Peroraba aupado al cenit radiante del más fogoso lirismo por una exaltación á cuyo génesis su carne y su espíritu cooperaban indistintamente. Aquel continuo hablar á media voz y la obscuridad que le envolvía, llegaron á producirle cierto malestar físico. Dos ó tres veces se detuvo, pareciéndole que soñaba y que sus palabras caían al vacío. Para dominar su turbación á cada momento preguntaba:
—¿Me oye usted?
Ella respondía brevemente:
—Sí.
Y el silencio volvía á rodearles. Hubo momentos en que Ricardo Villarroya sintió su cabeza enloquecida por la presión de las tinieblas. Además, lo impersonal de aquel diálogo, semejante á un monólogo, ya que su interlocutora apenas le respondía lo preciso para comprometerle á seguir hablando, contribuyó á aturdirle.
—¡Todavía nada sé de usted—exclamó—; ni siquiera su nombre! ¡Dígamelo usted!
Su acento fué de angustia y de súplica. Ella contestó:
—Llámeme usted como guste; por ahora estamos así mejor; mi nombre lo sabrá usted luego.
Mas por mucho cuidado que Ricardo puso endominarse, la atolondrada exaltación de sus nervios volvía.
Siempre es molesto hablar á obscuras, pues falta la visión directa del sujeto á quien nos dirigimos; la fantasía, sin embargo, suele cumplir gallardamente su misión evocadora y ofrecérnosle pulcramente reflejado sobre los espejos misteriosos del recuerdo, de modo que su imagen rivalice en nitidez y precisión con la sensación misma. Mas ni siquiera á este postrer recurso podía encomendarse el enamorado Villarroya; él ignoraba las facciones de su interlocutora. ¿Era joven? ¿Era bonita? ¿Qué color tenían sus ojos y sus cabellos? Y lo que le parecía más alarmante: mientras él hablaba, ¿cuál era la expresión de su rostro? Le escucharía con atención recogida? ¿Se burlaría de él?... Al principio, estas preguntas deambularon por su cerebro sin concretarse; le bastaba saber que á su lado alguien le escuchaba. Después, según su magín fué inflamándose, las ideas se embrollaron hasta adquirir monstruosos perfiles; unas veces pensaba que sus palabras caían en la nada; otras imaginaba que su interlocutora era algo quimérico, una bruja, tal vez, de semblante aciago, con boca canallesca y ojos nunca vistos y horribles.
Para recobrarse de aquel naciente laberinto oprimió fuertemente un brazo de la desconocida, y su mano gozó el contacto de una carne dura y vibrante. Luego, según fue adelantando sus pesquisas, recibió la impresión bondadosa de unos hombros redondos y de un talle esbelto y mimbreanteerguido sobre la ampulosidad de las caderas. Instantáneamente Villarroya hallóse serenado; el tacto suplía á la vista; el hilo de relaciones entre el sujeto y el objeto, que rompió la obscuridad, se había anudado.
—Al fin te tengo—exclamó presa de enternecimiento repentino—; ya no nos separaremos nunca, ¿verdad?... ¡Nunca!... Viviré para ti, escribiré para ti, tuyos serán mis triunfos... Tú... tú eres la mujer que perseguí en tantas mujeres; tu espíritu, aquel que yo atisbaba bajo tantos cuerpos como la casualidad ó el capricho hizo míos. Alma siniestra, alma extravagante, alma de enigma, ¿por qué tardaste tanto en venir á mí?
Acercóse á ella y aspiró el peligro de un perfume exótico y violento; sus dedos resbalaron suavemente por la cabeza de la Deseada, apreciando el contorno gracioso de la nuca, las orejas menudas y sin pendientes, el terciopelo del antifaz...
Y Ricardo volvió á estremecerse, pensando en aquellos ojos vigilantes que le buscaban por entre la doble noche de las tinieblas y de la máscara.
El seductor tuvo un arrebato de impaciencia.
—¿Quieres luz?
Iba á levantarse; ella le detuvo.
—No.
—¿Por qué?
—Porque... no es preciso.
Y agregó filosófica:
—Imitemos el ejemplo que nos da la vida. Porella nunca vamos mejor que cuando caminamos á obscuras.
Ricardo no contestó; sus dientes se apretaron; la sangre hormigueó caliente en sus dedos abiertos por el ansia de dominación; en la obscuridad, su cabeza bermeja y rapada adquirió la expresión de los antiguos conquistadores, violadores y sanguinarios, cuando entraban á saco. Rápidamente rememoró la disposición de los muebles, la situación exacta de la puerta que conducía al dormitorio...
—Te amo—murmuró—, te adoro... ¡Daría por ti la vida!...
Ella no se defendía, ni siquiera hablaba; él la besó la frente y los cabellos; sus brazos avaros rodearon su cintura; levantóla del suelo y á través de la tiniebla sus dos sombras caminaron enlazadas...
De pronto resonó la voz de Fuensanta Godoy; aquella voz imperiosa, vibrante, orquestal, con que la actriz tiranizó en otro tiempo á las muchedumbres.
—¡Eres un miserable!—decía—. ¡Me repugnas; déjame!...
Villarroya lanzó un grito; sudor frío y copioso inundó su frente. La joven repitió, poniéndole ambas manos sobre el pecho y rechazándole:
—¡Eres un miserable!...
Ella misma buscó por la pared, junto á la mesilla de noche, el botón de la luz eléctrica; la habitación se iluminó. Los amantes aparecieron de pie,el uno enfrente del otro; su actitud era hostil; los dos estaban lívidos.
Fuensanta habló primero; sus palabras, más que de violento reproche, fueron de inacabable tristeza y abatimiento.
—Me has roto el alma—dijo—; ya no puedo quererte; vamos á dejarnos. ¡Es horrible, horrible!... Después de lo ocurrido, todo entre nosotros debe concluir.
El callaba; se había dejado caer sobre una silla; tenía deseos de llorar y recatábase el rostro entre las manos. Ella continuó:
—Nunca me hablaste con la elocuencia ardiente que te inspiraba esa mujer á quien creías rendir esta noche por primera vez. ¡Ah, Ricardo! ¿Qué clase de hombre eres? ¿Qué misterio inexplicable hay en ti y cómo pudiste dedicar tanta ilusión á lo que no conocías?
Suspiró y hubo en su lamento un latido secreto de mujer humillada y celosa. Villarroya, reconociéndose completamente derrotado y ridículo, no contestó.
—He querido descender al fondo de tu carácter—prosiguió Fuensanta—, y vi que en tu alma, componedora de comedias y de libros, sólo hay traición, antojo y superchería. No eres un hombre, Ricardo, eres un artista... ¡nada más que un artista!... y quien dijo artista dijo absurdo, egoísmo y quimera. Paso á paso, durante estos diez ó doce días últimos, fui observándote y ninguno de tus sentimientos quedó para mí inadvertido. Comote conozco muy bien, quise exacerbar tu ilusión para traerte á esta cita completamente ciego, de modo que imposible te fuera adivinarme. Por eso no acudí á tu primer llamamiento, por eso tardé tanto en responder á tus cartas... y las angustias de la espera fueron para ti como polvo que la impaciencia te echaba á los ojos. Te he visto caer. Hoy mismo tuve miedo de oir lo que habías de decir aquí, y me fingí enferma y llorando te rogué que pasases esta noche á mi lado. ¡Imposible! El impulso que mis anónimos levantaron en ti era demasiado grande; nada podría contenerte, ¡nada! Segura estoy de que la vida de tus propios hijos la habrías arriesgado por acudir á esta cita maldita.
Maltratado en su amor propio, no sabiendo cómo defenderse y quebrantado por tantas contradictorias emociones, Ricardo Villaroya rompió á llorar.
La actriz continuó:
—¿Por qué una carta sin firma ejerce sobre tu voluntad esa fascinación inexorable, y en virtud de qué miraje has de imaginar joven y discreta, y no vieja y ridícula, á la mujer que te propone una cita extravagante? ¡Ah! Tú no sabes qué quieres... ni lo que tienes... Tú eres un pobre hombre vano, inconsciente, desposeído de criterio, que todo cuanto rechaza ó apetece lo lleva dentro de sí mismo.
Él permanecía callado; no obstante, las lágrimas, fatigándole, habíanle producido aliviobienhechor; laxitud suave iba poseyéndole.
Fuensanta Godoy concluyó de abrocharse su abrigo.
—Adiós—dijo—. Ya sé que siempre cualquiera mujer desconocida ha de inspirarte más cariño que yo. ¡Pobre Ricardo! Andar... andar... tu maldición es esa.
