V

Al oír aquel grito, lanzado simultáneamente por Vanda, Marmouset y Shoking, hubiera podido creerse que acababan de descubrir los cadáveres mutilados de Rocambole y Milon.

Pero no era así sin embargo.

Lo que les había producido tan violenta impresión era el haber hallado cerrada por una enorme roca la entrada de la galería.

Ahora bien, aquella roca no podía ser la que, desde la sala circular, Marmouset y sus compañeros habían visto desplomarse detrás de Rocambole y Milon.

Era otro hundimiento casi a la salida del Támesis.

De consiguiente podía suponerse con fundamento que los desplomes que se habían efectuado detrás de los fugitivos continuaron delante de ellos, y que habían perecido entre las ruinas.

Por lo demás, había una manera segura de convencerse de ello.

Después de haber examinado las espesas yerbas que cubrían la entrada de la galería, Marmouset creyó haber adquirido la certeza de que nadie había pasado recientemente por aquel sitio.

Pero existía otro medio de comprobación mucho más elocuente.

A la hora de la marea alta, las aguas del Támesis invadían el subterráneo, ocupando un espacio de muchos metros; y luego, al retirarse, dejaban una espesa capa de cieno, la cual debía conservar necesariamente las huellas de Milon y de Rocambole.

Pero Marmouset buscó en vano el menor vestigio: en vano registró todo el suelo con ayuda de la linterna. Ningún pie humano había hollado recientemente aquel sitio.

Además, la peña desprendida de la bóveda estaba enteramente seca; lo que probaba evidentemente que su caída era posterior a la retirada de las aguas.

Vanda, Marmouset y Shoking se miraban pues con un temor indecible.

La duda no podía prolongarse por más tiempo.

O Rocambole y Milon habían perecido bajo aquel desplome a tiempo que huían; o bien habían quedado encerrados entre los dos peñascos que se desprendieron a cierta distancia uno de otro.

Esta última hipótesis era la única y suprema esperanza que Vanda podía conservar aún.

La pobre joven miraba a Marmouset, retorciéndose las manos con desesperación, y murmuraba sin cesar:

—¿Qué hacer? ¡Dios mío!... ¿qué hacer?

—¡Oh! por mi parte no lo sé tampoco, repuso Marmouset.

Pero de pronto tuvo una inspiración.

Entregó la linterna a Shoking y, aproximándose al peñon que cerraba la galería, se acostó por tierra casi debajo de él y aplicó el oído.

Vanda le contemplaba sin comprender bien lo que hacía.

Marmouset escuchaba.......

Escuchaba, sabiendo que ciertas piedras de materia calcárea poseen una sonoridad prodigiosa.

Esta experiencia se semejaba algún tanto a la del médico cuando asculta el pecho de un hombre que no da signo de vida, a fin de convencerse de que el corazón ha dado su último latido.

La ansiedad de los actores de esta escena acrecía por momentos, cuando de repente Marmouset levantó la cabeza, y su rostro pareció iluminarse.

—Oigo alguna cosa, dijo.

—¿Qué? preguntó Vanda con voz ahogada, y precipitándose hacia él.

—Oigo un ruido sordo y lejano, que se parece a veces al murmullo del agua que brota de un manantial, a veces a la voz humana.

Vanda apoyó a su vez el oído contra la peña.

—Yo también, dijo, oigo alguna cosa.

—¡Ah!

—Y no es, añadió con un gesto de alegría, el ruido del agua.

—¿Estáis segura?

—Sí, es una voz humana. Esperad....... esperad.......

Y Vanda siguió escuchando.

—Sí, añadió después de un momento de silencio, no es una sola voz, son dos. Y se aproximan....... ¡Ah!

Y Vanda arrojó un grito de alegría.

—¿Qué oís? preguntó con ansiedad Marmouset.

—Es la voz de Rocambole..... sí, no me equivoco, y la de Milon... la una clara y sonora, la otra grave y profunda.

Y después de decir esto, Vanda se puso a gritar:

—¡Capitán!..... Capitán!

—¡Silencio! dijo Marmouset.

Y como la joven le mirase con extrañeza:

—Esperad que me explique, dijo, y no gritéis inútilmente.

—¿Inútilmente?

Y Vanda, fuera de sí de alegría, contemplaba a Marmouset y parecía preguntarse si el joven no había perdido algún tanto el juicio.

Este, antes de responder, volvió a escuchar a su vez por algunos instantes, y después añadió:

—En efecto, tenéis razón.

—¡Ah!... ¿es verdaderamente la voz de nuestros amigos lo que hemos oído?

—Sí.

—Entonces.....

—Yo los he reconocido lo mismo que vos: no me queda duda.

—Y bien, ¿por qué os oponéis entonces a que los llame?..... ¿por qué no queréis que sepan?.....

—No sabrán nada, amiga mía.

—¡Ah!

—Por la sencilla razón de que no os oirán.

—Nosotros los oímos bien. Marmouset se echó a reír.

—No es la misma cosa, dijo.

—¿Por qué razón?

—Porque en el interior del subterráneo, y en un corto espacio cerrado por dos peñascos, los sonidos toman una intensidad que no puede existir aquí donde nos hallamos casi al aire libre.

Esta razón no tenía réplica.

Marmouset prosiguió:

—El rumor que llega hasta nosotros es el de dos personas que hablan. Esto me tranquiliza, porque si nuestros amigos estuvieran heridos, se quejarían.....

—Es verdad, dijo Vanda.

—Se hallan pues sanos y salvos.

—Sí, pero están presos en un lugar sin salida, y acabarán por morirse de hambre.

—Nosotros los libertaremos, dijo fríamente Marmouset.

—¿Cómo?

—¡Oh! repuso el joven, tranquilizaos. Ya comprendéis que no hay que pensar en emplear la pólvora.

—Ciertamente que no.

—Ni menos en zapar esa roca, cualesquiera que sean los instrumentos que poseamos. Sería inútil.

—¿Qué hacer entonces?

—Salgamos de aquí, volvamos a la lancha, tomemos a lo largo del Támesis..... y yo os lo diré.

Marmouset se expresaba con tal tranquilidad, que Vanda sintió renacer su esperanza.

