diario de un loco de bedlam.
En laCity, cerca de San Pablo, hay una calle que llamanPater-Noster street.
Esta calle es la de los libreros.
Pero estos útiles industriales no forman sin embargo, como podría creerse, la totalidad de sus habitantes.
Hay allí un poco de todo: muchos libreros, es verdad, pero avecinando con artesanos y negociantes, con propietarios de poca monta, y con humildes empleados de comercio.
Hasta se encuentra en Pater-Noster, y por más señas en el número 17, lo que se llama en Inglaterra unsolícitor.
Elsolícitor, en Londres, es lo que podríamos llamar un procurador-abogado.
Como procurador judicial, hace las diligencias de un pleito, y como abogado lo defiende.
Así el solícitor gana mucho dinero.
En primer lugar se hace pagar muy caro,—y en segundo eterniza los pleitos.
De este modo el litigante que entra rico en su gabinete, sale al fin las más veces arruinado.
Pero en cambio tiene la ventaja de haber ganado su pleito.
Como decíamos pues, existía en Londres por esta época, y en el número 17 de la calle de Pater-Noster, un solícitor famoso.
Este solícitor era conocido con el nombre de Mister Simouns.
Era un hombre de gran talento y toda la curia inglesa le rendía pleito homenaje.
Cada una de sus palabras valía por lo menos una guinea, pero tenía el raro mérito, en su cualidad de solícitor, de conducir los negocios al paso de carga. Los pleitos no se eternizaban en sus manos.
Mister Simouns era un hombre joven aún.
Alto, un poco obeso, con algunos raros cabellos sobre las sienes, y el cráneo enteramente desnudo, el rostro adornado con dos magníficas patillas, los labios delgados, ojos claros y azules, tez rosada, y un gracioso hoyuelo en la barba.....
Tal era mister Simouns.
Su aspecto era majestuoso, pero reflejaba a la vez una bondad natural y una franqueza, que no dejaba de atraerle partidarios.
En una ocasión se había atraído sin quererlo el sufragio de sus conciudadanos, que intentaron enviarlo a la Cámara de los comunes; pero mister Simouns rehusó este honor.
—No soy bastante rico aún, había dicho, para consagrar mi tiempo a los negocios públicos.
Mr. Simouns, como hemos indicado, conducía a veces un pleito con una rapidez extraordinaria. Los ecos del tribunal de Drury-Lane conservaban por largo tiempo los sonidos armoniosos de su elocuencia, a la vez patética y violenta.
Este célebre solícitor acababa de defender a un Irlandés comprometido en las últimas intentonas del fenianismo, y lo había hecho absolver.
Y lo que había conmovido sobre todo y encantado al pueblo de Londres, era que el pobre Irlandés no tenía una blanca en el bolsillo, y que Mr. Simouns lo había defendido de balde.
Es verdad también que Mr. Simouns, como buen inglés, sabía lo que se hacía llamando la atención sobre su persona.
Ahora bien, una mañana, Mr. Simouns llegaba como de costumbre a Pater-Noster.
En Londres, todo hombre de negocios, comerciante, notario o abogado, que ha adquirido una regular fortuna, tiene su despacho o gabinete en una calle populosa y central, pero vive con su familia en el campo.
A alguna distancia de la capital o al menos a dos o tres leguas del centro, habita por lo común en una linda casita rodeada de jardines, lejos de la mortífera atmósfera de Londres.
Mr. Simouns llegaba pues a su gabinete de Pater-Noster a las once de la mañana, y se volvía al campo a la hora de comer.
En la mañana de que hablamos, acababa de llegar como de costumbre, bajaba de su coche e iba a penetrar en el portal estrecho, oscuro y húmedo que conducía a su oficina, cuando un hombre, que parecía estarlo esperando hacía ya tiempo, dio un paso hacia él y le dijo con cortesía:
—Dispensadme, mister Simouns.
Aquel hombre estaba decentemente vestido.
Mr. Simouns se volvió, lo miró atentamente, y se quedó como dudando por un instante.
Su mirada parecía decir:
—Me parece que conozco a este prójimo. ¿Dónde diablos lo he visto?
—Veo que no os acordáis de mí, mister Simouns, dijo aquel hombre.
—En efecto..... y sin embargo..... me parece...
—Hace cerca de diez años que no nos hemos visto.
—¡Oh! entonces.......
El desconocido no le dejó acabar y prosiguió:
—Yo era ya un cliente de vuestro gabinete, cuando erais aún oficial mayor.
—¿De veras? exclamó Mr. Simouns.
—Yo era mayordomo de lord Pembleton y me llamo Tom. Venía aquí con frecuencia cuando os ocupabais de los negocios de mi noble amo.
—¡Ah! muy bien, dijo Mr. Simouns, me acuerdo ahora perfectamente. Sí, sí, ahora recuerdo vuestra fisonomía.
—Pues bien, Mr. Simouns, vengo a veros, y desearía hablaros de un negocio de gravísima importancia.
—En ese caso, subid a mi gabinete.
Y Mr. Simouns entró delante de Tom que le siguió de cerca.
El antiguo mayordomo de Pembleton no volvió a pronunciar una palabra, hasta que se halló instalado en el gabinete particular del solícitor.
—¿Seguís sirviendo siempre a la noble familia Pembleton? le preguntó entonces Mr. Simouns.
—Sí y no, respondió Tom.
Mr. Simouns se quedó mirándolo.
—He dejado el servicio de sir Evandale, pero continúo al lado de lord William.
Como era tan notorio en el Reino Unido que lord William había muerto y que sir Evandale había sucedido a su hermano, Mr. Simouns se quedó mirando fijamente a Tom, creyendo que se hallaba con un loco.
Pero Tom hablaba con convicción, y no había el menor indicio de locura ni en su mirada, ni en su actitud ni en la inflexión de su voz.
—Dispensadme, dijo Mr. Simouns, es necesario que os expliquéis con más claridad, amigo mío.
—Eso es lo que voy a hacer, si es que os dignáis escucharme.
—Bien, hablad.
El solícitor es un hombre paciente por costumbre y por deber de profesión. Positivo ante todo, sabe que en el relato más desordenado y más oscuro de un cliente, hay siempre un punto claro que puede ser útil a la defensa, y que las mejores causas no son muchas veces las más fáciles de explicar.
