Chapter 4

—No, señora.

—Ha hecho usted muy mal. Vese desde allí un magnífico horizonte. En tanto que se pone el tiro, Margarita puede acompañarle, ¿no es así Margarita?

—¿Yo, madre mía? No he ido sino una vez y hace largo tiempo... pero hallaré el camino. Venga, señor, y prepárese para una ruda ascensión.

Comenzamos en el momento á subir una escarpadísima senda que serpenteaba sobre el flanco de la montaña, atravesando aquí y allá algún bosquecillo. La joven se detenía de tiempo en tiempo en su rápida y ligera ascensión para mirar si la seguía, y un poco jadeante de su carrera me sonreía sin hablar.

Llegado que hubimos al desnudo arenal que formaba la meseta, observé á alguna distancia una iglesia de aldea cuyo campanario dibujaba en el cielo sus vivos contornos.

—Aquí es—me dijo la joven conductora, acelerando el paso.

Detrás de la iglesia había un cementerio cercado de pared. Abrió la puerta y se dirigió penosamente á través de las altas hierbas y de las zarzas extendidas, especie de gradas en forma de hemiciclo que ocupaban su extremidad. Dos ó tres escalones separados por el tiempo y muy singularmente adornados por macizas esferas, conducen á una estrecha plataforma levantada al nivel del muro; una cruz de granito se levanta en el centro. Apenas llegó la señorita Margarita á la plataforma y arrojó una mirada en el espacio que se abrió entonces ante ella, cuando la vi colocar oblicuamente la mano sobre sus ojos, como si sintiese un súbito desvanecimiento. Apresuréme á llegar á su lado. Este bello día al aproximarse á su fin alumbraba con sus últimos resplandores una escena grande, asombrosa y sublime, que jamás olvidaré. Frente á nosotros y á una inmensa profundidad de la plataforma, se extendía hasta perderse de vista, una especie de pantano sembrado de placas luminosas y que ofrecía el aspecto de una tierra abandonada por el reflujo de un diluvio. La ancha bahía avanzaba bajo nuestros pies hasta la base de las sesgadas montañas. Sobre los bancos de arena y de fango, una vegetación confusa de cañas y de hierbas marinas, se teñía de mil matices igualmente sombríos y sin embargo distintos, que contrastaban con la brillante superficie de las aguas. A cada uno de sus rápidos pasos hacia el horizonte, el sol iluminaba ó sumergía en la sombra alguno de los numerosos lagos que salpicaban aquel golfo medio seco; parecía sacar sucesivamente de su celeste tesoro las más preciosas materias, la plata, el oro, el rubí y el diamante, para hacerlas relumbrar sobre cada punto de aquella magnífica llanura. Cuando el astro tocó al término de su carrera, una banda vaporosa y ondeada que bordaba á lo lejos el límite del extremo de los pantanos, purpureóse de repente con la luz del incendio y guardó por un momento la irradiada transparencia de una nube surcada por el rayo; hallábame entregado todo entero á la contemplación de este cuadro verdaderamente sellado por la grandeza divina, y que atravesaba como un rayo más el recuerdo de César, cuando una voz baja como oprimida murmuró cerca de mí:—¡Dios mío, esto es magnífico!

Muy lejos estaba yo de esperar de mi joven compañera esta efusión simpática. Me volví hacia ella con la prontitud de una sorpresa que no disminuyó cuando la alteración de sus facciones y el ligero temblor de sus labios, me manifestaron la sinceridad profunda de su admiración.

—¿Confiesa usted que esto es bello?—le dije.

Ella sacudió la cabeza; pero en el mismo instante dos lágrimas destacábanse lentamente de sus grandes ojos: sintiólas correr sobre sus mejillas; hizo un gesto de despecho, luego arrojándose repentinamente sobre la cruz de granito, cuya base le servía de pedestal, abrazóla con sus dos manos, apoyó fuertemente su cabeza contra la piedra, y la oí sollozar convulsivamente.

No creí deber turbar con ninguna palabra el curso de aquella súbita emoción, y alejéme algunos pasos con respeto. Después de un momento, viéndola levantar la frente y con mano distraída arreglar sus sueltos cabellos, me aproximé á ella.

—¡Qué avergonzada estoy!—murmuró.

—Esté usted más bien gozosa y renuncie, créamelo, á secar la fuente de esas lágrimas, porque es sagrada. Jamás las sacará usted de otra parte.

—Es preciso—exclamó la joven con una especie de violencia.—Además ya no tiene remedio. Este acceso no ha sido sino una sorpresa... Todo lo que es bello y todo lo que es amable... quiero odiarlo y lo odio.

—¿Y por qué? gran Dios.

Miróme á la cara y agregó con un gesto de dignidad y de dolor indecible:

—Porque soy bella y no puedo ser amada.

Entonces como un torrente largo tiempo contenido que rompe en fin sus diques, continuó con un arrebato extraordinario:

—Es verdad, sin embargo—y deponía su mano sobre su palpitante pecho.—Dios había puesto en este corazón todos los tesoros de que me burlo, de que blasfemo á cada hora del día. Pero cuando me ha castigado con la riqueza, ¡ah, me ha quitado con una mano lo que me prodigaba con la otra! ¿Para qué me sirve la belleza, para qué el desinterés, la ternura y el entusiasmo en que me siento consumida? ¡Ah! no es á estos encantos á los que se dirigen los homenajes de tantos viles que me importunan. Lo adivino, lo sé, lo sé demasiado. Y si alguna vez una alma desinteresada, generosa, heroica, me amara por lo que soy, no por lo que tengo, ¡yo no lo sabría, no lo creería! La desconfianza siempre... Ved ahí mi dolor y mi suplicio. Por esto estoy resuelta... no amaré jamás; jamás me arriesgaré á confiar á un corazón vil, indigno y venal la pura pasión que abrasa el mío. Mi alma morirá virgen en mi seno... Estoy resignada á ello; pero todo lo que es bello, todo lo que hace pensar, todo lo que me habla de los Cielos prohibidos, todo lo que agita en mí estas llamas inútiles, lo aparto, lo odio, no quiero nada de él.

Detúvose temblorosa de emoción; en seguida, con una voz más baja, continuó:

—Señor, no he buscado este momento... no he calculado mis palabras... no le había destinado toda esta confianza; pero en fin, he hablado; usted lo sabe todo, y si alguna vez he podido herir su sensibilidad, creo que ahora me lo perdonará.

Tendióme su mano. Cuando mis labios se posaron sobre aquella mano aún tibia y húmeda por las lágrimas, me pareció que una languidez mortal corría por mis venas. Margarita volvió la cabeza, arrojó una mirada sobre el sombrío horizonte; luego, descendiendo lentamente las gradas:—Partamos, dijo.

Un camino más largo, pero más fácil, que la pendiente escarpada de la montaña, nos llevó al patio de la granja, sin que una sola palabra se hubiera pronunciado entre nosotros. ¡Ay, que podría decir! Yo era más sospechoso que nadie. Sentía que cada palabra escapada de mi corazón, demasiado lleno, no hubiera hecho sino aumentar más y más la distancia que me separa de aquella alma tempestuosa y adorable.

La noche entraba ya, ocultaba las huellas de nuestra común emoción. Partimos. La señora de Laroque después de haberme expresado el contento que dejaba en ella aquel día, púsose á dormitar. La señorita Margarita, invisible é inmóvil en la espesa sombra del carruaje, parecía adormecida como su madre: pero cuando alguna vuelta del camino dejaba caer sobre ella un rayo de pálida claridad, sus ojos abiertos y fijos manifestaban que velaba silenciosamente, frente á frente con su inconsolable pensamiento. En cuanto á mí, apenas puedo decir que pensaba; una extrema sensación, mezcla de una alegría profunda y de una profunda amargura, había invadido todo mi ser, y me abandonaba á ella, como suele uno abandonarse á un sueño, del que tiene conciencia, pero no fuerza para sacudir su encanto.

