III
Confieso que bajé preocupado con la última frase de Luciano: «Ésa es la carabina de mi madre».
Me hizo mirar con mayor atención aún que en nuestra primera entrevista a la señora de Franchi.
Al entrar en el comedor, el joven le besó la mano, y ella recibió aquel homenaje con la dignidad de una reina.
—Disculpe usted, mamá, pero creo que la hemos hecho esperar.
—La culpa sería mía, señora—dije inclinándome;—el señor Luciano me ha contado y mostrado cosas tan curiosas que, con mis incesantes preguntas, le he hecho perder el tiempo.
—Tranquilícese usted—contestó la dama,—acabo de bajar en este mismo instante; pero—continuó dirigiéndose a su hijo,—tenía prisa por pedirte noticias de Luis.
—¿Está, acaso, indispuesto?—pregunté.
—Luciano lo teme—contestó la señora.
—¿Ha recibido usted cartas de su hermano?
—No, y eso es precisamente lo que me inquieta.
—Pero, ¿cómo sabe usted que está indispuesto?
—Porque yo también lo he estado en estos últimos días.
—Disculpe usted mis eternas preguntas... pero eso no me explica...
—¿No sabe usted que somos gemelos?
—Sí, me la dijo el guía...
—¿No sabe usted que cuando vinimos al mundo estábamos aún unidos por el costado?
—No; ignoraba esta circunstancia.
—Pues hubo que recurrir al escalpelo para separarnos, ysin duda por eso, por alejados que estemos ahora, seguimos teniendo el mismo cuerpo, de tal modo que la impresión, física o moral que experimenta uno cualquiera de nosotros, repercute en el otro. Pues bien, en estos últimos días, y sin motivo alguno, he estado triste, taciturno, sombrío. He sentido crueles opresiones del corazón: es evidente que mi hermano está sufriendo algún profundo pesar.
Miré con asombro a aquel joven, que me afirmaba cosas tan extrañas sin que pareciera abrigar la menor duda, sobre ellas; la madre, por lo demás, parecía tener la misma convicción; sonrióse tristemente y dijo:
—Los ausentes están en la mano de Dios. Lo principal es que tengas la seguridad de que vive.
—Si hubiese muerto—dijo tranquilamente Luciano,—yo lo hubiera vuelto a ver.
—Y me lo hubieras dicho, ¿no es verdad, hijo mío?
—¡Oh! ¡Inmediatamente; se lo juro a usted, madre!
—Bien... Y perdóneme usted, caballero—agregó, volviéndose hacia mí,—si no he sabido reprimir mis inquietudes de madre: pero no sólo se trata de que Luis y Luciano sean mis hijos, sino también de que son los últimos de nuestro nombre... Tenga usted la bondad de sentarse aquí, a mi derecha... Luciano, siéntate ahí.
E indicó a su hijo el asiento vacío de su izquierda.
Nos sentamos en el extremo de una larga mesa, en la cual había, en el opuesto, otros seis cubiertos, destinados, a lo que en Córcega se llama la familia; es decir, a esos personajes que en las grandes casas están entre los amos, y los criados.
La mesa fué copiosamente servida; pero confieso que, aunque dotado por el momento de un apetito devorador, me contenté con aplacarlo materialmente, sin que mi espíritu preocupado me permitiera saborear ninguno de los delicados placeres de la gastronomía. Me parecía, en efecto, al entrar en aquella casa, haber entrado en un mundo extraño, en el que vivía como en un sueño. ¿Quién era aquella mujer, que tenía su carabina como un soldado? ¿Quién aquel hermano que sentía los mismos dolores de su otro hermano, a trescientas leguas de allí? ¿Qué quería decir aquella madre que hacía jurar a su hijo que si veía a su hermano muerto, no dejara de decírselo?
Se confesará que en lo que me pasaba había amplio tema para la meditación.
Sin embargo, como observé que mi silencio podía parecer descortés, levanté la frente sacudiendo la cabeza, como para alejar aquella masa de pensamientos.
La madre y el hijo vieron al punto que deseaba volver a la conversación.
—Y—dijo Luciano, como si reanudara un tema interrumpido,—¿se ha decidido usted a venir a Córcega?
—Sí, como usted ve; tenía hace mucho este proyecto, y por fin he podido realizarlo.
—Y la verdad es que ha hecho usted bien en no tardar demasiado, porque dentro de algunos años, con la invasión progresiva de los gustos y las costumbres francesas, los que vengan buscando la Córcega, ya no la encontrarán.
—En todo caso—repliqué,—si el antiguo espíritu nacional retrocede, ante la civilización y se refugia en algún rincón de la isla, ha de ser seguramente en la provincia de Sartène, y en el valle del Taravo.
—¿Lo cree usted?—dijo el joven sonriendo.
