The Project Gutenberg eBook ofLa cita: novelasThis ebook is for the use of anyone anywhere in the United States and most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included with this ebook or online atwww.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you will have to check the laws of the country where you are located before using this eBook.Title: La cita: novelasAuthor: Eduardo ZamacoisRelease date: December 23, 2015 [eBook #50757]Most recently updated: October 22, 2024Language: SpanishCredits: Produced by Chuck Greif and the Online DistributedProofreading Team at http://www.pgdp.net (This file wasproduced from images generously made available by TheInternet Archive)*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA CITA: NOVELAS ***
This ebook is for the use of anyone anywhere in the United States and most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included with this ebook or online atwww.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you will have to check the laws of the country where you are located before using this eBook.
Title: La cita: novelasAuthor: Eduardo ZamacoisRelease date: December 23, 2015 [eBook #50757]Most recently updated: October 22, 2024Language: SpanishCredits: Produced by Chuck Greif and the Online DistributedProofreading Team at http://www.pgdp.net (This file wasproduced from images generously made available by TheInternet Archive)
Title: La cita: novelas
Author: Eduardo Zamacois
Author: Eduardo Zamacois
Release date: December 23, 2015 [eBook #50757]Most recently updated: October 22, 2024
Language: Spanish
Credits: Produced by Chuck Greif and the Online DistributedProofreading Team at http://www.pgdp.net (This file wasproduced from images generously made available by TheInternet Archive)
*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA CITA: NOVELAS ***
L A C I T A
EDUARDO ZAMACOIS
NOVELAScolofón—RENACIMIENTOMADRIDRENACIMIENTOPontejos, 3.1913
ES PROPIEDAD
ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO EDITORIAL.—PONTEJOS, 3.
Tras un largo mirar interrogante, lleno de conmiseración maternal, la actriz añadió:
—¡Ay, Ricardo!... ¿Por qué serás así? ¿Por qué no resignarte y hallar alegría en lo que tienes? ¿Por qué lo ajeno te admira, y lo tuyo, que á más de un descontentadizo haría dichoso, sólo te inspira hastío y desdén?...
Calló, y su voz débil, en la que hubo, juntamente con un desesperado anhelo de persuasión, la seguridad íntima de no conseguir nada, fué suplicante como el gesto de una mano mendiga.
Ricardo Villarroya adoptó en la butaquita donde estaba sentado una actitud más cómoda. Lanzó un suspiro. Sus cejas fuertes se arquearon sentimentales bajo la frente descollada y alta.
—¿Qué quieres?—dijo—, uno es... como nació. En medio de nuestras inconsecuencias aparentes, todos somos perenne y fatalmente esclavos de nosotros mismos. Lo disparatado obedece á leyesprecisas; la existencia más aventurera, más incongruente, más copiosa en funambulescos altibajos, es ordenada como el vivir del campesino que jamás rebasó los horizontes avaros de su lugar. Lo raro no existe; lo raro, mi pobre Fuensanta, es la palabra con que enmascaramos lo que no sabemos, la explicación frívola de las concatenaciones ocultas que no adivinamos. Todo tiene su por qué; los mismos locos son, á su modo, discretos; el Destino es un tratado de lógica...
—¿Por lo visto, renuncias al propósito de redimirte?
—Completamente; soy un incurable.
Había cruzado una pierna sobre otra y bajó la cabeza, complaciéndose distraídamente en aplastar la ceniza de su cigarro contra la suela de su bota de charol; sus ojos se apagaron, las comisuras de sus labios descaecieron sin ilusión tras las guías viriles del bigote, y una intensa expresión de melancolía nubó su frente, envejecida prematuramente por el trabajo.
Era un hombre de treinta y cinco años, membrudo y alto, cuyos cabellos rojos, cortados militarmente al rape, dibujaban francamente las líneas de una cabeza grande, de ángulo facial muy abierto, terca, cual predestinada para heroicos y duraderos combates. Una barba puntiaguda y raleante daba firmeza al rostro. El pecho, amplio, tenía un alentar poderoso y sereno; la sangre arrebolaba la piel del recio cuello y de las mejillas; un espeso vello bermejo cubría las muñecas robustas ylas manos; manos atávicas, de largos y temerarios dedos. Hallábase Ricardo Villarroya en pleno apogeo artístico: sus últimos libros habían merecido éxito codiciable; sus artículos de crítica jugosa y violenta erigiéronle en campeón de la joven grey literaria; la única comedia que estrenó suscitó polémicas ardientes. Además, era un poco orador; la extrema izquierda de la opinión adoraba en él; su nombre, que servía de lábaro á las mayores osadías de la forma y del pensamiento, resonaba como un alerta bélico en la atmósfera febril de las asambleas. Todo en él era impetuosidad, inquietud, soberbia; la ambición bruñía sus ojos claros; sus labios viciosos reían mal; en el continuo vibrar de su cuerpo saludable y recio, pleno de apetitos moceros, había como una voz de la especie.
Fuensanta Godoy le observaba atentamente, con emoción triste, mientras acariciaba entre sus manos finas y blancas la mano derecha del novelista.
—Te quiero—dijo—, te quiero muchísimo... cual mi usado corazón no esperaba tornar á querer. ¿Por qué me correspondes en mala moneda? ¿Por qué no eres bueno para mí? ¿Cómo no procuras serme fiel?
Los hombros de Villarroya esbozaron un movimiento de indiferencia. Ella continuó:
—Posible es que tropieces con mujeres más hermosas que yo ó más inteligentes, más elegantes, más agradables... Pero dificilísimo te será hallaruna que posea estas cualidades en aquellas modestas, pero bien concertadas proporciones, en que yo las reuno y acoplo. No soy bellísima, ni discreta en demasía, ni gallarda y cautivadora con exceso, pero de todo hay algo en mí, y esta conjunción de amables virtudes es mi orgullo.
El la escuchaba haciendo con la cabeza signos distraídos de asentimiento.
—Y si ello es así—prosiguió Fuensanta—, ¿por qué me olvidas y pospones á otras mujeres? ¿Por qué, conociendo mis celos, suspendes sobre mi cabeza la amenaza de que hoy, mañana, cuando más dichosa esté y menos lo aguarde, has de serme traidor?... Conozco bien, demasiado bien, quizá, la complexión de tu alma: tú perteneces á la raza maldita de los que sólo adoran lo lejano, lo inasequible, lo que nadie obtuvo. ¿Cómo no aplicas tu espíritu indómito al examen de sus recuerdos? ¿Por qué desprecias lo pretérito? ¿Acaso ese ayer que hoy miras desdeñosamente, no sirvió de riente mañana á otros hombres que bulleron y amaron antes que tú?... Escucha, Ricardo, y obedéceme, porque aún podemos ser felices. ¿No tienes hijos y esposa? Y cuando el hogar legítimo, el consagrado, te fastidie, ¿no me tienes á mí? ¿Qué más rebuscas? ¿Qué imposibles novedades pides á la casualidad?
Argumentaba poco á poco, blandamente, como se habla á los enfermos, y sus palabras, dichas á media voz, traían arrullos de infancia. En las contiendas implacables del arte, lo más hacedero esderrotar obstáculos, encumbrarse, llegar del éxito á los dorados fastigios, pues los viejos maestros á quienes la juventud hostiliza están agotados y se defienden mal: lo difícil es guardar las posiciones conquistadas, resistir el fiero ataque de los bisoños que van llegando á la batalla, afirmar la personalidad en medio de aquel desencerrado torbellino de enemigos brazos que rodean al dictador. Según Fuensanta Godoy, para vencer en ese descomunal torneo, donde todas las ensoberbecidas furias de la vanidad intervienen, precisa tener una gran ambición, un orgullo sin límites ó un ciego y descomedido amor; un sentimiento, en fin, hondo, fanático, que baste por sí solo á reparar cuantas brechas las estocadas de la desilusión y los consejos sigilosos de la fatiga van abriendo en el entusiasmo.
—Pero si únicamente adoras lo que no tienes—continuaba—, ¿qué podrá sostenerte, alentarte, fortificarte, cuando estés deshecho y próximo á caer?... Triste es, ciertamente, sucumbir en la obscuridad del primer asalto; pero ¿no es peor ver la miel de nuestra popularidad deshacerse en olvido? ¡Ah, Ricardo! Tú ignoras eso; tú desconoces el sufrimiento del artista que sobrevive á su prestigio y, no pudiendo ya derrotar las reputaciones que van improvisándose á su alrededor, dice: «Hace años yo era algo, tenía un nombre...» Créeme, Ricardo, eso es horrible; te lo asegura la experiencia que me dieron veinte años de teatro...