En cuanto a Shoking, como ambos hablaban en francés, no había comprendido gran cosa.

Todo lo que hasta entonces sabía, era que su amo y Milon estaban vivos, puesto que se les oía hablar a través de la peña.

Marmouset volvió al barco y Vanda le siguió.

Shoking tomó de nuevo los remos, y Marmouset le dijo entonces en inglés:

—Gobierna hacia el centro del río, y mantén el barco en línea recta de la galería.

—Para eso, respondió Shoking, es necesario empezar por subir la corriente.

—Sea, dijo Marmouset.

—Después dejaré derivar el barco perpendicularmente hacia la entrada del subterráneo.

—Eso es, repuso Marmouset.

Y de pie, en la popa de la lancha, fijó obstinadamente la vista en la orilla izquierda del Támesis.

Vanda lo observaba sin comprenderlo.

La barca subió el río hasta el sitio llamado de losMonjes Negros, y ya allí, Shoking la hizo derivar.

Marmouset no perdía de vista ninguna de las casas viejas y ahumadas que orillan el Támesis por este paraje.

De repente pareció fijarse en una de ellas y la examinó con atención.

—Allí es, dijo.

—¿Qué? preguntó Vanda.

Pero Marmouset, en vez de contestarle, dijo perentoriamente a Shoking:

—Puedes ganar la orilla.

—¡Ah! exclamó Shoking.

Y los remos volvieron a caer en el agua.

Cinco minutos después, Marmouset saltaba en tierra, y seguido de sus compañeros, subía por Farringdon street.

—Pero, ¿adónde vamos? preguntó de nuevo Vanda.

—Seguídme, ya lo veréis.

La primera calle que se encuentra perpendicular a Farringdon, al subir de la orilla del Támesis, se llama Carl street.

Thames street es su continuación hacia el este.

Marmouset marchaba con paso tan rápido, que Vanda podía apenas seguirle.

Siguió por un corto espacio Carl street, y se detuvo de pronto delante de una casa, que era mucho más alta que las otras.

Aquella casa era la que había examinado desde el medio del Támesis.

—Ahora, dijo a Vanda, escuchadme con atención.

—Decid.....

—A menos que no me haya equivocado en mis cálculos, esta casa está precisamente encima de la galería subterránea.

—¡Ah!... ¿creéis?.....

—Y se encuentra entre los dos peñascos que encierran a Rocambole y Milon.

—¿Y bien?

—Esperad..... respondió Marmouset.

Y aproximándose a la puerta de aquella casa, llevando en la mano la linterna de Shoking, que había conservado, se puso a examinar detenidamente la puerta.

—Estaba seguro, dijo en fin.

—¿De qué? preguntó Vanda.

—Esta casa es la de un jefe fenian que llaman Farlane.—Mirad, su nombre está sobre la puerta:

Farlane Y Compañía.

—¿Y estáis seguro de que es un fenian?

—Sí.

Vanda miró cándidamente a Marmouset, como queriendo decirle:

—¡Diablo!... ¿seréis por ventura hechicero?

Marmouset se echó a reír.

—Escuchadme, dijo.

Y apagó la linterna, que entregó de seguida a Shoking.

Ahora volvamos algunos pasos atrás y vengamos al momento en que tuvo lugar la última explosión de la galería.

La sacudida había sido tan fuerte, de una violencia tal, que Rocambole y Milon fueron derribados por tierra.

Pero apenas caídos, se levantaron con la misma presteza.

—¡Victoria! exclamó Rocambole, el camino está abierto.

Veíase en efecto la claridad de la luna por la abertura de la galería.

Y volviéndose en dirección de la sala circular, gritó a sus compañeros:

—¡Adelante!... Seguídme!

Y corrió hacia la salida.

Milon le seguía de cerca, y gritaba como él llamando a sus compañeros.

Así marcharon unos cuarenta pasos.

Pero ya hemos visto la catástrofe que tuvo lugar inmediatamente. De pronto un ruido espantoso, como el que produciría el desplome completo de un edificio, resonó a su espalda e hizo temblar violentamente el suelo del subterráneo.

Rocambole arrojó un grito y volvió la cabeza para atrás.

El primer hundimiento acababa de efectuarse, viéndose así separado de sus compañeros.

Pero Rocambole no perdía fácilmente su presencia de espíritu.

—¡Adelante! repitió dirigiéndose a Milon. Salgamos de aquí ante todo. Cuando nos hallemos fuera, ya encontraremos el medio de libertarlos.

—¡Adelante! repitió Milon.

Y siguió corriendo al lado de su antiguo capitán.

Así iban, y ya veían brillar ante ellos las aguas argentadas del Támesis, cuando un ruido, más espantoso aún que el primero, se dejó oír de repente y conmovió de nuevo la galería.

Esta vez, la luz de la antorcha que llevaban se apagó también, y se encontraron envueltos en las más profundas tinieblas.

La sacudida fue también tal, que rodaron de nuevo por tierra.

El suelo oscilaba y crujía como en medio de un violento terremoto; y a los hundimientos gigantescos que acababan de presenciar, se sucedían otros hundimientos parciales. Acá y allá caían piedras de todos tamaños, y una de ellas pasó rasando la cabeza de Rocambole.

Sin embargo, aparte de alguna contusión ligera, logró salir sano y salvo de aquel cataclismo.

Un momento después, la voz angustiada de Milon se dejó oír en medio de las tinieblas.

—¡Capitán!... Capitán! decía, ¿dónde estáis?

—Aquí, repuso Rocambole.

—¿Herido?

—No.

—Ni yo tampoco.

—No des un paso, dijo Rocambole, esperemos.......

En fin, a poco cesó el desplome y conmoción general y todo volvió a entrar en silencio.

Entonces se levantó Rocambole.

Milon en tanto murmuraba sin moverse de su sitio:

—Apostaría a que estamos enterrados; pero sea como quiera, no hemos tenido poca suerte.

Rocambole no había dejado escapar su antorcha, pero, como se comprende muy bien, esta se había apagado desde luego.

Pero Marmouset, al distribuir las antorchas a los que le seguían, había dado también a cada uno una cajilla de fósforos, y de consiguiente Rocambole tenía la suya.

