XVI

—El ataúd está vacío.

—¿Vacío?

El abate Samuel y Shoking se inclinaron al borde de la fosa.

—No hay ningún cadáver, añadió Marmouset.

—¿Ni papeles tampoco?

—¡Ah! sí..... creo que sí.

Y Marmouset encontró en efecto, en un rincón de aquel féretro vacío, un paquete envuelto en un pedazo de hule, cerrado con cinco sellos de lacre negro.

En seguida echó el paquete al abate Samuel, y cerrando el ataúd, sin detenerse en colocar de nuevo los tornillos, saltó vivamente fuera de la fosa, y ayudó al sacerdote a poner en su sitio la piedra sepulcral, de modo que no se conociera la aparente profanación que acababan de llevar a cabo.

El abate Samuel se puso otra vez a guiar la marcha, y cinco minutos después llegaban al public-house, salían en seguida de él furtivamente, y se dirigían a toda prisa hacia Adam street.

Cuando llegaron a la casa de Betzy, la pobre mujer estaba agonizando.

Sin embargo, al ver aparecer al abate Samuel, un resto de vida, como el último fulgor de una luz que va a apagarse, pareció animar su mirada.

—He aquí los papeles, dijo el sacerdote.

—Si, murmuró la anciana con voz apagada, eso es..... ¡Ah!... Ahora... ya puedo morir.

Estas fueron sus últimas palabras.

Su respiración se hizo fatigosa, sus ojos se vidriaron, y se agitó con algunos movimientos convulsivos.

Un instante después exhaló el último aliento.

Betzy-Justice acababa de morir, mientras que el sacerdote católico la daba la absolución.

Vanda y sus tres compañeros pasaron la noche al lado del cadáver de la pobre Betzy.

Durante esta velada, Marmouset abrió el paquete tan cuidadosamente envuelto, y encontró en él un voluminoso manuscrito en inglés que llevaba este título extraño:

Diario de un loco de Bedlam.

Y después de hojearlo, leyó en alta voz lo siguiente:

diario de un loco de bedlam.

Los montes Cheviot separan el condado escocés de Roxburgh, del condado inglés de Northumberland.

Su cima está coronada de nieves eternas.

Extensos y cerrados bosques cubren sus pendientes escarpadas, y en los estrechos valles, crecen abundosos pastos.

A tres leguas de la villa de Castleton, suspendido sobre un peñon altísimo, como un nido de águilas, y dominando un paisaje melancólico, de un aspecto rudo y salvaje; se eleva el castillo señorial de Pembleton.

Pembleton-Castle, como dicen en el país.

Este antiguo solar, coronado de ocho torres cuadradas y macizas, con sus enormes garitas de piedra salientes y puntiagudas, está rodeado de fuertes murallas, como una fortaleza.

Desde la altura donde se halla edificado, domina ocho leguas de país por el lado de Escocia, a pesar de que su asiento es sobre la tierra inglesa.

En la edad media, los señores de Pembleton eran escoceses y seguían la bandera de los Roberto Bruce y de los Wallace.

Hoy, lord Pembleton ocupa un asiento en la cámara de los Pares, pero conserva a pesar de ello su título de barón escocés, título de que se enorgullece.

Lord Evandale Pembleton no tenía más que tres años cuando su padre murió en el combate de Navarino, donde la Francia y la Inglaterra reunidas derrotaron la escuadra turca en las aguas de la Grecia.

El niño Evandale tenía un hermano de diez y ocho meses.

Tan luego como lady Pembleton tuvo noticia de la terrible desgracia que la privaba de su esposo, dejó en seguida y precipitadamente a Londres, donde pasaba el invierno en su magnífico palacio del West-End, y fue a refugiarse, con sus dos hijos, al castillo de Pembleton. Vestida de negro de pies a cabeza, se encerró en el antiguo dominio feudal que el noble lord su esposo había casi abandonado, así como sus padres, hacía cerca de un siglo.

Al pie del peñon, y a cierta distancia en medio de la llanura, se levantaba una deliciosa quinta, enteramente moderna, rodeada de frondosas alamedas y jardines y de una extensa pradera: morada campestre, pero esencialmente aristocrática, donde lord Pembleton pasaba el otoño y la estación de la caza, y que había poblado de maravillas artísticas, adornándola con toda la riqueza y lujo moderno.

Esta quinta llevaba el nombre de New-Pembleton, es decir, Nuevo Pembleton; la casa de recreo moderna que destronaba el antiguo solar.

Y sin embargo no fue a New-Pembleton donde se refugió lady Evandale.

Fue a Pembleton-Castle u Old-Pembleton, como le llamaban en razón a su antigüedad, donde fue a ocultar su dolor la joven viuda.

¿Por qué?

Estos sucesos tenían lugar en 1828, es decir, en la primera mitad del sigloxix, era que hemos dado en llamar de civilización, y de consiguiente muy lejos de la época feudal en que los altos barones se declaraban mutualmente la guerra.

La nobleza se había convertido en la aristocracia; los altos y poderosos barones feudales, no eran más que grandes señores vasallos de la corona; y la calma más profunda reinaba en los tres reinos, convertidos en Reino Unido de la Gran Bretaña.

Sin embargo, lady Evandale, al llegar a Pembleton-Castle, dio órdenes bien extrañas para la época.

En primer lugar, hizo alzar el puente levadizo, cosa que no había tenido ejemplo hacía muchos siglos.

En segundo lugar, hizo convocar a todos los campesinos y aldeanos de las cercanías, que eran aún sus vasallos, y pobló el castillo formando en él un verdadero ejército.

Luego en fin, a ejemplo de Juana de Monfort, cuando presentaba en otros tiempos su hijo a los nobles bretones, tomó a su primogénito en sus brazos,—aquel niño que solo tenía tres años,—y mostrándolo a los fieles escoceses que habían acudido a su llamamiento, les hizo jurar defenderlo y velar sobre él.

Y aquellos honrados montañeses juraron con entusiasmo.

¿Qué terrible y misterioso peligro amenazaba pues a aquel niño, que debía un día formar parte de la cámara de los lores?

Un solo hombre lo sabía tal vez, y conocía asimismo el secreto de lady Pembleton.

Este hombre era un joven escocés, llamado Tom, hermano de leche de lady Pembleton, la cual era joven también y bella, y no había cumplido aún veinte y cuatro años el día en que quedó viuda.

Así, desde el primer día de la llegada al castillo, Tom se instaló en el cuarto donde dormía el niño, y pasó allí la noche sentado en un sillón, teniendo al alcance de la mano su carabina de cazador.

Lo mismo tuvo lugar la noche siguiente y las demás que se sucedieron.

Y durante todas esas noches, los Escoceses velaban paseándose por las murallas del antiguo castillo, y tenían cuidado, apenas llegaba el crepúsculo, de levantar el puente levadizo.

Lady Pembleton aparecía de tiempo en tiempo en medio de ellos, unas veces inquieta, otras veces al parecer más tranquila, pero siempre melancólica y como perseguida por un espantoso recuerdo.

