—El excelente, cándido y confiado sir Roberto Mitchels, prosiguió Rocambole, no perdía sin embargo la esperanza de arrancarme una confesión completa.
Así redoblaba conmigo sus obsequios, y no perdía ocasión de mostrarme su extremada amabilidad.
Todos los días me permitían ver al condenado a muerte, y me dejaban entera libertad para hablarle y prodigarle mis consuelos.
Pero todos los días también, me repetía sir Roberto invariablemente:
—¿No es verdad que es un horrible espectáculo el que presenta un hombre que va a morir?
Así trascurrían monótonamente los días.
Una noche, y cuando menos lo esperaba, el gobernador vino de improviso a mi calabozo.
—¿Sabéis que es para mañana? me dijo.
—¿Qué?
—La ejecución del reo.
—¡Ah! pobre hombre!
—¿Persistís en ver la ejecución?
—¿Qué duda tiene?
—Entonces, es necesario que cambiéis de calabozo.
—¡Ah!
—Y que os trasladéis al piso bajo.
—Sea como queráis.
—Y hasta es posible.....
Aquí sir Roberto pareció vacilar, y me miró con aire indeciso.
—Acabad, le dije.
—Y hasta... si queréis pasar la noche con él...
—¡Oh! no tengo inconveniente.
—Estoy convencido de que vuestra conversión no resistirá a esta última prueba.
—¡Ah! sí, ya me lo dijisteis la otra vez: ¡la vista del triste espectáculo!!...
—Eso en primer lugar. Pero presenciar además las crueles angustias de un desgraciado a quien solo quedan algunas horas de vida.....
—Es terrible en efecto, le contesté con frialdad.
—¡Oh! estoy seguro, dijo sir Roberto sonriéndose siempre, que eso os inspirará un terror saludable.
—Ya veremos.
—Y que sabréis atraeros la benevolencia de vuestros jueces, haciendo una revelación franca, bien completa...
Yo no le respondí, y mi buen hombre prosiguió:
—Por lo demás, no estaréis solo con el reo.
—¿De veras?
—Dos Hermanas de la agonía pasarán allí la noche rezando. Ya veréis como es lúgubre.
—Pero los reglamentos, observé al gobernador, ¿no se oponen a que yo asista?....
—Al contrario, me respondió.
—¡Bah!
—La ley permite que el reo pase su última noche con un pariente, un amigo y, hasta si lo solicita, con un preso de la misma cárcel.
—¡Ah! bien: entonces yo seré ese preso.
—Esperad, prosiguió sir Roberto, hay todavía una particularidad que ignoráis de seguro, y que voy a haceros saber.
—Veamos.
—El cuerpo del ajusticiado pertenece a Calcraft, el cual lo vende ordinariamente a los cirujanos.
—Ya lo sé.
—Su ropa y lo poco que tiene en la cárcel, pertenece también al verdugo.
—Bien.
—Pero la cuerda, por prescripción formal de la ley, es propiedad del ajusticiado.
—¿Es posible?
—Tal como os lo digo: y tiene el derecho de legarla a quien mejor le parezca.
—¿La cuerda del ahorcado es pues un talismán que protege a su posesor?
—Así lo dicen.
—De modo que si el reo me legase su cuerda, tendría yo probabilidades de no ser ahorcado a mi vez.......
—Sobre todo, dijo sir Roberto, si hacéis cuantas revelaciones os exijan.
Yo me eché a reír.
—No creo mucho en las virtudes de la cuerda de ahorcado, prosiguió sir Roberto, pero, en fin, si el reo os la deja en herencia, no veo en ello ningún inconveniente: y aun cuidaré de que os la remitan en tiempo oportuno.
—Sois el más amable de todos los gobernadores posibles, le respondí.
—¿Qué queréis? dijo suspirando; cada cual tiene su flaco en este mundo, y el mío es el de una benevolencia sin límites. Me sois muy simpático, y si declaráis con toda sinceridad, os querré como a un hijo.
Y con esto me estrechó afectuosamente la mano y me dejó.
Una hora después, me condujeron al calabozo del condenado a muerte.
Las Hermanas de las agonía se encontraban ya allí, y se disponían a ejercer su santo ministerio.
El marido de Betzy-Justice me recibió sonriéndose.
—Es para mañana, me dijo.
—¿No tenéis miedo a la muerte? le pregunté.
—No.
Y levantando la mano hacia la ventana del calabozo, a través de la cual se veía un reducido punto del cielo:
—Cuando un hombre muere por haber cumplido con su deber, dijo, ese hombre muere resignado y tranquilo.
—¿No os queda nada que decirme?
—Nada más. Ya lo sabéis todo. ¡Ah! olvidaba... os lego mi cuerda..... En esto hago uso de mi derecho.
—Ya lo sé: el gobernador me lo ha dicho.
—¡Ah!
—Y aun parece agradarle el que yo sea vuestro heredero.
El infeliz reo se sonrió tristemente.
—¡Pobre hombre! dijo aludiendo al gobernador, no es fuerte por cierto para luchar con vos.
La noche se pasó así.
Las Hermanas de la agonía no cesaron en sus oraciones, y el reo y yo seguimos hablando en voz baja.
En fin, a las cinco de la mañana se abrió la puerta del calabozo.
Uno de los carceleros conducía al sacerdote que debía exhortar al reo a bien morir; y al verlo entrar, las Hermanas de la agonía salieron del calabozo.
Yo abracé al condenado a muerte por última vez.
—Acordaos de lo que me habéis prometido, me dijo.
—Morid en paz, le respondí.
Y salí a mi vez.
El carcelero me siguió, y me dijo al llegar a los corredores:
—Tengo órden de conduciros a un calabozo, cuya ventana da al patio de la ejecución.
—Muy bien, le respondí.
El calabozo donde entramos era bastante espacioso, y tenía una ventana mayor que todas los otras.
Bastaba subirse en un banco, para llegar cómodamente a aquella ventana.
Esto es lo que yo hice; y entonces pude ver todo el patio, y la horca que estaba ya levantada.
Eran las seis de la mañana y el día empezaba a aparecer, o más bien una dudosa claridad que pasaba penosamente a través de la niebla.
Algunas sombras confusas se agitaban acá y allá alrededor del cadalso.
El día fue avanzando poco a poco, y entonces pude ver, primero dos filas de soldados, y luego a sir Roberto Mitchels en grande uniforme.
Sir Roberto iba de un lado a otro con la sonrisa en los labios.
Tan luego como me descubrió, me envió un saludo amistoso, y llevó después su cortesía hasta el punto de acercarse a mi ventana.
—Desde ahí veréis perfectamente, me dijo.
—Así lo creo, le respondí. Pero, ¿quiénes son todos esos hombres vestidos de negro que veo allá bajo?
—Son los jurados que han condenado al reo, y que la ley obliga a asistir a la ejecución.