Llegamos á media noche. Descendí del carruaje á la entrada de la avenida para llegar á mi habitación, atravesando el parque por el camino más corto. Al entrar en una obscura alameda, un débil ruido de pasos y de voces hirió mi oído y distinguí vagamente dos sombras en las tinieblas. La hora era bastante avanzada para justificar la precaución que tomé de permanecer oculto en la espesura de un bosque y observar aquellos nocturnos rondadores. Pasaron lentamente delante de mí: reconocí á la señorita Helouin apoyada en el brazo del señor de Bevallan. En el mismo instante el ruido del carruaje los puso en alarma, y después de un apretón de mano, se separaron apresuradamente, marchando la señorita en dirección al castillo y el señor de Bevallan por la parte de los bosques; habiendo entrado en mi habitación y estando aún preocupado con este encuentro, me preguntaba con cólera si dejaría al señor de Bevallan proseguir libremente sus amores por partida doble, y buscar al mismo tiempo y en la misma casa, una novia y una querida. Seguramente soy muy de mi edad y de mi tiempo para sentir contra ciertas debilidades el odio vigoroso de un puritano, y no tengo tampoco la hipocresía de afectarlo; pero pienso que la inmoralidad más libre y más relajada desde este punto de vista admite aún algunos grados de dignidad, de elevación y de delicadeza. Puede marcharse más ó menos rectamente por estos extraviados caminos. Antes que todo, la excusa del amor es amar, pero la profusión venal de las ternuras del señor de Bevallan excluye toda apariencia de arrebato y de pasión. Tales amores no son ni aun faltas, pues no tienen el valor moral de tales, no son sino cálculos y apuestas de chalán embrutecido. Los diferentes incidentes de este día reuniéndose en mi espíritu acababan de probarme hasta qué punto era indigno de la mano y del corazón que osaba ambicionar. Esta unión sería monstruosa, y sin embargo, pronto comprendí que no podía usar para romper su intento de las armas que la casualidad acababa de proporcionarme. El mejor fin no podría justificar los medios bajos, y no hay delación honorable. ¡Este casamiento se efectuará, pues! ¡El Cielo dejará caer una de las más nobles criaturas que haya formado, en los brazos de este frío libertino! ¡Sufrirá esta profanación! ¡Ay, sufre tantas! Luego, trataba de explicarme por qué extravío de la falsa razón esta joven había escogido entre todos á este hombre. Creo adivinarlo. El señor de Bevallan es muy rico, debe traer una fortuna casi igual á la suya, esto parece ser una especie de garantía; él podría pasarse sin este aumento de riqueza: se le presume más desinteresado porque es menos necesitado. ¡Triste argumento! ¡Enorme engaño es medir por el grado de la fortuna, el grado de venalidad de los caracteres! Las tres cuartas partes del tiempo, la avidez se hincha con la opulencia, ¡y los más mendigos no son los más pobres!

¿No había, sin embargo, ahora alguna apariencia de que la señorita Margarita pudiera por sí sola abrir los ojos sobre la indignidad de su elección y hallar en alguna inspiración secreta de su propio corazón el consejo, que me era prohibido sugerirle? ¿No podía levantarse repentinamente en aquel corazón un sentimiento nuevo, inesperado, que de un soplo redujera á la nada las vanas resoluciones de la razón? ¿Este mismo sentimiento no había nacido ya, y no había recogido yo irrecusables testimonios de él? Tantos caprichos extravagantes, tantas dudas, combates y lágrimas de que desde algún tiempo había sido el objeto ó el testigo, denunciaban, sin duda, una razón vacilante y poco dueña de sí misma. No era tan novicio en la vida para ignorar que una escena como aquella de que la casualidad me había hecho en esa noche misma el confidente y casi el cómplice, por poco premeditada que sea no estalla jamás en una atmósfera de indiferencia. Tales emociones, tales sacudimientos suponen dos almas alteradas ya por una tempestad común, ó que van á serlo.

Pero si era verdad, si me amaba, como era demasiado cierto que yo la amaba á ella, podía decir de este amor lo que ella de su belleza:—¿Para qué me sirve?—pues no podía esperar que tuviera jamás bastante fuerza para triunfar de la eterna desconfianza, que es el error y la virtud de esta noble niña; desconfianza cuyo ultraje rechaza mi carácter, pero que mi situación más que la de otro alguno es á propósito para inspirarla. Entre estas terribles dudas y la reserva más grande aún, que ellas me exigen ¿qué milagro podría colmar el abismo?

Y en fin, si aun interviniendo este milagro, se dignara ofrecerme esa mano por la que yo daría mi vida, pero que jamás pediría ¿sería dichosa nuestra unión? ¿No debería yo temer tarde ó temprano en aquella inquieta imaginación el sordo despertar de una mal sofocada desconfianza? ¿Podría evitarme yo mismo una cavilación penosa, en el seno de una riqueza prestada? ¿Podría gozar, sin malestar, de un amor infestado por un beneficio? Nuestro papel de protección para con las mujeres, nos está impuesto tan formalmente por todos los sentimientos del honor, que no puede ser invertido un solo instante, ni aun de la manera más prohibida, sin que se esparza sobre nosotros no sé qué sombra de duda y de sospecha. A la verdad, la riqueza no es una ventaja tal que no pueda hallar en este mundo ninguna especie de compensación, y supongo que un hombre que lleva á su mujer, en cambio de algunos sacos de oro, un nombre que ha hecho ilustre, un mérito eminente, una gran posición, un porvenir, no debe hallarse ahogado por la gratitud; pero yo tengo las manos vacías, y no tengo más porvenir que el presente; de todas las ventajas que el mundo aprecia, una sola poseo: mi título, y me hallaría demasiado resuelto á no llevarlo para que no pudiera decirse que él era el premio de la compra; en pocas palabras, yo recibiría todo y no daría nada: un rey puede casarse con una pastora, esto es generoso y encantador y puede felicitársele con razón; pero un pastor no puede casarse con una reina, porque no tendría el mismo efecto.

He pasado la noche revolviendo todas estas cosas en mi pobre cabeza, buscándoles una conclusión, que busco aún. Puede ser que debiera dejar sin retardo esta casa y este país. La prudencia lo querría así. Esto no puede acabar bien. ¡Cuántos mortales pesares se evitarían á menudo con un solo instante de valor y decisión! Debería al menos hallarme abrumado de tristeza; jamás he tenido una ocasión tan bella. ¡Pues bien! ¡No puedo!... En el fondo de mi trastornado y torturado espíritu hay un pensamiento que lo domina todo y que me llena de una alegría sobrehumana. Mi alma es libre como un pájaro del cielo. Veo sin cesar y veré siempre aquel pequeño cementerio, aquella mar lejana, aquel inmenso horizonte, y sobre la radiosa cumbre, aquel ángel de belleza bañado en lágrimas divinas. Siento aún su mano bajo mis labios; siento sus lágrimas en mis ojos, en mi corazón. ¡La amo!... mañana si es preciso tomaré una resolución... ¡Hasta entonces, por Dios, déjeseme en reposo! ¡Hace tanto tiempo que no hago uso de la dicha! ¡Es probable que muera de este amor: pero al menos quiero vivir en paz un día entero!

26 de agosto.

Este día, único que imploraba, no me ha sido concedido. Mi debilidad no ha esperado mucho tiempo la expiación, que será larga. ¿Cómo lo había olvidado? En el orden moral, como en el físico, hay leyes que jamás quebrantamos impunemente, cuyos efectos forman en este mundo la intervención permanente de lo que se llama la Providencia. Un hombre débil y grande, escribiendo con mano casi loca el evangelio de un sabio, decía de las pasiones mismas que hicieron su miseria, su oprobio y su genio: «Todas son buenas cuando uno las domina, todas son malas cuando uno se deja dominar por ellas. Lo que nos prohibe la naturaleza es extender nuestras afecciones más allá de nuestras fuerzas; lo que nos prohibe la razón, es querer lo que no podemos obtener; lo que nos prohibe la conciencia no es ser tentados, sino dejarnos vencer por las tentaciones. No depende de nosotros tener ó no tener pasiones, pero sí depende reinar sobre ellas. Todos los sentimientos que dominamos son legítimos; todos los que nos dominan son criminales... No ligues tu corazón sino á la belleza que no perece; que tu condición limite tus deseos; que tus deberes vayan antes que tus pasiones; extiende la ley de la necesidad á las cosas morales; aprende á perder lo que puede serte arrebatado; ¡aprende á dejarlo todo cuando la virtud lo ordene!» Sí, tal es la ley, yo la conocía; la he violado, y he sido castigado. Nada más justo.

Apenas había puesto el pie sobre la nube de este loco amor, cuando era violentamente precipitado de ella, y he recobrado después de cinco días, apenas, el valor necesario para trazar las circunstancias casi ridículas de mi caída. La señora de Laroque y su hija habían partido por la mañana para hacer una nueva visita á la señora de Saint-Cast y traer en seguida á la señora de Aubry. Hallé á la señorita Helouin sola en el castillo. Le llevaba un trimestre de su pensión; pues si bien por mis funciones soy, en general, completamente extraño al orden y disciplina interiores de la casa, las señoras han deseado, sin duda por miramientos á la señorita Carolina y á mí, que sus sueldos y los míos sean excepcionalmente pagados por mí mismo. La joven se hallaba en el pequeño gabinete contiguo al salón. Recibióme con una dulzura pensativa, que me conmovió. Yo mismo sentía en aquel momento esa tranquilidad de corazón que dispone á la confianza y á la bondad. Resolví, echándolas de Quijote, tender una mano caritativa á aquella pobre abandonada.

—Señorita—le dije repentinamente—me ha retirado usted su amistad, pero la mía le ha quedado entera. ¿Me permite darle una prueba de ella?

Miróme, y murmuró un tímido sí.

—Sépalo, pobre hija mía: se pierde usted.

Levantóse bruscamente.

—¡Me vió la otra noche en el parque!—exclamó.

—Sí, señorita.

—¡Dios mío!—dijo dando un paso hacia mí.—Señor Máximo, le juro que soy honrada.

—Lo creo, señorita; pero debo decirle que en esa historieta, muy inocente sin duda de parte suya, pero que probablemente lo será menos de la otra, aventura usted muy gravemente su reputación y su reposo. Suplícole que lo reflexione, y al mismo tiempo, que esté muy segura de que nadie sino usted oirá jamás una palabra de mi boca sobre este asunto.

