diario de un loco de bedlam.
ElRegente, gran steamer transatlántico de la marina real inglesa, llevaba el derrotero de Buenos Ayres.
A los quince días de una travesía feliz, dando la vuelta por toda la costa O. de España, entró en las aguas de África, y dio vista al elevado pico de Tenerife.
El sol había bajado al horizonte envuelto en una aureola de púrpura, y el cielo iba extendiendo su manto azul, oscureciendo la vasta extensión del Océano.
Sin embargo hacia el S. O. corrían amontonándose algunas nubes parduscas, y el viento había refrescado de pronto al ponerse el sol.
El capitán, que era un viejo marino, después de haber dirigido sucesivamente su anteojo hacia los cuatro puntos cardinales, había arrugado algún tanto el ceño; pero no dijo sin embargo una palabra.
Tom iba de un lado a otro con indiferencia: parecía enteramente resignado con su suerte, y a esto había debido el que le permitieran a bordo una completa libertad.
Podía pasearse a toda hora sobre cubierta, y hasta le toleraban el que hablase con los marineros.
Tom no se quejaba ya, ni pedía que le dejasen desembarcar o pasar a otro buque para volver a su país; pero observaba cuidadosamente todo lo que ocurría a su rededor, y exploraba sin cesar el horizonte, esperando siempre ver asomar alguna vela.
La actitud preocupada del capitán, no escapó pues aquel día a su mirada investigadora.
Al mismo tiempo no apartaba la vista del elevado pico que se alzaba majestuoso en el horizonte.
Al cerrar la noche, el capitán dio la órden de parar la máquina y poner a la capa.
Tom se estremeció de alegría.
El viento fue cayendo poco a poco; el mar se levantaba por grados, las olas se coronaban de espuma, y las nubes iban avanzando en grupos cerrados y amenazadores.
—Vamos a tener un famoso chubasco, murmuraban los marineros.
En fin, la noche cerró por completo, y con la noche vino la tempestad.
Una tempestad terrible, espantosa.
El steamer iba de un lado a otro a la ventura, ya en la cima de las encrespadas olas, ya en los hondos abismos que se abrían en el Océano.
Y al mismo tiempo aumentaba la oscuridad.
Tom sabía que la isla de Tenerife se hallaba a lo más a dos leguas de distancia.
En fin, en el momento en que la tempestad estaba en su mayor fuerza, y cuando toda la tripulación ocupada en la maniobra, obedecía como un solo hombre a la voz tonante del capitán, y mientras que los mástiles se plegaban y crujían a la fuerza del viento; una voz dominó todos estos ruidos gritando:
—¡Un hombre al mar!
¿Aquel hombre había caído al agua por accidente, había sido arrebatado por una ola, o es que voluntariamente se arrojara al mar?
Nadie hubiera podido decirlo en aquel momento.
Además, ¿quién era aquel hombre?
¿Era un marinero o un pasajero?
Ni siquiera pensaron en averiguarlo.
Sólo a la mañana siguiente, cuando apareció el día, se fue sosegando la tempestad, y el capitán pudo hacerse cargo de las averías del buque; fue cuando vinieron a decirle que el hombre que había caído al mar era Tom.
El capitán se encogió de hombros.
—El pobre diablo ha querido escaparse, dijo, pero estábamos muy lejos de la costa, y se habrá ahogado.
Y yendo a su camarote, escribió en el libro de bordo:
«Esta noche pasada, en medio de una borrasca bastante fuerte, el nombrado Tom, a quien yo conducía a América, de órden y por cuenta de la Misión evangélica, cuya dirección reside en Londres, ha sido arrebatado de cubierta por una ola, y se ha ahogado.»
Después de esto, el vapor continuó su camino.
El capitán se engañaba. Tom no se había ahogado: Tom era un diestro y vigoroso nadador.
El intrépido Escocés fue por largo tiempo juguete de las olas. Tan pronto levantado por ellas a considerable altura, tan pronto sumido en abismos inconmensurables, había a pesar de ello nadado sin descanso, hasta que tuvo la fortuna de encontrar un trozo de mastelero, procedente de las averías del buque.
Aquel madero flotante fue su tabla de salvación.
Al tropezar con él lo asió fuertemente, y poniéndoselo bajo el pecho, siguió nadando con más seguridad, sino con menos fatiga, y a fuerza de constancia, logró al fin tocar tierra, cuando ya se abandonaba al mar sin aliento.
El compañero de viaje que le había ofrecido un cigarro en el vagón a su salida de Londres, y las personas que se habían apoderado de él aletargado para trasportarlo a bordo delRegente, habían omitido un ligero detalle.
Por olvido o indiferencia, le habían dejado el cinturón de cuero en donde el Escocés guardaba su fortuna; aquel mismo cinturón que no tentara tampoco la codicia de los salvajes de la Oceanía.
De consiguiente, Tom tenía dinero.
Al salir el sol, lo encontró desmayado en la playa, a un tiro de ballesta de la pequeña ciudad de Laguna.
Un pescador que venía a retirar sus redes, destrozadas por la tempestad, le prodigó sus cuidados y lo volvió a la vida.
Tom contó, al recobrar sus sentidos, que iba como pasajero en el vapor británico elRegente, y que una ola le había arrastrado de la cubierta, en la tempestad de la noche anterior.
El pescador lo condujo a Laguna y le dio hospitalidad.
Así como Santa Cruz, la capital de la isla, Laguna posee muchos Ingleses.
Tom se hizo conducir a casa del Cónsul, refirió su pretendido accidente, y pidió una autorización para ser trasportado a Inglaterra.
Para esto le fue necesario esperar que pasase un buque con este destino.
En fin, al cabo de ocho días, un bergantín dinamarqués hizo escala en Santa Cruz.
Aquel bergantín se dirigía al mar del Norte y debía tocar en Newcastle, lo que convenía perfectamente a Tom, pues quería ir a Escocia antes de volver a Londres.
La travesía duró cerca de un mes.
Pero ya había escrito desde Tenerife dos cartas: una a su mujer Betzy, y otra a lord William.
En ellas contaba todo lo que le había sucedido, y les aconsejaba que dejasen la casa de Adam street, que se ocultasen en cualquier otro barrio apartado de Londres, y que no determinasen ni hiciesen nada antes de su vuelta.
Al mismo tiempo les rogaba que le contestasen a Perth, al apartado del correo.
