XXXIV

diario de un loco de bedlam.

Tom emprendió pues la heroica empresa que se había propuesto, y sin pérdida de tiempo, se puso en busca del desgraciado lord William.

Pero el mundo es grande, como él mismo había dicho, y buscar a un hombre por él, cuando no se sabe bajo qué nombre se oculta, es cosa bien difícil, sino imposible.

Tom se puso sin embargo a la obra.

Empezó por ir a Londres a reunirse con su mujer, y la dio parte de las revelaciones supremas de Nizam.

Betzy era una mujer inteligente y sobre todo de buen sentido.

Oyó a Tom hasta el fin, y cuando este hubo terminado su relato, le dijo con la mayor sencillez:

—Antes de todo, amigo mío, hay dos cosas que sería necesario saber.

—¿Cuáles? preguntó Tom.

—Primero, el nombre del teniente que conducía la cuerda de presidiarios.

—¿Y después?

—Y después de qué ciudad de Escocia venía el infeliz que se halla hoy enterrado en el panteón de la familia Pembleton, bajo el nombre de lord William.

—Tienes razón, dijo Tom.

El antiguo mayordomo tenía muchas relaciones en Londres.

Entre otras personas de todas clases, conocía a un famosodetectivea quien Scotland yard, es decir la prefectura de Policía de Londres, había confiado siempre los encargos más delicados.

Tom fue a verse con él, y bajo la mayor reserva le confió el secreto de la existencia de lord William.

Y al depositar en él este secreto, le puso en la mano un billete de trescientas libras.

Eldetectivepidió ocho días para practicar sus diligencias.

Al cabo de ese tiempo, el fiel Tom que aguardaba con impaciencia, recibió la nota siguiente:

«Un teniente de presidio ha pasado, hace siete meses, por la aldea de Pembleton.

»Se llama Percy, y se dirigía a Liverpool, adonde conducía una cuerda de presidiarios.

»Es muy probable que se haya embarcado con ellos.»

Tom tomó en seguida el ferrocarril y se fue a Liverpool.

Allí, compulsando los registros de la marina, encontró en efecto el nombre de Percy, seguido de la calificación de teniente.

Percy se había embarcado para la Nueva Zelanda, con los forzados que conducía.

Tom vaciló entonces sobre el partido que debería tomar.

¿Se embarcaría también desde luego, o no haría mejor en averiguar antes el nombre del presidiario que habían sustituido a lord William?

Este último partido le pareció más acertado, y tomó en seguida el camino de Escocia.

Fue primero a Edimburgo, después a Glascow, y en fin a otras ciudades menos importantes, tomando informes en todas ellas con una prudencia y una habilidad consumadas.

Así llegó hasta la pequeña ciudad de Perth.

Apenas empezó en ella sus investigaciones, cuando creyó haber encontrado las huellas de lo que buscaba.

Allí le hablaron de un acontecimiento misterioso e inexplicable, que había tenido lugar hacia la época a que él se refería.

Un joven del país, llamado Walter Bruce, había sido condenado, por robo con fractura, a cinco años de deportación.

Aquel joven se hallaba encerrado en la cárcel de Perth, esperando salir de un momento a otro para su destino, cuando por una singularidad inexplicable, había sido víctima de un accidente que no tenía ejemplo en el país.

Una noche se había acostado en perfecto estado de salud, y se había despertado al día siguiente dando gritos espantosos.

Acudieron a él, y lo hallaron completamente loco y con el rostro amoratado y cubierto de una lepra asquerosa.

Tom creyó reconocer en este retrato al desgraciado cuyo nombre buscaba; pero su esperanza se convirtió en certidumbre, cuando le añadieron que una cadena que pasó a los dos días, le tomó consigo a pesar de su horrible estado. Y como no podía marchar, lo habían atravesado sobre una mula donde conducían el bagaje.

Tom comparó las fechas y adquirió la convicción de que la salida de Walter Bruce de la ciudad de Perth, había tenido lugar cinco días antes de la pretendida muerte de lord William.

Conocido esto, no faltaba más que encontrar a Walter Bruce.

Tom volvió inmediatamente a Londres.

El antiguo y fiel servidor de la familia Pembleton no era rico, pues todo su haber consistía en dos o tres mil libras esterlinas, penosamente ahorradas durante su servicio.

Esta era una dificultad bastante grave, pero Betzy halló el modo de resolverla.

—Yo soy joven aún y bastante fuerte: de consiguiente puedo trabajar y ganar mi vida. Llévate el dinero.

Ocho días después, Tom se embarcaba para la Nueva Zelanda, llevando unas dos mil libras en letras y billetes, guardados en un cinturón de cuero.

Los primeros meses de la travesía fueron dichosos.

El buque que conducía a Tom dobló la punta meridional de América y entró en las aguas del Pacífico.

Pero un mes después de haber pasado el cabo de Hornos, naufragó cerca de la isla Tabor, yendo a encallar sobre un bajío, en una noche oscura y brumosa.

Inmediatamente se declaró una vía de agua, y las bombas fueron impotentes para apurarla.

El buque se iba a pique, y en vista de esto, el capitán echó al agua las chalupas, y en ellas se amontonaron pasajeros y marineros del modo que les fue posible.

Entonces empezó para el pobre Tom una desgraciada serie de espantosas aventuras.

Durante diez y siete días, el frágil barco que lo llevaba erró sin dirección y sin brújula por la inmensidad de los mares.

Las provisiones se agotaron, el hambre llegó con todos sus horrores, y aquellos infelices empezaron a asesinarse unos a otros para alimentarse.

A los dos días de esta horrible situación apareció en fin la tierra.

Los desgraciados náufragos hicieron esfuerzos increíbles, y abordaron por último a una isla salvaje.

Pero su situación no hizo más que cambiar de faz, para ser todavía más horrible.

Los habitantes de aquella isla eran negros antropófagos.

El pobre Tom y aquellos de sus compañeros de infortunio que habían sobrevivido, fueron llevados por los caníbales al interior de las tierras.

Tom había sufrido tanto durante la navegación, que se había quedado extremadamente flaco.

Este triste privilegio le salvó la vida.

Todos sus compañeros fueron devorados por los salvajes.

En cuanto a él, intentaron al principio engordarlo, pero no habiendo podido conseguirlo, se cansaron al cabo y lo dejaron vivir.

