diario de un loco de bedlam.
El calor era insoportable.
Serían las doce del día y el sol irradiaba sobre la tierra abrasada sus rayos perpendiculares.
La campiña estaba silenciosa y desierta.
Los pájaros habían cesado de cantar.
Los labradores habían abandonado el arado y habían entrado los bueyes en sus establos.
No parecía sino que la tierra de Escocia se hallaba bajo el ecuador.
Y sin embargo, a aquella hora y bajo aquel cielo inclemente, se veía una porción de gente acuadrillada, que caminaba con gran trabajo por un camino de herradura, donde sus pasos levantaban una nube de polvo.
Aquellos hombres, que iban encadenados de dos en dos, con los pies descalzos, la cabeza afeitada y cubiertos de harapos, eran presidiarios.
Triste convoy de ladrones y asesinos, condenados en los diferentes condados de Escocia y reunidos luego en la cárcel central de Edimburgo, eran conducidos en fin por etapas, bajo la custodia de tres capataces, hacia el puerto de Liverpool, donde debían embarcarlos para Australia.
Estos desgraciados caminaban lentamente, cubiertos de sudor y de polvo.
Unos se quejaban y gemían arrastrándose penosamente.
Los otros juraban y blasfemaban.
A veces sucedía que alguno de ellos, abrumado de fatiga, se echaba por tierra, y se negaba a marchar.
Entonces uno de los capataces levantaba su bastón y le apaleaba sin piedad.
El desgraciado exhalaba un grito de dolor y se volvía a poner en marcha.
—Teniente Percy, dijo uno de los capataces de aquella chusma, dirigiéndose a su camarada, que era evidentemente su superior, a juzgar por el galón que llevaba en la manga de su uniforme, teniente Percy, ¿no pensáis en que sería ya tiempo de hacer un pequeño alto?
—¡Ya lo creo! respondió el teniente. ¿Estáis cansado, John?
—Tengo los pies hinchados.
—Yo, estoy rabiando de sed.
—¡Y pensar que no hay una gota de agua en este maldecido país!...
—Eso consiste, respondió el teniente Percy filosóficamente, en que la nieve que veis allá arriba en la cima de las montañas, no se ha derretido todavía.
—Y es muy probable que no se derretirá jamás, respondió el capataz John.
—Lo que quiere decir, añadió Percy, que no hay que contar con ella.
—Esa es mi opinión. Pero ¡qué diablo! se me figura que no tardaremos en encontrar una villa, una aldea, una venta siquiera....
—A dos leguas de aquí tenemos la aldea de Pembleton.
—¡Ah! dos leguas, a esta hora de calor, es demasiado!
—Tranquilizaos, John, nos detendremos antes.
—¿Dónde?
—¿Veis aquella línea negra al horizonte?
—Sí; es un bosque.
—A cuya orilla corre un riachuelo.
—Bien. ¿Es allí donde vamos a hacer alto?
—Sin duda. Y aun descansaremos allí hasta la caída de la tarde.
—¿En vez de avanzar hasta la aldea de Pembleton?
—Sí.
—¡Por vida mía! que no comprendo ese singular capricho, teniente!
—En efecto, John, tengo el capricho de ganar cien libras esterlinas y de haceros ganar cincuenta.
El capataz, estupefacto, se quedó mirando al teniente Percy.
—La verdad, teniente, dijo en fin, ¿es que el sol os ha lastimado la cabeza?
—¿Por qué me preguntáis eso?
—¡Toma! añadió John, se me figura que os burláis de mí.
—De ningún modo, John.
—Pues ¿cómo podéis ganar por aquí cien libras?
—Ese es mi secreto.
—¡Ah!
—Y vos podéis contar con cincuenta.
—¿Yo?
—Sí, amigo mío, pero para eso es necesario hacer lo que después os diré.
—¡Hablad! hablad! dijo John; ¡cáscaras! cincuenta libras! no ganamos tanto por año.
—Cincuenta libras esterlinas, repitió el teniente Percy.
—Pero......
El teniente se sonrió y guiñó el ojo maliciosamente.
—Sois demasiado curioso, John. Un poco de paciencia.
Y el teniente Percy no pronunció más palabra.
Los presidiarios habían percibido también el bosque y lo miraban con ansiedad.
—¡Perra canalla! les gritó el teniente, no jadeéis así ni saquéis la lengua..... ¡un poco de ánimo! Dentro de un cuarto de hora descansaremos, y tendréis agua para apagar la sed.
Esta promesa reanimó a aquellos desgraciados.
Iban en número de ocho encadenados de dos en dos, y atados a una cuerda que les obligaba a ir en fila.
Detrás de la cadena marchaba una mula, que conducía por el ronzal otro capataz, y sobre la cual iba un hombre echado como un fardo.
Aquel hombre, que apenas tendría veinte años, era un pobre presidiario que habían tomado en el camino, sacándolo del hospital de la cárcel de Perth donde se hallaba.
Tenía el rostro embotado y cubierto de una lepra asquerosa, y su aspecto era tan repugnante, que el pobre diablo había venido a ser un objeto de horror, hasta para aquellos hombres degradados que eran sus compañeros de infortunio.
Cuando la cadena hacía alto, la mula se quedaba atrás, y nadie hubiera osado acercarse a aquel infeliz, pues había corrido el rumor entre aquella gente de que la enfermedad de su compañero era contagiosa.
El capataz se ponía unos guantes para darle de beber o de comer.
Por lo demás, aquel desgraciado estaba casi idiota y no hablaba una palabra.
¿Qué crímen había cometido?
Nadie lo sabía.
Todo lo que habían podido averiguar es que estaba condenado a la deportación por cinco años.
Los presidiarios llegaron en fin a la entrada del bosque.
—¡Alto! ordenó el teniente Percy.
Pero, en vez de detenerse, los presidiarios se precipitaron hacia el riachuelo, por cuyo álveo corría un chorro de agua.
Allí, echados por tierra, bebieron ávidamente, y después que hubieron apagado la sed, los capataces les distribuyeron algunos alimentos groseros, y el teniente Percy les dijo:
—Ahora, si tenéis sueño, podéis dormir a vuestras anchas.
Aquí permaneceremos hasta entrada la noche.
Con esto los desgraciados se acostaron dos a dos en la yerba a la sombra de los árboles, y media hora después todos dormían profundamente.
Pero el teniente Percy y su segundo el capataz John, no dormían por su parte.