—Pero... me parece que cuanto tengo en torno mío y a mi vista es un bello y noble cuadro de las viejas costumbres corsas...
—Sí, y sin embargo, entre mi madre y yo, frente a cuatrocientos años de recuerdos, en esta casa con buhardas y almenas, el espíritu francés ha venido a buscar a mi hermano, nos lo ha quitado, lo ha transportado a París... Cuando vuelva, ya abogado, vivirá en Ajaccio en lugar de habitar la casa de su padres; pleiteará: si tiene talento llegará, quizás, a ser procurador del rey; entonces perseguirá a los pobres diablos que han «quitado un pellejo», como se dice por aquí; confundirá al asesino con el matador, como lo hacía usted hace un momento; pedirá, en nombre de la ley, la cabeza de los que hayan hecho lo que nuestros padres consideraban deshonroso no hacer; substituirá el juicio de los hombres al juicio de Dios, y, por la noche, cuando haya reclutado una cabeza para el verdugo, creerá haber servido al país, haber aportado su piedra al templo de la civilización... como dice nuestro prefecto... ¡Ay, Dios mío, Dios mío!
Y el joven alzó los ojos al cielo, como debió hacerlo Aníbal después de la batalla de Zama.
—Pero—le contesté,—ya ve usted que Dios ha querido equilibrar las cosas, pues mientras ha hecho a su hermano sectario de los nuevos principios, lo ha hecho a usted partidario de las viejas costumbres.
—Si, pero ¿quién me dice que mi hijo, si lo tengo, no imitará a su tío en vez de imitarme a mí? Y, vamos, ¿acaso yo mismo no me dejo llevar a cosas indignas de un de Franchi?
—¡Usted!—exclamé asombrado.
—¡Sí, yo, Dios mío, yo! ¿Quiere usted que le diga lo que ha venido a buscar a la provincia de Sartène?
—Diga usted.
—Ha venido con su curiosidad de hombre de mundo, de artista o de poeta; no sé quién es usted ni se lo pregunto; nos lo dirá cuando nos separemos, si tiene gusto en ello: siendo huésped nuestro, puede usted guardar silencio; tiene usted la más completa libertad... ¡Pues bien! Usted ha venido con la esperanza de ver alguna aldea entregada a lavendetta, de ser puesto en relación con algún bandido original, como los que Mérimée ha pintado en suColomba.
—Pues me parece que no he caído mal—contesté;—o no he mirado bien, o esta casa es la única que no está fortificada en la aldea.
—Lo que prueba que yo también degenero; mi padre, mi abuelo, mi bisabuelo, cualesquiera de mis antepasados, hubieran tomado partido a favor de una de las dos facciones que dividen la aldea desde hace diez años. ¡Pues bien! ¿Sabe usted lo que soy en medio de todo esto, entre los tiros de escopeta, los estiletazos y las puñaladas? Pues soy árbitro... Ha venido usted a la provincia de Sartène para ver bandidos, ¿no es verdad? Pues véngase esta noche conmigo, y le enseñaré uno.
—¡Cómo! ¿permite usted que le acompañe?
—Si puede interesarle, sólo depende de usted.
—¡Caramba! pues acepto con el mayor gusto.
—Este caballero está muy fatigado—dijo la señora de Franchi, dirigiendo una mirada a su hijo, como si compartiera la vergüenza que éste experimentaba al ver degenerar de aquel modo la Córcega.
—No, madre, no; es necesario que venga, y cuando en algún salón parisiense se le hable de las terriblesvendettey de los implacables bandidos corsos, que todavía causan miedo a los niños de Bastia y Ajaccio, pueda por lo menos encogerse de hombros; y decir la verdad.
—¿Pero, de qué ha nacido esa gran querella que, según me parece comprender, está ahora a punto de apagarse?
—¡Oh!—dijo Luciano,—en una querella cualquiera noes el motivo sino el resultado lo que importa. Si una mosca al volar de través ha causado la muerte de un hombre, no por tratarse de una mosca deja de haber un hombre muerto.
Comprendí que le costaba decirme la causa de la terrible guerra que, desde hacía diez años, asolaba a Sollecaro. Pero, como es natural, cuanto más discreto se mostraba más exigente fuí.
—Esa querella tiene necesariamente que tener algún motivo, por pequeño que sea. ¿Es un secreto?
—¡Oh, no, Dios mío! La diferencia nació entre los Orlandini y los Colonna.
—¿A raíz de qué?