—Capitán, dijo Milon, ¿puedo ya levantarme?

—Sí, pero no te muevas de tu sitio. Espera.

Y Rocambole buscó sus fósforos y encendió la antorcha.

Entonces Milon pudo convencerse de que estaba sano y salvo.

—¡Famosa suerte! repetía.

—No tan grande como te parece, dijo Rocambole.

—¿Por qué?

—Sígueme.

Y con la antorcha en la mano, fue andando hasta el derribo.

El subterráneo se hallaba cerrado de nuevo por un peñon enorme que, al caer, rompiendo sus ángulos salientes, había interceptado tan herméticamente el paso de la galería, como pudiera haberlo hecho un muro construido por los hombres.

—Ya lo ves, dijo Rocambole, no estamos más adelantados que hace una hora.

—Volvamos entonces para atrás, dijo Milon.

Así lo hicieron, y se encontraron bien pronto delante del otro hundimiento que se había efectuado a su espalda.

—¿Ves lo que te decía?... repitió Rocambole; no estamos más adelantados.

—Pero entonces, dijo Milon estremeciéndose, ¿estamos aquí presos?

—No, amigo mío, estamos enterrados en vida.

—¡Y ni herramientas ni pólvora! exclamó con angustia Milon.

Rocambole estaba un poco pálido, pero su fisonomía no había perdido su calma habitual.

—Veamos, pobre Milon, dijo, en vez de desesperarnos, es lo más acertado el que reflexionemos a sangre fría.

Milon se quedó mirándolo fijamente.

—Nuestra situación no es muy ventajosa que digamos, prosiguió Rocambole, pero en fin, no es enteramente desesperada.

—¡Ah!... ¿Lo creéis así? dijo Milon con ansiedad y abriendo su pecho a la esperanza.

—Escúchame bien, añadió Rocambole: Marmouset y los demás, se hallaban muy lejos de nosotros cuando tuvo lugar la catástrofe; de consiguiente es probable que no han sido víctimas de ella.

—Es posible; pero están encerrados como nosotros.

—Con la probabilidad de ser socorridos.

—¿Por quién?

—Por los policemen que andan en mi busca.

—¡Bah! pero entonces los llevarán a la cárcel.

—No digo que no; más no tardarán en soltarlos.

—¿Creéis?

—Estoy seguro.

—¿Y entonces?

—Entonces Marmouset, que es, como tú sabes, un chico de recursos, y Vanda que daría por mí hasta la última gota de su sangre; Marmouset y Vanda, digo, pensarán en nosotros y hallarán el medio de venir en nuestro socorro.

—Muy bien, dijo Milon, pero de aquí a allá se pasará un buen trozo de tiempo.

—No diré que no.

—Dos días tal vez.....

—Y aun tres, repuso Rocambole.

—Es decir que tendremos el tiempo de morirnos de hambre.

—En rigor, un hombre puede pasar cuatro días sin comer, dijo tranquilamente Rocambole.

Y hablando así fue a sentarse con la mayor calma en una piedra.

Milon no conservaba la misma tranquilidad. Iba y venía por el subterráneo con una inquietud marcada, y andaba de un lado a otro sin descanso, como una fiera que da vueltas en su jaula.

—No te desesperes antes de tiempo, le dijo Rocambole; supongo que no tienes todavía hambre.

—¡Oh! no, dijo Milon, pero tengo sed.

—Dentro de cuatro o cinco horas podrás beber.

—¿Cómo pues?

—Al volver la marea, el Támesis entrará de nuevo en la galería.

—¡Ah! bien.

—Y no creo tengamos tan poca suerte que no encontremos alguna filtración.

—De agua salada.....

—No, de agua dulce.

—Sin embargo, estando el Támesis sometido a la marea.....

—Eso no importa. El flujo del mar rechaza las aguas del río y hace que se aumente su volumen, pero no tienen tiempo para mezclarse.

—¡Ah! dijo Milon.

—Entre tanto, ven a sentarte a mi lado, prosiguió Rocambole.

Milon obedeció haciendo un gesto de resignación forzada.

—Y como se puede muy bien hablar sin luz, añadió Rocambole, no veo la necesidad de gastar inútilmente nuestra antorcha, que más tarde nos será necesaria.

Y diciendo y haciendo, apagó la antorcha y continuó:

—¿Sabes por qué yo no desespero, a pesar de la gravedad de la situación?

—¡Oh! lo que es vos, capitán, dijo Milon, yo os he visto siempre impasible como el destino.

—No es eso, repuso Rocambole.

—¿Qué es pues?

—Tengo la convicción de que, mientras me quede que hacer alguna cosa en este mundo, la Providencia velará sobre mi y me sacará en bien de todo riesgo.

—¿Tenéis de veras esa idea? exclamó Milon. Pero entonces, ¿es que no pensáis reposaros jamás?

—No, dijo Rocambole.

—Paréceme sin embargo, prosiguió Milon, que ya sería hora de que volvierais a París y de que tratarais de vivir allí tranquilo.

—Me queda algo que hacer aquí.

—¡Ah! sí. Volvemos a los fenians.....

—No.

—¡A fe mía! añadió Milon, no sé qué atractivo pueda tener para vos la Inglaterra.

—Eso depende de la manera de ver de cada uno, dijo Rocambole. Y además, te lo repito, me queda un deber que cumplir.

—Pero, ¿no se trata de esos estúpidos fenians que nos han traído a este mal paso?

—De ningún modo.

Milon no añadió una palabra más, y pareció esperar que Rocambole se explicase. Este guardó silencio por algunos instantes, y al fin dijo de repente:

—¿Crees tú en la cuerda del ahorcado?

—¿En qué sentido? preguntó el coloso sorprendido de la pregunta.

—Dicen que la cuerda del ahorcado es una especie de talismán que nos procura buena suerte.

—Sí, eso dicen, respondió Milon, pero yo no lo creo..... ¿y vos?

—Yo empezaré a creerlo, si nos saca de aquí.

—¿Eh? exclamó Milon aturdido, ¿lleváis con vos una cuerda de.....

—Sí.

—¿En el bolsillo?

—En el bolsillo.