—Mr. Simouns, dijo entonces Tom, el honorable Mr. Goldery, vuestro predecesor, era muy adicto a lord Evandale Pembleton, el padre de lord William. Era sobre todo un hombre muy honrado, Mr. Goldery.
—Y yo me jacto de ser tan honrado como él, repuso Mr. Simouns con calma.
—Estoy persuadido de ello, prosiguió Tom, y por eso he venido a consultaros.
—Está muy bien, os escucho, repitió Mr. Simouns.
Un jurisperito es una especie de confesor; debe decírsele todo y él debe saber oírlo todo.
Tom no pasó nada en silencio.
Contó detalladamente la historia de sir Jorge Pembleton, y el crímen abominable de que se había hecho culpable.
Ese crímen, como ya sabemos, había dado por consecuencia el nacimiento de sir Evandale.
Tom refirió pues todo lo que había pasado: los temores de lady Evelina, la infancia de lord William y de su hermano sir Evandale, en fin el drama misterioso y terrible que había tenido lugar en New-Pembleton, y que había dado por resultado la sustitución del cadáver del presidiario Walter Bruce a lord William aletargado.
Y luego que hubo concluido, se quedó mirando en silencio a Mr. Simouns.
Este no tardó en contestarle.
—Todo lo que acabáis de decirme, repuso, es verdad sin duda, pero al mismo tiempo extremadamente inverosímil. Ahora, admitiendo que yo doy entera fe a ese relato, ¿en qué puedo serviros?
—Podéis sostener las pretensiones de lord William.
—¿Qué pretensiones?
Y Mr. Simouns se sonrió de modo que hizo estremecerse a Tom.
—Paréceme sin embargo, dijo el pobre mayordomo, que es cosa muy sencilla. Lord William no ha muerto, y de consiguiente pretende entrar en posesión de su nombre, de sus títulos y de su inmensa fortuna.
—Eso es lo que es imposible.
—¿Por qué causa?
—Porque a los ojos de la ley lord William ha muerto y que su acta de defunción está en regla.
—Pero, ¿y probando la sustitución?.......
—¿Cómo podéis hacerlo?
—¡Toma! contando lo que ha pasado.
Mr. Simouns se encogió de hombros.
—Nadie os creerá, dijo.
—Sin embargo.....
—Una sola persona podría presentar un testimonio de algún valor en este negocio, prosiguió Mr. Simouns.
—¿Quién es esa persona?
—El teniente de presidio que se hizo cómplice de sir Jorge Pembleton.
—¡Oh! exclamó Tom, yo encontraré a ese hombre.
—Pero dado caso que lo encontréis, no dará ese testimonio.
—¡Fuerza será que lo haga!
Mr. Simouns se encogió de nuevo de hombros.
En fin, después de un momento de reflexión, añadió:
—Ante todo seamos positivos. Escuchadme a vuestra vez, Mr. Tom.
—Decid, decid, repuso Tom, que parecía lleno de fe en la justicia de su causa.
diario de un loco de bedlam.
Mr. Simouns prosiguió de este modo:
—La persona a quien llamáis vuestro amo, y que en rigor, puede muy bien ser lord William, ha sido deportado, según decís.....
—Sí, señor, respondió Tom.
—Y hace unos diez años que dejó la Inglaterra, ¿no es así?
—Sobre poco más o menos.
—De consiguiente, puede estar desconocido para todo aquel que no tenga interés en conocerle.
—¡Ay! así es.
—En ese caso, ya veis que si vuestro amo se presenta a lord Evandale, este le volverá la espalda, y que no será recibido mejor sin duda por su noble esposa.
—Si debo decíroslo todo, exclamó Tom vivamente, sabed que mi amo ha visto ya a lady Pembleton.
—¡Ah!
—Y no lo ha reconocido.
—Razón de más, repuso Mr. Simouns, para que aceptéis mis proposiciones.
—Veamos, os escucho.
—Sin que os sea necesario decírmelo, me es fácil adivinar que tanto vuestro amo como vos, habéis vuelto de Australia casi sin recursos.
Tom bajó la cabeza y no respondió.
—Lord Evandale es fabulosamente rico. No sería difícil, estoy seguro, de hacerle entrar en una transacción.
—¿De qué transacción queréis hablar? preguntó Tom con cierta violencia.
—De una transacción, replicó Mr. Simouns, como esta por ejemplo: Lord William consentiría en conservar el nombre de Walter Bruce y en volver a Australia.....
—Pero.....
—Y lord Evandale le daría treinta, cuarenta o cincuenta mil libras.....
—¿Estáis loco, Mr. Simouns? dijo Tom fríamente.
—¡Ah! ¿creéis?.....
—Mi amo no renunciará a ninguno de sus derechos.
—¿Quiere ser lord?
—Sí.
—¿Y entrar en la posesión plena y entera de su fortuna?
—Ciertamente.
—Entonces sois vos quien estáis loco, Mr. Tom, y vuestro amo más que vos, dijo el solícitor.
—¡Oh! caballero!...
—Y voy a probároslo, prosiguió Mr. Simouns. Un hombre solamente, ya os lo he dicho, el teniente de presidio Percy, podría dar un testimonio digno de fe.
—Yo encontraré a ese hombre, ¡os lo juro! dijo Tom.
—Pero, me obligáis a repetirlo, ese hombre se guardará muy bien de decir la verdad.
—¡Oh! se le obligará....
—Y aun cuando lo hiciese, continuó Mr. Simouns, eso no nos haría adelantar gran cosa.
—¿Por qué?
—Por la sencilla razón de que el testimonio de un guarda de la chusma, es decir, de un hombre que ocupa una posición tan baja en la escala social, no inspira sino una mediana confianza; y os lo repito, añadió Mr. Simouns, ese hombre es el único que podría en rigor alguna cosa.
—Yo lo encontraré, dijo de nuevo Tom.
—Ahora, prosiguió diciendo el solícitor, suponiendo que logréis encontrar al teniente Percy y que este consienta en hablar, creéis buenamente que todo está hecho, ¿no es verdad?
—¡Toma! se me figura.......
—Estáis en un error.
—¿Cómo? exclamó Tom.
—El procurador general no se mezclará en el negocio. Lord Evandale es par del reino, tiene asiento en la Cámara alta, y es necesario, para perseguirlo, obtener una autorización del Parlamento. ¿Consentirá en ello la Cámara? Es poco probable.