En toda su desastrosa aventura, Tom no había adivinado más que una parte de la verdad.
Estaba en la convicción de que el pasante Edward Cokeries había obrado de buena fe, y creía aún que el amigo que le había escrito de Perth, confirmándole la existencia del teniente Percy era en efecto sir John Murphy, a quien había tratado en otro tiempo.
La asechanza de que había sido víctima, la atribuía a lord Evandale.
Tom desembarcó pues en Escocia, y no se detuvo un momento hasta llegar a Perth.
Su primer cuidado, antes de aposentarse, fue ir a la oficina de correos, donde esperaba encontrar cartas de lord William o de Betzy.
Pero ni uno ni otro le habían escrito.
Entonces corrió en seguida al domicilio del antiguo chalán Murphy; y allí supo, con un asombro difícil de definir, que aquel hombre había dejado a Perth hacía muchos años.
De consiguiente no era él quien le había escrito.
Tom no se desalentó sin embargo.
Sin pensar siquiera en descansar, se puso en seguida en busca del teniente Percy.
Pero todas sus diligencias fueron inútiles.
En ninguno de los barrios de Perth habían oído jamás hablar de aquel hombre ni nadie le había visto.
Entonces recordó Tom, aunque tarde, la incredulidad que manifestara lord William cuando le enseñó el billete anónimo que le indicaba la residencia del teniente Percy en Perth; y reconoció en fin que había obrado a la ligera.
El pobre servidor, humillado y confundido, tomó pues el camino de Londres.
Al llegar a la capital, corrió en seguida a Adam street.
Pero allí lo esperaba una nueva y dolorosa sorpresa.
Lord William y su familia habían desaparecido hacía un mes.
Betzy había partido tras ellos.
¿Adónde habían ido?
Nadie pudo decírselo.
Tom calculó entonces el tiempo trascurrido, y vio que había cerca de tres meses que saliera de Londres.
Pero ya hemos visto que nuestro digno escocés no se desalentaba nunca completamente.
—¡Yo los encontraré! se dijo con resolución.
Y se puso en seguida a la obra.
diario de un loco de bedlam.
Tom había llegado a Londres de noche.
A aquella hora, las casas de banca y los escritorios de comercio, así como los gabinetes y oficinas de abogados y procuradores, estaban cerrados.
Así el pobre Tom, aunque devorado de impaciencia, tuvo que esperar al día siguiente.
Aquel día, apenas habían sonado las nueve de la mañana, se hallaba ya en el gabinete de mister Simouns.
El solícitor abrió desmesuradamente los ojos al escucharlo.
—Jamás he tenido ningún pasante llamado Edward Cokeries, le dijo.
—¡Es posible! exclamó el cándido Tom.
—Y en cuanto a lord William y a vuestra mujer, ni siquiera he oído hablar de ellos.
Por lo demás, todo lo que acabáis de contarme, es menos extraordinario de lo que creéis.
Y como al oír estas palabras, se quedase Tom mirándolo estupefacto, Mr. Simouns añadió:
—Debíais haber escuchado mi consejo. Estoy seguro que hubiéramos llegado a una transacción con lord Evandale.
—Pero, ¿quién sabe, exclamó Tom, si a esta hora el miserable no habrá hecho asesinar a su hermano?
—No es probable.
—Sin embargo.......
—¿No decís que lord William, su esposa y sus hijos han desaparecido?
—Sí, respondió Tom.
—¿Y vuestra mujer también?
—Igualmente.
—Pues bien, ya veis que no se asesinan así como quiera cinco personas.
—¿Qué ha sido de ellos entonces?
Mr. Simouns tuvo lástima de la desesperación del pobre escocés.
—Escuchad, le dijo; yo tengo por costumbre el no ocuparme sino de los asuntos de mi profesión: sin embargo, hay tal acento de verdad en vuestras palabras, y estoy ahora tan convencido de que lord William vive, que me decido a tomar mano en vuestra causa y la suya.
No me explicaré más por el momento, pero venid esta tarde, y ya veremos.......
Tom se fue más consolado, y pasó todo el día errando por las calles de Londres, buscando a la ventura y gastando su tiempo inútilmente.
Buscar en Londres una persona que ha desaparecido, es, según el dicho vulgar, como querer hallar una aguja en un montón de paja.
Así anduvo de un lado a otro hasta las seis de la tarde, hora en que tomó la vuelta de la City y se dirigió a la calle de Pater-Noster.
Todos los escribientes se habían ya ido, pero Mr. Simouns esperaba a Tom.
—¿No habéis encontrado nada? le dijo.
—¡Ay! no señor, respondió Tom.
—Entonces yo he sido más dichoso.
Tom lanzó una exclamación de alegría.
—¡Oh, no os alegréis tan pronto, mi pobre Tom! dijo el solícitor.
—¡Pues qué!..... por acaso..... ¿han muerto?
—No, pero han sido víctimas de una maquinación infernal. ¿Sabéis dónde se halla lord William?
—¡Decid!... ¡decid! preguntó con ansiedad el pobre Tom.
—Está en Bedlam.
—¿En un hospital de locos?
—Sí, amigo mío.
Tom levantó las manos al cielo con aire desesperado.
Mr. Simouns añadió:
—Tenemos en Londres undetectivemuy hábil que se llama Rogers. Algunas veces he empleado a ese hombre con éxito, y estaba seguro de antemano que dirigiéndome a él, llegaría a saber el paradero de lord William y su familia, así como de vuestra mujer.
De consiguiente hice venir a Rogers esta mañana, apenas me dejasteis.
El agente de policía conocía perfectamente el asunto de que le hablaba, y así no me dejó acabar.
—Ese negocio, me dijo, me ha pasado por las manos. No quise encargarme de él, pero puedo deciros todo lo que ha ocurrido sobre el particular.
Y he aquí lo que Rogers me ha contado, prosiguió Mr. Simouns:
Al día siguiente de vuestra partida de Londres, lord William recibió un telegrama firmado por vos.
—¿Por mí? exclamó Tom.
—Un despacho falso, ya lo comprendéis.
—¡Ah!
—En él decíais a lord William: «He encontrado a Percy.—Cokeries irá a veros. Haced lo que os diga.»
Aquel mismo día, Cokeries se presentó a él.
Hizo redactar a lord William, bajo su dictado, un largo pedimento muy difuso, sembrado acá y allá de frases incoherentes, simulando fórmulas judiciales.