Iba á retirarme: ella cayó de rodillas cerca, de un canapé, y estalló en sollozos, con la frente apoyada sobre mi mano que había cogido. Yo había visto correr, hacía poco tiempo, lágrimas más bellas y más dignas; sin embargo, me hallaba conmovido.

—Veamos, mi querida señorita—le dije,—aún no es tarde, ¿es cierto?

Ella sacudió con fuerza la cabeza.

—Pues bien, mi querida niña, tenga valor. Nosotros la salvaremos. ¿Qué puedo hacer por usted? Veamos. ¿Hay en poder de ese hombre alguna prenda ó alguna carta, que pueda reclamarle de parte de usted? Disponga de mí como de un hermano.

Dejó mi mano con cólera.—¡Ah, qué duro es usted!—me dijo—habla de salvarme y es usted quien me pierde. Después de haber fingido amarme, me rechaza usted... me ha humillado, desesperado... ¡Usted es la única causa de lo que sucede!

—Señorita, no es usted justa; jamás he fingido amarla; he sentido por usted una afección muy sincera que le profeso aún. Confieso que su belleza, su ingenio y sus talentos le dan un perfecto derecho á esperar de los que viven cerca de usted algo más que una fraternal amistad; pero mi situación en el mundo, los deberes de familia que me están impuestos, no me permitían ultrapasar esta medida para con usted sin faltar completamente á la probidad. Le digo francamente, que la hallo encantadora y le aseguro que manteniendo mis sentimientos hacia usted en el límite que la lealtad me lo exigía, no he dejado de contraer un gran mérito. No veo en esto nada de muy humillante para usted; lo que podría humillarla con muy justo título, señorita, es verse amada por un hombre muy resuelto á no casarse con usted.

Arrojóme una mirada diabólica.—¿Qué sabe usted de eso?—dijo.—No todos los hombres son corredores de fortuna.

—¡Ah! ¿será usted acaso una perversa, señorita Helouin?—le dije con mucha calma.—Siendo eso así, tengo el honor de saludarla...

—¡Señor Máximo!—exclamó precipitándose repentinamente para detenerme.—¡Perdóneme! ¡Tenga piedad de mí!... compréndame... ¡Soy tan desgraciada!... ¡Figúrese lo que puede ser el pensamiento de una pobre criatura como yo, á quien se ha tenido la crueldad de darle un corazón, un alma y una inteligencia... y que no puede usar de todo esto sino para sufrir... y para odiar! ¿Cuál es mi vida?... ¿Cuál es mi porvenir?... Mi vida es el sentimiento de mi pobreza, exaltado sin cesar por los refinamientos del lujo, que me rodea... ¡Mi porvenir será sentir, llorar amargamente algún día esta misma vida, esta vida de esclava por odiosa, que ella sea!... Habla usted de mi juventud, de mi ingenio, de mi talento... ¡Ah! Yo querría no haber tenido otro talento que romper piedras por las calles... ¡Sería más dichosa!... ¡Mis talentos! ¿y habré pasado el mejor tiempo de mi vida en adornar con ellos á otra mujer, para que sea más bella, más adorada y más insolente aún?... Y cuando lo más puro de mi sangre, haya pasado á las venas de esa muñeca, ella saldrá de aquí apoyada en el brazo de un esposo feliz á tomar parte en las más bellas fiestas de la vida, en tanto que yo, sola, vieja y abandonada iré á morir en algún rincón, con una pensión de doncella... ¿Qué es lo que he hecho al Cielo para merecer este destino? Veamos. ¿Por qué no he de ser feliz como esas mujeres? ¿No valgo tanto como ellas? Si soy tan mala, es porque la desgracia me ha ulcerado, es porque la injusticia me ha ennegrecido el alma... Yo nací tan dispuesta como ellas, más acaso, para ser buena, amante y caritativa... ¡Oh! ¡Dios mío, los beneficios cuestan poco, cuando uno es rico, y la benevolencia es fácil á los dichosos! ¡Si yo estuviera en su lugar, y ellas en el mío, me odiarían, como yo las odio! ¡Nadie ama á sus amos! ¡Ah! esto es horrible, ¿no es verdad? Yo también lo sé y eso es lo que me anonada... Siento mi abyección, me sonrojo de ella... ¡y la conservo! ¡Ay! Va usted á despreciarme ahora más que nunca, señor... ¡Usted, á quien habría amado tanto, si me lo hubiera permitido! Usted, que podría volverme todo lo que he perdido, la esperanza, la paz, la bondad, la estimación de mi misma... ¡Ah! hubo un momento en que me creí salvada... en que tuve por la primera vez un pensamiento de dicha, de porvenir, de orgullo... ¡Desgraciada!

Habíase apoderado de mis dos manos; sumergió en ellas la cabeza, en medio de sus largos y flotantes rizos, llorando desesperadamente.

—Mi querida niña—le dije,—comprendo mejor que nadie los pesares y las amarguras de su situación; pero permítame decirle que los aumenta mucho, nutriendo en su corazón los tristes sentimientos que acaba de expresarme. Todo eso es muy feo, no se lo oculto, y acabará por merecer todo el rigor de su destino; pero veamos, su imaginación exagera singularmente ese rigor. En cuanto al presente, usted es tratada aquí, diga lo que quiera, como una amiga, y en el porvenir, no veo nada que impida que también salga de esta casa apoyada en el brazo de un esposo feliz. Por mi parte, estaré toda mi vida reconocido á su afección; pero quiero decirle otra vez más, para acabar con este asunto: tengo deberes sagrados que llenar, y no quiero, ni puedo casarme.

Miróme repentinamente.—¿Ni aun con Margarita?—dijo.

—No veo lo que aquí significa el nombre de la señorita Margarita.

Rechazó con una mano los cabellos que inundaban su fisonomía y tendiendo la otra hacia mí, con gesto amenazador.—Usted la ama—dijo con voz sorda,—ó más bien ama su dote; pero no la obtendrá.

—¡Señorita Helouin!

—¡Ah!—respondió—es usted demasiado niño si creyó abusar de una mujer que tenía la locura de amarle. Leo claramente sus maniobras, créame. Por otra parte, sé quién es usted... No estaba lejos cuando la señorita de Porhoet transmitió á la señora de Laroque vuestra política confidencia...

—¡Cómo! ¿Usted escucha á las puertas, señorita?

—No me cuido de sus ultrajes... Por otra parte, me vengaré, y muy pronto... ¡Ah! es usted seguramente muy hábil, señor de Champcey y no puedo menos de cumplimentarle... Representa admirablemente el papel de desinterés y de reserva, que su amigo Laubepin no habrá dejado de recomendarle al enviarle aquí... Él sabía con quién tendría que entenderse. Conocía demasiado la ridícula manía de esta muchacha. Cree usted tener ya su presa ¿no es verdad? Los bellos millones, cuya fuente es más ó menos pura, según se dice, pero que serían sin embargo muy á propósito para restaurar un marquesado y volver á dorar un escudo... Pues bien. Desde este momento puede renunciar á ellos. Porque le juro que no conservará usted un día más su máscara, vea aquí la mano que se la arrancará.

—Señorita Helouin, es tiempo de poner fin á esta escena, porque ya raya en melodrama. Me ha hecho usted una buena jugada para prevenirme sobre el terreno de la delación y de la calumnia; pero puede descender á él en plena seguridad, pues le doy mi palabra de no imitarla. Después de esto, soy su servidor.

Dejé aquella infortunada criatura con un profundo sentimiento de disgusto, pero también de piedad.

Aunque haya sospechado siempre que la organización mejor dotada, debe irritarse y torcerse, en proporción á sus dones, encontrándose en la situación equívoca y mortificante, que ocupa la señorita Helouin, nunca mi imaginación hubiera podido sondear hasta el fondo, el abismo lleno de hiel que acaba de abrirse ante mis ojos. Ciertamente, cuando se piensa en ello, no puede concebirse género de existencia, que someta un alma á más envenenadas tentaciones, ni que sea más capaz de desenvolver y de aguzar en el corazón las concupiscencias de la envidia, de sublevar á cada instante las convulsiones del orgullo, de exasperar todas las vanidades y todos los celos naturales en la mujer. Es indudable que el mayor número de desgraciadas criaturas á quienes sus necesidades y talentos, obligan á profesar este empleo, tan honorable en sí, no escapan sino por la moderación de sus sentimientos, con la ayuda de Dios, ó por la firmeza de sus principios, á las deplorables agitaciones de que no había podido garantirse la señorita Helouin; pero la prueba es temible. Algunas veces se me había ocurrido el pensamiento de que mi hermana podría hallarse destinada por nuestras desgracias á entrar en alguna familia rica en calidad de preceptora: hice entonces juramento, sea cual fuere el porvenir que nos estuviera reservado, de dividir con Elena la más pobre boardilla, el pan más amargo del trabajo, antes que dejarla sentarse al festín envenenado de esa opulenta y odiosa servidumbre.