Tres meses trascurrieron así.

Durante esos tres meses, con grande admiración de toda la comarca, Pembleton-Castle tuvo una verdadera guarnición.

Los rumores más extraños empezaron a circular entonces.

La muerte de lord Evandale,—decían,—había turbado la razón de la pobre viuda.

De un carácter exaltado ya, y viciado por la lectura de las novelas de Walter-Scott y los poemas de Byron, lady Evelina Pembleton se había vuelto loca.

Sin duda se creía en la edad media, en tiempo de las luchas heroicas de los clanes escoceses y los barones ingleses, y pretendía defender a su hijo contra enemigos imaginarios.

Los buenos escoceses llamados en su ayuda, y que se habían apresurado a prestarle sus servicios, empezaban a participar esta de creencia.

Una sola persona era de contraria opinión, y afirmaba que lady Pembleton no estaba loca y que tenía razón muy fundada para obrar así.

Esta persona era Tom.

Pero Tom no se explicaba más y guardaba fielmente su secreto.

En fin, al cabo de tres meses, lady Pembleton despidió a sus Escoceses, hizo bajar el puente levadizo de Old-Pembleton, mandó disponer y cargar sus carruajes, y dejando con sus numerosos domésticos el castillo feudal, bajó a la magnífica quinta de New-Pembleton, y se instaló en ella con sus dos hijos.

Los nobles establecidos en los alrededores, así como los ricos campesinos y notables habitantes de las villas y aldeas inmediatas, no tardaron entonces en emitir la opinión de que la hermosa viuda había recobrado en fin la razón.

Y sin embargo, el único motivo que había ocasionado este cambio completo de existencia, reposaba sobre un lacónico despacho que lady Pembleton recibiera de Londres.

Aquel despacho decía:

«Sir Arturo se ha embarcado esta mañana para las Indias.»

¿Quién era sir Arturo?

El hermano segundo de lord Evandale.

¿Era pues contra él por lo que lady Pembleton había tomado tan singulares precauciones?

Algunos días después de su instalación en New-Pembleton, lady Evelina recibió la visita de dos gentlemen.

Estos eran lord Ascott y su hijo el baronet sir James.

Lord Ascott y sir James eran el padre y el hermano de lady Evelina.

El padre venía de Italia, donde había pasado dos años para restablecerse de una enfermedad del pecho; y el hijo, midshipman en la armada inglesa de las Indias, se hallaba en Londres con licencia.

Ambos se hallaban en la capital, en los momentos en que la conducta excéntrica de lady Pembleton empezaba a hacer ruido, y, persuadidos de que la noble viuda estaba loca, habían venido a verla a toda prisa.

Lady Evelina los recibió vestida de riguroso luto.

Su aspecto era muy triste y aun derramó abundantes lágrimas al verlos; pero no hallaron en sus discursos ni en sus maneras, nada que pudiese confirmarlos en la opinión de que se habían alterado sus facultades mentales.

Lady Pembleton gozaba de toda la plenitud de su razón.

Sin embargo, sus nobles parientes creyeron deber pedirla algunas explicaciones.

Pero lady Evelina se negó a satisfacerlos.

Entonces lord Ascott hizo valer su autoridad paternal, y exigió con severidad lo que se rehusaba a la persuasión.

Lady Evelina persistió en su negativa.

Lord Ascott se dejó llevar de la cólera, y hasta llegó a decirla que la familia de lord Pembleton hablaba ya de privarla de la administración de sus bienes y de la tutela y educación de sus hijos.

Lady Evelina bajó la cabeza y se deshizo en lágrimas.

En fin, no pudiendo resistir más, se echó a los pies de su padre y le dijo:

—Milord, sé que os debo obediencia y no pretendo sustraerme a vuestra autoridad..... pero sé también que la confesión que me obligáis a haceros, va a destrozar vuestro corazón paternal. Dispensadme pues de esa confesión.... os lo suplico por vos y por mí.

Lord Ascott fue inflexible.

Entonces lady Evelina lo condujo a su cuarto, y abriendo un cajón secreto de su escritorio, sacó un cuaderno de papel cubierto de una escritura apenas legible, y en el que, en cada página, se encontraba la traza de una lágrima.

—Tomad, padre mío, dijo, aquí tenéis el diario de mi vida. Leed.....

Y huyó precipitadamente, dejando a lord Ascott en posesión de aquel cuaderno.

Una hora después, el noble anciano volvió a reunirse con su hija.

Su rostro presentaba una palidez mortal; y cogiendo a la joven en sus brazos, la tuvo largo tiempo estrechada contra su corazón.

Por largo espacio no pudo pronunciar una palabra, ni hacer otra cosa que mezclar sus lágrimas a las de su hija; pero al fin logró reponerse, y la dijo con acento desesperado:

—Yo soy por desgracia demasiado viejo, hija mía..... pero tu hermano te vengará.

¿Qué espantoso secreto era pues el que lady Evelina no había osado revelar de viva voz a lord Ascott, su anciano padre?

Esto es lo que vamos a dar a conocer al lector, traduciendo fielmente el manuscrito de la viuda de lord Evandale Pembleton, jefe de escuadra de la marina real inglesa, muerto en Navarino, combatiendo bajo la bandera de la civilización en lucha con la barbarie.

diario de un loco de bedlam.

La familia Dunderry, cuyo jefe lleva el nombre de lord Ascott, es de puro origen normando.

En la época en que el duque Guillermo el Bastardo pasó a ser el rey Guillermo el Conquistador, los Dunderry le siguieron a las islas Británicas, y desde entonces se han enlazado siempre con las más altas familias de la aristocracia inglesa.

Miss Evelina, hija de lord Ascott, tenía diez y seis años cuando su padre pensó en casarla.

Los partidos no faltaban por cierto, los nombres más ilustres del Reino Unido se disputaban el honor de tal alianza; pero miss Evelina, según la moda inglesa, se hallaba prometida a lord Pembleton, hacía mucho tiempo.

El dominio señorial de Ascott y el de Old-Pembleton, encaramados cada uno de ellos sobre una de las escarpas de los montes Cheviot, se miraban hacía siglos frente a frente, a tres leguas de distancia.

Lord Ascott, el padre de miss Evelina, y el difunto lord Pembleton, padre del lord actual, habían estado unidos en estrecha amistad desde la infancia, y cuando miss Evelina llegó a tener diez años y sir Evandale Pembleton diez y ocho, se apresuraron a desposarlos.

Después sir Evandale se embarcó para las Indias, donde servía en la marina real.

Las dos familias permanecieron estrechamente unidas.

No pasaba una sola semana, durante el invierno, sin que lord Ascott y su hija fuesen a visitar a lord Pembleton, a quien una cruel enfermedad, la gota tenía clavado en su sillón.

Miss Evelina y sir Jorge Pembleton, hermano segundo de sir Evandale, contrajeron poco a poco una amistad e intimidad fraternal, y salían con frecuencia juntos, dando largos paseos a caballo.

Cinco años se pasaron así.