—¡Bah! entonces es buena ocasión para probar su virtud, como habéis dicho.—Esperemos.

Y Milon bajó la cabeza y volvió a guardar silencio.

—Esperemos, repitió Rocambole pasados algunos instantes, pero como creo que esperaremos largo espacio y que de consiguiente tenemos tiempo sobrado..... en vez de lamentarnos inútilmente, voy a contarte una historia.

—¿Una historia de cuerda?

—La historia de la cuerda y la del ahorcado que me ha nombrado su albacea o ejecutor testamentario, repuso Rocambole.

—Hablad, capitán, soy todo oídos.

Rocambole se reclinó como pudo sobre su duro asiento, y continuó de este modo:

—¿Recuerdas, buen Milon, cómo empezó nuestra amistad?—Nos hallábamos en presidio y éramos compañeros de cadena. Un día me hablaste de dos huérfanos, a quienes amabas con toda tu alma, y que habían sido causa inocente de tu condena.....

—Sí, sí, respondió Milon enternecido, y recuerdo más todavía, y es que después salvasteis a mis pobres niños, y por eso os soy adicto como un perro fiel.....

—Pues bien, amigo mío, una cosa semejante me ha sucedido por segunda vez.

—¿Cómo?

—Con la diferencia de que no ha sido en el presidio de Toulon, sino en la cárcel de Newgate.

—¡Ah!

—Y de que el hombre de que se trata ha muerto.

—¿Ha sido ahorcado?

—¡Ay! sí.

Y Rocambole dejó escapar un suspiro.

—Escucha, prosiguió. Yo acababa de ser preso y me había dejado conducir sin la menor resistencia. Tenía mis razones para obrar así, pues a ser de otro modo, hubiera podido escaparme mil veces, antes de que se hubiesen cerrado tras mí las puertas de Newgate.

Por lo demás, no fue a esa prisión adonde me condujeron desde luego.

Lleváronme en primer lugar a Drury Lane, y me presentaron al comisario de policía de aquel barrio.

El comisario me interrogó por la forma, y me hizo encerrar en el calabozo que sirve de depósito en el piso bajo de la comisaría.

Todas las mañanas pasa un coche cerrado por todos los puestos de policía, recoge los presos detenidos durante la noche, y los conduce sea a Newgate, sea a Bath-square o a cualquiera otra cárcel central.

Yo pasé de consiguiente seis horas en el calabozo de la comisaría de Drury Lane.

En ese mismo calabozo se hallaba una pobre mujer en harapos, ya vieja, pero cuyo rostro conservaba vestigios de una rara hermosura.

Cuando entré, me miró al principio con desconfianza, y después con cierta curiosidad.

En fin, su mirada encontró la mía, y sin duda experimentó el encanto misterioso que mi fluido magnético ejerce sobre ciertas personas, pues me dijo en seguida:

—Creo que sois el hombre que busco.

Y como yo la mirase con extrañeza:

—¿Os han preso por algún crímen grave? me preguntó.

—Soy fenian, la respondí brevemente.

La pobre vieja se estremeció, y una viva expresión de alegría iluminó por un momento su rostro.

—¡Ah! exclamó, entonces os conducirán mañana a Newgate.

—Indudablemente.

—No me he equivocado pues al deciros que sois el hombre que buscaba hace tiempo.

Yo continuaba mirándola fijamente, procurando adivinar el sentido de sus palabras.

Ella siguió en tanto diciendo:

—Me llamo Betzy-Justice y soy escocesa.

—Muy bien ¿y qué más? la contesté.

—Hace un mes que me hago prender todas las noches por delito de embriaguez. Y sin embargo, ya podéis comprender que no estoy embriagada...

—Entonces.....

—Pero finjo estarlo. De ese modo me conducen a un puesto de policía, me encierran hasta el día siguiente, y por la mañana me amonesta el comisario y me condena a dos chelines de multa, poniéndome en seguida en libertad.

—Entonces ¿por qué razón, la pregunté, si no estáis embriagada... fingís estarlo?

—¡Toma! ya os lo he dicho, para hacer que me prendan..... y eso hoy en un barrio, mañana en otro. A esta hora he estado ya encerrada en todos los puestos de policía de Londres.

—Pero en fin, ¿por qué razón?

—Porque busco un hombre en quien yo pueda tener confianza, y a quien vayan a encerrar en Newgate.

—¿Y en qué puede serviros ese hombre?

La vieja clavó en mí la vista y pareció reflexionar por algunos instantes.

—Vuestra fisonomía, me dijo, es la de un hombre honrado y bondadoso.—¿Cómo os llamáis?

—El Hombre gris, le respondí.

Al oír este nombre, la buena mujer se levantó sorprendida, y exhaló un grito ahogado.

—¡Ah! exclamó, ¿sois vos al que llaman el Hombre gris?

—Sí.

—¿Y os habéis dejado prender?

—Sí.

—Pero entonces lleváis en ello algún objeto, y saldréis de la prisión cuando os parezca.

—Tal vez.....

—¡Oh! eso es seguro, añadió. Me han hablado mucho de vos, y sé que podéis hacer todo lo que se os antoje.

—Entre tanto, dije sonriéndome, lo seguro por ahora es que voy a Newgate.

—¡Oh! puesto que sois el Hombre gris, prosiguió, puedo decíroslo todo.

—Veamos.

—Mi marido está preso.

—¿En Newgate?

—Sí. Y está condenado a muerte..... y será ahorcado el 17 del mes próximo.

—¿Qué crímen ha cometido?

—Ha matado a un lord.

—¿Por qué razón?

—¡Oh! dijo Betzy-Justice, esa es una historia larga de contar. No tendríamos tiempo para ello. Pero, puesto que vais a Newgate, mi pobre marido os lo dirá todo.

—Sea como queráis. ¿Y en qué puedo serviros?... ¿Deseáis darme algún encargo para él?

—Sí.

—Dádmelo entonces.

—¡Oh! no es una carta. Ya comprendéis que os la cogerían en el registro: es solamente una palabra.

—Decid.

—Ya encontraréis el medio de ver a mi pobre marido en Newgate. Aunque condenado a muerte, sé que le dejan pasearse todos los días en el patio con las demás presos.