Entretanto, si tenía la firme determinación de dejar el campo libre á la señorita Helouin y de no entrar por ningún precio en las recriminaciones de una lucha degradante, no podía contemplar sin inquietud las consecuencias probables de la guerra desleal que acababa de declararme. Estaba evidentemente amenazado en lo que tengo de más sensible, en mi amor y en mi honor. Dueña del secreto de mi vida, y del secreto de mi corazón, mezclando, con la pérfida habilidad de su sexo, la verdad y la mentira, la señorita Helouin podía fácilmente presentar mi conducta bajo un aspecto sospechoso, volver contra mí hasta las precauciones y los escrúpulos de mi delicadeza, y presentar mis acciones más inocentes bajo el color de una intriga meditada. Me era imposible saber con precisión qué giro daría á su malevolencia, pero la conocía lo bastante para estar seguro que no se engañaría en la elección de los medios. Conocía mejor que nadie los puntos débiles de las imaginaciones que trataba de herir. Poseía sobre el espíritu de la señorita Margarita y sobre el de su madre, el imperio natural del disimulo sobre el candor; gozaba cerca de ellas de toda la confianza que nace de un largo hábito y de una intimidad cotidiana y susamas, para emplear su lenguaje, no podrían sospechar bajo las exterioridades de graciosa jovialidad y de obsequioso agasajo, de que se rodea con un arte consumado, el frenesí de orgullo y de ingratitud que roe á aquella alma miserable. Era demasiado verosímil que una mano tan segura y tan sabia vertería sus venenos con éxito completo en corazones así preparados. A la verdad, la señorita Helouin podía temer, cediendo á su resentimiento, volver á colocar la mano de la señorita Margarita en la del señor Bevallan y apresurar su casamiento, que sería la ruina de su propia ambición; pero yo sabía que el odio de una mujer no calcula nada y que se atreve á todo. Esperaba, pues, de su parte, la más pronta y la más ciega de las venganzas, y tenía razón.

Pasé en una penosa ansiedad las horas que había destinado á más dulces pensamientos. Todo lo que la dependencia puede tener de más punzante para una conciencia recta, y el desprecio de más desgarrador para un corazón que ama, me oprimía en aquellos momentos. La adversidad en mis peores días no me sirvió jamás una tan rebosada copa. Traté, sin embargo, de trabajar como de costumbre. A eso de las cinco me trasladé al castillo. Las señoras habían vuelto al mediodía. Hallé en el salón á la señorita Margarita, á la señora de Aubry y al señor Bevallan, con dos ó tres huéspedes transeuntes. La señorita Margarita pareció no apercibirse de mi presencia, y continuó conversando con el señor de Bevallan en un tono de animación, que no le es habitual. Se trataba de un baile improvisado, que debía tener lugar aquella misma noche en el castillo vecino. Ella debía concurrir con su madre, é instaba al señor de Bevallan, para que las acompañara: éste se excusaba alegando que había salido de su casa por la mañana, antes de haber recibido la invitación y que sutoiletteno era á propósito. La señorita Margarita, insistiendo con una coquetería afectuosa y solícita de la que parecía sorprendido su mismo interlocutor, le dijo, que indudablemente tenía aún tiempo de ir á su casa, vestirse y volver á buscarlas. Se le aguardaría á comer. El señor de Bevallan objetó, que todos sus caballos de tiro estaban en el pajar, y que no podía volver á caballo en traje de baile. Entonces—repuso la señorita,—irá usted en la americana. Al mismo tiempo dirigió por primera vez sus ojos hacia mí, y lanzándome una mirada en que vi estallar el rayo:—Señor Odiot—dijo con una voz breve de mandato,—vaya á decir que preparen el carruaje.

Esta orden servil estaba tan fuera de la medida de las que acostumbraba dirigirme y de las que puede creérseme dispuesto á sufrir, que la atención y la curiosidad de los más indiferentes se despertó al instante. Hubo un embarazoso silencio: el señor de Bevallan arrojó una mirada de asombro sobre la señorita Margarita; luego me miró, tomó un aire grave y se levantó. Si se esperaba de mi parte alguna loca inspiración de cólera, gran decepción sufrieron. Ciertamente las insultantes palabras que acababan de caer sobre mí, de una boca tan bella, tan amada y tan bárbara, habían hecho penetrar el frío de la muerte hasta las fuentes más profundas de mi vida, y dudo que una lámina de acero, abriéndose paso á través de mi corazón, me hubiera causado una sensación más horrible; pero jamás me hallé tan tranquilo. El timbre de que se sirve habitualmente la señora de Laroque para llamar á sus criados se hallaba á mi alcance sobre la mesa: apoyé el dedo en él. Un criado entró casi al momento.—Creo—le dije,—que la señorita Margarita tiene órdenes que darle.

A estas palabras que había escuchado con una especie de estupor, la joven hizo violentamente con la cabeza un signo negativo y despidió al criado. Tenía mucha prisa en salir de aquel salón en que me ahogaba; pero no pude retirarme ante la actitud provocativa que afectaba el señor de Bevallan.

—A fe mía—murmuró,—que es cosa bastante particular.

Fingí no oirlo. La señorita Margarita le dijo dos palabras bruscas en voz baja.—Me inclino, señorita—respondió entonces en tono más elevado:—séame permitido solamente expresar el pesar sincero que siento en no tener el derecho de intervenir en esto.

Levantéme al instante.—Señor de Bevallan—dije colocándome á dos pasos de él,—ese pesar es enteramente supérfluo, pues si no he creído deber obedecer las órdenes de la señorita, estoy enteramente á las vuestras, y voy á esperarlas.

—Muy bien, muy bien, señor; inmejorable—replicó el señor de Bevallan, agitando con gracia la mano para serenar á las mujeres.

Nos saludamos y salí.

Comí solitariamente en mi torre, servido como de costumbre por el viejo Alain, instruído sin duda por los rumores de antecámara de lo que había pasado, pues no cesó de clavarme miradas insinuantes, arrojando por intervalos profundos suspiros y observando contra su costumbre un taciturno silencio. Sólo interrogado por mí, me hizo saber que las señoras habían decidido no ir al baile aquella noche.

Terminada mi breve comida, ordené un poco mis papeles y escribí dos palabras al señor Laubepin. Para en todo caso le recomendaba á Elena. La idea del abandono en que la dejaría en caso de una desgracia, me laceraba el corazón, sin alterar en lo más mínimo mis inmutables principios. Puedo engañarme, pero he pensado siempre que el honor, en nuestra vida moderna, domina toda la jerarquía de los deberes. Suple hoy á tantas virtudes medio borradas en las conciencias, á tantas creencias casi muertas, juega en el estado de nuestra sociedad un papel tan tutelar, que jamás pasará por mi imaginación la idea de debilitar sus derechos, de discutir sus decretos ni de subordinar sus obligaciones. El honor, en su carácter indefinido, es alguna cosa superior á la ley y á la moral: no se le razona, se lo siente. Es una religión. Si no tenemos ya la locura de la cruz, conservemos la locura del honor.

Además, no hay sentimiento profundamente infiltrado en el alma humana, que si bien se medita, no sea sancionado por la razón. Es mejor, en todo caso, una niña ó una mujer solas en el mundo, que protegida por un hermano ó por un marido deshonrado.

Esperaba de un momento á otro algún mensaje del señor de Bevallan. Preparábame á pasar á la casa del preceptor de la villa, que es un oficial joven, herido en Crimea, y pedirle su concurso, cuando llamaron á mi puerta. El que entró fué el señor de Bevallan. Su fisonomía expresaba como un débil matiz de embarazo, una especie de bonhomía franca y alegre.

—Señor—me dijo en tanto que yo le contemplaba con una sorpresa bastante viva,—este paso le parecerá un poco irregular; pero por suerte tengo una hoja de servicios, que á Dios gracias, pone mi valor al abrigo de toda sospecha. Por otra parte, tengo motivo para sentir esta noche un contento tal, que no deja lugar alguno en mi corazón para la hostilidad ó el rencor. En fin, obedezco á órdenes, que deben serme más que nunca sagradas. En resumen, vengo á tenderle la mano.

Saludéle con gravedad, y le tomé la mano.

—Ahora—agregó, sentándose—me hallo más desahogado para desempeñar mi embajada. No ha mucho, señor, la señorita Margarita le ha dado en un momento de distracción, algunas instrucciones, que no eran seguramente del deber de usted. La susceptibilidad de usted se ha sublevado muy justamente, lo reconocemos, y las señoras me han encargado le haga aceptar sus disculpas. Sentirían mucho que un error momentáneo les privara de sus buenos oficios, apreciados por ellas en todo su valor, y rompiera relaciones que consideran de un precio infinito. Por mi parte, señor, he adquirido esta noche con gran alegría, el derecho de unir mis instancias á las de aquellas señoras; los votos que desde hace largo tiempo hacía, acaban de ser aceptados, y le estaré personalmente reconocido si no mezcla á los recuerdos dichosos de esta noche, el de una separación que sería á la vez perjudicial y dolorosa á la familia en que tengo el honor de entrar.

—Señor, no puedo menos que ser muy sensible á los testimonios que me rinde en nombre de esas señoras y en el suyo. Pero me perdonará que no responda inmediatamente á ellos, por tratarse de una formal determinación que exige más libertad de espíritu de la que aún puedo gozar.

