No satisfecho con perfeccionar las excelencias físicas y morales de su nuevo caballo, el veterano jockey, aprovechando cuantos detalles pudiesen cooperar al buen éxito de su empresa, construyó una fusta especial, á la vez ingrave y durísima, y mandó fabricar una silla que apenas pesabados libras y cuyas acciones de lana y seda tejió él mismo: y, finalmente, sometióse á nuevos masajes y á severísimos ayunos. Bien pronto apareció más pequeño, más flaco; su busto se encorvó; acentuóse la canal de su nuca; sus mejillas terrosas, maculadas de pecas, tenían la palidez de los cadáveres; su cabeza chata y puntiaguda de simio llegó á ser repugnante. Una tarde Juan Thom comprobó alegremente que pesaba menos de cuarenta y cinco kilos.
En la taberna del señor Gustavo no se hablaba mas que del «Gran Premio». La misma Marta parecía emocionada, como si aquello fuese más que un asunto de interés, una cuestión de amor propio. Todas las noches, después de cenar Thom, los novios hablaban un ratito. El señor Gustavo, para no estorbarles, cogía un periódico y se sentaba al otro extremo del establecimiento.
—¡Trueno de Dios!—pensaba—, bueno es que los muchachos vayan acostumbrándose el uno al otro.
Pocos días antes de las carreras, Marta se mostró más efusiva, «más mujer» que nunca.
—Mi padre—dijo—ha visto áCromwelly está entusiasmado; le gusta más queRick.
Y añadió confidencial, bajando la voz:
—Creo que, en lugar de quince mil francos, va á jugar veinte mil; todo lo que tiene. Si él llegase á decirle á usted algo, yo ruego á usted que no se dé por enterado.
El jockey hizo un ademán de asentimiento; estabaembelesado; aquella súplica inocente le había parecido dulce como una caricia. El, por su parte, vació en Marta su corazón.
—Yo también apostaré áCromwelltodas mis economías: treinta mil francos. No es mucho... pero... ¡no tengo más!...
Ella, cariñosamente, le llamó «ambicioso». Con cincuenta mil francos y un poco de orden podían abrir una taberna, ó una tiendecita de sombreros para señoras, y vivir tranquilos.
—Yo—concluyó—aprendí cuando niña el oficio de sombrerera y me gusta mucho.
Oyéndola Juan Thom entornaba los párpados, sintiendo que á la felicidad se la ve mejor con los ojos cerrados.
Luego, tímidamente:
—¿Por qué no nos vamos á España, á un pueblo...? ¡Oh! Tengo tantos deseos de vivir en el campo...
Marta le interrumpió, y hubo en la seca displicencia de su gesto una gran crueldad.
—No, eso, no. A mí no me gusta el campo, no piense usted en el campo. Yo no quiero salir de París.
Cuando Juan Thom se fué, la joven le acompañó hasta la puerta.
—Adiós, Marta; mañana vendré temprano.
—Adiós, señor Thom.
El se alejaba, volviendo á cada dos ó tres pasos la cabeza, y ella le saludaba con la mano. Al fondo de la calle había un farol, traspuesto el cual yase perdía de vista la taberna. El jockey lo sabía y allí se detuvo. La luz caía aplomo sobre él, poniendo un nimbo lechoso á su figurilla mezquina y ridícula. Marta sonreía. Nunca el pequeño Thom la había parecido tan feo.
Juan Thom consultó su reloj; las ocho; hora de cenar. Sin perder momento cerró cuidadosamente el armario de luna y miró á su alrededor, cerciorándose de que todo, dentro de su pulcro gabinete de soltero, quedaba limpio y ordenado. En el recibimiento recogió su sombrero, que acostumbraba á encajárselo bien sobre el occipital, como hacía en los hipódromos con su liviana gorrilla de jockey, y salió. Comenzó á bajar la escalera; sus pies calzados con botas de charol, pies enjutos, pequeños como los de un niño, rozaban delicadamente los peldaños alfombrados.
Al llegar al portal le entregaron una tarjeta roja con filetes dorados, que olía á heliotropo. En el fondo bermejo y satinado del cartoncillo aparecía en caracteres blancos, de la más fina escritura inglesa, un nombre de mujer:Ana María.
—Esta tarjeta—dijo la portera—debe de haberla traído la misma interesada. ¿La conoce usted?
El jockey alzóse de hombros, ingenuo y desdeñoso.
—No recuerdo.
—Vamos, señor Thom, no sea usted hipócrita...
A la insinuación maliciosa de la portera, sonriente, el diminuto Thom opuso un gesto escéptico y triste.
—Demasiado sabe usted que las mujercitas no me preocupan.
—Ya lo sé, señor Thom...
Y al reconocerlo así, la buena mujer, que había tenido varios hijos, suspiró y miró á su inquilino con esa sincera piedad que inspiran á las madres de familia los hombres que llegaron á viejos sin haber sido amados. Agregó:
—Si quiere usted esperar á esa señora... dijo que volvía en seguida, que tuviese usted la bondad de aguardar un poco...
Juan Thom examinaba la tarjeta perplejo, con ese aire idiota que adquiere el semblante del hombre á quien le dan á leer un libro escrito en un idioma que no comprende.
—No sé...—murmuró suspirando—no sé... ¿Y si tarda?
En aquel momento penetró en el portal, llenándolo con el frufruteo perfumado y alegre de sus faldas, una mujer alta y rubia, hermosa, con hermosura imponente y llamativa, bajo las alas ondulantes, artísticamente complicadas, de un enorme sombrero blanco. Una blusa color salmón, con mangas transparentes de encaje, ceñíaapretadamente su busto magnífico, á la vez flexible y pomposo. Tenía los ojos azules y grandes, la nariz corta; en el óvalo del rostro carnoso, «maquillado» como el de una actriz, los labios retocados exageradamente de carmín, pintaban un clavel sangriento. Avanzó resuelta, segura de agradar.
—¿El señor Thom?...
—Servidor de usted.
—Esta tarde tuve el honor de dejarle mi tarjeta... deseaba hablar con usted.
—Estoy á sus órdenes, señora; si quiere usted molestarse en subir á mi cuarto...
Ella le examinaba curiosamente, sorprendida de que aquel hombrecillo, que en los hipódromos parecía llevar á la Fortuna bajo las rodillas, fuera, visto de cerca, tan mezquino y tan feo.
—No—dijo—, podemos dar un paseo: mi automóvil nos llevará adonde usted guste.
Salieron. En la esquina más próxima esperaba el automóvil de Ana María; un soberbio «Renault» pintado de amarillo, trepidante, amenazador en el nimbo rojizo de sus focos encendidos. La joven subió la primera, y al apoyar su pie sobre el estribo, todo su cuerpo espléndido tuvo una larga oscilación voluptuosa. Cerca de ella se acomodó Juan Thom; sus pies apenas tocaban al suelo; en la amplitud del vehículo, el pequeño jockey, con su rostro anémico y flaco y su sombrero metido hasta el cogote, daba la impresión de un niño enfermo.
El «Renault» de Ana María rodaba silencioso y pausado sobre los densos pneumáticos de sus ruedas.
—¿Hacia dónde quiere usted ir?—preguntó la joven.
—Me es igual—repuso Thom cortésmente—; dirija usted.
—No... porque no querría turbar el plan que se hubiese usted trazado para esta noche. ¿Usted no ha cenado todavía?
—No, señora.
—¿Quiere usted cenar conmigo?
El jockey iba á responder afirmativamente, pero la imagen de Marta, con sus ojos grandes y honrados, revivió de súbito en su memoria y aquel recuerdo le intimidó y turbó como una acusación. Empezó á balbucear:
—Con mucho gusto... sí... pero... me había comprometido... una familia, con la que no tengo confianza, me espera, y...
La aventurera comprendió; lo único que puede separar á un hombre de una mujer, es otra mujer... y sonrió, hallando muy cómico que el pequeño Thom estuviese enamorado.
—Es igual—dijo—; otra noche será. ¿Dónde le aguardan á usted?
—En la calle de... Es muy lejos; más allá de Neuilly...
—No importa; para los automóviles no hay distancias.
Sus dedos finos y blancos, ricamente enjoyados,repicaron frívolos sobre los cristales delanteros del vehículo. Elchauffeurvolvió la cabeza, y sus ojos negros, llenos de vehemencia moza, miraron á la joven osadamente, cual si en ellos persistiese aún la impresión de haberla visto desnuda alguna vez... en una noche de aburrimiento quizás...