—Muy bien. ¿Y aquel otro grupo que permanece aparte?
—Son redactores de diversos periódicos.
—¡Ah! mil gracias!
—Excusadme, dijo sir Roberto, voy a decir dos palabras a Calcraft.
Y me dejó precipitadamente.
Quedé pues de nuevo solo, esperando con ansiedad el momento supremo.
Aquel desgraciado, que me era enteramente desconocido tres semanas antes, me interesaba ahora y había llegado a amarlo desde que conocía su secreto; y la idea de que iba a morir me oprimía el corazón de una manera indecible.
A las siete menos cuarto se presentaron Calcraft y sus segundos, subieron al cadalso, engrasaron la cuerda, ensayaron el movimiento de báscula de la trampa, y se retiraron en seguida.
Por último, a las siete en punto se abrió una puerta en el fondo del patio, y apareció el reo.
Venía un poco pálido, pero marchaba con paso seguro y la cabeza erguida.
Cuando se halló sobre el cadalso, me buscó con la vista y acabó por descubrirme.
Nuestras miradas se encontraron un momento.
—¡Acordaos! gritó con voz esforzada.
—¡Morid en paz! le repetí por segunda vez.
Pusiéronle en aquel instante el gorro negro, y Calcraft le echó al cuello el nudo corredizo.
Un segundo después estaba en la eternidad.
En seguida se dispersaron los espectadores y tan luego como hubieron partido, sir Roberto Mitchels se apresuró a venir a mi calabozo.
—¿Y bien? me dijo.
—Y bien, le respondí, lo he visto todo.
—Y... ¿qué impresión os ha causado?
—Ninguna.
Y solté una carcajada.
—¡Ah! veo que no queréis confesar! exclamó con acento de despecho.
—Ya veremos más tarde, le respondí.
Y diciendo esto, Rocambole se puso de pie.
—¡Ah! añadió interrumpiéndose, el Támesis ha llegado a su mayor altura. ¿Quieres que nos echemos al agua?
—Pero... dijo Milon, la cuerda.....
—Ya te he dicho que la tengo.
—¿Dónde?
—Rodeada a la cintura.
—Pero, ¿no me decís cuál es el secreto que el marido de Betzy-Justice os confió antes de morir?
—Más tarde.
—¡Ah! exclamó Milon con despecho.
—Por ahora, es necesario pensar en que no nos sorprenda aquí el día.
—Bien, pero ¿adónde iremos?
—No lo sé, ya pensaremos en ello después. ¡Vamos! sígueme!
Y Rocambole, asiéndose al borde de la ventana, se arrojó al Támesis, cuyas aguas azotaban con furor las casas de sus orillas.
Milon no tardó en seguirle.
Ambos desaparecieron por un momento bajo las olas, pero no tardaron en subir a la superficie, y se pusieron a nadar tranquilamente en dirección del puente de Londres.
Volvamos ahora a Marmouset, a quien hemos dejado con Shoking y Vanda, a la puerta de una casa de Carl street.
Marmouset, como hemos visto, después de haber indicado la inscripción que estaba sobre la puerta:
Farlane y Compañía
Marmouset, decimos, se quedó mirando a sus dos compañeros.
—Puesto que no habéis comprendido todavía, les dijo, escuchadme antes de pasar adelante.
—Veamos, acabad, dijo Vanda con ansiedad.
—Esta casa debe de estar, según os he dicho, justamente encima de la galería subterránea, y entre los dos hundimientos que hemos podido observar.
—¿Y qué? dijo Vanda.
—Además, prosiguió Marmouset, pertenece a un fenian, lo que es ya un gran punto.
—¿Cómo?
—Esperad. Evidentemente, esta casa tiene una cueva, y si logramos, como lo lograremos, bajar a ella, no habrá más que abrir un agujero para llegar a la galería.
—Y para libertar al Hombre gris, añadió Shoking.
—Sí, todo eso está muy bien, dijo Vanda, pero.... ¿estáis seguro, Marmouset?
—¿De que la casa se halla situada sobre la galería subterránea?
—Sí.
—Completamente seguro.
—¿Cómo podéis saberlo?
Marmouset se sonrió con cierto aire de presunción.
—No ignoráis, dijo, que he seguido durante algunos años la carrera de ingeniero y que paso por un buen matemático.
—¡Ah! sí; en cuanto a eso...
—He calculado perfectamente la distancia, la situación de la casa respecto a la galería, y creo mis cálculos exactos.
—¡Dios lo quiera!
—Y aun creo poder afirmar que necesitaremos abrir un agujero de quince a diez y ocho pies de profundidad.
—Entonces, dijo Shoking, no hay más que entrar en la casa y dirigirnos en seguida a master Farlane.
—De ningún modo, repuso Marmouset.
—¿Y por qué razón? exclamó Vanda.
—Porque Farlane no nos conoce, y como no somos fenians, no podemos hacerle el signo misterioso que sirve de contraseña a su partido.
—Entonces, ¿qué medio adoptar?
—El más sencillo, dijo Marmouset: Shoking va a volver inmediatamente a Farringdon street.
—Bueno, respondió Shoking.
—Y verá al jefe fenian que le acompañaba, lo pondrá al corriente de la situación y le suplicará que venga en seguida a ponernos en contacto con master Farlane.
—Voy corriendo, dijo Shoking.
—Bien, repuso Marmouset, nosotros esperamos aquí.
Shoking no aguardó más y partió como una flecha.
Vanda y Marmouset permanecieron en la calle inmóviles y con los ojos fijos en aquella casa donde no se veía luz ni el menor movimiento, pero cuya puerta se abriría de seguro al presentarse el jefe fenian.
No tuvieron que esperar mucho tiempo.
Shoking tenía buenas piernas, y en esta ocasión supo servirse de ellas con fruto.
Un cuarto de hora después estaba de vuelta, y venía, como Marmouset lo había pedido, en compañía del jefe fenian.
Shoking lo había puesto perfectamente al corriente, pues ambos venían cargados con los herramientas necesarias para cavar la tierra y, aun si era necesario, para abrir una trinchera en la roca.
El jefe fenian saludó a Vanda y Marmouset.
En seguida se acercó a la puerta, y en vez de levantar la aldaba, se puso a golpear con los nudillos, como si tocase un tambor, de un modo particular.
Así se pasaron algunos minutos.
La casa permanecía en tanto silenciosa, y no aparecía luz en ninguna ventana.
—Parece que duermen bien, exclamó Marmouset impaciente.
—Un poco de paciencia, dijo el jefe fenian.
Y se puso a golpear por segunda vez, pero de un modo muy distinto del primero.
Esto fue también en vano: ni ruido, ni luz respondió a este llamamiento.
—Pero... ¿esta casa está desierta? exclamó Vanda.
—No, repuso el jefe fenian.
Y golpeó por tercera vez, empleando siempre un ritmo diferente.