Su voz se apagó en un suspiro, y por su rostro pasó como una sombra el luto de su alma.
Contaba Fuensanta Godoy poco más de treinta años, y sus vestidos negros, lascivamente apretados al cuerpo, modelaban una escultura de líneas ondulantes y largas. Hondos surcos de melancolía cortaban su frente guarnecida de rizosos cabellos castaños; la nariz, de perfil impecable, afilada parecía por el sufrimiento; en su boca, de un raro humorismo, las risas y el llanto tegían una dolora; bajo las cejas rafaélicas, los ojos negrísimos y tristes, un poco oblicuos, tal vez, como los de las japonesas, daban al semblante blanco, de un blanco terroso, la expresión dulce que embellece, con poesía de enigma, el rostro de las mujeres de la Ciudad sin Noche.
Entre las perfecciones y cualidades que avaloraban la cumplida hermosura de Fuensanta, la mejor y más alta, la que antes sorprendía era su tristeza. El dolor, que ha inspirado al arte creaciones supremas, suele ser también origen y alimento de bellezas extrañas. Esta desviación ó capricho del sentimiento estético no tiene explicación fácil. ¿Por qué amamos lo triste y hallamos en las medias tintas inefable y malsano contentamiento? ¿Acaso el ajeno sufrir envuelve algo que de soslayo disculpa nuestra propia flaqueza, ó es que el dolor diviniza á la mujer porque de ella precisamente emana, y así quien dijo dolor dijo también arte y sexo?... A Fuensanta Godoy su expresión de inconsolable pesadumbre hacíala infinitamenteinteresante. Cinco años antes la Godoy fué una primera tiple cómica de gran boga. Al comenzar las temporadas teatrales, su nombre aparecía en los carteles con llamativos caracteres rojos, los periódicos publicaban su retrato, la crítica celebraba su labor, y el correo traíala diariamente rumores de amorosos caprichos. La corte de admiradores que invadían su cuarto del teatro, los aplausos del público y la humillación y ásperas envidias de otras actrices por ella vencidas en artísticas justas, parecían poner á su joven figura un nimbo diamantino. Fuensanta Godoy amó y fué adorada; la neurastenia exacerbaba sus afectos; bajo el soplo flagelante de las pasiones, la red no domada de sus nervios padecía torsiones dolorosas; la sensación llegó á ser para ella un suplicio; su desequilibrada cabecita, donde perduraba el recuerdo de libros piadosos que leyó cuando niña, experimentaba accesos frecuentes de misticismo, deseos de vivir quieta y sola. Los pueblos playeros la atraían; adoró la morfina; perdió el ritmo interior; dos veces fué procesada y obligada á pagar indemnizaciones costosas por abandonar bruscamente el teatro donde trabajaba para marcharse al campo con un amante pobre.
La carrera artística de Fuensanta Godoy duró poco; en pleno éxito y cuando su juventud interesante, un poco rara, debibelotejaponés, brillaba sobre el escenario de los grandes teatros, una laringitis torpemente curada la dejó afónica. Varios médicos aseguraron que para aquel daño nohabía remedio; ella, no obstante, esperaba. La noche en que, desoyendo cautos y leales consejos reapareció ante el público, sufrió una decepción horrible; su voz, al concluir cierto momento musical difícil, se nubló bruscamente; quiso repetir el temible pasaje y no pudo; algunos espectadores descorteses protestaron. Entonces la Godoy sintió á su alrededor un gran frío, una desgarradora emoción de aislamiento, cual si el teatro, repentinamente, acabara de quedarse á obscuras; vióse preterida, pobre, aherrojada en esa fosa común donde la multitud ingrata sepulta á los artistas que ya no la divierten, y aniquilada por su desgracia rompió á llorar y perdió los sentidos.
Ricardo Villarroya la conoció años después. Fuensanta vivía en una casa de huéspedes cuya dueña también había sido del teatro. Ocupaba la Godoy dos habitaciones pequeñas, sin otra luz que la de una ventana abierta sobre un patizuelo malsano y profundo; pulmón infecto, jamás visitado por el sol, por donde respiraba el vecindario sucio y haraposo de los cuartos interiores. Una cama de hierro y un lavabo ocupaban la alcoba. Componían el mobiliario del gabinete una vieja cómoda que de noche, en el silencio, tenía crujidos amedrentadores, y varias sillas que fueron elegantes y á la hora presente disimulaban su incapacidad y precaria armazón bajo usadas fundas de lienzo gris. Decoraban las paredes amarillentas, retratos descoloridos de actrices y de actores ignorados, y un antiguo espejo, sobre cuya luna los coqueteos delas juventudes, ya lejanas, que allí se reflejaron, parecían haber dejado una indecible melancolía. Varias coronas, logradas en noches de beneficio, explicaban desde sus cajas de caoba con tapa de cristal, la flaqueza y veloz desmoronamiento de las glorias humanas. Cubría el suelo una alfombra raída, de la cual, el polvo y el roce de los pies fueron borrando los colores.
En aquel gabinetito, entristecido por el invierno y la presencia de tantos objetos provectos, Ricardo Villarroya pasaba muchas tardes.
Al principio sentíase plácidamente cautivado por la soledad de la actriz, digna, altiva, irreductible, en medio de su abandono y extremada pobreza. Un momento halagó á Villarroya la idea de que la Godoy fuese su última pasión, su capricho postrero, el desenlace de su mocedad conquistadora. La quietud del medio coadyuvó no poco á enfielar sus sentimientos. Sin duda era bonito ver pasar las horas. Su imaginación errante comprendió la dulzura del reposo; su voluntad peregrina adivinó la alegría de no moverse, de serenarse en la dominación tranquila de lo ganado. Para sus ojos de novelista, los capítulos de olvido y de miseria que epilogaban la historia de Fuensanta Godoy, ofrecían pasmoso interés. Se colocaba en el lugar de la vencida; la desgracia ronda siempre; á él también una anemia ó una congestión, podían precipitarle á los horrores vergonzosos de la derrota desde las cumbres endiosadas del éxito. Por eso la compadecía y hallábase propicio á consolarla. Peroen los artistas el enternecimiento es transitorio; su egolatría se impone en ellos á lo más grave; su personalidad lo abarca todo; así, en el fondo de aquella conmiseración ostentosa, sólo había un depurado egoísmo.
No tardó Ricardo Villarroya en experimentar la primera crisis de hastío: su temperamento reaccionaba cruelmente contra la emoción pasajera; acababa de sentirse esclavo; el artista explorador, vagabundo de sensaciones, derrotaba al hombre desengañado, necesitado de descanso. Villarroya se aburría; los viejos muebles de aquella húmeda habitación pesaron sobre sus pulmones, y un repentino y vehementísimo deseo de libertad le enajenó. ¿Por qué las penas de la Godoy habían de preocuparle, ni qué altruístas sofismas pretendían inducirle á ligar su porvenir al de ella y servirla, á todo evento, de consejero y defensor?...
A partir de aquel instante, y seguro de que la piedad, magnificada por el cristianismo, es una claudicación ó cobardía del animo, sólo pensó en huir, en libertarse rompiendo los taimados lazos de amor con que le sujetaban la distinción señoril y virtuoso recogimiento de Fuensanta. Estos ingratos manejos no resbalaron inadvertidos. La joven comprendió inmediatamente que su alegría peligraba, y adivinó su derrota. Los hombres aborrecen lo conocido, sin que nada baste á convencerles de que todos los placeres son iguales: la pasión es por antonomasia inconstante; una mujer cualquiera, zafia, vulgar, fea, tendrá sobre la mujerhermosa que poseemos la inmensa ventaja, la preeminencia indiscutible, de «ser otra»...
Aquella tarde Fuensanta Godoy y Villarroya discutieron mucho; el novelista se reconocía aniquilado, deshecho ante el brío dialéctico de su interlocutora. Sin alientos ya para defenderse, abroquelóse tras una afirmación vertical inexpugnable:
—Nací así y no podré ser de otro modo. Huelga, por consiguiente, tu empeño en demostrarme que hago mal.
Ella prosiguió atacándole, unas veces con impetuosidades celosas, otras con maternales ternuras.
—¡Cuán poco me quieres, Ricardo!
—Te engañas; yo te quiero... te quiero bastante... mucho.
—Y, sin embargo, hablas de dejarme...
—Muy cierto.
—Entonces, ¿qué amor es ese? ¡Maldito el cariño que olvida y ve sin dolor que otros labios acarician y otros brazos estrechan lo que fué suyo!