Ana María gritó:
—¡Hacia la puerta Maillot!
Después, volviéndose confidencial hacia el jockey, agregó:
—Lo que necesito comunicarle se dice pronto; yo creo que llegaremos á entendernos...
Rápidamente demostró conocer la historia artística de su interlocutor durante aquellos dos últimos años. Juan Thom sonreía, asombrado y contento. Ella le citó nombres de caballos célebres, le habló deRicky de sus éxitos más notables; su conversación fácil, en la que barajaba familiarmente nombres de jockeys y desportsmanscélebres, probaba que Ana María conocía perfectamente la vida íntima de los hipódromos. Las carreras de caballos la exasperaban, y en ellas había disipado y rehecho su fortuna varias veces. Aquella pasión insensata la arrebató sus amantes más generosos, que la dejaron, cansados de malgastar dinero. El año anterior había perdido cerca de medio millón de francos. También habló deCromwell.
—El objeto principal de mi visita—añadió—es saber, pero con fijeza absoluta, si usted estáseguro de triunfar conCromwellen las próximas carreras del «Gran Premio».
El rostro de Juan Thom adquirió bruscamente una expresión cerrada, impenetrable.
—No puedo—dijo—dar á su pregunta ninguna contestación concreta. Todos los jockeys peleamos sobre elturfcon absoluta buena fe; usted lo sabe... Hacemos cuanto podemos, cuanto sabemos... pero no es lo mismo tener «la esperanza» de vencer, que «la seguridad» de vencer...
Ana María le interrumpió con una sonrisa callada, suave, acariciadora como el roce de un terciopelo.
—Todas esas son «palabras...», señor Thom, y yo no me doy por satisfecha con tan poco. Necesito y merezco saber más. Sea usted franco; no tema usted. Yo soy la querida del marqués de Laverie... el propietario deCromwell.
La sorpresa agudísima que crispó las facciones del jockey dibujó sobre los labios acarminados, lascivamente prometedores, de Ana María, una nueva sonrisa.
—Ya ve usted—concluyó—que no está usted tratando con una persona extraña.
Prosiguió hablando con aquella voz persuasiva y blanda—voz de alcoba—rica en desmayos y cadencias de amor, que tan alto y penetrante merecimiento daba á sus palabras. Ella estaba resuelta á jugarse en las próximas carreras todas sus economías: ciento cincuenta mil francos. ¿Pero, ácuál de los dos principales corredores? ¿ACromwell... áRick?...
Había cogido entre sus manecitas hadadas la diestra flaca y dura del jockey.
—Prescinda usted por un momento—murmuró—de su orgullo de jinete. Ya sé que pido mucho... Los artistas, y usted lo es, antes que hombres son artistas... Pero no olvide usted que, si es usted bueno para mí, yo sabré ser muy indulgente y muy generosa con usted...
Calló para mirarle de frente, y en sus largas pupilas azules había un infinito de amor. El pequeño Thom tembló y sus mejillas pecosas se colorearon ligeramente, Balbuceó:
—Siga usted...
—Yo necesito saber—continuó Ana María—siRickha sido invencible porque usted lo montaba, ó si, por el contrario, usted ha sido invencible porque montaba áRick. Si lo primero, yo apuesto porCromwell; si lo segundo, apuesto por Rick.
Había rodeado con uno de sus brazos semidesnudos el cuello delgado de Thom, y le atraía hacia sí, ofreciéndole apoyo y generoso descanso en la ampulosidad de su seno odorante y magnífico. Transtornado Juan Thom, iba á condenar á Rick, pero se contuvo.
—Rick—dijo—vale mucho.
—¿Y vencerá?
—No, señorita. VenceráCromwell.
—¿Por qué?
—¿Y para qué quiere usted saber la razón?...Conténtese usted con estar segura de que la victoria será mía... nuestra...
Y repentinamente, como si tuviese prisa en quebrar aquel hechizo sensual en que la joven iba envolviéndole, añadió:
—Yo tengo novia, señorita... y mi novia, con quien pienso casarme este verano, juega toda su dote áCromwell.
Esta confesión varió el rumbo del diálogo, cual si á partir de aquel instante la imagen de Marta se hubiese instalado entre ambos interlocutores separándoles. Fué la conversación leal, íntima, sin asomos sensuales, de dos amigos que se unen para realizar un buen negocio.
—¿Ganaremos, señor Thom?
—Ganaremos, señorita; no lo dude usted. El automóvil se detuvo. Ella preguntó:
—¿Hemos llegado?
El jockey miró al través de los cristales y reconoció aquel farol desde donde se perdía de vista la taberna de Marta.
—Sí—repuso—, hemos llegado.
Apeóse del vehículo, y sus manos esqueléticas estrecharon cordialmente las manecitas cariñosas de Ana María.
La joven exclamó:
—Después del «Gran Premio» búsqueme usted. Quiero que su mejor regalo de boda sea el mío.
Llegó la tarde en que los mejores caballos de Europa iban á disputarse los cien mil francos del «Gran Premio». Una muchedumbre cosmopolita y aristocrática llenaba el perímetro enorme de Longchamps: las avenidas que conducen al hipódromo retemblaban bajo las ruedas fugitivas de millares de coches; los automóviles y los vehículos ála Dumontatronaban el Bosque con el agrio clamoreo de sus trompetas; los trajes claros de las mujeres endomingadas pintaban alegres manchas rojas y blancas sobre el fondo verde de los árboles; un murmurio inmenso de voces invadía el espacio; la luz cegaba; en el cielo azul las banderas tricolores flameaban brillando jubilosas bajo la caricia fulgurante del sol.
La prensa de aquella mañana había soliviantado el ánimo de la multitud que frecuenta los hipódromos. Varios periódicos, entre ellosLe Journal, apostaban porRicky recordaban su historia; aquella historia sin derrotas por la que mereció ser llamado «el primer caballo de Francia». En cambio,el diarioLes Sportsvotaba porCromwelly publicaba su retrato. Esto enardecía al público, y sobre elturfde Longchamps las apuestas se multiplicaban, equilibrándose.
Ante el palco del presidente de la República, y bajo el ávido mirar del mundo elegante de las tribunas, los caballos iban y venían inquietos, mirándose con ojos recelosos y ardientes, esperando entre azorados y coléricos el momento del combate.
A lo largo de la cuerda la multitud se apiñaba impaciente, codeándose, levantándose curiosa sobre las puntas de los pies. En lo alto de los coches que ocupaban el centro delturfoscilaba una muchedumbre de sombrillas blancas y bermejas; la brisa, al ceñir al cuerpo de las mujeres los finos trajes vernales, dibujaba indiscreta ampulosidades llamativas.
La aparición deCromwellfué saludada con nutridos aplausos por un grupo de ingleses. Juan Thom, impávido bajo su gorrilla roja, paseó sobre aquellos millares de cabezas una mirada de indiferencia y desdén, y apenas correspondió á la sonrisa confortante que Marta y su padre le dirigieron desde una tribuna. Sus piernecillas, metidas en prietos calzones blancos de punto, oprimían como en un crispamiento el lomo soberbio del caballo; el busto blandengue se encorvaba dentro del prestigio de la blusa sangrienta, cuyo arrebatado color exageraba la demacración amarillenta del rostro.
Juan Thom estaba triste. En aquellos últimos días, y bien á despecho suyo, había pensado mucho enRick: él recordaba que su querido caballo, la víspera de las grandes carreras, se mostraba impaciente, sobresaltado, como si le mordiese un presentimiento. Entonces era cuando él le acariciaba, le decía palabras amistosas, le explicaba que estaba enamorado de Marta y que necesitaba á todo trance casarse con ella. Pero aquella unión rara y dulce pasó, y los que fueron como hermanos, ahora, por un vaivén clownesco de la suerte, eran enemigos.
Un problema terrible atenaceaba en tales momentos el alma del jockey.
—Si gano la carrera—pensaba—me caso con Marta y aseguro mi porvenir, mi felicidad. Pero siCromwellvence,Rick, que es mi pasado, mi historia y también mi presente, pues lo que soy no es más que el reflejo de lo que fuí, queda deshonrado... y ya no será tenido por «el mejor caballo del mundo...»
Y, por primera vez, dentro del alma genial de Juan Thom, el artista y el hombre se encontraron frente á frente.
