diario de un loco de bedlam.
Habían trascurrido diez años después de los acontecimientos que acabarnos de narrar.
Diez años hacía que Lady Evelina había ido a reunirse con su esposo, lord Evandale Pembleton, en un mundo mejor.
Dos jóvenes gentlemen a caballo, uno al lado del otro, seguían una mañana la grande avenida de añosos olmos de New-Pembleton, e iban departiendo alegremente.
Estos jóvenes eran los dos huérfanos de la noble familia.
Lord William Pembleton, el actual jefe de ella, aquel niño que su madre y el fiel Tom habían guardado con tanta solicitud, era ahora un apuesto y gallardo joven de diez y nueve años, alto, esbelto, y sin embargo robusto.
Su hermano, por el contrario, aunque apenas tenía dos años menos, era débil, delicado y de pequeña estatura.
Lord William tenía una fisonomía abierta y franca, la mirada noble y leal, y la boca siempre risueña.
Sir Evandale, su hermano, tenía el rostro anguloso, los labios delgados y descoloridos, la mirada torva y traidora.
El primero era un tipo de nobleza y de lealtad.
El segundo descubría a su pesar algo de bajo, de astuto y de envidioso.
Ambos iban montados en magníficos poneys de Escocia, y llevaban la casaca escarlata de los cazadores de zorras. De este modo se dirigían al bosque vecino, donde los esperaba una alegre cuadrilla de sus compañeros de caza.
Cabalgando así, llegaron al extremo inferior de la avenida, e iban a salir por la verja del parque que daba al camino real, cuando de pronto les cerró el paso un hombre que se hallaba reclinado contra la puerta de la verja.
Aquel hombre era un mendigo, un pobre diablo en harapos, listo y vigoroso, aunque ya de cierta edad, con la tez cobriza de los Indios.
Y era un Indio en efecto, un hijo de la raza cobriza que los Ingleses han logrado subyugar.
Tal vez aquel hombre había sido rey en su país, y ahora vivía de la caridad pública entre sus enemigos.
A pesar del vigor que manifestaba, el Indio, como hemos dicho, era un anciano.
Algunos raros cabellos entrecanos se escapaban de su gorro de lana gris; y una larga barba inculta le caía sobre el pecho.
—Mis buenos señores, dijo levantando hacia los dos gentlemen sus manos suplicantes, dignaos socorrer al pobre Indio.
Lord William le arrojó una guinea.
—¡Vete! le dijo.
El Indio recogió lo guinea y desapareció entre la maleza.
—Por cierto, milord, dijo sir Evandale, que practicáis la caridad de una manera bien brutal.
—¡Ah! ¿os parece así, hermano? repuso el joven lord.
—¿Por qué despedís así a ese mendigo?
—Porque ese hombre ha sido causa de la muerte de nuestra madre, respondió lord William.
—¿Cómo es eso posible, milord?
—¿Tom no os ha contado nunca esa historia?
—Jamás.
Lord William dejó escapar un suspiro.
—Pues bien, añadió, yo voy a contárosla.
Y como en esto habían llegado al camino real, pusieron sus caballos juntos y tomaron el galope.
—Mi querido Evandale, dijo entonces lord William, nuestra madre estaba muy enferma, y los médicos desesperaban de salvarla. Pero parece sin embargo, que había todavía remedio. Tom fue a ver a un famoso médico escocés que vivía en Perth.....
—John Pembrock, ¿no es verdad?
—Justamente.
—Y John Pembrock no fue más afortunado que los otros médicos sin duda.
—John Pembrock se hizo describir por Tom todos los síntomas de la enfermedad.
—¡Ya! y no vino al castillo..... ¿no es eso?
—Al contrario, sin duda vio esperanza de éxito, pues se presentó aquella misma noche en el puente levadizo de Old-Pembleton.—Pero desgraciadamente no venía solo.
—¡Ah!
—Un hombre lo acompañaba, y ese hombre era el mendigo que acabamos de ver.
Ahora bien, amigo mío, prosiguió lord William, debo deciros ante todo, que nuestra santa madre, se hallaba perseguida hacía muchos años por misteriosos e inexplicables terrores.—Tom, que poseía toda su confianza, no ha querido jamás explicarse francamente conmigo sobre esto.
Nuestra madre se había refugiado pues en Old-Pembleton, y todas las noches alzaban el puente levadizo y no dejaban entrar a nadie.
Tom, conformándose con las órdenes recibidas, se negó a abrir al mendigo: solo podía franquear la puerta a John Pembrock, el médico que había prometido curar a nuestra madre.
Pero John Pembrock era un hombre de singular carácter.
Viendo que Tom no quería dejar entrar al mendigo, volvió la espalda y se negó resueltamente a penetrar en el castillo.
—¿Es posible?
—En aquel mismo instante se volvió a Perth.
—Al día siguiente encontraron muerta a nuestra pobre madre.
—Y bien, dijo sir Evandale, en todo eso veo que John Pembrock era un miserable; pero, en cuanto al pobre Indio, no ha sido en rigor sino la causa bien inocente.....
—Sea, repuso lord William, pero su vista me oprime siempre el corazón.
—¿Lo encontráis con frecuencia?
—¡Con demasiada frecuencia! Siempre anda por estos alrededores.
—¿Y cómo se hace que ese hombre, nacido a cuatro mil leguas de aquí, se haya establecido en nuestras montañas?
—Cosa es en efecto bien singular y que no sabré deciros.
—Tom debe de saberlo.
—Lo sabe todavía menos que yo, así como todos los habitantes de la comarca.
Ese mendigo, a quien llaman Nizam, pasa las noches en los bosques, y solo se le ve de día a la puerta de las poblaciones o de las casas de campo.
Además no se le conoce oficio alguno.
—¡Oh! respecto a eso no hay que extrañar, observó sir Evandale, el pobre es ya viejo.
—Es viejo, pero bastante ágil y robusto aún para poder ocuparse de un trabajo cualquiera.
—Hace poco he notado una cosa bien singular, milord, dijo sir Evandale.
—¿Cuál?
—Vos le habéis echado una guinea, ¿no es verdad?
—Sí.
—No creo que se halle acostumbrado a semejantes limosnas.
—Ciertamente que no: por lo común no recoge más que medio penique cuando tiende la mano. Y bien, veamos, ¿qué habéis notado?
—Al irse, os ha lanzado una mirada de odio.
—¡Oh! lo comprendo muy bien. Ese hombre es un malvado.
—Y en cambio, a mí me ha mirado de muy distinto modo, añadió sir Evandale.