¿Otra vez la misma cantinela? ¿Hasta cuándo iban á seguir así?...
Ricardo Villarroya alzóse de hombros despectivamente y encendió un cigarro. Eran las cinco; la lluvia repetía su salmodia amodorrante sobre el cinc de la ventana; obscuridades nocherniegas invadían el aposento. Fuensanta hizo girar la llave de la luz, el gabinete se iluminó y sobre la extensión turbia de las paredes reaparecieron las viejas sillas vestidas de gris; la cómoda vetusta, llenade rumores inquietantes; los retratos pálidos; el espejo, las marchitas coronas, expresivas y tristes como momias, tras sus cubiertas de cristal. En un ángulo, sobre la alfombra negra, la roja lumbre de un brasero brillaba sin intermitencias, fijamente, como una pupila redonda y sin párpados.
La joven continuó modulando sus palabras en un largo suspiro:
—¡Qué cruel eres, Ricardo!...
—Quizá...
—Muy cruel, muy egoísta; créelo: de piedra es tu corazón...
—¿Y el tuyo?
—Cuando de ti se trata, de cera y de miel.
Bajo el bigote bermejo, los labios de Villarroya sonrieron irónicos.
—Tú—dijo—, tratando de imponerme tus gustos, eres tan egoísta como yo defendiendo los míos. ¿Por qué avergonzarnos de nuestros sentimientos y no llamarlos por su nombre? ¿Por qué estimar virtud la compasión, que antepone el bienestar ajeno al propio bienestar, y maldecir del egoísmo, fundamento precioso de la personalidad? ¡Basta ya de rancios enternecimientos! Vivir y vivir bien: he aquí la única verdad positiva. Además, que siendo egoístas ejercitamos un aspecto de la filantropía: el egoísmo es la caridad aplicada á nosotros...
Discutieron, preconizando él la alegría de moverse, de explorar corazones, de ser ingrato.
—El espíritu—decía—tiene paisajes, como laNaturaleza. Esta los compone con árboles y montañas y aquél con ilusiones y recuerdos. Hay caracteres claros y fáciles, semejantes á llanuras, y otros ariscos cual despeñaderos. También conozco sentimientos que ocultan todo un panorama de alma y necesitamos vadear, igual que los viajeros buscan tras el altozano importuno un hermoso horizonte; de donde deduzco que á los paisajes y á los hombres conviene examinarles «desde cierto punto de vista». Cada espíritu, querida mía, tiene el misterio de un hogar cerrado. ¿No sentiste nunca, yendo por el campo, deseos de penetrar en una casuca solitaria, abrir sus persianas, violar el enigma de aquellas habitaciones donde otras vidas obscuras se deslizaron, y sentir tus pasos resonar bajo aquellos techos que jamás, seguramente, tornarás á ver?... Parecida curiosidad alumbran en mí las almas; hallo en mi camino una interesante y me gusta estudiarla, averiguar sus perversidades, sus excelencias, y cuando todo fué bien escrutado... dejarla para que otros la examinen.
Y agregó, con un gran borbollón cínico de risa:
—¡Oh! La vida nos abrumaría sin la ingratitud. Yo bendigo la ingratitud. ¿Qué sería, por ejemplo, de tí y de mí, si todas las pasiones ó amoríos que hemos inspirado hubiesen sido eternos?
Oyéndole, las facciones fatigadas de Fuensanta delataban una amarga laxitud, un abatimiento sin cura. A veces, sin embargo, sus gestos readquiríanaquella impetuosidad libre y boyante de antaño; pero, generalmente, su actitud era circunspecta, blanda, débil, y entre sus labios cansados, las afirmaciones más rotundas vibraban con la tímida inflexión del consejo.
—Eres un histérico—exclamó—, un pobre loco que busca vanamente fuera de sí mismo lo que lleva dentro.
Permaneció indecisa, el busto inclinado hacia adelante, los codos sobre las rodillas, brillantes los apasionados ojos bajo las cejas que la reflexión fruncía.
—Eres—prosiguió—uno de los hombres más complejos y extraños que he conocido. Yo, que deseo tu felicidad, quisiera demostrarte cómo las sensaciones que husmeas no existen; que la alegría es algo fantasmagórico y liviano que proviene de tu misma alma como del cuerpo la sombra, y que quien, cual tú, ganó esposa, hijos, gloria, crédito, amigos... ¡todo!, no tiene derecho á pedir más.
Villarroya callaba, reconociendo vagamente que Fuensanta Godoy decía verdad. Ella prosiguió:
—Dejaste á tus padres por casarte; luego olvidaste á tu mujer por tus hijos, pues diríase que en tu aturdido corazón sólo cabe un afecto; más tarde descuidaste á tus hijos para seguir tu necia historia de amoríos mercenarios. Cuando me conociste renunciaste á todo; ahora el mundo te llama nuevamente y quieres dejarme. ¿Qué pretendes?¿Qué persigues? ¿Dónde hallarás más de lo que te dió mi cariño?
Hubo otra pausa, uno de esos silencios terribles en que sentimos á nuestro alrededor algo fatal, ineluctable, caminar de puntillas. Ricardo musitó pensativo:
—Ya te lo dije; soy así... como me hicieron...
Fuensanta le interrumpió vehemente:
—Te equivocas: tu idiosincrasia carece de realidad durable; en tu carácter voltario, únicamente lo adjetivo ó accidental tiene substantividad. Un tirano te gobierna: la impresión; por eso corres ciego tras lo que, por ser nuevo, crees apetecible y huyes de cuanto juzgas malo y fastidioso por el mero hecho de serte familiar. ¡Eso te ocurre conmigo! ¿Por qué, si no, yo misma, en quien hace un año adorabas, ahora te doy sueño?... ¡Qué pena! ¡Ah!... Yo quisiera darte una lección, escarmentarte de esa vana manía que te lleva á buscar fuera de ti lo que va contigo y es obra ó reflejo de tu fantasía andariega. ¿No comprendes que ese vigor que disipas en aventuras inútiles, aplicado á tu arte te levantaría á cimas y victorias mayores aún que las ganadas?...
Varios golpecitos, dados en la puerta, interrumpieron el diálogo. Fuensanta preguntó:
—¿Quién?
Una voz humilde repuso desde fuera:
—Cuando usted guste cenar...
—¿Están todos en la mesa?
—Sí, señora.
—Voy en seguida.
Villarroya consultó su reloj. Eran las ocho.
—Me marcho—dijo.
Levantóse precipitadamente, abrochándose el gabán, recogiendo su sombrero, que, al entrar, dejó sobre una silla. Fuensanta se acercó á él lentamente: bajo su traje negro, su cuerpo, á la vez grácil y ampuloso, onduló con ritmo sensual.
—¿Volverás luego?
Ricardo no pudo disimular un guiño de disgusto; el ambiente de aquel gabinetito, lleno de viejos muebles, le oprimía.
—No sé... no sé; necesito escribir...
Ella replicó, sonriendo triste:
—Nada tienes que hacer, pero si debes trabajar, trabaja á mi lado. Ven á verme, te lo ruego; ¡Estoy tan sola!...
Como otras veces, la compasión le rindió.
—Bien—dijo—, espérame; antes de las once estaré aquí.
Fuensanta le acompañó hasta la puerta; ya allí, sus manos, ágiles y blancas, llenas de amor; sus pobres manos, que la necesidad despojó de sortijas, le arreglaron el nudo de la corbata y le alisaron los cabellos.
—Hasta muy pronto—balbuceó—, hasta muy pronto... no tardes...
Al quedar sola, la actriz tuvo un ademán desesperado.
—¡No me quiere!—sollozó—. ¡Ya no me quiere!... ¿Cómo reconquistarle?
Quedóse quieta, los ojos puestos en un retrato de Villarroya, al pie del cual el novelista había escrito: «Estas dedicatorias siempre son tristes. Todas ellas parecen decir: «Cuando ya no me veas...»
Pasaron varios días, durante los cuales creció en Villarroya aquella laxitud melancólica que la sociedad de Fuensanta le producía. ¿De dónde emanaba tal despego? El novelista trató de escudriñarse, de oirse, de sorprender ese trajín subconsciente con que los deseos nuevos y las pasiones que se apagan van y vienen por el espíritu.