Los franceses, á quienes disgustaba tener á su jockey favorito combatiendo á Francia sobre un caballo inglés, le dirigieron algunos denuestos; y el pequeño Thom, impasible y pálido como un muñeco de cera, consideraba que quienes le inculpaban tenían razón y que la lucha que iba á emprender bajo los auspicios del pabellón británico erauna falta de patriotismo. Desde la tribuna primera, Ana María, espléndida, vistosísima entre la nieve de su sombrero y de sus encajes, le saludaba recordándole lo prometido.
Un grupo de corredores se acercaba. Tras ellos iba Rick, solitario, inquieto, aislado de todos por su poderosa personalidad. Al ver á su antiguo jinete, el noble caballo relinchó, y su relincho extraño parecía decir que aquella tarde la historia gloriosa de uno de los dos quedaría rota. Los ojos de Juan Thom se llenaron de lágrimas.
Ya los jockeys habían sido pesados. La carrera iba á empezar. El juez de salida, el de campo y el de llegada, ocupaban sus puestos. Los espectadores se estrechaban á lo largo de la pista, poniéndose sobre las puntas de los pies, estirando el cuello, no queriendo perder ningún detalle de aquel instante, breve y magnífico, del «arranque». En la amplitud verde del hipódromo la muchedumbre osciló como una ola inmensa.
El momento había llegado. Los jockeys, vestidos unos de amarillo, otros de azul, ó de verde ó de rojo, procuraban domeñar la impaciencia fugitiva de sus cabalgaduras para colocarlas en la misma línea. Pero la operación era difícil, porque los ardientes animales no sabían estarse quietos. Poco á poco, sin embargo, iban reduciéndolos á la obediencia. Hubo, al fin, un momento en que el juez de salida creyó que estaban bien formados. Entonces vibró una campana: los caballos partieron...
Al principio, todos avanzaron juntos, formandouna masa palpitante y terrible. Corrían con el vientre cerca del suelo, los ollares hinchados por la cólera, los cuerpos alargados y como dislocados en una contorsión tetánica de todos sus músculos. Los jockeys, en pie sobre los estribos para pesar menos, les estimulaban atacándoles sañudamente con las espuelas y golpeándoles con sus fustas rellenas de plomo.
Pero en seguida comenzaron á distanciarse: uno de ellos, al arrancar, se amorró demasiado y rodó por el césped; otro, cuyo jinete trató de «hacerle el juego» á un compañero, se despistó y quedó fuera de combate. Los demás continuaron.
Bien prontoRick, que había tomado la cuerda, ocupó la delantera, huyendo con aquel correr suyo poderoso y tranquilo, como el vuelo de las águilas. Junto á él ibaCromwell, menos corpulento que su enemigo, pero corajoso y ardiente comoAl-Borak, la yegua hadada que llevó á Mahoma, en el espacio de una noche, desde la Meca á Medina...
La lucha entre ambos animales, verdaderos modelos de energía y de voluntad, era asombrosa. En el segundo tercio de la carrera, Juan Thom, que se había limitado á impedir queRickse le adelantase, alzóse sobre los estribos y comenzó á fustigar furiosamente las ancas de su cabalgadura; sus espuelas cruzaron los hijares palpitantes del animal de líneas rojas.Cromwell, enardecido por la cólera del dolor, aventajándose á sí mismo, adelantó más... más...
Durante algunos segundos,CromwellyRickpelearon sin sacarse ventaja, y sus jockeys sentían el calor magnético de los millares de miradas que les perseguían acosadoras. Momento magnífico. Iban pálidos, sudorosos, jadeantes, medio ahogados en la velocidad asfixiante de la carrera. Al fin, y bajo la fusta incansable de Thom,Cromwellavanzó... avanzó lentamente... semejante á un águila que volase á ras de tierra...
Un grito formidable atronó el espacio.
—¡PierdeRick!—exclamaron millares de voces—¡Rickpierde!...
Francia iba á quedar vencida; los ingleses aplaudían. Juan Thom miró de reojo y vió junto á su rodilla la querida cabeza de su caballo, que parecía llorar despidiéndose de él para siempre, en la vergüenza irremediable de la derrota. Aquella mirada inteligente y desesperada traspasó el alma del jockey; Juan Thom pensó lo que hacía estaba mal hecho, porque iba á destrozar la larga historia triunfal deRick, yRickno era responsable de que Ana María quisiera rehacer su fortuna, ni de que él se hubiese enamorado de Marta, ni de que la dote de Marta fuese tan pequeña...
Una vez más el artista vencía al hombre, y entonces Juan se olvidó de sí mismo, de su amor, de sus treinta mil francos... y echando el cuerpo fuera de la silla lanzó aquel alarido extraño, gutural que hacía áRickinvencible.
Los dos corredores enfilaban el jalón de distancia plantado cien metros antes de llegar á la meta.
—¡Gruiiii!—gritó el jockey—¡gruiiii!...
YRick, fuera de sí, bebióse la brida y brincó, dejando atrás áCromwell, arrastrando así sañudamente por el suelo, como si fuese un cuerpo muerto, todo el porvenir de Juan Thom.
No obstante, aquella tarde, al volver de Longchamps entre la curiosidad de la muchedumbre que le miraba con un poco de lástima, la frente triste del pequeño Thom era noble y altiva como la de un rey.
Madrid.—Mayo, 1909.
Había terminado el primer acto, y Enrique Darlés, llevado de su curiosidad provinciana, descendió alfoyer. Quería asimilarse pronto el alma grande y abigarrada de la urbe, ver muchas cosas, afirmar su personalidad ante la renovación de tantas emociones nuevas, sentir cómo todo Madrid iba pasando bajo la suela de sus zapatos andariegos.
Momentos antes, desde su vulgar asiento de «paraíso», el teatro Real, con su amplio patio de butacas y sus palcos anegados en la llovizna fulgurante de centenares de lámparas eléctricas, habíasele ofrecido cual un raro jardín; especie de ramillete enorme donde los cintillos diamantinos que adornaban las femeniles gargantas, gotas de rocío parecían detenidas sobre pétalos monstruosos de sedas, de terciopelos joyantes y de epidermis desnudas. La intensidad de este espectáculo fué tan cautivadora, que apenas si logró percatarsede lo que la orquesta y los artistas iban diciendo. Las impresiones visuales derrotaban en su ánimo toda otra emoción, y miraba sin saciarse nunca. Aquel pensil humano exhalaba una fragancia extraña, un vaho adormecedor y sensual á esencias de heno, de jazmines, de musgo y de violetas parmesanas, á carnes bien lavadas, á finas ropas interiores. Y en el fondo del cuadro luminoso, resplandeciente como una apoteosis de opereta, las mujeres, con sus talles mimbreantes, sus hombros impúdicos expuestos á la voracidad analítica de los gemelos, sus semblantes risueños, embellecidos por esa placidez de expresiones que da la riqueza, sus cabecitas cuidadosamente peinadas, sus manos enjoyadas, que movían abanicos de plumas ante las gasas de los escotes...
Ganoso de examinar de cerca este mundo, Enrique Darlés descendió alfoyer. Allí se detuvo, un poco avergonzado de sí mismo. Por primera vez hallaba ridículos su sombrero hongo pasado de moda, su trajecillo negro que le daba aspectos de seminarista, sus brodequines viejos y mal lustrados. Su corbata flotante, anudada con negligencia estudiantil, también era fea. A su alrededor pasaban hombres correctamente vestidos, con elegantes fracs de floridas solapas y levitas de impecable severidad, y damas que arrastraban majestuosamente la albura de sus faldas de moaré y de gro por la alfombra mullida y bermeja. Era aquella una sinfonía magistral de sedas, de brocados, de pieles fastuosas, de finos tarsos vislumbrados tras elmisterio perverso de las medias caladas, de aderezos esplendorosos y de pulseras tintineantes, cuyos dijes repetían la canción de su oro sobre la morbidez armiñada de los antebrazos.
Aturdido, sin saber justificar su presencia allí, Darlés adelantóse á examinar un busto de Gayarre; busto broncíneo, de cabellos cortos y revueltos y enérgica actitud, que recuerda la figura de Otello. Una mano se apoyó familiarmente en su hombro. El joven volvió la cara.
—¡Don Manuel! ¡Qué sorpresa!
Era un caballero de mediana estatura, recio y un poco calvo. Representaba cincuenta años. Una crespa y abundante barba rubia cubría sus mejillas abultadas y felices, llenas de sangre. Vestía de levita. Sobre su nariz epicúrea, ancha y corta, temblaban unas gafas de oro.