En ese caso, no os quedará otra acción contra lord Evandale que el recurso de un pleito.
Y ya lo sabéis, Mr. Tom, los pleitos cuestan mucho en Inglaterra. Por lo que a mí hace, añadió Mr. Simouns, no me encargaría de emprender ese, sin que se me depositase al menos una caución de diez mil libras.
—¡Diez mil libras! exclamó Tom.
—Lo menos.
—¡Es exagerado!
—No lo creáis, repuso Mr. Simouns: y aun así, no sabré deciros si entraré en mis desembolsos.
—Pero... ¡es inconcebible, que se necesite tanto dinero para obtener justicia y adquirir uno lo que le pertenece! exclamó Tom.
—No digo que no, pero así es.
—Pero entonces....
—Entonces vuestro amo hará bien en resignarse y en adoptar el partido que le queda.
—¿Qué partido?
—El de una transacción.
—¡Jamás! repuso el leal servidor de lord William.
—Como os plazca, dijo Mr. Simouns. Solamente, no echéis en saco roto mis consejos..... tomad vuestras precauciones.......
Tom se quedó mirándolo.
—Lord Evandale, prosiguió Mr. Simouns, se halla en una situación que considero como inexpugnable.
—¿Y qué? preguntó Tom.
—Si todo lo que me habéis dicho es verdad, es un hombre poco escrupuloso.
—Así es.
—Y si tratáis de dar un escándalo, no creo que retroceda ante un nuevo crímen.....
—¡Oh! hay justicia en Inglaterra! exclamó Tom.
Mr. Simouns se encogió de hombros.
Tom dijo entonces levantándose:
—Veo con dolor que me había hecho una ilusión al contar con vuestro apoyo.
—No me juzguéis a la ligera, Mr. Tom, respondió el solícitor; siempre y cuando queráis, me encontraréis a vuestra disposición y a la de lord William, para obligar a lord Evandale a una transacción.
—No queremos transacción de ninguna especie, dijo Tom con altivez. A Dios, Mr. Simouns.
—Hasta la vista, Mr. Tom.
Y el solícitor se levantó a su vez y acompañó a Tom hasta la puerta del gabinete.
—Ya nos volveremos a ver, le dijo.
—No lo creo, caballero.
—Y yo estoy seguro.
Tom tomó la puerta precipitadamente, bajó por Pater-Noster, luego por Sermon-Lane, y llegó a orillas del Támesis.
Ya allí, se embarcó en elpenny-boatde Sprinfields, y pasó a la opuesta márgen, a la entrada del Borough.
Y en fin, al desembarcar en la orilla derecha del río, se dirigió a pie hacia una calle que conocen muy bien nuestros lectores, esto es, a Adam-street.
En esta calle era donde vivía Betzy, la mujer de Tom, y en la misma casa donde este había aposentado a lord William, con su esposa y sus hijos, a su vuelta de Australia.
Tom llegó allí desesperado.
En vez de entrar primero en el cuarto de lord William, se fue derecho a la habitación de su mujer.
—¿Y bien? le preguntó esta.
Tom movió la cabeza con desaliento.
—Esas gentes del foro no tienen entrañas, dijo.
Y le contó el resultado de su entrevista con Mr. Simouns.
—Ese hombre tiene razón hasta cierto punto, dijo Betzy; pero yo he concebido otras esperanzas.
—¡Veamos! exclamó Tom con ansiedad.
—Hace poco, prosiguió Betzy con cierto misterio, he salido un instante para ir al mercado.
—Bien, dijo Tom.
—Y al volver, me he cruzado en la calle con una mujer que venía a pie, cubierta con un velo espeso, y que parecía buscar alguna cosa.
—¿Y esa mujer?.....
—Tiene el aspecto y el modo de andar de miss Anna.
—¿De lady Pembleton?
—Sí.
Tom se estremeció de pies a cabeza.
—Y no estoy lejos de creer, añadió Betzy, que lo que busca es el medio de ver a lord William.
Y diciendo esto, Betzy se aproximó a la ventana y miró a la calle.
Pero casi al mismo tiempo se volvió de repente y exclamó:
—¡Calla!... por aquí vuelve..... ¡mira!
Tom se acercó vivamente a la ventana y miró a su vez a la calle.
diario de un loco de bedlam.
Tom dirigió la vista hacia el punto que le indicaba Betzy.
Veíase allí en efecto una mujer que parecía errar a la ventura, y que con la cabeza levantada iba examinando todas las casas.
—Sí, dijo Tom, ella es: no te habías engañado.
De pronto aquella mujer pareció decidirse, atravesó la calle, y entró resueltamente en el estrecho portal de la casa.
Entonces Tom dijo a su mujer:
—Espérame, voy a salir a su encuentro.
Y se precipitó por la escalera.
La mujer que subía con paso ligero y Tom que bajaba precipitadamente la escalera, se encontraron en el descanso del segundo piso.
—¿Milady? dijo Tom en voz baja.
Lady Pembleton,—pues era en efecto ella,—se levantó vivamente el velo.
—Os buscaba, dijo.
Y echó temblando una mirada a su rededor, como avergonzada de haber penetrado en aquel casucho miserable.
Pero sobreponiéndose y haciendo un esfuerzo, se asió al brazo de Tom y le dijo por lo bajo:
—He venido sin que lo sepa lord Evandale.
—¡Ah! exclamó Tom.
—Quisiera ver de nuevo a... la persona que decís ser lord William.
—Aquí vive, repuso Tom.
—¿En esta casa?...
—Mirad, esa es la puerta de su cuarto.
—¿Y..... está..... solo?
—No, señora, dijo Tom; está con su mujer y con sus hijos.
—¿Sus hijos?..... ¿su mujer?.....
Lady Pembleton dijo estas palabras con un acento extraño.
Pero en fin, la emoción que se había apoderado de ella, pareció calmarse súbitamente.
—Deseo verlo a solas, dijo.
—En ese caso, respondió Tom, podéis subir a mi cuarto, que está en el piso superior. Betzy y yo saldremos, y en seguida os enviaré a milord.
Lady Pembleton se arrepentía ya seguramente del paso que daba, y hubiera dado algo por poderse alejar de allí.