Miss Evelina experimentaba un placer extremo en encontrarse al lado de sir Jorge, y sir Jorge llegaba a veces a concebir el criminal deseo de que el navío en donde iba su hermano mayor se estrellase contra una roca, en una noche de tempestad, y se perdiese con todo su equipaje.

Un día, en fin, los dos jóvenes llegaron a confesarse que se amaban.

Pero en miss Evelina dominó al amor la razón, y a la ardiente declaración de sir Jorge respondió espantada:

—¡Desgraciado!... ¿olvidáis que estoy desposada con vuestro hermano?

—¡Ay! ya lo sé, respondió el joven. Así ya he tomado mi resolución.

Y como ella le mirase con angustia:

—Aun dado caso, prosiguió, de que mi hermano consintiese en cederme su derecho, nuestras dos familias no accederían jamás a nuestra unión. Soy hijo segundo, y de consiguiente estoy desheredado de los bienes y títulos de mi casa.

Y exhaló un profundo suspiro.

Miss Evelina le escuchaba con la cabeza baja y derramando abundantes lágrimas.

Sir Jorge continuó después de un momento de silencio:

—Hoy mismo partiré de aquí.

—¿Y adónde iréis? preguntó la joven temblando.

—Primero, a Londres.

—¿Y después?

—Iré a reunirme con mi hermano en la India.

Miss Evelina poseía en alto grado la virtud y el sentimiento de dignidad de las mujeres de raza; así supo dominar su emoción, y tendiendo la mano a sir Jorge, le dijo:

—¡A Dios!..... ¡A Dios para siempre!

Sir Jorge tenía entonces diez y nueve años; la edad de la abnegación y de los sentimientos caballerescos.

De consiguiente aquel mismo día partió de Old-Pembleton.

Seis meses después, lord Pembleton murió, y su hijo sir Evandale heredó sus inmensos bienes, su título y su puesto en la Cámara de los lores.

Pero no se vuelve de las Indias en un día, y hacía ya cerca de un año que sir Jorge había partido, cuando lord Evandale llegó a Inglaterra.

Miss Evelina había tomado al principio la resolución de echarse a los pies de lord Evandale, de confesárselo todo y de suplicarle que renunciase a su mano.

Pero esta resolución debió ceder ante la voluntad inflexible de lord Ascott.

Un año después de los funerales del padre de sir Evandale, miss Evelina había enajenado su libertad y se llamaba lady Pembleton.

El tiempo mitiga las penas más profundas y cicatriza todas las heridas.

Lady Pembleton pensaba aún alguna vez en sir Jorge, el pobre segundón que servía en el ejército de las Indias.....

¡Pero lord Evandale era tan bueno... tan bondadoso con ella, y le manifestaba tanto respeto y amor!.....

Y luego, lady Pembleton no había tardado en ser madre, y la maternidad es un sentimiento que acaba por dominar todos los demás.

A medida que el tiempo pasaba, la imagen de sir Jorge se iba borrando poco a poco.

El ausente empezaba pues a caer en el olvido, y lord Evandale tocaba ya la hora propicia de conquistar por completo el amor de su esposa.

Pero la fatalidad debía disponerlo de otro modo.

Al heredar los títulos y cargos de su padre y su asiento en la Cámara alta, el jefe de la casa de Pembleton había conservado sin embargo su grado en la marina real.

Su carrera en ella había sido rápida, y en la época a que nos referimos eracommodore, es decir, jefe de escuadra.

Un día recibió del almirantazgo la órden de embarcarse.

¿Adónde iba?

No podía saberlo hasta abrir un pliego sellado que contenía sus instrucciones, y del que no debía tomar conocimiento sino cuando se hallara en las aguas de la isla de Madera.

Las mujeres de los marinos se acostumbran forzosamente desde luego a esas crueles separaciones, cuyo término no es siempre seguro.

Lady Evelina se resignó pues, y el commodoro partió.

Hallábanse entonces en medio del verano, y laestación, como dicen los Ingleses, se encontraba en todo su esplendor.

Naturalmente, Lady Pembleton, al separarse de su marido, había dejado su magnífico dominio de los montes Cheviot, para venir a habitar su palacio del West-End, de Londres, en Kensington-Road.

Kensington-Road es una ancha y bellísima avenida, formada exclusivamente por las moradas señoriales de las grandes familias de Londres; y que corre paralela a Hyde-Park.

Cada uno de esos palacios tiene un jardín, que no está separado de Hyde-Park sino por una verja, y cada propietario tiene una llave de la suya, lo que le permite comunicar con el jardín público.

Lady Pembleton estaba pues en Londres.

Pero desde la partida de su marido, nadie la había visto en ninguna parte.

Vivía constantemente encerrada, ocupándose de su hijo, que tenía entonces cerca de dos años, y leyendo con avidez los periódicos que podían darla noticias delMinotauro.

Este era el buque que mandaba lord Evandale.

Así vivía siempre sola, suspirando por la vuelta del ausente.

Pero la soledad es mala consejera.

Más de una vez, el recuerdo de sir Jorge, poco antes casi olvidado, había venido a turbar el espíritu de lady Pembleton y la aparente tranquilidad de que gozaba.

En fin, una noche, lady Evelina, que ocupaba las habitaciones de verano de su palacio, se hallaba sentada junto a una ventana del piso bajo que daba a los jardines.

Aquel día era domingo, y el domingo es un día bien triste en Londres.

El calor había sido excesivo, pero la noche era fresca, y la pobre joven respiraba con un placer melancólico el dulce perfume de las primeras brisas.

La noche era oscura y el jardín estaba desierto.

Más allá del jardín se descubría Hyde-Park, también solitario, y perdido en la oscuridad bajo sus sombrías alamedas.

Lady Evelina se hallaba con la vista fija en aquel melancólico paisaje, cuando de repente vio agitarse una sombra y salir de la espesura.

Aquella sombra era un hombre que parecía surgir como por encanto a orillas del riachuelo que llaman la Serpentina, y que venía derecho a la verja del jardín del palacio Pembleton.

Lady Evelina observó curiosamente a aquel hombre.

Pero la noche, como hemos dicho, era bastante oscura.

Sin embargo, ¡cuál no fue su asombro y en seguida su terror, cuando vio a aquel hombre sacar una llave del bolsillo y abrir la puerta de la verja!

La joven arrojó un grito agudo en el momento en que aquel hombre penetraba en el jardín.

Pero aquel grito no pareció conmoverlo, ni le hizo detenerse ni huir.

Al contrario, pareció guiarlo, y se vino derecho a la ventana.

Entonces lady Evelina se echó vivamente para atrás y corrió a coger el cordón de una campanilla que sacudió violentamente.

Nadie acudió a este llamamiento.

El desconocido trepó al alféizar de la ventana y saltó en la habitación.

Fuera de sí de terror, lady Evelina se lanzó hacia la puerta; pero en el mismo instante se sintió detenida por una mano vigorosa, y una voz que acabó de trastornarla la dijo:

—Evelina.... ¿no me reconocéis?

Al oír aquella voz la joven se quedó anonadada, petrificada de sorpresa.