Entonces apareció de pronto una luz por la imposta de la puerta, y se oyó un paso lento y mesurado que venía del interior.
Poco después, en fin, se abrió la puerta, y Marmouset y Vanda vieron aparecer un hombre de pequeña estatura, pero recio de miembros y vigoroso, con la cabeza hundida entre los hombros, los cabellos y barba rojos e incultos, y que venía a medio vestir y con una linterna en la mano.
Este singular individuo era master Farlane.
El jefe, antes de hablar una palabra, le hizo un signo rápido.
Farlane respondió con otro signo, y su mirada recelosa e inquieta al principio, cuando vio a Marmouset y Vanda, se serenó inmediatamente, y franqueó el paso con cortesía.
Los cuatro entraron pues en la casa, y Farlane cerró la puerta.
Después vino al jefe fenian y fijándose en él:
—¿Y bien? le dijo, ¿la explosión ha dado buen resultado?
—No, respondió el jefe.
—Sin embargo, prosiguió Farlane, yo he creído que la mitad de Londres se desplomaba.
—¿Se ha sentido algo por aquí?
—Lo mismo que un violento terremoto. Creí por un momento que mi casa se venía abajo.
—¿De veras?
—Y tanto que sospecho que han debido sufrir algo mis bodegas. No extrañaré encontrar en ellas algún hundimiento.
—Vas a convencerte de seguida, pues precisamente venimos a visitar tu bodega.
Farlane miró con curiosidad a las personas que acompañaban al jefe.
—Ya te explicaremos todo eso, dijo este; pero empecemos por bajar a la cueva.
—¿Qué pretendéis hacer con esos instrumentos?
—Ya lo verás.
Farlane era uno de los jefes influyentes del fenianismo, pero sin duda inferior en grado al que Shoking había ido a buscar a Farringdon street, puesto que no insistió en sus preguntas, ni hizo ninguna otra observación.
Por toda respuesta, fue a abrir una puerta baja que se hallaba en el vestíbulo, y Vanda y Marmouset que iban detrás de él, pudieron ver entonces una estrecha escalera que bajaba a las cuevas.
El jefe fenian cerraba la marcha.
Así bajaron unos treinta escalones, y al fin de ellos se encontraron delante de una nueva puerta.
Esta daba a una estrecha galería que se perdía en la oscuridad; y al entrar en ella, Vanda y Marmouset sintieron una violenta ráfaga de aire que les hirió momentáneamente el rostro.
A los pocos pasos encontraron una doble hilera de toneles.
El jefe fenian detuvo entonces a Marmouset y le dijo:
—Ahora, orientaos, y ved si vuestros cálculos son exactos.
Marmouset hizo un signo de asentimiento, y tomó la linterna que llevaba Farlane.
—Esperadme aquí, dijo.
Y se adelantó solo en dirección del sitio de donde venía el aire frío y húmedo.
La galería descendía insensiblemente describiendo una línea curva; pero a cierta distancia se prolongaba en sentido recto, lo que permitía que la vista pudiese penetrar hasta el fondo de aquella cueva.
Así Marmouset, apenas hubo andado algunos pasos, descubrió a lo lejos una claridad blanquecina que parecía indicar una salida. Avanzó algunos pasos más, y reconoció entonces que lo que veía eran los primeros albores de la mañana, y que aquella cueva iba a salir al Támesis.
El río había llegado a su mayor altura, y la marea que venía del largo lo rechazaba hacia los puentes de Londres.
—Es lo mismo que yo creía, pensó Marmouset.
Y volvió por donde había venido.
Vanda, los dos fenians y Shoking habían permanecido junto a la puerta.
Pero aquella puerta daba al centro de la galería, y esta se prolongaba también hacia el norte.
—Por aquí, dijo Marmouset.
Y adelantándose a todos, llegó a un sitio donde el suelo se había desplomado.
—Estaba seguro, dijo Farlane, ved lo que ha hecho la explosión.
Marmouset puso la linterna en el borde de la abertura, y se aventuró por aquel abismo cuya profundidad no le era posible sondar. Afortunadamente sus pies encontraron un punto de apoyo.
—Alargadme la linterna, dijo entonces levantando las manos sobre la cabeza.
Shoking se la pasó, arrodillándose en el suelo, y el joven desapareció en aquella profundidad.
Vanda y sus compañeros se quedaron entonces en tinieblas.
Pero no habían pasado cinco minutos cuando la luz apareció de nuevo, y Marmouset volvió poniéndose de un salto en la cueva.
Su rostro estaba radiante de alegría.
—¡El capitán se ha salvado! dijo.
—¡Salvado! exclamó Vanda.
—¿Estáis bien seguro? preguntó Shoking.
—Los dos han escapado a la catástrofe, él y Milon, añadió Marmouset.
—Pero, ¿dónde se hallan?
—Han pasado por aquí.
—¿Qué sabéis? dijo de nuevo Shoking.
—¡Oh! repuso Marmouset, yo no suelo engañarme; seguídme y lo veréis.
Y dejando colgar la linterna a algunas pulgadas del suelo, se dirigió, examinándolo cuidadosamente, hacia la ventana que daba sobre el río.
El suelo de la cueva presentaba algunos sitios acá y allá cubiertos de un lodo espeso, producido por la humedad y el derrame de los toneles de cerveza.
—¡Mirad!... ¡mirad! dijo Marmouset señalando las pisadas húmedas que habían dejado pasos recientes.
Siguiendo estas huellas, más o menos visibles, llegaron en fin a la ventana.
El río resonaba al pie luchando aún contra la marea.
—¿Comprendéis ahora?..... dijo Marmouset.
Y extendiendo la mano hacia las agitadas aguas del Támesis, añadió:
—Ya sabéis que ambos son buenos nadadores, ¿no es verdad?
Vanda cayó de rodillas y, por toda respuesta, elevó su alma a Dios en acción de gracias.
Ocho días habían trascurrido después de estos acontecimientos.
Si la curiosidad o un interés cualquiera nos hubiera impulsado a seguir a Marmouset y Vanda, hubiéramos podido encontrarlos juntos, en el piso principal de una casa de Saint-George street, en el Wapping. Era casi de noche, y empezaban a encender los reverberos de las calles.
Vanda y Marmouset hablaban por lo bajo, sentados junto a la ventana, y echaban de vez en cuando una mirada hacia la calle, como si esperasen a alguno.
—En fin, decía Vanda, todas nuestras pesquisas, todos nuestros esfuerzos han sido inútiles durante ocho días. ¿Qué ha sido de Rocambole?... ¡Oh! mucho temo que haya muerto.
—Es imposible, dijo Marmouset. Si él y Milon se hubiesen ahogado en el Támesis, ya hubieran sacado sus cadáveres.
—¿Quién sabe?
—He visto todos los ahogados que han sacado del río; y además, añadió Marmouset, ya sabéis que ambos son buenos nadadores.
—Pero, ¿qué ha sido de ellos?