—¡Muchacho!—exclamó—; ¿tú por aquí?
Muy colorado, sin saber por qué, Enrique repuso:
—He venido á ver esto...
Inconscientemente, con ese respeto que cuando niños aprendimos á tener á los amigos de nuestros padres, se había quitado el sombrero, que sujetaba con ambas manos á la altura del pecho. Además, don Manuel era diputado. Pero el prohombre le obligó á cubrirse.
—¿Y qué haces en Madrid?
—Estudiar.
—¿Derecho?
—No, señor: Medicina.
—¡Buena carrera! ¿Qué año cursas?
—El preparatorio.
Sonrió avergonzado. Comprendía que sus respuestas eran demasiado lacónicas y que no sabía hablar; y experimentó con más fuerza que antes la vejatoria sensación de hallarse mal vestido. Don Manuel miraba á su alrededor y había en su gesto impertinencia y desenfado. A cada momento murmuraba: «Estoy esperando á uno...» Luego reanudó su vaneo con el estudiante, interrogándole por su padre y por el cacique del pueblo. Invariablemente, á cada nueva interrogación, Enrique Darlés contestaba: «Todo está igual, todos siguen bien...» Y el diálogo volvía á interrumpirse.
Don Manuel preguntó:
—¿Vives en casa de huéspedes, verdad?
—No, señor.
—¿Cómo?
—He alquilado, en la calle de la Ballesta, un pisito tercero interior, que me renta trece pesetas mensuales, y como en una taberna de la misma calle.
—Veo que sabes vivir; así te ahorras el lidiar con patronas. Cuando conozcas bien Madrid, no habrá quien te haga volver al pueblo. Madrid es muy hermoso. Aquí, teniendo dinero, un hombre listo se divierte mucho.
Con ese tono confidencial que los necios y soplados adoptan para admirar á los individuos que estiman inferiores, don Manuel añadió:
—Mira: tú no eres un niño; yo, ¡qué diablos!... tampoco he llegado á viejo; por tanto, y ya que ese amigo á quien esperaba no viene, podemos hablar libremente. Yo... ¿comprendes?... tengo... un quebradero de cabeza...
Enrique hizo un signo afirmativo.
—Alicia Pardo, ¿la conoces?
—No, señor.
—Es muy popular entre la aristocracia de buen humor. Una hermosura espléndida. En el Casino la llamamos «Tacita de oro».
Repentinamente la expresión de sus facciones cambió: los ojos brillaron glotones y alegres; acentuóse el color congestivo de las mejillas y dió media vuelta sobre sí mismo, acariciándose la barba y ajustándose bien sobre la frente el sombrero de copa, con la petulancia del fatuo que se supone admirado.
El agudo y sostenido repiqueteo de unos timbres anunciaron que el segundo acto iba á empezar. Los espectadores refluían hacia el salón, y en la soledad delfoyer, bajo la claridad blanca de los focos eléctricos, el busto de Gayarre parecía más alto. Don Manuel exclamó:
—Sígueme; te presentaré á mi amiga.
Y, refiriéndose á una mirada despavorida del estudiante, agregó:
—No importa que tu traje no sea de etiqueta. Te quedas en el antepalco.
Echó á andar con paso firme, preocupado en dar á sus movimientos soltura y flexibilidad juveniles.Sin responder palabra, Enrique Darlés le siguió, á un mismo tiempo gozoso y turbado.
Penetraron en una platea. Don Manuel murmuró:
—Bien, ¿eh?, hasta luego; desde aquí puedes oirlo todo.
Enrique no contestó; la representación había comenzado, y en el silencio hierático de la sala triunfaba el coro de una de esas dulces óperas italianas, cargadas, para todos nosotros, de recuerdos de infancia. Darlés levantó ligeramente uno de los pesados cortinajes que defendían el antepalco. De espaldas á él, y acodada sobre la barandilla de la platea, había una mujer joven, vestida de blanco. Las firmes caderas ondulaban lascivas bajo la brevedad pueril de la cintura; los hombros eran redondos y de armoniosa anatomía; sobre la nieve de la nuca desnuda, los cabellos rubios, casi rojos, fingían tonalidades leoninas; dos esmeraldas enormes temblaban, como gotas de ajenjo, en el rosado lóbulo de las orejas diminutas. Enrique Darlés advirtió que don Manuel y Alicia cambiaban algunas palabras. Seguidamente, ella volvió la cabeza con un movimiento curioso, lleno de gracia, y el estudiante recibió en los ojos el choque de dos pupilas grandes, verdes y luminosas, como animadas esmeraldas. Fué una mirada breve, pero inquisitiva y penetrante, que se resolvió en una expresión de desdén.
Tembloroso y con las mejillas abrasadas en rubor, Darlés dejó caer la cortina y fué á refugiarseal fondo del antepalco. Al principio quiso huir de allí, mas luego cambió de opinión, pareciéndole que marcharse sin despedirse era poco correcto. El creía que se fastidiaba, pero, en realidad, lo que tenía era miedo. No obstante, esperó. Lentamente el hechizo musical de la ópera fué invadiéndole, librándole de su propia conciencia. Desarrollábase uno de esos poemas románticos, completamente líricos, donde las figuras lo son todo: el ambiente, el marco que rodea á los personajes, lo objetivo, no existían allí. Temblaban sobre el suave y acordado plañir de los violoncelos gemidos de quebranto; apuntaban los violines agudos gritos de rebelión y arpegios de ufanía, y sobre el poema orquestal, rico, proteico, multiforme, como una alma, alzábase la voz del tenor, persuasiva y caliente, desgarrándose en un lamento inconsolable.
Enrique tornó á levantarse y á separar tímidamente los cortinones del antepalco. Su movimiento quedó inadvertido. Alicia estaba de espaldas á él, suspensa en el hechizo hadado de la representación, y su emoción fingía deslizar por entre sus omoplatos un estremecimiento de carne rosa. Alrededor de los cabellos, la intensa reverberación blanca de la sala prendía un nimbo tornasol. Repentinamente Enrique Darlés tembló; antes los ojos de la joven habíanle parecido dos esmeraldas, y ahora las esmeraldas que brillaban bajo la hoguera de sus cabellos creyó que le miraban como dos pupilas. Pero esta idea absurdaduró poco; la orquesta languidecía en un «ritornelo» doloroso, y á lo largo del «motivo» capital las frases musicales se desgranaban abundantes, resbalando en escalas cromáticas, desde los tonos tiples á los más graves, alcanzándose, flagelándose, confundiéndose luego todas en un acorde de angustia inmensa. Y en aquel treno grandioso había abatimientos de desilusión y zozobras de esperanza, cansancios y anhelos, muecas y risas; la vida, en fin, trágica y filante, que se retorcía en la amargura de todo cuanto fué y ha de ser.
Enrique volvió á sentarse; una pena sin nombre oprimíale la garganta y sintió deseos punzantes de llorar. Su pasado y su presente desfilaron por su espíritu en velocísima visión cinematográfica. Su padre era viejo y tenía una botica que apenas le redituaba para mal vivir; y él, terminada su carrera de médico, debería regresar al pueblo, monótono y odioso. Allí, trabajando para devolver á sus progenitores cuanto de ellos recibió, marchitaría sus años mozos; ilusiones de amor, curiosidades de artista, lo más excelente de su alma allí quedaría enterrado. Luego se casaría y tendría hijos; después... su existencia trazaba un larguísimo camino recto, sin ondulaciones ni altibajos, perdido en la monotonía de un desierto. Saber lo que será de nosotros dentro de diez, de veinte, de treinta años, ¿hay algo más horrible?
El pobre estudiante se mesó los cabellos, y sus ojos se arrasaron en lágrimas. El hubiera queridoser rico, no tener familia y hallarse expuesto á los zarpazos, generosos en poesía, de lo imprevisto. Sin duda por sus venas corría sangre de conquistadores, de aventureros esforzados que realizaron hazañas preclaras y murieron en lejanos climas, y aquella estirpe belicosa dejó en él, con la afición al peligro, la melancolía infinita de acercarse á la vejez sin haber hecho nada diferente de lo que todos los hombres hacen todos los días. Terminar una carrera costosa, aburrida y difícil, para más tarde ganar un jornal, una mujer y un rincón: una casa pobre donde hay tantos palacios, un amor donde laten tantas pasiones, un jornal miserable al lado de tantas fortunas...