Y hecho esto, se comprometió a entregarlo él mismo al fiscal del tribunal supremo.
Dos días después, lord William recibió una carta vuestra.
—¡Pero si yo no he escrito una palabra! exclamó Tom.
—Ya sé que no habéis escrito, pero han imitado vuestra letra de manera a engañar al más experto.
—¿Y qué me hacían decir en esa carta?
—Decíais que Percy estaba enfermo, y que permanecíais a su lado hasta que se restableciese para poder acompañaros a Londres.
—¿Y después? dijo Tom.
—Ocho días después, lord William recibió cita del tribunal mandándole comparecer, bajo el nombre de Walter Bruce, se entiende, en el gabinete del fiscal del Consejo.
Esto despertó en el joven lord alguna esperanza, y partió lleno de alegría.
Llegada la noche, como no hubiese vuelto aún, su esposa y la vuestra empezaron a concebir alguna inquietud, pero no tardaron en recibir una carta, escrita y firmada por lord William.
Pero esta carta era obra de un hábil falsario como la vuestra.
Lord William escribía que el fiscal no había dudado un momento en admitir las pruebas de su identidad, y que había hecho comparecer inmediatamente a lord Evandale.
Que este último, al presentarse y ser confrontado con su hermano, no pudiendo negarse a la evidencia, lo había confesado todo.
Sin embargo, el fiscal había retrocedido ante la enormidad del escándalo y la dura necesidad de hacer comparecer en justicia y acusar a un par del reino, y había instado vivamente para que interviniese una transacción entre los dos hermanos.
Lord William recibiría como compensación una suma de doscientas cincuenta mil libras esterlinas, y la propiedad de un palacio que la familia Pembleton poseía en París, en el faubourg Saint-Honoré, y consentiría en vivir en adelante en Francia.
A esta condición se añadía la de salir de Londres en el acto.
Lord William partía pues para Folkestone, donde iba a esperar a su mujer y a sus hijos.
Al mismo tiempo rogaba a Betzy que fuera a Perth a reunirse con Tom, que le noticiase la transacción que había tenido lugar, y que, volviendo con él a Londres, arreglasen sus asuntos, y salieran después para Francia.
La esposa de lord William no dudó un momento de la autenticidad de esta carta.
En ella venía adjunto un billete de cien libras, y así no le fue difícil hacer al día siguiente sus preparativos, y partir por el tren correo de las ocho de la noche, en el railway del Sur.
Desde ese momento no se la ha vuelto a ver, ni a ella, ni a sus hijos.
—Pero, ¿y lord William? dijo Tom, ¿qué ha sido de él?
—El extraño escrito presentado en su nombre al tribunal, sólo ha servido para hacer dudar de su razón.
—¡Ah!
—Al mismo tiempo ha recibido una queja de lord Evandale, que reclamaba la acción de la justicia contra un antiguo deportado, que tomaba el nombre de su difunto hermano, y le perseguía con reclamaciones absurdas.
De consiguiente, mientras que mistress Bruce se dirigía a toda prisa a Folkestone, donde creía encontrarlo, lord William se hallaba sometido al examen de dos médicos, los cuales no titubearon en declarar de una manera unánime que estaba loco.
—¿Y..... entonces? preguntó Tom temblando.
—Entonces, ya os lo he dicho, lo han encerrado en Bedlam, donde se halla todavía.
—Pero, ¿y mi mujer?.....
—Vuestra mujer salió para Escocia el mismo día.
Iba en el vagón destinado para las señoras, y al llegar a la segunda estación, una anciana de aspecto muy respetable, se quejó en alta voz pretendiendo que la habían robado.
Todas las demás viajeras rechazaron indignadas esta imputación, pero los empleados del ferrocarril, cumpliendo con su deber, hicieron venir a un inspector de policía.
Registraron a todas las que ocupaban el vagón, y se encontró en la faltriquera de Betzy el bolsillo de la señora robada.
Betzy protestó en vano: fue presa, y la condujeron a la cárcel de la villa inmediata.
Tom, al oír esto, tuvo un acceso de desesperación.
—¡Oh! exclamó, estamos perdidos!
—No, todavía no, dijo Mr. Simouns con su flema británica.
Tom se quedó mirándolo con ansiedad.
diario de un loco de bedlam.
Mr. Simouns pareció recogerse algunos instantes.
Tom lo miraba con ansiedad y, por decirlo así, suspendido a sus labios.
En fin, el solícitor levantó la cabeza y fijándose en su interlocutor, prosiguió:
—Según me dejáis dicho, amigo mío, habéis buscado al teniente Percy por todas partes.
—¡Ay! sí, señor; y todo me hace creer que ha muerto.
—Os engañáis.
—¿Creéis que vive aún? exclamó Tom vivamente.
—Tengo la certeza.
—¡Ah!
—Y la prueba.
Tom sintió renacer en su corazón la esperanza.
—Escuchad, prosiguió Mr. Simouns; mientras que vos corríais de un lado a otro en busca de ese hombre, yo lo buscaba también.
—¿Y lo habéis encontrado?
—El teniente Percy vive todavía, y no solamente no está ciego ni enfermo, sino que goza de todas sus facultades.
—¿Y reside en Londres?
—Sí.
Y diciendo esto, Mr. Simouns tiró del cordón de una campanilla.
A los pocos instantes se presentó uno de sus escribientes.
—Tomad mi carruaje, le dijo Mr. Simouns, y corred a Dover-Hill. Ya conocéis al hombre que vino con vos ayer. Conducidlo aquí al instante.
El pasante partió de seguida.
Entonces Mr. Simouns añadió:
—Hace poco, os abandonabais a la desesperación, amigo mío. El exceso en todo, no es cosa razonable: así, no vayáis ahora a entregaros a una inmoderada alegría.
—Sin embargo.....
—Escuchadme hasta el fin. El teniente Percy está en efecto en Londres: hablará cuando sea requerido, mediante una suma de dinero que he prometido entregarle. Hará más aún.
—¿Qué?
—Hará intervenir a los dos capataces que le acompañaban y que fueron cómplices en la sustitución de lord William por el cadáver de un forzado.
—¡Oh! pero entonces...... exclamó Tom gozoso.
—Esperad. Esos tres hombres han dejado el servicio y tienen hoy una modesta posición. Pero luego que hayan declarado, no solamente perderán su pensión de retiro, sino que caerán además en manos de la justicia.
