad. Estos testimonios, sin embargo, parecían más bien señal de una preferencia amistosa que la de una apasionada ternura. Es menester decir, además, que esta distinción se explica fácilmente. El señor de Bevallan, á quien jamás estimé y de quien he hecho, á pesar mío, en estas páginas, más bien la caricatura que el retrato, reune el mayor número de cualidades y defectos que habitualmente atraen el sufragio de las mujeres. La modestia le falta absolutamente; lo que le viene á las mil maravillas, pues las mujeres no la estiman. Tiene esa seguridad espiritual burlona y tranquila, que de nada se asusta, que intimida fácilmente, y que garantiza siempre, al que está dotado de ella, una especie de dominación y una apariencia de superioridad. Su talle derecho, sus gallardas facciones, su destreza en los ejercicios físicos, su renombre como batidor y cazador, le prestan una autoridad viril, que impone al sexo tímido. Hay por fin, en sus ojos un espíritu de audacia, de empresa y de conquista no desmentido por sus costumbres, que conmueve á las mujeres y subleva en sus almas secretos ardores. Justo es agregar, que tales ventajas no tienen en general todo su precio sino sobre corazones vulgares; pero el corazón de la señorita Margarita, que yo había querido, como sucede siempre, elevar al nivel de su belleza, parece hacer ostentación desde hace algún tiempo de sentimientos de un orden muy mediocre, y creíala muy capaz de sufrir sin resistencia como sin entusiasmo, con la frialdad pasiva de una imaginación inerte, el encanto de ese vencedor venal y el yugo consiguiente á un matrimonio de conveniencia.

A consecuencia de todo esto, era menester tomar un partido y lo tomé más fácilmente de lo que un mes antes hubiera creído, pues había empleado todo mi valor en combatir las primeras tentaciones de un amor que el buen sentido y el honor reprobaban igualmente, y aquella misma que, sin saberlo, me imponía este combate, sin saberlo, también, me había ayudado poderosamente á triunfar. Si no había podido ocultarme su belleza, me había manifestado su alma, y la mía se había reconcentrado, pequeña desgracia sin duda para la millonaria joven, pero verdadera, dicha para mí.

Entretanto, hice un viaje á París donde me llamaban los intereses de la señora de Laroque y los míos. Volví hace dos días y al llegar al castillo, se me dijo que el anciano señor Laroque me llamaba con insistencia desde por la mañana. Pasé inmediatamente á su departamento. Desde que me divisó, una pálida sonrisa vagó por sus ajadas mejillas, detuvo sobre mí una mirada en la que creí ver una expresión de maligna alegría y de secreto triunfo, diciéndome luego con voz sorda y cavernosa.

—Señor, el señor de Saint-Cast ha muerto.

Esta noticia que aquel singular anciano había querido darme él mismo, era exacta. En la noche precedente, el pobre general de Saint-Cast había sido atacado de una fuerte aplopegía, y una hora después era arrebatado á la existencia opulenta y deliciosa, que debía á su señora. Conocido apenas el suceso en el castillo, la señora de Aubry se había hecho transportar en seguida á casa de su amiga, y estas dos compañeras, nos dijo el doctor Desmarest, habían conferenciado sobre la muerte, la rapidez de sus golpes, la imposibilidad de preverlos ó de garantirse contra ellos, la inutilidad de los pesares que á nadie resucitan, sobre el tiempo que todo lo consuela, acabando por una letanía de ideas originales y picantes. Después de lo cual habiéndose sentado á la mesa habían recobrado fuerzas muy tranquilamente.

—Vamos, coma usted, señora; es menester sustentarse, Dios lo quiere así—decía la señora de Aubry.

A los postres, la señora de Saint-Cast hizo subir una botella de un vinillo de España que el pobre general adoraba, en consideración á lo cual suplicaba á la señora Aubry lo probara. Rehusando obstinadamente la señora de Aubry á probarlo sola, la señora de Saint-Cast se había dejado persuadir que Dios quería que también ella bebiese un poco de vino de España con un bizcochito. No se brindó por la salud del general.