—¿De veras?
—Si, me ha mirado afectuosamente.
—¡Bah!
—Y aun con cierta emoción.
—¿Qué queréis? exclamó lord William riéndose, eso no prueba más sino que tenéis el don de agradarle, mientras que yo le soy antipático.
Sir Evandale se sonrió de una manera equivoca.
—Eso no debe importaros, milord, dijo, hartas compensaciones tenéis.
—¿Qué queréis decir?
—¡Toma!... si ese pobre Indio manifiesta algún apego hacia mí, vos tenéis en cambio otras personas que os adoran y que pasarían su vida a vuestros pies, y que, estando a nuestro servicio, ni aun se dan la pena de disimular la aversión que me tienen.
Lord William se encogió de hombros.
—Apuesto, dijo, a que aludís a ese pobre Tom.
—¿Por qué negarlo? Hablo de Tom y de su mujer Betzy.
—¿Creéis que no os aman?
—Seguramente.
—¡Qué extraña idea!
—¡Oh! por lo demás, yo les pago en la misma moneda.
—¡Hermano!....
—Estoy en mi derecho, prosiguió con impetuosidad sir Evandale; y si en vez de ser un pobre segundón de la familia, fuese yo como vos lord Pembleton, señor de este país, dueño del antiguo solar y de la quinta moderna..... si dentro de un año debiera yo formar parte de la Cámara alta.....
—Y bien, ¿qué haríais? respondió Lord William.
—Empezaría por arrojar de mi presencia a Tom y a su mujer.
—Y haríais muy mal, dijo severamente lord William.
Sir Evandale volvió el rostro a un lado y no respondió.
—Tom es hermano de leche de nuestra madre, añadió lord William. No lo olvidéis, Evandale.
Y dicho esto, los dos hermanos apresuraron el paso de sus monturas, y no cambiaron una palabra más.
Bien pronto penetraron en el bosque.
A poco trecho entraron por una de las alamedas que lo atravesaban de parte, a parte, y ya allí, descubrieron a unos trescientos pasos de distancia, una numerosa cabalgada de cazadores igualmente vestidos de rojo, y entro ellos el traje blanco de una amazona.
El rostro de lord William reveló a esta vista una vivísima emoción, mientras que en el de su hermano se pintó el despecho, al mismo tiempo que le dirigía a hurtadillas una mirada de odio y de envidia.
—¡Ved a miss Anna! dijo lord William.
Y espoleando a su caballo, volvió a tomar el galope.
diario de un loco de bedlam.
Miss Anna cabalgaba graciosamente en medio de una lucida cuadrilla de caballeros que se agrupaban galantemente a su rededor.
Toda la flor y nata del condado se hallaba allí, y cada uno de aquellos apuestos galanes suspiraba al contemplar a miss Anna.
Es verdad también que miss Anna era en extremo hermosa. Tenía diez y ocho años, y a esto se añadía otra ventaja incontestable; y es que era muy rica, cosa bastante rara en una inglesa.
El que logrará su mano, alcanzaría no solamente la posesión de una beldad incomparable, sino también una de las herederas más opulentas del Reino Unido.
Esta joven era hija de sir Archibaldo Curton, baronet millonario y miembro influyente de la Cámara de los Comunes.
Sir Archibaldo, segundón de familia, se había expatriado en su juventud, pasando a las Indias, donde no había desdeñado dedicarse al comercio, aunque pertenecía a la aristocracia.
Había hecho una fortuna colosal, casándose luego con la hija de un nabab, que le había llevado otra fortuna, y de esta unión tuvo una sola hija, que era miss Anna.
La magnífica quinta de recreo de sir Archibaldo, que era casi una residencia real, se hallaba en el llano, a unas tres millas inglesas de la de lord William Pembleton.
Lord William y sir Archibaldo se vieron como vecinos y se visitaron con frecuencia.
Lord William acabó naturalmente por enamorarse de miss Anna, y esta se ruborizaba cada vez que veía al joven lord.
Un día al fin,—habría de esto seis meses,—lord William había hecho una visita solemne a sir Archibaldo, y le había dicho sin preámbulos:
—Amo a miss Anna, y solicito el honor de unirme a ella en matrimonio.
A lo cual sir Archibaldo había respondido:
—Creo haber notado que mi hija os ama también: y por lo que a mi hace, tengo a mucho honor la demanda que me hacéis.
Lord William dejó escapar una exclamación de alegría.
Pero sir Archibaldo respondiendo a aquel movimiento juvenil con una sonrisa, se había apresurado a añadir:
—No os alegréis tan pronto, milord; nada hay todavía seguro, y las cosas irán más lentamente de lo que suponéis.
Lord William se había quedado mirando a sir Archibaldo con sorpresa.
Este prosiguió:
—Probablemente debéis saber que yo he estado casado con una India. Mi esposa, que tuve el dolor de perder hace mucho tiempo, era hija del nabab Moussamy, el más rico de los que habitan el Punjab.
—¿Y bien? exclamó lord William.
—Mi hija es su heredera.
—Bien.
—Y en razón de ese título, yo no puedo casarla sin el consentimiento del nabab.
Lord William frunció el entrecejo.
—Pero tranquilizaos, añadió sir Archibaldo. El viejo nabab adora a su nieta.
—¡Ah!
—Y de consiguiente quiere todo lo que ella quiere. Y si en esta ocasión miss Anna.......
Al oír esto, lord William se sonrojó como una doncella.
Lord William sabía que miss Anna le amaba.
Esta conferencia entre el joven lord y el baronet, y la que tuvo lugar en seguida entre el padre y la hija, habían permanecido secretas.
Lo mismo sucedió respecto a la misiva que le enviara al nabab, y que habían escrito con gran misterio.
Así todos los nobles gentlemen del condado, y aun los que desde Londres perseguían a miss Anna con sus pretensiones, no habían perdido la esperanza, y la hacían una corte asidua mecidos por las más dulces esperanzas.
Miss Anna no alentaba ni desalentaba a ninguno, y entretanto tomaba parte en todas las diversiones que se improvisaban en su honor y que servían de pretexto para gozar de su compañía.
La caza, por otra parte, era su pasión favorita; e intrépida amazona, seguía a caballo a los más atrevidos cazadores, saltando con ellos los fosos y los vallados.
Además sir Archibaldo tenía también pasión por la caza, y dos veces por semana, al menos, convidaba a sus vecinos a alguna partida en sus magníficos bosques.
A una de estas reuniones ordinarias, era pues adonde acudían aquella mañana lord William y su hermano sir Evandale.