—Bien, ¿y qué debo decirle?

—Le diréis solamente estas breves palabras:—«He visto a vuestra mujer Betzy. Morid en paz; tiene en su poder los papeles.»

—¿Y es eso todo?

—Todo, dijo Betzy.

Y bajando la cabeza, lloró silenciosamente, sin curar de enjugar sus lágrimas.

Procuré distraer su dolor y saber algo más; pero por más preguntas que la hice, no logré arrancarle una palabra.

A la mañana siguiente, apenas apuntaba el día, vinieron a buscarme para conducirme a Newgate.

Durante tres días me tuvieron incomunicado, y así me fue imposible el ver desde luego al reo de muerte.

En fin, al cabo de ese tiempo me pusieron en comunicación y dulcificaron el régimen que me habían impuesto, con la esperanza de hacerme entrar en la vía de las revelaciones.

Es verdad también que yo insinué indirectamente que tal vez hablaría si me trataban de una manera menos dura.

Desde ese momento hicieren casi todo lo que yo quería, y pude, como los demás presos, bajar al patio dos veces por día.

La primera vez que me presenté en él, no formé parte de ningún grupo, ni hablé con nadie; pero busqué con la vista al condenado a muerte.

Pronto lo descubrí, paseándose solo en un rincón del patio, con la cabeza inclinada sobre el pecho, y las manos enlazadas con fuertes esposas.

Dirigí mis pasos hacia aquel sitio, aunque sin acercarme a él, y lo examiné con atención.

Era un hombre de cerca de sesenta años.

Pequeño, rechoncho, ancho de espaldas, y con una cabeza enorme sostenida por una cerviz de toro, aquel hombre debía ser de una fuerza extraordinaria.

Su barba era roja, pero su cabeza enteramente cana.

En una de mis vueltas pasé cerca de él, y entonces se fijó en mí por un momento.

Su mirada contrastaba singularmente con el aspecto extraño y casi repugnante de su persona, pues era clara, dulce y leal.

Y sin embargo, aquel hombre había asesinado a otro.

Había teñido sus manos en sangre, pero se adivinaba desde luego que no había matado para robar.

A la mañana siguiente volví a bajar al patio a la misma hora.

El condenado a muerte se encontraba ya allí; siempre aislado, siempre sumido en su mortal tristeza.

Al entrar no emprendí mi paseo como el día anterior, sino me fui derecho a él.

El preso se detuvo bruscamente, y fijó en mí la mirada franca, leal, casi tímida, que me había ya impresionado el día anterior.

—¿Es cierto, como dicen, que habéis asesinado a un lord? le pregunté sin más preámbulos.

—Sí, me respondió.

Y pronunció esta sola palabra con una sencillez que me confirmó en mi opinión.

Aquel hombre había cumplido o creído cumplir un deber.

—¿No sois el marido de Betzy-Justice? le pregunté de nuevo.

Al oír esto se estremeció y me miró con más atención.

—¿Es que la conocéis? dijo en fin.

—Sí, he pasado algunas horas con ella en el puesto de policía de Drury Lane.

—¡Ah! exclamó.

Y me miró de través con aire de desconfianza.

—Y me ha dado un encargo para vos, añadí.

—¿De veras? contestó con un recelo visible.

—Veo que no me conocéis, le repuse.

—¿Quién sois pues?

—Me llaman el Hombre gris.

El preso dio un paso para atrás y me miró con asombro.

—¡Vos! ¿vos? exclamó.

Y su rostro se serenó por completo y perdió su aire de desconfianza.

—Sí, le repliqué, soy el Hombre gris, y Betzy me ha encargado deciros que tiene en su poder los papeles.

El pobre condenado dejó escapar un grito, una exclamación de gozo tal que hubiera podido creerse que yo acababa de traerle su perdón.

—¡Ah! dijo, dominando en fin la emoción que se había apoderado de él, ahora puedo morir tranquilo.

Y fijándose de nuevo en mí, añadió:

—Pero.... puesto que sois el Hombre gris, sin duda estáis aquí por vuestra propia voluntad.

—Tal vez.

—Y podréis salir siempre y cuándo os parezca.....

—Es probable.

El marido de Betzy pareció dudar un momento.

—¡Ah! me dijo por último si yo me atreviera..... porque, aun cuando mi pobre Betzy es una mujer animosa, al cabo es una mujer, y ¿quién sabe si ella sola podrá llevar nuestra empresa a buen fin?

A mi vez yo le miré con extrañeza.

—Será necesario que yo os lo cuente todo, prosiguió. Estoy seguro de que os interesaréis por nosotros.

Y añadió sonriéndose con tristeza:

—Un hombre como vos lo puede todo..... además, yo os legaré mi cuerda y, ya sabéis..... eso os dará buena suerte.

En esto punto de su relato Rocambole se detuvo un momento.

—¡A fe mía! dijo Milon, que hasta había olvidado que estamos aquí presos entre peñascos y con la mitad de Londres sobre los hombros. Seguid, capitán, seguid.

Rocambole guardó silencio por algunos instantes, y después prosiguió de este modo:

—Aquel día, el condenado a muerte no quiso explicarse más.

—La historia que os voy a contar, me dijo, es demasiado larga, y además va a llegar la hora de volver a mi calabozo. Pero mañana.....

—Mañana, le dije, yo sabré encontrar el medio de pasar algunas horas en vuestra compañía.

—¡Bah! exclamó mirándome con asombro. Pero, en fin, tenéis razón. Eso sería imposible para cualquier otro, pero para vos no hay nada imposible, puesto que sois el Hombre gris.

Y con esto entró en su calabozo, mientras que yo tomaba el camino del mío.

La promesa que acababa de hacerle, procedía de una idea que me había ocurrido durante la conversación.

En el momento en que uno de los carceleros iba a encerrarme, le detuve en la puerta y le dije:

—Hacedme el favor de decir al gobernador que deseo hablarle.

El carcelero cumplió con su comisión, y un cuarto de hora después vi llegar al gobernador a mi calabozo.

Tú has visto a ese buen hombre, y sabes hasta qué punto es cándido.

—¡Oh! la simplicidad en persona! dijo Milon.