Empero sus esfuerzos analíticos no lograron llevarle á una solución transparente y rotunda. Unas veces imaginaba que todo ello era fruto ingrato de su carácter inseguro, siempre displicente, refractario á la grandeza de la inmovilidad; otras creía que era Fuensanta Godoy quien le había engañado, prometiéndole con su franca hermosura y su discreto hablar sensaciones y alegrías que luego no le dió. Poco á poco esta última idea prevaleció. Las mujeres que no sirven para heteras, ni tienen la pasividad de ceñirse á las prietas leyes de la ética tradicional, se parecen á esos individuos fracasados del arte, que habiendo nacido para vivir vulgarmente, pretenden, sin embargo, morir en belleza.Nada consigue aquietar su obstinación suicida: el hombre normal, el hombre adocenado que siente y discurre y sujeta sus actos á la costumbre, se halla obscurecido en ellos por un sujeto desencentrado y visionario, plantío de fanfarrias, panal de ambiciones descomedidas y de acedos rencores hacia los fuertes que caminan lejos de él y muy alto.
Así esas caprichosas que ni supieron envejecer en la calma de la virtud burguesa, ni tuvieron la valentía de sus pecados; la orgía franca las avergüenza y la paz de lo legal las aburre; cuando están recluídas sufren anhelos quemantes de libertad, y si campean á su albedrío experimentan el cansancio de los caminos demasiado largos, el miedo al barro de desdenes que la sociedad tira á los que se rebelaron contra ella. Al lado de tales mujeres, los hombres suelen hallarse mal; son almas enfermas, fatalmente tristes, que bajo el techo del hogar encalmado bostezan de hastío, y momentos después, en la bacanal, ponen sobre la sinfonía brillante de sus desenfrenos un treno de arrepentimiento; espíritus abúlicos, sometidos á todas las furias del no querer y del recuerdo.
Fuensanta Godoy era así; la desdichada, después de perder cuantas batallas libró con el amor y con el arte, sintió correr por su semblante y su cuerpo la vejez sutil de la melancolía: bruscamente sus ojos se apagaron, su boca perdió la línea graciosa de la dicha, sus ademanes fueron más lentos, la negra noche de sus cabellos palideció, sobresu frente el dolor trazó las líneas de ese pentagrama siniestro donde cada desengaño deja una nota. Involuntariamente Ricardo Villarroya reconocíase separado de ella, y la fijeza de este sentimiento era indiscutible: lo que él rebuscaba lejos de Fuensanta no era la novedad únicamente, sí algo positivo, un tesoro de sana alegría, que ella, envenenada por las murrias de su hundimiento, no podía darle. Además, el recelo de parecerse á la actriz, acabó de preocuparle; la tristeza y la vejez son contagiosas como el tifus, y aunque la infección es más lenta, el remedio, en cambio, es mucho más difícil. Villarroya tuvo miedo. ¿Qué sería de él, si de pronto, en plena lucha y por obra de ese influjo sigiloso, pero seguro, de la imitación, llegara á sentirse lacio y triste?
Y entonces el novelista decidió cerrar su blando corazón á todos los musiteos de la piedad y abrir entre él y la abandonada un azarbe inmenso, un abismo de paredes verticales, ancho y profundo, que imposibilitase toda reconciliación. ¡Bueno que se sufra en las horas de trabajo! Pero era imbécil, era suicida, permitir que aquel sufrimiento emborronase también la luz radiante de las horas dichosas. Tomaría la ofensiva: las mujeres demasiado buenas anulan á los hombres, porque les esclavizan al quitarles la ocasión de reñir con ellas.
—Una querida honrada, juiciosa, metódica, que ni siquiera se tome la molestia de engañarnos—pensaba irónicamente Villarroya—, es lo único que hace imperdonable el adulterio...
Entretanto continuaba visitando á Fuensanta, preso en el hechizo de aquella mujer inteligente, inmensamente triste.
Cierta noche, después de cenar, y hallándose ya metido en su despacho, dispuesto á escribir, Ricardo Villarroya recibió una carta: la traía un mozalbete de diez y seis á diez y ocho años, vestido de negro: un lacayito, sin duda, humilde y vergonzoso, que hablaba mirando al suelo.
Ricardo rasgó pausadamente la nema del sobre, donde la penetración zahorí del novelista acababa de ventear un lance amoroso.
—¿Quién te envía?—preguntó clavando en el muchacho sus ojos firmes.
—Una señora.
Villarroya desdobló el billete, mientras una sonrisa imperceptible, de vanidad y de conquista, pasaba bajo su recio bigote de color almagre. La carta decía:
«Una casualidad me ha permitido saber quién es el hombre que casi todas las tardes pasa bajo mis balcones, y el ilustre prestigio de su apellido ha exaltado los vehementes deseos que ya tenía de conocerle. ¿Cuándo y dónde podría acercarme á usted?»
El delicioso billetito no iba firmado, y tras aquella pregunta, envolvente como un abrazo, lo anónimo prendía el hechizo excelso de la obscuridad y del silencio. Villarroya palideció; luego se puso rojo; un segundo su alborotadizo corazón cesó de latir; temblaron sus músculos. ¿Por quélo ignorado ha de producirnos siempre una impresión de frío? ¿Será porque todos esos menudos misterios que nos tropiezan en la vida son reflejos ó partículas del supremo enigma de donde salen y adonde vuelven todas las cosas?
Ricardo meditó unos instantes, mientras consultaba su reloj; eran las nueve. En seguida, febrilmente, escribió al dorso de una tarjeta suya:
«Pasado un rato, á las once, espero á usted en la calle de Valverde, esquina á Desengaño. Beso á usted los pies.»
Mucho tiempo hacía que el mensajero se fué, y Villarroya aun estábase inmóvil, la cara entre las manos, los codos apoyados sobre su mesa de trabajo. Una emoción flageladora, absorbente como la succión de una vorágine, había limpiado de ideas su espíritu. A la luz que ardía serenamente en el comedio del despacho, los muebles arrojaban contra las paredes largas sombras inmóviles. La familia de Villarroya dormía. En el silencio de la casa, con sus puertas exornadas por severos cortinajes afelpados y sus suelos cubiertos de moqueta, se percibía vagamente el rítmico latir de un reloj; vaivén simbólico, decidor de hondos y graves misterios, elocuente como el caminar de un corazón.
Al cabo, Ricardo volvió á la realidad; eran las diez y media. Entonces se levantó, mató la luz, vistióse rápidamente el gabán, calóse el sombrero y sin despedirse de nadie salió de puntillas,con el andar, á la vez receloso y feliz, con que los hombres casados huyen del deber.
Cuando llegó á la esquina de las calles Desengaño y Valverde se detuvo inquieto, buscando ese perfil tentador, novelesco, que tienen, especialmente de noche, las mujeres que aguardan. Escaseaban los transeuntes; el claror bermejo de los faroles patinaba sobre las aceras humedecidas por la neblina; unos tras otros los balcones, los zaguanes iban apagándose, dejando en las calles vibraciones de sombra y de sueño; al fondo, bajo la lívida claridad estelar, la iglesia de San Martín levantaba sus torres achaparradas y macizas.
Habían sonado las once: poco á poco un gran silencio invadía la urbe, cuyas calles desiertas se alargaban inactivas, tortuosas y fláccidas, semejantes á brazos cansados; en la obscuridad, los minutos caminaban lentos, uniformes, pintando hacia la eternidad una línea de puntos negros.
Villarroya comenzaba á impacientarse. Aquella noche había cenado mejor que otras veces y disipada esa efervescencia, casi morbosa, que las buenas comidas producen en los temperamentos nerviosos, sus ideas iban diafanizándose. Hubo momentos en que creyó despertar: el peregrino incidente que allí le había llevado reapareció ante sus ojos con proporciones más modestas. Tuvo un ademán de cólera; luego sintió vergüenza de sí mismo. Era imperdonable en él, hombre de mundo, la precipitación con que citó á su admiradora, quien seguramente no esperaba verlehasta pasadas veinticuatro horas, cuando menos. Se había comportado como esos barbilindos fatuos, recién llegados á la vida, á quienes vuelven locos las impresiones.
—¡Soy un majadero!—exclamó.
Continuó paseándose, mientras se atusaba bruscamente su áspero bigote rojizo, mojado por la niebla. Le enfurecía la idea de aparecer ridículo ante aquella mujer para quien, indudablemente, la espera constituía lo más alquitarado de la sensación. Reconocíase vencido, aplastado, bajo la vulgaridad de su impaciencia; nada podía disculparle; puesto en su lugar un estudiantillo de primer curso de latinidad, no lo hubiese hecho peor.