Ya hemos visto como el primero, al descubrir a miss Anna en medio de su brillante escolta de adoradores, había excitado a su caballo y salido al galope.
Sir Evandale, que se quedó algunos pasos de tras, dirigió a su hermano una ardiente mirada de odio.
La joven miss parecía más animada que de costumbre y su rostro estaba radiante de hermosura.
Al ver llegar a lord William se ruborizó de una manera bien visible, y tendiéndole la mano le dijo:
—Milord, creo que mi padre tiene que daros una buena noticia.
Lord William se sonrojó a su vez.
Todos se quedaron mirándolo con una curiosidad envidiosa, y al mismo tiempo sir Archibaldo se adelantó hacia él.
—Milord, le dijo, la respuesta que esperábamos de la India ha llegado.
Al encendido rubor que coloraba el rostro de lord William, se sucedió súbitamente una palidez mortal.
Sir Archibaldo prosiguió:
—El nabab Moussamy consiente en el matrimonio de miss Anna.
Y dirigiéndose a los gentlemen que los rodeaban, añadió:
—Señores, tengo el honor de anunciaros el próximo casamiento de miss Anna, mi hija, con el noble par de Inglaterra lord William Pembleton.
Muchos de los que oyeron esta solemne declaración se mordieron los labios, y en medio de los parabienes que se apresuraron a prodigar, ahogaron más de un suspiro y más de un sentimiento de despecho mal disimulado.
Pero el que palideció más visiblemente y sufrió más sin duda, fue sir Evandale.
Sin embargo su rostro permaneció impasible, y la viva emoción interior que trastornó todo su ser, se manifestó únicamente en su palidez y en un ligero estremecimiento de los labios.
De repente sir Archibaldo pareció distinguirlo entre los demás caballeros que le rodeaban, y le dirigió directamente la palabra.
—¡Hola! sir Evandale, le dijo, también tengo para vos una buena noticia.
—¿Para mí? exclamó sir Evandale estremeciéndose.
—Para vos.
—¡Oh! ¿Os burláis?....
—¿No habíais solicitado entrar a servir en el ejército de la India?
—En efecto, respondió sir Evandale.
—Pues bien vuestro despacho de capitán de cipayos me ha llegado esta mañana.
—Y podéis dar las gracias a sir Archibaldo, hermano, dijo lord William.
—¡Ah! exclamó sir Evandale.
—Sí, prosiguió el joven lord, puesto que debéis vuestro grado a su apoyo y al de sus amigos de Londres.
Y añadió, creyendo que la emoción que se pintaba en el rostro de su hermano era de alegría:
—Pero, no partiréis de seguida, ¿no es verdad?
—Sois el jefe de nuestra casa, respondió irónicamente sir Evandale, y por lo tanto a vos os toca mandar y a mí obedecer.
—Pues bien, dijo lord William sonriéndose, os ordeno permanecer algunos días aún a mi lado, y asistir a mi matrimonio.
—Seréis obedecido, murmuró sir Evandale con acento feroz.
—Vamos, todo eso está muy bien, dijo sir Archibaldo. ¡Ahora, señores, la señal a los ojeadores y corramos la caza!
A poco empezó el ojeo, la zorra huía ya fuera de su camada, los perros ladraban con furor, los caballos galopaban en todas direcciones, y las trompas de caza resonaban por la llanura.
Sin embargo uno de los gentlemen no había seguido la caza.
Al partir sus compañeros se había detenido en un recodo del bosque, y apeándose al pie de un árbol, había atado a él su caballo y se había sentado sobre la yerba.
Veíase pintada en su rostro la lucha de las más encontradas y detestables pasiones, y sus ojos vertían lágrimas de rabia.
—¡Fatalidad!....... decía, ¡injusticia de la suerte!..... ¡Ambos somos hijos de los mismos padres..... la misma sangre corre por nuestras venas; y sin embargo todo es para él, la fortuna, el rango, las dignidades!..... ¡y como si esto no bastara, hasta me arrebata a miss Anna!
Yo en tanto debo contentarme con una charretera en el ejército de la India... ese es todo el porvenir que me ha dado mi familia.
¿Es una burla del destino?
¡Oh! ese hombre es mi hermano..... pero lo odio..... lo aborrezco con toda mi alma!
Sir Evandale, fuera de sí de ira, había pronunciado estas últimas palabras en voz alta, creyéndose absolutamente solo.
Y sin embargo se engañaba.
No había acabado de hablar, cuando se entreabrió el ramaje de un árbol vecino, y apareció entre las hojas una cabeza bronceada, coronada de cabellos blancos e iluminada por dos ojos que brillaban como tizones encendidos.
—¡El Indio! murmuró aterrado sir Evandale.
—Sí, el Indio, repuso una voz sorda e irónica, el Indio que es tu amigo y que viene a ofrecerte sus servicios. Él aborrece como tú a lord William, con un odio inextinguible y mortal.
diario de un loco de bedlam.
Sir Evandale contemplaba al Indio con un asombro que no estaba exento de temor.
Aquel hombre podía considerarse como viejo, si solo se fijaba la atención en sus canas, pero los rasgos de su fisonomía rebosaban juventud y, cosa extraña, sin el color bronceado de su rostro, se le hubiera tomado por un europeo, tanto se acercaban sus facciones al tipo de la raza caucásica.
Sin embargo, no se crea por esto que era bello, pues si sus facciones eran nobles y correctas, su rostro estaba desfigurado por profundas cicatrices que notablemente le afeaban.
Cuando el Indio iba por los caminos implorando la caridad de los transeúntes, solía levantarse las mangas del vestido y entreabrir la camisa; y todos los que llegaban a verle por un momento los brazos o el pecho, experimentaban un vivo sentimiento de horror.
El cuerpo de aquel hombre estaba cubierto de heridas horribles; heridas cicatrizadas, es verdad, pero no por eso menos repugnantes, pues la piel que las cubría se había formado de una manera incompleta y era trasparente como una tela de cebolla.
Algunas veces, este Indio, que ya hemos visto se llamaba Nizam, con el objeto de enternecer a sus oyentes, solía contarles su historia.
Un día, según él, había sido sorprendido por un tigre en una pagoda, en el momento en que rezaba devotamente sus oraciones, arrastrado hasta un juncal inmediato, y entregado a la voracidad de sus cachorros.
¿Cómo había podido escapar a aquella camada de tigres?
Para explicar esto, Nizam contaba un hecho bien extraño.