Sentados en un ribazo, a notable distancia de aquellaescoria humana, como ellos la llamaban, en vez de gustar las dulzuras del sueño, departían en voz baja.
—Sí, John, amigo mío, hay medio de ganar en el lindero de este bosque ciento cincuenta libras esterlinas..... ciento para mí, cincuenta para vos, decía el teniente Percy.
—¿Y qué hay que hacer para eso? preguntó John.
—Escuchad y lo sabréis. ¿No habéis notado que cuando nos detuvimos en Perth para hacernos cargo del presidiario que no puede andar, el alcaide de la cárcel me entregó un canuto de hoja de lata?
—Sí, el que lleváis colgado a la cintura.
—Este es en efecto.
—Bien, dijo John, ¿y qué?
—¿Sabéis lo que contiene?
—No, a fe mía. No me he atrevido a preguntároslo.
—Esta caja contiene una víbora azul.
—¿Y qué es eso?
—Un reptil de la India, grande como el dedo meñique.
—¿Y cuya picadura es mortal?
—No. Pero el veneno de esta víbora tiene una propiedad particular no menos terrible.
—¡Ah!
—Hace hincharse el cuerpo, y especialmente el rostro, que se cubre de una lepra asquerosa, al cabo de pocas horas, y el infeliz a quien el reptil ha inoculado su veneno, cae por más o menos tiempo en un completo idiotismo.
—Pero entonces, dijo John, ese desgraciado que viene en la mula, ¿ha sido picado por esa víbora?
—Sí.
—¿Y como ha sucedido eso?
—Muy sencillamente. El carcelero la deslizó en su cama la antevíspera de nuestra llegada a Perth. Ese pobre mozo era un vigoroso joven, sano de cuerpo y de espíritu; y ahora, ya lo veis, se ha convertido en un miserable idiota, cuya vista causa horror.
—Pero hay una cosa que no me explico, dijo John, ¿por qué el carcelero de Perth ha cometido esa mala acción?
—Con el fin de ganar también por su parte otras cien libras.
—Ahora lo comprendo menos.
El teniente Percy se echó a reír.
—Hay por esos mundos de Dios, dijo, un hombre bastante poderoso para comprar a todos los empleados de presidio de la libre Inglaterra.
—¡Ah! Y..... ese hombre.......
—¡Chito! dijo el teniente Percy, dentro de un rato os pondré al corriente de todo.......
Y se levantó de pronto añadiendo:
—¡Esperad!
Un hombre acostado en la yerba a algunos pasos de distancia, y cuya presencia nadie hubiera podido sospechar, levantó la cabeza en este momento, y mirando al teniente Percy, le hizo un signo misterioso.
Aquel hombre era el Indio Nizam.
diario de un loco de bedlam.
El Indio Nizam se puso lentamente en pie, miró a los presidiarios que seguían durmiendo, y se adelantó con precaución.
Después observó con atención a los capataces y dirigiéndose a Percy, le dijo.
—¿Sois vos el teniente?
—Sí, el teniente Percy, respondió este.
—Bien. Yo soy la persona que os esperaba.
—Lo había adivinado, dijo el teniente.
—¿Me traéis el insecto?
—Sí, aquí está en esta lata.
Y el teniente Percy dio la caja a Nizam.
Este sacó entonces del bolsillo una cartera grasienta y tomó de ella dos billetes de veinte y cinco libras cada uno.
—Aquí tenéis cincuenta libras, dijo, a cuenta de las ciento cincuenta prometidas.
—Bien, repuso el teniente, ahora espero vuestras órdenes.
—Pasaréis aquí el resto de la noche, dijo Nizam.
—Bueno.
—Después, mañana muy temprano os pondréis en marcha y haréis de nuevo alto en la aldea de Pembleton.
El teniente se inclinó en señal de asentimiento.
—Ya allí, simularéis una indisposición, y diréis a vuestra chusma que es necesario detenerse...
—¿Cuánto tiempo debo permanecer en Pembleton?
—No lo sé aún, repuso Nizam; eso dependerá de los acontecimientos. Por lo demás pienso que los desgraciados que ahí conducís no estarán muy de prisa.
—¡Oh! Ya lo creo que no.
—Y que si encuentran descanso y que comer y beber en Pembleton, estarán muy satisfechos de permanecer allí un par de días.
—Sí por cierto, dijo Percy; con el tiempo canicular que hace sobre todo, esa canalla no marcha sino a palos.....
—Escuchadme, dijo Nizam interrumpiéndole; hay, allá arriba, cerca de Pembleton, y al lado mismo de la verja del parque una posada que linda con la carretera.
—¿Es allí dónde debemos detenernos?
—Sí. El posadero está ganado por mí. Albergará vuestros forzados en una cueva espaciosa, y dejará el resto de la posada para vos, vuestros compañeros y el desgraciado idiota que conducís en una mula.
—Perfectamente, dijo el teniente Percy. ¿Y después?
—Después, os lo repito, contestó Nizam, esperaréis allí nuevas instrucciones.
Y al decir esto, Nizam guardó cuidadosamente el canuto de hoja de lata, y se separó de aquellos dos hombres.
Los forzados seguían durmiendo.
En cuanto a su compañero, el pobre diablo que había sido picado por la víbora azul, ese estaba acostado sobre la yerba cerca de la mula, y lanzaba gritos inarticulados.
Nizam desapareció a través de los árboles.
Aunque ya viejo, el antiguo segundón de la familia Pembleton se conservaba fuerte y ágil, y así, apenas se halló fuera del alcance de la vista, se echó a correr a todo escape.
Corría saltando zanjas y barrancos, y atravesaba la maleza, como un gamo perseguido por una jauría numerosa y ardiente.
Así llegó sin detenerse hasta unas tapias bastante elevadas, tapias que formaban la cerca de la posesión de New-Pembleton.
Pero como el parque tenía muchas leguas de contorno, la quinta se hallaba bastante lejos de aquel sitio.
Nizam escaló la tapia con una agilidad increíble y, saltando al parque, continuó corriendo su camino.
Al cabo de un cuarto de hora, se detuvo algunos instantes para tomar aliento.
Después dio algunos pasos aún y se detuvo de nuevo.
Seguramente, a juzgar por sus movimientos, Nizam buscaba alguna cosa o esperaba una seña.
Pero de repente pareció despertarse su atención, y echándose precipitadamente entre unas matas espesas, se acostó en ellas boca abajo.