—Hasta ahora es un misterio impenetrable, respondió Marmouset.
—Los fenians han buscado al Hombre gris por todas partes.
—No digo que no.
—Miss Ellen, que ha venido de nuevo esta mañana, nos afirma que la policía inglesa no ha vuelto a cogerlo. Pero miss Ellen, al decir esto, ¿está acaso segura?
—¡Oh! sí, repuso Marmouset, debe de estarlo.
—¿Por qué razón?
—Porque se ha reconciliado con lord Palmure su padre.
—Bien. Pero.....
—Lord Palmure se interesa ahora por el Hombre gris tanto como antes lo odiaba, y lord Palmure es par de Inglaterra, y como tal tiene el derecho de hacerse abrir las prisiones y de visitar a los presos que hay en ellas.
—Lo que acabáis de decirme, Marmouset, debería tranquilizarme, y sin embargo........
—Vuestro temor es mayor que nunca, ¿no es esto?
—Sí.
—Pero ¿por qué? veamos.
—Porque pienso en el reverendo Patterson, el más terrible e implacable enemigo del Hombre gris.
Marmouset levantó los hombros con desprecio.
—Patterson, dijo, no es bastante fuerte para luchar con Rocambole.
—En fin, murmuró Vanda, ¿cómo es que Rocambole no ha venido a reunirse con nosotros?..... ¿Nos cree acaso enterrados en el subterráneo?
Marmouset no respondió a esta observación y permaneció pensativo algunos instantes.
Después, levantando de pronto la cabeza, añadió:
—Tal vez, amiga mía, el capitán ha partido de Londres, pero de cualquier modo que sea, nosotros somos bien culpables.
—¿Culpables?... exclamó Vanda asombrada.
—Sí, porque hemos olvidado una cosa importante.
—¿Cuál?
—Hemos faltado a las prescripciones de Rocambole. ¿No recordáis sus últimas palabras? En el momento de poner fuego al barril de pólvora nos dijo:—Es necesario preverlo todo. Es posible que yo sucumba..... y que nos hallemos para siempre separados..... En ese caso, vosotros continuaréis mi obra.
—Sí, repuso Vanda, el capitán nos dijo eso en efecto, y nos encargó, que si perecía en la empresa, fuésemos a Rothnite, al otro lado del túnel, y que buscásemos allí a una pobre vieja conocida con el nombre de Betzy-Justice.
—Justamente. Y bien, hasta ahora, nada de eso hemos hecho.
—Porque esperábamos, y porque esperamos aún que el capitán no ha muerto.
—En hora buena, pero por ahí sin embargo debíamos haber empezado nuestras pesquisas.
—¿Por qué?
—Porque acaso Rocambole ha ido ya a casa de esa mujer.
—¡Ah! exclamó Vanda, ¡si pudierais decir verdad!
—¿Quién sabe?
—Pero entonces, vamos; partamos de seguida.
—No; ahora es necesario esperar.
—¿Esperar, qué?
—La visita de Farlane, que debe venir a darnos cuenta del resultado de las investigaciones hechas por los fenians.
Marmouset no había acabado de hablar, cuando se levantó haciendo un gesto de satisfacción:
—¡Y a propósito, mirad! exclamó, cuando se habla del ruin de Roma.....
—¿Farlane? dijo Vanda.
—Sí, acaba de atravesar la calle.
—¿Solo?
—No; viene con él Shoking.
En efecto, poco después se oyó ruido de pasos en la escalera, luego llamaron a la puerta, y Marmouset corrió a abrir.
Farlane el fenian y nuestro antiguo amigo Shoking, entraron en el aposento.
Ambos venían tristes y abatidos.
—¿Y bien? preguntó Marmouset.
—Nada, dijo Farlane.
—¡Absolutamente nada! murmuró Shoking.
—Es que acabamos por donde deberíamos haber empezado, dijo Marmouset.
—¿Qué queréis decir? preguntó Shoking.
—¿Sabes dónde está Adam street?
—Sí, por cierto, respondió Shoking; está en Rothnite.
—Pues bien; ve a buscar un cab.
Shoking no se lo hizo repetir dos veces, y se precipitó como un alud por la escalera.
Vanda pasó a su cuarto a ponerse un abrigo, y durante ese tiempo Marmouset se quedó hablando con Farlane.
—Esperad a mañana, dijo el joven al fenian, para poner de nuevo vuestros hombres en campaña.
—¿Por qué? preguntó Farlane.
—Porque es muy posible que tengamos mañana un punto de partida más seguro para continuar nuestras pesquisas.
—Como gustéis, respondió Farlane con su imperturbable flema británica.
Cinco minutos después entró Shoking con la misma precipitación.
—El cab está abajo, dijo falto de aliento.
Marmouset tendió la mano al fenian.
—Hasta mañana, le dijo.
—Hasta mañana temprano, respondió Farlane.
Y despidiéndose de Vanda que volvía vestida para salir, tomó la puerta.
—Vamos pronto, dijo entonces Marmouset.
—¿No queréis que os acompañe? preguntó Shoking.
—Ven, si quieres.
Vanda y Marmouset entraron en el coche, y Shoking subió al pescante, al lado delcabmano cochero, que partió rápidamente.
El cab bajó a escape por Saint-George street, pasó en seguida por delante de la torre de Londres, entró en Thames street, y atravesando el puente de Londres, llegó a la orilla derecha y se dirigió hacia Rothnite. Al aproximarse a Rothnite-Church, es decir, a la iglesia de Rothnite, Marmouset gritó al cabman que se detuviese.
Shoking bajó inmediatamente a abrir la portezuela y Marmouset y Vanda descendieron del coche.
—Nos hallamos en un barrio miserable, de calles fangosos y estrechas, dijo Marmouset. Es pues inútil el continuar en carruaje y llamar inoportunamente la atención.
Y acabado de decir esto, pagó el carruaje y lo despidió.
En seguida los tres siguieron a pie su camino.
Además, Adam street, que es una de las callejuelas más miserables de aquel barrio, se hallaba a dos pasos.
Marmouset se acordaba perfectamente del número que le había dado Rocambole, y bien pronto se halló a la puerta de la casa designada.
Esta era una vieja casucha de tres pisos, bastante degradada, y de aspecto triste y sombrío.
Se entraba en ella por un portal estrecho y oscuro, en medio del cual había un ventanillo que daba a la tienda de un pescadero.
Este, al oír pasos en el portal, se asomó al ventanillo.
—¿Adónde vais? preguntó.
—¿No es aquí donde vive Betzy-Justice? preguntó Marmouset.
—Sí, en el tercer piso. No hay más que una puerta.
—¿Sabéis si está en su cuarto?
—¡Oh! ya lo creo! La pobre mujer está en cama desde el día en que ahorcaron a su marido.
Al oír esto, Marmouset, Vanda y Shoking tomaron la escalera.