En el momento en que los hijuelos del tigre le laceraban el cuerpo con sus garras y que, bajo los ojos de su madre, jugaban con su cuerpo palpitante, aunque lleno de vida aún; en tanto que resignado, como todos los hombres de su raza, esperaba la espantosa muerte que le estaba reservada; se oyó de repente un ruido muy semejante al fragor de un trueno lejano.
Los tigres, abandonando su presa, parecieron consultarse con la mirada.
La madre manifestó una inquietud recelosa.
El ruido continuaba en tanto y parecía aproximarse; y al mismo tiempo temblaba la tierra, como si marchara por ella un ejército de gigantes.
Entonces el tigre dio un bufido ronco, y tomó la fuga con sus hijuelos, abandonando al desgraciado Indio que, aunque cubierto de horribles heridas, vivía aún.
Pero Nizam no se había salvado por esto.
Aquel ruido formidable, que acrecía sin cesar, y que se oía ya a corta distancia, el pobre Indio lo había reconocido........
Era una tropa de elefantes que atravesaba la espesura.
Nizam cruelmente herido y sin fuerzas para moverse, hacía tristes reflexiones.
—Los tigres no me han acabado, se decía, pero los elefantes pasarán sobre mi cuerpo y me aplastarán bajo sus pies.
Pero Nizam se engañaba y juzgaba mal a los elefantes.
Estos iban en número de más de doscientos.
¿De dónde venían?... ¿A qué punto se encaminaban en compañía tan numerosa?
Nizam juzgó que aquellos animales emigraban, pues llevaban consigo a sus hembras y sus hijuelos, y en medio de ellos marchaban los elefantes viejos, que se distinguían por sus orejas enteramente blancas.
Un jefe iba a la cabeza, a más de cien pasos delante de la columna.
Aquel jefe era un elefante blanco.
El elefante sagrado de los Indios.
Nizam, a pesar de su estado de debilidad, lo descubrió desde lejos, y como el pobre Indio era un piadoso servidor del dios Wichnou, pensó que aquel dios enviaba al animal sagrado en su ayuda.
Y Nizam no se engañaba.
Cuando el elefante llegó a cierta distancia, se acercó a él, se detuvo, bajó la trompa, la rodeó al cuerpo del Indio, y lo colocó blandamente sobre su cuello.
Luego continuó su marcha, siempre seguido por el formidable ejército que mandaba.
Los elefantes salieron a poco del juncal, y llegaron a una vasta llanura cultivada, en medio de la cual se veía una aldea india.
Entonces el elefante blanco volvió a coger a Nizam y lo colocó a orillas de un campo de arroz; y fijando en él esa mirada de su raza, que tiene algo de humano, pareció decirle, según creyó comprender el pobre herido:
—Aquí te hallas bajo la protección de los hombres, que son tus hermanos, y no tienes nada que temer de los tigres.
Así fue como Nizam se salvó de una muerte cierta. Socorrido por los habitantes de aquella aldea, sus heridas se cicatrizaron una a una; pero la piel no volvió a formarse, y había sido reemplazada por una membrana viscosa que dejaba ver los músculos y las venas de los miembros.
Pero, ¿por qué Nizam había dejado la India?
¿Por qué y para qué vino a Londres, y por qué había abandonado luego esta ciudad para venir a vivir mendigando en el condado de Northumberland?
Esto es lo que el Indio no decía.
Tal era el hombre que acababa de aparecerse a sir Evandale, en el momento en que se abandonaba a los arrebatos de su odio y de su sombría desesperación.
Nizam se deslizó al pie del árbol donde se había escondido, y sin el menor embarazo vino a sentarse al lado de sir Evandale.
Este, ya lo hemos dicho, lo miraba con un asombro que no estaba exento de miedo.
El Indio adivinó este sentimiento en el joven, y se apresuró a decirle:
—No temáis nada de mí. Os soy adicto, como lo es la liana al árbol a cuyo tronco se enlaza.
Y como sir Evandale continuase mirándole con recelo y sin responderle:
—Os amo como un perro a su amo, como un esclavo fiel a su señor, añadió el Indio con emoción, y toda mi sangre es vuestra.
—¿De veras? dijo sir Evandale.
—Os amo, prosiguió Nizam, y quisiera haceros lord.
—¡Oh!... ¡oh!
—Tal como os lo digo.
Sir Evandale inclinó la cabeza y exhaló un suspiro.
—Desgraciadamente, murmuró, eso es imposible.
—No hay nada imposible, dijo sentenciosamente el Indio.
—Pero..... pobre amigo.....
—Sir Evandale, prosiguió el Indio con gravedad, ¿tenéis prisa en seguir la caza?
—No.
—¿Queréis tener la bondad de escucharme?
—Habla cuanto quieras.
—Sir Evandale, vos amáis a miss Anna.......
El joven se estremeció y no pudo ocultar su turbación.
—¿Qué sabes tú? exclamó con forzada sonrisa.
—Sir Evandale, prosiguió Nizam con su tono sentencioso, cuando levantáis los ojos, descubrís en lo alto de la montaña los elevados muros y macizas torres de Old-Pembleton.
—Bien, ¿y qué?
—Cuando los bajáis hacia la llanura, veis las graciosas torrecillas de New-Pembleton, la opulenta morada moderna.
—Pero en fin.....
—Y después vuestra mirada abarca las diez leguas cuadradas de praderas, de campos cultivados y de bosques que rodean los dos ricos dominios, y entonces suspiráis.......
Sir Evandale suspiró en efecto.
—Y no podéis menos que deciros, prosiguió Nizam, si yo hubiera nacido el primero..... todo eso sería mío.
—Es verdad, murmuró sir Evandale con aire preocupado y sombrío.
—Y mientras que todo el mundo os da el título común de gentleman, oís llamar a vuestro hermano milord.......
—Y bien, ¿qué puedo yo hacer a todo eso?
—Muy sencillo. Ser lord a vuestra vez.
—Pero.....
—Y si yo lo quiero..... lo seréis.
—¡Tú!
Y sir Evandale contempló al mendigo con sonrisa irónica.
—No riáis, sir Pembleton, exclamó Nizam.
El joven continuaba mirándolo con burlona curiosidad.
Entonces Nizam se levantó, irguió con altivez su talle encorvado, y sus ojos ardientes lanzaron una llama que ofuscó por un momento a sir Evandale.
—En el país donde nos hallamos, dijo, vivo, es verdad, de la caridad pública, y soy un objeto de horror y de piedad para todos, pero si yo quisiera.....
—¿Qué harías?... veamos.
—Haría lo que nadie puede hacer..... haría de vos..... lord Pembleton, dijo fríamente el Indio.