En cambio lo condenaron a los más duros trabajos, y así pasó cinco años en medio de aquellos negros, tratado con una crueldad inaudita.

En fin, un día, un navío inglés hizo escala en aquella isla maldita.

Los negros que vinieron a bordo a vender frutas, pescado y aceite de foca, contaron a la tripulación que había un blanco entre ellos.

El capitán envió a algunos hombres a tierra, y estos le trajeron al pobre Tom.

Aquel buque hacía vela para Australia y debía tocar en la Nueva Zelanda.

Tom cobró ánimo y creyó tocar al fin el término de sus esperanzas.

Los negros le habían dejado su cinturón, no encontrando en él más que papeles que no podían excitar su codicia; y de consiguiente tenía aún su dinero.

Un mes después, Tom, que había caído enfermo en esta nueva travesía y que, más que un hombre, parecía un fantasma, llegó extenuado a Aukland.

Allí descansó unos días y trató de reponerse, y después de escribir a su mujer, que sin duda le creía muerto, emprendió de nuevo sus pesquisas en busca de lord William, o más bien, del deportado Walter Bruce.

Después de muchos días de investigaciones inútiles, supo al fin que una centena de deportados que habían cumplido su condena, se habían trasladado a Australia en vez de volver a Europa.

Walter Bruce había también cumplido su condena tiempo hacía, pero ¿se hallaba por ventura entre ellos?

Esto es lo que Tom no sabía.

Sin embargo resolvió ponerse en camino para aquel punto, y se embarcó con dirección a Melbourne.

Ya allí, empezó de nuevo sus pesquisas.

Recorrió todas las tabernas, interrogó a los marineros y preguntó a cuantos deportados encontrara.

Ninguno de ellos pudo darle noticias de Walter Bruce.

Pero Tom no se desalentó por esto.

Había dejado a Melbourne, trasladándose a Sidney, y estaba alojado en una miserable posada, cuando hizo conocimiento con un Alemán que se llamaba Frantz Hauser.

Frantz se hallaba en la más completa desnudez.

Sospechando que Tom tenía algún dinero, le confió su situación desesperada, y le pidió algún socorro, añadiendo que había sido condenado injustamente hacía siete u ocho años, y deportado a la Nueva Zelanda.

—¿Habéis conocido a otro deportado que llamaban Walter Bruce? le preguntó Tom.

—¡Ya lo creo! respondió Frantz, fue un tiempo mi compañero, y me acuerdo que lo apellidábamosMilord.

Tom dejó escapar una exclamación de alegría, y tomando vivamente las manos de Frantz, le dijo:

—¡Hablad!... ¡hablad! decidme todo lo que sabéis de él!

diario de un loco de bedlam.

El Alemán Frantz Hauser se quedó mirando a Tom con extrañeza.

—Sí, respondió, he conocido en efecto a un deportado que se llamaba, o más bien, que llamaban Walter Bruce.

—Y él repudiaba ese nombre, ¿no es verdad?

—Sí, y decía que era lord: así, todos le llamábamos milord, pero de burlas, se entiende, pues sabíamos muy bien...

—No, no sabíais nada, dijo Tom bruscamente.

Frantz se quedó mirándolo de nuevo.

—La persona a quien dabais el nombre de Walter Bruce era un lord en efecto, prosiguió Tom; pero esto no hace ahora al caso. ¿Adónde lo encontrasteis?

—Hemos trabajado juntos en la misma cadena cerca de cuatro años.

—Pero, ¿dónde?

—En la Nueva Zelanda, ya os lo he dicho.

—¿Y os separasteis después?

—Sí.

—¿Por qué?

—Yo había cumplido mi tiempo. Me volvieron la libertad, y al hacerlo, me dieron a escoger entre volver a Europa o establecerme aquí.

—¿Y Walter Bruce?

—Debe también haber concluido su tiempo.

—Entonces... ¿habrá vuelto a Europa?

—No lo creo.

—¡Ah! exclamó Tom temblando de emoción.

—No respondo, prosiguió Frantz, de la exactitud absoluta de los informes que voy a daros: sin embargo, nada perdéis en escucharme.

—¡Veamos! dijo Tom con creciente ansiedad.

—Hay pocos deportados que vuelvan a Europa, después de cumplir su condena: la mayor parte solicitan quedarse en Australia.

Unos se ponen a servir como pastores; otros trabajan en las minas; y algunos acaban por hacer fortuna.

—¿Y bien? dijo Tom.

—Hace seis meses, prosiguió Frantz, me hallaba yo en Melbourne, donde se celebra una gran feria de ganado.

Los bueyes y los carneros llegaban por centenas, y toda la ciudad estaba llena de labradores y ganaderos.

Aquel día, si no me equivoco, me pareció ver en medio de la feria a un hombre que se parecía a Walter Bruce: hasta recuerdo que intenté reunirme con él, pero la multitud era tan compacta, que bien pronto lo perdí de vista.

—Bien, repuso Tom, pero admitiendo que fuese efectivamente Walter Bruce el que habéis visto, ¿qué deducís de ello?

—Lo más lógico: que Walter Bruce es pastor en las tierras de algún ganadero.

—¿En Australia?

—Sin duda.

—Pero, ¿en qué parte de ella?—La Australia es grande como un continente.

—Sí, dijo Frantz, pero bueno es que sepáis que no vienen ordinariamente a Melbourne otros ganados que los del oeste.

—Está bien, repuso Tom, lo buscaré en esa comarca.

—¿Ese Walter Bruce era acaso vuestro amigo? preguntó Frantz.

—Era mi amo.

—¿Eh? dijo Frantz.

—Mi amo, un noble lord de la libre Inglaterra, añadió Tom.

—¿Cómo un lord ha podido ser deportado?

—¡Oh! replicó Tom, esa es una larga y tenebrosa historia que no puedo contaros hoy.

—¡Ah!

—Pero voy a haceros una proposición.

—Decid.

—Según he visto, sois muy pobre.

—Me muero de hambre.

—Pues bien, ¿queréis ganar diez libras por mes?

Los ojos del antiguo deportado brillaron de codicia.

—¡Diez libras! exclamó.

—Sí.

—¿Y que es necesario hacer para eso?

—Acompañarme y buscar conmigo a Walter Bruce.

—¡Oh! acepto desde luego, dijo el Alemán.

—Y si lo encontramos, prosiguió Tom, tendréis además una gratificación de cincuenta libras.