Llegados al tercer piso, Marmouset llamó discretamente, a pesar de haber visto que la llave estaba a la puerta.
—¡Entrad! gritó una voz débil desde el interior.
Betzy-Justice estaba acostada en un miserable jergón extendido en el suelo, y parecía hallarse en un estado de postración extrema.
Al ver entrar a aquellas tres personas desconocidas, dejó escapar un grito de espanto.
—¡Ah! exclamó, ¿venís acaso a buscarme, a mi también, para encerrarme en la cárcel como a mi pobre Tom, y colgarme en seguida como lo habéis colgado a él?—¡Oh! no vale la pena, añadió, miradme bien, y veréis que me estoy muriendo.
—Os engañáis, pobre Betzy, respondió Marmouset; nosotros no somos agentes de justicia, sino amigos vuestros.
—¡Ah!... ¿no me engañáis? dijo la vieja.
Y sacando sus manos descarnadas, separó con los dedos la maraña de cabellos canos que le cubrían la frente.
—De veras..... bien de veras, ¿no me engañáis? repitió.
—No; nosotros somos amigos y compañeros del Hombre gris.
Este nombre arrancó a la vieja una exclamación de alegría.
—¿Del Hombre gris? dijo, ¿del Hombre gris?
—Sí.
—¿No está ya en la cárcel?
Al oír esta pregunta, Marmouset y Vanda se miraron con estupor.
Su última esperanza acababa de desvanecerse.
Betzy-Justice no había visto al Hombre gris, y hacía ya ocho días que Rocambole y Milon habían salido del subterráneo de Newgate.
—¡Ah! exclamó Vanda exhalando un tristísimo gemido, ya os decía que había muerto.
Betzy se incorporó sobre su miserable lecho.
—¿Quién ha muerto? preguntó con ansiedad.
Y fijó sobre aquellas tres personas desconocidas, sus ojos inflamados por la fiebre y las lágrimas.
Betzy-Justice seguía mirando con ansiedad a las tres personas que rodeaban su lecho.
Pero ninguna de ellas había osado proferir una palabra después de la exclamación de Vanda.
La pobre vieja, después de contemplarlos un momento, se irguió violentamente, y dijo con voz ronca animada por la fiebre:
—¡No!... ¡no!... ¡os engañáis!... ¡eso no puede ser..... el Hombre gris no ha muerto!
—Es de esperar que así sea, repuso Marmouset.
Vanda movió tristemente la cabeza y no respondió.
—El Hombre gris prometió a mi pobre Tom que él haría justicia, y el Hombre gris no ha podido morir antes de haber cumplido su palabra. Además, añadió, el Hombre gris no es un hombre como los demás.
—Eso es verdad, dijo Shoking abriendo su pecho a la esperanza.
—El Hombre gris no puede morir, repitió Betzy.
Y luego, mirándolos de nuevo con espanto, añadió:
—¿A qué habéis venido aquí?
—A buscar al Hombre gris.
—¿Y decís que sois sus amigos?
—Sí.
Y como se quedase mirándolos con aire de duda, Marmouset añadió:
—En el momento de separarnos, el Hombre gris nos dijo: es posible que no nos volvamos a ver.
—¡Ah!... ¿Os ha dicho eso?
—Sí; y nos ha ordenado venir a buscaros.
—¿A mí?
—Para suplicaros en su nombre que nos entreguéis unos papeles.
Betzy los miró con desconfianza, y quedó un momento en silencio.
—No, no, dijo en fin, vosotros no venís de su parte.
—Os juro que sí, buena Betzy, repuso Shoking.
—Y yo..... no os creo.
Marmouset tomó afectuosamente una de las descarnadas manos de la vieja, y la dijo con acento penetrante:
—Miradme bien, ¿tengo acaso el aire de una persona que miente?
—No lo sé.
—Reflexionad, prosiguió Marmouset, que si el Hombre gris ha muerto, y vos no queréis confiar en nosotros.....
—Yo no tengo que reflexionar más que en una cosa, dijo Betzy.
—¿Cuál?
—En lo que me encargó mi pobre Tom cuando lo llevaron preso..... me dijo que no confiara los papeles a nadie.....
—¿Ni aun al Hombre gris?
—¡Oh! sí.
—Pues bien, puesto que nos envía.....
—Dadme la prueba de ello.
Y esta mujer a quien el pesar y la miseria habían puesto a las puertas de la muerte, y a la que quedaban sólo tal vez algunas horas que vivir, esta mujer, decimos, manifestó resueltamente su decisión de no deshacerse de los misteriosos documentos que se hallaban en su poder.
—Querida amiga, dijo entonces Shoking, ¿no me conocéis a mí?
—No, repuso Betzy. Sin embargo, me parece haberos visto en alguna parte.
—Me llamo Shoking.
Este nombre pareció despertar un recuerdo en la débil inteligencia de Betzy-Justice.
—¡Ah! sí, respondió, ¿Shoking el mendigo?
—Precisamente.
—Ya recuerdo. Hemos pasado una noche juntos en el Work house de Mail-Road.
—Es verdad, dijo Shoking.
—Pero eso no me prueba que vengáis de parte del Hombre gris.
—Yo soy su amigo.
—¿Y quién me lo prueba?
—Veamos, dijo Shoking que era paciente y obstinado como verdadero inglés, ¿conocéis en Londres alguna persona que os inspire absoluta confianza?
—Si, conozco a un sacerdote católico.
—¿Tal vez el abate Samuel?
—¿Le conocéis también? preguntó Betzy fijando los ojos en su interlocutor con tenaz atención.
—No solamente lo conozco, dijo Shoking, sino que puedo afirmaros que él atestiguará, si es preciso, que vengo de parte del Hombre gris.
—Pues bien, respondió Betzy, que el abate Samuel venga aquí a decirme que puedo entregaros los papeles.
—¿Y nos los daréis entonces?
—Sí.
Shoking consultó a Marmouset con la mirada.
Este la comprendió y dijo resueltamente:
—Nuestro jefe nos ha dado una órden, y debemos ejecutarla. Tengo la convicción íntima de que nuestro jefe vive.......
—Yo también, dijo Shoking.
—¡Dios lo quiera! murmuró Vanda.
—Pero debemos obrar como si hubiese muerto.
—Tal es mi opinión, repuso Shoking.
—Pero en fin, prosiguió Marmouset, ¿dónde encontrar al abate Samuel?
—Yo me encargo de ello, dijo Shoking; y si queréis esperarme aquí.....
—¿Aquí?
—Sí; tomando un cab, estaré de vuelta antes de una hora.
—Está bien: esperaremos, repuso Marmouset.
—Que el abate Samuel me diga que puedo tener confianza en vosotros, y en seguida os entregaré los papeles, dijo Betzy.
Marmouset contemplaba en tanto aquel miserable aposento que no tenía más muebles que una mesa de pino y dos sillas rotas, además del jergón donde Betzy estaba acostada.