Dieron las once y media en uno de esos viejos relojes de torre cuya campana preocupa de noche á los enfermos. Una pareja de enamorados pasó junto á Villarroya y desapareció por la retorcida escalerilla que sube á los comedores íntimos del antiguo café Habanero. Iban muy amartelados; ella vestía un elegante gabán de color gris. El novelista, que recordaba haberles tropezado días antes en la Moncloa, les acompañó con los ojos, y luego vió, tras las cortinillas sutiles de una ventana que acababa de iluminarse, la conjunción feliz de dos sombras. Un instante la despierta curiosidad de Villarroya avizoró un coche que se acercaba lentamente; pero aquel vehículo, cuyo caballo fatigado apenas podía andar, iba vacío, arrastrando á lo largo de la calle una tristeza penetrante de habitación desalquilada. A las doce, convencidode la inutilidad de su espera, el novelista, muy abatido y maldiciendo de sí mismo, regresó á su casa.
—¡Soy un imbécil!—repetía—¡he frustrado una aventura preciosa por una tontería!...
Caminaba despacio, el paso largo, los brazos colgantes. Su gesto tenía el cansancio del hombre que sube una cuesta tirando de algo: así iba él, vencido, desesperanzado, cual si llevase su ilusión muerta arrastras.
Para consuelo suyo, al día siguiente recibió por correo otra carta, también anónima, de su desconocida. La epístola, que era muy breve, empezaba así:
«Un quehacer repentino me impidió acudir anoche á su cita. Al pronto, si he de ser franca, diré que lo sentí; pero muy luego me consolé, y ahora me alegro de continuar siendo para usted un misterio. Es usted vehemente y curioso con exceso. Por eso temo que nos acerquemos; la experiencia me ha demostrado que los hombres así olvidan pronto.
»Más calma, amigo querido, mucha más calma; es un pequeño consejo que mi criterio modesto da al escritor eminentísimo. No olvide usted aquella ingrata ley de nuestra ambulante Naturaleza, según la cual, cuanto más tardemos ahora en unirnos, más tardaremos luego en separarnos...»
Y concluía:
«Si quiere usted responderme, hágalo á Lista de Correos, cédula antigua, número.....»
Por la tarde, según costumbre, Villarroya fué á casa de Fuensanta. La actriz se hallaba repasando junto á la ventana uno de esos viejos sotanís que suscitan en las actrices retiradas recuerdos amargos de teatro y de amores. Llovía. Invadía la habitación un claror plomizo que exaltaba la tristeza de los muebles, la raridad de la alfombra, el frío de las paredes, con sus coronas marchitas y sus retratos, donde las antiguas imágenes se descomponen como en la humedad de la tierra se borra el contorno de los cadáveres.
Durante los primeros momentos, excitado por las zozobras de su incipiente aventura, el galán mostróse locuaz y gaitero. Pronto, sin embargo, su inquietud se aplacó y el pensamiento dióse á voltigear en torno de lo que más le complacía. Fuensanta advirtió su preocupación.
—¿Qué tienes? Te hallo triste ó inquieto... ¿Quizás algún disgusto?
Las facciones de Ricardo no dejaron traslucir, ante la mirada buída de la actriz, emoción ninguna.
—Nada me sucede—repuso—; lo que notas en mí es cansancio. Anoche trabajé mucho; hoy también necesito escribir.
Suavemente, observándole de hito en hito, mientras por sus labios divagaba una sonrisa de tristura y de ironía, Fuensanta replicó:
—¿Estás cierto de haber trabajado mucho anoche?
—Segurísimo.
Ella no contestó y siguió cosiendo.
El exclamó con cínica osadía:
—¿A qué viene eso? ¿Qué recelos tapa tu pregunta? ¡Desconfías de mí!
—No.
Y añadió, suspirando con una inspiración larga y entrecortada:
—¡Pobre Ricardo!
—¿Me compadeces?
—Mucho.
Villarroya se encogió de hombros.
—Te compadezco—agregó Fuensanta—porque eres un iluso, un gran desdichado, un présbita de la vida, que, para gozar de las cosas, necesita tenerlas muy lejos.
Esta vez no se defendió; los reproches de su amiga no le mordían, al contrario; la esperanza de burlar la custodia celosa de aquella mujer á quien nunca había engañado, producíale ese alboroto agridulce, flor de pubertad, que la juventud experimenta ante la perspectiva de la primera falta. Un regocijo indefinible le poseía; su voluntad, enmohecida por el quietismo sentimental de aquellos meses, se desperezaba alegre en la esperanza de una aventura nueva; sobre su corazón, el billetito anónimo que oculto llevaba en un bolsillo secreto, parecía nimbarle con la luz radiosa de un amanecer.
Aquella noche el novelista no vió á Fuensanta, y á última hora, cuando salió del teatro, fué á refugiarse en un café solitario; uno de esos cafésexcéntricos adonde los misántropos y los enamorados concurren, en la dulce seguridad de no tropezarse con ningún amigo.
Villarroya quería responder á la desconocida, interesarla, mortificar su curiosidad, precipitar el desenlace de la aventura lo más posible. El café por Ricardo elegido se hallaba á la sazón completamente vacío; la madrugada iba llegando; faltaban minutos para las dos; la luz de las lamparillas eléctricas resbalaba yerta sobre las paredes estucadas y bruñía el dorso lapidario de las mesas, que, vistas á distancia, parecían arrugas de una enorme sábana de mármol. Junto al mostrador, varios camareros, cuyos cráneos calvos también brillaban á la luz, escuchaban atentos lo que uno de ellos leía en un periódico.
Ricardo pidió recado de escribir; mas antes de poner la pluma sobre el papel creyó prudente releer aquel anónimo, ingenuo y burlón á la vez, donde simultáneamente se sentía admirado y compadecido. Por la cálida imaginación del novelista las más disparejas ideas se atropellaban. Recordaba el aspecto del mozalbete que le llevó la primera misiva, quien por su traje y respetuoso comedimiento bien podía servir de espolique en alguna casa principal; y luego atisbaba la calidad y fino perfume del papel donde aquellas dos cartas fueron escritas y el desaliño de la escritura, buscando en todo pruebas de la condición, patricia ó plebeya, de su autora. ¿Quién sería?... Acaso una hetera conquistada pasajeramente porel renombre del artista en boga, ó una virgen exploradora de sensaciones, ó alguna de esas viudas que, después de vivir muchos años en la virtud, se asustan repentinamente de llegar á viejas sin satisfacer el capricho, latente en todas las mujeres, de haber sido livianas...
Sea como fuere, juzgó que lo que con más ventaja podía oponer á las misivas malévolas y breves de su admiradora era una carta larga, quemante, apasionada; pues, al cabo, en la vida, como en el teatro, la fuerza triunfa siempre de los amaños retóricos que fraguan la discreción y la ironía.
Dominado por esta idea, comenzó á escribir:
«Señora: No la conozco y ya adoro en usted; la adoro porque es usted rara, refinadamente extraña y única, en medio de esta sociedad donde todos se parecen á todos...»
Continuó escribiendo velozmente, sin detenerse á corregir, como enajenado por una ráfaga de elocuencia, hasta llenar las cuatro carillas del pliego de nerviosos renglones dictados por el estilo más frondoso y plateresco.
Noches después escribió otra carta; pero esta vez su verbo era sentimental, ligero, meramente, descriptivo, pues recelaba mostrarse á los ojos lectores de su dulce enemiga declamador y grandilocuente en demasía.
«Me dirijo á usted—decía—desde un modestísimo cafetín de la plaza de la Cebada. Estoy solo, estoy triste, y en estas horas de quietud y de melancolía,mi pensamiento andariego hacia usted se vuelve. El aspecto del escenario que me rodea coadyuva á fortalecer esta grata evocación.
»¿No ha pensado usted nunca (usted que, como yo, conoce «el lenguaje delicado de las cosas») en lo que podríamos llamar «el alma del café»?
»Los cafés concurridos me son odiosos; su alma es vulgar; alma canallesca que ríe groseramente y discute á gritos, y se apasiona sin motivo y huele á tabaco. Al penetrar en ellos, una ráfaga de aire caliente nos golpea el rostro; ojos curiosos nos salen al encuentro, adivinan nuestra profesión, nos preguntan «qué buscamos allí». Greguería de plazuela invade su ambiente humoso; sobre el fondo bermejo de los divanes, y á la luz perlina de las lamparillas eléctricas, vibra una multitud de sombreros de copa, de hongos, de blandos y artísticos chambergos abollados por la distracción de un ademán. Y aquella atmósfera de horno sofoca, y aquel recio murmullo de conversaciones irrita los sentidos y predispone efermizamente los nervios al impulso.
»Mejores son los cafés solitarios y mudos de los arrabales. Esos establecimientos tienen un espíritu bueno; entre sus muros de colores suaves las pisadas resuenan tranquilas y las conciencias «se sienten» pulcramente; algo familiar late en ellos; su alma sencilla es de amor y de paz.