Y, excitado por la música, la pena absurda de Enrique Darlés estalló en sollozos.
Acabó el segundo acto y don Manuel y Alicia Pardo entraron en el antepalco. Al ver á Darlés, los habladores ojazos verdes de la joven llenáronse de sorpresa.
—¿Cómo? ¿Estaba usted llorando?
Antes de que el estudiante pudiera contestar, repitió, dirigiéndose á su amigo:
—¿No te parece? ¡Estaba llorando!
Enrique, avergonzadísimo, dijo:
—No sé... me hallaba distraído. Pero, sí... es posible...
Ella repuso sonriendo:
—Tiene usted novia, ¿verdad?
—No... no, señorita.
—¿Y entonces?
—Es que siempre... ¡tonterías!... sin saber por qué, como á las mujeres histéricas, la música, aunque sea mala, me pone triste.
—¡Es raro!... A mí, no.
Don Manuel, sanguíneo y macizo, significó con un alzamiento de sus hombros cuadrados que aquello carecía de importancia, y les presentó; y Enrique sintió en su diestra ardorosa la mano fría y suave—nieve y terciopelo—de «Tacita de oro». Después los tres se instalaron sobre el mismo diván. Alicia quedó colocada entre los dos hombres. Don Manuel sacó su petaca.
—¿Quieres?—dijo.
—Muchas gracias.
—¡Buen chico!—exclamó el diputado—; no tiene vicios.
Alicia interrogó:
—¿Qué, no fuma usted?
—No, señorita...
—¡Sí que es usted raro!... Pues yo, fumo.
Enrique Darlés bajó los ojos, ruborizándose de nuevo. Comprendió que aquel detalle agravaba la ridiculez de su traje; las mujeres, generalmente, gustan de los hombres que fuman; para ellas el tabaco suele ser el perfume mejor. Tuvo hacia sí mismo un movimiento de rabia; de buena gana, para recobrarse ante Alicia, hubiese apurado, uno tras otro, cuantos cigarrillos, egipcios ó turcos, llevaba don Manuel en la petaca; pero ya era tarde; la oportunidad, esa gran hechicera que da mérito y gracia á todas las cosas, había pasado.
La joven, con desenfado perfectamente inglés, había cruzado una pierna sobre otra y fumaba tranquilamente, apoyada contra el respaldo obscuro del diván. Esta vez, alrededor de sus cabellos diabólicos, el humo del cigarrillo, subiendo parsimonioso en la quietud del ambiente, tejía un halo azulino. Darlés la observaba, aunque de reojo. Tenía aguileño el semblante, la nariz respingueña, la boquirrita sangrienta y cruel; bajo la frente pequeña, dura, llena de instintos egoístas, los largos ojos verdes miraban con imperio y fastidio: era una expresión fría, taladrante, sondeadora, que no revelaba piedad. Un hilo de menudas perlas ceñía su garganta mórbida y rosada; ardían sus dedos, de uñas puntiagudas, bajo el incendio de las sortijas. En la euritmia de su escultura, en el acordado ritmo de sus actitudes, en todos los pormenores y perfiles de aquella adorable muñeca, Enrique Darlés, á pesar de su inocencia provinciana, adivinó un alma ególatra, una de esas voluntades sin emoción, reconcentradas en sí mismas, que jamás sintieron la melancolía.
Don Manuel, con ese buen humor petulante de los hombres sanos y ricos, poseedores de una mujer bonita, exclamó:
—Conque, dí, Enrique: ¿qué te parece mi «Tacita de oro»? ¿A que no viste en nuestro pueblo cara igual?
Y agregó triunfante:
—Además, no me cuesta mucho. Cuando nosconocimos, la pregunté:—«¿Qué quieres de mí?» Y me contestó:—«Que me abones á una platea del Real» ¡Casi nada! Mil trescientas y pico de pesetas por catorce funciones. Y aquí nos tienes. La pobrecilla no es exigente.
A las palabras del diputado, Darles no contestó; se lo impedían la emoción, la novedad de aquel mundo, que ni aun de referencias conocía; mundo descarrilado y amoral en que, como en arte, sólo la belleza tiene precio, y donde hay mujeres calculadoras que se dan por un palco.
Alicia Pardo, entretanto, observaba á Enrique, y la franqueza rectilínea de su mirada tenía desenfado azorante. Habíanla interesado su mucha juventud, la ingenuidad de sus respuestas, la corrección apolina de sus facciones, las tonalidades obsidiánicas de su rizosa cabellera meridional, la bravura negra de los ojos ardientes y curiosos en la tersura efeba del rostro, fácil al rubor; y más que todo esto, la emotividad de aquel espíritu artista á quien la música arrancaba lágrimas. Alicia, que sólo vió á los hombres llorar por celos, ó por motivos aún más bajos y ruines, encontraba en el llanto de Enrique Darles algo exquisito y estupendo. Y por su cabecita, llena de curiosidades, pasó la idea de que sería muy raro y muy dulce dejarse amar por un muchacho así.
De repente exclamó:
—Y usted, ¿qué hace en Madrid?
—Estudiar...
—¡Ah, ya!... Estudiante... El protagonista deuna novela que leí ha tiempo, y que me gustó mucho, era estudiante también. ¿Qué coincidencia, verdad?
Darlés, vencido por la sencillez pueril de la observación, hizo un ademán afirmativo. «Tacita de oro» continuó:
—¿Qué edad tiene usted?
—Veinte años.
—¿Sin mentir?
—Sin mentir. ¿Por qué?... ¿Acaso represento más?
—Al contrario. Representa usted menos. Yo voy á cumplir diez y nueve y parezco más vieja.
Don Manuel había desdoblado un periódico y leía la sección de Bolsa. Alicia Pardo quiso saber cómo se llamaba Darlés.
—¡Enrique!—repitió—; ¡es muy bonito nombre!...
Quedóse absorta, recordando que todos los Enriques que había conocido, y eran muchos, la fueron simpáticos. Y así, retrocediendo en su historia, llegó á los años de su infancia; años serenos, pasados en la quietud virgiliana de un pueblo, y creyó ver en Darlés, sano, inocente y tostado por el sol de la provincia, algo de lo que ella misma había sido. Fuera de sí, arrobado y boquiabierto, el estudiante la contemplaba también, como quien examina una muy excelente obra de arte.
En los pasillos resonaba un estrépito insólito de pisadas; vibraban varios timbres; una ola de espectadores invadía el patio de butacas. El terceracto iba á empezar. Alicia y don Manuel se levantaron.
—¿Te quedas?—preguntó el diputado á Darlés.
—No; muchas gracias.
—¿Por qué?
—Porque... necesito acostarme temprano. Mañana he de madrugar.
Estaba tan cierto de que Alicia podía amarle, y era tal el empacho de ventura que esta certidumbre le producía, que necesitaba hallarse solo para disfrutarla mejor. Don Manuel añadió:
—Como gustes. Cuando quieras verme, mejor que á mi casa, donde no estoy nunca, ve á la de Alicia. Allí me encontrarás por las tardes, de seis á ocho.
Se despidieron. Al salir del palco Enrique Darlés volvió la cabeza, y sus ojos y los de Alicia Pardo se tropezaron, acariciándose mutuamente, como dándose un beso y una cita. Fué una de esas miradas terribles, trastornadoras de existencias, que los hombres suelen recibir en su juventud y luego les acompañan toda la vida.
Alicia pasó la tarde en su casa leyendo un libro ante el fuego de la chimenea. Don Manuel había ido á verla; disputaron y ella le despidió. Estaba nerviosísima; tenía ganas de llorar, de bostezar, de mesarse los cabellos y emprenderla á puntapiés con los jugueteros, desde cuyos frágiles entrepaños de cristal las muñecas, las figulinas de porcelana y los «bibelotes», de formas extravagantes, mostrábanle sus rostros picarescos.
Es indispensable haberse aburrido alguna vez para comprender toda la negrura, todo el silencio, todo el horror de abismo sin fondo ó de túnel sin salida, que guarda el hastío. Y, sin embargo, como la muerte es origen de vida, así el fastidio suele ser principio de acción. A veces un gran fastidio tiene el vigor de una gran voluntad. Por aburrimiento, muchos hombres de juventud libertina fueron en sus años maduros espejo de esposos, y aplicándose luego á los negocios murieron millonarios. El fastidio produce también obras de arte; Byron y Heine, de no aburrirse enormemente, nohubiesen llegado jamás á las excelsitudes de la poesía.