—Siendo así, exclamó Frantz, estoy pronto a seguiros hasta el cabo del mundo.

Al día siguiente, Tom y Frantz Hauser se embarcaron en Sidney para Melbourne.

Justamente iba a haber una feria de ganado, y Tom y su compañero permanecieron en la ciudad.

Esperaron el primer día de feria, que debía prolongarse toda la semana, y entre tanto Tom recorrió todas las posadas y establecimientos públicos, y no cesó de pasear por las calles.

Pero por parte alguna encontró a Walter Bruce.

Sin embargo Frantz encontró por su parte a un antiguo deportado, que era pastor a la sazón y que había conocido a Walter Bruce; y naturalmente le pidió noticias suyas.

—¡Oh! dijo el deportado, hay hombres que han nacido de pie; todo les sale a medida de su deseo.

—¿Qué quieres decir?

—¡Toma! que Walter Bruce es uno de esos hombres.

Tom asistía a esta conversación, pero no decía una palabra. Su corazón latía con tal violencia, que parecía iba a salírsele del pecho.

—¿Conque Walter Bruce es tan dichoso? preguntó Frantz.

—Más de lo que podía apetecer.

—¿Dónde se halla?

—A cien leguas de aquí, hacia el noroeste.

—¿Lo has visto?

—Hace unos seis meses.

—¿Y en qué se ocupa?

—Era pastor como yo cuando vino de la Nueva Zelanda.

—¿Y ahora?

—¡Oh! ahora es ganadero, y tiene una bella hacienda y muchas cabezas de ganado.

—¿Y cómo se ha arreglado para adquirir todo eso? preguntó de nuevo el Alemán.

—Ha sabido hacerse amar de la hija de un rico labrador y se ha casado con ella. El labrador ha muerto poco tiempo después, y Walter Bruce es hoy rico, pues su mujer era hija única.

—¿Y puedes indicarnos con certeza el sitio donde se halla? preguntó aún el Alemán.

—Haré más todavía, respondió el pastor.

—¿Qué?

—Yo sirvo en una hacienda que está solo a algunas millas de la suya.

—¡Ah!

—Mañana me vuelvo, pues ya he vendido mi ganado. Si queréis venios conmigo.

—¿Y nos conducirás a la hacienda de Walter Bruce?

—Sí.

Tom no podía contener su alegría.

Instó para que se apresurase lo más posible el viaje, y al día siguiente, muy de mañana, emprendió el camino con Frantz y el antiguo deportado convertido en pastor.

En Australia se viaja aún lentamente y de una manera enteramente primitiva.

Los caminos se hallan apenas abiertos, y no se transitan sino a caballo o en carretas de bueyes.

Necesitaron pues nuestros viajeros diez o doce días, para recorrer las cien leguas que separaban Melbourne de los pastos donde Walter Bruce había establecido su habitación.

Al llegar a algunas millas de distancia, el pastor condujo a Tom a la hacienda de su amo.

—Mañana, le dijo, os conduciré a casa de Walter Bruce, pues lo que es hoy no podríamos llegar de día, y está el país infestado de ladrones.

Tom esperó pues hasta el día siguiente.

Pero apenas empezó a apuntar el día, se pusieron de nuevo en camino.

Tom estaba devorado de impaciencia, y preguntaba a cada paso si se hallaban aun distantes.

—No son más que las seis de la mañana y estamos todavía lejos de la habitación, dijo el guía, pero ya marchamos por las tierras de la hacienda.

En fin, a eso del mediodía, Tom descubrió a lo lejos una casa blanca y de aspecto gracioso, que se levantaba en medio de gigantescos árboles.

—¡Allí es! dijo el deportado.

Tom tuvo un momento de angustia y sus ojos se arrasaron en lágrimas.

—¿Querrá ahora volver a Europa? murmuró para sí.

Y vacilante y llorando como un niño, Tom continuó avanzando hacia aquella casa que, de lejos, encerrada entre la espesura, parecía un nido de tórtolas.

diario de un loco de bedlam.

Nada más gracioso ni más poético que aquella linda habitación perdida en un océano de verdura.

La granja o casa de labor, las caballerizas y los establos, estaban rodeados de altos muros, deslumbrantes de blancura.

La casa habitación ocupaba el centro, y un frondoso jardín, esmeradamente cuidado, la cercaba por todas partes.

Tom y sus compañeros penetraron en el patio de la granja, y se detuvieron mientras se adelantaba el guía.

Un mulato de pocos años se hallaba en la puerta de las caballerizas.

El antiguo deportado se dirigió a él y le dijo:

—Buenos días, Nathan.

—Buenos días, Toby, respondió el mulato.

—Aquí vengo con dos amigos, continuó el pastor, que desean ver a Mister Bruce.

—Mister Bruce no está en la habitación, respondió el muchacho.

Tom palideció al oír esto.

—¿Dónde esta pues? preguntó Frantz Hauser.

—¡Oh! tranquilizaos, no está de viaje.

—¡Ah!

—Ha ido a ver uno de sus rebaños apriscado a una milla de aquí.

—¿Y volverá pronto?

—¡Ciertamente! No puede tardar mucho.

—Entonces lo esperaremos, dijo Tom.

—Pero mistress Bruce está en la casa, añadió el chicuelo; podéis entrar.

Tom vacilaba en aceptar la oferta.

—Vaya, venid, dijo el antiguo deportado.

Y se adelantó hacia el interior siguiéndole los demás.

Algunos criados iban de un lado a otro por los patios y el jardín, y la puerta de la habitación estaba de par en par abierta.

Tom vio a su frente un ancho vestíbulo adornado con jarrones de flores, y en el fondo la elegante balaustrada de una espaciosa escalera.

Al ruido de sus pasos, se abrió una puerta a la derecha del vestíbulo, y una graciosa joven apareció en ella, llevando en brazos a un niño, a quien daba el seno.

Detrás de ella venía también una lindísima niña de cuatro años, que se cogía al vestido de la joven, y fijaba en los recién venidos sus grandes ojos admirados.

Mistress Bruce, pues era ella, conocía a Toby.

—Buenos días, Toby, le dijo.

—Buenos los tengáis, señora, respondió el pastor.

—¿Venís a ver a mister Bruce?

Y al hacer esta pregunta, fijaba con curiosidad sus miradas en Frantz Hauser y en Tom.