Aquella espesura se hallaba al lado de una de esas calles enarenadas que los Ingleses trazan circularmente en sus parques y jardines.
Nizam prestó el oído, escuchando atentamente un ruido lejano.
Este ruido se fue aproximando, haciéndose cada vez más distinto, y entonces pudo comprender que lo ocasionaba el trote de muchos caballos, y el roce de las ruedas de un carruaje sobre la arena.
Inmóvil y reteniendo el aliento, Nizam miraba a través de la espesura.
Así pudo ver un gran landó abierto, tirado por cuatro caballos, precedido de un postillón y seguido por dos lacayos con librea roja, sobre dos vigorosos poneys de Escocia.
El landó pasó muy cerca de Nizam, y este pudo ver que iban en él lord William, sir Archibaldo y su hija miss Anna, la prometida del heredero de Pembleton.
El supuesto Indio permaneció echado en tierra hasta que se alejó bastante el carruaje.
Cuando juzgó que se hallaba a gran distancia, se levantó cautelosamente y siguió su camino hacia la quinta.
Ya descubría a través de los árboles las torrecillas blancas y los ventanas ojivales, así como las blancas estatuas diseminadas en las avenidas, destacándose sobre los cuadros de césped y el verde follaje del fondo; cuando Nizam se detuvo otra vez y fijó cuidadosamente su atención.
Un joven se hallaba sentado en un banco delante de la casa, y parecía absorto en la lectura.
Nizam echó una mirada en su rededor y, en vez de emprender de nuevo su carrera, avanzó arrastrándose penosamente, como un hombre abrumado de fatiga.
De este modo, se dirigió hacia el joven que estaba sentado y leyendo delante de la casa.
Sir Evandale, pues, era en efecto este, oyó sus pasos y levantó la cabeza.
—Una limosna por el amor de Dios, dijo Nizam con voz doliente, alargando la mano.
Sir Evandale le dio una corona.
Nizam echó una mirada furtiva en su rededor.
—Creo que estamos solos, dijo por lo bajo.
—Sí. Unos han partido y los demás duermen la siesta.
—Entonces podemos hablar.
Y el falso mendigo continuó en su posición respetuosa, permaneciendo de pie delante del joven.
—¿Qué venís a decirme? le preguntó entonces sir Evandale.
—Que todo está pronto.
Sir Evandale se estremeció de pies a cabeza.
—Los presidiarios han llegado.....
—¡Ah!
—Y la víbora también.
Y diciendo esto, Nizam entreabrió la miserable hopalanda que le cubría, y enseñó el canuto de hoja de lata que llevaba suspendido al cuello.
—Sir Jorge, dijo entonces con profunda emoción el joven Evandale, requiero de vos de nuevo el solemne juramento que me habéis hecho.
—¿Cómo? exclamó Nizam.
—Juradme que la picadura de esa víbora no es mortal.
—¡Lo juro una y mil veces! dijo Nizam; pero si mi juramento no te basta, baja mañana a la aldea de Pembleton.
—¿Para qué?
—Allí verás a los forzados y te enseñarán al pobre diablo a quien ha picado esa víbora. Entonces podrás convencerte de que a pesar de la máscara de lepra que le cubre, está lleno de salud y de vida.
—Está bien; os creo.
—Ahora, prosiguió Nizam, ha llegado el caso de que recordemos el proverbio:Ayúdate y el cielo te ayudará.
—El infierno querréis decir, respondió Evandale con amarga sonrisa.
—Sea, no me opongo a ello, dijo Nizam.
—¿Y qué esperáis de mí? preguntó el joven.
—Díme, ¿tu hermano no ha ido a acompañar a sir Archibaldo y a miss Anna?
—Sí.
—¿Cuándo volverá?
—Va a comer con ellos, y de consiguiente no volverá hasta muy tarde.
—¿Es posible ir de tu cuarto al suyo sin encontrar a nadie?
—Sí, pasando por la biblioteca.
—Entonces espérame esta noche en tu cuarto.
—¿A qué hora?
—A las ocho; cuando cierre completamente la noche.
—¿Vendréis por el mismo camino?
—Sí, por el árbol que me sirve de escala.
Sir Evandale hizo un signo de asentimiento, y el fingido mendigo, respondiendo con un profundo saludo, se retiró por la avenida que conducía a la verja.
Aquella noche en efecto, sir Evandale se retiró temprano a su cuarto, y dejó abierta la ventana que daba al parque.
A la hora convenida, las ramas del árbol se entreabrieron, y Nizam saltó vivamente al alféizar de la ventana y de allí al cuarto donde el joven le esperaba.
—¿Lord William no ha vuelto aún? preguntó sir Jorge.
—No.
—Vamos pues.
Sir Evandale estaba pálido y temblando.
Al oír a Nizam, sintió una especie de desfallecimiento, y murmuró con voz agitada:
—¡Ah! no... no quiero!
—¡Imbécil! respondió Nizam, ¿no amas a miss Anna?
Estas palabras penetraron como un dardo en el corazón de sir Evandale.
—¡Vamos! dijo con voz sorda.
Y abrió precipitadamente una puerta que daba a una galería convertida en biblioteca.
Al fin de aquella galería había otra puerta que daba acceso al dormitorio del joven lord.
Los dos miserables se deslizaron sin ruido en aquel cuarto, y en seguida fueron a asegurarse de que nadie se hallaba en el gabinete contiguo.
Luego, sir Evandale se acercó al lecho de su hermano y levantó un poco las cortinas.
Entonces Nizam introdujo la lata entre las sábanas y la abrió.
En aquel momento se dejó oír un silbido.
La víbora se deslizó en el lecho, y volvieron a caer las cortinas.
Sir Jorge y su hijo salieron corriendo del cuarto, y pocos instantes después, el primero huía por donde había venido, diciendo:
—¡Hasta mañana!
Y sir Evandale, inundada en sudor la frente, caía en una silla murmurando:
—¡Es horrible!.... ¡horrible!... pero seré lord!
diario de un loco de bedlam.
Dos horas después de haber desaparecido Nizam, lord William volvía a New-Pembleton.
Sir Evandale le esperaba en el salón del piso bajo.
El joven lord venía radiante de alegría.
—¡Ah! querido hermano mío! dijo echándose en sus brazos, ¡no se cómo expresarte mi dicha!.... soy el más feliz de los hombres!
—Me complace en extremo, hermano, repuso sir Evandale con una punta de ironía.