—Me permitirá al menos llevarles alguna esperanza. Veamos, señor; puesto que la ocasión se presenta, rompamos para siempre la sombra de hielo que ha existido hasta aquí entre los dos. Por mi parte, estoy muy dispuesto á ello. Desde luego, la señora de Laroque, sin desprenderse de un secreto que no le pertenece, no me ha dejado ignorar que las circunstancias más honorables para usted se ocultan bajo la especie de misterio de que se rodea. Además, le debo un reconocimiento particular; sé que ha sido usted consultado á propósito de mis pretensiones á la mano de la señorita Laroque, y que puedo jactarme de su apreciación.

—¡Dios mío! señor, pienso no haber merecido...

—¡Oh! sé—replicó riendo—que no ha abundado en mi favor; pero en fin, no me ha perjudicado. Confieso también que me ha dado pruebas de una sagacidad real. Ha dicho que si la señorita Margarita no debía ser absolutamente dichosa conmigo, no sería tampoco desgraciada. Muy bien, el profeta Daniel no habría hablado con más verdad. Lo cierto es que esa niña querida no sería absolutamente dichosa con nadie, pues no hallaría en el mundo entero un marido que le hablara en verso desde por la mañana hasta la noche... ¡porque eso no se encuentra! Convengo que en este punto no soy de más calibre que otro cualquiera; pero, como me ha hecho el honor de decir, soy un hombre galante. Verdaderamente, cuando nos conozcamos mejor no lo dudará. No soy un diablo malo; soy un buen chico... ¡Dios mío!... tengo defectos... ¡los he tenido siempre!... he sido loco para las mujeres lindas... ¡eso no puedo negarlo! pero es esa precisamente la prueba de que uno tiene buen corazón. Por otra parte, véome ya en el puerto... y me felicito de ello, porque, entre nosotros, comenzaba á fatigarme. Por fin, no quiero pensar sino en mi mujer y en mis hijos. De lo que deduzco con usted, que Margarita será perfectamente dichosa, es decir, tanto como puede serlo en este mundo con una cabeza como la suya: porque seré bien galante para ella, no le rehusaré nada, y aun prevendré todos sus deseos. ¡Pero si me pide la luna y las estrellas no puedo ir á descolgarlas para serle agradable!... ¡eso es imposible!... ahora mi querido amigo, déme una vez más su mano.

Se la dí. Levantóse.

—Espero que ahora se quedará... Veamos, desarrúgueme un poco esa frente... Nosotros le haremos la vida tan dulce como sea posible, pero es preciso condescender un poco. ¡Qué diablo!... gusta á usted mucho su tristeza... Vive, perdóneme la palabra, como un verdadero buho. ¡Es usted una especie de español de esos que ya no se ven!... ¡Sacuda, pues, todo eso! Es usted joven, agradable, tiene entendimiento y talento; aprovéchese un poco de todas esas cosas... ¿Por qué no hace usted la corte á la señorita Helouin? Eso le divertirá... es bonita, y se dejaría decir... ¡pero diantres! ¡Yo olvido mi promoción á las grandes dignidades!... Vamos, adiós; hasta mañana. ¿No es así?

—Hasta mañana, ciertamente.

Y este hombre galante, que es una especie de español de los que ya no se ven, me abandonó á mis reflexiones.

1.º de octubre.

¡Singular acontecimiento! Aunque sus consecuencias no hayan sido hasta aquí de las más felices, me ha producido mucho bien. Después del duro golpe que me hirió, había quedado como entorpecido por el dolor. Esto me ha devuelto al menos al sentimiento de la vida y por la primera vez, después de tres largas semanas, tengo el valor suficiente para abrir estas hojas y tomar de nuevo la pluma.

Habiéndoseme dado toda clase de satisfacciones, pensé que no tenía razón alguna para dejar, á lo menos bruscamente, una posición y ventajas que después de todo me son necesarias, y cuyo equivalente me sería muy difícil hallar inmediatamente. La perspectiva de los sufrimientos enteramente personales que me quedaban para afrontar y que, por otra parte, yo mismo me había atraído por mi debilidad, no podía autorizarme á abandonar deberes en los cuales no eran sólo mis intereses los que se hallaban comprometidos. Además, no quería que la señorita Margarita pudiese interpretar mi súbita retirada, por el despecho que causa la pérdida de una buena partida y me hacía un punto de honor en mostrarle hasta el pie del altar una frente impasible; en cuanto al corazón, ella no lo vería. En fin, me contenté con escribir al señor Laubepin, que mi situación podía hacérseme intolerable, bajo ciertas faces, de un instante á otro, y que ambicionaba ávidamente cualquier empleo, si menos retribuído, más independiente.

Desde el día siguiente, me presenté en el castillo, donde el señor de Bevallan me acogió con cordialidad. Saludé á las señoras con toda la naturalidad de que puedo disponer. No hubo, bien entendido, ninguna explicación. La señora de Laroque parecióme conmovida y pensativa; la señorita Margarita algo vibrante aún, pero política. En cuanto á la señorita Helouin, hallábase muy pálida y mantenía los ojos inclinados sobre su bordado. La pobre niña no podía felicitarse mucho del resultado final de su diplomacia. De tiempo en tiempo trataba de lanzar al triunfante señor de Bevallan miradas llenas de desdén y de amenaza; pero en esa atmósfera tempestuosa que hubiera inquietado seguramente á un novicio, el señor de Bevallan respiraba, circulaba y revoloteaba con la más perfecta facilidad. Este aplomo soberano irritaba visiblemente á la señorita Helouin, pero, al mismo tiempo, la domaba; sin embargo, si sólo hubiera arriesgado perderse con su cómplice, no dudo que le hubiera prestado inmediatamente, y con más razón, un servicio análogo al que me había dispensado la víspera; pero era probable que, cediendo á su celosa cólera y confesando su ingrata duplicidad, se perdiera sola; y tenía toda la inteligencia necesaria para comprenderlo. El señor de Bevallan, en efecto, no era hombre para haberse franqueado contra ella sin reservarse alguna arma severa, que, en caso necesario, usaría con inhumana sangre fría. La señorita Helouin podía decirse en verdad, que la víspera se había dado fe, bajo su sola palabra, á denuncias mucho más falsas; pero no ignoraba, que una mentira que adula ó hiere el corazón, halla crédito más fácilmente que una verdad indiferente. Resignábase, pues, no sin sentir amargamente, lo supongo, pues comprendía que el arma de la traición se vuelve algunas veces contra la mano que la dirige.

Durante este día y los que le siguieron me vi sometido á un género de suplicio, que había previsto, pero cuyos punzantes detalles no había podido calcular. El casamiento había sido fijado para dentro de un mes; deben hacerse, pues, sin retardo y apresuradamente todos los preparativos. Los ramos de la señora Prevost llegaron regularmente cada mañana; los encajes, las telas, los dijes afluyeron en seguida y fueron expuestos noche á noche en el salón, á los ojos de las alborotadas y celosas amigas. Fué preciso dar sobre todo esto, mi opinión y mis consejos. La señorita Margarita lo solicitaba con una especie de afectación cruel. Yo obedecía con agrado; luego entraba en mi torre, tomaba de un cajón secreto el despedazado pañuelo que con riesgo de mi vida había salvado y enjugaba mis ojos. ¡Cobardía aún! pero ¿qué hacer? La amo. La perfidia, la enemistad, errores irreparables, su orgullo y el mío, nos separaban para siempre. ¡Sea! ¡pero nada impedirá á este corazón vivir y morir por ella!

Por lo que respecta al señor de Bevallan, no sentía odio alguno contra él; no lo merece. Es un alma vulgar pero inofensiva. Podía, á Dios gracias, recibir sin hipocresía las demostraciones de su trivial benevolencia y poner con tranquilidad mi mano entre las suyas; pero si su nula personalidad escapaba á mi odio, sentía con una angustia profunda, desgarradora, hasta qué punto aquel hombre era indigno de la encantadora criatura que poseería muy luego, y á quién jamás comprendería. Expresar el cúmulo de pensamientos amargos, de sensaciones sin nombre que sublevaban mi alma y que sublevan aún la imagen próxima de esta odiosa y desigual alianza, no lo podré, ni lo osaré jamás. El amor verdadero tiene algo de sagrado, que imprime un carácter sobrehumano á los dolores como á las alegrías que nos da. Hay en la mujer que se ama no sé qué divinidad, cuyo secreto parece que uno solo posee, que sólo á uno pertenece y cuyo velo no puede ser tocado por una mano extraña, sin hacernos sentir un horror que no se parece á otro alguno: el estremecimiento de un sacrilegio. ¡No es solamente un bien precioso que se nos arrebata; es un altar que se profana en nosotros, un misterio que se viola, un Dios que se ultraja! ¡Ved ahí los celos, al menos los míos! Creía muy sinceramente, que sólo yo en el mundo tenía ojos, inteligencia y corazón, capaces de ver, de comprender y de adorar en todas sus perfecciones la belleza de ese ángel, que con cualquier otro se hallaría como extraviada y perdida, que estaba destinada á mí solo, en cuerpo y alma, por toda la eternidad. Sentía este orgullo inmenso, bastante expiado ya por un inmenso dolor.