Contemplóle breves instantes y salió de la alcoba; transcurrió un momento; una puerta se cerró con estrépito. Luego, en el silencio, vibraron las pisadas de la actriz, que bajaba la escalera; y el eco aquel, cada vez más mortecino, tenía el ritmo solemne y conciso de lo que se va...
Ricardo Villaroya no se movió; estaba fatigadísimo; á las inquietudes febriles de la víspera había sucedido una gran calma. Dentro de su espíritu, perdido en ese enorme silencio que sigue á las grandes catástrofes, una voz herida musitaba: «No quieras, no busques, porque todo es igual á todo, y lo pasado, como lo futuro, son aspectos del mismo Desengaño...» Y la conciencia desolada comprendía que aquella voz cobarde tenía razón. ¿Para qué desear? La ilusión es una mala hembra indócil que, bajo el techo de los artistas, sólo duerme una noche...
Madrid.—Noviembre, 1906.
«Si te cuentan que han vistovolar un caballo y que eraalazán, créelo.»—(Proverbioárabe.)
Todo el mundo aristocrático que frecuenta las tribunas de los grandes hipódromos europeos, conocía la pasión idolátrica que el jockey Juan Thom profesaba á su caballoRick. Durante cuatro años consecutivos,Rickfué invencible: su agilidad y su vigor derrotaron las reputaciones más sólidas; los laureles tan codiciados que se adjudican en losturfde París y de Londres, fueron para él; ningún corredor igualó su ímpetu; era infatigable y enorme comoEclipse, y ardiente en la primera acometida comoVermouth. Muchos veterinarios curiosos le examinaron creyendo que sus clavículas ofrecerían una disposición especial.
El pasado de Juan Francisco era obscuro y sencillo. No conoció á sus padres, y salió del Hospicio á los doce años para colocarse en el picaderode un viejo, antiguo desbravador de las caballerizas reales, que tenía coches y caballos de alquiler.
En el amplio picadero que poseía cerca del Hipódromo aquel hombre grueso y bajito, á quien Juan Francisco recordaba haber visto en el Hospicio muchas tardes, fué donde el niño cobró inclinación hacia el arte que luego había de ocupar su vida; pues el medio es algo que modifica y se pega al carácter, como se agarran á los vestidos los perfumes. Así, lentamente, el aspecto de las cuadras, grandes, claras, con su olor á estiércol, sus suelos asfaltados, sus arrendaderos brillando al sol y sus frisos de blancos azulejos, iban conquistando la voluntad del futuro jockey y produciéndole íntimo y fresco contentamiento. Todas las mañanas, al despertar, el pequeño boy tenía un pensamiento que se resolvía en una sonrisa.
—Seré jockey...—decía.
Y esta ambición era confortadora, porque daba á su vida, á su pobre vida naciente, un impulso, un rumbo y un fin.
Desde muy temprano Juan trabajaba activamente barriendo lo sucio, abrillantando los arneses, quitando el barro á los coches, transportando cubos de agua de un lado á otro. Era menudito de cuerpo, descolorido y flacucho de rostro, con ojos pequeñines y azules, rodeados de pestañas bermejas. Caminaba lentamente y abriendo mucho las piernas, como jinete que acaba de recorrer unajornada larga y está muy fatigado. El ruido de sus zuecos, rellenos de paja, inquietaba á los caballos, que volvían la cabeza para mirarle, amusgaban las orejas y fijaban en él sus ojos brillantes. Unos resoplaban impacientes, otros atabaleaban el suelo, y el estrépito metálico de sus herraduras llenaba la soleada quietud de la cuadra. Al principio aquella curiosidad un poco hostil asustaba alboy; pero luego, con la costumbre, sus temores se disiparon: los caballos, á su vez, reconociéndole ya como á bienhechor, relinchaban de gozo al verle, y él concluyó por abordarles sin miedo, dándoles terroncitos de azúcar y bulliciosas palmadas sobre las ancas, lucias, brillantes y redondas.
Todas las mañanas, alrededor de las diez, el amo del picadero aparecía. Se llamaba don Pedro del Real, y los que le conocieron mozo le atribuían una historia amorosa larga y pintoresca. Pero si don Pedro fué, como decían, caballista infatigable, derribador temerario de toros y conquistador dichoso de voluntades femeninas, de aquel pasado galante ya nada, ó casi nada, quedaba en él. El tiempo artero habíale mudado la condición, sin duda, quitándole la alegría según fué robándole la guapeza. Don Pedro hablaba poco; era un espíritu reconcentrado, hermético, sobre cuyo entrecejo la vida había dejado un pliegue vertical de dolor. A pesar de esto, Juan Francisco le amaba; nunca le tuvo miedo; apenas le columbraba acudía á recibirle, y el regocijo del saludo le arrebolaba las mejillas; era como un grito de su sangre. Fuéaquella una emoción en la que Juan Francisco, ya hombre, meditó muchas veces y que siempre, sin saber por qué, le dejaba triste...
Cierta mañana don Pedro, contra su costumbre, mostróse comunicativo y de buen humor. Aquel día nada tuvo que decir de la siempre discutida calidad de los piensos, ni de la limpieza bruñida de las pesebreras; todo, según lo examinaba, iba hallándolo bien: los arreos espejeaban al sol, como debe ser; los coches, recién lavados, trozos enormes parecían de pulido azabache; el rojo barniz de las ruedas ardía gayamente en la vastísima amplitud blanca de la cuadra.
Juan Francisco, en mangas de camisa y con un chaleco colorado de hombre que le llegaba á la altura de las rodillas, seguía á don Pedro, sorprendido de verle tan contento. El amo, de pronto, pareció reparar en él; miróle de hito en hito, y como las mejillas escuálidas del muchacho enrojeciesen de alegría, don Pedro del Real sonrió paternal; después le trabó por los sobacos, levantóle en alto, bajándole y subiéndole varias veces y con rapidez, como para apreciar bien su peso, y luego le soltó. Juan Francisco cayó de pie, y sus zuecos chocaron contra el suelo crepitando en el vacío sonante del salón. Varios cocheros y mozos de cuadra contemplaban la escena sonriendo. Don Pedro examinaba alboy; sus piernecillas flacuchas y estevadas, su tórax angosto, la delgadez esquelética, pero vigorosa, de sus brazos, el prognatismo de su mandíbula, la nerviosidad de supestorejo acanalado... y toda aquella fealdad simiesca, parecían encantarle.
—¿Te gustan los caballos?—preguntó.
—Sí, señor, mucho—contestó Juan Francisco.
—¿Y ya no te dan miedo?
—No, señor.
—Bueno, pues entonces...
Y el antiguo caballista, que sin duda amaba apasionadamente su oficio, se interrumpía para observar al muchacho, que acaso realizaba el tipo soñado por él del perfecto jockey, ingrave y fibroso. Continuó:
—¿Tú quieres ser jockey?
Por la bocaza faunesca de Juan Francisco resbaló una sonrisa blanca, idiota, con esa idiotez del estupor que produce en los hombres la felicidad. Tardó en responder:
—Sí, señor... ¡Ya lo creo que quiero!
—Conformes; pues yo te enseñaré á montar.
Aquella misma mañana recibió Juan Francisco la primera lección de equitación, y á partir de tal momento, todos los domingos y días disantos, maestro y discípulo salían á galopar por la carretera de El Pardo. Eran excursiones terribles, de las que Juan Francisco, encogido y raquítico sobre el lomo sudoroso de su cabalgadura, regresaba lívido como un muerto.
Rápidamente el muchacho iba agilizándose, robusteciéndose, dentro de su delgadez caricaturesca, y adquiriendo esa complexión, á la vez ligeray hercúlea, de los buenos jinetes. Poseía además, y esto echólo de ver en seguida don Pedro, lo que no se aprende, lo que puede llamarse «el instinto» del oficio: unticespecial, inexplicable, personalísimo, que convierte la profesión, vulgar al parecer, de caballista, en un verdadero arte. Reglas hay para lo que, en la jerga de los picaderos, se dice «apurar al caballo»: para afirmarle la cabeza, para asegurarle la boca, para abrirle y darle vistosidad y gallardía, para tenerse bien sobre la silla... Todo ello constituye lo adjetivo, lo que puede imitarse de un buen maestro. Pero ninguna de estas habilidades adquiridas bastó á hacer verdaderamente famoso el nombre de un jockey. Los grandes jockeys de prestigio mundial tuvieron, además de esa sangre fría que les permitió aprovecharse de todos los descuidos de sus rivales, la «intuición» del caballo, una especie de adivinación ó de doble vista que les indicaba cómo necesitaban llevar las riendas y cuanto, en un determinado momento, debían hacer. Apropósito de esta parte esencial ó substantiva de su oficio, nada puede reglamentarse, como nada, en cuestiones de amor, debe prescribirse acerca del modo de interesar el corazón de una mujer. ¿Quién sabría decir cuál será la mirada, el gesto, la inflexión de voz, que en el «cuarto de hora» nupcial de la conquista han de darle á «Don Juan» la victoria? Así el jockey, para quien un espolazo oportuno ó un simple temblor de rodillas pueden constituir su triunfo ó su derrota en el último desesperado arranque dela carrera. Como «Tenorio», Fordham no se forma: nace.