—¡Sir Jorge! murmuró.

—Sí, yo soy.

Y el hermano menor de lord Evandale se echó a los pies de su cuñada, que se hallaba paralizada de terror.

diario de un loco de bedlam.

No había lugar a la duda: sir Jorge Pembleton, el hermano de su marido, era en efecto quien lady Evelina veía delante de ella.

¡Y aquel hombre había osado penetrar en su casa por la ventana, como un ladrón o un asesino!

—Caballero, dijo la joven con terror, ¿cómo es que os halláis aquí?

Sir Jorge dobló de nuevo la rodilla.

—Evelina, dijo, mi querida Evelina, no me condenéis antes de haberme oído.

Su voz conmovida y su actitud suplicante tranquilizaron un poco a lady Evelina.

—Jorge, le dijo, ¿de dónde venís?

—De la India, contestó el joven.

—¡Ah! ¿Habéis dejado el servicio?

—No; he obtenido licencia por algunos meses. Y vengo solamente..... por vos.

—¡Por mí! exclamó lady Pembleton acometida de un nuevo temor.

Y hablándole con un acento de dignidad que no excluía la benevolencia, añadió:

—¿Es posible, Jorge?... ¿Osáis hablarme de ese modo?... ¿a mí?...

—Evelina, yo os amo.......

—¡Callad!

—Hace tres años, Evelina... desde que me separé de vos.... mi vida es un perpetuo combate de cada hora, de cada minuto; un suplicio sin nombre; una tortura eterna.

—¡Pero, desgraciado!... ¿Habéis olvidado que soy la mujer de vuestro hermano?

—Mi hermano está lejos de aquí.

Lady Evelina dejó escapar un grito de terror.

—¡Oh!... ¿lo sabíais? exclamó.

—Nuestros dos navíos se han cruzado a la altura de Finisterre.

—¿Y os atrevéis?...

—Ya os lo he dicho; no vengo más que por vos.....

Lady Evelina fijaba en aquel hombre una mirada extraviada, y su pavor acrecía por instantes.

Sir Jorge no era ya por cierto el tímido y leal adolescente que se había separado hacía tres años de miss Evelina, cambiando con ella un adiós eterno.

Ahora era un hombre... un hombre de mirada sombría y resuelta, un hombre en cuyo continente se adivinaba que era capaz de todo.

Y sin embargo la joven, en medio de su turbación y de su espanto, no desesperaba de doblegar a aquel hombre y de traerlo al sentimiento del deber.

—Jorge, le dijo, vos sois hermano de Evandale y yo soy su esposa.

—Yo odio a Evandale, respondió el joven.

—¿Y decís que me amáis aún?

—Todo el fuego del infierno se ha concentrado en mi corazón, respondió con exaltación sir Jorge.

—Pues bien, puesto que me amáis, respetadme: salid de aquí, y no volváis hasta mañana... pero en medio del día, a vista de todo el mundo, y por la puerta principal de este palacio, que es la morada de vuestro hermano.

El joven soltó una carcajada cruel.

—¡Oh! no, no! exclamó. No he venido de tan lejos para que me hagáis poner a la puerta por vuestros lacayos.

Lady Evelina sintió toda su sangre refluir a su corazón, y el rubor de la vergüenza coloró vivamente su rostro.

Y como sir Jorge la cogiese al mismo tiempo las manos, ella se soltó con indignación, y corrió al otro extremo del cuarto gritando:

—¡Salid!... salid de aquí!... os lo ordeno!

El joven respondió con una nueva carcajada.

—¡Salid!... repitió lady Evelina.

—No... yo os amo.

—Alejaos o llamo a mis criados.

Sir Jorge, sin dejar de sonreírse, dio un paso hacia ella.

Entonces lady Pembleton corrió a la chimenea, y cogiendo el cordón de la campanilla que pendía al lado del espejo, tiró de él con violencia.

Pero la campanilla no resonó como de costumbre.

—Podéis llamar cuanto os plazca, dijo el joven. El cordón está cortado.

Lady Evelina arrojó un grito desesperado.

—¡A mí!... ¡a mí! exclamó.

Sir Jorge se adelantó hacía ella.

—¡A mí!... ¡socorro! gritó lady Evelina.

—No gritéis inútilmente: vuestros criados han salido, y estamos solos en la casa.

La joven se precipitó hacia la puerta e intentó abrirla.

—La puerta está cerrada por fuera, dijo tranquilamente sir Jorge.

Entonces quiso ganar la ventana y saltar al jardín.

Pero él se colocó resueltamente delante de ella.

—¡No saldréis de aquí! dijo.

Lady Evelina exhaló un grito supremo de espanto y de horror, y juntando y retorciéndose las manos, pidió gracia..... pero él la estrechó en sus brazos con furor e imprimió en sus labios un beso ardiente...

Lord Evandale estaba en la Oceanía.

ElMinotaurose dirigía hacia Melburne, una de los dos capitales de la Australia, y cada vez que el navío hacía escala en algún punto, el noble lord escribía a su esposa largas cartas, que expresaban todo su amor, toda su ternura.

A veces, hasta había pensado en dar su dimisión y volver a Inglaterra.

Pero el soldado no deserta la víspera de una batalla, y lord Evandale no abandonó su navío.

ElMinotauropasó dos años en Australia, dando caza a los piratas que infestaban sus mares.

Concluida esta campaña, el commodoro fue llamado a Londres, pero su ausencia había durado más de treinta meses.

A su vuelta, lady Evelina salió a su encuentro, llevando a sus dos hijos de la mano.

El segundo había nacido después de la partida de lord Evandale.

La noble joven estaba pálida y triste, y parecían haber pasado por ella más de diez años.

¿Qué había sucedido pues durante la larga ausencia de lord Evandale?

Este no podía adivinarlo, ni llegó a saberlo jamás.

Lady Evelina vivía lejos de toda sociedad, y pasaba la mayor parte del año en Pembleton; y respecto a sir Jorge, nadie había vuelto a verlo después de la noche fatal de que hemos hablado.

Lord Evandale no llegó ni aun a sospechar que había dejado por un momento las Indias para volver a Europa.

Alarmado de la palidez de su esposa y del estado de postración física y moral en que se hallaba, el noble lord consultó uno por uno todos los médicos célebres de Londres.

Los médicos convinieron en que se hallaba atacada de una enfermedad de languidez puramente nerviosa, y aconsejaron un viaje por Italia.

Lady Evelina partió con su marido.

Pasó un mes en Nápoles, otro en Roma, Milan y Venecia, y volvió a Londres más enferma, más desalentada y cansada de la vida.

Dos seres solamente lograban arrancarle una sonrisa.

El uno era Tom, su hermano de leche.

El otro su hijo mayor, el primogénito que debía heredar un día la inmensa fortuna de lord Evandale y sucederle en sus cargos y dignidades.

En cuanto a su segundo hijo, la pobre joven no podía contemplarlo un momento sin que lágrimas de vergüenza viniesen a arrasar sus ojos.