—Señora, respondió Toby señalando a este último, aquí tenéis a una persona que ha conocido mucho a vuestro marido.

La joven se estremeció y murmuró con una emoción mal contenida:

—¿Dónde?

—En Inglaterra, respondió Tom vivamente.

La emoción de la joven pareció ir en aumento.

—¿En Inglaterra? repitió.

—Sí, señora.

—Ya..... en Perth.....

—¡Oh! no... en Pembleton-castle.

Y Tom al decir esto tenía los ojos arrasados en lágrimas.

La joven se fijó en él con más atención.

—¿Quién sois pues? dijo en fin.

—Me llamo Tom, señora.

Mistress Bruce dejó escapar un grito:

—¡Tom! dijo, ¿os llamáis Tom?

—Sí, señora.

—¡Ah! Dios mío!

Y pareció vacilar y un temblor nervioso se apoderó de todo su cuerpo.

Tom prosiguió:

—Sí, señora, me llamo Tom, y comprendo por vuestra emoción que sir Walter os ha hablado de mí con frecuencia.

—Y me habla aún todos los días, respondió la joven.

Apenas acababa de decir estas palabras, se oyó resonar en el patio de entrada el ruido de los pasos de un caballo.

Tom se precipitó hacia aquel sitio.

El leal servidor no se había engañado: Walter Bruce era quien llegaba.

Tom se acercó a él temblando como un azogado, y tal era su conmoción, que Toby tuvo que correr a él y sostenerlo.

Mister Bruce era un gallardo joven de veinte y siete a veinte y ocho años, y su rostro, tostado por el sol, no presentaba ya la menor traza de la horrible picadura de la víbora azul.

Miró fijamente a Tom y no lo reconoció al principio.

El pobre Tom tenía ahora la cabeza enteramente blanca.

—¿Quién es ese hombre? preguntó sir Walter echando pie a tierra.

—¡Amo mío!..... mi buen señor! exclamó Tom, ¿no me conocéis?.....

Walter Bruce arrojó un grito de sorpresa.

—¡Tom! exclamó.

—¡Ah! milord, dijo Tom con voz alterada, ya sabía yo que acabaría por encontraros.....

Mr. Bruce estrechó a Tom en sus brazos, y lo tuvo largo tiempo abrazado.

Después, descubriendo a Frantz Hauser y a Toby, les alargó la mano y les dijo con una triste sonrisa:

—Ya veis como yo no mentía cuando os revelé mi nombre y calidad.......

Y volviéndose a su mujer añadió:

—Querida Lucy, conduce a esos dos buenos amigos al comedor y haz que les sirvan una colación. Por mi parte, excusadme, pues estoy impaciente de hallarme a solas con mi querido Tom.

Y tomando al antiguo mayordomo por el brazo, entró con él en la casa.

Tom no había podido dominar aún su emoción ni contener sus lágrimas.

Apenas se hallaron solos, Walter Bruce le abrazó de nuevo y le dijo:

—¡Así, amigo mío, te has atrevido a venir hasta aquí a buscarme!...

—Hace seis años que salí de Inglaterra, respondió Tom, y sin esos maldecidos salvajes.....

—¿Qué salvajes?

—¡Oh! milord, respondió Tom, no os ocupéis de eso..... Mis sufrimientos no son nada en comparación de los vuestros.

—Tom, dijo Mr. Bruce, antes de contaros mi historia quiero saber la vuestra.

Sir Walter hablaba con autoridad.

—Os obedeceré, milord, respondió Tom.

Y contó en seguida del modo que había dejado la Inglaterra con el designio de buscar al infortunado lord William, y la sucesión de fatales aventuras que habían contrariado e interrumpido su viaje.

—Pues yo, amigo Tom, dijo entonces Mr. Bruce, en todo lo que me ha sucedido, hay una cosa que jamás he podido explicarme.

—¿Cuál, milord?

—He estado sin memoria durante más de un año, y aun loco, según me han dicho.

—¡Ah! dijo Tom.

—El último acontecimiento de mi antigua existencia de que puedo acordarme es el siguiente. Acababa de meterme en cama en mi cuarto de New-Pembleton, y empezaba a conciliar el sueño, cuando sentí un cuerpo viscoso y frío que me subía por el rostro, y casi al mismo tiempo experimenté un dolor tan agudo, que no pude menos de arrojar un grito.

—¿Y después?

—No me ha sido posible acordarme de nada después de eso.

—¡Ah! exclamó Tom.

—Una mañana en fin, volví en mí como si despertara de un largo sueño, y..... me encontré con un grillete al pie y trabajando en una mina. Otros hombres de aspecto repugnante y cínico, encadenados y vestidos como yo, trabajaban a mi lado, amenazados de continuo por el látigo de un capataz. Yo no me di al pronto cuenta de la situación, y me puse a llamaros.....

—¡Oh! Dios mío! exclamó Tom enternecido, levantado los ojos al cielo.

—Mis compañeros se echaron a reír.

—¿Ignoráis quién soy? exclamé indignado.

—Eres Walter Bruce, me respondieron.

—Os engañáis, les respondí, mi nombre es lord William Pembleton.

Mis compañeros de cadena soltaron otra vez la carcajada.

Y como yo manifestase mi indignación de una manera bastante enérgica, un capataz se acercó a mí y me dijo:

—¿Volvemos a las andadas, Bruce?... ¿Os entra de nuevo la locura?

—¿Loco?... ¡yo! exclamé.

El capataz me volvió la espalda, y como había suspendido mi trabajo, recibí aquella noche una corrección humillante.....

Durante ocho días, grité, me indigné, apelé a la justicia de los hombres, a la de Dios.....

¡Esfuerzos inútiles!

A cuantos hablaba de mi nacimiento y de mi rango en la sociedad, sólo conseguía que se encogieran de hombros y que me mirasen con lástima. Todos me repetían que yo era Walter Bruce, natural de Perth, en Escocia, y que había sido condenado por robo a cinco años de deportación y de trabajos públicos.

Aquí Mr. Bruce se detuvo un momento, como abrumado bajo el peso de sus recuerdos.

Tom le contemplaba en silencio, con los ojos anegados en lágrimas.....

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En fin, después de una pausa de algunos instantes, Mr. Bruce prosiguió.

