II

II

Era, como me lo había dicho el guía, un joven de veinte a veintiún años, de tez tostada por el sol, cabellos y ojos negros, más bien bajo que alto, pero admirablemente bien formado.

En su prisa por ir a presentarme sus cumplimientos había subido como estaba, es decir, con su traje de a caballo, que se componía de una casaca de paño verde, a la que daba cierto aire militar, una cartuchera puesta a guisa de cinturón, un pantalón de paño gris, guarnecido interiormente de cuero de Rusia, y botas con espuelas; un casquete por el estilo del de nuestros cazadores de África completaba su traje.

De un lado de la cartuchera colgaba un látigo, del otro una cantimplora.

Llevaba, además, en la mano, una escopeta inglesa.

A pesar de la juventud de mi huésped, cuyo labio superior estaba apenas sombreado por un ligero bozo, notábase en su persona un aire de independencia y de resolución que me sorprendió.

Veíase en él al hombre educado para la lucha material, acostumbrado a vivir en medio del peligro sin temerlo, pero también sin desdeñarlo; grave porque es solitario, tranquilo porque es fuerte.

De una sola mirada había visto todo mi equipaje, mis armas, el traje que acababa de quitarme, el que llevaba puesto; su ojeada era tan rápida y segura como la de todo hombre cuya vida depende algunas veces de ella.

—Me disculpará usted si le incomodo, señor—me dijo,—pues lo hago con una buena intención, la de informarmesi no le falta a usted nada. Jamás veo sin cierta inquietud que llega un hombre del Continente, porque somos todavía tan salvajes los corsos que ya no ejercemos sin temblar, sobre todo, tratándose de franceses, la vieja hospitalidad que, por otra parte, pronto será la única tradición que conservaremos de nuestros padres.

—Y hace usted mal en temer, señor—le contesté;—es difícil adivinar mejor que la señora de Franchi, las necesidades de un viajero; por otra parte—continué paseando la mirada por la habitación,—no es aquí sitio apropiado para quejarse de esa pretendida rusticidad de que usted me habla, y si no tuviera ante la vista este admirable paisaje podría creerme en mi cuarto de la Calzada de Antín.

—Sí—repuso el joven;—era una manía de mi pobre hermano Luis: le agradaba vivir a la francesa, pero dudo de que a su vuelta de París le baste esta pobre parodia de civilización que tendrá que abandonar, como le bastaba antes de su partida.

—Y, ¿hace mucho que su hermano de usted ha salido de Córcega?

—Un año.

—¿Le aguarda usted pronto?

—Nunca antes de tres o cuatro años.

—Es una ausencia bien larga para dos hermanos que, sin duda, no se habían separado nunca.

—Sí, y sobre todo que se quieren como nos queremos nosotros.

—¿Pero vendrá sin duda, antes de terminar sus estudios?

—Es probable; por lo menos así nos lo ha prometido.

—En todo caso, nada impediría que, usted por su parte, fuera a hacerle una visita.

—No, yo no salgo de Córcega.

En el acento con que me dió esta respuesta vibraba ese amor a la patria que confunde en el mismo desdén a todo el resto del Universo.

Me sonreí.

—Le parece a usted extraño—agregó, sonriendo a su vez,—que haya quien no quiera salir de un país tan pobre como el nuestro. Qué quiere usted, soy una especie de producto de la isla, como la encina verde y el laurel rosa; necesito mi atmósfera, impregnada con los perfumes del mar y las emanaciones de la montaña; necesito mis torrentes queatravesar, mis rocas que trepar, mis bosques que explorar, necesito espacio, necesito libertad; si me llevaran a una ciudad me parece que me moriría.

—Pero, entonces, ¿cómo es que hay una diferencia moral tan grande entre usted y su hermano?

—Habiendo tanto parecido físico entre ambos, podría usted añadir si le conociera.

—¿Se parecen ustedes mucho?

—Hasta el punto de que, cuando éramos pequeños, mi padre y mi madre mismos tenían que ponernos una señal en la ropa para distinguirnos al uno del otro.

—¿Y más tarde?

—Más tarde la diferencia de nuestras costumbres ha producido una diferencia en el color del cutis, nada más. Siempre encerrado, siempre doblado sobre los libros y los dibujos, mi hermano se ha puesto más pálido, mientras que yo, por el contrario, siempre al aire libre, siempre en la montaña o en el llano, me he puesto moreno.

—Espero—dije—que me hará usted juez de esa diferencia encargándome de alguna comisión para el señor Luis de Franchi.

—Con muchísimo gusto, si usted quiere tener esa deferencia; pero perdóneme usted: veo que está usted más adelantado que yo en cuanto al traje, y dentro de un cuarto de hora nos sentaremos a la mesa.

—¿Va usted a darse el trabajo de cambiar de traje?