—¡Ah! repuso Tom.
—Y serán, por lo menos, condenados a la deportación.
—Pero ante esa perspectiva, ¿cómo podéis creer que se atrevan a declarar la verdad? observó Tom, que había recobrado poco a poco su sangre fría.
—He encontrado el medio de hacerles hablar y de sustraerlos al rigor de la ley.
—¿Qué medio es ese? preguntó Tom.
—En primer lugar daremos a cada uno de ellos mil quinientas libros esterlinas; que es el precio que han puesto a sus revelaciones.
—Bien.
—En seguida dejarán la Inglaterra, pasarán el estrecho y se establecerán en Francia. No tienen que temer la extradición, pues no se halla establecida para esa clase de crímenes.
—Pero, en ese caso, no dirán nada.....
—Al contrario, declararán con entera libertad.
Tom no acertaba a comprender lo que oía.
—Una vez en París, prosiguió el solícitor, se presentarán al embajador británico y le revelarán el misterioso crímen de Pembleton: añadirán además ciertos detalles relativos al alcaide de la cárcel de Perth, que ejerce aún hoy día sus funciones, y que ha sido el más culpable en todo ese negocio.
Ese hombre, cogido de improviso, lo confesará todo.
—Pero entonces, dijo Tom, será condenado.
—¡Ya lo creo!... y con harta justicia. Ha sido el más culpable, os lo repito, pues él fue quien sirvió de intermediario entre el teniente y los capataces que conducían la cadena y el supuesto Indio Nizam.
—Entonces el pleito está ganado de antemano, dijo Tom gozoso.
—¡Oh! todavía no, repuso Mr. Simouns.
—Sin embargo.....
—Esperad, añadió el jurisperito. En Inglaterra, toda vez que un interés privado está en juego, la justicia no persigue directamente.
—Pues bien, dijo Tom, nosotros perseguiremos.
—Sí, pero olvidáis que lord Evandale es hoy un hombre poderoso, y que tendrá acaso más partidarios que enemigos, el día en que se le obligue a comparecer en justicia.
—¿Qué importa, si podemos presentar las pruebas auténticas de su infamia?
—Todo lo que queráis, respondió Mr. Simouns; pero así como hay abogados dispuestos a defender el pro, se encuentran muchos para defender el contra. ¿Y quién nos dice que el juez que ha hecho encerrar a lord William como loco, querrá desmentir su opinión?—¿Quién nos asegura que la justicia inglesa osará dar publicidad a semejante escándalo?
Tom bajó la cabeza y quedó un momento en silencio.
—Pero entonces, dijo en fin, ¿de qué sirven las declaraciones del teniente Percy y de sus cómplices?
—Servirán al menos, respondió el solícitor, para obtener una transacción.
—¿Cuál?
—La misma que nuestros adversarios proponían en la carta apócrifa atribuida a lord William.
—¿Doscientas cincuenta mil libras esterlinas?
—Sí, y el palacio Pembleton del faubourg Saint-Honoré en París.
—Pero, ¿cómo conseguiremos eso?
—Armados con esas declaraciones legalizadas en regla, iremos a ver a lord Evandale, vos y yo.
—Bueno, ¿y después?
—Lord Evandale vacilará ante el temor de un pleito escandaloso, y comprenderá que le conviene una transacción. Una palabra suya basta para que pongan a lord William en libertad.
—¿Y luego?
—Lord William dejará la Inglaterra, irá a París, y allí tendrá lugar el cambio.
—¿Qué cambio?
—El de las doscientas cincuenta mil libras y los títulos de propiedad del palacio Pembleton, contra la declaración del teniente Percy y de sus cómplices, legalizada por la embajada inglesa.
Tom movió la cabeza con desaliento. No estaba enteramente convencido, y le parecía demasiado duro el que lord William abandonase así sus derechos por un interés material, por considerable que fuese.
Además, su responsabilidad como mediador, le pesaba sobre la conciencia.
Mr. Simouns, viendo su indecisión, añadió:
—Reflexionad en todas las dificultades y retardos de un pleito semejante. No conocéis, amigo mío, todas las imperfecciones de nuestra legislación.
—Es verdad.
—Los trámites de ese pleito pueden hacerse durar muchísimos años.
—Y bien, ¿qué importa, si conseguimos el objeto?
—Y durante ese tiempo, continuó Mr. Simouns, la esposa y los hijos de lord William vivirán en la más profunda miseria, y él, encerrado en una casa de locos, acabará por perder la razón.
Este último argumento triunfó en fin de los escrúpulos del honrado escocés.
—Y en fin, dijo para terminar Mr. Simouns, no os ocultaré que si no tengo inconveniente en adelantar siete u ocho mil libras para este negocio, no será lo mismo si se trata de una suma más considerable, y para sostener el pleito, se necesitan al menos veinte y cinco mil libras.
—Pues bien, dijo Tom, sea como queráis.
—¡Perfectamente! respondió Mr. Simouns.
En este momento se abrió la puerta del gabinete y se presentó el teniente Percy.
Tom lo examinó con curiosidad.
Era un hombre joven aún y vigoroso, y que parecía dotado de una gran energía.
—El señor y yo hemos quedado de acuerdo sobre lo convenido ayer con vos, le dijo Mr. Simouns señalando al antiguo mayordomo de Pembleton.
El teniente se inclinó volviéndose a Tom.
—Esta noche saldréis para París, prosiguió el solícitor.
—Como gustéis, Mr. Simouns.
—He aquí quinientas libras esterlinas para vos y vuestros compañeros. El resto os será entregado en París, tan luego como firméis en la embajada.
Y diciendo esto le dio un cupón del Banco, de quinientas libras, que el teniente Percy se metió tranquilamente en el bolsillo.
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—Id inmediatamente a hacer vuestros preparativos de partida, dijo aun Mr. Simouns al teniente Percy. Tan luego como lleguéis a París, me enviaréis un despacho indicándome las señas de la posada que hayáis tomado, vos y vuestros compañeros.
—¿Debemos presentarnos de seguida en la embajada?
—No; permaneceréis allí sin dar el menor paso, hasta la llegada del señor a París, repuso el solícitor señalando a Tom. Él vos indicará lo que debéis hacer.
El teniente se levantó y salió del gabinete.
Entonces, apenas quedaron solos, Tom dijo a Mr. Simouns:
—¿Y mi pobre mujer que está en la cárcel?
—La haremos salir antes de ocho días.