»De noche los llena una gran luz blanca; los suelos están limpios; al hilo de las paredes, y bajo los altos espejos de dorado marco, el respaldo delos divanes pinta un zócalo rojo: aquí y allá, en los rincones, hay parejas cuchicheantes de enamorados, señores graves que leen un periódico, individuos distraídos ó atormentados quizá por preocupaciones hondas, que miran al espacio. Junto á una columna surge el perfil vigilante de algún mozo, silueta amable, inmovilizada por el hábito servil de la espera; y como su delantal blanco le oculta la parte inferior del cuerpo, su cabeza y sus hombros parecen los de un busto puesto sobre un pedestal.
»Muchas veces he meditado ante el enigma de esas figuras, calladas y quietas, que encanecen en el silencio de los pequeños cafés excéntricos: son tipos que tropezamos casualmente un día en que la lluvia ó la necesidad de escribir una carta, como la presente, nos condujo allí, y que más tarde, al regresar de un viaje que acaso duró varios años, tornamos á ver en el mismo sitio. Entonces su recuerdo renace en nuestra memoria obsesionándonos. Su traje probablemente será nuevo, pero tiene idéntico color, el mismo corte que el que vestía cuando les conocimos; la expresión de su actitud resignada también es igual. Algo fuerte emana de ellos: es el poder de lo inmóvil, de cuanto envejece sin temblar, de lo que aguarda. Al mirarnos parecen decirnos: «Ya sabíamos que habías de volver...»
»¿Quiénes son?—pensamos.
»Uno de ellos se llama don Juan, el otro puede llamarse don José ó don Pedro; mas de su vidaíntima nadie sabe. Una mecánica inexorable rige sus actos. Tienen «un modo» de penetrar en el café, de quitarse el gabán, de sentarse, de desdoblar su periódico; luego, siempre á la misma hora, llaman al camarero sin ruido, con una leve inclinación de cabeza, pagan y se van, lentamente, cual si midiendo fuesen el espacio que les separa de la puerta. Acaso sean solterones que no quisieron componerse una familia, ó viudos cuyos dormitorios enfrió la muerte, ó casados para quienes no existe esa voz de amor que apaga sigilosamente en los hombres el deseo de salir á la calle de noche... Y por eso van allí; porque el alma bondadosa del café, tibio y señero, tiene para sus voluntades tristes blanduras de hogar.
»Algo extraño flota en el aire de esos salones de «todo el mundo»: es la melancolía que esparcen á su alrededor los viejos solitarios, el rastro de ingratitud que dejaron tras sí aquellos amantes que vimos allí durante un invierno, y de pronto desaparecieron, separados por la misma enfermedad de olvido que arrancó de nuestra mano tantas manos blancas.
»Ah! Si los espejos de los cafés, esos buenos espejos sobre los cuales todas las mujeres, al marcharse, lanzan una mirada, pudiesen hablar, sabríamos por qué es tan triste el rostro de los viejos...
»Y ahora, dígame usted, señora: ¿Será posible que más adelante, alguna noche como ésta en que haga frío y llueva, la cabeza de usted y la mía se reflejen juntas sobre el mismo cristal?...»
Varios días transcurrieron sin que las cartas de Villarroya obtuviesen contestación. El espíritu receloso y alambicador del novelista comenzó á impacientarse. ¿Por qué aquel silencio? Repasó espaciosamente todo lo hecho y dicho por él durante aquella última semana y no halló nada que reprenderse. Examinó la posibilidad de que sus misivas se hubiesen perdido, y esto, lejos de mortificarle, dió á su amor propio dulce contentamiento: mas luego, reflexionándolo mejor, reconoció que un tal accidente, por demasiado casual, no debía admitirse ni menos erigirlo en norte ó guión de sus actos, y que, de consiguiente, en aquel mutismo torturador, como preparado por un hábil folletinista, sólo había una coquetería de mujer. A pesar de tales reflexiones, el burlado galán no podía reducir su sobresalto. Fuensanta, que le observaba implacable, lo conoció, y su rostro, siempre triste, pareció cubrirse de una melancolía nueva. Ricardo confesó su inquietud, que él achacaba hipócritamente al desequilibrio que en sus nervios dejó el excesivo trabajo de aquellos días. Este malestar forzábale á moverse, á sentirse aburrido en todas partes, á huir de sí mismo. Apenas llegaba al lado de la actriz, una murria inexplicable trastornaba sus pensamientos; su carne se quejaba de la dureza de la silla; el aire de la angosta habitación oprimía sus sienes; los muebles, los viejos retratos, la luz de pozo de la ventana, le sugerían evocaciones dolorosas; bruscamente, sin saber por qué, dejaba de hablar ó interrumpíagrosero á Fuensanta Godoy con ademanes de fastidio, ó cambiaba de asiento, pareciéndole que estas mutaciones de actitud, al mismo tiempo que trocaban á sus ojos la perspectiva de los objetos, recababan para su espíritu cierta paz momentánea. Cuando salía de allí, también hallaba cierto alivio en caminar de prisa; iba al teatro, al Ateneo ó al café, buscando ávidamente personas, fuesen ó no de su intimidad, con quienes charlar. En pocos días esta neurosis creció velozmente; el aislamiento y el reposo llegaron á darle la alucinación angustiosa del ahogo; se desesperaba; su voluntad iba de un deseo á otro buscando inútilmente una posición cómoda; su tormento era el tormento de esas almas vagabundas para quienes cada hora trae un problema; el problema, jamás resuelto, de lo que han de hacer.
Una carta de la Ignorada, una divina carta que venía del misterio, calmó esta inquietud. Escrita con firme pulso, decía así:
«Aquellos párrafos que describen lo que usted llama «el alma del café», son muy bonitos; pero advierto sorprendida, que usted, como la mayor parte de los señores novelistas, en cuanto salen del mundo de sus imaginaciones cometen los errores más vulgares.
»Sí, admirado amigo: el retrato que su pluma, tan hábil cuando inventa, ha hecho de mi espíritu, es completamente falso. Yo no soy rara, lo confieso llanamente, aunque mi confesión lastimeun poco la más linda esperanza de usted. Repito que lo extravagante no me saludó nunca. Soy una mujer rica y libre que procura distraerse dando satisfacción á todos sus antojos. Los artistas, los «profesores de belleza», merecieron siempre mis simpatías; hoy me interesa usted, como ayer me interesaron otros hombres, como es probable que mañana un nuevo ideal alcance en mi corazón el puesto que usted ahora, por el mérito de su talento, ocupa. En esto, como usted ve, sólo hay egoísmo. ¿Qué quiere usted? ¡Soy así! El menor de mis caprichos me infunde veneración mística. Respételos usted también; es un consejo que me permito darle: los caprichos son flores sagradas de ilusión, lujos de juventud, coronas de lirios y de rosas que deshojan los años.
»Sin embargo, como deseo complacerle y sé que adora usted lo raro, quiero que nos conozcamos «raramente». ¿Cómo? Muy sencillo:
»Cíteme usted de noche y en una habitación donde podamos estar á obscuras. Hablaremos. Del sesgo de nuestra conversación dependerá que usted dé luz y yo me quede, ó que usted no dé luz y yo me vaya; mas, antes de acceder á esto, necesito recibir la seguridad de que el caballero á quien tan notablemente me confío sabrá respetarme.»
A pesar de lo mucho que Ricardo Villarroya había vivido, la soberana novedad del lance le deslumbró. Otro hombre, en su lugar, hubiese desconfiado de aquella cita inverosímil; pero él novaciló; y como á fuerza de perseguir lo raro, lo estrambótico era su elemento, apresuróse á estrechar aquella mano blanca que le buscaba en la sombra.
Las circunstancias, sin embargo, no le ayudaban. Unas malas horas de juego pasadas en el Casino habíanle dejado sin blanca; además, su pobre mujer estaba encamada, inmovilizada por un violento ataque de reuma. Era indispensable, de consiguiente, hallar dinero y buscar un pretexto fuerte, lógico, que justificase su ausencia del domicilio conyugal durante una noche.
Sin otras reflexiones ni más cautelosos atisbos, Villarroya llegóse al dormitorio de la paciente. Eran las seis de la tarde; una lamparilla eléctrica ardía junto á la cabecera del lecho dentro de una piña de cristal azul, y su luz esparcía por el estuco un suave verdor amarillento.
Ricardo se aproximó á la enferma, frotándose las manos con esa ufanía característica de los hombres saludables.