—Aunque así fuera tendría usted que reprochárselo a sí mismo, puesto que me ha dado el ejemplo; pero, de todos modos, estoy en traje de jinete y tengo que ponerme el de montañés. Después de comer tengo que hacer una diligencia, en la que me incomodarían mucho las botas y las espuelas.

—¿Saldrá usted después de comer?

—Sí—me contestó,—tengo una cita.

Me sonreí.

—¡Oh! no en el sentido que usted supone. Es una cita de negocios.

—¿Me cree usted lo bastante presuntuoso para suponer que tengo derecho a sus confidencias?

—¿Por qué no? Hay que vivir de modo que pueda decirse en voz alta lo que se hace. Jamás he tenido queridas, jamás las tendré. Si mi hermano se casa y tiene hijos es probable que yo no me case. Si por el contrario no se casa, serámenester que lo haga yo; pero en ese caso lo haré únicamente para que no se extinga la raza. Ya le he dicho a usted—agregó riendo,—que soy un verdadero salvaje, y que he venido al mundo cien años después de lo que debiera; pero sigo charlando como una corneja, y no voy a estar listo para la hora de la comida.

—Pero podemos continuar la conversación—repliqué.—¿No está su cuarto frente a éste? Deje usted la puerta abierta y hablemos.

—Haga usted más: véngase conmigo; me vestiré en mi gabinete. Mientras tanto, ya que, según me parece, es usted aficionado a las armas, puede examinar las mías; hay algunas que no carecen de valor, histórico se entiende.

El ofrecimiento respondía demasiado bien a mi deseo de comparar las habitaciones de los dos hermanos para que no lo aceptase. Me apresuré, pues, a seguir a mi huésped quien, abriendo la puerta de su habitación, pasó delante para enseñarme el camino.

Aquella vez creí entrar en un verdadero arsenal.

Todos los muebles eran del sigloXVy delXVI: el lecho esculpido, con pabellón sostenido por grandes columnas salomónicas, estaba tapizado con damasco verde y flores de oro; las cortinas de las ventanas eran de la misma tela; las paredes estaban cubiertas de cuero de España, y en todos los intervalos, los muebles sostenían trofeos de armas góticas y modernas.

No podía uno engañarse respecto a las aficiones del dueño de aquella habitación: eran tan belicosas cuanto apacibles las de su hermano.

—Ya lo ve usted—me dijo, pasando a un gabinete,—aquí estamos en medio de tres siglos: examínelo usted; yo voy a vestirme de montañés, como se lo había advertido, porque no puedo dejar de salir después de comer.

—¿Y cuáles, entre estas espadas, arcabuces y puñales, son las armas históricas de que me hablaba usted?

—Hay tres, procedamos por orden. Busque usted, a la cabecera de la cama, un puñal aislado, de ancha taza, y cuyo pomo forma un sello.

—Ya lo encontré. ¿Y?

—Pues ésa es la daga de Sampiero.

—¿Del famoso Sampiero, el asesino de Vanina?

—El asesino no, el matador.

—Es lo mismo, me parece.

—En el resto del mundo puede ser; en Córcega no.

—¿Y este puñal es auténtico?

—Mírelo usted. Lleva las armas de Sampiero; sólo que la flor de lis de Francia no aparece en ellas todavía; ya sabe usted que no se le autorizó a poner en su blasón la flor de lis, hasta después del sitio de Perpignan.

—No, ignoraba esa circunstancia; ¿y cómo ha pasado ese puñal a poder de usted?

—¡Oh! está en la familia desde hace trescientos años. Fué regalado a un Napoleón de Franchi por el mismo Sampiero.

—¿Y sabe usted con qué motivo?

—Sí. Sampiero y mi antepasado cayeron en una emboscada genovesa y se defendieron como leones; cayósele el casco a Sampiero y un genovés a caballo iba a herirlo con la maza de armas, cuando Napoleón le hundió el puñal en la juntura de la coraza; el jinete, al sentirse herido, espoleó el caballo y huyó llevando el puñal de Napoleón tan profundamente clavado en la herida que éste no había podido sacárselo; ahora bien, como según parece, mi abuelo quería mucho aquel puñal, y lamentaba haberlo perdido, Sampiero le regaló el suyo. Napoleón no perdió en el cambio, porque éste, que es de fábrica española, perfora dos monedas de cinco francos superpuestas.

—¿Puedo ensayarlo?

—¡Sin duda alguna!

Puse dos monedas de cinco francos en el suelo y las di un golpe vigoroso y seco. Luciano no se había engañado. Cuando levanté el puñal las dos monedas estaban clavadas en la punta, agujereadas de parte a parte.

—¡Vaya, vaya!—exclamé,—no cabe duda de que es el puñal de Sampiero. Pero lo que me sorprende es que teniendo una arma semejante se haya valido de una cuerda para matar a su mujer.