—Y sin embargo, yo estaba bien seguro de mi identidad.—Los recuerdos de mi juventud venían en tropel a mi memoria, y llegó un momento en que mi corazón latió con violencia y en que mis labios murmuraron un nombre:

«¡Miss Anna!»

Pocos días después, al cabo de mil esfuerzos, logré avistarme con el comandante militar de nuestra colonia, y le supliqué que me oyese.

Al principio me rechazó con alguna dureza, pero al fin, movido de mis ruegos, consintió en lo que le pedía.

Entonces le conté el caso en que me hallaba, y como debía de haber error de personas, puesto que yo me llamaba lord William.

El comandante me escuchó fríamente, sin interrumpirme, y cuando hube acabado, buscó la nota de mi deportación, la leyó, y me respondió:

—Vuestro nombre es en realidad Walter Bruce, y tenéis hoy poco más de veinte años. La sala del crímen de Perth os ha condenado a la deportación.

Después de vuestra condena, y mientras os hallabais aún en la cárcel de Perth, os ha acometido una enfermedad extraña, y habéis presentado tales síntomas, que os creyeron por un momento perdido.

Os cubrió una lepra horrible y perdisteis completamente la razón.

Vuestra locura ha durado muchos meses.

Fue necesario trasportaros de Perth a Liverpool en una mula, pues vuestro triste estado no os permitía andar.

Embarcado luego en un trasporte de la marina real, vuestra enfermedad ha continuado en toda la travesía, y solo al llegar aquí, es cuando ha empezado a desprenderse la lepra que os cubría el rostro.

Desde entonces la calma se ha ido restableciendo en vuestro espíritu, y se ha podido creer que vuestra locura había desaparecido.

Yo quedé aterrado al escuchar estas palabras.

Sin embargo, vuelto prontamente en mí, seguí hablándole con tal franqueza, con tal acento de verdad, citándole con nombres propios y detalles mis relaciones de otro tiempo, y supe coordinar tan perfectamente mis recuerdos, que su convicción empezó a vacilar.

—Pues bien, me dijo, consiento en escribir a Inglaterra y pedir nuevos informes.

Durante un año viví lleno de resignación y sobre todo de esperanza.

Algo me decía, Tom, que andabais en mi busca: y aun cuando jamás he podido darme cuenta cómo, durante mi pasajera locura, he podido ser confundido con un criminal y hallarme en una colonia lejana haciendo la vida de un forzado; más de una vez pensaba que mi hermano debía investigar cuál había sido mi suerte.

Tom bajó la cabeza y no respondió.

—En fin, al cabo de un año, el comandante me hizo llamar.

—¿Y bien? me dijo, ¿sois ya más razonable?

Esta pregunta me dejó helado.

—Ya sabéis, añadió, que escribí a Inglaterra.

—¿Y os han contestado?

—Sí.

Y diciendo esto me entregó una carta.

Aquella carta estaba firmada porlord Evandale Pembleton.

Y no podía dudar, pues era en efecto la firma de mi hermano.

Sir Evandale escribía al gobernador de la Nueva Zelanda:

«Señor Gobernador:

»He tenido en efecto un hermano mayor llamado lord William.

»Pero lord William ha muerto en New-Pembleton hace cosa de dos años.

»Su muerte fue ocasionada por la picadura de un reptil venenoso.

»Os incluyo el acta de defunción certificada por el Sheriff del condado y firmada por tres testigos dignos de fe, para que no os quede duda sobre la autenticidad de ese documento.

»Mi familia me aconseja presentar una queja a los tribunales, a fin de que el miserable que ha osado tomar el nombre de mi desgraciado hermano, reciba el condigno castigo.»

—¿Y bien? me dijo el comandante, ¿persistís aún en vuestras aserciones?

Yo bajé la cabeza y no respondí una palabra.

Lo había comprendido todo.

—¡Ah! exclamó Tom.

—Mi hermano se había apoderado de mi título y de mi fortuna.....

¿Por qué medios había logrado su objeto?

Esto es lo que ignoro y lo que no sabré quizá jamás, añadió suspirando Mr. Bruce.

—Eso..... yo lo sé, dijo Tom.

—¿Tú lo sabes?

—Sí.

Y Tom, enjugando sus lágrimas, añadió:

—¿Os acordáis del mendigo Nizam?

—¿El Indio?

—Sí, aquel miserable.......

—Bien ¿y qué?

—Aquel miserable fue el cómplice de vuestro hermano.

—¿Pero qué había yo hecho a ese infeliz?

Tom se sonrió con amargura.

—¡Infeliz! repitió, ¿sabéis quién era ese hombre?

—No.

—Era sir Jorge Pembleton, el infame que había manchado el tálamo de vuestro padre y deshonrado a vuestra madre.

—¡Ah! exclamó Mr. Bruce palideciendo.

—De casta le viene al galgo..... dice el refrán, añadió Tom, y aquí el refrán no miente. Sir Evandale es digno hijo de tal padre.

Y aquí Tom refirió punto por punto a Mr. Bruce todo lo que había sucedido, según ya sabemos por los capítulos precedentes.

—Pero, dijo Mr. Bruce, después que mataste a ese infame, ¿por qué no dijiste nada a mi hermano?

—Quería encontraros antes.

—¿Y se ha casado con mis Anna?

—El mismo día que salí de New-Pembleton se celebraba la boda.

Y dicho esto, Tom refirió la triste odisea de su viaje y las aventuras de su larga estancia entre los negros caníbales.

Mr. Bruce lo escuchó con interés, y cuando hubo concluido, le dijo:

—Ahora veo que en la época en que el gobernador de la Nueva Zelanda escribió a Inglaterra, tú habías salido ya de ella.

—Sí.

Mr. Bruce permaneció un momento silencioso.

Después añadió:

—Ya comprendes por lo que acabo de decirte, que todas mis esperanzas habían quedado destruidas. A partir del día en que el gobernador me comunicó la carta de sir Evandale, ya no esperé en nada y me resigné.

Mis compañeros de infamia seguían llamándomemilordpor burla; pero yo no volví a decir más que pertenecía a la alta aristocracia inglesa.

Así se pasaron los años.

Yo no los contaba y hasta me era indiferente la vida, cuando un día me hicieron saber que había cumplido mi condena y que estaba libre.

—Bruce, me dijo el gobernador al entregarme una pequeña cantidad, fruto de mi dura labor de cinco años, podéis escoger punto de residencia, sea volviendo a Inglaterra o permaneciendo aquí, sea pasando a Australia donde encontraréis fácilmente trabajo.