Ayer por la mañana, la señora de Laroque y su hija, estrictamente vestidas de luto, montaron en carruaje: yo tomé un lugar á su lado. A las diez nos hallábamos en la pequeña ciudad vecina. Mientras yo asistía á los funerales del general, las señoras se reunían con la señora de Aubry para formar alrededor de la viuda el círculo de costumbre. Acabada la triste ceremonia, volví á la casa mortuoria y fuí introducido con algunos amigos íntimos en el célebre salón cuyo mueblaje cuesta quince mil francos. En el centro de una fúnebre media luz, distinguí sobre un canapé de mil doscientos francos, la sombra inconsolable de la señora de Saint-Cast, envuelta en amplios crespones, cuyo precio no tardaremos en conocer. A su lado se hallaba la señora de Aubry presentando la imagen de la más intensa postración física y moral. Una media docena de parientas y de amigas completaban aquel grupo doloroso. Mientras nosotros nos colocábamos en fila á la otra extremidad del salón, hubo algún ruido de refregones de pie y algunos crujidos del pavimento; luego un melancólico silencio reinó de nuevo en el fúnebre recinto. De tiempo en tiempo solamente, se elevaba del canapé un suspiro lamentable que la señora de Aubry repetía como un eco fiel. En fin apareció un joven que se había retardado un poco en la calle tomándose tiempo para acabar un cigarro que había encendido al salir del cementerio. Se deslizaba discretamente en nuestras filas, cuando la señora de Saint-Cast lo notó.

—¿Es usted, Arturo?—dijo con una voz semejante á un soplo.

—Sí, mi tía—dijo el joven, avanzando como centinela al frente de nuestra línea.

—¿Se acabó todo?—respondió la viuda con el mismo tono quejumbroso y lánguido.

—Sí, mi tía—respondió con acento breve y deliberado el joven Arturo, que parece un mozo bastante satisfecho de sí mismo.

Hubo una pausa; en seguida la señora de Saint-Cast sacó del fondo de su alma expirante esta nueva serie de preguntas:

—¿Estuvo bueno?

—Muy bueno, tía, muy bueno.

—¿Mucha gente?

—Toda la ciudad, mi tía, toda la ciudad.

—¿Las tropas?

—Sí, mi tía; toda la guarnición con la música.

La señora de Saint-Cast hizo oir un gemido y agregó:

—¿Y los bomberos?

—Los bomberos también, mi tía, sin duda alguna.

Ignoro lo que este último detalle podría tener de particularmente desgarrador para el corazón de la señora de Saint-Cast, pero no pudo resistir á él; un desmayo súbito, acompañado de un vahido infantíl llamó á su alrededor todos los recursos de la sensibilidad femenil y nos proporcionó la ocasión de retirarnos. Yo por mi parte no tuvo reparo en aprovecharme de ella. Me era insoportable ver aquella ridícula furia ejecutar sus hipócritas farsas sobre la tumba del hombre débil, pero bueno y leal, cuya vida había emponzoñado y muy indudablemente acortado.

Más tarde, la señora de Laroque me propuso la acompañara á la alquería de Langoat, que está situada cinco ó seis leguas más lejos, en dirección á la costa. Tenía la intención de ir á comer allí con su hija. La arrendataria, que había sido nodriza de la señorita Margarita, estaba enferma y proyectaban hacía largo tiempo darle este testimonio de interés. Partimos á las dos de la tarde. Era uno de los más ardientes días de verano. Las dos portezuelas abiertas dejaban entrar en el carruaje los espesos y abrasadores efluvios que un tórrido cielo vertía á torrentes sobre los secos arenales.

La conversación se resintió de la languidez de nuestros espíritus. La señora de Laroque que se creía en el paraíso, se había por fin desembarazado de sus pieles y permanecía sumergida en un dulce éxtasis. La señorita Margarita manejaba el abanico con una gravedad española. En tanto que subíamos lentamente las interminables cuestas de este país, veíamos hormiguear sobre las calcinadas rocas legiones de pequeños lagartos con sus plateadas corazas, y oíamos el chirrido continuo de las aliagas que abrían al sol sus maduras frutas.

En medio de una de estas laboriosas ascensiones una voz gritó repentinamente desde el borde del camino:—¡Deténganse si me hacen el favor! Al mismo tiempo una muchachota con las piernas desnudas, una rueca en la mano y llevando el antiguo vestido del país y la cofia ducal de las paisanas de esa región, franqueó rápidamente el foso; espantó, al pasar, algunos carneros, cuya pastora parecía, y vino á plantarse con cierta gracia sobre el estribo, presentándonos en el cuadro de la portezuela su fisonomía bronceada, resuelta y sonriente.

—Excúsenme, señoras—dijo con el tono breve y melodioso que caracteriza el acento de la gente del país—¿me harían el placer de leerme esto?—y sacó de su corpiño una carta plegada á la antigua.

—Lea usted, señor—me dijo sonriendo la señora de Laroque y alto si es posible.