Sin embargo, un demonio burlón murmuraba á mi oído que según todas las previsiones de la humana discreción, Margarita hallaría más paz y felicidad real en la amistad templada de un marido razonable, que en la pasión real de un esposo caballeresco. ¿Será esto verdad, será esto posible? ¡Yo no lo creo! Tendrá la paz: sea; pero al fin la paz no es la última palabra de la vida, el símbolo supremo de la felicidad. Si bastara no sufrir y petrificarse el corazón para ser dichoso, muchas gentes que no lo merecen lo serían. A fuerza de razón y de prosa, se acaba por difamar á Dios y degradar su obra. Dios da la paz á los muertos, la pasión á los vivos. Hay en la vida, al lado de la vulgaridad de los intereses cotidianos, á la que no tengo la niñería de pretender escapar, una poesía permitida. ¿Qué digo?... ordenada. Es la revelación del alma dotada de la inmortalidad. Es preciso que esa alma se sienta y se revele algunas veces, sea por transportes más allá de lo real, por aspiraciones más allá de lo posible, ó por tempestades ó por lágrimas. Si hay un sufrimiento que vale más que la dicha, ó más bien que es la dicha misma, es el de una criatura viviente que conoce todas las turbaciones del corazón y todas las quimeras del pensamiento, y que divide estos nobles tormentos con un corazón igual, y un fraternal pensamiento... Ved ahí el drama que cada uno tiene el derecho, ó para decirlo todo, el deber, de introducir en su vida, si tiene el título de hombre y quiere justificarlo.

Por lo demás, la pobre niña no gozará esta misma paz tan ponderada. Que la unión de dos corazones inertes y de dos imaginaciones heladas engendre el reposo de la nada, lo concedo; pero la unión de la vida y de la muerte no puede sostenerse sin una violencia horrible y sin perpetuas amarguras.

En medio de estas íntimas miserias, cuya intensidad se redobla cada día, sólo hallaba algún consuelo al lado de mi pobre y vieja amiga la señorita de Porhoet. Ella ignoraba ó fingía ignorar el estado de mi corazón, pero, en alusiones encubiertas, y tal vez involuntarias, posaba ligeramente sobre mis llagas sangrientas la mano delicada é ingeniosa de la mujer.

Hay, por otra parte, en esa alma, viviente emblema de la resignación y el sacrificio, y que parece flotar sobre la tierra, un desinterés, una tranquilidad y una dulce firmeza, que se derramaban sobre mí. Llegué á comprender su inocente locura, y aun asociarme á ella con una especie de ingenuidad. Inclinado sobre mi álbum encerrábame con ella durante largas horas en su catedral, y respiraba allí por un momento los vagos perfumes de una ideal serenidad.

Iba también á buscar casi todos los días en la casa de la anciana señorita, otro género de distracción. No hay trabajo al que el hábito deje de prestar algún encanto. Para no hacer sospechar á la señorita de Porhoet la pérdida definitiva de su pleito, proseguía regularmente la exploración de sus archivos de familia. Descubría por intervalos en aquella selva de tradiciones y leyendas, rasgos de costumbres que despertaban mi curiosidad y transportaban por un momento mi imaginación á los tiempos pasados, lejos de la desconsoladora realidad. La señorita de Porhoet, cuyas ilusiones eran sostenidas por mi perseverancia, me atestiguaba una gratitud que poco merecía, pues había acabado por hallar en aquel estudio, en adelante sin utilidad positiva, un interés que pagaba mi trabajo y que proporcionaba un solaz saludable á mis pesares.

Entretanto, á medida que el término fatal se aproximaba, la señorita Margarita perdía la vivacidad febril de que había parecido animada desde el día en que el matrimonio quedó definitivamente arreglado. Recaía al menos por instantes, en su actitud familiar de otro tiempo, de dolencia pasiva y sombría meditación. Sorprendí una ó dos veces sus miradas clavadas sobre mí con una especie de perplejidad extraordinaria. La señora de Laroque, por su parte, me miraba á menudo con aire de inquietud y de indecisión, como si hubiera deseado y temido al mismo tiempo, entablar conmigo alguna conversación penosa. Anteayer, la casualidad hizo que me hallase solo con ella en el salón, habiendo salido bruscamente la señorita Helouin para dar una orden. La conversación indiferente en que nos hallábamos comprometidos cesó al instante como por un secreto acuerdo; después de un corto intervalo de silencio:

—Señor—me dijo la señora de Laroque con acento penetrado,—deposita usted muy mal sus confidencias.

—¡Mis confidencias, señora! No puedo comprenderla. A excepción de la señorita de Porhoet, nadie en el castillo ha recibido de mí, ni la sombra de una confidencia.

—¡Ay!—respondió—quiero creerlo... lo creo... pero no es bastante.

En el mismo instante entró la señorita Helouin, y todo quedó concluído.

Al día siguiente, es decir, ayer muy temprano, había partido á caballo para vigilar en los alrededores el corte de algunos bosques. A eso de las cuatro de la tarde volví en dirección al castillo, cuando en un brusco recodo del camino halléme súbitamente de frente á frente con la señorita Margarita. Estaba sola. Disponíame á pasar, saludándola; pero ella detuvo su caballo.

—¡Qué bello día de otoño, señor!—me dijo.

—Sí, señorita. ¿Se pasea usted?

—Ya lo ve. Uso de mis últimos momentos de independencia... y aun abuso, pues me siento algo aburrida de mi soledad... Pero Alain es necesario en casa... Mi pobre Mervyn está cojo... ¿Quiere usted reemplazarlos, por ventura?

—Con el mayor gusto. ¿Adónde va usted?

—No lo sé... tenía la idea de llegar hasta la torre d'Elven.—Y señalaba con la punta de su látigo una cumbre brumosa que se elevaba á la derecha del camino.—Creo—agregó—que jamás ha hecho usted esa peregrinación.

—Es cierto. A menudo he tenido tentación de hacerla, pero sin saber por qué, la he aplazado hasta ahora.

—¡Pues bien! eso nos viene perfectamente, pero es ya bastante tarde, y si gusta, es preciso apresurarse un poco.

Volví la brida y partimos al galope.

Mientras corríamos trataba de explicarme aquella inesperada fantasía, que no dejaba de parecerme un poco premeditada. Supuse que el tiempo y la reflexión habrían podido atenuar en el espíritu de la señorita Margarita la primera impresión de las calumnias que me habían levantado. Aparentemente había acabado por concebir algunas dudas sobre la veracidad de la señorita Helouin que se habían comprobado con la casualidad, para ofrecerme bajo una forma disfrazada una especie de reparación que se creía deberme.

En medio de las preocupaciones que entonces me asaltaban, daba escasa importancia al fin particular que nos proponíamos en aquel extraño paseo. Sin embargo, había oído á menudo citar á mi alrededor á la torre d'Elven, como una de las ruinas más interesantes del país, y jamás había recorrido ninguno de los dos caminos que de Rennes ó de Joselyn se dirigen hacia el mar, sin contemplar con ávida mirada esa masa indecisa, que se ve sobresalir en medio de los lejanos eriales como una enorme piedra levantada; pero el tiempo y la ocasión me habían faltado.

La aldea d'Elven que atravesamos, aflojando un poco nuestra carrera, da una idea verdaderamente pasmosa de lo que podía ser una villa de la edad media. La forma de las casas, bajas y sombrías, no ha cambiado desde hace cinco siglos. Cree uno soñar, cuando uno mira por esos anchos huecos ovalados y sin marco, que ocupan el lugar de ventanas, aquellos grupos de mujeres de salvaje mirada y traje escultural, que en la sombra hilan su copo conversando en voz baja y en lengua desconocida. Parece que aquellos parduscos espectros acaban de dejar sus losas funerarias, para ejecutar entre sí alguna escena de otras edades, cuyo único testigo viviente somos nosotros. Esto causa una especie de opresión. La poca vida que á nuestro alrededor se manifiesta en la única calle de la villa, presenta el mismo carácter de extrañeza y de arcaísmo fielmente conservado de un mundo desvanecido.

A poca distancia d'Elven, tomamos un camino extraviado que nos condujo á la cumbre de una árida colina. Desde allí percibimos distintamente, aunque á mucha distancia, el coloso feudal, dominando frente á nosotros en una altura poblada de árboles. El erial en que nos hallábamos, bajaba por una escarpada pendiente hacia unas praderas pantanosas guarnecidas por una espesa selva. Descendimos por la parte contraria y nos hallamos muy luego internados en los bosques. Seguimos entonces una estrecha calzada, cuyo empedrado desunido y escabroso ha debido resonar bajo el pie herrado de nuestros caballos. Desde largo tiempo había dejado de ver la torre d'Elven, cuya posición ni aun podía conjeturar, cuando se apareció repentinamente entre el follaje, levantándose á dos pasos de nosotros, con la prontitud de una aparición. Esta torre no está arruinada; conserva hoy toda su altura primitiva, que pasa de cien pies, y las hiladas regulares de granito que componen el magnífico aparato octogonal, le dan el aspecto de un trozo formidable cortado ayer, por el más puro cincel. Nada más imponente, más orgulloso ni más sombrío que este viejo torreón, impasible en medio de los tiempos, y aislado en la espesura de los bosques. Arboles de gigantesca altura han brotado en los profundos fosos que lo rodean, y su cima alcanza apenas á los huecos de las ventanas más bajas. Esta vegetación gigantesca, en que se pierde confusamente la base del edificio, acaba de darle un color de fantástico misterio. En esta soledad, en medio de las selvas, á la faz de aquella masa de extraña arquitectura que surge repentinamente, imposible es no pensar en esas torres encantadas donde algunas bellas princesas duermen un sueño secular.