—Hola, «Chulita», ¿cómo estás?
Levantó ella pausadamente la cabeza y su dolor y la alegría de verle dieron á sus ojos una expresión húmeda. El día lo había pasado bastante mal; á ratos imaginaba que sus fémures se partían, y bien echaba de ver que la Naturaleza es peritísima hechicera en el arte de torturar y que nadie como ella sabe oprimir los tornillos del suplicio, y dar duración á las ansias. Agregó:
—Pasado un ratito me aplicaré una inyecciónde morfina; de otro modo no podría dormir.
Villarroya escuchaba haciendo gestos de disgusto y conmiseración.
—¿Por lo visto, no has experimentado mejoría ninguna?
—No.
—¡Voto á...!
Se detuvo, rascándose la barba nerviosamente.
—Y estas contrariedades ocurren—prosiguió—cuando más hay que hacer y más tranquilidad de espíritu necesito.
—¿Tienes algún asunto pendiente?
—¡Figúrate!... Venía á decirte que mañana, probablemente, no dormiré aquí... ni aquí ni en ninguna parte...
—¿Cómo?
Por el semblante de la joven pasó un gran susto; era el temor de que á su marido le amenazase algún peligro; un desafío, tal vez... Hubo en su carilla carnosa, enmarcada por un abundante desbordamiento de negros cabellos, una emoción de perplegidad.
El novelista repuso:
—Tengo ensayo general después de la función...
—¿Cómo? ¿Pero vas á estrenar?
Villarroya sintió flaquear su aplomo.
—¡Bah! Es una obrilla sin importancia, una quisicosa que he hilvanado, por compromiso, en tres ó cuatro horas...
Hubo un corto silencio. La esposa preguntó:
—¿Cómo se titula?
Su acento fué irónico. Luego, viendo que Villarroya tardaba en responder, sonrió. Ricardo lanzó una carcajada y, repentinamente, lleno de ternura y de amor hacia su compañera, la abrazó. Ella exclamó sin enfadarse, con esa grandeza maternal de espíritu que las mujeres vulgares y celosas—celosas porque son vulgares—no comprenden:
—Para decirme que deseabas pasar una noche fuera de casa no necesitabas mentir...
Cuando Villarroya salió á la calle iba incomodado consigo mismo; realmente, lo que acababa de hacer era una infamia; su pobre «Chulita», tan resignada, tan indulgente, no merecía ser tratada así. Después pensó en Fuensanta. Pero, poco á poco, estos remordimientos fueron disipándose según el porvenir tornaba á convencerle de que lo desconocido es lo mejor...
Desde su casa corrió Ricardo á la de su editor, á quien halló en uno de esos momentos de pesimismo que hacen inabordables á los mercaderes. Villarroya le pidió mil pesetas á cuenta de su último libro; su acento era de angustia. El editor lo comprendió así; por otra parte, conocía el desequilibrado vivir del novelista, y aprovechó la ocasión que se le ofrecía de realizar, á cambio de un pequeño anticipo, un buen negocio. Sus astutas negativas triunfaron; Villarroya vendió la propiedad absoluta de su obra por ochocientas pesetas.
Los dos hombres se despidieron sonrientes y alegres. Inmediatamente Villarroya penetró en un estanco, pidió recado de escribir y á vuela pluma trazó estos renglones concisos, expresivos, de letras violentas, como escritos por una mano de veinte años:
«La espero á usted mañana en la calle de..., número..., á las diez y media de la noche. Vaya usted tranquila.»
El refugio elegido por el novelista para la cita era una de esas casas tolerantes, misteriosas como capillas consagradas á algún rito exótico, sobre las cuales las mujeres que viven en virtud lanzan furtivas miradas de curiosidad. Algo silencioso las rodea, y su fachada dice recuerdos á la experiencia de los hombres, y promesas de fuertes y procelosas alegrías al candor de las vírgenes. Bajo su techo, los amantes, los adúlteros, todos cuantos el vicio, la miseria ó la pasión, ponen fuera de la ley, se encuentran, y el murmullo feliz de sus risas sube al espacio como una evaporación de carne rosada. De día, esos asilos, con sus ventanas entornadas, á donde nadie se asoma, parecen muertos; pero por las noches, en la obscuridad de la calle y junto á los portales virtuosos, honradamente impasibles al frío de los desheredados sin albergue, su zaguán hospitalario, siempre abierto, pinta un rectángulo blanco, ante el cual la moral ceñuda pasa sin mirar.
Ricardo Villarroya había retenido dos habitaciones,ricamente decoradas, que pondrían á su aventura marco digno. Cuando llegó, todavía faltaban minutos para las diez y media. Una mujer huesuda y alta salió á recibirle; una de esas viejas dueñas en cuyos ademanes la costumbre que tuvieron cuando jóvenes de agradar dejó un ritmo elegante. El novelista saludó:
—Buenas noches, Concha.
Ella correspondió al saludo con una sonrisa y se estrecharon las manos apretadamente, largamente, con la efusión de la complicidad.
—¿Ha venido?—dijo él.
—No.
Y añadió maquinalmente, por el hábito que tenía de serenar las impaciencias de los hombres:
—Aun es temprano.
Le condujo á las habitaciones que Villarroya había elegido. Allí se sentaron. El miraba á todas partes atentamente, fijando en su memoria la situación de los muebles y de las puertas, para luego no tropezar en la obscuridad. También buscó el botoncillo de la luz. Ella comprendió:
—Lo tienes ahí—dijo—, á la derecha de ese espejo.
Ricardo hizo un signo afirmativo. Hubo un silencio. Concha exclamó:
—Cuenta, cuenta... ¿Qué haces ahora? ¿Cuál es tu vida después de tanto tiempo?... Ya vi tu última comedia; muy hermosa...
Animada por un movimiento de sincero interés amistoso, preguntóle por sus hijos, sin advertirque estos recuerdos le producían cierto malestar. La conversación giró hacia el asunto que les había reunido.
—Ahora puedes explicármelo bien—dijo Concha—, porque esta tarde, como viniste tan de prisa, apenas me enteré.
Ricardo leyó en alta voz la última carta de su admiradora. Ella le inspeccionaba atentamente, con sus ojos astutos habituados á las emboscadas de la vida y capaces de reflejar todas las emociones menos la del asombro.
Poseído de pueril ufanía, Villarroya exclamó:
—Dí, Concha, tú que tantas cosas viste; ¿no es cierto que mi aventura es extraordinaria?
—Efectivamente.
—¿Y no crees también que tengo motivos para dar brincos de alegría?
Ella no respondió, y su silencio puso en los oídos del galán la frialdad de una negativa. Ricardo consultó su reloj; faltaban veinte minutos para las once; la repentina sospecha de que la tan Esperada no viniese extendió por sus nervios un sacudimiento de dolor. Recordó que ella no acudió á la primera cita y que esta desilusión podía repetirse.
Concha había encendido un cigarrillo y miraba al suelo pensativa. De pronto, exclamó:
—¿Tú no sospechas quién pueda ser la autora de esas cartas?
—No.
—¿Conociste durante estos últimos meses algunamujer que, más ó menos explícitamente, se haya manifestado enamorada de ti?
—No recuerdo... De ella sólo sé que habita en una calle por donde yo paso con frecuencia, pues en su primera carta lo declara así. Mas eso poco ó nada explica; ¡recorre uno tantas calles al cabo del día!...
Se detuvo, rebuscando aún entre sus recuerdos. Concha lanzó una carcajada malévola.
—¿Y estás seguro de que todo ello no sea una broma?
—Las mejillas de Ricardo Villarroya, de coloradas que estaban, se tornaron lívidas; un momento su corazón impresionable cesó de latir; al través de la multitud de ideas que le agitaban, su espíritu realizó una cabriola funambulesca, enorme.
—¡Una broma!—repitió—; ¡imposible! ¿Quién iba á hacerse eso?...
—¡Toma, cualquiera!... Un amigo que ha querido reir á costa tuya y que á estas horas quizá esté refiriéndolo en la mesa del café.
Como Villarroya no respondiese, agregó:
—Sí, hombre, eso debe de ser, porque lo otro raya en lo novelesco, no lo dudes; ¡lo que parece imposible es que un hombre como tú, corrido, no adivine ciertas cosas!
Ricardo permaneció callado, no sabiendo qué razones oponer á las de aquella trujamán desilusionada que hacía del «mal pensar» un criterio infalible. En su interior voces proféticas leaseguraban que la desconocida existía, que se acercaba pensando en él...