Aunque muy joven, Alicia Pardo sufría ya ese mal; mal de quietud que borra los linderos y apaga los contrastes. Nunca estuvo enamorada, y el egoísmo de sus amantes acabó de dar á su alma, poco inclinada á la ternura, durezas diamantinas. «Yo ya no puedo querer á nadie—decía—; me hice hombre...» Entonces, como el espíritu no sabe estar ocioso, amó el lujo; no era codiciosa ni ahorrativa, pero sí gustaba de los vestidos costosos, de los sombreros llamativos, de las piedras finas donde los rayos solares se hicieron cristal. Vivir, á su juicio, era comprar buenos muebles, estrenar trajes, exhibirse, gastar sin tasa; entre sus lindas manos, alternativamente pedigüeñas y dispendiosas, el dinero se deshacía. Tenía mucho y necesitaba más, y como pronto se aburría de lo adquirido, su caudal no aumentaba.
Aquella tarde la joven hallábase furiosa; no sabía qué hacer; tenía poco dinero y por la mañana había visto en un bazar muchas frivolidades bonitas. Había cogido un libro para distraerse, y no lo consiguió; su desasosiego persistía. ¿Por qué no ser infinitamente rica? Y hallaba clownesca esta pobre vida, donde los hombres se creen dichosos con poseer la diezmillonésima parte de lo que quieren.
Cuando Enrique Darlés llegó iban á dar las siete. Al ver al estudiante, Alicia lanzó un suspiro de satisfacción y tiró el volumen al fuego.
—¿Qué hace usted?—gritó Darlés, para quien cualquier libro era algo sagrado.
Ella repuso:
—Casi nada. Es una novela estúpida; con todo lo que nos aburre debíamos hacer otro tanto.
Enrique tomó asiento.
—¿Y don Manuel?
—Estuvo aquí un rato y se fué. O, mejor dicho, le despedí. Le aseguro á usted que estoy insoportable; quisiera reñir con todo el mundo; daría no sé qué por experimentar una emoción fuerte. Me desespero. Son los nervios, los nervios malditos, que revuelven cuanto de malo y de canallesco duerme en nosotros. Hoy es uno de esos días negros en que el bienestar de nuestros amigos nos hace desgraciados.
Interrumpióse para examinar á Darlés, quien, con su semblante barbilindo, sus ojos meridionales y sus rizados cabellos negros, mostrábase interesante y dulce como un paje.
—Soy rara—continuó—, voluble, ingrata, incapaz de poner pasión duradera en nada. Por eso, desde el primer momento llamó usted mi atención: por apasionado. Buenos ó malos, me gustan los caracteres radicales, las voluntades de hierro. En cuanto á esos temperamentos tibios y equilibrados que á todo saben amoldarse, comparados les tengo á los trajes de entretiempo, con los cuales siempre estamos mal, pues si en verano nos abrigan más de lo justo, en invierno nos resguardan bastante menos de lo necesario.
Tímidamente, Enrique Darlés se atrevió á decir:
—¿Y de dónde proviene su disgusto?
—No lo sé.
—¿Cómo?
—Lo que usted oye. A menos que...
Se detuvo, escudriñándose, y prosiguió:
—Mis palabras le sorprenden, porque es usted muy joven. Cuando tenga usted más años y con ellos más mundo, comprenderá que el origen de cualquiera de estas minúsculas contrariedades que amargan nuestra existencia no puede referirse á hechos concretos, sino que debemos reconocerlas como suma ó corolario de nuestra historia, de todo cuanto hemos vivido. Ahora, por ejemplo, nos sentimos tristes, porque antes estuvimos tristes ó estuvimos alegres. Hay, pues, en nuestras lágrimas presentes acíbares de lágrimas antiguas y también cansancio de risas pasadas. ¿Comprende usted?... No le extrañe, pues, que yo no sepa concretamente por qué me hallo hoy de tan pésimo humor.
Calló, abismándose en una reflexión que abrió sobre su gracioso entrecejo un pliegue vertical. Luego dijo:
—¿Suele usted pasar por la calle Mayor?
—Muchas veces.
—¿Recuerda usted una joyería que hay á la derecha, en la acera de los números pares, cerca de la Puerta del Sol?
El estudiante hizo un signo afirmativo.
—Pues si le gustan á usted las joyas—continuóAlicia—, fíjese en el collar de esmeraldas que ocupa el centro del escaparate. Hoy, casualmente, lo vi, y tan gran impresión me ha causado, que no puedo olvidarlo. Es magnífico, no sólo por el tamaño y clarísimo oriente de las piedras, sino por su engarce.
—Valdrá mucho...
—Quince mil pesetas.
Darlés no contestó, y sus cejas se arquearon con expresión admirativa. En su sencillez provinciana, esas cifras, enormes para la ruin poquedad de su bolsa, le inspiraban aturdimiento y pánico. «Tacita de oro» continuó:
—Se lo he dicho á Manolo...; pero Manolo es un zorro astuto, un miserablón, á quien no hay modo de comprometer en gastos extraordinarios. Ello contribuyó también á que riñésemos... Crea usted que los hombres tienen la culpa de que nosotras no seamos más fieles.
Aunque inocente en cuestiones de psicología femenina, Enrique comprendió que el torcido humor de Alicia debía de referirse á aquel tan admirado y querido collar de esmeraldas. Un deseo no satisfecho es como un alimento no digerido: al principio nos produce un vago malestar, que luego va en aumento, hasta que la indigestión estalla. Con arreglo á este símil, podría decirse que una pena es «la mala digestión» de un capricho. Ingenuamente, sin calcular que no es discreto prometer nada ni á las mujeres ni á los niños, Enrique exclamó:
—¡Si yo fuese rico!...
Hubo una pausa novelesca, uno de esos silencios durante los cuales las mujeres se deciden á todo. Bruscamente, con aquel mismo gesto de aburrimiento con que momentos antes arrojó el libro que leía á la lumbre, Alicia abandonó una de sus manecitas entre las manos huesudas, trémulas de emoción, del estudiante.
—¿Le gustan á usted mis manos?—preguntó.
—Extraordinariamente.
—Dicen que las tengo grandes.
—Al contrario, son pequeñísimas.
Examinó con arrobo la mórbida finura del carpo; las líneas caprichosas que las venas azules trazaban bajo la blancura de la piel; los hoyuelos que embellecían la primera falange de los dedos; dedos de bailarina, alhajados ostentosamente, y que concluían en uñas triangulares y rosadas. Alicia se miraba sus sortijas; en las lanzaderas los zafiros, los rubíes sanguinarios, los topacios, los diamantes hechos de luz, componían ramilletes de minúsculas florecillas inmarcesibles.
—Cuando pase usted por la calle Mayor—insistió la joven—examine bien el collar de que le he hablado. Dos collares hay en el escaparate: uno de perlas negras, y otro de esmeraldas. Me refiero al segundo; lo verá usted un poco á la izquierda, sobre un medio busto de terciopelo blanco.
La visión de las preciosas piedras verdes revivía en su memoria con tenacidad obsesionante y, al llenar su espíritu, ejercitaba sobre todas sus ideas una peligrosa tiranía centrípeta.
Eran las ocho, y Enrique Darlés se levantó.
—¿Se marcha usted?—preguntó Alicia.
—Sí; me voy á cenar.
Ella le miró de pies á cabeza y le halló esbelto, con hermosura casi infantil, dentro de su modesto trajecillo negro. Después pensó que aquella noche, en que no tenía nada que hacer, iba á fastidiarse horrorosamente.
—¿Por qué no cena usted conmigo?—dijo.
—¿Para qué?
—¡Vaya una pregunta! Para no separarnos tan pronto.
—Yo..., en fin, como usted quiera...; pero sentiría molestar...
—¡Qué tonto! Al contrario. Su conversación me distraerá. Verá usted qué pronto recobro el buen humor.
Levantóse con un movimiento rápido y elástico que hizo crujir sus faldas y extendió á su alrededor intenso olor á violetas. Apoyó un timbre. Una camarera se presentó.
—Díle á Leonor—exclamó Alicia—que tengo un convidado. El señorito Enrique cena conmigo.
Acercóse á un espejo para arreglarse los cabellos. Parecía contenta, transfigurada.
—¿Ha visto usted—dijo—el drama que estrenaron anoche en la Princesa?
—No.