—Hasta este día—me dijo la señorita Margarita, á quien yo trataba de comunicar mis impresiones,—ahí tiene usted todo lo que conozco de ella, pero si le interesa despertar á la princesa, podemos entrar. Por lo que he averiguado, hay siempre en estos alrededores un pastor ó pastora, que tiene la llave. Atemos nuestros caballos y pongámonos en su busca, usted del pastor y yo de la pastora.

Los caballos fueron encerrados en un pequeño cercado vecino á las ruinas, y la señorita Margarita y yo nos separamos un momento para hacer una especie de batida en los alrededores. Tuvimos el pesar de no hallar ni al pastor ni á la pastora. Nuestro deseo de visitar el interior de la torre, creció entonces naturalmente con el atractivo del fruto prohibido, y pasamos á la ventura un puente echado sobre los fosos. Con viva satisfacción nuestra, la maciza puerta de la torre no estaba cerrada: sólo tuvimos que empujarla para penetrar en un reducido vestíbulo, obscuro, obstruído por las ruinas y que podía en otro tiempo haber servido de cuerpo de guardia; de allí pasamos á una vasta sala casi circular, cuya chimenea conserva aún sobre su escudo las armas de las cruzadas; una ancha ventana abierta á nuestro frente y atravesada por la cruz simbólica, netamente cortada en la piedra, iluminaba la región interior de aquel recinto, en tanto que la mirada se perdía en la sombra incierta de las altas bóvedas casi hundidas. Al ruido de nuestros pasos, voló de esta obscuridad una multitud de pájaros invisibles y sacudieron sobre nuestras cabezas el polvo de los siglos. Subiendo sobre los bancos de granito que se hallan dispuestos á uno y otro lado de la pared en forma de gradas, pudimos desde el alféizar de la ventana echar una ojeada al exterior sobre la profundidad de los fosos y partes arruinadas de la fortaleza; pero habíamos notado desde nuestra entrada las primeras gradas de una escalera practicada en el espesor de la muralla, y sentíamos una prisa infantíl por llevar adelante nuestros descubrimientos. Emprendimos la ascensión; yo abrí la marcha y la señorita Margarita me siguió valientemente, entendiéndose, como podía, con sus largos vestidos. De lo alto de la plataforma, el panorama es inmenso y delicioso. Las suaves tintas del crepúsculo sombreaban en ese mismo instante el océano de follaje medio dorado por el otoño; los sombríos pantanos, los verdes prados y los horizontes de entrecruzadas pendientes que se mezclaban y sucedían bajo nuestros ojos hasta la más lejana extremidad. En presencia de este paisaje grandioso, triste é infinito, sentíamos la paz de la soledad, el silencio de la noche y la melancolía de los tiempos pasados, descender á la vez como un encanto poderoso sobre nuestros espíritus y nuestros corazones. Esa hora de contemplación común, de emociones divididas, de profunda y pura voluptuosidad era, sin duda, la última que me fuera dado vivir á su lado, y me extasiaba con una violencia de sensibilidad casi dolorosa. Por lo que hace á Margarita, no sé lo que pasaba: habíase sentado sobre el borde del parapeto, miraba á lo lejos y callaba. Yo no oía sino el soplo un poco precipitado de su aliento.

No podré decir cuántos instantes se pasaron de este modo. Cuando los vapores se condensaron en la parte superior de las praderas más bajas, y los últimos horizontes comenzaron á borrarse en la sombra creciente, Margarita se levantó.

—¡Vamos—dijo á media voz, y como si una cortina hubiese caído sobre algún sentido espectáculo—esto acabó!—Luego, comenzó á descender y yo la seguí.

Cuando quisimos salir de la torre, grande fué nuestra sorpresa al hallar cerrada la puerta. Al parecer, el joven guardián, ignorando nuestra presencia, había dado vuelta á la llave, mientras nos hallábamos en la plataforma. La primera impresión fué la de la alegría. La torre era decididamente una torre encantada. Hice algunos esfuerzos vigorosos para romper el encanto; pero el pestillo enorme de la antigua cerradura estaba sólidamente asegurado en el granito y tuve que renunciar á desprenderlo. Volví entonces mis ataques contra la puerta misma; pero los goznes macizos y los tableros de encina chapeados de hierro, opusiéronme la resistencia más invencible. Dos ó tres morrillos que tomé de los escombros y lancé contra el obstáculo, no consiguieron sino hacer vacilar la bóveda y destacar de ella algunos fragmentos, que vinieron á caer á nuestros pies. Corrí entonces á la ventana y dí algunos gritos, á los que nadie respondió. Durante diez minutos, los renové de instante en instante con el mismo éxito, al mismo tiempo que aprovechábamos apresuradamente las últimas luces del día para explorar minuciosamente todo el interior de la torre; pero excepto la puerta, que se hallaba como murada para nosotros, y la gran ventana, que un abismo de cerca de treinta pies separaba del fondo de los fosos, no pudimos descubrir salida alguna.

Entretanto, la noche acababa de caer sobre los campos, y las tinieblas habían invadido la vieja torre. Algunos reflejos de luna penetraban solamente por el alféizar de la ventana y blanqueaban oblicuamente la piedra de las gradas. La señorita Margarita, que poco á poco había perdido toda apariencia de buen humor, dejó aún de responder á las conjeturas más ó menos verosímiles con que trataba de engañar sus inquietudes. Mientras ella se mantenía en la sombra, silenciosa é inmóvil, yo estaba sentado en plena claridad sobre la grada más próxima á la ventana: desde allí arrojaba aún por intervalos un grito de llamada; pero para decir la verdad, á medida que el éxito de mis esfuerzos se hacía más incierto, me sentía presa de una alegría irresistible. Veía en efecto, realizarse, para mí, repentinamente, el sueño más eterno y más imposible de los amantes; me hallaba encerrado en el fondo de un desierto y en la más estrecha soledad, con la mujer que amaba. ¡Por largas horas no habría allí, sino ella y yo en el mundo, sino su vida y la mía! Pensaba en todos los testimonios de dulce protección y de tierno respeto, que iba á tener el derecho y el deber de prodigarla; representábame, sus temores calmados, su confianza, su sueño; me decía con un encanto profundo, que aquella noche afortunada, si no podía darme el amor de aquella criatura querida, iba al menos á asegurarme para siempre su más inquebrantable estimación.

Cuando me abandonaba con todo el egoísmo de la pasión á mi secreto éxtasis, del que es fácil se dibujara algún reflejo en mi fisonomía, fuí despertado repentinamente por estas palabras, que me eran dirigidas con voz sorda y en un tono de afectada tranquilidad:

—¿Señor Marqués de Champcey, ha habido muchos cobardes en su familia antes que usted?

Levantéme y volví á caer de nuevo sobre el banco de piedra, clavando una mirada estúpida en las tinieblas en que entreveía vagamente el contorno de la joven. Una sola idea se me ocurrió, pero una idea terrible; era que el miedo y el pesar la turbaran el cerebro y que fuera á enloquecer.

—¡Margarita!—exclamé sin saber lo que decía.

Esta palabra acabó sin duda de irritarla.

—¡Dios mío! qué odioso es esto—replicó.—¡Qué cobarde, sí, lo repito, qué cobarde!

La verdad empezaba á manifestarse á mi espíritu. Descendí uno de los escalones.

—¿Qué es lo que hay, pues?—le dije fríamente.

—Es usted—respondió con una brusca vehemencia—quien ha pagado á ese hombre, á ese niño, ó lo que sea, para que nos aprisione en esta miserable torre. Mañana estaré perdida... deshonrada en la opinión y no podré pertenecer sino á usted. He ahí su cálculo, ¿no es verdad? Pero éste, se lo aseguro, no tendrá mejor éxito que los otros. Me conoce aún muy imperfectamente si cree que no preferiría el deshonor, el claustro, la muerte, todo, á la abyección de ligar mi mano y mi vida con la suya. Y aun cuando este ardid infame tuviera éxito, aun cuando tuviese la debilidad, que ciertamente no tendré, de entregarle mi persona, y lo que le importa más, mi fortuna, en cambio de ese bello rasgo de astucia, ¿qué especie de hombre es usted? Dígame, ¿de qué fango ha salido, para querer una fortuna y una mujer adquiridos á ese precio? ¡Ah! hasta gracias debe darme de que no acceda á sus deseos. Son imprudentes, créamelo, pues si alguna vez la vergüenza pública me arrojara en sus brazos le despreciaría de tal modo, que aplastaría su corazón. Sí, aun cuando fuese tan duro, tan helado como estas piedras, yo le sacaría sangre... yo le haría brotar lágrimas.