—Miss Anna, me ama, prosiguió lord William.
Lord Evandale no respondió una palabra, y el joven lord prosiguió con entusiasmo:
—Sí, me ama, amigo mío; esta noche me ha confiado el secreto de su corazón.
—¡De veras! dijo sir Evandale.
—Sir Archibaldo nos había dejado solos, prosiguió lord William, y nos hallábamos en un cenador del jardín cerca de la casa.....
Miss Anna, aprovechando aquella coyuntura, puso su lindísima mano entre las mías, añadió con emoción el joven lord, y me dijo en voz baja:
—Deseaba hablaros a solas.
Y como yo la mirase con extrañeza, casi con inquietud:
—Milord, continuó, no quiero llegar a ser vuestra esposa, sin que hayáis leído en el fondo de mi corazón.—Milord, yo os amo... os amo, no porque sois un noble de elevada raza, no porque sois lord y par del reino y formaréis parte de la Cámara alta..... os amo solamente por vos, porque sois bueno, porque el sonido de vuestra voz llena mi alma de un éxtasis delicioso.
Yo llevé su mano a mis labios y la cubrí de besos.
Miss Anna prosiguió:
—He querido que sepáis esto de mi boca, milord, y que os penetréis bien de que yo no he hecho ninguno de los mezquinos cálculos de mi padre.
—¿Qué cálculos? pregunté yo admirado.
—Mi padre, prosiguió miss Anna, es, como sabéis, muy rico, pero es de baja nobleza, apenas esquire.
—¡Oh! ¿y qué importa?.....
—Por eso tiene en mucho vuestra alianza; mientras que yo.....
Y se detuvo como avergonzada.
—Acabad, miss Anna, la dije.
—Mientras que yo, prosiguió, quisiera que fuerais pobre, de origen oscuro......
—¡Querida Anna! exclamé.
Y la estreché en mis brazos.
—¡Ay! hermano mío! añadió lord William, ¡cuán largos me parecen los quince días que me separan aún de la dicha!....
Sir Evandale había escuchado atentamente a su hermano y permanecía mudo y sombrío.
—Perdonadme, añadió lord William. Los hombres dichosos son egoístas; no saben hablar más que de sí mismos.—Pero descuidad, mi querido hermano, vos seréis también dichoso y, si he de dar crédito a sir Archibaldo, la mujer que os destina.....
—¡Oh! no hablemos más de eso, milord, dijo secamente sir Evandale; no hay comparación posible entre vos y yo.
—¿Cómo pues? preguntó lord William.
—Sin duda. Vos amáis a miss Anna.....
—¡Oh! con toda mi alma!
—¿Y puedo yo saber, por hermosa que sea, si llegaré jamás a amar a la hija del nabab?
Y sir Evandale dejó escapar un suspiro.
Lord William tuvo entonces como un remordimiento de haberle hablado de su dicha.
—Querido hermano mío, le dijo, voy a acostarme. Las dulces emociones de este día me han dejado sin fuerzas. Buena noche.... y os pido de nuevo perdón.
—Voy a acompañaros hasta vuestro cuarto, dijo sir Evandale.
Y subió con él en efecto.
Las ventanas del dormitorio del joven lord estaban todas abiertas.
Sir Evandale quiso cerrarlas.
—¡Oh! dejadlas así, dijo lord William.
—¿No teméis el aire de la noche?
—No; al contrario, tengo mucho calor. Este verano es cruel, hermano mío.
—Pues entonces, buena noche, dijo sir Evandale.
Y se retiró a su cuarto.
Pero antes de salir, había echado una mirada a hurtadillas hacia el lecho.
Las cortinas estaban en órden y nada revelaba la presencia del reptil que se había dormido sin duda entre algún pliegue de las sábanas.
Una hora después, el ayuda de cámara de lord William, que dormía en un cuarto contiguo, oyó de repente un gran grito.
Un grito de dolor y de angustia.
Aquel grito partía del dormitorio de lord William.
El ayuda de cámara se levantó a toda prisa y corrió al cuarto de su amo.
El joven lord se hallaba de pie, en medio del dormitorio, oprimiendo entre sus manos crispadas la víbora, a la que había ahogado.
Pero el reptil le había picado antes cruelmente en el rostro, y le corrían algunas gotas de sangre a lo largo de la mejilla.
Lord William estaba como loco. La sorpresa, el dolor, la desesperación, se pintaban en su semblante descompuesto por la cólera.
En fin, arrojó la víbora al suelo, y el criado la puso el pie encima aplastándola por completo.
Al mismo tiempo gritaba pidiendo socorro, mientras que el joven lord tiraba con fuerza del cordón de la campanilla.
A este ruido, todos los criados de la casa fueron acudiendo presurosos, y tras ellos no tardó en aparecer sir Evandale.
Lord William seguía gritando y decía con desesperación:
—¡Soy un hombre perdido!
Pasado aquel primer tumulto, pudieron al fin concertarse y corrieron a buscar al médico de la aldea.
Este llegó a toda prisa y declaró que la picadura era venenosa, pero no mortal.
Lavó la herida, la cauterizó y después de recetar un calmante, hizo que volviera a acostarse lord William.
Entre tanto, sir Evandale se lamentaba sin cesar, y atribuía aquel accidente a la imprudencia de lord William, que se había acostado con las ventanas abiertas.
Poco después se apoderó de este último una fiebre ardiente, y bien pronto se declaró un espantoso delirio, una especie de locura, y ya no pronunció el pobre joven más que palabras incoherentes.
Su rostro se hinchaba por momentos, y de encendido que antes estaba, se ponía amoratado, casi negro.
Sin embargo, tuvo aún una ligera vislumbre de razón, y pronunció el nombre de miss Anna.
—Que avisen a miss Anna y a sir Archibaldo, ordenó sir Evandale.
Uno de los domésticos partió inmediatamente a caballo.
Al apuntar el día, sir Archibaldo y su hija llegaron a New-Pembleton.
Miss Anna entró apresuradamente en la habitación, se acercó al lecho del enfermo, y lanzó un grito de horror.
Lord William estaba completamente desconocido.
La cabeza, horriblemente hinchada y ennegrecida, no presentaba ya rostro humano; la piel de las mejillas se desprendía en pedazos; la lengua estaba entumecida, los labios lívidos, y los ojos apagados.
El médico empezó a mover de un lado a otro la cabeza, y acabó por declarar que lord William estaba perdido.