Pero era demasiado tarde.
Tom la ofreció el brazo y la ayudó a subir, y en seguida corrió a avisar a lord William.
Este se conmovió en extremo al saber que lady Pembleton venía a verlo, y una idea consoladora pasó por su imaginación.
—El otro día no ha podido conocerme, se dijo, pero hoy es seguro que me reconocerá.
Sus fuerzas flaqueaban cuando penetró en el aposento donde le esperaba su antigua prometida.
Tom hizo una seña a su mujer y ambos salieron del cuarto.
Lady Pembleton había permanecido en pie y con el velo echado sobre el rostro; pero apenas salieron Tom y Betzy, lo levantó y dio un paso hacia lord William.
Ambos se quedaron fijos y se contemplaron un momento en silencio.
Ni uno ni otro se atrevían a hablar.
En fin lady Pembleton hizo un supremo esfuerzo y dijo a media voz:
—He querido, caballero, volver a veros, por razones que comprenderéis bien pronto.
—¡Ah! veo que me reconocéis, milady, dijo lord William.
Ella no respondió a esta aserción y añadió:
—Estamos solos aquí, ¿no es verdad, caballero?
—Absolutamente solos.
—¿Nadie puede oírnos?
—Nadie.
—He querido volveros a ver, prosiguió la joven lady, para ponerme enteramente a vuestro servicio.
—¡Ah! exclamó lord William estremeciéndose.
—Caballero, continuó lady Pembleton, yo he visto a lord William muerto, sin que quedara en mi espíritu la menor duda; y sin embargo vos me decís que existe.
—Soy yo, milady; y al verme, habéis debido convenceros.
—Sea, admitamos que es así.
—¿Qué queréis decir, milady?
—Perdonad, dijo esta humildemente, os suplico que me escuchéis hasta el fin.
—Hablad.
—Os he creído muerto, y Dios sabe cuánto he sufrido y cuánto os he llorado.
Y al decir esto, sus ojos se arrasaron en lágrimas.
—Os he llorado, prosiguió, y durante muchos meses, he rehusado hasta oír hablar de otra unión, pues quería vivir y morir llevando el duelo de mi primer amor. Pero mi padre me perseguía sin descanso, lord Evandale me amaba...... y al fin fatigada, vencida..... bajé la cabeza y obedecí a mi padre.
—¿Y luego? dijo lord William.
—Después, acabé por amar al hombre con quien me había casado sólo por sumisión....... fui madre, y era ya la más dichosa de las mujeres..... cuando os habéis aparecido a mis ojos..... ¡vos, a quien creía muerto!—Vuestra aparición ha trastornado completamente mi dicha, y..... aquí me tenéis completamente a vuestra merced, caballero. Vengo pues a suplicaros rendidamente que no causéis escándalo, que no turbéis la paz de que gozo y, en una palabra, que no empeñéis una lucha inútil e insensata.
—Pero, milady, dijo lord William, vuestro esposo me ha despojado infamemente.
—Ambos estamos dispuestos a hacer un sacrificio.
—¿Qué decís? preguntó lord William con altivez.
—Os será muy difícil, si no imposible, el probar que lord William no ha muerto.
—¡Oh! yo lo probaré, dijo lord William.
—Entonces, a vuestra vez despojaréis a vuestro hermano, y cubriréis de oprobio el nombre de Pembleton.
—Si tales son vuestras ideas, milady, dijo lord William con amargura, ¿a qué habéis venido aquí?
—A proponeros una transacción.
—Veamos.
—Dejaréis inmediatamente a Londres, volveréis a Australia, conservaréis el nombre de Walter Bruce, que es ahora fatal e inflexiblemente el vuestro.....
—¿Y qué me daréis en cambio? preguntó lord William con ironía.
—Todo el oro que queráis.
Lord William se sonrió amargamente.
—Lo que me pedís es imposible, dijo.
Esta respuesta glacial no desconcertó a lady Pembleton.
—¿Qué exigís pues? preguntó.
—Oídme a vuestra vez, milady.
La joven esperó con ansiedad.
—Tanto como vos, tengo empeño en conservar intacto el nombre de mi familia..... el honor de la casa Pembleton. Por eso, por eso solo, desciendo también a proponer una transacción, pero que difiere esencialmente de la vuestra.
—Veamos, dijo lady Evandale.
—Un hombre cuya identidad no ha quedado establecida, sir Jorge, mi tío, conocido en otro tiempo bajo el nombre de Nizam, ha sido, como ya debéis saber, la causa primera de todas mis desgracias. ¿Por qué no haríamos de él el único culpable?
—No os comprendo, dijo la joven lady.
—¿Por qué sir Evandale, mi hermano, no reconocería públicamente que ha sido engañado por ese hombre, autor de la sustitución?
—¿Y después?
—¿Por qué no me reconocería en fin, en vez de negar pérfidamente que soy su hermano. Dividiríamos entre ambos la fortuna, y él conservaría el título de lord: ¿qué me importa? Lo único que quiero es mi nombre de Pembleton.
—Lo que pedís es absolutamente imposible, caballero.
—¡Ah! ¿lo creéis así?
—Sí, dijo lady Pembleton sordamente. El derecho de primogenitura existe en Inglaterra.
Lord William hizo un gesto de cólera.
—¡Basta, milady! dijo: no podemos entendernos.
—¿No decís, caballero, repuso lady Pembleton con acento glacial, que sois lord William?
—Demasiado lo sabéis, dijo este con indignación.
—Pues bien, es necesario probarlo.
—Lo probaré, milady.
—Entonces, dijo ella, ese día, lord Evandale os devolverá vuestros títulos y vuestra fortuna.
Y dio un paso para retirarse.
Lord William hizo un gesto para detenerla.
Pero ella abrió la puerta y volviéndose, le dijo:
—Si fuerais verdaderamente William, el noble y digno joven que me amaba, y a quien yo he amado tanto, hubierais tenido conmigo otro lenguaje.—A Dios, caballero, no nos volveremos a ver sino delante de la justicia.
Y salió con la frente erguida y con paso majestuoso.
Lord William lanzó un gemido y se dejó caer anonadado en una silla.
—¡Oh! miserable corazón humano! exclamó. ¡He ahí la mujer que me amaba por mí solo....... y que despreciaba las riquezas!
diario de un loco de bedlam.