Apenas acababan de llegar de Italia, cuando fue declarada la intervención anglo-francesa en favor de la insurrección griega.

Lord Evandale recibió la órden de embarcarse y tomar el mando de una flotilla, y lady Evelina se encontró de nuevo sola.

Una tarde, la joven se paseaba en Hyde-Park, llevando a su hijo mayor por la mano.

La noche se aproximaba rápidamente.

Seguida a cierta distancia por dos de sus lacayos, lady Evelina se paseaba sin desconfianza por la margen de la Serpentina, cuando de repente, saliendo de un bosquecillo inmediato, se presentaron a ella dos hombres del pueblo, o dosroughs, como los llaman en Londres.

Lady Evelina se volvió vivamente y llamo a sus lacayos.

Pero estos habían desaparecido.

Al mismo tiempo, uno de los dosroughsse echó sobre ella, y le puso la mano en la boca para impedir que gritase.

El otro en tanto se apoderó del niño, y tomó precipitadamente la fuga.

Una hora después, los dos lacayos, que pretendían haberse extraviado por una alameda lateral, creyendo seguir a su señora, la habían encontrado desmayada a orillas de la Serpentina, y la condujeron a su casa.

En cuanto a su hijo, había desaparecido.

diario de un loco de bedlam.

CONTINUACION.

Afortunadamente, al lado de lady Evelina, sola y desesperada, había un hombre animoso y resuelto.

Este hombre era Tom.

El honrado Escocés no perdió la cabeza, y adivinó de seguida por qué habían robado el niño.

En Londres es esto tan común, como el robo de una bolsa o de un pañuelo; y aún constituye un comercio bastante lucrativo.

Hay tal o cual mendiga que logra a duras penas conseguir al día una limosna, y que haría una fructuosa colecta, si llevase un niño en sus brazos cuando implora la caridad pública.

Hay también maestras de niños, siniestras industriales cuyo tipo sólo florece en Londres, que han hecho desaparecer en el fondo del Támesis las pobres criaturas que les confiaran en secreto.

El día menos pensado, los padres de esos hijos del amor vienen a reclamarlos.

Es necesario pues que estén preparadas para poder reemplazar con niños robados, los que han dejado de existir después de largo tiempo, y cuya pensión se ha cobrado religiosamente.

Y en fin, hay además los gitanos, los saltimbanquis y los cómicos de la legua, que andan siempre a caza de niños y los roban con una destreza admirable.

Pero Tom no pensó un solo momento en los mendigos, gitanos ni saltimbanquis.

Su primera idea fue justa y lógica.

—El ladron, se dijo, es sir Arturo Jorge Pembleton, oficial de la marina real.

Mucho tiempo hacía que sir Jorge no se veía en Londres, ostensiblemente al menos.

Lady Evelina no lo había vuelto a ver desde la noche fatal.

Pero Tom había visto una tarde rondar a un hombre por Hyde-Park, y—aunque aquel hombre iba vestido como un rough,—Tom lo había reconocido.

El supuesto rough era sir Jorge.

Tom se puso en busca de sir Jorge, seguro de que el niño estaba en su poder.

El fiel servidor y confidente de lady Evelina era Escocés, pero había pasado su infancia en Londres, y conocía perfectamente todos los misterios de la gran capital.

Así no tardó mucho en encontrar a sir Jorge.

Este se había ocultado en una callejuela del Wapping, hacia los confines de Withe-Chapelle, en una casa alta y sombría, habitada únicamente por gente del pueblo.

Tom cayó en aquella casa como un rayo, a una hora de la mañana en que el gentleman se hallaba aun en el lecho.

Tom se presentó en su cuarto con una pistola en cada mano.

Sir Jorge estaba sin armas.

El joven le asestó una pistola a la frente y le dijo:

—Si no me entregáis el niño, os mato.

Sir Jorge aparentó al principio una gran sorpresa.

—¿De qué niño hablas, miserable? le preguntó.

—Del hijo mayor de lady Evelina.

Sir Jorge protestó enérgicamente.

—No he visto al hijo de lady Evelina, contestó, ni comprendo lo que me quieres decir.

Pero Tom añadió fríamente:

—Os doy cinco minutos. Si dentro de cinco minutos no me habéis devuelto el niño, sois hombre muerto.

La mirada del Escocés expresaba tan fría y decidida resolución, que sir Jorge tuvo miedo, y lo confesó todo.

El hijo de lady Evelina había sido entregado a unos saltimbanquis que debían adiestrarlo en su oficio.

Tom podía encontrar esos saltimbanquis en Mail Road, muy cerca de la Work-house.

Pero Tom movió la cabeza y contestó:

—Creo lo que decís, sir Jorge. Sin embargo, quiero que vengáis conmigo.

Y os advierto que si intentáis escaparos, os mato como a un perro.

Y obligó a sir Jorge a vestirse.

Sir Jorge Pembleton había dicho la verdad.

Los saltimbanquis estaban en Mail Road, y el niño se hallaba con ellos.

Tom lo tomó en brazos, y huyó con él sin entrar en más explicaciones.

Aquel mismo día, sir Jorge desapareció de nuevo, y pasaron muchos meses sin que nadie volviera a verlo.

¿Por qué sir Jorge había robado al hijo de lady Evelina?

Sir Jorge era un miserable: odiaba con toda su alma a su hermano lord Pembleton, de quien sólo había recibido beneficios; aborrecía a lady Evelina, después de haberla amado con tan violenta pasión; pero en cambio adoraba al hijo segundo de su cuñada, a aquel niño, vivo testimonio de un crímen, a su propio hijo en fin.

Esto explicaba su conducta. Haciendo desaparecer al hijo mayor, al primogénito que debía suceder a lord Evandale en su bienes y títulos, ¿no era asegurar esos mismos títulos y bienes al hijo segundo, es decir, al hijo de sir Jorge?

Después de este grave incidente, Tom no se separó ya de día ni de noche del hijo de lord Evandale.

Lady Evelina no salía jamás sola, y Tom estaba sin cesar a su lado.

Así pasaron algún tiempo, hasta que al fin llegó la noticia de la muerte de lord Evandale Pembleton.

Entonces, como queda dicho, lady Evelina se refugió a su castillo de los montes Cheviot, se rodeó de una guarnición numerosa, y no se decidió a bajar a New-Pembleton, hasta que llegó a saber que sir Arturo Jorge Pembleton se había embarcado de nuevo para las Indias.

Tal era el espantoso secreto que Lady Evelina había confesado por escrito, y puesto después ante los ojos de lord Ascott su padre.

Lord Ascott, como hemos visto, la había estrechado en sus brazos diciéndola:

—Tu hermano te vengará.

Y en efecto, tres meses después, sir James dejó la Inglaterra y volvió a la India.

Sir Jorge estaba en Calcuta cuando llegó allí sir James.

Aquella misma noche había un baile en el palacio del gobernador, y el oficial Pembleton se hallaba en sus salones y parecía el hombre más alegre del mundo.

Sir James, que asistía también a esta recepción, se acercó a él y lo saludó.