Juan Francisco poseía este don maravilloso en grado tal, que sorprendió al mismo don Pedro. Sin saber por qué, pues su experiencia en asuntos hípicos era nula, bastábale un simple ojeo para conocer la condición del caballo que iba á montar. Pocas veces se equivocó. Diríase que desde el primer momento surgía entre él y su cabalgadura una corriente magnética que les apretaba y unía en el milagro de una sola voluntad.
Al mismo tiempo que Juan Francisco aprendía á tenerse bien sobre la silla y á ser un sagacísimo, cabal y esforzado jinete, capaz de gobernar á los potros de más torcida y alborotada condición con sólo el imperio de las rodillas, don Pedro iba enseñándole á corroborar y seleccionar sus preexcelentes disposiciones físicas de jockey.
—Un buen jockey—afirmaba el viejo caballista—debe reunir, á una gran fuerza muscular, el menor peso y el menor volumen posibles. Quiero decir: que necesita ser una especie de hércules enano.
Para conseguir lo primero, Juan iba dos ó tres horas diarias al gimnasio; para lo segundo, su maestro le trazó un plan alimenticio, le impuso masajes especiales y le obligó á dar largos paseos á pie y á tomar baños de sudor. Estos tratamientos durísimos, que ni aun los mismos jockeys ingleses pueden soportar, Juan Francisco los resistía perfectamente y sin mengua de su vigor muscular.De mes en mes el diminutoboyiba quedándose más descolorido y enjuto, y hasta diríase que su estatura había menguado: no obstante, ni su agilidad ni su fuerza decrecían. Pronto su peso disminuyó á cincuenta kilogramos. Don Pedro del Real le examinaba, le pulsaba, y un guiño admirativo iluminaba su grueso rostro, habitualmente impasible.
—Has nacido para jockey, muchacho—decía—, y te aseguro que harás carrera; yo entiendo mucho de eso; yo no me engaño.
No se equivocó, en efecto. Cuatro años después Juan Francisco se presentaba por primera vez como jockey ante el público de Madrid y obtenía un segundo premio.
Cuando don Pedro del Real murió, Juan Francisco entró al servicio del conde Narciso, que tenía caballerizas en París y era dueño de la yeguaTuria, que el año anterior ganó los cien mil francos del «Jockey-Club».
El conde Narciso gozaba fama de ser uno de los más inteligentes y expertos caballistas de Europa. En sus cuadras poseía yeguas magníficas del Irak y sementales soberbios procedentes de las antiguas y gloriosas caballerizas del conde de Lagrange, el primer francés que arrancó á los ingleses el codiciado premio Derby. De estos cruces, sabiamente calculados, había nacido una raza de caballos admirables por su tamaño, su acabada traza y su ardimiento, con los cuales su dueño había ganado en losturfde Londres y de París muchos millares de francos. Sobre los caballos del conde, que pagaba las montas con extraordinaria largueza, habían pasado los mejores jockeys de Europa, pero muy pocos lograron merecer su simpatía y menos su confianza.
Era el conde Narciso un hombre como de cincuenta años, elegante y correcto, un poco frío, que siempre vestía trajes de color gris hechos en Londres, y estrenaba diariamente un par de guantes blancos. A los jockeys les recibía de pie, les examinaba rápidamente y luego les despedía con un gesto desdeñoso, inapelable, de rey.
—Por ahora—decía—no me conviene usted...
Y les volvía la espalda. Así, el favor del conde Narciso fue considerado en la profesión de jockey como un doctorado.
Juan Francisco fue á visitarle provisto de buenas cartas de recomendación; no obstante, iba medroso y balbuciente, como estudiante que va á examinarse de una asignatura mal aprendida. Acababa de cumplir veinte años: era un hombrecillo minúsculo, cenceño, flexible y vibrante, cual si su carne acerada careciese de armazón ósea. Con el tiempo, aquel raquitismo caricaturesco que tanto entusiasmaba al veterano don Pedro del Real, habíase exagerado hasta lo inverosímil. Un copioso plantel de cabellos rojos cortados á rape cubría su cráneo dolicocéfalo, chato y largo; tenía la frente breve y deprimida, cortada transversalmente por dos hondas arrugas paralelas; los ojos pequeños, redondos y azules; la corva nariz avanzaba, atrevida y tajante, como una arista; el prognatismo enfermizo de su mandíbula inferior hundía las mejillas y afilaba el semblante exangüe y pecoso: era una verdadera mandíbula de jockey, quesalía al tropiezo del horizonte y parecía hecha para cortar el aire.
Un criado condujo á Juan Francisco al despacho del conde.
—Tenga usted la bondad de esperar—le dijo—; el señor conde está bañándose.
El joven jockey permaneció de pie, inmóvil sobre sus piernecillas abiertas, lleno de zozobra dentro de su amplio gabán color café. La habitación donde se hallaba tenía dos ventanas á un jardín, y era espaciosa y clara. Cubrían las paredes largos armarios repletos de libros lindamente encuadernados, sobre cuyos tejuelos de diversos colores la luz se reflejaba alegre. Aquí y allá, en estudiado desorden, aparecían escenas hípicas y retratos de jockeys y de caballos famosos. Sobre la chimenea, y como en lugar preferente, estaba la fotografía de Grimshaw, que ganó montando al caballo francésGladiateurel premio Derby; y á su lado la del jockey Fordham, campeón invencible de las carreras largas. En artísticos marcos forrados de felpa, cuyo lozano color verde traía el recuerdo de los hipódromos, aparecían varias cabezas de corredores célebres: la deMonarque, padre deGladiateury de toda una generación de terribles corredores; la deLiouba, su yegua favorita; la deVermouth; la deEclipse, el mejor caballo del sigloXVIII, vencedor deBucéfalo, y uno de cuyos cascos, metido en un hermoso objeto de arte, fue regalado como premio en una carrera de la «Copa de Ascot». En la entreventana, ocupandotambién lugar ostentoso y preferente, había un retrato del famoso Baucher...
Contemplando aquella exposición de celebridades hípicas, Juan Francisco pensaba:
—¡Si yo mereciese algún día el honor de figurar aquí!...
La puerta del despacho acababa de ser abierta lentamente, y bajo los pesados cortinajes de color musgo que la cubrían apareció la figura correcta y simpática del conde Narciso. Su calva noble y tranquila de hombre mundano brillaba á la luz; cubría sus mejillas, bronceadas ligeramente por el aire libre y el sol, una bien cuidada barba, corta y blanca. Vestía, según costumbre, un traje gris claro; el ancho pantalón caía aplomo, conforme á los severos cánones de la elegancia inglesa, sobre las botas de charol reluciente.
Juan Francisco se inclinó respetuoso, los pies juntos, los brazos rígidos á lo largo del busto. Ante aquel hombrecillo grotesco que volvía á la memoria el recuerdo de las teorías darwinianas, el conde pareció satisfecho. El jockey esperaba que su interlocutor le dirigiese algunas preguntas, pero se equivocó: el conde Narciso limitóse á observarle, desnudándole y sospesándole cuidadosamente con la mirada: vió su frente estrecha, su barbilla tajante, llena de voluntad, su tórax angosto que apenas opondría resistencia al aire; y al mismo tiempo sus ojos inteligentes apreciaron la terrible fuerza nerviosa de aquel cuerpecillo enano.
—¿Cuánto pesa usted?—preguntó.
—Cuarenta y ocho kilogramos.
—Está bien.
—Pero aún espero llegar á los cuarenta y cinco.
Por las cejas, poco inclinadas á la sorpresa, del conde Narciso, pasó un ligero temblor admirativo. Parecía encantado. Juan Francisco acababa de conquistarle, más que con su aspecto, por aquellas contestaciones breves y seguras donde latía, como un fanatismo, ese «amor al caballo» que llena el alma de los jockeys de raza.
—¿Cuánto deseaba usted ganar?—preguntó el conde.
—¡Oh!... de eso, si al señor le parece, hablaremos más adelante, cuando el señor vea de cerca lo que yo valgo.
—Perfectamente. Entonces, á partir de este momento, queda usted á mi servicio, y mañana mismo saldrá usted para París.