—¿Cómo?
—Yo la haré poner en libertad bajo caución.
—¡Ah! bien, dijo Tom, pero si después deja la Inglaterra, como hemos convenido, se perderá la fianza.
—Añadiremos esa suma a los gastos generales que deberá reembolsarme lord William.
Tom quedó pensativo por algunos instantes, y después de un corto silencio añadió:
—Pero, ¿no me habéis también dicho que la señora y los hijos de lord William habían desaparecido?
—Sí.
—¿Les habrá sucedido acaso alguna desgracia?
—Mucho lo temo; y sin embargo.....
—¿Qué? preguntó vivamente Tom.
—Hoy estoy casi tranquilo sobre el particular.
—¿Cómo pues?
—He enviado en su busca al detective de que os he hablado.
—¡Ah!
—Y esta mañana precisamente me ha enviado un telegrama desde Brighton.
—¿Y qué dice?
—Ved por vos mismo.
Y Mr. Simouns tomó un papel de su bufete y lo presentó a Tom.
Este leyó:
«A Mr. Simouns, Pater-Noster street, London.
Esperad con confianza. Creo haber hallado la huella de lo que buscamos.
Rogers.»
—Así, creéis que logrará encontrarlos.....
—Estoy seguro.
—Muy bien, dijo Tom levantándose. Volveré mañana.
—¡Oh! no, repuso Mr. Simouns, no conviene que volváis aquí.
—¿Por qué?
—Porque nuestros adversarios os creen muerto, y no deben saber que vivís hasta el día en que estéis armado con el testimonio escrito de los cómplices de lord Evandale. Ahora bien, si venís aquí con frecuencia, podéis ser visto y reconocido.
¿Dónde os habéis alojado?
—En ninguna parte aún.
—Pues bien es necesario buscar un barrio extraviado; por ejemplo en el East-End, por el lado de Mail en Road.
—¿Bueno; pero ¿cuándo saldré para París?
—Tan pronto como tengamos noticias positivas de mistress Bruce y de sus hijos.
—¿Y a lord William, no lo volveré a ver antes de partir?
—Es imposible. En primer lugar no se penetra fácilmente en Bedlam.
—¡Oh! el rigor no es tan grande, puesto que se puede obtener un permiso.
—Sí, pero cuando llegue a saberse que una persona ha visitado a Walter Bruce, las sospechas recaerán inmediatamente sobre vos, y, os lo repito, debéis estar muerto para lord Evandale hasta que llegue el momento decisivo.
Tom se inclinó no encontrando qué responder.
—Pero, a vos... ¿os veré? dijo.
—Mañana, entre diez y once, respondió el solícitor, pasaré en carruaje por Mail en Road. A la altura del work-house, me detendré y echaré pie a tierra. Hallaos por allí.
—Muy bien, dijo Tom.
Y partió de seguida, teniendo buen cuidado de salir de la casa furtivamente, y de encubrirse lo mejor que pudo hasta estar fuera de la City.
Inmediatamente, siguiendo el consejo de Mr. Simouns, fue a buscar habitación cerca de Mail en Road.
No le fue difícil hallar posada por aquel sitio, y a la mañana siguiente, a la hora convenida, se hallaba delante del work-house, paseándose por la acera y espiando todos los carruajes que pasaban.
En fin, uno de ellos se detuvo, y un hombre bajó de él.
Aquel hombre era el solícitor.
—¡Albricias! amigo Tom, dijo acercándose a este. Se ha encontrado a mistress Bruce.
Tom dejó escapar una exclamación de alegría.
—Tomad, dijo Mr. Simouns, leed.
Y le entregó una carta abierta.
Esta carta era del detective Rogers.
«Muy señor mío;—escribía el agente de policía:—he preferido haceros esperar algunas horas y confiar mi misiva el correo, en vez de emplear el medio lacónico y poco reservado del telégrafo.
»Os escribo esta carta en la casa misma de mistress Bruce.
»La pobre señora no sabe absolutamente nada. A estas horas cree todavía que su esposo se halla en París.
»Voy a referiros en pocas palabras todo lo que le ha sucedido.
»Ya sabéis que salió de Londres, hace tres meses, para ir a reunirse con su marido en Folkestone.
»En la supuesta carta de Mr. Bruce, que motivó esta partida, habían imitado tan maravillosamente su letra, que ella no pudo sospechar lo más mínimo.
»Un hombre la esperaba en la estación de Folkestone.
»Pero, como podéis muy bien imaginar, aquel hombre no era Mr. Bruce, sino un gentleman que decía venir de su parte.
»Como prueba de ello, la presentó otra carta, firmada también Walter Bruce, que su señora creyó igualmente auténtica.
»En ella decía Mr. Bruce que a causa del cambio de ciertas combinaciones, se veía obligado a partir solo para París, donde ella iría a reunírsele, previo aviso, dentro de algunas semanas. De consiguiente la rogaba que aceptase sin reserva alguna los servicios de aquel gentleman, que gozaba de toda su confianza, y a quien había dado sus instrucciones.
»Mistress Bruce dio crédito a esta segunda carta, como lo había dado a la primera, y no titubeó en seguir al gentleman, que la condujo a Brighton, y la instaló en la casita de campo donde la he encontrado esta mañana.
»Cada quince días recibe una supuesta carta de su marido, el cual retarda siempre su ida a París, bajo diferentes pretextos.
»En cada una de esas cartas viene además adjunta una suma de dinero.
»Yo no he creído deber desengañar a mistress Bruce. Me he limitado a decirla que venía de vuesta parte, pues ella sabe que os ocupáis de una transacción entre su esposo y lord Evandale.
»Creo, salvo vuestro parecer, que sería bueno no decirla nada, hasta que esa transacción se lleve a cabo y que Mr. Bruce haya sido puesto en libertad.
»De todos modos, espera vuestras órdenes
»Vuestro seguro servidorRogers.»
Tom devolvió esta carta al solícitor, y le dijo:
—¿Y qué habéis resuelto?
—He enviado un telegrama a Rogers, diciéndole solamente:
«Habéis hecho bien. No digáis nada.»
—Bien. ¿Y qué vamos a hacer ahora?
—Vos, saldréis para París hoy mismo. Aquí tenéis una carta de crédito sobre la casa Shamphry y Compa., calle de la Victoria.
—Permitidme aún una pregunta, Mr. Simouns, dijo Tom tomando la carta.