En la tarde de aquel mismo día, tres personas se hallaban reunidas en el palacio Pembleton, y celebraban un consejo de familia.
Aquellas tres personas eran lord Evandale, lady Pembleton su esposa, y sir Archibaldo, padre de esta.
Sir Archibaldo no era ya el magnífico personaje, afectuoso y cortés que hemos conocido al principio de esta historia.
Hay hombres favorecidos por la fortuna, a quienes la prosperidad hace mejores, y otros, por el contrario, en quienes despierta todos los malos instintos.
Sir Archibaldo era de estos últimos.
De origen oscuro, y pobre en sus primeros años, había hecho, como sabemos, una gran fortuna en la India.
Satisfecha por esta parte su ambición, se volvió a Inglaterra; pero desde que instaló en ella sus penates, no tuvo ya otra idea ni otro objeto, que el de entroncar en una gran familia, casando a su hija con un alto personaje.
Lord William había sido el primer blanco de sus intrigas.
Luego, muerto para él lord William, había pensado en lord Evandale.
El relato que lady Pembleton hiciera a su antiguo prometido, era verdadero en todos sus puntos.
Lo había llorado en efecto largo tiempo, y resistido cuanto pudo a las observaciones y órdenes de su padre.
Pero al fin había sido necesario ceder, y se había casado con lord Pembleton.
Después, poco a poco llegó a amar a su marido, y el nacimiento de sus hijos la había hecho olvidar al infortunado lord William, al que, por otra parte, creía efectivamente muerto.
Tres años después, el deportado Walter Bruce, logró,—como sin duda el lector lo recuerda,—interesar en su suerte al gobernador de la colonia de Aukland.
Este había escrito a Inglaterra.
Lord Evandale se hallaba a la sazón ausente de Londres, y fue de consiguiente lady Pembleton quien recibió la famosa carta que le revelaba la existencia de lord William.
Este fue un golpe terrible para ella.
Se echó en brazos de su padre, consultándole en el extraño caso en que se hallaba, y sir Archibaldo, a quien no parecía impresionar en extremo esta noticia, la dijo con una completa calma:
—Lord William ha muerto, hija mía, y el hombre que ha hecho escribir esa misiva es un impostor. Pero de todos modos, reflexionad en lo que voy a deciros: aun dado el caso de que lord William viva, debe haber muerto para vos.
—Pero.....
—Nada, no hay que vacilar en este punto. Sois lady Evandale Pembleton, y el hermano mayor de vuestro esposo no puede, no debe existir.
Lord Evandale, al volver a Londres y al tomar conocimiento de la carta, empezó por gritar y por indignarse.
Sin embargo lady Pembleton acabó por arrancarle la confesión de su crímen.
Lord Evandale lo confesó todo, pero añadiendo que si había suprimido a su hermano, no había tenido parte en ello la ambición, sino su ardiente amor hacia miss Anna.
Esto bastó para que lady Pembleton perdonase a su esposo, y la joven amante y cándida de otros días, se convirtió, bajo el doble influjo de su padre y de su marido, en la altiva y fría gran señora que acabamos de ver entrar furtivamente en la miserable casa de lord William.
Aquella tarde, pues, sir Archibaldo y lord Evandale, que esperaban a lady Pembleton con impaciencia, la salieron al encuentro al verla llegar, y, antes de que hablase, la abrumaron de preguntas.
—¿Está verdaderamente desconocido? dijo sir Archibaldo.
—Tanto, respondió lady Pembleton, que hubiera pasado mil veces junto a él sin conocerlo.
—¿Y acepta nuestras proposiciones? preguntó lord Evandale.
—No; no hay con él transacción posible.
Sir Archibaldo se sonrió con desdén.
—¡Bah! exclamó, será un pleito escandaloso, pero saldremos de él con honor.
—Empezando, añadió lord Evandale, porque, para sostener un pleito semejante, se necesita mucho dinero.
—Y no solamente no lo tiene, dijo lady Pembleton, sino que me ha parecido hallarse en la más profunda miseria.
—Sin embargo es necesario tomar un partido, dijo sir Archibaldo.
—¿Y cuál?
—Es necesario que ese hombre salga de Londres.
—¿Cómo obligarlo?
—No lo sé; pero ya encontraremos un medio.......
Aquí fue interrumpido sir Archibaldo por la entrada de un lacayo que presentó, en una bandejilla de plata, una tarjeta de visita a lord Evandale.
El joven lord tomó la tarjeta y leyó:
El reverendo Patterson.
—¿A qué vendrá a verme ese sacerdote?
—Milord, respondió el lacayo, esa persona insiste mucho en ver a Vuestra Señoría.
—Hacedle entrar, dijo lord Evandale.
Pocos minutos después, el reverendo Patterson se presentó en el gabinete.
Era en efecto el mismo pastor evangélico que ya conocemos: el hombre flemático y frío, el sacerdote fanático e implacable con quien el Hombre gris había sostenido una lucha tenaz y sin tregua, y que perseguía tan cruelmente al clero católico de Londres.
El reverendo Patterson entró, saludó a lord Evandale, y viendo que sir Archibaldo y su hija iban a retirarse, se interpuso cortésmente y les dijo:
—¡Oh! podéis permanecer, milady, y vos también, caballero. Es hasta necesario que asistáis a la conferencia que se digna acordarme milord.
Lord Evandale contemplaba al reverendo Patterson con curiosidad.
—Hablad, caballero, le dijo.
—Milord, prosiguió el pastor protestante, soy el jefe de la Misión evangélica de la Nueva Inglaterra.......
—¡Ah! exclamó lord Evandale.
—Los apóstoles que van a llevar la luz de la fe a los salvajes de la Nueva Caledonia y de la Nueva Zelanda.
—Muy bien, dijo lord Evandale, conozco esa digna institución.
—Entonces, ya sabéis, milord, prosiguió el reverendo Patterson, que una obra semejante no podría llevarse a cabo sin hacer inmensos sacrificios; y por rica que sea hoy la asociación que presido, tiene sin embargo necesidad del concurso de los fieles.
Lord Evandale se engañó sobre el sentido de estas palabras.
—Comprendo perfectamente, mi reverendo, le respondió; venís a pedirme que contribuya para vuestra obra. Nada más agradable para mí: podéis inscribirme por quinientas libras esterlinas.