Sir James era hermano de lady Evelina, y además había sido condiscípulo y amigo de infancia de sir Jorge.

El primero no era aún más quemidshipman, es decir guardia marina: el segundo era teniente de navío.

Sir James saludó pues al oficial y le dijo:

—Llego de Londres y traigo un encargo para vos. Dentro de un rato, cuando se halle más animado el baile, podremos reunimos, si gustáis, en la azotea que da al mar.

—Allí me hallaréis, respondió sir Jorge.

Y se fue a bailar con la hija de un nabab que era tan bella como su padre rico, lo que no es poca ponderación.

Un cuarto de hora después, los dos jóvenes volvían a encontrarse, y se paseaban absolutamente solos en una de las azoteas del palacio.

Entonces Sir James miró fijamente a sir Jorge y le dijo:

—He abreviado mi tiempo de licencia sólo por venir a veros.

—¡Y bien!.....

—Lo sé todo.

Sir Jorge se estremeció, pero repuso reponiéndose prontamente:

—¿Qué es lo que sabéis?

—Que habéis hecho traición a vuestro hermano.

—¿Y qué os importa?

—Habéis deshonrado a mi hermana.

Sir Jorge se encogió de hombros.

—Y necesito toda vuestra sangre, añadió sir James.

—Estoy a vuestras órdenes, respondió tranquilamente el hermano de lord Evandale.

—Muy bien, dijo sir James, pero es necesario pensar en que sois mi superior y que no puedo batirme sin infringir las ordenanzas.

—¡Oh! que no quede por eso, respondió sir Jorge, yo me encargo de allanar esa dificultad.

—¡Ah!

—El almirante que manda la escuadra de evoluciones, anclada en el puerto, os autorizará, a petición mía, a batiros conmigo.

—Permitidme una observación, dijo sir James; olvidáis que nos unen lazos de parentesco o al menos de afinidad.....

—¿Y qué importa?

—Importa mucho. No quiero que nuestro duelo haga nacer la menor sospecha contra mi hermana.

—Pues bien, dijo sir Jorge, nos batiremos sin testigos.

—Iba a proponéroslo.

—¡Ah! muy bien.

—Y aun quería algo más.

—Veamos.

—¿No hay un bosque a poca distancia de la ciudad?

—Sí.

—¿Un bosque poblado de tigres?

—Como todas las selvas de la India.

—¡Magnífico! en ese caso, iremos mañana a ese bosque, cada uno por nuestro lado, a puestas del sol.

—¿Y después?

—Muy sencillo. Los tigres harán desaparecer el cadáver del que sucumba en la demanda.

—Aceptado, dijo sir Jorge.

Al día siguiente, en efecto, sir James y sir Jorge se encontraban en el bosque a la hora indicada.

¿Qué sucedió entre ellos?

Nadie lo ha sabido jamás.

Pero el hecho es que sir James volvió solo a Calcuta, a la hora en que aparecían las primeras estrellas en el cielo magnífico de la India.

Y aquella misma noche, el joven guardia marina dirigió un despacho a lord Ascott, concebido en estos términos:

«Nuestro honor queda satisfecho.—Ellaestá vengada.»

Al día siguiente, unos cazadores encontraron en el bosque los restos informes de un cadáver medio devorado por los tigres, cubierto aun con algunos pedazos de uniforme.

Y pronto se esparció el rumor por la ciudad de que sir Jorge Pembleton, víctima de su pasión por la caza, había tenido un fin horrible.

Tom y lady Evelina estaban, o creían estar al menos, tranquilos para siempre.

diario de un loco de bedlam.

Salvemos ahora un espacio de cinco años, y trasportémonos de nuevo a las agrestes fronteras de Escocia, cortadas por los montes Cheviot.

Corría el mes de abril de 1834.

Dos personas hablaban en voz baja en una de las salas abovedadas de Old-Pembleton.

El antiguo solar había visto nuevos días de esplendor y días de duelo durante aquellos cinco años.

Por segunda vez, New-Pembleton, la aristocrática morada moderna, se ha visto abandonada por Old-Pembleton, el antiguo castillo de los altos barones feudales.

¿Por qué?

Escuchemos la conversación de las dos personas que hablaban al lado del fuego, en una de las salas bajas del castillo.

—No hay que replicarme, Tom; os lo repito una y mil veces; nuestra ama ha hecho mal en volver a Old-Pembleton.

—Yo no digo sí ni no, mi querida Betzy.

—Y veamos si os place, señor Tom, ¿por qué vaciláis de ese modo entre opuestos pareceres?

—A fe mía, buena Betzy, tan cierto como soy Tom y vuestro cariñoso marido desde hace tres años, que no sabré decir aún si lady Evelina, nuestra noble y bondadosa señora, ha tenido o no razón en dejar primero a Londres, y New-Pembleton después, para venir a encerrarse aquí. Sin embargo, a lo que puedo juzgar según mis cortos alcances, me inclino a creer que ha tenido razón.

—¡Ah!... ¿de veras?

—Bien reflexionado, sí, mi querida Betzy.

—Pues lo que es yo, dijo Betzy-Justice, la joven mujer de Tom,—porque ambos eran muy jóvenes en esta época,—yo me inclino a creer lo contrario.

—¿Y sobre qué basáis vuestra opinión?

—Sobre una cosa que salta a la vista. La salud de milady se altera más cada día.

—¿Y creéis?.....

—El aire frío y vivo de estas montañas no puede serle provechoso.

—¡Ah!

—Está enferma del pecho, y el clima que le conviene no es por cierto este.

—Hay mucho de verdad en lo que me decís, querida Betzy; pero yo persisto en mi opinión, pues decididamente veo que tengo una opinión.

—¿Positivamente?

—Sí, amiga mía.

—Veamos pues: explícaos, señor Tom.

—Hará cosa de tres años, lady Evelina me hizo llamar un día y me dijo:—Tom, es necesario que yo te consulte, pues tú eres hombre de buen consejo.

—Hablad, Lina, le respondí.

Pues como sabes, querida Betzy, soy hermano de leche de milady, y me ha quedado la costumbre de llamarla abreviando su nombre como lo hacía en nuestra infancia.

Milady prosiguió:

—Hace un mes que tengo ensueños espantosos.

—¿De veras? la dije.

—O mejor dicho, tengo siempre el mismo ensueño.

—¡Ah!

—¡Pero es terrible!

Yo esperé que milady se explicase, y guardé un respetuoso silencio.

Entonces prosiguió:

—Mi sueño tiene tres partes. En la primera, me encuentro en New-Pembleton, y me paseo por el parque llevando a mi hijo mayor por la mano.

—¿Lord William? le dije.

—Precisamente.

—Querido Tom, interrumpió Betzy, permíteme hacerte una pregunta.

—Di, amiga mía.

—El difunto lord, que yo no llegué a conocer, se llamaba Evandale, ¿no es verdad?

—Sí.

—Y su padre, ¿no llevaba el mismo nombre?

—Así es.

—Pues bien, prosiguió Betzy, yo creía que el nombre de Evandale era como hereditario en la familia.