—Me han asegurado que es muy hermoso. ¿Quiere usted que vayamos á verlo? Aún hay tiempo; cenaremos en seguida...
Un poco desconcertado, Enrique Darlés palpóse disimuladamente los bolsillos de su chaleco cerciorándose del dinero que llevaba, y contó mentalmente: «cinco pesetas, diez, quince...» Había lo necesario para comprar dos butacas y, á la salida del teatro, tomar un coche.
—Como usted guste—repuso, ya más tranquilo.
—Entonces, voy á mudarme de traje. Salgo al momento.
Desapareció tras el cortinaje carmesí que cubría la puerta de su dormitorio, y luego el estudiante oyó un alegre murmullo de ropas interiores que caían al suelo, de ballenas de corsé que crujían sobre un busto mimbreante, de lazos sedeños zafados apresuradamente, de armarios abiertos y cerrados con ímpetu.
Enrique Darlés hallábase sobresaltado y contento. Hacía más de un mes que conocía á Alicia. Durante este tiempo, y so pretexto siempre de ver á don Manuel, visitó á la joven varias veces y nunca, á despecho de la intimidad de estas entrevistas, se atrevió á dejar traslucir su amor; en su inocencia no acertaba á planear tan difícil conversión; y cuando Alicia, que adivinaba su inquietud, quería ayudarle dando al diálogo un rumbo confidencial, él esquivaba toda declaración, receloso de formularla torpemente y de parecer ridículo. Pero ahora sentíase más tranquilo, más dueño de sí. Sin saber por qué, sospechaba que el mal humor de Alicia le beneficiaba. Ella le reteníaá su lado porque se fastidiaba, porque temía pasar la noche á solas con la imagen mordedora de aquel collar de esmeraldas que, probablemente, nunca sería suyo; y Enrique pensó que aquel collar, hecho para ceñir gargantas, podía ser el símbolo de un yugo de amor que empezaba. Después halló algo íntimo y dulce en la confianza con que Alicia se vestía á pocos pasos de él, y en la complacencia que la camarera demostró al saber que «el señorito Enrique» cenaba allí. Eran detalles nimios que alentaban su decaído ánimo y dábanle á comprender que todo aquello, si su torpeza no era mucha, podía trocarse para él en algo más recatado y exquisito que una casta y cordial amistad.
Perdido en estas amables imaginaciones, Enrique Darlés recordaba que la mayor parte de los jarifos y elocuentes protagonistas de las novelas que había leído, conocieron situaciones análogas á la que él, mísero provinciano, afrontaba en tales momentos. La luna biselada de un armario le devolvía la imágen de su cuerpo, alto y esbelto, vestido de negro, y su rostro de romántico perfil, pálido y lampiño. ¿Qué sorpresas tendría reservadas el Destino á su gran juventud?... Para distraerse comenzó á examinar los muñequillos de porcelana ó de bronce de que los jugueteros estaban abarrotados: gnomos encapuchados, perros, gatos que se miraban con una mueca de asombro en un espejo diminuto; y luego inspeccionó el reloj de mármol y los jarrones que decoraban la chimenea, y los retratos y los cuadritos de bazar, de escaso méritopero de vistosos marcos, que cubrían hasta cerca del techo el papel verde claro de las paredes. Y Enrique pensó juiciosamente que aquellos retratos, aquellas tablitas al óleo, aquellos muebles bonitos y frívolos, eran la estela de todos los amores mercenarios que habían pasado por allí.
Llamó también su atención una rica colección de postales prendidas en un biombo japonés: representaban bailarinas, paisajes, escenas galantes; en casi todas ellas había una firma de hombre y una dedicatoria expresiva. Muchas estaban fechadas en París, la Ciudad-Sol, querida de los aventureros, otras en América, ó en El Cairo. Aquellas targetas eran como un incienso ofrecido á la belleza de la misma mujer; entre las añoranzas del destierro y bajo todos los climas, hubo para ella un recuerdo; diríase que el calor de su carne había dejado en aquellos hombres vagabundos una huella inmortal.
Alicia Pardo reapareció envuelta en una bocanada de esencia de violetas.
—¿Le he hecho esperar á usted mucho?... Creo que no. ¡Ea, pues; vamos al comedor!... Si queremos llegar al teatro á buena hora, no perdamos minuto.
La cena fué agradable y ligera: una sopa á las hierbas, dos perdices á la inglesa, unos langostinos; y de postre, tocino de cielo, mermelada de naranja y dorados plátanos.
En el teatro, Alicia y su acompañante ocuparon dos butacas de la segunda fila. Cuando llegaron,la función ya había comenzado. No obstante, la presencia de «Tacita de oro» excitó curiosidad entre el elemento masculino de los palcos. Varios gemelos convergieron hacia ella; desde el escenario, un actor aprovechó un mutis para dirigirla una sonrisa, casi imperceptible, á la que ella respondió con una inclinación de cabeza.
Estas muestras de simpatía, que suelen ser para los hombres mundanos motivo de satisfacción y vanidad, desasosiegan á los galanes jóvenes, produciéndoles, según su temperamento, emociones de vergüenza ó de celos. Por su parte, Enrique Darlés se sintió cohibido y desencentrado, y una gran ola de sangre caliente invadió sus mejillas. Ni un momento pensó en que aquellos graves caballeros, ricos y viejos, que jamás llegan á la intimidad de las cortesanas por el florido camino de la simpatía, pudiesen envidiarle viéndole bello y joven.
En el silencio del estudiante adivinó Alicia el empacho que le dominaba.
—¿Qué le sucede? ¿Tiene usted vergüenza de que le vean conmigo?
Enrique fingióse sorprendido.
—¿Vergüenza?—repitió—; ¿y de qué? Al contrario...
Y sus dedos oprimieron los de ella con ardor inefable.
Al terminar el acto el público comenzó á aplaudir; muchas voces entusiastas llamaban al autor. Alicia Pardo palmoteaba también.
—Quiero conocerle—decía.
Enrique, por complacerla, aplaudía ruidosamente. En medio de aquella crepitante tempestad de apoteosis volvió á levantarse el telón y apareció el autor. Era un hombre de aguileño perfil, á quien sus éxitos teatrales y sueltas costumbres ponían un nimbo prestigioso de talento y de escándalo. Representaba poco más de cuarenta años; pero su cuerpo flexible conservaba toda la movilidad traviesa de la juventud. Las luces de la batería le iluminaban muy bien; sonreía; tenía el gesto petulante de los vencedores. Sin dejar de aplaudir, Alicia Pardo exclamó dirigiéndose á Enrique:
—Es muy simpático, ¿verdad?... He de hacer que me le presenten. Mi amiga Candelas le conoce mucho...
Y sus largos ojos verdes se dilataban de emoción, y sobre su frente caprichosa sus cabello crespos y rojos temblequearon como una melena leonina. En aquel momento Enrique Darlés tornó á sentirse pequeño y obscuro. Nada significaba su amor en la vida voluble de Alicia. Minutos antes, mientras acariciaba sus dedos mimosos, la creyó rendida, enamorada de él; y de sopetón la veía transfigurada, fuera de sí, la loca cabeza echada hacia atrás en un gesto de donación que ofrecía al dramaturgo triunfador su garganta de nieve. Por razones étnicas, las mujeres adoran todo lo fuerte, lo que brilla, lo que arrastra...
«Si yo no estuviese aquí—pensó Darlés melancólico—, seguramente ella iría á buscarle...»
En el transcurso del acto segundo el estudiante recobró su alegría. Alicia se estrechaba contra él, soboncita y nerviosa, y sus alborotados rizos producíanle en las sienes cosquilleos eléctricos.
A la conclusión de la obra repitióse la ovación, y el autor reapareció. Enrique aplaudía tibiamente; hubo un instante en que creyó que las miradas del dramaturgo se detenían sobre Alicia con avidez. Bajo esta impresión penosa, el estudiante salió á la calle. La joven iba cogida de su brazo y temblaba de frío dentro de su elegante capa gris. La noche era desapacible; había llovido. Alicia preguntó:
—¿Dónde vamos?
Sorprendido, él repuso:
—A tu casa; tomaremos un coche...
—No, á mi casa no.
—¿Cómo?
—Vámonos por ahí. Te regalo esta noche.
Le miró sonriente, con una sonrisa prometedora y fascinante, que valía un paraíso. El recordó angustiado que apenas le quedaban diez pesetas. Para evitar los tropezones y miradas de los transeuntes, Alicia refugióse en el quicio de una puerta; tenía yertos los pies; la humedad del piso traspasaba la suela sutil de sus zapatos.