El reverendo se sonrió con cierta afectación.
—Quinientas libras, dijo, sería mucho para otro que vos, milord.
—Entonces, inscribidme por mil.
—¡Oh! milord, cuando sepáis el servicio que vengo a prestaros.....
Lord Evandale sintió apoderarse de su espíritu una aprehensión extraña.
—¿Qué queréis decir? preguntó.
—Ya sabéis, milord, repuso el reverendo, que la obra que presido tiene misioneros en todas partes.
—Bien, pero.....
—Tenemos en Aukland.
—¿Y qué?
—Y uno de ellos se halla de vuelta en Inglaterra.
—Pero permitidme, ¿en qué puede eso interesarme?
—En que ese misionero ha conocido mucho a un antiguo deportado que se llama Walter Bruce.
Lord Evandale palideció y guardó silencio por algunos instantes.
Lady Pembleton y su padre se miraron con inquietud.
—¿De veras? dijo en fin lord Evandale.
—Y aun puedo añadir que ese Walter Bruce se halla hoy en Londres.
—¡Ah!
—Y que según parece...... pretende llamarse lord William Pembleton.
—¡Ese hombre es un impostor! exclamó lord Evandale.
—Tal es mi opinión, dijo fríamente el reverendo Patterson.
Y mirando fijamente a lord Evandale, acompañó estas palabras con cierta sonrisa, que hubiera podido traducirse así:
—Sé perfectamente a qué atenerme sobre el particular, y haríais bien, por vuestro propio interés, en jugar conmigo a cartas descubiertas.
Lord Evandale comprendió aquella sonrisa y esperó.
El reverendo hizo una breve pausa, y añadió con gravedad:
—Que sea ese hombre lord William o no, la verdad es que puede ocasionaros grandes embarazos.
—¡Bah! exclamó con desprecio lord Evandale.
—Sí, milord, puede ocasionaros embarazos, y yo puedo evitároslos.
—¡Ah! ¿de veras?
—Si es que llegamos a entendernos.
—Hablad, dijo lord Evandale.
diario de un loco de bedlam.
¿Qué se habló en este conciliábulo entre el reverendo Patterson, sir Archibaldo, y lord y lady Pembleton?
Nadie ha podido saberlo de positivo.
Pero en la mañana que se sucedió a este día, Tom recibió un billete singular.
Un billete sin firma, concebido en estos términos:
«Una persona que no puede darse a conocer, pero que conoce la adhesión sin límites que le une a lord W...... previene a Tom que el antiguo teniente de presidio Percy se halla retirado en Escocia, y habita Perth, su ciudad natal.
»Percy vive miserablemente de una corta pensión de retiro, que le ha concedido el gobierno de S. M. la reina.
»Hoy se halla casi ciego, y vive con su hija que lo sostiene con su trabajo.
»No será necesario mucho dinero para decidirlo a hablar.»
Tom llevó este billete a lord William.
El joven lord lo leyó y frunció el entrecejo.
—Amigo mío, dijo, temo una asechanza. No vayas a Perth.
—¿Una asechanza? exclamó Tom admirado.
—Yo he observado con atención a miss Anna durante nuestra entrevista, prosiguió lord William, me ha reconocido perfectamente.....
—¡Ah!
—Y no solamente esa mujer no me ama ya, sino que lo sabe todo y se ha hecho cómplice de su marido. Ha venido a verme con el solo objeto de hacerme partir de Londres. Me he resistido a ello, y... las hostilidades comienzan.
—Pero, ¿con qué objeto pretenden hacerme ir a Perth, sino debo hallar allí al teniente Percy?
—Con el objeto de separarnos.
—Tal vez tenéis razón, dijo Tom. En vez de ir allá, voy a escribir.
Tom tenía algunas relaciones en Perth: entre otras personas, conocía a un antiguo chalán, con quien había andado en tratos en otro tiempo para renovar las caballerizas de Pembleton.
Pensó pues en él, y se fue en seguida a una oficina de telégrafos y le envió el despacho siguiente:
«Mi antiguo amigo:
»Perth es una ciudad tan pequeña, que todo el mundo debe conocerse en ella.
»Así, no os será difícil averiguar si se encuentra un teniente de presidio retirado, llamado Percy.
»Me haréis en ello un gran favor.
»Respuesta pagada.
Tom,»Antiguo mayordomo de lord Pembleton.
»17. Adam street, Spithfields, Londres.»
Hecho esto, Tom esperó.
Hacia la tarde, llegó la respuesta, que decía lacónicamente:
«Mi querido Mr. Tom:
»El teniente Percy vive efectivamente en Perth, pero está gravemente enfermo.
»Vuestro afectísimo servidor,»JohnMurphy, esq.»
Tom fue a enseñar este despacho a lord William.
Este reflexionó algunos instantes, y al fin le dijo:
—Por poco dinero que se necesite para decidir a Percy a decir la verdad, es preciso tenerlo sin embargo, y nuestros recursos.....
—Me quedan cien libras, repuso Tom.
—No es bastante.
—Iré a Perth sin embargo, milord; tengo allí algunos amigos, y no me será difícil encontrar dinero, respondió el fiel escocés.
Y fue inmediatamente a hacer sus preparativos de viaje.
Pero no había pasado una hora, cuando se presentó un desconocido en Adam street, y solicitó hablarle.
Este hombre era pequeño de cuerpo, ya viejo, rigurosamente vestido de negro, y toda su persona respiraba el perfume desagradable de las gentes de curia.
Saludó a Tom profundamente y le dijo con tono melifluo:
—Debo empezar por deciros, caballero, que me llamo Edward Cokeries, vuestro humilde y rendido servidor.
—Yo lo soy vuestro, señor mío, respondió Tom, pero debo confesaros ingenuamente que no tengo el honor de conoceros.
—Soy uno de los oficiales de mister Simouns, el solícitor de Pater-Noster street.
—¡Ah! eso es diferente, dijo Tom.
Y pensó para sí que Mr. Simouns habría reflexionado acaso, y encontrado tal vez el medio de volver a lord William su nombre y su fortuna.
Edward Cokeries prosiguió:
—Yo trabajo en un cuartito pequeño que da al gabinete de Mr. Simouns.
—¡Ah!