Sir Evandale no pudo sufrir por más tiempo este espectáculo, y se alejó del cuarto del enfermo.
Acaso empezaban a acosarle los remordimientos o tal vez creía una catástrofe inmediata.
Salió al parque, deseando respirar con libertad y estar solo, y corría a la ventura, como un insensato, con la cabeza descubierta; cuando de repente saltó un hombre de la espesura y se le puso delante.
Aquel hombre era Nizam, que venía a él, sonriéndose de una manera siniestra.
—¿Y bien? exclamó.
—Me habéis engañado, dijo sir Evandale.
—¿Cómo y en qué? preguntó Nizam.
—Mi hermano se muere...
—Yo te juro que no morirá.
—Sin embargo... el médico.....
El médico es un asno, dijo fríamente Nizam: ahora, lo que has de procurar es no venderte, pues estás completamente trastornado. Sigue paso a paso lo que voy a decirte, y obedéceme en todo, si quieres ser lord y poseer a miss Anna.
Este nombre hizo volver en sí a sir Evandale y le devolvió toda su sangre fría.
—Veamos... hablad, dijo.
Entonces Nizam sacó una bujía del bolsillo.
—Toma esto, dijo.
—¿Para qué?
—Esta noche pondrás esta vela en tu candelero.
—Bueno, ¿y después?
—Después irás a acompañar a sir Archibaldo y a su hija, que no dejarán por cierto de velar toda la noche en el cuarto de lord William, y colocarás tu candelero en la chimenea.
—Nada más fácil, pero...
—Creo inútil decirte que debes dejar arder la bujía...
—No comprendo...
—No tienes necesidad de comprender, dijo Nizam riendo. Ya verás... hasta la noche.
Y el supuesto Indio desapareció por entre los árboles.
diario de un loco de bedlam.
Aquel día fue terrible.
Lord William permaneció largas horas devorado por una fiebre ardiente, y a ella se sucedió después un abatimiento profundo.
Permanecía con los ojos cerrados, respiraba apenas, y cuando llegó la noche, su rostro estaba cubierto de pústulas purulentas, y de tal modo entumecido que no se distinguían sus facciones.
Habían enviado un despacho a Londres, llamando a los médicos más célebres de Inglaterra.
Pero, ¿llegarían a tiempo?
Sir Archibaldo y su hija se habían instalado a la cabecera del enfermo.
Miss Anna lloraba sin consuelo, y nadie podía arrancarla del horrible espectáculo que tenía ante los ojos.
Sir Evandale, por su parte, había representado también su papel como un cómico consumado. El dolor que manifestaba era tal que conmovía a todo el mundo, y todos los esfuerzos que hicieran para hacerle tomar algún alimento habían sido inútiles.
Sir Archibaldo le había estrechado muchas veces la mano, y miss Anna había llegado al punto de echarse en sus brazos llamándole «mi querido hermano.»
Hacia la caída de la tarde, lord William pareció por un momento salir de su torpor, y pronunció algunas palabras que hicieron creer volvía a la razón.
Miss Anna sintió renacer en su corazón la esperanza; pero sir Evandale arrugó más de una vez el entrecejo.
Su ansiedad era terrible, pues no sabía, si lord William recobraba la razón, cómo podría Nizam cumplir su promesa.
En fin, después de la comida, a la que apenas tocaron el joven Evandale y sus huéspedes; estos, es decir, sir Archibaldo y su hija, se instalaron de nuevo en el dormitorio de lord William para pasar la noche.
Poco después, sir Evandale vino a reunirse con ellos.
El joven traía su candelero en la mano, y lo puso sin afectación sobre la repisa de la chimenea.
Apenas había pasado una hora, cuando sir Evandale empezó a adivinar los proyectos de Nizam.
Un olor extraño y de una fetidez bastante pronunciada se había esparcido por el cuarto.
¿Era acaso lord William quien exhalaba aquel olor fétido, y vivo, aún, entraba ya en descomposición cadavérica?
Sir Archibaldo y miss Anna lo pensaron así; pero permanecieron animosamente en su puesto.
Sir Evandale por su parte, comprendió desde luego que aquel olor provenía de la vela que había traído allí encendida.
Y bien pronto sintió pesadez de cabeza y un violento deseo de dormir.
Sin embargo, luchó cuanto pudo contra aquel sueño letárgico, y tuvo tiempo para ver a sir Archibaldo y a su hija cerrar los ojos casi en el mismo instante, y poco después de ellos, el ayuda de cámara de lord William, que había permanecido en la habitación para servir a su amo y darle las pociones prescritas por el médico, se durmió igualmente.
Sir Evandale a su vez, cerró los ojos y se quedó dormido.
Pero no había pasado mucho tiempo, cuando sintió una violenta sacudida, y después una extraña sensación de frío.
Al punto abrió los ojos, y sintió su rostro enteramente mojado.
Miró a su rededor, y vio que ya no se hallaba en el dormitorio de lord William, sino en su propio cuarto y acostado en su lecho vestido como estaba.
Un hombre se hallaba junto a él.
Y este hombre, como ha podido adivinarse, era Nizam.
El supuesto Indio le pasaba por el rostro una esponja empapada en vinagre inglés.
Sir Evandale fijó con ansiedad los ojos en Nizam y le dijo:
—¿Qué ha sucedido?
—Levántate, repuso Nizam.
Sir Evandale se incorporó sobre su lecho y saltó vivamente a tierra.
El efecto del narcótico había desaparecido, dejándole solamente una ligera pesadez de cabeza.
—Ven conmigo, le dijo Nizam.
Y abrió la puerta que daba a la galería convertida en biblioteca y que, como sabemos, conducía al dormitorio de lord William.
Nizam entró el primero en aquel cuarto.
—Mira, dijo.
Miss Anna, sir Archibaldo y el ayuda de cámara dormían profundamente.
Lord William, inmóvil sobre su lecho, no daba signo de vida.
—¡Oh! exclamó Nizam, podemos hablar en voz alta. Un cañonazo no los despertaría, y si permanecemos, aquí mucho tiempo, te volverías a quedar dormido.
—¡Ah! dijo sir Evandale, me confirmo en lo que ya os he dicho; me habéis engañado..... mi hermano ha muerto.
—No; está dormido.
—¿Decís verdad?
—Acércate y pon la mano sobre su corazón.
Sir Evandale obedeció, y sintió en efecto que el corazón de lord William latía.