Tornó á ojear su reloj; eran las once menos cinco; silencio absoluto llenaba la casa adonde nadie, por coincidencia rarísima, había llegado pidiendo alojamiento. Villarroya tembló; acababa de sentir pasar por la habitación ese gran frío magnético de las citas frustradas. Temores infantiles agitaron su conciencia; recordó que durante aquellos meses últimos su buen humor, contristado tal vez por la presencia umbrosa de la actriz, había declinado, y que la víspera Fuensanta Godoy, mística y supersticiosa, le dijo al despedirle: «Yo he rogado á Dios que nadie te quiera...» ¿Qué virtualidad podían tener aquellas palabras? ¿Sería cierta esa terrible «influencia á distancia» de que los hechiceros medioevales se decían investidos?... El novelista creyóse juguete de alguna mujer irónica ó coqueta, que le citaba para desesperarle y aumentar con aquellas fintas sus ya furiosos deseos de conocerla, y tuvo miedo; miedo de hallarse solo otra vez consigo mismo, expuesto á las torturas de una nueva carta, que ignoraba si tardaría muchos días en llegar á él, ó si no vendría nunca...
Sus ojos interrogaron automáticamente el viejo reloj de bronce que adornaba la chimenea; uno de esos relojes inútiles y vistosos que parecen presidir la vida de los dormitorios, y están siempre parados, como temerosos de separar á los que se quieren. Concha observó aquel movimiento.
—Son—dijo—más de las once.
Fuera, en el vano rumoroso de un patio, resonaba la canción de la lluvia. Concha, que sentía frío y sueño, arrebujóse mejor en su mantón y encendió otro cigarrillo. La voluntad de Ricardo experimentó una depresión: acababa de reconocerse un tanto ridículo rindiéndose así, tan prematuramente, al contento de una cita en la que no tenía motivos para confiar, y comprendió que el ruido del aguacero le consolaba, porque parecía dar á su chasco cierta disculpa. Lentamente, las ilusiones voraces que allí le arrastraron iban declinando; una modorra invasora y sutil le penetraba; sus labios, cansados, bostezaron entre el rojo bosque de la barba. Todavía, sin embargo, su esperanza impuso á su impaciencia un nuevo plazo. Esperaría otro cuarto de hora, nada más que un cuarto de hora, y después... Aguardó, sin embargo, veinticinco minutos. A las once y cuarenta se levantó, sin cuidarse de enmascarar su rabioso humor.
—Me voy—dijo.
Se dirigió hacia la puerta. Concha caminó tras él, murmurando:
—¿Por qué no aguardas un poco más?
—Lo considero inútil; esto va picando en juego de chiquillos.
Aún tuvo un momento de flaqueza.
—Si ella, por una casualidad, viniese—dijo—, convéncela de que no deje transcurrir el día de mañana sin escribirme.
Cuando llegaron al recibimiento, se detuvieron mirándose sorprendidos y alegres; acababan de llamar;al otro lado de la puerta se percibía unfrufruteoliviano de faldas. Concha hizo á Villarroya un guiño expresivo para que se ocultase; rápidamente el novelista desapareció tras una cortina. Sin prisa, la vieja dueña abrió la puerta. Desde fuera una voz femenina preguntó:
—¿Don Ricardo Villarroya?
—Sí, señora; aquí es.
En la penumbra del recibimiento que Concha acababa de dejar á obscuras, perfilóse vagamente el cuerpo de una mujer, alta y garrida, vestida de negro, el rostro cubierto por un antifaz. Concha añadió, cogiéndola suavemente por una mano:
—Venga usted...
Guióla algunos pasos por entre las tinieblas del corredor; en seguida retrocedió; Ricardo Villarroya había salido de su escondite y preguntaba con gestos el sitio donde la desconocida esperaba. Concha bulbuceó:
—Ahí la tienes, en el pasillo. Yo me voy al piso de arriba.
Marchóse, cerrando la puerta. La obscuridad del recibimiento fué impenetrable. San Román avanzó mesuradamente, los brazos extendidos, hasta que sus dedos, abiertos por la ansiedad de la rebusca, tropezaron con una mano pequeña y enguantada. Allí estaba la desconocida aguardándole, inmóvil. Ricardo preguntó:
—¿Es usted, verdad?
Ella repuso suspirando, más que articulando, las palabras:
—Sí; yo soy...
—Sígame usted.
Caminaron sin soltar él aquella manecita, un poco temblorosa, que difundía por su brazo calor febril, y penetraron en una habitación cuya puerta el galán cerró cuidadoso. Un tintineo casi imperceptible de pulseras y el sérico crujir de la falda decían que la tapada temblaba bajo sus vestidos.
—No tenga usted miedo—observó Ricardo—; estamos completamente solos.
La condujo sin tropezar por entre los muebles que invadían el perímetro de la estancia, y cuya disposición veía con los ojos de la memoria, y fué á sentarla en un sillón, de espaldas al dormitorio: él colocóse á su lado, sobre un diván. Hallábase agitadísimo, tanto, que apenas sabía empezar el diálogo. Por decir algo exclamó:
—¿Está usted ya más tranquila?
Ella murmuró, con acento andaluz muy marcado:
—Hable usted bajo.
—¿Por qué?... Nadie nos oye; la casa nos pertenece, al menos, durante el espacio de esta noche.
Hubo una pausa; la desconocida parecía meditar su respuesta.
—No importa—dijo—; yo, que quiero satisfacer abundantemente su afición á lo raro, echaré sobre esta primera cita toda clase de secretos: el enigma de la obscuridad que nos aisla, y también el misterio de las conversaciones musitadas, que nublan el verdadero timbre de la voz que nos habla y parecen venir de muy lejos.
Contestación tan peregrina enardeció á Villarroya.
—Es usted admirable—exclamó—; yo sabré escribir libros y comedias, pero usted me enseña el arte supremo de embellecer y refinar la vida; es usted, por consiguiente, más artista que yo.
Emprendieron una conversación movida, heterogénea, llena de preguntas, como si en aquel seguido hablar de asuntos diversos mutuamente quisieran arrancarse algún secreto.
—Cuando usted llegó—decía Villarroya—iba yo á marcharme.
—¿Se aburría usted?
—Muchísimo; estaba desesperado; creí que usted no vendría.
—No pude llegar antes.
—Yo, en cambio, estoy aquí desde la diez.
—No le creía á usted tan libre, ¿Acaso no tiene usted, fuera de su casa, ninguna mujer que le aguarde?
La imagen pálida, enlutada, trágicamente triste, de Fuensanta Godoy, extremeció la memoria del novelista; recordó su nariz afilada por el dolor, sus labios sin sangre, sus ojos de ébano hinchados de llorar... Pero espantó bravamente aquella visión acusadora, y repuso:
—Yo no quiero á nadie, á pesar de los esfuerzos que una vez y otra hice para sentir amor. ¡Créame usted; no puedo! De los seres buenos, pero uniformes y borrosos, que me circundan, sedesprende un vaho odioso, sedante y enervador de vulgaridad.
Ella tardó segundos en responder:
—Y yo, ¿cómo soy?
—A mis ojos, sublime: había usted de ser fea y perversa, y yo la adoraría. ¡Ah! Usted no se parece á las demás mujeres; usted es divina...
—¿Divina?... ¿Por qué?
—Porque es usted rara. Ser rara es tener personalidad; ¿y sabe usted lo difícil, lo imposible casi, que es en esta sociedad, donde la imbecilidad ambiente nos reduce y penetra, quedarnos en nosotros mismos, no parecernos á los demás?
Continuó hablando, siempre en voz baja para complacerla, y gradualmente su imaginación iba exaltándose y readquiriendo aquel verbo seductor y ardiente tantas veces aplaudido en las asambleas. Oleadas de sangre invadían su cabeza.
—Para arrostrar sin flaqueza los rudos combates del arte—decía—, necesitamos sentir á nuestro lado la presencia confortadora de un ideal muy alto. Lo de menos son las ganancias y los elogios, pocas veces leales, de la crítica. Lo más puro, lo exquisito, es tener un rincón, sea cual fuere, donde una mujer inteligente, enamorada de nosotros, exclame al echarnos los brazos al cuello: «¡Qué bonito es tu artículo de anoche!» Entonces una alegría indescriptible nos invade, nuestras fuerzas se duplican y sufrimos el mordiente anhelo de escribir mejor, ¡siempre mejor!, para que ella nos lea. Nuestro espíritu, que su imagen mejora, á ellavuelve: queremos distraerla, agasajarla, protegerla contra los feos recuerdos, y si de noche sonríe dormida, pensamos que sobre su frente revuela nuestra última canción.