—Y cuando la puerta está entreabierta..... naturalmente, y sin que yo ponga nada de mi parte, oigo todo lo que allí se habla.
—¡Ah! ya! repuso Tom.
—Ayer habéis venido a consultar a Mr. Simouns.
—En efecto.
—Y... ¿qué queréis? he oído toda vuestra conversación.
Tom sintió despertarse en su espíritu un sentimiento de desconfianza.
—¿No es pues Mr. Simouns quien os envía? preguntó.
—Esperad, dijo Cokeries, dejadme ir hasta el fin, Mr. Tom.
—Bien, veamos.....
—Hace veinte años que trabajo, prosiguió Edward Cokeries, veinte años que me ocupo de materias contenciosas y, aunque simple pasante de procurador, he hecho algunas economías. Mi sueño dorado sería comprar el oficio de Mr. Simouns, que es muy rico y desea retirarse: pero me faltan 3,000 libras esterlinas, lo que no es una pequeña suma.
—Pues si habéis contado conmigo, dijo Tom sonriéndose tristemente, os habéis engañado de medio a medio.
—No tanto como lo suponéis, Mr. Tom.
El pasante había tomado, al hablar así, un aire tan misterioso, que Tom lo miró con más atención.
—Ya os he dicho, prosiguió Edward Cokeries, que tengo algunas economías.
—Muy bien, ¿y qué?
—Poseo hoy algo así... como de 10 a 12,000 libras esterlinas, y no tendría inconveniente en ponerlas a disposición de Lord William.
—¿De veras? exclamó Tom.
—Tanto más, prosiguió el pasante, que conociendo profundamente, como conozco, las leyes del país, me comprometo a encargarme de ese pleito y estoy seguro de antemano de ganarlo.
—¿Es posible?
—Ayer mismo, dudaba aún en venir a veros, pero he tomado mi partido, y aquí me tenéis.
Tom no cabía en sí de gozo.
—Yo soy quien os ha escrito.......
—¿La carta anónima?
—Sí.
—Entonces, ¿es bien cierto que el teniente Percy está en Perth?
—Ciertísimo. Y en todo caso, no tenéis más que preguntarlo.
—Es cosa hecha. Me han contestado de Perth en ese sentido.
—¿Y vais a partir?
—En este instante.
—Pero, ¿qué dinero lleváis con vos?
—Doscientas libras.
—No es bastante.
—¿Qué queréis? dijo Tom cándidamente, llevo todo lo que poseo.
—Pues bien, dijo el pasante sacando una cartera, es necesario hacer bien las cosas y no dar golpes en vago. Voy a daros un billete de mil libras. Solamente..... al hacer este adelanto, pongo una condición.
—Decid.
—Ganado el pleito, quiero cincuenta mil libras.
—Las tendréis, dijo Tom.
Y tomó el billete, que el otro había extraído de su cartera.
—Ahora, Mr. Tom, dijo Edward Cokeries, id a Perth y traed al teniente Percy, yo respondo de todo.
Lord William, mudo de sorpresa, había asistido al fin de esta conversación.
—Y decidme, preguntó Tom al pasante, ¿debo escribiros al llegar a Perth?
—Es absolutamente inútil.
Y dicho esto, el extraño personaje saludó profundamente y tomó en seguida la puerta.
—¡Ah! mi querido amo! dijo Tom enternecido, ya veis que la hora del triunfo no está lejos!
—¿Quién sabe? dijo lord William con aire de duda.
Tom corrió inmediatamente al ferrocarril, y tomó el tren de Edimburgo.
Serían a la sazón las ocho de la noche.
Entró en un vagón de primera clase,—pues no había otros, siendo aquel el tren correo,—y a poco vino a sentarse a su lado un gentleman que llegaba en el momento de partir.
Aquel gentleman tenía un aire de franqueza y honradez que cautivaba a primera vista.
Entraron pues en conversación, y no habían andado muchas millas, cuando ya reinaba entre ellos cierta confianza.
El gentleman se puso a fumar, y ofreció un cigarro a su compañero de viaje.
Tom lo aceptó sin inconveniente.
Fumó algunos minutos, y no tardó en caer en un sueño profundo.
diario de un loco de bedlam.
El cigarro que aquel gentleman había dado a Tom estaba sin duda impregnado de un narcótico muy activo, pues el pobre escocés durmió con un sueño de plomo durante muchas horas.
Cuando volvió en sí, se encontró en una oscuridad completa.
Quiso moverse, y se sintió agarrotado.
Le habían atado fuertemente las piernas y ligado las manos a la espalda.
Como no oía ningún ruido, dedujo de ello que el tren había cesado de marchar.
Pero bien pronto, como sus ojos empezaban a acostumbrarse a la oscuridad, reconoció que no se hallaba en el vagón del ferrocarril donde se había quedado dormido.
¿Dónde estaba pues?
Deseando darse cuenta de su situación y salir de ella a toda costa, se puso a gritar con todas sus fuerzas.
Pero nadie le respondió.
Entonces hizo un esfuerzo para levantarse, pero impedido por sus ligaduras, volvió a caer por tierra.
Se hallaba sobre un suelo húmedo y resbaladizo, el de un calabozo sin duda; pero lo que le parecía singular es que aquel suelo era de tablas.
Tom reflexionó algunos momentos, y acabó por adivinar una parte de la verdad.
Había caído en un lazo hábilmente tramado, y las personas que se habían apoderado de él no tenían otro objeto que separarlo de lord William.
Tom era un hombre enérgico.
En los momentos más críticos de su existencia jamás había perdido su presencia de ánimo, y sabía considerar fríamente el peligro sin arredrarse ante él.
Cesó pues de gritar, y cayó en una meditación profunda.
A poco, a fuerza de mirar en el espacio tenebroso que le rodeaba, le pareció descubrir una débil vislumbre, que aparecía y desaparecía por intervalos desiguales.
Aquella dudosa claridad, pasaba probablemente por una estrecha hendedura.
Pero de pronto, la luz se extinguió por completo, y en el mismo instante le pareció sentir una oscilación ligera.
Tom se volvió, acostándose sobre la espalda, y procuró palpar con sus manos ligadas el suelo donde estaba extendido; y poco tardó en convencerse de que se hallaba, como lo había creído al principio, sobre un suelo de madera, o al menos sobre un entarimado.