—¡Ah! exclamó sir Evandale estremeciéndose.
—Escuchadme, prosiguió Nizam.
Y volvió a sentarse familiarmente al lado del hermano desheredado de lord William Pembleton, el alto y poderoso señor y par de Inglaterra.
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Como decíamos pues, el Indio Nizam se había sentado familiarmente al lado de sir Evandale, y hasta se había atrevido a tomarle la mano.
—¿Qué edad teníais, le dijo, cuando perdisteis vuestra madre?
—Unos siete años, respondió el joven Pembleton.
—De consiguiente erais demasiado niño para que os pudieran confiar un secreto.
Esta palabra produjo una conmoción extraña en sir Evandale.
Sin embargo no respondió y continuó mirando al Indio.
—Porque yo poseo un secreto que os debo confiar, añadió este.
—¿Un secreto?
—Sí, un secreto que se refiere a vuestro..... nacimiento.
—Pero, dijo sir Evandale con altivez, mi nacimiento no tiene nada de misterioso, que yo sepa.
—Sí... y no.
Y diciendo esto, el mendigo clavó en el joven caballero una mirada tan resuelta y dominadora, que sir Jorge Evandale bajó la cabeza, humillado y sumiso ante aquel vagabundo.
—Decidme, prosiguió Nizam, ¿no habéis oído hablar nunca de vuestro tío sir Jorge Arturo Pembleton?
—Raramente, repuso sir Evandale.
—Pero en fin, ¿os han hablado alguna vez?
—Sí.
—¿Quién?
—Los criados de mi casa.
—¿Y vuestra madre?
—Jamás.
—¡Ah! dijo Nizam soltando una carcajada satánica, ¿no os habló nunca de él?
—No; y aún recuerdo, prosiguió sir Evandale, que un día estuvo a punto de desmayarse porque un doméstico pronunció ese nombre delante de ella.
—En otro tiempo no se hubiera desmayado, murmuró Nizam con voz sorda y acento irónico.
Sir Evandale se estremeció de nuevo.
—¿Qué quieres decir, mendigo! exclamó.
Nizam seguía sonriéndose.
—No pretendáis humillarme con vuestro desprecio, sir Evandale, dijo. Yo, mendigo tal que me veis, soy sin embargo poderoso; y, ya os lo he dicho, si me escucháis, os juro que haré de vos un lord, y os casaré con miss Anna, la rica heredera.......
Un vivo sentimiento de orgullo fermentó en el cerebro de sir Evandale.
—Continúa, dijo.
Nizam prosiguió:
—También debe haber un hombre en New-Pembleton que no habla jamás de sir Jorge. Ese hombre se llama Tom.
—¡Tom! exclamó sir Evandale. ¡Oh! a ese le aborrezco.
—Y tenéis razón.
—Lo aborrezco, porque no ama más que a mi hermano mayor... al poderoso lord William, añadió sir Evandale.
—Si supierais otra cosa aún, repuso el Indio, vuestro odio sería mucho mayor.
—¿Qué es pues?
—¡Oh! ya os lo diré más tarde. Por ahora no se trata de Tom.
—¿De quién entonces?
—De sir Jorge Pembleton.
—Pues bien, habla....
—Sir Jorge, hace veinte y dos años,—prosiguió Nizam,—era un pobre segundón como vos. Mientras que su hermano gozaba ya de las consideraciones debidas a su nacimiento, y que un día sería lord, se casaría con miss Evelina Ascott, y poseería una inmensa fortuna; el pobre hermano menor estaba destinado a servir oscuramente en la marina.
—Como yo en el ejército de las Indias, murmuró suspirando sir Evandale.
—Sin embargo sir Jorge amaba a miss Evelina.
Sir Evandale hizo un brusco movimiento.
—Y miss Evelina le amaba.....
—¡Mientes!
—Yo no he mentido jamás, dijo fríamente el Indio.
Y paralizó de nuevo al joven Evandale con su mirada dominadora.
En seguida, aquel miserable mendigo, desplegando una autoridad de maneras y de expresión y un lenguaje que nadie hubiera podido sospechar en él, al verle mendigar por los caminos; aquel mendigo, decimos, contó detalladamente a sir Evandale los amores misteriosos de miss Evelina y sir Jorge; luego la vuelta de este de las Indias, y en fin aquella noche terrible en que lady Pembleton había faltado, a su pesar, a todos sus deberes.
Sir Evandale le escuchaba temblando y empapada en sudor la frente. Lo escuchaba casi sin poder respirar, y cuando el Indio hubo concluido, dijo al fin reponiéndose, después de un momento de silencio:
—Pero entonces, sir Jorge fue.....
—Vuestro padre, repuso fríamente el Indio.
—¡Mi padre!
—El que también había soñado hacer de vos un lord.
—Y sir Jorge..... ha muerto, ¿no es verdad?
—Para todo el mundo, sí.
—¿Qué quieres decir?
—Para mí, no.
—¿Sir Jorge no ha muerto?
—Vive, os lo repito.
—¡Vive!
—Sí, y voy a probároslo.
Y al decir estas últimas palabras, Nizam se levantó rápidamente.
—Esperadme aquí, añadió, vuelvo dentro de pocos minutos.
Y desapareció entre las árboles del bosque.
Nizam se dirigió a un arroyo que corría entre la espesura, se arrodilló inclinándose en su orilla y se lavó repetidas veces el rostro.
Hecho esto, volvió adonde se hallaba el joven Evandale.
Este al verlo llegar arrojó un grito de sorpresa.
El color bronceado del rostro de Nizam había desaparecido.
Nizam era blanco como un Europeo, como un Inglés.
Y como sir Evandale le miraba con estupor, el supuesto Indio le dijo:
—¿No preguntabais por sir Jorge?... Pues bien, heme aquí.
—¿Vos?..... ¿vos? exclamó el joven con asombro.
—Yo, tu padre, dijo el supuesto Indio.
Y estrechando a sir Evandale entre sus brazos, lo cubrió de besos furiosos.
Este hombre que vivía hacía diez años en el país, y que todo el mundo llamaba Nizam el Indio, era efectivamente sir Jorge Arturo Pembleton.
Era el mismo a quien sir James Ascott había dejado herido en una pierna y sin movimiento, en medio de un bosque de la India poblado de tigres.
Y en la historia que Nizam contaba bajo su supuesto nombre, no había de falso más que una cosa, el ataque del tigre en la pagoda de Wichnou.
Todo lo demás era verdadero.