La pobre vieja creyó comprender aquella mirada.
—¡Ah! exclamó, buscáis dónde he podido ocultar los papeles, ¿no es verdad?
Y soltando una carcajada nerviosa, que hacía daño oír, añadió:
—¡Oh! no están aquí; podéis creerme..... Se hallan muy lejos de esta casa.
—¡Ah! dijo Marmouset.
—Y si venís en efecto de parte del Hombre gris.....
—Muy pronto tendréis la prueba, Betzy, dijo Shoking.
Y tomó precipitadamente la puerta, mientras que Vanda y Marmouset se sentaban a la cabecera de aquella pobre mujer.
Shoking era hijo de Londres, y de consiguiente conocía aquella vasta ciudad hasta en sus menores detalles.
Una vez fuera de Adam street, torció hacia Rothnite-Church, donde sabía que encontraría en el fondo de un patio una estación de carruajes de alquiler.
Allí halló en efecto un cab, y subiendo en él, dijo al cochero:
—Saint-George-Church.
—¿En el Southwarck? preguntó el cabman.
—Sí. Y tendrás seis peniques de propina si me llevas a buen paso.
El cabman dio riendas a su trotón irlandés y salió a escape.
La carrera fue tan sostenida, que veinte minutos después el cab se detenía delante de la verja del cementerio que rodea la iglesia católica.
Shoking se apeó y atravesó el cementerio.
Después, en vez de entrar en la iglesia por la puerta principal, se dirigió al postigo que daba acceso a la sacristía.
Nada había sufrido el menor cambio en Saint-George-Church.
Tal como lo hemos visto en otra ocasión, tal se encontraba ahora, y el mismo viejo sacristán que conocemos guardaba el santuario, y venía a abrir la puerta cuando llamaban de cierta manera.
Shoking llamó, y el buen anciano vino a abrir de seguida.
Al ver a Shoking, sus ojos medio apagados se animaron con una súbita alegría.
—¡Ah! exclamó, ¡mucho tiempo hace que no os dejáis ver, querido amigo!
—He estado ausente, respondió Shoking.
—¿De veras?
—He estado en Francia.
—¡Ah! muy bien.
—Y quisiera ver al abate Samuel. ¿Está allá arriba?
Y diciendo esto, designaba con la vista la puerta del campanario.
—Si, dijo el anciano con un movimiento de cabeza.
Shoking subió en seguida a la torre y llamó a la puerta disimulada en el muro, que daba al cuartito secreto donde el abate Samuel, el Hombre gris y todos los que el reverendo Patterson perseguía con su odio implacable, habían encontrado sucesivamente un asilo.
El abate Samuel se hallaba entregado a sus oraciones.
Al oír llamar en la forma convenida, vino a abrir la puerta y, al ver a Shoking, soltó, como el sacristán, una exclamación de alegre sorpresa.
—Padre mío, le dijo Shoking, ya sabéis que yo era el fiel amigo del Hombre gris, o mejor dicho, su servidor más adicto.
—Ya lo sé, repuso el abate.
—¿Tendríais inconveniente en atestiguarlo?
—Ninguno.
—En ese caso os suplico que vengáis conmigo.
—¿Adónde?
—A Rothnite, en Adam street.
—Bien, dijo el abate Samuel, ya sé lo que queréis.
—¡Ah!
—Habéis ido a pedir ciertos papeles a la viuda de un ajusticiado.
—Sí.
—Que llaman Betzy-Justice.
—Ese es en efecto su nombre.
—¿Y no ha querido creer que vais de parte del Hombre gris?
—No lo creerá si no venís a afirmarlo.
—Pues bien, dijo el sacerdote, vamos; estoy pronto a seguiros.
Shoking se quedó mirando al abate Samuel.
—¿Conocéis por ventura, padre mío, le dijo, la historia de esos papeles?
—Sí.
—¿Quién os la ha contado?
—El Hombre gris mismo.
Shoking lanzó una exclamación de alegría.
—¡Ah! si es así, dijo, bendigo mil veces al cielo, pues eso me prueba que el Hombre gris, a quien creíamos muerto, vive todavía.
El abate Samuel bajó la cabeza y no respondió.
En el momento en que atravesaban el cementerio, Shoking cogió vivamente las manos del abate Samuel.
—¡Ah! exclamó, decidme que lo habéis visto.
—¿A quién?
—Al Hombre gris.
—Sin duda que lo he visto.
—¿Cuándo? ayer..... hoy? preguntó Shoking con voz ahogada por la emoción.
—No, dijo el abate Samuel; lo he visto en Newgate hace unos quince días.
Shoking dejó escapar un grito de sorpresa.
—¡Ah! exclamó; en ese caso, no sabéis nada.
El sacerdote se quedó mirándolo con extrañeza.
—¿No sabéis pues, prosiguió Shoking, que el Hombre gris no está ya en Newgate?
—Sí, ya lo sé.
—Entonces..... no ignoráis dónde se halla.....
Y al decir esto, Shoking empezó a recobrar la esperanza.
—Lo ignoro, respondió el abate Samuel.
—Nosotros creemos que ha muerto.
—¡Ah! dijo el sacerdote.
Y permaneció impasible.
—¡Oh! exclamó Shoking, vos sabéis muchos cosas que nosotros ignoramos.
—Es muy posible.
Shoking no dijo más, pero se hizo para sí esta reflexión:
—Ahora estoy seguro de que el Hombre gris no ha muerto. Si se oculta de todos, es que tiene poderosas razones para hacerlo.—Y esas razones, veo perfectamente que las conoce el abate Samuel y que no quiere revelarlas.
Partiendo de esta idea, Shoking guardó un silencio lleno de reserva.
Así salieron del cementerio, y montaron en el cab que esperaba a Shoking en el square.
—Rothnite-Church, dijo al cochero.
El cab partió con la misma velocidad.
Llegados a la iglesia de Rothnite, el abate y Shoking echaron pie a tierra y despidieron el cab.
Después continuaron su camino a pie y llegaron a Adam street.
Marmouset los esperaba en el umbral de la puerta.
—¡Ah! venid pronto, dijo, venid pronto.
—¿Qué hay de nuevo? preguntó Shoking.
—Hay... que la pobre anciana se muere.
—¿Betzy?
—Después que nos dejaste, prosiguió Marmouset, ha tenido una crisis nerviosa, a la que se ha seguido una gran postración y debilidad; y en este momento apenas respira. No hay que perder tiempo, si es que ya puede reconocer al padre.
Y Marmouset saludó al abate Samuel.
—Tranquilizaos, caballero, dijo este en francés. Conozco a Betzy y la he visto muchas veces en ese estado, sobre todo después de la muerte de su marido.
Y hablando así, subieron a la miserable buhardilla.
Vanda continuaba a la cabecera de la pobre anciana, que yacía como inerte en su miserable lecho.