Yo opté por este último partido y me embarqué para Melbourne.

Por fortuna, llegué a aquella ciudad en un día de feria.

Un colono del noroeste me tomó a su servicio como pastor, y me condujo a su hacienda aquel mismo día.

Aquel colono era el padre de miss Lucy.

Mis sufrimientos, la ruda vida que había llevado, y el contacto durante cinco años con los seres depravados y envilecidos que me rodeaban; no habían podido degradar mi carácter ni destruir mi distinción natural.

Aquí entra, amigo mío, una historia novelesca de amor, que sería muy largo contarte.

Yo había olvidado a miss Anna.

Pero mi corazón no se había cerrado a toda emoción dulce, pues empecé a suspirar al ver a miss Lucy.

—Y llegasteis a amarla.......

—Como ella me amó y me ama todavía.

Al cabo de dos años, yo había conquistado la amistad y la entera confianza del colono.

Un día, al fin, me llamó aparte y me dijo:

—He comprendido, mi pobre Walter, que amáis a mi hija y que ella os corresponde. Lo he pensado todo, y no encuentro inconveniente en vuestra unión. En Inglaterra, un enlace semejante sería monstruoso, pero en Australia somos indulgentes. Además me habéis contado vuestra historia, y creo firmemente en cuanto me habéis dicho.

—Y así es, dijo terminando Mr. Bruce, como llegué a casarme con miss Lucy, como heredé a su padre, y como en fin he conseguido ser dichoso.

—Sin embargo, milord, exclamó Tom, no creo por eso que tengáis decidido el permanecer aquí.

—Sí, amigo mío, esa es mi intención.

—¡Cómo!... ¿renunciaríais a reivindicar vuestros derechos?

—¿Para qué? respondió con indiferencia lord William, el hombre que existía en mí ha muerto para todos: ya no soy ni quiero ser otra cosa que el colono Walter Bruce.

—¡Pero es imposible!

—Soy dichoso, amigo mío.

A tiempo que decía esto, entró en la habitación su joven esposa, llevando uno de sus niños por la mano, y el otro en brazos recostado sobre el hombro.

—Mira..... dijo Mr. Bruce a Tom, ¿qué crees que me falte para ser feliz?

diario de un loco de bedlam.

Tom pasó muchos meses en la hacienda, insistiendo en sus ruegos cada día y suplicando a Mr. Bruce que no olvidase lo que debía a su nombre y a la satisfacción de la justicia.

—Volved a Inglaterra, milord, le decía, es necesario que recobréis vuestro nombre y que entréis como dueño en el solar de vuestros mayores.

Pero Mr. Bruce le respondía invariablemente:

—No, amigo mío, aquí soy dichoso y aquí permaneceré.

El pobre Tom se desesperaba al ver la inutilidad de sus esfuerzos.

—Escribe a tu mujer que venga a reunirse contigo, le decía además Mr. Bruce.

Pero Tom no renunciaba a la esperanza de convencer a su antiguo amo.

—Es necesario que volváis a Inglaterra, le repetía, es necesario.

A veces Mr. Bruce, cansado de su obstinación, le dejaba sin respuesta, hasta que al fin le dijo un día:

—Escúchame, mi pobre Tom, y no insistas en un empeño inútil.

—Decid, mi querido amo.

—Supongo por un momento que me decido y sigo tus consejos.

—¡Ah! ¿los seguiréis?

—Que nos volvemos a Inglaterra.

—Bien.

—Y que me presento a mi hermano.

—Será fuerza que os reconozca.

—No solamente se negará a ello, sino que me acusará de ser un impostor.

—¡Oh! en cuanto a eso, ya le probaremos!....

—¿Qué quieres tú que yo le pruebe? Mi identidad está perfectamente establecida: soy Walter Bruce, antiguo deportado, y no otra cosa. Lord William ha muerto, y está enterrado con todas las ceremonias legales en el panteón de Pembleton.

—¡Ah! respondía Tom negándose a aceptar este razonamiento, si sir Evandale se niega a reconoceros, hay otra persona que os reconocerá de seguro.

—¿Quién?

—Miss Anna.

La frente de lord William se nublaba al oír esto, y solía responder:

—No, yo no amo a miss Anna, ni ella me ha amado jamás. Estoy en la convicción de que también sería inútil esa prueba.

Tom parecía darse por vencido y no añadía una palabra.

Pero al día siguiente volvía a la carga, aunque siempre con el mismo resultado que la víspera.

En fin, un acontecimiento inesperado vino a darle la victoria.

En Australia, las fortunas se hacen rápidamente, y se deshacen a veces con más rapidez aún.

El antiguo mundo ha creado allí un pueblo enteramente nuevo: un pueblo compuesto de aventureros y de criminales arrepentidos que han sufrido ya su condena.

Todos ellos buscan con ansia su camino, tienen prisa de crearse una posición, y así la actividad humana no tiene allí límites.

Primero presidiario, luego deportado y al fin libre, el hombre trabaja allí en las minas y hace una rápida fortuna; o bien toma el oficio de pastor, y por poco activo e inteligente que sea, salva bien pronto la línea de demarcación que separa al trabajador del propietario, o el pastor asalariado del rico ganadero.

Pero la fortuna de este último es excesivamente incierta y se halla sometida a súbitos y terribles trastornos.

El día menos pensado, el ganadero se ha acostado rico y tranquilo. Posee en sus pastos cien mil cabezas de ganado, y tiene diez y ocho leguas cuadradas de país que ha escogido por dominio, pues la Inglaterra concede la posesión del suelo a todo aquel que ha sabido conquistarlo.

Al día siguiente se despierta arruinado.

¿Cómo se ha operado este fenómeno?

La Australia está infestada de negros fugitivos que han huido de las colonias, donde eran esclavos, y que viven del robo, del pillaje y del incendio en esta isla que es grande como un continente.

La autoridad ha debido tomar medidas contra ellos y hasta se han creado varios regimientos de negros sometidos, que llaman lamilicia negra.

Esta tropa se ha hecho muy temible y presta grandes servicios sin duda, pero es impotente sin embargo para proteger a los colonos del interior.

Los negros cimarrones, como llaman a los fugitivos, se contentan por lo general con robar algunos ganados.

Pero si creen tener queja grave o gran perjuicio de un colono o ganadero, entonces organizan contra él una verdadera expedición.