—Resuelve pronto—balbuceó—; me muero de frío.
Enrique, con una resolución que creyó muy de hombre de mundo, exclamó de pronto:
—Si quieres cenar, vámonos á Fornos.
Ella hizo una mueca de espanto.
—¡Qué horror! En Fornos me conoce todo el mundo.
—Entonces, vamos á casa de Morán.
—Menos; allí también puede haber algún amigo mío.
—A la Viña P.
—Tampoco; no me atrevo...
Y agregó, con ingenuidad cruel:
—No me atrevo porque... ¿sabes?... las mujeres nos desprestigiamos. Si mis amigos, que son hombres serios, me viesen contigo por ahí, dirían que tengo caprichos, me llamarían loca...
Enrique Darlés apenas comprendía, pero sospechaba vagamente que todo aquello envolvía una humillación para él. De repente, como quien se agarra á una idea salvadora, Alicia exclamó:
—¿Qué hora es?
—La una y cuarto.
—Pues, mira: vámonos á las Ventas ó á la Bombilla. El mismo coche que nos lleve puede traernos.
—Es... es que...
Vacilaba; no sabía cómo decir su ridiculez, la enorme, la imperdonable ridiculez, de ser pobre. Al fin decidióse á hablar, hostigado por las preguntas de Alicia, que no comprendía sus incertidumbres.
—Es que... perdóname... no traigo dinero bastante.
Ella repuso:
—¡Qué niño!... Pero si no hace falta casi nada... ¿No llevas siquiera... doscientas pesetas?
—¡Doscientas pesetas!—balbuceó Enrique Darlés aterrado—; no... no...
—¿Y cien?
—Tampoco.
—Bueno, acabemos: ¿cuánto tienes?
Enrique hubiese querido morir. Desesperado, mordiéndose los labios, replicó:
—Si apenas me quedan dos duros...
Ella lanzó una carcajada; una de aquellas grandes risas, leales y rudas, que quizá no había vuelto á tener desde que un hombre rico, al encumbrarla en el camino del pecado, la quitó la suave alegría de ser pobre.
—¿Y con diez pesetas—dijo—me proponías ir á Fornos?
Avergonzado, Enrique contestó:
—No te merezco, no soy digno de ti. Te llevaré á tu casa.
Alicia repuso, seducida por la novedad bohemia de la aventura:
—No importa; quiero que cenemos juntos; llévame á una taberna, á un cafetín económico. Me es igual...
El vacilaba; ella insistió. El temor de quedar mal contenía á Enrique.
—¿Y si la cena te disgusta?
—¡Tonto! Ahora yo no trato de «conocer», trato de «recordar». ¿Crees que siempre fuí rica?
—En tal caso...
—Sí, llévame... méteme en tu vida...
Cogidos del brazo siguieron calle abajo; sus pies caminaban al compás. El repetía febril:
—Alicia, mi Alicia...
Y al hundir sus labios blancos y trémulos entre los cabellos de la muy Deseada, parecíale que todo Madrid olía á violetas.
Después de aquella noche memorable transcurrieron varios días sin que Enrique Darlés hallase ocasión de ver á Alicia. Fué á su casa muchas tardes, de dos y media á tres, hora en que don Manuel nunca estaba allí. Pero Teodora no le permitía pasar del recibimiento. Unas veces «la señorita» había salido, otras estaba durmiendo ó enferma de jaqueca y no podía recibirle. El acento de la camarera era seco, desconcertante; porque si en algo conocemos el concepto malo ó bueno que una persona tiene de nosotros, es en el modo con que nos reciben sus criados. El estudiante tartamudeaba:
—¿No le ha dejado á usted ningún encargo para mí?
—No, señor; ninguno.
Y ante el semblante picaresco y reidero de la joven, Enrique sentía que su rostro se alargaba de melancolía y que sus ojos se anegaban en dolor y humildad, como los de un criado despedido. Después, como no quisiese renunciar completamenteá la ilusión que allí le había llevado, murmuraba:
—Bueno; ¡cómo ha de ser! Dígale usted que he estado aquí y que vendré mañana.
Cuando bajaba las escaleras iba muy triste; aquella noción de su inferioridad que le hirió la noche en que fué presentado á Alicia Pardo, volvía á acometerle. Sí, era un vencido, un inepto, que no aportaba allí nada positivo: ni dinero, puesto que no era rico; ni gloria, pues que no era artista aplaudido; ni tampoco alegría, ya que la poca que hubo en su corazón reflexivo y sentimental se la robaban los desvíos de Alicia.
Muchos días, á la hora del crepúsculo, acudía á estacionarse en la calle Mayor delante de la vidriera donde centelleaba aquel soberbio collar de esmeraldas de que Alicia le había hablado; y unas veces iba y venía por la acera, embozado en su capa con cierto aplomo mundano, y otras parábase á contemplar la joyería, cuyos focos eléctricos envolvían á los transeuntes bajo un derramamiento gigante de luz. Allí permanecía largo rato, preso en el sortilegio de los rubíes sanguinarios, de los topacios ardientes como heridas, de las turquesas color de cielo, de las cadenas y de las sortijas, que trazaban vibraciones de oro sobre el terciopelo negro, artísticamente arrugado, que á modo de alcatifa cubría el amplio perímetro del escaparate; y en esta atracción vagarosa que las joyas le causaban, había como un presentimiento.
Entre tanto, su alma infantil pensaba:
—Si Alicia pasase, se holgaría de verme aquí.
Durante aquellos primeros días, el recuerdo de la adorada persistió en la memoria del estudiante bajo la rara sensación de un perfume á violetas. De los anchos ojos verdes de Alicia, de su boquirrita epigramática y cruel, de su cuerpo blanco y carnoso, ó no recordaba, ó creía no acordarse bien. En cambio, aquel olor á violetas invadía su espíritu, y de él parecían hallarse impregnados sus vestidos, sus manos, sus libros de texto, su lecho mezquino. Esta dulce ilusión, sin embargo, fué decayendo; el tiempo se la llevaba, borrándola, como había borrado su recuerdo en Alicia. Darlés lloró mucho. Aquella noche escribió á la joven una postal desesperada, un poco enigmática.
«Mañana iré á verte—decía—; si no me recibes, me muero. Sé compasiva. Mi cuartito ya no huele á ti.»
La misiva del estudiante enojó á Alicia. ¿A qué venían estos hiperbólicos alardes de pasión? ¿Acaso lo acaecido entre ambos no era algo baladí y perfectamente vulgar?... Y tan segura estaba de ello, que su emoción, más que de disgusto, fué de asombro. Al principio, su sorpresa la inspiró cierto regocijo.
—Sería interesante—pensaba—que ese muchacho se prendase de mí como un héroe de drama.
Pero la alegría de tal curiosidad duró un momento apenas. Inmediatamente la voluntad fría, el espíritu rectilíneo y ególatra, que no toleraban ser molestados, reaccionaron contra aquella posibilidadnovelesca. Ella no quería amar ni ser amada; que por referencias de amigas íntimas sabía que el amor, con sus zozobras y sus celos, tan funesto y agrio es para el que lo siente como para quien lo inspira.
El capricho que la llevó á los brazos de Enrique carecía á sus ojos de importancia. La tarde que antecedió á su primera y única noche de intimidad, Darlés acertó á sorprenderla en una de esas horas de fastidio, de laxitud y de eclecticismo, que en la voluble moral femenina divagan equidistantes del bien y del mal. Fué liviana como pudo ser casta, arbitrariamente, sin razón ni motivo precisos. Quizá, á tener el estudiante los ojos más hermosos, le hubiera dicho que «sí»; acaso también, si aquel collar de esmeraldas, por el que momentos antes ella y Manolo riñeron, la hubiese gustado algo menos, le habría dicho que «no»... Lo único cierto es que aceptó la compañía de Darlés porque supuso, bondadosamente, que la conversación de un hombre, aunque éste sea muy pobre, vale y entretiene más que el recuerdo de un collar. Y cuando, á la mañana siguiente, regresó á su casa, hallóse un poquito sorprendida de su conducta. Aquello fué una genialidad, una humorada semejante á la que hubiese podido llevar á un crítico como Sarcey, después de cuarenta años de teatro serio, á una barraca de fantoches. El lance, por tanto, no volvería á repetirse; era absurdo.