—¿Qué es ello? preguntó el solícitor.
—¿Sabe algo lord William de todas nuestras negociaciones?
—Absolutamente nada.
—Debe hallarse en estado de completa desesperación.
—Sin duda. Pero más vale no decirle nada aún.
—¿Por qué?
—Porque podríamos despertar las sospechas de lord Evandale.
—Tenéis razón. Pero obremos con la mayor celeridad a fin de abreviar su martirio.
—Eso es, repuso Mr. Simouns. Así, ¿vais a partir hoy mismo?
—Sí, señor.
—De ese modo llegaréis a París mañana por la mañana: sin perder un minuto, os pondréis en seguida en relación con el teniente Percy.
—¿Dónde lo hallaré?
—Acaba de enviarme un despacho noticiándome que se ha alojado con sus compañeros en el hotel de Champaña, calle Montmartre.
—Bien.
—Al punto los llevaréis a la embajada. Y tan luego como hayan prestado declaración, y esta se halle legalizada en regla, me escribiréis cuatro líneas.
—¿Y después?
—¡Toma! después, iré a ver a lord Evandale.
Tom se inclinó y saludó a Mr. Simouns, que se volvió a su carruaje.
Una hora después, tomaba Tom el tren correo del Sud-Railway y estaba en camino para París.
Cuarenta y ocho horas más tarde, Mr. Simouns recibía el despacho telegráfico siguiente:
«Declaración prestada. Embajador convencido. Pieza legalizada.
»Salida de París esta noche. Mañana en Londres.
Tom.»
—¡Eh!... eh! murmuró Mr. Simouns, empiezo a creer que lord Evandale hará bien en transigir.
diario de un loco de bedlam.
Ocho días habían trascurrido después de la salida de Tom para Francia, y en la mañana del octavo se hallaba de vuelta en Londres.
Dos personas le esperaban en la estación, Mr. Simouns y Betzy.
Betzy, puesta en libertad bajo caución, había vuelto también a la capital, y esperaba con ansiedad a su marido.
Este venía radiante de alegría.
Traía una declaración en regla, firmada por el teniente Percy y los dos capataces o cabos de presidio; y este documento, legalizado por el cónsul inglés, estaba visado por la embajada.
—Ahora, dijo Mr. Simouns, podemos entrar en campaña. Voy a escribir a Mr. Evandale pidiéndole una entrevista.
Tom, que había pasado la noche en camino de hierro, tomó algunas horas de reposo, y a las dos de la tarde, según habían convenido, fue a buscar a Mr. Simouns en un cab.
Apenas reunidos, ambos se dirigieron al West-End.
—Me parece, dijo Mr. Simouns cuando llegaron a la puerta de lord Evandale, que es inútil, al menos por el momento, el que entréis conmigo.
—¿Por qué? preguntó Tom.
—Porque temo que se os escape un movimiento de indignación, a vista de lord Evandale, y que esto comprometa el éxito de nuestra negociación. Si tengo necesidad de vos, os haré llamar.
—Sea como queráis, respondió Tom.
Mr. Simouns entró pues solo en casa de lord Evandale.
El noble personaje le esperaba en su gabinete. No había podido adivinar lo que el solícitor podía tener que decirle; pero como este se había ocupado largo tiempo de los negocios de la familia Pembleton, supuso que lo traía alguna cuestión de interés.
Lo recibió pues cordialmente y aun le invitó a tomar asiento, pero el solícitor permaneció de pie.
—¿De qué se trata pues, mister Simouns? preguntó lord Evandale.
—Milord, respondió aquel, me presento como procurador del hermano de Vuestra Señoría.
—¿Qué hermano? dijo lord Evandale riéndose.
—Vuestro hermano mayor, lord William Pembleton, repuso Mr. Simouns gravemente.
—Señor procurador, dijo lord Evandale, mi hermano ha muerto hace cerca de diez años.
—Eso es lo que cree todo el mundo.
—Y esa es la verdad, señor mío.
—Milord, dijo fríamente Mr. Simouns, hay otros dos hombres que todo el mundo cree también muertos, y que viven sin embargo.
—¡Ah!
—El primero se llama Tom.
Lord Evandale no pudo ocultar un ligero estremecimiento.
—¿Y..... el segundo? dijo.
—El segundo es Percy, el teniente de presidio.
—Yo no conozco a ese hombre.
—Sin embargo, añadió Mr. Simouns, siempre impasible, él fue quien ayudó a sir Jorge Pembleton, vuestro padre, a sustituir el cadáver del forzado Walter Bruce al cuerpo de lord William aletargado.
—¡Ah! muy bien! dijo lord Evandale, puesto que os creéis tan al corriente en todos esos supuestos misterios de familia, voy a poneros en la verdadera vía, para que salgáis de vuestro error.
—Veamos pues, milord.
—Hay un astuto bandido, prosiguió lord Evandale, que se llama en efecto Walter Bruce, el cual ha imaginado, para sacarme algún dinero, hacerse pasar por lord William, mi desgraciado hermano, que ha muerto de la picadura de un reptil.
—¿Y..... ese bandido?.....
—Me he contentado con denunciarlo a la justicia.
—Conozco ese detalle.
—Y creo que la justicia, dando prueba de una indulgencia sin igual, se ha contentado con encerrarlo en Bedlam.
—¿Estáis seguro de ello, milord?
—¡Oh! no diré que esté absolutamente seguro!.....
—Pero ese hombre tiene mujer..... hijos.....
—Es posible.
—¿Y es por órden vuestra?.....
—¡Ah! ¿qué es esto? exclamó lord Evandale con altivez; ¡se me figura que os permitís interrogarme!
—No es mi intención, milord, repuso Mr. Simouns con firmeza, el faltar a la consideración debida a vuestra clase, pero me es necesario probaros que estoy más al corriente de este negocio de lo que creéis.
—En hora buena, hablad.....
—Un día, hará de esto tres meses, la esposa de Walter Bruce,—llamémosle así por la forma,—recibió una carta de su marido... es decir una carta apócrifa en la que se trataba de una transacción.
—¿Con quién?
—Con vos, milord.
—¡Ah! veamos.
—Lord William consentía a no reclamar en justicia su nombre ni su título, y a dejar la Inglaterra; en cambio de la oferta que se le había hecho de una suma de doscientas cincuenta mil libras y el palacio Pembleton de París.
—Muy bien, ¿y qué?