Pero cuando Betzy-Justice vio aparecer al abate Samuel, su rostro se trasfiguró y un sentimiento de satisfacción inefable se pintó en su mirada.
—¡Ah! exclamó, he creído morir antes de vuestra llegada.
El abate Samuel la tomó afectuosamente la mano.
—Cobrad ánimo, Betzy, la dijo.
—¡Oh! no me falta, respondió la vieja: además, debo cumplir las últimas voluntades de mi pobre Tom: es necesario que su muerte no haya sido inútil.
Y mirando a Shoking añadió:
—¿Conocéis a este hombre?
—Sí, respondió el abate Samuel.
—¿Es un amigo del Hombre gris?
—Sí.
—¡Ah! ¿Y vienen todos estos de su parte?
—Así es, dijo el sacerdote católico.
—Entonces... ¿puedo decirles donde están los papeles?
—Ciertamente.
Betzy hizo un esfuerzo supremo, y logró con gran trabajo incorporarse de nuevo en su lecho.
—Entonces, dijo, escuchadme..... escuchadme con atención.
Las cuatro personas que asistían a esta escena, rodearon el lecho de la pobre anciana, cuya voz se debilitaba por instantes.
—¿Conocéis la iglesia de Rothnite? dijo.
—Sí, respondió el abate Samuel.
—Está rodeada de un cementerio.
—Como todas las iglesias de Londres.
—Pues bien; en el cementerio de Rothnite hay una sepultura que tiene por epitafio un solo nombre: Robert.
—Acabad, dijo Shoking.
—Sobre esa sepultura hay una cruz de hierro, continuó Betzy-Justice. Las cruces de hierro son raras, ¡muy raras! en el pobre cementerio de Rothnite: así encontraréis fácilmente la sepultura de que os hablo.
—¿Y los papeles se hallan en esa sepultura?
—Sí.
—Está bien, dijo Marmouset, vamos a buscarlos de seguida.
—No es posible, observó Betzy. No podréis hacerlo, pues la iglesia y el cementerio están cerrados de noche.
—Pasaremos por encima de la verja.
—No hay necesidad de eso, dijo Shoking.
—¿Qué quieres decir? preguntó Marmouset mirando a Shoking con curiosidad.
—Quiero decir, respondió este, que tengo un medio seguro de penetrar en el cementerio sin escalar rejas ni forzar ninguna puerta.
El abate Samuel hizo un signo afirmativo que quería decir:
—Yo también.
—En ese caso, vamos, dijo Marmouset.
—Pero, observó Vanda, no podemos dejar a esta pobre mujer sola. En tanto que volvéis, yo permaneceré a su lado.
—¡Oh! exclamó Betzy con voz doliente, ¡no permaneceréis por mucho tiempo!..... Creo que por esta vez todo está concluido. Sin embargo, no quisiera morir sin saber que tenéis esos papeles.......
—Descuidad: volveremos aquí tan pronto como estén en nuestro poder, respondió el abate Samuel.
Y salió el primero del aposento.
Marmouset y Shoking, le siguieron inmediatamente, y bajaron con precipitación la escalera.
Tan luego como se hallaron en la calle, el sacerdote dijo a Marmouset:
—Hay una cosa que no sabéis, que no podéis saber, pero que el Hombre gris conoce perfectamente.
—¡Ah!
—Y es que el cementerio de Rothnite ha servido muchas veces de lugar de reunión de los fenians.
—¿Es posible?
—Y de consiguiente vamos a tomar el mismo camino que ellos, para penetrar en ese sitio.
—¡Ah! dijo Marmouset, ya que me habláis del Hombre gris.......
—¿Qué?
—¿Sabéis que ha sido de él?
—Se ha escapado de Newgate.
—Sí; pero ¿y después?
—Después..... ¡Toma!.....
Y el sacerdote pareció embarazado.
Marmouset movió tristemente la cabeza.
—Mucho temo, dijo, que haya muerto.
—¡Oh! no, dijo el abate Samuel.
—¡Ah! ¿creéis que no ha muerto?
—Sí.
—Pero..... ¿estáis seguro?
—Tal vez.....
—Y... en fin, ¿le habéis visto?
—No, pero puedo afirmaros que vive.
—Y yo lo creo firmemente, dijo Shoking.
Marmouset sentía latir su corazón con violencia.
—¡Oh! padre mío! exclamó, ¡por favor!..... Si tenéis alguna noticia reciente del que vos llamáis el Hombre gris y a quien nosotros reconocemos como nuestro jefe.....
—No insistáis, caballero, respondió con embarazo el abate Samuel, no insistáis, pues no me es posible responderos. Básteos saber que el Hombre gris vive..... y que lo veréis un día.
Marmouset bajó la cabeza y no insistió más.
Rocambole vivía y esto le bastaba por el momento.
Además, Marmouset recordaba ahora otras circunstancias análogas que contribuían a tranquilizarlo.
Recordaba que hacía tres o cuatro años, el capitán había desaparecido súbitamente, y que después, cuando menos lo esperaban había vuelto del mismo modo.
Hablando así, el abate Samuel y sus dos compañeros llegaron a la plazuela de Rothnite-Church.
En ella había un public-house, que cerraba todas las noches muy temprano, pero donde debían velar hasta bien tarde, pues se veía filtrar un rayo de luz por los postigos de la tienda a hora muy avanzada.
Shoking llamó a la puerta de aquella taberna de un modo particular.
En seguida se oyó ruido en el interior, pero a pesar de ello la puerta permaneció cerrada.
Entonces Shoking se volvió al abate Samuel.
—Elpublicanespera el santo y seña, dijo, y yo no sé cuál es.
—Esperad.....
Y el abate Samuel aproximó los labios a una hendedura de la puerta, y pronunció algunas palabras en dialecto irlandés.
Apenas pronunciadas, la puerta se abrió como por encanto.
Elpublican, un irlandés de pura raza, hizo un gesto de admiración al ver al abate Samuel.
—¡Ah! exclamó, pero..... hoy no es día de reunión.
Esto aludía a las conferencias misteriosas de los fenians.
—Ya lo sé, dijo el abate, pero venimos para un negocio particular al cementerio.
—¡Ah! eso es otra cosa!
El tabernero conocía a Shoking, pero, en cuanto a Marmouset, era la primera vez que lo veía.
Así se quedó mirándolo con extremada curiosidad, hasta que el abate Samuel le dijo:
—Este gentleman es un amigo del Hombre gris.
El publican lo saludó con respeto; y yendo en seguida a encender una linterna en la lámpara que ardía sobre el mostrador, se volvió y dijo:
—¡Vaya! puesto que tenéis que hacer en el cementerio, venid.
Y levantó la trampa que se encontraba en medio del public-house, la cual cubría una escalera de mano por donde se bajaba a la bodega del establecimiento.
Llegados a la cueva, el abate Samuel tomó la linterna de manos del publican.
—Ya no tenemos necesidad de ti, le dijo.