—Sir Roberto llegó sonriéndose y acariciándome con la mirada, muy persuadido de que iba a oír grandes revelaciones.

Porque no bastaba a la libre Inglaterra el haber puesto la mano sobre el hombre que parecía ser uno de los jefes del fenianismo y tal vez el más peligroso de todos; lo que más necesitaba sin duda, era penetrar el misterio en que este hombre se envolvía.

—Señor gobernador, dije entonces a sir Roberto, deseo hablar con vos.

—¡Ah! exclamó con tono alegre, ya sabía yo que acabaríais por ser razonable.

—Jamás he cesado de serlo.

—¡Ah! ¿os burláis?...

Hablando así, sin dejar su eterno tono festivo, tomó una de las dos únicas sillas que había en mi calabozo y se sentó a mi lado.

—Veamos, amigo mío, mi querido amigo, me dijo, ¿qué es lo que queréis decirme?

—Mi querido gobernador, le repliqué, ante todo quiero haceros una pregunta.

—Hablad.

—¿Si me condenan a muerte, seré ahorcado?

—¡Ay! mucho lo temo, amigo mío. La horca es el solo género de suplicio usado en Inglaterra.

—Bueno, ¿y juzgáis que seré condenado?

—A menos que no hagáis revelaciones de una importancia tal, que os atraigan la indulgencia de vuestros jueces.....

—Eso es precisamente en lo que pienso.

—¡Ah! ya lo sabía yo! exclamó el buen hombre en el colmo de la alegría.

—Pero antes de decidirme, proseguí sonriéndome, necesito fijar mi atención sobre ciertas cosas.

—¿Cuáles?... Veamos.

—Voy a decíroslo. No es que yo tenga miedo de la muerte.....

—Sin embargo.....

—Sobre todo de la muerte por estrangulación. Hasta he oído decir.....

—¡Ah! sí, dijo el gobernador guiñando el ojo, ya sé... una preocupación vulgar.—Pero no creáis nada de eso, amigo mío, no, mi querido amigo. No hay más que ver el rostro del ajusticiado cuando le quitan el gorro negro: ¡está entumecido, morado... horrible de ver!... ¿Y la lengua?.... ¡Oh! es espantoso!

—¿De veras?

—Tal como tengo el honor de decíroslo, mi querido amigo. Conque así, creedme, confesad, confesadlo todo, empezando por vuestro nombre, el de los otros jefes del fenianismo... en fin todo. Y decid que yo os he convencido, con el objeto.....

—Esperad, esperad, le repliqué.

—Cuanto más latas y más espontáneas sean vuestras revelaciones, mayor será la indulgencia de vuestros jueces.

—Ya sé todo eso; pero os lo repito, no me arredra la muerte por estrangulación.

—Hacéis mal.

—En Francia hay la guillotina, lo que es muy diferente. ¡Oh! esa muerte sí que me aterra!... Allí lo confesaría todo de seguida.

—No se pueden cambiar por vos los usos y costumbres de un país. Pero lo que os afirmo es que la horca es el suplicio más horrible que existe.

—¡Bah!

—Y a propósito, continuó sir Roberto, aquí tenemos en este momento un condenado a muerte.

—Ya lo sé.

—Pero no sabéis qué indecible terror se ha apoderado de su alma.

—Sin embargo, me ha parecido bastante tranquilo.....

—Estáis en un error... ¡Ah! si pasarais solamente dos o tres horas encerrado con él!

—¿Creéis que me trasmitiría su temor?

—Estoy seguro.

—¿Os chanceáis?

—¡Toma! si queréis experimentarlo.....

—¡Eh!... ¡eh! no diré que no: ¡sería cosa curiosa!

—Pues bien, prosiguió sir Roberto Mitchels, para que veáis..... Voy a hacer por vos una cosa inaudita.

—¡Bah!

—Pero que, por otra parte, tengo el derecho de hacer.

—¿Qué es pues?

—Voy a encerraros esta noche mismo con el condenado a muerte.

—¡Ah! ¿queréis ponerme a prueba?

—Precisamente. Y estoy seguro de que mañana me haréis llamar a toda prisa.

—¿Para que?

—Para revelar todo lo que sabéis e implorar la clemencia de vuestros jueces.

—Pues bien, le respondí, si tal es vuestra convicción, hagamos la prueba; no tengo inconveniente.

El buen gobernador se levantó enajenado de gozo.

—Voy a dar las órdenes necesarias, me dijo.

Y me estrechó la mano, llamándome de nuevo su muy querido amigo.

Después de lo cual se fue, no sospechando siquiera el pobre hombre que acababa de ofrecerme espontáneamente lo mismo que yo iba a pedirle.

Aquel día me trajeron, como de costumbre, una comida suculenta y abundante.

El carcelero que me servía, y que no era de ordinario muy hablador, me dijo en esta ocasión con una guiñada significativa:

—Parece que Vuestra Señoría esexcéntrico.

Excéntricoes un vocablo que encierra por si sólo en Inglaterra, el mayor elogio que se puede hacer de un Inglés de pura raza. Todo es permitido al que sabe merecer ese nombre.

—Un poco, le respondí.

—¿Vuestra Señoría tiene el capricho de dormir esta noche con el condenado a muerte?

—Sí, amigo mío.

—Sir Roberto Mitchels, nuestro digno gobernador, prosiguió el carcelero, me ha dado sus órdenes al efecto.

—¡Ah! muy bien!

—Y si Vuestra Señoría lo permite, voy a conducirlo adonde se halla el reo.

Yo hice un signo de cabeza afirmativo, y el carcelero, tan simple y cándido como su jefe, me sacó de mi calabozo, que estaba situado en el primer piso, me guió hasta el piso bajo, y abrió delante de mí la puerta del calabozo donde estaba encerrado el marido de Betzy-Justice.

Al ruido que hicimos al entrar, el infeliz se levantó sobresaltado.

Yo le hice una seña con disimulo, recomendándole el silencio, y él me respondió con otra, indicando que había comprendido.

Por lo demás, ya había adivinado que iban a darle un compañero, pues una hora antes habían traído a su calabozo un catre y un colchón, con los demás aprestos de una cama.