—Esa transacción era razonable,—bajo el punto de vista del honor y consideración de la familia,—y yo vengo, milord, a proponerla a mi vez.
Y diciendo esto, Mr. Simouns sacó del bolsillo un papel, lo extendió sobre la mesa y añadió:
—Cuando Vuestra Señoría haya tomado conocimiento de esta declaración jurídica, creo que no vacilará......
Lord Evandale tomó el papel y lo leyó.
Mr. Simouns, que lo observaba a hurtadillas, lo vio palidecer a medida que leía.
En fin el noble lord, al acabar la lectura, tuvo un movimiento de cólera y estrujó el papel entre las manos.
—¡Oh! dijo tranquilamente Mr. Simouns, podéis desgarrar ese documento y hasta echarlo al fuego, si así os place, milord. No es más que una copia. La pieza auténtica, legalizada por la embajada británica, se halla bajo llave en mi gabinete.
Lord Evandale pareció reflexionar algunos instantes.
—Pues bien, dijo en fin, si yo consiento en lo que me pedís, ¿cuál será mi garantía?
—Se os entregará el original de la copia que acabáis de leer, y que es la sola pieza importante del pleito que intentamos sostener.
—Muy bien. Pero Walter Bruce está en Bedlam.....
—¡Oh! es tan fácil para Vuestra Señoría el hacerlo salir!
—¿Lo creéis así?
—Vuestra Señoría no tiene más que escribir dos líneas al lord presidente, y Walter Bruce será puesto en libertad.
—¿Y partirá de Londres?
—Inmediatamente.
—¿Y en cambio de mi casa de París y de las doscientas cincuenta mil libras, se me entregará esa declaración?
—Milord, dijo Mr. Simouns, soy un hombre conocido en Londres por mi probidad. Jamás he dado mi palabra sin cumplirla.
—Está bien, dijo lord Evandale. Mañana a esta hora, pasaré por vuestra casa, y concluiremos este negocio tal como lo deseáis.
Mr. Simouns saludó a lord Evandale y se retiró sin más palabra.
Tom había permanecido en el carruaje.
—En fin, amigo mío, dijo al incorporarse con él Mr. Simouns, la causa está ganada.
—¿Consiente en todo?
—En todo absolutamente.
—¿Y lord William saldrá de Bedlam?
—Mañana será puesto en libertad. Por lo demás, venid mañana a las dos a mi gabinete. A esa hora todo estará concluido.
Tom y Mr. Simouns se separaron en Leicester-square.
El solícitor se volvió a su oficina, y el buen escocés fue a reunirse con Betzy, que había tomado un modesto cuarto amueblado en Drury-Lane.
Todo Inglés de pura raza que tiene un motivo fundado de alegría, acostumbra a dar gracias a la Providencia con el vaso en la mano.
Tom veía al fin coronados sus esfuerzos; así pasó todo el resto del día con Betzy, y corrieron de taberna en taberna hasta la media noche, bebiendo porter, sherry, gin y aguardiente, anegando por completo su regocijo.
A media noche se acostaron completamente borrachos.
Sin embargo, la mañana siguiente, Tom se levantó como de costumbre, enteramente despejado y con toda su lucidez de espíritu.
Toda la mañana la pasó lleno de impaciencia.
En fin, cuando dieron las dos, salió a toda prisa, tomó un cab, y se hizo conducir a Pater-Noster Street.
Pero en el momento en que entraba en esta calle, ordinariamente tranquila, vio una multitud compacta que obstruía el paso a la casa de Mr. Simouns.
Tom bajó del carruaje y se aproximó vivamente.
La multitud estaba silenciosa y parecía consternada.
Tom quiso penetrar por medio de ella y abrirse paso hasta la puerta gritando: ¡Plaza! plaza!; pero no lo pudo conseguir a pesar de todos sus esfuerzos.
—¿Qué es esto? dijo entonces encarándose con un rough que se hallaba a su paso, ¿qué sucede aquí?
—Ha sucedido una gran desgracia, respondió aquel hombre del pueblo.
Tom se estremeció de pies a cabeza y sintió un sudor frío inundar de pronto su frente.
diario de un loco de bedlam.
—Pero, ¿qué ha sucedido? preguntó Tom con ansiedad.
—Una gran desgracia, caballero.
—¿Qué desgracia?
—Mr. Simouns ha muerto.
Tom dejó escapar un grito.
En aquel momento un joven se abrió paso entre la multitud y se acercó a Tom.
Este lo reconoció al punto.
Era aquel mismo pasante de Mr. Simouns, que el solícitor había enviado a buscar al teniente Percy algunos días antes.
—¡Ah! señor Tom! exclamó el joven con los ojos arrasados en lágrimas, ¡qué desgracia! señor Tom, que desgracia!
Tom se había quedado como estúpido.
—Pero... ¡es imposible! dijo en fin.
—¡Oh! eso es lo mismo que yo decía, señor Tom; yo no quería creerlo hace una hora..... Pero lo he visto muerto, bien muerto.
Y entonces el pasante contó a Tom que Mr. Simouns había vuelto a su casa la noche anterior, como de costumbre, en perfecta salud y de muy buen humor.
Que había cenado como todas las noches, y se había metido en la cama un poco antes de las doce.
La mañana siguiente, a eso de las ocho, viendo que tardaba en llamar a su ayuda de cámara, mistress Simouns se inquietó un poco y fue a tocar a su puerta.
Pero, como nadie le respondiese, abrió y entró.
Mr. Simouns se hallaba extendido en la cama, y estaba muerto.
Un médico, llamado a toda prisa, había declarado que el solícitor acababa de sucumbir a una congestión cerebral, determinada por una causa desconocida.
Durante este relato del pasante, Tom hizo grandes esfuerzos para conservar su serenidad y recobrar toda su energía.
—Pero, dijo en fin, ¿es aquí donde ha muerto?
—No, señor; ha muerto en su domicilio, fuera de Londres.
Entonces, ¿por qué hay aquí esa aglomeración de gente?
—Porque la justicia está arriba.
—¡La justicia!... ¿Qué viene a hacer aquí?
—Viene a sellar y poner en secuestro los papeles de Mr. Simouns.
Esta respuesta fue un nuevo golpe para el pobre Tom.
Entre los papeles de Mr. Simouns se encontraba seguramente la famosa declaración del teniente Percy y consortes, visada por la embajada de París, único documento por cuyo medio podía obligarse a transigir a lord Evandale.