—Como el señor disponga.
—Pero necesito, y esto es indispensable, que antes cambie usted de nombre: procúrese usted un apellido exótico y monosilábico, que impresione fácilmente el oído.
Juan se inclinó ceremoniosamente y salió. Desde aquel día, el obscuro hospiciano que siempre había firmado Juan Francisco, comenzó á llamarse «Juan Thom».
El triunfo que el joven jockey lograba poco después sobre la pista de Longchamps, le valía unpuesto de honor entre los corredores más famosos de allende el Estrecho.
Juan montaba aquella tarde el caballoAbril, un alazán de cinco años, nuevo en los hipódromos, y del cual, no obstante, los inteligentes hablaban mucho; lo que los ingleses llaman undark-horse.
La víspera, el conde Narciso había cambiado algunas palabras con Juan Thom; él no quería decirle nada acerca de cómo debía llevar áAbril; prefería dejarle todas las iniciativas y con ello adjudicarle todas las responsabilidades. Como si hablase de un viejo amigo, el jockey repuso tranquilo:
—No pase zozobra el señor conde;Abrily yo nos llevamos muy bien.
Iba á empezar la carrera; el juez de salida dió la señal y los caballos partieron. Durante los primeros momentos todos los concurrentes avanzaron en grupo; pero muy prontoAbrildirigió la carrera y alcanzaba una ventaja de varios metros. Junto á él corríaPrometeo II, vencedor del premio Oaks y campeón de los hipódromos británicos, con quien los ingleses esperaban llevarse aquel año los cien mil francos del «Gran Premio». Un instante las manos deAbrilflaquearon, yPrometeo II, brincando elástico bajo la fusta de su jinete, ocupó el primer puesto. Fué aquel un momento de indescriptible emoción. El actual rey de Inglaterra, entonces príncipe de Gales, que estaba en las tribunas, tremoló sobre su cabeza unpañuelo en señal de victoria, y un¡hurra!gutural y áspero, lanzado por millares de gargantas sajonas, cruzó el espacio.
Pero Juan Thom no aceptaba aún la derrota. Su alma latina, invencible en el impulso temerario de la primera impresión, tuvo una resolución heroica, y desviando con lentitud hábil á su caballo de la línea recta, lo echó disimuladamente sobre el competidor que le arrancaba el triunfo. Las rodillas de Thom y del otro jockey chocaron, permaneciendo algunos segundos estrechamente cosidas y superpuestas; crujieron los huesos; de pronto Juan Thom, que no perdía la serenidad, sintió en su corva la presión de la rodilla enemiga; aquella ventaja de tres ó cuatro pulgadas que acababa de obtener, decidió la lucha en su favor.Prometeo II, desconcertado por la maniobra artera de su rival, que le cortaba el camino, perdió terreno, yAbrilllegaba el primero ante las tribunas, bajo una lluvia crepitante de aplausos.
Sin familia, sin amigos y dotado de un carácter callado y juicioso, Juan Thom no tenía, fuera de su oficio, nada que le sobresaltase ni distrajese. Pasaba las tardes en las cuadras del conde Narciso, examinando los arreos, modificando la forma de las sillas para aligerarlas, estudiando la calidad de los piensos, preocupado siempre por el temor de que los caballos engordasen. Y él mismo andaba sometido á masajes crueles y á ejercicios gimnásticos que daban á su enjuta musculatura lasequedad y la dureza del hierro. Refinando mucho sus alimentos, llegó á comer muy poco: uno de sus grandes empeños estaba cifrado en tener la cintura de un niño; según Juan Thom, el jockey ideal debe carecer de estómago.
Así, la confianza que el conde Narciso tenía en la pericia de su primer jockey era ilimitada. Thom ordenaba los cruces que debían mejorar la raza de los corredores, y maravillaba la penetración suprema con que buscaba en los padres las condiciones de agilidad, de voluntad y de fortaleza, que más tarde habían de resplandecer en el hijo.
Del cruce de la yeguaRocíocon un garañón inglés, por el que dió el conde Narciso ochocientos mil francos, nacióRick; aquel terribleRick, jamás vencido bajo las rodillas de Thom, que varios veterinarios reconocieron buscando en la anatomía de sus clavículas una complexión especial.
Juan Thom, que ya llegaba á los cuarenta años, adoró enRick, en quien su asotilado instinto de viejo jockey adivinaba cualidades extraordinarias de agilidad, vigor y coraje.
En cierto modo, esta pasión fué la resultante del ambiente que le circundaba. El buen Thom, raquítico y feo hasta lo bufo, con sus piernecillas estevadas, sus brazos largos y nudosos y su cabeza de simio, no había sabido formarse una familia. Además, le asustaba vivir siempre bajo los cielos, un poco tristes, de París ó de Londres. Realmente, Juan Thom, que guardaba algunos ahorros y empezaba á saberse viejo, sentía recónditos y callados deseos de volver á España. Aquella desilusión de su vida actual era en él como un atavismo; la necesidad melancólica que todos los hombres que habitaron constantemente en grandes urbes experimentan de regresar al campo, cual si repentinamente vibrase en sus entrañas el amor á la Naturaleza, á los arroyos murmurantes, á las selvas umbrosas, á la tierra madre, bienhechoray munífica, que adoraron con culto panteísta sus progenitores, los remotos aborígenes, salvajes y desnudos. Juan Thom soñaba con su vieja Castilla, seca y llana: se establecería en un pueblo, compraría una casita, cuidaría una huerta y luego, cuando la casualidad le deparase una mujer buena y guardadora de su hacienda, se casaría y tendría hijos, y moriría olvidado y tranquilo, lejos del estruendo fragoroso de los hipódromos.
La aparición deRickvino á quebrar momentáneamente estos cristianos propósitos de serenidad y alejamiento. Juan Thom lo vió nacer, él presidió su vida, él, á fuerza de tesón, quitóle toda mala estirpe de resabios y defensas, ejercitó su inteligencia, infundió á su condición voluntariosa arrestos temerarios, nutrió sus músculos, dió á sus miembros, con ayuda de sabios ejercicios, aquellas proporciones agigantadas que ningún otro caballo había de igualar después, y puso en su instinto ese ramalazo de fiero orgullo que decide de la victoria en todos los combates.
A los cinco añosRicktenía nueve dedos sobre la marca. Era alazán, de un alazán tostado y brillante. El sangriento color del ollar y la mirada ardiente de los ojos negrísimos, daban á la cabeza expresión poderosa y temible. Era muy abierto de pecho, redondo de grupa y acopado de cascos; el dorso ondulante, la boca asegurada y fresca. Sus remos, flacos y largos, ignoraban el cansancio y abarcaban un tranco enorme; al caminar, todo sucuerpo vibrante temblaba, siguiendo al cuello erguido y robusto, que parecía arrastrarlo tras sí, hacia el horizonte. Era gigantesco comoEclipse, ágil comoVermouth, voluntarioso y arrebatado comoMonarque. Celoso de su poder, no consentía la vecindad de ninguna sombra; el menor ruido le sobresaltaba; sus orejas levantadas, más que pasmo, revelaban cólera; siempre parecía fugitivo, y sin cesar sus ojos iban de una parte á otra, mirándose las ancas, como asustado de sí mismo. Su figura imponente amedrentaba á sus competidores; en las cuadras del conde Narciso había un caballo que cuando se hallaba en algúncanterconRickse abocinaba y cubría de sudor.
Los días de carrera, por la mañana, Juan Thom entraba en la caballeriza á saludar áRick.
—Hoy hay lucha,Rick—decía—; es preciso portarse bien.
El noble animal miraba al jockey, luego resoplaba, y su belfo descubría los dientes descarnados y amarillentos, ensayando una sonrisa ufana. Thom, entonces, le daba nalgadas sonoras, le acariciaba la crín, le besaba el ollar y le decía al oído palabras de amor. El bruto, agradecido, amorraba la cabeza y entornaba los ojos...
Sobre la pista del hipódromo, Juan Thom yRick, al formar un cuerpo gobernado por una sola y omnipotente voluntad, resucitaban la fábula del centauro. Impetuoso en la acometida, é infatigable y tenacísimo en la carrera,Ricktenía algo delpoder de los elementos cósmicos. Su arranque era terrible siempre, casi decisivo; pero en la lucha, su voluntad ardiente y dura, como hecha de fuego y de diamante, no encontraba rival. Su impulso, además, era consciente: Thom podía dejarle las riendas sobre el cuello, seguro de queRickno desaprovecharía ninguna ocasión para vencer.
No satisfecho con esta perfecta alianza, Juan Thom había enseñado á su caballo un grito gutural que, á modo de conjuro, poseía la virtud de enajenarle y desbocarle.