Tomé la carta, que era un billete de amor. Estaba dirigido con mucha minuciosidad á la señorita Cristina Oyadec en la Villa de... comuna de... granja de... La escritura era de mano muy inculta, pero que parecía sincera. La fecha anunciaba que la señorita Cristina había recibido aquella misiva dos ó tres semanas antes: al parecer, la pobre joven, no sabiendo leer y no queriendo confiar su secreto á la malignidad de los que la rodeaban, había esperado que algún pasajero á la vez benévolo y letrado, viniera á darle la clave de aquel misterio que le quemaba el seno hacía quince días. Sus ojos azules, ampliamente rasgados, fijábanse sobre mí con un aire de contento inexplicable, en tanto que yo descifraba penosamente las líneas oblicuas de la carta que estaba concebida en estos términos: Señorita: ésta tiene por objeto decirle que desde el día en que nos hablamos en el arenal después de vísperas, mis intenciones no han cambiado y que me desespero por saber las suyas; mi corazón, señorita, es todo suyo, como deseo que el de usted sea todo mío, y si esto sucede, puede estar segura y muy cierta, que no habrá alma viviente más dichosa, ni en el Cielo ni en la tierra, que la de su amigo que no firma, pero que usted sabe quién es, señorita.

—¿Usted sabe quién es, señorita Cristina?—preguntéla al devolverle la carta.

—Es muy probable—dijo, mostrándonos sus blancos dientes y sacudiendo gravemente su femenil cabeza, iluminada por la felicidad.—¡Gracias, señoras y señor!—saltó del estribo y muy luego desapareció en la selva, elevando hacia el Cielo las notas alegres y sonoras de alguna canción bretona.

La señora de Laroque había seguido con un encanto manifiesto todos los detalles de aquella escena pastoril, que acariciaba deliciosamente sus quimeras; sonreía y soñaba ante aquella afortunada niña de desnudos pies, estaba encantada. Cuando la señorita Oyadec se hubo perdido de vista, una idea extraña se ofreció repentina al pensamiento de la señora de Laroque: era que, después de todo, no hubiera hecho mal en dar, además de su admiración, una pieza de cinco francos á la pastora.

—¡Alain!—exclamó—¡llámela!

—¿Para qué, madre mía?—dijo vivamente la señorita Margarita, que hasta entonces no había parecido prestar atención alguna al incidente.

—Pero, hija mía, no puede ser que esa niña no comprenda bien todo el placer que yo tendría y que debe tener ella en correr con los pies desnudos sobre el polvo, y creo conveniente por lo que pueda suceder, dejarle un pequeño recuerdo.

—¡Dinero!—respondió la señorita Margarita;—¡oh! madre mía, no haga usted eso. ¡No mezcle el dinero en la dicha de esa niña!

La expresión de este refinado sentimiento que, entre paréntesis, la pobre Cristina es probable no hubiera apreciado del todo, no dejó de asombrarme en boca de la señorita Margarita, que no peca en general de ese puritanismo. Hasta creí que se burlaba, aun cuando su fisonomía no indicara ninguna disposición á la jovialidad. Sea lo que sea, broma ó no, fué tomada muy á lo serio por su madre y se decidió con entusiasmo á dejar á aquel idilio su inocencia y sus pies desnudos.

Después de este bello rasgo, la señora de Laroque, evidentemente muy contenta de sí misma, volvió á caer en éxtasis sonriendo, y la señorita Margarita continuó de nuevo manejando el abanico con más gravedad. Una hora después llegábamos al término de nuestro viaje. Como la mayor parte de los cortijos de este país, donde las alturas y las mesetas están cubiertas de áridos arenales, la granja de Langot está situada en el hueco de un valle atravesado por un riachuelo. La arrendataria, que se hallaba mejor, se ocupó sin retardo de los preparativos de la comida, cuyos principales elementos habíamos tenido cuidado de llevar. Nos fué servida sobre el césped de una pradera, á la sombra de un enorme castaño. La señora de Laroque, instalada sobre uno de los cojines del carruaje en una actitud sumamente incómoda, no parecía por eso menos contenta. Nuestra reunión, decía le recordaba esos grupos de segadores que suelen verse en verano, oprimiéndose al abrigo de los cercados y cuyos rústicos banquetes nunca había podido contemplar sin envidia. En cuanto á mí, es probable que en otros tiempos hubiera hallado una dulzura singular en la estrecha y fácil intimidad que esta comida sobre el césped, como todas las escenas de este mismo género, establecen siempre entre los convidados; pero alejaba, con un penoso sentimiento de violencia, este encanto demasiado sujeto al arrepentimiento, y el pan de fugitiva fraternidad me parecía amargo.

Cuando acabamos de comer:—¿Ha subido usted alguna vez allá arriba?—me dijo la señora de Laroque designando la cumbre de una colina muy elevada que domina la pradera.


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