Y Tom conocía la marcha lenta y tortuosa de la justicia inglesa. Sabía que una vez puesto un secuestro, había para un tiempo indefinido.
Después de penosos esfuerzos, acabó por abrirse paso y entró en la casa siguiendo de cerca al pasante.
El gabinete del solícitor estaba ya cerrado y habían puesto los sellos en la puerta.
En tanto, las dos de la tarde habían pasado hacía tiempo, y lord Evandale no parecía.
Tom permaneció toda la tarde errando de un lado a otro por la calle de Pater-Noster.
Esperaba ver llegar a lord Evandale según había prometido el día anterior, puesto que no debía conocer todavía la muerte del solícitor; pero lord Evandale no pareció por aquellos parajes.
De entonces Tom supo ya a qué atenerse.
Mr. Simouns no había muerto de muerte natural.
Lo había herido la misma mano misteriosa que dirigía la infernal intriga en que se hallaban envueltos lord William y todos los suyos.
¡Y Tom se encontraba solo en adelante para combatir con semejantes adversarios!.....
Pero ya lo hemos visto, el honrado escocés estaba dotado de una energía a toda prueba. Jamás se desalentaba completamente, y tenía la paciencia y la tenacidad de los cazadores americanos.
Esperó quince días, prudentemente escondido con Betzy, en uno de los barrios extremos de Londres, y de allí espiaba sin embargo todo lo que convenía a los planes de su conducta futura.
Al cabo de ese tiempo, el gabinete de Mr. Simouns volvió a emprender sus trabajos.
El mismo pasante que había noticiado a Tom la muerte de su principal, y que era su oficial mayor, fue nombrado solícitor, por providencia ministerial, en el oficio vacante de Mr. Simouns.
Tom fue a verlo de seguida.
El nuevo procurador estaba al corriente del negocio y sabía la marcha que había seguido hasta el día.
—Mr. Simouns ha muerto, dijo; pero yo ocupo su lugar y continuaré su obra. Estoy próximo a obtener que se levante el secuestro, y tan luego como hayamos encontrado la famosa declaración que nos sirve de base en este negocio, obligaremos a lord Evandale a que termine la transacción.
Al cabo de ocho días, el nuevo solícitor obtuvo que se levantaran los sellos.
Pero ¡ay! aquí esperaba a Tom un nuevo desengaño, más cruel, más terrible que todos los que ya había sufrido.
Levantado el secuestro, se procedió a un minucioso examen, pero fue en vano el registrar todos los papeles de Mr. Simouns; la famosa pieza había desaparecido.
Una mano criminal la había sustraído sin duda, el día de la visita judicial en el gabinete de Pater-Noster street.
El nuevo solícitor no se desalentó sin embargo.
Cuando estuvo bien convencido de la desaparición de aquel documento, tomó inmediatamente su partido, y dijo a Tom:
—El teniente Percy continúa en París, ¿no es verdad?
—Así lo creo.
—Pues bien, es necesario ir a París, y obtener de ese hombre una nueva declaración, aun cuando sea a fuerza de dinero.
El honrado Tom, siempre animoso e infatigable, partió de seguida.
Al día siguiente llegaba a París y corría al domicilio del teniente.
Aquí nuevo golpe y nuevo desengaño.
El teniente había desaparecido de París hacía ocho días, sin que nadie supiese su paradero.
Tom buscó entonces a los dos antiguos cabos de presidio, pero también los buscó en vano.
Ni la policía de París, ni la embajada inglesa pudieron averiguar el paradero de aquellos individuos.
Entonces Tom, fuera de sí de cólera y de dolor, exclamó:
—¡Pues bien! Ya que no hay que contar con la justicia..... yo la tomaré por mi mano.
Y partió precipitadamente para Londres.
La misma noche en que Tom se hallaba de vuelta en la capital, lord Evandale, que había asistido a la sesión de la Cámara alta, salió bien tarde del Parlamento.
Era cerca de media noche.
En vez de entrar en el carruaje y de retirarse a su casa, lord Evandale despidió a sus lacayos, y se dirigió a pie a Pall-Mall, donde estaba su club.
El noble personaje pasó allí una parte de la noche jugando al faraón.
Las alternativas de ese juego violento, en el que se puede perder en pocas horas una fortuna, parecieron interesarle bastante, pues eran más de las tres de la mañana cuando se decidió al fin a retirarse.
—¡Cómo! milord, le dijo el baronet sir Carlos M...... ¿os vais a pie a estas horas?
—Sí por cierto, respondió lord Evandale.
—¿No teméis a losestranguladores?
—¡Bah! jamás ha habido estranguladores en Londres.
—¡Oh! ¿Os burláis?
—No temo nada, ni a nadie, querido, añadió lord Evandale.
Y partió riéndose con fatuidad.
Alejose del club con paso rápido, y cuando se hallaba ya a cierta distancia, le pareció oír andar detrás de él.
Volviose y vio un hombre que le seguía.
Entonces lord Evandale apresuró el paso.
El hombre que iba tras él hizo lo mismo, y así llegaron ambos en pocos momentos a Trafalgar-square.
Al pie de la estatua de Nelson, lord Evandale, que se vio perseguido de cerca, se detuvo y se volvió bruscamente.
Entonces el desconocido llegó a él.
—Dos palabras, milord, dijo aquel hombre.
Lord Evandale, al oír aquella voz, sintió un terror vago apoderarse de su espíritu.
—¿Qué me queréis? preguntó.
El desconocido dio un paso más hacia él.
—¿No me reconocéis, milord?
—No, dijo secamente lord Evandale.
—Me llamo Tom.
—¡Ah! ¿y qué?
—Vengo a preguntaros si estáis dispuesto a devolver en fin la libertad a lord William.
Lord Evandale se echó a reír.
—¿Estáis loco? dijo.
—¡Milord! repuso Tom temblando de furor, cuidado con lo que decís!
—¡Atrás! dijo lord Evandale.
Y viendo a dos policemen a cierta distancia, los llamó en su ayuda.
—El socorro llegará tarde, dijo Tom.
Y sacando un largo puñal del bolsillo, lo hundió hasta la guarda en el pecho de lord Evandale, que cayó arrojando un grito.
Los agentes de policía llegaron en aquel punto y se apoderaron de Tom.
Pero lord Evandale se agitaba con las convulsiones de la agonía, y lord William estaba vengado.