—Ya que usted lo exige, le diré que una gallina escapó del gallinero de los Orlandini y fué a parar al de los Colonna. Los Orlandini fueron a reclamar su gallina; los Colonna sostuvieron que era suya; los Orlandini amenazaron a los Colonna con llevarlos ante el juez de paz y hacerles prestar juramento. Entonces la anciana madre que tenía la gallina en la mano le retorció el pescuezo y se la tiró a la cara a la vecina, diciéndole: «¡Bueno, ya que es tuya, cómetela!». Uno de los Orlandini recogió entonces la gallina por las patas y quiso golpear con ella a la que la había tirado a la cara de su hermana. Pero, en el mismo momento en que levantaba la mano, un Colonna que, por desgracia, tenía la escopeta cargada, le descargó un tiro a quema ropa y lo dejó muerto.
—¿Y cuántas existencias han pagado esa riña?
—Ya van nueve personas muertas...
—¡Y eso por una miserable gallina que no valía un franco!
—Sin duda; pero ya le he dicho a usted que no hay que considerar la causa sino el resultado.
—Y, porque ha habido hasta aquí nueve personas muertas, es necesario ahora que haya una décima...
—Ya ve usted que no, puesto que me he convertido en árbitro...
—¿A ruego, sin duda, de una de las dos familias?
—¡Ah, no! Dios mío, a ruegos de mi hermano, a quien han hablado del asunto en casa del canciller de Francia. ¡Y yo le pregunto a usted qué diablos tienen que ver en París con lo que ocurre en una pobre aldea de Córcega! Sin duda debe ser el prefecto quien nos ha hecho esa mala partida, diciendo que, si yo consentía en decir una palabra, todo acabaría como en las comedias con un casamiento y una coplaal público; entonces se habrán dirigido a mi hermano, que ha tomado el asunto por su cuenta y que me ha escrito diciéndome que ha comprometido su palabra en mi nombre. ¡Qué quiere usted!—agregó el joven alzando la cabeza,—no podía decirse allí que un de Franchi había comprometido la palabra de su hermano y que este hermano no había hecho honor al compromiso.
—¿De manera que usted lo ha arreglado todo?
—¡Mucho lo temo!
—¿Y vamos a ver al jefe de uno de los partidos, sin duda?
—Precisamente, anoche vi al otro.
—¿Y ahora, vamos a visitar a un Orlandini o a un Colonna?
—A un Orlandini.
—¿La cita es lejos de aquí?
—En las ruinas del castillo de Vicentello d’Istria.
—¡Ah! es verdad, me habían dicho que esas ruinas se hallaban en estos alrededores.
—A una legua de aquí, más o menos.
—¿De modo que llegaremos en unos tres cuartos de hora?
—Cuando mucho.
—Luciano—dijo la señora de Franchi,—no te olvides de que no hablas de ti. Tú, montañés, necesitas tres cuartos de hora apenas; pero el señor no podrá ir por los caminos que recorres tú.
—Es verdad; necesitaremos por lo menos hora y media.
—Entonces no hay tiempo que perder—agregó la señora de Franchi mirando el reloj.
—¿Permite usted entonces que la dejemos?—dijo Luciano.
La madre le tendió la mano, que el joven besó con el mismo respeto que la vez anterior.
—Sin embargo—dijo Luciano, dirigiéndose a mí,—si prefiere usted terminar tranquilamente de comer y luego subir a su habitación a calentarse los pies mientras fuma un cigarro...
—¡No, no!—exclamé.—¡Me ha prometido usted un bandido, y no me voy sin él!...
—¡Pues bien! vamos a tomar las escopetas, y en marcha.
Saludé respetuosamente a la señora de Franchi, y salimos, precedidos por Griffo que nos alumbraba.
No tardamos mucho en prepararnos. Me puse un cinturón de viaje, que había mandado hacer antes de salir de París, del que pendía una especie de cuchillo de caza, y que encerraba de un lado la pólvora, y del otro las municiones.
En cuanto a Luciano, reapareció con su cartuchera, una escopeta de dos cañones de Mantón, y un gorro puntiagudo, obra maestra de bordado salido de las manos de alguna Penélope de Sollecaro.
—¿Voy también con su excelencia?—preguntó Griffo.
—No, es inútil—contestó Luciano;—pero suelta a Diamante; puede que levante algún faisán, y con esta luna se le podrá tirar como si fuera de día.
Un momento después, un gran perro de caza daba saltos aullando de alegría en torno nuestro.
Dimos diez pasos fuera de casa.
—A propósito—dijo Luciano, volviéndose,—avisa en la aldea que si oyen algunos tiros los habremos tirado nosotros, cazando.
—Descuide usted, excelencia.
—Sin esta precaución—agregó Luciano,—hubieran podido creer que habían vuelto a empezar las hostilidades, y hubiéramos oído el eco de nuestras escopetas, repercutiendo en las calles de Sollecaro.
Dimos algunos pasos más, y luego tomamos a la derecha, en una callejuela que conducía en línea recta a la montaña.