Bien pronto nos encontramos solos.

—¿Y bien? le dije, ya lo veis; he cumplido mi palabra y tenemos toda la noche por nuestra.

—Ya sé que podéis hacer cuanto queréis, me respondió con cándida admiración.

—Ahora, le dije, estoy, dispuesto a oír vuestra historia.

Como debes comprender muy bien, no dormimos en toda la noche.

Al día siguiente, al amanecer, vino el carcelero a buscarme.

—Sir Roberto os espera, me dijo.

Y yo le seguí, después de despedirme afectuosamente de mi compañero.

—Pero, ¿y esa historia que os había contado, capitán? interrumpió Milon.

—La sabrás dentro de poco. Hablemos primero del gobernador.

Y Rocambole, después de un momento de silencio, continuó:

—Como te decía pues, me condujeron al gabinete de sir Roberto.

Yo estaba pálido y fatigado, como un hombre que ha pasado la noche en vela.

—¿Y bien? me dijo el gobernador muy alegre, ¿qué opináis ahora de la horca?..... ¿La miráis siempre con la misma indiferencia?

—¡Bah! respondí, no me inspira el menor temor.

—¿Es posible?

—Podéis creerme.

—Sin embargo, ya habéis visto lo que sufre el que está condenado a ella..... Conque, vamos, ¿estáis decidido a hablar?

—Todavía no.

Sir Roberto se mordió los labios, pero no se manifestó irritado.

—¡Oh! yo os convertiré, dijo, ya lo veréis.....

—¿Pretendéis acaso encerrarme de nuevo con el condenado a muerte?

—No; algo mejor que eso.

—¡Bah! ¿qué pensáis hacer?

—Os haré presenciar su suplicio.

Y como yo le mirase con admiración:

—Hace un mes, dijo, eso hubiera sido difícil, sino imposible.

—¡Ah!

—Pero hoy se hacen las ejecuciones en el interior de la prisión.

—¿Y vais a darme palco en el espectáculo?

—Precisamente.

Rocambole iba a continuar su relato, cuando Milon lo interrumpió bruscamente.

—¡Capitán!... ¡Capitán! murmuró con acento de terror.

—¿Qué hay? respondió este volviéndose bruscamente.

—¡Mirad!.....

Rocambole volvió la vista por todas partes, y en medio de las densas tinieblas que le envolvían, no tardó en descubrir dos puntos luminosos, semejantes a dos luciérnagas, que brillaban en la oscuridad a poca distancia de ellos.

Milon era intrépido y animoso, como ya sabemos, pero su valor era puramente físico, es decir, fundado en su fuerza muscular.

El pobre coloso, como todos los espíritus limitados, no sabía arrostrar el peligro sino cuando se daba de él cuenta.

De consiguiente tenía miedo de lo desconocido.

¿Qué podían ser aquellos puntos luminosos que brillaban en las tinieblas?

Milon se lo preguntaba y, no encontrando solución, sentía apoderarse de su ánimo un temor indefinible.

Rocambole se levantó y dio algunos pasos hacia adelante.

Los dos puntos luminosos no cambiaron de sitio.

Entonces Rocambole se adelantó más y dio dos palmadas.

Inmediatamente, los dos puntos de luz desaparecieron como por encanto.

—¡Imbécil! dijo Rocambole riéndose.

—¿Eh? exclamó el coloso sintiendo disminuir algún tanto su opresión.

—¿Sabes lo que es?

—No.

—Es un gato.

—¡Seré yo bestia!... dijo Milon.

—Un gato, amigo mío, añadió Rocambole, a quien debemos un voto de gracias.

—¿Por qué?

—¿No comprendes que, puesto que ha penetrado aquí, es que hay una salida cualquiera?

—¡Ah!... ¿creéis?.....

—¡Toma! estoy seguro. Una salida que podrá servirnos también a nosotros.

—A menos, observó Milon, que el pobre animal no haya sido sorprendido por el desplome al mismo tiempo que nosotros.

—Es imposible.

—¿Por qué? preguntó de nuevo Milon.

—Porque lo hubiéramos visto más pronto.

—¡Ah! es verdad.

—Y además, prosiguió Rocambole, ¿cómo puedes suponer que ese gato se encontrase en los subterráneos?

—¡Toma! ¿No nos hallamos nosotros?

—Sí, pero es porque hemos encontrado una entrada, que estaba tapiada hace muchos años.

—Entonces...

—Entonces voy a explicarte lo que ha debido suceder.

—Veamos, dijo Milon.

—Ese animal estaba encima de nosotros, en alguna cueva, en el momento de la explosión.

—Bien.

—La explosión ha debido producir alguna abertura, algún hundimiento que le ha hecho caer aquí, paralizado por el espanto violento que debe haber sentido.

—¡Ah! sí, es muy posible.

—De consiguiente, prosiguió Rocambole, vamos a ver si podemos irnos por donde él ha venido.

Y diciendo esto, sacó los fósforos y volvió a encender la antorcha.

—Ahora, busquemos con cuidado, añadió.

Y se puso a explorar atentamente su estrecha prisión.

Como ya sabemos, dos enormes peñascos cerraban la galería.

Rocambole, después de haberse orientado un instante, se dirigió hacia el que había caído detrás de ellos, que era precisamente el sitio por donde habían desaparecido los dos puntos luminosos.

La peña presentaba en su centro un ángulo saliente, que era sin duda donde el gato se había detenido.

Rocambole subió a aquella especie de repisa, y afirmándose en ella, levantó la cabeza.

Entonces vio un espacioso agujero, que la peña no permitía descubrir desde abajo, y que se abría en la bóveda de la galería.

—Sube, dijo a Milon.

Este se apresuró a obedecer y se colocó también en la parte saliente de la peña.

—Toma la antorcha, añadió Rocambole. Ya me la pasarás después.

Milon la tomó, y Rocambole, alzándose por las asperezas de la piedra, trepó con la ligereza de un clown sobre los robustos hombros del coloso, y la mitad de su cuerpo desapareció por el agujero.

—Ahora, dame la antorcha, gritó.

Milon lo hizo así, y llevó las dos manos para sostener mejor a Rocambole.