—Señorita—dije con toda la calma de que pude disponer—le suplico que se recobre, que vuelva á la razón. Le aseguro por mi honor, que me ultraja. Tenga á bien reflexionarlo. Sus suposiciones no reposan sobre ninguna verosimilitud. Yo no he podido preparar de ninguna manera la perfidia de que me acusa, y sobre todo, aunque lo hubiera podido, ¿cuándo le he dado el derecho de creerme capaz de ello?

—Todo cuanto sé de usted me da ese derecho—exclamó cortando el aire con su látigo.—Es menester que le diga una vez por todas, lo que tengo en el alma, hace largo tiempo. ¿Qué ha venido á hacer á nuestra casa bajo un nombre, y bajo un carácter supuesto? Mi madre y yo éramos dichosas, estábamos tranquilas; usted nos ha traído una confusión, un desorden y pesares, que nosotras no conocíamos. Para alcanzar su fin, para reparar las brechas de su fortuna, ha usurpado nuestra confianza, ha hecho trizas nuestro reposo, ha jugado con nuestros sentimientos más puros, más verdaderos y más sagrados, ha estropeado y destrozado nuestros corazones sin piedad. Vea ahí lo que ha hecho, ó querido hacer, poco importa. Pues bien, debo decir que estoy profundamente cansada y herida de todo esto; se lo aseguro. Y cuando en este momento acaba de ofrecerme en prenda, su honor de gentilhombre, que le ha permitido hacer tantas cosas indignas, tengo sin duda el derecho de no creer en él, y no creo.

Yo estaba fuera de mí: tomé sus dos manos en un transporte de violencia que la dominó:

—¡Margarita, pobre hija mía!... ¡escúcheme! ¡La amo, es cierto, y jamás amor más ferviente, más desinteresado, ni más santo, ardió en el corazón de un hombre! Pero usted también me ama... ¡Me ama, desgraciada! y sin embargo, me mata... Habla de corazón triturado y destrozado... ¡Ah! ¿y qué hace usted con el mío? Él le pertenece: yo se lo abandono, pero en cuanto á mi honor, lo guardo... está intacto... y antes de poco le forzaré á reconocerlo... Y sobre ese honor, le juro que si muero me llorará; y que si vivo, jamás... por mucho que la adore... aun cuando la viese de rodillas ante mí, jamás sería mi esposa, á menos que usted fuese tan pobre como yo, ó yo tan rico como usted. Y ahora, proceda. ¡Pida á Dios milagros porque ya es tiempo!

La rechacé entonces bruscamente lejos del alféizar de la ventana y me lancé sobre las gradas superiores: había concebido un proyecto desesperado que ejecuté en el instante con la precipitación de una verdadera demencia. Como he dicho antes, la cima de las hayas y de las encinas, que se levantan en los fosos de la torre se elevan hasta el nivel de la ventana. Con ayuda de mi látigo doblado, atraje á mí la extremidad de las ramas más próximas, tomé una á la ventana y me lancé en el vacío. Oí mi nombre, arriba de mi cabeza ¡Máximo! proferido repentinamente con un grito desgarrador. Las ramas de que me había agarrado se inclinaron en toda su largura hacia el abismo: hubo un crujido siniestro; estallaron bajo mi peso, y caí rudamente sobre el suelo.

Supongo que la naturaleza fangosa del terreno amortiguó la violencia del choque, pues me sentí vivo aunque herido. Uno de mis brazos había dado sobre el declive de material del cimiento y sentía un dolor tan agudo, que mi corazón desfallecía. Experimenté un corto aturdimiento. Fuí despertado por la voz desesperada de Margarita.

—¡Máximo! ¡Máximo! por favor, por piedad, en nombre de Dios, hábleme, perdóneme.—Me levanté y la vi en el hueco de la ventana, en medio de una aureola de pálida luz, con la cabeza desnuda, los cabellos caídos, la mano crispada sobre el travesaño de la cruz, y los ojos ardientemente fijos sobre el sombrío precipicio.

—No tema nada—le dije.—No me he hecho mal alguno. Tenga solamente paciencia por una ó dos horas. Deme el tiempo de ir hasta el castillo, es lo más seguro. Esté cierta que guardaré el secreto, y salvaré su honor, como acabo de salvar el mío.

Salí penosamente de los fosos y fuí á tomar mi caballo. Servíme de mi pañuelo para suspender y fijar mi brazo izquierdo, que me era enteramente inútil y me hacía sufrir mucho. Gracias á la claridad de la noche hallé fácilmente el camino. Una hora después llegaba al castillo. Se me dijo que el doctor Desmarest estaba en el salón. Me apresuré á presentarme á él, y hallé allí como una docena de personas, cuyo continente acusaba su estado de preocupación y de alarma.

—Doctor—dije alegremente al entrar—mi caballo acaba de asustarse de su sombra, me ha tirado en el camino, y creo tener el brazo izquierdo estropeado. ¿Quiere usted verlo?

—¿Cómo estropeado?—dijo el señor Desmarest, después de desatar el pañuelo—si lo tiene completamente roto, ¡pobre hijo mío!

La señora de Laroque arrojó un débil grito y se aproximó á mí.—Vaya, que esta es una noche de desgracias—dijo.

Fingí sorprenderme.

—¡Pues qué! ¿hay alguna otra cosa aún?—exclamé.

—Dios mío, temo que haya sucedido alguna desgracia á mi hija. Salió á caballo a las tres, son las ocho, y aún no ha vuelto.

—La señorita Margarita... pero si la he encontrado...

—¿Cómo... dónde, cuándo? perdón, señor, pero es la angustia de una madre.

—La he encontrado en el camino, á eso de las cinco. Nos hemos cruzado. Ella me dijo, que pensaba llegar hasta la torre d'Elven.

—¡A la torre d'Elven! Se habrá extraviado en los bosques. Es preciso ir á buscarla prontamente. Que se den las órdenes.

El señor de Bevallan pidió en el momento caballos. Yo afecté al principio querer reunirme á la cabalgata, pero la señora de Laroque y el doctor me lo prohibieron enérgicamente, y me dejé persuadir sin trabajo de que me era necesario tomar mi lecho, del que á la verdad tenía gran necesidad. El señor Desmarest, después de haberme hecho una primera cura, montó en carruaje con la señora de Laroque, que iba á esperar en la villa d'Elven, el resultado de las pesquisas, que el señor de Bevallan debía dirigir en las inmediaciones de la torre.

Eran cerca de las diez cuando Alain vino á anunciarme que la señorita Margarita había sido hallada. Me contó la historia de su aprisionamiento sin omitir ningún detalle, salvo como es de suponer, los que sólo la joven y yo debíamos conocer. La aventura me fué muy pronto confirmada por el doctor, en seguida por la señora de Laroque en persona, que vinieron sucesivamente á visitarme, y tuve la satisfacción de comprender que no se tenía sospecha alguna de la verdad.

He pasado toda la noche renovando con la más fatigosa perseverancia, y en medio de las más extravagantes complicaciones del sueño y de la fiebre, mi peligroso salto desde lo alto de la ventana del torreón. No podía sosegarme. A cada instante, la sensación del vacío me subía á la garganta, y me despertaba sobresaltado. En fin, llegó el día y me calmé. A las ocho, vi entrar á la señorita de Porhoet que se instaló á mi cabecera, con su tejido en la mano. Ella ha hecho los honores de mi cuarto á los visitantes, que se han sucedido todo el día. La señora de Laroque fué la primera que vino después de mi vieja amiga. Cuando me apretaba con una presión prolongada la mano que le tendí, vi deslizarse dos lágrimas sobre sus mejillas. ¿Habría recibido las confidencias de su hija?

La señorita de Porhoet me ha hecho saber que el anciano señor Laroque se halla en cama desde ayer. Ha tenido un ligero ataque de parálisis. Hoy ha perdido el habla y su estado da serias inquietudes. Se ha resuelto apresurar el matrimonio. El señor Laubepin ha sido llamado de París; se le espera mañana y el contrato será firmado al día siguiente bajo su dirección.

Esta noche he podido estar de pie algunas horas; pero si he de creer al señor Desmarest, he hecho muy mal en escribir con mi fiebre, y soy un solemne bestia.

3 de octubre.

Parece verdaderamente que un poder maligno se empeñara en inventar las pruebas más singulares y más crueles para presentarlas sucesivamente á mi conciencia y á mi corazón.

No habiendo llegado el señor Laubepin esta mañana, la señora de Laroque me ha hecho pedir algunas instrucciones que le eran necesarias para arreglar las bases previas del contrato, el cual como ya he dicho, debe ser firmado mañana. Estando condenado á permanecer aún durante algunos días en mi habitación, supliqué á la señora de Laroque que me enviara los títulos y los documentos particulares que se hallan en poder de su padre político y que me eran indispensables para resolver las dificultades que se me habían indicado. Se me remitieron dos ó tres cajones llenos de papeles, sacados secretamente del gabinete del señor Laroque, aprovechando de un momento en que el anciano dormía, pues se había mostrado siempre muy celoso de su archivo secreto. En la primera pieza que me cayó á mano, el nombre de mi familia, muchas veces repetido, hirió bruscamente mis ojos y solicitó mi atención con un poder irresistible. He aquí el texto literal de esta pieza:


Back to IndexNext