—¡Gruiiii!... ¡Gruiiii!...
Era un alarido ronco, breve, de una modulación suigéneris, clarineante y salvaje, que el astuto jockey sólo lanzaba en los trances de peligro extremado; una voz cabalística que acaso hería los centros cerebrales del animal y le trastornaba. Este recurso nadie, ni aun el mismo conde Narciso, lo conocía; pero, aunque alguien lo hubiese sabido, no hubiera podido utilizarlo. La virtud de esas palabras que penetran hasta el fondo de ciertas almas, depende, más que de su significación escueta, del modo como son pronunciadas y de la simpatía que medie entre quien habla y quien escucha. Una mujer oye decir: «te amo», á un hombre que la es indiferente, y permanece fría; pero se lo dice el galán que ella quiere, y se vuelve loca.
Juan Thom sabía esto, y la fuerza de fascinación que tenía sobre su caballo dábale la seguridad de ser invencible. Varias veces probó la capacidad empujadora del grito aquel.
—¡Gruiiii!...
Y siempre llegó el primero á la meta. Al oirlo,Rickponíase fuera de sí: instantáneamente bebíase la brida, estiraba el cuello, sus cuatro remos formaban con su vientre una línea horizontal, y botaba, cual si algo eléctrico estallase en su interior. Piedra disparada por honda parecía; su velocidad era la velocidad silbante de la flecha. Volaba. Las multitudes, atónitas, saludaban con un rumor de pasmo aquel correr inaudito.
Montado sobre el lomo temblequeante y enorme deRick, el diminuto Juan Thom, cuyas espuelas apenas alcanzaban al vientre de su cabalgadura, parecía un mono con dolor de estómago. Y, no obstante, para Thom, el vencedor de todas las carreras, eran los aplausos y los apretones de manos y las sonrisas, á veces voluptuosamente prometedoras, de las mujeres elegantes que llenaban las tribunas. Con su gorrilla de visera, su chaquetilla de seda roja, su ceñido pantalón blanco y sus chambergas de charol, Juan Thom era, sobre el verde tapete de los hipódromos, grande como un rey. Su busto exiguo permanecía rígido, insensible al incienso; su boca fina, desdeñosa, casi imperceptible como la herida de un bisturí, no sonreía; sus ojos pequeños y buídos miraban al espacio inquietos, devorando la distancia. A lomos deRick, Thom era la encarnación del dios Exito: las victorias del célebre caballo, haciendo oscilar millones de francos, tenían la importancia de una gran jugada de Bolsa. Un crítico, refiriendo elúltimo triunfo de Juan Thom, dijo que con los billetes de Banco queRickhabía ganado podría alfombrarse el Campo de Marte.
Los cuidados idolátricos de que Thom rodeaba á su caballo, el ahinco suicida que ponía en afilarse y disminuir para pesar sobreRicklo menos posible, las zozobras de vanidad y de interés que nublaban su ánimo, la semana de inquietudes febriles que precedía á los grandes torneos hípicos, los peligros de la lucha, y, más tarde, los aplausos cobrados en aquella incesante y apretada colaboración, habían robustecido los vínculos del amor casi paternal que el jockey profesaba á su caballo.
Repasando sus recuerdos volvía con frecuencia á la memoria de Juan la impresión del despacho donde, muchos años antes, vió por primera vez al conde Narciso. El aspecto de aquella habitación persistía en su espíritu con detalles minuciosos: los muebles de gutapercha, los armarios abarrotados de volúmenes, sobre cuyos tejuelos rielaba la luz mañanera, los retratos de jockeys y de caballos célebres diseminados por la uniformidad gris de los muros. Y también revivía el anhelo ambicioso que la severidad del despacho aquel suscitó en su ánimo: «¡Si yo llegase á ser un jockey de prestigio mundial! Si yo alcanzase la fortuna de tener un caballo que pasase á la posteridad comoEclipseyMonarque!...» Ahora reconocía que la vida no fué mala para él: había triunfado, todos sus deseos estaban cumplidos, y ello le producía una ecuanimidad dulce y honda.
Al revés de lo que suele ocurrir en el teatro, donde no es raro que el primer galán, aunque esté enamorado de la primera actriz, se muestre mortificado y celoso de los aplausos tributados á su compañera, la celebridad cosmopolita deRickno era mas que la corroboración ó complemento de la celebridad de Juan Thom. La popularidad les acariciaba igualmente: el color de las blusas sedeñas del pequeño Thom dirigía la moda en las temporadas de primavera y de otoño; un zapatero parisino puso á la venta unas botas chambergas idénticas á las usadas por él y que llevaban su nombre; las cabezas del jockey invencible y deRickaparecieron juntas muchas veces sobre la primera página de las revistas ilustradas.
Juan iba hacia la inmortalidad, y le llevabaRick, que era su obra maestra, casi su hijo. Así, jamás con mayor razón que entonces pudo decirse de ningún artista que caminaba hacia el triunfo montado sobre su historia.
Todas las tardes en que había carreras, al salir de Longchamps, Juan Thom vaciaba una botella de vino en la taberna de un bordelés que había viajado mucho por España, y cuya conversación pintoresca era para el jockey desterrado como un rayo del alegre sol de la patria.
Cuando el señor Gustavo trajinaba en el comedor sirviendo á los parroquianos que llegaban boquisecos y con ganas de cerveza y de broma, el pequeño Thom iba á sentarse en laterrassedel establecimiento, ante el cual el bosque de Bolonia dilataba su inmensidad verde. Los crepúsculos de aquellas tibias tardes primaverales eran muy dulces: el cielo azul, donde la luz solar iba amortiguándose en una gama de palideces incontables, se cubría lentamente de nubecillas blancas y de cirrus rosáceos de una delicadísima transparencia ambarina; la muchedumbre que regresaba á París dejaba tras sí un silencio, un gran silencio hierático, que se oía; á lo largo de las Avenidas, el ruidode los coches y el alarido crepitante de las bocinas de los automóviles disminuía, se emborronaba, en la distancia; la nube de polvo, semejante á un halo de muchos kilómetros, que levantó la multitud al pasar, descendía de nuevo á la tierra y la atmósfera recobraba su limpidez, y en la diafanidad luminosa del espacio, las frondas del bosque recortaban una línea ondulante y cerúlea. Y según el estrépito efímero de los hombres cesaba, la Naturaleza reaparecía solemne, avasallante, en su doble gesto magnífico de silencio absoluto y de eternal quietud.
De la lejanía llegaban piar de pajarillos adormilados y murmurios de arroyos, que hasta entonces parecieron callados, y que traían deseos de paz al alma de Juan Thom. Horas antes, los pulmones del pequeño jockey se habían congestionado en la angustia de la carrera, y cuando, como siempre, llegó el primero á la meta, sus mejillas tenían la palidez de la carne muerta. Ahora descansaba; sus labios exangües se abrían con deleite á las brisas, y en el círculo bermejo de las pestañas, los ojillos azules que hundió la fatiga recobraban su vivacidad. Su alma sencilla se desperezaba en este bienestar físico.
—¿Hasta cuándo viviré así?—pensaba—; esto no puede durar siempre; es preciso concluir...
Y sin ser filósofo ni entender un ápice de problemas trascendentes, el diminuto Thom, que era un hombrecillo perfectamente vulgar, se interrogaba con desaliento:
—¿Para qué defiendo tanto una vida en la que no he conseguido ser dichoso?...
El hilo de estas meditaciones melancólicas solía romperlo el señor Gustavo, siempre con delantal y en mangas de camisa, rojo, hercúleo, lleno de salud y de risas sobre sus zapatones claveteados y sonantes.
—¡Hola, señor Thom!—gritaba el bordelés—; ¿en qué se piensa?
El jockey se estremecía, aturdido por la pregunta inesperada, y tardaba un poco en contestar. Luego decía:
—¡Qué sé yo!... estaba aburrido...
—¿Cuándo volvemos por España?
—No sé; pero crea usted que cualquier día me voy.
—Es natural. ¡Qué diablos! Yo también tengo ganas de marcharme á Burdeos. ¡Aquel cielo... no hay otro!... Además, yo creo que los hombres, después de correr el mundo, deben irse á morir al sitio en donde nacieron.
Se sentaba y, familiarmente, con liberalidad meridional, de la botella que había pedido el jockey, se servía un generoso vaso de vino.
—¡A su salud!—exclamaba.
Y, levantándolo en alto, lo vaciaba de un trago, Juan Thom le contemplaba sonriendo, y se reconocía más insignificante y desmedrado que nunca, ante la mole atlética del tabernero carcajeante y sanguíneo que olvidaba su viudez abrazando estrechamente á las criadas de la vecindad, y queal hablar descargaba puñetazos terribles sobre las mesas.