Una noche la habitación se encuentra cercada.

Estas están defendidas en general por altos muros que rodea un foso profundo: contienen una guarnición de ciento cincuenta o doscientos servidores, entre criados, gañanes y pastores, todos ellos adictos a su amo; y hay además una jauría de perros enormes y medio salvajes, que guardan los patios y las puertas de los establos y caballerizas.

Pero los negros llegan en multitud tan crecida, que a veces se cuentan por miles.

Y si la hacienda se encuentra aislada, lejos de toda habitación, y no llegan prontos socorros, el colono está perdido.

Los negros le harán a veces gracia de la vida, pero pegarán fuego a su habitación y dependencias, arrasarán los árboles, y matarán todo el ganado que no puedan llevarse.

Entonces el desgraciado colono tendrá que empezar a construir de nuevo el edificio de su precaria fortuna.

La tierra, en Australia, no tiene valor sino por los brazos que la cultivan y los rebaños que pastan su yerba salada.

Una vez dispersos los cultivadores y ganaderos, el colono queda reducido a la indigencia.

Tales desgracias son harto frecuentes hacia el interior, y Walter Bruce no debía verse libre de ella.

Y sin embargo, siempre había vivido en buena inteligencia con los negros cimarrones.

Cuando rondaban alrededor de su hacienda, solía enviarles pan, carne y aguardiente; y los negros respetaban sus ganados, y hasta le llamaban elbuen blanco.

Pero una aventura amorosa vino a destruir en un momento todas estas buenas disposiciones.

Sucedió, pues, que el jefe de una de las hordas más temibles de esos bandidos, llamado Kukuren, se enamoró de una joven mulata que servía como criada en la hacienda.

La solicitó subrepticiamente por algún tiempo, y al cabo se atrevió a venir a pedirla en matrimonio a Mr. Bruce.

El joven colono le escuchó con su natural bondad y le respondió:

—Dirígete a ella. Si quiere seguirte, no me opondré a su voluntad.

El jefe lo hizo así, pero la mulata, que tenía horror de los negros cimarrones, le negó resueltamente su mano.

Kukuren juró vengarse.

Pocos días después, en medio de una noche oscura, penetró en la habitación escalando los muros, y llegando hasta el cuarto de la criada, la arrebató de su lecho y trató de huir con ella.

Pero la mulata se defendió arrojando gritos desesperados.

Uno de los pastores del colono cogió una escopeta, se asomó a una ventana, y viendo a un negro que huía, le apuntó e hizo fuego.

El negro cayó mortalmente herido.

Y como aquel negro era Kukuren, el jefe poderoso de una horda numerosa y temible, Mr. Bruce comprendió que estaba perdido.

En efecto, a la noche siguiente, la habitación fue atacada por una innumerable multitud de aquellos forajidos, a quienes los colonos de Australia han apellidado los demonios negros.

Aquello fue un sitio y una batalla.

Mr. Bruce resistió el ataque y se defendió valerosamente.

Pero sus servidores cayeron uno a uno, heridos por las flechas emponzoñadas de los negros.

Al mismo tiempo, muchos de ellos pusieron fuego a la habitación.

Atrincherado con su mujer, sus hijos y algunos de sus criados, Mr. Bruce se defendía aún con el heroísmo de la desesperación, cuando llegó lamilicia negra.

La horda de Kukuren tomó entonces la fuga, y Mr. Bruce pudo así salvarse con toda su familia.

Pero en cambio estaba completamente arruinado.

Tom había conservado el famoso cinturón que los caníbales no pensaron en quitarle, y gracias a esta feliz casualidad, poseía aún setecientas u ochocientas libras esterlinas.

Esto era más de lo que necesitaban para volver a Europa.

Tom creyó entonces llegado el momento de dar el último golpe, y mirando a su amo, le dijo con acento de triunfo:

—¡Ah! lo que es ahora no dudo que consentiréis en volver a vuestro rango y reconquistar vuestro nombre!

—¡Ay! respondió suspirando Mr. Bruce, si yo fuera solo, puedes estar seguro de que permanecería aquí y que trataría de reconstituir mi fortuna; pero tengo mujer e hijos, y me espanta por ellos la miseria.

—¡En fin! exclamó Tom.

Un mes después, Walter Bruce, su esposa, sus dos hijos y Tom, se embarcaban en Melbourne, aprovechando la salida de un buque que hacía vela para Inglaterra.

Ocho días antes, Tom había escrito a Betzy:

—Al fin lo he decidido a partir. Dentro de seis meses, lord William llegará conmigo a Londres.

Y Tom dejó la Australia con el corazón henchido de esperanza, mientras que Walter Bruce vertía lágrimas en silencio, pensando en aquella habitación perdida en las praderas del noroeste, bajo cuyo techo había vivido tanto tiempo feliz.

diario de un loco de bedlam.

Dejemos ahora trascurrir algún tiempo, y volvamos a nuestra vez a Londres.

Nos hallamos en medio del verano.

Es decir durante el estío, que es lo que llaman los Ingleses laestación.

La ciudad de Londres, tan triste y brumosa en invierno, tiene también sus días de esplendor, que la inundan de sol y de aire puro.

Entonces las cúpulas de sus iglesias y la cima de sus edificios reverberan la luz en mil cambiantes; sus calles ostentan una animación y alegría insólitas, y sus parques y sus squares se ven llenos de una compacta multitud que parece dichosa y contenta de la vida.

Hyde-Park, sobre todo, presenta en semejantes días un espectáculo soberbio.

Los coches, los jinetes y las personas de todas clases que recorren a pie sus frondosas alamedas, se cruzan, mezclan y confunden en todos sentidos.

Mucho después de ponerse el sol, Hyde-Park está aún lleno de gente. Acá y allá, tiernos amantes recitando por lo bajo la eterna cantinela del primer amor; niños revoltosos jugando a orillas de la Serpentina; ancianos rejuvenecidos por el sol, y jóvenes lánguidas y novelescas soñando con el cielo de Italia y con las lontananzas azules que baña el Mediterráneo.

Y toda esa variada multitud va y viene, circula, y aspira con placer la brisa de la tarde que reemplaza el ardiente calor del día. Todos parecen dichosos.

Son las ocho de la noche: empieza la hora del crepúsculo, y un rayo de luz se desliza aún por entre el sombrío follaje de los añosos árboles.