Entonces sir Evandale se volvió a Nizam.
—¿Y bien? le preguntó.
—Mira ahora hacia aquí.
Y el Indio le mostró en un rincón del cuarto un objeto, en el que sir Evandale no había reparado aún.
Aquel objeto tenía la forma de un cuerpo humano, cubierto con un paño de color oscuro.
Nizam levantó aquel paño, y sir Evandale no pudo contener un grito de horror.
¡Tenía ante los ojos un cadáver!
Un cadáver horrible, espantoso, y cuyo rostro desfigurado y cubierto de lepra, se parecía de aquel modo al de lord William.
Nizam se sonreía con aire de triunfo, como un artista que se goza en el resultado de su obra.
—¿Crees que sabrán ahora distinguir al uno del otro?
—¡Oh! imposible! exclamó sir Evandale. Si estuvieran juntos en ese lecho, yo mismo no sabría decir cuál es mi hermano.
—¡Ah! Ya ves cómo yo sé hacer bien las cosas.
—Pero..... ese... ¿está muerto?
—Sí.
—Ya veis como yo decía bien, murmuró sir Evandale un poco conmovido; la picadura de la víbora azul es mortal.
—Te engañas.
—¡Ah!
—Este hombre no ha muerto de eso.
—¿Cómo?
—Se le ha echado dos gotas de ácido prúsico en un vaso de agua.
Sir Evandale no podía apartar los ojos de aquel cadáver informe, sino para contemplar a su hermano que yacía en una inmovilidad completa.
—¡Vamos! dijo Nizam, ayúdame.
Y aproximándose a la cama, descubrió a lord William y, cogiéndolo en brazos, lo extendió dormido sobre la alfombra.
Después, cambió la camisa del joven lord con la del presidiario, y cogiendo el cuerpo de este entre él y sir Evandale, lo colocaron en el lecho.
—Y ahora, dijo sir Evandale, ¿qué vais a hacer de mi hermano?
—Vas a ayudarme a trasportarlo fuera de la quinta.
—¿Cómo?
—Primero vamos a llevarlo a tu cuarto.
—Bien.
—Dos hombres han colocado una escalera de mano contra la ventana y me esperan abajo.
—¿Y quiénes son esos dos hombres?
—El teniente Percy y el capataz de presidio John.
—Pero es necesario tener en cuenta, observó sir Evandale, que una vez fuera de esta atmósfera, se despertará bien pronto.
—Sin duda.
—Y entonces.....
—¿No te he dicho que estará completamente loco durante muchas semanas?
—¡Ah! es verdad.
—Y durante ese tiempo, añadió Nizam riéndose, no habrá hecho poco camino que digamos; y cuando al cabo de él vuelva a la razón, estará más lejos de Inglaterra que de la Australia.
—¡Y yo seré lord!
—Sí, tú serás lord.
Y diciendo esto, Nizam cargó sobre el hombro a lord William dormido y volvió a tomar el camino de la galería.
Sir Evandale le siguió, cerrando tras sí la puerta.
La bujía estaba consumida en gran parte, pero seguía ardiendo sobre la chimenea.
diario de un loco de bedlam.
Sir Evandale volvió a poco al dormitorio de lord William.
La bujía seguía ardiendo.
El digno hijo de sir Jorge, después de haber echado una mirada recelosa en su rededor, fue a sentarse en el sillón donde se había dormido algunas horas antes.
—Ahora, murmuró, poco me importa volverme a dormir, y aun por el mayor tiempo posible. Prefiero que sir Archibaldo y su hija se despierten antes que yo.
En efecto, por seguro que estuviese de si mismo, sir Evandale temía ver despertarse a las personas que estaban allí encadenadas por un sueño letárgico.
¿Qué iba a suceder cuando llegaran a descubrir que lord William o más bien el hombre que le había sustituido estaba muerto?
Preocupado con este pensamiento, sir Evandale no tardó sin embargo en dormirse bajo la influencia de las emanaciones narcóticas de la bujía.
Pero cuando en fin, esta llegó a apagarse, la atmósfera se fue despejando poco a poco, y al cabo de una hora se despertó sir Archibaldo.
Solo que al despertar, sintió que se ahogaba, que le faltaba aire.
El olor fétido que antes le había impresionado se dejaba sentir aún con bastante fuerza.
Sir Archibaldo hizo un violento esfuerzo, se levantó vacilando y, arrastrándose hacia una de las ventanas, dio un puñetazo en los vidrios.
Uno de ellos saltó en mil pedazos.
Al mismo tiempo una fuerte bocanada de aire penetró en el cuarto e instantáneamente purificó aquella atmósfera viciada.
El efecto fue rápido como el pensamiento.
Miss Anna se despertó en seguida, y el ayuda de cámara no tardó también en volver en su acuerdo.
Solo sir Evandale permaneció al parecer profundamente dormido.
El dormitorio estaba débilmente alumbrado.
Los primeros albores del día luchaban con la claridad de una lamparilla colocada bajo un globo de cristal opaco, y los objetos aparecían indecisos en medio de aquella semioscuridad.
Miss Anna miró atónita a su padre, y dio muestras bien claras de la opresión que la dominaba aún.
Sir Archibaldo fue a abrir las dos ventanas, y después volvió hacia su hija.
Pero en aquel momento esta arrojó un grito terrible.
La mano del que creían lord William pendía fuera del lecho.
La joven cogió aquella mano, y al tocarla la rechazó con espanto.
Aquella mano estaba helada.
Sir Archibaldo se inclinó entonces sobre el cadáver.
—¡Muerto! dijo con estupor.
El grito de miss Anna había despertado a sir Evandale.
Levantose en seguida, estiró los brazos, y echando una mirada estúpida en su rededor murmuró:
—¿Qué sucede? ¡Dios mío!
—Vuestro hermano ha muerto, dijo sir Archibaldo; ha muerto mientras que nosotros dormíamos.
En todo caso análogo a la catástrofe que había tenido lugar en New-Pembleton, siempre se encuentra a punto un médico inteligente para explicar de una manera satisfactoria las cosas menos explicables.
Una hora después del extraño suceso que acababa de ocurrir en la quinta, uno de los médicos célebres que habían llamado por el telégrafo, llegó de Londres.
Aquel príncipe de la ciencia no vaciló en declarar que el joven lord Pembleton, había sucumbido a la acción de un principio deletéreo particular, al que dio un nombre latino.