—Sí, con raras excepciones.

—Y que se trasmitía entre los primogénitos.

—Esa ha sido por largo tiempo la costumbre.

—Entonces, replicó Betzy, ¿por quémonseñor,—como llamamos al joven lord,—se nombra William, y su hermano menor lleva ahora el nombre de Evandale?

—Voy a explicároslo, Betzy.

—Veamos pues.

—Milord Evandale tenía un amigo de la niñez que fue luego su compañero de armas. Ambos servían a bordo del mismo buque y tenían el mismo grado. Este amigo se llamaba sir William Dickson.

—Muy bien.

—Y lord Evandale quiso que fuese padrino de su hijo.

—¡Ah! ¿y por esomonseñorse llama William?

—Sí, pero al mismo tiempo no quisieron que se perdiese en la familia el nombre de Evandale.

—¡Ya! y lo dieron al hijo segundo.

—Así es, Betzy.

—Lo comprendo muy bien, Tom. Continúa tu relato.

Tom prosiguió:

—Como te refería pues, lady Evelina me dijo: En la primera parte de mi ensueño, me paseo por el parque de New-Pembleton, y llevo a William por la mano.

De repente se me figura que William se pone pálido... muy pálido, y que se trasparenta como una sombra; luego, poco a poco, su rostro va desapareciendo y queda velado tras una densa niebla.....

Después, la niebla se va disipando por grados..... y entonces, ¡oh! es horrible!..... Mi hijo, a quien no he dejado de la mano, me aparece de nuevo, Tom.......

—¿Y bien?

—Pero ha cambiado de figura.

—¡Cómo! exclamé.

—No es William, continuó milady, es Evandale. Y sin embargo, William es el que estaba a mi lado, y yo no he cesado de estrechar convulsivamente su mano.

—Bien extraño es eso, Lina, la dije; pero afortunadamente no es más que un sueño.

—Espera, Tom, prosiguió milady. Generalmente, al ver esta metamorfosis extraña, en seguida me despierto sobresaltada dando un grito.

A poco me levanto las más veces, y pasando al cuarto contiguo, voy a contemplar a mi querido William que duerme tranquilamente.

Esto disipa mis temores, y volviéndome a acostar, no tardo en dormirme de nuevo.

—¿Y soñáis otra vez, Lina?

—Sí, Tom, y entonces empieza la segunda parte de mi ensueño.

—¡Ah! veamos, exclamé.

—He cesado de pertenecer al mundo de los vivientes, y me encuentro reproducida en un retrato de familia.

Me hallo retratada en pie y vestida de luto. Ya no soy una mujer, sino un lienzo colocado en un cuadro; pero mi imagen, que reproduce ese lienzo, ve, piensa y recuerda.

Me hallo colocada en laSala de los Antepasadosde Old-Pembleton.

En frente de mí, está el difunto lord Evandale, mi noble esposo.

También se ha convertido, como yo, en retrato de familia, e igualmente como yo, ve y piensa..... y, durante la noche, hablamos por lo bajo, en aquella larga galería, rodeados de nuestros mayores que nos contemplan con tristeza.

Las ventanas de laSala de los Antepasadosestán todos abiertas; la luna inunda de su dulce claridad la campiña, y podemos descubrir allá bajo, en la llanura, los blancos muros de New-Pembleton y las frondosas arboledas de su parque.

En la argentada zona que ilumina allí la luz de la luna, vemos a un hombre que se pasea, dando el brazo a una mujer que nos es desconocida..... Muchos gentlemen los acompañan.

Y oímos distintamente que todos ellos llaman al hombre milord y milady a la mujer.

—¡Ah! aquel hombre es lord William sin duda! dije.

—No, repuso lady Evelina, es Evandale.

—¿Sir Evandale..... lord?

—Sí.

—Pero, entonces.....

—Entonces, prosiguió milady, mi difunto esposo y yo, que no somos ya más que retratos de familia, nos miramos el uno al otro tristemente, y lágrimas verdaderas brotan de nuestros pintados ojos.

—Pero, para que sir Evandale sea lord, es preciso.....

Aquí me detuve, no osando completar mi pensamiento.

—Es preciso que William haya muerto, ¿no es verdad? me dijo milady.

—Sí, Lina, le contesté.

—En eso te engañas, Tom.

—¿Es posible?

—William está vivo.

—¡Oh! es singular!

Milady enjugó sus lágrimas, y continuó su relato.

—De repente, la luna desaparece, y las tinieblas invaden la galería de retratos.

En medio de la oscuridad oigo sollozos ahogados, que vienen del retrato de lord Evandale.

Después estalla un ruido violento como el del trueno, y una luz vivísima e instantánea inunda la galería.......

Aquí empieza la tercera parte de mi horrible ensueño.

Y hablando así, milady, no pudo contener sus lágrimas.

—Escucha, Tom, escucha lo que resta, me dijo.

Yo la contemplaba, mudo de sorpresa y de dolor.

diario de un loco de bedlam.

Milady prosiguió:

—Las cimas nevadas de los montes Cheviot, y las verdes llanuras donde se asienta New-Pembleton,—todo eso acaba de desaparecer.

Mi esposo y yo continuamos sin embargo en nuestros cuadros, suspendidos a los muros ahumados de la galería; pero tenemos la facultad de ver las cosas más distantes.

Nos hallamos en medio del día.

El ardiente sol de los trópicos ilumina una sabana árida, un paisaje abrasado y triste.

Una multitud de hombres medio desnudos y cubiertos de sudor, trabajan penosamente bajo ese cielo de fuego, pidiendo a la tierra ingrata un producto que se niega las más veces a dar.

Esos hombres son criminales condenados a la deportación colonial, y que la Inglaterra ha enviado a las lejanas tierras de Australia para hacerles expiar sus crímenes.

Y entre ellos, sin embargo, se encuentra un inocente.

Un inocente que eleva a veces sus ojos al cielo, tomándolo por testigo de los inmerecidos sufrimientos que padece.

Y aquí milady, enjugando de nuevo sus lágrimas, añadió:

—¿Y sabes, Tom, quién es ese hombre?

—No, milady.

—Es mi hijo.

—¿Lord William?

—Sí.

—¡Oh! Lina, exclamé, vuestra imaginación excitada os extravía.

¿Cómo es posible que pueda suceder cosa semejante?

—No lo sé.

—¿Olvidáis, milady, que solo había un hombre a quien pudiéramos temer, y que ese hombre ha muerto?

—¿Quién sabe?

—¡Oh! bien sabéis que vuestro hermano sir James lo ha matado.

—No, me dijo milady, las cosas no han tenido lugar tal como tú crees.

—¿Qué queréis decir, Lina?

—Que James, mi hermano, y el miserable a quien llamaban sir Jorge, se han batido en efecto en un bosque, en los alrededores de Calcuta.

—Sí, milady, y allí sir James ha muerto a sir Jorge.

—No precisamente. Sir James, según su relato, le ha roto una pierna de un pistoletazo.

—Es verdad; pero sir Jorge ha caído y no ha podido levantarse.