Es decir, que atraídos por sus lamentos y por el olor de la sangre, apenas sir James hubo desaparecido, varios tigres se habían lanzado sobre él; pero aunque lo habían mal herido, no tuvieron tiempo para devorarlo.
La tropa de elefantes había hecho huir a los tigres precipitadamente.
Abandonado por el elefante blanco que lo sacara del bosque, en un campo cultivado, a orillas de un arrozal, sir Jorge había permanecido allí muchas horas privado de sentido.
Vuelto en fin en sí, se fue arrastrando como pudo, vertiendo aún sangre de sus heridas, hasta la choza de un Indio anciano que vivía fuera de la aldea.
Aquel Indio era un brahmin.
El brahmin consideró como un hecho milagroso el acto que había llevado a cabo el elefante blanco, y no titubeó en afirmar a sir Jorge que era Wichnou mismo quien, por uno de esosavatars, que le eran familiares, se había encarnado en un elefante blanco con el único objeto de librarlo de la muerte.
Esto era de consiguiente,—según el buen brahmin,—un llamamiento de Brahma a la verdadera religión, y en su opinión, el soldado inglés, así favorecido, debía abandonar patria y creencias, y consagrarse en adelante a la causa de sus hermanos los Indios.
Sir Jorge aparentó dejarse convencer y entrar en las miras del sacerdote indio, pues su objeto era de no aparecer de nuevo en Calcuta y de pasar por muerto. Esto se acomodaba con sus proyectos ulteriores.
Por consiguiente, de acuerdo con el brahmin, tomó todas las medidas que pudiesen acreditar su muerte.
Un cipayo que venía por las noches a merodear en la aldea, había sido asesinado por los Indios.
Su cuerpo, destrozado por las aves de rapiña, yacía enteramente desfigurado en un campo inmediato.
El brahmin le puso el uniforme desgarrado de sir Jorge, y lo trasportó a la entrada de la selva.
Así fue como sir Jorge pasó por muerto a los ojos de todos, y fue dado de baja en la marina inglesa.
Aquí llegaba de su relato el supuesto Nizam, cuando sir Evandale le interrumpió diciéndole:
—Pero, ¿qué interés teníais en pasar por muerto?
El fingido Indio se sonrió misteriosamente.
—Voy a decirtelo, hijo mío, respondió.
Y abrazó de nuevo con pasión a sir Evandale.
diario de un loco de bedlam.
El supuesto Indio prosiguió:
—Mi convalecencia fue larga.
Cerca de dos meses pasé en la choza del brahmin, curándome lentamente de mis horribles heridas.
Los tigres me habían desfigurado por completo; y hasta tal punto que hubiera podido ir a pasearme en medio de mis antiguos compañeros y amigos, sin que ninguno de ellos me hubiera conocido.
Pero no era ese mi proyecto.
Mi única preocupación, mi idea fija, se concentraba en un solo punto.
Volver a Inglaterra.
Quería a toda costa volver a ver, no ya a lady Evelina, sino al fruto de nuestras amores... al hijo a quien yo idolatraba..... a ti en fin.
El supuesto Indio hablaba con tal emoción, que sir Evandale no podía engañarse.
Nizam y sir Jorge no formaban más que uno, y sir Jorge era en efecto su padre.
Este continuó:
—El brahmin, a quien yo confié una parte de mi secreto, me enseñó a dar a mi rostro un color cobrizo, por medio de la decocción de ciertas plantas.
Me teñí además el pelo y las cejas de color rojo, y acabé en fin por tomar la semejanza de ciertos Indios que tienen sangre europea en las venas y que, bajo su piel rojiza, ostentan los rasgos más correctos de la fisonomía de la raza blanca.
Cambiado así, volví públicamente a Calcuta.
Nadie llegó a conocerme.
Yo sabía además la lengua india. Fui pues a alojarme a la parte más retirada de laciudad negra, que es el barrio de los indígenas, pues lo que se llama laciudad blancaes donde habitan los Europeos.
Yo estaba sin dinero. Era necesario vivir en primer lugar, y en seguida reunir una pequeña suma que me permitiese costear el viaje a Inglaterra.
Mis horribles heridas llegaron a ser un objeto de curiosidad, y mi historia, hábilmente arreglada, sirvió de anuncio para enseñarme por dinero al público.
Al cabo de seis meses tenía bastante dinero para volver a Europa.
Me embarqué pues, y al cabo de otros seis meses de penosa navegación,—pues di la gran vuelta de África, en vez de pasar por el mar Rojo y Suez,—llegué en fin a Londres.
Durante muchos meses, mi única ocupación fue vagar por los parques, por los squares y por los alrededores del palacio Pembleton.
Algunas veces tenía la dicha de verte cuando te sacaba a pasear algún lacayo.
Aquí sir Evandale interrumpió bruscamente a Nizam.
—¡Esperad! exclamó.
—¿Qué? preguntó Nizam.
—Un recuerdo de mi niñez que asalta mi imaginación en este momento.
—Veamos, dijo el supuesto Indio sonriéndose.
—Tendría yo a la sazón cuatro o cinco años, prosiguió sir Evandale, y me acuerdo que me habían llevado, una hermosa tarde de invierno, a Hyde-Parc, al margen de la Serpentina cuya superficie estaba helada.
Muchos niños de mi edad jugaban allí, y algunos se divertían en deslizarse por el hielo... y me parece ver aún un rough de color atezado que permanecía a distancia, y nos miraba jugar.
—Era yo, dijo sencillamente Nizam.
—¡Oh! sí, erais vos, prosiguió sir Evandale, os reconozco en vuestra mirada.
—Era a ti a quien yo contemplaba.
—¡Ah!
—Pero continúa. ¿No te acuerdas de otra cosa?
—¡Oh! sí. A los pocos instantes, el hielo se rompió de repente, y uno de los niños se hundió en el río arrojando un grito terrible.—Entonces el rough dio un salto, se precipitó en el río y sacó al niño sano y salvo, atrayéndose los aplausos de la multitud que llenaba el parque.
—¿Y qué más?
—No sé. Aquel hombre desapareció en seguida.
—¿Y no lo has vuelto a ver hasta aquí? dijo Nizam.
—Sin conocerlo; puesto que sin vuestra historia, yo no hubiera tenido ese recuerdo de mi infancia.
—Entonces déjame proseguir, dijo Nizam.
Y Nizam, o mejor dicho sir Jorge, continuó en estos términos su relato.
—Lady Evelina, dijo, dejó a Londres de nuevo, y vino a establecerse en Old-Pembleton.
Entonces, dominado por el deseo de verla furtivamente alguna vez, emprendí detrás de ella tan largo y penoso viaje.