Y aseguró que el sueño que se había apoderado de las personas que se encontraban en el dormitorio, había sido ocasionado por las exhalaciones mórbidas que despedía el cuerpo de lord William, cuya descomposición había precedido a su muerte.
Sir Evandale manifestó el más violento dolor.
Su desesperación era tal, que se golpeaba con furor la cabeza y quería morir a su vez. Gran trabajo costó el lograr calmarlo al cabo de algunas horas.
Aquella tarde, como si quisiese aislarse en su dolor, y fuera de sí, al menos en apariencia, se salió al campo, y fue a sentarse en lo alto de una colina que dominaba la carretera.
Allí pasó algún tiempo, esperando sin duda a alguno, cuando un espectáculo extraño atrajo de pronto sus miradas.
Una cuadrilla de hombres encadenados subía penosamente por la cuesta.
Delante de ellos iba el teniente Percy y el capataz John.
Detrás seguía una mula tirada por el cabestro, y sobre ella iba acostado un pobre idiota que apenas tenía semblante humano.
Sir Evandale se estremeció y volvió a otro lado la cabeza.
Un pastor que andaba por aquel sitio, se aproximó para ver de cerca la cadena de presidiarios, y dijo mirando a sir Evandale:
—Son unos pobres forzados que van a presidio, milord. ¡Infelices!... da pena verlos... pero el más infeliz de todos es el que va en la mula... ¡es leproso y loco!...
Sir Evandale arrojó una moneda de oro al pastor y huyó como un insensato.
Así bajaba corriendo por la pendiente de la colina, cuando oyó a su lado una voz burlona que le decía:
—¿Habéis venido a convenceros, milord, de que yo no falto a mis promesas?.....
Sir Evandale se volvió y vio a un hombre echado detrás de unos matorrales, desde donde también parecía observar la marcha de los presidiarios.
Aquel hombre era Nizam.
Y como el joven, cubierto de una palidez mortal e inundada en sudor la frente, se quedase sorprendido y como clavado en tierra, Nizam dio un salto y se acercó rápidamente a él.
—Hoy eres lord, le dijo; dentro de seis meses serás esposo de miss Anna.
Y Nizam desapareció de nuevo.
Seis meses después, en efecto, miss Anna, vivamente solicitada por su padre, dejó el luto de su prometido lord William.
Sir Archibaldo tenía decidido empeño en que su hija se casase con un lord, y ella que había amado tanto y tan desinteresadamente a lord William y que en nada tenía la fortuna..... no titubeó un momento en pasar a ser lady Evandale Pembleton, dando su mano al nuevo heredero de aquella poderosa familia.
El día mismo de aquel casamiento, un hombre que había llegado demasiado tarde para asistir a los funerales de su amo, declaró a lord Evandale que dejaba su servicio.
Aquel hombre era Tom.
El fiel Tom que lloraba siempre a lord William y que no quería servir al hijo del crímen.
La noche del mismo día, y después de la brillante recepción que siguió a la ceremonia nupcial, mientras que conducían a la joven esposa a su cuarto; lord Evandale halló medio de desaparecer por un momento, y bajó furtivamente al parque.
Nizam, el supuesto Indio, Nizam que se había llamado en su juventud sir Jorge Pembleton, había dado cita aquella noche a su hijo para felicitarlo.
El lugar de la cita era junto a aquel árbol donde Nizam había esperado tantas veces a sir Evandale.
Y sir Evandale, hoy ya lord y en el colmo de todas las dichas que ambicionaba, se había apresurado a acudir al llamamiento de su padre.
El cielo estaba despejado y diáfano, y la luna iluminaba con su argentada luz el parque y los jardines.
Lord Evandale salió cautelosamente de la casa, y dando la vuelta hasta llegar bajo las ventanas de su habitación, no tardó en descubrir a Nizam que le esperaba bajo el árbol.
Pero el supuesto Indio no se hallaba en pie como de costumbre.
Nizam estaba acostado en tierra y parecía dormir tranquilamente.
Lord Evandale lo llamó en voz baja, después con mayor fuerza, y esto repetidas veces.
Pero Nizam no respondió.
Entonces el joven se aproximo a él, lo examinó con cuidado, y retrocedió de pronto, lanzando un grito de horror.
Nizam estaba muerto.
El brillante oficial de marina que se llamara un tiempo sir Jorge Arturo Pembleton, y cuya miserable vida fue un horrible tejido de crímenes, hasta aquel día testigo de su triunfo; había dejado de existir, y todavía llevaba clavado en el corazón el cuchillo que había ocasionado su muerte.
Lord Evandale volvió a acercarse a aquel cuerpo ensangrentado, y arrancando de él el arma homicida, la examinó y la reconoció al punto.
Aquella arma era el cuchillo de caza de Tom, el marido de Betzy.
diario de un loco de bedlam.
¿Qué había sido de Tom?
En la misma mañana del día en que lord Evandale debía enlazarse con miss Anna, la hija de sir Archibaldo, fue, como sabemos, cuando Tom anunció a su joven amo que dejaba inmediatamente su servicio.
Ya hemos visto que Tom estaba en Londres cuando tuvo lugar el fatal acontecimiento que acabamos de contar.
Tom volvió, lloró a su amo y lo creyó realmente muerto.
Y como lord Evandale parecía sentir tan vivamente la desgracia de su hermano, el fiel criado no sospechó ni un solo instante la verdad.
Sin embargo una noche, algún tiempo después de su vuelta, Tom fue testigo invisible de una escena extraña.
Hallábase asomado a una ventana de su cuarto, que daba al parque, respirando por algunos momentos el aire de la noche, cuando vio deslizarse a un hombre por entre los árboles, y acercarse cautelosamente a la casa.
Aquel hombre era Nizam el Indio.
Tom se preparaba a bajar para echar fuera a aquel mendigo, cuando se abrió una puerta excusada de la quinta, y otro hombre salió de ella furtivamente.
La luna inundaba de luz los jardines y se veía como en medio del día.
Tom examinó a la persona que acababa de salir y reconoció con sorpresa al joven lord Evandale.
Siguolo con la vista, y lo vio reunirse con el Indio.
Pero su sorpresa fue mayor aún, al ver que este se cogió familiarmente a su brazo.
Esto fue una revelación para el antiguo servidor de la familia.
No adivinó enteramente la verdad, pero comprendió una parte de ella.
Nizam era Indio: de consiguiente él debía haber procurado la víbora azul.
Nizam era pues cómplice de lord Evandale.