El señor Gustavo tenía una hija, Marta, con quien Juan Thom echaba largos párrafos. Era una muchacha morena, un poco triste, de ojos juiciosos y honrados, que sugerían dulcemente la idea de formarse un hogar. El jockey solía hablarla de España, y aunque sus relatos eran verídicos y nada extraordinario ponía en ellos, la joven le escuchaba atentamente, atraída por esa leyenda de amores y de sangre que rodea á los países favoritos del sol. Un día en que su conversación fué más íntima, Marta le interrogó:
—¿Tiene usted padre?
—No.
—¿Y madre?
—Tampoco.
—¿Y hermanos?
—Tampoco tengo hermanos. Soy solo en el mundo. En España nadie me espera. No conservo allí ni siquiera un amigo...
—¡Es raro!
—Sí... ¡muy raro!... Es decir...
Y ella, sin saber por qué, quedóse triste, y por primera vez advirtió que Juan Thom era muy feo y que tenía los cabellos grises. Sorprendido de verla tan callada, el jockey preguntó:
—¿En qué piensa usted?
—En nada; en eso...
Thom cerró los ojos y su memoria buceó inútilmente en las tinieblas del Hospicio. Allí estabasu niñez, sus recuerdos arrancaban de allí... Pero, ¿y antes?... Y de pronto tuvo deseos de llorar, porque sintió que la vida no había tenido besos para él.
A la tarde siguiente, Juan Thom no pudo hablar con Marta. Era domingo y la taberna estaba llena de parroquianos sedientos, que reían y charlaban á gritos; las luces palidecían en el humo de las pipas. Thom, desde laterrasse, miraba al interior del establecimiento. El señor Gustavo, en pie, detrás del mostrador, al aire los antebrazos, peludos como los de un fauno, parecía presidir la reunión. Marta iba de una mesa á otra, solícita y grave á la vez, y al inclinarse hacia adelante para servir un bock de cerveza ó recoger unos vasos, sus pechos vibrantes y eréctiles se dibujaban audaces bajo la fina tela del corpiño.
Thom observaba á la joven, y una melancolía, que era casi una angustia, iba apoderándose de él; también advirtió que varios bebedores, que ya empezaban á mostrarse borrachos, la miraban con avidez.
¿Por qué de todas las perfecciones femeninas el seno es lo que más despierta y alborota la lascivia del hombre; y por qué á las mujeres, especialmente á las muy predispuestas á la maternidad, es allí, justamente, donde más gustan de ser acariciadas? ¿No hay en todo ese poderío lujuriante de los senos, que alimentan la vida del recién nacido, como «una voz de la especie»...?
En esto pensaba Juan Thom, y al mismo tiemposentía un desasosiego extraño y doloroso, que era como una amenaza, como el presentimiento de un peligro que iba acercándose. Empezó á monologuear:
«Si Marta fuese novia mía y cualquiera de estos barbarotes la faltase al respeto de obra ó de palabra, ¿qué iba á hacer yo?...»
Y al sentirse obligado á responder á esta pregunta, la idea de que era pequeñuco, raquítico y débil, le hirió en su dignidad de hombre y de amante como un cuchillo.
El jockey acababa de vaciar su botella, cuando el peligro esperado llegó. Un parroquiano, que había pedido un bock de cerveza, trabó conversación con Marta: era un individuo barbirrubio, vestido con traje de pana, que reía groseramente. La joven quiso marcharse, pero su interlocutor la retenía por el delantal, y los ojos de los amigachos que trasegaban con él ardían en deseos. De pronto, aprovechando un momento en que el señor Gustavo se hallaba vuelto de espaldas al salón, el individuo del traje de pana extendió un brazo y su mano torpe, hambrienta cual una garra, se crispó gozosa sobre el seno de Marta. La moza dió un grito, y Juan Thom, fuera de sí, penetró en la taberna. Con la agilidad de un gato se lanzó sobre el insolente.
—¡Canalla!—gritó.
Al sentirse agredido, el borracho se puso de pie, esperó á que el jockey repitiese su acometida y luego, de un solo puñetazo, le tiró al suelo, hechoun ovillo, á los pies de Marta. Afortunadamente para Thom, el señor Gustavo acudía á su defensa: adivinaba lo ocurrido.
—¡Trueno de Dios!...
Las sílabas del juramento favorito del buen pueblo francés pasaron silbando por entre sus dientes, que crispaba la cólera. El borracho trató de defenderse, pero su resistencia fué vana: el tabernero le cogió por las solapas con una mano, para asegurar bien el golpe que iba á darle con la otra, y en seguida, de un puñetazo recto y seguro le lanzó hasta laterrassecon la cara rota y bañada en sangre.
Aquella noche Juan Thom cenó con el señor Gustavo; Marta comía con ellos, pero á cada momento se levantaba para servirles. Los dos hombres comentaron el lance, machacando pesadamente sobre los mismos detalles: Juan Thom acababa de vaciar su botella y se hallaba en laterrasse, de cara á la taberna y mirando á Marta; el señor Gustavo estaba detrás del mostrador y dando la espalda al salón; en aquel momento...
—Pues si no acude usted tan á tiempo—declaró el jockey con llaneza simpática—, ese tagarote da fin de mí.
—¡Vaya!... Pero conmigo la criada le salió respondona. ¿Eh?... ¡Tengo los puños muy sólidos! Al que yo le trabe por el cuello, ya puede despedirse de su familia...
Hablando así, el tabernero reía á carcajadas, con una violencia tonante que hacía vibrar la cristaleríade los armarios. Bruscamente, reconociendo al jockey humillado, se interrumpió para decir:
—¡Caramba! ¡Pero usted es valiente!
Juan Thom, modestamente, bajó los ojos. El señor Gustavo repitió:
—¡Ya lo creo! Es usted un bravo... Porque hay que considerar que usted no tiene fuerza... que á usted, de un estornudo, se le tira al suelo...
Y como el jockey no contestase, Marta repuso:
—Sí; el pobre no ha podido hacer más... ¡Pero, como es tan pequeño!...
Thom miró á la joven y su mirada fué una lágrima. Marta, que era más alta que él, le compadecía. Nunca se sintió el infeliz más insignificante que entonces.
Después entraron dos parroquianos, y el señor Gustavo, que ya había cenado, fué á servirles. Juan Thom bebió solo su café. De cuando en cuando suspiraba y miraba al espacio fumando su pipa. De pronto experimentó cierto dulce alivio. Acababa de sorprender á Marta observándole desde detrás del mostrador, por encima del periódico que aparentaba leer atentamente.
Una mañana, al despertar, Juan Thom se preguntó:
—¿Por qué estoy tan triste?
Era, efectivamente, la suya una melancolía antigua y de honda raigambre que le había mordido reiteradas veces, pero sin que él supiese que aquello tan profundo, tan frío, que le robaba todo voluntario impulso y le explicaba la voluptuosidad de morir, se llamaba así: tristeza.
Mientras se vestía, el pequeño Thom volvió á interrogar á su conciencia á propósito de aquel malestar que iba invadiéndole poco á poco como una ola amarga; y al hacerlo fué en alta voz, cual si alguien que no fuera él mismo hubiese de responder á su pregunta:
—¿Por qué estoy tan triste?
No era la nostalgia de hallarse expatriado, ni la de ser feo, ni la de vivir pobremente, á pesar de lo mucho que llevaba trabajado: era algo más, otra cosa... ¿Qué podría ser?... Hasta que su desasosiego innominado tuvo un semblante y un nombre.Aquella revelación fue inesperada y deslumbrante, como obra de embaucamiento ó de hechizo.
—Estoy enamorado de Marta...—pensó con estupor Juan Thom.
Y era así: en las almas los movimientos se generan y hállanse sometidos á las leyes mecánicas que gobiernan el dinamismo de las máquinas. En éstas, por ejemplo, el impulso que hace resbalar unos sobre otros los engranajes de tres ó cuatro ruedas pequeñas, se comunica á lo largo de las correas de transmisión á otros engranajes más grandes, y de éstos á otros mayores aún, y al cabo á un volante gigantesco y de tremendo vigor que, al alimentar con su trabajo la vida de la fábrica, reasume y expresa las energías que todas las ruedas, árboles, émbolos, engranajes, distributores y correas, desarrollaron antes que él. Lo mismo ocurre en las almas, donde no es raro que todo cuanto en ellas dejó la herencia, el temperamento, la educación, el ejemplo y demás factores que cooperan á la formación de los caracteres, bruscamente se aúne, y los sentimientos que antes parecían antagónicos, luego se fundan para correr por el mismo cauce y componer una solitaria y todopoderosa corriente.