—¿Qué importa? El hecho evidente es que sir James se ha alejado dejándolo vivo.

—¡Oh milady, la contesté, bien comprendéis que un hombre que cae con una pierna rota en una selva indiana, no sale ya de ella. Los tigres se encargan de acabar con él.—Por lo demás, ¿no recordáis que todos los periódicos anunciaron por aquel tiempo que se había encontrado el cuerpo de sir Jorge medio devorado por las fieras?

—Sí, repuso milady, han encontrado un cadáver completamente desfigurado, cubierto con un jirón de uniforme; pero, ¿era sir Jorge en efecto?

—Vamos, Lina, exclamé, veo que os dejáis llevar de terrores insensatos. Yo os aseguro que sir Jorge ha muerto.

Pero milady, movió tristemente la cabeza y me dijo:

—No importa: sea como quiera, me decido a dejar la residencia de New-Pembleton.

—¿Y adónde queréis ir?

—Allá arriba.

—¿Al antiguo castillo?

—Sí.

—Como comprendes bien, mi querida Betzy, acabó Tom, yo no he debido discutir esa determinación. Yo no puedo querer sino lo que milady quiere. Y esta es la razón por la que estamos aquí.

Betzy dejó escapar un suspiro.

—Sí, murmuró, estamos aquí, aislados en estas montañas, y la salud de milady se debilita más cada día.

—Eso es verdad.

—Y los médicos dicen que está atacada de una enfermedad mortal.

—¿Quién sabe? los médicos se equivocan muchas veces, dijo Tom.

Betzy movió la cabeza con desaliento.

—Además, yo no te he dicho que he ido ya a ver a John Pembrock, añadió Tom.

—¿Y quién es ese hombre?

—John Pembrock es un Escocés que vive en Perth, donde goza de una gran reputación como médico.

—¿Y John Pembrock vendrá a visitar a milady?

—Lo espero de un momento a otro.

—¡Ah!

—Ese médico es un hombre muy singular, prosiguió Tom. Es rico, lo que es ya raro en un Escocés, y además nunca visita por dinero.

—¡Es en efecto singular!

—Pero jamás vacila en encargarse de los enfermos desahuciados por sus colegas, y es muy raro que no los cure.

No había acabado Tom de decir estas palabras cuando se oyó un ruido al exterior.

Este ruido era el de la campana que se encontraba fuera del puente levadizo de Old-Pembleton, y que alguna visita acababa de agitar.

Porque es de advertir, que todas las noches alzaban el puente levadizo, y el viejo solar se convertía de nuevo en fortaleza, como en los buenos tiempos feudales.

Tom se levantó precipitadamente y salió de la sala baja.

En el dintel de la puerta encontró a Paddy, un viejo servidor escocés que había visto nacer a miss Evelina Ascott, y no se había separado de ella jamás.

—Tom, dijo Paddy al encontrarse con el criado de confianza de lady Pembleton, hay dos hombres a la puerta, uno a pie y otro a caballo.

—¿Qué piden?

—Quieren entrar.

—¿Han dicho sus nombres?

—El jinete dice que viene de Perth.

—¿Y el otro?

—El otro no dice nada.

Tom atravesó la gran sala, el vestíbulo, el patio, y llegó corriendo hasta la poterna del puente levadizo.

Hacía un frío bastante vivo y el cielo estaba cubierto y lluvioso.

Antes de poner en movimiento las cadenas del puente levadizo, Tom abrió un postigo y miró hacia fuera.

El jinete esperaba con calma al otro lado del foso.

Tom no tardó en reconocer en él a John Pembrock y sacando entonces la cabeza exclamó:

—¡Ah! ¿sois vos?... Os esperaba.

Y en seguida mirando al hombre que venía a pie:

—¿Y ese hombre, dijo, ¿viene con vos?

—Es un pobre Indio, respondió John Pembrock, que me ha pedido limosna en el camino, y a quien he prometido hospitalidad por esta noche.

Tom arrugó el entrecejo.

—No hay sin embargo muchos Indios en Inglaterra, dijo, y a fe mía que jamás se ha visto uno en nuestras montañas,—Milady no tiene costumbre de albergar a gentes que no conoce..... de consiguiente voy a darle una corona, y con eso podrá ir a hospedarse allá abajo, en la aldea.

—Creo que no haréis eso, Tom, dijo John Pembrock.

—¿Y por qué causa, sir John?

—Porque este hombre está tan cansado, que apenas puede tenerse en pie, y porque parece que se muere de inanición.

—La aldea está a un paso y hay en ella una buena posada donde podrá confortarse; y para que lo haga mejor, puesto que os interesáis por él, voy a darle no una corona, sino una guinea.

—Tom, dijo John Pembrock, sed más humano, os lo suplico.

—Perdonad, doctor, yo he hecho un juramento a milady.

—¿Cuál?

—La he jurado no dejar entrar en Old-Pembleton más que a personas conocidas.

—Así, dijo John Pembrock, ¿negáis absolutamente la hospitalidad a este desgraciado?

—No me es posible obrar de otro modo.

Y diciendo esto, Tom echó mano al bolsillo y arrojó por la rejilla de la poterna una moneda de oro, que fue a caer a los pies del mendigo.

John Pembrock era una especie de gigante y recordaba por su estatura y formas hercúleas los célebres montañeses escoceses cantados por Walter Scott.

No había acabado de hablar Tom, cuando Pembrock se inclinó sobre la silla, asió al Indio por los brazos, lo colocó delante de sí, y volvió brida súbitamente diciendo:

—¡Sois un hombre sin corazón!

Y volviendo para atrás, puso su caballo al galope, antes de que Tom estupefacto tuviese el tiempo de responderle.

Inmediatamente bajó este el puente levadizo, se lanzó afuera, y echó a correr tras John Pembrock gritando:

—¡Deteneos!... ¡deteneos!

Pero el doctor siguió a escape sin responder una palabra.

Solo se oían las herraduras del caballo, resonando sobre las peñas de la escarpada cuesta que conducía a la aldea.

Tom no se desalentó sin embargo.

A todo correr bajó también la empinada pendiente, llegó a la aldea, y entró en su única posada.

Allí se hallaba ya el pobre Indio, instalado en un rincón de la chimenea; pero John Pembrock había desaparecido.

Acababa de partir diciendo al posadero:

—Si Tom, el mayordomo de lady Pembleton, viene luego a buscarme, le diréis que yo no estimo a las personas faltas de humanidad, y que jamás me molesto por ellas.

Y en seguida había tomado el camino de Perth.

Tom se volvió tristemente a Old-Pembleton.

Un triste presentimiento le oprimía el corazón, y apenas entró se apresuró a subir al cuarto de milady.

Lady Evelina estaba echada en su lecho y parecía dormir profundamente.

Tom la llamó, primero en voz baja y luego con más fuerza.

Milady no se despertó.

Entonces se acercó más a ella, la tocó, y..... retrocediendo de repente lanzó un grito de horror.

Lady Evelina no dormía.......

¡Lady Evelina Pembleton estaba muerta!


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