Una joven bella y elegante, llevando a un niño por la mano, y seguida de dos lacayos, se pasea por la margen izquierda del riachuelo.

Esta joven es la que hemos conocido en otro tiempo con el nombre de miss Anna, y que se llama hoy lady Evandale Pembleton.

El niño que lleva por la mano es su hijo.

Erguida y majestuosa, sigue lentamente su paseo, pero hace algunos instantes parece recelosa e inquieta.

Y es que ha notado que hace algunos instantes un hombre la sigue a cierta distancia.

¿Quién era aquel hombre?

Lady Pembleton lo ignora.

O al menos no ha podido verlo bastante cerca para poder fijar su opinión.

Sin embargo su aspecto y su traje son los de un gentleman.

Además, ha observado que su cabeza es enteramente cana.

Pero su obstinación en seguir a la joven, ha acabado por inspirarla temor.

Iba a tomar pues por una alameda más concurrida, cuando el gentleman pareció de repente adoptar una resolución, y adelantándose a los dos lacayos, se aproximó a lady Pembleton con el sombrero en la mano.

Lady Pembleton hizo al principio un gesto de temor; pero el gentleman se apresuró a decirla:

—Milady, ¿no me reconocéis?

Lady Pembleton dejó escapar una exclamación de sorpresa.

—¡Tom! dijo, ¿es posible?

—Sí, milady.

—Yo os creía muerto.

—Pues ya lo veis, milady, estoy vivo, y bien vivo, repuso Tom.

Lady Pembleton lo contemplaba con una especie de estupor.

Tom continuó:

—Milady, acabo de llegar de Australia.

—¡Ah! ¿de veras? exclamó la joven.

—Y he venido expresamente para veros.

—¿A mí?

—A vos, milady.

—Así, no es la casualidad la que nos hace encontrarnos.....

—No, milady; hace ocho días que ando vagando por los alrededores de vuestro palacio.

—¿Y por qué no habéis entrado?

—Porque quería veros a solas, milady.

—¡Ah!

Y lady Pembleton pareció de nuevo inquieta.

—Milady, prosiguió Tom, nadie debe oír lo que tengo que deciros.

—Me espantáis con vuestro tono misterioso, amigo Tom.

—Es absolutamente necesario que os hable por algunos minutos, milady.

—Pues bien, Tom, seguid a mi lado y hablad. Estamos casi solos en este momento y nadie puede oírnos.

—Tengo un secreto que confiaros, milady.

—¡Un secreto!

—Un secreto que hace algunos años os hubiera colmado de alegría.

—¡Ah!

—Y que ahora va a llenar vuestro corazón de una dolorosa tristeza.

—¡Me espantáis, Tom!

—Milady, prosiguió este, ya os lo he dicho, llego de Australia.

—¿Y qué?

—Allí he encontrado a un hombre que se acordaba de vos... que pensaba en vos con frecuencia.

—No os comprendo. ¿Quién puede pensar en mí en Australia?... preguntó lady Pembleton impasible.

—Un hombre que se llama Walter Bruce.

—Ese nombre me es desconocido, Tom.

—Es posible, milady; pero antes de llevar ese nombre, tenía otro.

—¿Cuál?

—Se llamaba lord William Pembleton.

Lady Pembleton dejó escapar un grito.

Luego, mirando a Tom con estupor:

—¿Estáis loco? le dijo.

—No, milady, gozo de toda mi razón.

—Sin embargo, sabéis muy bien que lord William ha muerto.

—Lo he creído como vos, milady.

—Y yo lo he visto sin vida, Tom.

—No es a lord William a quien habéis visto muerto, milady.

—¿A quién pues?

—A un presidiario llamado Walter Bruce.

—¡Ah! mi pobre Tom! dijo entonces lady Pembleton, veo claramente que el dolor que habéis sentido por la muerte de vuestro noble amo os ha trastornado el cerebro.

—No, milady, yo no tengo trastornado el cerebro; no, no estoy loco.

—Sin embargo.....

—Os lo suplico, milady; dignaos escucharme hasta el fin.

Lady Pembleton pudo apenas reprimir un gesto de impaciencia.

En seguida echó una mirada en su rededor y vio que estaban solos.

Los dos lacayos, viendo que su noble señora hablaba familiarmente con aquel gentleman, se mantenían a respetuosa distancia.

—Sea, dijo en fin, hablad.

—Milady, os lo repito, dijo el antiguo mayordomo, lord William no ha muerto.

Lady Pembleton no respondió.

—¡Oh! prosiguió Tom, ya me creeréis cuando lo sepáis todo.

Y en seguida contó a lady Pembleton todo lo que sabía, todo lo que había visto y todo lo que había hecho.

Sin embargo, lady Pembleton le escuchaba con aire de incredulidad.

—¡Ah! exclamó Tom al concluir con acento de triunfo, cuando lo hayáis visto, será fuerza que me creáis.

—¿Cuándo lo haya visto, decís?

—Sí, milady.

—Pues qué, ¿no está en Australia?

—Ha venido conmigo a Londres.

Lady Pembleton palideció y no pudo ocultar su turbación.

—¡En Londres! exclamó, ¿ese hombre está en Londres?

—Ese hombre que habéis amado.... y que habéis llorado.

—¿Y llegaré a verlo?

—Sí, llegaréis a verlo, milady.

Hablando así, se aproximaban en este momento a una vuelta de la alameda, donde forma un codo el riachuelo, dando origen a otra avenida.

En aquella vuelta había un banco colocado contra un sauce que lo cubría con su sombra; y en aquel banco estaba sentado un hombre, joven aún, pero cuyo rostro conservaba las huellas de largos sufrimientos.

Al ver aproximarse a lady Pembleton, aquel hombre se levantó vivamente.

—¡Miss Anna! exclamó.

Lady Pembleton se estremeció y fijó en él la vista.

—¡Ahí le tenéis! dijo Tom.

La joven lady dio algunos pasos más y contempló fríamente a Walter Bruce.

Y después, volviéndose a Tom, dijo con acento glacial:

—En efecto, amigo mío, este hombre se parece vagamente a lord William, pero no es él. Lord William ha muerto.

Walter Bruce exhaló un grito de dolor y huyó como un insensato.

—¡Oh! ¿por qué he vivido hasta hoy? decía al alejarse, ¡Ya sabía yo que no me reconocería!


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