Esta transformación sorprendente y maravillosa como mutación de comedia de magia fué la que, en el curso rapidísimo de una noche, varió el alma sencilla de Juan Thom. El, poco acostumbrado á la meditación, había vivido ignorante desí mismo y alejado de su propia conciencia: él, que nació inclusero, experimentaba, por atavismo sin duda y sin saberlo, la nostalgia de la madre y del padre que no conoció; él, inadvertidamente, acaso padecía también la melancolía de envejecer lejos de su patria, la ausencia total de afectos entrañables, la inanidad desesperante de la gloria, el aterido cansancio de una existencia que ya declinaba y aún no tenía rumbo, el espanto de tumba de las almas que caminan solas. Y repentinamente, estas desilusiones secretas, que correspondían á otros tantos deseos, se fundieron en un brusco anhelo; impulso único, despótico, rectilíneo.
Según las arterias recogen toda la sangre de los vasos capilares, ó como un río cosecha las aguas todas de la cuenca hidrográfica donde nace, así las ilusiones, las desesperanzas, los arrebatos, los recuerdos, cuanto el espíritu de Juan Thom había vivido y esperaba vivir aún, se sintetizó y mezcló en un gesto que tenía un nombre de mujer: Marta. Y ya no pensó mas que en aquello: era indispensable acercarse á ella, conquistarla: allí estaba el norte seguro de sus alegrías, el remedio inefable de todos sus despechos.
Y Juan Thom, mientras terminaba de anudarse la corbata delante del espejo, afirmó decidido:
—Sí, por eso estoy triste; porque estoy enamorado de Marta y yo no lo sabía...
La tarde en que el jockey se resolvió á declarar su cariño á la joven, ésta le oyó sin inmutarse, con esa frialdad que inspiran las confesionespoco deseadas y que se han visto llegar lentamente.
—Por mí—dijo—no hay inconveniente; usted me parece un hombre bueno... eso es lo principal. Pero necesito saber la opinión de mi padre: yo no hago nada sin su consentimiento.
—En tal caso—repuso Juan—, hablaré con él...
—Como usted guste.
La conversación de Juan Thom con el señor Gustavo se redujo á una cuestión de números: la dote de Marta no llegaba á quince mil francos. Juan, por lo visto, no tenía mucho más, y con treinta mil francos nadie se establece decorosamente. Tímidamente Juan insinuó sus deseos, cada día más notorios, de retirarse al campo. El tabernero le interrumpió: Marta, acostumbrada al bullicio alegre de París, no querría vivir en un pueblo, y menos separada de su padre.
—Yo no la he interrogado acerca de esto—terminó—; pero la conozco y creo que no accederá...
Ante el señor Gustavo, saludable, hercúleo, casi rico, con el crédito que le daba un negocio boyante y la obediencia de la mujer amada, el pequeño Thom se sentía anonadado y minúsculo, ¡Y si él hubiera podido oponer á las exigencias, un tanto impertinentes, de su presunto suegro, la afirmación de que Marta le quería!... Pero la joven se lo había dicho bien claramente: «Yo no hago nada sin consentimiento de mi padre». No tenía, por tanto, armas con qué luchar y debía someterse á lo que la parte enemiga decidiera.
—Y, más tarde—prosiguió el tabernero triunfante—, cuando vengan los hijos, ¿qué harían ustedes?
El jockey, sin levantar los ojos del suelo, movía la cabeza reconociendo con aquel signo afirmativo que el señor Gustavo tenía razón.
—Trabaje usted algunos años más—concluyó el tabernero—, y ya veremos. Mi hija todavía no necesita casarse. ¿Sabe usted qué edad tiene?...
—Tendrá... ¿veinte años?
—Diez y nueve nada más. Es demasiado joven.
—Sí, ella es joven—repuso Thom suspirando—; ella puede esperar... ¡ya lo creo!... Pero yo, no; yo voy siendo viejo...
A pesar del resultado negativo de aquella primera gestión, Juan Thom continuó yendo á la taberna casi todas las tardes. Una veces cenaba allí y luego, mientras bebía su café y fumaba dos ó tres pipas, se abismaba en la lectura de un periódico; otras, en que tenía prisa, tomaba un bock y se iba. Marta, en pie delante de él, las manos metidas en los bolsillos de su delantalito blanco festoneado de encajes, le despedía con una sonrisita amable.
—Buenas noches, señorita Marta.
—Buenas noches, señor Thom; hasta mañana.
Esta despedida trivial en que había como un deseo de volver á verle, consolaba al jockey.
—Si no volviese—se decía—creerían que me consideraba ofendido y hablarían mal de mí.
Los lunes, que eran días de poco trabajo, el señorGustavo y su hija cenaban con él. El tabernero era muy aficionado á las carreras de caballos, en las que todos los domingos arriesgaba tres ó cuatro luises. La amistad del pequeño Thom le había sido muy útil; gracias á él llevaba ganados en aquellos dos últimos meses más de seiscientos francos, y esto le inspiraba un fuerte agradecimiento hacia el jockey.
—¿Cómo se las arregla usted—decía—para conocer tan perfectamente la condición de cada caballo? Si yo poseyese tal habilidad, le aseguro á usted que, antes de llegar á viejo, era millonario.
Inmóvil y pálido como una figura de cera, Juan Thom replicaba guiñando los ojillos.
—Ese es un don que no se adquiere en ninguna parte. Yo no «estudio» al caballo que voy á montar: yo lo «adivino»...
Hablaba deRick, que era su pasión, su orgullo: describía su complexión, su color, la expresión de su mirar, su aliento soberano.
Para distraer á sus interlocutores y convencerles de que los mejores caballos son los alazanes obscuros ó tostados, refirió una historia que oyó contar, siendo niño, á su amo y maestro don Pedro del Real.
Decía la leyenda que ciertocheikciego iba guiado por su hijo, huyendo de un tropel de furiosos enemigos. «—Hijo—preguntó elcheik—, ¿qué caballos montan nuestros perseguidores?—Caballos blancos, padre.—Entonces, llevémosles por donde haya sol, porque bajo el sol se derretiráncomo si fuesen de nieve...» Transcurrieron así varias horas, pasadas las cuales tornó á preguntar elcheik: «—Hijo, ¿cómo son los caballos que oigo galopar detrás de nosotros?—Son negros, padre.—Pues procura llevarlos por terreno áspero, porque á fuer de casquiblandos se romperán los cascos en el suelo...» Pero luego, como sintiese el anciano jefe que el estrépito de sus acosadores resonaba más cerca, volvió á informarse con inquietud del color de los caballos que montaban, y al saber que eran alazanes exclamó: «En tal caso, lo mejor es ocultarnos y dejarles pasar. De lo contrario, somos muertos».
—Y así esRick—concluyó Juan Thom—como esos caballos árabes que corren sin sudar, durante todo un día, bajo el sol del desierto.
Proseguían charlando hasta las nueve y media ó las diez de la noche, hora en que el jockey, que necesitaba madrugar, se retiraba. Al marcharse, el tabernero, más afectuoso que antes, le acompañaba hasta la puerta, mirándole con ojos de enternecimiento y simpatía que parecían decirle: «No crea usted que he olvidado la conversación que tuvimos una tarde: mi hija y yo pensamos en usted».
Una noche el señor Gustavo y Marta invitaron á Juan Thom á cenar; los dos parecían preocupados y hablaron poco. A los postres el bordelés preguntó:
—Diga usted, amigo Juan: ¿usted tiene mucha confianza enRick?
—Tengo más confianza en él—repuso gravemente el jockey—que en mí mismo.
Hubo un largo silencio que desconcertó á Thom. Aquella pregunta inesperada acababa de precipitarle en un abismo de dudas. Los dos hombres se miraban, fumando sus pipas: Marta leía un periódico. El señor Gustavo fue quien habló primero:
—¿Rickno ha sido vencido nunca?
—Jamás—repuso Thom, cuyos ojuelos llamearon de soberbia.
—Es que el mejor caballo, en un momento cualquiera puede flaquear... despistarse...
—¡Pero éste no!—interrumpió Thom orgulloso y magnífico—: yo respondo de él. ¡Rick, bajo mis rodillas, es invencible!
En aquel instante el pequeño jockey aparecía transfigurado y mejorado: su perfil simiesco temblaba de emoción colérica. Marta había dejado de leer y fijaba en él una mirada rectilínea de curiosidad y de sorpresa.