Mis recursos estaban agotados, y así me fue forzoso el venir implorando la caridad pública por los caminos y parajes habitados.
Pero tras tan penoso sacrificio, no logré conseguir mi objeto. Ningún extraño podía penetrar en Old-Pembleton.
Lady Evelina y ese maldecido Tom, habían hecho del antiguo solar una verdadera fortaleza.
Rondé muchos días inútilmente por los alrededores, y la más cruel desesperación se apoderaba ya de mi alma, cuando una noche..... una noche oscura y fría, oí en medio del silencio el galope de un caballo que subía por las cuestas escarpadas del castillo.
Me acerqué entonces a un recodo del sendero, y el jinete pasó cerca de mí.
Tendí la mano y le pedí una limosna.
El viajero me dio una corona y me dijo:
—Tienes frío, ¿no es verdad?
—Frío y hambre, respondí.
—Ven conmigo, añadió, y encontrarás una buena cena al lado de un buen fuego.
—¿Dónde? pregunté.
—Allá arriba.
Y me señalaba al mismo tiempo las torres de Old-Pembleton.
—Os engañáis, le dije.
—¿Cómo pues?
—Las puertas de ese castillo no se abren jamás.
El desconocido se echó a reír.
—Ven conmigo, repitió. Tan cierto como me llamó John Pembrock, médico algo conocido de la ciudad de Perth, te juro que esas puertas se abrirán esta noche.
Yo le seguí entonces, pero, como lo temía, Tom no quiso dejarme entrar.
Entonces, ebrio de cólera, John Pembrock me tomó sobre su caballo, y volviendo riendas, me dijo al bajar a escape hacia la aldea:
—Esas gentes no tienen corazón. ¡Tanto peor para ellos!
En efecto, al día siguiente supe que tu madre había muerto.
—Y desde entonces, preguntó sir Evandale, ¿habéis permanecido siempre en el país?
—Siempre.
—¿Mendigando?
—Sí, y dichoso en medio de mi miseria, cada vez que lograba verte.
—Así pues, murmuró sir Evandale, vos sois sir Jorge Pembleton...
—Sí.
—Y de consiguiente..... mi padre.
—Sí, repitió el supuesto Indio con los ojos arrasados en lágrimas.
—Pues bien, padre mío, dijo sir Evandale, venid conmigo.—Yo parto en breve para las Indias; vos me acompañaréis, y allí viviremos dichosos, vos consolándome con vuestro cariño, y yo rodeando de cuidados vuestra vejez.
Sir Evandale, al decir esto, hablaba con verdadera emoción.
Nizam volvió a estrecharlo en sus brazos.
—No, hijo mío, exclamó, tú no irás a las Indias.
—Pero, ¿adónde queréis que vaya?
—Permanecerás aquí.
—¿Para presenciar la dicha de un hermano a quien odio?
—No, sino para tomar su puesto.
Sir Evandale dejó escapar un grito.
Nizam prosiguió con una especie de exaltación:
—¡Tú serás lord!
—¿Yo?
—¡Y te casarás con miss Anna!
—Pero entonces, padre mío, dijo el joven temblando de emoción, es necesario para eso que lord William muera.
—Tal vez.
—Y lord William es joven y está lleno de fuerza y de salud.
—¡Bah! dijo Nizam, ¡la vida humana es tan poca cosa!.....
Sir Evandale hizo un gesto de terror.
—¡Oh! no, padre mío, exclamó, ¿pensaríais acaso en matar a lord William?
—¿Qué te importa?
—¡No!... ¡no! dijo vivamente el joven, me opongo absolutamente a ello.
Nizam pareció reflexionar por algunos instantes.
Después, mirando fijamente a sir Evandale:
—Pues bien, dijo, supongamos una cosa.
—Veamos.
—Supongamos que todo el mundo crea a lord William muerto, y que viva sin embargo.
—Pero, ¡eso es imposible!
—Todo es posible a un hombre como yo, respondió Nizam.
—¿Y decís que William podría pasar por muerto estando vivo?
—Sí.
—¿Y yo podré heredar su título de lord?
—Positivamente.
—¿Y podré casarme con miss Anna?
—Sí, te casarás con miss Anna.
—Pero, ¿me prometéis solemnemente que William no morirá?
—¡Te lo juro!
Y Nizam dijo esto con un acento de seguridad que no dejaba lugar a la duda.
—¡Oh! exclamó sir Evandale, ¡me parece que estoy poseído de un vértigo!
—¡Lord Pembleton! dijo Nizam con aire de triunfo, yo te saludo!
Y el Indio desapareció entre la maleza, dejando a sir Evandale solo, aturdido y paralizado de estupor.
diario de un loco de bedlam.
Sir Evandale erró de un lado a otro, y no volvió a ver a Nizam en todo el día.
A la caída de la tarde, el desgraciado joven se volvió triste y pensativo a la quinta de New-Pembleton.
Lord William acababa de llegar.
—¿Qué ha sido de vos, hermano? le preguntó.
—He perdido la caza, respondió sir Evandale.
—¿De veras?
—Sí, y como el tiempo era magnífico y soy apasionado admirador de la naturaleza, he seguido por senderos extraviados y agrestes, sin notar que me alejaba más de lo que debía de New-Pembleton.
—En fin, habéis llegado, y eso es lo principal, dijo lord William gozoso. ¡Ah! no sabéis, hermano, cuántas cosas tengo que deciros!
—¿A mi? exclamó sir Evandale estremeciéndose.
—A vos.
—¡Ah! contestó lacónicamente el joven.
Y esperó a que su hermano acabara de explicarse.
—En primer lugar, prosiguió lord William, os diré que soy el hombre más dichoso de este mundo.
—¡De veras!
—Dentro de tres semanas, miss Anna se llamará lady Pembleton.
—Os felicito sinceramente, murmuró sir Evandale con aire embarazado.
—En segundo lugar hemos hablado mucho de vos, el padre de miss Anna y yo.
—¿Y a qué propósito? preguntó sir Evandale.
—Ya os he dicho otras veces, hermano mío, prosiguió el joven lord, cuánto detesto la ley inglesa que ha establecido los mayorazgos.
—¡Ah! repuso sir Evandale con una sonrisa irónica.
Lord William prosiguió.
—Yo soy el primogénito. La ley me da el título, las tierras, los señoríos, un asiento en el Parlamento...
—Y a mi, nada; ya lo sé, dijo sir Evandale con acento resignado.
—Y eso me indigna.
—¡Ah! ah! repuso sir Evandale irónicamente.