Este miró entonces hacia arriba y después a su frente, examinando bien aquel paraje, y vio delante de sí una nueva excavación que se prolongaba en el mismo sentido que la galería.

—Sostente bien, gritó de nuevo a Milon.

Y arrojó su antorcha en el agujero.

Luego, asiéndose a las salidas de la peña, dio un fuerte empuje con los pies sobre los hombros de Milon, a fin de tomar arranque, y se introdujo en la excavación superior.

La antorcha no se había apagado al caer y Rocambole se apresuró a recogerla.

—Espérame ahí un momento, dijo a Milon, voy a la descubierta.

Y se adelantó marchando con precaución y mirando atentamente a sus pies.

Un examen de algunos segundos, le bastó para saber dónde se hallaba.

Aquel sitio no era otra cosa que una de esas largas y espaciosas bodegas, que los fabricantes de cerveza de Londres poseen a orillas del Támesis.

El suelo de aquella cueva se había hundido en el momento de la explosión, pues la hendedura por donde había entrado Rocambole no existía antes seguramente.

Y aun era muy probable que el cervecero a quien pertenecía la bodega, no había sospechado jamás que se hallaba sobre un subterráneo.

Rocambole volvió a desandar lo andado, y se sentó en el borde del agujero, dejando colgar las piernas hacia fuera.

—Agárrate a uno de mis pies, dijo a Milon, y sube.

El gigante, que había permanecido inmóvil en la salida de la peña, se asió a una de las piernas de Rocambole, y este le levantó, desplegando la extraordinaria fuerza muscular que ocultaba bajo su apariencia delicada y casi débil.

Milon pudo alcanzar así el borde de aquella entrada, y ayudándose con pies y manos, pronto estuvo al lado de Rocambole.

Este le dijo entonces:

—Ahora, sigamos adelante, y de seguro acabaremos por encontrar una puerta.

La cueva formaba al principio un pasadizo estrecho, y al cabo de pocos pasos se ensanchaba considerablemente, pero se hallaba ocupada por una doble hilera de toneles.

—Continuemos avanzando, dijo Rocambole.

—Esperad, exclamó Milon.

—¿Qué es ello?

—Oigo un ruido sordo.....

Rocambole se detuvo y escuchó por algunos instantes.

—Sí, dijo, es el Támesis.

Y siguieron adelante, marchando siempre entre dos filas de toneles, hasta que empezaron a respirar un aire más vivo, lo que les hizo comprender que se acercaban a una salida.

El muro describía una ligera curva.

Dobláronla pues, y entonces Rocambole vio brillar de pronto a su frente una luz indecisa y blanquecina.

—Veo el cielo, dijo, o al menos la niebla.

Y siguieron avanzando, hasta que al fin Rocambole se detuvo y apagó la antorcha.

—¿Qué hacéis, capitán? preguntó Milon.

—Un acto de prudencia, respondió Rocambole.

—¡Ah!

—Estamos en una cueva que sirve de almacén de depósito.

—Así me lo parecía.

—Y este almacén tiene una puerta que se halla abierta a unos treinta pasos de nosotros, y por la cual se entreve el cielo.

—Bueno, ¿y qué?

—Que no tenemos necesidad de luz, y que es inútil el que nos vean desde afuera.

—Es verdad.

Rocambole se adelantó entonces resueltamente, y en fin llegaron a aquella puerta, cuyos dos postigos se hallaban abiertos.

Algunas luces brillaban acá y allá a través de la niebla, y el Támesis resonaba abajo.

Rocambole se detuvo en el dintel de la puerta, y avanzando la cabeza exclamó:

—¡Esta puerta es una ventana!

—¡Calla! es verdad! dijo Milon.

Efectivamente, las aguas del Támesis rasaban el pie del muro a unos veinte pies por bajo de la ventana y apenas si se veía a lo lejos la opuesta orilla.

Aquella ventana se encontraba a la altura del primer piso de una casa, cuyos cimientos se hallaban al nivel del lecho del río.

La ciudad de Londres no tiene muelles ni malecones, excepto en el paraje que la sirve de puerto.

Durante el reflujo o la marea baja, el Támesis deja al retirarse un espacio descubierto, cuya anchura varía entre diez o quince pies; pero durante la marea alta, todo ese espacio se halla cubierto, y las aguas del río vienen a batir los muros de las casas, cuyos primeros pisos sirven generalmente de almacenes.

—¿Qué hacer? dijo Milon.

—Si quieres romperte la cabeza, no tienes más que echarte desde aquí.

—Pero, no veo la necesidad de eso, dijo el coloso; buscando bien, tal vez encontraremos una cuerda.

—¿A qué propósito? dijo Rocambole.

—Digo... se me figura.....

—¿Qué hora es?

Milon llevaba su reloj, un reloj de repetición magnífico, que se apresuró a sacar, y que tocó al resorte.

—Las tres de la mañana, dijo.

—Pues bien, prosiguió Rocambole, dentro de una hora subirá la marea.

—¡Ah! ¿creéis?.....

—El agua llegará aquí a cierta altura, y entonces nos echaremos a nado.

Milon no respondió, pero exhaló un profundo suspiro.

Aquella última hora que le separaba aún de la libertad, le parecía demasiado larga.

Rocambole se echó a reír.

—Hace poco, le dijo, nos hallábamos presos en un subterráneo, con la agradable perspectiva de morir de hambre; y ahora que se aproxima el momento de nuestra libertad, y que aspiramos el aire libre, no estás contento.

—Tenéis razón, capitán, dijo Milon. Al fin acabaré por convencerme de que soy un bruto.

—Un poco de paciencia, amigo mío, repuso Rocambole. Y ahora, para que el tiempo te parezca menos largo, voy a continuar mi historia.

—¿Vais a confiarme el secreto del marido de Betzy-Justice?

—No, todavía no.

—¡Ah!

—Voy a hablarte primero de su ejecución.

—¿Habéis asistido a ella?

—Sin duda.

Y Rocambole se sentó en el borde de la ventana, donde Milon vino también a apoyarse echándose en ella de codos.

En tanto, las aguas del Támesis, rechazadas por la marea, empezaban a subir lentamente.....


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