—Ya no lo tenía, puesto que se la había regalado a mi antepasado.

—Es verdad.

—Sampiero tenía más de sesenta años cuando volvió expresamente de Constantinopla a Aix para dar al mundo la gran lección de que no les toca a las mujeres mezclarse en los asuntos del Estado.

Me incliné en señal de asentimiento y volví a poner el puñal en su sitio.

—Y ahora—dije a Luciano que estaba acabando de vestirse,—ya está en su clavo el puñal de Sampiero; pasemos a otro.

—¿Ve usted dos retratos, uno al lado del otro?

—Sí, Paoli y Napoleón.

—¡Bien! Cerca del retrato de Paoli hay una espada.

—Efectivamente.

—Era la suya.

—¿La espada de Paoli? ¿Y tan auténtica como el puñal de Sampiero?

—Por lo menos, porque, como el puñal, fué regalado, no a uno de mis antepasados sino a una de mis abuelas. Sí; puede que haya oído usted hablar de una mujer que, cuando la guerra de la independencia, fué a presentarse a la torre de Sollecaro, acompañada por un jovencito.

—Cuénteme usted la historia.

—¡Oh! es muy corta.

—Mejor, porque ya no tenemos tiempo de charlar.

—Pues bien, la mujer y el jovencito se presentaron en la torre de Sollecaro, solicitando hablar con Paoli. Pero como éste estaba ocupado escribiendo, no se les dejó entrar; la mujer insistió y los centinelas la apartaron. Paoli, que había oído ruido, abrió la puerta y preguntó lo que ocurría. «Soy yo—dijo la mujer,—que deseaba hablarte». «¿Y qué tenías que decirme?». «Quiero decirte que yo tenía dos hijos; ayer supe que el mayor ha muerto defendiendo la patria, y he andado veinte leguas para traerte al segundo».

—Me cuenta usted una escena de Esparta.

—Sí, a lo menos, se le parece.

—¿Y quién era esa mujer?

—Mi abuela. Paoli se desprendió la espada y se la dió.

—¡Vamos! mucho me agrada esa forma de pedir disculpas a una mujer.

—Sí, era digna del uno y de la otra.

—¿Y ese sable?

—Era el que Napoleón llevaba en la batalla de las Pirámides.

—¿Y ha venido a parar a la familia de una manera análoga a la de la espada y el puñal, sin duda?

—Exactamente. Después de la batalla, Bonaparte dió orden a mi abuelo, oficial de los guías, de que cargara con unos cincuenta hombres a un pelotón de mamelucos que se sostenía aún, alrededor de un jefe herido. Mi abuelo obedeció,dispersó el grupo y llevó el jefe herido al primer cónsul. Pero, cuando quiso volver a envainar el sable, resultó que la hoja estaba tan mellada por los sables damasquinados de los mamelucos, que no pudo entrar en la vaina. Mi abuelo tiró entonces el sable y la vaina, como inútiles, y Bonaparte, que le vió, le dió el suyo.

—Pero, en su lugar de usted, me agradaría tanto o más tener el sable de mi abuelo, mellado y todo como estaba, que el del general en jefe, por intacto que se haya conservado.

—También; mire usted enfrente y lo encontrará. El primer cónsul lo recogió, le hizo incrustar en la empuñadura el diamante que lleva y lo envió a mi familia con la inscripción que puede usted leer en la hoja.

Efectivamente, entre las dos ventanas, medio fuera de la vaina en la que ya no podía entrar, estaba el sable, mellado y torcido, con esta sencilla inscripción: «Batalla de las Pirámides, 21 julio 1798».

En ese momento, el mismo criado que me introdujo y que fué a anunciarme la llegada de su joven amo, reapareció en el umbral.

—Excelencia—dijo dirigiéndose a Luciano,—la señora de Franchi manda avisar que la comida está en la mesa.

—Está bien, Griffo—contestó el joven;—dígale usted que bajamos en seguida.

Y salió de su gabinete, vestido, como él decía, de montañés, es decir, con una blusa redonda de terciopelo, calzón y polainas; del otro traje sólo conservaba la cartuchera en la cintura.

Me encontró ocupado en mirar dos carabinas colgadas una frente a la otra, y ambas con una fecha incrustada en la culata: 20 de septiembre de 1819, once de la mañana.

—Y estas carabinas—pregunté,—¿son también armas históricas?

—Sí, por lo menos para nosotros. Una es la de mi padre...

Y se interrumpió.

—¿Y la otra?—pregunté.

—La otra—dijo riendo,—la otra es la de mi madre. Pero bajemos, ya sabe usted que nos aguardan.

Y pasando adelante para enseñarme el camino, me invitó a seguirle.


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