El señor Gustavo descargó un formidable puñetazo sobre la mesa, y levantando mucho la voz, en una sincera explosión de generosidad:
—Pues, si es así—dijo—, Marta juega los quince mil francos de su dote áRick... ¡Y se casan ustedes!
Un livor cadavérico cubrió las mejillas pecosas y enjutas del jockey, y mortal temblor sacudió su pobre cuerpo enano.
—¿Es verdad, Marta?—balbuceó—¿es verdad lo que dice el señor Gustavo?
Y la joven, sonriendo apenas, repuso:
—Sí, señor Thom: mi padre lo ha dicho... Juan Thom sintió que la emoción le ahogaba: el agradecimiento y la alegría arrasaron sus ojos en lágrimas y rompió á llorar.
—Gracias—tartamudeaba—, muchas gracias... Ya soy feliz... ya no dudo... ¡Marta será mía!...
Calló y, sin saber qué hacía, se puso de pie; pero en seguida tuvo que sentarse. Estaba deslumbrado: ante sus ojos acababa de pasar una gran luz.
Las carreras del «Gran Premio», que se disputa sobre elturfde Longchamps, despertaban aquel año extraordinario interés. Se hablaba de una apuesta de quinientos mil francos pendiente entre el conde Narciso y unsportsmaninglés dueño delCromwell, que había ganado el premio «Diana» y era tenido por el corredor más fuerte de los hipódromos británicos. Los periódicos de sports aseguraban que la lucha entreCromwellyRicksería emocionante: era la primera vez que aquellos dos corredores, hasta entonces invencibles, iban á medir sus fuerzas. Muchos inteligentes votaban porRick; otros, en cambio, decían que las facultades del llamado, por antonomasia, «el primer caballo de Francia», iban declinando, mientrasCromwell, más joven que su glorioso enemigo, alcanzaba la plenitud de su vigor.
Juan Thom, por su parte, no dudaba de la victoria, y á solas en la caballeriza conRickle abrazaba y besuqueaba hablándole de su próximo combate,donde era necesario vencer, porque de ello dependía su boda con Marta.
—¡Si supieses cuánto la quiero!... Esa mujer puede hacerme dichoso,Rick; ayúdame á lograrla. ¿No te gustaría á ti verme contento?
Enternecido por sus propias palabras, el jockey sentía que su amor haciaRickdesbordaba, trocándose en gratitud honda y jugosa;Rickle escuchaba derribando las orejas hacia atrás, bajando la cabeza para que su jinete le rascase la frente; y luego alzaba el cuello poderoso, con un resoplido de ufanía.
De repente y como por ensalmo, la adversidad vino á destruir los planes de Juan Thom. A principios de Abril, mes y medio antes de verificarse las carreras del «Gran Premio», falleció el conde Narciso, y su hijo y heredero, con quien meses atrás el pequeño Thom había tenido un disgusto, despidió al jockey.
Aquella noche, Juan refirió llorando al señor Gustavo la desgracia que le abrumaba. Estaba fuera de sí. La pérdida deRickle enloquecía, no porque el pan fuese á faltarle, pues el amo deCromwell, apenas supo lo ocurrido, le mandó llamar, sino porque él amaba áRicky parecíale que con éste le quitaban la historia de todos sus triunfos. En aquellos primeros momentos de pesadumbre desgarradora, el jockey no hablaba de su porvenir ni de su amor hacia Marta: sólo hablaba deRick, que era su pasado; pasado magnífico, glorioso como una selva de laureles.
—Yo lo he visto nacer—decía llorando—, yo lo he amaestrado como ningún otro caballo lo fué... ¡es el fruto de todos mis estudios!... Sin él mi fama se derrumbará, porque ya he perdido las ganas de trabajar, y seré uno de tantos...
Era ya tarde, y el señor Gustavo, apenas se marcharon los últimos parroquianos, cerró la taberna. Después puso sobre la mesa del jockey tres «dobles» de cerveza, encendió con aire preocupado su pipa, y sentado á horcajadas en una silla, esperó. Marta observaba á Thom sin comprenderle, hallando un poco ridícula aquella pasión de artista. Pero las lágrimas del jockey habían emocionado el corazón meridional del tabernero.
—No hay que desesperarse—dijo—. ¡Trueno de Dios!... Usted, por lo visto, es de los hombres que naufragan en un buche de agua.
—¿Yo? ¿Porqué?... ¿Acaso no tengo motivos para desesperarme? ¿No comprende usted que este accidente destruye todos mis planes?...
—A eso voy. Yo le prometí á usted jugar á Rick los quince mil francos de la dote de Marta...
—Sí, señor.
—Pues yo no me arrepiento jamás de lo que ofrezco; de modo que si no los juego áRick, los jugaré áCromwell... Vaya... ¿está usted contento?...
Juan miraba al suelo sin contestar. Las palabras generosas del tabernero no parecían haberle alegrado. El señor Gustavo continuó:
—Yo tengo en usted confianza inmensa y meparece que no perderemos la apuesta, ¿eh?... Diga usted, creo que no la perderemos...
Hubo un silencio, durante el cual Marta miró ahincadamente al jockey, como subrayando con los ojos lo que acababa de decir su padre. Juan Thom permanecía inmóvil y callado; estaba muy colorado, su respiración era un jadeo, sus ojuelos azules se dilataban en el círculo de sus pestañas rojizas. Temblaban sus mejillas pecosas. Aquel silencio, que parecía disimular una duda, alarmó al tabernero.
—¿Usted ha visto áCromwell?
Maquinalmente el jockey replicó:
—Lo he visto.
—¿Qué edad tiene?
—Siete años.
—¿Y es realmente un animal magnífico?
—Soberbio.
—¿Lo montará usted á gusto? ¿Se siente usted capaz de vencer con él?
Hubo otra pausa. El pequeño Thom se oprimía las manos una contra otra, haciendo crujir los dedos.
El tabernero se impacientó. Una nube de desconfianza sombreó su frente.
—Porque, debemos hablar clarito—exclamó—; si usted no está seguro de ganar... ¡qué diablos!... ¡no hay nada de lo dicho!
Y Marta, que sin duda pensaba con zozobra en que los quince mil francos de su dote podían perderse, agregó suavemente:
—Yo también soy partidaria de esperar; ¿no le parece á usted, señor Thom? Tendremos paciencia.
Estas palabras cautelosas de prudencia y desamor sacudieron el cuerpecillo del jockey, que miró á Marta fieramente. La joven parecía resignada, y la serenidad de su actitud ratificaba la decisión de su padre. Juan Thom sintió que aquel último baluarte de su felicidad se le escapaba también, y su orgullo de jinete y su cariño hacia Marta le devolvieron su vigor derrotado.
—Pueden ustedes apostar por mí—exclamó—; y no hablemos más de esto. ¡Cromwellvencerá!
Vacilante, el tabernero se atrevió á objetar:
—¿Y si se equivoca usted?
—No, señor.
—Sería horrible que usted, llevado de su buen deseo...
El jockey le interrumpió con un gesto vertical y magnífico de emperador.
—Repito que no me equivoco—dijo—; yo sé lo que prometo.Cromwellvencerá.
Durante los cuarenta días que faltaban aún para la celebración del famoso concurso hípico que marca la dispersión de la aristocracia parisina hacia las estaciones balnearias, Juan Thom dedicó todos sus afanes á la educación física y moral deCromwell. Era un caballo negrísimo y de alzada gigantesca, fino de extremidades y de cuello; su cabeza, fea y grande, tenía un extraordinario poder; al andar había en todo su cuerpo un vaivénde agilidad suprema. El pequeño Thom pasaba los días junto á él, estudiando su condición, acostumbrándole á sus mañas, adiestrándole en aquellos esforzados ejercicios que mayor elasticidad y entereza podían dar á sus músculos, corrigiendo cuidadosamente la calidad de sus piensos. De noche, antes de acostarse, también iba á verle, mimándole, hablándole, procurando voluntariamente dedicarle aquel gran cariño paternal que sintió porRick. Y había en este esfuerzo algo del empeño inútil que ponen las madres en consolarse, con el hijo que les queda, del hijo que se fué.
También trató de enseñarle aquel grito de guerra que hizo á Rick invencible:
—¡Gruiiii!... ¡Gruiiii!...
Pero este avatar misterioso no despertaba enCromwellninguna emoción. El jockey que desbravó áCromwell, y pasaba por ser uno de los mejores caballistas de Inglaterra, ¿poseería también algún golpe ó palabra que tuviese la capacidad de desbocarle?... Esto era imposible averiguarlo, pues tales secretos los jockeys no se los dicen nunca, y Juan Thom se alivió considerando que el grito que trastornaba áRicknadie lo sabía tampoco.