—Desgraciadamente, la ley no permite que yo renuncie todas esas ventajas y que divida con vos la fortuna.
—Yo no os pido nada, milord, dijo secamente sir Evandale.
—Esperad un poco, hermano mío, contestó lord William sonriéndose afectuosamente.
Sir Evandale se quedó mirándolo.
—El padre de miss Anna y yo, hemos tenido una magnífica idea, querido hermano.
—¡Ah!
—Ya sabéis que miss Anna es nieta de un rajáh de la India.
—En efecto.
—Un rajáh fabulosamente rico.
—¿Y bien?
—Y que tiene un hermano rajáh como él, y como él inmensamente rico.
Sir Evandale no contestó y continuó mirando a lord William.
—Ese hermano tiene una hija, prosiguió el joven lord, una hija única que será dotada como una reina.
—¿Y qué?
—Que el padre de miss Anna os dará cartas de recomendación para los dos rajáhs.
—Bien.
—Y solo quedará por vos, estoy seguro, si no os casáis con la bella Dai-Natha.
—¡Ah! ¿se llama Dai-Natha?
—Sí, hermano mío; y es muy hermosa, según dicen.
—Os doy infinitas gracias por el cuidado que tomáis de mi porvenir, repuso el joven Pembleton.
Y su voz, al hablar así, revelaba una sorda ironía.
Pero lord William no lo notó, y se separó de su hermano contento y satisfecho.
Apenas se halló solo, sir Evandale dejó estallar todo su rencoroso despecho.
—¡No es la hija del rajáh lo que yo quiero, exclamó con furor concentrado; no, lo que quiero es miss Anna: no son plantaciones de arroz y de índigo lo que ambiciono..... es el solar de Pembleton y los bosques y pastos que lo rodean..... es tus títulos, tu nombre, tu dignidad, lord William!
Y fue a encerrarse en su habitación, devorado por sus bajas y criminales pasiones.
Dos días se pasaron así.
Sir Evandale se paseaba por los alrededores, ya a pie ya a caballo, y había vuelto muchas veces al paraje del bosque donde Nizam le había contado su historia.
En vano recorrió todos los caminos de la llanura y los senderos del bosque.
El Indio Nizam permanecía invisible.
Al tercer día, y a la caída de la tarde, cuando sir Evandale volvía a New-Pembleton, triste y desalentado, halló a Tom en el patio de la quinta.
El mayordomo estaba en traje de camino, y se disponía a montar a caballo.
Lord William hablaba con él en voz baja.
—¿Adónde va Tom? preguntó sir Evandale aproximándose.
—A Londres, respondió lord William.
—¿Para qué?
—Va a cobrar una suma importante que tengo depositada en casa de uno de mis banqueros.
—¡Ah! dijo sir Evandale.
Tom partió de seguida. Debía ir a caballo hasta la estación próxima, y allí tomar el tren acelerado de Edimburgo a Londres.
Lord William se apoyó entonces en el brazo de su hermano y dirigiéndose a su gabinete, le dijo:
—La ley inglesa me obliga a conservar en mi poder todos los bienes muebles e inmuebles de la familia, pero puedo disponer del numerario hasta cierto punto. Ahora bien, hoy mismo acabo de entrar en posesión de veinte mil libras esterlinas que creía perdidas. He pensado en vos, y creo que me daréis el placer de aceptarlas.
—¡Hermano!... murmuró confuso sir Evandale.
—Tomad, añadió lord William.
Y le entregó una cartera henchida de pagarés y de banknotes.
En esto había llegado la noche.
Como a la sazón se hallaban en lo más fuerte del estío, el día había sido en extremo caluroso.
Así aspiraban con avidez una ligera brisa que agitaba apenas las hojas de los árboles y refrescaba un poco la atmósfera.
Sir Evandale, después de haberse separado de su hermano, se había retirado a su cuarto, y, despojándose de una parte de sus vestidos, se echó por un momento en la cama.
Pero el estado de su espíritu no le permitía conciliar el sueño.
La ventana que daba frente al lecho había permanecido abierta.
La brisa movía blandamente un árbol que tocaba casi a esta ventana, pero pasados algunos instantes, se agitó de pronto con tal fuerza entreabriendo sus ramas, que sir Evandale se incorporó sobresaltado y saltó vivamente del lecho.
Entonces, el follaje del árbol se abrió con violencia, y apareció un hombre que, ágil como un mono, saltó al alféizar de la ventana.
Aquel hombre era Nizam.
—Heme aquí, dijo.
—¡Ah! exclamó sir Evandale, tres días hace que os ando buscando.
—He estado ausente, respondió Nizam.
—¿Adónde habéis ido?
—A Londres.
—¿De veras?
—Y he vuelto hace dos horas.
—¿Y qué habéis ido a hacer a Londres?
—He ido a buscar a algunos amigos, con quienes tenía necesidad de entenderme.
—¡Ah! dijo sir Evandale estremeciéndose de nuevo.
—Sí, tenemos necesidad de ellos para que llegues a ser lord.
—Pero... ¿lo lograré positivamente?
Y la voz de sir Evandale temblaba de emoción.
—Positivamente.
—¿Y... muy pronto?
—Antes de un mes.
—Pero no mataréis a lord William, ¿no es verdad?
—No. Ya te he dicho que no morirá.
—¿Me lo juráis?
—Te lo juro.
—Está bien, dijo sir Evandale exhalando un suspiro.
Y en seguida añadió:
—Es decir... que pasará por muerto.
—Sí.
—¿Qué haréis pues de él?
—Quieres saber demasiado, hijo mío, respondió Nizam. ¡Más tarde! más tarde!
Y como asaltado de pronto por otra idea, se volvió a sir Evandale y añadió:
—¡Ah! ¿tienes algún dinero... algunas economías?... Necesito dinero.
—Precisamente he recibido hoy, dijo sir Evandale.
Y abriendo su escritorio, sacó de él la cartera que le había dado lord William.
—Tomad, añadió.
Nizam abrió la cartera y tomó dos billetes de cien libras.
—Tengo bastante por el momento, dijo. Si necesito más, te volveré a pedir.
Y dio un paso hacia la ventana, pero volviéndose de pronto añadió:
—Tom ha partido, ¿no es verdad?
—Sí, esta tarde.
—Entonces, dijo Nizam, cuyos ojos brillaron con un fulgor siniestro, ha llegado la hora. Podemos obrar sin temor.
Y saliendo por la ventana, dijo aún antes de descolgarse:
—Duerme tranquilo... serás lord.
Y desapareció como una sombra.