Y lord Evandale había asesinado a su hermano.
Tom, entonces, se propuso espiar incesantemente al Indio, a fin de adquirir de una manera cierta la prueba del crímen.
Obtenida esta prueba, Tom vengaría la muerte del desgraciado lord William.
Sin embargo el hermano de leche de lady Evelina no sospechaba aún la verdadera identidad de Nizam.
Por otra parte, hasta entonces no se había ocupado del mendigo, ni había fijado en él mucho la atención; pero a partir de la noche en que le fue evidente la existencia de un crímen y la complicidad entre el Indio y lord Evandale, Tom redobló sin descanso su vigilancia.
Ocho días después, encontró una noche la ocasión que esperaba, y siguió a lord Evandale que tenía una nueva cita con Nizam.
Escondido a su vez entre la maleza, Tom oyó toda la conversación de Nizam con lord Evandale.
Y cuando al fin se alejaron, el honrado mayordomo se levantó temblando de emoción y bañada en sudor la frente.
Acababa de saber quién era Nizam.
El supuesto Indio era el padre de lord Evandale, es decir sir Jorge Pembleton.
Sir Jorge que había muerto para todos en Calcuta hacía más de quince años.
Tom no podía pues dudar del crímen y de la complicidad de lord Evandale, pero había una cosa sin embargo que no sabía aún.
Y era que lord William no había muerto.
Ahora pues, como ya sabemos, el día en que lord Evandale debía casarse con miss Anna, Tom y Betzy dejaban su servicio.
Partieron en medio del día, en un break de caza, para ir a la estación vecina, y tomar allí el tren del ferrocarril que pasaba para Londres.
Uno de los criados de la quinta que los condujo a la estación, los vio entrar en un vagón de segunda clase, y partir a los pocos minutos.
De consiguiente lord Evandale estaba bien persuadido de que habían dejado el país.
Y sin embargo Tom no había ido muy lejos.
Al llegar a la estación vecina, descendió del tren y, dejando a Betzy continuar su camino hasta Londres, volvió a campo travieso hacia Pembleton, y cerca de él, permaneció el resto del día escondido en una zanja.
La víspera había sorprendido una cita dada por Nizam a sir Evandale.
Tom saltó las tapias del parque cuando llegó la noche, y fue a esconderse entre las breñas, cerca del árbol donde el supuesto Indio solía esperar a lord Evandale.
Las horas fueron trascurriendo lentamente.
La quinta estaba llena aún de luz y de ruido, y los numerosos convidados a la boda no habían partido todavía.
Sin embargo Nizam no tardó en llegar.
Estaba sin duda impaciente de ver a su hijo, pues habiéndose sentado entre la espesura al pie del árbol, no apartaba los ojos de la casa, y sus miradas manifestaban una ansiedad creciente.
Embebido en sus pensamientos, no oyó un ligero ruido que hacían detrás de él entre las hojas, y no pudo prevenirse contra el ataque de un hombre que cayó sobre él de improviso.
Volviose bruscamente y reconoció a Tom.
El antiguo mayordomo venía armado con un cuchillo de monte.
Nizam estaba sin armas.
Así su primer movimiento fue huir, pero Tom lo cogió vigorosamente por el cuello.
Entonces quiso gritar.
—Si levantas la voz eres muerto, le dijo Tom.
El Indio luchaba sin embargo por desasirse, mas su enemigo lo sujetaba sólidamente y al mismo tiempo añadía:
—¡No escaparás de mis manos, miserable!... Sé quién eres.—Tú no te llamas Nizam, tu verdadero nombre es sir Jorge Pembleton.
El Indio soltó una carcajada feroz.
—¡Ah! me has reconocido! exclamó.
—Sí, y sé también que has asesinado a lord William.
—No es cierto, dijo sir Jorge.
—¡Miserable! ¿osas negar tu crímen?
—No lo niego, respondió Nizam; digo la verdad. Yo no he asesinado a lord William.
—¿No eres tú quien ha traído la víbora?
—Sí.
—Y no la has introducido en el lecho de lord William.
—Sí, repitió Nizam.
—¿Y te atreves a defenderte?
—Yo no he asesinado a lord William.
—¡Infame!
—Lord William no ha muerto.
Tom lanzó un grito, y su emoción fue tal, que faltó poco para que dejase escapar a sir Jorge.
—Lord William no ha muerto, repitió este. Pero cuando sepas lo que ha sido de él, sentirás que se halle aún en el número de los vivientes.
Tom había echado a Nizam en tierra y lo tenía sujeto por el cuello.
Al oír su respuesta, le apoyó la rodilla sobre el pecho y el cuchillo a la garganta, y le dijo con furor:
—¿Acabarás de hablar, miserable?
—¡Ah!... ¿quieres saberlo todo?
—Sí.
—¿Y si te digo donde se halla lord William, me harás gracia de la vida?
—No.
—Pues bien, dijo Nizam, te diré lo que ha sido de él, y esa será mi venganza.
Y riendo como un condenado y con voz ahogada por la presión que sufría, refirió a Tom de qué manera el cadáver del forzado había sustituido al noble lord, y como este, perdida la razón, se hallaba ahora en el puesto de aquel miserable.
Y cuando hubo acabado su relato, añadió con una carcajada diabólica:
—Pero de nada te sirve el saber que tu noble amo vive aún, pues no lograrás encontrarlo.
Arrastrando una cadena entre otros deportados que van a morir al nuevo mundo, lleva entre ellos una vida miserable, bajo el nombre fatal del forzado de quien ha tomado el puesto.......
—¿Y cuál es ese hombre? preguntó Tom.
—Eso es lo que no sabrás nunca.
—¡Habla!... ¡o te mato!
—No, dijo Nizam que procuraba ganar tiempo, y que alimentaba la esperanza de que lord Evandale llegaría de un instante a otro.
—¡Habla! repitió Tom.
—No, no..... jamás.
—¡Pues bien, muere! dijo Tom.
Y le hundió el cuchillo en el pecho.
Nizam murió sin exhalar un grito.
Entonces Tom se levantó e irguió con resolución la cabeza.
—No sé qué nombre es el que lleva mi desgraciado amo, murmuró, pero no importa. Por grande que sea la tierra, yo lo encontraré con ayuda de Dios.
Y dejando plantado su cuchillo en el pecho de Nizam, corrió a la cerca del parque, y saltando por ella, tomó precipitadamente la fuga.