—¿Puedo volver a la tienda?
—Sí.
—¿Y no esperáis a nadie?
—A nadie absolutamente.
—Está bien, repuso el tabernero. Y se volvió por la escala, dejando a Shoking, Marmouset y el abate Samuel en la cueva.
Entonces este último pasó la mano por el fondo de aquella pared húmeda, buscando sin duda un resorte oculto; y en efecto, no tardó en abrir una puerta, tan hábilmente disimulada, que se confundía con el muro.
—He aquí nuestro camino, dijo el sacerdote.
La puerta descubría un estrecho corredor subterráneo, y todos tres entraron por él uno después de otro.
Marmouset iba el último, cerrando la marcha, y el abate Samuel caminaba delante, alumbrando con la linterna que había tomado al publican.
El pasadizo subterráneo, bajo y estrecho, tenía la forma de un conducto de desagüe, y se prolongaba por un espacio de más de treinta metros, hasta llegar a una pequeña escalera de seis peldaños gastados y desiguales.
Esta escalera iba a parar a una puerta que se hallaba solamente entornada, pues cedió al empujarla el abate Samuel.
Entonces el sacerdote apagó la linterna.
—¿Qué hacéis? preguntó Marmouset.
—Soy prudente.
—¿Pues dónde estamos?
—En un panteón de familia.
—¡Ah!... ¿es posible?.....
—Mirad, añadió el abate Samuel, ahora que estamos sin luz, fijad la vista a vuestro frente.
—Bien.
—¿No descubrís nada?
—Me parece que veo el cielo a través de una ventana.
—No es una ventana, sino una puerta.
En efecto, la bóveda donde acababan de penetrar por tan singular camino, tenía naturalmente una pequeña puerta que daba al cementerio.
El abate Samuel descorrió un cerrojo, y abrió con precaución la puerta.
—Yo sé dónde está la sepultura, añadió el sacerdote irlandés.
Y hablando así, salió delante para guiar a sus compañeros.
La noche era oscura y la niebla extremadamente densa.
—Seguídme, dijo de nuevo el abate Samuel, y marchad con precaución: es necesario evitar en lo posible el andar sobre las tumbas..... es una profanación.
A pesar de la oscuridad, el sacerdote se orientaba bastante bien.
—¡Ah! dijo Marmouset en voz baja, ¿sabéis en efecto cuál es la sepultura?
—Sí, me acuerdo haber notado la cruz de hierro y la breve inscripción que forma el epitafio.
—¿Sabíais también que contenía esos papeles?
—No; y sin embargo.....
—Sin embargo... ¿qué? preguntó Marmouset.
—Sé vagamente lo que encierran esos papeles.
—¡Ah!
—Hace unos tres meses, prosiguió el abate Samuel, un día vino un hombre a la iglesia de Saint-George, y solicitó hablarme.
—¿Quién era ese hombre?
—Tom, el marido de Betzy-Justice.
—¡Ah! no lo habían preso aún.....
—No: tampoco había cometido el crímen que le ha costado la vida. Tom me contó pues su historia, y me suplicó que me interesase por él.
El desgraciado me creía omnipotente, y me decía que si yo tomaba su causa entre manos, la consideraba como ganada.
Desgraciadamente Tom era escocés y protestante, y de consiguiente no pertenecía al fenianismo.
Estaba pues seguro de antemano que nuestros hermanos se negarían a ayudarle, y así se lo dije.
El infeliz no quiso oír más, y se fue haciéndome un gesto de a Dios desesperado.
Dos días después, Tom asesinaba a lord Evandale.
—Pero decidme, preguntó Marmouset, ¿no le hablasteis entonces del Hombre gris?
—De ningún modo.
—Entonces, ¿cómo el Hombre gris ha podido saber?.......
—Se han visto en Newgate.
—¡Ah! es verdad.
Y Marmouset añadió para sí:
—Reconozco en este rasgo al capitán y su carácter caballeresco:—para que Rocambole haya aceptado la herencia de Tom el ajusticiado, es necesario que esa causa sea justa.
El abate Samuel se detuvo en este momento.
—Aquí es, dijo.
La noche estaba demasiado oscura para que pudiesen leer el epitafio, pero se veía distintamente la cruz de hierro.
—Yo traigo fósforos en el bolsillo, dijo Shoking.
—¿Y para qué?
—¡Toma! para ver bien si el nombre que está escrito ahí es el que ha dicho Betzy.
—Es inútil. Estoy seguro que esta sepultura es la que nos ha designado.
Aquel sepulcro consistía en una simple losa extendida por tierra.
—No tenemos instrumentos para levantar la piedra, dijo Marmouset.
—No hay necesidad de ellos, respondió el abate.
—¡Ah! ¿lo creéis así?
—Ved sino. Y el sacerdote cogió la losa por el borde, con ambas manos, y la levantó fácilmente, tanto era ligera.
Aquella losa, que parecía puesta allí, más como una puerta, que como piedra sepulcral, cubría una fosa cuyas paredes eran de mampostería.
En el fondo de la fosa se entreveía un ataúd.
Shoking no pudo contener un movimiento de terror.
—¿Tienes miedo? le dijo Marmouset.
—Un poco, respondió Shoking.
—¿Por qué?
—Porque..... de seguro, los papeles están en el ataúd.
—Es probable.
—¡Oh! exclamó Shoking, yo no podré nunca poner mis manos sobre un cadáver..... ¡oh!... ¡no!
Marmouset no respondió una palabra y descendió a la fosa.
La oscuridad era allí tan profunda, que no veía nada absolutamente, pero trató de suplir la vista con el tacto.
Tocó en todos sentidos el féretro, y encontró en uno de sus costados un tornillo, luego otro y en fin, cuatro.
En Londres no se clavan los féretros, sino que se cierran con tornillos.
Marmouset sacó inmediatamente un cortaplumas que contenía muchas hojas, y escogiendo una que era redonda por la punta, se sirvió de ella como de un destornillador.
Shoking se separó a un lado, apartándose de la sepultura.
El abate Samuel, por su parte, permaneció al borde de la fosa, prestando cuidosamente el oído, y con la vista fija en la verja del cementerio, escrutando también de vez en cuando todos los sitios que le avecinaban.
El cementerio no tenía guarda sin embargo, ni tampoco la iglesia que ocupaba el centro; pero se hallaba dominado por muchas casas inmediatas, y además podía suceder que algún fenian tuviese el capricho de venir allí, penetrando por el mismo camino que ellos habían traído.
Afortunadamente la operación no fue larga.
En menos de diez minutos Marmouset logró sacar los cuatro tornillos.
—Está hecho, dijo.
Shoking retrocedió algunos pasos más y volvió a otro lado la cabeza.
Marmouset levantó entonces con cuidado la tapa del ataúd.
—¡Ah! exclamó, puedes venir, Shoking.
—¿Eh? dijo Shoking con voz temblorosa.