Al mismo tiempo sintió un fuerte olor de brea, y volvió a experimentar las mismas oscilaciones con mucha más violencia.
No había pues lugar a la duda. Tom comprendió entonces que se hallaba encerrado en la sentina de un buque, y no en un calabozo, como lo había creído antes.
Así se pasaron algunos minutos.
Poco después se dejaron oír algunos pasos en el piso superior, la luz apareció de nuevo, numerosas pisadas se sucedieron a las primeras, luego ruido de voces, y las oscilaciones continuaron con más fuerza.
En fin otro ruido más caracterizado, vino a revelarle del todo su situación: el ruido de la respiración jadeante de una máquina de vapor que se pone en movimiento.
A él se mezcló bien pronto el de la rotación de una hélice, y el fragor del agua agitada con esfuerzo.
Tom se hallaba, pues, a bordo de un buque de vapor.
¿Cómo se había operado este cambio, y de que manera habían podido trasportarlo desde el ferrocarril donde en mal hora se quedara dormido?
¿Adónde se dirigía aquel buque?
Esto es lo que Tom no podía adivinar.
Tampoco podía comprender en qué manos había caído, y sin embargo el nombre de lord Evandale le vino instintivamente a los labios.
Entonces se puso a gritar de nuevo y con más fuerza; pero fue inútil, pues nadie acudió a este llamamiento.
El buque acababa sin duda de levar el ancla, y los marineros y toda la tripulación se hallaban ocupados en la maniobra de partida, y no pensaban en él en aquel momento.
La máquina hacía un ruido infernal y la hélice precipitaba sus rotaciones.
Pero Tom seguía gritando sin desalentarse.
En fin, los pasos que ya había oído, resonaron de nuevo sobre su cabeza.
A poco se abrió una escotilla, una luz vivísima hirió la vista de Tom al salir de pronto de la oscuridad, y un hombre asomó en seguida la cabeza.
Aquel hombre llevaba un sombrero embreado y un chaquetón azul.
—¡Eh! individuo! ¿eres tú quien hace todo ese escándalo? dijo mirando a Tom.
—¿Dónde estoy? preguntó este. ¿Por qué me han atado como a un malhechor?
El marinero se echó a reír.
—Anda a preguntarlo al capitán, ¡mala ralea! dijo. Yo no sé más que una cosa.....
—¿Qué? pregunto Tom con ansiedad.
—Nada; que si vuelves a gritar, vas a llevar la cuerda..... ¿Me entiendes?—Ya estás avisado.
Tom supo dominarse, y no cedió a la cólera que le ahogaba.
—Amigo mío, respondió con dulzura, no hay necesidad de castigo: me callaré, puesto que así me lo mandan.
—¡Así me gusta! eso es lo que se llama ser razonable! dijo el marinero ablandándose a su vez.
—Pero, vamos, prosiguió Tom, ¿no podríais al menos decirme dónde estoy?
—¡Toma! en la sentina del barco.
—¿En qué barco?
—A bordo delRegente, steamer transatlántico.
—¿Y adónde vamos?
—A América.
—Pero en fin, añadió Tom, ¿por qué estoy aquí?
—Eso es lo que no sé.
Y al decir esto se retiró el marinero.
Algunas horas después volvió a aparecer, trayendo algún alimento para Tom y un poco de vino; y bajando a la sentina, le desató las manos a fin de que el desgraciado pudiera comer.
Tom estaba desesperado.
El buque marchaba a todo vapor y se alejaba velozmente de las costas inglesas.
El día se pasó así, luego la noche, después otro día por entero.....
Dos veces en cada veinte y cuatro horas, el mismo marinero traía de comer a Tom, le desataba las manos, y así que acababa su frugal comida, volvía a atarlo de nuevo.
En fin, al cabo de tres días, el marinero, al llegar como de costumbre, le dijo:
—Tengo nuevas órdenes del capitán.
—¡Ah! exclamó Tom.
—El capitán juzga inútil el dejarte por más tiempo en este sitio.
—¿De veras?
—Sí, y me ha dado órden de desatarte y de conducirte sobre cubierta.
Ya no hay riesgo en hacerlo.
—¿Qué queréis decir? preguntó Tom.
—¡Bah! es necesario ser un topo para no comprenderlo! dijo el marinero. Estamos ya a cien leguas de las costas de Inglaterra, y no hay miedo de que puedas escaparte a nado.
—¡Ah! repuso sencillamente Tom.
Y se dejó desatar de pies y manos sin añadir una palabra, recobrando al fin la completa libertad de sus movimientos.
El marinero lo condujo sobre cubierta.
Tom reflexionaba en tanto y se decía para sí:
—Me hallo a bordo de un buque del Estado. El capitán es un oficial de marina y debe ser un cumplido caballero. Voy a dirigirme a él. Es imposible que no me escuche y que, al escucharme, no acabe por reconocer que soy víctima de un error o más probablemente de una intriga criminal. Y en ese caso me hará volver a Inglaterra con el primer buque que encontremos.
Y Tom, firme ya en este propósito, esperó una ocasión propicia para hablar con el capitán.
Los hombres de la tripulación lo miraban con extrañeza, y ninguno le dirigía la palabra.
En fin, algunas horas después, y cuando empezaba a caer la tarde, el capitán se presentó en el entrepuente.
Tom se fue derecho a él y le saludó con respeto.
Pero a las primeras palabras que dijo, el capitán le interrumpió y repuso secamente:
—No tengo explicaciones que daros. He recibido órdenes terminantes respecto a vos, y las ejecuto. Es cuanto tengo que deciros.
Y le volvió la espalda.
Tom no se desalentó con esta respuesta, e intentó un nuevo paso dirigiéndose al segundo.
Pero este le recibió peor todavía.
Aquel oficial no se dignó escucharlo y le dijo con dureza:
—Si os quejáis, os hago poner un grillete y encerrar de nuevo.
Entonces el pobre Tom bajó la cabeza y se retiró diciendo para sus adentros:
—Está bien: veo que no puedo contar sino conmigo mismo.
Y con la calma imperturbable que caracteriza a los Ingleses, no habló más palabra con nadie, y esperó una ocasión para recobrar su libertad.
Esta ocasión se hizo esperar muchos días; pero al fin se presentó, como va a verse, probando que el honrado escocés había tenido razón para no desesperar de su estrella.